Derecho a la verdad o verdad del dercho

Anuncio
Análisis de las Prácticas
Sociales Genocidas
Cátedra: Feierstein
Alumna: Carolina Montera
DNI: 30.211.573
Correo electrónico: [email protected]
Período de cursada: 1º cuatrimestre de 2006
¿DERECHO A LA VERDAD
O VERDAD DEL DERECHO?
El juicio a las Juntas Militares y
la realización simbólica
del genocidio en Argentina
2
Índice
Resumen..................................................................................................................................................................................4
Introducción...........................................................................................................................................................................5
La construcción de la memoria colectiva: luchas, escenarios y olvidos en la (re)presentación del
pasado reciente....................................................................................................................................................................7
¿Cómo se llegó a enjuiciar a las Juntas Militares? .....................................................................................................9
La justicia en marcha .......................................................................................................................................................19
Las declaraciones de los testigos.......................................................................................................20
La acusación de la fiscalía .................................................................................................................23
Los alegatos de las defensas..............................................................................................................27
El veredicto de la justicia..................................................................................................................33
A modo de síntesis.............................................................................................................................38
El derecho como productor de verdad .......................................................................................................................40
Anexo .....................................................................................................................................................................................42
Bibliografía ...........................................................................................................................................................................43
3
Resumen
Las prácticas sociales genocidas constituyen una tecnología de poder, a través de la cual
se destruyen, construyen y reorganizan las relaciones sociales. Este objetivo no culmina
con la desaparición material de un grupo humano. Su realización se efectúa en el plano
ideológico, en los modos de (re)presentar y narrar la experiencia de aniquilamiento. En
este sentido, resulta necesario reflexionar sobre esas formas de evocación del pasado
para poner en evidencia las estructuras simbólicas que dificultan el desarrollo de lazos
cooperativos y autónomos, aún tiempo después de finalizado el régimen de exterminio.
En el caso de nuestro país, la interpretación y explicación del autodenominado Proceso
de Reorganización Nacional, estuvo fuertemente ligada al paradigma jurídico;
especialmente al juicio a las Juntas Militares. En este sentido, el presente trabajo
propone examinar la relación entre dicho juicio y los modos de realización simbólica de
la última dictadura militar, a través del análisis de los discursos pronunciados en la sala
de audiencias por la fiscalía, abogados defensores y magistrados. Como resultado, se
espera mostrar que este proceso judicial no fue ajeno a la construcción social de nuestra
memoria colectiva, una memoria que supo olvidar el entramado de complicidades que
permitió el horror.
4
“Si hay que creer en la memoria social
tal como ha sido expuesta y reconvertida
hacia atrás, en el fin de la dictadura,
sus apoyos habrían sido tan mínimos que
no es posible entender cómo pudo instalarse y
mantenerse como lo hizo, con relativa facilidad”
(Vezzetti, 2003: 48)
Introducción
El pasaje de una sociedad caracterizada por vínculos solidarios hacia otra, donde
predomina la heteronomía y el individualismo es un proceso complejo que requiere la
confluencia de diversas etapas simbólico-materiales. Para describir este proceso resulta
insuficiente utilizar el concepto de genocidio, tal como aparece en la Convención para la
Sanción y Prevención del Delito de Genocidio de las Naciones Unidas. Más bien, debemos
hablar de práctica social genocida, es decir, de una “…tecnología de poder cuyo objetivo
radica en la destrucción de las relaciones sociales de autonomía y cooperación y de la
identidad de una sociedad, por medio del aniquilamiento de una fracción relevante (sea
por su número o por los efectos de sus prácticas) de dicha sociedad, y del uso del terror
producto del aniquilamiento para el establecimiento de nuevas relaciones sociales y
modelos identitarios” (Feierstein en AA. VV., 2008).
Desde esta perspectiva, el exterminio físico de un grupo humano constituye un
elemento central pero limitado para explicar la reorganización de relaciones sociales. A
entender de Feierstein (2007), las prácticas genocidas comprenden seis momentos, cuyo
desarrollo no se presenta de forma sucesiva o lineal, sino como una estructuración
conceptual que superpone acciones de diverso orden.
El primer momento se caracteriza por la construcción de una otredad negativa. Aquí,
el poder procesa la diversidad económica, social o cultural en términos de peligrosidad y
así conforma dos campos antagónicos: nosotros y ellos. Simbólicamente, estos sujetos no
sólo portan atributos distintos a los nuestros, sino que su misma existencia pone en riesgo
nuestro bienestar, de modo que su exterminio nos permite vivir, nos asegura una vida
más sana y más pura (Foucault, 1996b). Esta exclusión no se ejerce únicamente en el
plano ideológico. A través de acciones físicas y legales se intenta apartarlos del mundo
normalizado, limitar sus prácticas, pautas los espacios por los que transitan y,
fundamentalmente, quebrar sus lazos con el conjunto de la sociedad. Este pasaje del
plano simbólico al material se conoce como hostigamiento y, aislamiento de la fracción
negativizada.
Sobreviene luego su debilitamiento sistemático, esto es, el deterioro físico y psíquico
de las condiciones de vida. Esta etapa tiene como objetivo distinguir entre aquellos
5
sujetos que deben ser aniquilados y aquellos que pueden serlo en pos de las
circunstancias políticas, sociales y económicas reinantes. Como resultado, algunas
víctimas terminan asumiendo los valores de los perpetradores, mientras que otras son
nuevamente sometidas a un proceso de alterización, hostigamiento, aislamiento y
debilitamiento. Cuando las condiciones están dadas, se procede a su aniquilamiento
material. Cabe destacar que los efectos de éste no se circunscriben a los cuerpos
asesinados. De hecho, a través del exterminio, el poder hace sentirse sobre todos los
sujetos, mostrándoles las consecuencias que tiene el desarrollo autónomo de la
personalidad.
Contrariamente a lo que suele pensarse, las prácticas genocidas no culminan con el
aniquilamiento material de una fracción del cuerpo social. Su realización se efectúa en el
plano ideológico, en los modos de (re)presentar y narrar la experiencia traumática que
clausuran las relaciones sociales que encarnaban los sujetos asesinados. Como veremos,
esta clausura se logra mediante tres mecanismos centrales: la negación de la identidad
de las víctimas, la transferencia de la culpa y, el horror y paralización de la sociedad. En
este sentido, resulta necesario reflexionar sobre las formas de evocación del pasado de
las sociedades pos-genocidas para poner en evidencia aquellas estructuras simbólicas que
obturan la comprensión de la experiencia y, por ende, impiden prevenir su reiteración.
En el caso de nuestro país, la interpretación del genocidio, bien autodenominado
Proceso de Reorganización Nacional, estuvo fuertemente vinculada al paradigma jurídico
y la escena de la ley; principalmente, al juicio a las Juntas Militares. En efecto, durante
la transición democrática, uno de los núcleos propiamente formadores de la memoria
colectiva fue el enjuiciamiento a las ex comandantes (Vezzetti, 2003). Allí, no sólo quedó
condensado el derrocamiento simbólico del pasado de violencia política, sino también las
significaciones de la nueva etapa que comenzaba. En otras palabras, el juicio constituyó
el mayor símbolo de la transición, el «mito fundador» de la naciente democracia.
Por ello, a lo largo de las páginas que siguen, intentaré analizar qué implicaciones
tuvo en los modos de realización simbólica de la dictadura. Cabe destacar que muchos de
los sentidos allí construidos, legitimados y difundidos han ido cambiado a la luz de nuevos
acontecimientos políticos y legales como, por ejemplo, las leyes de Obediencia debida y
Punto final, los indultos, la apertura de causas por la sustracción de menores o los más
recientes «juicios de la verdad». Sin embargo, el juicio a las Juntas Militares sigue
constituyendo un polo de referencia ineludible y cualquier visión posterior sobre el
pasado ha de tenerlo necesariamente como interlocutor. Las memorias que se
construyeron y reconstruyeron luego del juicio debieron hacerlo en apoyo, oposición o
contradicción con la verdad demostrada allí.” (Feld, 2002).
6
El análisis que aquí presento no agota, por supuesto, la riqueza de estas cuestiones.
Con todo, espero que resulte suficiente para mostrar que el juicio a las Juntas Militares
no resultó ajeno a la construcción de nuestra memoria social, una memoria que ha
olvidado los apoyos y complicidades que posibilitaron el horror.
La construcción de la memoria colectiva: luchas, escenarios y olvidos en
la (re)presentación del pasado reciente
Los modos de narrar y (re)presentar las experiencias de aniquilamiento implican un
práctica social concreta, un «trabajo de la memoria» como gustan llamar algunos autores
(Vezzetti, 2001a; 2003). Lo que hoy aparece bajo la forma de recuerdo no es más que el
punto de llegada de una sucesión de opciones que han ido prefigurando una versión
particular de los hechos. No podría ser de otro modo, puesto que la rememoración de
todos los acontecimientos y emociones vividas constituye una tarea insostenible. Como
afirma Nietzsche: “…es posible vivir casi sin recuerdos, y de vivir felices, como lo
demuestran los animales, pero es imposible vivir sin olvidar.” (en Feld, 2002: XI). De
hecho, la hipermnesia es un estado insoportable. Basta recordar la historia del
memorioso Ireneo Funes para reconocer cuán necesario se torna el olvido.
Si admitimos que la memoria siempre es selectiva, cabe preguntarse por qué algunos
rasgos son conservados y otros marginados. Contrariamente a lo que pudiera pensarse, la
selección y elaboración del pasado no es azarosa, sino que depende estrechamente de las
necesidades de los grupos sociales y sus expectativas hacia el futuro. “El pasado ya pasó,
es algo de-terminado, no puede ser cambiado. El futuro, por el contrario, es abierto,
incierto, indeterminado. Lo que puede cambiar es el sentido de ese pasado, sujeto a
reinterpretaciones ancladas en la intencionalidad y en las expectativas hacia ese futuro.”
(Jelin, 2002: 39). En el caso de nuestro país, la (re)presentación de ese oprobioso pasado
de violencia política estuvo visiblemente orientada hacia las perspectivas que la vida
democrática abría, de modo que durante la transición las disputas y conflictos no
estuvieron ausentes de la escena nacional. Estas disputas no se redujeron a la simple
oposición entre memoria y olvido, sino que más bien primó la lucha entre diversas
memorias que buscaban legitimarse como verídicas.
Vemos, así, que no existe una única memoria. En realidad, hay tantas como grupos
sociales, los cuales entran en conflicto por imponer su propia visión. (Halbwachs, 2004a).
En efecto, cada grupo recuerda únicamente algunos acontecimientos, aquellos que
considera necesarios para dotar de sentido al pasado y que tal vez otros olvidan por
7
completo. Asimismo, cada grupo intenta trasmitir, e incluso imponer, su propia narrativa
para que sea aceptada por la sociedad en su conjunto. Por eso, es interesante estudiar
los procesos de conformación de la memoria colectiva: qué actores participan, cuál es su
vinculación con el pasado, con quiénes confrontan o dialogan. (Jelin, 2002)
Los cambios de régimen político constituyen un escenario privilegiado para observar
estos procesos de confrontación y disputa entre actores con experiencias y expectativas
políticas diferentes. Estos actores no sólo sostienen una visión particular del pasado, sino
también un programa concreto −aunque muchas veces implícito− de tratamiento del
mismo (Jelin, 2002). Por ejemplo, durante la transición democrática, el juicio a las
Juntas Militares fue interpretado por algunos como un suceso inédito de justicia
retroactiva y preventiva, por otros como una buena intención ética pero insuficiente para
compensar las vejaciones tanto tiempo soportadas, en tanto no faltó quienes lo
consideraron ilegítimo y una forma de revancha contra las FF.AA.
Ahora bien, la construcción de la memoria no sólo requiere de actores sino también
de soportes materiales específicos. Los «marcos sociales» de Halbwachs (2004b) o los
«lugares de la memoria» de Nora (1996-1998) muestran esta dimensión del fenómeno. A
través de dichos conceptos, ambos autores ponen en evidencia que la memoria se basa en
imágenes ancladas en el tiempo y en el espacio, que toda evocación está marcada por un
momento y un sitio precisos. En este sentido, observan que ciertos lugares tienen la
propiedad de suspender el tiempo, impedir el olvido e inmortalizar el pasado aunque,
claro está, los sentidos allí conservados puedan modificarse con el transcurso de los años
y aparecer otros en virtud de nuevas relaciones sociales.
Similarmente, Feld sostiene que cualquier evocación precisa de escenarios, donde una
presentación y un discurso sobre el pasado sean posibles. El análisis de estos «escenarios
de la memoria» implica tener en cuenta, al menos, tres dimensiones: “…una dimensión
narrativa (el contar una historia), en la que importa quién cuenta el relato, cómo y para
quién; una dimensión espectacular (una puesta en escena), en la que importan los
lenguajes y los elementos usados en la escenificación; y una dimensión veritativa (la
producción de una verdad), en la que importa qué tipo de verdad sobre el pasado se
construye y en lucha con qué otras verdades.” (2002: 5). En mi opinión, también existe
una dimensión ritual, donde interesa considerar los efectos que se producen sobre la
sociedad en su conjunto. Sabemos que los ritos tienen por función mantener vivas las
creencias colectivas y, con ello, fortalecer los lazos de pertenencia y cohesión de los
grupos sociales (Durkheim, 1989). En este sentido, el juicio a las Juntas Militares, en
tanto símbolo de la refundación de la democracia, no sólo sirvió para afianzar el
8
recientemente recuperado estado de derecho, sino también para (re)ligar a los sujetos en
términos de ciudadanos.
Empero, no me interesará analizar tanto esta dimensión como los aspectos narrativos
y veritativos que tuvo el juicio a las Juntas Militares1. Para ello, recorreré los argumentos
centrales de la fiscalía, las defensas y los jueces a fin de mostrar las diversas historias
que ellos contaron. En otras palabras, intentaré analizar el proceso judicial como un
«escenario de la memoria», donde diversos actores enunciaron relatos antagónicos sobre
nuestro pasado reciente. Relatos que, al realzar algunos hechos y obturar otros, dotaron
a la historia de un sentido específico. Relatos con pretensión de verdad. Relatos que
proponían un explícito programa de tratamiento del pasado.
¿Cómo se llegó a enjuiciar a las Juntas Militares?
Narrar los sucesivos acontecimientos que desembocaron en el juicio a las Juntas
Militares implica, cuanto menos, establecer un punto de partida. La dificultad reside en
que éste no se presenta de forma evidente o unívoca, sino profundamente ligado al
narrador de los acontecimientos. Por ello, el inicio de este relato –como cualquier otropone en evidencia la necesaria arbitrariedad de toda reseña histórica.
La crónica que aquí se cuenta comienza el 28 de abril de 1983, cuando las Juntas
Militares dieron a conocer el “Acta Institucional” y el llamado “Documento Final sobre la
guerra contra la subversión y el terrorismo”. A través de la primera, declararon que todas
las operaciones contra las organizaciones guerrilleras llevadas a cabo por las fuerzas de
seguridad, policiales y penitenciarias debían ser consideradas como actos de servicio.
Asimismo, en el “Documento Final” establecieron su posición respecto a las violaciones
de derechos humanos y el programa político y legal que debía adoptarse frente a las
mismas, tal como queda en evidencia en algunos de sus párrafos más destacados:
Esta síntesis histórica de un doloroso pasado todavía cercano quiere ser un mensaje
de fe y reconocimiento a la lucha por la libertad, por la justicia y por el derecho a la
vida. Ha llegado el momento de que encaremos el futuro; será necesario mitigar las
heridas que toda guerra produce, afrontar con espíritu cristiano la etapa que se inicia
y mirar hacia el mañana con sincera humildad. (p.1)
En este marco, casi apocalíptico, se cometieron errores que, como sucede en todo
conflicto bélico, pudieron traspasar, a veces, los límites del respeto de los derechos
humanos fundamentales, y que quedan sujetos al juicio de Dios en cada conciencia y
a la comprensión de los hombres. (p.9)
1
Para un análisis de la dimensión espectacular, véase el trabajo de Kaufman (1991)
9
En consecuencia, debe quedar definitivamente claro que quienes figuran en nóminas
de desaparecidos y que no se encuentran exiliados o en la clandestinidad, a los
efectos jurídicos y administrativos se consideran muertos, aún cuando no pueda
precisarse hasta el momento la causa y oportunidad del eventual deceso, ni la
ubicación de sus sepulturas. (p.13)
Al igual que las primeras visiones de los perpetradores, tal como aparecen en las
obras de Vilas o Camps, la Junta Militar afirma haber librado una guerra antisubversiva
con el objeto de (re)instaurar los valores cristianos y occidentales en nuestro país. Pero,
a diferencia de aquéllas, la ilegalidad y crueldad de la lucha ya no se destacan como
elementos necesarios para la derrota del enemigo, sino que aparecen como «excesos» o
«errores» propios del enfrentamiento bélico (Feierstein, 2007). Frente a esto, no sólo se
reafirma la invalorable tarea realizada por las FF.AA. en aras de la paz y la justicia
nacional, sino que además se propone dejar en manos de Dios y de la historia la
valoración de dichos actos.
Meses más tarde, esta misma postura será ratificada con la promulgación de la ley Nº
22.924, conocida como “Ley de Autoamnistía”, a través de la cual se garantizaba la
absolución de todos los hechos penales cometidos desde el 25 de mayo de 1973 hasta el
17 de junio de 1982, “…realizados en ocasión o con motivo del desarrollo de acciones
dirigidas a prevenir, conjurar o poner fin a las referidas actividades terroristas o
subversivas, cualquiera hubiera sido su naturaleza o el bien jurídico lesionado”.
Asimismo, la impunidad de los actos quedaba asegurada por el decreto Nº 2726/83, en el
que se ordenaba la incineración de todo documento oficial referido a la represión militar.
Tanto el “Documento Final” como la “Ley de Autoamnistía” constituyen un ejemplo
palmario de lo que decíamos líneas arriba, esto es, que la interpretación del pasado no es
independiente de las perspectivas hacia el futuro. Así, pues, ante la inminente transición
democrática y posible apertura de causas judiciales por violación de los derechos
humanos, las FF.AA. se vieron en la necesidad de justificar su accionar represivo, de
suerte que éste fue presentado como una consecuencia inevitable del «acto de servicio»
realizado y, por lo tanto, quedaba fuera de sanción alguna. Cabe destacar que esta visión
no sólo fue sostenida por los militares, sino también por amplios sectores de la sociedad
civil. A modo de ejemplo, valga la siguiente carta, publicada por La Prensa el 25 de abril
de 1984:
10
La acción contra la guerrilla
Señor Director:
Manifiesto mi profundo rechazo a las declaraciones formuladas por la titular de
las “Madres de Plaza de Mayo”, aparecidas en “La Prensa” del 16 del corriente, y en
las cuales, al referirse al ex presidente Jorge R. Videla, lo señaló como “asesino” y
manifestó que “las Fuerzas Armadas no pueden reclamar el honor de la victoria en la
lucha antisubversiva”.
Como joven estoy profundamente orgulloso con la acción de nuestras
instituciones armadas, que terminaron con el tremendo flagelo subversivo que
asolaba todos los rincones del país. Tampoco puedo olvidar que la inmensa mayoría
de los argentinos reclamaba el concurso de las Fuerzas Armadas a fin de terminar con
los elementos subversivos, sin oponer reparos a los medios conducentes a ello, y que
saludó alborozada a nuestros jefes, oficiales y soldados cuando concluyeron tan
patriótica misión.
La Nación toda, por medio de su brazo armado, ha ganado la batalla de las armas.
No dejemos que unos pocos ganen la batalla ideológica.
Guillermo McLoughlin Breard
Anchorena 1278, Buenos Aires
Algunos partidos políticos de extrema derecha, entre los cuales se destaca la Unión de
Centro Democrático (UCeDe), también apoyaron la autoamnistía; mientras que muchos
otros, aún cuando la rechazaron, consideraron irrevocable el peso de la letra. Ítalo Luder
fue un ejemplo notorio de esta postura. Basándose en el principio de la ley más benigna,
afirmaba que la sanción de la ley 22.924 tornaba imposible el enjuiciamiento de las
FF.AA. De este modo, una eventual victoria del peronismo no sólo echaba por tierra las
expectativas de justicia retroactiva, sino que además demostraba que la impunidad
estaba al alcance de todo aquel que lograra sustituir exitosamente a las autoridades
democráticas2.
Por el contrario, desde el inicio de su campaña electoral, Raúl Alfonsín sostuvo la
necesidad de establecer una ruptura con el pasado de a-juridicidad característico de la
escena nacional3, lo cual era una demanda ampliamente sostenida por los organismos de
2
En este sentido, Acuña y Smulovitz razonan que: “…en tanto el proceso judicial puede establecer
que los costos en que incurrirán aquellos que deserten del juego democrático serán mayores que
los de permanecer en el mismo, el juzgamiento puede llegar a constituirse en un mecanismo de
disuasión de futuras estrategias autoritarias y, consecuentemente, en un importante factor de
reproducción de estabilidad democrática.” (1995: 23)
3
Cabe destacar que en respuesta al “Documento Final”, Alfonsín emitió una publicación titulada
“No es la palabra final”, donde afirmaba que: “…a) Los actos ilícitos cometidos durante la
represión deberán ser juzgados por la Justicia y no solamente por la historia; esa Justicia será la
civil, común a todos los argentinos y no se admitirán fueros personales contrarios a la
Constitución. b) Será la Justicia, y no los interesados, la que decidirá qué conductas pueden
considerarse razonablemente actos de servicio. Según principios jurídicos básicos, es inadmisible
que delitos contra la vida o la integridad física de ciudadanos que no opongan resistencia, puedan
ser considerados actos propios de la actividad de las Fuerzas Armadas. c) Será la Justicia, y no los
11
derechos humanos y la sociedad civil en su conjunto. En este sentido, pues, el juicio a las
Juntas Militares y la denuncia de un supuesto pacto militar-sindical, que colocaba a su
rival político como la continuación de formas de acción ilegales y violentas, fueron
elementos
centrales
en
los
discursos
del
candidato
radical.
Indudablemente,
diferenciarse del pasado y presentarse como la mayor garantía de la restauración del
imperio de la ley constituyó su principal operación política (Landi y González Bombal,
1995). Operación, por lo demás, que lo llevó a la victoria electoral en diciembre de 1983.
Si la derrota del peronismo no había sido tarea sencilla, restablecer el estado de
derecho mostraba ser aún más dificultoso. El gobierno radical era conciente de la ardua y
delicada función que tenía por delante, al menos, así lo confiesa Carlos Nino, uno de los
juristas más destacados del período: “Mientras celebrábamos los resultados de la elección
en la casa de Caputo, estábamos preocupados sobre lo que el futuro traería. Todos
sabíamos que ningún gobierno democrático había finalizado su mandato desde el gobierno
de Alvear en 1928. Nuestro trabajo acababa de comenzar.” (2006: 119)
Con el propósito de cumplir con las promesas electorales de justicia y, a la vez,
incorporar las FF.AA. a la vida constitucional, Alfonsín había diseñado una estrategia
basada en dos elementos esenciales: la autodepuración de los militares y el
enjuiciamiento conforme con los distintos grados de responsabilidad. De acuerdo con esta
tesis, existían “…tres categorías de autores: los que planearon la represión y emitieron
las órdenes correspondientes; quienes actuaron más allá de las órdenes, movidos por
crueldad, perversión, o codicia; y quienes cumplieron estrictamente con las órdenes.
Alfonsín creía que mientras las dos primeras categorías merecían el castigo, los que
pertenecían al tercer grupo debían tener la oportunidad de reinsertarse en el proceso
democrático.” (Nino, 2006: 114-115)4. Como veremos, las luchas y presiones políticas
surgidas en torno al juicio a las Juntas Militares condujeron los hechos por senderos
diferentes de los planeados originariamente.
Una de las primeras medidas adoptados por el presidente fue la sanción de los
decretos 157/83 y 158/83, ambos de gran importancia en el marco de la transición
democrática. El primero ordenaba la persecución penal de los máximos jefes guerrilleros
por los delitos de homicidio, asociación ilícita, instigación pública a cometer delitos,
apología del crimen y otros atentados contra el orden público realizados a partir del 25
interesados, la que decida quienes tienen derecho a invocar la obediencia debida, el error o la
coacción como forma de justificación o excusa.”
4
Es de resaltar el análisis que Crenzel efectúa al respecto: “…esta tesis no contemplaba la
manifiesta crueldad e ilegalidad de los crímenes perpetrados, la relativa autonomía operativa en
su ejecución y la existencia de casos, si bien minoritarios, que desmentían que el disenso con las
órdenes supusiera represalias.” (2008: 57)
12
de mayo de 19735; en tanto que el segundo dictaminaba el juicio sumario ante el Consejo
Supremo de las FF.AA. a los integrantes de la tres primeras Juntas Militares −el Teniente
General Jorge Videla, Brigadier General Orlando Agosti, Almirante Emilio Massera,
Teniente General Roberto Viola, Brigadier General Omar Graffigna, Almirante Armando
Lambruschini, Teniente General Leopoldo Galtieri, Brigadier General Basilio Lami Dozo y
Almirante Jorge Anaya− acusados de homicidio, privación ilegal de la libertad y aplicación
de tormentos a los detenidos. El dictamen de ambos decretos materializaba
jurídicamente la llamada «teoría de los dos demonios», la cual explicaba el autoritarismo
vivido en Argentina como el producto de las acciones violentas e ilegales llevadas
adelante tanto por la guerrilla de izquierda, como por los militares que usurparon el
poder en 1976. De esta forma, el gobierno pretendía demostrar a la opinión pública y,
fundamentalmente, a las autoridades castrenses que su estrategia no era «antimilitar»
sino más bien un sincero intento por restablecer el orden jurídico violentado durante
tantos años.
Para dar cumplimiento a este objetivo primero era necesario sortear algunos
obstáculos en materia legal, a saber, la ley 22.924 y el Código de Justicia Militar vigente.
Mientras que la autoamnistía se derogó por unanimidad el 29 de diciembre de 1983, la
reforma del Código Militar fue materia de controversias y largas discusiones en la Cámara
de Diputados y Senadores. Finalmente, por medio de la ley 23.049, se estableció que el
Consejo Supremo de las FF.AA. fuera la jurisdicción inicial para la prosecución penal de
los militares y que los tribunales civiles se hicieran cargo del proceso ante una indebida
demora o negligencia por parte del tribunal castrense o, pudieran apelar una vez
conocida la sentencia. Asimismo, se aprobaron algunos otros cambios que alteraron
sustancialmente la estrategia de justicia limitada propuesta por Alfonsín. “En particular,
en el debate parlamentario, se introdujo una modificación que impidió el uso
indiscriminado del concepto de “obediencia debida” tal como aparecía en el proyecto
original del Ejecutivo. El artículo 11, finalmente aprobado, interpretativo del concepto
de “obediencia debida” estableció que “se podrá presumir, salvo evidencia en contrario,
que se obró con error insalvable sobre la legitimidad de la orden recibida, excepto
cuando consistiera en la comisión de hechos atroces o aberrantes.” La inclusión de este
artículo además de impedir al gobierno limitar, desde el inicio, el número de posibles
imputados, introdujo un factor de incertidumbre en su relación con las FF.AA. en tanto
los alcances de la ley iban a ser definidos de forma contingente en los diversos procesos
judiciales.” (Acuña y Smulovitz, 1995: 53)
5
Los líderes guerrilleros afectados por el decreto eran: Mario Eduardo Firmenich, Fernando Vaca
Narvaja, Ricardo Armando Obregón Cano, Rodolfo Gabriel Galimberti, Roberto Cirilo Perdía,
Héctor Pedro Pardo y Enrique Heraldo Gorriarán Merlo.
13
A partir de ese momento, pues, el éxito o fracaso de la justicia retroactiva estaba en
manos de las propias autoridades castrenses. El 29 de diciembre de 1983, el Consejo
Supremo notificó a los nueve acusados que estaban bajo proceso y los llamó a prestar
declaraciones6. Coherentes con su postura, esgrimieron argumentos basados en la teoría
de la «guerra antisubversiva». Así, por ejemplo, Videla declaró su inocencia respecto de
los cargos penales y reafirmó que las acciones realizadas debían ser calificadas como
actos de servicio y no justiciables, varios realzaron la importancia de la derrota del
enemigo comunista para la consolidación de la democracia y otros catalogaron al proceso
judicial como una forma de revancha contra las FF.AA.
Pese a las presiones políticas de sectores favorables a los militares, durante los
siguientes meses, se continuó con el proceso penal, generándose incluso algunos
resultados, como el rechazo de las apelaciones que cuestionaban la constitucionalidad de
las modificaciones hechas al Código Militar y la prisión preventiva de Videla y Agosti. Sin
embargo, en septiembre de 1984, luego de que la Cámara Federal de Apelaciones ya
hubiera otorgado dos extensiones en los plazos estipulados, el Consejo Supremo emitió un
informe, donde afirmaba que:
Con referencia a las responsabilidades de los comandantes en jefe por los delitos que
pudieron cometerse en el cumplimiento de órdenes del servicio (Art. 514 del CJ.M.)
se hace constar que, según resulta de los estudios realizados hasta el presente, los
decretos, directivas, órdenes de operaciones, etc., que concretaron el accionar
militar contra la subversión terrorista son en cuanto a contenido y forma inobjetables
y, consecuentemente, solo podría responsabilizárselos indirectamente por la falta de
control suficiente, oportuno y eficaz, para impedir, frustrar o condenar los ilícitos
que pudieran haberse cometido durante las acciones operacionales o de seguridad
que sus órdenes motivaron.
Sin embargo, para que en tal carácter puedan considerarse sus responsabilidades -al
margen de las responsabilidades mediatas que se le imputan- también es necesario
probar primero la comisión de los ilícitos denunciados, pues de lo contrario no
resultará posible establecer la falta de contralor que los motivos ni la relación de
causalidad, requisitos indispensables para pronunciarse sobre aquellas.
En conclusión el tribunal quiere poner de manifiesto que no se considerará en
condiciones de sentenciar en esta causa dentro del plazo previsto, porque interpreta
que sin el panorama completo, descubierto a la luz de los hechos probados, le
resultará imposible formar una opinión afirmada en la verdad, ni dimensionar
debidamente las responsabilidades de quienes obraron o pudieron haber obrado por
motivaciones que enmarcaron en la lucha contra la delincuencia subversiva y
terrorista que asoló a nuestra patria y, hacerlo además, sin perder de vista el
concepto de "la disciplina", bien jurídico que configura la base inconmovible de las
instituciones militares y, justifica en última instancia, la existencia de los tribunales
militares.
6
“Hubo otros que también fueron llamados a juicio con los miembros de la Junta. El decreto 280
del 19 de enero 1984 ordenó que el General Camps, un abierto defensor de la represión, fuera
sometido a proceso y puesto inmediatamente bajo arresto. De la misma forma el jefe de la ESMA,
el almirante Chamorro, fue acusado el 21 de febrero de 1984 junto con los miembros de las
Juntas.” (Nino, 2006: 129)
14
Concretamente, este documento significó la negativa de las FF.AA. de llevar adelante
la estrategia de autodepuración impulsaba por el Poder Ejecutivo. En respuesta, la
Cámara Federal solicitó el envío de las 15.000 fojas del expediente y tomó a su cargo el
proceso judicial, conforme lo establecido en la ley 23.049. “Esta decisión marcó el
fracaso de un elemento clave en la estrategia de Alfonsín: utilizar el tribunal militar
como un filtro para asignar responsabilidades por violaciones de derechos humanos.”
(Nino, 2006: 132).
El gobierno no fue el único actor que vio frustrarse sus objetivos. Por su parte, las
FF.AA. fueron incapaces de impedir el tratamiento judicial de los delitos cometidos
durante la dictadura y la eventual condena de personal militar o policial; mientras que
los organismos de derechos humanos tampoco lograron el tratamiento judicial esperado,
ya que la jurisdicción en primera instancia fue militar y los niveles de responsabilidad
establecidos sólo afectaron a un grupo reducido de oficiales7. “En este contexto, en
donde los objetivos de máxima del gobierno, del movimiento de DD.HH, y de las FF.AA,
ya se habían visto frustrados, se produce el ingreso del poder judicial como un actor
autónomo en la disputa. Su entrada implicó un cambio de ámbito y de las reglas para la
resolución del conflicto y derivó en un cambio en la dinámica de las disputas. A partir de
ese momento, y por unos meses, la lógica jurídica primó por sobre la lógica política que
hasta entonces había gobernado la lucha.” (Acuña y Smulovitz, 1995: 56-57)
*****
Antes de pasar a considerar los sucesos acaecidos en la cámara de audiencias, es
preciso mencionar un elemento central en la estrategia alfonsinista de justicia
retroactiva: la creación de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas
(CONADEP)8.
El 15 de diciembre de 1983, por medio del decreto presidencial 187, se constituyó la
CONADEP con el objetivo de esclarecer las desapariciones de personas en el país.
Integrada por personalidades de la sociedad civil y representantes del Poder Legislativo
nacional, tuvo como funciones recibir denuncias o pruebas sobre la desaparición de
personas; remitirlas a la Justicia en caso de estar relacionadas con la presunta comisión
7
Dado los límites del presente trabajo, resulta difícil poder mencionar las múltiples causas que
impidieron el logro de los objetivos de cada uno de los actores. En este sentido, se reconocen de
dos ausencias significativas: el contexto de extrema debilidad y descrédito político en el que las
FF.AA. se retiraron, producto de la derrota de Malvinas y la crisis económica del país; y la
importancia que el movimiento de derechos humanos tuvo para la vuelta de la democracia (véase
Landi y González Bombal, 1995; González Bombal, 1995).
8
Aquí se presentan algunas de las características más sobresalientes del trabajo que desempeñó la
CONADEP. Para un análisis pormenorizado, véase Crenzel (2008)
15
de delitos; averiguar el destino o paradero de las personas desaparecidas; determinar la
ubicación de niños sustraídos; y denunciar cualquier intento de ocultamiento o
destrucción de elementos probatorios. La Comisión podía exigir testimonios, datos y
documentos a cualquier funcionario público o miembro de las FF.AA. y de seguridad,
como también el acceso inmediato a los establecimientos estatales. Al cabo de 180 días,
debía elaborar un informe donde detallara pormenorizadamente los resultados obtenidos
en su investigación.
Por constituir un organismo extra-parlamentario, la CONADEP no podía emitir juicio
sobre los hechos y circunstancias que eran competencia exclusiva del Poder Judicial.
Desde la óptica presidencial, ésta era su principal virtud. En efecto, “El Presidente
rechazó las propuestas de crear una comisión bicameral del Congreso generada por
grupos de derechos humanos y el peronismo. Creía que una comisión ligada al Congreso
daría la poca saludable oportunidad a los legisladores de competir por la autoría de la
sanción más dura a las Fuerzas Armadas, creando una situación extremadamente tensa.”
(Nino, 2006: 125).
Pese a ello, la CONADEP no fue bien recibida en las filas castrenses. Las autoridades
de las FF.AA. manifestaron públicamente su disconformidad, en tanto que los servicios de
inteligencia siguieron de cerca las acciones de la Comisión por considerarla parte de la
delincuencia subversiva. Asimismo, Familiares y Amigos Muertos por la Subversión
(FAMUS) reclamó al gobierno que también investigara los delitos cometidos por las
organizaciones armadas de izquierda.
El movimiento de derechos humanos tampoco estuvo satisfecho. Algunas asociaciones,
como Madres de Plaza de Mayo, rechazaron su creación arguyendo que la comisión extraparlamentaria carecía de mecanismos coercitivos para forzar a los militares a declarar.
Otras, sin recusarla completamente, se mostraron escépticas ante la eficacia que pudiera
tener. Al poco tiempo, no obstante, la mayoría de los organismos decidió prestar su
colaboración al entregar información, brindar apoyo técnico, facilitar sedes y/o enviar
militantes para ocupar diversos cargos. De este modo, “…sostuvieron una posición dual,
colaboraron activamente con la Comisión pero, públicamente, siguieron reclamando la
comisión bicameral con los mismos argumentos que esgrimieron al oponerse a la
CONADEP. Sólo Madres de Plaza de Mayo llamó a no concurrir a declarar, a no ratificar las
denuncias realizadas y criticó a los organismos que entregaron sus acervos de denuncias a
la Comisión.” (Crenzel, 2008: 64-65)
Pese a estas oposiciones y renuencias iniciales, la CONADEP comenzó sus tareas el 29
de diciembre de 1983, designando a Ernesto Sabato como presidente y estableciendo
16
cinco secretarías que llevarían adelante los trabajos específicos9. Por aquellos días,
estaba extendida la creencia de que los desaparecidos se encontraban con vida. Por ello,
la Comisión comenzó buscando en cárceles, hospitales e institutos de menores la
existencia de detenidos ilegales. Nadie apareció. Fue entonces cuando Graciela
Fernández Meijide advirtió sobre la necesidad de diseñar una estrategia de investigación
que, sin dejar de contener información sobre casos particulares, les permitiera probar el
sistema de desaparición implementado durante la dictadura. Así, la Comisión promovió
una serie de medidas que resultaron determinantes para el éxito de su labor. En primer
lugar, solicitó al Poder Ejecutivo que impidiera la salida del país a personas
presuntamente involucradas en desapariciones y sustracciones de niños. Luego, puso a
disposición de los organismos de derechos humanos toda la información que fuera de su
interés. Por medio de avisos en radio y televisión, convocó a la ciudadanía a brindar
testimonios. Creó delegaciones en Mar del Plata, Bahía Blanca, Córdoba y Santa Fe.
Organizó viajes al interior del país donde recibió unas 1.400 denuncias. Viajó al exterior
para tomar declaraciones a los sobrevivientes exiliados, analizar pruebas y establecer
sedes en las embajadas. Junto con las Abuelas de Plaza de Mayo, creó un banco de datos
para ayudar a identificar a los niños sustraídos. Asimismo, examinó registros policiales y
penitenciarios, recibió testimonios de miembros de las FF.AA., e inspeccionó más de 300
centros clandestinos de detención.
Como consecuencia de estas iniciativas, creció la confianza de la opinión pública en la
CONADEP y aumentó extraordinariamente el número de denuncias recibidas. Al cabo de
los 180 días era evidente que aún había mucho trabajo por delante, por eso, el
presidente Alfonsín decidió extender 3 meses el plazo inicial.
Durante ese período, una de las principales tareas que la Comisión hubo de afrontar
fue la organización y presentación de la información recolectada. Luego de largos
debates, se decidió ordenarla en «paquetes» de denuncias. Así, las acusaciones,
testimonios y datos obtenidos fueron agrupados según los campos clandestinos de
detención. El resultado de esta ardua y trabajosa tarea fue el informe Nunca Más.
Este informe es considerado por muchos como el registro más acabado sobre las
violaciones a los derechos humanos en Argentina. Probablemente no se equivocan. Allí,
se registran 8.961 personas en situación de desaparición, cifra que se reconoce
incompleta; 340 centros clandestinos de detención; más de 1.300 oficiales de las FF.AA. y
9
Las secretarías se organizaron del siguiente modo: “…Graciela Fernández Meijide fue la
secretaria a cargo de recibir las denuncias; Daniel Salvador, el secretario a cargo de la
documentación y el procesamiento de los datos; Raúl Aragón, el secretario a cargo del
procedimiento; Alberto Mansur, el secretario a cargo de asuntos legales, y Leopoldo Silgueira
secretario a cargo de los asuntos administrativos.” (Nino, 2006: 132)
17
de seguridad involucrados en la represión y un conjunto incalculable de personas que
prestaron directa o indirectamente sus apoyos.
A través del informe, la CONADEP no sólo buscaba poner en evidencia la dimensión
cuantitativa que la represión había adquirido, sino también elaborar un relato verosímil,
objetivo e inteligible sobre ese pasado. Por ello, decidió basar la exposición en la
trascripción de testimonios directos, seleccionados por el carácter representativo y
probatorio de las vejaciones sufridas. Así, los sobrevivientes y familiares de
desaparecidos ocuparon un lugar privilegiado, representando el 75% de los testimonios
incluidos (Crenzel, 2008). Asimismo, la veracidad de lo narrado se logró mediante la
inclusión de fotografías y planos de los centros clandestinos inspeccionados, la mención
de los profesionales e instituciones que colaboraron con la investigación y la publicación
de datos provenientes de las propias fuentes militares. En contraposición con esta
abundante y profusa descripción del sistema represivo implementado, el informe fue
escueto respecto al proyecto político de la dictadura, sólo mencionó la Doctrina de la
Seguridad Nacional y evitó analizar las consecuencias sociales que produjo. (Funes, 2001)
Por varios motivos, el trabajo de la Comisión resultó invalorable para la transición
democrática. En primer lugar, representó −y aún representa− uno de los soportes más
importantes de la memoria sobre nuestro pasado reciente. De hecho, fue el proyecto más
consistente por interpretar los acontecimientos ocurridos durante la dictadura militar. En
este sentido, explicó el genocidio de acuerdo con la «teoría de los dos demonios» y
propuso una lectura del sistema de desaparición basada en los principios políticos y
morales de Occidente, de suerte que las víctimas fueron presentadas como sujetos de
derecho borrándose así sus identidades sociales y políticas:
“El Nunca Más produjo un verdadero acontecimiento reordenador de las
significaciones de ese pasado e impuso una marca que ha quedado como un polo de
referencia para los trabajos de la memoria social. (…) Era algo más que una
narración de los crímenes y una recopilación de testimonios: era una prueba en el
sentido de una intervención que se orientaba a someter esos acontecimientos a la
acción de la ley. Eso contribuyó decididamente a otorgarle el peso institucional y
simbólico de un corte con el pasado.” (Vezzetti, 2002: 11)
“…el Nunca Más conformó un nuevo régimen de memoria sobre la violencia política y
las desapariciones en la Argentina, que integró ciertos principios generales de la
democracia política, los postulados del gobierno de Alfonsín para juzgar la violencia
política y la narrativa humanitaria forjada durante la dictadura para denuncia sus
crímenes.” (Crenzel, 2008: 24)
En segundo lugar, el Nunca Más resultó un elemento clave para los objetivos
presidenciales, pues, permitió satisfacer las demandas de los organismos de derechos
humanos sin exceder el plan de justicia retroactiva propuesto por Alfonsín.
“Contrariamente a los problemas en el Congreso y en el Consejo Supremo, la estrategia
18
del gobierno con la CONADEP resultó absolutamente exitosa. Los esfuerzos de la
CONADEP ayudaron a dar cuenta de los desaparecidos, colectaron invalorable evidencia
para los juicios, crearon un refugio en el aparato del Estado para las víctimas y sus
familiares y mejoraron las relaciones con grupos de derechos humanos.” (Nino, 2006:135)
Por último, la importancia del Nunca Más también quedó en evidencia durante el
juicio, ya que aportó el cuerpo probatorio fundamental, vertebró la estrategia de
acusación de la fiscalía, constituyó uno de los principales motivos de debate para las
defensas y, fundamentalmente, propuso un tipo de verdad sobre el pasado que los
tribunales legitimaron con la autoridad de la ley. Veamos a continuación, pues, cómo
sucedió este proceso.
La justicia en marcha10
Como se dijo, el ingreso del Poder Judicial como actor autónomo modificó el ámbito,
la dinámica y las reglas de la disputa en torno al juicio a los ex comandantes. A partir de
ese momento, los diversos actores debieron comportarse según la lógica jurídica.
Ésta se caracteriza por limitar los márgenes de acción y negociación a un código
preestablecido y por procesar la información en términos de pruebas (Acuña y Smulovitz,
1995). Por ello, los relatos que ingresan al campo judicial necesariamente sufren una
metamorfosis: son despojados de sus connotaciones políticas y expresiones coloquiales
para ser traducidos al sistema clasificatorio legal. De este modo, la comprensión de los
hechos queda circunscripta a los juristas, en tanto la sociedad civil sólo posee algunas
referencias globales sobre lo lícito y lo ilícito.
Asimismo, la lógica jurídica conlleva mecanismos de individuación, transformación y
resignificación de las identidades sociales y políticas (Kaufman, 1991). Sabemos que a la
sala de audiencias asistieron numerosos actores que representaban, a grandes rasgos, al
conjunto de la sociedad: delegados sindicales, líderes partidarios, miembros de los
organismos de derechos humanos, represores, grupos afines a las FF.AA., funcionarios
públicos e integrantes de la sociedad civil, entre otros. Sin embargo, ninguno de ellos
participó según su identidad o ideología porque su intervención debió ajustarse a las
reglas del derecho. En este sentido, las víctimas participaron como testigos, los
perpetradores como acusados, algunos agentes estatales como querellantes y, otros como
10
El lector no encontrará aquí un análisis jurídico de los fundamentos argüidos por los litigantes,
defensores y magistrados. Para una discusión sobre los mismos, recomiendo consultar la obra de
Nino (2006)
19
jueces. Mientras que una infinidad de personas sólo pudo intervenir en calidad de
espectador.
Siguiendo a Kaufman (1991), estos actores pueden clasificarse en estables y
ocasionales. Los primeros están presentes a lo largo del proceso judicial: la fiscalía, los
acusados, los abogados defensores y los magistrados. Por el contrario, los actores
ocasionales tienen una participación esporádica y cambian en cada sesión. Tal es el caso
de los testigos, el público general, los invitados especiales y los periodistas acreditados.
La autora analiza cómo estos actores se posicionan de modos diversos en relación a
indicadores de la puesta en escena, como ser la ubicación y circulación dentro de la sala.
Por ejemplo, los actores estables ingresan y se retiran del recinto en forma conjunta,
mientras que los ocasionales lo hacen individualmente.
Más importante resultan las diferencias en sus capacidades discursivas. Los actores
ocasionales no poseen «voz propia» ni elaboran discursos autónomamente. Sus relatos se
articulan a partir de las intervenciones de otros sujetos, ya sean demandantes,
defensores o magistrados. En contraposición, los actores estables poseen una visión sobre
los acontecimientos que desarrollan a lo largo de todo el proceso judicial. Esta diferencia
resulta central, especialmente, si recordamos que el juicio a las Juntas Militares
constituyó la arena donde distintas visiones sobre el pasado entraron en lucha y
confrontación, a fin de constituirse como verdaderas. En este sentido, entonces, la
fiscalía, los acusados y los jueces tuvieron la oportunidad de exponer y argumentar su
interpretación sobre los hechos litigados. Oportunidad que la propia lógica jurídica negó
a los testigos.
Las declaraciones de los testigos11
Entre el 22 de abril y el 14 de agosto de 1985 se realizó la audiencia pública. A lo
largo de 900 horas, declararon 833 personas para probar que en Argentina se había
ejecutado un plan sistemático y clandestino de exterminio. Al igual que el informe de la
CONADEP, la mayoría de los testigos eran víctimas del terrorismo de Estado, sea porque
habían estado detenidos en un centro clandestino o tenían familiares desaparecidos. Sin
embargo, allí también se escucharon otras voces: miembros de la conducción de la
central obrera, representantes eclesiásticos y algunos ex presidentes (Crenzel, 2008;
Ciancaglini y Granovsky, 1995).
11
Los límites de este trabajo imposibilitan analizar la enormidad de material producido durante la
audiencia pública. Por ello, sólo se analizan algunas características de esta etapa, quellas que
tuvieron mayor relevancia para la realización simbólica del genocidio.
20
Para buena parte de la ciudadanía, esos meses resultaron estremecedores e
impactantes. No sólo porque muchos se emocionaron al ver a los represores otrora
todopoderosos someterse al peso de la ley, sino también porque las atrocidades que
revelaron los testimonios sacudieron hondamente a la opinión pública:
“Los ciudadanos iban a estremecerse con los testimonios que allí se escucharían e
iban a vivir una suerte de macabra “remake” del hallazgo de las fosas comunes y de
la publicidad que el periodismo sensacionalista había dado a ciertos testimonios de
víctimas de la represión.” (Camarasa et al., 1985: 88)
“La conciencia moral de la sociedad parecía haber sido profundamente afectada por
estos juicios. Aun a pesar de que el juicio no fue transmitido directamente por
televisión, los meses de testimonio respecto de las atrocidades hicieron un impacto
perceptible en la mente de la gente.” (Nino, 2006: 144)
Asimismo, muchos consideraron que la sola presencia de sobrevivientes y familiares
de desaparecidos frente al tribunal constituía un hecho de trascendencia histórica. En
efecto, era una evidencia notoria del cambio de actitud del Estado, el cual pasaba de
negar simbólica y/o materialmente a las víctimas a escuchar sus historias e intentar
reparar el daño ocasionado por las FF.AA.
Sin embargo, estas historias tenían límites precisos: producir la prueba jurídica. En
este sentido, los testimonios debían respetar y ajustarse al lenguaje legal. Las opiniones
e interpretaciones subjetivas debían omitirse y los acontecimientos narrados tenían que
ser susceptibles de comprobación. De tal manera, los relatos estuvieron confinados casi
exclusivamente al plano sensorial. Este pasaje del género testimonial al legal, esfumó las
subjetividades de los actores.
Tampoco se admitieron referencias a identidades colectivas porque en el vocabulario
jurídico sólo caben narrativas individuales. Al respecto, Kaufman afirma que: “Como
resultado de la «juridización» de otros lenguajes se torna imposible recrear nociones
referidas a identidades político-sociales. (…) De este modo, las identidades políticas
colectivas incluidas en las historias narradas ante el tribunal van perdiendo consistencia;
para ser capturables por el lenguaje jurídico deben transformarse en relatos
“individuales” (Yo vi, yo oí, yo sentí). Su sostén es el individuo que percibe, no su
pertenencia ideológica o su interpretación de los hechos relatados, pues para el Derecho,
el “yo pensé” como acto interpretativo de la conducta propia o ajena es absolutamente
irrelevante; sólo debe exponerse aquello que cae bajo la percepción directa, a modo de
descripción” (1991: 6).
Los jueces fueron los encargados de hacer respetar estos fundamentos legales y así
asegurar que los testimonios conservaran las formas adecuadas. En más de una
oportunidad, debieron controlar la manifestación de fuertes emociones, como también la
21
emergencia de ciertos temas. Opiniones personales, lecturas políticas y preguntas acerca
de las identidades partidarias de los testigos fueron una y otra vez refrenadas.
En este punto, era evidente que la estrategia de las defensas resultaba antagónica
con la propia lógica jurídica. Como veremos, éstas buscaron fundamentar los delitos
juzgados en la doctrina de la «guerra antisubversiva». Así, “…una de sus tácticas más
repetidas intentaba demostrar que los testigos habían pertenecido a organizaciones
insurgentes (…). La repetición en acto de ese escenario de la llamada “guerra sucia” era
tal que algunos de los testigos, sobrevivientes de los campos de concentración,
declaraban que las preguntas de los abogados defensores de los jefes militares eran casi
las mismas que las que les dirigían en las sesiones de tortura.” (Vezzetti, 2003: 136-137)
Contrariamente, la fiscalía evitó indagar sobre la participación política pasada de los
testigos o sus familiares desaparecidos. Sus indagaciones, en cambio, se centraron en
aquellos datos que pudieran probar la participación criminal de los imputados: lugares,
fechas, nombres, mecanismos represivos, etc. En este sentido, muchos debieron relatar
minuciosamente las vejaciones sufridas para mostrar la regularidad y sistematicidad en la
privación de la libertad, tortura y exterminio.
Por todo esto, sostengo que el tratamiento judicial del pasado produjo, por un lado,
la negación de la identidad de las víctimas y, por otro, cierto horror y paralización de
la sociedad ante los hechos relatados. En efecto, dijimos que durante el proceso legal
sólo importa aquello que puede ser probado por medio de evidencias objetivas e
irrebatibles. Desde esta lógica, entonces, la descripción exhaustiva de maltratos y la
exposición pública de laceraciones y marcas corporales constituyen elementos centrales
por su calidad probatoria. Asimismo, las reglas del derecho permanecen ajenas a las
historias colectivas y sólo reconocen aquellas basadas en percepciones sensitivas. El
lenguaje legal es incapaz de hablar sobre la autonomía o solidaridad que caracterizaban
las prácticas de las víctimas. Estos aspectos quedan fuera de sus intereses o sistemas
clasificatorios. De este modo, las identidades de las victimas necesariamente son ocluidas
y, con ello, la comprensión del proceso genocida.
22
La acusación de la fiscalía12
A cargo del fiscal Julio César Strassera y su adjunto, Luis Moreno Ocampo, las
acusaciones se extendieron durante seis días hábiles: entre el 11 y 18 de septiembre de
1985. Fue la primera vez, desde el inicio del juicio, que los ex comandantes estuvieron
presentes en la sala de audiencias.
Durantes esos días, la fiscalía debía resumir las evidencias presentadas, probar los
delitos imputados a cada uno de los procesados −ver Anexo− y exponer las razones
jurídicas que fundaban los pedidos de condena13. De este modo, quedaría demostrado
que las tres primeras Juntas Militares habían tenido responsabilidad, conjunta y mediata,
en la implementación de un aparato represivo a través del cual se había robado, privado
ilegítimamente de la libertad, torturado y asesinado a centenares de personas. Para ello,
la fiscalía basó su estrategia en el sentido del relato del Nunca Más. (Crenzel, 2008)
En primer lugar, desestimó la idea de que en Argentina se había desarrollado una
guerra sucia o no convencional, argumentando la inexistencia de bajas en las filas
castrenses, ausencia de documentos donde se mencione el enfrentamiento bélico y
recordando algunos de los atropellos cometidos contra ciudadanos indefensos. En vez de
una guerra, Strassera afirmó que se había ejecutado un plan criminal y, en todo caso, si
se sostenía la existencia de un conflicto armado entonces los acusados debían ser
juzgados como criminales de guerra, pues, habían violado las reglas humanitarias para el
trato y protección de civiles y combatientes establecidas en los convenios de Ginebra de
1949.
Particularmente deleznable resulta el argumento de la "guerra sucia", esgrimido hasta
el cansancio como causa de justificación. Se nos dice así que esto fue una guerra –a la
que para cohonestar los inhumanos procedimientos utilizados en su desarrollo se
califica como no convencional- y que en todas las guerras se producen episodios
crueles, que aunque no queridos son su consecuencia necesaria.
En primer lugar, creo necesario dejar claramente establecido que aquí no hubo tal
guerra. Tengo muy buenas razones en abono de esta afirmación, y daré sólo unas
pocas. Ninguno de los documentos liminares del proceso habla de guerra, y ello
resulta por demás significativo…
Pero además, ¿qué clase de guerra es ésta en la que no aparecen documentadas las
distintas operaciones? Que carece de partes de batalla de lista de bajas propias y
enemigas; de nominas de heridos; que no hay prisioneros como consecuencia de
ningún combate, y en la que se ignoran las unidades que tomaron parte…
12
Las declaraciones aquí citadas fueron consultadas en Camarasa et al. (1985) y en la página Web
“Proyecto Desaparecidos” (http://www.desaparecidos.org/). Al igual que con los sub-apartados
siguientes, no desconozco los sesgos que estas fuentes de información puedan introducir al
análisis. Sin embargo, la ausencia de fuentes alternativas me ha obligado a tomar el riesgo de
asumirlos, ejerciendo una vigilancia epistemológica (Bourdieu, Camboredon y Passeron, 2008)
13
Debido a la enorme cantidad de delitos sobre los que existían constancias, la fiscalía decidió
tomar los casos paradigmáticos según un mecanismo utilizado por el Consejo Europeo de Derechos
Humanos. Entonces, de los diez mil que había registrado, presentó 709.
23
Abandonando toda ironía y todo eufemismo, señor presidente, aquí no existió
decididamente enfrentamiento alguno, y ni siquiera el intento de simularlo: se trató,
lisa y llanamente, de una fría y deliberada masacre (…) Es por eso, señores jueces,
que con la referencia a excesos, los comandantes quieren atribuir a sus subordinados
la responsabilidad que les corresponde.
Fiel a la teoría de los dos demonios, la fiscalía explicó esta fría y deliberada masacre
como resultado del enfrentamiento entre dos fuerzas, una proveniente de izquierda y
otra de derecha. Postuló que la violencia instaurada por la guerrilla armada desató una
feroz represión estatal destinada a combatirla. Represión infinitamente mayor en tanto
detentó el monopolio de la coerción física, pero igualmente inmoral en tanto no respetó
orden jurídico alguno. Así, desde esta perspectiva, “…resuena el «todos los extremos son
malos», «se tocan», etc. En esta ecuanimidad neutral y serena subyace una
presuposición: el bando subversivo debía ser derrotado, como todo demonio; el problema
era cómo.” (Drucaroff, 2002). En verdad, la fiscalía no cuestionó el objetivo de la
dictadura -esto es, acabar con la subversión- sino la metodología empleada.
¿Qué respuesta le dio el Estado a la guerrilla subversiva? Para calificarla, señores
jueces, me bastan tres palabras: feroz, clandestina y cobarde. Porque si bien resulta
inexcusable admitir la necesidad y la legitimidad de la represión de aquellas
organizaciones que hacen de la violencia su herramienta de lucha política, a fin de
defender lo valores de la democracia, del mismo modo ha de admitirse que cuando
esa represión se traduce en la adopción de los mismos métodos criminales de aquellas
organizaciones, renunciando a la eticidad, nos encontramos en presencia de otro
terrorismo; el del Estado, que reproduce en sí mismo los males que dice combatir.
Los guerrilleros secuestraban, torturaban y mataban. ¿Y qué hizo el Estado para
combatirlos? Secuestrar, torturar y matar en una escala infinitamente mayor y, lo que
es más grave, al margen del orden jurídico instalado por él mismo, cuyo marco
pretendía mostrarnos como excedido por los sediciosos.
La fiscalía tampoco cuestionó el apoyo que representantes políticos, corporaciones
económicas, jefes sindicales, clérigos y amplios sectores de la sociedad civil prestaron al
régimen militar. Por el contrario, buscó que el juicio girase exclusivamente en torno a la
dicotomía dictadura/democracia y así quedaran eclipsadas las relaciones sociales que
posibilitaron el horror (Crenzel, 2008). En este sentido, Strassera presentó a la sociedad
entera como ajena al conflicto social y político de los años `70, inocente de los ataques
cometidos por guerrilleros y oficiales de las FF.AA., extraña pero victima pasiva de tanta
violencia.
Y si mediante las patotas, los acusados pusieron una capucha a cada una de las
victimas de los secuestros, mediante la campaña de acción psicológica le colocaron
una gran capucha a toda la sociedad…
Como acabamos de demostrar, el Gobierno anterior no ordenó la represión ilegal y la
sociedad nunca pudo aprobar lo realizado porque nunca se le explicó lo que
realmente se hizo. La sociedad argentina siempre fue engañada. Hasta el día de hoy
24
la intentan engañar negando los hechos que ocurrieron. Si la sociedad no sabía, mal
puede otorgar la aprobación a lo realizado…
Afirmar que la sociedad era engañada por propagandas ideológicas e ignoraba lo que
pasaba en aquellos años, supone desconocer los distintos grados de participación y apoyo
que la dictadura recibió por parte de la ciudadanía. De hecho, cualquier mirada holística
sobre los procesos genocidas –es decir, una mirada que olvide la multiplicidad de grupos
con experiencias e intereses diversos que componen el cuerpo social- es incapaz de
comprender el surgimiento, instauración y desarrollo de los mismos. Llama la atención,
no obstante, que esta mirada holística se desvanezca cuando el fiscal habla sobre las
víctimas, pues, allí diferencia entre inocentes y culpables:
Y de aquí, señores jueces, se derivaron consecuencias mucho más graves para el
orden jurídico. Porque, ¿cuántas de las víctimas de la represión eran culpables de
actividades ilegales? ¿Cuántas inocentes? Jamás lo sabremos y no es culpa de las
victimas.
He aquí uno de los mecanismos de realización simbólica: la transferencia de la culpa.
“Por este extraño movimiento intelectual, aquellas víctimas resistentes –es decir,
aquellos que se considera como “sujetos no inocentes”- terminan cargando sobre sus
espaldas los asesinatos de quienes tenían menor inserción en las luchas concretas, menor
carga de negativización o menor racionalidad en la construcción de su victimización.”
(Feierstein, 2007: 244). En la acusación, esto se refleja en una historización del pasado
de violencia política insurreccional, donde éste aparece como elemento causal del
terrorismo de Estado. Son las organizaciones de izquierda las culpables de haber
provocado el legítimo poder criminal del Estado. Poder, cuya naturalización impide
comprender sus objetivos reorganizadores del cuerpo social.
Estamos convencidos de que no es posible explicar el terrorismo de Estado -entendido
con el ejercicio criminal del poder, mediante la represión clandestina y al margen de
toda norma jurídica- si no se lo sitúa en su contexto histórico. Y ese contexto nos
muestra como rasgo distintivo la pérdida de la conciencia jurídica; nos revela que
frente a la usurpación del poder por medio de la fuerza, la corrupción en el manejo
de la cosa pública y el fraude electoral, surge para ciertos sectores como única
panacea la violencia guerrillera. Una violencia que hace un culto de sí misma, que ni
siquiera intenta justificarse como enderezada a conjurar el abuso del poder o la
dictadura…
Asimismo, la teoría de los dos demonios supone negar la identidad de las víctimas.
Según esta perspectiva, la dictadura alcanzó a tantos y tan diversos grupos que es
imposible encontrar entre ellos un elemento común que explique su exterminio. ¿En qué
podrían asemejarse un funcionario público y un obrero? ¿O un campesino y un candidato
25
del PC? ¿Y qué decir de aquellas víctimas cuya desaparición no puede más que dejarnos
estupefactos, como ancianos, embarazadas y recién nacidos?
…aquí se ha acreditado que fueron secuestradas criaturas de meses, jóvenes de 14
años, una anciana de 77, mujeres embarazadas, obreros e industriales, campesinos y
banqueros, familias enteras, vecinos de sospechosos, funcionarios del Proceso de
Reorganización Nacional y funcionarios del actual gobierno, ex ministros del gobierno
peronista, integrantes del Partido Comunista y un actual candidato a diputado de la
Unión del Centro Democrático. También un embajador del gobierno militar,
funcionarios judiciales, oficiales de la Marina, cualquiera podía ser devorado por el
sistema. La afirmación de que sólo los que infringían la ley iban a ser sancionados
encubría la realidad. En la Argentina, todos estábamos en libertad condicional…
No existió entonces patrón de conducta al cual la victima podía someterse para estar
a cubierto de una posible injuria. El terrorismo de Estado la ponía en una situación de
absoluta impotencia en lo concerniente a la determinación de su conducta y, por
ende, en la decisión de su destino. El carácter arbitrario e indiscriminado de la
represión sitúa el centro de la suerte de la victima fuera de ésta, pero continúa
considerándola responsable de una conducta que no sólo no decide, sino que incluso
no puede llegar a comprender.
En pocas palabras, las víctimas fueron presentadas en un sentido muy específico: ellas
no habían hecho nada que justificara su exterminio. “El planteo es siempre muerte versus
vida, así se puede borrar la lucha de clases. No hay un bando popular que quiso (pese a
sus disidencias internas y pese a las críticas que hoy pueden hacerse sobre sus
metodologías o estrategias) imponer un orden económico o social igualitario, versus otro
bando que podemos llamar burgués, que se negaba a ello.” (Drucaroff, 2002)
Si bien, durante muchos años, esto constituyó uno de los principales mecanismos para
confrontar y desarticular los argumentos de los perpetradores, ello no debe desviarnos de
sus consecuencias simbólico-materiales. Sostener la inocencia de las víctimas como
principio descalificador de su exterminio, no hace más que producir el efecto contrario:
la acción genocida aparece justificada siempre y cuando sus «mecanismos de selección»
sean eficientes. (Feierstein, 2007)
No creo que pueda sostenerse que el horror y paralización constituya una forma de
realización simbólica de este discurso. Aunque, claro está, párrafos como los que siguen
puedan causar esa impresión:
¿Alguien tiene derecho a permitir que Adriana Calvo de Laborde tenga a su hija
esposada y con los ojos vendados en el asiento trasero de un auto en movimiento y
que soporte durante cinco horas el llanto de su bebé recién nacido, tirado en el suelo
sin poder tocarlo? O lo que narró Susana Caride: "En un momento determinado, por
algo que alguien contestó, Julián tomó la cadena y golpeó a todos los que estábamos
allí, fue algo dantesco, porque al estar engrillados, al estar con los ojos vendados, era
gente que caía uno al lado del otro, con gritos, con sangre, con orín, fue algo
realmente dantesco; me dejaron ahí tirada y al rato con un látigo me volvió a pegar,
me tiraron agua con sal y no sé cuánto tiempo después dijo llévensela, porque sino la
voy a terminar matando".
26
Más bien, creo que la descripción pormenoriza de los maltratos y humillaciones es un
efecto propio de la lógica jurídica. En la medida en que la fiscalía debía probar los delitos
imputados a cada uno de los procesados, hubo de recuperar algunas declaraciones de los
testigos. Sin dudas, retomó aquellas que habían resultado más verosímiles. Y si el horror
no era un dato accesorio, considero que debemos imputarlo al género legal, más que a
una morbosa predisposición a rememorar aquellos sucesos.
En suma, la etapa acusatoria tuvo como mérito probar la existencia de un patrón
sistemático en el accionar represivo, a través de la elaboración de un sinfín de datos y
declaraciones. Sin embargo, esta elaboración pecó de varias ausencias, entre las cuales
figura el apoyo que buena parte de la ciudadanía prestó al régimen militar. Asimismo, la
visión de la fiscalía omitió mencionar los efectos positivos que tuvo el poder represivo del
Estado (Foucault, 2006). Por efectos positivos, desde ya, no entiendo la bondad de sus
resultados, sino aquello que ha colaborado a construir, esto es, una nueva forma de
subjetividad y asociación entre los individuos.
Los alegatos de las defensas14
Las defensas expusieron sus alegatos entre el 30 de septiembre y el 21 de octubre de
1985. Durante esos días, los abogados defensores15 y los propios acusados tuvieron la
oportunidad de presentar sus descargos. Como forma de rechazo al proceso judicial,
Videla fue el único que rehusó el privilegio de hacer uso de la palabra.
Las defensas de los acusados siguieron caminos divergentes. Algunas se libraron casi
exclusivamente en el terrero ideológico al denunciar el carácter «político» del juicio y
afirmar que éste formaba parte de una conspiración para destruir a las FF.AA. Otras, por
su parte, buscaron mostrar el peso diferencial que cada Fuerza había tenido en la lucha
contra la subversión para así refutar los pedidos de condena basados en el principio de
responsabilidad compartida por Juntas. Finalmente, algunos defensores sostuvieron la
inocencia de sus clientes, sea porque descalificaron a los testigos presentados por la
fiscalía, sostuvieron que no había delitos directamente imputables a sus defendidos, o
14
Las declaraciones aquí citadas fueron publicadas en “El Juicio que cambió al país” (1995),
documento elaborado en base a “El Diario del Juicio”.
15
Carlos Tavares, único defensor de oficio, estuvo a cargo de la defensa de Videla, ya que éste se
había rehusado a designar abogado como forma de rechazo al juicio. Jaime Prats Cardona
defendió a Massera; Bernardo Rodríguez Palma, Ignacio Garona y Héctor Alvarado a Agosti; José
María Orgeira, Sergio Andrés Marutián y Carlos Froment a Viola; Enrique Ramos Mejía y Fernando
Goldaracena a Lambruschini; Roberto Calandra, Eduardo Gerome y Eduardo Hernández Agramante
a Graffigna; Eduardo Munilla Lacasa, Alfredo Bataglia, Enrique Munilla y Juan Carlos Rosales a
Galtieri; Miguel Angel Buero y Eduardo Aguirre Obarrio a Anaya; y Miguel Marcópulos a Lami Dozo.
27
bien, porque argumentaron que la represión había llegado a su fin antes de que los
acusados asumieran la conducción del país.
Más allá de estas diferencias particulares, todas las defensas compartieron un mismo
argumento: las FF.AA. habían librado una guerra contra la subversión y, si en el
cumplimiento del deber se habían cometido atropellos contra los derechos humanos,
éstos debían ser interpretados como «errores» o «excesos» propios de toda contienda.
Como sostiene Nino: “En la Argentina, los comandantes alegaron que ellos tenían el
deber de luchar contra la amenaza terrorista. Argumentaron que ganaron la guerra y que
los ganadores de una guerra no deben ser juzgados. Mantuvieron además que la guerra
que ellos lucharon no era una guerra convencional sino una guerra sucia, contra un
enemigo sin patria ni bandera, que no se identificaba ni seguía ninguna regla de la
guerra. La guerra llevó a estos comandantes a adoptar medidas extraordinarias, las
únicas que podían llevarlos a la victoria.” (2006: 249). Probablemente, haya sido Massera
quien mejor sintetizó esta postura:
No he venido a defenderme. Nadie tiene que defenderse por haber ganado una guerra
justa. Y la guerra contra el terrorismo fue una guerra justa. Sin embargo, yo estoy
aquí procesado porque ganamos una guerra justa. Si la hubiéramos perdido no
estaríamos aquí –ni ustedes ni nosotros-, porque hace tiempo que los altos jueces de
esta Cámara habrían sido sustituidos por turbulentos tribunales del pueblo y una
Argentina feroz e irreconciliable hubiera sustituido a la vieja Patria. Pero aquí
estamos. Porque ganamos la guerra de las armas y perdimos la guerra psicológica (…)
Lo único que yo sé es que aquí hubo una guerra entre las fuerzas legales, en donde si
hubo excesos fueron desbordes excepcionales (…)
No he venido a defenderme. He venido, como siempre, a responsabilizarme de todo
lo actuado por los hombres de la Armada mientras tuve el incomparable honor de ser
su comandante en jefe. También me responsabilizo por los hombres de las fuerzas de
seguridad y policiales que durante mi comando actuaron subordinados a la Armada en
la guerra contra la subversión. Quiero decir, además, que me responsabilizo por los
errores que pudieran haber cometido. (Massera, 03/10/1985. Reproducido en El
Juicio que cambió al país, Vol. 5: 43)
El resto de las defensas se expresaron en igual sentido:
“…mucha tinta y mucha saliva se han gastado sobre el tema de la guerra
antisubversiva y la semántica discusión de si ese conflicto armado que vivió nuestra
república fue o no fue una guerra. Si, señores jueces, fue una guerra.” (Marcópulos,
21/10/1985. Reproducido en El Juicio que cambió al país, Vol. 6: 40)
En la Argentina existió indudablemente una guerra”, y para demostrarlo [Calandra]
recordó una serie de hechos a partir del secuestro y asesinato de Aramburu, que
coronó con estas palabras: “Más de diez años de violencia revolucionaria. Guerra no
declarada. Guerra.” (El Juicio que cambió al país, Vol. 6: 19)
En la guerra convencional –afirmó- la conducción centralizada se hace imprescindible
para lograr la adecuada coordinación del movimiento, la potencia de fuego y la
potencia de choque. Estos factores pierden su grativación en la guerra revolucionaria
y son reemplazados en su importancia por las necesidades de información, la
28
eficiencia en las comunicaciones y la capacidad en la acción descentralizada.” (Viola,
12/10/1985. Reproducido en El Juicio que cambió al país, Vol. 5: 61)
“…suponer que una guerra no fue guerra porque no satisface la forma de
documentarla es suponer falsamente, porque la guerra es un fenómeno de la realidad
que no tiene por qué manifestarse como ciertos actores jurídicos (…) Se dice que la
guerra no fue tal y se buscan palabras definidoras del fenómeno que tratan de
desconocer el fenómeno. Nuestra respuesta es tan sencilla como irrebatible. El
fenómeno fue un fenómeno que sólo se entiende con la idea de guerra. Y lo que pasa
en la guerra, la excepción de la excepción, no se puede comprender dentro del orden
normativo ordinario.” (Goldaracena, 14/10/1985. Reproducido en El Juicio que
cambió al país, Vol. 6: 14)
“Los supuestos excesos que eventualmente pudieron cometerse ocurrieron en un
contexto de conflicto armado, llámasele como se le llame, que si bien no justifica los
mismos en su totalidad, sí justifica al menos que en ocasiones no se hayan guardado
todas las formalidades previstas en el Código de procedimientos, legislado para otras
circunstancias y otras ocasiones.” (Rodríguez Palma, 09/10/1985. Reproducido en El
Juicio que cambió al país, Vol. 5: 58)
Desde esta perspectiva, pues, la importancia de vencer al enemigo armado primó
sobre cualquier otra consideración jurídica, legal o administrativa. Las FF.AA. estaban
llamadas a cumplir una misión y no debían tener reparos en los medios para realizarla.
Sin embargo, al igual que las justificaciones expresadas en el “Documento Final”, la
sistemática violación de los derechos humanos no es considerada como un mecanismo
necesario y legítimo en la lucha contra la subversión sino, más bien, producto de errores
y excesos cometidos al calor del combate. Para los miembros de las FF.AA., en realidad,
interesa destacar que ellos actuaron en cumplimiento del deber y realizaron un acto de
servicio invaluable para el bienestar del país:
“Avatares de la vida llevaron a que fuera ungido comandante en Jefe de la Fuerza
Área Argentina cuando la patria sufría los desgarros y acechanzas de sus mayores
enemigos, los de adentro y los de afuera, que querían arrancarle sus entrañas.
Cumpliendo con aquel sentido del deber, al igual que sus hermanas, la Fuerza Área
tuvo que combatir primero a los apátridas y, luego al enemigo extranjero. En esos
combates se llenó de gloria y de mártires, héroes silenciosos que cumplieron con su
deber y que dieron mucho más de lo que yo he dado. Estoy orgulloso de hacer sido
uno de sus comandantes y me honro con esos blasones.” (Agosti, 09/10/1985.
Reproducido en El Juicio que cambió al país, Vol. 5: 59)
“Con la autoridad moral que creo poseer y haber conquistado en los 38 años en la
administración de justicia que tengo sobre mis espaldas, digo que esos señores que se
hallan sentados en el banquillo de los acusados son todos, repito, todos hombres de
bien y hombres de honor que entendieron cumplir con su deber, con alto sentido
patriótico y en compromiso a los ideales y a los principios cuya observancia juraron
cumplir.” (Prats Cardona, 02/10/1985. Reproducido en El Juicio que cambió al país,
Vol. 5: 42)
En efecto, tanto los abogados como ex comandantes, reiteradas veces destacaron que
la victoria contra la subversión salvó al país de la dictadura marxista-leninista y posibilitó
la renovación de nuestros principios democráticos. Más aún, algunos de ellos llegaron a
29
sostener que gracias al desempeño de las FF.AA., fue salvaguardada la propia identidad
nacional16:
“Si las Fuerzas Armadas no hubieran triunfado en la guerra contra la subversión, no
estaríamos hoy aquí sino que seríamos reemplazados por tribunales populares
originados en el concepto marxista-leninista de la dictadura del proletariado.”
(Orgeira, 10/10/1985. Reproducido en El Juicio que cambió al país, Vol. 5: 60)
“Y aun si cometieron errores, cuando menos merecen el respeto y la consideración
correspondiente hacia quienes salvaguardaron en tiempos cruciales las fibras y las
bases mismas constitutivas de nuestra nacionalidad, y gracias a ellos la República vive
hoy en democracia.” (Prats Cardona, 02/10/1985. Reproducido en El Juicio que
cambió al país, Vol. 5: 42)
“He contribuido a que las Fuerzas Armadas lograran el triunfo de una guerra justa que
les fue impuesta. Por ese triunfo me encuentro en este momento procesado. Tengo la
absoluta certeza de que –afirmó- de no haber logrado las Fuerzas Armadas el triunfo,
el país no hubiera recuperado la democracia sino, por el contrario, estaría inmerso en
la dictadura característica del marxismo internacional.” (Viola, 12/10/1985.
Reproducido en El Juicio que cambió al país, Vol. 5: 60)
“Lo único definitivo es la conciencia cuando habla ante Dios y ella me dice que hemos
hecho lo que se debía hacer, que hemos salvado las instituciones, que hemos
preservado la identidad de la nación.” (Lami Dozo, 21/10/1985. Reproducido en El
Juicio que cambió al país, Vol. 6: 41)
En el marco del proceso judicial, adoptar la teoría de la guerra antisubversiva supuso
una estrategia legal específica: negar toda legitimidad al procedimiento jurídico. Así, las
defensas solicitaron revocar la derogación de la ley 22.924 (autoamnistía), la sanción del
decreto 158/83 y la reforma del Código de Justicia Militar. En su lugar, sostuvieron que
sólo Dios y la Historia podían juzgar a los procesados:
“El que salva a una nación no viola ninguna ley” (Marcópulos, 21/10/1985.
Reproducido en El Juicio que cambió al país, Vol. 6: 40)
16
Cabe destacar que esta postura no fue exclusiva de las Fuerzas Armadas. A modo de ejemplo,
valga la siguiente carta publicada por La Nación, el 21/04/1985: “La guerrilla ocupaba pueblos,
asaltaba cuarteles, destruía puertos, asolaba provincias. Magistrados, profesores universitarios,
estudiantes, sacerdotes, periodistas, sindicalistas, políticos, pagaron son su vida el no pertenecer
al signo político de esa barbarie. (…) Hoy el gobierno elegido por el pueblo juzga a quienes más
allá de los errores políticos cometidos y, por cierto, censurables, ostenta la indiscutible
paternidad de esta democracia que los juzga. No es difícil imaginar el destino de nuestros
gobernantes, de [no] haber vencido el terrorismo de aquella guerra. Nada de lo que disfrutamos
existiría: ni partidos políticos, ni orden constitucional, ni Fuerzas Armadas, ni libertad alguna;
habríamos perdido el derecho a la propiedad de bienes y de ideas, se habrían sustituido los valores
morales y religiosos de Latinoamérica, se nos habría incorporado al sistema colectivista que es ese
gigantesco campo de concentración donde vegetan miles de almas, se nos habría despojado de
nuestro honor y de nuestra vergüenza; nos habrían dejado sin nada que legarles a nuestros hijos.
(…) Se hace indispensable, entonces, que unidos bajo la Azul y Blanca, no nos dejemos arrebatar
los beneficios de la libertad y de la democracia, que lloremos junto al inmenso dolor de las
madres que han perdido a sus hijos en aquella contienda cruel y no deseada, que condenemos sin
apelaciones a la guerra, progenitora de todos los horrores físico y morales que aquejan a la
humanidad y que otorguemos sin cortapisas a las Fuerzas Armadas, nuestras benefactoras, el
reconocimiento de la victoria que reclaman para sí, pues es la de todos.”
30
“Que Dios y mi conciencia son testigos de la fe y el trabajo que puse en velar por los
sagrados intereses de la Patria, por sobre los intereses sectoriales o las ambiciones de
los hombres. Que el tiempo será el encargado de hacer el balance de los aciertos y
los errores de una gestión que ejercí con total convencimiento de cuyos resultados
me responsabilizo en plenitud.” (Graffigna, 16/10/1985. Reproducido en El Juicio que
cambió al país, Vol. 6: 19)
Una vez más, vemos que la interpretación sobre el pasado nos es independiente de las
perspectivas hacia el futuro, o viceversa. Ambas están profundamente imbricadas aunque
no sea de forma lineal o mecánica. Por ello, debemos pensar en la multiplicidad de
elementos que convergen para la conformación de las memorias de los grupos sociales. Lo
que quisiera destacar es que los militares sostuvieron -y aún sostienen- una explicación
particular sobre los sucesos acaecidos entre los años `70 y `80, comúnmente conocida
como guerra antisubversiva, según la cual el pasado no puede ser sometido a proceso
judicial y sus acciones deber ser valoradas por la bonanza de sus resultados. Más que
acusados, ellos debieran ser héroes nacionales.
Ahora bien, ¿qué formas de realización simbólica implica adoptar esta explicación?
Indudablemente, la transferencia de la culpa es la más evidente. Según la teoría de la
guerra sucia, las FF.AA. se vieron impelidas a luchar contra la guerrilla para evitar la
instauración de una dictadura socialista; debieron intervenir a fin de restaurar la paz
social que las organizaciones de izquierda ponían en peligro. En este sentido, a lo largo
del juicio, vemos que el accionar de los militares fue justificado en virtud de los
sucesivos ataques cometidos por grupos armados, como si no hubiera habido más
alternativas. La represión estatal se presenta así como una fuerza natural, estimulada
por los reiterados actos subversivos de aquellos años; como una potencia que nunca
hubiera «despertado» de no haber sido por sus violentos provocadores (Feierstein, 2007).
Más adelante, durante más de una hora, en lugar de responder a las acusaciones de
las que era objeto su defendido, el doctor Prats Cardona historió el accionar
subversivo iniciado en la país a fines de la década del sesenta con el secuestro y
posterior asesinato del ex presidente de facto, Pedro Eugenio Aramburu. (…) Después,
el letrado aseguró que, entre 1974 y hasta el primer trimestre de 1976, “las vías
legales” para combatir el terrorismo eran inexistentes, se vivía en un estado
convulsionado, se vivía en una guerra de hecho, siendo del todo “imposible” para las
Fuerzas Armadas cumplir con los requisitos legales como cuando se practicaba un
allanamiento en un domicilio supuestamente sospechoso de ser subversivo.
Con un dramatismo casi teatral, Prats Cardona se preguntó: “¿Cuál debe ser la
respuesta de un país agredido cuando ese país no tiene un sistema jurídico que
contemple una guerra revolucionaria?”. Y añadió: “Debo rechazar las falsas
imputaciones de la fiscalía de llamar a los encausados criminales de guerra.” (El
Juicio que cambió al país, Vol. 5: 42)
“Hubo una guerra, más cruel, más dolorosa que las convencionales. No fue provocada
por las Fuerzas Armadas. El país fue atacado por una subversión demencial, cuya
finalidad era la toma del poder y cambio de signo de la República, y su procedimiento
31
el terrorismo y la muerte indiscriminada.” (Graffigna, 16/10/1985. Reproducido en El
Juicio que cambió al país, Vol. 6: 19)
En otros tramos de la alocución compartida, los defensores de Viola historiaron la
subversión en Argentina, y leyeron recortes periodísticos y comunicados del ERP y de
los Montoneros sobre distintas acciones llevadas a cabo antes y después de 1976.
“Este país –dijo Marutian- lamentablemente vivió un estado de guerra… en ella no
existe represión sino combate, y por ello la limitación para el uso de las armas es
táctica o logística y no jurídica.” (El Juicio que cambió al país, Vol. 5: 61)
Menos evidente resulta saber si la negación de la identidad de las víctimas es un
modo de realización simbólica de este tipo de explicación. Aquí, ellas no son presentadas
bajo un manto de inocencia santificador. En contraposición a la estrategia de la fiscalía,
interesa mostrar que su desaparición se justifica porque habían hecho algo. Eran
culpables de participar en organizaciones revolucionarias, robar, secuestrar, asesinar,
violentar el orden público y la paz nacional. Eran subversivos y delincuentes armados. Sin
dudas, esta (re)presentación de la identidad y actividades de las víctimas es sumamente
cuestionable y lejana de la realidad en más de un caso. Con todo, creo que esta
caracterización se debe más a un proceso de construcción de otredad negativa que a una
negación de sus subjetividades. Por ello, esta perspectiva gana respecto a la teoría de los
demonios al recuperar, aunque sea parcialmente, las relaciones sociales e históricas que
dieron fundamento al genocidio y así avanzar en su comprensión.
Finalmente, no es difícil imaginar por qué la doctrina de la guerra antisubversiva dista
de producir horror y paralización. Las defensas procuraron desviar la atención de los
daños físicos y morales que el accionar represivo había causado y, cuando esto no fue
posible, hubieron de eclipsarlos bajo la noción de error y exceso. En realidad, la misma
interpretación bélica resulta extraña e, incluso, incompatible con la matriz individualista
y sensitiva que caracteriza a los minuciosos relatos sobre el horror. En este punto, creo
que es posible establecer una analogía con el desplazamiento desde la denuncia en clave
revolucionaria, hacia la narrativa humanitaria que analiza Crenzel (2008). Mientras que
la primera se caracteriza por denunciar en términos histórico-políticos la violencia de
Estado y su relación son el orden social o los grupos de poder; la segunda acentúa la
descripción fáctica de los secuestros, torturas y centros de detención. “Como correlato
de esta perspectiva, la trama política fue crecientemente entendida como un
enfrentamiento entre víctimas y victimarios, que desplazó la matriz de la lucha de clases
o la antinomia entre el pueblo y la oligarquía que predominaban en la militancia
radicalizada antes del golpe.” (Crenzel, 2008: 45).
En efecto, durante la década del ’60 y principios del `70, la teoría de la guerra sucia
tuvo su correlato en la denuncia revolucionaria de amplios sectores sociales. Tanto en
una como otra, el conflicto político y social ocupaba el centro de la escena, de modo que
32
las violaciones a los derechos humanos no entraban en consideración. Por diversos
motivos que exceden este análisis, los sectores confrontativos al régimen militar
abandonaron dicha matriz y comenzaron a poner énfasis en los atropellos a la integridad
física y psíquica de los ciudadanos. De esta manera, los relatos pormenorizados de las
mortificaciones corporales adquirieron una relevancia impensaba años atrás. Sin
embargo, las FF.AA. permanecieron fieles a la concepción de la guerra sucia y, por ello,
el detalle exhaustivo del sufrimiento quedó fuera de su registro simbólico.
A pesar de sus diferencias, durante el juicio, la visión de la guerra antisubversiva
sostenida por las defensas produjo efectos similares a los vistos en las etapas anteriores.
Esto es, olvidar los lazos sociales que habilitaron la instauración y desarrollo de la
práctica social genocida. No podría ser de otro modo, pues, al interpretar la represión
como resultado de una contienda armada entre dos fuerzas sociales antagónicas, el
proceso político se redujo a las acciones llevadas adelante por los sujetos militarizados,
dejando de lado el rol desempañado por otros actores sociales.
El veredicto de la justicia17
El 9 de diciembre de 1985, los jueces Carlos León Arslanián, Ricardo Gil Lavedra,
Guillermo Ledesma, Jorge Valerga Aráoz, Jorge Edwin Torlasco y Andrés D'Alessio dieron
a conocer su veredicto. Fue el momento de mayor presencia institucional, pues, era el
propio Poder Judicial quien sancionaba la verdad sobre nuestro pasado (Feld, 2002). De
este modo, la disputa entre las diversas y antagónicas explicaciones sobre la dictadura
llegaba a su fin.
Los magistrados rechazaron los argumentos legales presentados por las defensas y
reconocieron que las juntas habían diseñado e implementado un plan criminal. Por ello,
condenaron a Jorge Rafael Videla a reclusión perpetua, a Emilio Eduardo Massera a
prisión perpetua, a Roberto Eduardo Viola a diecisiete años de prisión, a Armando
Lambruschini a ochos años de prisión y Orlando Ramón Agosti a cuatro años y seis meses
de prisión. El resto de los ex comandantes -Omar Domingo R. Graffigna, Leopoldo
Fortunato Galtieri, Jorge Isaac Anaya, Basilio Arturo Lami Dozo- fue absuelto de culpa y
cargo porque la evidencia en su contra era inconclusa e insuficiente.
17
Los extractos aquí citados se basan en las transcripciones de la parte dispositiva y síntesis de los
considerandos publicadas por el diario La Nación el 10/12/1985 y por la página Web “Proyecto
Desaparecidos” (http://www.desaparecidos.org/)
33
Aunque la fiscalía había solicitado que la responsabilidad por la represión sea
compartida por los miembros de cada Junta, el tribunal no aceptó este criterio,
sosteniendo que las responsabilidades debían ser asignadas a cada Fuerza Armada. Esto
produjo una considerable reducción de las penas solicitadas, tal como se muestra a
continuación:
Ex comandante
Procesado
Tte. Gral (R)
Jorge Rafael Videla
Penas solicitadas
por la Fiscalía
Prisión perpetua más la accesoria del
Art. 52 del Código Penal (reclusión
por tiempo indeterminado)
Almirante (R)
Emilio Eduardo Massera
Ídem
Brig. Gral. (R)
Orlando Ramón Agosti
Ídem
Tte. Gral. (R)
Roberto Eduardo Viola
Prisión perpetua
Almirante (R)
Armando Lambruschini
Ídem
Brig. Gral. (R)
Omar Domingo R. Graffigna
Tte. Gral. (R)
Leopoldo Fortunato Galtieri
Almirante (R)
Jorge Isaac Anaya
Brig. Gral. (R)
Basilio Arturo Lami Dozo
Pena impuesta
por la Cámara Federal
Reclusión perpetua, inhabilitación absoluta
perpetua; accesorias legales y accesoria de
destitución; costas del juicio
Prisión perpetua, inhabilitación absoluta
perpetua, accesorias legales y accesoria de
destitución; costas
4 años y 6 meses de prisión, inahibilitacion
absoluta perpetua, accesorias legales y
accesoria de destitución; costas
17 años de prisión, inhabilitación absoluta
perpetua, accesorias legales y accesoria de
destitución; costas
8 años de prisión, inhabilitación absoluta
perpetua, accesorias legales y accesoria de
destitución; costas
15 años de prisión
Absuelto de culpa y cargo
Ídem
Absuelto de culpa y cargo
12 años de prisión
Absuelto de culpa y cargo
10 años de prisión
Absuelto de culpa y cargo
Fuente: “Penas pedidas y condenas”, La Nación, 10/12/1985: 1
Amplios sectores de la sociedad, entre los cuales estaban los organismos de derechos
humanos, consideraron que la condena era demasiado benigna; mientras que otros
cuestionaron la legalidad del procedimiento en su conjunto. Con todo, el final del juicio
fue percibido como un momento histórico, a partir del cual ya no cabían dudas sobre lo
ocurrido durante la dictadura. En efecto, “…el juicio se constituyó en el espacio donde la
lógica jurídica, al transformar los datos de la historia en pruebas, terminó produciendo la
información legítima sobre lo que había pasado en los últimos años en la Argentina. La
lógica jurídica, expuesta públicamente, tuvo la capacidad de ordenar el pasado, dar
verosimilitud y dejar fuera de toda sospecha al relato de los testigos…” (Acuña y
Smulovitz, 1995: 58). Esta interpretación no es producto exclusivo del análisis que
intelectuales y expertos hicieron tiempo posterior, sino que también fue sostenida por la
opinión pública inmediatamente después de conocer el fallo. Al menos, así lo demuestra
una de las noticias publicadas por Clarín el 11 de diciembre de 1985:
34
“El fallo de los camaristas será, como sucede con la mayoría de los puntos de
inflexión históricos, objeto de controversia. Sin embargo, hay entre sus muchos
efectos uno de características irreversibles: clausura por siempre el debate sobre la
existencia de ese horror cercano en que el país se expresó con una violencia tan
intensa e ilimitada que es difícil hallar antecedentes, siquiera en la convulsionada
etapa de la Organización Nacional.” (Cardoso, 1985: 4)
¿Qué dijo precisamente la justicia que había sucedido? ¿Cómo explicó la violencia
política que signó los años `70 y principios de los `80? En términos generales, los jueces
respetaron la visión propuesta por la fiscalía. Así, primeramente desecharon la teoría de
la guerra antisubversiva como elemento justificador de la metodología clandestina e
ilegal utilizada por las FF.AA.:
“Se han estudiado las conductas incriminadas a la luz de las justificaciones del Código
Penal, de la antijuricidad material y del exceso. Se ha recorrido el camino de la
guerra. La guerra civil, la guerra internacional, la guerra revolucionaria o subversiva.
Se han estudiado las disposiciones del derecho positivo nacional; analizado las reglas
escritas del derecho de gentes; consultado la opinión de los autores de derecho
constitucional, de derecho internacional público, de los teóricos de la guerra
convencional y de los ensayistas de la guerra revolucionaria. Se han mentado los usos
de la guerra impuestos por las costumbres de los pueblos civilizados. Se ha aludido a
las normas de la ética. Se han atendido las enseñanzas de la Iglesia Católica.
No se ha encontrado, pues, que conserve vigencia ni una sola regla que justifique o,
aunque más no sea, exculpe a los autores de hechos como los que son materia de este
juicio. Ni el homicidio, ni la tortura, ni el robo, ni el daño indiscriminado, ni la
privación ilegal de la libertad, encuentran en esas leyes escritas o consuetudinarias o
en esos autores una nota de justificación, o de inculpabilidad.” (Reproducido en La
Nación, 10/12/1985: 19)
En su lugar, tal como ya lo había hecho Strassera, sostuvieron que la sociedad había
sido víctima pasiva de las acciones violentas cometidas por la guerrilla insurgente y el
terrorismo de Estado. Con ello, la teoría de los dos demonios alcanzaba el estatus de
verdad jurídica:
“El fenómeno terrorista tuvo diversas manifestaciones con distintos signos ideológicos
en el ámbito nacional con anterioridad a la década del 1970; es este año el que marca
el comienzo de un período que se caracterizó por la generalización y gravedad de la
agresión terrorista evidenciadas no sólo por la pluralidad de bandas que aparecieron
en escena, sino también por el gran número de acciones delictivas que emprendieron
e incluso por la espectacularidad de muchas de ellas (…). Paralelamente al fenómeno
ya comentado comenzó a desarrollarse en la primera mitad de la década pasada otra
actividad de tipo también terrorista, llevada a cabo por una organización conocida
entonces como Alianza Anticomunista Argentina (AAA), cuyo objetivo aparente fue el
de combatir a aquellas bandas subversivas, comenzando contemporáneamente a
producirse desapariciones de personas atribuibles a razones políticas.” (Reproducido
en La Nación, 10/12/1985: 17)
El 9 de diciembre no sólo finalizó la disputa que durante meses llevaron a cabo en la
arena judicial dos fracciones sociales, una representada por la fiscalía y otra, por los
abogados defensores; sino que además concluyó un «trabajo» de construcción de la
35
memoria sobre nuestro pasado reciente. Trabajo que, junto con el informe Nunca Más,
aún continúa siendo uno de los principales polos de referencia. Por ello, toda ulterior
interpretación hubo (y habrá) de entablar algún tipo de relación, sea de apoyo u
oposición, con la verdad allí demostrada.
Asimismo, la sentencia consumó la estrategia oficial comenzada tiempo atrás con la
sanción de los decretos presidenciales 157/83 y 158/83. Esto es, demostrar que la
naciente democracia rompía con una larga historia de a-juridicidad. Con el fin del juicio,
quedó expuesto que nadie estaba al margen, o mejor dicho, por sobre la ley. Ni siquiera
aquellos que lograran sustituir exitosamente a las autoridades constitucionales. Así, se
cumplía con un objetivo de justicia retroactiva y preventiva simultáneamente.
Cabe destacar que los magistrados se expresaron en un lenguaje más impersonal y
objetivo que el utilizado por la fiscalía. Cargado de términos administrativo-jurídicos, el
impacto emocional que su discurso provocó en la audiencia fue sustancialmente menor,
aunque sus efectos simbólicos resultaron similares. En primer lugar, transfirió la culpa
del genocidio a los grupos armados de izquierda que actuaron durante aquellos años.
Razonó que sin su existencia la represión nunca hubiera sido necesaria:
“Al efecto se parte de la situación preexistente al 24 de marzo de 1976, y luego de
reseñar los aspectos más salientes del fenómeno insurreccional que se manifestó en el
país a partir de 1960 y, muy especialmente en la década del 70, afirmándose que la
Cámara tiene por acreditado que la subversión terrorista puso una condición, sin la
cual los hechos que hoy son objeto de juzgamiento posiblemente no se hubieran
producido.” (Reproducido en La Nación, 10/12/1985: 18)
En segundo lugar, no produjo horror o paralización. Al igual que en la etapa
acusatoria, el estupor y escepticismo que la mención de las declaraciones de los testigos
pudo haber causado, se debe más a un efecto de la propia lógica jurídica, que a una
morbosa rememoración de las vejaciones. De hecho, los jueces sintetizaron, ordenaron y
dieron sentido a los sucesivos relatos escuchados durante la audiencia pública. Fue esta
elaboración lo que permitió probar la existencia del Estado terrorista.
En suma puede afirmarse que los comandantes establecieron secretamente, un modo
criminal de lucha contra el terrorismo. Se otorgó a los cuadros inferiores de las
Fuerzas Armadas una gran discrecionalidad para privar de libertad a quienes
aparecieran, según la información de inteligencia, como vinculados a la subversión; se
dispuso que se los interrogara bajo tormentos y que se los sometiera a regímenes
inhumanos de vida, mientras se los mantenía clandestinamente en cautiverio; se
concedió, por fin, una gran libertad para apreciar el destino final de cada victima, el
ingreso al sistema legal (Poder Ejecutivo Nacional o justicia), la libertad o,
simplemente, la eliminación física.
De más está decir que el Estado terrorista descrito por la justicia, difiere de la
caracterización propuesta por Duhalde (1999). Aunque ambos coinciden en la descripción
36
de la metodología represiva implementada, la primera olvida que el Estado terrorista
tuvo como objetivo último imponer un modelo económico dependiente y desarticular el
entramado social para así lograr la aceptación del genocidio. Por ello, Feierstein sostiene
que “…a la conceptualización de Duhalde se la vació de su raíz contestataria y se la
diluyó en el análisis de una modalidad operativa de los militares que usurparon el poder
constitucional.”(Feierstein, 2007)
Finalmente, a diferencia de la versión de la fiscalía, los jueces no negaron la
identidad de las víctimas ni enfatizaron su inocencia como forma de condena y
descalificación de la represión. De hecho, no emitieron opinión alguna sobre las
subjetividades de los desaparecidos y sobrevivientes18. En contraposición, llama la
atención las reiteradas veces que se pronunciaron sobre la metodología utilizada:
“Se ha demostrado que, pese a contar los comandantes de las Fuerzas Armadas que
tomaron el poder el 24 de marzo de 1976, con todos los instrumentos legales y los
medios para llevar a cabo la represión de modo lícito, sin desmedro de la eficacia,
optaron por la puesta en marcha de procedimientos clandestinos e ilegales sobre la
base de órdenes que, en el ámbito de cada uno de sus respectivos comandos,
impartieron los enjuiciados.” (Reproducido en La Nación, 10/12/1985, p. 16)
“Se desecharon las causas de justificación alegadas por las defensas, puesto que sin
desconocer la necesidad de reprimir y combatir a las bandas terroristas, tal represión
y combate nunca debió evadirse del marco de la ley, mucho más cuando las Fuerzas
Armadas contaban con instrumentos legales vigentes desde antes del derrocamiento
del gobierno constitucional: podían declarar zonas de emergencia, dictar bandos
efectuar juicios sumarios y aun, aplicar penas de muerte.” (Reproducido en La
Nación, 10/12/1985, p. 16)
“Se estableció en el curso de este fallo que los instrumentos empleados para repeler
la agresión terrorista no respondieron ni al derecho vigente, ni a las tradiciones
argentinas, ni a las costumbres de las naciones civilizadas y que el Estado contaba con
otros muchos recursos alternativos que respondían a aquellas exigencias.”
(Reproducido en La Nación, 10/12/1985, p. 19)
Como se observa, los jueces justificaron la represión y el aniquilamiento de algunas
fracciones sociales pero no así los métodos empleados para ello. Encontraron inadmisible
que las FF.AA. no hayan seguido ninguna regla del derecho vigente para acabar con las
«bandas terroristas». Análogamente a la distinción entre victimas culpables e inocentes,
donde el exterminio de las primeras es entendible o justificable; habría una «buena
represión» y una «mala represión», siendo ésta última intolerable porque no respeta las
convenciones oficiales. Aunque sabemos que el lenguaje jurídico codifica el mundo en
términos de legal/ ilegal, no deja de sorprender la naturalidad -y necesariedad- con que
se plantea la represión legal de los elementos subversivos. Desde esta perspectiva,
18
A lo largo del análisis de la sentencia, no observé caracterizaciones de las víctimas similares a
las pronunciadas por la fiscalía. Sin embargo, no desecho que esto pueda deberse a los sesgos
introducidos por las fuentes (limitadas) de información.
37
entonces, lo único reprochable al régimen militar es su metodología, no sus fundamentos.
Lo que se cuestiona es la forma que adquirió la represión y, no su contenido. Queda
abierta, pues, la duda si esta manera de enunciación constituye otro modo de realización
simbólica en la medida que desliza el debate hacia los «buenos modos de reprimir» y, con
ello, impide recomponer las condiciones históricas y sociales que habilitaron la práctica
social genocida.
A modo de síntesis
A lo largo de estas páginas, intenté analizar el juicio a las Juntas Militares como un
«escenario de la memoria» donde diversas historias entraron en diálogo y confrontación a
fin de producir la verdad sobre la violencia política y las desapariciones en Argentina.
Cada una de estas historias no sólo suponía un programa concreto de tratamiento sobre el
pasado, sino también modos de realización simbólica específicos. Esquemáticamente,
Testigos
Fiscalía
Horror y
paralización
Teoría de los
dos demonios
Juicio a las
Juntas Militares
Negación identidad
de las víctimas
Defensas
Guerra sucia
Jueces
Transferencia
de la culpa
“AJENIZACIÓN” de la SOCIEDAD
INCOMPRENSIÓN del PROCESO GENOCIDA
podemos resumir las principales similitudes y discrepancias del siguiente modo:
Fuente: Elaboración propia
La primera diferencia que salta a la vista es que no todos los actores participaron de
igual manera. Algunos estuvieron presentes a lo largo de todo el proceso y, por ende, los
denominamos estables. Otros sólo asistieron esporádicamente en carácter de testigos o
audiencia y, a ellos los consideramos ocasionales.
Estos últimos no tuvieron la posibilidad de enunciar su propia versión de los hechos.
Mientras que el público guardó silencio; los testigos, guiados por las preguntas de los
abogados querellantes, defensores y magistrados, aportaron la evidencia que permitió
demostrar la implementación de un sistemático plan de exterminio. Su intervención
38
individual, secuencial e independiente, impidió reconstruir su historia como sujetos
políticos, sus experiencias de clase, sus prácticas autónomas y solidarias. De ellos,
escuchamos únicamente los padecimientos corporales que sufrieron en los centros
clandestinos de detención. Así, pues, los primeros meses del juicio, no sólo causaron
horror y paralización en la opinión pública, sino que además impidieron reconstruir las
identidades de las víctimas, sus memorias, sus trayectorias; en fin, todo aquello que
hacían y, en última instancia, explica la ejecución de un genocidio destinado a
desaparecerlos material y simbólicamente.
Exactamente en el polo opuesto se encontraban los actores estables. Ellos tuvieron la
oportunidad de exponer su propia interpretación de los sucesos acaecidos bajo el régimen
militar, aunque sus versiones fueron divergentes e incluso antagónicas entre sí. En este
sentido, pueden identificarse dos grupos.
Por un lado, los defensores de los ex comandantes intentaron fundamentar la
violación a los derechos humanos en la necesidad de reprimir las actividades
contestatarias que llevaban adelante algunas organizaciones guerrilleras. Por ello,
nominaron a la represión como guerra sucia o antisubversiva. Desde esta perspectiva, la
peligrosidad de los grupos combativos era tal que no sólo justificaba las acciones ilegales
que las FF.AA. pudieron haber cometido, sino que además los ubicaba como enteros
responsables de las mismas. El secuestro, tortura y desaparición de miles de personas no
era culpa de los perpetradores. Ellos sólo estaban cumpliendo con su deber. En
consecuencia, las defensas cuestionaron el procesamiento judicial y reclamaron para sus
clientes agradecimiento y gratitud por haber salvado a nuestra nación de la dictadura
marxista-leninista.
Por otro lado, la fiscalía y los magistrados negaron que en Argentina hubiera habido
una guerra sucia. Basados en la teoría de los dos demonios, limitaron la responsabilidad
de la violencia política a los grupos armadas de izquierda y de derecha que actuaron por
aquellos años, de modo que la sociedad fue presentada como testigo involuntario de las
atrocidades vividas. El terrorismo estatal, aunque no su metodología, fue explicado por
las acciones de la guerrilla. Así, la culpa nuevamente abandonaba el lado de los
perpetradores para ubicarse en el de las víctimas.
A diferencia de la fiscalía, los jueces no sostuvieron la inocencia de los desaparecidos
y sobrevivientes como forma de descalificación de la represión. Al guardar silencio sobre
las prácticas que ellos desarrollaban antes de su detención, evitaron una de las formas de
realización simbólica más difundidos durante los años de la transición
Ahora bien, lo que me interesa destacar es que tanto la interpretación de los
acusados, como de la fiscalía y los jueces compartieron un elemento central: desconocer
39
el apoyo que buena parte de la ciudadanía brindó al régimen militar. En efecto, las
historias expuestas por ellos perdieron de vista que “…la dictadura fue algo muy distinto
de una ocupación extranjera, y que su programa brutal de intervención sobre el Estado y
sobre amplios sectores sociales no era en absoluto ajeno a tradiciones, acciones y
representaciones políticas que estaban presentes en la sociedad desde bastante antes.”
(Vezzetti, 2003: 39). En otras palabras, durante el juicio se conformó un régimen de la
memoria que diluyó la participación, directa e indirecta, que muchos prestaron (Crenzel,
2008). Tal vez, esta interpretación hubo de convertirse en hegemónica porque ella
condensaba intereses de múltiples actores sociales, desde quienes habían vivido con
ajenidad el proceso militar, hasta aquellos otros cuya participación criminal no iba a ser
revisada. Sea como fuere, a pesar de lo mucho que develó, el final del juicio dejó sin
responder la pregunta sobre cómo fue posible que el poder criminal del Estado haya
podido instalarse y perdurar durante tantos años.
El derecho como productor de verdad
Cuando comencé este trabajo me interesó saber si el veredicto emitido por el Poder
Judicial constituía la mayor revelación pública de lo ocurrido bajo el régimen militar o,
por el contrario, era simplemente la verdad que el derecho había construido. Llegada a
este punto, creo que fue ambas.
Por un lado, vimos que el enjuiciamiento a los ex comandantes fue un proceso largo y
trabajoso. Muchos actores, entre quienes se destacan los organismos de derechos
humanos y el gobierno de Alfonsín, lucharon por evitar la impunidad y ocultamiento de lo
sucedido durante aquellos años de hierro. En este sentido, el juicio representó el mayor
símbolo de oposición al carácter clandestino y secreto que adquirió la represión. Allí, se
expuso públicamente y sancionó una verdad imborrable: los militares habían desarrollado
un plan sistemático de detenciones ilegales y asesinatos.
Sin embargo, la práctica jurídica que le dio origen tuvo efectos preformativos sobre
esa verdad. Sabemos que el derecho produce un tipo de saber que no tiene tanto que ver
con el descubrimiento de una realidad inmanente, como con el resultado de las disputas
entre diversos actores. Como sostiene Foucault: “…el conocimiento es simplemente el
resultado del juego, el enfrentamiento, la confluencia, la lucha y el compromiso. (…)
Solamente en esas relaciones de lucha y poder, en la manera en que las cosas se oponen
entre sí, en la manera en que se odian entre sí los hombres, luchan, procuran dominarse
unos a otros, comprendemos en qué consiste el conocimiento.” (2003: 21, 28).
40
En nuestro caso, lo que se dio a conocer fue la existencia del terrorismo de Estado y a
los mayores responsables de su implementación. Se dio a conocer que aquí no hubo una
guerra contra la subversión, sino atropellos contra los derechos humanos cometidos por
los miembros de las FF.AA. y de seguridad. Se dio a conocer las torturas, laceraciones y
humillaciones que sufrieron los detenidos. En este mismo movimiento, se desconoció la
interpretación que las propias víctimas tenían de los hechos. Se desconoció las relaciones
sociales que ellos encarnaban. Se desconoció que la dictadura intentó penetrar
capilarmente en todo el tejido social para implantar el orden y la autoridad en la
escuela, el mercado y la familia. Se desconoció que la instauración y desarrollo de la
violencia estatal precisó una sociedad que se patrullara a sí misma y que centenares de
sujetos colaboraron para que así fuera (O`Donnell, 1983). Se desconoció que quienes no
estaban en el banquillo de los acusados, no eran necesariamente inocentes. En fin, se
desconoció el orden que dio fundamento a la práctica social genocida y, con ello, la
forma de evitar su reiteración.
41
Anexo: Delitos imputados por la Fiscalía a cada uno de los procesados
Delitos
imputados
Primera Junta (1976-1980)
Segunda Junta (1980-1981)
Tercera Junta (1981-1982)
Tte. Gral.
Videla
Almirante
Massera
Brig. Gral.
Agosti
Tte. Gral.
Viola
Almirante
Lambruschini
Brig. Gral.
Graffigna
Tte. Gral.
Galtieri
Almirante
Anaya
Brig. Gral.
Lami Dozo
Total
Homicidio calificado
83
83
88
5
5
-
-
-
-
264
Privación ilegítima de
la libertad
504
523
581
152
117
34
11
1
1
1.924
Aplicación de
tormentos
254
267
278
49
35
15
1
-
-
899
Robo agravado
94
102
110
17
8
-
-
-
-
331
Falsedad ideológica de
documentos público
180
201
234
105
96
67
17
3
1
904
Usurpación
4
4
6
1
1
1
1
1
1
20
Reducción a
servidumbre
23
23
27
32
32
18
8
1
1
165
Extorsión
1
1
1
-
-
-
-
-
-
3
Secuestro extorsivo
2
2
2
-
-
-
-
-
-
6
Supresión de
documento
1
1
1
-
-
-
-
-
-
3
Sustracción de menores
7
11
11
1
1
1
-
-
-
32
Tormentos seguidos de
muerte
7
7
7
-
-
-
-
-
-
21
Encubrimiento
-
-
-
-
-
172
217
217
217
823
Total
1.160
1.225
1.346
362
295
308
255
223
221
5.395
Fuente: “Penas pedidas y condenas”, La Nación, 10/12/1985: 1
42
Bibliografía
ACUÑA, Carlos: “Lo que el juicio nos dejó” en Puentes, Año 1, Nro. 2, Vol 1, Nro. 2,
Diciembre 2000, La Plata, Centro de Estudios por la Memoria, 2000
ACUÑA, Carlos y SMULOVITZ, Catalina: “Militares en la transición argentina: del gobierno a
la subordinación constitucional” en ACUÑA, Carlos et al: Juicio, castigos y memorias.
Derechos humanos y justicia en la política argentina, Buenos Aires, Ediciones Nueva
Visión, 1995
ALFONSÍN, Raúl: “No es la palabra final”, 2 de mayo de 1983. Extracto disponible en:
http://www.desaparecidos.org/arg/doc/secretos/candi.html
ALTAMIRANO, Carlos: “Sobre el juicio a las juntas militares” en Revista Punto de vista, Año
VII, Nº 24, Buenos Aires, 1985
AA. VV.: “Definiciones jurídicas y sociológicas sobre los conceptos de genocidio, politicidio
y/o práctica social genocida, por parte de las Cortes Internacionales o los autores
más relevantes de los estudios sobre genocidio”, Documento de Cátedra. Disponible
en: http://www.catedras.fsoc.uba.ar/feierstein/. Consulta: octubre, 2008
BOURDIEU, Pierre, CAMBOREDON, Jean-Claude y PASSERON, Jean-Claude: El oficio del
sociólogo. Presupuestos epistemológicos, Buenos Aires, Siglo XXI Editores, 2008
CAMARASA, Jorge, FELICE, Rubén y GONZÁLEZ, Daniel: El juicio. Proceso al horror, Buenos
Aires, Sudamericana / Planeta, 1985
CARDOSO, Oscar Raúl: “El pasado subió a la superficia”, Clarín: Política, 10/12/1985: 4
CIANCAGLINI, Sergio y GRANOVSKY, Martín: Nada más que la verdad: el juicio a las Juntas,
Buenos Aires, Planeta, 1995
COMISIÓN NACIONAL SOBRE LA DESAPARICIÓN DE PERSONAS (CONADEP): "Prólogo" en Nunca
Más. Informe de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas, Buenos
Aires, EUDEBA, 1984
CONSEJO SUPREMO DE LAS FUERZAS ARMADAS: “Reporte enviado a la Cámara Federal de
Apelaciones”, 25
de septiembre de
1984.
Extracto
disponible
en:
http://www.desaparecidos.org/arg/doc/secretos/pares02.htm
CRENZEL, Emilio: La historia política del Nunca Más: la memoria de las desapariciones en
la Argentina, Buenos Aires, Siglo XXI Editores, 2008
DRUCAROFF, Elsa: “Por algo fue. Análisis del “Prólogo” al Nunca Más, de Ernesto Sábato”,
en Tres Galgos, N° 3, Buenos Aires, noviembre 2002.
DUHALDE, Eduardo Luis: El Estado Terrorista argentino. Quince años después, Buenos
Aires, EUDEBA, 1999
DURKHEIM, Emilio: Las formas elementales de la vida religiosa, México, Ediciones
Coyoacán, 1989.
EL JUICIO QUE CAMBIÓ AL PAÍS, Buenos Aires, Editorial Perfil, 1995
43
FEIERSTEIN, Daniel: El genocidio como práctica social: entre el nazismo y la experiencia
argentina. Hacia un análisis del aniquilamiento como reorganizador de las relaciones
sociales, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2007
--------------- “Una discusión abierta: la violencia política en la Argentina y su peculiaridad
genocida” en FEIERSTEIN, Daniel y LEVY, Guillermo (comps.): Hasta que la muerte
nos separe. Poder y práctica sociales genocidas en América Latina, Ediciones Al
Margen, La Plata, 2004
--------------- Seis estudios sobre genocidio. Análisis de las relaciones sociales: otredad,
exclusión y exterminio, Buenos Aires, Eudeba, 2000
FELD, Claudia: Del estrado a la pantalla: las imágenes del juicio a los ex comandantes en
Argentina, Madrid, Siglo XXI Editores, 2002
FOUCAULT, Michel: El orden del discurso, Madrid, La Piqueta, 1996a
--------------- Genealogía del racismo, Buenos Aires, Altamira, 1996b
--------------- La verdad y las formas jurídicas, Barcelona, Gedisa, 2003
--------------- Vigilar y castigar, Buenos Aires, Siglo XXI Editores, 2006
FUNES, Patricia: “Nunca más. Memorias de las dictaduras en América Latina. Acerca de las
Comisiones de Verdad en el Cono Sur” en Groppo, Bruno y Flier, Patricia (comp.): La
imposibilidad del olvido. Recorridos de la memoria en Argentina, Chile y Uruguay, La
Plata, Ediciones al Margen, 2001
GARNIER, Daniela y MANES, María Laura: El rol de los medios en la representación del
pasado dictatorial. Construcción periodística del Juicio a los ex comandantes y del
Indulto, Tesina de Licenciatura, UBA, Facultad de Ciencias Sociales, Ciencias de la
Comunicación, Buenos Aires, 2004
GONZÁLEZ BOMBAL, Inés: “Nunca Más. El juicio más allá de los estrados”, en ACUÑA,
Carlos et al.: Juicio, castigos y memorias. Derechos humanos y justicia en la política
argentina, Buenos Aires, Ediciones Nueva Visión, 1995
HALBWACHS, Maurice: “Las clases sociales y sus tradiciones” en Los marcos sociales de la
memoria, Barcelona, Editorial Anthropos, 2004a
--------------- “Memoria colectiva y memoria individual” en La memoria colectiva, Zaragoza,
Prensas Universitarias de Zaragoza, 2004b
JELIN, Elizabeth: “Las luchas políticas por la memoria” en Los trabajos de la memoria,
Madrid, Siglo XXI Editores, 2002
KAUFMAN, Ester: “Desnaturalización de lo cotidiano: Los rituales jurídicos” en Guber,
Rosana: El salvaje metropolitano, Buenos Aires, Legaza, 1991. Disponible en
http://www.esterkaufman.com.ar/sitios/kaufman/publicaciones/desnaturalizacionC
otidiano.doc
LANDI, Oscar y GONZÁLEZ BOMBAL, Inés: “Los derechos humanos en la cultura política” en
ACUÑA, Carlos et al: Juicio, castigos y memorias. Derechos humanos y justicia en la
política argentina, Buenos Aires, Ediciones Nueva Visión, 1995
44
LAQUEUR, Thomas: “Bodies, Details, and the Humanitarian Narrative” en Hunt, Lynn (ed.):
The New Cultural History, Berkeley y Los Ángeles, University of California Press, 1989
“La síntesis de los considerandos”, La Nación: Policía-Tribunales, 10/12/1985: 17-21
LEY Nº 22.924, Ley de Pacificación Nacional, 24 de septiembre de 1983. Extracto
disponible en: http://ejp.icj.org/IMG/Ley_22924.pdf
LOZADA, Salvador María: Los derechos humanos y la impunidad en la Argentina (19741999), Buenos Aires, Nuevohacer, 1999
MALAMUD GOTI, Jaime: Terror y justicia en la Argentina, Buenos Aires, Ediciones de la
Flor, 2000
MCLOUGHLIN BREARD, Guillermo: “La acción contra la guerrilla”, La Prensa: Carta de
Lectores, 25/04/1984
MONTENEGRO, Luis: “Proceso a los comandantes”, La Nación: Carta de Lectores,
21/04/1985: 2
NINO, Carlos: Juicio al mal absoluto, Buenos Aires, Ariel, 2006
NORA, Pierre: Realms of Memory: rethinking the French pass, versión en lengua inglesa
editada por Lawrence Kritzman, New York, Columbia University Press, 1996-1998
O´DONNELL, Guillermo: "Democracia en la Argentina. Micro y Macro" en Oszlak, Oscar
(comp.): “Proceso”, crisis y transición democrática, Buenos Aires, Centro Editor de
América Latina, 1983
“Parte dispositiva del veredicto”, La Nación: Policía-Tribunales, 10/12/1985: 16
“Penas pedidas y condenas”, La Nación, 10/12/1985: 1
PODER EJECUTIVO NACIONAL: Acta institucional, 28 de abril de 1983. Extracto disponible
en http://www.desaparecidos.org/arg/doc/secretos/acta02.htm
--------------Decreto
157,
13
de
diciembre
de
1983.
http://www.desaparecidos.org/arg/doc/secretos/tesis02.htm
Disponible
en:
--------------Decreto
158,
13
de
diciembre
de
1983.
http://www.desaparecidos.org/arg/doc/secretos/orden02.htm
Disponible
en:
---------------
Decreto
187,
15
de
diciembre
de
1983.
Disponible
en
http://www.derechos.org/ddhh/arg/ley/conadep.txt
--------------- Documento final de la Junta Militar sobre la guerra contra la subversión y el
terrorismo, Buenos Aires, Junta Militar, 1983
PROYECTO DESAPARECIDOS. [en línea]. [Consulta: julio de 2008]. Disponible en:
http://www.desaparecidos.org/
SONDERÉGUER, María: “Promesas de la memoria: justicia y justicia instaurativa en la
Argentina de hoy” en Groppo, Bruno y Flier, Patricia (comp.): La imposibilidad del
45
olvido. Recorridos de la memoria en Argentina, Chile y Uruguay, La Plata, Ediciones
al Margen, 2001
TODOROV, Tzvetan: Los abusos de la memoria, Barcelona, Editorial Paidós-Asterisco*, 2000
VECCHIOLI, Virginia: “Políticas de la memoria y formas de clasificación social. ¿Quiénes son
las “víctimas del terrorismo de Estado en la Argentina?” en Groppo, Bruno y Flier,
Patricia (comp.): La imposibilidad del olvido. Recorridos de la memoria en
Argentina, Chile y Uruguay, La Plata, Ediciones al Margen, 2001
VEZZETTI, Hugo: “El imperativo de la memoria y la demanda de justicia: el Juicio a las
Juntas Argentinas” en Revista Iberoamericana. América Latina - España – Portugal,
Vol. 1, Madrid, Iberoamericana, 2001a
--------------- “El juicio: un ritual de la memoria colectiva” en Revista Punto de vista, Año
VII, Nº 24, Buenos Aires, 1985
--------------- “La memoria como práctica social y forma de resistencia” en Revista
Humboldt, Nº 137, Hamburgo, 2002
--------------- “Lecciones de la memoria” en Revista Punto de vista, Nº 70, Buenos Aires,
agosto 2001b
--------------- Pasado y presente. Guerra, dictadura y sociedad en la Argentina, Buenos,
Aires, Siglo XXI Editores, 2003
46
Descargar