programa 10

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PROGRAMA 10
En algunos conciertos especiales, es conveniente programar una sola obra, casi siempre
por su inusual extensión, que va unida a las posibles dificultades interpretativas de la obra
y la necesidad de ensayos más intensos o por su complejo contenido musical conceptual,
que dejan exhausto a los intérpretes y a los escuchas, sobre todo si son oyentes
concentrados y comprometidos con la música que oyen. En nuestro medio casi siempre
sucede con alguna de las sinfonías más extensas de Gustav Mahler o de Anton Bruckner,
tal vez la Sinfonía Leningrado de Dmitri Shostakovich, o hace pocos años, la monumental
y bellísima cantata Gurrelieder de Arnold Schönberg. Hace unos días, la OFUNAM dedicó
casi todo un programa a una obra monumental, la Décima sinfonía de Shostakovich, que
habitualmente se toca acompañada de otras obras, pero que así, casi en solitario, con una
pequeña y ligera obra inicial y un sorpresivo y bello encore, pudo expresar con mayor
contundencia su dramático mensaje.
SINFONÍA TURANGALîLA
Algo similar sucede con la inconmensurable Sinfonía Turangalîla del compositor
francés OLIVIER MESSIAEN. Todo un mundo, de ideas filosóficas, de temas musicales,
exuberante y rica instrumentación, rítmica sorprendente que (de este lado del mundo)
consideramos “exótica”, todo puede estar contenido en la música de este compositor y,
como en este caso, en una obra tan original.
OLIVER MESSIAEN: De firmes creencias católicas que no menguaron toda su vida,
organista excelente y absoluto conocedor y adorador del instrumento, hombre de una
humildad absoluta, compositor con una visión creadora sorprendente y con un sentido
deslumbrante de la instrumentación, autor de una música que en una primera impresión
pareciera de una complejidad impenetrable, pero que con repetidas audiciones nos va
compartiendo sus secretos y descubrimos su gran riqueza.
MESSIAEN fue el visionario que encontró que en las armonías más complejas, en los
ritmos incisivos de las culturas asiáticas y orientales, en las reiteraciones obsesivas, en el
canto de los pájaros, en los colores reales pensados en sonoridades instrumentales y en los
temas recurrentes de la vida, como la naturaleza, el amor y la muerte, en todo ello,
puede haber un sentido místico, una comunión con el ser supremo, con el que cada quien
tenga y venere. Para unos es un dios, un modo de aceptar o de concebir a Dios, para
otros puede ser, incluso, la Música.
Al idear esta obra, sabedor de lo ambicioso del proyecto, MESSIAEN lo tituló sinfonía, no
sólo en referencia al género que se definió en el Clasicismo, sino que, sin deslindarse
totalmente de éste, pensó en su sentido más amplio, el de una verdadera polifonía de
sonidos en búsqueda de un logro armónico. Eso es, tal vez, lo que le dio plena libertad,
sin restringirse a una forma y desarrollo establecidos.
Los principales puntos de inspiración de este compositor radican en:
1) su intención de expresar y convertir en música su fervor religioso católico, su
convicción de la trascendencia de la fe, de la divinidad de cualquier dios en la obra de arte
y en el amor humano; tal vez por ello, su música se ha querido ver como la única
expresión de esperanza para ese siglo XX convulso y catastrófico que le tocó vivir casi en
su totalidad (1908-1992) y que pareciera que no terminará jamás, aun en este siglo XXI;
2) la transcripción y armonización como un desarrollo “melódico” del “canto” de infinidad
de pájaros, que el compositor se encargó de copiar en viajes por todo el mundo, en
pacientes y disciplinadas horas de trabajo ornitológico / musical, para después
transportarla a una notación musical de sorprendente fidelidad; valga decir que los
“cantos” de las aves, que en su sonido y su hábitat natural nos pueden seducir por su
belleza sonora, al ser “transliterados” a la notación musical de una partitura y “traducidos”
a las características de los instrumentos musicales, se convierten en una armonía
imposible, en un lenguaje musical ajeno y desconcertante;
3) el uso de ritmos y secuencias melódicas de países asiáticos, y en Turangalila,
específicamente, de ritmos griegos arcaicos, y de india e Indonesia;
4) el complejo concepto de los colores aplicados a sonidos e instrumentos específicos,
que nos sorprenden por sus combinaciones sonoras;
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5) y, finalmente, ideas musicales, melodías y armonías propias, que están perfectamente
asimiladas con todas las posibilidades musicales mencionadas antes.
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Prácticamente, todos estos elementos están involucrados en casi todas sus creaciones,
incluso en su obra para piano solo o para órgano solo, tal vez, la parte más sorprendente y
abundante de su catálogo.
Turangalîla es un término compuesto por dos palabras en sáncrito, “turanga” que
puede significar el tiempo que fluye veloz, pero también ritmo y movimiento, y
“lila” que alude a la vida y a la muerte, a ese juego divino que nos da la vida y
la muerte, pero también al amor. Turangalila es un canto de felicidad, es una sinfonía
de la exuberancia y plenitud del amor.
El amor para MESSIAEN podría compararse al sentido del amor de algunos grandes
místicos (Santa Teresa de Ávila y San Juan de la Cruz en primer término) y es un amor
que trasciende toda connotación existencial para convertirse en una fuerza ineludible,
irreprimible, sin límites, pleno de gozo pero también de fatalidad, equiparable a la
muerte. Por ello no debe extrañarnos que Messiaen explicara que también se había
inspirado en la mitológica historia de Tristán e Isolda. Por supuesto, desde parámetros
musicales opuestos a los de Wagner.
Toda la obra gira sobre cuatro temas que se reiteran en diferentes momentos de la obra:
-un tema de acordes y sonidos férreos, graníticos que representan la
fatalidad de la vida;
-el tema de la flor, un tema delicado y juguetón, rico en su juego de los
colores, asociados aquí a diversas flores y las sensaciones y sentimientos que
le sugieren éstas;
-el tema del amor, que parece el más recurrente por ser el más fácilmente
identificable, y adopta una melodía simultáneamente lánguida y apasionada;
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-el cuarto tema es una especie de “comodin” que, basado en diversos
acordes libres, el autor usa para combinarlo con los otros temas,
conformando una nueva idea que se transforma.
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La orquestación es abrumadora, con todas las secciones instrumentales aumentadas, con
una sección de percusiones inmensa y variada que intenta imitar la rítmica de las culturas
mencionadas. Pero, además, MESSIAEN convierte su “sinfonía” en un “concierto” pues
pide una participación inclemente del piano como solista con extremas dificultades
técnicas, que por las armonías que convoca el compositor, a ratos intenta sonar como un
típico gamelán de Indonesia; además se escucha un extraño visitante que el compositor
invitó varias veces a sus creaciones, las Ondas Martenot, ese curioso instrumento
electrónico de teclado, con ciertas limitaciones de notación, pero con mágicas
posibilidades de glisandi (el deslizamiento de una a otra nota) pero cuyo sonido, a veces
agudísimo y a veces cálido y suntuoso, puede atravesar el espectacular sonido de la
gigantesca orquesta de MESSIAEN.
La Sinfonía Turangalîla está conformada por 10 movimientos que, sin que se indique,
están divididos en dos partes simétricas, cada una de cinco movimientos. Los títulos no
pueden ser más sugestivos: Canto de amor 1 y 2, Turangalîla 1, 2 y 3, La alegría de la sangre
de las estrellas, El Jardín del sueño de amor y Desarrollo del amor.
Los movimientos podrían también agruparse por su carácter en tres bloques de
movimientos: los movimientos pares, 2, 4, 6 y 8, que son los movimientos del amor; un
grupo más árido y hermético, los movimientos 3, 7 y 9, que son los llamados Turangalîla
y los movimientos que concluyen cada mitad de la obra, el 5 y el 10, con el carácter de un
intenso allegro, que repite su tema obsesivamente, hasta terminar con una sonoridad
apabullante y estremecedora. Sí. Nos falta el primer movimiento que es una “sencilla”
introducción a toda la obra.
Para hacer realidad este sorprendente mundo musical soñado por OLIVIER MESSIAEN
en su Sinfonía Turangalîla, la OFUNAM estará dirigida por el joven y prodigioso
director francés SYLVAIN GASANÇON, frecuente director huésped de esta y de otras
orquestas mexicanas, desde que fuera el ganador del Concurso de Dirección Orquestal
Eduardo Mata (organizado por Instrumenta Oaxaca). Los dos significativos solistas serán
DUANE COCHRAN, el excelente pianista y tecladista de la OFUNAM, muy
reconocido por el público asiduo, y la intérprete especializada en la Ondas Martenot, la
pianista francesa NATHALIE FORGET. Estos conciertos con el Programa 10 serán
próximo sábado 25 de junio a las 20:00 horas y el domingo 26 de junio a las 12:00 horas
¡Un suculento y sorprendente final de la Segunda Temporada 2016 de la OFUNAM!
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Luis Pérez Santoja.
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