UNA MIRADA AL INFINITO Vivir - Morir - Renacer

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Edouard GRIMARD
UNA MIRADA AL
INFINITO
Vivir - Morir - Renacer
Leymarie, Editor
París
1899
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Título original: Une échappée sur l’infini.
Por Edouard Grimard. París 1889.
© Por la traducción del francés:
José Manuel Ramos González. Pontevedra. 2009
http://www.iesxunqueira1.com/maupassant
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Dedico este libro a las mujeres en particular,
porque es en el fondo de sus receptivas almas
donde repercuten las vibraciones más delicadas del
mundo psíquico.
Nada más importante y más eficaz que el del
hombre, es el papel que desempeña la mujer en la
obra de la evolución moral de la humanidad.
Cuántas de esas criaturas heroicas que, por su
valor, su desinteresada abnegación, su inagotable
cariño, su afinidad natural por todas las ideas
generosas, no están ya « a mitad de camino del
cielo ».
¿Acaso no es mujer, esa Psique cuya gran y
emocionante historia contamos y cuya figura
simbólica representa el alma humana con todas sus
virtudes latentes y todas sus perfecciones?
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PRÓLOGO
¿No les ha sucedido nunca, en una triste velada de
invierno, cuando la nieve revolotea y sopla la brisa glacial,
entrar en una de esas largas galerías donde se alinean
ordenadas las lentes circulares de un polyorama1?
Se acercan y hete aquí que, desde el primer vistazo, se
ven ustedes transportados a un mundo encantado.
Aquí, sobre las olas azules del Mediterráneo cubierto
por la cúpula azulada del cielo, veis Argel, la deslumbrante
ciudad cuya cascada de casas blancas parece desmoronarse
hasta el mar, luego Sicilia con su Etna, luego el golfo de
Nápoles donde humea su Vesubio, luego Atenas, con su
Acrópolis que enmarca el mar azul y que dominan las
líneas grandiosas del Pentélique y del Hymette que parecen
haber sido esculpidos por algún Praxíteles titánico, luego el
Bósforo, o el Cáucaso, o todavía, más allá, en la alta Asia,
las dominadoras crestas de sus montañas.
Luego ustedes salen de allí. Abandonan esas regiones
maravillosas, y bajo la molesta borrasca, en el fango espeso
de la calle, se deslizan, se estremecen, cabizbajos… pero
con la mirada todavía deslumbrada por los mágicos espejos.
1
El Polyorama data originalmente de mediados del siglo XVIII, y
consiste en una serie de tarjetas ilustradas que combinan para formar un
paisaje sin fin. Se pueden colocar las tarjetas en cualquier orden, y los
cuadros inmóviles cabrán juntos para crear un paisaje. Con 16 cuadros
hay 16 posibilidades factoriales, es decir, se pueden realizar
20.922.789.888.000 de posibilidades de unir los 16 cuadros para formar
el paisaje sin fin.
Hacia el año 1830, el óptico francés Lemaire inventó el polyorama
panóptico. Este instrumento constituyó una importante novedad ya que
permitía ver una misma imagen en dos ambientes diferentes, de día y de
noche, variando la incidencia de la luz sobre la imagen.
Las litografías ofrecían, generalmente, escenas en perspectiva de
monumentos o plazas de ciudades célebres, paisajes, etc. (Nota del T.)
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Vuelven ustedes a ver, en los efluvios de una tibia luz,
el Etna, el Vesubio, el Cuerno dorado de Constantinopla, el
Cáucaso y muchas más visiones todavía, – ronda fantástica
que parece arremolinarse alrededor del Himalaya cuya cima
altanera, bajo su corona de plata, se perfila sobre el gran
cielo asiático.
Pues bien, la calle triste y fría, es el mundo en el que
nosotros damos traspiés, en la amargura de la vida, con la
mirada oscurecida por las lágrimas, el corazón encogido por
la ignorancia del pasado, las tristezas del presente y las
poderosas incertitudes del futuro – y el polyorama, es esa
Escapada hacia el infinito en la contemplación de aquello
que contienen las páginas de este libro.
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El alma es la llave del universo.
ED. SCHURÈ
La gran ley de continuidad que vemos dominar en
todo el universo nos lleva a concluir las graduaciones
infinitas del ser y a concebir todo el espacio como lleno por
la inteligencia y la voluntad.
Alf. RUSSEL WALLACE.
Los hechos son cosas opinables.
Alf. RUSSEL WALLACE.
Para mí, la cuestión no presenta dudas; la psicología
oculta existe y es un mundo nuevo que se abre ante
nosotros.
Ch. RICHET.
El espiritismo empuja como un bosque, sobre las
ruinas de un agonizante materialismo.
VICTOR MEUNIER.
¡Incognoscible, Inexistente! – Neologismos inútiles
creados por los apóstoles de la abstinencia intelectual y que
han fundado, bajo el nombre de « Positivismo », un
sociedad de moderación contra los excesos del espíritu.
Eugène NUS.
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ALGUNAS PALABRAS AL LECTOR
Creo deber manifestar, desde la primera página, que
voy a contar cosas extraordinarias, tratar de describir
espectáculos de una naturaleza excepcional, llevarles
conmigo a regiones inexploradas y servirme de un lenguaje
especial apropiado para fenómenos especiales.
Sin embargo entendámonos bien. No crean que vaya a
tomar prestadas las fórmulas cabalísticas de los
nigromantes, ni a montarme sobre el hipogrifo de los
visionarios, o a embocar una de las trompetas de
Apocalipsis.
No, simplemente voy a repetir, después de muchos
otros, lo que nos han enseñado los astrónomos, los físicos,
los fisiólogos, los psicólogos, lo que nos han hecho
conocer, sobre todo – y aquí es donde comienza lo insólito
– algunas « revelaciones » especiales hechas desde hace
mucho tiempo a la humanidad y cuya historia – con pruebas
para apoyarlas – va a ser el objeto de esta modesta obra.
Que quede claro pues que no pretendo ni predicar, ni
vaticinar, ni pontificar. No es una obra de proselitismo. –
Expongo.
Si se me objeta por un casual que las cosas que voy a
decir son en ocasiones demasiado extrañas, incluso
excéntricas, en el sentido de que se salen de lo corriente,
sobrepasan las tradiciones admitidas y destacan un poco en
medio de lo que se repite, de los que se escribe y sobre todo
de lo que se cree comúnmente – sin saber demasiado por
qué, por ejemplo, – respondería que es precisamente a
causa de eso por lo que ese tema ha sido elegido, estudiado
y tratado.
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Si reclamo para mí tal libertad, concedo una no menor
al lector que me hará el honor de ojear este libro. Libre cada
uno de tomar o de dejar todo o en parte. Se trata de
organización intelectual, de aptitudes especiales y de
aspiraciones individuales.
Ni que decir tiene que estas páginas no se dirigen ni a
los satisfechos, creyentes o no, ni a los indiferentes, ni a los
escépticos.
Solo podrán comprenderlas aquellos que buscan más
y mejor lo que ya poseen, los que deseen elevarse a ciertas
alturas, franquear las vulgaridades tradicionales, los
dogmas consagrados de la ciencia académica y que,
hambrientos de un cierto ideal, respirando mal bajo la
tapadera que nos aplasta, están dispuestos a exclamar, como
Goethe en su lecho de muerte: «¡Luz, más luz todavía!»
Es para esos lectores, hombres de deseo y de buena
voluntad, para quién han sido escritas las páginas que
siguen.
En primer lugar preguntaría porque asombrarse de
que una doctrina nueva o unas concepciones inesperadas
surjan en medio de todos los despojos que cubren la tierra a
nuestro alrededor. La propia ciencia, esa ciencia de la que
tan orgullosos estamos y con razón, se ve invadida de una
especie de vértigo ante sus propios descubrimientos.
«No me atrevo a avanzar por miedo a verme obligado
a concluir », decía un día un ilustre fisiólogo,– Charcot, si
no me equivoco.
Hoy las ideas caminan aprisa. Las hipótesis se
suceden, se sustituyen, pasan de moda y nos arrastran hacia
horizontes que se hunden, retroceden… retroceden tan bien
incluso, que nos aproximan a lo imposible, a lo paradójico
– lo paradójico de hoy que será la verdad de mañana.
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Escuchad a un sabio: « Los fluidos eléctricos,
magnéticos, caloríficos y luminosos, dice Berthelot1,
fluidos que se admitían hace medio siglo, no tienen más
realidad que los cuatro elementos de los antiguos. Esos
fluidos, con los progresos de la ciencia, se han reducido a
uno solo, el éter, y hete aquí que el éter de los físicos y el
átomo de los químicos se desvanecen, a su vez, para dar
lugar a concepciones más elevadas, que tienden a explicar
todo por los únicos fenómenos del movimiento.»
Posteriormente veremos a lo que nos lleva la
concepción de esta fuerza invisible, que ella misma
depende de una causa igualmente invisible, intangible e
imponderable. (Ver la nota 1 al final del volumen.)
He aquí pues como se resquebraja nuestro viejo
mundo. Cruje en su ciencia a la que desconciertan sus
hallazgos maravillosos, en su filosofía que ha echado abajo
tantos sistemas, en su política que oscila y a veces se
deshonra, en su moral que se hunde, en su religión que,
presa de disgusto, regresa a sus viejos altares
ensangrentados.
Y mientras todo se desmigaja en nuestra desamparada
sociedad y la ciencia nos declara que todo debe tender a «la
unidad» a la síntesis, hete aquí que se presenta una nueva
doctrina – nueva para nosotros, pero antigua como la
humanidad – que también proclama la necesidad de una
síntesis universal, científica, moral, religiosa, síntesis que se
establece y organiza en el majestuoso conjunto de su
economía divina.
Estudiémosla en su lenta evolución.
« A pesar de los esfuerzos reunidos por las castas
sacerdotales y científicas, –dice Eugène Nus, al que
tendremos ocasión de citar a menudo,– el mundo está en la
1
Origines de la chimie
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búsqueda de una idea. La palabra que buscamos puede estar
hundida tan bien en la noche del pasado como oculta en las
brumas del futuro. Hay que mirar por todas partes y tener
cuidado, sobre todo, de examinar de muy cerca lo que hace
reír al vulgar.»
Ahora bien, el vulgar ha reído, ante todo. Se ha reído
de las mesas giratorias, de las casas encantadas, de las
comunicaciones bastante extrañas a veces, hay que
reconocerlo, que obtenían algunos círculos de «espíritus»,
más o menos convencidos o serios.
¡Bien! lo declaro, no vamos a tratar aquí en absoluto
de ese espiritismo vulgar que han desprestigiado algunos
adeptos superficiales. Y se ha reído, en efecto, de ese
fenómeno fértil en curiosidades de mal gusto con los que se
divierten en sociedad, cuando, sobre la mesa se juntan las
manos extendidas, con el deseo disimulado de ver « cosas
divertidas».
Es necesario repetir que no nos ocuparemos de eso.
Trataremos de cosas serias, de ciencia, de filosofía, de
moral, de religión, en una palabra de las «maravillas de la
vida invisible», es decir de las más elevadas preocupaciones
que puedan acosar el cerebro del hombre pensante, que
quiere saber, que quiere comprender1.
Tanto peor para aquellos que no han encontrado más
que ridículas manifestaciones en lo que nos han revelado
las austeras voces de los « grandes antepasados » y que, en
la sombra del templo cuyas puertas se entreabren, no han
visto ni sus gigantescas columnas, ni las esplendas bóvedas,
ni las misteriosas profundidades.
Nosotros vamos a entrar en ese templo.
1
El autor de este libro podría testimoniar, mediante una experiencia
personal, todos los consuelos que se pueden obtener en esta nueva fe si,
bajo el abrazo de secretos desgarros, no quisiera callarse todo el
escaparate de dolor, en la creencia de una especie de pudor moral.
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He citado mucho en este libro. He transcrito páginas
enteras, al principio porque esas páginas son muy bellas, y
luego porque, en estas arduas materias, he querido
rodearme de testimonios cuya autoridad fuese difícilmente
cuestionable.
Aparte de los nombres que se encontrarán más
adelante, no sabría relacionar a todos los pensadores en los
que me he inspirado. Es a puñados como he recolectado en
la rica siembra que han amasado todos esos audaces
investigadores – verdaderos «alpinistas de lo ideal»– a los
que no asusta ninguna escalada. Desde las altas cimas
soleadas desde donde regresan, nos han traído la luz.
Se lo agradecemos de todo corazón.1
1
Existe, además, toda una biblioteca de obras especiales, donde podrán
obtener los que quieran iniciarse más, y los remito a la Librairie des
Sciencies psychiques et spirites, 42, rue Saint-Jacques, en París.
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CAPÍTULO PRIMERO
EL PROBLEMA DE LA VIDA
El error humano es un abismo inexplorado. No hay
medida ni extensión, ni profundidad en ese océano.
Desde los orígenes más remotos de la historia, el error
ha sido la atmósfera que la humanidad ha respirado.
Sin embargo hay que distinguir. Hay dos tipos de
errores: el error de tanteo y el error sistemático. El primero
es el necesario, normal, científico, que mediante la
experimentación conduce a la verdad. El segundo es el
error detestable, fatal, porque es querido, ciego y tenaz y
porque perpetua indefinidamente la ignorancia y la mentira.
Y es de este error del que se ha encaprichado la
humanidad. Se nutre con delicias, abrevando hasta la
embriaguez. Desde la interminable duración de las
tradiciones ineptas, de las grotescas supersticiones, contra
las que no prevalecen ni la razón, ni la lógica, ni el buen
sentido común.
Estos dos errores constituyen el patrimonio de la
humanidad. Se les encuentra por todas partes. La historia,
cierta tal vez en sus grandes líneas y sus generalidades, no
es en el fondo más que una sarta de inexactitudes. La
filosofía escolástica no ha sido, durante siglos, más que
«guirigay y nubarrones de cerebros», como decía
Montaigne1. Las ciencias han balbuceado hasta llegar al
1
Mantengo en declarar que los críticos más o menos acerbos con
respecto a la filosofía que se pueda encontrar aquí y allá, en estas
páginas, no invalidan en nada el elevado pensamiento de algunos
filósofos, ni la importancia de algunos trabajos de los que se pueden
glorificar tales o cuales siglos.
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empleo del método experimental. Donde el error
sistemático se muestra en todo su esplendor es en la historia
de las religiones.
Desde el fetichismo más abyecto hasta el dogmatismo
moderno, pasando por las peores extravagancias de la Edad
Media, se han acumulado los más audaces desafíos que
pueda llevar a la razón humana a tomar partido por la
divagación autoritaria.
Y todavía, si estas divagaciones se hubiesen
confinado a la sombra de los claustros; pero se han
impuesto mediante el hierro y el fuego, rompiendo los
corazones, doblegando las conciencias y no caminando más
que en su ruta sombría más que mediante la siniestra
claridad de las piras encendidas « para mayor gloria de
Dios ».
Mundo abominable cuyo eje giraba sobre dos polos
célebres: un infierno y un paraíso – un infierno salvaje
inventado por almas siniestras que alucinaban antiguas
ferocidades – un paraíso pueril y bárbaro, tal como solo
podían soñarlo esas mismas siniestras almas que oscilaban
entre un Satán atormentador, ejecutor de las bajas obras de
la venganza eterna y un dios arisco que, bajo los diversos
nombre de Jehová para los judíos, de Baal para los fenicios,
Todos esos críticos no tienen otro objetivo que constatar la innegable
insuficiencia de la filosofía en las cuestiones de moral social o
individual.
La filosofía, como obra de la razón pura en sus más elevadas
manifestaciones, nunca o casi nunca ha hecho obra «de edificación», es
decir de reconstitución intelectual o moral – sobre todo moral. Es al
margen de ella como se ha efectuado la evolución del alma humana de
la que ella no se ha ocupado demasiado más que para «disecarla»
psicológicamente, aunque, en su agnosticismo sistemático, altanero… e
impotente también, no ha tratado de buscar sus profundas pulsaciones,
del mismo modo que no se ha preocupado de sus aspiraciones más
legítimas.
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de Moloch en Cartago y demás, respiraba con delicia el
vapor acre de los sacrificios expiatorios. –¡Ha dicho usted
un paraíso bárbaro! – He dicho bárbaro. Lean el siguiente
pasaje:
«Los bienaventurados, sin salir del lugar que ocupan,
saldrán sin embargo de algún modo, en virtud de su don de
inteligencia y de vista distinta, a fin de considerar las
torturas de los condenados; y viéndolas, no solamente
sentirán ningún dolor, sino que serán colmados de alegría y
darán gracias a Dios por su propia dicha, asistiendo a la
inefable calamidad de los impíos.»
¿Quién ha dicho esto? ¿Quién ha pronunciado esas
blasfematorias monstruosidades? Fue el oráculo del
cristianismo oficial, aquel que los doctores católicos han
apodado el doctor angelical; el teólogo por excelencia,
¡Santo Tomás de Aquino, en persona!
¿Qué podía ser la religión sino lo que ha sido, bajo los
auspicios de semejante doctrina? Y por otra parte, ¿qué se
habría podido responder a los hombres de la Edad Media,
cuando, en la anestesia en la que los habían sumido sus
conductores espirituales, se preguntaban con angustia:
«¿Pero qué es entonces la vida?»
Sí, ¿qué es la vida? podemos preguntarnos todavía.
Interroguemos a los hombres de nuestros días. He
aquí algunas respuestas:
Nacer emitiendo un grito, grito de dolor o de asfixia –
tal vez de espanto, provocado en el nuevo huésped de la
tierra por el misteriosos presentimiento de las miserias que
le esperan.
Vivir en medio de esperanzas falsas, de alegrías
fugitivas, de esfuerzos sin resultado, de inquietudes
persistentes. No poseer, cuando se cree haber obtenido la
felicidad, más que un simulacro de esa felicidad efímera
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que envenena todo instante con el temor de verla
desaparecer. Tener el corazón roto por la desaparición de
seres queridos que la muerte golpea a su paso, esa hiena
que con caminar sesgado sigue paso a paso al viajero
herido, esa muerte que, por tan largo tiempo que dure
nuestro trayecto en este bajo mundo, «trota a nuestro lado,
haciendo crujir sus grandes huesos de esqueleto ». Estar
expuesto sin cesar – sin contar con los sufrimiento morales
para los que no hay remedio – a innumerables
enfermedades que tiene reservada para nosotros la
madrastra naturaleza. Ser el blanco de todos los celos, de
todas las traiciones, de las variadas malevolencias que no
saben distinguir las amistades sospechosas de las
enemistades declaradas. Preguntarse todos los días por qué
se ha sido arrojado sobre este mundo inhóspito donde las
plazas están contadas; ignorar de donde se viene, no saber a
dónde se va; estar ávido de ideal y de inmortalidad, sin que
ninguna previsión seria pueda legitimar a nuestros ojos esas
decepcionantes aspiraciones.
Ver prosperar el egoísmo, triunfar a la injusticia y la
violencia, cuando la debilidad sucumbe y cuando la
inocencia vierte lágrimas inútiles. Sentir pesar sobre
nuestras cabezas un cielo despiadado y duro, contra cuyas
bóvedas chocan sin eco quejas, sollozos y súplicas.
Consumir los mejores años en el ardiente fragor de la
batalla por la vida, luego sentirse ir a menos, envejecer en
las añoranzas; arrastrar sus pasos indolentes sobre el terreno
de nuestras ilusiones deshojadas y finalmente desplomarse
en las angustias de la agonía, a la orilla del negro abismo en
el que cada uno debe rodar solo y para siempre, sin ningún
consuelo, sin ninguna luz del alba nueva...
Eso es la vida – odiosa y feroz broma de no sé que
divinidad vengativa y que se agrava tanto o más cuanto más
se nos hable sin cesar de un Dios, padre de los hombres,
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justo, misericordioso… ¡Ah! ¡macabra ironía! Pero cien
veces prefiero la nada y si tarda…¡bien! ¡entonces el
suicidio antes que semejante tortura!
¿De quién son esas desgarradoras lamentaciones?
De todos los escépticos indignados, de todos los
corazones rotos, de todos los creyentes decepcionados, de
todos los desesperados de todos los siglos. ¡Ah! esas
letanías son amplias, universales. Escuchemos todavía
algunas voces aisladas:
«La naturaleza, dice el Sr. Jules Soury1, es nuestra
madre, está claro; pero si salimos de su seno, es para volver
a él más tarde o más temprano. El grano de trigo arrojado
en el surco germina y sale de la tierra. La espiga se
convierte en pan, se transforma en carne y en sangre, en
ovulo fecundado de donde sale el niño, es decir el hombre;
luego el cadáver abona la tierra que aportará otras cosechas,
y así por los siglos de los siglos sin que se pueda decir ni
comprender por qué.
Pues si hay algo vano e inútil en el mundo, es el
nacimiento, la existencia y la muerte de esos innumerables
parásitos, faunas y floras, que vegetan como un moho y se
agitan en la superficie de nuestro ínfimo planeta arrastrado
a capricho por el sol hacia alguna constelación desconocida.
Indiferente en sí misma, pero necesaria, sin duda, puesto
que ella es, esta existencia teniendo por condición la
encarnizada lucha de todos contra todos, la violencia, la
estrategia, el amor más amargo que la muerte, esta
existencia a los ojos de todos los seres conscientes ¿puede
parecer otra cosa que no sea un sueño siniestro, una
dolorosa alucinación, al precio del cual la nada sería el bien
soberano?
1
Philosophie naturelle.
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Por otra parte, si somos hijos de la naturaleza, si nos
ha dado el ser, somos nosotros, a su vez, quiénes la hemos
dotado de todas las cualidades ideales que la muestran a
nuestros ojos. La eterna ilusión que encanta y que
atormenta el corazón del hombre es y permanecerá siendo
su obra. En este universo, donde todo son tinieblas y
silencio, él solo vela y sufre en este planeta porque quizás
el solo medita y reflexiona.
Es apenas que comienza a comprender la vanidad de
todo lo que ha creído, de todo lo que ha amado, la nada de
la belleza, la mentira de la bondad, la ironía de toda ciencia
humana. Después de haber adorado ingenuamente a sus
dioses y a sus héroes, cuando no tiene ya ni fe, ni
esperanza, he aquí que siente como la propia naturaleza se
desvanece, porque era como todo lo demás, apariencia y
engañifa. Solo, en este mundo donde campea la muerte, en
medio de los restos de sus ídolos destrozados, se levanta el
fantasma de sus eternas, de sus desahuciadas ilusiones. »
«Cuenta – dice lord Byron, otro desilusionado –
cuenta las alegrías que tus horas han visto, cuenta tus días
exentos de angustia y reconoce que, aunque hayas existido,
hay algo mejor: no existir.»
En las desesperadas líneas del Sr. Clémenceau, en la
Mêlée social, habla en estos términos amargos de las
últimas fases de la vida sobre la tierra:
«Nuestras ciudades en ruinas, entre informes vestigios
humanos, las últimas ruinas desmoronadas sobre la vida
moribunda, todo el pensamiento, todo el arte engullido en la
gran muerte creciente. Toda la obra humana en la última
viscosidad de la vida. Y luego, la última manifestación de
vida terrestre será destruida a su vez. Inútilmente, el globo
frío y desnudo paseará su indiferencia por los estériles
caminos del espacio. Entonces se cumplirá el ciclo de los
últimos planetas hermanos, unos muertos desde hoy, tal
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vez. Y el sol apagado seguido de su fúnebre cortejo
precipitará en la noche su carrera incalculada hacia lo
desconocido.»
Añadamos a estos trágicos acentos esta broma del Sr.
J. De Gastyne: «La humanidad es algo apestoso, un
conjunto de animales malsanos que se toman por las patas
para devorarse desde más cerca.»
A las recriminaciones de todas esta voces, podríamos
añadir otras del mismo estilo y desde luego no menos
amargas; pero ¿qué son esos gritos de desesperanza
corrosiva y con tanta acrimonia, al lado de las encendidas
protestas, de los sollozos desgarradores que el corazón
sangrante y convulso de Mme. L. Ackermann hace subir de
la tierra al cielo?
Escuchadla blasfemar, y maldecir, y llorar, y esperar
en el fondo, a pesar de todo.
¡Para qué volver a nacer! volver a ver la luz y el cielo,
Esos testigos de una desgracia que de la memoria no
se ha ido,
Ellos que, sobre nuestros dolores y nuestros desvelos,
De piedad han sonreído.
¡No, No! Antes la muerte, la noche sombría, eterna!
Hija del viejo caos, protégenos bajo tu ala,
Y tú, hermana del sueño, tú que nos has acunado,
Muerte, no los libres; contra su seno fiel,
Mantennos bien abrazados.
Tal vez tengamos derecho a las celestiales delicias;
¡No! no es que temamos al infierno,
Pues nuestros pecados no han merecido suplicios:
Si a punto estuvimos de ello, ¡hemos sufrido tanto!
¡Pues bien! ni siquiera renunciamos a esta esperanza
De entrar en tu reino y ver tus esplendores,
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¡Señor! Rechazamos tu recompensa,
Y no queremos recompensa por nuestros dolores.
Lo sabemos bien, tú puedes dar todavía alas
A las almas que se doblegan bajo un fardo demasiado
pesado;
Tú puedes, cuanto te plazca, lejos de las esferas
mortales
Elevarlos a ti, en la gracia y el amor;
Tú puedes penetrarnos de un nuevo vigor,
Devolvernos el deseo que habíamos perdido…
Sí, pero el recuerdo de esa zarza inmortal
Aferrada a nuestros corazones, ¿nos la arrancarás?
Cuando de tus querubines la falange sagrada
Nos saludase como elegidos, abriendo los santos
lugares,
Les gritaríamos enseguida con voz afligida:
¿Nosotros elegidos? ¿Nosotros felices? ¡Pero mirad
nuestros ojos!
Los llantos son allí aún, más amargos, más
numerosos.
¡Ah! hagáis lo que hagáis, ese velo denso y sombrío
Nos ha oscurecido vuestros cielos.
¡Ah! tú golpeas demasiado fuerte, en tu cruel ira.
Tú lo escuchas y lo ves! el sufrimiento ha vencido.
En un sueño sin fin, ¡oh, poder eterno!
Déjanos olvidar que hemos vivido.
(Les Maelheureux.)
Encontrarme ante la iniquidad celestial,
Ante un Dios celoso que golpea y que detesta,
Y en mi desesperación decirme con horror:
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«El que podía todo ha querido el dolor.»
Liberado de la fe como de un mal sueño,
El hombre repudiará a los tiranos inmortales
Y no será mas presa de los terrores sin tregua,
Doblegarse cobardemente al pie de los altares.
Cansado de encontrarlo sordo, creerá el cielo vacío.
Arrojando sobre ti su velo eterno y espléndido,
La Naturaleza ya te oculta a su mirada;
Él no descubrirá en el universo sin límites,
Por todo Dios a, partir de ahora, más que una pareja
ciega y oscura
La Fuerza y el Azar
(Prométhée.)
¡Maldita seas, oh, Naturaleza! en tus inmensas obras,
Sí, maldita en tu fuente y en tus elementos,
Por todos tus abandonos, tus olvidos, tus demencias,
¡También por tus abortos!
Que invaden los cielos, la inmovilidad oscura
Bajo un velo fúnebre apaga toda llama,
Puesto que de un universo magnífico y sin límites
¡Tu no has sabido hacer más que una tumba!
(L’Homme à la Nature)
Miserable mota de polvo
Que la nada ha arrojado,
Tu vida es un día sobre la tierra;
No eres nada en la inmensidad.
Tu madre gimiendo te ha dado el nacimiento:
Tu fuiste el hijo de sus dolores,
Y tu saludas la existencia
Mediante gritos agudos y llantos.
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Bajo espeso de tus males, tu cuerpo usado sucumbe,
Y disfrutando de la noche el tranquilo antes corredor,
Tus ojos se cierran finalmente con el sueño de la
tumba:
Regocíjate, anciano, es tu primera dicha.
(L’Homme)
Y tú, serás hasta este punto sin entrañas,
Gran Dios que debes desde lo alto escuchar y ver
todo,
Que tantas lamentables despedidas y tantos funerales
No puedan conmoverte.
¡No! Dios que se dice bueno, tu permites que se
espere;
Unir para separar, ese no es en absoluto tu diseño.
Todo lo que se ha amado, aunque fuese un día en la
tierra,
Va a amarse en tu seno.
(L’Amour et la Mort.)
Tales son los gemidos dolorosos, los gritos
desesperados que arranca a esta gran alma descarriada la
desesperanza de la vida.
Lo malo es que en el fondo de sus altivas
abjuraciones, se encuentra la cristiana mal apagada, la
antigua creyente fanática que, en su primera juventud,
exaltada por la turbadora doctrina de los catecismos que
tomó al pie de la letra, a punto estuvo de ingresar en un
convento. – Es ella misma quién nos lo cuenta.
Su padre intervino a propósito para desviarla de esta
peligrosa vía. Pero fueron los fantasmas de esos dogmas
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crueles los que la persiguieron en sus más atrevidas
protestas de independencia filosófica.
Siempre ocurre después de haber exhalado sus más
amargas imprecaciones cuando ella ve flotar sobre las
tinieblas como una pálida luz de aurora.
– ¡Necesito el más allá!– grita ella en su angustia.
–Tú lo tendrás, pobre alma desgarrada.
Respetemos pues esas tristezas. Excusemos esas
blasfemias que no son más que llamadas imperiosas a la
Justicia, apóstrofes a la Verdad.
¡Ah! sí, desde luego, ella esta bien justificada y como
sería aquí el caso de repetir esa broma extraña tan profunda
en su aparente ingenuidad: «ella tendría toda la razón… si
no se encontrase que estaba equivocada.»
¿Toda la historia no es el largo martirio de nuestra
raza palpitante baja las sangrantes correas y el dolor, y su
inconsolable sollozo no sube eternamente hacia el cielo,
como subía antaño el acre humo de los sacrificios
mezclados con los gritos de las víctimas expiatorias?
¿Quiere uste conocer este martirio de la humanidad?
Pues bien, lea estas páginas de espantosa estadística que
tomamos de una de las obras tan profusamente
documentadas del Sr. Camille Flammarion.
« Lo que no hay que olvidar, cuando uno tiene el
valor de contemplar el cuadro de las ferocidades del animal
humano, es que el respeto por la vida es un sentimiento casi
enteramente moderno. La historia de todos los siglos y de
todos los países nos muestra con que débil peso caía en la
balanza de la moral antigua, la vida del hombre, de la
mujer, sobre todo del niño y del esclavo. Matar, antaño, era
la cosa más sencilla del mundo, y durante una larga serie de
siglos la sangre humana ha corrido como el agua. Guerras,
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devastaciones,
asesinatos
políticos
y
religiosos,
infanticidios cotidianos y reglamentados, he aquí con lo que
se han mancillado y enrojecido casi todas las páginas de la
historia de la humanidad.
La antropofagia, término extremo de la ferocidad
humana, comenzó desde la aparición de los hombres sobre
la tierra y persiste todavía ahora en ciertos pueblos
relativamente civilizados, con la circunstancia agravante de
que esos pueblos habitan países fértiles y que no podrían,
como podrían hacerlo los salvajes indígenas de los
archipiélagos rocosas de la Polinesia, alegar por excusa la
eterna y torturadora hambre.
Las huellas de la anciana antropofagia se encuentran
por toda Europa, tan bien como las que han dejado los
sacrificios humanos, preludios del canibalismo, pues las
ceremonias funerarias se terminaban siempre mediante una
comida en la que la carne de las víctimas constituía el
manjar más apreciado.
En Portugal, se han encontrado grutas donde se han
contado millares de mandíbulas y dientes humanos. En la
antigua Grecia, los atenienses ofrecían a los dioses
sacrificios humanos atestiguados por las viejas leyendas de
Lycaon sirviendo a sus huéspedes los miembros de su
propio hijo Pélops; Atrée haciendo servir a su hermano
Thyeste sus dos hijos en un festín familiar.
Célebres han sido los horrores de Cartago, donde se
hacía quemar vivos a millares de niños en honor a Moloch,
la monstruosa divinidad de los cartagineses y fenicios. En
Roma, se hacia igualmente sacrificios humanos, y, hasta
bajo el emperador Cómodo, los cortesanos hacían figurar,
entre los platos de sus banquetes, los trozos más delicados
elegidos en los cuerpos de las víctimas sacrificadas. Iguales
abominaciones en Escandinavia. Los Llindous ofrecían
anualmente a sus dioses centenares de víctimas humanas.
29
¿Y que ocurría en América y en México en particular?
En 1487, la dedicatoria del gran templo de México fue
celebrada, magníficamente, mediante la degollación de
setenta y dos mil víctimas. La masacre duró cuatro días
enteros. La sangre fluía en una verdadera cascada sobre las
escalones de la gran escalera del tempo en forma de
inmensas cloacas que, durante semanas, infectaron toda la
ciudad. Bajo Moztezuma, doce mil cautivos perecieron en
un fiesta. Con motivo de la conquista de México por Cortés
en 1519, se descubrieron osarios donde fueron contados
hasta ciento treinta y seis mil cráneos. Los mejicanos tenían
unas jaulas especiales en las que cebaban a los cautivos,
hombres, mujeres y niños, que, llegado el momento, eran
llevados a la carnicería. Y se encuentran más o menos
parecidas abominaciones de un extremo al otro de las dos
Américas.
Lo que es más horrible, es que estos actos de
salvajismo se han perpetuado hasta nuestros días. En ciertas
regiones de África central, el canibalismo es todavía una
costumbre tradicional. Hay cavernas que sirven de alacenas
y se han encontrado llenas de osamentas humanos. Algunas
tribus negras ponen trampas a leones utilizando un niño
vivo como cebo. Los palacios de los antiguos reyes de
Dahomey así como sus templos estaban formados de
muros, donde cráneos hacían las veces de ladrillos, siendo
cimentados con un mortero que se mezclaba con sangre
humana. Se sabe también que a la muerte de esos reyes se
celebraban sus funerales degollando tal número de víctimas
que se llenaban lagos con toda la sangre derramada. En
Guayana, en Brasil y en la Tierra de Fuego, se comen a los
viejos parientes, a las viejas mujeres y a los cautivos.
Se ve que no es en absoluto una imagen retórica,
cuando se afirma que olas de sangre han inundado nuestra
lamentable tierra.
30
La combatividad del animal humano deja bien lejos
tras ella el salvajismo de las fieras más feroces. Desde su
aparición sobre el globo, la humanidad ha estado en guerra
perpetua contra sí misma, sin haber tenido nunca tiempo de
reflexionar por qué. – Degollamientos de pueblos, he aquí
la historia del pasado, y en el momento presente, a finales
de nuestro siglo XIX, tan glorioso en ciertos aspectos, no se
escucha habar de otra cosa que no sean las formidables
futuras guerras mediante la perpetración de las cuales todo
el genio del hombre se agota en inventos diabólicos, con el
objetivo prioritario de hacer de esos combates próximos las
más espantosas matanzas que hayan jamás podido soñar los
conquistadores más sanguinarios.
Y sin embargo, esos «gloriosos» héroes, esos
conquistadores «insignes» ¡han añadido también bellas
páginas a los anales de nuestra humanidad!...
¿Quieren ustedes cifras? He aquí algunas y de las más
edificantes:
¿Saben cuantos hombres, por siglo, ha devorado la
guerra?
Aproximadamente veinte millones, nada más que en
Europa y en los Estados Unidos.
Nuestro Napoleón, «Napoleón el Grande» cuya gloria,
según Béranger, – nuestro poeta nacional, – será tan largo
tiempo conservada bajo la paja, hizo degollar él solo a
cinco millones de europeos. – Es cierto que eso no era más
que « carne de cañón», como él mismo decía. – En los
Estados Unidos, la guerra de secesión hizo desaparecer a
novecientos cincuenta mil.
Y ha sido igual, desde el origen de la historia. Que se
sospeche aproximadamente lo que han costado de vidas
humanas la guerra de Troya, las guerras médicas, las
guerras púnicas, la guerra de los Cimbres y los teutones, las
ferocidades de Atila, los horrores de la «Santa Inquisición»,
31
los procesos por brujería, las guerras llamadas « de
religión». las masacres de la Saint-Barthélemy, las guerras
de los Cien años, de los Treinta años, de Siete años, y tantas
otras matanzas aún, que se podrían añadir a esta siniestra
enumeración – y se podría sin exagerar evaluar en más de
cuarenta millones el número de hombres asesinados por
siglo en los dos hemisferios; de tal modo que el total de
hombres muertos desde el origen de los tiempos históricos
se eleva aproximadamente a la cifra de mil doscientos
millones – casi tantos como los que existen sobre el globo
entero.
Después de las cifras, ¿quieren ustedes imágenes
figurativas?
La sangre vertida de ese modo equivale a dieciocho
millones de meros cúbicos, chorro inagotable que arroja sin
reposo ni tregua, desde el comienzo del mundo, cerca de
setecientos litros de sangre por hora, sobre los tronos de la
tierra para mantener siempre fresco y rutilante al «púrpura
respetado».
Si los mil doscientos millones de esqueletos,
surgiesen del sepulcro, se alienasen de pie los unos encima
de los otros, esta espantosa columna tendría más de
quinientas mil leguas de altura – seis veces más alto que de
la tierra a la luna. – Todos esos cadáveres arrojados en la
Mancha harían ese famoso puente proyectado entre Francia
e Inglaterra. Añadamos finalmente, para cerrar la serie de
estas macabras suposiciones, que con los cráneos de todos
esos esqueletos se podría hace un collar sin igual que seis
veces daría la vuelta a nuestro lúgubre y sangriento
planeta.»
He aquí las piezas del proceso.
Hemos escuchado las declaraciones de los testigos de
cargo. Esas declaraciones podrían ser prolongadas,
32
multiplicadas; pero ¿para qué? El alegato, por desarrollado
que pudiese ser, no nos proporcionaría nuevos argumentos.
Desencantos, amarguras, abjuraciones desesperadas,
arrojadas a la cara de ese Dios impasible que se disimula en
las profanidades de su cielo, que ninguna suplica afecta,
que ninguna lágrima conmueve.
Escuchad estos versos altivos y desdeñosos de Alfred
de Vigny:
Mudo, ciego y sordo a los gritos de las criaturas,
si el cielo nos arroja como un mundo abortado,
El justo opondrá el desdén a la ausencia
Y no responderá mas que mediante un frío silencio
Al silencio eterno de la divinidad.
Pus bien, ¿es cierto en efecto que ese silencio sea
eterno? ¿Es cierto que ese Dios mudo no se haya revelado
nunca a la humanidad?
Para responder a estas dos preguntas, que no son más
que una en realidad, han sido escritas las páginas que
siguen.
He declarado, desde el principio, que iba a contar
cosas , más o menos extraordinarias, y que haría falta sino
para comprenderlas, al menos para aceptarlas en su
economía, renunciar a ciertos prejuicios, rechazar cualquier
partido tomado, en una palabra hacer un acto de buena
voluntad y no obstinarse en cerrar los ojos a la luz, bajo el
singular pretexto de que esta luz era inesperada.
¿Es pues tan difícil de elevarse un poco por encima de
las vulgaridades corriente, de aceptar ciertas ideas nuevas,
de confesar que no sabemos todo aún y que aparte de
nuestros conocimientos tradicionales puede haber misterios
que estudiar, desconocidos en despejar los diversos
problemas que la vida nos arroja a la cara?
33
¿En medio de las brumas opacas de la tierra, nos
habríamos convertido en miopes hasta el punto de que no
pudiésemos admitir que más allá de los visible se extiende
el océano de lo invisible que nos estrecha, nos penetra; y
estaríamos obligados a comparar nuestra piadosa invalidez
a la de esas larvas acuáticas que, en el lodo de los pantanos,
son incapaces de comprender que por encima de las aguas
estancadas vuelan libélulas cuyo sol diamanta las alas y que
esas libélulas, ayer aun larvas reptantes como ellas, tal vez
hubiesen podido sentir en el fango, brotar sus futuras alas
de gasa, de seda o de terciopelo?
Pues bien, querámoslo o no, existe ese invisible, y no
serán las protestas de unas larvas abyectas lo que le impida
existir.
No es en absoluto un mundo de alucinaciones en el
que vamos a penetrar. Es la serie de investigaciones
filosóficas científicas perseguidas desde siglos, en nuestros
dos hemisferios, y guiados hoy por las más altas cumbres
del mundo intelectual, como vamos a subir a las esferas del
más allá, en las regiones de lo invisible como otros han
visto ya y del que nos han contado maravillas.
Obsérvese bien, por favor, que «maravillas» aquí no
quiere decir en absoluto «milagros». No hay nada de
sobrenatural en la constatación de este hecho de que la
tierra y los destinados que nos ofrece son perfectamente
insuficientes para quien quiera encerrar en su alma la menor
parcela de ideal y que no hay realmente más que
«satisfechos» que puedan declarar que respiran a gusto en
los vapores de nuestra tierra pantanosa.
Buscar algo más, sobre todo algo mejor, no parece ser
el deseo más legítimo, a menos que uno no tenga el corazón
desinteresado por todos los dolores revelados por las
desesperadas páginas que acabamos de transcribir.
34
¡Y he aquí pues donde nos encontramos después de
los sesenta u ochenta miles de años en los que el hombre ha
pasado sobre la tierra! con que aletargada lentitud progresa
esta pobre humanidad y ¡qué cansada debe estar de llevar
su cruz!
Mas que cansada, angustiada. Manifiestamente,
comienza a perder la clama de las dudas que la corroen,
incertitudes que la torturan. Es en las tinieblas donde le
hombre está obligado a buscar su camino, indeciso,
tanteando, desamparado. No menos desamparado que el
hombre en esta sociedad moderna donde hormiguean
inmensas fuerzas destructivas. Es de las masas profundas
del pueblo como suben inquietantes murmullos, y cuan
justificados están, por el sufrimiento de aquellos que, desde
los delgados surcos que horadan en su cólera, no ven salir
más que una irrisoria cosecha.
Y sin embargo, en medio de esas generaciones que
desde hace siglo van dando traspiés por las sombras, no
escucháis elevarse voces que de un continente a otro gritan:
«¡Hermanos, he aquí el alba!»
Y se buscan las primeros resplandores, al mismo
tiempo que se siente pasar como un soplido precursor que
hace estremecer el alma de los pueblos.
«Aquí tenemos – dice Eugène Nus – el antiguo
Oriente que se sacude y sale de sus santuarios trayéndonos
la llave de sus mitos, padres de los nuestros y volviendo a
leer nuestros análisis en su gran síntesis donde junto a
nuestras religiones donde penetran nuestras filosofías.»
«Jamás, – dice el Sr. Ed. Schuré1 – jamás la
aspiración a la vida espiritual, al mundo invisible,
rechazada por las teorías materialistas de los sabios y por la
opinión mundana, no ha sido más seria ni más real. Se
encuentra esta aspiración en los lamentos, en las dudas, en
1
Les Grands Initiés.
35
las negras melancolías y hasta en las blasfemias de nuestros
novelistas naturalistas y de nuestros poetas decadentes.
¿El alma humana jamás ha tenido un sentimiento más
profundo de la insuficiencia, de la miseria, de lo irreal de su
vida presente?
La religión sin pruebas y la ciencia sin esperanza
están de pie una frente a la otra, desafiándose sin poder
penetrarse ni vencerse. Nuestro tiempo concibe el
desarrollo de la humanidad como la marcha eterna hacia
una verdad indefinida, indefinible y nunca inaccesible, y es
en este campo cerrado como combaten, armados de
cualquier tipo de argumento, el misticismo, el materialismo,
el positivismo y el escepticismo.
¿Qué es lo que ha salido de esas disputas estériles, de
esas revueltas, de esta anarquía de las conciencias? Una
generación seca, sin ideal, sin luz y sin fe, encontrando de
muy buen tono negar el alma y a Dios, de no creer ni en
esta vida ni en la otra y de mofarse, con una ironía que se
cree espiritual, su débil voluntad, su conciencia descarriada,
su energía castrada y su libertad moral sistemáticamente
desconocida. »
«Nunca – dice por otra parte Léon Denis1,– la
necesidad de luz se ha hecho sentir de una manera más
imperiosa. Tras haber sido sometidos durante una larga
serie de siglos al principio de autoridad, los pueblos aspiran
cada vez más en sacudirse toda traba. Al mismo tiempo que
las instituciones políticas y sociales se modifican a veces de
un modo lamentable, las creencias religiosas se
desmoronan, los dogmas perecen transformándose y los
cultos son abandonados.»
«La humanidad, en el círculo de su vida, se agita entre
dos errores: uno que afirma y otro que niega; uno que dice
1
Après la mort; – Christianisme et Spiritisme.
36
al hombre: cree sin comprender; el otro que le grita: muere
sin esperar.»
¡Pues bien, qué! ¿Vamos a permanecer así? Cuando el
nadador, al que un desfallecimiento ha hecho hundirse en
aguas profundas, toca con pie crispado el fondo del río, ¿no
experimenta una conmoción nerviosa que le hace rebotar y
remontar hasta la superficie?
Y nosotros, que hemos llegado tan bajo, que tocamos
con el pie la capa viscosa, ¿permaneceremos en un cobarde
abandono de nosotros mismos, sin intentar el supremo
esfuerzo? ¿Seremos negligentes sin preocuparnos más de
esos presentimientos y esas aspiraciones; dejaremos sin
respuesta todas esas desesperadas llamadas?
«Lo que nos importa, – dice Eugène Nus, ante todo y
por encima de todo, en el impulso en el que nos
encontramos, es encontrar una luz que nos ayude a
desembrollar el caos de nuestras ideas. Los que detentan
antiguas tradiciones afirman que poseen esta luz y que ha
llegado el tiempo en el que podemos recibirla. Acojámosla;
estudiémosla, bajo beneficio de inventario1»
No estamos invitados por aquellos que conocen esta
luz, por esos precursores de todos los siglos que, como se
verá más adelante, han multiplicado las pruebas, acumulado
los testimonios, – pruebas y testimonios controlados,
verificados, corroborados por los iniciados modernos de los
dos mundos y que no dejan de gritarnos, ellos también: «
Sí, es ella, ¡aquí está la nueva aurora!»
« El hombre ha nacido en el hueco de una ola, dice
Ed. Schuré, y no sabe nada del amplio océano que se
extiende a su alrededor sin límites; pero una fuerza
misteriosa empuja nuestra barca sobre la cresta de la ola y
allí, aunque siempre golpeados por la tempestad, acabamos
1
Les Grands Mystères.
37
por comprender su grandioso ritmo, y la mirada, midiendo
la bóveda celeste, descansa en la calma y el azul.»
«La humanidad, dice Lamartine, es un tejedor que
trabaja en el reverso de la trama de los tiempos. Un día
llegará en el que, pasando al otro lado de la tela,
contemplará el cuadro magnífico y grandioso que habrá
tejido, durante siglos, con sus propias manos, sin haber
visto otra cosa, antes, que el batiburrillo de los hilos
entremezclados.»
«Cada esfera del ser, dice F. Amiel, tiende a una
esfera más elevada y en ella ya tiene revelaciones, o al
menos presentimientos. El ideal bajo todas sus formas es la
visión profética de una existencia superior a la suya, a la
que cada ser aspira invenciblemente. Semejantes a los
volcanes que nos aportan los secretos del interior del globo,
el entusiasmo, el éxtasis son explosiones pasajeras del
mundo interior del alma, y la vida humana no es más que la
preparación de esta vida espiritual. Los grados de iniciación
son innumerables.
El hombre, discípulo de la vida, crisálida de un ángel,
trabaja pues en su futura eclosión, pues la evolución divina
no es más que una serie de metamorfosis, donde cada
forma, resultado de las anteriores, es la condición de las que
siguen. La vida divina es un encadenamiento de muertes
sucesivas donde el espíritu, rechazando cada vez alguna de
sus imperfecciones, acaba por ceder a la creciente atracción
del centro de gravedad inefable, del sol de la inteligencia,
del hogar del amor.»
Y estas voces no son aisladas en la tierra. Si en el
pesado silencio que nos oprime, nos parecen ser las
fanfarrias matinales de los clarines de vanguardia, no son
menos los ecos lejanos y tardíos de otras voces que más
lejos, muy al fondo de las edades, han resonado al alba de
38
las civilizaciones antiguas, en la alta Asia al principio,
luego en Persia, luego en Egipto, luego en Grecia, de donde
nos han llegado lentamente, entrecortadas por largos
silencios, tan largos, tan tristes, que parecían haberse
apagado en la inconsciencia de los hombres primitivos
apenas desprendidos de la animalidad.
¿Por qué habrían de sorprendernos los lentos
progresos de la evolución humana? La lentitud, en el
universo entero, preside todas las metamorfosis. No es más
que mediante un trabajo molecular como ellas se producen
en nuestra vieja tierra cargada de siglos. El tiempo no
cuenta en la eternidad. El mundo de las almas no se
modifica más aprisa de lo que hace el rostro de nuestros
continentes. Pero esta lentitud no excluye la continuidad
cuyas intermitencias no son más que aparentes.
Ahora bien, parece que arrastrada por la espiral
regresiva de un misterioso remolino la humanidad debe
retornar a las doctrinas de nuestros antiguos predecesores,
en la historia y en el tiempo.
Se opera en el mundo de las ideas una curiosa
evolución que, bien a sus espaldas, favorecerá ese retorno
del presente hacia el pasado y, de un modo totalmente
especial, llegará a una aproximación – inesperada, como no
podría ser de otro modo – ¡entre la ciencia y la metafísica!
«Dos enemigas, dice Eugène Nus, que se proclaman
irreconciliables, están reconciliándose, no dudando ya ni la
una ni la otra y más que nunca denigrándose con las más
cordial animosidad. La frontera que las separaba se deshace
poco a poco, e invasiones recíprocas tienden a mezclar sus
dos reinos. La ciencia, mal que bien, a cada paso que da
hacia delante, se ve empujada al terreno de la razón pura y
ésta para que no se la acuse de edificar castillos en el aire,
se ve obligada a tomar prestados de su rival los materiales
de sus fundaciones. Solamente los sabios, hundiéndose en
39
lo invisible, se defienden como diablos de ahondar en la
metafísica.»
« Se ha constatado, por otra parte – leemos en la
notable obra ya mencionada1 y de la que un gran número de
referencias a ella serán hechas a continuación,– que desde
Bacon y Descartes, las ciencias modernas tienden
inconscientemente, sin duda, pero con toda seguridad, a
retornar a las hipótesis de los filósofos de Grecia y
Alejandría.
La física moderna ha llegado poco a poco a identificar
la idea de materia con la idea de fuerza, lo que es un gran
paso hacia el dinamismo espiritualista. Para explicar la luz,
el calor, el magnetismo y la electricidad, los sabios se han
visto obligados a admitir que una materia sutil e
imponderable llena el espacio y penetra en todos los
cuerpos. A esta materia le llaman Éter, y es un nuevo paso
hacia la antigua hipótesis del Alma del mundo, que no es
otra cosa que el fluido universal.
Y de este modo, mediante una singular evolución de
las doctrinas modernas, nos vemos conducidos hacia esta
otra doctrina, vieja como la humanidad, cuyos principios
esenciales pueden resumirse del siguiente modo:
No hay más que un Dios poderoso, justo y bueno. De
él emanarán los Espíritus, efusión de su esencia. Luego
condensa el espíritu en materia, creando el mundo corporal.
– Los Espíritus libres tienen la facultad de mejorar, de subir
hacia el Creador. Los diversos globos del espacio les sirven
de estaciones progresivas.
– El espíritu es la única realidad; la materia no es más
que su expresión inferior, voluble y efímera. – El alma
humana especializada por su individualidad es inmortal por
esencia; su evolución se efectúa en una serie de existencias
alternativas espirituales y corporales. – La reencarnación es
1
Les Grands Initiés.
40
la ley de esta evolución. – Llegada a su estado más puro, el
Espíritu se desprende de la carne y toma conciencia de su
divinidad.
«Desde luego, – prosigue nuestro autor – son
inmensas las perspectivas que se abren desde el umbral de
esta admirable doctrina comparada, sea al miserable
horizonte en el que el hombre está encerrado por el
materialismo, sea a las infantiles prédicas de la teología
clerical.
Sobre
este
umbral,
se
experimenta
el
deslumbramiento y el estremecimiento del infinito. Los
abismos del inconsciente se abren en nosotros, nos
muestran el pozo de donde salimos, al mismo tiempo que
las altura vertiginosas a las que tenemos el derecho de
aspirar.
¿Acaso la puerta de lo invisible no ha sido abierta ante
nosotros por la manifestación de fenómenos extraños de
sonambulismo, de todos los estados del alma diferentes de
la vigilia, de el sueño lúcido, la doble visión y la sugestión
mental a distancia, hasta el éxtasis que nos transfigura, nos
marca del destello divino y nos transporta por encima del
mundo visible, a cuyas leyes escapamos como tránsfugas
gloriosos? »
¡Pues bien! puesto que es del Oriente de donde vienen
esas extrañas revelaciones, vamos hacia el Oriente.
41
CAPITULO II
LAS AURORAS
Se ha dicho y a menudo repetido: « Todo lo que
pensamos y los modos de pensar tienen su origen en Asia.»
Por lejos que puedan remontarse los confusos
recuerdos que nos han venido de la India, todos mencionan
una primera raza blanca histórica establecida al pie del
Himalaya. Fue de la vertiente meridional de esta alta
cadena, durante tanto tiempo llamada el « centro del mundo
», de donde descendió la ola civilizadora.
Es pues en esas regiones como se han debido iluminar
las primeras auroras.
Remontémonos hacia ellas.
Hay dos especiales a las que llamaremos las « auroras
de la vida espiritual ». Una de ellas fue antaño saludada por
el padre, sacerdote y sacrificador, que, ante un humilde
banco de césped, celebraba, a la salida del sol, el culto de
familia. Esta aurora teñía de rosa las nieves de la alta
montaña, altar grandioso del templo que por cúpula tenía el
gran cielo azul.
La otra, reflejo de la primera – como lo son esos arcos
iris desdoblados que reproducen el orbe generador sobre las
nubes tormentosas – esa segunda aurora, a través de la
distancia, a través de la sucesión de los siglos, colorea
nuestro cielo cuyo horizonte se ilumina lentamente con las
luces proféticas del alba del Himalaya.
Contemplemos de cerca esas primeras luces. Estamos
en la India, la tierra de nuestros antepasados los Aryas,
pueblo de luz, de un lado en la alta Asia, del otro hacia
42
Persia, Egipto, Grecia y Roma, han marcado su estela
deslumbrante como un largo reguero de estrellas1 .
Fue sobre esta tierra privilegiada, desde hace treinta o
cuarenta mil años, y más, si creemos ciertas historias, – cien
mil tal vez, dice el Dr. Paul Gibier que ha estudiado mucho
el orientalismo, – donde circularon los libros en los que
fueron consignadas las primeras doctrinas religiosas
formuladas por los hombres. Fue allí como fueron cantados
poemas extraños, inocentes y sublimes, primeros balbuceos
de la humanidad en su cuna2. – Ver la nota 2 al final del
volumen.?
«El alba está en los Vedas, – dice Michelet. – En el
Ramayana, es la noche deliciosa donde todas las infancias,
todas las maternidades de la naturaleza, espíritus, ríos,
árboles y animales juegan juntos y encantar el corazón.»
Fue allí donde estuvo el auténtico paraíso terrenal.
¿Qué dicen esos poemas?
Dos personas unidas, el hombre y la mujer, con un
impulso común, agradeciendo la luz, cantan juntos un
himno a Agni, el Fuego divino:
«Gracias por la luz del día que nace, gracias por la
deseada aurora, por la lumbre que ilumina y hace sonreír la
casa durante el invierno; gracias, gracias al buen Agni, el
dulce compañero de la familia.»
Dúo encantador, pura oración, conmovedora e
ingenua adoración a ese fuego creador, fuente de toda luz,
de todo calor, de toda vida.
Durante siglo, los pueblos de Oriente escucharon,
encantados y recogidos, esos hímnicos védicos que no se
conforman con invocar al santo y glorioso Agni, sino que,
elevándose más alto que un simple canto de gratitud,
1
Michelet, Bible de l’Humanité.
El spiritismos n’est que le brahmanisme ésotérique à l’air libre. P.
Gibier.
2
43
afirman – cosa increíble, en los mismos albores de la vida
sobre la tierra – el principio de inmortalidad del alma y el
dogma de la reencarnación.
Repitamos esas voces del pasado.
«Es – cantan los himnos védicos – una parte del
hombre que es inmortal. Entre las almas, hay quiénes
vienen hacia nosotros y marchándose, entonces otras
regresan hacia nosotros.»
Toda la doctrina esotérica1 esta presentida, esbozada,
en esas palabras.
Elevado por los ascetas, en el seno de los bosques de
cedros que crecen en las pendientes del Himalaya, Krishna
(Christna o Kirstna), prototipo de Jesucristo, fue el
inspirador de las creencias hindúes. «Nacido también de
una virgen, en una gruta donde se encontraba un asno,» fue
escondido por sus padres de un rey que lo quería matar2.
Iniciador en el primer momento, reformador de las
doctrinas védicas, Krishna, rodeado de un pequeño numero
de discípulos, iba de ciudad en ciudad, revelando,
repitiendo la doctrina sagrada.
Ahora bien, he aquí lo que enseñaba:
«El cuerpo, envoltura del alma, de la que es su
domicilio temporal, es algo perecible; pero el alma que lo
habita es invisible y eterna. La salida del alma, después de
la muerte, constituye el misterio de los renacimientos. Todo
renacimiento feliz o desgraciado es la consecuencia de las
obras practicadas en las vidas anteriores.
1
La doctrina esotérica, o oculta, es la que, desde hace mucho tiempo
mantenida en secreto en los santuarios de los templos antiguos, y luego
transmitida por los iniciados, ha sido admitida por el espiritualismo
moderno, porque resume los principios fundamentales de la religión del
futuro.
2
Se encuentran igualmente las más singulares analogías entre Buda y
Krishna.
44
«Para alcanzar la perfección, hay que elevarse al Ser
divino que está en cada uno de nosotros, pues, sabe, tú
llevas en ti un Amigo sublime que no conoces. Dios reside
en el interior de todo hombre; pero muy pocos saben
encontrarlo. El hombre que sacrifica sus deseos a Aquél de
donde proceden todas las cosas consigue la perfección. El
hombre que encuentra en sí mismo su dicha y su luz es uno
con Dios. Ahora bien, el alma que ha encontrado a Dios
está liberada del renacimiento y de la muerte, de la vejez y
del dolor. Bebe el agua de la inmortalidad. »
Y Krishna decía todavía:
«Las almas inspiradas por el amor de nuestros
semejantes son las que pesan más en la balanza celestial.
«El hombre justo y bueno debe caer bajo los golpes de
los malvados; pero se parece al árbol de sándalo que
perfuma el hacha que lo ha talado.
«Vosotros y yo – decía a sus discípulos – hemos
tenido varios nacimientos. Los míos no son conocidos más
que por mí; pero vosotros no conocéis los vuestros. Aunque
por mi naturaleza, ya no me vea obligado a renacer y a
morir más, todas las veces que la virtud se debilita en el
mundo, sucumbiendo bajo la injusticia y la perversidad,
entonces me hago visible y regreso así de época en época,
para la salvación del justo y el castigo del malvado.
« Mucho tiempo antes de que se despojen de su
envoltura moral, las almas que han practicado el bien
adquieren la facultad de conversar con los almas que les
han precedido en la vida espiritual.»
«Tales son las revelaciones1 – la palabra no es
demasiado fuerte – que nos han venido desde el fondo de la
Asia prehistórica. La humanidad ha tenido pues, realmente,
reveladores que la han iniciado en las verdades supremas,
1
E. Nus, les Grands Mystères.
45
desde salvadores que han venido a asistirla en sus días de
desfallecimiento – hombres, criaturas de Dios, como
nosotros, pero superiores a las almas entre las que
descendían, como el adulto es superior a los niños que
enseña.
«La debilidad intelectual y moral de sus discípulos ha
podido velar la luz que éstos habían aportado, pero no
apagarla. Bajo las fábulas en las que la humana puerilidad
envuelve la palabra de vida, la inteligencia despierta
encuentra en ellas y obtiene el texto divino.
«algunas frases de los más viejos libros del mundo
nos han aportado unas luces que brillaban en los albores de
la humanidad y que, todavía hoy, sobrepasan el
entendimiento vulgar. Ellas no han podido ser halladas por
esos hombres niños que las han escrito… ¿bajo el dictado
de qué inteligencia?» Deben haber venido más allá de la
tierra. »
Sea como sea, de los Aryas procede esa luz. En los
más remotos y oscuros pasados, ¿quién les dio a conocer a
esos pastores sencillos y puros, pero ignorantes, lo que
sabían, lo que al menos presentían? Sin duda, estaban
atraídos hacia el infinito por los amplios horizontes de sus
llanuras y de sus montañas. Pasaban largas horas mirando
la inmensidad del azul que se extendía sobre sus cabezas,
observando la marcha de las constelaciones y se preparaban
para comprender a Dios mediante la contemplación del
cielo. Apenas separados de la naturaleza, le hablaban y
escuchaban su voz. Esta gran madre, la cual discurría por
sus arterias, se les presentaba como viva y animada1. Pero,
¿quién ha podido revelarles el Ser de los seres, «aquel, así
como se expresan los Vedas, del que ha emanado el río de
la vida, principio y raíz, causa productora de la naturaleza,
1
Renan, les Religions de l’antiquité.
46
amo de la vida y regulador de los mundos, de quién todo
procede, en quién todo subsiste y a quién todo retorna?»
¿Quién les hizo entrever los misterios de la evolución,
la existencia de esta substancia difusa que llena los espacios
y cuya condensación crea los soles y las tierras, – esta
sucesión de existencias, este encadenamiento de los seres y
esta unión de la creación, en definitiva, bases de la
inmortalidad racional que se convertirá en el inalterable
credo de la humanidad futura?
Sin duda, esas grandes nociones no tardaron en
borrarse del espíritu humano y desparecieron bajo un
montón de fábulas inverosímiles y grotescas. Hay cuentos
de hadas para niños cuya extravagancia constituye todo su
encanto. Solamente la imaginación crea para esos seres
primitivos, que no tienen ni razón ni conocimientos, una
especie de vida moral sin la cual su cerebro no funcionaría.
Para ser aceptados por las razas burdas, los iniciadores se
vieron obligados a envolver de imágenes más o menos
transparentes las verdades que querían enseñar. Y esa es la
razón de que las primeras leyendas fueran símbolos cuyo
sentido oculto permaneció confinado en las criptas de los
iniciados.
Luego resultó que el sentido simbólico también se
perdió. El espíritu de los apóstoles primitivos se había
apagado. Algunos hombres inteligentes, pero ambiciosos,
se habían envuelto de un prestigio ante el cual se inclinaron
las muchedumbres. La casta fue reconocida y consagrada.
El sacerdocio se materializa como el vulgar y no discierne
ya el espíritu de la letra, el pensamiento de la forma. La
fantasía inventa dogmas; la alucinación crea dioses.
«Pero a pesar de todo el espíritu humano ascendía.
Razones más lúcidas, conciencias más sanas se desprendían
poco a poco de esas tinieblas. Incluso para la multitud, en
47
medio del desorden, algunas verdades habían sido
adquiridas.
«Y cuando ser reaccionaba contra esas quimeras,
cuando la duda invadía las almas, cuando el pueblo
comenzaba a burlarse de sus divinidades falsas y dos
augures no podían ya mirarse sin reír, cuando por fin la
humanidad buscaba en el horizonte una luz nueva –
entonces reaparecía la luz. »
(Eugène Nus.)
Son esas luces intermitentes cuyas huellas buscaremos
a través de los tiempos y a través de los pueblos.
______________________
Después de Asia, he aquí Egipto.
He aquí al Egipto grandioso, austero, misterioso,
tierra de esfinges – esfinge él mismo. Y también esta tierra
fúnebre que nos va a iniciar en los misterios de ultratumba.
Sí, aquí está el país de la muerte, con sus
innumerables sepulturas, sus necrópolis, sus momias. No se
ven más que tumbas de un extremo al otro de Egipto. Aquí
sus pirámides, esas «montañas de dolores» como las llama
Michelet, donde se sepultaban sus reyes; allá, sus inmensas
necrópolis horadadas en las rocas duras de las cadenas
arábigas que un eterno trabajo transformaba en nichos
funerarios. Cuántas vidas humanas, cuánto dolor y lágrimas
en el amontonamiento de esos gigantes mausoleos, en la
abertura de esos subterráneos, ¡auténticas ciudades
sepulcrales!
Sin embargo, no nos engañemos. Ese culto
permanente por la muerte no era, en realidad, más que la
contrapartida del culto por la vida. Era para sustraerse a la
48
muerte todo lo que se podía, como una civilización entera,
durante una larga serie de siglos, no se propuso otro
objetivo que asegurarse el tránsito a la segunda vida del
sepulcro.
El valle del Nilo es una tierra de dos caras. Si con sus
obeliscos, sus esfinges, sus innumerables piedras con
inscripciones simbólicas, sus mausoleos cubiertos de
jeroglíficos y sus templos que asemejan tumbas
gigantescas, se nos presenta como un amplio papiro
mortuorio, por otra parte es para el africano del desierto la
tierra que quita la sed, la lujuriosa esposa del Nilo que la
fecunda con sus aguas y la fertiliza con su limo
periódicamente expandido.
He aquí bajo que doble aspecto aparece esta tierra a
ninguna otra igual. Mientras que Europa admira en ella las
austeras grandezas, el África sedienta no ve más que las
aguas del poderoso nutriente, aunque, según la pintoresca
imagen de Michelet, « se la podría representar muy bien
como una inmensa esfinge hembra, de la longitud del Nilo,
una nodriza colosal, de luto, que muestra su rostro lúgubre
a los pueblos blancos, mientras que ante su teta y su
opulenta grupa, el negro se mantiene arrodillado.»
Que Egipto sea el heredero directo de las doctrinas de
la India o que las posea ya desde la más remota antigüedad,
no es menos cierto que la gran voz primitiva de la alta Asia
ha encontrado un eco en la misteriosa tierra de los
faraones1.
1
Lo que seguramente no se podría cuestionar, es la prodigiosa
antigüedad de la primera civilización egipcia que se remonta a la
antigua raza roja, la primera del mundo. En una inscripción de la cuarta
dinastía, se habla de la esfinge colosal de Gizé como de un monumento
cuyo origen se había perdido ya en la noche de los tiempos y que habría
sido encontrado, por casualidad, enterrado en las arenas bajo las que
estaba olvidada desde numerosas generaciones. Ahora bien, la cuarta
49
Es un error que numerosos historiadores hayan creído
poder asimilar esos faraones de Egipto a los déspotas de
Ninive y de Babilonia. Cuando en Asiria la realeza se
esfuerza en destruir el sacerdocio y hacer de él un
instrumento dócil, en Egipto, por el contrario, fue el
sacerdocio lo que disciplinó a la realeza, expulsando a los
déspotas y gobernando la nación sin abdicar nunca, y eso,
gracias a su oculta y poderosa organización.
Fue por su « armazón religioso científico » como
Egipto se convirtió en el eje en torno al que evolucionó el
pensamiento religioso de la humanidad, pasando de Asia a
Europa. Fue en el templo de Osiris donde se conservó
intacta la ciencia divina y todos los misterios de la
iniciación. Fue allí donde se elaboró la famosa doctrina del
Verbo-Luz, que Moisés encerrará en su arca de oro y de la
que Cristo se convertirá, más tarde, en su viva encarnación.
La esfinge, primera creación alegórica de Egipto, se
convirtió en su marca distintiva, el símbolo de su cuádruple
significación, la imagen de la naturaleza calma en su fuerza,
temible en su misterio. Esa cabeza de mujer sobre un
cuerpo de toro, con garras de león y que repliega sus alas de
águila bajo los flancos de su fecundidad, es la Isis terrestre
en la síntesis de sus vidas y quién resume, en ese monstruo
simbólico, esta gran idea de que la naturaleza humana
emerge de la naturaleza animal1. (Ed.Schuré).
dinastía nos remite al menos a cuatro mil años antes de Jesucristo. Que
se juzgue de ello la prodigiosa antigüedad de la esfinge.(Ed. Schuré).
1
Escuchemos a la esfinge; ella misma se define así:
– Mírame, dijo, tengo una cabeza humana, en la que reside la ciencia,
pero la ciencia sola no basta, y por eso tengo garras de león; estoy
armada para la acción. Pero esas patas no son lo suficientemente sólidas
porque tienen que soportar mis flancos de toro. Prosigo mi meta
laboriosamente, con la paciencia del buey que traza su surco. Y cuando
tengo algún desfallecimiento, agito mis alas de águila, me arrojo al
dominio de la intuición, escruto los secretos de la vida universal, luego
50
Fue en los libros sagrados de Hermes «el divino»
donde fue formulada y conservada la doctrina secreta. Él la
ideó, la escribió, la ocultó parcialmente, callándose con
prudencia y sin embargo hablando. «Y habiendo ordenado a
los dioses sus hermanos, servirle de cortejo, subió a las
estrellas.»
Pero antes de subir hacia la luz, había conversado con
el Invisible, había tenido una visión1. – Y esta visión era la
siguiente:
Un día, Hermes se durmió tras haber reflexionado
sobre el origen de las cosas. Un pesado sopor se apoderó de
su cuerpo; pero su espíritu subía en el espacio.
Entonces, le pareció que un ser sin forma determinada
lo llamaba por su nombre.
–¿Quién eres? – preguntó Hermes asustado.
– Soy la Inteligencia soberana; ¿qué deseas?
–Contemplar la fuente de los seres, conocer a Dios.
De inmediato, Hermes se sintió inundado de una
inefable luz donde flotaban sombras transparentes…
Luego, de repente, unas tinieblas descendieron sobre
él.
Entonces se levantó del abismo una voz, el grito de la
luz, y de las húmedas profundidades salió un fuego sutil
que, levantando a Hermes, lo transportó en las elevaciones
vuelvo a retomar mi obra en silencio – ciencia, fuerza, paciencia,
idealidad, eso es lo que soy, yo la esfinge, yo Egipto.
1
Esa visión no fue escrita en ningún papiro. Fue grabada en símbolos,
sobre las estelas de la cripta del templo de Osiris. De pontífice en
pontífice, la explicación era transmitida oralmente, y era sobre la
plataforma del templo, en el esplendor de las tibias noches egipcias,
cuando el hierofante la repetía a los iniciados a los que él conducía
hasta el final de la última prueba. (Ed. Schuré).
51
etéreas. Coros de astros se expandían en el espacio y la voz
de la luz llenaba el infinito.
–¿Has comprendido los que has visto? – preguntó la
voz.
– No, – respondió Hermes.
– Vas a aprenderlo. La luz que has visto antes es la
inteligencia divina que encierra toda cosa en potencia. Las
tinieblas, es el mundo material donde viven los hombres de
la tierra. Y elfuelo que has visto crepitar en las
profundidades, es el Verbo divino. – Dios es el Padre, el
Verbo es el Hijo, su unión es la Vida.
–Déjame ver la vida de los mundos – pidió Hermes –
el camino de las almas, de dónde viene el hombre y a donde
regresa.
Entonces Hermes vio un espectáculo maravilloso. El
espacio infinito, el cielo estrellado lo envolvía por todas
partes.
–Maestro, – preguntó Hermes, – ¿cómo se produce el
viaje de los hombres a través de todos estos mundos?
–¿Ves esta simiente luminosa que cae desde las
etéreas alturas? Son los «semillas de alma». Flotan como
vapores ligeros, dichosos, pero no conocen su dicha. Y
cayendo de esfera en esfera, se revisten siempre con
envolturas cada vez más pesadas. En cada encarnación,
adquieren sentidos corporales adecuados a los medios en
los que habitan.
A medida que entran en cuerpos más densos, pierden
el recuerdo de su origen celestial. Cada vez más
embriagados por la materia, se precipitan, con
estremecimientos de malsana voluptuosidad, a través de
regiones de dolor, de amor y muerte, hasta la jaula terrestre
donde tú mismo gimes y donde la vida divina no te parece
más que un vano sueño.
52
El alma es hija del cielo, pero su viaje es una prueba.
Mira ese enjambre de almas que tratan de subir hacia
las regiones etéreas. Unas son captadas hacia la tierra, como
torbellinos de pájaros que la tempestad caza. Las otras, a
grandes golpes de ala, alcanzan la esfera superior. Ellas
cubren el sentido de las cosas y se vuelven luminosas, pues
poseen lo divino en sí mismas. Las almas más puras,
dispersas en las esferas como haces de destellos, suben
hasta el Padre, entre las poderosas, siendo ellas mismas
poderosas. Y ahí es donde todo acaba y donde todo vuelve
a comenzar eternamente.
Y Hermes escuchó el coro de las esferas que decían al
unísono: ¡Sabiduría! ¡Amor! ¡Justicia! ¡Esplendor!
¡Ciencia! ¡Inmortalidad!
He aquí cual fue la visión de Hermes.
Es a partir de esta visión, este sueño, esta
revelación… y que, con seguridad, en el mismo sentido
también son válidas las visiones de Ezequiel o las del
Apocalipsis, como fue erigida la doctrina que, sobre los
pasos de los poblaciones emigrantes, se expandió por todas
las playas del Mediterráneo fue aceptada por las diversas
civilizaciones que, según su idiosincrasia, modificó sus
costumbres y aptitudes.
Fue de este modo como se hizo monoteísta en Judea y
politeísta en Grecia, sin que la economía fundamental haya
sido profundamente alterada.
Tras las invasiones que desencadenaron tempestades
en Egipto, la escuela de Alejandría recogió algunas parcelas
que heredó el cristianismo naciente, mientras que, por otra
parte, los iniciados escapados de la tierra devastada de los
faraones hicieron penetrar en la Hélade los principios
fundamentales de la doctrina hermética.
53
A pesar de la confusión inextricable de imperios
fundados por los unos, destruidos por los otros,
conquistados, perdidos, reconquistados, cultos rivales que
se imponen o se prohíben, razas enemigas que se oprimen y
se degüellan por turno, a pesar de esas salvajes matanzas y
esos torrentes de sangre que durante siglos hicieron correr
los enfrentamiento de pueblos fanáticos – siempre fueron
enseñadas las mismas doctrinas, más o menos, en el fondo
de todos los santuarios.
Los símbolos se parecen en todos los pueblos, las
leyendas se repiten, los dogmas se copian. Tanto en India
como en Egipto, en Caldea y Judea, su Noe ha repoblado la
tierra después del diluvio. Como el Noé de la Biblia, el Noé
de los brahmanes, Satyaurata, tiene tres hijos. Tras la salida
del arca – pues hay una arca también – bebe un licor de
arroz, se emborracha y se duerme desnudo. Su hijo Charma
se burla y llama riendo a sus hermanos que se indignan y
cubren con sus vestidos a su padre. Al despertar NoéSatyaurata, siendo informado de los hechos, maldice de
todo corazón al irreverente hijo: «Tú serás, le dijo, el
servidor de los criados de tus hermanos.»
La historia de Adán y Eva, comprendida la tentación
de la serpiente, se encuentran palabra por palabra en las
fábulas orientales. No son solamente las doctrinas y las
leyendas, sino aún las mismas costumbres que se
encuentran en todo país. Todo indica que una corriente
tradicional, a la vez intelectual y moral, descendió desde las
altas planicies de Asia y se expandió por toda la tierra
habitada, modelando las inteligencias, identificando los
puntos de vista y formando las civilizaciones.
Todavía es dichoso que en medio de extravagancias
pueriles se hayan extendido ciertas ideas preservadoras,
transmitido algunos presentimientos cuya universalidad
presenta un carácter extraño y excepcional.
54
Es así como en la base de todas las religiones
conocidas, por informes que sean, se encuentra el dogma
fundamental del Ser infinito de donde proceden los seres.
–De Brahma, proviene el huevo del mundo, – dice el
indio.
–De Knef, procede el huevo del mundo y el universo,
– repite el egipcio.
–El Eterno ha creado a ormuzd y a Ahriman, –
proclaman los magos.
– El Ser no creado, ha creado todo, – dicen cada uno
en su lengua, en Babilonia, Tyr y Sidon.
–Es de Esus de donde fluye la vida, – afirman los
druidas en sus bosques de robles.
– Júpiter es el principio y el regulador del mundo –
dicen los antiguos poetas griegos, haciéndose eco de las
doctrinas órficas.
Pero no nos anticipemos. Dejemos Oriente y pasemos
a Europa.
____________________
Llegamos a Grecia. Sobre las olas azules de uno de
los más bellos mares que existen en el mundo, ella
deslumbra por sus promontorios y sus golfos
desmenuzados, parecidos a los recortes de una gigantesca
hoja de morera, y de sus costas cinceladas, a las
innumerables islas que enguirnaldan sus arrecifes, van y
vienen las olas que las baten armoniosamente con sus
remolinos, cercándolas con sus espuma plateada.
¿Qué no se ha dicho ya de ese país de la belleza de su
mar y de su cielo que mezclan su azul, sus montañas de
mármol esculpido que la aurora tiñe de rosa y que el
crepúsculo oculta con terciopelo violeta?
55
Es bajo la inspiración de esta incomparable naturaleza
como se ha formado el genio de la raza helénica, ligera,
ondulante, elocuente, artística sin rival y cuya imaginación
creadora supo ilustrar tan bien esta tierra que la naturaleza
ya había hecho tan bella. Todo allí era espectáculo, y la
mirada, embriagada de su luz, flotaba, iba del mar a las
montañas, del poblado de blancas estatuas que llenan las
ciudades, a las orgullosas líneas de la Acrópolis o a las
columnatas del Partenón.
Grecia estaba habitada desde hacía miles de años, por
una población de raza blanca vecina de los Getes, de los
Escitas y los Celtas primitivos. Esta raza aislada de mezclas
múltiples constituía la resultante de todas las civilizaciones
anteriores. Colonias venidas de la India, de Egipto, de
Fenicia, le habían aportado sus idiomas, sus costumbres,
sus innumerables divinidades. De todos esos cruces había
salido un pueblo refinado, comprensivo cuya lengua
armoniosa imitaba todas las voces de la naturaleza, desde el
trino de los pájaros, hasta el murmullo de las olas
rompiéndose en las orillas. Fue en esta lengua ligera y
clara, y bajo la inspiración de su genio luminoso, como
Grecia supo traducir las bellezas y los misterios a veces
oscuros de la doctrina oriental. Orfeo, Hómero, es decir la
música y la poesía, cantaron a la tierra encantada las
estrofas de la armonía divina de la que se embriagó el alma
de la Hélade1.
Esta alma no ha sido generalmente comprendida. La
mayoría de los historiadores no han visto más que la Grecia
exterior, bajo los rayos deslumbradores de su sol, una
1
La tan prequeña Grecia ha hecho más que todos los imperios. Con sus
inmortales obras, ha dado el arte que las hizo, sobre todo el arte de
creación, de educación, que hace a los hombres.
Ella es (ese es su gran nombre) el pueblo educador (Michelet(.
56
Grecia cuyo casco empenachado brillaba en la polvareda de
sus fiestas, de sus juegos heroicos o de sus campos de
batalla.
Desde luego, son sublimes, son inmortales y suenan
como una fanfarria, los prestigiosos nombres de Marathon,
de las Termopilas, de Salamina, de Platea o de Mycale;
pero también es en sus templos donde hay que buscar el
alma de la Hélade religiosa, en los santuarios de Júpiter en
Olimpia, de Junon en Argos, de Ceres en Eleusis, de Apolo
en Delfos y de Minerva en Atenas.
«Ceres y Proserpine,–leemos en Michelet1– (que no
ha comprendido la Grecia de los santuarios, no ocupándose
casi siempre más que de fantasías esotéricas de su
mitología) la tierra desde lo alto y la tierra desde abajo, eran
muy temidas. Sin la una no se ve y la otra tarde o temprano
nos recibe en el reino de las sombras. La guerra, la
invasión, que no respetan nada, se detenían ante sus altares.
Se les constituyó como guardianes de la paz. Tuvieron
numerosos santuarios, en Dodone, en la misteriosa
Samotracia donde se las vinculaba a los genios del fuego,
en la volcánica Sicilia, y especialmente en el gran paso que
abría o cerraba Grecia, en el desfiladero de las Termópilas.
Desde Eleuseis, cubrían Atica.»
Es restringido – dice Ed. Schuré,– el número de los
que han comprendido la grandeza y majestad de la figura de
Orfeo, con el cual uno se obstina en no ver más que al «
trovador » de Grecia, el hombre de la lira, domando con sus
melodías mágicas a los leones y las panteras de los bosques.
Escuchad lo que cuenta a uno de sus discípulos de
Delfos, en relación con la muerte de su querida Euridice:
«…subía a la gruta sagrada de Trofonius cuando caí
en un profundo letargo. Duramente ese sueño se me
apareció Euridice. Ella flotaba en un nimbo pálido, como
1
Bible de l’Humanité.
57
un rayo de luna, y me dijo: «Por mí, tú has desafiado el
infierno, me has buscado entre los muertos. Aquí estoy;
acudo a tu voz. No vivo en el seno de la tierra, deambulo
por el espacio llorando como tú. Si quieres liberarme, salva
Grecia, dándole la luz. Entonces yo misma, encontrando
mis alas, ascenderé hacia los astros y tú me encontrarás en
la luz de los dioses. Hasta allí, debo errar en la esfera turbia
y dolorosa.»
Quise agarrarla, pero se desvaneció como una sombra.
Solamente oí como la vibración de una cuerda que se
rompe; luego una voz débil como un aliento, triste como un
beso de despedida, murmurando: – ¡Orfeo!
A esta voz, me desperté. Ese nombre pronunciado por
un alma había cambiado mi ser. Sentí pasar por mí el
estremecimiento sagrado de un inmenso deseo y el poder de
un amor sobrehumano. Euridice viva me hubiese dado la
embriaguez de la felicidad; Euridice muerta me hizo
encontrar la verdad. Fue por amor como me he vuelto a
poner el hábito de lino y me he entregado a la gran
iniciación de la vida ascética. Fue por amor como he
buscado la ciencia divina, como he atravesado las cavernas
de Samotracia, los pozos de las Pirámides y las tumbas de
Egipto. He registrado la muerte para buscar allí la vida, y
más allá de la vida he visto los limbos, las esferas
luminosas, el Éter de los dioses. La tierra me ha abierto sus
abismos, el cielo sus pórticos luminosos. He arrancado la
ciencia oculta bajo las momias. Los sacerdotes de Isis y
Osiris me han entregado sus secretos. Ellos no tenían más
que esos dioses, yo tenía a Eros. Gracias a él, he podido
interpretar las palabras de Hermes y de Zoroastro.
Pero ha llegado la hora de confirmar mi misión
mediante mi muerte. Todavía una vez más necesito
58
descender a los infiernos para subir al cielo (Poemas
órficos)1»
¿La lira de Orfeo, esa «voz de los templos inspirados»
no ha producido sonidos más desgarradores y profundos?
¿No son esos los acordes moribundos que se cree escuchar,
leyendo esta página melancólica, tan tierna y de tan elevada
inspiración religiosa?
_________________________
Entre los filósofos griegos, por encima de Sócrates,
por encima de Platón y mucho más alto que Aristóteles,
destaca la gran figura de Pitágoras, maestro en todas las
ciencias de la época: matemáticas, medicina, fisiología.
Cosa distinta fue en astronomía. Sobrepasó hasta tal punto
su siglo y la propia antigüedad, que su sistema, esbozo
grandioso de los de Copérnico y Galileo, se adelantó dos
mil años a los descubrimientos de la ciencia moderna.
Antes que cualquier otro, declaró que la tierra gira
sobre si misma, al mismo tiempo que gravita alrededor del
sol, que es este astro el que presta su luz a la luna, que las
estrellas son soles, centros de sistemas planetarios en los
que él reconoció la habitabilidad; nociones exactas sobre la
naturaleza de los cometas y los fenómenos de los eclipses –
tales fueron las conquistas de ese prodigioso genio.
Gran iniciado de los templos de Egipto y Babilonia,
supo gracias a su inteligencia soberana, creadora y
ordenada, comprender mejor que nadie el alma de Grecia y
aplicarle el pensamiento religioso un poco fluctuante de sus
antepasados.
Pitágoras fue el maestro de la Grecia laica, como
Orfeo lo había sido de la Grecia sacerdotal. Fue él quién,
secundado más tarde por Sócrates y Platón, sus herederos
1
Les Grands Initiés.
59
intelectuales, amplió la esfera de acción de las doctrinas
secretas. Coordinó las inspiraciones órficas en un sistema
que rodeó de pruebas científicas, y fue con ardor
propagandístico
como
vulgarizó
los
principios
fundamentales de un extremo al otro del mundo antiguo.
Fue en la colonia dórica de Crotone, vecina de
Sibaris, donde Pitágoras fundó un instituto para la
iniciación laica de la juventud, con la intención de
transformar poco a poco la organización política de las
ciudades griegas del golfo de Tarente.
Fue allí donde se llevó a cabo la gran obra de
Pitágoras.
«Brillaba sobre la colina, entre los cipreses y los
olivos, la blanca hilera de los hermanos iniciados. Mas allá
del río, se percibían sus pórticos, sus jardines, su gimnasio.
Desde lo alto de la terraza superior, se dominaba la ciudad
con su Pirtaneo, su plaza pública, su puerto, mientras que a
lo lejos brillaba el golfo engarzado entre sus rocas marrones
como en una copa de ágata y como el mar cerraba el
horizonte de su línea azul».1
Y fue allí, sobre esa maravillosa tierra de Italia que
recordaba todos los esplendores de Grecia, donde Pitágoras
iniciaba su doctrina de teorías a jóvenes mujeres y a grupos
de efebos que, cada día, iban a cumplir sus ritos, unas al
templo de Ceres y los otros al templo de Apolo.
El maestro les enseñaba que el hombre ha recibido de
Dios su parte invisible, inmortal, activa que se llama
espíritu, al mismo tiempo que su parte visible, perecible,
pasiva que se llama cuerpo y que esos dos elementos están
unidos el uno al otro por un tercer elemento intermedio
derivado del fluido cósmico o éter y que no es otra cosa que
el alma, especie de cuerpo etéreo con el que el espíritu se
«teje», se confecciona el mismo.
1
Les Grands Initiés.
60
Cuando sobreviene la muerte, el cuerpo regresa a la
tierra, mien tras el espíritu y el alma, indisolublemente
unidas, se elevan hacia las esferas divinas. Pero esta
ascensión del alma que constituye el drama grandioso de la
vida no tiene más que un modo de realización: la «
transmigración de las almas ».
Esta doctrina conocida – digamos más bien
desconocida – bajo el nombre de « metempsicosis » es la
parte de la doctrina oculta que más en exceso han
disfrazado los literatos y los filósofos, tanto en la
antigüedad como en nuestra edad moderna, donde parecen
querer rivalizar de incapacidad el escepticismo sistemático
y la inaptitud para comprender las nociones espiritualistas
más accesibles.
Lo que enseñaba Pitágoras y lo que constituye el
fundamento mismo de las tradiciones esotéricas, es la
doctrina de la vida ascensional del alma, a través de una
serie de existencias sucesivas que vincula las unas a las
otras en la persecución de un objetivo único: la depuración
y el perfeccionamiento de la individualidad humana.
Lo que contaba pues Pitágoras a sus jóvenes iniciados
era la historia celeste de Psique, – nombre que los griegos
daban al alma.
Psique es una parcela individualizada de la gran alma
del mundo, un destello de la divinidad. Para llegar a la
situación que ocupa en este mundo, hace falta que atraviese
todos los reinos de la naturaleza, que pase por toda la escala
de los seres. En primer lugar, fuerza ciega, chispa dormida
en el mineral, luego individualizada en el vegetal, luego
galvanizada por el instinto, luego hecha eficiente por la
sensibilidad y por último despertada por la inteligencia del
animal y del hombre, acaba por llegar a la lucidez
consciente de sí misma, término definitivo de esta larga y
lenta elaboración.
61
Así pues, en su origen, el inconsciente Psique no ha
sido más que un soplido que pasa, una semilla que flota, un
débil pájaro golpeado por vientos que emigra de existencia
en existencia… y hela aquí sin embargo cuando, a lo hora
inefable de la resurrección – después de millones de años,
tal vez; pero ¿qué importa? – se convierte en la hija de Dios
y no reconoce otra patria que el cielo. Y es porque la poesía
griega, de un simbolismo tan profundo, compara el alma
con el insecto alado, con el ínfimo gusano y con la
mariposa celeste. ¿Cuántas veces ha sido crisálida antes de
la eclosión liberadora? Ella no lo sabrá nunca, tal vez; pero
lo que sabe, lo que siente, ¡es que tiene alas!
«El hombre renace, todo está en esa frase.
Nosotros éramos las generaciones del pasado,
seremos las generaciones del futuro. Recogemos lo que
hemos sembrado antes; lo que sembremos hoy lo
recogeremos más tarde. – Si la justicia no está ahí, que se
me diga entonces donde hay que buscarla.
El hombre renace, aumentado por su valor,
ennoblecido por su constancia, elaborado por sus dolores.
La muerte no es más que una palabra. Cada existencia es
una etapa en el camino de la perfección. Hay rezagados en
ese camino, incluso desertores; pero tarde o temprano, los
primeros lo consiguen y los segundos regresan.
El alma humana puede descender y retroceder; pero
no podría abdicar. Puede borrar su consciencia, embrutecer
su razón, disminuir su libertad, volver a descender, tal vez,
mediante una serie de lamentables degradaciones, hasta
esas razas medio animales de donde el hombre ha emergido
lentamente. Pero ese hombre no puede suprimir su
principio. No podría perder lo que ha adquirido por sí
mismo; ahora bien, no puede retroceder más allá del punto
de donde ha partido, pues ese punto no le pertenece »1.
1
Les Grandes Mystères.
62
He aquí lo que dicen los filósofos modernos, tras
haber meditado sobre lo que nos han enseñado los teósofos
antiguos.
¡Ah! es que nos importa a todos saber lo que ha sido
el vertiginoso pasado de nuestra alma; ahora conocemos la
dolorosa y gloriosa historia de Psique, la divina.
Es su descenso y su cautividad en la carne, sus
sufrimientos, sus luchas, su triunfo, su ascensión gradual y
su regreso final a la luz, es ese drama poderoso de la vida
que estaba representado en los misterios de Eleusis.
Doctrina siempre semejante a sí misma, a pesar de las
modificaciones que aportaron las diversas civilizaciones, –
la misma en Grecia, la misma en Egipto, la misma en la
India, – y que se puede resumir en tres líneas: Justa
apreciación de la muerte y de su auténtica naturaleza;
conocimiento de las vidas sucesivas; comunicaciones
reveladas entre los vivos y los habitantes del Más Allá.
En eso consisten los dogmas de los misterios
esotéricos a los que Sófocles llamaba « las esperanzas de la
muerte » y tal como fue la doctrina pitagórica de la que
Sócrates y Platón se hicieron los intérpretes en Ática, pero
bien más tímidamente de lo que le había hecho el maestro.
Sócrates no se hizo iniciar. Platón hizo un viaje a Egipto,
fue admitido en los misterios y luego regresó a Grecia,
donde fundó su academia. Pero en calidad de iniciado,
creyó deber guardar una cierta reserva, reserva tal que, en
su sistema filosófico, la gran doctrina permaneció
singularmente oscura y velada1.
En cuanto a Roma, tuvo adeptos más o menos
declarados, sobre todo más o menos iluminados. Cicerón,
1
Lo que Orfeo ha revelado mediante oscuras alegorías, dice Proclus,
Pitágoras lo enseña abiertamente tras haber iniciado en los misterios
órficos y Platón tuvo pleno conocimiento de ellos por los escritos
órficos y pitagóricos.
63
Ovidio, Virgilio, Tácito, que en sus obras hablan
frecuentemente de sueños, apariciones y evocaciones de
muertos.
________________
Pero todavía nos quedan otras voces que escuchar.
Han pasado siglos. Un poco antes de nuestra era, –
dice Léon Denis1 – al mismo tiempo que el poder romano
crece y se extiende, se ve la doctrina secreta retroceder y
perder su autoridad. Los auténticos iniciados se hacen
escasos. El pensamiento se materializa. La India se duerme
en su sueño; la lámpara de los santuarios egipcios se ha
apagado para siempre; Grecia entregada a los retóricos y a
los sofistas insulta a los sabios, proscribe a los filósofos y
profana los misterios. Los oráculos están mudos; la
superstición, la idolatría y la lujuria han invadido los
templos y la orgía romana se desencadena sobre el mundo
con saturnales y su bestial borrachera. Desde lo alto del
Capitolio, la loba saciada domina pueblos y reyes. César
emperador y dios gobierna en una apoteosis sangrienta.
Y además y por todas partes, qué desorden en el caos
de las aglomeraciones humanas, auténticos rebaños
enloquecidos, embriagados de odios y cóleras. Cada pueblo
tenía sus dioses representando sus deseos y sus pasiones,
encarnando sus instintos, resumiendo
sus potencia
malévolas. Esas religiones parciales más o menos bárbaras
habían agrupado razas, creado nacionalidades, establecido
imperios. Y todos esos grupos, reunidos alrededor de sus
fanáticos sacerdotes, se abalanzaban los unos sobre los
otros en nombre de sus dioses más feroces todavía que sus
adoradores. ¿Cuántas veces no se vio en el mismo seno de
una nación sectas rivales, divididas por ineptas argucias,
1
Après la mort.
64
ahogarse en la sangre de sus inconscientes y estúpidos
furores?
Y es entonces cuando nace Cristo, desde mucho
tiempo antes anunciado, cuando menos presentido, por los
antiguos profetas1.
Mezcla de mazdaismo, de brahmanismo, de budismo
y del idealismo de Platón, la gran religión occidental es casi
exclusivamente aryena. Aparte de los préstamos tomados
de la India antigua, hemos incorporado el ceremonial del
budismo, sus ornamentos, sus conventos monacales y de
monjas.
El Zend-Avesta nos ha dado su paraíso, su infierno, su
príncipe de las tinieblas, su liturgia y sus ángeles de la
guarda. Los platónicos han alimentado el evangelio de san
Juan, la quintaesencia de la metafísica cristiana. Si por otra
parte se atribuye a Persia la caída de Adán de dónde nace la
idea del redentor, poco queda en el activo de Judea salvo el
Dios de los salmos fúnebres y el espíritu de intolerancia y
fanatismo inculcado a la Iglesia por San Pedro. (Eugène
Nus)
También se puede decir que el esoterismo discurre a
manos llenas en toda la doctrina cristiana; pero de un modo
muy velado en sus parábolas, disimulado o incomprendido
por los traductores, desfigurado sobre todo por las
tradiciones eclesiásticas.
Tratemos de levantar un poco ese velo2.
Jehoshoua, al que llamaos Jesús, de su nombre
helénico Iησυς, nació en Nazaret. Era hijo de Myriam, a la
que nosotros llamamos María, esposa del carpintero José,
una galilea de noble cuna y afiliada a los esenios.
1
Esaias, L 1, 1 a 5; L III, 2 a 8.
Ed. Schuré, les Grands Initiés. – Es de este autor de quién tomaremos
las siguientes apreciaciones sobre la persona de Cristo.
2
65
La leyenda ha envuelto el nacimiento de Jesús con un
paño de maravillas. Tratemos de desprender el sentido
esotérico de la tradición judía mezclada con la leyenda
cristiana.
La acción providencial que preside el nacimiento de
cada hombre es más visible en el nacimiento de los genios
cuya aparición no se explica en absoluto por la única ley del
atavismo físico. Alcanza su más alta intensidad, cuando se
trata de uno de esos divinos profetas destinados a cambiar
la faz del mundo. El alma elegida para una misión divina
viene libremente, conscientemente, a la tierra; pero para que
entre en escena, es necesaria una madre de élite que, por el
deseo de su alma y la pureza de su vida, atraiga y encarne
en su carne el alma de aquél que está destinado a
convertirse, a ojos de los hombres, en un « hijo de Dios ». –
Tal es el profundo sentido que encierra el antiguo símbolo
de la Virgen-madre. El genio hindú ya lo había expresado
en la leyenda de Krishna; pero los evangelios de Mateo y de
Lucas lo han mostrado con una sencillez y una poesía muy
superiores.
Jesús creció en la tranquilidad de Galilea. Su alma
inquieta y curiosa buscaba, se informaba, quería
comprender. Por boca de sus padres, aprendió a conocer las
Escrituras al mismo tiempo que le fue revelado el extraño
destino del pueblo de Dios, en las fiestas periódicas del año,
tales como la de los Tabernáculos.
Esta vida mística se unía en el adolescente con una
notable lucidez de la realidad. Lucas nos lo muestra a la
edad de doce años «creciendo en fuerza, en gracia y en
sabiduría ». La conciencia religiosa fue en él algo innato,
íntimo, independiente del mundo exterior; pero la
conciencia mesiánica no podía despertarse más que con el
choque de las impresiones interiores y bajo la influencia de
una iniciación especial.
66
Esta iniciación le fue proporcionada por los Esenios
que, en la vida retirada que éstos llevaban a orillas del mar
Muerto, habían conservado la tradición de los profetas y el
secreto de la pura doctrina. Este grupo de iniciados se
dedicaba al ejercicio de la medicina, pero, proponiéndose
un objetivo más elevado, enseñaba a un pequeño número de
adeptos las leyes que rigen el universo y lo que sabía de los
misterios de la vida. El culto que esos hombres sencillos y
puro rendían a Dios era completamente espiritualista.
Profesaban el dogma fundamental de la doctrina pitagórica,
es decir la preexistencia del alma y la serie de sus vidas
sucesivas, consecuencia y razón de su inmortalidad.
Fue en medio de ellos y bajo su dirección, como Jesús
dedicó a su iniciación los años de su adolescencia, sobre la
que los Evangelios han guardado un silencio singular, pero
significativo. Estudió sus dogmas y se ejercitó en la
terapéutica oculta.
Las pruebas de esta preparación especial se
desprenden del hecho que, inmediatamente después de su
encuentro con Juan Bautista, tomó de algún modo posesión
de su ministerio y entró en Galilea con una doctrina
asentada, la seguridad de un profeta y la consciencia
aparente de su misión mesiánica.
Desde entonces, aceptó el rol temible de su
incomparable misión para la que lo habían predestinado los
siglos. Se había preparado suficientemente. Poseedor de ese
don misterioso de una segunda visión que, en todos los
tiempos, ha caracterizado a los iniciadores, iba y venía entre
las multitudes, sondeando los corazones, despertando las
conciencias, en ese sentimiento de amor inefable que
experimentaba por sus hermanos humanos, y cuando decía
a uno de ellos: Sígueme, el hombre interpelado le seguía,
magnetizado por la profunda mirada del maestro, del dulce
rabino al que acompañaba todo un pueblo electrizado por su
67
sola presencia. Curaba enfermos por imposición de manos,
mediante una orden, a veces con una simple mirada.
Y qué dulces eran las palabras que salían de sus
labios:
« Venid a mí – decía – todos los que sois desdichados
y confusos y os aliviaré, pues mi yugo es cómodo y mi
fardo ligero.»
Nunca semejantes palabras habían sido entendidas.
Nunca hombre alguno, antes que él, había hablado como
este hombre. No exigía de sus adeptos ni juramente de
obediencia ni profesión de fe; no pedía más que una sola
cosa: que se le amase y se creyese en él. Maravilloso poder
el del amor; ¿no era ese el evangelio auténtico, es decir la «
buena nueva » abriendo horizontes desconocidos a todos
los desheredados de la tierra?
Pero veámoslo sobre la montaña. Sus futuros
iniciados lo rodeaban en silencio. Más abajo, el pueblo
recogido, atento, esperaba sus palabras.
¿Qué va a decir el nuevo doctor? ¿Qué va a ordenar a
dirigir? Los ayunos, las maceraciones, las penitencias
públicas, ordinario aparato de todas las religiones
despiadadas, figuraban ineludiblemente en el programa de
todos los conductores de los pueblos.
Pues bien, no. Ninguna prescripción semejante a la de
los doctores farisaicos, ni penitencias, ni expiaciones.
Singular atrevimiento, en ese tiempo en el que todo culto se
manifestaba de cara al exterior, mientras que él, muy al
contrario – ¡peligroso innovador!– situaba lo invisible por
encima de lo visible y resumía toda su doctrina por el
precepto supremo, conminación penetrante y divina:
«Amaos los unos a los otros.»
Y sobre la montaña, decía: « Bienaventurados los
pobres de espíritu (es decir los humildes de corazón),
porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados
68
los que lloran, pues ellos serán consolados.
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia,
pues serán saciados. Bienaventurados los que tienen el
corazón puro, pues verán a Dios. – Amaos, amad a Dios por
encima de todas las cosas. Todos sois hermanos, todos sois
uno. Dios es el padre común en quién todo se unifica.»
Verbo eterno, palabra nueva, revelación suprema que
ninguna otra superará.
«Nunca – dice Renan – se ha sido menos sacerdote de
lo que fue Jesús, nunca más enemigo de las formas que
sofocan la religión bajo el pretexto de protegerla. Por ello,
él ha colocado una piedra eterna, inquebrantable
fundamento de la religión del espíritu. La idea de un culto
fundado en la pureza del corazón y sobre la fraternidad
humana hacía su entrada en el mundo gracias a él – idea de
tal modo elevada que la Iglesia cristiana debía traicionar
completamente sus intenciones sobre este punto.
Fue sin embargo el reino del espíritu lo que el
fundaba, lo que permanecerá eternamente de él es la
doctrina de la libertad de las almas.
«Mujer, – dijo a la samaritana – créeme, ha llegado la
hora en la que no se adorará más ni sobre esta montaña, ni
en Jerusalén; pero donde los auténticos adoradores adorarán
al Padre, en espíritu y en verdad. »
El día que pronunció estas palabras, fue realmente
hijo de Dios. Dijo por primera vez las palabras sobre las
que reposará el edificio de la religión eterna. Fundó el culto
puro, sin fecha, sin patria, el que practicarán todas las almas
elevadas hasta el fin de los tiempos. No solamente su
religión fue la buena religión de la humanidad, sino que fue
la religión absoluta, y si otros planetas tienen habitantes
dotados de razón, su religión no puede diferir de la que
Jesús proclamó cerca de los pozos de Jacob.»
69
Este es el resumen de la enseñanza pública de Jesús.
Pero al lado de ésta, destinada a la muchedumbre ignorante
y materialista, había otra, paralela, explicativa de las
primera, que mostraba sus entresijos y revelaba a sus
discípulos las verdades espiritualistas que él tenía de la
tradición esotérica de los Esenios, como también de su
experiencia personal.
Esta tradición, – dice E. Schuré, – habiendo sido
violentamente sofocada por la Iglesia a partir del siglo II, la
mayoría de los teólogos no conocían ya el verdadero
alcance de las palabras de Cristo, con sus dobles sentidos, a
veces triples, y no comprendiendo más que el sentido
primario y literal. Para los que conocen la doctrina de los
misterios en la India, Egipto y Grecia, el pensamiento
esotérico de Cristo anima no solamente sus menores
palabras, sino que explica casi todos los actos de su vida.
Ya visible en los tres sinópticos (Mateos, Marcos y Lucas),
se descubre completamente en el evangelio de Juan.
Entre los numerosos ejemplos que se podrían citar, lo
más característica es el que nos proporciona la entrevista de
Jesús con Nicodemo, fariseo instruido e intentando
iluminarse, pero que, temiendo comprometerse, pide una
entrevista en secreto a joven doctor galileo. Habiéndosela
concedido, Nicodemo acude de noche. – Maestro, le dice en
un exordio un tanto insinuante, sabemos que eres un doctor
venido de parte de Dios, pues nadie podría hacer los
milagros que tú haces, si Dios no estuviese con él.
Es conocida la respuesta de Cristo, respuesta un algo
enigmática para quién no estuviese iniciado.
–En verdad, en verdad, te digo que si un hombre no
nace de nuevo, no puede ver el reino de Dios.
70
¡Estupefacción de Nicodemo! – ¿Cómo es posible que
un hombre entre en el seno de su madre y nazca una
segunda vez?
–En verdad, – repite Jesús, sin explicarse más, – te
digo que si un hombre no nace del agua y del espíritu, no
puede entrar en el reino de Dios. Lo que es nacido de la
carne es carne, pero lo que nace del espíritu es espíritu. El
viento sopla de donde quiere y tú oyes su ruido; pero no
sabes de donde viene ni a dónde va.
He aquí la doctrina esotérica. Jesús resume bajo una
forma simbólica la antigua doctrina de la regeneración ya
conocida en los misterios. Renacer por el agua y por el
espíritu, ser bautizado con agua y fuego, marcaba dos
grados de la iniciación, dos etapas del desarrollo espiritual
del hombre.
Pero lo que no dice, contenido sin duda por la
prudencia habitual de los iniciadores que no revelaban la
absoluta verdad más que a los que podían comprenderla, lo
que no dice a Nicodemo, es que la evolución de la
personalidad humana no puede efectuarse más que
mediante una sucesión de vías terrestres y, a continuación,
de renacimientos corporales, en unos cuerpos nuevos donde
el alma reencarnada sufre las consecuencias de sus
existencias anteriores y prepara las condiciones de su futuro
destino.
En cuanto a ese viento, o espíritu, que sopla a dónde
quiere, no es otra cosa que el alma que, en vísperas de una
nueva encarnación, elige un nuevo cuerpo, un nuevo cambo
de trabajo, de luchas y de renovaciones, sin que los
hombres sepan de dónde viene ni a dónde va.
¿Lo comprendió Nicodemo? Seguramente no; pero se
fue soñador, afectado, tal vez conmovido. Quizás creyó
sentir ese viento del Espíritu « que sopla a dónde quiere »
pues, aunque continuó viviendo entre los fariseos,
71
permaneció siendo fiel a Jesús y, el día de su muerte, vino,
junto con José de Arimatea, a sepultarlo piadosamente,
siguiendo la costumbre judía, es decir envolviéndolo en un
sudario con mirra y aloes.
Y cuántos pasajes reveladores para quién sepa
comprenderlos, vienen a abrirnos amplios panoramas sobre
esta doctrina esotérica que constituye como la trama de las
enseñanzas evangélicas.
«Es a vosotros,– dice Jesús a sus discípulos que lo
interrogan sobre sus parábolas,– a quién ha sido revelado el
misterio del reino de Dios; pero para aquellos que están
fuera, todo transcurre en parábolas y similitudes » (Marcos,
IX, 10 a 13, y Mateo, XIII, 11 y 13)
«En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no
fuera así, os lo diría, porque voy a prepararos el lugar.
Cuando yo me haya ido y os haya preparado e lugar, de
nuevo volveré y os tomaré conmigo, para que donde yo
estoy estéis también vosotros.»(Juan XIV, 2 y 3)
Más parábolas aún. Es en términos apenas velados
como es hecha una alusión al amplio cielo, la casa paterna,
con los innumerables mundos que pueblan las legiones
infinitas. Es allí donde están esas moradas, esas estaciones
temporales, donde las almas evolucionan en la larga serie
de sus sucesivas vidas1.
Cuando los discípulos le preguntan «¿Por qué los
escribas dicen que en primer lugar debe regresar Elías », él
les responde: « Elías ya ha venido; pero no lo han
reconocido. » Y comprenden que se trata de Juan Bautista
de quién él habla. No lo dice además en términos formales,
1
Es en estos términos precisos que Orígenes comenta este pasaje. «El
señor hace alusión a las diferentes estaciones que las almas deben
ocupar después de que se hayan despojado de sus cuerpos actuales y
que se hayan vuelto a vestir de nuevo.»
72
cuando declara: « En verdad os digo que entre los nacidos
de mujer no ha aparecido uno más grande que Juan el
Bautista. Y si queréis oírlo, él es Elías, que ha de venir. El
que tenga oídos que oiga. (Mateo, XI, 14 y 15)
En otra situación: «Os enviaré al consolador. Muchas
cosas tendría todavía que deciros, pero no podríais
comprenderlas ahora. Cuando el espíritu de la vedad venga,
él os enseñará todo.» (Juan, XVI, 12, 13)
Realmente sería difícil hablar más claramente, y fue
en vano como la Iglesia, con su decisión de desfigurar, de
ocultar el sentido profundo de esta declaración, finge no ver
en ella más que el anuncio del Espíritu Santo descendido
apenas dos meses más tarde sobre los apóstoles. ¿Era
posible que en algunas semanas la humanidad hubiese
podido adquirir la facultad de comprender cosas que,
cincuenta días antes, le resultaban incomprensibles? No, no
se trataba de cincuenta días, sino de la infinita duración de
la evolución humana, en el transcurso de la cual nos serán
enviadas, sucesivamente, tales revelaciones que serán
juzgadas necesarias, y no en la visión de esas lejanas
perspectivas que Jesús concluía mediante esta audaz
afirmación: « El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras
no.»
_____________________
Tal fue esta figura de Cristo, extraña, misteriosa, en
ninguna otra parte semejante, tan simple en su modestia, en
su humildad, cuando iba, seguido de sus discípulos, por los
polvorientos caminos de Galilea, cuando charlaba con los
pescadores del lago de Genesaret – y por otra parte, tan
grande, por la mezcla de sus dolores, de sus fragilidades
humanas, con la grandeza de sus aspiraciones divinas y los
prodigiosos golpes de alas que le elevaban hasta el cielo.
73
Él mismo se llamaba « Hijo del hombre » y tenía
razón, pues descendiendo entre nosotros, para cumplir su
glorioso sacrificio, se convirtió en hijo de nuestra
humanidad.
Sus discípulos le llamaban « Hijo de dios » y los dos
nombres eran exactos, pues él constituía la síntesis
encarnada de lo humano y lo divino combinados. Era el
vínculo vivo que une el cielo a la tierra, el trazo de unión
que hace solidarios al mundo visible y al invisible. En su
cuerpo y en su alma, por su amor y su piedad por todos los
desheredados de los que tenía en cuenta las lágrimas y
sollozos, asumió todos los dolores, todas las amarguras y
todas las desazones de la tierra, sobre todo cuando se
desplegaban ante él las bajezas, las perfidias y las
crueldades de la egoísta naturaleza humana. Pero, cuando
elevando hacia el cielo su pálido rostro de asceta, veía a los
Espíritus descender hacia él, como lo hicieron Elías y
Moisés, sobre el Thabor, que él sentía, seguro de su
predestinación, el rayo de la luz desde lo alto – entonces
volvía a tomar valor proseguía su vida dolorosa. El Thabor
le consolaba de Getsemaní.
Cuánto dolor; ¡pero también qué triunfo!
Encarnando en él los elevados pensamientos de los
iniciadores que lo habían precedido, arrancando las
doctrinas secretas de las criptas y de los santuarios mudos,
detuvo a las generaciones que se dirigían hacia los abismos,
les hizo retomar el camino, destrozó los ídolos de los viejos
templos y, haciéndose una voz con todas las voces del
pasado, gritó a los hombres enloquecidos que, cabizbajos,
adoraban a dioses feroces ante altares ensangrentados: «
Allá en lo alto, es donde hay que mirar y amar al único
Dios, al verdadero, al santo, al justo – ¡vuestro Padre que
está en los cielos!»
74
______________
Luego murió.
Murió como los justos, como los mártires, perseguido
por el odio imbécil, entregado por los traidores y los
cobardes, abucheado, envilecido, ultrajada por una multitud
embriagada, sin que supiesen porque, de un inepto y salvaje
furor.
– Muerte a Cristo; ¡que Barrabás sea liberado!
Cristo fue flagelado, torturado, crucificado.
–¡Dios mío, perdónales porque no saben lo que hacen!
Este último grito de amor es el final de su obra, la
consagración de su doctrina, – dice E. Nus1– Es su suplicio
lo que ha hecho creer; es desde lo alto de su cadalso donde
resplandece. Los pueblos no lo habrían visto, si no fuese
subido a la cruz. La semilla que había arrojado en las almas
no podía germinar más que regada con su sangre. Pero esa
sangre preciosa, no es a Dios a quién él la ha dado; Dios no
reclama sangre. – Era el hombre quién tenía necesidad de
ella; fue al hombre a quién se la ofreció.
Y es por eso por lo que debía morir.
Pero la tumba no lo retuvo – no más de lo que retiene
a los demás que allí descienden. Solo la carne permanece
allí, pues lo perecible no puede revivir; pero lo que escapa
es el cuerpo fluídico, etéreo, mediador plástico, corporeidad
diáfana que, del umbral del sepulcro, sale y regresa hacia su
patria original.
Y fue después de esta resurrección espiritual cuando
Cristo, en su cuerpo glorificado, se apareció en diversas
ocasiones, mostrándose a sus apóstoles, a más de quinientos
hermanos reunidos juntos y al mismo Pablo sobre el camino
de Damas (I, Corintos, XV, 5 a 8)
1
Les Grandes Mystères.
75
He aquí lo que fue Cristo, « ese hombre incomparable
» como lo denomina Renan; « el más grande de los
reveladores » como lo denomina Eugène Nus; « el más
grande de los Hijos de Dios1» como lo denomina Ed.
Schuré.
_____________________
Después de la muerte de Jesús comienza una nueva
fase.
Es mediante un comunismo inocente como se inicia la
revolución moral preparada por el galileo crucificado. Ese
fue el periodo infantil de la nueva humanidad. ¿Qué
importa el día después? ¿Los pájaros del cielo se preocupan
de su alimento? ¿Los lis de los valles no están mejor
vestidos que los reyes? – Espiritualismo peligroso. El
hombre no vive solamente de amor y fe, sino de trabajo y
de ciencia. Jesús, siendo sabedor de la suerte que esperaba a
sus adeptos los había desvinculado de la vida social para
prepararlos para el martirio. Sus palabras tan mal
comprendidas: « He venido para dividir y no para unir »
hacen alusión a la lucha que se prepara, lucha que separará
el esposo de la esposa y el hijo del padre. ¿No son así todas
las disputas que apasionan a la humanidad?
1
Se hace indispensable una observación aquí sobre el sentido simbólico
de la leyenda y sobre el origen real de los que, en la historia, han
llevado el nombre de hijos de Dios. Según la doctrina secreta de la
India, de Egipto y de Grecia, el alma humana es hija del cielo, puesto
que antes de nacer en la tierra, ella ha tenido una serie de existencias
corporales y espirituales. El padre y la madre no engendran más que el
cuerpo del hijo, puesto que su alma ya viene dada. Es pues con toda
justicia que puede decirse de los grandes profetas e iniciadores que eran
hijos de Dios. – (Ed. Schuré)
76
Y esas disputas no se hicieron esperar, seguidas de
persecuciones que desencadenaron todas las rabias del
fanatismo de un extremo a otro de Siria. Los fieles se
dispersan y van arrojar lejos el grano de la buena palabra.
Saulo, convertido en Pablo, tras su conversión, va a plantar
en plena tierra pagana la primera piedra de la Iglesia
universal; pero la luz que él emana no es ya la misma que
hizo resplandecer a Cristo. Esa no es ya la doctrina de
Jesús, sino más bien « una doctrina sobre Jesús », donde
aparecen la adoración mística del hijo único de Dios,
resucitado en su carne, la teoría monstruosa de la gracia y
de la predestinación que abrirán, por siglos, las disputas
escolásticas e hicieron correr tanta sangre sobre esta tierra,
donde, siguiendo el deseo del dulce Revelador, no debía
florecer más que la paz, la concordia y el amor, que bajo el
sol no debían madurar más que cosechas bendecidas y
frutos de consuelo.
A partir de ese día, la fantasía de los fanáticos se
mezcla con la palabra de verdad. Los concilios completarán
las obras de las tinieblas. Los dogmas parásitos y
subversivos vendrán a sepultar, bajo sus malsanas
frondosidades, el tronco del árbol divino plantado en el
Gólgota. El clero sustituye a los laicos. El clero representa
el espíritu; los laicos, la carne. Ahora bien, ¿no se sabe que
la carne es despreciable, perversa y maldita por toda la
eternidad? Si los humildes todavía entran en el reino de los
cielos, son los soberbios, bajo sus birretes quién les abren
las puertas. El orgullo, el egoísmo y la ambición son las
virtudes dominantes de los «representantes » de un Dios de
amor y de justicia. Haciendo a los demás lo que no
quisieran para ellos, los « ministros de Cristo », apenas
recién escapados de las iras del paganismo, toman a los
antiguos verdugos a sus servicios y les entregan nuevos
mártires arrancados de los atrios de la propia Iglesia. – «
77
Las bestias feroces no son ya más temibles que lo son los
cristianos unos a otros, » decía el emperador Juliano,
príncipe iluminado y filósofo, tan maltratado en las crónicas
clericales por haber abandonado el pretendido «
cristianismo » por el asco que le infundían sus disputas y el
horror de sus excesos.
Durante la agonía del imperio romano, el sacerdocio,
llamado cristiano, se organiza. Los reinos se desmoronan,
las dinastías son derrocadas – el clero permanece en pie.
Los obispos están inmersos en todas las luchas.
Bendicen todas las banderas, consagran todas las
usurpaciones, sancionan todas las conquistas, predican la
paz o fomentan la guerra, y hacen converger, hacia su
objetivo, los acontecimientos que ellos no han preparado,
pero de los que siempre obtienen provecho.
Son éstos los que fundan la monarquía francesa, hija
mayor de la Iglesia y brazo derecho del papado. Bajo el
escudo que levanta el merovingio Clovis, sobre la tierra
gala, no se percibe más que la espada y la lanza. – ¡Fijaos
bien! La cruzada episcopal está en medio. (Eugène Nus.)
Tres siglos más tarde, Pépin d’Heristal da al papa
Etienne III, el gobierno de Ravena y el poder temporal es
fundado. Poco a poco, el sucesor de san Pedro se atribuye la
infalibilidad. En el año 1080 después de Cristo, tres siglos
después del establecimiento del poder pontifical, Gregorio
VII establece un decreto en el que proclama que «el papa es
el único al que todos los príncipes besan los pies, que puede
deponer a los emperadores y que es innegablemente un
santo por los meritos de san Pedro.»
Y la tierra entera cae desde entonces bajo el dominio
de papa que ordena, dirige, bendice o reprueba, manipula
las conciencias, abre o cierra a su antojo las puertas del
paraíso, domina al hombre mediante la excomunión,
esclaviza a la mujer mediante la confesión, vigila a la
78
familia, hace de policía del hogar… ¡Vergüenza y miseria!
– He aquí lo que el sacerdocio ha hecho de la pequeña
Iglesia santa y pura, fundada tiempo atrás, en las orillas del
lago de Génesaret, por el humilde Hijo del hombre que con
una frase resumió su doctrina: «Amaos los unos a los
otros.»
Y fue así como han transcurrido diecinueve siglos;
diecinueve siglos de autoridad por la Iglesia, de los cuales
doce han sido de poder absoluto. Durante mil doscientos
años, la Iglesia dominó y moldeó a su guisa el alma humana
y la sociedad. Todos los poderes estaban en su mano. Toda
autoridad estaba en ella o provenía de ella. Reinaba
formidablemente sobre los espíritus y sobre los cuerpos por
la palabra y el libro – por el hierro y el fuego.
Ahora bien, ¿qué ha hecho de esta sociedad, de esos
rebaños humanos de los que tenía la custodia, esa Iglesia
que, por su propia deseo, le había sido confiada por san
Pedro, por los apóstoles y por el mismo Cristo? ¿Qué ha
dirigido, instruido, consolado, salvado? ¿No es bajo la
inspiración del espíritu de las tinieblas, con la complicidad
del diablo que ella ha inventado y con el contrapeso del
infierno creando un artefacto formidable del que siempre se
ha servido, como ha llevado a los pueblos a la idolatría, al
envilecimiento y a la superstición? (Léon Denis)
No ha tenido por luz más que la siniestra luz de sus
antorchas, por altares las piras de sus inquisidores y por
víctimas expiatorias los corderos balantes de sus propios
rebaños. ¿Existe, no solamente un solo sacerdote, sino un
solo obispo, que, aparte de sus afectadas tonterías
reglamentarias, posea sobre las condiciones morales de la
vida presente y de la vida de ultratumba la noción más
elemental que habría podido enseñarle el menor iniciado de
79
los antiguos santuarios, el más humilde de los diáconos de
la Iglesia primitiva?
____________________
¡Ah! esas voces del pasado, esas voces reconfortantes
y consoladores de las que hemos tratado de recoger sus más
débiles ecos en nuestro caminar a través del mundo, ¡en qué
gritos discordantes de ira y de odio se han transformado!
Una sola cosa nos queda todavía, es la voz de nuestra
tierra de Francia, de nuestra vieja Galia donde todavía
flotan, en el follaje de los viejos robles, los recuerdos y
¿quién sabe? los espíritus familiares, tal vez, que evocaban
antaño nuestros ancestros los druidas.
La vieja fe de nuestros antepasados no ha dejado más
que muy pocas huellas materiales.
Como ocurre con todas las religiones antiguas, el
druidismo reservaba solo a los iniciados la explicación de
los misterios sagrados y no admitían en sus colegios más
que a sus neófitos previamente probados1.
Pero, en esta raza celta, tenaz y dura como el granito
de sus montañas, las huellas no se borraban. La iniciación
druídica no cedió más que bajo presión de la invasión
cristiana, y si la célebre herejía del monje bretón Pélage
(que en celta se llamaba Morgan, es decir el marítimo),
herejía pretendida que « negaba el pecado original y
sostenía que pos sus únicas fuerzas el hombre podía llegar a
la perfección », fue tan ardientemente adoptada en nuestra
1
Las únicas informaciones históricas de las que disponemos sobre su
doctrina nos son proporcionadas por Julio César que, en sus
Comentarios, nos indica que los druidas enseñaban no solamente la
inmortalidad, sino aún la transmigración de las almas a través de los
mundos. Los demás historiadores romanos admiten la exactitud del
testimonio de César.
80
Bretaña francesa, ¿quién podría negar que esta insurrección
dogmática, atrayendo sobre ella los rayos de tres concilios,
fue suscitada y mantenida por la vieja levadura druídica
fermentando todavía en los corazones de Armórica?
Durante toda la Edad Media, la iniciación druídica
continuó en la Galia, constituyendo una especie de
francmasonería que tenía por misión la conservación de los
restos de la vieja tradición nacional. Este trabajo de los
bardos galos, que cantaban en toda la Galia las maravillas
del culto a Hésus, fue resumido hacia finales del siglo XVII
en un manuscrito titulado: Mystère des Bardes de l’ile de
Bretagne.
La enseñanza druídica se obtenía mediante triadas,
donde eran divididos sus aforismos en tres puntos
principales, claros, categóricos y privados de cualquier
comentario1.
Según la doctrina contenida en las triadas, el alma se
forma en el seno del abismo; allí se reviste de los
organismos elementales y no adquiere conciencia de su
libertad con posterioridad a largas luchas libradas con los
bajos instintos y las tiranías de la materia.
Escuchad el canto bizarro, extraño, pero poco
alegórico, del bardo Taliesin, célebre en toda la Galia
antigua:
«Existiendo toda antigüedad en el seno del amplio
océano, yo he nacido de las formas elementales de la
naturaleza. He jugado en la noche. He dormido en el alba.
he sido culebra en el lago, águila sobre la montaña, lobo en
el bosque. Luego, marcado por el espíritu divino, he
adquirido la inmortalidad. He vivido en cien mundo. Me he
agitado en cien círculos.»
1
He aquí una de estas triadas tan elocuentes en su elevada y magistral
concisión: «Tres cosas han nacido al mismo tiempo: EL HOMBRE, LA
LUZ Y LA LIBERTAD ».
81
La filosofía de los druidas1, reconstituida en toda su
amplitud, se ha encontrado conforme a la doctrina secreta
de Oriente como en las aspiraciones de los espiritualistas
modernos. Como ellos, los druidas afirman las existencias
progresivas del alma en la escala de los mundos.
Esta doctrina viril inspiraba a sus adeptos un valor
indomable, una intrepidez tal que marchaban hacia la
muerte como quién va a una fiesta. Cuando los romanos
materialistas se cubrían de escudos, enarbolaban hierros y
corazas, nuestros padres, con la cabeza alta y mirando el
cielo, combatían medio desnudos a pecho descubierto. Se
enorgullecían de sus heridas y consideraban una cobardía
usar estrategias en la guerra como hacían sus enemigos. Su
certeza de una vida venidera era tan profunda, que se
prestaban el dinero «a devolver en otros mundos ». A los
moribundos les confiaban mensajes para sus amigos
difuntos. Dejaban los despojos de los guerreros muertos
esparcidos sobre los campos de batalla. « No son más –
decían – que envoltura rotas.»
Los druidas estaban en comunicación incesante con el
mundo invisible. Evocaban a los muertos en el recinto de
menhires que habían alineado o agrupado antes que ellos
los pueblos de la edad de piedra. Las druidesas y los bardos
se entregaban allí a sus oráculos, bajo la luz espectral de las
noches de luna.
Vercingetorix conversaba, bajo las ramas de los
bosques, con las almas de los héroes muertos defendiendo
la patria. Antes de que la Galia se sublevase contra César,
se dirigió a la isla de Sena, antigua morada de las druidesas
y allí, en medio de los estampidos del rayo, se le apareció
un genio que le predijo su derrota y su martirio2; pero como
1
2
Léon Denis, obra citada.
Léon Denis, Bose, Bonnemère.
82
auténtico galo que era, no vaciló ni un instante en llevar
hasta el final su patriótica misión.
En medio de esos inspirados, de esos iluminados de
todos los siglos, ¡que hermoso lugar debemos conceder a
nuestra pura y gloriosa Juana de Arco? Desde los primeros
siglos de nuestra era, según parece, unas profecías habían
anunciado su venida, y fue también bajo un roble, el « roble
de las hadas », donde ella escuchaba a menudo « sus voces
».
Ningún testimonio de la intervención de los habitantes
de un mundo superior, en el destino de un pueblo, es
comparable al que nos proporciona la historia heroica y
conmovedora de la virgen de Domrémy. Fue mediante la
voz de una humilde hija del pueblo, pero predestinada a
esta obra única en la historia, como los poderes invisibles
reanimaron a una nación desmoralizada, hicieron surgir la
idea de un patriotismo desconocido hasta entonces y
salvaron Francia de una fatal y tal vez mortal
desmembración.
«La verdad, – dice orgullosamente Juana ante sus
abominables jueces,– es que Dios me ha enviado, y lo que
he hecho bien hecho está.»
_____________
Resumamos. La doctrina esotérica, madre de las
religiones, inspiradora de la la filosofía griega,
revistiéndose de diversas apariencias, aquí disfrazada bajo
los mitos, allá envuelta en símbolos, a su vez oculta y
revelada, pero por todas partes y siempre semejante a sí
misma, en su esencia original, ha atravesado la tierra de
oriente a occidente, levantando los corazones, iluminando
83
las conciencias y trazando de un extremo al otro del mundo
su estela de luz divina.
Esta doctrina secreta, la doctrina, sin otra
denominación – pues no hay más que una – no es
únicamente una ciencia, una filosofía, una moral, una
religión; es la ciencia, la filosofía, la moral, la religión de
las que todas las demás no son más que preparaciones o
degeneraciones, expresiones parciales o desfiguradas, según
se encaminen hacia ella o se alejen mediante parodias
grotescas.
«En la serie de los grandes iniciados, Rama no nos
muestra más que las inmediaciones del templo; Krishna y
Hermes nos dan la llave; Moisés, Orfeo y Pitágoras nos
muestran el interior. Jesucristo nos abre el santuario.
«Y que no se piense que no fueron más que
contemplativos, estos hombres predestinados, unos
soñadores impotentes e inútiles, fakires hipnotizados,
anacoretas estupefactos por sus alucinaciones, o locos
encaramados a sus columnas, como Simeón el Estílita1. No,
fueron poderosos modeladores espirituales, prodigiosos
despertadores de almas, incomparables fundadores y
organizadores de sociedades. »
(Ed. Schuré.)
_____________________
1
Simeón, nacido hacia el año 390 en Sisan, en los confines de Cilicia, y
muerto en 459, se hizo célebre por sus austeridades, no comiendo más
que una vez a la semana. Acabó por abandonar su choza y se retiró al
capitel de una alta columna (llamada Stulos en griego), desde lo alto del
cual arengaba a sus fieles. Vivió de ese modo treinta y seis años;
cambió tres veces de columna y permaneció veintidós años sobre la
última, dónde se le encontró muerto.
84
Las voces han respondido a ese « problema de la vida
» con el que hemos dado título al capítulo anterior. Helo
aquí resuelto, conocemos de él la x turbadora e inefable.
Esas voces todavía débiles que chillaban bajo los
cedros del Himalaya – simples suspiros de los ascetas hacia
más altos destinos – helas aquí que se agrandan, resuenan,
son atronadores y hacen saltar en pedazos las murallas de
las criptas y las bóvedas de los santuarios.
El alma inmortal – la muerte vencida – la vida triunfal
– el abismo colmado entre la tierra y el cielo que no está ni
cerrado, ni demasiado lejos, puesto que desciende hacia
nosotros – esos tránsitos que se creían sepultados para
siempre bajo la piedra de su sepulcro y que, más vivos que
nosotros mismos, están en medio de nosotros, nos aman,
nos inspiran y nos gritan, a veces, desde el seno de su luz, a
nosotros que tropezamos en la oscuridad: «¡Armaos de
valor, hermanos! la muerte es el despertar; el último
estertor no es más que un grito de liberación, y el sepulcro
no es otra cosa que el umbral de la inmortalidad!...
– Eso es lo que nos dicen las voces.
___________________
¡Revelaciones
extraordinarias!,
se
dirá,
incomprensibles misterios o irrisorias mistificaciones.
¿Espíritus entre nosotros, el cielo en la tierra, lo
invisible y lo visible confundidos, voces como en los
tiempos de Juana de Arco, apariciones como en la Edad
Media, encantamientos como en Cumes, o en Delfos, o en
Tebas, o en Menfis?...
Por supuesto. Entendámonos sin embargo. Hay
abismos entre las eras que ustedes evocan y la época en la
que vivimos.
85
En aquella, lo más a menudo, supersticiones; pero en
esta, verdad.
Ustedes protestan naturalmente y, no sin ironía,
preguntándose: ¿Por qué?
–¿Por qué? ¡Ah! la respuesta es sencilla. ¿No se dan
cuenta que exceptuando a los iniciados serios, hombres de
deseo y conciencia elevada, todos los demás que evocaban
a los muertos hacían encantamientos, asistían a los
misterios, ofrecían sacrificios, llevaban escrupulosamente el
arroz y la leche a la tumba de los antepasados, haciéndolo
maquinalmente, sin convicción y sin fe? Lo hacían para
obedecer a los sacerdotes, para cumplir los ritos impuestos
– sin hablar siquiera de deseos más o menos vergonzosos y
preocupaciones inconfesables – que esos practicantes
autómatas consideraban sus «deberes religiosos». Y eso era
superstición.
Esos hombres no buscaban más que lo visible, no se
aferraban más que a la letra. Ahora bien, ¿no se sabe que la
letra mata y que solo el espíritu vivifica?
Fue por culpa del formalismo por lo que han muerto
los viejos cultos, con sus dogmas autoritarios y sus
doctrinas manipuladas en las fábricas sacerdotales. Fue por
culpa del sacerdocio por lo que han muerto como será por
culpa del sacerdocio que el catolicismo perecerá1.
Practicar es a menudo dispensar de creer. Los cultos,
en tanto como forma, son la negación de toda
espiritualidad, en tanto que los hombres se obstinaron a no
comprender una de las más profundas palabras de Cristo:
1
El mismo protestantismo, aunque mucho más espiritualistas, también
tiene por gusano un cierto dogmatismo que podría resultarle fatal. Él
también
– hablo del protestantismo ortodoxo – ha conservado el fetichismo
irreductible de la fórmula, la tara de una fe irracional, en una palabra el
credo quia absurdum de un “augustinismo” inconsciente.
86
«Llegará un tiempo en el que los verdaderos creyentes
adorarán al Padre en espíritu y en verdad; tanto que no
buscarán en las prácticas exteriores del culto, más que una
almohada para su pereza moral, o más Queen odioso trafico
de intercambio con el que esperan obtener, en este mundo,
la consideración de sus semejantes, y, en el otro, su parte de
paraíso; tanto que su fe interesada recordará a las de los
pretendidos creyentes del antiguo mundo que no
consultaban los oráculos más que para aprovecharse de lo
que esperaban extraer de ellos, – toda religión humana será
estéril.
Las religiones del pasado, ni más ni menos que las
modernas, han hecho una falsa ruta y han arrastrado a ella a
todos sus devotos adeptos. Desde el grosero fetichismo, al
sacerdote que esclaviza y ciega un dogmatismo irreductible,
se aprecian los vínculos de un parentesco innegable. La
humanidad, una en sus errores y sus tendencias hereditarias,
nunca ha sabido o querido « ponerse al día », y ahí está
precisamente el secreto de la vida.
De donde viene el partido tomado, la obstinación de
los que, invenciblemente pisotean sobre el mismo lugar,
sino de la incapacidad involuntaria o sistemática en la que
se encuentran algunos hombres – comprendidos algunos
sabios – de considerar las cosas como son, de aceptar las
modificaciones y las mejoras que impone la vida, la ley del
progreso, el eterno devenir de los hombres y los mundos…
¡Oh, espíritu humano, tu nombre es RUTINA!
¿Pero de qué sirve discutir? Dejemos a los muertos
enterrar a sus muertos.
_______________________
87
CAPÍTULO III
EL PLAN DIVINO – HISTORIA DE PSIQUE.
Ya conocemos a Psique; es el alma humana. Pitágoras
nos ha hablado ya de ella y después de él vamos a contar la
prodigiosa historia de la evolución de esta alma que, por
teatro gigantesco, tiene ni más ni menos que el universo.
He aquí ese universo. En su infinita majestad se
desarrolla ante nosotros. En el espacio ilimitado, que no
tiene otros límites que los que nos impone el vértigo de lo
inconmensurable, giran por torbellinos nebulosas dispersas,
constelaciones agrupadas, mundos o tierras que, en cada
uno de los soles, forman una corte de satélites. Por tan lejos
como puedan imaginar las concepciones más audaces, esos
grupos se suceden, se renuevan, se multiplican más allá de
toda frontera, franqueando todos los límites.
Este espacio infinito, eterno, no creado, habría podido
permanecer vacío – ¿oscuro abismo sin orillas, gris océano
sin fondo?...
No lo sé; pero lo que hay de cierto es que aquí está
palpitante de vida, completamente lleno de seres y cosas, y
sin buscar las causas de su existencia, lo contemplamos en
la prodigiosa acumulación de sus astros llenos de
innumerables series de criaturas y que, desde el mineral
inerte, hasta el vegetal, hasta el animal, hasta el hombre,
hasta el espíritu invisible, multiplican indefinidamente sus
variedades de especies, de géneros, de formas y de
dimensiones de las que ninguna clasificación podría
jerarquizar las categorías.
Lo que al principio nos desborda – se ha dicho y
repetido cien veces – es la idea de la inmensidad. Vivimos
88
en el espacio, vivimos en el tiempo, y no podemos hacernos
una idea ni del tiempo ni del espacio. Ante estos dos
conceptos, nuestro ínfimo cerebro humano permanece
refractario.
En vano tratamos de formarnos imágenes figurativas,
como intentamos, por ejemplo, representarnos para la
comprensión del espacio, una esfera cuyos radios llegarían
hasta el infinito.
Inútil concepción. Para que una esfera pueda merecer
ese nombre, es necesario que tenga una circunferencia y en
esta circunferencia una infinidad de radios convergentes
hacia un centro común. Ahora bien, en el infinito no hay
radios, puesto que no hay centro.
« El centro del infinito está por todas partes, su
circunferencia en ninguna parte.» Fue Pascal quién lo dijo y
nosotros podemos creer sus palabras. Eso no nos dice gran
cosa; pero por negativa que sea, aún es una definición.
Para el infinito temporal se nos presentan las mismas
dificultades. En vano se divide el tiempo en fracciones
cualesquiera cuya acumulación pueda representar una
extensión incalculable. La imaginación se agota en sumas
indeterminadas y el problema no ha ni siquiera aflorado.
Eso me recuerda un cuento alemán, un cuento de mi
infancia y que me hacía abrir los ojos…
Hay – decía el narrador – sobre la orilla de un mar que
se encuentra al otro extremo del mundo, una montaña de
diamantes, especie de cubo de una altura de mil leguas.
Cada cien mil años, un pajarillo viene a afilar el pico sobre
una de las aristas de la montaña.
¡Pues bien! cuando el bloque entero haya sido
consumido por ese rápido y ligero roce, un solo segundo de
la eternidad habrá transcurrido.1
1
En un texto que ahora no recuerdo leí la siguiente versión de ese
cuento. “Cuando cada mil años una paloma roce con su ala una esfera
89
Muy bien, –se podría decir al autor del ingenioso
cuento, – la imagen es sobrecogedora, pero inexacta del
todo, pues no será en absoluto un segundo, ni siquiera la
más mínima fracción de segundo, que habrá durado el
desgaste de la montaña de diamante.
Los propios sabios han tratado de encontrar imágenes
sugestivas.
«Intentemos, – dice M. C. Flammarion, – hacernos
una idea de esta prodigiosa cosa que se llama el espacio
infinito.
Supongamos que nuestra tierra cae en el espacio – lo
que hace por lo demás en compañía del sol y del montón de
estrellas que constituyen nuestra nebulosa – supongamos
pues que cae en línea recta, durante un número de millares
de siglos que queráis imaginar. Pues bien, después de esa
terrible caída en el abismo siempre abierto en el que ella ha
descendido con una rapidez de un millón de leguas por día,
¿sabéis donde estaría? No solamente habría alcanzado el
fondo del abismo y no estaría alejada del centro –
admitiendo que hubiese un centro – sino que se encontraría,
en cuanto a su lugar relativo en el espacio, en las
condiciones idénticas a aquellas en las que se encontraba
antes de aventurarse en ese fantástico viaje.»
No hay más que dos palabras en nuestro lenguaje
humano que puedan responder a las impresiones que genera
la idea de infinito, son las plabras siempre y nunca.
Siempre transcurre y se perpetúa el tiempo y nunca se
termina la evolución de su duración.
Siempre se puede viajar en el espacio y nunca dicho
espacio puede ser franqueado.
de acero del tamaño de la tierra, y ésta esfera desaparezca por causa de
la erosión producida por ese contacto, todavía habrá comenzado la
eternidad.” (N. del T.)
90
Es de este modo que irán para siempre, y con un vuelo
fulgurante, a través de las estepas del infinito, todos esos
globos gigantes de los que se componen los torbellinos de
los cielos.
¿Y por qué no caen? preguntan los niños y preguntan
también los hombres. Se comprende en efecto que ese
arduo problema haya sido la piedra angular con la que han
venido a tropezar todas las curiosidades y todas las
incertitudes. Se entiende incluso que, en su inquieta
estupefacción, los hombres de todos los siglos hayan
forjado hipótesis variadas, incluso pueriles y grotescas, para
intentar explicar sobre que punto de apoyo podía reposar
nuestro globo.
Para unos, era una alta montaña que le servía de
pedestal.
–¿Pero sobre qué reposaba la montaña?
Para otros, era sobre la espalda de un gigantesco
elefante como se apoyaba, cuando el mismo elefante se
mantenía sobre una tortuga no menos colosal.
–¿Pero sobre qué reposaba la tortuga?
Para otros aún, era el gigante Atlas quién, sobre sus
espaldas de titán, soportaba el aplastante planeta.
–¿Pero sobre que apoyaba Atlas sus piernas, y
teniendo en cuenta además que aparte de la tierra soportaba
aún el cielo, para más suplemento de carga?
Insensateces barrocas, imaginaciones infantiles, que
por su propia locura testimonian la angustia del espíritu
humano al que abrumaba como una montaña ese
incomprensible milagro.
¡Pues bien! Hemos cambiado todo eso. Hemos
ingresado al pobre Atlas entre los inválidos que nadie
merecía más que él, despedido a la tortuga, agradecido al
elefante y puesto a la montaña en su lugar.
91
Gracias a los astrónomos, y particularmente al
Flammarion, el sabio divulgador para el pueblo de cosas
que le revelan misteriosos interlocutores1, sabemos hoy que
ningún apoyo es necesario y que nuestra tierra flota en el
espacio aunque pese sin embargo cinco mil ochocientos
setenta y cinco septillones de kilogramos.
El asunto se explica naturalmente, pero aún hay que
indicar las razones. Bien, el peso no es más que una
propiedad relativa. Tenemos pues que suponer que la
materia ha permanecido completamente inerte, es decir
desprovista de todo peso, para comprender que esos globos,
esos soles, por enormes y pesados que puedan ser, habrían
permanecido inmóviles en el mismo lugar donde fueron
formados. En ausencia de toda fuerza actuando desde el
exterior, ¿qué causa habría podido sacarlos de su inmutable
inercia?
El verbo caer no tiene una significación absoluta. Un
cuerpo no cae espontáneamente, activamente; no lo hace
más que si alguna fuerza lo arrastra fuera de su posición
primitiva. Si cae hacia abajo, es porque ese abajo lo atrae.
Ahora bien, ¿por qué caería y donde caería en el espacio
infinito, puesto que en ese espacio no hay ni arriba ni
abajo, ni región superior, ni región inferior, hacia la cual
podrían ser atraídos los objetos abandonados a su propio
peso. Ahora bien, este peso no existe, lo hemos suprimido
por hipótesis, y en esas condiciones nuestra tierra sin peso
flotaría en el infinito, como lo hace en nuestra atmósfera el
fragmento de plumón que aquí y allá revolotea al antojo del
menor soplido.
No hay pues más que una fuerza que pueda destruir la
estabilidad de los cuerpos inertes, esta fueras es la
1
Ver Lumen.
92
atracción1, y es ella que, según la hipótesis de Newton,
domina, rige y coordina el universo.
No ella sola, en realidad.
Si existiese ella sola, veríamos singulares cosas en
nuestro pobre universo desamparado. Los físicos nos han
enseñado que todos los cuerpos se atraen mutuamente en
razón directa de las masas y en razón inversa del cuadrado
de las distancias.2
Pues bien! en este universo que hemos dejado ahora
completamente inerte, inmóvil y como suspendido en el
infinito, introducimos de pronto esta formidable ley de
atracción. ¿Qué va a ocurrir? Cada uno de los globos
repentinamente atraído, en razón directa de las masas, se
precipitaría sobre su vecino más grande, es decir el de más
poder de atracción, – por alejado que estuviese ese vecino.
– ¿Se hacen ustedes una idea de este fantástico caos? La
luna caería sobre la tierra, la tierra y los planetas sobre el
sol, el sol sobre un sol más grande que él, y todos así los
unos sobre los otros, de modo que la ley de atracción
mediante una conflagración inimaginable, tendría por
resultado final ¡el amontonamiento en un solo bloque de
todos los astros dispersos en la inmensidad!
¿Veis ese globo gigantesco, producto de todos los
globos aglomerados, y que, no sabiendo ya a dónde ir,
permanecería completamente solo, en el seno del infinito,
en la impotencia de su formidable masa caótica?
Afortunadamente esta temible fuerza de atracción no
actúa sola. El organizador del universo le ha dado un
correctivo. A la fuerza atractiva, se oponen otras fuerzas
1
Hemos traducido la palabra attraction del texto en francés, por
atracción en vez de gravedad, siguiendo la terminología del siglo XIX
(Nota del T.)
2
Ley de la gravitación universal atribuida a Sir Isaac Newton. (Nota del
T.)
93
adversas provenientes del la expansión repulsiva del calor
de los soles, como también de las presiones elásticas del
éter a las cuales los físicos atribuyen una gran importancia.
Nunca es en línea recta como se mueven los astros.
Sometidos a las múltiples acciones de fuerzas
compensatorias, describen curvas y lo más a menudo curvas
cerradas, es decir elipsoides. Contra las atracciones
centrípetas, luchan fuerzas centrífugas que contrabalancean
el efecto. Y es de este modo que se ha establecido este gran
equilibrio gracias al cual las tierras y los soles y sus
torbellinos gravitan en el espacio, en unas condiciones de
estabilidad tan tranquilizadoras como las que nos habrían
podido garantizar la montaña, la tortuga, el elefante y el
valeroso Atlas, al que hemos jubilado.
No obstante, fuerza atractiva por una parte, fuerza
repulsiva por la otra ¿qué es todo eso sino el movimiento en
su aplicación general?
Fuerza y movimiento, nos dicen los físicos, son los
agentes supremos del orden universal. Esos dos agentes no
constituyen más que uno solo según toda apariencia;
también vemos ese movimiento organizador animando con
eterna vibración la materia infinita que, de la más ínfima
molécula, hasta los soles, hasta las nebulosas, gira en la
inmensidad con esta indefectible armonía que desafía la
eternidad.
Es con una rapidez vertiginosa como evoluciona cada
estrella, escoltada de sus satélites. También, con qué
formidable vuelo se lanza cada una de ellas a través de lo
infranqueable.
Nuestro sol, que sin embargo es una de las estrellas
que se desplazan menos rápido, no recorre menos de
sesenta millones de leguas por año, yendo en la dirección
de la constelación de Hércules, girando siempre sin duda
94
alrededor de otro sol más grande que él mismo, tal vez,
gravita en la órbita de otro sol dominador… Detengámonos
aquí.
¡Y qué es esta velocidad que nos transporta, en
comparación con la de Arturus, por ejemplo (de la
constelación del Perro), que recorre un millón ochocientas
mil leguas por día, o la de esta otra estrella (que lleva el n1
1830 del catálogo de Groombridge) que, con impulso
furioso, devora dos millones ochocientas veinte mil leguas
durante veinticuatro horas!
Y pensad que se llaman « estrellas fijas » a esas
viajeras desenfrenadas. Tan prodigiosamente vasto es su
campo de carreras que nos parecen inmóviles en la cúpula
aterciopelada de nuestras noches silenciosas y no parecen
cambiar de lugar, después de haber sido observado desde
hace siglos1.
Inmensidad, majestad, no es bastante decir, – habría
que añadir esplendor. Si los sistemas estelares se parecen
por la vertiginosa fogosidad de sus movimientos, cuan
diferentes son entre ellos por la indescriptible variedad de
sus constituciones.
Los setenta y cinco millones de soles que encierra el
amontonamiento estelar de nuestra nebulosa arrastran a su
vez torbellinos de planetas que ninguno de ellos se parece a
sus vecinos, no más de lo que se parecen entre ellas las
diversas humanidades aparecidas en sus superficies.
Dimensiones, materiales, densidades, calor, luz, años,
estaciones, climas, medidas proporcionales de los seres
vivos, todo difiere de un mundo a otro. Mientras nuestro sol
nos ilumina con luz blanca, hay otros solos que son azules,
1
Se cuentan en nuestra Vía Láctea más de setenta y cinco millones de
soles. Los más alejados nos envían su luz en cien mil años y la luz
recorres trescientos mil kilómetros por segundo.
95
que son rojos, que son verdes, de un amarillo dorado o de
un violeta de amatista. Hay mundos que tienen dos o tres
soles; hay otros en los que diez o doce lunas producen
maravillosas noches multicolores. Al lado de sistemas
compuestos de tierra como la nuestra, hay otros que son
gaseosos, otros que no son más que vapor. Hay estrellas de
azufre, hay cometas de ácido carbónico…
La cantidad de luz no es siempre proporcional al
volumen de los cuerpos luminosos. Hay soles gigantescos,
pero relativamente ligeros, que no emiten más que rayos
caloríficos, cuando otros, de dimensiones bien menores,
brillas con un fulgor extraordinario.
Las dos estrellas más deslumbrantes de nuestro cielo
son Canopus de la constelación Argo y Sirio de la
constelación del Gran Perro. La primera es tres veces más
brillante que el brillante Alfa Centauro. La segunda lo es
cuatro veces más, y, teniendo en cuenta unas distancias que
se han logrado medir, resulta que la luz propia de Sirio es
sesenta y cuatro veces más intensa que la de Alfa y ciento
noventa y dos veces más que la de nuestro sol cuyo
volumen es dos mil veces menor que el del enorme Sirio. –
mientras que nuestro astro central es ciento treinta mil
veces más grande que nuestro humilde planeta.
Es de este modo como diferencia de toda naturaleza
se muestran de un astro a otro y los especializan en la vasta
colección celeste. Es en estos diferentes estados, donde la
electricidad, por sus acumulaciones diversas, desempeña el
papel preponderante, estableciendo entre los soles esas
diversidades de colores cuya gama es infinita.
Inútil pues tratar de describir esos espectáculos
incomparables. Necesitaríamos la lengua que hablan las
misteriosas poblaciones de esas regiones ultraterrestres,
para intentar describir, para encontrar comparaciones, para
intentar la expresión de lo inexpresable. Todas las joyas
96
brillan en el joyero del cielo; todas las floraciones brotan en
los parterres del paraíso.
He aquí el teatro de la vida. Pasemos al drama que allí
se representa de eternidad en eternidad.
_________________________
En el infinito resplandece el Hogar de vida. Es la
causa de las causas, el Ser en sí, la Armonía-Unidad, el
Alma del mundo cuya absoluta personalidad escapa a toda
definición, pero que se podría, eso parece, designar
aproximadamente, por la entrega accesible a nuestro
inválido entendimiento, mediante la expresión trilógica:
Poder – Justicia – Amor1.
Emanando de este Factor primordial, pero
coexistiendo con él en toda eternidad, eran, son y serán el
espíritu y la materia.
Esencialmente, esas dos palabras no expresan más que
una idea, no caracterizando más que una entidad. Ya va
siendo hora de acabar con ese dualismo cuyos dos términos
antitéticos y reputados irreconciliables han hecho tropezar a
todos los sistemas filosóficos, desde Aristóteles y Platón,
Descartes, Leibniz2 y Malebranche, hasta nuestros
modernos profesores de la Sorbona a los que todavía
1
Añadamos algunas definiciones, aunque todas sean impotentes en
designar lo Innombrable.
¿Qué es Dios? se ha preguntado a los Espíritus, y he aquí lo que han
respondido:
Unidad absoluta, infinita, parte de todos los todos, todo de todas las
partes. Vida universal, divino poder, movimiento infinito, fuerza única,
moral eterna, fe unitaria, verdad absoluta, ¡DIOS!
2
Reconozcamos sin embargo que es a Leibniz a quién debemos esta
admirable y profunda frase: «El espíritu, por puro que sea, no puede
concebirse más que acompañado de fuerza y de materia.»
97
confunde, en la hora presente, ese rompecabezas
irresoluble.
Ese dualismo se ha hoy reducido. El espíritu y la
materia son inseparables. Fuerza y materia no pueden
concebirse más que acompañadas de espíritu. La fuerza no
es más que la actividad del espíritu y los dos términos se
confunden. Más abismo se abre entre el espíritu y la
materia. Mediante una gradual materialización, el primero
va hasta la segunda en el sentido de que ésta no es más que
la metamorfosis o si se prefiere, la encarnación, el
dinamismo.
Científicamente está demostrado hoy en día que la
materia existe en todos los grados de enrarecimiento, desde
el estado inicial hasta el de materia ponderable. Desde
siglos, los sabios afirmaban, certificaban que la materia no
comporta más que tres estados: sólido, líquido y gaseoso.
Ahora, hete aquí que se admiten cuatro, hoy, desde que la «
materia radiante » ha sido descubierta por W. Crookes, el
ilustre químico y físico inglés. Los átomos de esta materia,
en un vacío de cuya extrema rarefacción les concede toda
libertad, vibran con violencia, inflamándose y produciendo
radiaciones eléctricas de un poder hasta ahora desconocido.
Ahora bien, más allá de este cuarto estado, hay otros
aún. Por una serie continua de « espiritualizaciones »
sucesivas – entre las cuales vienen a situarse en sus lugares
respectivos los famosos cuerpos imponderables1 con los
que los físicos no saben demasiado que hacer – se llega al
éter misterioso, reconocido indispensable para la
justificación de algunos fenómenos inexplicables2.
1
El calor, la luz, el magnetismo y la electricidad.
Entre las maravillas que registra la ciencia moderna, he aquí otra y
sobrecogedora:
De las investigaciones y experimentos del Dr. H. Baraduc, resulta que
esa cosa desconocida que se llama éter, fuerza-sustancia, fuerza vital,
2
98
Desde el siglo XVI, Paracelso había llegado a admitir
un agente universal, en medio del que se operan las
metamorfosis de los cuerpos. Los físicos del siglo XVIII
creyeron en el vacío absoluto de los espacios celestes. Sin
embargo, cuando se constata que la luz no es la emisión de
una materia luminosa en sí, sino la vibración de un fluido
imponderable, se vieron obligados a admitir que ese fluido
sutil llena el espacio entero, penetra en todos los cuerpos y
nos transmite las ondas caloríficas y luminosas.
Newton va más allá. Audazmente, casi con
atrevimiento, llama a este éter sensorium Dei, el « cerebro
de Dios », es decir el órgano por el cual el pensamiento
divino actúa en lo infinitamente grande, como en lo
infinitamente pequeño.
Akasa, etc., vibra al unísono de nuestras vibraciones interiores
psíquicas, algo así como si las acciones intimas que actúan en el ser
humano tuviesen un eco, una repercusión y como una especie de
imagen, en el fluido invisible que nos rodea; como si finalmente la
fuerza vital humana obtuviese en ese éter su alimento, mediante un
movimiento de intercambio continuo – idéntico al que operamos en la
atmósfera para mantener la vida de los pulmones – por una auténtica
respiración fluídica del alma humana.
Según el Dr. Baraduc, se podría encontrar en esta aura, la explicación
de las impresiones inconscientes que experimentamos en presencia de
personas desconocidas, según su atmósfera fluídica sea o no dulce,
pura, violenta, pesada, en una palabra más o menos simpática a la
nuestra. Nos estaría permitido investigar igualmente, en ese fenómeno,
la explicación de esos relatos fantásticos que nos dejan siempre más o
menos incrédulos, como esas visiones de velos de luz, esos nimbos de
gloria que han podido entrever a veces ciertos seres especiales,
videntes o iluminados.
He aquí pues que encontramos sobre las placas fotográficas, la
representación de nuestros diversos estados de alma, indicados por esas
Fuerzas curvadas cósmicas, como las llama el Dr. Baraduc, que abren
un campo ilimitado a todas las hipótesis como a las revelaciones
ulteriores de misterios tan maravillosos como inexplorados (Paul
Ollendorff, editor).
99
Es esta « luz astral » como la llamaba Paracelso, ese
fluido imponderable, esta luz invisible, pero que está en el
fondo de todos los brillos y de todas las fosforescencias,
como se encuentra en algunas experiencias fisiológicas (las
del físico alemán Reichembach, entre otros) y que
desempeña diversos papeles en la electricidad, en el
magnetismo terrestre, como en el magnetismo animal.
El interés de las experiencias de Reichenbach, – añade
Ed. Schuré – es haber demostrado la transición de la visión
física a la visión astral que puede conducir a la visión
espiritual. Éstas hacen entrever los refinamientos infinitos
de la materia imponderable y nos llevan a concebirla tal
como un fluido, sutil y penetrante que se vuelve de algún
modo homogénea en el espíritu y le sirve de recubrimiento
de diferentes densidades.
Esta intuición se remonta a un tiempo inmemorial y se
encuentra en las más antiguas mitologías. Circula en los
himnos védicos, bajo la forma de Agni, el fuego primordial
y universal. Se divulgó en la religión de Zoroastro, como
también en el culto de Mithras. En las criptas de Egipto, los
iniciados buscaban esta misma luz en el mito de Osiris.
Cuando Hermes, en su célebre visión, solicita contemplar el
origen de las cosas, se siente al principio sumergido en las
ondas etéreas de una luz inefable donde se mueven todas
las formas vivas. Tras lo que, hundido en las tinieblas de la
espesa materia, escucha una voz y reconoce la « voz de la
luz ».
Es ella la que reina por todas partes, la gran alma del
mundo, la Cibeles-Maya de las mitologías griega y romana,
la sustancia vibrante y plástica que maneja a su antojo el
aliento del Espíritu creador. Ella es la mediadora entre lo
invisible y lo visible, entre el espíritu y la materia, – la gran
matriz de vida, donde evoluciona y palpita el universo.
100
Condesada en masas enormes en la atmósfera, estalla
entre los rugidos del rayo. Bebida por la tierra circula por
ella en corrientes magnéticas. Recogida en el sistema
nervioso del organismo animal, transmite sus sensaciones al
cerebro, luego sus voluntades a los músculos.
Más bien aún, y es aquí cuando subimos a las más
altas concepciones que pueda sugerir este prodigioso
descubrimiento, es cuando esta alma expandida que forma
unos organismos especiales semejantes a los cuerpos
materiales, proporcionando la sustancia necesaria,
infinitamente ligera, elástica y siempre apropiada en su
maravillosa plasticidad, a esos cuerpos fluídicos de las
almas que el Espíritu se « teje » a sí mismo en sus
incesantes manifestaciones.
Según las almas que reviste, ese fluido se refina o se
espesa en gamas ascendientes o descendientes de
rarefacciones y de condensaciones graduadas. No
solamente « corporiza » el espíritu y espiritualiza la
materia, sino que refleja en su etérea sustancia los
pensamientos y las voluntades humanas que registra,
conserva y perpetúa. La fuerza y la duración de esas
imágenes – imágenes que Platón llamaba ideas – son
proporcionales a la intensidad de la voluntad que las ha
producido… Y en verdad, hay otro medio de explicar la
sugestión y la transmisión a distancia de todas las fuerzas
psíquicas, ese principio de la antigua magia, hoy constatado
y reconocido por la ciencia.1
Descendamos de esas alturas, contra las cuales se in
surgen, como es evidente, las rutinas irreductibles y no sé
qué escepticismo de encargo que es de buen gusto mantener
1
Les Grands Initiés. Ver los Boletines de la Sociedad de psicología
fisiológica, antaño presidida por Charcot. – Ver sobre todo el buen libro
de Ochorowicz: De la Suggestion mentale.
101
a priori, sin estudios preliminares, sin examen y sin ningún
control.
Negar siempre ha sido y será, en todas las épocas, el
recurso más barato y el consuelo facilón de las inteligencias
miopes y de los cerebros en sutura prematura.
Pues bien, a pesar de los unos y los otros, podemos
establecer que no hay en las conclusiones antes expuestas,
por tan audaces que parezcan, nada que no confirmen las
tendencias de la ciencia moderna. Hemos tomado por base
el principio de la unidad de sustancia, y es esta unidad tanto
tiempo entrevista y presentida, adoptada definitivamente,
aunque de mala gana tal vez, por algunos sabios
concienzudos que no pueden negar hay la existencia
ineluctable de una sustancia invisible, imponderable, tan
sutil que escapa a todo control, tan tenue que penetra en
todos los cuerpos, tan inmaterial, en fin, que se la
confundiría con el vacío absoluto, si la luz no hiciese vibrar
las ondas etéreas. Y es de esta materia cósmica o astral, tal
como los astrónomos nos lo manifiestan, como se forman,
por lenta condensación, las nebulosas, los soles y los
planetas.
La rarefacción de la materia se extiende pues a límites
incalculables.
«Si se supusiera toda la materia de nuestro sistema
solar uniformemente repartida en el espacio que encierra la
órbita de Neptuno, resultaría una nebulosa gaseosas que
sería cuatrocientos millones de veces menos densa que el
hidrógeno, el cual pesa catorce veces menos que nuestro
aire atmosférico1. La materia en tal estado debe ser ultraradiante y presentar todos los caracteres de la fuerza. Y aún
así no está en su forma primordial, puesto que todavía
posee un peso. Ahora bien, se sabe que puede adoptar
estados donde ya no pesa, entonces es cuando se presenta
1
Flammarion, le Monde avant la création de l’homme.
102
antes nosotros bajo la forma de los cuatro cuerpos
imponderables, que son evidentemente unas modificaciones
del éter o fluido universal1.
Aunque relativamente material, ese fluido se distingue
de la materia por unas propiedades que le pertenecen de por
sí, – propiedades esencialmente plásticas. Es susceptible, en
innumerables combinaciones donde el espíritu y la materia
se asocian, identificándose en una cierta medida, de
producir, bajo la acción del espíritu, la infinita variedad de
los seres. Sin esta materia quintaesenciada, agente universal
del espíritu, la materia grosera y ponderable permanecería
en estado perpetuo de división donde todo fuerza quedaría
neutralizada. Es el espíritu – fuerza y movimiento – lo que
comunica a la materia ese movimiento y esa fuerza. Ahora
bien, la atracción es una fuerza. Sin el espíritu, la materia
no podría pues adquirir las propiedades de la gravedad,
propiedad relativa, como ya hemos dicho. La gravedad en
sí, aparte de las esferas de atracción, no existe ya como en
los colores, los olores, los sabores, las cualidades venenosas
o saludables, aparte de los órganos destinados a percibirlas.
La fórmula bien conocida de todo esta en todo no es en
absoluto una imagen, es una absoluta realidad.
Va siendo hora de concluir. Los que llamamos
vibración luminosa, vibración calorífica, fluido eléctrico,
fluido magnético, agente vital, fuerza animalizada, cuerpos
vivos, cuerpos inorgánicos, no son más que modificaciones
moleculares de la sustancia universal, y todas las
propiedades de la materia emanan de virtudes esenciales
que resumen todas las energías y no tienen otros nombres
que fuerza y movimiento.
¿Qué resulta de todo ello? Que la materia no es en
definitiva más que la « corporeización » del espíritu que
1
G. Delanne, L’Evolution animique.
103
ella individualiza y que en ella se encarna, al antojo de su
voluntad.
De la materia, pasemos al espíritu.
Lo que diferencia el espíritu de la materia, es la
inteligencia. El espíritu es el principio inteligente del
universo. La materia no es más que el elemento pasivo;
pero son inseparables el uno del otro. No es más que
mediante su unión como el espíritu puede prodigar su
inteligencia (inteligentar1) a la materia cuya animalización,
por otra parte, no puede producirse más que por la
intervención del principio vital, ese « algo » que no existe
en los « cuerpos inorgánicos, pero que, operando en los
tejidos vivos, con una especie de método particular, crea los
órganos y los repara, cuando han sido deteriorados por el
desgaste de la vida».
He aquí pues la ciencia que de nuevo viene a
prestarnos su concurso. Como los físicos y químicos lo han
hecho para la unidad de sustancia, como los astrónomos lo
han hecho para la constatación del éter o sustancia cósmica
de la que el universo está penetrado, he aquí al más grande
de los fisiólogos que viene a manifestarnos que las fórmulas
de los laboratorios son insuficientes para explicar la vida,
que la materia no basta y que las leyes de una fisiología
trascendente deben venir a reemplazar aquellas de las que
una química materialista había creído poder decretar el
indiscutible y soberano poder.
Lo que hace la materia viva, es la colaboración del
espíritu por vía de íntima penetración. ¿Y no es
sorprendente ver que esta conclusión última no es más que
el reflorecimiento de esa vieja doctrina esotérica cuyo
1
Expresión empleada por los Espíritus, Livre des Esprits (Allan
Kardec), p. 10
104
nuevo espiritualismo es y permanece siendo el único
heredero?
La metafísica nueva proclama que el vacío es un sin
sentido. En el espacio lleno hasta los bordes de espíritu de
materia confundidos, no hay más que diferencias de
densidad. Ahora se comprenden estas profundas palabras de
los Vedas: « Dios compacta los elementos de las cosas
venideras.» ¿No es esto decir que mudada por Dios
sirviéndose de esta fuerza de atracción o de condensación
que es la fuerza divina por excelencia, la sustancia
imponderable ha cambiado progresivamente de estado,
volviéndose compacta en comparación con su manera de
ser anterior1?
Desde luego, esta antigua doctrina resucitada es para
nosotros ciencia nueva, pero es una ciencia que reposa
sobre una base sólida, que lleva con ella sus piezas
justificativas, sus certificados de origen y que se aferra a
todos los datos de la astronomía, de la física, de la química,
de la dinámica, tan bien como nos proporciona la solución a
los más difíciles problemas de la biología, de la fisiología y
de la moral filosófica.
Cosa maravillosa – dice Eugène Nus – ver la ciencia
de los últimos siglos retomar la tradición interrumpida por
las locuras del politeísmo y la sofocante noche del la Edad
Media. Kepler, Newton, Lapalce, Herschell, Lavoisier,
Berthelot, Claude Bernard, William Crookes, confirman las
primeras intuiciones de la humanidad. El velo con el que se
rodeaba Isis, la naturaleza misteriosa, la vida oculta del
viejo Egipto, ese velo se ha desgarrado de arriba abajo.
1
Con otras palabras:
«Todo está en el éter, todo proviene del éter.» (Fórmula hindú)
«Porción todopoderosa de los soles y las tierras, ardor vivo de todo lo
que respira, Éter, ¡noble elemento del mundo!» (Himnos órficos)
105
Vemos, entendemos, sabemos – y son los propios Espíritus
quiénes nos han revelado esas cosas. (Allan Kardec).
Y si se sorprenden y exclaman –¡Eh! ¿por qué, pues,
buenas gentes?
Para aquellos que admiten la persistencia de la vida –
no tenemos que ocuparnos de los demás – y creen en la
filiación de las ideas a través de los siglos, ¿resulta pues tan
extraño aceptar la herencia que se nos ha ofrecido
gratuitamente y abrir simplemente los ojos ante los
fenómenos de reviviscencia que se cuentan por centenas y
millares de un extremo a otro de nuestro maravillado
globo?
Si el alma sobrevive, y las pruebas sobreabundan, si
un abismo no separa el mundo de los vivos del mundo de
los que ha pasado a una vida de otro modo intensa como la
nuestra, ¿por qué revelarse contra la idea tan natural de que
ellos están en nuestra tierra y viven con nosotros en una
especie de vida en común? No hay ahí realmente ningún
milagro, ni imposibilidad, ni desatino de ningún tipo. No
vemos otra cosa que un hecho, extraño a la realidad, pero
que serían realmente pueril rechazar únicamente porque es
extraño, cuando los prodigiosos descubrimientos de la
ciencia moderna han podido acostumbrarnos ya a
inclinarnos antes verdaderas revelaciones que no son desde
luego menos extraordinarias que las que nos son propuestas
en las mejores condiciones de certitud y credibilidad.
La ciencia no existía en las religiones del pasado; el
sentimiento religioso carece de la ciencia de hoy. En una
palabra, las ciencias existen, pero la CIENCIA no está
completa. El día en que lo esté, perderá su nombre de
ciencia y se llamará religión. Y esa será la última, la
incuestionable, la única.
106
Pues bien, si esta ciencia-religión no está todavía
completa, se va completando.
Al lado del fluido universal, está la inteligencia
universal, – dos océanos superpuestos; mejor que eso, dos
océanos que mezclan sus olas en confusión.
Es de este vasto hogar de inteligencia, especie de
materia cósmica intelectual, si se me permite expresarlo así,
de donde emanan los Espíritus. Estos se diferencian por la
individualización. Los Espíritus son independientes del
mundo corporal, pero su acción recíproca es de naturaleza
permanente. Son de esencia indestructible, del mismo modo
que la fuerza y el movimiento.
Los Espíritus están por todas partes. Con sus infinitas
legiones, pueblan los espacios donde, como en las lluvias
de estrellas, se cruzan las estelas de sus «fulgores», de sus «
llamas coloreadas » de sus «destellos etéreos», siendo
tantas las imágenes que emplean los Espíritus para
caracterizar su naturaleza.
Rápidos como el pensamiento, atraviesan los
espacios, pasan a través de los cuerpos materiales y vuelan
de mundo en mundo, flotando en el universo fluidito, donde
obtienen la indefectible energía de su divina organización.
Pues tienen una organización. Par tan etéreos que
sean, los Espíritus no son en absoluto, como uno se los
imagina, esas puras abstracciones, esas vagas entidades
psicológicas de las que las filosofías espiritualistas
poblaban antaño el místico universo de su sueño.
No, el alma de los encarnados no es una abstracción.
Excluir de la noción de espíritu toda idea de materia, por
sutil que pueda ser, es contentarse con una negación, es
estancarse en lo absurdo. Si el alma humana continua
existiendo como ser particular, cada alma es necesariamente
distinta de las otras almas. La idea de distinción impone la
107
idea de límite y forma; ahora bien, forma y límite implican
la noción de materia. El alma es pues siempre sustancial, es
decir espíritu y materia en sus elementos constitutivos.
Esta materia esta tan refinada como se pueda
imaginar, de una espiritualidad que sobrepasa incluso toda
concepción humana, pero siempre es la sustancia
indiscutible.
Si los desencarnados han entregado a los gusanos del
sepulcro su envoltura carnal, han conservado su cuerpo
fluidito análogo a su cuerpo perecible, pero inseparable por
siempre de su principio psíquico.
Gracias a la maravillosa gama de condensaciones, a
todos los grados de las cuales pueden efectuarse
encarnaciones de espíritu, el alma es un ser concreto que
posee una individualidad tanto o más clara y delimitada
como está esencialmente personalizada por la voluntad que
es en ella la facultad soberana.
Invisible e imponderable en estado ordinario, los
desencarnados pueden a su antojo materializarse más o
menos por la condensación de sus sustancia fluídica,
manifestarse ante nosotros en unas condiciones de
extraordinaria realidad, – dejarse ver, escuchar, volverse
tangibles y dejar su imagen sobre las placas de nuestros
aparatos fotográficos, como también sus huellas en
recipientes de parafina o de yeso donde se moldea su
pasajera materialidad.
Ese pueblo de Espíritus, que nada tiene de quimérico,
se mezcla con nosotros sobre este planeta que ellos han
habitado o sobre el cual muchos de entre ellos regresarán
volviéndose a encarnar. Nosotros mismos lo hemos
habitado varias veces en el transcurso de los siglos, y tales
soberanos misterios súbitamente evocados, tales nociones
de origen inexplicable, tales sueños que nos acosan, tales
108
aptitudes cuya adquisición nos resulta desconocida, no son
otra cosa que visiones retrospectivas, imágenes
reaparecidas, fragmentos, en definitiva, de nuestras
existencias precedentes que, de vez en cuando, vienen a
flotar ante nuestros ojos, o surgir inopinadamente desde el
fondo de nuestra memoria o subconsciente. También, qué
verdad profunda se oculta en la frase tan conocida de
Platón: «Aprender es recordar.»
¿La existencia es otra cosa una larga educación? En el
transcurso de nuestras vidas sucesivas se produce una
acumulación de improntas de las que se va enriqueciendo
nuestra organización fluídica. Nuestra memoria, esa
facultad mal conocida y sobre cuya naturaleza han sido
emitidas tantas teorías, no es, en definitiva, más que la
colección de esas innumerables improntas, de esas notas
que encontramos inscritas sobre esa misteriosa agenda en la
que nuestras vidas transcurridas han fijado para siempre sus
imborrables recuerdos.
Vivimos pues, aquí abajo, en medio de una legión de
Espíritus, pero de naturalezas esencialmente diversas. El
otro mundo tiene sus limbos como éste, sus pisos inferiores
y sus esferas luminosas. Los Espíritus envueltos, velados,
agobiados y recargados por la materia, permanecen en los
bajos fondos de la vida de ultratumba, donde, allí como
aquí, los retiene la fatalidad. No es un estado de
sufrimiento. Ni siquiera tienen conciencia de la luz que los
deslumbrará desde lo alto sin iluminarlos. Las
inferioridades se atraen. La claridad ofende a los ojos
débiles. La materia y sus envilecedoras seducciones los
atascan en los pantanos. El mundo de los sentidos los
subyuga. Si tienen una tendencia, es la de regresar a la
tierra, más que elevarse a las regiones serenas donde el
ideal les serviría de trampolín.
109
Sin embargo ascienden poco a poco, comprenden,
ven, añoran y desean. Cuanto más se elevan aspiran a llegar
más alto, atraídos por las seducciones de la belleza moral de
la que se embriagan progresivamente los candidatos a la
inmortalidad.
El alma, entidad doble, organismo espiritual que
individualiza una envoltura etérea, tiene el poder de
apropiar esta envoltura a la naturaleza del globo en el que
habita momentáneamente. En la serie de materializaciones,
cada Espíritu elige a su conveniencia el grado conforme al
uso que debe hacer de él, y es en este estado de corporeidad
proporcional como viene a cumplir entre nosotros la misión
que se ha sido asignada. Es en esta encarnación relativa
donde « viste su espiritualidad ».
La diversidad de los Espíritus no podría pues
describirse. Iguales en su origen, es decir saliendo del
océano psíquico de donde fluye continuamente el torrente
de las vidas siderales, ellos son creados sencillos e
ignorantes, en una especie de neutralidad inicial, pero
poseedores de energías que les pertenecen intrínsecamente.
A menudo se ha hablado del canto de las esferas.
Nosotros hablamos del canto de las almas.
Si me fuese permitido asimilar la vida de cada una de
ellas a una especie de melodía simbólica, compararía las
facultades latentes que dormitan en nosotros a un tipo de
teclado desplegado bajo nuestras manos. En ese teclado,
donde cada nota sería una posible virtualidad, podríamos
improvisar o descifrar lentamente la idea melódica que
serviría de tema a nuestra vida moral, y es cuando la
hubiésemos formulado claramente y luego desarrollado en
armoniosas variaciones, cuando podríamos unir nuestro
canto personal a las sinfonías del concierto universal.
110
Esta imagen no es más que la pura y simple realidad.
Es bajo la absoluta autonomía de su libre albedrío como
cada alma puede disponer de sus energías innatas,
siguiendo sus tendencias, sus gustos, sus aspiraciones altas
o bajas, su voluntad débil, mediocre o de rango superior;
aunque el Espíritu – y es ahí donde se revela toda la
importancia de su glorioso patrimonio – en la soberanía de
su libertad divina, se crea y crea su destino.
De ahí esas innumerables categorías de Espíritus que
pueblan las regiones invisibles del más allá y que
diferencian los grados de perfeccionamiento que han
conquistado por su voluntad.
Si los hay puros y luminosos, cuantos otros, cediendo
a mil sugestiones malsanas, no han sabido o querido
liberarse de las seducciones de la materia. Estos son los
ignorantes, egoístas, groseros, celosos sobre todo y en
consecuencia dañinos para los Espíritus encarnadas que
ellos han dejado sobre la tierra y que prosiguen con sus
rencores, burlándolos, acosándolos sin tregua ni descanso,
para vengarse a veces de los perjuicios de los que han sido
víctimas en los tiempos de su encarnación.1
1
Los casos de obsesión se cuentan por centenares. Casas encantadas,
maleficios más o menos diabólicos, persecuciones de toda naturaleza, –
tales son los perjuicios variados por los cuales se manifiesta la maldad
de los desencarnados irascibles. Yo podría, en apoyo de estos hechos,
mencionar la historia de uno de mis amigos al que persiguen
odiosamente un grupo de desencarnadas que no le dejan en paz, ni de
día ni de noche, y le dicen al oído los insultos más ultrajantes. Estas
citas podrían ser numerosas, pero no añadiré más que un hecho
recogido en el Livre des Médiums de Allan Kardec, página 320.
Lo resumo en algunas líneas.
Varias hermanas, solteronas que vivían juntas, eran desde hacía años
víctimas de mistificaciones intolerables: prendas dispersadas hasta en
los tehcos, cortadas, desgarradas, horadadas por mil agujeros, por
mucho esmero que ellas tuvieran en encerrarlas bajo llave; muebles
desplazados, vajilla rota, etc., etc. Esas damas, relegadas en una
111
Los Espíritus se clasifican en el espacio, en razón de
la densidad de sus cuerpos fluídicos correlativa a su grado
de depuración.
Los Espíritus malvados, envueltos como de un vapor
denso que los arrastra hacia las regiones inferiores, deben
encarnarse allí de nuevo para despojarse de sus
imperfecciones.
En cambio, el alma pura, revestida de un cuerpo
etéreo, participa de las sensaciones de la vida espiritual, se
eleva en las esferas luminosas donde la materia ha sido
vencida.
El alma, una vez conseguida su vida superior y
perfecta, colabora con Dios, coopera en el gobierno de los
mundos, dirige sus evoluciones, vela por el progreso de las
humanidades y por el cumplimiento de las leyes eternas
(Léon Denis).
Es a estas diferentes categorías de Espíritus, de las
que el hombre ha conservado como un confuso recuerdo,
como él les ha dado todo tipo de nombres: buenos o malos
genios, duendes, diablos, demonios1, amplia nomenclatura
pequeña localidad de provincias, nunca habían escuchado hablar de
espiritismo. Al principio creyeron ser objeto de bromas de mal gusto;
pero la persistencia de esos hechos, a pesar de todas las precauciones
imaginables, les quitaron esa idea. No fue más que tiempo después
cuando, bajo ciertas indicaciones, creyeron deber dirigirse a nosotros
(es Allan Kardec quién habla) para conocer la causa de esos fenómenos
y los medios de remediarlos.
La causa no era dudosa; pero el remedio era más difícil. El malicioso
Espíritu, evocado para la circunstancia, se mostró de una gran
perversidad y animado de un odio persistente – poco justificado según
toda apariencia, – pues confesó sin ambages que tomaba, aunque un
poco tarde, una revancha legítima, habiendo sido de vivo el cabeza de
turco de esas mujeres, desabridas, egoístas, malévolas y armadas de una
lengua temible cuyas heridas estaban infectadas.
1
Debemos decir, incluso de pasada, que el personaje semi mitológico y
semi religioso, llamado Arhimane en Persia, Thyfon en Egipto,
112
que, partiendo del peor espíritu impuro, se eleva hasta
aquellos que se les llama ángeles, arcángeles o serafines, –
tantas personalidades invisibles pero legendarias que han
desempeñado un papel tan importante en las diversas
mitologías más o menos religiosas y hasta en la vida de los
pueblos modernos.
Casi todos los grandes iniciados, reformadores y
fundadores de religiones, – dice el autor anteriormente
citado – eran poderosos médiums, en comunión constante
con los invisibles de los que recibían inspiración. Su vida
entera es un testimonio de la existencia del mundo de los
Espíritus y de sus constantes relaciones con la humanidad
terrestre.
Así se explican – dando por hecho la parte de
exageración y leyenda – un número de hechos históricos
calificados de sobrenaturales y maravillosos. La existencia
del cuerpo fluídico y de las leyes de la mediumnidad nos
hace comprender con ayuda de que medios se ejerce, a
través de los tiempos, la acción de los Espíritus sobre los
habitantes de nuestra tierra. La Egeria de Numa, los
pensamientos de Escipión, los duendes de Sócrates, de
Taso, de Jerome Cardan, las voces de Juana de Arco, los
inspirados de los Cévennes, la vidente de Prévorst, la Katie
King de William Crookes y otros mil hechos análogos,
considerados a la luz del espiritualismo modernos, pierden
a partir de ahora a los ojos del pensador todo carácter
sobrenatural y misterioso.
____________________
Mefistófeles en literatura y Satán en la Edad Media (el mismo al que
Lutero creyó arrojarle su tintero en una crisis alucinatoria), ¿no fue, en
todo tiempo y en todo lugar, más que la personificación abstractas del
mal hecho según el estado de ánimo de los pueblos a los que acosaba
esta alegoría y amenazante figura?
113
Y ahora, ¿qué hay que hacer para que los Espíritus
desviados franqueen los círculos de la depuración1?
Es necesario que se encarnen de nuevo, se sometan a
otras pruebas, se purifiquen en el fuego del dolor, y es en
ese estado de nueva encarnación donde aportan todas sus
pasiones, todos los fermentos de su endémica corrupción
como ellos dan, a los habitantes de los mundos a los que
regresan, el odioso espectáculo de sus hipocresías, de su
concupiscencia, de su egoísmo, de su grosera sensualidad y
como se ven surgir, de ciertos medios realmente
demoníacos, esas siniestras figuras de criminales y de
déspotas que, entre las multitudes aterrorizadas o sobre
algunos tronos odiosamente célebres, dejan amplias
manchas sangrientas. – Candidatos al presidio; cabezas que
esperan el cadalso en la tierra, o terribles expiaciones en sus
existencias posteriores.
Y es porque la depuración es tan lenta, que se abre
para la evolución de cada ser la incalculable serie de los
siglos venideros.
Para convertirse en lo que es en la media de las
criaturas humanas, hace falta que Psique atraviese todos los
reinos de la naturaleza a través de innumerables existencias.
El espíritu que manipula los mundos y los seres se
manifiesta por intensidades diversas. Fuerza latente en el
mineral y en el vegetal, se acentúa en la nerviosidad animal,
luego camina sin retroceso a la individualidad consciente en
el transcurso de esta lenta y penosa elaboración. La chispa
anímica, que dormita en todos los reinos de la naturaleza, se
despierta progresivamente, pero cuán pálidos son sus
primeros fulgores al salir de los confusos orígenes. No es
1
Se llama erraticidad, en lenguaje espiritualista, el estado transitorio de
las almas desencarnadas que erran por los espacios interplanetarios
esperando nuevas encarnaciones.
114
más que al cabo de inmensos periodos cuando las semillas
eclosionan, cuando las transiciones se efectúan. No es más
que después de auténticas revoluciones cósmicas cuando se
opera el paso de un reino al otro, de planeta en planeta
superior. Lenta, prodigiosamente lenta, es esta solemne
ascensión.
Las vidas, sin parecerse, se siguen y se encadenan,
regidas por la ley fundamental de la «repercusión
hereditaria ». Sin embargo hay siglos, ciclos más bien, en
los que el hombre conservará sus instintos, sus
propensiones,
sus
facultades
progresivamente
evolucionadas. Todo se corresponde, todo se relaciona,
todo tiene eco en la eternidad. Tal palabra, tal idea, tal
deseo, tal acto, por insignificante que parezca, renacerá,
resonará en esos ecos que nunca se apagan. Pitágoras
afirmaba que las injusticias aparentes, que los repartos
desiguales y que parecen tan sorprendentes, encuentran su
explicación racional y justificable en el hecho de que toda
existencia es la recompensa y más a menudo aún la
expiación de la que la ha precedido.
El alma, en su completa libertad, puede no solamente
avanzar, sin o retroceder también, según su voluntad
indolente, indecisa o perversa. La libertad hace posible toda
regresión posible. Sobre la ruta ascendente, el alma acaba
por llegar a la plena consciencia de sus poderes y se eleva a
una altura de donde ya no desciende. Pero hay también
sobre el camino tales giros funestos y trágicos, donde el
alma desviada puede regresar sobre sus pasos.
De existencia en existencia, entonces, ella circula en
los abismos, pierde su humanidad, se vuelve demoníaca, tal
vez regresa a la animalidad, pues la cadena es continua1, y
vuelve a caer en los bajos fondos…
1
Los animales son parientes de los hombres, dicen los misterios
antiguos, como los hombres son los parientes de los dioses.
115
Y es entonces cuando hay que ascender. La
indestructible monad viva puede rebajarse pero nunca
desaparecer, ¡nunca! Hay que volver a comenzar la
espantosa ascensión a través de mil pruebas, de reino en
reino, de círculo en círculo en el que cada uno puede durar
siglos y siglos.
He aquí el verdadero infierno, según las leyes de la
evolución, y cuán más lógico es que el que han inventado
los dogmas. (Ed. Schuré.)
Afortunadamente regresan también, entre nosotros, a
la tierra que ya han habitado, almas puras, bienhechoras,
conductoras de otras almas, – tales como esos grandes
genios de todos los siglos, iniciadores de pueblos, faros de
la humanidad, estrellas de primer orden en las
constelaciones del emporio espiritual.
Son aquellos que inspiran y dirigen mediante
nosotros, prosiguiendo su obra providencial, por la
intermediación de nuevos colaboradores que ellos mismos
han elegido, – maravillosa asociación de las edades,
fraternidad de los mundos que, en los campos de la
inagotable vida, hacen madurar la siembra sagrada.
Es así como se manifiesta y se explica el gran misterio
de las reencarnaciones sucesivas. Obra santa y divina, pues
es en un espíritu de justicia suprema atemperado por
incesantes manifestaciones de amor, al mismo tiempo que
en un sentimiento de respeto absoluto para las libertades
individuales, como el Ordenador del plan divino ha
instituido esta gran y maravillosa escuela de
perfeccionamiento ininterrumpido.
Y es, partiendo de las formas más rudimentarias de la
baja animalidad, con la que se asimilan las estrategias, los
instintos y las ferocidades, pero franqueando las especies,
enriqueciéndose con aptitudes de la animalidad superior,
116
escalando todos los peldaños de la escala viva, como
nuestra Psique, cuya historia siempre contamos, acaba por
llegar al ciclo de la humanidad.
Allí se amplían los horizontes. El alma y su cuerpo
fluídico adquieren nuevos sentidos, entreven las luces del
alba que débilmente fulguran desde el umbral del mundo
moral. Psique siente abrirse palpitar en ella su conciencia
creciente que lentamente se desprende de la ganga material.
El alma, a partir de ahora, humana se eleva en la luz y
conquista su espiritualidad. La crisálida desgarrada se ha
abierto bajo el batir de las alas. El ciclo humano se ha
acabado. Lugo, al cabo de cada una de esas etapas,
interviene la muerte liberadora que concede un descanso
momentáneo a esa alma fatigada por su larga y dolorosa
ascensión.
La muerte liberadora, he dicho; no lo es más que para
las almas que suspiran después de la libertad.
Las demás han conservado sus cadenas, las cadenas
de esta materia de las que son esclavas, hasta el punto de
que todavía subsisten incluso más allá del sepulcro, el
abrazo tenaz, los deseos viles, las pasiones inexorables. Las
sensaciones de hambre, de frío, de dolor y también de
deseos bestiales, subsisten para las más groseras de entre
ellas. Su organismo fluídico del que ellas no se dan cuenta
las desconcierta y las paraliza. Sus percepciones son
obtusas. Sus aspiraciones son nulas, – « almas vendidas al
mal », como dice la Escritura. No saben nada de la vida del
espacio. Todo son tinieblas en ellas y a su alrededor. Flotan
perdidas en un horror ineluctable entre las «sombras de la
muerte».
Es entonces cuando hay que recomenzar, pobre
Psique envilecida en su fango, recomenzar a escalar, a subir
el roquedal de Sísifo que rueda y siempre vuelve a
descender… No, no siempre.
117
A Sísifo el vencido, al eterno condenado del Tártaro,
sucederá un día u otro, el Hércules emancipador, símbolo
del esfuerzo victorioso, de la fuerza indomable. La roca
obstinada se detendrá en su caída, retenida por el brazo
invencible. ¡Pero cuántos esfuerzos son necesarios para
volver a subirla hasta lo alto; cuántas luchas y revueltas
vencidas por el látigo azotador de los dolores; cuántas
derrotas antes del triunfo final, y cuán caro resulta a los
orgullos obstinados la conquista segura… pero tan lejana,
de su heroica inmortalidad!
Hela aquí, en su entera realización, la soberana
equidad, la justicia ideal. Cada alma, dueña de su destino,
puede someterse, sufrir, resistir, combatir, escalar la
pendiente ardua y llegar por fin a las luminosas cimas.
No es un poder arbitrario que predestina a unos a
interminables pruebas, reservando a otros beatitudes
inmerecidas. No hay aquí más dios fantástico que abre a
éstos los pórticos dorados del paraíso, mientras que él gira
sobre aquellos los cerrojos de un infierno sin salida. Ningún
injusto reparto en el cumplimiento de la obra suprema.
Ningunos privilegiados en el campo donde, bajo la mirada
de un maestro equitativo, trabajan igualmente los obreros
de la primera y de la última hora.
Sabemos de dónde venimos, lo que somos y cual es
nuestro objetivo. Sabemos que al salir de cada nueva
encarnación, el alma lleva con ella todo el bagaje de
virtudes conquistadas, de tesoros acumulados. Sabemos
finalmente que el dolor es el crisol donde se efectúa toda
purificación, el horno donde se funde el egoísmo, donde se
disuelve el orgullo, donde se aprende a ser humilde, y es a
nuestro conciencia solo a quien pertenezca pronunciarse
sobre la sinceridad de nuestros esfuerzos. No hay ni
118
redención, ni milagro, ni misterio. No hay más que justicia,
– la absoluta justicia de Dios.
Cada vez que suena, para uno de nosotros, la hora de
la liberación y que cae la piedra del sepulcro que no
conserva más que nuestra envoltura perecible, es en esa
hora como se lanza nuestra alma una vez más victoriosa y
como ve desarrollarse ante ella el cuadro recapitulativo de
sus vidas anteriores. Todas las faltas cometidas,
escalonadas bajo sus ojos, le conceden el medio de ser
reparadas. Se establece el balance. La balanza compara el
esfuerzo impuesto y los resultados adquiridos. Cada etapa
franqueada traza las condiciones en las que será recorrida la
nueva etapa a franquear. Cada día prepara su día siguiente.
« Después de la muerte, sigue el juicio » – dicen las
Escrituras. Pues bien, he aquí el juicio y somos nosotros
mismos quiénes pronunciamos la sentencia.
Es cierto que durante nuestra estancia terrestre,
nosotros ignoramos lo que han sido nuestras vidas
anteriores. No tenemos conciencia de las faltas acusadoras
que explicarían y legitimarían nuestros actuales dolores.
Pero ¿no es mejor que sea así? Estaríamos aterrorizados.
Y, por otra parte, ¿no tenemos ya los unos contra los
otros bastantes rencores, celos y odios? ¿Qué sociedad sería
posible, si cada uno de nosotros pudiese leer, no solamente
en su pasado, sino aún y en consecuencia en el pasado de
los demás? ¿Sabemos lo que hemos hecho o padecido en
los periodos bárbaros de los que apenas salimos?
Suponiendo que pudiésemos olvidar las heridas que se nos
han hecho, ¿podríamos pasar la esponja sobre los malos
tratos que hemos infligido? ¡Que vergüenza y
remordimientos lacerantes! Los mejores de hoy tal vez
fueron los peores de antaño, y qué obstáculo para nuestro
progreso íntimo y personal, cuando nos encontrásemos más
119
turbados y arrepentidos por tener hoy la conciencia más
delicada. ¿Quién de nosotros podría soportar, sin flaquear,
el recuerdo acuciante de sus dolores, aceptar el estigma más
demoledor aún de sus desfallecimientos, de sus culpas o de
sus perversidades?
¿Lo que nos endurece y nos conduce al mal, de pies y
puños atados, no es a menudo el horror que nos inspira
nuestro envilecimiento? Cuantos se dejan oscurecer en el
abismo, porque desesperan de poder remontarlo y piden
entonces, en la fiebre del crimen, un remedio contra las
angustias del remordimiento.
Puesto que ese pasado terrorífico se ha borrado de
nuestra memoria, también se borra de nuestra conciencia
momentáneamente inconsciente. El alma que renace en un
cuerpo nuevo, hereda sin duda sus antiguas culpabilidades,
pero al menos está liberada del recuerdo inmediato de sus
actos y no es más responsable que de su futuro.
« Una ley física, de acuerdo con la ley moral, – añade
Eugène Nus en algunas bellas páginas que aquí me place
resumir, – se opone felizmente a que el alma encarnada
tenga la disposición de sus recuerdos. El hombre que yo soy
en este momento es de algún modo una nueva
individualidad cuyo cerebro no pude reproducir más que las
impresiones que le han afectado. La memoria de los hechos
anteriores está enterrada en las profundidades del ser. No es
más que cuando está desprendida del cuerpo opaco cuando
el alma se reencuentra y se reconoce.
Así, en esta vida, alternamos de la vigilia al sueño y
del sueño a la vigilia, y esos dos estados constituyen dos
mundos de existencia bien distintos, dos órdenes de
funciones completamente diferentes. ¿Acaso al dormir
perdemos el sentimiento de nuestra existencia real y el yo
consciente deja de existir? Sucede de otro modo, él persiste
en la memoria que puede dormitar también, pero que se
120
despertará. Ya no tiene la noción lúcida de la marcha de su
vida y del encadenamiento de sus ideas, pero en otro medio
todavía piensa, percibe, actúa, sueña… y el sueño lo vuelve
a poner en posesión de la plenitud de su ser.
¿No hay en ello un emblema de la gran y doble vida,
una página de verdad que Dios nos ha dado para leer e
invitarnos a meditar?
El alma recubre pues, al salir de esta existencia, la
memoria del pasado, memoria progresiva que se desarrolla
a medida que sube. Y hace falta que así sea. El recuerdo es
una condición esencial de la inmortalidad, porque el
recuerdo es la consciencia y, sin la consciencia, la
inmortalidad no es más que una palabra.
A través de las alternancias y las transformaciones,
siempre es el mismo ser y la misma vida. En la historia
general de la especie, cada individuo tiene sus anales
personales grabados en él, en su organismo fluídico. Hay
momentos en los que el libro se cierra, pero es para
reabrirse, cada vez aumentado con una nueva página.
No es solamente el hombre quién renace y se
perpetúa, son también los hombres, en las relaciones de
solidaridad que constituyen la unidad de la confederación
de los seres.
Más allá de las tumbas, la sociedad humana continúa.
La gran familia se encamina hacia el Padre, por el progreso
debido a los esfuerzos comunes. A medida que los seres
suben y se iluminan, la solidaridad aumenta. La unidad
armónica tiene a constituirse cada vez más por la
concentración de los espíritus y de las conciencias en una fe
general, al mismo tiempo que mediante la distinción de las
energías y las aptitudes. Es esta jerarquía natural lo que
mantiene en las dos vidas la variedad de tipos y la
diversidad de funciones, pues esas funciones son múltiples.
121
En el mundo de los Espíritus dominados por el
Espíritu supremo, la actividad es eterna. Todos los días, se
organizan globos, seres nuevos aparecen, se forman
conciencias, almas eclosionan para desarrollarse, es decir
para trabajar.»
Sobre esta idea de la actividad de las almas, estamos
en absoluto desacuerdo con la mayoría de las religiones.
Casi todas han proscrito el trabajo de su cielo. Moisés ha
ido más lejos; declarándolo como un castigo infligido por
Dios, él lo ha censurado en la tierra.
Este envilecimiento del trabajo en las apreciaciones
humanas y en los pretendidos dogmas divinos ha llevado
consigo consecuencias absolutamente desastrosas. Es esta
falsa concepción de leyes fundamentales de la vida que ha
organizado todos los sistemas de opresión aristocrática,
todas las castas desdeñosas de los débiles, de los sueños, de
los parias despreciados, de los proletarios condenados al
trabajo, mientras que a los grandes de la tierra les eran
reservados la ociosidad, las distracciones, sobre todo las
riquezas, incesantemente renovadas por la explotación de
los miserables. He aquí lo que hizo Moisés, o al menos el
autor del génesis, declarando que el hombre, porque estaba
maldito, « no comería más pan, a partir de ahora, excepto
con el sudor de su frente »
Gracias al progreso de las ciencias, a la emancipación
de la razón y al apogeo de la conciencia, esta fase dolorosa
de la humanidad tocará pronto a su fin. Las ideas errónea se
rectifican. La modernidad ha rehabilitado la actividad
humana y santificado el trabajo. La maldición bíblica está
borrada: ya no es censurado el trabajo, ya no es más la
ociosidad la que honra. A este progreso de la conciencia
humana debe corresponder un progreso en las formas que
ella ha dado a su ideal, y ese no es otro que la puesta en
122
acción de todas las energías de vida que ella puede llegar a
conquistarla.
El ideal es algo más que la florescencia de todas esas
energías de las que hemos sido dotados desde el origen.
Perfectibilidad, voluntad, libertad, ¿no es ese nuestro
patrimonio? Pero con qué lentitud evolucionan todas esas
fuerzas innatas. La propia libertad, ese resorte de toda
actividad, esa levadura de todas las virtualidades, no existe
de entrada en el hombre más que en estado de germen
latente. Él la contiene como la bellota contiene al roble.
Resultante del desarrollo de la vida, ella es proporcional a
ese desarrollo. Ser libre, es poder, pero para poder hay que
conocer. La inteligencia y la razón dan la medida a la
libertad. La libertad moral es a las facultades como la
libertad física es a los órganos.
« Razón, conciencia, libertad, responsabilidad, esos
agentes diversos de la vida moral crecen al mismo tiempo,
emergen poco a poco del instinto, de la ignorancia y del
egoísmo que los envuelven y los oprimen.
Cuando el hombre ha sentido palpitar en él su
conciencia, cuando ha experimentando una alegría o una
tristeza a consecuencia de un acto cumplido; cuando ha
tenido en él una noción, tan confusa y turbadora como sea,
de algo que es el bien, de algo que es el mal, la libertad
comienza, la lucha se entabla entre la materia y el espíritu,
– larga y terrible guerra donde muchas batallas serán
perdidas, – pero es Dios quién levanta a los muertos1 .»
¿Pero para ese gran combate de la existencia, se
objetará, todos al menos han recibido igual valentía e
iguales armas?
Las almas no pueden ser idénticas, incluso en su
origen, puesto que la variedad, una variedad ilimitada en
sus manifestaciones, es una de las leyes de la inagotable
1
Les Grands Mystères.
123
creación. La vida no se repite nunca. Si las almas nacientes
se pareciesen, enseguida tendrían que diferenciarse por los
procedimientos que emplea su evolución. La diversidad de
las naturalezas, que explica la desigualdad de las fuerzas,
debe obligatoriamente manifestarse mediante direcciones
apropiadas y funciones proporcionales.
¿Qué importa, después de todo, si la responsabilidad
es medida en las aptitudes?1
Mediante el mal, por lo demás, como mediante el
bien, todas las almas son y permanecen solidarias. Cada una
actúa sobre las otras y todas, por el mismo engranaje de sus
fuerzas, concurren en el desarrollo de la especie. Hace falta
que el vicio sirva a la virtud de contrapunto. Para que haya
mártires, tiene que haber verdugos. ¡Qué nos dice que las
víctimas de hoy no hayan sido los opresores de ayer, y que
a los perseguidores no les esté reservado para más adelante
la justa revancha del martirio!
A pesar de todo y en particular de su lentitud, la
justicia inmanente llega a su día indicado. El progreso se
realiza y gradualmente se acentúa. La ascensión del alma
está en razón directa de las nociones que le proporcionan
los recuerdos de sus existencias anteriores, y no es más que
al cabo de la fase recorrida cuando ella puede regresar,
mirar y comprender.
Desde luego será solemne la lección que nos dará el
extraordinario y terrorífico panorama de nuestras vidas
repentinamente evocadas. ¡Qué espectáculo el de esta serie
de encarnaciones cuyos fantasmas surgirán de todos
nuestros sepulcros entreabiertos. Entonces comprenderemos
la insuficiencia de nuestros esfuerzos; nos contaremos
nuestros desfallecimientos, desde la época mil veces
secular, en la que –¿quién sabría leer en la noche de los
1
Ver la parábola de los Talentos. Matías, cap. XXV, 14-29
124
abismos?– bajo el caparazón repugnante del megalosaurio o
el iguanodon, nosotros reptamos, con la boca abierta y los
dientes agudizados, en los pantanos de los bosques de la
edad terciaria…
Podremos constatar en qué medida nos hemos
esforzado en desprendernos de las ferocidades de una tan
opresiva bestialidad, reconocer lo que nos ha quedado de
ella, durante siglos, que violencias, que pasiones abyectas
nos ha transmitido esta temible herencia… y ver, por fin,
brotar, del fondo de nuestros corazones de « civilizados » a
la bestia humana que a veces se desenvuelve tan mal, bajo
su máscara de hipocresía1.
Bajo estos estigmas de infamia, ¡qué ardientes
vergüenzas y que remordimientos corrosivos! Pero en
revancha, que idea grandiosa y reconfortante nos dará de la
importancia de nuestro destino, esta larga serie de siglos
que el Dispensador ha puesto a nuestra disposición, para
dar a nuestra libertad el margen inmenso, la infinita latitud
necesaria para la conquista de nuestra inmortalidad. Felices,
cuando podamos constatar que nos hemos depurado de
existencia en existencia, que nos hemos desprendido, sobre
la ruta, de las escorias de nuestra alma y que a pesar de
nuestra lentitud, gravitamos hacia esas alturas serenas
donde podrá efectuarse la comunión de nuestra alma con la
gran Alma universal, hogar de donde brotó antaño, ínfima
chispa – pero chispa imperecedera.
Cuántos errores, discusiones y malentendidos han
dividido a los espíritus, extraviado las conciencias, sobre
esta cuestión capital de la preexistencia de vidas sucesivas y
de una super vida definitiva. El espiritualismo moderno está
en condiciones de dilucidar la cuestión, de discutirla y de
concluir.
1
« Llevas en tu interior, decía Epictete, el jabalí de Erymanthe, el oso
de las cavernas y el león de Nemea, – Dompteles. »
125
Hasta ahora, los materialistas han buscado el secreto
de la vida universal, no en las causas superiores, sino en los
efectos tangibles que pueden ser diseccionadas por el
escalpelo y que pesan en la balanza.
Los cristianos, por su parte, la han buscado en las
nieblas de las regiones metafísicas donde se entrechocan los
argumentos, pero donde domina y se perpetúa la hipótesis.
Nuestros procedimientos son diferentes; nuestra
investigación está llevada con otro espíritu. Sabemos, de
fuentes solventes, que la causa efectiva del mundo reside en
el propio mundo a la que encierra y penetra, de la que ella
es el alama y el hogar.
Durante demasiado tiempo se ha creídos, sin pruebas,
y sostenido, sin argumentos plausibles, que la obra divina
se enmarcaba en el círculo restringido de nuestra economía
terrestre. No se ha querido comprender que es en el
encadenamiento y la colectividad de las vidas solidarias
como se revela la armonía universal y como se efectúa la
evolución general.
No es ni en el tiempo, ni en el espacio limitados,
donde puede ser mensurable la obra divina. Es en el infinito
donde se expande, en haces de soles, en fuentes de almas.
La creación es eterna, anterior a todo tiempo, desbordando
toda duración, y es ultrajar la razón más elemental
presentárnosla como saliendo de improviso de no sé que
nada súbitamente fecundada – acoplamiento de palabras
antitéticas, invención vana y vacía en la que la imaginación
más complaciente no sabría aceptar la quimérica fantasía.
Con todos sus mundos visibles e invisibles, sus
poblaciones planetarias, el universo no es otra cosa que un
inmenso taller, el taller de la eterna vida. Cada globo lleva
con él sociedades humanas cuyo desarrollo, valor moral y
grado de perfección varían de mundo en mundo, desde
nuestro ínfimo planeta, pobre grano de arena donde se agita
126
una de las aglomeraciones más inferiores de la jerarquía
cósmica, hasta esos globos enormes, resplandecientes,
donde brillan los más gloriosos representantes de las
confederaciones celestes1.
Pero todo progresa y se transforma, nuestra tierra
como las demás, y nosotros mismos, como los hermanos
que nos han adelantado.
Nacen hombres y mundos, viven y mueren. Mientras
algunos astros se apagan, otros astros se encienden en la
gran extensión. «Hay en el cielo cunas y tumbas,» dijo el
poeta. Pero, mientras esos mundos viejos se dislocan, se
desmoronan y siembran en los abismos sus despojos y sus
polvaredas, nuestras almas, victoriosas del tiempo y del
espacio, prosiguen su curso hacia otros cielos donde, bajo
los rayos de jóvenes soles, evolucionan las más gloriosas
humanidades.
Es de este modo como se lleva a cabo, sobre un plan
del que él solo conoce los secretos, las voluntades del
Organizador. Es así como se proseguirá por siempre la obra
de la vida; pues, en las soledades del espacio fecundo, es
por puñados como el augusto Sembrador lanza en amplios
vuelos la polvareda de esos mundos, esas « moradas
celestes » donde se dan el último toque las divinidades – y
es ante el gran órgano del universo, sobre su
inconmensurable teclado del que cada acorde es un
torbellino de soles y tierras, como el Artista supremo toca,
de edad en edad, el himno eterno del génesis infinito.
He aquí el plan divino.
_______________________
1
Paráfrasis de algunas bellas páginas del Sr. LéonDenis (Christianisme
et Spiritisme)
127
CAPÍTULO IV
LA EPOPEYA DE LA VIDA
La vida es el drama por excelencia. Nada más grande
ni más solemne. Es para ese drama para lo que ha sido
organizado el universo.
Nacer, vivir, morir, – pero morir para volver a nacer y
revivir, y eso de eternidad en eternidad… Espectáculo
grandioso que se concede a sí mismo el Creador que, con
razón, ha podido declararse satisfecho con su obra.
«Y Dios vio que era bueno, » nos declara
inocentemente el Génesis. Y eso es bueno en efecto, más
que bueno, grande, sublime en todos los sentidos, en poder,
en justicia, en amor.
Y el Génesis dice todavía: « Dios descansó el séptimo
día. » Aquí se equivoca. El sol del último día no se
levantará jamás sobre la obra infinita. Sería necesario para
eso que la eternidad terminase.
Nebulosas tras nebulosas, torbellinos tras torbellinos,
soles y tierras se sucederán y sobre esas tierras y sobre esos
soles, sin descanso, nacerán almas que sobre el camino del
infinito ascenderán hacia la divinidad.
Nacer, vivir y morir, para volver a nacer, hemos
dicho. Hablemos en primer lugar del nacimiento.
EL NACIMIENTO
Mediante legiones infinitas, flotan en el espacio las
almas desencarnadas. Todas saben más o menos a que
grado de desarrollo han llegado. Todas saben que la ley del
progreso es la ley misma de la vida, y si hay, entre las más
imperfectas, algunas que dudan, retrocediendo ante las
ineluctables
pruebas,
son
muchas
otras
que,
128
experimentando la necesidad de avanzar, desean proseguir
su evolución. Por añadidura, para cada una de ellas, la hora
suena tarde o temprano en el reloj de la infinita duración.
Sea como sea, es en el trastorno y la angustia como
los Espíritus se preparan. Sobre el umbral de una nueva
vida, el futuro reencarnado, ¿sabe cuál será el resultado de
la nueva depuración que va a padecer? ¿El va a avanzar o
permanecer estacionario, luchar con valor o abdicar
miserablemente y, como tantos otros, abandonarse a un
punto tal que tal vez llegue al suicidio, para desembarazarse
de una existencia en la que se sentiría incapaz de afrontar
las temibles peripecias?
Pero hete aquí que la hora ha llegado. Debe obedecer
al impulso que le es sugerido desde lo alto. Un Espíritu,
designado desde mucho tiempo atrás, va a fundirse en el
cuerpo de un niño en el germen del cual van a comenzar las
primeras vibraciones de la vida fetal.
No es sin auxilio, ni apoyo, como el triste exiliado del
cielo va a afrontar sus nuevas pruebas. Los Espíritus que lo
aman, lo rodean, asisten a su partida del mundo invisible.
Algunos, incluso, lo siguen hasta en la vida. No es menos
cierto que ante la solemnidad de este acto comienzan para
él los dolorosos estremecimientos, cuán más profundos que
los de la propia muerte! La muerte, es la liberación,
mientras que la reencarnación no es otra cosa, en definitiva,
que la tuerca del nuevo prisionero. Que advertidas están
esas poblaciones salvajes que, mediante cantos de alegría,
glorifican la liberación del moribundo, mientras que rodean
con sus lamentos la cuna del recién nacido.
Desde limbos misteriosos de la preexistencia, el
Espíritu es descendido a la tierra, arrastrado por una fuerza
contra la que ni siquiera trata de luchar. La carne va a
reconquistar sus derechos que la muerte le había arrancado.
129
Es aquí como se manifiesta en su acción soberana el
complejo fenómenos de las materializaciones graduales que
nosotros hemos denominado la gama de las
condensaciones.
Entre la materia grosera del nuevo cuerpo y la
naturaleza etérea del Espíritu, ¿quién mediará entonces?
¿Mediante que concesiones recíprocas de asimilación, los
dos elementos disímiles van a aproximarse, a confundirse
en su asociación? ¿Quién va a resolver ese temible
problema que, desde que los hombres se han dedicado a
reflexionar, constituye la inexorable piedra angular de todas
las filosofías, de todos los dogmáticos, de todos los sueños
estériles y dolorosos del asceta en su cabaña, del monje en
su celda, del teósofo en su hipogeo?
¿Qué es necesario para reconciliar a esos viejos
adversarios, unir esos dos contrastes, ese Espíritu y esa
materia, en unas condiciones tales que el primero pueda
actuar sobre la segunda… sino un intermediario
participando de su doble naturaleza?
¡Pues bien! Ese intermediario existe.
Hace miles de años que ha sido revelado a la
Humanidad y se ha manifestado a ella, mediante
comunicaciones, apariciones, influencias, inspiraciones a
veces mal comprendidas, pero eficaces a pesar de todo. Es
por su naturaleza mixta, por su constitución semi material y
semi espiritual, que sirve de trazo de unión entre los dos
términos de un dualismo que se ha obstinado en considerar
como irreductible.
Este intermediario es el cuerpo fluidico o etérico,
llamado « perespiritu » por los espiritistas, « cuerpo
espiritual » por el apóstol Pablo y los Padres de la Iglesia, «
cuerpo astral » por los astrólogos… los nombres son
abundantes. Es él quien desempeña el papel capital en el
130
fenómeno de la reencarnación. Él es el modelo, la muela,
sobre la que la materia se concreta, el cuerpo físico se
organiza. Dispone las moléculas según un diseño, un plan
preconcebido, y es él al que hace alusión un notable pasaje
de Claude Bernard que tendremos oportunidad de ver más
adelante.
Organismo etéreo, resultante del fluido que llena el
universo, ese cuerpo espiritual, asociado al cuerpo material,
es la forma preexistente y sobreviviente del organismo
humano. Esta envoltura de « materia quintaesenciada » va a
ser a partir de ahora la inseparable vestimenta del Espíritu
que, desde esa hora de encarnación se llama el alma… esa
alma que, según la definición que de ella han dado los
propios Espíritus, no es nada menos que una « porción de
sustancia que Dios extrae de la fuerza universal para
atribuirla a cada individualidad ».1
Es siempre esta Psique cuya larga historia no es otra
que la de las humanidades.
¡Historia sobrecogedora y trágica! Ayer aún era libre,
hoy ya no es más que una cautiva prisionera en la materia,
enlazada por los recovecos del organismo a través del cual
tendrá que vivir a partir de ahora, respirar, pensar. A
medida que se desarrolla siente crecer en ella una luz
temblorosa a la que ella llama su conciencia, pero siempre
1
Recordemos, para evitar toda confusión, que un Espíritu es uno de los
seres inteligentes que pueblan el mundo invisible, que el alma es ese
mismo Espíritu después de su encarnación, que el cuerpo fluídico o
etérico sirve de intermediario entre el alma y el cuerpo; de tal modo que
el hombre, organismo triple, se compone de una personalidad corporal,
de una personalidad mental o psíquica y de una personalidad fluídica o
etérica, de materialidad variable, relativa y para siempre inseparable,
sea del Espíritu desencarnado, sea de ese mismo Espíritu encarnado que
desde entonces toma el nombre de alma como acabamos de decir.
¿Quién sabrá nunca decir de que facultades misteriosas, desconocidas
en la tierra, está dotada esta triple personalidad?
131
se debate bajo el abrazo, y no es más que de lejos, por así
decirlo, como escucha las llamadas del invisible genio
interior cuya presencia no se hace sentir más que « por el
batir de sus alas », como dice Pitágoras.
Tan grande es el cuerpo que la oprime, la violenta, la
inflama con sus pasiones carnales; como otro tanto es el
espíritu que la atrae hacia las regiones tan elevadas que
olvida momentáneamente el cuerpo. Pero cuanto sufre por
culpa de esos tirones, en medio de los cuales busca
obstinadamente la felicidad – es decir la libertad de sus
alas.
Desde que comienza a efectuarse, bajo la acción del
cuerpo fluídico, el agrupamiento molecular de donde
surgirá el cuerpo del nuevo encarnado, y que, bajo la
influencia del fluido vital, se organiza y se modela la
materia animalizada, un profundo trastorno se apodera del
alma a la que paraliza una especie de sopor. Sus facultades
disminuyen; su memoria se desvanece, su conciencia se
obscurece y la pobre Psique se duerme y sueña en su nueva
crisálida.
Todavía no ha perdido el recuerdo de su patria celeste.
Todavía es visible a sus ojos el guía espiritual que le ha
indicado la mujer que va a ser su madre1… ¡Ella se promete
no olvidar la luz en el mundo de las tinieblas!... ¡Pero qué
confuso resulta todo en el umbral de ese mundo nuevo!
1
Para el hombre y la mujer realmente iniciados, dice Ed. Schuré, que
saben que el alma del niño preexiste en su nacimiento terrestre, la
concepción se convierte en un acto sagrado, la llamada de un alma a la
encarnación.
Entre el alma encarnada y la madre, hay casi siempre un profundo
grado de similitud. Como las mujeres malvadas y perversas atraen a los
Espíritus demoniacos, las madres tiernas atraen a los divinos Espíritus.
También santa y divina es la tarea de la madre que en su hijo debe crear
una nueva morada, suavizarle su prisión y facilitarle la prueba. – (Les
Grands Initiés.)
132
Durante años, largos años de débil infancia, ella
deberá preparar su nuevo organismo, adaptarlo a sus futuras
funciones. Ella lo sabe, pero se resigna, recordando tal vez
a pesar de su crecimiento que no ignoraba, al descender a la
tierra, cuán ruda es la escuela por donde deben pasar los
reencarnados.
Es aquí abajo donde está realmente ese « purgatorio »,
del que religiones mal informadas han hecho como el
vestíbulo del paraíso; y es ahí como tenemos que renacer y
sufrir. ¿No pasamos todos los días por la dolorosa
experiencia? Es ahí como todo se liquida, se rescata, se
repara… sin prejuicio de posteriores purificaciones. A cada
una de las faltas de antaño cometidas, corresponde un
castigo proporcional. El abuso de las riquezas, el orgullo, el
egoísmo, la crueldad tienen por vengativas contrapartidas la
miseria, las humillaciones, el egoísmo de los demás y los
malos tratos de los despiadados. Lo que se ha infligido se
sufre. Y si nuestra mirada estuviese dotada de una cierta
doble visión especial, distinguiríamos, bajo el rostro
grotesco o bestial de los deformes, idiotas y locos, almas en
trabajo de rehabilitación que humilla la abyección y que
tortura la impotencia.
No nos riamos de esos miserables. En esos sepulcros
de carne, bajo esas odiosas larvas, podemos sospechar
culpabilidades; pero son culpabilidades que sufren, gimen,
expían y solicitan nuestra piedad.
_________________
La unión completa del alma con el cuerpo no se
efectúa más que en el momento del nacimiento. Es cuando
se anuda definitivamente el lazo fluídico que, durante la
vida fetal, se había estrechado progresivamente. El alma
encarnada cuyo desarrollo, ayer aún etéreo, puede
133
materializarse cada vez más, acaba algunas veces por
atascarse en el limo terrestre y ser marcada de estigmas más
o menos persistentes.
Esta pues hecho. El alma y el cuerpo,
indisolublemente asociados por el fluido vital de los que los
penetra el cuerpo fluídico, concurren juntos a la creación
del tipo individual que va a caracterizar el producto de esa
encarnación nueva. Sí, nueva, pues cuántas otras la han
precedido ya.
Cosa extraña es que podemos seguir su rastro en esta
especie de revisión periódica que se puede hacer de cada
mamífero en el transcurso de su vida fetal. El hombre ha
sido sucesivamente unicelular, molusco, pez, reptil,
cuadrúpedo, y es mediante esas formas zoológicas por las
que pasan los fetos humanos antes de su nacimiento,
recapitulando así los estados sucesivos que caracterizan su
raza.1
Si los diversos organismos materiales que constituyen
como la trama del organismo humano se encadenan los
unos a los otros, lo hacen por la filiación de sus facultades
intelectuales. Las adquisiciones hechas en el pasado
permanecen latentes, pero persisten en su integridad
1
Esta recapitulación de las formas zoológicas cuya vida fetal nos
concede el espectáculo es uno de los fenómenos biológicos más
extraordinarios que nos han revelado los fisiólogos modernos. Resulta
de tanto o más interés para nosotros, toda vez que concuerda con todos
los aspectos y datos de la doctrina esotérica a la que ilumina, explica y
confirma. Los fetos de los mamíferos y del hombre ofrecen
sucesivamente, es decir a sus diferentes edades, tan extrañas semejanzas
con los de los animales inferiores, que un embriólogo célebre declaraba
que, si no hubiese tenido cuidado de etiquetar todas sus muestras, le
hubiese sido imposible distinguir el embrión humano del de los
moluscos, peces, reptiles y finalmente de los propios cuadrúpedos,
tigres o leones cuyos fetos en un momento de su evolución intrauterina
son idénticos a los del «rey de la creación».
134
primera. Son ellas las que constituyen ese fondo del ser
intelectual que se llama el carácter, al mismo tiempo que
persisten ciertas aptitudes muy diversas, buenas o malas y
de origen misterioso, que se revelan a veces desde la más
temprana juventud.
Nuestro entendimiento no es en absoluto esa tabla
rasa imaginada por los filósofos modernos. Psique no llega
a la tierra, blanca, pura y desprovista de toda adquisición.
Aporta no solamente predisposiciones felices o fatales, sino
aún pasiones, a veces vicios que, dormidos en las
profundidades del cuerpo etérico, pueden, en los medios
corruptores de la tierra, revelarse con una intensidad
temible. ¿No hay todo tipo de historias de jóvenes
criminales cuya precocidad desconcierta y espanta?
A las adquisiciones del pasado, vienen a añadirse las
de la nueva vida. En el gran libro del cuerpo etérico, todas
serán registradas íntegramente, y, mediante vibraciones
asociadas, harán surgir algunos estados de conciencia que,
dando continuación a los estados antiguos, soldarán los
unos en los otros impresiones, sensaciones y conocimientos
cuya cadena, partiendo de los bajos fondos de la vida
elemental, se prolongará y subirá hasta los más elevados
grados que pueda alcanzar la vida espiritual.
En cierta medida se podría comparara el cuerpo
etérico a una especie de fonógrafo donde las antiguas vidas
han grabado sus improntas y cuyas resonancias, se mezclan
con las resonancias nuevas, asegurando la persistencia de
todos los recuerdos asociados.
¿No es así como se explica la asombrosa precocidad
de algunos niños que, aunque los veamos lejos, aportan,
viniendo al mundo, ¡todo un bagaje de predisposiciones
extraordinarias! Procedimientos científicos, aptitudes
literarias, dones artísticos, todo surge y se revela en esos
«pequeños prodigios», que parecen no tener más que nacer
135
para afinar ese teclado de facultadas innatas… tales, un Pic
de la Mirandole que, a los dieciséis años, conocía todo lo
que se sabía en su época, una Pascal que encontraba, a los
trece años, el tratado de las secciones cónicas de Euclides,
un Mozart que, a los doce años, componía una opera, tal
aún en nuestros días ese joven Inaudi, sencillo pastor, sin
cultura intelectual, que, a la edad de quince años, – en la
época que yo lo conocí – efectuaba en algunos minutos, a
veces en algunos segundos, los cálculos más prodigiosos.
Esos privilegiados de la naturaleza no se acuerdan de sus
vidas anteriores, pero en su cuerpo fluídico dormitan
vibraciones que, a la primera iniciación, se despiertan y
hacen funcionar su cerebro.
Por otra parte – y es aquí donde se presenta la difícil y
compleja cuestión de la herencia – puede producirse un
fenómeno de naturaleza muy especial. Quiero hablar de la
herencia exclusivamente material.
El Espíritu, en verdad, forma a su antojo el cuerpo que
le han transmitido sus progenitores, pero estos últimos no
nos transmiten a menudo más que los elementos de nuestro
organismo corporal. El alma viene de otro lado,
independiente y preexistente.
Se ven en numerosas familias, niños que, llevando el
mismo origen ancestral, no se parecen en nada, ni por sus
gustos, ni por sus caracteres, ni por sus aptitudes, ni por sus
predisposiciones morales o inmorales – no más de lo que no
se parecen a sus padres.
Esos fenómenos no deberían sorprendernos en nada.
Si es fácil demostrar, con pruebas en la mano, que el
organismo material se muestra a menudo refractario a las
leyes de la herencia, sería más fácil aún establecer que la
herencia intelectual escapa a toda obligación, eludiendo
toda filiación.
136
La historia abunda en estos ejemplos negativos.
¿Quién se encuentra en la descendencia directa del
sabio y avispado Pericles? Dos idiotas, llamados Paralla y
Antippas, más aún un tal Clinias, extravagante en estado
normal y loco furioso intermitentemente. El íntegro
Aristipe engendra al infame Lysimacos; Tucidide, al inepto
Milesias, Poción, Sofocles, Socrates, Temistocles tienen
hijos indignos y el hermano de Alejandro Magno se
llamaba Arrideo el Imbécil.
En el dominio de las ciencias, se ven por todas partes
surgir el genio de padres incapaces de transmitir facultades
de las que estaban completamente desprovistos; y cuando
se pregunta a la historia lo que fueron los padres de hijos
ilustres como Bacon, Copérnico, Descartes, Galvani, Hegel,
Kant, Képler, Locke, Malebranche, Réaumur, Spinoza y
tantos otros… las historia responde: padres desconocidos,
de mediocre valor, a veces incluso torpes.1
No ignoro que pueden ser hechas algunas objeciones.
– La cuestión tiene una doble cara, dicen numerosas
personas que protestan y no sin razón. ¿Cuántas veces no se
ha constatado que existen innegables transmisiones
hereditarias de facultades intelectuales o morales? ¿Cuántos
sabios no se han visto, hijos de sabios, y de artistas, hijos de
artistas, como hay canallas y bandidos, hijos de bandidos y
canallas?
¿Quién no ha oído hablar de los cincuenta músicos
distinguidos que pueden contarse en la asombrosa familia
de los Bach, en Saxe-Weimar, o numerosos artistas salidos
de la de los Médicis de Florencia? Si hay razas malditas y
estigmatizadas de taras imborrables, por el contrario, hay
otras que son singularmente privilegiadas. La herencia no
se limita a marcar sus improntas solamente en las formas
exteriores. Más allá de las semejanzas del sonido de la voz,
1
Ver la sabia obra de G. Delanne, l’Évolution animique
137
de los gustos, de los colores, de las proporciones o las
actitudes, hay otras más profundas. Si hay familias cuyos
miembros tiene seis dedos en cada mano y hombres puerco
espines, como los célebres Lambert, de Londres, hay
gloriosas semejanzas y heroicas herencias transmitidas por
tales padres a sus descendientes.
– Sí, – responderemos nosotros, – la cuestión es doble
en efecto; pero si la fisiología permanece muda ante este
complejo problema, el espiritualismo está ahí para
resolverlo.
En todo organismo humano se encuentran presentes
dos elementos bien diferenciados: la facultad funcional de
una parte y el órgano material por la otra.
La primera pertenece al alma, el segundo es
proporcionado por el cuerpo. Para que el alma pueda poner
en juego sus facultades, necesita instrumentos materiales,
un cerebro que piense, ojos y oídos que ven y que escuchan,
brazos y manos ue ejecuten, todo un organismo adaptado
para manifestar las concepciones del filósofo, del poeta y
del orador, las líneas y los colores del pintor, las melodías
del músico, y es para la realización de esas obras múltiples
como se asocian los tres elementos constitutivos del
hombre: su alma, su cuerpo etérico y su cuerpo material.
Asociados, desde luego, lo están. Juntos actúan;
juntos se perfeccionan. El alma elevada se hace un cuerpo
etérico a su imagen, el cual a su vez se modela un cuerpo de
músculos dóciles con los que un entrenamiento, sabiamente
graduado, puede desarrollar hasta el grado más asombroso
la flexibilidad y la destreza.
Sabemos, por otra parte, que en vista de su nueva
encarnación un Espíritu suficientemente desarrollado puede
elegir sobre la tierra el medio más apto para facilitar su
perfeccionamiento. ¿No es entonces completamente natural
que se procure, en tal o cual familia donde han sido
138
cultivadas las más altas facultades intelectuales, tal materia
refinada, tal organismo delicado cuyas aptitudes le son
garantizadas por la formación previa de una raza así
privilegiada? (Ver la nota 3)
Y he aquí lo que nos explica, sin que se vea afectada
la independencia absoluta de los Espíritus, el reencuentro
de filósofos hijos de filósofos, de artistas hijos de artistas o
de inventores descendientes de inventores, como los ya
célebres hijos del prodigioso Edison.
Independientemente de los Espíritus errantes, poco
adelantados, que, no comprendiendo la gran ley de la
evolución, flotan en la indecisión de su incapacidad, hay
otros más imperfectos todavía, que estarían dispuesto a
regresar a la tierra, para abandonarse a los apetitos de su
carne mal apagada, a los solicitudes de su cuerpo etérico,
todavía tributario de una materia imperiosa y corruptora.
Pero en revancha, aparte de esos grupos corruptos y
corruptores, hay también categorías de Espíritus más
elevados a los que unen ciertas afinidades espirituales,
donde algunos de entre ellos toman sus disposiciones para
reencarnarse en medios conformes a sus necesidades y a sus
aspiraciones.
_________________
Es entonces el alma, envuelta en su cuerpo fluídico,
quien va a dirigir todo en el cuerpo de ese niño donde la
hemos visto descender. Según sus capacidades adquiridas y
las predisposiciones que aporta a la tierra, Psique va a
luchar o dejarse vencer y, en ese último caso, sentirse
transportada, como la hoja en el viento, por las ignorancias,
las tergiversaciones de los pretendidos sabios y las amargas
negaciones de los escépticos. En vano buscará a través sus
139
sensaciones fugitivas y de sus pensamientos inconsistentes
esa pequeña estrella que llevaba en sí, pero que desde el
umbral de su nueva existencia se ha eclipsado súbitamente.
¡Ah! que oscuridad hay en ese sepulcro de carne
donde acaba de ser sepultada, y con que angustia en el
corazón se esfuerza en recordar lo que fue en el mundo
luminoso que acaba de abandonar. ¿No está todo
circunscrito en el círculo estrecho que acaba de abrirle el
nacimiento? ¿Sus fuerzas no estarán paralizadas para
siempre por esos lazos de carne, por esas incapacidades del
niño que, durante mese y años, tendrá todo que aprender,
porque ha olvidado todo, y del mismo modo que arrastra
por el suelo sus torpes miembros, deberá tambalearse en
esas brumas donde tantea su inteligencia y donde se
desespera su incurable debilidad?
Eso es lo que nos aporta el nacimiento. ¡También qué
tristeza en la mirada humana, cuando cesa de reír! ¿Muy en
el fondo del ojo soñador y misterioso del niño, no nos
parece ver su alma inquieta que, visiblemente se informa,
quisiera comprender, pero jamás adivina el problema de su
destino?
Ve, pobre soldadito de la vida, – pues la vida es una
batalla – ¡no pierdas el valor! Al final del camino está la
liberación; a través de las planchas disjuntas de las puertas
del sepulcro se transparentarán las divinas luces.
LA VIDA
¿Qué es la vida?, nos preguntábamos al principio de
este libro, y se sabe en que sentimientos de desesperación,
de exasperación, de ironía amarga o de nihilismo
intransigente, ha sido respondida esta pregunta.
¡Pues bien! aquellos que han respondido de ese modo
son personas… mal informadas. – Yo habría podido, a la
atención de algunos de entre ellos, emplear una calificación
140
más enérgica; pero no ofendamos a nadie. – Sea como sea,
hay que responder con otro espíritu y así lo haremos.
« La tierra es una tierra de pruebas, un valle de
lágrimas y miseria,» gimen las pobres gentes.
Esas pobres gentes están en lo cierto y sus
sufrimientos son reales, por desgracia, para justificar sus
lamentaciones.
Apresurémonos sin embargo a poner las cosas en su
sitio. Sí, la tierra es un lugar de pruebas, una estancia de
expiaciones; pero esas expiaciones y esas pruebas no han
sido nunca comprendidas por los dogmáticos más o menos
juramentados que se han dignado a comunicarnos sus
conclusiones.
No se trata en absoluto de interpelarnos los unos a los
otros, como lo hacen los trapenses, y repetirnos, sin tregua,
su macabro y monótono apóstrofe: « Hermano, ¡hay que
morir!»
¿A qué obedece entonces esta abdicación prematura y
con qué derecho invocar ese cobarde y culpable suicidio?
Pues no, hermano, no hay que morir; todo lo
contrario, ¡hay que vivir! Vivir para llevar a cabo nuestra
tarea, vivir para alejar los dolores y secar las lágrimas, vivir
para ayudarnos y amarnos y caminar juntos de la mano,
hacia las cimas elevadas que debemos escalar.
Es absurdo imaginarse que no hay nada, aquí abajo,
más que lamentos y lágrimas; lamentos cobardes que han
puesto de moda, por una parte, todos esos pretendidos
desesperados, hijos póstumos de Schopenhauer, nihilistas,
escépticos hastiados dispuestos a toda capitulación y que,
sinceros o no en su voluntaria desazón, arrojan sus armas en
pleno fragor de la batalla – y por otra parte, todos esos
llorones de sacristías cuya alma decadente se entrega,
renuncia a todo esfuerzo y se somete pasivamente a la «
141
pura gracia », al «buen placer » de su dios antropomorfo
fantástico y vindicativo.
¿Qué significa pues esta doctrina inmoral y
debilitadora que cuenta, sobre los avatares de un perdón
que no se obtiene más que de rodillas, con un paraíso que se
compra mediante viles e hipócritas humildades?
Secad vuestras lágrimas y, de pie, ante las realidades
de la vida, sabed ver y comprender, y admirar la ocasión
que nos ofrece el presente y lo que nos promete sobre todo
el futuro. Hay, sobre nuestra tierra, maravillosos
espectáculos que contemplar y horas exquisitas que pasar,
cuando se tienen ojos para embriagarse con los bello, una
inteligencia para apreciar lo real, un corazón para amar lo
justo y lo bueno.
El espiritualista – que no es en definitiva más que un
hombre bien informado – no es un asceta egoísta o un fakir
al que hipnotizan estériles y grotescas contemplaciones.
Vive con intensidad, porque comprende el sentido de la
vida, y lo que lo distingue de los despreocupados, de los
fanáticos y de los escépticos, es que él ve un cielo sobre su
cabeza y que no se sofoca en la atmósfera opaca donde
tropieza la multitud, que tiene por ojos ventanas abiertas
sobre el azur, y escapadas que se hunden en el infinito. No
tiene la frente nimbada por la aureola de los santos o los
mártires; pero sabe hacia que objetivo tiene el derecho de
levantar la cabeza. Por encima de las miserias humanas y
más allá de las brumas grises, lo que percibe y contempla,
hay una estrella que le sonríe, la estrella del polo, la estrella
de lo ideal.
Está entonces claro que nuestra tierra es una prisión;
pero es muy bella, después de todo. ¿Sabéis lo que la
desluce?... Los prisioneros que encierra.
142
¡Ah! ¡las personas viles y los corazones malvados!
Mediocridades, celos, rencores, egoísmos, odios,
injusticias, desprecios a los débiles y adulación a las
fuertes, pasiones salvajes y bestiales borracheras… ¿veis
desarrollarse esta gama cromática de horrores, con sus
tintes y sus medias tintas sabiamente matizadas?
«¡Qué avidez de presa, qué crueldad! ¡Qué
emboscadas tendidas por todos lados! ¡Que ardides y
estrategias para acosar a los débiles!
–¿De qué habla usted? ¿Del hombre o del animal?
–Del hombre. (Ed. Quinet.)1»
Pero dejemos a los prisioneros y regresemos a la
prisión. Cárcel espléndida; ¿de qué serviría cuestionarla?
De la llanura al bosque, del bosque a la montaña y de sus
crestas nevadas a los azules horizontes de los mares, desde
luego el espectáculo es amplio y las magnificencias
abundan.
Es cierto que nuestra atmósfera, muy poco nutritiva
nos obliga a excavar la tierra para buscar un suplemento
alimentario y que la terrible gravedad que nos ata al suelo
nos obliga a reptar por él penosamente. No importa, nuestra
tierra es espléndida, y cuán dramática es su historia en los
anales del cielo.
Escuchad este rápido resumen.
Formada de un fragmento de sol que fue arrojado
desdeñosamente al espacio por el soberbio rey de nuestro
sistema planetario, obedece al impulso dado y gira en la
órbita de su generador.
Vapor incandescente al principio, luego torbellino
luminoso, luego radiante estrella, brilló durante millones de
siglos en los abismos del éter glacial. Lentamente se fue
enfriando y lentamente se condensó. De una blancura
1
La Creación.
143
deslumbrante al principio, del color de las estrellas jóvenes,
blanca como Sirio, glorioso hermano de nuestro sol, tomó
un tinte dorado de este último, luego pasando al rojo vivo,
gradualmente oscurecido, acabó, desprendiéndose de sus
propias escorias que flotaban en su superficie, para hacer un
globo ardiente donde torrentes de vapores sucesivamente
condensados en diluvios, luego nuevamente vaporizados, se
elevaban y caían en cataratas, para elevarse todavía en
medio de las más inimaginables deflagraciones de truenos y
rayos que, sucediéndose los unos a los otros, se fulminaban
entre ellos.
Cien veces expulsado por la corteza incandescente,
subiendo para volver a caer sin cesar, el mar acabó por
instalarse sobre el globo gradualmente enfriado.
El océano de las primeras edades se extendió
ampliamente, y la tierra uniformemente llana desapareció
bajo las aguas. En esas aguas tibias, electrizadas,
estremeciéndose de energías genésicas, se formó el
protoplasma, masa gelatinosa, océano de vida amorfa y
confusa cuyos viscosos remolinos se mezclaban con las
olas.
En esa materia viva, se formaron unos núcleos,
rodeándose de membranas donde la célula, reina del
mundo, cápsula de vida, apareció y se organizó en su gran
poderío.
El océano se pobló de esas células, amebas, esponjas,
algas y ficus tapizaron los bajos fondos, al mismo tiempo
que microscópicos animalillos edificaban con sus conchas
muertas los cimientos de los futuros continentes.
Al cabeza de estos primeros fundadores del globo,
estaba el trilobites. Tiene un caparazón, se dirige en las
aguas y su ojo es el primero que se haya abierto bajo las
luces del cielo.
144
Las montañas aún estaban hundidas bajo la amplitud
de las mareas. Aquí y allá emergían algunas playas donde
arraigaban plantas marinas arrancadas por la tempestad. Ese
fue el reino de los criptógamas. Luego, por todas partes,
surgieron los helechos gigantes que constituyeron los
primeros bosques.
Fue entonces cuando comenzó la era de los volcanes.
Momentáneamente sumergidos bajo las aguas, todos esos
titanes, exutorios formidables de un globo mal apagado,
levantan sobre las olas sus bocas inflamadas, vomitando sus
escorias, sus lavas, sus basaltos y sacudiendo a la joven
tierra con sus convulsiones desesperadas. En esta lucha
gigantesca de las aguas con el fuego, muchos de ellos son
apagados; pero aún quedan algunos en los flancos de
nuestro planeta asentado.
El Hecla, el Etna, el Vesubio, el Stromboli envejecen
sobre nuestra Europa, y mientras el Erebus y el Terror
humean en los confines de las regiones australes, arrojan
llamas y crecen en el nuevo continente centenares de
volcanes a los que Ritter llama el círculo de fuego.
«Terrible iluminación – añade Michelet – que constituye el
pavor del mundo y al mismo tiempo su seguridad. Los
guardianes de Asia, de la Polinesia miran a los de los
Andes. Oceanía salpicada de innumerables volcanes
apagados todavía tiene doscientos activos1».
En los tibios estanques reptan algunos batracios
monstruosos, pronto seguidos de reptiles más monstruosos
todavía, cuyas hordas feroces de boca babeante han llenado
unos periodos en los que los siglos se amontonan a los
siglos. – Esos fueron nuestros antepasados de los que
ciertamente no podríamos enorgullecernos.
1
La Montagne.
145
Luego llegó el periodo de los colosos mamíferos:
Megaterios, mamuts y mastodontes de los que los elefantes
de nuestros días no son más diminutos. Junto a la fauna se
desarrolló en su joven potencia una flora lujuriosa. Hojas y
flores enguirnaldaron la tierra. En los bosques nuevos, de
otro modo ricos como las bosques de hulla, apareció el
pájaro cuyas alas van de una isla a otra, ya todas colmadas
de insectos. Por encima de la tierra, de los bosques y de los
mares cuyas olas susurraban en los golfos redondeados, se
extendió un cielo sereno, resplandeció un sol radiante.
De esta tierra hasta entonces llana y uniforme,
surgieron las jóvenes montañas. Se levantó el Jura. Los
Pirineos se agitan y se levantan. Los Alpes, hasta antes
humildes colinas, se elevan a su vez. Vacilantes al principio
y no subiendo más que lentamente, de nuevo se arrodillan
en el mar Helvético, luego se vuelven a levantar finalmente,
altos y orgullosos tal y como hoy los vemos. Al mismo
tiempo, más allá, se alza el Cáucaso, mientras que el
gigantesco Himalaya amontona sobre sus contrafuertes sus
cimas dominadoras y sobre la otra cara del globo, las
cordilleras de los Andes, tomadas del mismo
estremecimientos, erizan de una América a la otra las
vértebras de su espina colosal.
El mundo era a partir de ahora habitable. El teatro
estaba preparado para el último actor, el actor del drama
eterno.
Y fue entonces cuando apareció el hombre.
El hombre, no; los hombres, pues el mítico personaje
que se llama Adán no fue, ni el único, ni sobre todo el
primero. Pero hablemos del hombre tipo que nosotros
aislamos de sus congéneres.
¿De qué ganga animal fueron formados sus primeros
tejidos? ¿De dónde emergía cuando por primera vez su ojos
146
se abrió a la luz y su cabeza finalmente se levantó hacia el
cielo?...
Ante él, sobre una tierra baja, casi todos los eres
caminaban con la cabeza inclinada hacia el suelo; pero él, él
debió nacer sobre alguna llanura, desde donde percibía por
encima alguna tierra montañosa que atraía sus miradas
hacia lugares más elevados1.
Es con el hombre como se termina la serie zoológica.
Es él, el último nacido, que resume y da el último toque a la
obra mil veces secular de las solidarias evoluciones.
«El principio pensante, – dice G. Delanne2 – ha
recorrido lentamente todos los escalones de la vida
orgánica; fue mediante una ascensión ininterrumpida
durante una serie de siglos, como ha podido lentamente
fijarse, en su envoltura fluídica, todas las leyes de la vida
vegetativa, orgánica y psíquica. Hizo falta recomenzar
muchas veces esta larga iniciación para que todos esos
movimientos conscientes, queridos, sentidos, llegasen a la
inconsciencia y al automatismo perfecto que caracterizan a
las reacciones vitales y a las acciones reflejas. NO es de
repente que cada ser haya llegado a ese resultado, la
naturaleza no hace milagros, ella siempre va de lo simple a
lo compuesto. Para que un organismo tan complejo como el
hombre, que reúne los caracteres más elevados de todas las
criaturas vivas, pueda existir, es necesario absolutamente
que haya recorrido toda la serie en la que él resume los
diferentes estados.
Llegando a la humanidad, el alma ya es vieja; su
envoltura ha fijado bajo forma de leyes los estados
sucesivamente pasados, y es tal vez debido a esta causa a lo
que se debe la evolución fetal que hace pasar al embrión
1
2
Ed. Quinet. La Création; de Rossi, Congreso de Antropología, 1867.
L’Évolution animique.
147
por todos los estados que el alma ha recorrido con
anterioridad. »
He aquí ahora en la vida, a este niño del que hemos
contado su nacimiento, ese hombre que las leyes de su
evolución han llevado a este « valle de lágrimas », en el que
tenemos que revivir todos nosotros, los reencarnados.
Pues bien, digámoslo en voz alta, esta vida será
fecunda y relativamente feliz para él si sabe y quiere
comprender su significado.
Sí, noble y bella cosa entre todas como una vida recta,
simple y pura, abierta a las grandes ideas, accesible a los
sentimientos generosos. Cuánto nos consuela de las
fealdades humanas el reconfortante espectáculo de un
hombre que sabe de dónde viene, que sabe a dónde va, que
ha sabido elegir la vía directa y camina por ella sin
retroceder, sin detenerse, sin capitulaciones de conciencia.
Es algo que para él prima sobre todo lo demás y cuyo
nombre resume todas las obligaciones de la vida terrestre:
el deber1.
Y para completarlo ha recibido como don supremo –
auténtico patrimonio divino – su intangible, su inalienable
libertad. Ha recibido más aún, puesto que él aporta al venir
al mundo, las nociones hereditarias, las impulsiones innatas
de la ley moral imborrablemente grabadas en su corazón.
Imborrablemente… no siempre tal vez. Puede desfallecer,
rebajarse, envilecerse en abyecciones antiguas, volver a
descender algunos escalones ya franqueados; pero el dolor
está ahí vigilante, fuego purificador que afina,
1
En una humanidad suficientemente evolucionada, – dice el Dr. E.
Gyel, es decir inteligente y buena, el principio de obligación dará lugar
al principio de libertad. La noción de deber desaparecerá casi por
completo para ser sustituida por la noción del amor. En efecto, se habrá
convertido en un placer hacer el bien y un sufrimiento hacer el mal.
148
deshaciéndose de las escorias y haciendo subir a la
superficie al que se sumía en la oscuridad de los bajos
fondos.
Bajo la influencia de esta ineluctable higiene del alma
que le impone la ley de la evolución, las perspectivas
cambian, los horizontes se amplían. No se trata en esta
ocasión de esa rareza dogmática, base de nuestras religiones
modernas, que transforman en factores de salvación
personal las diversas tribulaciones de la tierra, rebajando
esta obra que solo el egoísmo inspira y dirige.
La filosofía de la doctrina esotérica nos concede más
altas prerrogativas. Lo que debe y puede buscar el hombre,
no es ya esa felicidad exclusivamente terrestre con la que
sueñan los materialistas, ni esos problemáticos goces que
esperan encontrar los creyentes ortodoxos en el seno del
paraíso concebido por su mezquina imaginación.
Lo que el hombre quiere, cuando ha comprendido la
vida, a lo que aplica todas sus energías, es a la perfección
continua de su personalidad, – noble y reconfortante
iniciación que diviniza a la humanidad.
Delante de la amplia perspectiva de nuestras
existencias de la que cada una de ellas es un combate por la
conquista de la luz, ante esta ascensión del ser que de
círculo en círculo se eleva hacia lo Perfecto, el problema
del mal desaparece sin retorno. El mal no tiene existencia
absoluta. Simple efecto de contraste entre la luz y la
oscuridad. El mal, es la situación de inferioridad, es el
escalón anterior, la fase transitoria que atraviesan los seres
en su ascensión hacia un estado mejor.
Tenemos un alma dotada de admirables virtudes, pero
latentes, dormidas. Son esas virtudes que hay que sacar a la
luz, con las que es necesario organizar el juego regular.
Tenemos una razón débil, vacilante; ¿pero no es esta
149
misma razón la que por sus vagos presentimientos y sus
misteriosos recuerdos, nos revela sus propios
desfallecimientos? La razón humana no es más que un
reflejo de la razón trascendente, un vago reflejo, lejana luz,
pero no por ello posee menos como brújula el sentido
interno de su normal orientación. Sus aptitudes le son
inherentes y es de la florescencia de la planta humana como
vemos surgir, abrirse, todas esas flores maravillosas que se
llaman bondad, dulzura, paciencia, resignación, tolerancia,
olvido de sí mismo, piedad, devoción, por encima de las
cuales se eleva y domina la virtud por excelencia,
reguladoras de la conciencia, inspiradora del corazón: la
Justicia – gloriosa emanación de las más altas virtualidades
divinas.
Escuchad a Jean Reynaud, el inspirado precursor que,
adelantándose a su tiempo, presintió la pura doctrina y, con
lenguaje soberbio, trazó las grandes líneas entreabriendo los
luminosos horizontes1:
La vida se desarrolla eternamente en la inmensidad
del universo. La creación no tiene límites, ni en el tiempo ni
en el espacio. Si el teatro de la vida es infinito, es necesario
que el movimiento de la vida que allí se representa sea
igualmente infinito. Infinito por la duración, infinito por la
extensión, infinito por las poblaciones que contiene en el
seno de su vibrante inmensidad.
Como no hay más que un Dios, no hay más que un
cielo. Esta misma tierra gira en el cielo que constituye
nuestra residencia2, Transportados sobre la nave de la tierra,
nos sentimos flotar desde el presente hasta el infinito, en
nuestra morada eterna.
De ahí, ¡qué espectáculo para quién sabe
comprenderlo! En esas profundidades estrelladas, donde
1
2
Terre et Ciel (resumen de los principales pasajes)
Ver les Terres du ciel de C. Flammarion.
150
cada grano de polvo es un mundo, la inmensidad se anima a
nuestros ojos. No puedo distinguir los grupos vivos que la
habitan; pero veo los faros que las agrupan y me emociono
con la idea de que los rayos que nos llegan a través del
espacio sean los mismos rayos que iluminan a todos esos
hermanos celestes. Respiramos todos juntos en la misma
luz. ¿Cómo no estar agitado en el fondo del alma con la
idea de tantos seres desconocidos que nos rodean,
compartiendo con nosotros el mismo tiempo, el mismo
espacio, el mismo éter y, bajo la mano del mismo soberano,
se precipitan a través de las peripecias infinitas de la vida,
hacia la misma inmortalidad.
Pero lo que hay que comprender bien, es que el cielo
no es una morada; es un camino. Esos archipiélagos de
planetas, esas pálidas nebulosas, esos soles no son una
estancia fija. Son las etapas de la inmensidad por donde las
almas deben pasar para recorrer las variadas fases de su
inmortalidad. La inmortalidad de las almas no tiene
descanso como el universo no tiene límites. El principio del
progreso no da tregua a la inagotable actividad de esas
inmortales viajeras. Nuestra propia tierra no es más que una
de las mil posadas sembradas en el camino del infinito.
Nuestro nacimiento aparente no designa la edad de
nuestra alma. Ella ya ha vivido como seguirá viviendo en
otra parte.
La continuidad de la vida no es para ella más que una
serie de emigraciones. En cada una de estas etapas
marcadas sobre la ruta del cielo, ella se desprende del
cuerpo que había tomado, atrae hacia ella los elementos
necesarios y se hace de ese modo un nuevo organismo para
un nuevo destino, otro cuerpo para nuevas tierras.
Ir siempre más allá en el cielo, debería ser el deseo de
todas las almas; pero no todas obedecen a esta ley sublime.
Son libres y pagan un alto precio por el privilegio de esa
151
libertad. Pueden rebajarse por bajos pensamientos, deseos
impuros, actos más o menos criminales, obedecer a las
solicitudes de la materia. Entonces son castigadas no
directamente por el Ordenador de los destinados, sino por
las consecuencias mismas que se desprendes de sus
desfallecimientos.
La maravillosa economía del plan divino descansa
sobre leyes tan simples para los fenómenos espirituales que
son las que rigen los fenómenos materiales. Leyes de
unidad, de concordancia, de similitudes por todas partes
iguales. Son leyes análogas a las de la atracción que
presiden en la equitativa distribución de las penas y las
recompensas, leyes de afinidades según las cuales las almas
desencarnadas se encuentran naturalmente conducidas al
lugar que les asignan sus meritos o sus deméritos. Por sí
mismas suben a condiciones más elevadas, mientras una
fuerza equivalente pero inversa las arrastra, llegado el caso,
hacia situaciones inferiores.
Y son esos diversos estados de las almas lo que
explica todas las desigualdades físicas e intelectuales que
diferencian a los hombres.
La muerte se encuentra pues en el punto de partida de
una encrucijada de rutas divergentes que deslumbran en
todas direcciones. La que debe seguir nuestra vida futura
está desde hoy en nuestras manos, pues no es en definitiva
más que la prolongación de nuestra vida presente.
De todos estos caminos, ¿cuál tomar? – Aquél que
sube recto. Sobre los demás nos estacionaríamos, daríamos
rodeos, tal vez diésemos marcha atrás. Solo el que nos lleva
en línea recta al ideal. El Polyorama data originalmente de
mediados del siglo XVIII, y consiste en una serie de tarjetas
ilustradas que combinan para formar un paisaje sin fin. Se
pueden colocar las tarjetas en cualquier orden, y los cuadros
inmóvil cabrán juntos para crear un paisaje. Con 16 cuadros
152
hay 16 posibilidades factoriales, es decir, se pueden realizar
20.922.789.888.000 de posibilidades de unir los 16 cuadros
para formar el paisaje sin fin
Es esta vía central la que forma el eje del universo. Es
alrededor de ella donde todo se agita; es en ella a donde
todo regresa. Desde el punto cualquiera que partan las
almas, hacia algún hogar lejano al que las hayan
transportado las perturbaciones y los giros de su destino,
siempre acaban por incorporarse a esta vía, y el hombre se
elevará a través de los esplendores crecientes del mundo
sideral, medidos por una ley de infalible proporción a los
esplendores de sus virtudes.
¡Maravillosa apoteosis!
Lo que no quiere decir que a través del curso de
nuestras existencias nuestra individualidad pueda disolverse
o al menos perder la claridad de sus contornos. Tras los
sueños de cada noche, nos despertamos cada mañana de un
estado tan extraño como la muerte. Nuestros sueños han
sido para nosotros tan reales como la realidad de la víspera.
Éramos el mismo individuo; pero estábamos en otro medio
donde llevábamos otra existencia. Semejante a los
hipnotizados, a los sonámbulos, tenemos como dos
conciencias, dos vidas alternas y enteramente distintas, pero
de la que cada una tiene su continuidad racional, y que se
enmarcan alrededor de un mismo principio vivo, como unos
cordones de distinto color alrededor de un hilo invisible.
Ese hilo invisible es el cuerpo fluídico del que el alma
se envuelve. Tras cada una de esas muertes que terminan
las reencarnaciones, tras el eclipse momentáneo que la
materia ha provocado a nuestro alrededor, surge una nueva
luz que ilumina toda la serie de las existencias relacionadas,
soldadas las unas a las otras por la memoria dormida bajo el
153
caparazón de la carne, pero que, persistente a pesar de todo,
se recorre despierta a la hora de la liberación.
Nos parecemos al cohete. Sube en una oscuridad
relativa, pero, llegado al más alto punto de su carrera,
estalla en un haz deslumbrante, en una lluvia de estrellas
que, cayendo, iluminan todo el recorrido de su trayectoria.
Pero – se puede objetar todavía – nosotros no nos
acordamos, durante la vida terrestre, de lo que hemos sido
en el pasado, olvido nefasto que anula a nuestros ojos la
sanción de nuestros sufrimientos, la legitimidad de nuestra
expiación.
Olvido nefasto, habéis dicho; yo respondo, y ya lo he
dicho, ¡olvido providencial!
La vida de aquí abajo sería del todo imposible si
hubiésemos conservado el recuerdo de nuestras
imperfecciones, de nuestras groserías pasadas o
sencillamente de nuestros desfallecimientos. ¿Qué sería la
sociedad de reencarnados si se reconociesen entre ellos, si
sus malas acciones recíprocas saliesen del olvido y si
verdugos y víctimas se volviesen a ver cara a cara, bajo la
fulgurante y trágica luz de una memoria convertida
repentinamente en clarividente? ¿No experimentamos a
veces ciertas simpatías inexplicables, ciertas antipatías
sobre todo que parecen transparentarse por un desgarro de
velo que nos oculta el pasado? ¿Qué sería si el velo entero
desgarrado por una luz fulgurante nos revelase todo
súbitamente?
¿Qué importa ese sobreañadido a nuestra
personalidad? La cochinilla ignora a la crisálida que no se
acuerda ya de la cochinilla, sin presentir la mariposa. ¿Es
que le impide a esta última, regocijarse en la suprema
encarnación de su ser, gloriosa metamorfosis, flor alada
154
que, en la embriaguez de su vuelo, ha olvidado ella también
a la cochinilla y a la crisálida?
Esto es lo que nos promete la vida y es la mariposa la
que sobrevivirá.
A nuestro alrededor vienen y van los futuros
conciudadanos de nuestra vida de ultratumba, pueblo
invisible pero siempre presente, familia celeste de
hermanos, de amigos, de protectores, de consejeros. Un
buen pensamiento que surge en nuestro cerebro, sin que lo
hayamos presentido, que a veces incluso parece estar en
contradicción con los nuestros, pero que los domina y
dulcemente se impone, nos es sugerido por nuestros
queridos invisibles.
De mil maneras se comunican con nosotros. Liberada
por el sueño, por el sonambulismo sobre todo, de la atadura
a la materia, nuestra alma se escapa y va a flotar en las
regiones etéreas donde nos rodean luminosas legiones.
Momentáneamente libre, Psique gana la patria añorada,
donde le llegan multitud de recuerdos del pasado y
previsiones del futuro. Así es como se inspiran los poetas,
los inventores, los hombres de genio y que van a
relacionarse con aquellos de los que éstos realizan sus
deseos, dando el último toque a la obra interrumpida.
Cuántas inspiraciones nos han sido proporcionadas
por antiguos amigos cuyo recuerdo se nos escapa, pero que,
ellos, no nos han olvidado. De este modo se explican esos
descubrimientos simultáneos, nacidos a espaldas los unos
de lo los otros, esas ideas comunes de las que se dice que
están en el aire y que testimonian comunicaciones
incesantes entre todas las humanidades.
Letargos, catalepsias, mediumnidades, visiones
remotas, éxtasis, tantos fenómenos conexos teniendo el
mismo origen y que no difieren más que por su intensidad.
155
Y es así como en el éter vibrante, donde se asocian los
cielos y las tierras, los vivos y los desencarnados, llevan a
cabo en común la obra universal, bajo el ojo del
Organizador del plan divino del que somos gloriosos
colaboradores.
_________________________
156
157
CAPÍTULO V
LA MUERTE
El tiempo se ha cumplido; la prueba de la vida ha
llegado a su término. El organismo usado se debilita. Las
funciones se eclipsan. Los lazos materiales se desatan. La
vida pierde consciencia de sí misma y la última hora va a
sonar. ¡Hora solemne donde las haya!
¿Qué va a suceder?
He aquí planteado el más formidable de los
problemas. ¿Quién lo resolverá? Las religiones han
fracasado. La muerte permanece siendo para ellas el « rey
de los espantos ». Los filósofos balbucean. El materialismo
se ha conformado con sonreír, sonrisa gesticulante de mal
gusto; en absoluto tranquilizadora.
Solo la doctrina esotérica ha respondido sin vacilar,
claramente, categóricamente.
He aquí esa respuesta:
Muy diversas son las sensaciones que preceden y
siguen a la muerte, según la situación moral en la que se
encuentre el alama del que va a realizar el « gran viaje »,
por utilizar la expresión habitual. Conocemos al viajero. Lo
hemos visto nacer; lo hemos seguido en la vid y he aquí que
nos lo encontramos a las puertas del sepulcro, sobre el
umbral del reino de las sombras, en es estremecimiento
supremo de lo desconocido.
Es despés de una serie de eclipses sucesivos, de
desfallecimientos intermitentes como va a apagarse esa
vida. Ese cuerpo se va a desorganizar por fragmentos
esperando la irremediable descomposición.
He aquí la muerte, la auténtica muerte – tinieblas sin
luz, noche sin aurora, tumba que sella para la eternidad la
pesada piedra que ningún poder podría levantar.
158
¿Qué va a quedar de ese vivo que por siempre cae en
el abismo?
–Nada, – decís vosotros.
– Todo, – esa es mi respuesta.
Le queda todo lo que lo ha hecho vivir: el
pensamiento, el sentimiento, el amor… algunas veces
también el odio.
El odioso andrajo cae sobre la ruta. ¡Qué importa al
sobreviviente, puesto que permanece su alma imperecedera
que envuelve, imperecedera como ella, su cuerpo glorioso,
formado de éter, tejido de materia sutil que se ríe de los
gusanos de la tumba, escapa a la piedra sepulcral y levanta
el vuelo!
¿Quién creía que ella iba a morir allí?
Todos o casi todos. Lamentable ignorancia humana,
ciega obstinación que no sabe y no quiere saber.
Morir es volver a nacer. La muerte no existe. No es
más una cosa que un estado; es una transición, un paso, un
despertar. Es un nuevo acto en el drama de la vida, y si el
telón baja un instante, es para levantarse sin entreacto.
En las proximidades de la agonía, el alma a veces
tiene el presentimiento de la separación que se va a operar.
« ¡Voy a morir!» dice estremeciéndose aquél que abandona
todo, y a veces también, en las luces de una especie de
brillo que ilumina y pasa, vuelve a ver toda su vida entera
enmarcada, encerrada en un cuadro donde se le muestra una
rápida recapitulación.
Pero he aquí llegado el último minuto. La circulación,
que desde algunas horas se había ralentizado, cesa
súbitamente. El corazón se detiene y se exhala el último
suspiro en una última bocanada. Todo ha acabado.
El alma, entonces, golpeada de estupor, pierde
consciencia de sí misma; es lo que se denomina la «
159
confusión espírita ». El estado de esa alma, de algún modo
desvanecida, se parece a la de un hombre que, saliendo de
un pesado sueño, intenta recuperarse y lucha contra su
pesadez comatosa.
Poco a poco va regresando la lucidez y el ama toma
consciencia de sus sensaciones a medida que se desanudan
las ataduras materiales y se disipa esta especie de niebla
donde ella flota como en un sueño.
La duración de esta confusión es muy variable. Puede
durar horas, meses, años enteros, entre aquellos cuyo
cuerpo fluídico está hecho de una materia densa con la cual
se han identificado, necesitan una lentitud extrema para
escapar a sus ataduras.
¡Ah! ¡en qué sopor de pesadilla se debata ese
prisionero de la ganga terrestre! «Ya no tiene – dice Schuré
– ni brazos para estirarse, ni voz para gritar su miseria; pero
se acuerda y sufre en sus limbos de tinieblas y de espanto.
La única cosa que percibe junto a él, ¡horror inexpresable!
es ese cadáver que no pertenece siquiera ya y por el cual
experimenta aún una invencible y espantosa atracción; pues
siente que el mediante él por lo que vivía. Ahora bien, ¿qué
es él ahora? Se busca con espanto en las fibras heladas de
ese cerebro, en la sangre estática de esas venas, y no se
encuentra ya. ¿Ha muerto; está vivo? Lo ignora. Quisiera
poder agarrarse a algo; pero no puede hacerlo en su nada y
es el caos el que lo rodea. No ve siempre más que esa
misma cosa « que ya no tiene nombre en ninguna lengua,
que lo atrae y lo hace estremecer de asco… la
fosforescencia siniestra de sus despojos putrefactos».
Extrañas, odiosas y a veces grotescas,
particularidades que acompañan la muerte de
individuos, según su carácter y el tipo de muerte
han sucumbido. En las muertes violentas por
son las
algunos
a la que
suicidio,
160
suplicio, apoplejía o accidente súbito, el alma sorprendida,
espantada, no cree en esa muerte que la ha despojado
brutalmente de su cuerpo material. Es en vano como a partir
de ahora ella ve esa envoltura independiente de ella,
considerándola como suya, y esa extraña ilusión se
prolonga y dura hasta el desprendimiento completo de
cuerpo fluídico que flota, por así decirlo, entre el alma y el
cadáver. – (Ver la nota 4)
Esta alma, ignorante de los fenómenos que
acompañan el tránsito y persistiendo en creer que la muerte
no es nada más que la nada definitiva, no comprende en
absoluto la desencarnación. ¿Y cómo podría hacerlo?
puesto que se siente viva, puede pensar, y cosa increíble, se
ve revestida de un cuerpo que se parece al otro, que sin
embargo no es el otro, pero del que no puede constatar la
naturaleza semi material.
Al igual que los nuevos sonámbulos que no quieren
creer que duermen, ese nuevo fallecido no cree en su
muerte. La comprende tan poco que se pregunta a veces lo
que significan esas disposiciones funerarias que se realizan
a su alrededor. Cuantos de ellos, en esas extrañas
disposiciones de espíritu, acompañan su propio cortejo y no
ven más que como a un extraño a ese cadáver que se
transporta a su última morada. Cuantos de ellos, con una
comprensión a medias de la verdad, se ven en medio del
grupo de sus parientes, de sus amigos y a veces son
llevados a hacer singulares reflexiones sobre la comedia de
los herederos que, llorando por un ojo y riendo por el otro,
testimonian sus verdaderos sentimientos más o menos
hábilmente disimulados. Y a cuántas otras escenas asisten
igualmente algunos fallecidos, a medias conscientes, en la
apertura del testamento que rodean los convocados y donde
se libran a una carrera en la mas sinvergüenza de las
161
impudicias, los desengaños, los celos feroces, en presencia
de codicias satisfechas.
¡Extrañas lecciones de filosofía para los
desencarnados que nos ven, nos aprecian y nos juzgan!
De todos estos hechos se desprende que la
materialidad del cuerpo etérico es siempre proporcional al
valor moral del alma. Psique no porta más que el vestido
que merece y la tela es tanto o más burda, cuánto su
inmaterialidad deja más que desear.
Si el desprendimiento de las almas materializadas que
no quieren separarse de la tierra presenta esos fenómenos
de excesiva lentitud, ocurre lo contrario para el alma pura
que ha preparado para la muerte sus pensamientos elevados
y sus altas aspiraciones. « Sus sentidos, sentidos
completamente espirituales, ya se habían despertado.
Habían tenido como el presentimiento magnético de la
proximidad de un mundo nuevo. Escucha algo así como
lejanas llamadas, siente unas significativas atracciones de
ese mundo habitado por amigos cuyos simpáticos efluvios
llegan hasta ella, y bajo la influencia de esas poderosas
llamadas, las ataduras de la materia se rompen o más bien
se desatan dulcemente y como el alma, levantando el vuelo
de su prisión terrestre, se lanza, y con qué embriaguez,
hacia su patria espiritual. » (Ed. Schuré)
Los Espíritus de orden inferior permanecen pues
durante mucho tiempo sumidos en una profunda noche y en
un aislamiento completo. ¡Qué terrores vienen a
perseguirlos. Qué espantosas visiones, sobre todo, padecen
los criminales a los que rodean y acosan los fantasmas
sangrientos de sus antiguas víctimas!
Igualmente para el Espíritu que no cree más que en la
nada, esta hora terrible reserva inexpresables angustias. Él
no creía más que en la vida de este mundo y he aquí esta
162
vida efímera que huye y se escapa para siempre. Espantado,
lucha entre la materia que se desprende y el alma que se
aferra en retenerla. A veces obstinándose y no queriendo
comprender, queda allí como pegada, en un acoplamiento
monstruoso, hasta la descomposición completa, creyendo
sentir, ¡horror supremo! « los gusanos de la tumba
comiendo la carne1»
Las obras de espiritismo nos cuentas la insólita
historia de un naufrago que, algunos meses después de su
muerte, él mismo narraba, en una comunicación con el más
allá, que su alma confusa había estado durante jornadas
enteras, en pleno océano, mientras su cadáver se
descomponía entre la espuma de las olas desencadenadas.
Bajo nombres muy diversos se ha designado, en los
lenguajes de los pueblos, esta fase misteriosa y terrorífica
de la vida deslizándose y circulando en el agujero negro.
Para Moisés se llama Horeb, para Orfeo es el Erebe;
en la doctrina cristiana es el purgatorio o, más
expresivamente aún, el valle de sombras de la muerte. Los
iniciados griegos, más prácticos y que querían localizarla
con claridad, la situaban en el cono de sombra que la tierra
arrastra detrás de ella y que se extiende hasta la luna, lo
llamaban el agujero de Hécate. En esta sombra siniestra,
prisión de barrotes ficticios, deambulan, según los Órficos y
los Pitagóricos, las almas desamparadas que tratan de ganar
el círculo de la luna; pero que la violencia de los vientos
abate por millares sobre la tierra, torbellinos de hojas, dicen
Homero y Virgilio, bandadas de pájaros que la tempestad
turba.
1
Expresión figurada empleada por un Espíritu desencarnado en una
comunicación de ultratumba.
163
En resumen, el destino de las almas después de la
muerte está establecida por una ley natural análoga a las
leyes de atracción y de afinidad. El espíritu impuro, pesado
por los fluidos materiales, permanece confinado en las
capas inferiores, mientras que el alma pura y ligera flota y
sube naturalmente hacia las regiones radiantes.
Por otra parte, lo sabemos, es en su propia conciencia
como el Espíritu encuentra su recompensa o su castigo. Él
es su propio juez. Tras la caída del último trozo de su carne,
aparece a sus ojos el intenso panorama de sus vidas
transcurridas. Todo surge de las sombras; todo reaparece al
día.
Hora amarga de desilusiones y remordimientos,
cuando reaparecen las escenas criminales.
Por el contrario, hora exquisita de satisfacción serena
y de goces inefables, cuando se vuelven a ver las buenas
acciones sencillamente cumplidas y los desinteresados
actos de abnegación.
Y es entonces cuando aparece entera, innegable, la
correlación que vincula, las unas a las otras, todas las
existencias sucesivas. El pasado explica el presente que así
mismo hace prever y determina el futuro.
Pero abandonemos esas regiones de inquietud y
angustia. Salgamos de ese agujero de Hécate, de ese Erebe,
de esa valle de sombras de la muerte… y penetremos en la
luz.
________________________
164
165
CAPÍTULO VI
VOLVER A NACER
¡Deslumbramiento y vértigo!...
Pobre e inexpresiva lengua la nuestra. ¿En qué
términos y mediante que imágenes, voy a intentar dar una
idea, incluso confusa, de las inconcebibles sensaciones que
experimenta el ama luminosa desde su llegada a la patria
reconquistada, bajo su transparente envoltura etérea?
Todo recuerdo de la tierra de los dolores se ha
esfumado súbitamente.
Renacemos como hemos nacido. Abandonamos esta
tierra en una inconsciencia de limbos donde acaba de
llevarse a cabo nuestra última fase de depuración. Tras la
inconsciencia viene una especie de sopor o sueño, sueño
diáfana en el éxtasis del cual experimentamos unas vagas
pero exquisitas delicias. Sentimos que se opera en nosotros,
mediante una lenta metamorfosis, una regeneración
gradual. Vemos caer, escama por escama, todas nuestra
taras humanas, todos nuestros antiguos estigmas de
minusvalías y de dolores.
Es entonces cuando se realiza, en su intensidad
radiante, la vieja pero admirable imagen de la mariposa
simbólica que, al salir de su oscura crisálida que un último
golpe de ala rompe, levanta el vuelo en un rayo de sol.
A nuestro alrededor, en las transparencias de una
atmósfera astral y como diamantina, entrevemos formas
blancas que flotan. Sentimos como ligeros roces que nos
levantan…
¿Quién nos mece de ese modo con esas suaves
ondulaciones?
166
Son nuestros guías celestes, nuestros amigos de allá
arriba que nos esperaban y vienen a recogernos desde las
primeras horas de la desencarnación para llevarnos a las
profundidades del paraíso1.
En ese momento nuestras sensaciones, hasta las más o
menos confusas, se precisan con nitidez. Se produce en
nosotros una eclosión de facultades dormidas. Emana de
nosotros como
una multiplicación de sentidos
desconocidos que, súbitamente, despuntan y funcionan en
una inexpresable unidad. Todo en nosotros ve, oye, percibe,
adivina a distancia, en una especie de intuición magnética.
¿Ya no estamos sumergidos en el éter cuyas vibraciones
nos penetran?
Y mediante un vuelo de rapidez vertiginosa a través
de las profundidades del espacio, se opera esa prodigiosa
expansión de nosotros mismos. Con una intensidad de
visión que supera toda concepción terrestre, vemos pasar,
en huidizos torbellinos, las miríadas de mundos que
pueblan el infinito, y tras haber franqueado a través de
largas y anchas olas de océanos de polvo luminoso, como
llegamos por fin… ¡Visión de sueño!... ¿En qué tierra del
cielo nos hemos detenido?
Todo aquí es transparencia, penetración, visión
ilimitada. En esas radiaciones de luz incomparable, todo
vive y respira, desde la montaña a la llanura, desde el
animal a la flor. Mediante emanaciones recíprocas de cada
1
Recordad la melodiosa estrofa del poeta:
En ese tiempo, del cielo la puertas se abrirán,
Del Santo de los Santos emocionado los fuegos se descubrirán
Todos los cielos un momento brillarán desvelados,
Y los elegidos veían, luminosas falanges,
Venir a una joven alma, entre dos jóvenes ángeles,
Bajo los pórticos estrellados.
167
ser hacia cada ser, flotan efluvios eléctricos que sobrexcitan
las facultades sensitivas – ¡cuán multiplicadas por lo
demás!
Nuestros cinco sentidos terrestres aquí son dobles,
triples, en unas condiciones extrañas de asociaciones
inesperadas. Percepciones
intuitivas, asimilaciones
inmediatas hacen de nuestro transfigurado ser un organismo
receptivo en el que penetran todas las impresiones
proporcionadas por los medios ambientales.
La mirada se embriaga en no sé qué océano de
claridades melodiosas, en no sé qué otro océano de
luminosas armonías con las que se deleita el oído.
Las palabras de nuestro lenguaje habitual aquí no
tienen aplicación posible. Todo se penetra, se confunde, se
amalgama en combinaciones indecibles, donde los sentidos
que intervienen se reemplazan, se asocian y se exaltan.
No se sabe de donde brotan todos esos estallidos.
¿Esos sonidos no emanan de esas gamas de colores
prismáticos; de esas luces coloreadas de las que salen esas
armonías celestes de las que nadie, aquí abajo, sabría
expresar sus increíbles magnificencias?
En medio de esas olas melodiosas, de esos amplios
acordes moribundos desplegándose en manteles ondulados,
pero de donde brotan, aquí y allá, notas que huyen, luego
estallan mediante arpegios en haces sonoros, del seno de
esas resonancias inefables pero flotantes e impersonales,
surgen voces… voces incomprensibles, acentos milagrosos.
Todo lo que posee de turbadora suavidad el timbre
cristalino de nuestra cítaras, de nuestras armónicas o las
gamas aterciopeladas de nuestras arpas, emana de esas
voces sobrenaturales, verdaderas voces de almas que, no
pudiendo traducir en palabras cualesquiera su armonía
desbordante, la exhalan en este lenguaje musical que parece
168
ser la misma vibración de la vida universal que repiten y
prolongan los estremecedores ecos del infinito.
Y esos coros incomparables bordan el tema que
ejecutan y acentúan las bases profundas de la orquestación
general con deslumbrantes arabescos y prestigiosas
variaciones.
Detengámonos… ¿Cómo puede el lenguaje humano
dar una idea, incluso lejana e insuficiente, de esas armonías
ultraterrenas, a los acordes de las cuales el alma, como
embriagadas de sobrehumanas sensaciones, palpita y se
abandona?
¿Qué son los conciertos de la tierra – son los propios
Espíritus quiénes nos lo dicen – al lado de la inefable y
turbadora música sideral?
¿Qué decir de los habitantes que pueblan esas
regiones paradisíacas?
A nuestro alrededor flotan forman luminosas,
hombres y mujeres, que vienen a iniciarnos en los misterios
de la vida espiritual.
¿Son ángeles, dioses, diosas… esos seres extraños,
translucidas encarnaciones de no sé que personalidades
inverosímiles?
Nada de inverosímil; en absoluta visión de sueño. –
Son nuestros parientes que se nos han adelantado, nuestros
queridos desaparecidos que se nos presentan, bajo el
glorioso aspecto de su transfiguración divina: padres y
madres, esposas e hijos, hermanos y hermanas, amigos
reencontrados, amigos olvidados de los que fuimos
contemporáneos en épocas pasadas y que reconocemos
enseguida, surgiendo a nuestros ojos y reviviendo esas
súbitas evocaciones.
169
De todos estos rostros radiantes de eterna juventud, de
todos esos cuerpos diáfanos, dimana un brillo de ternura, de
amor, y esas penetrantes simpatías de la que la fisionomía
humana no nos da tan a menudo más que la expresión
disfrazada o mentirosa. En absoluto hay necesidad de
intercambiar palabra entre eses seres glorificados, para
comprenderse, apreciarse y amarse. Todo pensamiento se
vuelve común en la solidaridad de esas almas hermanas
quién de todo corazón se asocian para la obra de su
regeneración colectiva.
Que armonía y qué santa emulación, entre esas
criaturas transfiguradas cuyas aspiraciones, siempre más
elevadas, no tienen otro objetivo que un ideal siempre
superior y a la conquista del cual se lanzan con una certitud
de triunfo que no desanima ningún desfallecimiento.
Y en qué medio incomparable evolucionan todas esas
humanidades divinizadas. Todos los esplendores del
universo destacan ante nuestros ojos, en el vuelo fulgurante
que nos transporta de constelación en constelación. De una
mirada embriagada, abrazamos el prodigioso torbellino de
los mundos. Pasando jóvenes soles de una blancura
deslumbrante a viejos soles de un rojo más o menos oscuro,
vemos desarrollarse la gama multicolor de todas las joyas
del joyero luminoso.
Y qué variedad increíble en ese panorama cuya
belleza confunde y transporta. Ya hemos hablado de ella;
pero uno no se cansa de repetir esas magnificencias.
He aquí mundo cuyos días se iluminan con un sol
rosa, mientras otro sol más pálido y de tinte verde les
concede una noche de esmeralda. He aquí otros donde
resplandece el doble fulgor de dos soles diferentes,
rivalizando entre ellos y mezclando en el mismo cielo sus
luces fulgurantes, cuando las noches de esos mundos
170
fantásticos son anunciadas mediante un crepúsculo de oro,
luego terminadas por una aurora azul1.
Cuántos otros aún donde estallan tonalidades
luminosas absolutamente inverosímiles, – espectros de
prismas desconocidos, radiaciones increíbles de soles cuyos
colores, fundidos o luchando entre ellos, colman los
horizontes con las llamas de sus incendios.
Y ahí está nuestro dominio; ahí también nuestro
campo de trabajo, es decir la escuela donde se da el último
retoque a nuestra educación. Bajo la inspiración de nuestros
conductores espirituales, aprendemos a conocer todos los
maravillosos entresijos de la organización cósmica.
¿Qué importa que nuestro aprendizaje sea largo? Los
siglos están en nosotros, y a través de esos siglos se
realizará la progresión. De ciclo en ciclo, ascenderemos
siguiendo la jerarquía divina; y cuando, después de otras
existencias en nuevas estaciones escalonadas, nos hayamos
vuelto dignos de ser los colaboradores de los delegados de
lo alto, en la obra augusta del gobierno de universo, cuando
lleguemos a poder contemplar de cerca los Espíritus
glorificados, rayos vivos del Dios de los dioses cuyo
soberano esplendor hace palidecer los soles… Pues bien,
cuando hayamos alcanzado esa cima lejana que desde el
bajo fondo de las existencias nos parecía inaccesible, ese
ideal soñado, presentido, entrevisto por momentos –
habremos por fin conquistado nuestra inmortalidad.
He aquí esta vida celeste que apenas puede concebir
nuestro limitado entendimiento, pero de la que los Espíritus
desencarnados nos cuentan las prodigiosas peripecias. Hela
aquí tal como nos la demuestra la ley de las analogías y el
encadenamiento de las concordancias en la economía de ese
1
El Padre Secchi. les Etoiles.
171
plan divino que hemos tratado de indicar, aunque
débilmente por desgracia, incapaces como somos de
expresar lo indescriptible.
______________________
172
173
CAPÍTULO VII
PRUEBAS Y TESTIMONIOS
Hemos hecho una exposición. Podríamos detenernos
aquí;
pero
seguimos
escuchando
objeciones,
presentándonos dudas más o menos irónicas.
–Está muy bien, – se va a decir – las teorías son
bonitas, las promesas reconfortantes, y la exposición de esta
« nueva doctrina », tomada en su conjunto, no carece de
una cierta relevancia; ¿pero quién nos asegura que todo lo
que acabamos de leer no es el producto puro y simple de la
imaginación exaltada y sobreexcitada de todos esos
videntes, iluminados o visionarios que, bajo la cómoda
calificación de « iniciados », han llenado las edades y las «
Biblias » con sus elucubraciones?
Es tan natural creer lo que se espera, regalarse
complacientes convicciones, tan dulces, tan seductoras,
planeando con ala audaz por esas regiones translunares que
nadie ha visitado nunca… que viniendo a continuación a
plantearse como algo revelador, uno piensa en Moisés
descendiendo de la montaña llevando las nuevas « Tablas
de la ley ».
¿Dónde están esas pruebas anunciadas; dónde, esos
testimonios prometidos?
–Serán dadas esas pruebas; serán proporcionados esos
testimonios.
Vamos a comenzar por resumir rápidamente la
histórica de la cuestión, después de lo que vendrá la
relación de los fenómenos diversos, hechos antiguos,
174
hechos modernos, irrefutables testimonios, pruebas visibles
y palpables que, por centenares, por millares, nos han sido
proporcionados por las poblaciones de los dos mundos.
Si hay una doctrina noble y de origen antiguo
pudiendo autorizarse con los testimonios más auténticos
que puedan proporcionar los anales de la raza humana, es
sin lugar a dudas la Doctrina llamada esotérica, es decir
oculta o escondida, a la cual se ha dado en la India el
nombre de «Faquirismo », en Europa, el nombre de «
Espiritismo », en América el nombre de «Espiritualismo
moderno » – es de este último del que nos serviremos.
El principio fundamental de esta doctrina es en primer
lugar la inmortalidad del alma a la que se le otorga
indisolublemente la posibilidad de comunicación entre los
vivos y aquellos a los que se llama «los muertos» aunque
vivos de otro modo diferente al nuestro.
En cuanto a los principios generales que constituyen
el programa y la ley, he aquí en algunos términos el
resumen de Eugène Nus, el autor tan a menudo citado en el
transcurso de esta obra1.
«El progreso por ley de la vida – la expiación personal
expulsando el crimen – la responsabilidad proporcional a
las fuerzas – la monstruosa e inmoral concepción del
infierno arrancada para siempre de la conciencia humana –
la solidaridad erigida en dogma – la caridad escalonándose
de esfera en esfera – por todas partes el fuerte teniendo por
misión elevar al débil – por todas partes la simpatía – por
todas partes la fraternidad – por todas partes el deber.
Todo eso no es otra cosa que el aliento cristiana
ampliado, engrandecido, depurado.»
Al contrario de lo que sucede hoy, donde el
espiritualismo ha sido popularizado y adquiere sus adeptos
1
Choses de l’autre monde.
175
entre la multitud, las prácticas del antiguo esoterismo eran
el patrimonio y el monopolio tan solo de algunos iniciados
y de los sacerdotes en particular, que, aparte del provecho y
el prestigio que obtenían, se servían de ello para mantener a
los pueblos en la ignorancia y la servidumbre.
Fue en la penumbra de las primeras auroras como se
iluminó la estrella que dirige la marcha indecisa de las
lejanas humanidades. Es a miles de años antes de nuestra
era a cuando se remonta el primer código religioso, los
Vedas, y esos Vedas nos hablan ya de la existencia de los
Espíritus.
Los Espíritus de los antepasados,– dice Manou,–
invisibles pero presentes, acompañan a los Brahmas bajo
una forma aérea. Mucho tiempo antes que se despojen de su
envoltura mortal,– dice otro revelador hindú,– las almas de
los justos adquieren la facultad de conversar con los
Espíritus.
Eran los fakires, – dice L. Jacolliot1.– preparados por
los sacerdotes, que formaban colegios donde se dedicaban a
la evocación de los Espíritus y obtenían fenómenos de
hipnotismo que hubo que descubrir de nuevo tras toda una
serie de siglos.
Y que no se diga que es gracias a su ignorancia como
los hombres primitivos eran accesibles a todas las
supersticiones. ¿No sería más bien, porque estaban en el
umbral de la era humana nueva, que se acordaban de su
antigua patria a la que los unían vínculos que aflojaron y
luego se desataron, poco a poco, con los progresos
ulteriores de las civilizaciones? Aproximándose a la tierra,
se alejaron del cielo.
1
Le Spiritisme dans le monde.
176
Y ahora, podemos dar la vuelta al mundo antiguo y,
por todas partes encontraremos prácticas semejantes a las
que caracterizan las primeras manifestaciones religiosas.
Desde tiempo inmemorial en China se entregan a la
evocación de las almas de los antepasados. Desde China
vemos esos ritos pasar a Asia, luego a Palestina, también a
Egipto. Se conocen los prodigios que llevaban a cabo los
magos de los faraones, rivalizando con los que operaba el
propio Moisés, según los testimonios de la Biblia, y, aún
formando parte de las manifiestas exageraciones que
puedan encerrar esos relatos legendarios, no podemos
cuestionar que fuesen evocaciones que hicieses esos magos,
puesto que Moisés, habiendo sido iniciado en los templos
de Egipto, prohibió formalmente a los hebreos que se
dedicasen a esas prácticas misteriosas.
Lo que no impide en absoluto a Saúl ir a consultar a la
pitonisa de Endor y comunicarse por su intermediación con
la sombra de Samuel. De las pitonisas, nos encontramos en
Grecia. Homero, en su Odisea, cuenta ampliamente como
Ulises pudo conversar con la sombra del divino Tirésias.
Apolonio de Tyane, sabio filósofo pitagórico y taumaturgo
de un destacado poder, poseía conocimientos muy amplios
sobre la ciencia oculta. Su vida está repleta de hechos
extraordinarios. Ahora bien, en el número de los principios
fundamentales de su doctrina, figuraría la creencia en los
Espíritus, y en sus posibles comunicaciones con los vivos
de esta tierra. Se sabe, por otra parte, el papel importante
que desempeñaron en Roma esas mismas prácticas de
evocación de los muertos. Las sibilas, de las que se conocía
su relación con los Espíritus, eran consultadas antes de
cualquier empresa, y los propios generales – personajes
poco místicos de ordinario – se esmeraban en considerar la
opinión de esas sacerdotisas, antes de emprender cualquier
tipo de expedición.
177
Puras supersticiones, – se argumentará sin duda. – De
acuerdo, pero ¿qué importa el espíritu con el que estuviesen
hechas esas consultas? La superstición de las personas
vulgares no era sin duda más que la parodia de la fe de los
hombres serios, pero ella no testimoniaba menos a favor de
la importancia atribuida a las convicciones sinceras.
Poco a poco esas prácticas se vulgarizaron y fueron
ejercidas fuera de los templos, sin el control de la casta
sacerdotal. Tertullien, Ammien Marcellin dejan entender
que ellas se hicieron, por así decirlo, de dominio público.
Hablan de « mesas que profetizan », de « barreños mágicos
» y «de anillas reveladoras ».
Inútil añadir, sin duda, que fue debido a las más
rigurosas medidas de represión, como los poderes
teocráticos se esforzaron, desde el principio, en oponerse a
esta vulgarización de las doctrinas secretas. Se sabe, en
particular, como la Iglesia católica, que más que otra tiene
necesidad de una fe ciega, sintió la necesidad de combatir
por el hierro y el fuego esas prácticas « detestables y desde
todo punto condenables ». Con que indignación « de
ultratumba » podrían testimoniar esas innumerables
legiones de mártires, esos millones de supuestos magos y
de brujos inocentes que, condenados con una ferocidad
increíble por los Bodin, los Delancre, los Del Rio y otros
infames, expiaron en las piras torturadoras, el inexpiable
crimen de haber evocado a los Espíritus. Cuántos
miserables alucinados, neuróticos, sofocados por la miseria
y las enfermedades, perecieron en medio de los más
espantosos suplicios… « para mayor gloria de Dios », por
supuesto1.
Toda esa sangre no ahogó la idea. Invencible,
indomable, el alma humana remonta, aspirando al cielo,
1
Gabriel Delanne, le Phénomène espirite; Michelet, la Sorcière.
178
llamando a sus hermanos desde lo alto y los hermanos
respondieron.
¿No son aquellos que, bajo el árbol de las hadas, se
aproximan al oído de la pastora de Domrémy, a hablarle de
Francia, de la patria y la sacuden con estremecimientos
heroicos? ¿No son lo que, en el laboratorio de los
alquimistas o el despacho de los filósofos, vienen a inspirar
a los Paracelso, los Cornelios Agripa, los Swedenborg, los
Jacob Boehm, al Conde de Saint Germain, san Martín y
tantos otros, a agitar a las poseídas de Loudun, exaltar los
temblores de los Cévennes, al igual que a las convulsas del
cementerio de Saint-Médard? – Todas las neurosis de la
tierra, sanas o maléficas, todas las vibraciones de la
humanidad provienen del hilo eléctrico que enlaza nuestro
mundo con el mundo de los desencarnados.
De un extremo al otro de nuestro planeta, de siglo en
siglo, se extiende la estela luminosa, intermitente a veces,
pero reapareciendo sin cesar, pasando de un continente al
otro y estallando en ciertas épocas con irradiaciones
repentinas.
« A la misma hora y sobre diversos puntos del globo,
se levantarán reformadores que predicarán doctrinas
análogas. Cuando en China, Lao-Tesée heredaba del
esoterismo de Fo-Hi, el último Buda, Cakia-Mouni
predicaba en las orillas del Ganges. En Italia, el sacerdocio
etrusco enviaba a Roma a uno de sus iniciados, provisto de
libros sibilinos, el rey Numa que intentó detener mediante
sabias instituciones la amenazadora ambición del Senado
romano.
Y no es en absoluto una casualidad que esos
reformadores apareciesen al mismo tiempo entre pueblos
tan diversos. Sus misiones, diferentes en apariencia pero
análogas y convergentes, concurrían en un objetivo común,
que no era ni más ni menos que la inauguración de la era
179
moderna, la transición del mundo antiguo a una nueva fase
de la evolución humana.
Esto demuestra que en determinadas épocas fijadas
por los diseñadores de arriba, una misma corriente
espiritual atraviesa misteriosamente toda la humanidad,
indecisa y estremecida. ¿De dónde viene? De ese mundo
divino que está fuera de nuestra vista, pero cuyos genios y
profetas son los enviados y los testigos.» (Ed. Schuré.)
_____________________
180
181
CAPÍTULO VIII
EL ESPIRITUALISMO MODERNO EN AMÉRICA
La fase de incubación del espiritualismo moderno se
remonta a los años 1847, 1848 y 1849.
Fue en 1847, en el mes de diciembre1, cuando la casa
de un hombre llamado John Fox, residente en Hydesville,
pequeña ciudad del Estado de New-York, fue presa de unas
manifestaciones absolutamente insólitas. Todo comenzó
mediante unos golpes que parecían proceder del dormitorio
o de la bodega situada debajo. A los golpes sucedieron otras
causas de desorden y pavor. El misterioso golpeador se
puso a desplazar los muebles y sobre todo a sacudir la cama
en la que dormían las dos hijas del Sr. la Sra. Fox,
Marguerite de quince años y Kate de doce. A veces eran
como ruidos de pasos sobre el parqué, en otras ocasiones
las niñas se sentían tocadas por unas manos invisibles y
frías.
En febrero de 1848, los ruidos se volvieron tan claros
y continuos que el descanso de la familia fue interrumpido
durante noches enteras. El Sr. y la Sra. Fox buscaron
minuciosamente, pero sin resultado, cual podía ser la causa
de esos desórdenes tan desagradables como inquietantes.
Durante la noche del 31 de marzo, los golpes se
reiteraron con más fuerza y obstinación que nunca. Las
niñas llamaron, el padre y la madre acudieron, hicieron
mover, como tantas veces ya habían hecho, las ventanas y
las puertas, mientras que el bromista desconocido se puso a
1
Extraído del relato de un testigo ocular, la Sra. Emma Hardinge, mujer
inteligente e instruida que escribió La Historia del moderno
espiritualismo en América. (Choses de l’autre monde, E. Nus.)
182
imitar, como burlándose, el ruido y el chirriar que
producían las agitadas bisagras.
Fue entonces cuando la inocente Kate, que había
acabado por familiarizarse con el nocturno alborotador,
chasqueó sus dedos y exclamó:
– ¡Aquí, Señor Pata Hundida! Haga como yo.
El efecto fue instantáneo. El Sr. Pata Hundida hizo oír
inmediatamente los mismos chasquidos de dedos y en
número exactamente igual.
– Cuenta diez, – pidió la madre no menos estupefacta
que sus hijas.
El personaje, dócilmente, dio los diez golpes
solicitados.
–¿Qué años tiene mi hija mayor? ¿Qué edad tiene
Kate?
A las dos preguntas siguieron dos respuestas
absolutamente exactas: quince y doce años.
–¿Cuántos hijos tengo?
La respuesta en esta ocasión fue equivocada. Fueron
dados siete golpes. La Sra. Fox no tenía más que seis hijos.
La pregunta fue repetida; la respuesta la misma:
siempre siete.
Y la Sra. Fox se dio cuenta:
– ¿Cuántos tengo vivos?
–Seis – fue respondido.
– ¿Cuántos han muerto?
Un único golpe fue dado. Todo estaba explicado.
– ¿El que golpea es un hombre?
No hubo respuesta.
– ¿Eres un Espíritu?
Dos golpes rápidos y repetidos con energía no dejaron
ninguna duda sobre la naturaleza afirmativa de la respuesta.
– ¿Seguirías golpeando aún si llamo a unos vecinos?
183
Nuevos golpes afirmativos. Fueron avisadas unas
personas del vecindario y, durante toda la noche, se
procedió a las mismas experiencias, con el mismo éxito.
Se le hicieron muchas otras preguntas, pero
pausadamente, con más orden y precisión. Los curiosos
atraídos no se conformaron con preguntas y respuestas
lacónicas. Un tal Isaac Post, miembro estimado de la
Sociedad de los Cuáqueros, se dedicó a recitar en voz alta
las letras de alfabeto, invitando al Espíritu a designar por un
golpe aquellas que debían componer las palabras que quería
expresar. La experiencia resultó del todo exitosa. Desde ese
día fue encontrada la telegrafía espiritual y hecha posible la
comunicación con lo invisible.
Se observará además que el fenómeno se manifestaba
sobre todo en presencia de las dos señoritas Fox y de Kate e
particular. La mediumnidad fue descubierta y constatada1.
1
Se llaman médiums a los seres especialmente propensos, por la
delicadez y sensibilidad de su sistema nervioso, a favorecer la
manifestación de los Espíritus y en los cuales se produce a veces una
verdadera encarnación, una toma de posesión por el Espíritu que lo
sustituye. Son los sensitivos, los clarividentes, aquellos cuya vista
traspasa la niebla que nos oculta los mundo etéreos, y, por una especie
de claridad, consiguen entrever algo de la vida celeste. Algunos incluso
tienen la facultad de ver los Espíritus y de escuchar de ellos la
revelación de las verdades superiores,
Todos somos médiums, pero más o menos y en grados diferentes.
Muchos los son ignorándolo completamente. Pero no hay hombres
sobre los que no actúe la influencia buena o mal de los buenos o malos
Espíritus. Vivimos en medio de una multitud invisible que, silenciosa,
atenta a los detalles de nuestra existencia, participa mediante el
pensamiento en nuestros trabajos, en nuestros goces, en nuestros
sufrimientos. Parientes, amigos, indiferentes, enemigos, todos son
llevados hacia los lugares y hacia los hombres que han conocido. Esta
muchedumbre invisible influye en nosotros, nos inspira a nuestras
espaldas e incluso en algunos casos nos obsesionan o nos persiguen con
su odio y sus venganzas.
184
Tales fueron, en su ingenua simplicidad, los inicios
del fenómeno que iba a revolucionar América y el mundo.
Negado por la ciencia oficial, ridiculizado por una prensa
ignorante y sistemáticamente maliciosa, anatomizado por la
intolerancia de un dogmatismo que nada quería ver ni
escuchar, condenado por lo que se llama la « justicia de los
tribunales », explotado por charlatanes sin vergüenza,
teniendo contra él todo lo que el mundo oficial puede verter
de injurias y desprecio… pero poseyendo por el contrario
esta fuerza todopoderosa que se llama la verdad, al mismo
tiempo que la irresistible atracción que siempre ha ejercido
lo maravilloso sobre la imaginación de los hombres – el
nuevo espiritualismo iba a entrar en escena y conquistar ese
innumerable pueblo de adeptos que, de un extremo a otro
del mundo, se cuenta hoy por millares y por millones.
En el transcurso de numerosas experiencias, quedó
establecido, – continúa la Sra. Hardinge, – que, « en
algunas condiciones, los Espíritus buenos o malvados,
educados o abyectos, pueden corresponder con la tierra; que
esas relaciones magnéticas entre los dos mundos son de una
naturaleza muy delicada, sujetas a alteraciones y
especialmente sensibles a la influencia de las emociones de
los operadores, que los jefes espirituales que han presidido
la inauguración de esas comunicaciones entre vivos y
transitados son espíritus filosóficos y científicos cuya
mayoría, durante su existencia terrestre, se habían dedicado
Las aptitudes de los médiums son múltiples y variadas. Hay médiums
de efectos físicos, sensitivos, auditivos, parlantes, videntes,
sonámbulos, curanderos, escritores o psicógrafos.
No hay que pensar que todos los médiums están enfermos. Si son más o
menos neurópatas ocurre también, y en gran número que, a pesar de su
organización sensible, gozan de un perfecto equilibrio y de una salud
que no deja nada que desear.
185
al estudio de la electricidad y otros cuerpos imponderables,
y en primera línea el Dr. Benjamin Franklin, que vino con
frecuencia él mismo a dar sus instrucciones a los nuevos
adeptos, sin contar el número de Espíritus llamados por
afectos familiares, con el objetivo de regocijar el corazón de
sus amigos vivos mediante testimonios directos de su
presencia, proclamando la alegre nueva que siempre viven,
y anunciando, con las más tiernas expresiones, que velan
por los amados y llevan a cabo junto a ellos el gracioso
ministerio de los ángeles de la guarda.»
Tal es, en su sorprendente simplicidad, el proceso
verbal que fue descubierto con ocasión de esas auténticas y
providenciales manifestaciones.
El Espíritu que se manifestaba a las señoritas Fox
declaró que se llamaba Charles Rosna, buhonero en vida, y
que había sido asesinado en aquella casa, despojado de su
dinero y enterrado en la bodega de donde habían salido los
primeros ruidos.
Fue entonces cuando comenzó, para la infortunada
familia Fox, un odioso y largo martirio que debieron
padecer por parte de hordas fanáticas y verdaderamente
salvajes que les ahorraron ni los insultos más groseros, ni
las peores violencias. Consideraron lo mejor mudarse a
Rochester y, animadas por los consejos de Rosna, su amigo
invisible, las jóvenes señoritas Fox se hicieron
decididamente misioneras de la nueva doctrina, no
vacilando en soportar los odios de las congregaciones
religiosas y sometiéndose al control más humillante y más
riguroso.
Acusados de fraude y negándoles la puesta en práctica
de los ritos de su confesión por los ministros de ésta, el Sr.
y la Sra. Fox resistieron valientemente, declarando que
consideraban un deber propagar el conocimiento de esos
186
fenómenos que aportaban a los hombres tan grandes y
consoladores verdades. ¿Por qué fueron ignominiosamente
expulsados de su Iglesia, ellos y sus adeptos? Esa Iglesia no
sale nunca de la tradición. La intolerancia religiosa es
siempre la misma, bajo la latitud que se ejerza.
Los pobres Fox, contra los que se indignaron todos los
conservadores fanáticos, pretendiendo enfáticamente que
querían defender la « fe de sus antepasados », ofrecieron
entonces proporcionar públicamente la prueba de la
realidad de las manifestaciones. Toda la población de
Rochester fue convocada, a tal efecto, en la más grande sala
de la ciudad.
La sesión comenzó con una conferencia donde fueron
expuestos, en su irrefutable sencillez, los progresos de los
fenómenos desde los primeros días de su aparición.
Esta comunicación, acogida, no hay que decirlo, con
formidables abucheos, desembocó sin embargo, cosa
bastante rara, en la nominación de una comisión encargada
de hacer una seria y rigurosa investigación sobre los hechos
incriminados.
Ahora bien, ante la estupefacción e indignación
general, hete aquí que los miembros de esa comisión, a
pesar de sí mismos y de toda la violenta aversión que
experimentaban, se vieron obligados a reconocer y
proclamar que no había podido ser descubierto ni un solo
atisbo de fraude.
Furor en la muchedumbre bien pensante. Nominación
de una segunda comisión que naturalmente redobló el rigor
en sus procedimientos de investigación. Se registraron a las
jóvenes; unas damas adjuntas a la comisión las hicieron
incluso desnudarse completamente… lo que no impidió en
absoluto que los golpes se produjesen con energía en la
mesa de sesiones, mientras que todos los muebles de la sala
bailaban la más inverosímil zarabanda. Una serie de
187
respuestas fueron correctamente dadas por los Espíritus a
todas las preguntas que les fueron planteadas incluso
mentalmente, y todo, a plena luz de una estancia pública
donde todo subterfugio era imposible.
Segundo proceso-verbal, segunda relación más
favorable todavía que la primera. La buena fe de los
espiritualistas era reconocida, la realidad de los hechos
constatada y lo que es más, oficialmente.
« Imposible – dice la Sra. Hardinge – describir la
indignación furiosa de la muchedumbre dos veces
decepcionada.»
Tercera comisión. Esta vez fue elegida entre los
hombres
más
incrédulos,
los
burlones
más
incorruptibles…y el resultado de sus investigaciones, más
odiosas y ultrajantes que nunca para las pobres muchachas,
dio un giro mayor hacia la confusión de sus detractores.
Realmente aquello era demasiado, y los Espíritus
parecían haber perdido todo respeto por la venerable «fe de
los antepasados» por tres veces ultrajada.
El rumor del fracaso de esta suprema investigación no
tardó en correr por la ciudad y llegó al colmo de la
exasperación de todos los «buenos espíritus». En cuanto a
la muchedumbre, cada vez más furibunda y convencida de
la connivencia de las comisiones con los «impostores»,
declaró que, si el informe definitivo todavía era favorable a
la causa, sencillamente lincharía a los inculpados junto a
sus abogados. – Fue así como la muchedumbre impuso su
justicia en América… y también en otros lugares.
Las jóvenes muchachas, escoltadas por sus padres y
algunos amigos valientes, no dejaron de presentarse, a pesar
de su espanto, a la temida reunión general. Pálidas, pero
resueltas, tomaron asiento sobre el estrado de la gran sala,
«decididas a perecer si era necesario, mártires de una
impopular pero indiscutible realidad ».
188
Se levantó la sesión. La muchedumbre estaba
encrespada, estremecida, era manifiestamente hostil.
Habiéndose logrado el silencio a duras penas, la lectura del
informe fue hecho por uno de los miembros de la comisión,
aquél mismo que, con motivo de la elección de nuevos
miembros, había manifestado con tono perentorio que «si él
no lograba descubrir el truco, se precipitaría en la caída del
Génesis». – el pequeño Niágara del lugar.
¿Y cuál fue la conclusión de ese famoso informe que
debía abatir irrevocablemente de un golpe las siete cabezas
de la hidra diabólica? Fue que sus colegas y él habían oído
realmente los golpes característicos, pero que les había sido
imposible descubrir la causa.
Fue entonces como en medio de un tumulto espantoso
se levantaron por cientos las cabezas de esta hidra de otra
naturaleza que la del monstruo mitológico, pero
infinitamente más temible, bestia monstruosa y feroz que se
llama la muchedumbre, bestia desencadenada cuyas
pasiones son inconscientes en su ineptitud, ciegas en su ira
salvaje.
Y ya ella escalaba hacia el estrado dispuesta a las
peores violencias, cuando un cuáquero, llamado Georges
Willets – un nombre a recordar – cuya pacífica religión
daba una autoridad particular a las palabras que pronunció,
declaró que « la banda de rufianes que querían linchar a las
muchachas no lo harían más que sobre su cadáver ».
Esta honesta y valiente intervención hizo retroceder a
los miserables brutos, y la muchedumbre se disolvió
tumultuosamente.
Esta escena, – añade Eugène Nus – fue
completamente conmovedora y también singularmente
sugestiva. Esas muchachas que, con una asombrosa
resignación, se sometieron a las investigaciones más
humillantes y conservaron su valiente actitud ante una
189
jauría salvaje que no se hubiese retrocedido ante un
asesinato; ese padre y esa madre dispuestos a compartir la
suerte de sus hijas; esas comisiones tan detestablemente
dispuestas al principio y que acabaron por proclamar
lealmente y no sin peligro, la verdad que los confundió, –
todo eso nos sale un poco de lo ordinario y de nuestro
mundo, que no tiene nada en común con los habitantes del
nuevo más que la obstinación de los locos en dar la espalda
a la evidencia antes que abandonar las ideas tradicionales.
Pero eso es patrimonio de la sociedad humana en general, y
las antiguas academias no están más exentas de ello que las
jóvenes poblaciones.
___________________
Jamás persecución alguna detuvo la marcha de una
idea, y si los verdugos fuesen sinceros, generalmente
confesarían que ellas las aceleran.
Así llega a los Estados Unidos, aunque en 1850 ya
contaba con varios millares de espiritualistas. La prensa,
creyéndose siempre muy espiritualmente sarcástica,
denigraba con encono a la nueva doctrina. A los postres de
las mesas más distinguidas, se mofaban educadamente de
las mesas giratorias, y los Espíritus golpeadores siempre
provocaban hilaridad, ¡oh! los recalcitrantes obstinados.
Mientras tanto, y en revancha, se despertaban y se
abrían otros espíritus, no golpeadores esta vez, pero serios,
honorables, de elevado valor intelectual y moral. Escritores
y no de los mediocres, oradores, magistrados, incluso
sacerdotes, se informaban, estudiaban, tomaban notas de los
hechos y causas de la doctrina vapuleada. Verdaderos
misioneros emprendieron giras de conferencias, publicistas
de talento fundaron periódicos espiritualistas, sembraron a
todos los vientos folletos, discusiones, panfletos
190
apologéticos, sacudieron la opinión pública y minaron los
prejuicios.
El movimiento se aceleró con tal rapidez y la
propaganda tomó tan amplias proporciones, que en 1854
una petición firmada por quince mil personas fue dirigida al
congreso en Washington, con el objetivo de hacer nombrar
por el propio congreso, una comisión encargada de estudiar
los nuevos fenómenos y descubrir sus leyes. La petición, es
cierto, no fue tomada en consideración; pero el impulso de
la nueva doctrina fue tan acelerado que los quince mil
firmantes se convirtieron pronto en millones.
Los medios de comunicación se perfeccionaron. Tras
la mesa llegó la mesilla, después de la mesilla llegó la
propia mano del médium. Se comenzó a verles, pronto se
sintió su contacto y, para estupefacción de los escépticos
más firmes, se acabó por obtener pruebas fotográficas de
esas apariciones al principio vaporosas, pero que se
materializan, poco a poco, poblando las regiones invisibles
de personalidades vivas y activas.
Y fue entonces cuando intervinieron, en medio de las
adhesiones de todo tipo y de toda procedencia, los
testimonios importantes de los científicos.
Al principio fue el juez Edmonds, uno de los hombres
más considerados de la magistratura, magistrado jefe de la
corte suprema del distrito de New-York y presidente del
Senado, quién, de entrada escéptico y queriendo descubrir
el « fraude », acabó por convertirse con vehemencia a la
doctrina de las ciencias ocultas.
Después de él, llegó el profesor Mapes – profesor de
química en la Academia nacional de los Estados Unidos. –
Él también se dedicó a estudiar los fenómenos y he aquí en
que disposiciones de ánimo emprendió sus investigaciones:
« Viendo, – dijo – a algunos de mis amigos completamente
inmersos en la magia moderna, decidí aplicar mis
191
conocimientos a esta materia, para salvar a los hombres
que, respetables e iluminados sobre los demás puntos,
estaban corriendo en línea recta hacia la mayor de las
imbecilidades.»
Ahora bien, el resultado de las investigaciones de este
profesor « refractario a la imbecilidad » y tan mal
preparado para la inoculación de la nueva doctrina fue,
como para el juez Edmons, una « inmersión » completa en
las aguas del espiritualismo.
La misma aventura ocurrí a uno de los sabios más
eminentes de América, Robert Hare, profesor en la
universidad de Pensilvania.
Comenzó sus investigaciones en 1853, época en la
que, según sus propias palabras – estando en la misma
disposición de intransigencia que había manifestado antes
que él el profesor Mapes – se sintió llamado « a emplear
toda su influencia, para tratar de detener la oleada
ascendente de demencia popular que, a pesar de la ciencia y
de toda razón, se pronunciaba tenazmente a favor de esa
grosera ilusión llamada espiritualismo».
Habiendo tenido conocimiento de los trabajos de
Faraday sobre las mesas giratorias, creyó que el sabio
químico había encontrado la verdadera explicación. Sin
embargo, para su edificación personal, repitió esas
experiencias y, encontrándolas insuficientes, se las ingenió
para hacerlas más demostrativas inventando nuevos
aparatos.
Y fue entonces cuando en su profundo y doloroso
estupor, llegó a resultados tan perfectamente diferentes de
los que esperaba, creyendo su deber el publicarlos
lealmente, en una obra publicada en 1856 y cuyo efecto
sobre sus contemporáneos fue más considerable aun que la
que había producido el libro del juez Edmonds.
192
A pesar de esas insólitas y deslumbrantes
conversiones, la batalla prosiguió más cruel y enconada
que nunca. Sabios contra sabios, la confusión fue general –
y se sabe con qué rudeza se trataban esos caballeros,
cuando no coincidían sus opiniones.
Ya nos se trataba ahora de muchachitas oscuras, o de
algunos audaces charlatanes aptos para las peores tareas,
era la ciencia oficial la que se pronunciaba por la boca de
sus representantes más ilustres. La pasión científica, que no
tiene nada que ver con la pasión devota, se vio empujada a
un tal alto grado, que en 1860 la legislación de Alabama
redactó un proyecto de ley declarando « que toda persona
que hiciera manifestaciones espiritualistas públicas en el
Estado sería condenada a 500 dólares de multa », –
¡bastante bonito para la América libre! – Apresurémonos a
añadir sin embargo que el gobernador rechazó sancionar
esa ley… suficientemente grotesca.
Uno de los últimos convertidos, entre los grandes
personajes americanos fue Robert Dale Owen, que gozaba a
la vez de una reputación de sabio de las más justificadas y
de un especial renombre como escritor. Su última obra,
aparecida en 1877 en Filadelfia, fue destacada por sus ideas
elevadas y sus puntos de vista particularmente ingeniosos.
El movimiento espiritualista esta en ese momento más
vivo que nunca, de un extremo al otro de los Estados
Unidos. En la mayoría de las grandes ciudades, existen
importantes sociedades que tienen por objetivo y por
programa el estudio y la demostración de la doctrina
espiritualista. Veintidós periódicos y revistas mantienen al
público al corriente de los trabajos acometidos. Todas las
grandes ciudades de la Unión tienen sociedades
espiritualistas perfectamente organizadas. En 1870, se
contaban veinte asociaciones de Estados, ciento cinco
193
sociedades privadas, más de doscientos conferenciantes y
una veintena de médiums públicos.
La suma total de los espiritualistas, según Russel
Wallace, se eleva a la cifra aproximada de once millones
nada más que en los Estados Unidos.
He aquí cuál fue la sorprendente cosecha nacida del
grano arrojado en la bodega de la familia Fox en
Hydesville, por Charles Rosna, el pobre buhonero que
había sido asesinado allí.
_______________________
194
CAPÍTULO IX
EL ESPIRITUALISMO MODERNO EN INGLATERRA
LOS GRANDES TESTIGOS
La Sociedad dialéctica de Londres fundada en 1867,
bajo la presidencia de sir John Lubbock, miembro de la
Sociedad real de Londres, y contando entre sus
vicepresidentes a Thomas-Henry Huxley, uno de los
profesores más sabios de Inglaterra, así como a GeorgesHenry Lewes, eminente fisiólogo, decidió, en su sesión del
6 de enero de 1869, que un comité sería designado para
examinar los supuestos fenómenos del espiritualismo
moderno y dar cuentas de ello a la Sociedad.
El debate que se planteó al respecto permite constatar
que la mayoría de los miembros no admitían la realidad de
esos fenómenos y estaban absolutamente convencidos que a
la luz de este examen solemne, el moderno espiritualismo
sería aniquilado para siempre.
Esta esperanza fue compartida por la gran mayoría de
los periódicos ingleses que saludaron la nominación de los
miembros del comité, mediante auténticos estallidos de
entusiasmo. – Lo malo, es que tras haber cantado tanto, el
desencanto fue considerable.
Para la profunda estupefacción del público inglés, la
comisión, tras dieciocho meses de serios estudios, concluyó
a favor de la realidad de las manifestaciones.
Sin embargo nadie se atrevió a cuestionarla, cuando
se supo cual era el valor de los miembros de la comisión
que formaron parte de esa solemne investigación. Todos
estaban allí, los más ilustres representantes de las
corporaciones científicas de Inglaterra, estando a su cabeza
195
el gran naturalista Alfred-Russel Wallace, émulo y
colaborador de Darwin. Como Mapes, como Hare y tantos
otros sabios americanos, Wallace, al principio
recalcitrantes, pero vencido por la evidencia, hizo
valientemente su profesión de fe en su célebre obra
Miracles and modern Spiritualism, que hoy todavía
apasiona a toda Inglaterra.
En el número de los testigos escuchados por el comité
de la Sociedad dialéctica, figuraban el profesor Auguste de
Morgan, presidente de la sociedad matemática de Londres y
secretario de la Sociedad real astronómica, M. Varley,
ingeniero jefe de las compañías de telegrafía internacional y
trasatlántica, el Sr. Oxon, profesor de la Universidad de
Oxford, el Sr. Serjeant Cox, jurisconsulto, filósofo y
escritor, el Sr. Barkas, miembro de la Sociedad de geología
de Newcastle.
Todos esos sabios llegaron a la convicción mediante
sus estudios personales y los más pacientes experimentos.
Nosotros tendremos ocasión de citar algunos de ellos en las
páginas que van a seguir.
Entre los escépticos más estrictos, destacaba el Dr.
Georges Sexton, célebre conferenciante que había dirigido
una de las campañas más virulentas contra la nueva
doctrina. Desde luego, si jamás convertido multiplicó las
objeciones y protestas de todo tipo, ese fue el doctor y
conferenciante Sexton. Durante quince años, luchó, fue
quisquilloso, censuró, lo que no le impidió, como hombre
concienzudo que era, informarse lealmente. Lo hizo, y tan
bien, que al cabo de esos quince años de estudios e
investigaciones se declaró definitivamente adepto a la causa
que tan obstinadamente había combatido.
Terminemos esta lista de los grandes testimonios por
el más ilustre de todos, el Sr. William Crookes, el eminente
hombre a quién la ciencia moderna debe el descubrimiento
196
del talio y sobre todo la demostración experimental de la
existencia de la « materia radiante » o cuarto estado de la
materia – entrevista por Faraday – y del que se puede decir
sin exagerar que es el mayor descubrimiento del siglo.
_______________________
197
CAPÍTULO X
EL ESPIRITUALISMO MODERNO EN FRANCIA
La entrada del espiritualismo o espiritismo en Francia,
se hizo sin la más mínima solemnidad.
Muchas personas se hubiesen reído, si se les hubiese
dicho que, bajo esos pequeños juegos de sociedad con las
que se divirtieron durante los inviernos consecutivos de
1851 y 1852, se ocultaba la más grandiosa revelación que
ha sido hecha en la tierra, y que esas mesas giratorias no
abrían nada más y nada menos que una era nueva, bajo los
dedos de creyentes para reír, o de escépticos muy
determinados a no escuchar nada. Las mesas estuvieron sin
embargo de moda; pero ese fue todo el beneficio que
tuvieron.
Uno se divertía en el bello país de Francia y tan
inocentemente, que ignoraba desde todos los puntos de
vista – especialidad que por lo demás nos es propia –lo que
había acontecido en el extranjero. Luego, el juego, dejando
de gustar, dio lugar a nuevos divertimentos.
Fue en vano, al principio, como se elevaron algunas
voces, en medio de esta universal indiferencia, cuando el
Sr. Eugène Nus hizo aparecer sus Choses de l’autre monde,
luego sus Grands Mystères; cuando el conde d’Ourche se
interesó intensamente por la cuestión y el barón de
Guldenstubbé publicó, en 1857, un libro sensacional sobre
la Realité des Esprits.
Yo os pregunto ¿quién podría preocuparse de
semejantes extravagancias?
La prensa, la gran prensa, guardiana juramentada del
sentido común universal, ¿no estaba allí, con sus palabras
preservadoras y sus reconfortantes ironías?
198
Pero ocurrió algo. Resultó que Allan Kardec, bajo su
nombre cabalístico, publicó, en 1857, su Livre des Esprits.
Prestad atención al asunto, pues no sé realmente si me
hago comprender. Ese Livre des Esprits es en realidad el
libro de los Espíritus, libro dictado por ellos, Biblia de un
nuevo género, repertorio extraordinario de todas las
preguntas, solución extraña de todos los problemas.
¡Oh! de pronto la cuestión causó sensación, se
hicieron treinta y ocho ediciones sucesivas, traducidas no sé
a cuantas lenguas, no habiéndose todavía apagado el interés
y curiosidad que despertó esta publicación sin igual. Y qué,
si son esos pequeños juegos inocentes de mesas giratorias,
de golpes en los muebles y de diálogos con un interlocutor
invisible que nos informa que el alma es inmortal y nos da
la llave de los misterios del más allá.
¡Escándalo y estupefacción! De todas partes se elevó
una voz airada contra el desafortunado bromista. Las
revistas, los periódicos, las academias, los púlpitos
apostólicos o evangélicos, alineados en la vanguardia de la
batalla, amontonados en falange macedónica, ¡en común
acuerdo se agruparon e hicieron frente al enemigo! Y si
hubiese habido en Francia algunas señoritas Fox
disponibles, ¿quién sabe qué gloriosa versión hubiésemos
tal vez hecho de las escandalosas escenas de Rochester?
Sin embargo, no incriminemos a nadie. No corrió la
sangre, no fueron más que inofensivos tinteros de los que se
escapó a oleadas una tinta inagotable. « Inagotable » no es
exagerado, pues la tinta no ha acabado de correr.
No obstante fue necesario ocuparse de la cuestión. Se
retomó el estudio de esas famosas mesas giratorias, causa
primera de todo el escándalo, y al principio se formaron dos
corrientes de opinión.
199
Para unos, el fenómeno no tenía ninguna realidad.
Pura superchería o movimientos inconscientes.
Para otros, simple acción magnética, o bien acción
psíquica en ciertos casos, pero vaga e indeterminada. – Eso
era todo.
Me equivoco. Había una tercera opinión, la de los
creyentes ortodoxos, para los cuales no había allí más que
un actor en todas esas comedias demoníacas, un culpable
desgraciadamente irreductible, el diablo, Satanás en
persona – al que los letrados llamaban Mefistófeles, para
hacer creer que habían leído el Fausto de Goethe.
Y la academia de la que me olvidaba… ¡con su cuarta
opinión! Me gustaría no hablar de ella, aunque no fuese
más que por respeto a esa docta asamblea; pero como no
señalar, sin embargo, para la edificación de los futuros
siglos, la extraña explicación, paradójica, barroca, grotesca,
fantástica, increíble, – epítetos a los Sévigné – con el fin de
caracterizar el descubrimiento inimaginable y sin embargo
imaginado por un cierto Schiff, ilustre desconocido, y
adoptada con entusiasmo por un académico, Jobert (de
Lamballe) que, apropiándose y patrocinando la fenomenal
idea, se apresuró a comunicarla a sus colegas maravillados,
y eso, en el año de gracia de 1859, el 18 de abril, en la
monumental sesión llamada del largo peroné.
–¿El largo peroné?...
–Sí, el largo peroné… a menos que no se trate del
corto peroné. Pero vamos a elucidar el asunto, pues si
alguna seria cuestión estuvo en juego, fue la de los peronés.
Así pues, resulta que de las sabias afirmaciones del
Sr. Jobert de Lamballe, hábil y distinguido cirujano – nadie
ha dudado jamás de ello – resulta, digo, que en la pierna de
cada uno, en la región del peroné, se encuentran localizados
sobre una superficie ósea unos tendones y un riel o canalón
200
común. Ahora bien, es en este riel como sucede… el
asunto.
–Sí, – dice el Sr. Schiff,– ¡es ahí como se ejecutan
unos « ruidos voluntarios, regulares, armoniosos incluso »!
–¿Cómo?
–Nada más sencillo. Todos esos ruidos tienen por
origen el tendón del largo peroné, cuando cae en el canalón
peroneo…
–¡Perdón! – exclama el Sr. Jobert de Lamballe. – De
acuerdo con el Sr. Schiff sobre el origen de los ruidos y su
causa, sin embargo nosotros no adoptamos todos los puntos
de su teoría. Varias de sus explicaciones nos parecen
insuficientes y poco relacionadas con las disposiciones
anatómicas.
Admitimos que todos esos golpes son producidos por
la caída de un tendón sobre la superficie ósea del peroné.
Hemos tenido todas las facilidades deseables para estudiar
ese ruido en cuanto a sus orígenes y su mecanismo. – Y
aquí el Sr. Jobert de Lamballe cuenta la historia de una
muchacha enferma que él tuvo ocasión de examinar – «Él
solo es pues el agente del ruido en cuestión y la explicación
de los resultados observados.»
Nada más sencillo en efecto, y parece claro que los
golpes que parecían ser dados en las paredes, en el techo, en
las tablas del suelo, no eran debidos más que a ese músculo
de la pierna que de un tiempo a otro se dedica a facetas que
los inocentes evocadores tomaban por manifestaciones de
ultratumba.
He aquí la explicación. Es el Sr. Jobert de Lamballe
quién la ha encontrado, al menos la ha adoptado, y la
academia la ha declarada exacta, racional y científica, ne
varietur.
201
Escuchemos, sin embargo, la respuesta del Dr. Paul
Gibier quien, él también es fisiólogo, cirujano y especialista
en anatomía.
« El documento proporcionado por el Sr. Jobert de
Lamballe a la academia ha sido invocado por aquellos que
no han querido ver en los hechos adelantados por los
espiritualistas más que el resultado del fraude o de la
ilusión. Pues bien, hay que estar realmente carente de
argumentos para producirlos de esa guisa. Como, he aquí
que el Sr. Jobert quien observa a una enferma afectada de
una tendinitis crepitante cualquiera; aprovecha la
observación de ese caso para mostrar a la academia y al
mundo que el un hábil cirujano y que ha usado con éxito el
método subcutáneo de colega J. Guérin (al que por otra
parte no menciona) y, para colmo, concluye de ese caso,
simple y natural, todo un género de hechos similares, pero
nada más que aparentemente. ¿El Sr. Jobert de Lamballe
pudo observar los golpes presentados por un médium, como
fenómenos espiritualistas? Si los ha observado, ¿ha puesto
los dedos sobre las fundas de los tendones de los músculos
del peroné derechos e izquierdos, largos y cortos del
susodicho médium, a fin de asegurarse que los ruidos eran
producidos por las contracciones de dichos músculos? Es
eso lo que ha olvidado decirnos y nosotros estamos
autorizados a deducir de ello que el Sr. Jobert de Lamballe
no ha hecho ninguna experiencia comparativa, concluyendo
de un caso patológico ordinario otros casos de los que no
tenía ni la menor idea; también para nosotros su
observación no tiene valor.»
Y vean pues quien tiene la suerte de obtener
descubrimientos, por geniales que fuesen como éste. Las
pantorrillas chasqueantes no tuvieron mucho éxito. El
público ignorante permaneció sordo a la música de esta
musculatura crepitante, y el Sr. de Lamballe debió retraer
202
su músculo del que nadie, aparte de la academia, supo
apreciar sus múltiples facultades; – múltiples debían serlo,
pues no bastaba solamente provocar el ruido a la hora
deseada. Hacía falta imitar el ruido de las mesas que, no
contentas con el golpeteo, daban también respuestas,
respuestas a veces sorprendentes. Y era el largo músculo
del peroné el que respondía sin duda… a menos sin
embargo que no fuese el corto – ¡enigma verdaderamente
cruel!
Dejemos aquí esas grotescas insensateces.
Seamos serios, y citemos los nombres de algunos
hombres convertidos al espiritualismo que, por no
pertenecer a la academia, no presentan menos notoriedad.
Por ejemplo a Auguste Vacquerie, que en sus Miettes
de l’histoire nos cuenta las experiencias que hizo en
compañía de la Sra. de Girardin, en casa de Victor Hugo, en
Jersey; el Sr. Victorien Sardou, que es médium, el sabio
astrónomo Camille Flammarion, del que todo el mundo
conoce las obras en las que ha popularizado las doctrinas
filosóficas del espiritualismo, el Dr. Gibier, laureado por la
Academia de Medicina, que en su obra sobre el Fakirisme
occidental ha acumulado un número de hechos y
experiencias de un interés sobrecogedor. Y he aquí lo que
nos dice por su parte el Sr. Eugène Bonnemère, el
historiador tan conocido: «He reído como todo el mundo
del espiritismo; pero lo que tomaba por la risa de Voltaire
no era más que la risa del idiota, infinitamente más común
que el primero.»
No podemos, – dice Gabriel Delanne1, – dar aquí una
bibliografía completa de las obras espiritistas; nos faltaría
espacio. No citaremos más que los sabios más conocidos;
1
Le Phénomène spirite.
203
pero nos sería fácil añadir a esta lista una cantidad de
nombres de médicos, de abogados, de ingenieros, de
hombres de letras que establecerían sin vacilar que el
espiritismo ha penetrado principalmente en las clases
instruidas de la sociedad, entre los «intelectuales», según la
nueva expresión empleada.
«El espiritismo,– dice el Dr. Paul Gibier1, toma cada
día que pasa, una importancia tal por el creciente número de
sus neófitos, que dentro de poco se estará obligado a
ocuparse de él en las esferas oficiales, tanto científicas
como políticas. El espiritismo se ha convertido en una
creencia, una verdadera religión. En Francia, el número de
espiritistas es menor que en Inglaterra o en América, pero
no creemos exagerar diciendo que en París hay cerca de
cien mil.»
Periódicos espiritistas, revistas y otras publicaciones
periódicas se imprimen en todos los países de la tierra, y
esas publicaciones aumentan todos los días.
He aquí, por lo demás, algunas cifras significativas.
Dieciséis revistas o periódicos espiritistas son publicados en
francés; veintisiete en inglés; treinta y seis en español;
cinco en alemán; tres en portugués; uno en ruso; dos en
italiano. Un periódico espiritista franco-español aparecía en
Buenos Aires y otro franco-alemán en Ostende, formando
un total de más de noventa publicaciones.
Entre ellas, dos son redactadas por hombres de
elevada ciencia. En la Societé de recherches psychiques de
Londres, encontramos entre los nombres de los principales
miembros los de los Sres. Galdstone, ex primer ministro,
W. Crookes y Alfred Russel Wallace. Estos dos últimos,
que ya hemos citado, son al mismo tiempo miembros de la
Société royal de Londres que corresponde a nuestro Institut
de France. El presidente, profesor Balfour-Stewart, es
1
Le Fakirisme occidental.
204
igualmente miembro de la Société royal. Actualmente la
Sociedad de investigaciones psíquicas cuanta con 254
miembros efectivos, 21 miembros honorarios y 255 socios.
Varios sabios franceses forman parte de esta sociedad a
título de miembros corresponsales, tales como los doctores
Bernheim y Liébault, de Nancy, Charles Richet, profesor
agregado a la Facultad de medicina de París y director de la
Revue scientifique.
Un diario espiritista alemán el Sphynx, está
igualmente redactado por sabios de primera magnitud. Uno
de los más ardientes propagadores de la doctrina espiritista
en San Petersburgo es el Sr. Alexandre Aksakof, consejero
del zar Alejandro III.
Añadamos finalmente que se ha formado en París,
como en Londres, una Sociedad de psicología fisiológica
cuyo objetivo es estudiar, entre otros fenómenos psíquicos,
los de la telepatía manifestándose mediante apariciones de
diversa naturaleza.
Esta sociedad ha nombrado una comisión permanente
cuya función es controlar los hechos que son sometidos a su
apreciación.
He aquí los miembros de dicha comisión: los señores
Sully Prudhomme, de la Academia francesa, presidente; G.
Ballet, profesor agregado de la Academia de medicina;
Beaunis, profesor en la Facultad de medicina de Nancy; Ch.
Richet, profesor en la Facultad de medicina; el
lugarteniente coronel de Rochas, administrador de la
Escuela politécnica, y Marillier, maestro de conferencias en
la Escuela de Altos Estudios, secretario.
En París y en todas las grandes ciudades de Francia,
existen muy numerosos pequeños centros donde tienen
lugar sesiones de espiritismo o evocaciones. Además hay en
París dos sociedades públicas de espiritismo, una en Lyon,
una en Reims, una en Rouen. Por otra parte, en la mayoría
205
de las grandes ciudades, ha sido establecido un servicio de
propaganda cuya organización no deja nada que desear.
El recrudecimiento del movimiento espiritualista es
particularmente debido al congreso espiritista que se reunió
en París en 1889. La reseña de los trabajos estableció que
ese congreso contaba con 40.000 afiliados. Los grupos
espiritistas del mundo entero se habían hecho representar
allí.
_____________________
206
207
CAPÍTULO XI
EL ESPIRITUALISMO MODERNO EN ALEMANIA
Los fenómenos espiritistas se adelantaron varios años,
en Alemania, a los que, salidos de América están dando la
vuelta al mundo.
Fue hacia 1840, en la pequeña ciudad de Prévorst, en
el Wurtemberg, donde tuvieron lugar las primeras
manifestaciones. El nombre de Vidente de Prévorst se ha
vuelto célebre desde hace mucho tiempo. Esta vidente, que
se creía alucinada, se llamaba Sra. Hauffe, y fue el Dr.
Kerner quien la trataba, el que fue inducido a constatar en
que extraño medio vivía esta extraordinaria e interesante
enferma. Esta desdichada,– cuenta el doctor –, era a
menudo atormentada por apariciones fantasmales que a él
le era imposible atribuir a alucinaciones, pues personas de
la vecindad, que asistían a esas extrañas escenas,
escuchaban tan bien como ella los golpes que daban en las
paredes y, como ella, veían agitarse en su habitación
objetos y muebles que desplazaban unos personajes
invisibles. La visionaria de Prévorst no se conformaba con
ver y escuchar, sino que aún tenía presentimientos,
pronosticaba el futuro, y eso con tal claridad que advertía a
los miembros de su familia la proximidad de algunos
peligros, cuya previsión y anuncio siempre estuvieron
justificados por los acontecimientos. (Ver la nota 5)
Fue hacia esa misma época cuando se produjeron
otras manifestaciones en el pueblo de Mottlingen, siempre
en el Wurtemberg, fenómenos variados de visones,
audiciones y comunicaciones cuya naturaleza no podía
originar ninguna duda sobre su origen sobrenatural.
Esos hechos, aunque muy significativos, no tuvieron
más que un mediocre eco y fue necesaria la repercusión de
208
los sucesos análogos que acababan de suceder en América,
para despertar la atención de algunos observadores
instruidos y juiciosos.
Entre estos observadores, hay que citar en primer
lugar al célebre astrónomo Zoellner, profesor en la
Universidad de Leipsig. El relato de sus experiencias
personales, que no tardó en publicar, contienen
declaraciones que nos recuerdan hechos análogos en la
historia de sabios absolutamente incrédulos al principio,
pero cuya conversión al espiritualismo fue debida a los
resultados obtenidos en sus trabajos experimentales. Los
hechos extraordinarios de los que fue testigo, en compañía
del médium Slade, y del que hablaremos más adelante, lo
llevaron a admitir la acción de inteligencias desencarnadas
cuya intervención explica mediante la hipótesis de un «
cuarto modo » en la evolución de la materia.
A su testimonio vinieron a añadirse los de Weber, el
eminente fisiólogo, de Fehcner cuyas investigaciones sobre
las manifestaciones de la sensibilidad han adquirido una
legítima notoriedad, y por último las del profesor Ulrici.
209
CAPÍTULO XII
EL ESPIRITUALISMO EN EL RESTO DE EUROPA
Prosigamos la serie de ilustres reclutas hechos por la
nueva doctrina. Citaremos en Rusia al profesor Boutlerow,
quién con el concurso de Home, el célebre médium,
reprodujo la mayoría de las experiencias de Crookes, luego
el consejero Alexandre Aksakof, ya citado, que se dedicó a
estudiar con un éxito que más adelante juzgaremos, las
apariciones materializadas.
En Italia, encontramos al profesor Ercole Chiaia, de
Nápoles, quién, con la colaboración del médium Eusapia,
reprodujo todos los fenómenos superiores del moderno
espiritualismo.
En Holanda, en Bélgica y en los países escandinavos,
las ideas espiritistas son expuestas y defendidas por
periódicos y revistas de una gran importancia. Podemos
decir otro tanto de España, Portugal y Austria.
En cuanto a los países de ultramar, República
Argentina, Perú, Brasil, México, etc, todos poseen
publicaciones periódicas. Solo la isla de Cuba posee cuatro
organizaciones espiritistas, al igual que en Australia.
De la rápida enumeración que acaba de ser hecha, hay
que contar hoy por millones a los adeptos del nuevo
evangelio que proclama la inmortalidad del espíritu y la
perpetuidad de la vida.
Y sean cuales sean la luz y el goce que hayan
aportado con esta doctrina consoladora, no se puede más
que deplorar la pérdida de tantos siglos, durante los que
errante, ciego, confuso por eternas decepciones, el
pensamiento humano se ha dado de bruces sucesivamente
con las locuras sanguinarias y lujuriosas de las regiones
210
antiguas, con la poéticas pero frívolas fantasías de las
mitologías, con las incoherencias de los filósofos, con las
ferocidades del fanatismo moderno. El alba por fin ha
llegado, pero después de que interminable noche
completamente repleta de odiosas y sangrientas pesadillas.
¿Es porque somos ya demasiado viejos, o más bien
por que hemos recibido una deplorable educación? Estamos
moldeados por la Edad Media; hemos sido abarrotados de
un dogmatismo basado en el exoterismo bíblico que de
historia no tiene más que el nombre. ¿También no vemos
aún a esta alma humana, cuyas inseguridades y desilusiones
han hecho desconfiada, aferrarse a su escepticismo y
fortificarse en su vieja ciudadela de incredulidad? Duda,
cuestiona todo, amontona objeción sobre objeción, se
obstina en su ceguera, cierra los ojos a la luz, persigue a los
mensajeros de la buena nueva que, en la sombra, aportan
sus antorchas que los vientos sacuden, que la celosa noche
quiere apagar.
Pide pruebas, invoca testimonias, exige hechos.
Pues bien, esas pruebas, esos testimonios, esos
hechos, helos aquí.
__________________
211
CAPÍTULO XIII
LOS HECHOS
En estas solemnes asientos, más solemnes que todos
los que han presidido nunca los juzgados de nuestros
tribunales, los testigos han sido convocados. Procedamos a
su declaración.
En primer lugar tenemos a Auguste Vacquerie.
Escuchemos lo que nos cuenta en sus Miettes de l’histoire,
bajo ese título:
«El espiritualismo en Víctor Hugo.» – La Sra. de
Girardin hizo una visita a Víctor Hugo entonces exiliado en
Jersey y le habló del fenómeno nuevo importado de
América; ella creía firmemente en los Espíritus y en sus
manifestaciones.
El mismo día de su llegada, atormentaron a una mesa
que permaneció muda. Otra mesa más pequeña fue
comprada e interrogada. No se animó más que la grande. La
Sra. de Girardin no se desanimó y dijo que los Espíritus no
son caballos de un carruaje esperando pacientemente al
burgués, sin seres libres y con voluntad propia que no
acuden más que a su hora.
Al día siguiente, misma experiencia e idéntico
silencio. Ella se obstinó, la mesa se empeñó. Ella tenía tal
ardor propagandístico, que un día, cenando entre los
Jersiais, les hizo interrogar a un velador que demostró su
inteligencia no respondiendo a los indígenas de la isla.
Esos fracasos seguidos no la desmotivaron; ella
permaneció tranquila, sonriente, confiada, indulgente a la
incredulidad. Dos días antes de su partida, nos rogó que le
concediéramos como despedida una última tentativa. Yo no
había asistido a los intentos anteriores. Yo no creía en los
212
fenómenos y que quería creer. Esta vez no pude negarme a
asistir a la última prueba; pero fue con la resolución bien
firme de no creer más que en lo que fuese probado
realmente.
La Sra. de Girardin y uno de sus asistentes, el que
quiso, pusieron sus manos sobre la pequeña mesa. Durante
un cuarto de hora, nada; pero habíamos prometido ser
pacientes. Cinco minutos después se escuchó un ligero
chasquido: podía ser el efecto involuntario de las manos
cansadas; pero pronto ese chasquido se renovó y luego fue
una especie de descarga eléctrica, seguida de una agitación
febril. De repente una de las patas de la mesa se levantó. La
Sra. de Girardin dijo:
–¿Hay alguien aquí? Si hay alguien y quiere hablarnos
que dé un golpe.
La pata de la mesa cayo con un ruido seco.
–¡Hay alguien! – exclamó la Sra. de Girardin: hagan
sus preguntas.
Se hicieron preguntas y la mesa respondió. Las
respuestas eran breves, una o dos palabras, vacilantes,
indecisas, en ocasiones inteligibles. ¿Éramos nosotros
quiénes no las comprendíamos? El modo de traducción de
las respuestas se prestaba a error. Uno se equivocaba a
veces por inexperiencia y la Sra. de Girardin intervenía lo
menos posible, para que el resultado fuese menos
sospechoso. A pesar de la imperfección de los medios
empleados, la mesa dio algunas respuestas que me
impactaron.
Yo no había sido más que un testigo; Necesitaba ser
actor. Estaba tan poco convencido que trataba el milagro
como un asno sabio a quien se le hace indicar « la
muchacha más prudente de la sociedad ».
213
Dije a la mesa: «Adivina la palabra que pienso.» Para
considerar la respuesta más de cerca, me senté en la mesa
junto a la que estaba la Sra. de Girardin.
La mesa respondió una palabra. Era la que yo había
pensado. Mi escepticismo no se desanimó. Me dije que el
azar había podido soplar la palabra a la Sra. de Girardin
quién, a su vez, habría podido soplársela a la tabla. Sin
invocar siquiera al azar, bien había podido, al paso de las
letras de la palabra, tener, en mis espaldas, en los ojos o en
los dedos, un temblor que les hubiese podido dar alguna
pista. Volví a comenzar la prueba; pero, para estar seguro
de no traicionarme, abandoné la mesa y le pedí no la
palabra que pensaba sino su traducción.
La mesa me respondió: « Tu quieres decir
sufrimiento.» – Yo había pensado amor.
Todavía no quedé persuadido. Suponiendo que se
hubiese ayudado a la mesa, el sufrimiento es talmente el
fondo de todo en este mundo, y por tanto la traducción
podía adaptarse a no importa cual otra palabra que no fuese
la mía. ¿Sufrimiento no podía traducir grandeza,
maternidad, poesía, patriotismo, y cuantas otras, tan bien
como la palabra amor? Yo podía pues ser víctima, a
condición de que la Sra. de Girardin tan seria, tan generosa,
tan amiga y casi moribunda como estaba, hubiese
atravesado el mar, para burlarse de los proscritos. Muchas
imposibilidades eran creíbles ante eso; pero me obstinaba
en dudar hasta el fin.
Otros interrogaron a la mesa y le hicieron determinar
su pensamiento o tales incidentes conocidos por ellos solos.
Pero de repente comenzó a impacientarse por esas
preguntas pueriles y se negó a responder. Y sin embargo
ella continuaba agitándose como si tuviese algo que decir
aún. Su movimiento se volvió brusco y voluntario, como
ordenado.
214
– ¿Es siempre el mismo Espíritu que está ahí? –
preguntó la Sra. de Girardin.
La mesa dio dos golpes secos, lo que quería decir ¡no!
según el lenguaje convenido.
–¿Quién eres tú? – preguntó ella.
Y la mesa respondió el nombre de una muerta, viva en
el corazón de todos aquellos que estaban allí…
En ese momento, la desconfianza abdicaba. Nadie
habría tenido ni la mente, ni el corazón, de hacer ante
nosotros una comedia de esa tumba. Una broma ya era
difícil de admitir; pero una infamia… No. El sospechoso se
hubiese despreciado a sí mismo.
El hermano preguntó a la hermana que salía de la
muerte para consolar su exilio. La madre lloraba. Una
indecible emoción oprimía todos los pechos. Yo sentía
claramente la presencia de aquella que la tempestad nos
había arrancado.
¿Dónde estaba? ¿Nos seguía queriendo aún? ¿Era
feliz?
Respondía a todas las preguntas, a veces, también
declaraba que le estaba prohibido responder. La noche
transcurrió y nos quedamos allí, con el alma clavada en la
invisible aparición. Finalmente se despidió y la mesa no se
volvió a mover.
Al día siguiente, la Sra. de Girardin no tuvo necesidad
de llamarme; fui yo quién la arrastró hacia la mesa.
Pasamos allí toda la noche. La Sra. de Girardin partió al
amanecer. Yo la acompañé hasta el barco y, cuando
soltaron amarras, me gritó: ¡Hasta luego! No la vi más;
¡pero la volveré a ver!
Regresó a Francia a llevar a cabo el resto de su vida
terrenal. Desde hacía algunos años, su salón era muy
diferente de lo que había sido. Los amigos ya no estaban,
215
Víctor Hugo, Balzac, Lamartine. Tenía tantos como quería,
duques, embajadores y príncipes; pero todos esos grandes
personajes no la consolaban de la pérdida de los escritores.
Ella reemplazaba mejor a los ausentes quedando con dos o
tres amigos; sobre todo con su mesa. Los muertos acudían a
su evocación. Así pasaba veladas que bien valían las
mejores de antaño, y los genios eran suplantados por los
Espíritus. Sus invitados de ahora eran Sedaine, la Sra. de
Sévigné, Safo, Molière, Shakespeare. Fue en medio de ellos
como murió. Esta vida de la muerte la había arrebatado toda
inquietud. Cosa conmovedora que, para dulcificar a esta
noble mujer el duro tránsito, esos grandes muertos hayan
venido a buscarla.
La marcha del la Sra. de Girardin no frenó mi afición
por la mesa. Yo me precipitaba apasionadamente hacia esta
gran curiosidad de la muerte entreabierta.
Ya no esperaba a la noche; desde mediodía
comenzaba y no acababa más que de madrugada,
interrumpiéndome tan solo para la cena.
Personalmente yo no tenía ninguna acción sobre la
mesa, pero le preguntaba. El modo de comunicación era
siempre el mismo, me había acostumbrado; la costumbre lo
había simplificado y algunas abreviaturas le habían dado
toda la rapidez deseable. Conversaba de ordinario con mi
mesa; el ruido del mar se mezclaba en esos diálogos cuyo
misterio y autoridad aumentaban en invierno, por la noche,
con la tempestad y el aislamiento. Ya no eran palabras que
me transmitiese la mesa, sino frases y páginas. Con
frecuencia era seria y magistral, pero por momentos
espiritual e incluso cómica. Tenía accesos de cólera,
señalándome severamente mis irreverencias, y confieso que
yo no estaba muy tranquilo antes de haber obtenido mi
perdón. Ella tenía exigencias; elegía a su interlocutor. A
216
veces quería ser interrogada en verso, y se le obedecía,
entonces respondía a su vez en verso.
Todas esas conversaciones han sido recopiladas, no al
acabar la sesión, sino sobre el lugar y bajo el propio dictado
de la mesa. Serán publicadas un día y plantearán un
imperioso problema a todas las inteligencias ávidas de
nuevas verdades.
Si se me pidiese mi explicación, dudaría. No habría
vacilado en Jersey. En cuanto a la existencia de eso que se
llaman los Espíritus, no dudo. Jamás he tenido esa
presunción de raza que decreta que la escala de los seres se
detiene en el hombre. Estoy persuadido de que al menos
tenemos tantos escalones por encima de la cabeza que bajo
los pies y creo firmemente en los Espíritus. Admitida su
existencia, su intervención no es más que un detalle. ¿Por
qué no podrían comunicarse con el hombre por algún
medio? Seres inmateriales no pueden hacer mover la
materia; pero ¿quién nos dice que sean seres inmateriales?
También pueden tener un cuerpo, más sutil que el nuestro e
imperceptible para nosotros, como la luz no es a nuestro
tacto. Es verosímil que entre el estado humano y el estado
material haya transiciones. El muerto sucede al vivo como
el hombre al animal. El animal es un hombre con menos
alma, el hombre es un animal en equilibrio, el muerto es un
hombre con menos materia, pero él sigue permaneciendo.
No tengo pues objeción razonada contra la realidad del
fenómeno de las mesas.
__________________
Damos a continuación la palabra al Sr. Eugène Nus
que, en sus Choses de l’autre monde, nos cuenta sus
experiencias, sus investigaciones, sus dudas, sus
217
estupefacciones y, a fin de cuentas, la expresión de sus
emotivas convicciones.
LA MESA GIRATORIA
A comienzos del año 1853, escuché por primera vez
hablar de esos fenómenos. Estábamos reunidos algunos
amigos y yo en la calle Beaune. El golpe de Estado nos
había vuelto ociosos. Nuestro periódico había sido
suprimido (la Démocratie pacifique). Por aburrimiento, por
costumbre, pero sobre todo por amistad, por esa necesidad
tan natural de dar rienda suelta nuestras decepciones y
cóleras, manteníamos nuestra cita habitual.
Una noche estábamos tres o cuatro sentados alrededor
de una mesa de trictrac1. Uno de nosotros que sabía inglés
ojeaba un periódico americano.
–Vaya, – dijo de repente.
–¿Qué sucede?
–Un periodicucho de una nueva especie. Estos
yanquis no saben donde pescar sus ideas para atraer a los
curiosos. Acaban de inventar mesas que caminan.
–¿Mesas?
–Que van a derecha, a izquierda, avanzan, retroceden,
se levantan y vuelven a caer, ejecutando todos los
movimientos compatibles con su estructura, a voluntad de
los espectadores. Inútil siquiera hablarles en voz alta, con la
voluntad basta.
– ¿Cómo es eso?
– Os traduzco.
Y nos leyó el artículo que, en efecto, enumeraba todos
esos prodigios e indicaba el procedimiento para
producirlos.
1
Juego de mesa similar al backgammon, que consta de un tablero y
fichas redondas como las de las damas (Nota del T.)
218
–Esto es demasiado estúpido.
–¡Bah! – exclamó uno de nosotros – intentémoslo de
todos modos.
Dispusimos en medio de la habitación una mesa de
comedor pesada y maciza. Nos sentamos alrededor;
aplicamos sobre ella nuestras manos, luego esperamos,
siguiendo la fórmula… y, al cabo de algunos minutos, la
mesa osciló bajo nuestros dedos.
–¿Quién es el bromista?
Declaramos nuestra inocencia; pero cada uno, con un
ojo a cada lado, sospechó de su vecino; cuando de repente
la mesa se levantó sobre dos patas. Esta vez no hubo dudas
posibles. Era demasiado pesada para que un esfuerzo,
incluso muy aparente, pudiera hacerla subir de tal modo.
Además, como para burlarse de nosotros, quedó inmóvil, en
equilibro sobre dos patas y se resistió bajo los brazos que
querían hacerla volver a su posición natural, lo que
conseguimos finalmente gracias a un enérgico contrapeso.
Nos miramos aturdidos.
– ¿Qué diablos pasa aquí?
Luego se puso a girar bajo nuestras manos. Nos
levantamos empujando hacia atrás nuestras sillas y
seguimos sus movimientos que pronto fueron dominados y
dirigidos por nuestra voluntad.
El fenómeno es real, indiscutiblemente. Cada uno de
nosotros, uno a uno, puede suscribir las marchas y
contramarchas, las conversiones y balanceos que se
ejecutan al instante.
Repetimos la experiencia los días siguientes; idénticos
resultados. Tomamos una mesa de juego, un velador. El
velador mucho más ligero discurría bajo nuestros dedos, se
levantaba a nuestra voluntad sobre cada una de sus patas,
imitaba el movimiento de la cuna o el balanceo de la ola.
219
Esta fuerza está en nosotros y procede de nosotros
evidentemente, puesto que es necesario nuestro contacto
para animar esa madera inerte. « Animar » es la palabra,
pues, una vez nuestras manos posadas sobre la mesa, ya no
es una cosa, es un ser.
Teorías hasta donde alcanza el horizonte.
–Pues bien, he aquí que comunicamos un movimiento
físico mediante una descarga de electricidad.
–Hay que aceptar eso – decía Franchot – porque no
podemos hacer otra cosa; pero hay una pequeña dificultad;
¿cómo explica usted esta transmisión a la materia, de
nuestro pensamiento y de nuestra voluntad? Pues, al fin y al
cabo, esta mesa es inteligente, al menos tanto como el
caniche mejor entrenado, ya que ejecuta órdenes. ¿Qué digo
tanto? Mucho más, puesto que no tiene necesidad, para
comprendernos, ni de palabras, ni de gestos, ni siquiera de
señales. Nos basta querer para verla obedecer
inmediatamente.
– Sin embargo debe ser así, y del mismo modo que le
transmitimos el espíritu le transmitimos la fuerza, sino…
¿Qué es entonces?
–Veo bien lo que ocurre; pero que el diablo me lleve
si lo entiendo.
Estábamos sin argumentos.
LA MESA PARLANTE
Un día, mientras estábamos repitiendo nuestras
experiencias, entró un amigo, el Dr. Arthur de Bonnard.
–Vaya, – dijo – hacen girar las mesas.
–¿Conoce usted esto, doctor?
–¿Qué si lo conozco? No hacemos otra cosa en casa.
Incluso tenemos un Espíritu, un tal Jopidiès, que divierte
mucho a nuestros hijos.
–¡Un Espíritu!...
220
– Sin duda; ¿no saben ustedes que las mesas no se
limitan a girar sino que hablan y son Espíritus que se sirven
de ese medio de comunicación al alcance de todos los
hogares, para venir a charlar con nosotros?
– ¡No es posible!
–Intenten una conversación con su mesa y lo
comprobarán.
– ¿Pero cómo?
–Nada más sencillo,– y el doctor nos enseñó el
procedimiento.
– ¿Quieres hablar? – preguntamos a nuestro velador.
Se produjeron dos golpes, lo que quiere decir: sí.
–Pregúntele su nombre –dijo Bonnard.– Hay que
saber con quién se habla.
El velador, letra tras letra, nos respondió: Pitágoras.
–Caramba – dijo Bonnard, – ¡tienen ustedes unos
buenos conocidos! Pitágoras de entrada y con su nombre en
griego.
Ya no recuerdo lo que nos dijo Pitágoras, no más que
las palabras y relatos de todos los personajes célebres o
desconocidos que, durante tres o cuatro meses
aproximadamente, nos hicieron el honor de venir a
conversar con nosotros. No hemos escrito nada de nuestras
conversaciones con la mesa en ese primer periodo de
nuestras experiencias. No siempre fue así.
A medias escépticos, a medias crédulos, seguimos con
curiosidad y un poco pasivamente las fantasías del
fenómeno tanto elevadas, tanto emotivas, tanto cómicas,
tanto insignificante o nulas, según la calidad y el carácter de
la personalidad que venía a manifestarse ante nosotros.
No estábamos suficientemente seguros de la identidad
de los visitantes, ni incluso de la realidad de las visitas,
evocando, bien muertos ilustres, bien muertos queridos. Eso
nos hubiese parecido una profanación, casi un sacrilegio.
221
Pero familiarizados poco a poco con la práctica material de
esas comunicaciones, nos sentimos turbados a nuestro pesar
y a veces desmoronados en nuestra razón en relación con
nuestro espiritualismo, pues éramos espiritualistas y los
somos todavía – al menos los que han sobrevivido.
Estábamos convencidos de que la consciencia persiste
y que más allá de la muerte el ser continúa. Pero teníamos
miedo, por respeto hacia nuestras propias convicciones, de
aceptar con demasiada facilidad una solución tan completa
de nuestros sueños. Si esas comunicaciones entre muertos y
vivos fuesen reales, todo estaba dicho; la persistencia
indefinida del yo se volvía par así decirlo tangible,
irrefutable. ¿Pero qué nos demostraba que los Espíritus no
vienen únicamente porque nosotros pensamos en ellos y
que este extraño fenómeno no era otra cosa sencillamente –
lo que no sería desde luego ya tan simple – que el propio
reflejo de nuestras ideas?...
Pero proseguimos. Teníamos las manos sobre la mesa.
–¡Habla! – le dijo uno de nosotros. – Ves nuestras
dudas, nuestras perplejidades. Seas quién seas, o lo que
seas, Espíritu, inteligencia o fenómeno, ya que hablas y
piensas, de lo que no nos es posible dudar, dinos algo
sensato que podamos creer.
Y en un impresionante silencio, – creo que nos
estremecimos un poco – la mesa se puso en movimiento y
lentamente, como con autoridad, nos dictó estas palabras
que fuimos transcribiendo a medida que ella hablaba:
«–El fenómeno resulta de la asociación de vuestra
almas entre sí y con el Espíritu de vida. La manifestación
emana de las fuerzas humanas y de la fuerza universal. El
Ser que vuestras almas forman, durante el tiempo,
asociadas con el Espíritu de vida inmaterial, unido a
vuestros sentidos y a vuestros sentimientos, no es más que
222
la expresión de vuestra solidaridad anímica: verbo medio
divino, medio humano; divino, cuando vuestras almas están
en vibración armónica con el orden universal, es decir con
lo bello, lo verdadero, el bien, lo justo; humano, es decir
falseado, cuando vuestras almas no constituyen una unidad
necesaria para vibrar armónicamente.»
–¡Diablos! esto si que es más fuerte que todo lo
demás. Si tomamos en la carta esa asociación con el
Espíritu de vida, la Inteligencia universal, resumamos el
término, con DIOS, henos sobre la pendiente de la
alucinación… ¡Desconfiemos!
Puestos en guardia, de común acuerdo, contra los
desvaríos de nuestra imaginación, con la sangre fría bien
establecida y debidamente constatada, regresamos a
nuestros estudios. A partir de ese momento, todo lo que se
ha hecho bajo mis ojos y bajo mis manos, lo he escrito
escrupulosamente.
Salvo algunas intermitencias cuya causa nos
escapaba, estábamos por así decirlo identificados con el
fenómeno y dueños de él. Ese velador que habíamos
acabado por adoptar en exclusividad, tomaba parte en
nuestras entrevistas, respondía a nuestras preguntas,
zanjaba algunas veces con una palabra tajante, incisiva o
profunda, nuestras discusiones más enrevesadas. Él
manifestaba su deseo de hablar levantándose sobre dos de
sus patas. Tan pronto hacíamos silencio, alguien, tomando
el lápiz, escribía letra por letra las palabras que él nos
dictaba.
Así, un día, a propósito de las supuestas brujas de la
Edad Media, que nos parecían haber tenido alguna relación
con los hechos que nosotros producíamos, comenzamos a
hablar de la alucinación. La mesa nos interrumpió y dijo:
223
« Hay dos tipos de alucinación: la mala, miedo; la
buena, luz.»
Si hablábamos de política, ella nos decía esto:
«Las revoluciones no tienen utilidad, cuando no
tienden más que a derrocar un gobierno establecido.
Favorecen las ambiciones malas y levantan el montón de
intereses que, empujados por el miedo, frenan todo
progreso, incluso la verdad – Por otra parte, sobreexcitan a
los hombres inteligentes y generosos a los que un
demasiado largo descanso aletargaría.»
Había en esta respuesta una especie de contradicción
de la cual la mesa no pareció preocuparse en absoluto.
Hablábamos del fenómeno, de algunos dictados que
nos parecían incompatibles con la razón y ella se levantaba
para responder:
«Es debido a las preocupaciones de los operadores
porque la unidad del fenómeno tiene una gran tendencia a
concluir falsamente. La solidaria vanidad produce la
solidaria estupidez.»
–¡Gracias!
Está claro que todas mis citas son textuales. Yo
reproduje las frases dictadas tomando la responsabilidad de
concederles algunas singularidades de estilo. A veces se
hubiese dicho que era un alemán no todavía familiarizado
con los giros de nuestra lengua, el que nos hablaba.
Por lo demás, nuestra mesa no se limitaba a conversar
en francés. De vez en cuando nos dejaba caer algunas
palabras en latín o griego. Un día incluso, nos hizo saber
que entendía el inglés.
–¡Háblanos en inglés! – pidió uno de nosotros.
Y sin hacerse de rogar, nuestro velador nos dictó lo
siguiente en inglés, que uno de nosotros que conocía más o
menos esta lengua, nos tradujo como sigue ayudándose de
un diccionario:
224
«La margarita es una flor superior a todas las demás,
porque se abre en la nieve. Los lis emblemas de los reyes de
Francia son más soberbios, pero no florecen más que para
los ricos. Los niños saludan la primavera mediante sus
gentiles manifestaciones sobre el verde tapiz de césped,
cubierto de innumerables margaritas, la flor del auténtico
amor moderno.»
Lamento que no hubiésemos pedido a nuestro velador
que hiciese él mismo la traducción de su peculiar fantasía
inglesa.
Pero continuamos en francés, y a menudo en buen y
encantador francés, con otras cosas más notables.
DEFINICIONES EN DOCE PALABRAS
Habíamos observado que, bien por azar, bien
intencionadamente – pues estábamos obligados a admitir
unas intenciones y una voluntad en esta inconcebible
fenómenos – muchas de las frases dictadas se componían de
doce palabras.
Un día, este ser espiritual que, aunque procedente de
nosotros, como él mismo había confesado, adoptaba
gustosamente aires de profesor y nos hablaba un poco como
a pequeños alumnos, nos dirigió la invitación, o más bien la
siguiente orden que yo transcribo fielmente, pidiendo
perdón a los sabios que no son aquí tratados con demasiada
reverencia:
«– Hay que definir a nuestros adeptos lo que
significan los términos que escuchan a diario. Casi siempre
los sabios tienden a oscurecerlo todo y se suelen equivocar
manifiestamente.»
–De acuerdo,– respondimos; – pero pedimos que
todas esas definiciones sean hechas en frases de doce
palabras.
225
Nuestro velador no se molestó por tan poco. Yo
desafía a todos los académicos literarios y científicos
reunidos a que formulen instantáneamente, sin preparación
y sin reflexión, unas definiciones circunscritas a doce
palabras1, tan claras, tan completas y a menudo tan
elegantes como las que improvisaba «a pata levantada»
nuestra mesa, a la que concedimos además la facultad de
hacer palabras compuestas, con signos de unión, como en
esta definición de la conciencia:
–«Cuasi-órgano que separa los alimentos del alma,
como el estómago el de los cuerpos» Y como en la de:
Infinito.
–«Abstracción puramente ideal, por encima y debajo
de los que conciben los sentidos.»
He aquí ya dos bastantes bonitas muestras de las
espontáneas producciones de nuestra mesa.
Insisto sobre su espontaneidad. Nada estaba previsto
por adelantado. En ocasiones teníamos, los unos o los otros,
la idea de una palabra a definir. Nos poníamos en la mesa;
ocurría otra cosa: disertaciones, obturaciones o
exhortaciones más o menos místicas, como esta, por
ejemplo:
–«Hay que entrelazar ideas religiosas con vuestras
investigaciones científicas. Dios domina todas vuestras
acciones. La fe en él dirigirá vuestros mayores deseos y os
garantizará frecuentes errores.»
He aquí otra, dedicada al clero:
–«LA NUEVA RELIGIÓN transformará las cortezas del
viejo mundo católico ya sacudido por los golpes del
protestantismo, de la filosofía y de la ciencia.»
Nosotros le dejábamos decir todo lo que le apeteciese
en su estilo a veces insólito y esperábamos que se aviniese a
1
La traducción al español no permite conservar el número exacto de 12
palabras (Nota del T.)
226
darnos sus definiciones magistrales, verdaderas hazañas de
fuerza literaria que tan intensamente excitaban nuestra
curiosidad.
A veces, nueva prueba de le extraña espontaneidad de
este misterioso fenómenos, rechazábamos aceptar una
definición por demasiada fantástica u oscura e
inmediatamente, sin la menor vacilación, nos dictaba otra
completamente nueva, ¡y siempre en doce palabras!
He aquí un ejemplo característico: En la definición de
la geología, nos dictó esta extraña frase:
–«Aromas internos de toda revolución que modifica
las diversas capas del planeta.»
–No queremos eso – le dijimos. – En primer lugar no
está claro y además uno no comienza una frase por «aromas
internos».
Inmediatamente dictó:
–«Estudios de las trasformaciones del ser planetario
en sus periodos y revoluciones de existencia.»
¡Magnífico!
Prosigamos. He aquí toda una serie de respuestas,
algunas de las cuales son soberbias.
Física.– «Conocimiento de las fuerzas materiales que
producen la vida y el organismo de los mundos.»
Química.– «Estudio de las diversas propiedades de la
materia en lo simple y en lo compuesto.»
Botánica.– «Serie de seres organizados conservando
el medio entre el mineral y la animalidad.»
Pasión.– «Nota de teclado del alma cuya vibración
resuena completamente en Dios.»
No sé si el lector se dará cuenta de la emoción
artística con la qué esperábamos estas palabras, sobre todo
las últimas que debían rematar la idea, en ese límite
infranqueable del número doce.
227
Algunas veces deteníamos el fenómeno, para buscar
nosotros mismos el final de la frase y nunca lo
encontrábamos.
Un ejemplo: la mesa nos daba la definición de la fe:
–«La fe deifica lo que el sentimiento revela, y…»
– ¿Y qué? – dije de repente, apoyando la mano sobre
el velador, para impedir que acabase su dictado. Faltaban
solo tres palabras… ¡Buscamos! Nos miramos,
reflexionamos y permanecimos con la boca abierta.
Finalmente dimos libertad a la mesa… que tranquilamente
acabó su frase:
– la razón explica.
¿Se podía encontrar algo mejor?
Doy a continuación otras definiciones que transcribo
tal como nos han sido dadas, tanto espontáneamente como
provocadas:
Alma.– «Porción de sustancia que Dios extrajo de la
fuerza universal para cada individualidad.»
Esta frase tiene una palabra de más; ¡pero es
admirable y profunda!
Y esta, no menos bella:
Libertad.– « Facultad dada al hombre de desconocer
el objetivo de su destino – desgracia.»
Espíritu.– «El espíritu es la razón del sentimiento: el
sentido es el sentimiento de la razón.»
Fuerza divina.– «Fuerza universal que relaciona los
mundos y abraza todas las otras fuerzas.»
Corazón.– «Espontaneidad del sentimiento en los
actos, en las ideas, en su expresión.»
¡Perfecto!
228
Espíritu.– «Lujo del pensamiento, coquetería
armoniosa de las relaciones, de las comparaciones, de las
analogías.»
¡Encantador!
Imaginación. –«Fuente de deseos, idealización de lo
real por un justo sentimiento de belleza.»
¡Cada vez mejor!
Magnetismo.– «Fuerza animal, encadenamiento de los
seres entre ellos, lazo de la vida universal.»
Preguntamos, ¿qué es la luz?
Ella respondió:
«Divinidad, todopoderosa, alma de almas, corona de
los mundos sembrados en el infinito.»
¿Y la materia?
«Producto de la Esencia infinita, manifestación divina
finita.»
¿Y el hombre?
«Jalón principal de la escala de los seres terrestres.»
¿Y el animal?
«Vegetal organizado potencialmente.»
¿Qué es Dios?
«Unidad absoluta, infinita, universal, parte de todos
los todos, todo de todas las partes.»
Y la mesa, para completar sin duda esta definición,
nos enseñó esta admirable oración:
«Vida universal, divino poder, movimiento infinito,
fuerza única, moral eterna, fe unitaria, verdad absoluta,
¡DIOS!
Haz que la asociación de los hombres se solidarice
por el amor, por la ciencia; que adelante en la patria
procreable.»
Por mucha voluntad que pusiéramos en nuestro papel
de investigadores, no nos era posible permanecer
229
indiferentes a algunas afirmaciones de este misterioso
interlocutor que poseía e imponía su rara personalidad con
tanta nitidez e independencia, superior a todos nosotros, al
menos en la expresión y concentración de ideas y a veces
abriéndonos perspectivas de los que cada uno, de buena fe,
convenía en no haber tenido intuición conscientemente.
Cuando nos llegaban algunas de esas enormes bellas
frases conteniendo todo un mundo de pensamientos en esta
forma tan restringida de doce palabras, impuesta por
nuestro capricho, realmente no podíamos sustraernos a
cierta emoción.
Pero nuestra admiración tenía límites y nos
planteábamos reservas sobre las doctrinas. Algunas veces
incluso nos enfrentábamos a ellas abiertamente,
violentamente.
La más seria lucha de este tipo que sostuvimos tuvo
lugar a propósito de una definición de la muerte que parecía
poner en cuestión la perpetuidad de la vida.
¿Qué quiere decir eso? exclamamos todos. ¿Tus
palabras significan que la personalidad moral se disuelve y
que la muerte es el desvanecimiento final?
Fuiste tú mismo quién nos dictó las líneas siguientes:
«El hombre es atributo de la vida planetaria. Solo, él
tiene el poder modificador sobre sí mismo y sobre los
objetos que lo rodean. Sustituye a Dios del que él emana
para el bien del progreso material.»
Entonces ¿qué es ese Dios del que nos hablas sin
cesar, ese Dios « del que emanamos » y que nos abandona
desdeñosamente, en cuerpo y alma, a la disolución
irremisible del sepulcro? ¡Qué se vaya al diablo contigo, y
nos deje a todos tranquilos! ¿De qué sirve entonces
elevarnos, tratar de perfeccionarnos? Cuando más alto
subamos, la caída será más profunda; cuando más hayamos
adquirido, más perderemos. ¡Así pues, aprender, mejorar,
230
crecer… todo eso no es más que una pérdida de tiempo, y
todos los investigadores del bien que se esfuerzan en
perfeccionar esas pompas de jabón que se llaman almas y
conciencias son absolutamente estúpidos actuando en ese
vacío y trabajando para esa nada!
La mesa nos dejaba decir, no movía ni pie ni pata, no
dejaba escapar ni rastro de palabra.
Durante algunos días regresamos obstinadamente
sobre esta cuestión. Quisimos, a cualquier precio, arrancarle
una explicación categórica; pero ella parecía disfrutar de un
maligno placer dejándonos sumidos en la incertidumbre y
retomada el curso de lo que ella llamaba sus «enseñanzas».
Sin embargo, un día, impacientada por nuestras
instancias, rompió el hielo y nos dictó, no sin mal humor:
« Os recomiendo a todos instantáneamente paciencia
y sumisión. Demasiado a menudo se vuelve sobre lo que he
definido; eso es dudar estúpidamente de mi poder.»
–No se trata de tu poder – exclamamos nosotros al
unísono. – Lo que dices no tiene sentido común. No
dudamos de tu poder intelectual, de donde procede, puesto
que tus aseveraciones nos preocupan y nos alteran. Tú nos
has dicho sobre la muerte algo que rechazamos con
indignación. No admitimos que el alma se evapore y la
consciencia se desvanezca en la nada; que la vida no sea
más que una engañifa, la moral una tontería y la justicia una
ficción. No podemos continuar seriamente nuestros
estudios, puesto que no hay estudios que hacer en tanto no
estamos de acuerdo entre nosotros y contigo sobre este
aspecto: si hemos comprendido mal, dinos que somos unos
brutos; pero explícate más claramente y, si no quieres
explicarte en este momento, dinos al menos una palabra que
nos apacigüe y tranquilice.
Teníamos una mano sobre la mesa. Momento de
silencio. Esperamos… Finalmente, ella se levantó.
231
Nunca olvidaré la emoción que se apoderó de
nosotros ante la fisionomía que tomó el fenómeno en ese
estante. – «Fisonomía » es la verdadera palabra.
Con una lentitud, una majestad imposible de describir,
la mesa hizo sonar, – como revestida de una autoridad que
se imponía, – las letras siguientes que vimos llegar, una tras
otra, sin creer al principio que pudiesen tener sentido. Hacía
una pausa entre cada una de ellas y sostenido, hasta el fin
de las dos palabras, esta amplitud, esta solemnidad de
movimiento que jamás habíamos visto hasta entonces y que
nos mantuvo inmóviles de asombro, involuntariamente
sobrecogidos de respeto. A-D-S-U…
–Esa no es una palabra, hay un error,– dijo uno de
nosotros.
Y la mesa, impasible en su majestuosa lentitud,
continuó: M-D-E-U-SADSUM DEUS
– Yo estoy aquí, Dios.
– Esto es bastante por hoy, – dijo Brunier
levantándose, – caminamos hacia la locura. ¡Juguemos al
trictrac!
Como todos los demás, él había sentido un
estremecimiento en la espalda.
Fue la única vez que yo, al menos, haya constando
una impresión de ese género producida por el fenómeno.
Que haya `procedido de nuestra propia disposición de
espíritu, o de no sé qué, o de no sé donde, pero era
realmente bello!
OTRA MESA
232
Todavía más frases de doce palabras, pero no en
París, esta vez en el campo, lejos de nuestro grupo de la
calle de Beaune y con un nuevo cooperador.
Pero siempre de la pura quintaesencia metafísica.
Citemos algunas.
Libertad.– «La libertad del hombre ayuda a la
ondulación ascendente de la creación infinita.»
–No está claro, explícate.
–«El hombre dispone de una fuerza para despojarse
completamente de los restos de animalidad.»
–Bueno, eso es razonable.
–«Fuerza que es la orden de Dios dada a la gestión
humana.»
–«Orden de Dios », muy bonito.
–«Fuerza que se aumenta inagotablemente, cuando
está dedicada a los proyectos divinos.»
–Los « proyectos divinos ». En fin, pasemos.
–«Dios improvisa el drama de los destinados con el
concurso de las voluntades humanas.»
–«Improvisa». Continúa.
–«Dios, arquitecto del conjunto, confía la estruja del
detalle al genio humano.»
–¡Bravo!
Intuición. – « Intuición, puente suspendido, arrojado
de lo conocido a lo desconocido, del finito al infinito.»
Nosotros preguntamos: ¿Qué será la religión futura?
¿Cuáles serán los elementos? La mesa respondió:
–« El ideal progresivo por dogma, las artes por culto,
la naturaleza por templo.»
–«¡Soberbio!»
–«La función del hombre es elevar los seres inferiores
a él, haciéndoles servir a su propia elevación en la vida
infinita.»
233
Añadamos a título de curiosidad las dos originales
extravagancias siguientes:
Filosofía. – « Juego de palabras, fantasía de
diccionario, análisis del vacío, síntesis de lo falso.»
Razón pura. – «Escalera circular que tiene por
símbolo la cola de la ardilla»
Después de la famosa sesión, donde esas dos grandes
palabras latinas Adsum Deus nos habían impresionado tan
extrañamente, la mesa, espontáneamente y en repetidas
ocasiones, regresó sobre la cuestión de la muerte que había
provocado nuestros anatemas.
Encuentro en un dictado la siguiente frase:
–«La muerte no es la tumba humana. Ella limita la
forma del ser material; fin del individuo, ella desdeña el
elemento inmaterial.»
Más adelante, esto:
–«La muerte inicia el alma en una nueva existencia.
¡Confiaros a un destino que será vuestra obra!»
He acabado con los dictados recogidos en mi
cuaderno de notas, amarillento por el tiempo. Del primer
día al último, el procedimiento para obtenerlas o
reproducirlas fue siempre el mismo.
Por lo demás, no creo que nigromante alguno se haya
dedicado con tan poca preparación y tal desenvoltura en sus
prácticas.
Con frecuencia fuimos irreverentes; con una pipa, un
cigarrillo o un cigarro en una mano, nos conformábamos
con poner solo la otra mano en el velador habituado a esos
modales familiares que nunca se formalizaron.
Pero había grandes desigualdades en los fenómenos.
La pequeña mesa de caoba era colérica y nerviosa en
exceso. Tanto rechazaba obstinadamente todo tipo de
234
conversación y permanecía inmóvil bajo nuestros dedos
como un velador vulgar. Otras veces, se ponía en
movimiento pronto, pero se agitaba maquinalmente,
adelante y hacia atrás, girando sobre sí misma, como un
caballo atado, levantándose sobre un pie, sobre otro o
golpeando el parqué sin interrupción. Imposible extraer
nada esos días, ni siquiera un sí o un no, a menos que,
dignándose al fin a responder a nuestras apremiantes
preguntas, nos daba una respuesta que era una mistificación
más.
Esos días se producía un hecho curioso que indico a
continuación a la atención e los profesores de física. En
lugar de golpear, como de costumbre, con golpes claros y
secos sobre el parqué, el pie de la mesa no producía más
que unos sonidos sordos y mudos, como si hubiese estado
envuelta con un forro de algodón o de tela plegada en varias
dobleces.
Por el contrario, en algunos momentos, el velador
tenía el diablo en el cuerpo y parecía presa de ataques
epilépticos. Apenas lo tocábamos, cuando se levantaba y se
agitaba con un vigor que no podíamos dominar. Uníamos
nuestros brazos para contenerlo; lo empujábamos hacia
abajo con todas nuestras fuerzas para hacerle retomar la
posición normal de una mesa modesta y apacible; el rabioso
se volvía a levantar con más energía todavía, o se deslizaba
furiosamente de derecha a izquierda o daba brincos
desordenados. Un día se escapó de nuestras manos, y, como
lanzado por el impulso de un resorte, fue a chocar contra el
mármol de la chimenea con tal violencia que rompió un pie.
Nada nos hacía prever esas crisis que duraban en
ocasiones varios días y se terminaban, como habían
comenzado, sin ninguna causa aparente. Nos
preguntábamos recíprocamente: nadie de nosotros no se
sentía en una disposición física o mental que pudiese
235
explicar esos trastornos extraordinarios. Sin embargo la
mesa no dejaba de atribuirlas a nuestras preocupaciones
individuales que, de creer en ella, impedían las
manifestaciones.
Uno de nosotros, Brunier, se convirtió más tarde en lo
que se denomina en el lenguaje espiritista, un médium
escritor. Vimos nacer y desarrollarse en él esta facultada
automática. Tomaba un lápiz y dejaba ir su mano que
comenzaba trazando líneas informes. Poco a poco, llegaba a
formar caracteres más o menos claros y por fin a escribir
normalmente. Pude observar, gracias a él, ese otro
procedimiento del fenómenos, la escritura inconsciente,
más natural en apariencia, pero en el fondo no menos
extraña, desde luego, que los golpes dados por la mesa.
Cuando tomaba su lapiz, su mano se convertía en una
auténtica máquina en los momentos nerviosos, bruscos,
rápidos, sobre todo rápidos. Todavía veo ese lápiz
planteando a veces una pregunta a uno de nosotros, y
cuando la respuesta no llegaba tan pronto como el
pensamiento, agitándose con impaciencia, golpeando
convulsivamente el papel que manchaba de pequeños
puntos, y escribiendo furiosamente:
– Respondan; responda, Nus… responda Méray… Me
aburro.
Entre los innumerables pasajes que escribió este
extraño lápiz, no citaré más que algunas líneas.
Un día, habiéndole preguntado: ¿Qué es el deber? se
apresuró a responder como sigue:
–«¿Qué es el deber? Esta pregunta me ha sido
planteada por Nus. He aquí mi… y un poco su respuesta:
«El deber es el cumplimiento libremente querido del
destino del ser inteligente.»
236
«El deber es proporcional al grado del ser, en la gran
jerarquía divina, necesaria. – Digo necesaria, porque
siempre la necesidad implica Dios.»
Tras el relato de las manifestaciones de este
fenómenos extraño, creo deber detenerme aquí; pero
constato que lápiz o mesa, siempre es la misma doctrina: el
ser libre haciendo su destino y elevándose en la vida, en
proporción a la intensidad de sus deseos del merito de sus
acciones. ¡Qué se me indique, pues, si se puede, una mejor
religión y una más bella filosofía!
No me ocupo de los charlatanes y los explotadores
que, médiums o no, han engañado y todavía engañan a los
ingenuos. Los fraudes de todo tipo son fáciles en este tipo
de hechos; pero fraudes y bromas no impiden que el
fenómeno exista.
Hago un amplio aparte a los entusiasmo, a las
euforias, a las alucinaciones, a las mentiras, a las engañifas.
Descarto en bloque innumerables hechos que cuentan
publicaciones tal vez demasiado crédulas y con seguridad
demasiado complacientes. Descarto a todos los que me han
sido confirmados, incluso por personas en las que confío
plenamente, aquellos incluso que he visto yo mismo… Pero
encuentro hechos completamente análogos atestiguados por
testigos de otro modo más competentes que yo, y me veo
obligado a reconocer que lo que yo había visto, escuchado y
sentido, eso de lo que no podría dudar y de lo que sin
embargo dudaba, deben ser cosas reales, puesto que
hombres prácticos, especiales, acostumbrados a las
experiencias científicas y situados en condiciones de su
elección declaran haberlas confirmado.
237
Vamos pues a entrar en un orden de cosas y hechos
que, debo confesarlo, derrotan completamente lo que podía
quedarme de escepticismo, estableciendo que hay otra cosa
a nuestro lado.
Escucharemos a sabios de primera magnitud concluir,
después de un maduro examen, que hay en el fenómeno
espiritista una inteligencia exterior completamente
independiente de la voluntad, de la memoria, del
pensamiento de los asistentes y de los observadores.
Veremos hechos más sorprendentes todavía, y el lector
convendrá que no miento, cuando pretendo contarle
realmente « cosas del otro mundo ».
___________________
238
239
CAPÍTULO XIV
LAS INVESTIGACIONES EN INGLATERRA
Escuchemos en primer lugar al Sr. Barkas, miembro
de la Sociedad de geología de Newcastle:
Hace diez años – escribe el Sr. Barkas, en un libro
publicado en 1862,– habiendo oído hablar de las llamadas
manifestaciones «espiritualistas » en América, sabiendo que
esos fenómenos estaban avalados por los testimonios de
hombres recomendables y serios y que algunas
manifestaciones análogas habían hecho su aparición en
Inglaterra, decidí examinar a fondo ese tema y no
desviarme ni un ápice a un lado ni al otro, hasta que hubiese
obtenido un número de hechos suficientes, escuchado el
testimonio de aquellos de mis conocidos que se ocupan de
estas cuestiones y leído todas las buenas obras a favor o en
contra que mis medios y el tiempo me permitiesen estudiar.
Durante ocho años de tenaz investigación, evité con
esmero comprometerme con ningún teoría, y en esos dos
últimos años, a pesar de la impaciente espera de los
crédulos y de los no creyentes, no me arriesgue a expresar
una idea definitiva. Decidí pues tener mis convicciones
muy bien maduras antes de adelantar ninguna opinión.
Ahora bien, he aquí a donde hemos llegado. Los
simples hechos de las mesas que se mueven y dan golpes,
deletreando nombre, indicando la edad, la hora de los
relojes o la cantidad de dinero que se encuentra en los
bolsillos de los asistentes, etc, pueden ser explicadas en
rigor por la influencia magnética o hipnótica, como se la
denomina ahora.
¿Pero cómo explicar los hechos superiores que se
producen frecuentemente, tales, por ejemplo, indicar la
240
cantidad exacta de una serie de monedas que una persona
presenta a otra, sin que ni una ni otra sepan el montante;
comunicaciones escritas de diversas maneras, sin que nadie
se acerque al lápiz o al papel; libros abiertos por
importantes pasajes, sin que nadie toque el libro;
producción de una música muy complicada y perfectamente
bella saliendo de pianos, de guitarras o de acordeones, sin
que nadie tenga la mano sobre las cuerdas o sobre las
teclas?...
Todos estos hechos de otra igual especie prueban
incuestionablemente la existencia de agentes invisibles e
inteligentes de algún tipo de naturaleza. Me veo inclinado a
esta suposición por el hecho de que no he sido capaz de
encontrar ninguna ley física o psíquica que explique
satisfactoriamente esos fenómenos.
¿Quién puede por lo demás determinar los límites de
lo posible, límites que la ciencia y la observación van
ampliando cada día?
Examinemos, dudemos, pero no seamos lo bastante
atrevidos para negar la posibilidad de semejantes
manifestaciones.
LA SOCIEDAD DIALÉCTICA DE LONDRES
Ha hemos hablado de ella anteriormente. Esta
sociedad fundada en 1867, bajo la presidencia de sir John
Lubbock miembro ya de la Sociétè Royal, tenía entre sus
vicepresidentes a Thomas-Henry Huxley, uno de los
profesores más sabios de Inglaterra, y a Georges Henry
Lewes, eminente fisiólogo.
Después de dieciocho meses de estudios y
experimentos de todo tipo, el comité, formado por los
241
principales miembros de la Sociedad dialéctica, presentó un
informe favorable cuya conclusión reproducimos:
«Presentando su informe, los miembros de vuestro
comité toman en consideración la alta reputación y la gran
inteligencia de la mayoría de los hombres que han sido
testigos de los hechos más extraordinarios, sin que haya
podido ser proporcionada la menor prueba de fraude o
ilusión; además, teniendo en cuenta el carácter excepcional
de esos fenómenos1 y el gran número de personas de toda
condición, distribuidas sobre toda la superficie del mundo
civilizado, y considerando además que ninguna explicación
filosófica ha sido todavía obtenida;
«Los miembros de vuestro comité se creen obligados
a declarar que, en su convicción, el tema merece ser
examinado con una atención más seria y más minuciosa que
la que le ha sido concedida hasta el presente. »
Entre los numerosos testigos escuchados por el comité
se encontraban el profesor Auguste Morgan, presidente de
la Sociedad Matemática de Londres, y el sabio físico C.F.
Varley, ingeniero jefe de las compañías de telegrafía
internacional.
Ahora bien, he aquí el testimonio del Sr. Auguste
Morgan:
«Estoy plenamente convencido de lo que he visto y
escuchado, de un modo que la duda resulta imposible. Los
1
He aquí la enumeración abreviada de esos fenómenos:
Cuerpos pesados elevándose en el aire (en algunos casos hombres), y
quedando algún tiempo allí sin soporte visible o tangible.
Apariciones de manos y formas parecidas vivas por su movilidad, y
habiendo sido tocadas por los asistentes.
Ejecución de fragmentos musicales perfectamente interpretados, sin que
ningún agente constatable hubiese tocado los instrumentos oídos.
Ejecución de dibujos y punturas producidos en un tiempo tan corto que
toda intervención humana era imposible.
242
espiritualistas están ciertamente en el camino que lleva al
avance de las ciencias físicas, mientras que los opositores
son los representantes de los que han trabado todo progreso.
Lo he dicho y lo he repetido, los Espíritus golpeadores
están sobre la buena vía, porque tienen el espíritu del
universal examen.»
En cuanto al testimonio del Sr. Varley, es este:
Tras haber dado fe ampliamente de dos sesiones
extraordinarias obtenidas, gracias al concurso del célebre
médium Home, concluyó lo siguiente:
«En cuanto a las manifestaciones producidas, existen
entre ellas numerosas relaciones y algunas cuya exactitud
esta garantizada tan bien en nuestro siglo como en los
siglos pasados. No hacemos más que estudiar nuevamente
lo que ha sido objeto de las investigaciones de los filósofos
de hace mil años, y si un hombre versado en el
conocimiento del griego y el latín quisiera traducir los
escritos de esos grandes hombres, el mundo pronto sabría
que todo lo que ha tenido lugar ahora no es más que la
repetición de antiguos hechos, y qué alto subiría el crédito
de esos viejos sabios tan clarividentes, porque ellos están
por encima de los estrechos prejuicios de su siglo y parecen
haber estudiado el tema que nos ocupa en unas
proporciones que sobrepasan con mucho nuestros
conocimientos actuales.»
A los testimonios anteriores, añadamos aún el del Sr.
Wallace:
«Yo era – dijo – un materialista tan convencido que
no podía tener en mi espíritu ningún lugar para una
existencia espiritual. Pero los hechos son cosas opinables y
esos hechos me vencieron.
«La luz, el calor, la electricidad, el magnetismo y
probablemente también la gravitación y la vida no son más
243
que modos del movimiento del éter que llena el espacio; y
no hay ni una sola manifestación de fuerza, de desarrollo,
de belleza, que no derive de uno u otro de esos términos.
Desde la flor que regocija la cara de la tierra, hasta ese
maravilloso telégrafo cuya batería es el cerebro del hombre
y cuyos hilos son sus nervios, se revelan las vibraciones de
ese misterioso éter que penetra todo el universo.
Nosotros vemos el estallido eléctrico derribar los
árboles, hacer oscilar las campanas, fulminar hombres y
animales. Si esas manifestaciones de incalculable fuerza
son los efectos producidos por una materia invisible,
imponderable, impalpable y de tal naturaleza que no
podemos conocerla más que por sus propios efectos, ¿por
qué entonces nos asombraríamos al ver inteligencias de
naturaleza igualmente etérea usar esas mismas fuerzas que
son la fuente de todo poder, de todo movimiento y de toda
vida sobre la tierra?»
Ese conjunto de pruebas que establecemos, podemos
engrosarlo aún añadiéndole numerosos testimonios
confirmando, corroborando todos la constatación de esta
«fuerza psíquica» que enlaza nuestro mundo con el mundo
de los Invisibles cuyos efluvios nos penetran, nos
influencian misteriosamente.
He aquí por ejemplo unos fenómenos de psicografía,
o escrituras directas proporcionas por los Espíritus.
Desde luego si unos espíritus aventureros hubiesen
tenido el poder de inventar y de producir las más
sorprendentes demostraciones que puedan dar lugar a la
confusión de los incrédulos, no habrían con toda seguridad
podido imaginar nada semejante a lo que los Espíritus nos
han proporcionado espontáneamente. Aquí, en efecto, no
existe ninguna intervención humana; son ellos mismos
quiénes escriben directamente algunas palabras, algunas
244
líneas, a veces páginas enteras, y esos aportes son tanto la
revelación de hechos totalmente desconocidos para los
asistentes – y ulteriormente verificados.– como
comunicaciones en lenguas extranjeras, como en fin,
respuestas dadas a preguntas mentales, más aún, a simples
deseos que ninguna boca había formulado.
El primero en obtener en Francia la escritura directa
fue el barón de Guldenstubbé. He aquí en qué términos nos
cuenta este hecho extraordinario1:
« Un día, era el 1 de agosto de 1856, el autor tuvo la
idea de probar si los Espíritus podían escribir directamente
sin intermediación de un médium. Sabedor de la escritura
directa misteriosa del Decálogo proporcionado a Moisés y
la escritura igualmente directa y misteriosa durante el festín
de Baltasar, según Daniel, habiendo además oído hablar de
los misterios modernos de Straford, en América, donde se
habían encontrado algunos caracteres extraños trazados
sobre trozos de papel que no parecían provenir de médiums,
el autor quiso constatar la realidad de un fenómeno cuyo
alcance sería inmenso si realmente existiese.
«Puso entonces un papel blanco y un lápiz en el
interior de una caja cerrada con llave que él siempre llevaba
consigo, y sin comentar a nadie este peculiar experimento.
Esperó durante doce días, en vano; pero cuál fue su
estupefacción, cuando el 13 de agosto encontró ciertos
caracteres misteriosos trazados sobre el papel. Apenas los
hubo observado, cuando repitió diez veces, durante esa
jornada para siempre memorable, el mismo experimento,
poniendo siempre al cabo de media hora una nueva hoja de
papel en la misma caja. El experimento resultó un completo
éxito.
1
De la Réalité des Esprits, pp 66 y 67.
245
«Al día siguiente, el autor hizo de nuevo una veintena
de experiencias dejando la caja abierta y no perdiéndola de
vista. Fue entonces cuando vio que unos caracteres y unas
palabras en lenguaje estonio se formaron sobre el papel, sin
que el lápiz se moviese. Desde ese momento, el autor,
viendo la inutilidad del lápiz, dejó de colocarlo sobre el
papel. Simplemente depositó una hoja de papel sobre una
mesa y obtuvo de ese modo mensajes1.
El barón de Guldenstubblé repitió el experimento en
presencia del conde de Ourches y éste obtuvo una
comunicación de su madre, con su firma, idéntica a la
escritura manuscrita de la condesa.
Un testimonio del mismo fenómeno nos es
proporcionado por Russel Wallace, ilustre fisiólogo inglés
ya citado.
He aquí en qué términos lo expresa2:
«Habiendo sido examinada previamente la mesa,
marqué una hoja de papel y la deposité con un lápiz bajo el
pie central del mueble, teniendo todos los asistentes sus
manos sobre la mesa. Al cabo de algunos minutos, se
oyeron unos golpes y recogiendo el papel, encontré allí los
trazos de una escritura ligera: William.
En otra ocasión, un amigo de provincias me
acompañaba. Era un completo desconocido para el médium
(Sra. Marschall). Recibió una comunicación de su hijo
firmada Charley T. Dood, que era su nombre exacto. Esta
comunicación, como las anteriores, había sido escrita sobre
el papel situado bajo el pie de la mesa, mientras el médium
se había mantenido inmóvil y sus manos no habían
abandonado la superficie superior del mueble.
1
Al final de la obra del barón se encuentran los fac-similes de esas
escrituras.
2
Les Miracles et le moderne Spiritualisme, pp. 182 y 183.
246
El Sr. Oxon ha estudiado esas manifestaciones
durante años. Escuchemos su testimonio:
« Hace cinco años que estoy familiarizado con el
fenómeno de la psicografía. Lo he observado en un gran
número de caos, bien con psíquicos conocidos por el
público, bien con personas que poseían el poder de producir
esas manifestaciones.
« Vi psicografías obtenidas bien en cajas cerradas,
bien sobre un papel escrupulosamente marcado, situado
bajo la mesa, o bajo mi codo, en otras ocasiones sobre
papeles encerrados en sobres ocultos.»
El eminente profesor de la Facultad de Oxford
confirma las observaciones del barón de Guldenstubbé
concernientes al empleo del lápiz con el que los Espíritus
no se sirven siempre de una manera uniforme.
«Yo estaba, – prosigue – en la casa de un íntimo
amigo, en presencia de otros tres amigos. El papel
cuidadosamente marcado con mis iniciales fue situado
sobre el parqué con un lápiz negro ordinario. Uno de
nosotros puso el pie sobre el lápiz y allí lo dejó hasta el
final de la sesión, lo que no impidió que nos encontrásemos
la escritura sobre el papel y nos preguntásemos cómo había
podido conseguirse que los caracteres fueran trazados,
sabiendo que el lápiz no había podido ser utilizado.
«Repetimos la experiencia en esa misma semana y yo,
secretamente, aporté un lápiz de un verde intenso y lo
sustituí, a espaldas de todos, por el lápiz negro, teniendo
cuidado de inmovilizarlo bajo mi pie que mantuve allí hasta
el final del experimento. Cuando se examinó el papel, se
encontró marcado con una escritura verde. El lápiz pues
había sido empleado de un modo completamente
desconocido. Pienso que ese caso debe volver a presentarse
247
a menudo y que las escrituras deben producirse por algún
método diferente al ordinario.»
He aquí todavía dos observaciones hechas sobre el
mismo tema por Zoellner, el célebre astrónomo alemán del
que hemos hablado anteriormente:
«La velada siguiente (16 de noviembre de 1877),
coloqué una mesa de juego rodeada de cuatro sillas, en una
habitación donde Slade (el médium) jamás había entrado.
Después de que Fechner, el profesor Barune, Slade y yo
hubimos situado nuestras manos entrelazados sobre la
mesa, se produjeron unos golpes en ese mueble. En el
momento en que tuvo lugar la primera experiencia, en
medio de una doble pizarra previamente marcada, mi
cuchillo fue súbitamente proyectado a la altura de un pie
aproximadamente y cayó sobre la mesa.
«Repetimos la experiencia. La doble pizarra bien
limpia y equipada con un pizarrón fue apoyada por Slade
sobre la cabeza del profesor Barune. Pronto se hizo oír el
rasgado, y cuando la pizarra fue abierta, encontramos allí
varias líneas de escritura.»
Ha sido dicho anteriormente que, en casa de Zoellner,
una mesa de madera había sido rota por los Espíritus. El
astrónomo preguntó a Slade la razón de este singular hecho.
El médium respondió que ese fenómeno se había ya
reproducido algunas veces en su presencia. Él puso un
pizarrillo sobre la mesa y lo cubrió con una pizarra que él
mantenía con su mano derecha, mientras su mano izquierda
había permanecido sobre la mesa. La escritura comenzó a
producirse sobre la superficie inferior, y cuando la pizarra
fue invertida, encontramos la frase siguiente escrita en
inglés: « No es en absoluto nuestra intención hacer daño;
perdonen lo que ha ocurrido.»
248
El estudio de escritura directa fue retomado en
Francia por un sabio, el Dr. Gibier, y encontramos al mismo
médium, Slade, que sirvió de intermediario en la
producción del fenómenos.
Este es el testimonio del Dr. Gibier1 :
« Hemos visto más de cien veces caracteres, dibujos,
líneas e incluso frases enteras, producirse con la ayuda de
un pizarrillo sobre las pizarras que Slade tenía e incluso
entre dos pizarras con las que no había ningún contacto.
Inútil añadir que todas esas experiencias estuvieron
rodeadas de las precauciones más minuciosas como nos
sugería el deseo de obtener resultados exentos de todo
fraude.»
Citemos, entre muchas otras, una de esas
experiencias.
«Tuvo lugar, – dice el doctor, – en mi casa, en mi
comedor, donde Slade entraba por primera vez (27 de mayo
de 1886).
«Estaban presentes cinco personas: dos miembros de
mi familia, un amigo, Slade y yo.
«Tomando una de mis pizarras, pregunté a Slade si
podría obtener la reproducción de una palabra que yo
escribiese sin que él supiese cual era. A su respuesta
afirmativa, escribí sobre mi pizarra manteniéndome
completamente al abrigo de la vista de Slade que, sin
mirarla, la deslizó bajo el borde mi mesa de modo que
quedara en parte visible. Apenas diez segundos
transcurrieron cuando la pizarra se me entregaba con la
mención: Louis is not here (Luis no está aquí), lo que era
cierto, escrito al lado opuesto en el que yo había escrito la
palabra Louis (el nombre de mi hijo).»
1
Spiritisme ou Fakirisme occidental, pp. 393 y siguientes.
249
Hemos visto darse en fenómeno en Inglaterra, en
Alemania, en Francia; pasemos ahora a América.
Lo que el Dr. Gibier no había visto, es decir el
pizarrillo escribía solo, el profesor Elliott Coues lo pudo
constatar con gran asombro.1
«Hace poco tiempo aún, – dice – apenas podría
haberme imaginado que iba a escribir una historia
semejante. Sin embargo, no puedo callarme en presencia de
semejantes hechos, sin que se pueda acusarme de cobardía
moral.»
El profesor cuenta que, encontrándose en San
Francisco en octubre de 1891, se presentó, acompañado de
su esposa, en el domicilio de una médium llamada Sra.
Mena Francis.
«Nos hizo entrar en una habitación iluminada por el
sol y nos sentamos ante una pequeña mesa, donde se
encontraban dos pizarras que la médium nos invitó a
examinar detenidamente. Tomó una de las pizarras, puso
encima un trozo de pizarrillo y la pasó bajo la mesa
agarrándola por una esquina, con una mano, mientras que
su otra mano era visible sobre la mesa:
«Sentada en su sillón, mientras que dos pares de ojos
estaban fijos en ella, dijo con voz tranquila:
« ¿Los queridos Espíritus querrán escribir?»
«Y de pronto se dejó oír un pequeño ruido de rasgado
bajo la mesa: Era el pizarrillo que escribía, y puede
entenderse mi estupefacción, cuando la Sra. Francis
retirando lentamente la pizarra de debajo de la mesa, vi al
descubierto, a plena luz y a algunas pulgadas ante mí, vi,
digo, el pizarrillo escribir por sí mismo, y acabar las últimas
palabras de una frase cuyas líneas cubrían casi toda la
pizarra.»
1
Annales psychiques, 1892.
250
«Puedo añadir que la experiencia duró más de una
hora, que fue variada y que, durante todo ese tiempo,
pudimos ver, tanto mi esposa como yo, el pizarrillo
escribiendo solo sin la intervención de ninguna mano
visible.
«Y lo que escribía ese pizarrillo, no eran precisamente
palabras escritas al azar, sino respuestas inteligentes
respondiendo a las preguntas que planteamos en repetidas
ocasiones, comunicaciones de personas fallecidas, pero a
las que mi esposa y yo habíamos conocido en vida. »
No diremos nada, pues el material es abundante, de
algunas experiencias en las que sabios de todo tipo y de
tierras diversas fueron testigos oculares de fenómenos
extraordinarios: penetrabilidad de la materia, aportes de
flores por manos invisibles, fotografías de Espíritus
reconocidos por sus parientes, improntas y auras de
fantasmas materializados… para llegar a las asombrosas
experiencias del Sr. Aksakof, el sabio ruso cuyo nombre
figurar en primera línea de la galería de los espiritistas
ilustres.
Estas experiencias fueron numerosas, variadas,
insuficientes a veces, pero coronadas de tal éxito, después
de pacientes y obstinadas tentativas, que nos complacemos
en citar algunas de las últimas sesiones de las que el Sr.
Aksakof ha dado cuenta de los hechos más detallados.
El 5 de julio de 1886, tuvo lugar la quinta sesión.
Tras haber explicado con que lujo de precauciones
fueron tomadas todas las medidas que necesitan tan
delicadas experiencias, el sabio ruso prosiguió en estos
términos que ahora resumimos, no habiendo necesidad de
una trascripción textual:
«El médium Eglinton cayo rápidamente en éxtasis. A
su derecha, entre él y yo, se manifestó una luz extraña que,
251
emergiendo de las cortinas, se extendió ante el médium al
que rodeó, haciendo flotar en el espacio oscuro como una
montón de velos plateados.
«Luego la luz desapareció y fueron dados unos
golpes, descubriéndose a una señal convenida las lentes de
los aparatos fotográficos, otras luces aparecieron y, sobre
esos fondo del espacio iluminado misteriosamente, los
asistentes vieron la silueta sombría de una mano cuyos
dedos se agitaban lentamente.
«Nueva exposición de placas sensibilizadas se
hicieron a la luz de una linterna roja que fue apagada casi
de inmediato, y en esas condiciones de completa oscuridad
fueron hechas cuatro exposiciones.
«Y cuando el revelado de las placas fue efectuado, se
vio sobre una de ellas una mano desnuda cuyo brazo
sostenía un velo con unos pliegues cayendo hasta el suelo.»
Nos encontramos ahora ante una nueva fase de los
fenómenos espiritistas: ¡la fotografía de objetos invisibles
obtenidas en plena oscuridad!
«Habiendo sido obtenido este resultado, – prosigue el
Sr. Aksakof, – consideraba el hecho de la fotografía en la
oscuridad como definitivamente constatado y decidí
proceder a nuevas experiencias.
«Mi resolución fue de inmediato detenida, cuando me
fue comunicado, en el nombre de los conductores invisibles
de la experiencia, que ellos querían de entrada completarla
en la oscuridad fotografiando una forma entera, y que a
continuación tratarían de darme una fotografía de la misma
forma acompañada de su médium, en medio de la luz del
magnesio. Me comprometían pues a no abandonar Londres
antes de haber obtenido una serie completa de esas
extraordinarias fotografías.
252
«La séptima sesión fue fijada el 12 de julio. Eran las
diez de la noche. Nuestro anfitrión situó él mismo en la
cámara las placas que yo había llevado y que había
marcado como siempre con una de mis nombres, en ruso.
«Églinton tomó su lugar detrás de las cortinas de la
ventana y cayó casi inmediatamente en éxtasis. Apagamos
la luz y formamos la cadena con nuestras manos.
«Y fue entonces cuando en medio de la habitación
apareció una luz flotante que se acercó a mí. Al mirarla
atentamente, pude distinguir el contorno de una figura
rodeada de una tela blanquecina. Esta figura a medias
cubierta por una gran barba negra, estaba como flotando en
el espacio; se acercó a cada uno de nosotros, luego se
desvaneció en la oscuridad. Algunos instantes después
apareció una nueva luz dulce y azulada, donde vi flotar
varias veces la misma forma. Ante ella se movía un objeto
blanco que los asistentes declararon ser algo parecido a una
flor.
«La reproducción de esa visión fue completamente
exitosa. Después de que el revelado de las placas hubiese
sido efectuado, distinguimos esa misma figura que se nos
había aparecido con sus grandes pestañas, su gran nariz
recta, su larga barba. La frente y la cabeza estaban cubiertas
de un velo cayendo a cada lado de la cabeza. El fantasma
tenía en la mano izquierda un lis cuya blancura se destacaba
con vigor sobre el fondo oscuro de la fotografía.»
Aunque satisfecho de los resultados obtenidos, el Sr.
Aksakof deseaba más todavía. Quería obtener una
fotografía sobre la que hubiesen aparecido al mismo tiempo
la persona del médium y la imagen del personaje
fantasmagórico que él hubiese evocado.
Este anhelo le fue concedido tras algunos fracasos de
los que contó ampliamente todas las peripecias.
253
En una última sesión que tuvo lugar el 26 de julio de
1886, se vio emerger detrás de una cortina y adelantarse
tres o cuatro pasos una gran forma masculina vestida de
blanco, la figura tenía una gran barba negra, y la cabeza
cubierta con un turbante. Un instante después, el médium
apareció a su vez, y a la luz deslumbrante del magnesio, los
asistentes vieron con estupefacción la gran forma blanca
rodeando y sosteniendo con su brazo izquierdo a Églinton
que, en los trances de su éxtasis, apenas podía mantenerse
sobre sus pies.
«Yo estaba sentado a algunos pasos de ese extraño
grupo, – continúa Aksakof, – y, bajo el fogonazo
deslumbrante de la luz que nos inundaba, pude examinar a
placer al extraño visitante. Era un hombre en pleno vigor de
edad y vida. Volví a ver de nuevo su figura móvil, su barba
negra, sus espesas cejas y sus ojos brillantes que fijaba con
un singular poder de visión sobre la llama del magnesio.
Fue entonces cuando se produjo un incidente de los
más extraordinarios. En el momento en el que M. N. gritó:
« Cerrad las lentes,» la forma desapareció detrás de la
cortina; pero, no habiendo tenido tiempo de arrastras a
Églinton con ella, el médium cayó como muerto ante la
cortina y vimos, en el paroxismo de una atención casi
jadeante, al fantasma que se inclinaba sobre el médium en
tierra, comenzando a hacerle pases magnéticos sobre su
cuerpo inmóvil. Églinton, reanimado, se levantó
lentamente, y el fantasma rodeándolo de un brazo lo
condujo detrás de la cortina.»
Y fue el grupo extraño de esos dos personajes:
Églinton y el fantasma, a los que el Sr. Aksakof encontró
sobre una de sus pruebas.
El prodigioso problema se había resuelto a partir de
ahora. El vivo y el desencarnado, que momentáneamente se
254
había materializado, figuraban codo con codo sobre la placa
fotográfica.
Dejemos esas maravillas y apresurémonos a llegar a
fenómenos más maravillosos aún…
____________________
255
CAPÍTULO XV
ESPIRITISMO TRASCENDENTAL
EL MAYOR DE LOS TESTIMONIOS
Este testimonio fuera de serie, es de William Crookes.
Se ayudó en sus primeros intentos con el concurso del Sr.
Home, el célebre médium, y no fue hasta el cabo de cuatro
años de experiencias consecutivas como llegó al objetivo
que se había propuesto.
Crookes no se conformó con el concurso del Sr.
Home; acudió también al de la Srta. Kate Fox (nuestra
antigua conocida de América), que se había revelado desde
el principio de los fenómenos espiritistas como una médium
de las más destacadas.
Se rodeó también de diversos psíquicos de la
Sociedad de Londres y finalmente de la Srta. Florence
Cook. Fue con el concurso de esos poderosos ayudantes
como puso de manifiesto, y de un modo irrefutable, el más
increíble, sin lugar a dudas, de todos los prodigios
imaginables.
Concedamos la palabra al Sr. William Crookes1.
«La Srta. Fox me había prometido realizar una sesión
en mi casa, una noche de primavera del año pasado.
«Mientras la esperaba, una dama pariente nuestra y
mis dos hijos mayores se encontraban en el comedor donde
hice pasar a la Srta. Fox. Dije a mis dos hijos que se fuesen
a la biblioteca a estudiar sus lecciones. Empujé la puerta
tras ellos, la cerré con llave y, según mi costumbre durante
las sesiones, guardé la llave en mi bolsillo.
«Estando sentados, recibimos pronto un mensaje
alfabético instándonos a apagar el gas. Una nueva
1
Recherches expérimentales sur le Spiritisme.
256
comunicación nos fue hecha en estos términos: «Vamos a
producir una manifestación que os dará la prueba de nuestro
poder.»
«Y casi de inmediato, los tres oímos el tintineo de una
campanilla, no estacionario, sino yendo y viniendo por
todos lados en la habitación, unas veces tocándome la
cabeza, otras rozando el suelo. Después de haber sonado de
ese modo durante al menos cinco minutos, esa campanilla
cayó sobre la mesa, muy cerca de mis manos.
«Durante toda la duración del fenómenos, nadie se
movió y las manos de la Srta. Fox permanecieron
perfectamente inmóviles. Yo pensaba que no podía ser mi
pequeña campanilla la que había sonado, pues la había
dejado en la biblioteca.
«Encendí una vela. No había duda, sobre la mesa
había una campanilla. Me dirigí rauda hacia la biblioteca.
De un vistazo vi que la campanilla no se encontraba donde
la había dejado. Dije a mi hijo mayor: «¿Sabes dónde está
mi pequeña campanilla?»
«–Sí, papá, aquí. – y me mostró el lugar donde
hubiese debido estar. Y levantando los ojos: No, – dijo – ya
no está; pero estaba ahí hace un momento.
«–¿Qué quieres decir? ¿Alguien ha venido a cogerla?
«–No, nadie ha venido; pero estoy seguro de que
estaba ahí, porque al entrar en la biblioteca, J. (el más joven
de mis hijos) se ha puesto a hacerla sonar tan fuerte, que yo
no podía estudiar y le dicho que parase. J. confirmó esas
palabras y añadió que él había puesto la campanilla donde
la había encontrado.
«Vemos pues que fue necesario que los Espíritus
hiciesen pasar esa campanilla a través de la pared para
llevarla al comedor. El fenómeno no puede comprenderse
más que suponiendo que la materia puede pasar a través de
la materia: lo que no es imposible en definitiva, puesto que
257
se ve que el agua bajo presión suficiente rezuma por los
poros de una esfera de oro, o el hidrógeno se filtra a través
de las paredes de un tubo de hierro al rojo vivo y más
usualmente el petróleo a través de la porcelana.»
Otro relato de William Crookes:
«El segundo caso que voy a relacionar tuvo lugar a
plena luz, un domingo por la tarde, en presencia del Sr.
Home y de algunos miembros de mi familia. Mi esposa y
yo, habíamos pasado la jornada en el campo y habíamos
recogido algunas flores. Llegando a casa, las entregamos a
una sirvienta para que las pusiese en agua. El Sr. Home
llegó pronto y todos juntos nos dirigimos al comedor.
Cuando estuvimos sentados, la sirvienta trajo las flores que
había introducido en un jarrón. Yo las situé en medio de la
mesa cuyo mantel había sido retirado. Era la primera vez
que el Sr. Home veía esas flores.
«Tras haber obtenido varias manifestaciones, la
conversación derivó sobre algunos hechos que no parecían
poder explicarse más que admitiendo que la materia puede
pasar a través de una sustancia sólida.
«Al respecto, el mensaje que siguió nos fue dado por
el procedimiento ordinario:
«Es imposible a la materia pasar a través de la
materia, pero nosotros vamos a mostraros lo que podemos
hacer1.»
«Esperamos en silencio. Pronto, una aparición
luminosa fue percibida planeando sobre el ramo de flores;
luego, a la vista de todos los asistentes, un tallo de hierba de
China, de 15 pulgadas de largo, que constituía el ornamento
del centro del ramo, se elevó lentamente del medio del
1
Se trata de extenderse sobre el fenómeno de las penetraciones
aparentes. Las moléculas sólidas no atraviesan otras moléculas sólidas,
pero la penetración puede tener lugar por apartamiento de las
moléculas.
258
jarrón y descendió sobre la mesa, ese tallo no se detuvo,
pero pasó recto a través de la mesa y todos lo vimos
perfectamente hasta que la hubo atravesado completamente.
«Inmediatamente después de la desaparición de la
hierba, mi esposa, que estaba sentada al lado del Sr. Home,
vivo entre ella y él una mano que venía de debajo de la
mesa y que tenía el tallo de hierba con el que la golpeó dos
o tres veces en la espalda, con un ruido que todo el mundo
oyó, luego ella puso la hierba sobre el suelo y desapareció.
«No hubo allí más que dos personas que vieron la
mano, pero todos los asistentes vieron el movimiento de la
flor. Mientras esto ocurría, todo el mundo pudo ver las
manos del Sr. Home encima de la mesa y perfectamente
inmóviles.
«El lugar donde la hierba había desaparecido estaba a
d 18 pulgadas de las manos del médium.
«La mesa era una mesa de comedor con unos rieles
para ampliarse a ambos lados. No estaba extendida y la
reunión de las dos partes formaba un grieta estrecha en
medio. Fue a través de esa grieta por donde había pasado la
hierba, aunque fuese mucho más gruesa y no parecía poder
hacerlo sin aplastarse o romperse, y sin embargo todos la
vimos descender sin problema, y, examinándola a
continuación, pudimos comprobar que no tenía ni la menor
huella de aplastamiento o de arañazo. »
APARICIONES LUMINOSAS
Después de la constatación de estos hechos que
prueban con que extraña facilidad los Espíritus pueden
manipular la materia, vamos a ver lo que son capaces de
hacer en la manipulación de su propia sustancia etérea y
como pueden, a su antojo, hacerse luminosa, o aun
condensarse en unas condiciones que contradicen todas las
259
leyes comunes y desmoronan todas nuestras ideas
tradicionales.
Pero concedamos la palabra al sabio químico que, en
medio de esas fenomenales sesiones, conserva el impasible
equilibrio, la imperturbable sangre fría del observador al
que nada desconcierta.
«Esas manifestaciones luminosas, aun siendo un poco
débiles, exigen generalmente que la habitación permanezca
oscura. Apenas necesito recordar a mis lectores que he
tomado todas las precauciones necesarias para descartar
todos los posibles fraudes. Y puedo añadir por lo demás que
esas extrañas luce eran de tal naturaleza, que no he podido
conseguir imitarlas por ninguno de los medios artificiales
de los que dispone la ciencia.
«Pues bien, fue en esas condiciones de control más
absoluto, cuando vi una vez un cuerpo sólido, luminoso por
sí mismo, teniendo más o menos la forma de un gran huevo,
flotando sin ruido a través de la habitación, elevarse más
alto de lo que pudiese hacerlo una persona y descender
enseguida muy suavemente sobre el suelo, para volver a
subir de inmediato.
«Ese objeto fue visible durante más de diez minutos,
y, antes de desvanecerse, rozó tres veces la mesa con un
ruido semejante al que hubiese podido producir un cuerpo
sólido y duro.
«Durante todo ese tiempo, el médium estaba sentado
sobre un diván y parecía completamente insensible.
«Vi puntos luminosos brotar de todos lados y
colocarse sobre la cabeza de diferentes personas. A algunas
preguntas que yo había planteado, se me respondió con
flases de luz brillante que se producían ante mi rostro y el
número de veces que yo mismo había fijado. Vi brillos
arrojarse de la mesa al techo y volver a caer enseguida
sobre a mesa, con un ruido muy distinto. Obtuve de ese
260
modo una conversación alfabética en medio de luminosos
resplandores en e aire, ante mí, en el medio de los que pasé
mi mano. He visto una nube luminosa flotar encima de
encuadro. Me ha ocurrido más de una vez que un cuerpo
sólido fosforescente cristalino ha sido puesto en mi mano,
por una mano que no pertenecía a ninguna de las personas
presentes. A plena luz, vi una nube luminosa planear sobre
un heliotropo situado sobre una mesa a nuestro lado,
romper una rama y entregársela a una dama, y en algunas
circunstancias he visto una nube parecida condensarse bajo
nuestros ojos, tomando la forma de una mano, y
transportando pequeños objetos; pero eso pertenece más
bien a la clase de fenómenos que siguen. »
APARICIONES DE MANOS LUMINOSAS
«A menudo se han sentido tocamientos de manos
durante las sesiones hechas en la oscuridad; pero prefiero
elegir alguno casos numerosos en los que he visto manos a
plena luz.
«Una pequeña mano de una forma exquisita se elevó
un día de una mesa y me entregó una flor. Apareció y luego
desapareció en tres ocasiones diferentes, dándome todo tipo
de facilidades para convencerme de que tal aparición era
tan real como mi propia mano.
«En otras circunstancias, una pequeña mano y un
pequeño brazo, parecidos a los de un niño, aparecieron ante
una dama que estaba sentada cercad de mí. Luego la
aparición se dirigió a mí, me golpeó el brazo y tiró varias
veces de la manga de mi chaqueta.
«En otra ocasión, un dedo y un pulgar fueron vistos
arrancando los pétalos de una flor que estaba en el ojal del
Sr. Home y depositadas ante varias personas que estaban
cerca de él.
261
«Las manos y los dedos de esas apariciones no
siempre me han parecido sólidas y vivas. A veces son
vaporosas; pero otras veces, también, parecen
perfectamente animadas; los dedos se mueven y la carne
parece ser tan humana como la de todas las personas
presentes.
«Al tocarlas, esas manos están a veces frías y como
muertas; pero en otras ocasiones me han parecido cálidas y
vivas y «han estrechado la mía con la firmeza de un viejo
amigo ». He retenido, cierto día, una de esas manos en la
mía, decidido a no dejarla escapar. Ninguna tentativa y
ningún esfuerzo fueron hechos para que la aflojase; pero
poco a poco esa mano pareció disolverse en vapor, y fue de
ese modo como se desprendió de mi apretón.»
___________________
262
263
CAPÍTULO XVI
LAS MATERIALIZACIONES
KATIE KING
¿A qué género de experiencias pertenece el hecho que
nos queda por citar? El lector que ya tiene a bien estar
familiarizado con los prodigios más increíbles de este
fenómeno inexplicable, ¿qué va a decir, a pensar, a creer…
si es que cree?
Ya no son dedos, ni manos, ni intangibles fantasmas
los que van a aparecer. Es un ser, una muchacha, una mujer,
una verdadera mujer que habla, que se sienta, que camina,
que se la ve, que se puede tocar.
Se llama Katie King. Aparece a plena luz, viva, alta,
bella, blanca y rubia – es importante insistir sobre este
hecho – toda vez que su médium, la Srta. Florence Cook, es
bajita, morena y tiene los cabellos casi negros…con lo cual
no sería posible en absoluto una posible confusión.
Esta manifestación, esta visión, ese fenómeno, ese
prodigio, esa especie de milagro o sueño, –¿alguien sabe
con qué nombre calificar esta inimaginable aventura? –
¡duró tres años! Sí, tres años, han leído ustedes bien…
Solamente fue en los últimos meses cuando el Sr. Crookes
tuvo conocimiento de él. Tras haber asistido a algunas
sesiones en casa del Sr. y la Sra. Cook, el padre y la madre
de la joven médium, una niña de quince años, obtuvo de
ellas que la jovencita fuese a su casa y pasase allí algunas
veces una semana entera. Y fue allí, en la casa, entre la
familia del sabio, como vivió el ser incomprensible que, con
la ayuda inconsciente y no menos incomprensible de su
médium dormida, adoptaba un cuerpo humano, órganos,
264
sentidos, conversaba con la Sra. Crookes, contaba historias
a los muchachos y se prestaba a las experiencias del dueño.
Es paradójico, insensato, inadmisible… Y sin
embargo, ¡es cierto! puesto que el Sr. Crookes lo afirma y
lo garantiza el intangible honor de su carrera de sabio
excepcional y de su vida de hombre honesto cuya lealtad
está fuera de toda sospecha.
Ya les he advertido, desde las primeras páginas, que
les contaría cosas… del otro mundo, como dice Eugène
Nus.
Pero ahora que están ustedes preparados, lean lo que
dice el mismo Sr. Crookes:
«Fue en mi biblioteca que servía de despacho. Tenía
una puerta de dos batientes que se abría al laboratorio; uno
de los batientes fue retirado de sus goznes y una cortina fue
suspendida en su lugar para permitir a Katie (el Espíritu
materializado) entrar y salir fácilmente…»
Era detrás de esa cortina donde se operaba la
misteriosa encarnación; era allí de donde Katie salía y venia
a mostrarse a los asistentes.
«El 12 de marzo1, – prosigue el Sr. Crookes,– durante
una sesión que tuvo lugar en mi casa y después de que
Katie hubiese caminado en medio de nosotros y nos hubiese
hablado durante algún tiempo, se retiró detrás de la cortina
que separaba la biblioteca del laboratorio donde estaban
sentados los asistentes. Al cabo de un momento, regresó a
la cortina, me llamó y me dijo: «Entre en la habitación y
levante la cabeza de mi médium, se ha caído al suelo.»
«Katie estaba entonces de pie ante mí, vestida con su
vestido blanco habitual y cubierta la cabeza con su turbante.
Me dirigí inmediatamente a la biblioteca y Katie retrocedió
algunos pasos para dejarme pasar. La Srta. Cook, en efecto,
1
El 12 de marzo de 1874.
265
había resbalado del canapé de donde su cabeza pendía
penosamente. La volvía a colocar sobre el canapé y pude
comprobar con satisfacción, a pesar de la oscuridad
reinante, que la Srta. Cook, siempre vestida con su traje de
terciopelo negro, no podía de ningún modo ser confundida
con Katie. La médium por otra parte extendida sobre el
canapé, estaba sumida en un profundo letargo.
«Yo regresé a mi puesto de observación. Katie
apareció de nuevo y me dijo que pensaba poder mostrarse a
mí, al mismo tiempo que su médium. Se bajó el gas y me
pidió mi lámpara de fósforo. Tras haberse mostrado a su luz
durante algunos segundos, me la puso en las manos
diciendo: « Entre ahora y venga a ver a mi médium.» La
seguí inmediatamente y a la luz de mi lámpara vi a la Srta.
Cook acostada sobre el canapé, en la posición exacta en la
que la había dejado; pero mirando a mi alrededor, ya no
pude ver a Katie que había desaparecido. Volviendo a
tomar mi lugar, Katie reapareció de nuevo y me dijo que
todo el tiempo había permanecido de pie junto a la médium.
Luego queriendo, – me dijo ella – intentar una experiencia,
volvió a tomar la lámpara y pasó detrás de la cortina. Al
cabo de algunos
minutos, me entregó la lámpara
diciéndome que no había podido conseguirlo « habiendo
agotado todo el fluido de su médium1», pero
prometiéndome intentarlo en otra ocasión.
«Mi hijo mayor, un muchacho de catorce años, que
estaba sentado frente a mí, en una posición tal que podía
ver detrás de la cortina, me dijo que había visto
distintamente la lámpara pareciendo flotar en el espacio,
1
Es, en efecto, tomando prestado de sus médiums una parte de su fluido
más o menos condensado, como los Invisibles se materializan y se
manifiestan ante nosotros, bajo esas formas extrañas que se ven, que se
tocan, que en se fotografían o que se moldean según el grado de
condensación.
266
encima de la Srta. Cook y iluminándola mientras estaba
tumbada sin movimiento sobre el sofá, pero que no había
visto a nadie sosteniendo la lámpara.»
«Paso ahora a la sesión mantenida, ayer por la noche,
en Hackney.
«Katie nunca había aparecido con tanta perfección.
Durante cerca de dos horas, se paseó por la habitación,
charlando familiarmente con todas las personas presentes.
Varias veces, tomó mi brazo caminando y yo sentía que era
una mujer viva que caminaba a mi lado y no un visitante
del otro mundo. Esta impresión fue tan intensa, que tuve la
irresistible tentación de repetir una curiosa experiencia de la
que había tenido conocimiento recientemente.
«Pensando que, si no tuviese un Espíritu a mi lado, al
menos se encontraba allí una «dama viva», le pedí permiso
de tomarla en mis brazos, a fin de verificar las interesantes
observaciones Que un investigador audaz había hecho
conocer hacía poco tiempo de una manera más bien poco
prolija.
«Este permiso me fue concedido graciosamente e hizo
uso de él – con la discreta conveniencia que, en semejantes
circunstancias, se impone naturalmente en todo hombre
bien educado. – El SR. Vollkman estará sin duda encantado
sabiendo que puedo corroborar su aserto, y que el «
fantasma » era un ser tan material como la propia Srta.
Cook.
«En cuanto a Katie, me dijo entonces que esta vez ella
se creía capaz de mostrarse al mismo tiempo que su
médium. Bajé pues el gas y, con mi lámpara en la mano,
entré en el gabinete, pues conocía la importancia que se da
a las primeras impresiones y no quería encomendarme a mi
memoria. Ahora bien, estas notas están en este momento
delante de mi.
267
«Entré pues en el gabinete; estaba oscuro y casi
busque a tientas a la Srta. Cook. La encontré de cuclillas
sobre el suelo.
«Arrodillándome a su lado, hice entrar un poco de aire
en mi lámpara de fósforo y, a su luz, vi a la Srta. Cook
vestida de terciopelo negro, como estaba al principio de la
sesión, y con la apariencia de estar completamente
insensible. No se movió, cuando tomé su mano y mantuve
la lámpara cerca de su rostro; pero ella continuó respirando
apaciblemente.
«Levantando la lámpara, miré a mi alrededor y vi a
Katie que se encontraba de pie muy cerca de la médium.
Estaba vestida con una paño blanco y vaporoso como la
habíamos visto durante la sesión. Teniendo una de las
manos de la Srta. Cook en la mía, levanté y bajé la lámpara,
tanto para iluminar la figura de Katie, como para
convencerme plenamente que veía realmente a la auténtica
Katie que yo había tenido en mis brazos algunos minutos
antes y no el fantasma de un cerebro enfermo. Ella no
habló, pero hizo una señal de gratitud con la cabeza. En tres
ocasiones distintas, examiné cuidadosamente a la Srta.
Cook, siempre de cuclillas ante mí, para asegurarme de que
la mano que yo tenía era la de una mujer viva, y, tres veces
diferentes, dirigía mi lámpara hacia Katie para examinarla
con una atención mantenida, hasta que no tuviese la más
mínima duda de que era ella quién estaba ante mí. Al final,
la Srta. Cook hizo un movimiento ligero y enseguida Katie
me hizo señales de que me retirase. Me fui al fondo del
gabinete y dejaba de ver a Katie, pero no abandoné la
habitación hasta que se despertó la Srta. Cook y dos
asistentes hubiesen entrado co la luz.
«Antes de publicar este artículo, – prosigue el Sr.
Crookes,– deseo divulgar alunas de las diferencias que
observé entre la Srta. Cook y Katie. Esta última es de talla
268
variable; pero siempre más alta que la Srta. Cook. Ayer
noche, Katie tenía el cuello descubierto, su piel era fina y
suave, mientras que la Srta. Cook tiene en el cuello una
cicatriz muy aparente y rugosa al tacto. Las orejas de Katie
no están agujereadas, mientras que la Srta. Cook lleva de
ordinario unos aros en las orejas. La tez de Katie es muy
blanca, mientra que la de la Srta. Cook es muy morena. Los
dedos de Katie son mucho más largos que los de la Srta.
Cook y su rostro es más ancho. En los modos y maneras de
expresarse, hay también diferencias notables.»
Desde el comienzo de sus apariciones, Katie King
había anunciado que no tenía el poder de permanecer con
su médium más de tres años y que después de este tiempo
debería despedirse de ella para siempre. El fin de este
periodo tuvo lugar el jueves 21 de mayo de 1874.
El Sr. Crookes asistió a la sesión de despedida que
cuenta en estos términos:
«Durante la semana anterior de la partida de Katie, se
hicieron dos sesiones en mi casa, casi todas las noches, a fin
de permitirme fotografiarla bajo la luz artificial. Cinco
aparatos completos fueron preparados a tal efecto.
«Mi biblioteca sirvió de cuarto oscuro. Cada noche,
había tres o cuatro exposiciones, lo que daba al menos
quince pruebas por sesión. Algunas se estropearon al
revelarse; a pesar de todo, tengo cuarenta y cuatro
negativos. Algunos son mediocres, otros excelentes.
«Katie dio como instrucción a todos los asistentes que
permanecieron sentados. Tan solo yo estuve exento de esta
medida, pues, desde algún tiempo atrás, ella me había dado
permiso para hacer lo que quisiera, tocarla, entrar en el
gabinete y salir a mi antojo.
« Después de que la Srta. Cook hubiese cenado y
conversado con nosotros, se dirigió hacia el gabinete, y, a
269
petición suya, yo cerré con llave la segunda puerta,
guardando la llave en mi bolsillo durante toda la sesión.
Entonces se bajó el gas y se dejó a la Srta. Cook en la
oscuridad. Entrando en el gabinete, se tumbaba sobre el
suelo, con su cabeza sobre un cojín y casi de inmediato caía
en trance.
«Mientras yo tomaba una parte activa en esas
sesiones, la confianza que Katie tenía en mí crecía día tras
día, tanto era así, que no quería realizar sesiones a menos
que yo no me encargase de tomar todas las disposiciones.
«Una de las fotografías más interesantes es una en la
que estoy de pie al lado de Katie. Ella tiene su pie descalzo
sobre el suelo. Vestí a continuación a la Srta. Cook como a
Katie. Ella y yo nos fotografiamos exactamente en la
misma posición y fuimos fotografiados por los mismos
objetivos situados exactamente como en la experiencia
precedente e iluminados por la misma luz. Cuando esas dos
pruebas son comparadas, ambas fotografías de mi persona
coinciden perfectamente, pero Katie es más alta en media
cabeza que la Srta. Cook; la amplitud de su rostro y el
grosor de su cuerpo difieren sustancialmente de los de su
médium.
«Pero la fotografía es impotente a la hora de expresar
la perfecta belleza del rostro de Katie, como las palabras lo
son también para describir el encanto de sus modales. La
fotografía puede reproducir las líneas de su pose, pero
¿cómo podría dar una idea de la blanca pureza de su tez, o
de la expresión siempre cambiante de sus rasgos tan
móviles, tan velados de tristeza cuando contaba algunos
tristes acontecimientos de su vida pasada, o cuando sonreía
con toda la inocencia de una jovencita, cuando había
reunido a mis hijos a su alrededor y les contaba divertidos
episodios de sus aventuras en la India.
270
«He visto tan bien a Katie últimamente, cuando estaba
iluminada por la luz eléctrica, que me es fácil añadir
algunos rasgos a las diferencias que, en un anterior artículo,
establecí entre ella y su médium. También tengo la certeza
más absoluta que ambas mujeres son dos individuos
distintos.
«Varias pequeñas marcas que se encuentran sobre el
rsotro de la Srta. Cook se echan de menos en el de Katie. La
cabellera de la primera es de un moreno tan intenso que
parece casi negra. Un bucle del de Katie, que está ahí bajo
mis ojos, y que ella me había permitido cortar en medio de
sus trenzas es de un castaño dorado.
«Una noche, conté las pulsaciones de Katie: su pulso
latía regularmente a 75, mientras que el de la Srta. Cook
alcanzaba 90, su cifra habitual. Apoyando mi oído sobre el
pecho de Katie, podía oír su corazón cuyas pulsaciones eran
más regulares que las del corazón de la médium. Pude
igualmente constatar, mediante auscultación, que los
pulmones de Katie estaban más sanos que los de la Srta.
Cook que en ese momento seguía un tratamiento médico
por un gran resfriado.
«Cuando llegó el momento de despedirnos, pedí a
Katie el favor de ser el último en verla. En consecuencia,
cuando ella hubo llamado a su lado a cada persona de la
sociedad y cuando les hubo dicho algunas palabras en
privado, dio instrucciones generales para nuestra dirección
futura y la protección a conceder a la Srta. Cook. De esas
instrucciones cito la siguiente: «Sr. Crookes ha actuado
muy bien siempre y es a él a quién dejo a Florence (Srta.
Cook) en sus manos, estando perfectamente segura de que
no defraudará la fe que tengo depositada en él. En cualquier
circunstancia imprevista, él podrá hacerlo mejor que yo
misma, pues tiene más fuerza.»
271
«Habiendo terminado sus instrucciones, (que fueron
taquigrafiadas), Katie me invitó a entrar en el gabinete con
ella y me permitió permanecer allí hasta el final.
«Tras haber cerrado la cortina, conversó conmigo
durante algunos instantes, luego atravesó la habitación para
ir al lado de la Srta. Cook, que gemía inanimada sobre el
suelo. Inclinándose sobre ella, Katie la tocó y le dijo:
« Despierta, Florence, despierta; tengo que dejarte
ahora.»
«La Srta. Cook se despertó, y anegada en lágrimas
suplicó a Katie que se quedase algún tiempo más. «Querida,
no puedo, – respondió esta última; – mi misión está
cumplida. ¡Qué Dios os bendiga! » y continuó hablándole.
Durante algunos minutos conversaron juntas, hasta que al
fin las lágrimas de la Srta. Cook le impidieron hablar. A
una señal de Katie, yo me adelanté para agarrar a la Srta.
Cook que iba a caer y que sollozaba convulsivamente…
«Yo miraba a mi alrededor, pero Katie y su vestido
blanco habían desaparecido.
«Cuando la Srta. Cook se calmó un poco, se trajo la
luz y la conduje fuera del gabinete.»
Un testigo de esta inolvidable sesión confirma en
estos términos el relato del Sr. Crookes y añade varios
detalles aún más extraños que nosotros reproducimos
textualmente, a pesar de algunas repeticiones:
«A las siete y cuarto de la tarde, el Sr. Crookes
condujo a miss Cook al gabinete oscuro, donde ella se
tumbó en el suelo, con la cabeza apoyada en un cojín. A las
siete y veinte minutos, Katie habló por primera vez y, a las
siete y media, se mostró fuera de la cortina y en toda su
forma. Estaba vestida de blanco, con mangas cortas y el
cuello desnudo. Tenía unos largos cabellos castaños claros
de color dorado cayendo en bucles a ambos lados de la
272
cabeza y a lo largo de la espalda hasta la cintura. Llevaba
un largo velo blanco que no fue bajado más que una o dos
veces sobre su rostro durante la sesión.
«Miss Cook tenía un vestido azul claro. Durante casi
toda la sesión, Katie permaneció de pie ante nosotros. La
cortina del gabinete siendo apartada, dejaba ver a todos
distintamente a la médium dormida con el rostro cubierto
con un chal rojo, para evitarle la luz. No abandonó su
primera posición desde el comienzo de la sesión durante la
cual la luz proporcionaba una intensa claridad.
«Katie habló de su marcha próxima y aceptó un ramo
que el Sr. Trapp le había traído, así como algunas flores de
lis en un ramito ofrecidas por el Sr. Crookes. Katie invitó al
Sr. Trapp a desatar las flores y a depositarlas ante ella sobre
el suelo. Entonces se sentó a la manera turca y nos rogó a
todos hacer otro tanto a su alrededor. Entonces compartió
las flores y dio a cada uno un pequeño ramo que ella rodeó
con una cinta azul.
«Escribió unas cartas de despedida a algunos de sus
amigos firmándolas como « Annie Owen Morgan », que
había sido su verdadero nombre durante su vida terrestre.
Escribió igualmente una carta a miss Cook y eligió para ella
un botón rosa como regalo de despedida.
«Entonces tomó unas tijeras, cortó un mechón de sus
cabellos y nos entregó a todos una gran parte. A
continuación tomó el brazo del Sr. Crookes, dio una vuelta
por la habitación y estrechó la mano de cada uno. Luego,
sentándose de nuevo, cortó varios trozos de su vestido y de
su velo que nos entregó como regalos a todos.
«Viendo tantos agujeros en su vestido, se le preguntó
si podría reparar el daño, así como ya lo había hecho en
otras ocasiones. Entonces presentó la parte cortada a la
claridad de la luz, luego, dando un pequeño golpe encima,
nos mostró esa parte que al instantes de volvió idéntica a
273
como la tenía antes de ser cortada. Aquellos que se
encontraban cerca de ella examinaron, tocaron la tela con su
permiso y declararon que no existía ningún agujero, ni
corte, allí dónde un instante antes habían visto agujeros de
varias pulgadas de diámetro.
«A continuación dio sus últimas instrucciones al Sr.
Crookes y a otros amigos sobre la conducta a seguir en lo
referente a manifestaciones posteriores prometidas por ella
por la intermediación de su médium. Esas instrucciones
fueron anotadas con todo detalle y entregadas al Sr.
Crookes.
«Apareció entonces fatigada y dijo tristemente que
deseaba irse, sintiendo sus fuerzas disminuir. Reiteró a
todos su adiós de la manera más afectuosa. Los asistentes le
agradecieron las maravillosas manifestaciones que ella les
había concedido.
«Mientras arrojaba a sus amigos una última mirada
profunda y pensativa, dejó caer la cortina y desapareció
ante nuestros ojos.
«Escuchamos como la médium despertaba rogándole
entre lágrimas que quedase un poco más; pero Katie le dijo:
«Querida, no puedo. Mi misión está cumplida; ¡qué Dios te
bendiga! » Y oímos el ruido de su beso de despedida. Miss
Cook se presentó entonces en medio de nosotros agotada,
desfallecida y presa de una profunda desolación.
«En el transcurso de la sesión, Katie había dicho que a
partir de ahora ya no podría ni hablar ni mostrar su rostro, y
que accediendo durante tres años a esas manifestaciones
físicas había pasado una vida dolorosa para expiar sus
pecados; pero que estaba decidida a elevarse un grado
superior en la vida espiritual y que no sería más que a
largos intervalos de tiempo, como ella podría relacionarse
274
por escrito con su médium, pero que ese médium podría
siempre verla en medio de la lucidez magnética1.»
______________________
1
El libro del Sr. Crookes, Recherches sur le spiritualisme, traducido en
francés, se encuentra en la librairie des Sciences psychologiques, calle
Saint-Jacques 42 en París.
275
CAPÍTULO XVII
LA ÚLTIMA PALABRA
Me parece indispensable decir la última palabra. ¿Qué
decir, en efecto? – Uno mira, se palpa, se toma la cabeza
con ambas manos y se pregunta si sueña o se ha vuelto
loco…
¿Y ahora qué vamos a hacer?
¿Creer o dudar?
¿Creer?... ¡Pero es tan prodigiosamente extraño!
¿Dudar pues? ¿Pero es posible ante afirmaciones tan
categóricas y absolutas de un sabio de la valía del Sr.
Crookes? Si hay un hombre en el mundo, que sea
susceptible de ser tomado en serio, es con toda seguridad
éste, e intentar lo contrario sería impertinente locura o
tomar partido por compromiso.
A pesar de todo admitamos que haya, sino dudas, al
menos algunas preguntas a plantear…
Pues bien, ¿con qué objetivo el Sr. Crookes habría
intentado lanzar a través del mundo – empleamos el estilo
de los periodistas – esa paradójica narración,
fantasmagórica, más grande que el antiguo epiornis1 de
Madagascar?
¿Objetivo inconfesable de especulación?
–No, es rico.
¿Deseo de llamar la atención, de hacerse no sé qué
publicidad malsana?
1
Denominada "ave elefante", que según algunas buenas fuentes vivió
hasta el principio de la era cristiana en Madagascar. Su altura llegaba a
los 2,5 metros de altura y podía pesar hasta media tonelada. (Nota del
T.)
276
–¿Pero qué publicidad necesitaba ese apellido, grande
entre los más grandes, el glorioso Cristóbal Colón de la
materia radiante? ¿No era más bien arrojar por la borda toda
una vida de honor científico y de grandeza moral
incuestionable?
¿Es eso todo? Desde luego que no.
Admitiendo que hubiese « engañado a todo el mundo
», desde los cuatro rincones de Inglaterra y Europa, ¿no
habrían venido a recaer sobre el impostor, las protestas
indignadas de aquellos a los que él hubiese engañado con
tanto atrevimiento, de todos los periódicos a los cuales
envío sus comunicaciones, de todos los sabios a los que
escribió, de todos los amigos y asistentes a las sesiones
cuyo testimonio invocó? Proclamó los resultados de sus
investigaciones en 1874; hace veinticuatro años que el
mundo científico ha sido invitado al examen de esas
revelaciones sin precedentes, ¿y quién ha reclamado, quién
lo ha convencido de fraudulento1?
Además, ¿es él el único que haya hecho esas
revelaciones? No son cincuenta, no son cien, todos los que,
antes que él, han experimentado y concluido lo mismo que
él, los Wallace, los Oxon, los Zoellner, los Varley, los
Deamond Fitz Gerald, los Carter Blake, los Elliott Coues,
los Ascenti, los Gibier, los de Rochas, los Richet, los
Marillier, los Nus, los Flammarion, los Aksakof… y tantos
otros observadores sin contar todos los miembros de las
sociedades sabias que, de entrada incrédulas o
recalcitrantes, han venido, vencidas por la evidencia, a
1
Él teme tan poco estos testimonios de impostor, que todavía hoy, en
1898, acaba de pronunciar un discurso en el que declara no retractarse
de ninguna de sus afirmaciones anteriores, admitiendo decididamente:
la transmisión de los pensamientos, la telepatía y la vida del más allá,
sobre todo probada de un modo tan deslumbrante por sus experiencias
sobre Katie King.
277
aportar sus testimonios y sus adhesiones a la grandiosa
revelación, tales como los Edmonds, los Mapes, los Robert
Hare, los Robert Dale… la lista sería interminable.
A menos de estar afectado de ceguera voluntaria, la
más incurable de todas, no creemos que se pueda dudar de
la existencia del fenómeno.
Dudar, frente a los innumerables hechos que hemos
citado, y sobre todo en presencia de una Katie King, a la
que el Sr. Crookes cuenta las pulsaciones y escucha latir su
corazón, que regala bucles de sus cabellos y flores a toda
una asamblea de asistentes, de « testigos » que, durante
horas, la ven ir y venir a plena luz, escuchándola hablar,
sintiendo la presión de sus manos, recibiendo sus adioses y
viéndola disiparse en el aire – cuando los taquígrafos
acaban de escribir sus recomendaciones y los fotógrafos
acaban de revelar las placas con su imagen – dudar en
semejantes condiciones… Pues bien, ¿Qué quieren que les
diga? Sería una aberración, o una cabezonería, tal vez
también el deseo de llamar la atención – pobre originalidad
– en fin, sería todo lo que se quiera, excepto tener un
entendimiento abierto y una leal buena voluntad.
Si realmente son los Espíritus quiénes se introducen
en nuestra vida, ¿qué puede hacer usted y en qué puedo yo
hacer ceder su estéril intransigencia? Lo he dicho y
repetido: ¡nada hay más opinable que un hecho!...La verdad
acaba siempre por surgir en medio de todos los escombros
que uno se esfuerza en amontonar sobre ella para ocultarla.
La verdad se ríe de los enterradores y para ella no hay
sepulcro que valga.
«Pero, – dice usted,– es Eugéne Nus quién habla –
¡eso va a resucitar todas las supersticiones! ¿Y qué, dónde
está aquí la superstición? Si se me prueba que son los
Espíritus los que dirigen el fenómeno, yo no sería
278
supersticioso por eso… Que vengan, los recibiría
educadamente y escucharía las teorías que me planteen
como lo haría con los que me hacen los vivos bajo el
control de mi buen sentido común y de mi razón.»
«¡Las supersticiones! Pero es precisamente para
destruirlas por lo que pido a la verdadera ciencia que
estudie esos fenómenos en su intensa realidad.»
«Mi amigo Victor Meunier dice con razón que la
superstición está hecha, en primer termino, de apariencias
engañosas y de falsas interpretaciones de un hecho
auténtico en sí, y no es destruida más que cuando la materia
de la que está hecha ha sido definitivamente explicada.
«Por Dios, explíquense pues, señores sabios; es su
oficio después de todo y eso valdría infinitamente mucho
más que dar la espalda o cerrar obstinadamente los ojos y
los oídos…
«¡Pero el miedo al ridículo!... miedo francés, qué
bello miedo, grotesco y sobre todo ¡cobarde!
«Estamos horripilados por esa calaña de pretendidos
sabios que, para distinguirse del vulgar, nos escupen
desdeñosamente tales o cuales locuciones pseudo
científicas ante las que el gran público se pasma tanto o más
cuanto menos comprende el asunto.
«Y las palabras de autor que estallan como un cohete,
tales como: El genio es una neurosis – El cerebro segrega
el pensamiento como los riñones la orina… y tantas otras
paradojas catapultadas que hacen tan buen efecto en un
salón o en una conferencia.
«¡Así es! Nada más simple. Un gran retumbe de tamtam sobre el tímpano de la estupidez humana… ¡y el
populacho se extasía!
«– ¡Atajo de imbéciles! – gritaba Mengin1, a los
mirones agrupados ante su coche,– si no tuviese mi bombo,
1
Charles Arthur Mengin, pintor francés. (1853-1933) (Nota del T.)
279
mi casco de cobre y mi traje de carnaval, no compraríais
mis pinturas.
«Hay personas que creen haber asistido a sus
funerales. Se equivocan: Mengin no ha muerto; jamás
morirá1»
___________________
– ¿Pero entonces, señor Crookes, – se le preguntó un
día, en París, y no sin un deje de ironía – cree usted en los
Espíritus?...
Y lentamente, fríamente, el Sr. William Crookes
respondío con autoridad:
– Creo en Katie King.
Era decir todo en una palabra.
Y nosotros creemos en el evocador de Katie King.
____________________
1
Choses de l’autre monde.
280
281
CAPÍTULO XVIII
COSAS EXTRAÑAS
Tras las magistrales revelaciones que preceden, cedo
al deseo de presentar al lector otros testimonios de
naturalezas muy diversas, pero cuyo carácter extraordinario
se impone, cuya significación, añadiéndose a las pruebas ya
proporcionadas, las corrobora y las explica.
Estos testimonios, elegidos entre cien otros y tomados
casi al azar, se encadenan por la unidad de la tesis que ellos
afirman. Es como un mosaico cuyas piezas de colores
desiguales en apariencia se funden en una tonalidad
uniforme. Es una especie de antología de relatos
extraordinarios, de hechos desconcertantes que, a pesar de
su diversidad, concurren en el mismo objetivo y nos arrojan
en el mundo de las interrogaciones, de las conjeturas, en el
dominio de los sueños… esos bellos sueños que, sobre sus
alas de gasa, nos transportan siempre más alto, hasta esas
regiones donde el alma liberada de sus vínculos terrenales
se estremece en los vientos que nos vienen de lo
desconocido.
Citaremos – dice el Sr. Ed. Schuré1, – dos hechos
famosos de ese tipo – se trata de doble vista o visión remota
– y absolutamente auténticos. El primero acontece en la
antigüedad. El héroe es el ilustre filósofo y mago Apolonio
de Tiana.
1º hecho. – Visión remota de Apolonio de Tiana. –
Mientras estos hechos (el asesinato del emperador
Domiciano) sucedían en Roma, Apolonio los veía en Éfeso.
1
Les Grands Initiés, p. 368.
282
Domiciano fue asaltado por Clemente hacia el mediodía; el
mismo día, en el mismo momento, Apolonio disertaba en
los jardines atendiendo a sus discípulos. De repente, bajó un
poco la voz como si hubiese sido invadido por un pavor
súbito. Continuó su discurso, pero su lenguaje no tenía su
fuerza ordinaria, como sucede a aquellos que hablan
pensando en otra cosa. Luego se calló como habiendo
perdido el hilo de su discurso. Lanzó hacia el suelo miradas
asustadas, dio algunos pasos hacia delante y exclamó:
«¡Muera el tirano! » Se hubiese dicho que veía, no la
imagen del hecho en un espejo, sino el hecho mismo en
toda su realidad.
Los efesios (pues Éfeso entera asistía al discurso de
Apolonio) quedaron muy sorprendidos. Apolonio se mostró
semejante a un hombre que busca el origen de un
acontecimiento dudoso. Por fin exclamó: «Tened valor,
efesios, el tirano ha sido asesinado hoy. ¿Qué digo, hoy?
¡Por Minerva! acaba de ser asesinado en este mismo
instante, mientras he interrumpido mi discurso.»
Los efesios creyeron que Apolonio había perdido la
razón. Desearían que hubiese dicho la verdad; pero temían
algún peligro resultante para ellos de ese discurso… Pero
pronto llegaron mensajeros anunciándoles la buena nueva y
rendir testimonio a favor de la ciencia de Apolonio, pues la
muerte del tirano, el día y a la hora en la que fue
consumada, y todos los detalles se encontraron
perfectamente conformes a los que los dioses le habían
mostrado el día de su discurso a los efesios.»
(Vida de Apolonio por Filostraste, traducida por
Chassang.)
2º hecho – Visión remota de Swedenborg.
El segundo hecho se relaciona con el más grande de
los videntes de los tiempos modernos. La visión que
283
Swedenborg tuvo a treinta leguas de distancia del incendio
de Estocolmo dio mucho que hablar en la segunda mitad
del siglo XVIII. El famoso filósofo Kant mandó hacer una
investigación mediante un amigo en Gothenbourg, ciudad
sueca conde la visión tuvo lugar, y he aquí lo que él
escribió a una de sus amigas:
«El hecho que sigue me parece tener la más grande
fuerza demostrativo y carecer de toda especie de duda.
«Ocurría en 1759, cuando el Sr. de Swedenborg, hacia
finales del mes de septiembre, un sábado, hacia las cuatro
de la tarde, regresando de Inglaterra, tomó tierra en
Gothenbourg. El Sr. William Castel lo invitó a su casa en
compañía de quince personas. Esa tarde, a las seis, el Sr. de
Swedenborg, que había salido, regresó al salón pálido y
consternado y dijo que ese mismo instante se había
declarado un incendio en Estocolmo y que el fuego se
extendía con violencia hacia su casa. Añadió que la casa de
uno de sus amigos al qué nombró, estaba ya reducida a
cenizas y que la suya estaba en peligro. A las ocho, tras una
nueva salida, dijo con alegría: «Gracias a Dios, el incendio
ha sido sofocado en la tercera puerta que precede a la mía.»
«El gobernador de la ciudad fue informado. El
domingo por la mañana, Swedenborg fue llamado junto a
ese funcionario que le interrogó y a quién Swedenborg
describió exactamente el incendio, sus comienzos, su fin y
su duración.
«El lunes por la tarde, llegó a Gothenbourg un correo
que traía unas cartas de Estocolmo donde estaban contados
los hechos con detalles idénticos a los que había indicado
Swedenborg.
«¿Qué se puede alegar, – prosigue Kant – contra la
autenticidad de este acontecimiento?
«El amigo que me escribe ha examinado todo esto, no
solamente en Estocolmo, sino en el propio Gothenbourg.
284
Conoce allí a las familias más importantes con las cuales se
ha podido informar completamente, así como en toda la
ciudad donde aún viven la mayoría de los testigos oculares
dado el poco tiempo (9 años) transcurrido dese 1759.» –
(Carta a la Srta. Charlotte de Knobich, citada por Matter,
Vie de Swedenborg.)
_______________________
He aquí ahora el famoso pasaje extraído de las
Memorias del duque Saint-Simon relativo a un ejemplo no
menos curioso de visión remota que le contó el propio
Regente y del que ambos, por escépticos que fuesen,
quedaron profundamente impresionados:
«Recuerdo también una cosa que él (el Regente) me
contó en el salón de Marly, a punto de partir para Italia, y
cuya singularidad verificada por el acontecimiento me
compromete a no omitir nada. Él tenía curiosidad por todo
tipo de artes y de ciencias y, con un espíritu abierto hasta el
infinito, había tenido toda su vida esa debilidad, tan común
en la corte de los hijos de Enrique III, que Catalina de
Médicis había traído de Italia. Había intentado, tanto como
había podido, ver al diablo sin haber podido conseguirlo,
según lo que a menudo me ha dicho,
ver cosas
extraordinarias y predecir el futuro.
«La Sery tenía una hija pequeña en su casa de ocho o
nueve años que había nacido allí y no había salido nunca, y
que tenia la ignorancia y la simplicidad de esa edad. Entre
otras de las muchas raras curiosidades que el Sr. duque de
Orleans había visto en su vida, había una en la que
pretendía hacer ver en un vaso lleno de agua todo lo que se
quisiera saber. Pidió la presencia de algún joven e inocente
para mirar allí y aquella pequeña se encontró dispuesta.
Entonces se divirtieron queriendo saber lo que pasaba en
285
ese momento en lugares alejados, y la muchachita veía y
decía lo que iba viendo.
«Las bromas que el duque de Orleans había intentado
a menudo lo inducían a realizar pruebas para su
tranquilidad. Ordenó en voz muy bajo a uno de sus lacayos
al oído, que fuese en el acto a casa de la Sra. de Nancré,
para examinar quién estaba allí, lo que hacía, la posición de
los muebles de la habitación y la situación de todo lo que
allí pasaba, y sin perder un momento, ni hablar con nadie,
que viniera a decírselo al oído. En un abrir y cerrar de ojos,
el recado fue ejecutado sin que nadie se diese cuenta de lo
que ocurría, con la pequeña siempre en la habitación.
«En el momento que el duque de Orleáns fue
informado, dijo a la pequeña que mirara en el vaso, quién
estaba en casa de la Sra. de Nancré y lo que pasaba allí. De
inmediato, ella les contó, palabra por palabra, todo lo que
había visto el que había sido enviado. La descripción del
rostro, figuras, vestidos, personas que allí estaban, su
situación en la habitación, las personas que jugaban en dos
mesas diferentes, los que miraban o que conversaban
sentados o de pie, la disposición de los muebles, en una
palabra, todo. Al instante, el duque de Orleáns envió a
Nancré a quién dijo haber encontrado todo como la
muchachita lo había dicho y cono el criado que había ido al
principio le había relacionado al oído al duque de Orleáns.
«Él no me hablaba mucho de esas cosas, porque yo
me tomaba la libertad de avergonzarlo. Entonces le
comenté que creía poder divisar en este relato una añadido
de fe en esos prodigios. Pero me dijo que eso no era todo,
que solo era el preludio de lo que ocurrió a continuación…
«Y me contó, que, animado por la exactitud de lo que
la pequeña había visto y dicho, había querido ver algo más
importante, a saber lo que pasaría a la muerte del rey, sin
286
embargo sin tratar de averiguar la época que no se podía ver
en el vaso.
«Entonces le preguntó enseguida a la niñita que jamás
había oído hablar de Versalles, ni visto a nadie de la corte.
«Ella miró y les explicó ampliamente todo lo que
veía. Hizo con exactitud la descripción de la habitación del
rey, en Versalles, y del mobiliario que allí se encontraba en
efecto a su muerte. Lo describió perfectamente en su cama
y aquellos que estaban de pie junto a la cama o en la
habitación. Hizo la descripción de un niño pequeño, con la
orden, cogido de la mano por la Sra. de Ventadour (y que
debía reinar más tarde bajo el nombre de Luis XV). Ella les
indicó a la Sra. de Maintenon, la figura peculiar de Fagon,
la Sra. duquesa de Orleáns, la Sra. Duquesa, la Sra. princesa
de Conti, el Sr. duque de Orleans al que ella reconoció… en
una palabra, les dio a conocer todo lo que veía allí de
príncipes, caballeros, criados o mayordomos.
«Cuando hubo dicho todo, el duque de Orleáns
sorprendido de que ella no les hubiese hablado ni de
Monseñor, ni de el duque de Bourgogne, ni de la duquesa
de Bourgogne, ni del duque de Berry, le preguntó si no veía
unas figuras de tal y cual modo; pero ella respondió
repetidamente que no y repitió aquellas que veía. Es que el
duque de Orleans no podía comprender esas ausencias y se
asombró mucho conmigo tratando de buscar en vano la
razón.
«Lo acontecido luego lo explica. Se estaba entonces
en 1706. Los cuatro estaban entonces plenos de vida y de
salud y los cuatro murieron antes que el rey…
«Acabada esta curiosidad, el duque de Orleans quiso
saber lo que le ocurriría a él. Entonces ya no fue en el vaso.
El hombre que estaba allí le ofreció mostrarle una pintura
sobre el muro de la habitación con la condición de que no
tuviese miedo de verse allí; y al cabo de un cuarto de hora,
287
ante todos ellos, la figura del duque de Orleans y a tamaño
natural, apareció de repente sobre la pared, como en una
pintura y con una corona sobre la cabeza. Esa corona no era
ni de Francia, ni de España, ni de Inglaterra, ni imperial. El
duque de Orlenas que la consideró con todos sus ojos, no
pudo adivinarla; jamás había visto nada parecido: no tenía
más que cuatro círculos y nada encima.
«Estaba entonces muy lejos de imaginarse que sería
mas tarde regente del reino y tal vez esa singular corona lo
anunciase.
«Todo eso ocurrió en Paris, la víspera del día que él
me lo contó, y lo he encontrado tan extraordinario que lo he
escrito aquí.»
_________________________
Aquí tenemos otras citas tomadas de un libro que
tiene por título: les Renaissances de l’âme, cuyo autor, L.
d’Ervieu, es una mujer, una audaz viajera que ha visto,
observado, reflexionado… que también ha sufrido, como
ella nos dice: – pero lo que no dice es que del crisol de esos
dolores ha salido un alma singularmente fortalecida que
escruta los misterios de la vida, con una madurez de espíritu
y una clarividencia cuya originalidad iguala su profundidad.
Destacamos algunos fragmentos:
ORGANISMOS LLAMADOS SOBRENATURALES
EXPLICADOS POR LA REENCARNACIÓN
Estos días me ha sido dado escuchar a una de las
personalidades más sorprendentes de nuestro tiempo: J.
Shepard, el músico escocés.
« En una sala oscura de lo más exiguo, ante algunos
buscadores de la verdad – ni escépticos, ni creyentes – el
288
Sr. J. Shepard, que no conocía metódicamente la música,
que jamás lo había aprendido – en esta vida al menos – nos
ha hecho pasar por las sensaciones más extrañas, las más
increíbles de la tierra.
«No hablaré aquí de un fragmento, Rythme arabe –
inédito, nos ha dicho – esas son audiciones que mi ciencia
musical me prohíbe juzgar. No, lo que ha impactado por
igual a siete personas – nosotros hemos compartido
nuestras impresiones – es lo que el Sr. Shepard ha llamado:
Passage de la Mer rouge; luego un fragmente a cuatro
voces, con acompañamiento casi orquestal.
«Sobre un pobre piano, para obtener los efectos que el
Sr. Shepard le arrancó, con una armonía imitativa
sobrepasando la instrumentación de nuestros más grandes
conciertos, hay que haber dominado todas las dificultades
del mecanismo, todos los arcanos de la composición, todos
los recursos del sonido, en sus más poderosas vibraciones,
como en sus matices más delicados.
«Imaginaos un estremecimiento real del suelo bajo el
galope de un regimiento de dragones, gritos de desamparo –
perfectamente distintos – elevándose en medio de ese
tumulto, como si una multitud demasiado lenta abriendo
camino a esta caballería se viese pisoteada, aplastada,
destrozada;… el ruido de las olas chocando contra esos
humano que la tierra engullía, y tras esta lucha titánica,
calmándose progresivamente para llegar al suave chapoteo
de una marea tranquila sobre nuestras playas mediterráneas.
«Todos los toques del piano vibran en un simpático
conjunto, no más bajo los dedos de dos manos, sino bajo el
de cuatro, de seis manos, de una manera imposible –
mediante nuestros medios actuales de análisis musical – la
escritura de esas frases gigantescas tan satisfactorias para el
oído en su forte como en su último pianissimo.
289
«En cuanto al quatuor, su explicación amplificará los
argumentos racionales que derivan de esos «estados
artísticos o científicos », no adquiridos por un individuo en
su propia vida.
«El Sr. Shepard, habiéndose tomado algunos minutos
de descanso, en la plenitud de sus facultades excitadas por
la simpatía de su auditorio, se superó todavía.
«Comenzó con un preludio majestuoso. Luego, con
una esplendida voz de bajo, entonó un canto casi
religioso… De repente, pasando de la voz masculina más
rica a la más magnífica de los sopranos, nos hizo
estremecer…¡Oh maravilla!... a la voz de soprano, sucedió
un emocionante contralto que mezcló sus acentos durante
un cierto tiempo con los de la soprano, mientra que,
algunos minutos más tarde, le respondía una tercera voz: la
mezo-soprano…Todas
las
personalidades
vocales
absolutamente distintas en timbre, como registro, como
calidad de sonido…
«Esos son los hechos… Serán negados por aquellos
que, a pesar de sus ojos y de sus oídos, no quieran ni ver, ni
escuchar.
«Esos hechos, por maravillosos que sean, se explican
sin embargo. La idea de las reencarnaciones siempre
conlleva la siguiente consecuencia: En cada envoltura
material, nosotros encontramos todos lo que hemos sido
previamente: estado moral, intelectual, artístico, científico,
en fin, todo.
«No es en absoluto por inspiración que el Sr. Shepard
nos deslumbre… él hace revivir – como revive él mismo –
un talento que adquirió y desarrolló en sus vidas anteriores.
«Es imposible poseer ideas, talentos, artes, lenguajes
no adquiridos. Lo que llamamos intuición no es más que la
reaparición objetiva de lo que hemos sabido y visto antaño.
Y por eso es por lo que el Sr. Shepard ha podido darnos la
290
ilusión o realidad de un quatour prodigioso – una voz
masculina y tres voces femeninas – es que, sin contar las
demás, él había pasado por esas cuatro manifestaciones
anteriores; pues el sexo, ya lo he dicho, es algo
completamente secundario en la gigantesca obra del
transformismo.»
LOS NIÑOS PRODIGIO
«Imposible cuestionarlo; en todos los países aumenta
cada vez más el número de niños prodigio.
«En este momento tengo bajo mis ojos a una pequeña
portuguesa de cuatro años que es una de las criaturas más
extraordinarias que se puedan imaginar.
«Hace apenas un mes, llegó a París, ciudad que ella
veía por primera vez. Quince días después de su instalación
en la calle de Châteaubriand, iba con su padre, su madre y
su abuela a casa de unos amigos que vivían en la calle
Montaigne. No sé por qué razón, la abuela no quiso
prolongar su visita; ella dejó a la joven pareja, marido y
mujer, y regresó a su casa, con su nieta.
«Era lunes de Pentecostés, hacia las cinco, es decir el
momento del regreso de las carreras. Siempre gentil, la
pequeña fue muy amable con su abuela hasta la puerta de la
casa familiar donde habitaban. Allí, aprovechando un
momento de distracción de su abuela, ella la abandonó, se
fue por la calle Balzac, atravesó los Campos Elisesos, en
medio de la marabunta de coches de un día festivo y
regresó a la casa donde sus parientes – aliviados y
espantados al mismo tiempo de volverla a ver – estaban
lejos de esperarlo. Como se pueden imaginar se le hizo
serios reproches. Ella los escuchó con esa sangre fría de la
mujer hecha que os deja expresar una opinión diferente de
la suya; pero cuando se trató de asustarla amenazándola con
los policías de la ciudad que habrían podido meterla en un
291
saco, ella sonrió graciosamente, alzándose dulcemente de
hombros. Cuando se le dijo, regresando al domicilio, que se
había arriesgado a perderse, a equivocarse de camino:
«–¡Ah! ¡no, papá! – exclamó, – todavía te puedo
mostrar otra ruta que conduce al mismo lugar.»
«Y la pequeña hada indicó un desvío por el barrio
Marbeuf.
«Adviertan el hecho de que ella jamás había estado en
esa parte de la ciudad.
«¿Cómo explicar ese sentido prodigioso de la
orientación?»
«Es la misma chiquilla que a la pregunta de un
caballero preguntándole si «ella lo amaba » le respondió
enérgicamente «no», luego inclinándose al oído de su
madre:
«Sí, lo amo mucho; pero es mejor no decírselo.»
«Y como el caballero insistía para conocer el secreto
murmurado, ella puso el dedo sobre su boca, para
recomendar silencio a su madre.
«Esta niña no llora nunca, jamás ha tenido caprichos.
En la mesa come todas las comidas con la más exquisita
delicadeza. Baila con una gracia perfecta. Narra, en su
orden respectivo, los hechos y gestos de las jornadas de sus
padres. En definitiva, tendría veinte años, que en muchas
cosas – moralmente hablando – nos mostraría haber
adquirido.»
«Conozco a otra pequeña, ésta de ocho años. Muy
enferma y constantemente, hasta el año pasado, jamás ha
visto ningún niño y le estaba rigurosamente prohibido a sus
criadas y mayordomos enseñarle nada. Lo que no impidió
que sola, relacionando aquí y allá algunas letras y algunas
palabras, aprendiese a leer, en tres lenguas diferentes.
292
«Ahora que comienza a trabajar, poned bajo sus ojos
no importa qué axioma moral, preguntadle que lo explique,
y ella lo hará con un sentido filosófico de una precisión
increíble. Su pequeño ser se dilata en el más puro regocijo,
cuando se le habla de lo bello y del bien.
«Además es una gran amiga de la naturaleza. Entre
los cuatro y cinco años, conocía el efecto que le producía
una bonita vegetación, sus hermanas la condujeron, por
primera vez en Austria, a un sitio admirable rodeado de
sombríos bosques de abetos – árboles que no había visto
nunca.
«Sus hermanas mayores esperaban una profunda
manifestación de sorpresa y de entusiasmo que no llegó.
Muy asombradas, le preguntaron si no encontraba
admirable el país.
«–Sí, – respondió; solamente que hace mucho tiempo
que ya lo conozco.»
«Y sin embargo nunca había estado allí.»
«Otra chiquilla de entre ocho y nueve años que he
podido seguir durante seis meses, en sus estudios
musicales, desde la primera lección de piano, se iniciaba
completamente en la lectura de las notas, en su valor, en su
medida. Inmediatamente pudo estudiar sola, y al cabo de
seis semanas, tras haber descifrado y ejecutado un gran
número de fragmentos, tocaba con maestría la Chacone de
Durand que no es tan fácil.»
«Otra niñita, llamada Charlotte, muy pequeña, de dos
o tres años, se había pegado a la pared, ocultando su
pequeña figura entre sus dos manos, cuando la galería de
vidrio de su escalera se había hundido a sus pies,
inundándola por todas partes de fragmentos cortantes…
293
¡además sin un solo grito de desamparo cuando acudió su
niñera!
«De cuatro en cuatro, su padre, testigo de su valor,
había franqueado los escalones para recogerla. Entonces,
apretándola contra su pecho:
«–¡Qué valiente has sido, querida, no teniendo
miedo?»
«Y Charlotte, con un gesto mucho más enérgico de lo
que era esperable en su pequeña persona, se golpeó el
pecho.
«–Yo,–exclamó – ¡estaba segura de que no me
ocurriría nada!»
«¡Extraña confianza de la pequeña predestinada!»
«Cito aún a esta niña pueblerina, de la calle SaintMaur, adoptada por una dama a la que conozco, que, la
primera vez que vio a su padre adoptivo, se arrojó a su
cuello, luego, desde que hubo franqueado el umbral de su
nuevo domicilio, actuó junto a los criados como un viejo
diplomático, y, en un solo día, se convirtió completamente
en la niña de la casa, sin temor, con amor, con abandono.»
«No podría dejar de mencionar a ese extraordinario
pequeño violinista de ocho años, Hubermann, al que hemos
escuchado recientemente en París y ¡con qué admiración!
Su madre lo llevaba, a los cuatro años, al teatro de
Varsovia, y el niño, escuchando algunas melodías que le
colmaban el corazón, quería precipitarse hacia la orquesta
con un arrebato de entusiasmo irresistible.»
«Por último la deliciosa nieta de uno de nuestro
eminentes pianistas, niña de tres años que detiene la
ejecución de una melodía, cuando se cambia el ritmo o que
– para tratar de engañarla – se dejan caer algunas notas
294
falsas y que en su lenguaje infantil exclama: «¡No, no, no es
así!»
___________________
«Podría citar aún más; pero he dicho bastante para
estar autorizado a constatar que nuestros niños no
solamente han vivido ya, sino que muchos de ellos han
llegado a un grado de encarnación muy avanzado. En este
último caso, no dirigimos más sus esfuerzos. Conocen
bastantes misterios, poseen bastantes virtudes, para
encontrar en ellos los recursos propios a su desarrollo
actual.
«La prueba evidente de que podemos hacer muy poco
por su avance es que sus aptitudes se manifiestan a pesar de
todo lo que les representa un obstáculo: organismo débil,
medio antipático, afinidades de los padres completamente
opuestas a las suyas.
«¿Cuántas veces no se ven en familias, niños
descendientes de la misma sangre y diferentes desde todos
los puntos de vista de sus hermanos y hermanas, tanto en lo
moral como en el físico? Y ni los países diversos, ni las
diferentes circunstancias que presidieron su concepción no
pueden bastar para explicar lógicamente tan extrañas
divergencias.»
_______________________
Diversos testimonios extraídos del Fakirisme
occidental del Dr. Paul Gibier.
Se designa habitualmente bajo el nombre de «
malabarismos de fakir» a los fenómenos extraordinarios
que producen las prácticas misteriosas de esos fakires que
295
son los sujetos inferiores de la casta sacerdotal de los
brahmanes.
Estos supuestos «malabaristas» no son otra cosa, en
definitiva, que médiums de un destacable poder, o en otros
términos, para servirnos de la expresión del Sr. William
Crookes, hombres dotados del poder de emitir una fuerza
particular llamada psíquica, cuya verdadera naturaleza nos
queda por conocer.
Sea como sea, este es el relato que tomamos prestado
de la obra del Sr. Jacolliot, titulada le Spiritisme dans le
monde:
«Entre el número de pretensiones más extraordinarias
de los fakires está la de influir de un modo directo sobre la
vegetación. Por fantástico que resulte el asunto, decido
hacer reproducir por Covindasamy1, cuya fuerza ya había
sido comprobada por otros experimentadores.
«Él debía proporcionarme aún dos horas de
experiencia, a plena luz, antes de la gran sesión de la noche,
y yo me decidí a dedicarme a este examen.
«El fakir no dudaba de nada y yo creí, lo confieso,
sorprenderlo, cuando a su llegada – eran las tres de la tarde
– le comenté mis intenciones.
«–Estoy a tus órdenes, – me dijo, con una sencillez
ordinaria en él.
«Quedé un poco desconcertado por esa seguridad, sin
embrago enseguida respondí:
«–¿Me dejarás elegir la tierra, el jarrón y la semilla
que vas a plantar ante mí?
«–El jarrón y la semilla, sí; pero la tierra debe ser
tomada en un nido de carias.
«Las carias son pequeñas hormigas blancas que
construyen montículos que alcanzan a menudo una altura
de ocho a diez metros. Son muy comunes en la India y nada
1
Nombre de un fakir célebre que el autor conoció en Bénarés.
296
es más fácil de procurarse un poco de esa tierra. Ordené a
mi cansama (criado hindú) que fuese a buscar un jarrón
lleno de flores y me trajese al mismo tiempo algunas
semillas de diferentes especies.
«Menos de un cuarto de hora después, mi criado
estaba de regreso. Entregué al fakir el jarrón lleno de una
tierra blanquecina. El la humedeció lentamente con un poco
de agua, luego me pidió que le diese la semilla que hubiese
elegido, así como un trozo de tela cualquiera. Tomé al azar
una semilla de papaya de la que corté ligeramente la piel
que la cubría, con la autorización del fakir, y se la entregué
a la vez que algunos metros de muselina de mosquitero.
«– Pronto dormiré el sueño de los espíritus, – me dijo
Covindasamy;– júreme no tocarme, ni a mí, ni al jarrón.
«Se lo prometí.
«Entonces sembró la semilla en la tierra, luego,
hundiendo su bastón a siete nudos – signo de iniciación que
no lo abandona jamás – en un rincón del jarrón, se sirvió de
lo que yo le había dado. Después de lo que se puso en
cuclillas, extendió las manos horizontalmente encima del
aparato y cayó poco después en un estado de completa
catalepsia.
«Yo ignoraba si esa situación era real o simulada,
pero cuando al cabo de medio hora vi que no había hecho
un movimiento, me vi obligado a rendirme ante la
evidencia; ningún hombre despierto, sea cual sea su fuerza,
no es capaz de mantener durante diez minutos solamente
los dos brazos extendidos horizontalmente ante él.
Así transcurrió una hora, sin que el más pequeño
movimiento muscular viniese a revelar vida… Casi
completamente desnudo, con el cuerpo brillante y curtido
por el calor, los ojos abiertos y fijos, el fakir parecía una
estatua de bronce en una pose de evocación mística.
297
«Hacía dos horas que esperaba. El sol bajaba
rápidamente en el horizonte, cuando un leve suspiro me
hizo dar un brinco. El fakir estaba regresando a él.
«Mi hizo una señal para que me acercara y,
levantando la muselina que velaba el jarrón, me mostró
fresco y verde un joven tallo de papaya de unos 20
centímetros más o menos de altura. Adivinando mi
pensamiento, Covindasamy hundió sus dedos en a tierra
que, durante la operación había perdido casi toda su
humedad, y, retirando delicadamente la joven planta, me
mostró, sobre una de las dos películas que se adherían aún a
las raíces, la rasgadura que yo había hecho dos horas antes.
«Pero se dirá, ¿era la misma semilla y la misma
rasgadura?
«No tengo más que una cosa que responder.
«No me di cuenta de ninguna sustitución.
«El fakir no había salido de la terraza en ningún
momento. Yo no lo había perdido de vista. Viniendo, él
ignoraba lo que iba a pedirle. Él no podía ocultar una planta
cualquiera bajo su vestimenta, puesto que estaba casi
completamente desnudo, y en todos los casos ¿cómo habría
podido prever por adelantado que yo elegiría una semilla de
papaya, en medio de treinta especies diferentes que el
cansama me había traído.
«Ese es el hecho; no puedo decir nada más. Es de los
casos en los que la razón protesta, incluso en presencia de
fenómenos que los sentidos no han podido ser tomados en
flagrante delito de fraude.
«Y sin embargo…
Tras haber gozado algunos instantes de mi
estupefacción, el fakir me dijo con un movimiento de
orgullo mal disimulado:
«–Si continuase las evocaciones, en ocho horas, el
papayero tendría flores y, en quince días, frutos.»
298
¡Hacen muchas más cosas estos prodigiosos fakires!...
Uno de los ejercicios familiares que hacen
comúnmente se llama la danza de las hojas. Un cierto
número de hojas son ensartadas por la mitad sobre otros
tantos bastones de bambú pinchados en la tierra en jarrones
o en otros lugares. Si no se le pide, el encantador no
prepara nada él mismo, y no toca ninguno de los
«accesorios»
Cuando todo está preparado, se sienta en el suelo con
las manos extendida y a una distancia tal que se puede pasar
entre las hojas y sus manos. Al cabo de un instante, los
espectadores sienten una especie de brisa fresca acariciarles
el rostro, aunque las telas del alrededor permanecen
inmóviles, y pronto las hojas suben y bajan más o menos
rápidamente a lo largo de los bastones que las atraviesan.
Eso, claro está, sin contacto visible ni tangible, entre el
operador y los objetos que le sirven para la experiencia.
En otras ocasiones, un jarrón lleno de agua se mueve
espontáneamente sobre una mesa, se inclina, oscila, se
eleva a una altura bastante sensible, sin que una sola gota
del líquido se derrame.
O bien aún, se producen golpes, a petición de los
asistentes, aquí o allá en número determinado.
Si hay instrumentos musicales, producen sonidos,
tocan aires, al pleno sol, bajo los ojos de los que están
presentes, a varios metros del fakir y sin que éste salga un
solo instante de su inmovilidad marmórea.
El fakir está dotado de un poder psíquico que llegará
al colmo de vuestra sorpresa. Se sitúa en un lugar bien a la
vista en la sala donde cada uno lo observa, y allí, a plena
luz, haciendo frente a la asistencia, cruza los brazos sobre
su pecho. Su rostro brilla, sus ojos se iluminan de un fuego
sombrío, luego lentamente, dulcemente, abandona la tierra,
299
se eleva más o menos, a veces a varios pies por encima del
suelo, ¡algunas veces incluso hasta el techo!...
Otra maravilla finalmente. Se encuentra, entre la
asistencia, un extranjero recién llegado, de Provenza o de
Sajonia, poco importa, se le invita a pensar en un verso de
Mireille o en una frase cualquiera del dialecto de su país.
Este es un letrado, pensará en un verso de Virgilio o de
Homero…
He aquí que el fakir extiende arena fina sobre una
mesa o una superficie lisa. Un bastoncillo de madera está
situado sobre la arena distribuida en una capa fina, mientras
que el hombre desnudo, con el cuerpo en semicírculo, las
piernas replegadas y las manos extendidas hacia la mesa,
adopta su inmovilidad de estatua.
Se hace el silencio; se esperan algunos instantes… y
hete aquí que se produce una intensa y palpitante
estupefacción de los espectadores cuando se ve el
bastoncillo levantarse, trotar, correr solo sobre la arena,
donde cada uno pronto puede leer, uno su verso de Mistral,
el otro su frase en dialecto sajoniano, el tercero, en fin,
algunos versos de la Iliada o de las Bucólicas1…
Cuando se les pregunta a los fakires por esos
prodigios incomparables, responden que son producidos por
los Espíritus.
«Los Espíritus, – dicen – que son las almas de
nuestros antepasados, se sirven de nosotros como de un
instrumento. Nosotros les prestamos nuestro fluido natural
para combinarlo con el suyo, y, mediante esa mezcla, se
constituyen un cuerpo fluídico, con la ayuda del cual actúan
sobre la materia así como ustedes lo han visto.»
1
El Sr. L. Jacolliot obtuvo mediante este procedimiento el nombre de
un amigo muerto varios años antes.
300
Esta es, en algunas palabras y resumido por los
fakires, la teoría exacta y completa de todos los fenómenos
de la mediumnidad.
Extraído de la misma obra, le Fakirisme occidental:
«Esto es lo que hemos observado, – dice el Dr. Gibier,
tras un exhaustivo examen al médium Slade:
«La primera vez que lo vimos en uno de sus estados
de éxtasis especiales, el acceso se inició así: al principio
una ligera rojez coloreo la cara y una especie de rictus hizo
contraer los músculos del rostro; los ojos se
convulsionaron, luego se cerraron enérgicamente, un
chirriar de dientes de dejó oír y una sacudida convulsa de
todo el cuerpo anunció el comienzo de la « posesión ».
«Después de esta corta fase bastante penosa de ver, el
rostro del sujeto se animó con una sonrisa y voz
completamente cambiada, así como la actitud. El personaje
nuevo, Slade realmente transformado, nos saludó con
cortesía así como a cada uno de los asistentes.
«En este estado de trance, como dicen los ingleses, o
de encarnación, como se expresan los espiritistas franceses,
Slade es reemplazado (según sus propias afirmaciones),
reemplazado anímicamente por el Espíritu de un indio
llamado Owasso. En ese caso, está bastante alegre. En otras
ocasiones Owasso cede el lugar al Espíritu de un gran jefe
Piel Roja de su tribu; pero éste al no saber inglés, hace
levantarse a Slade, caminar a grandes pasos y declamar en
un lenguaje sonoro que, parece, es el de los indios caribes.
Hemos escuchado a Slade contar repetidas veces lo
que le sucede a veces, cuando se encuentra en esa situación,
hablando francés u otra lengua también desconocida por él.
301
«Hemos tenido que hacer una operación a Slade por
un quiste en el cuero cabelludo. Como es muy sensible al
dolor y muy pusilánime, no fue necesario pensar en
practicar la operación con bisturí y recurrimos a los
productos cáusticos. La aplicación de la pomada empleada
fue desde el principio muy dolorosa para Slade que, al cabo
de algunos minutos, sufrió de un modo intolerable. Sudaba
grandes gotas y todos sus miembros estaban agitados de un
temblor convulso.
«Le sugerimos entonces la idea de hacer llamar a
Owasso, que por otra parte no se hizo en absoluto de rogar.
Slade cayó enseguida en estado de trance y, con la voz
modificada de la que hemos hablado, conversó alegremente
con nosotros y el Sr. F. que asistía a la operación. El dolor
debía volverse cada vez más intenso, pues la potasa mordía
en las capas sensibles de la dermis; pero Salde no parecía
ya preocupado de ello como si se hubiese tratado de otro
paciente.
«Al comienzo de la operación, el pulso estaba a 85
pulsaciones por minuto; algunos instantes después había
caído a 60; la piel, que estaba caliente antes, se había
enfriado casi súbitamente y Slade-Owasso continuaba
conversando y riendo con nosotros.
«Le pinchamos violentamente la parte dorsal de la
mano, y el paciente, que se sobresalta al menor contacto, en
estado normal, no pareció darse cuenta de la pequeña
tortura que le infligíamos.
«Al cabo de un cuarto de hora, el cáustico fue
retirado, Slade tuvo una convulsión y regresó a su estado
natural. Nos estrechó la mano diciendo good bye como en
el instante de una partida. El dolor se hizo sentir de nuevo,
pero muy soportable, y Salde se quejaba más del dolor
donde lo habíamos pinchado.
«Hay que confesar que todo eso es muy extraño.»
302
Veamos ahora un muy curioso artículo del Sr. Victor
Meunier, redactor científico del periódico le Rappel:
«El Dr. Liébault nos envía la transcripción de una
experiencia asombrosa de sugestión hipnótica hecha ante un
cierto número de sabios, médicos y farmacéuticos (cuyos
nombres son citados en el artículo).
«Tratando de comprobar si el supuesto milagro de la
estigmatización no cubre algún fenómenos hipnótico, el Sr.
Focachon emprendió con una tal señorita Élisa, por sujeto,
unas investigaciones que lo llevaron a producir quemaduras
y ampollas, mediante simple sugestión, – lo que fue
constatado por numerosos testigos.
«Tras haber obtenido ampollas sin líquido interior, el
Sr. Focachon tuvo la natural curiosidad de ver si el efecto
inverso se produciría igualmente. Y fue con ese objetivo
como se organizó la siguiente experiencia:
«De un trozo de piel de ampolla, se hicieron tres
partes:
«Una fue aplicada sobre el brazo izquierdo de la Srta.
Elisa (durmiendo en estado hipnótico). Otra fue aplicada
sobre su brazo derecho. La tercera se aplicó sobre el pecho
de un enfermo internado en el hospicio civil.
«Apenas los emplastos fueron depositados, cuando el
Sr. Focachon hizo a la Srta. Elisa esta enérgica declaración:
la ampolla aplicada sobre su brazo izquierdo debe producir
ningún efecto.
«Desde el comienzo de la experiencia – las diez y
veinticinco minutos de la mañana, hasta las ocho de la
noche – la Srta. Elisa no quedó sola ni un instante.
«A las ocho, regresados y reunidos junto a ella, los
testigos citados, después de haberse asegurado por el estado
de la venda que no había sido quitada, la retiraron y
constataron esto:
303
«Que, sobre el brazo izquierdo donde la sugestión
había anulado el efecto de la ampolla, la piel estaba intacta;
como sobre el brazo derecho, la piel de ampolla había
operado su efecto ordinario: finalmente, sobre el pecho del
enfermo del hospital fue encontrada una ampolla
magnífica.»
OTRO FENÓMENO DE SUGESTIÓN
Veamos ahora en qué términos la cuenta el Sr.
Liégeois, profesor en la Facultad de derecho de Nancy y
autor de la experiencia:
«Debo inculparme, – dice el Sr. Liégeois, – de haber
intentado hecho matar a mi amigo Sr. P., antiguo
magistrado, y eso, circunstancia agravante, en presencia del
Sr. comisario central de Nancy.
«Me hice con un revólver y algunos cartuchos. Para
desarrollar la idea de un juego puro y simple con la persona
objeto de la experiencia y que tomé al azar entre los cinco o
seis sonámbulos que se encontraban ese día en casa del Sr.
Liébault, cargue una de las balas de la pistola y la disparé
en el jardín. Regresé de inmediato, mostrando a los
asistentes un cartón que la bala acababa de perforar.
«En menos de un cuarto de minuto, sugería a la Sra.
G., una de los sonámbulos, matar al Sr. P. de un disparo de
revólver. Con una inconsciencia absoluta y una perfecta
docilidad, la Sra. G. se adelantó sobre el Sr. P. y disparó
sobre él.
«Interrogada inmediatamente por el Sr. comisario, ella
confesó su crimen, con una absoluta indiferencia. Ella mató
al Sr. P., porque… no le gustaba. Podían arrestarla; sabe
bien lo que le espera; si le quitan la vida irá al otro mundo,
como su víctima que ella vio extendida en el suelo, bañada
en su sangre. Se le preguntó si no fui yo quién le había
sugerido la idea del asesinato que ella acababa de cometer.
304
Afirmó que no; que lo hizo espontáneamente; que ella sola
es culpable.»
TERCER EJEMPLO MÁS SUGESTIVO AÚN
«La observación más interesante, – dice el Dr.
Dufour, médico jefe del manicomio de Saint-Robert (Isère),
– es la de un tal T. afectado de histero-neurastenia,
considerado como muy peligroso y que sin embargo
deambula en libertad en una de las estancias del
manicomio.
«Rápidamente se volvió accesible a la sugestión, que
sucesivamente tuvo su razón de ser con motivo de crisis
histéricas, de tendencias suicidas y de penosas
alucinaciones del oído. T., que se evadió tres veces de un
manicomio, va y viene ahora, sin pensar en la menor
tentativa de evasión, porque, estando en estado de
sonambulismo, le ha sido sugerido no escaparse más.
«Por otra parte, ese mismo personaje extraordinario es
asombrosamente sensible a la acción de los medicamentes,
incluso a distancia. Que se juzgue por estos sorprendentes
hechos.
«Un gramo de ipeca, metido en un papel plegado y
puesto sobre su cabeza, bajo un sombrero de copa, ha
determinado nauseas y regurgitaciones que se han detenido
desde el momento en se le fue retirado el medicamento.
«Un paquete de raíces de valeriana, situado sobre su
cabeza bajo un gorro de lana, produjo hechos
inconcebibles. T. sigue una mosca con sus ojos y abandona
su silla para correr tras ella; se pone a caminar a cuatro
patas, juega como un gatito con un tapón, eriza la espalda si
se le ladra, lame su mano y la pasa por sus orejas – es un
gato.
«Cuando se le quita la valeriana, desaparece todo, y T.
se encuentra a cuatro patos muy asombrado de encontrarse
305
en esa postura. No tiene ningún recuerdo de lo que acaba de
suceder.
«Esto es más fuerte todavía. El laurel aplicado sobre
su cabeza, provoca en él una explosión religiosa, cuando se
declara de costumbres anarquistas y ateas. Muestra una
pared donde habría que poner un Cristo; a falta de ese
Cristo, se arrodilla, eleva las manos al cielo, luego se
descubre devotamente… Pero, quitando su gorro, hace caer
las hojas, con las cuales cae inmediatamente su acceso de
devoción. Ningún recuerdo de lo que ha pasado.»
¡He aquí rarezas! Sin embargo no hemos dicho todo.
Escuchad el estremecedor relato de visiones y
obsesiones que nos hace aquél mismo que las padeció… la
víctima, se podría decir.
Muchas personas han leído el Horla, historia extraña
y fantástica que nos cuenta – como solamente él sabía
hacerlo – el pobre Guy de Maupassant, desequilibrado ya, y
de tal modo, que se habría podido prever el triste final que
le estaba reservado.
¿Conoció los fenómenos espiritistas? Nada nos
permite suponerlo; pero lo que es incuestionable, es que fue
objeto de una obsesión terrible que nos cuenta en estos
términos:
«4 de agosto.– Hay problemas entre mis criados.
Aseguran que alguien rompe los vasos en los armarios por
la noche. El mucamo acusa a la cocinera y ésta a la
lavandera quien a su vez acusa a los dos primeros. ¿Quién
es el culpable1?
1
Él ha constatado, tras horribles pesadillas, que un ser está allí, que lo
acosa y lo obsesiona. Todas las mañanas, su jarra está vacía y su leche
desaparece cada noche. Retomemos su relato.
306
«6 de agosto.– Esta vez no estoy loco. Lo he visto...
¡lo he visto! Ya no tengo la menor duda. . . ¡lo he visto!
Aún siento frío hasta en las uñas. . . el miedo me penetra
hasta la médula... ¡Lo he visto!...
«A las dos de la tarde me paseaba a pleno sol por mi
rosedal; caminaba por el sendero de rosales de otoño que
comienzan a florecer. Me detuve a observar un hermoso
ejemplar de géant des batailles, que tenía tres flores
magníficas, y vi entonces con toda claridad cerca de mí que
el tallo de una de las rosas se doblaba como movido por una
mano invisible: ¡luego, vi que se quebraba como si la
misma mano lo cortase! Luego la flor se elevó, siguiendo la
curva que habría descrito un brazo al llevarla hacia una
boca y permaneció suspendida en el aire trasparente, muy
sola e inmóvil, como una pavorosa mancha a tres pasos de
mí.
«Azorado, me arrojé sobre ella para tomarla. Pero no
pude hacerlo: había desaparecido. Sentí entonces rabia
contra mí mismo, pues no es posible que una persona
razonable tenga semejantes alucinaciones. Pero, ¿tratábase
realmente de una alucinación? Volví hacia el rosal para
buscar el tallo cortado e inmediatamente lo encontré, recién
cortado, entre las dos rosas que permanecían en la rama.
«Regresé entonces a casa con la mente alterada; en
efecto, ahora estoy convencido, seguro como de la
alternancia de los días y las noches, de que existe cerca de
mí un ser invisible, que se alimenta de leche y agua, que
puede tocar las cosas, tomarlas y cambiarlas de lugar;
dotado, por consiguiente, de un cuerpo material aunque
imperceptible para nuestros sentidos, y que habita en mi
casa como yo...
«Ya no se manifiesta, pero lo siento a mi lado,
espiándome, mirándome, penetrándome, dominándome y
sobre todo y lo más temible, ocultándose así, como si
307
indicase, mediante fenómenos sobrenaturales, su presencia
invisible y constante.
«14 de agosto.– ¡Estoy perdido! ¡Alguien domina mi
alma y la dirige! Alguien ordena todos mis actos, mis
movimientos y mis pensamientos. Ya no soy nada en mí; no
soy más que un espectador prisionero y aterrorizado por
todas las cosas que realizo. Quiero salir y no puedo. Él no
quiere y tengo que quedarme, azorado y tembloroso, en el
sillón donde me obliga a sentarme. Sólo deseo levantarme,
incorporarme para sentirme todavía dueño de mí. ¡Pero no
puedo! Estoy clavado en mi asiento, y mi sillón se adhiere
al suelo de tal modo que no habría fuerza capaz de
movernos.
«De pronto, siento la irresistible necesidad de ir al
huerto a cortar fresas y comerlas. Y voy. Corto fresas y las
como. ¡Oh Dios mío! ¡Dios mío! ¿Será acaso un Dios? Si lo
es, ¡salvadme! ¡Libradme! ¡Socorredme! ¡Perdón! ¡Piedad!
¡Misericordia! ¡Salvadme! ¡Oh, qué sufrimiento! ¡Qué
suplicio! ¡Qué horror! Pero, ¿quién es el ser invisible que
me domina? ¿Quién es ese desconocido, ese merodeador de
una raza sobrenatural?
«Por consiguiente, ¡los invisibles existen! ¿Pero cómo
es posible que aún no se hayan manifestado desde el origen
del mundo en una forma tan evidente como se manifiestan
en mí? Nunca leí nada que se asemejara a lo que ha
sucedido en mi casa1. Si pudiera abandonarla, irme, huir y
no regresar más, me salvaría, pero no puedo.
«Somos tan indefensos, inermes, ignorantes y
pequeños, sobre este trozo de lodo que gira disuelto en una
gota de agua.
1
Guy de Maupassant lo ignoraba; pero ¡cuántas veces han pasado cosas
semejantes!
308
«Pensando en eso, me adormecí en medio del fresco
viento de la noche.
«Pero después de dormir unos cuarenta minutos, abrí
los ojos sin hacer un movimiento, despertado por no sé qué
emoción confusa y extraña. En un principio no vi nada,
pero de pronto me pareció que una de las páginas del libro
que había dejado abierto sobre la mesa acababa de darse
vuelta sola. No entraba ninguna corriente de aire por la
ventana.
«Esperé, sorprendido. Al cabo de cuatro minutos, vi,
sí, vi con mis propios ojos, que una nueva página se
levantaba y caía sobre la otra, como movida por un dedo.
Mi sillón estaba vacío, aparentemente estaba vacío, pero
comprendí que él estaba leyendo allí, sentado en mi lugar.
«¡Con un furioso salto, un salto de fiera irritada que se
rebela contra el domador, atravesé la habitación para
atraparlo, estrangularlo y matarlo!...
«Pero antes de que llegara, el sillón cayó delante de
mí como si él hubiera huido. . . la mesa osciló, la lámpara
rodó por el suelo y se apagó, y la ventana se cerró como si
un malhechor sorprendido hubiese escapado por la
oscuridad, tomando con ambas manos los batientes.
«19 de agosto.– ¡Ya sé. . . ya sé todo! Acabo de leer
lo que sigue en la Revista del Mundo Científico:
«Nos llega una noticia muy curiosa de Río de Janeiro.
Una epidemia de locura, comparable a las demencias
contagiosas que asolaron a los pueblos europeos en la Edad
Media, se ha producido en el Estado de San Pablo. Los
habitantes despavoridos abandonan sus casas y huyen de
los pueblos, dejan sus cultivos, creyéndose poseídos y
dominados, como un rebaño humano, por seres invisibles
aunque tangibles, por especies de vampiros que se
alimentan de sus vidas mientras los habitantes duermen.
309
«El profesor don Pedro Henríquez, en compañía de
varios médicos eminentes, ha partido para el Estado de San
Pablo, a fin de estudiar sobre el terreno el origen y las
manifestaciones de esta sorprendente locura, y poder
aconsejar al Emperador las medidas que juzgue
convenientes para apaciguar a los delirantes pobladores.»
«Ha venido Aquél que inspiró los primeros terrores de
los pueblos primitivos. Aquel que exorcizaban los
sacerdotes inquietos y que invocaban los brujos en las
noches oscuras, aunque sin verlo todavía. Aquel a quien los
presentimientos de los transitorios dueños del mundo
adjudicaban formas monstruosas o graciosas de gnomos,
espíritus, genios, hadas y duendes.
«Después de las groseras concepciones del espanto
primitivo, hombres más perspicaces han presentido con
mayor claridad. Mesmer lo sospechaba, y hace ya diez años
que los médicos han descubierto la naturaleza de su poder
de manera precisa, antes de que él mismo pudiera ejercerlo.
Han jugado con el arma del nuevo Señor, con una facultad
misteriosa sobre el alma humana. La han denominado
magnetismo, hipnotismo, sugestión. . . ¡qué sé yo!
«¡Desgraciados de nosotros! Ha llegado el... el...
¿cómo se llama?...el … parece qué me gritara su nombre y
no lo oyese… el… sí… grita… Escucho... ¿cómo?...
repite... el... Horla... He oído… el Horla… es él… ¡el
Horla… ha llegado, el Ser invisible y temible, ese cuerpo
transparente, ese cuerpo incognoscible… ese cuerpo del
Espiritu! »
FENÓMENOS DE TELEPATÍA
La Société pour les recherches psychiques1 de
Londres se ha ocupado principalmente, hasta el día de hoy,
1
Sociedad para las investigaciones psíquicas. (Nota del T.)
310
de un tipo de fenómenos a los que llama las «alucinaciones
verídicas» y para las cuales ha creado una palabra nueva
derivada del griego, telepatía (sensación o sufrimiento a
distancia).
Exponemos aquí algunos ejemplos.
«El 10 de febrero de 1874, – escribe el Sr. Oxon en
una de sus obras1, – nos vimos atraídos por un triple
golpeteo muy peculiar sobre la mesa, y recibimos
comunicación de un relato escabroso – con las edades
precisas y los más mínimos nombres – de la muerte de tres
niños, hijos del mismo padre a quién habían sido
arrebatados súbitamente. Ninguno de nosotros había tenido
conocimiento de esos nombres que eran poco comunes.
Esos niños estaban muertos en un país lejano, la India, y
cuando el mensaje nos fue enviado, no teníamos medio
alguno de información que nos permitiese verificar los
hechos. Sin embargo fueron comprobados.
«El 28 de marzo del mismo año, conocí al Sr. y a la
Sra. Wats. Nuestra conversación giró principalmente en
torno a la evidencia de los fenómenos psíquicos y yo les
conté el hecho anteriormente mencionado. La Sra. Wats
quedó muy impactada con ese relato que se correspondía
con una triste historia que ella había escuchado contar en
casa de una tal Sra. Leaf. Se trataba de un gentleman
residiendo en la India que, en un corto espacio de tiempo,
había perdido a su esposa y a tres hijos. Informaciones
recabadas por la Sra. Leaf, permitieron demostrar que todas
las indicaciones dadas por el mensaje eran de una exactitud
absoluta.»
Un hecho análogo ocurrió recientemente en París, en
una sesión de experimentación en la que se encontraba el
1
Spirit identity.
311
Sr. Jules Baissac que nos hizo el relato siguiente que yo
mismo he escuchado con mis oídos (es el Sr. Eugène Nus
quién habla):
«El 7 de mayo de este años, 1890, se tuvo la idea en
casa de hacer hablar a la pesada mesa de mi despacho. Nos
alineamos alrededor de la mesa, mi esposa, uno de mis
hijos, un familiar y dos damas amigas nuestras.
«Después de una aplicación de nuestras manos
habiendo durado apenas cinco minutos, la tabla al principio
se estremeció, luego con fuerza crujió, y finalmente se
levantó en varias ocasiones sobre uno de sus cuatro pies.
–¿Quién está ahí? – preguntó mi hijo, y ésta es la
respuesta que obtuvo:
Louis Constant, originario de la Charente, cerca de
Limoges, soldado movilizado, muerto a los veintisiete años,
en un combate de los primeros días de diciembre de 1870.
«Ahora bien, como yo tengo en el ministerio de la
Guerra mi despacho, al lado de los archivos
administrativos, mis hijos me pidieron que investigara las
fichas de los soldados muertos en 1870.
«Dejé transcurrir ocho días, luego, a instancias
reiteradas de mi familia, rogué al empleado encargado del
servicio de archivos que me enseñara la ficha del tal
Constant, fallecido en 1870, y he aquí el mismo texto del
acta que leí con mis propios ojos: – Constant, Louis, nacido
en Saint-Coutant, cantón de Champagne-Mouton
(Charente), nacido el 3 de agosto de 1843, movilizado en
noviembre de 1870, muerto el 8 de diciembre de 1870 en el
combate de Josnes.
«Ninguno de nosotros jamás había oído hablar de ese
Constant, e incluso se creía que nunca hubiese existido.»
¿Por qué procedimiento, – prosigue Eugène Nus – y
con qué propósito, el inconsciente, la semi consciencia o
algún estado que sea de consciencia oscura, localizado en
312
los hemisferios cerebrales del Sr. Baissac y sus invitados,
ha traído a esa mesa el extracto mortuorio de ese pobre
diablo de recluta? ¿Qué grupo de imágenes ha podido
condensarse allí, para formar en el cerebro de uno de los
asistentes esa personalidad real de Louis Constant, nacido
en la Charente?
Para la moderna psicología hay ahí materia para un
suplemento de informaciones, esperando que nuevos
enigmas le sean planteados por ese fantástico fenómeno que
parece burlarse de la ciencia.
Un coronel, en una reunión de amigos, vio de repente
ante él, un ataúd abierto en el qué estaba acostada una de
sus hermanas por la qué él tenía un profundo afecto. El
coronel estaba por aquel entonces en una ciudad de
Birmania. Su hermana estaba en Inglaterra. Él ignoraba que
ella hubiese estado enferma. Supo algún tiempo después
que ella había muerto, en efecto, en el mismo momento en
el que él la había visto acostada en su ataúd.
En el cabo de Hornos, un marinero subido a los
mástiles para cargar una vela, vio de pronto, en medio de la
ráfaga de viento, a su novia vestida de blanco planeando
hacia él, empujada por el viento. A su regreso a Inglaterra,
supo que había muerto en el momento mismo en el que se
le había aparecido.
Un contramaestre albañil trabajaba bastante lejos de
su domicilio al que regresaba solamente cada noche. Un
día, sintió un violento deseo de regresar. Trató de no darle
importancia. Pero, de minuto en minuto, el deseo se hacía
cada vez más vehemente. Por fin, no pudiendo resistir más,
abandonó su trabajo y corrió hacia su casa. Cuando golpeó
la puerta, una hermana de su esposa acudió a abrirle y toda
313
sorprendida exclamó: ¿Cómo lo has sabido? – ¿Sabido,
qué? – Lo que ha ocurrido. – No sé nada. – Entonces, ¿por
qué vienes? – No lo puedo decir, una fuerza me empujaba;
¿pero, qué sucede?
Y supo que su esposa había sido atropellada por un
coche y estaba seriamente herida, hacía más de una hora, y
que, desde ese momento no había dejado de llamarlo junto
a ella, con los gritos más desgarradores.
Una noche, un estudiante se sintió de pronto
extrañamente enfermo, febril, temblando, sin causa
aparente. Fue a casa de un amigo que se sorprendió al verlo,
le sirvió un whisky y sacó un trictrac para distraerlo.
Imposible jugar. El malestar duró varias horas, luego por
fin regresó la calma. Regresó a su casa y se acostó. Al día
siguiente estaba curado. Por la tarde, recibió una carta
anunciándole que, la víspera, su hermano gemelo había
muerto, a la hora en la que a él le había parecido que iba a
morirse.
«Millares de relatos, procedentes de todas partes,
cuentan cosas análogas. Solamente difieren los detalles.
Unos han escuchado como la voz del moribundo los
llamaba; otros han visto ante ellos al amigo o al pariente
anunciándoles su muerte. Tanto se presentan en el traje que
tenían en vida; tanto aparecen como fantasmas envueltos en
un sudario blanco; otras veces se les ve sobre su lecho
fúnebre, o en un ataúd, en la iglesia, rodeado de la
parafernalia que engalana la muerte.
«¿Qué se puede decir? Si es el sujeto quien se
impresiona él mismo por preocupaciones experimentadas
sobre la suerte de la persona que se le aparece, la
alucinación es puramente subjetiva, encontrándose
completamente verídica. Pero, si la ventura sucede, como
314
en el caso del coronel o del marinero, cuando no está
preocupado, y ni quiera pensando en él, es difícil no
suponer que la advertencia procede de la persona
moribunda cuyo pensamiento franquea el espacio y va a
golpear el aparato sensitivo del ser o seres que son el objeto
de sus últimas preocupaciones.
«Sucedan como sucedan estas misteriosas cuestiones,
de las discusiones que provocan y de las divergencias de
opinión adversas, siempre resultará esto: la existencia
reconocida, constatada, de fuerzas psíquicas independientes
de la materia y proporcionando a la doctrina espiritualista
nuevos elementos de los que se podrá discutir las
consecuencia, pero que a partir de ahora es imposible dudar
de ellas. »
LAS COMUNICACIONES DE ULTRATUMBA
En las antologías que han hecho de ellas los autores
especializados, desde luego las hay mediocres,
insignificantes, enfáticas o en ocasiones incomprensibles;
pero también las hay muy bellas y particularmente
instructivas o curiosas.
¿De dónde proceden esos contrastes? La razón es muy
sencilla. No hay que olvidar que, entre los Espíritus
luminosos que flotan sobre la tierra y nos rodean con sus
legiones, se encuentra de todo, vulgares, zafios o perversos
que no han abdicado ni de su incapacidad, ni de su vanidad,
ni de sus disposiciones para hacer el mal, ni de su criminal
perversidad. Sobre todo es por la vanidad por lo que
destacan los más ligeros, los más incapaces de entre ellos.
Una de las ineptas bromas que no dejan de repetir, es
asignar a nombres ilustres sus elucubraciones más
mediocres. Esos pobres tipos de ultratumba encuentran de
mejor gusto llamarse Sócrates, san Luís, Pascal o
315
Lamennais. De ahí esos tremendos quiproquos que
escandalizan o repelen a los lectores no advertidos.
«El carácter habitual de las comunicaciones, – leemos
en un notable trabajo del Dr. E. Gyel, del que hablaremos
más adelante, – sus cualidades y sus defectos se explican
fácilmente.
«Todo en la naturaleza, modificándose mediante
transiciones insensibles, no podría tener para los seres
pensantes transformaciones considerables de su situación
tras la muerte.
«Los desencarnados no son realmente muy diferentes
de lo que eran en vida, según los mismos principios de la
doctrina evolucionista.
«Eso es sobre todo cierto para los espíritus de orden
medio, mucho más numerosos.
«Los Espíritus retrasados, lejos de ser superiores a su
última encarnación, sufren por la perdida de sus sentidos
materiales un oscurecimiento psíquico momentáneo
pudiendo llegar a una semi inconsciencia.
«Solamente los Espíritus elevados, gozando de una
consciencia muy extendida sintetizando la suma de los
progresos adquiridos en numerosas encarnaciones, están
después de la muerte muy por encima de cualquiera de las
personalidades que sucesivamente han constituido.
«Solamente esos Espíritus están alejados de la
humanidad terrestre, que la mayoría no regresarán jamás y
muy difícilmente pueden, o no del todo, relacionarse con
nosotros.
«Sabemos que un desencarnado no puede
manifestarse en el campo material más que actuando sobre
un organismo vivo o por la intermediación de un
organismo vivo. En el primer caso (sugestión sobre el
médium), la capacidad psíquica del Espíritu se verá
obligatoriamente limitada en una proporción considerable
316
por la capacidad psíquica del médium. En el segundo caso,
el Espíritu, sufriendo una verdadera reencarnación relativa,
estará sometido a las fatales consecuencias más o menos
atenuadas de la reencarnación normal: es decir al
oscurecimiento de la consciencia. El desencarnado no
puede regresar al campo material, sea para una
reencarnación, sea para una comunicación momentánea con
nosotros, sin padecer más o menos la ley formal del olvido.
«Tras este examen de la situación de los
desencarnados, se comprende que las comunicaciones
recibidas no pueden ser diferentes de lo que son. Y en lo
relativo a la frecuencia de las comunicaciones inferiores o
poco elevadas, es inevitable.
«Concluimos pues que todas las objeciones hechas
con tanta ligereza al espiritismo en relación con el
contenido intelectual de las comunicaciones, de las
oscuridades, de las banalidades, de las mentiras o
contradicciones que encierran – todas esas objeciones no
tienen razón de ser.
«No es menos cierto, apresurémonos a añadirlo, que
por el contrario a veces se obtienen comunicaciones muy
elevadas revelando conocimientos y una inteligencia
superiores a las del médium o de los asistentes. Entonces
ellas pueden darnos informaciones inesperadas, consejos
preciosos e incluso hasta predicciones de futuro.»
Comencemos la serie por la de Jean Reynaud, el
elocuente precursor, como es sabido, del espiritualismo
moderno (Comunicación espontánea hecha a la Sociedad
espiritista de París):
« Amigos míos, ¡qué magnífica es esta nueva vida! Es
una especie de torrente luminoso que arrastra, en su
inmenso curso, las almas embriagadas del infinito. Tras la
ruptura de mis lazos carnales, se han extendido ante mis
317
ojos las espléndidas maravillas de horizontes nuevos que
me rodean.
«Mi muerte ha sido bendecida. Mis biógrafos la
consideran prematura. ¡Ciegos! Echan de menos algunos
escritos, nacidos del polvo, que yo debería publicar aún, y
no comprenden que el ruido – pequeño ruido – que se
produce alrededor de mi tumba medio cerrada es útil para la
santa causa del espiritismo. Mi obra estaba acabada; había
alcanzado ese punto culminante en el que el hombre ha
dado lo mejor que tenía de él y donde no hace falta volver a
comenzar. Mi muerte a reavivado la atención de los
letrados y la lleva sobre mi obra capital que atañe a la gran
cuestión espirita que ellos pretenden desconocer y que
pronto los arrastrará.»
Luego, en otra comunicación:
«¿Quién os dice que mi muerte no es un hecho
afortunado para el espiritismo, para su porvenir, para sus
consecuencias? ¿Habéis advertido la marcha que sigue el
progreso, la ruta que ha tomado la fe espirita? Al principio
Dios ha dado pruebas materiales: en las mesas, golpes,
fenómenos de todo tipo; era para llamar la atención; era un
divertido prefacio. Los hombres necesitan pruebas
palpables para creer. Ahora ya es otra cosa. Tras los
fenómenos materiales Dios habla a la inteligencia, al
sentido común, a la razón. Esas no son proezas, sino cosas
racionales que ahora van a convencer incluso a los
incrédulos más recalcitrantes. Y no es más que el comienzo.
Tomad nota de mis palabras: Van a sucederse toda una
serie de hechos inteligentes, irrefutables y el número de
adeptos, ya de por sí grande, va a aumentar todavía. Dios va
a dirigirse a las inteligencias de élite, a las cumbres del
espíritu, del talento y de la ciencia. Va a ser como un rayo
luminoso, como una irresistible corriente magnética que va
318
a expandirse sobre la tierra empujando a los más
recalcitrantes a la búsqueda del infinito.»
Otra evocación en Burdeos:
«Acudo con placer a vuestra llamada. Sí, tenéis razón,
el fenómeno espiritista no ha existido para mí, por así
decirlo (esto respondía al pensamiento del médium).
Exiliado voluntario en vuestra tierra, donde había recibido
por misión arrojar la primera semilla seria de las grandes
verdades que envuelven el mundo, siempre he conservado
el recuerdo de la patria y me he reconocido pronto en medio
de mis hermanos.
«El médium. – Aunque muchos Espíritus hayan ya
contado sus primeras sensaciones al despertar, ¿podrías
decirme lo que has experimentado volviendo a ti y como se
ha operado la separación de tu Espíritu y tu cuerpo?
«Jean Reynaud. – Como todos. He sentido acercarse
el momento de la liberación; pero, más feliz que tantos
otros, no he experimentado angustias, porque conocía los
resultados, aunque éstos fueron todavía más sobrecogedores
de lo que pensaba. El cuerpo es una traba para las
facultades espirituales y, sean cuáles sean las luces que
éstas hayan conservado, siempre son más o menos
amortiguadas por el contacto de la materia.
«Me dormí esperando un dulce despertar; el sueño fue
corto, ¡la admiración inmensa! Los esplendores celestes
desarrollados ante mi mirada brillaban con toda su luz en
un incomparable estallido. Mi vista maravillada se hundía
en las inmensidades de esos mundos cuya existencia y
habitabilidad ya había afirmado. Era un milagro que me
revelaba y me confirmaba la verdad de mis creencias. El
hombre por más que se crea seguro cuando habla, tiene a
menudo en el fondo de su corazón momentos de duda, de
incertidumbre. Desconfía, sino de la verdad que proclama,
al menos a veces de los medios imperfectos que emplea
319
para demostrarla. Convencido de la verdad que yo quería
hacer admitir, con frecuencia he tenido que combatir contra
mí mismo, contra el desánimo de ver, de tocar por así decir,
la verdad, sin poder hacerla palpable a aquellos que tanta
necesidad tendrían de creer en ella para caminar
resueltamente por su vía.
«El médium. – ¿De vivo, profesabas el espiritismo? »
«Jean Reynaud.– Entre profesar y practicar, hay
alguna diferencia. Yo practicaba, pero no profesaba. Todo
hombre puede ser espiritista creyendo en su alma inmortal,
en sus preexistencias, en su marcha progresiva e incesante,
en las pruebas terrestres, especie de abluciones necesarias
para la purificación; yo creía en ello, era pues espiritista.
Había comprendido el estado errante, ese lazo intermedio
entre las encarnaciones sucesivas, ese purgatorio donde el
Espíritu culpable se despoja de sus vestimentas manchadas,
donde el Espíritu en progreso teje con esmero el vestido
que va a llevar de nuevo y que quiere conservar puro.»
Citaremos otra comunicación de Jean Reynaud; pero
son necesarias algunas explicaciones previas.
En una de las sesiones de la Sociedad espirita de
París, donde se había discutido la cuestión de la « turbación
» que generalmente sigue a la muerte, un Espíritu, Espíritu
perverso y duro al que nadie había hecho alusión, se
manifestó espontáneamente, mediante la extraña
comunicación siguiente:
Digamos de entrada que este Espíritu era el de
Lapommeray, triste protagonista de una causa célebre y
cuyo proceso produjo un gran revuelo hace algunos años.
«¿Qué decís de turbación? ¿Por qué esas vanas
palabras? Sois unos soñadores y unos utopistas.
Desconocéis absolutamente las cosas de las que pretendéis
320
ocuparos. No, no existe turbación, salvo tal vez en vuestros
cerebros. Yo estoy tan perfectamente muerto de lo que es
posible y veo claro en mí, a mi alrededor, ¡por todas
partes!...
«Las muerte es un terror, un castigo, un deseo, según
la debilidad o la fuerza de los que la temen, la desafían o la
imploran. ¡Para todos, es un amargo escarnio!
«La luz me deslumbra y penetra como una flecha
aguda en la sutilidad de mi ser 1… Se me ha castigado con
las tinieblas de la prisión y se ha creído castigarme con las
tinieblas de la tumba, o por aquellas que sueñan los
católicos supersticiosos. Pues bien, sois vosotros quiénes
estáis en la oscuridad y yo, degradado social, yo planeo por
encima de vosotros… ¡Quiero seguir siendo yo! Fuerte por
el pensamiento, desdeño las advertencias que resuenan a mi
alrededor. Veo claro… ¿Qué es un crimen? Una palabra. El
crimen existe por todas partes. Cuando es ejecutado por
masas de hombres se le glorifica; en el particular, es
detestable. ¡Absurdo!
«No quiero estar lamentándome… no pido
nada…¡Me basto y sabré luchar contra esta odiosa luz!»
Jean Reynaud, evocado respecto a esto último,
respondió mediante la siguiente comunicación:
«La justicia humana no hace excepción de la
individualidad de los seres que castiga; midiendo el crimen
por el propio crimen, ella golpea indistintamente a aquellos
que lo han perpetrado y la misma pena alcanza a los
culpables sin distinción de sexo, de educación o de
personalidad.
1
Palabras características. Él reconocía con eso que su cuerpo es
fluídico y penetrable a esa luz odiosa que lo taladra como una flecha
aguda.
321
La justicia divina procede de otro modo: los castigos
que inflige corresponden al grado de adelanto de los seres
que son castigados. La igualdad del crimen no constituye la
igualdad de los culpables. Dos hombres cometiendo el
mismo crimen pueden estar separados por la distancia de
las pruebas que hunden al uno en la opacidad intelectual de
los primeros círculos iniciadores, mientras que al otro, que
los ha sobrepasado y posee la lucidez una vez superada la
turbación del Espíritu, no se le castiga con las tinieblas,
sino con la agudeza de la luz espiritual: ella trasciende la
inteligencia terrestre y le hace experimentar la angustia de
una llaga al rojo vivo.
«Los seres encarnados a los que persigue la
representación material de su crimen padecen el shock de la
electricidad física; sufren por sus sentidos; los que ya están
desmaterializados por Espíritu vuelven a sentir un dolor
muy superior que desvanece en sus amargas ondas el
recuerdo de los hechos, para no dejar subsistir más que la
visión persistente de sus causas.»
____________________
Comunicación del Sr. Jobard, antiguo director del
museo de la Industria de Bruselas, presidente honorario de
la Sociedad espirita de París, sabio original, espíritu
espontáneo y lleno de imaginación.
Se proponía realizar una evocación el 8 de noviembre
cuando él se adelantó a este deseo concediendo de forma
espontánea la comunicación siguiente:
«Soy yo, yo, a quién vais a evocar. Quiero en primer
lugar contaros mis impresiones en el momento de la
separación de mi alma. Sentí un estremecimiento increíble;
de repente recordé mi nacimiento, mi juventud, mi
madurez; mi vida entera se desarrolló ante mí. Era libre, mi
322
cadáver estaba allí yacente, inerte. ¡Ah! ¡qué embriaguez
despojarme de la pesadez del cuerpo! ¡Qué embriaguez
abrazar y poseer el espacio!
«No creáis sin embargo que me haya convertido de
pronto en un elegido del Señor; no, estoy entre los Espíritus
que, siendo un poco retenidos, deben todavía aprender
mucho. No he tardado en acordarme de vosotros, «mis
hermanos de exilio», y os aseguro toda mi simpatía y que
todos mis buenos deseos os envuelvan.
«He visto el esplendor, pero no puedo describirlo. Me
he aplicado en discernir lo que era real en las
comunicaciones, dispuesto a filtrar todas las aseveraciones
erróneas, dispuesto en fin a ser el «jinete de la verdad» en el
otro mundo, como siempre lo he sido en el vuestro.
«El médium.– ¿Quieres decirnos en que lugar estás en
medio de nosotros y cómo te veríamos si pudiésemos verte?
«Jobard.– Estoy cerca del médium; me veríais bajo la
apariencia del Jobard que se sentaba en vuestra mesa, pues
vuestros ojos mortales no pueden ver a los Espíritus más
bajo su apariencia mortal.
«Este lugar lo ocuparé a menudo y sin que a menudo
lo sepáis, pues mi Espíritu habitará entre vosotros.
«El médium. – ¿Las condiciones en las que están en
medio de nosotros no te parecen extrañas?
«Jobard.– No, pues mi espíritu desencarnado goza de
una claridad que no deja en las sombras ninguna de las
cuestiones que considera.
«Recuerdo mis existencias anteriores y encuentro que
he mejorado. Veo y me asimilo con lo que veo. Fuera de
mis precedentes encarnaciones, Espíritu turbado, no me
daba cuenta más que de lagunas terrestres.»
«El médium.– ¿Te acuerdas de tu penúltima
existencia, la que ha precidido a Jobard?
323
«Jobard.– En mi penúltima existencia, yo era un
obrero mecánico corroído por la miseria y el deseo de
perfeccionar mi trabajo. Ahora bien, «siendo Jobard, he
realizado los sueños del pobre obrero », y alabo a Dios cuya
bondad infinita ha hecho germinar la planta cuya semilla él
había depositado en mi cerebro.
«El médium.– ¿Te has comunicado ya en otras
ocasiones?
«Jobard.– Escasamente. En muchos lugares un
Espíritu se ha hecho pasar por mí. Mi muerte es tan reciente
que pertenezco todavía a ciertas influencias terrestres.
Cuando un hombre un poco conocido abandona la tierra, es
llamado de todas partes; mil Espíritus se dedican a adoptar
su individualidad, eso es lo que me ha pasado a mí en varias
circunstancias.
«El médium.– ¿En vida, compartías la opinión que ha
sido emitida sobre la formación de la tierra por la
aglomeración de cuatro planetas que se habrían fundido
juntos? ¿Eres de esta creencia?
«Jobard.– No; era un error. Los nuevos
descubrimientos geológicos prueban las convulsiones de la
tierra y sus formaciones sucesivas. La tierra, como los
demás planetas, ha tenido su vida propia, y Dios no
necesitó de eses gran desorden y de esa agregación de
planetas.
«El médium.– ¿Piensas también que los hombres
pueden permanecer en un estado cataléptico durante tiempo
ilimitado y que el género humano ha sido traído de ese
modo a la tierra?
«Jobard.– Ilusión de mi imaginación que sobrepasaba
siempre el límite. La catalepsia puede ser larga, pero no
indeterminada. Tradiciones, leyendas exageradas por la
imaginación oriental: He sufrido mucho repasando las
ilusiones con las que he alimentado mi espíritu. Había
324
aprendido mucho, decidido a apropiarme de esos amplios y
diversos estudios, había conservado de mi última
encarnación el amor de lo maravilloso y complicado,
planteado en las imaginaciones populares.
«Me he ocupado aún un poco de las cuestiones
puramente intelectuales en el sentido en que vosotros las
tomáis. ¿Cómo podría yo, deslumbrado, arrastrado como
estoy por el maravilloso espectáculo que me rodea?
Después de algún tiempo de recogimientos, el Sr.
Jobard tomó rango entre los Espíritus que trabajan
activamente en la renovación social, esperando su próximo
regreso entre los vivos para tomar allí una parte más
directa.
Desde esa época, él ha dado a menudo a la Sociedad
de París, de la que considera ser miembro, comunicaciones
de una incuestionable superioridad, sin desviarse jamás de
la originalidad ni de las espirituales bromas que formaban
parte de su carácter y que lo hacen ser reconocible antes de
que las haya suscrito.
___________________
Podríamos multiplicar estas curiosas citas, pues es por
millares como han sido recogidas.
Y todas, hayan sido en tal o cual ciudad de Europa, de
Asia o de América, todas nos repiten los mismos
testimonios concernientes a las sensaciones divinas de las
que son penetradas las almas que la desencarnación
despega de los repugnantes vínculos de la materia.
Siempre es el mismo grito triunfal que emiten
invariablemente, a la hora bendita en la que caen las
cadenas. – Escuchad esos cantos de liberación:
325
El Sr. Sanson, antiguo miembro de la Sociedad
espirita, muerto en 1862:
«Soy Espíritu; mi patria es el espacio, y mi destino es
el Dios que brilla en la inmensidad. No más dolor; la
juventud, la fuerza y la vida en este mundo maravilloso
¡donde todo es alegría, gloria y grandeza!
«Cuando he podido regresar a mí, he permanecido
deslumbrado. Me he visto rodeado de numerosos amigos,
de Espíritus protectores que me rodeaban y me sonreían.
Curado de toda miseria, liberado de todo sufrimiento,
ardiente, infatigable, me lanzaba a través de los espacios
donde lo que veía no se puede expresar en lengua alguna!»
El Sr. Samuel Philippe, muerto en 1862:
«Aunque habiendo sufrido cruelmente en mi última
enfermedad, no he tenido agonía. La muerte ha venido a mí
como un sueño, sin lucha, sin sacudida, sin dolor. ¡Oh! si
los hombres comprendiesen lo que es la vida futura, ¡qué
fuerza, qué valor les daría eso!»
El Dr. Demeure, muerte en Albi en 1865:
«¡Feliz! ¡Ah, desde luego que lo soy! No más vejez,
no más invalidez; mi lamentable cuerpo no era más que un
disfraz impuesto. Soy joven y bello, bello de esta eterna
juventud de los Espíritus cuyas arrugas no pliegan nunca el
rostro y cuyos cabellos nunca se vuelven canosos. Como el
pájaro, atravieso el espacio; contemplo, bendigo, amo y me
inclino, átomo, ante la grandeza, la sabiduría, la ciencia de
nuestro Creador y ante las maravillas que me rodean. ¡Oh!
¿quién podría contar nunca las esplendidas bellezas del
mundo de los elegidos, describir los cielos, las tierras, los
soles, su papel en la armonía universal?
La Sra. viuda de Foulon, pintora, muerta en 1865:
326
«Hace tan solo tres días que estoy muerta y siento que
soy artista. Mis aspiraciones hacia el ideal de la belleza en
el arte no eran más que la intuición de facultades que había
adquirido en otras existencias y que se han desarrollado en
mi última vida terrestre. ¿Pero cuánto tengo que hacer para
reproducir una obra maestra digna de las grandes escenas
de la región de la luz? ¡Pinceles, pinceles! y demostraré al
mundo que el arte espirito es la coronación del arte pagano,
del arte cristiano que decae y como solo al espiritismo está
reservada la gloria de hacerlo revivir en todo su esplendor,
sobre vuestro mundo desheredado.
«He sufrido, pero mi Espíritu ha sido más fuerte que
el sufrimiento del desprendimiento. Después del «supremo
suspiro», he caído en síncope, no teniendo ninguna
consciencia de mi estado, en una vaga somnolencia que no
era ni el sueño del cuerpo, ni el despertar del alma, luego,
saliendo ese largo desvanecimiento, me desperté en medio
de hermanos que no conocía. Ellos me prodigaban sus
cuidados, sus caricias y me mostraban en el espacio un
punto luminoso que parecía una estrella lejana. «Es ahí a
donde vas a ir con nosotros, me decían, tú ya no perteneces
a la tierra.» Entonces he recordado, me apoyé en ellos, y, en
grupo gracioso nos arrojamos hacia las esferas
desconocidas donde se está seguro de encontrar la felicidad,
hemos subido, subido… y la estrella siempre crecía.»
Un médico ruso:
«Lo que llamáis el último momento no es nada. No he
sentido más que un chasquido muy corto y me he
encontrado desembarazado de mi miserable carcasa. He
tenido la dicha de ver una cantidad de amigos venir a mi
encuentra y darme la bienvenida. Vivo en el espacio, ¡pero
cuántos niveles hay en esta inmensidad! ¡Cuántos escalones
en esta escalera de Jacob que va de la tierra al cielo, es decir
327
desde el envilecimiento de vuestra encarnación terrestre,
hasta la depuración completa del alma! No se llega a dónde
estoy más que a continuación de numerosas pruebas, es
decir de nuevas encarnaciones; pero, debéis saberlo, resulta
ya una inmensidad de felicidad saber que puede aumentar
infinitamente.»
La condesa Paula, joven, bella, rica y de ilustre linaje,
muerta en 1851:
«Sí, soy feliz, lo soy más allá de todo lo que se puede
expresar y sin embargo todavía estoy lejos del último
escalón. No obstante yo era feliz en la tierra. Juventud,
salud, fortuna, homenajes, tenía todo lo que constituye la
felicidad en la tierra; ¿pero qué es esa felicidad junto a la
que se experimenta en estas regiones celestes? ¿Qué son
vuestras fiestas más espléndidas comparadas con esas
reuniones de Espíritus resplandeciendo con un brillo
incomparable? ¿Qué son vuestros palacios dorados, juntos a
estos deslumbrantes moradas aéreas que, en los campos del
espacio, harían palidecer los arco-iris? ¿Qué son vuestros
paseos y vuestros viajes, junto a estas estelas a través de la
inmensidad, más rápidas que la luz? ¿Qué son vuestros
horizontes limitados y nubosos, al lado de esas grandiosas
profundidades donde se mueven los mundos bajo la mano
directora del Todopoderoso? ¿Qué son, en fin, vuestros más
admirables conciertos, junto a estas armonías inefables
donde vibran todas las fibras del alma, en los estremecidos
fluidos del éter?...Y que insípidas y tristes son vuestra más
grandes alegrías, comparadas con las exquisitas sensaciones
de una dicha cuyo efluvios inundan todo el ser, sin mezcla
de inquietud, de aprensión, de sufrimiento, porque aquí
todo respira amor, confianza, sinceridad.
«Y ninguna pasividad en esta felicidad incesante, pero
eternamente variada. En absoluto concierto perpetuo, en
328
absoluto fiesta inútiles, en absoluto belleza y monótona
contemplación. No, es el movimiento, es la actividad, ¡es
la vida!
«Cada uno tiene su misión que cumplir, sus
protegidos que asistir, sus amigos de la tierra que visitar,
almas sufrientes que consolar, engranajes de la naturaleza
que dirigir; uno no va de una calle a la otra, sino de un
mundo a otro; uno se separa para volverse a juntar, o se
dispersa para regresar a tal cita designada, se concierta, se
asiste, se asocia para las obras difíciles, y el trabajo avanza
y la gran obra se cumple.
«No es en absoluto sin luchas ni sin dolores como he
llegado al rango que ocupo en la vida espiritual. Mi última
estación terrestre ha sido dulce y feliz, pero sin embargo
cuántas existencias he debido pasar por las más duras
pruebas que yo había voluntariamente elegido.
«Trabajadores, he conocido vuestras miserias; he
tenido hambre, he tenido frío, he llorado, he sufrido… pero
he vencido, porque mi alma se ha fortalecido en la prueba.»
Antoine Costeau, miembro de la Sociedad espirita de
París, inhumado el 12 de septiembre de 1863, en el
cementerio Montmartre, en la fosa común. – Fue en el
cementerio mismo donde fue hecha la evocación. Fue al
borde de la fosa donde el médium escribió bajo el
misterioso dictado…
Y fue una escena sobrecogedora escuchar a ese
muerto – no menos vivo que sus auditores – hablarles en un
silencio donde los corazones casi dejaban de latir y donde
los asistentes, completamente pálidos, escuchaban
estremecidos esta suprema voz del sepulcro, Y más allá de
la tumba esa voz decía:
«¡Gracias, amigos míos! La tierra va a recibir mis
restos; pero bajo este polvo, mi alma no permanecerá
329
sepultada; va a planear en el espacio, luego dirigirse hacia
Dios, pues yo vivo la verdadera vida, la vida eterna.
«Mi cortejo, cortejo de pobre, no estuvo acompañado
por un numeroso público; sobre mi tumba no se
pronunciarán orgullosas discursos y sin embargo, amigos,
creedme, aquí hay una multitud inmensa, pues los buenos
Espíritus nos rodean. No añado más que una frase: ¡la
muerte es la vida!»
La Sra. Anaïs Gourdon, muerta en noviembre de
1860:
«Soy feliz; espero, amo; los cielos no suponen ningún
terror para mí, espero con confianza y amor que las alas
blancas me empujen, es decir que creo convertirme en
Espíritu puro y resplandecer como los mensajeros celestes
que me deslumbran. Que esos queridos seres que me lloran
no me entristezcan más con la vista de sus lamentos, puesto
que han de saber que no estoy perdida para ellos; que mi
pensamiento les sea dulce, y mi recuerdo ligero y
perfumado. He pasado como una flor, y ninguna tristeza
debe subsistir por mi rápido paso.»
El Sr. Van Durt, muerto en Anvers en 1863, a la edad
de ochenta años:
«¡Despertarse en un nuevo mundo! Sin cuerpo
material, sin vida terrestre, ¡vida inmortal! Sin hombres
carnales a mi alrededor, sino formas ligeras, Espíritus que
se deslizan, girando en torno a vosotros y que no podéis
abarcar con la mirada, ¡pues flotan en el infinito! Tener ante
sí el espacio y poder franquearlo con un aleteo… vida
nueva, vida brillante, vida de inefables goces!»
330
Y siempre, y por todas partes lo mismo: una ascensión
hacia el cielo, ebrios de una alegría desbordante, ¡el eterno
hosanna de la liberación!
_______________________
Otra comunicación, original sin duda, obtenida por
una dama. Estos versos fueron dictados, en el momento en
el que se publicó el relato titulado Spirite de Théophile
Gautier:
Por el matiz burlón de estas elegantes estrofas, se
adivinaría el autor, aun cuando ellas no estuviesen
firmadas; pero lo están.
Estoy de regreso. Sin embargo, Señora, había prometido
Y jurado por mis grandes dioses no volver a rimar.
Pues es una triste tarea el hacer publicar
Las obras de un autor, al estado de alma reducido.
Un buen Espíritu, cuando lejos de vos yo había huido
Nos habló ¡aún a riesgo de nuestra sonrisa provocar!
Pienso que sabe más de lo que se quiere aprobar,
Y que de algún modo él ha encontrado a su aparecido.
Realmente parece extraño: ¡Un aparecido!
Yo mismo, cuando estaba ahí abajo, me reía
Pero cuando afirmaba que no creía,
Como a un salvador a mi ángel habría acogido.
Cómo lo habría amado cuando, la amarilla frente,
Sobre mi mano apoyada por la noche en la ventana,
Mi espíritu, llorando, el gran tal vez sondeaba
Recorriendo a lo lejos, del infinito la pendiente.
¿Qué esperáis, de un siglo sin creencias, que venga?
Cuando vuestra fruta más buena hayáis exprimido
331
El hombre siempre sobre una tumba, caerá abatido
Si de esperanza carece para que se sostenga.
Pero, se dirá, estos versos de él no son
La censura del vulgar ¿qué me importaría?
Cuando estaba vivo, no me preocupaba en demasía,
Me reiría hoy, con mayor razón.1
Alfred de MUSSET
Podríamos cerrar aquí la serie de estas
comunicaciones extrañas; pero hete aquí que una obra
sensacional, donde las haya, nos proporcionó otras y no
menos extraordinarias2.
1
Con el objeto de conservar la rima en español, he realizado una
traducción libre. El poema original en francés es el siguiente:
Me voici revenu. Pourtant j’avais, Madame,/ Juré sur mes grands dieux
de ne jamais rimer./C’est un triste métier que de faire imprimer/Les
oeuvres d’un auteur réduit à l’etat d’âme. // J’avais fui loin de vous,
mais un Esprit charman / Risque en parlant de nous d’exciter le sourire!
/ je pense qu’il en sait bien plus qu’il n’en veut dire, /Et qu’il a quelque
part trouvé son revenant. // Un revenant! vraimente cela parait étrange.
/Moi-même, j’en ai ri quand j’étais ici-bas / Mais lorsque j’affirmais
queje n’y croyais pas, / J’aurais, comme un sauveur, accueilli mon bon
ange. // Que je l’aurais aimé, lorsque, le front jauni, / Appuyé sur ma
main, la nuit, dans la fenêtre, / Mon esprit, en pleurant, sondati le grand
peut-être / En parcourant au loin les champs de l’infini! // Ami,
qu’espérez-vous d’un siècle sans croyance? /Quand vous aurez pressé
votre fruit le plus beau, /L’homme trébuchera toujours sur un tombeau,
/ Si pour le soutenir il n’a plus d’espérance. //
Mais ces vers, dira-t-on, ils ne son pas de lui. / Que m’importe, après
tout, le blâme du vulgaire? / Lorsque j’etais vivant, il ne m’occupait
guère, / A plus forte raison, en rirais-je aujourd’hui.
(Nota del
Traductor)
2
La Survie; Echos de l’Au-delá publicado por Rufina Noeggerath
(Librairie des Sciences psychiques).
332
No podemos sustraernos al deseo de citar aquí algunas
elegidas entre las más originales – resumiéndolas algunas
veces.
Cosa curiosa a destacar es que la mayoría de estos
mensajes de ultratumba están suscritos por grandes
sacerdotes de la antigua India. Uno de ellos se designa a sí
mismo bajo el nombre de Oriental.
Nuestros hermanos del Más allá. – «Después de haber
abandonado su envoltura corporal, los extrarerrenales, por
elevados que sean e incluso a causa de su grandeza de alma,
están afligidos por el dolor de los que los han perdido. No
pueden decidirse a dejar a esos queridos amados que los
lloran y, en ese momento, se pudiesen comunicarse,
dedicarían a ello todas sus fuerzas. Es con una alegría
entusiasta como os demuestran que no están perdidos para
vosotros, que piensan en vosotros y que más allá de la
tumba se ama mejor que en vuestro mundo. En el futuro,
cuando haya médiums en cada familia, los desaparecidos se
revelarán inmediatamente tras su muerte terrestre y no
dejarán a sus amados más que después de haberlos
consolado y fortalecido.»
(Un gran sacerdote de la antigua India)
Es allá arriba donde hay que mirar.– «Cuando morís
en la tierra, para volver a nacer en el espacio encantado
donde vivimos, ¡oh! no miréis detrás de vosotros! En ese
instante crítico, uno es, porque siempre se es. Vuestro
sueño periódico de cada noche esta instituido por la divina
armonía para habituaros a abandonar lo que no es más que
una morada pasajera. A medida que vuestros ojos
corporales se convertirán inmóviles, sin miradas y se
enfriaran en sus órbitas, los ojos de vuestra alma levantarán
333
sus parpados y volveréis a la verdadera luz, series libres,
recuperareis todas vuestras facultades, y es entonces como
seréis doble: aquí, la estatua helada que os representa
muerte y vosotros, el ser vivo.»
(Liana, gran sacerdote indio).
Espíritus retrasados. – «Los desencarnados que
después de su marcha de este mundo no saben darse cuenta
inmediata de su situación exacta, se creen todavía vivos;
permanecen entre su familia, regresan a sus antiguas
ocupaciones, gozan de vuestra música terrestre, son artistas
y regresas a vuestras fiestas si han sido mundanos, y no
reconocen su error hasta que llega el día.
Estos retrasados, hasta la hora de su auténtico
despertar, no tienen otras satisfacciones que las que todavía
pueden procurarles la tierra. Se encuentran, al otro lado de
la vida, en un estado relativamente parecido a aquel en el
que se encontraban antes de su desencarnación, hasta tal
punto están aún sometidos a ciertas necesidades materiales,
tales como las del hambre, por ejemplo; también rodean
vuestras mesas en las que humean los alimentos, no
pudiendo saborear en ellas más que el perfume, ya no
teniendo cuerpo bastante denso para alimentarse como
antes. Es así como la vida extraterrena es para numerosas
desencarnadas como la pálida imagen de la vuestra.»
(El Oriental.)
Desengaño de los desencarnados devotos. – «Los
desencarnados que durante su vida terrena no se
alimentaron de otra cosa que no fueran ficciones
dogmáticas, en particular los desencarnados devotos, son
muy proclives a lamentarse. Para ganar una plaza en la
334
«eterna beatitud», se han arrastrado durante su vida sobre
las losas de los templos, con la frente curvada, el alma
sumida en sus oraciones, y, una vez desencarnados no se
encuentras ni con el paraíso esperado, ni el temido infierno,
ni siquiera el purgatorio. Para ser introducidos en «la
asamblea celeste» de su sueño, llaman a los santos en su
auxilio, pero nadie les responde. En lugar de sentirse
«empujados por alas», reptan por los bajos fondos
terrestres. Corren enloquecidos por las habitaciones, por los
campos, y a veces hacen escuchar dolorosos gemidos,
porque no encuentran en ninguna parte ese paraíso que
habían creído poder comprar en la iglesia.
«Esos pobre devotos desamparados son un número
incalculable. En ocasiones deambulan desesperadamente
durante siglos en el mismo círculo y no salen de su ceguera
hasta que, después de numerosas desencarnaciones,
comprenden finalmente de que modo la Fuerza Amor que
hace vivir el universo ha sido tergiversada y desfigurada
por sus religiones plagadas de mentiras.»
(El Oriental.)
Los bohemios del espacio.– «Hay seres que, tan
pronto como salen del estado en el que se podría llamar «
crisalidario » y que siempre lleva aparejado la muerte,
parten como verdaderos «nómadas». Esos bohemios del
espacio van y vienen según sus caprichos. Tanto descienden
a las profundidades de la tierra, como se hunden en los
abismos oceánicos. Y así actúan durante un número
incalculable de años o siglos, hasta que por fin el amor, la
eterna y suprema ley de la vida, los arranca de su insaciable
curiosidad y pone término a las peripecias de su estéril viaje
científico, pues la ciencia no puede ser sabia más que
cuando se alía con el amor.
335
«Las almas son liras y los nómadas que absorben el
espectáculo de las maravillas del universo no han tenido
tiempo ni de completar, ni de afinar su lira, y para que ella
pueda intervenir en el concierto universal, es necesario que
sus cuerdas, o dicho de otro modo que las facultades
adquiridas por el Espíritu, se «armonicen » mediante el
amor.»
(El Oriental.)
El mal.– «El mal tal como lo entienden vuestros
deístas y que han acabado por personalizar en el diablo es
algo infantil y un sin sentido.
«El mal es el sufrimiento del ascenso, la dificultad
que experimenta el hombre viejo despojándose de la
animalidad, el precio del progreso, el crisol donde se
efectúa la evolución. La redención de una falta no es
impuesta al alma, es la propia alma quién espontáneamente
la efectúa mediante una expiación voluntaria.»
(Un anciano gran sacerdote de la India.)
Almas hermanas, almas esposas. – « Todo se
relaciona, todo se encadena. Si una cierta simpatía os atrae
los unos hacia los otros, esa simpatía tiene sus orígenes en
el pasado. Si tales amigos son para vosotros más que
parientes y os testimonian un afecto que os conmueve el
corazón, dicho afecto no ha nacido espontáneamente, tiene
sus raíces en vuestras vidas anteriores. Los fluidos se atraen
y os acercan sin que siquiera os deis cuenta ni os prestéis a
ello: el azar nada tiene que ver en eso, pues no hay azar…
Nada más que milagros de amor que hacen las almas
hermanas y las almas esposas.»
336
Libertad, igualdad, fraternidad.– «Los principios de
igualdad y de fraternidad han sido suprimidos por el orgullo
de los hombres. Vosotros jamás habéis comprendido el
significado de las palabras que esculpís en los frontones de
vuestros monumentos, en nombre de una república
cualquiera.
«La verdadera igualdad, la verdadera fraternidad, la
verdadera libertad no emanan más que de los progresos
realizados por cada alma.
«Sí, igualdad mediante las reencarnaciones que
empobrecen a os ricos y humillan a los orgullosos.
«Sí, libertad mediante el progreso realizado en razón
directa del que hace progresar esa libertad.
«Sí, fraternidad por el perfeccionamiento de las almas
en las que se manifiestan el amor y la justicia, las más altas
virtudes que pueda alcanzar la perfectibilidad humana.»
(El Oriental)
Las cosechas celestes. – «Los mundos son campos
que Dios cultiva para obtener cosechas de almas. Los
mundos se forman, los mundos desaparecen; pero vosotros,
seres perfeccionables que tomáis de los fuegos de los soles
vuestra quintaesencia vital, permanecéis eternamente,
renovados sin cesar, siempre más amantes, siempre más
amados.»
(Çakya Mouni.)
Rejuvenecimiento de los mundos.– «Los planetas de
vuestro sistema y vuestro propio sol se apagarán
sucesivamente. Cuando hayan ido a buscar una nueva vida
en los grandes hornos de donde han emergido antaño,
saldrán refundidos, perfeccionados y nada prueba que esos
337
mundos así transformados no se conviertan en la morada de
los seres que los hayan visto morir y que volverán a vivir
allí, pero en un estado proporcional a la transfiguración de
dichos mundos.
«Todas las variedades se encuentran en el universo
sideral. Hay sistemas planetarios que son iluminados por
soles de colores diferentes, rojos, azules, amarillos y
muchos más. ¡Imagínense las extraordinarias coloraciones
que proporcionan esas diversas vibraciones luminosas a las
flores, a los animales, a los propios hombres! ¡qué
espectáculos inimaginables surgirán en medio de esas
prodigiosas combinaciones!
«Y no es solamente gracias a esas coloraciones
extrañas por lo que serán modificados esos mundos, podrán
serlo aún por su grado de materialidad. Hay mundos casi
fluidos sobre los que pueden habitar solamente los Espíritus
más elevados. Mundos insospechados de los que nada
puede expresar su increíble esplendor.»
(El oriental)
Inferioridad de nuestra tierra.– Vuestro planeta
terrestre es uno de los últimos nacidos, es lo que explica su
inferioridad. El planeta mayor de vuestro sistema (Marte)
tiene una coloración roja. Es allí donde la vida tiene más
analogía con la vuestra; pero los hombres que lo habitan
están mucho más adelantados que vosotros. La guerra les es
desconocida, y lo que vosotros llamáis el «régimen
gubernamental » allí está basado realmente sobre los
principios de la libertad, la igualdad y la fraternidad que
para vosotros no son más que palabras. Allí, todos los
hombres trabajan para el bien común. El móvil de su
actividad no es el amor por las ganancias, sino el amor al
prójimo. Conocen realmente la ciencia, mientras que el
338
empleo de esta palabra entre vosotros no tiene otro objetivo
que ocultar vuestra incapacidad. También llaman a vuestro
globo, al que conocen muy bien, la tierra de los ignorantes.
«Esos hombres conocen también el dolor, pero no el
dolor físico, y los conocimientos que han adquirido les
aligeran su peso.
«En cuanto a Júpiter, es completamente diferente de
vuestra tierra. Sus habitantes tienen cuerpos semi fluídicos
a los que la enfermedad no podría alcanzar. Desarrollados
por numerosas encarnaciones, cultivan las ciencias, las
artes, y se preocupan muy poco de su alimentación material
que, dispuesta a ser consumida brota, por así decirlo a sus
pies.»
(El Fakir.)
Telefonía universal. – «El fluido universal o luz astral
establece entre los seres una constante comunicación. Ese
fluido es el vehículo de transmisión del pensamiento como
sobre vuestra tierra el aire es el vehículo del sonido. Es una
especie de «telefonía» universal que relaciona los mundos y
permite a los habitantes del espacio establecer
correspondencias con esos mundos. El fluido de cada uno
de vosotros es una modificación del fluido universal.»
(Swedenborg.)
«Vuestro mundo está vivo; crea por sí mismo. El
espíritu es una quintaesencia de los fluidos que debe
absorber la materia.»
(Çakya Mouni.)
Filosofías estériles.– «De todas las filosofías
religiosas a las que los hombres se han aferrado ¿cuál es
339
aquella que no se ha desmoronado? ¿Dónde está aquella
que ha trascendido la humanidad, que ha hecho al hombre
realmente libre y responsable ante su conciencia? No existe
en ninguna parte.
«Los filósofos están perplejos; han vivido de
discusiones estériles, pues el principio de vida que está en
el hombre siempre se les ha escapado.
«¿Dónde está la verdad? La veréis aparecer. Ella
crecerá por la ciencia en medio de los dogmas abatidos.»
(Sócrates)
«Amad, pero no adoréis. No hay ningún dios al que
debáis adorar. Amar siempre es amar a Dios que está en
todos los reinos, que llena el universo por entero, que está
en vosotros mismos puesto que vosotros estáis formados de
su esencia y es en la naturaleza y en vosotros mismos como
debéis amarlo.»
(Çakya Mouni.)
Origen de los cultos.– «La pura creencia persistió
durante mucho tiempo entre los pueblos que practicaban el
arrianismo. Pero más tarde los inspirados, convertidos en
sacerdotes, explotarían sus inspiraciones. El culto se
estableció, y entonces comenzó la supremacía de aquellos
que, pretendiendo hablar en nombre de Dios, se arrogarían
el derecho de situarse entre Él y el Hombre. Desde el
primer pontífice al último paria, se establecieron líneas de
demarcación. Dios fue subdividido en varios poderes. Se
fabricó una trinidad y el Dios antropomorfo fue impuesto a
la fe de los creyentes. El Alma universal fue adorada por
los hombres… ¡bajo la figura de un hombre!
340
«¡Creyentes de nuestros días, no os asustéis con la
idea de que las épocas remotas no os hayan legado más que
la superstición de los sacerdotes y que toda esa dogmática
mentira os ha venido mediante el judaísmo que es de origen
asirio y egipcio al mismo tiempo que por el propio
cristianismo, pero tan pronto desfigurado!
«Si el error os ha venido de la India, es también de la
India – la de los primeros días de claridad – de donde viene
hoy la revelación de la ciencia reencontrada, estableciendo
entre la India de los tiempos védicos y los animistas de los
tiempos actuales, una fraternidad de la que nosotros,
Espíritus del espacio, estamos dichosos.
«Sí, todo procede de la India, y los sacerdotes
budistas mostrando sus pergaminos podrían decir a los
misioneros cristianos: Lo que venís a predicar aquí ya ha
sido enseñado hace treinta mil años. Nos habláis de Cristo,
nosotros os hablaremos de Christna y podemos aseguraros
además que la encarnación de Cristo no es otra cosa que la
reencarnación de Christna. Es la misma alma quién anima a
ambos. Christna y Jesús han profesado la misma filosofía y
la misma moral.
«Para llegar a Dios, para caminar hacia la conquista
de su amor y de su ciencia, hay que ser libres, y esa libertad
solo es el propio Dios quién os la ha concedido. Vosotros
no tenéis que contar más que con vuestra conciencia, no
escuchar más que las inspiraciones de vuestro corazón. No
tenéis más que amar para ser buenos, para ser justos, no
tenéis más que amar para deificaros.»
(El Oriental)
Los sacrificios. – «Para resultar agradables a sus
divinidades, los hombres inmolaron al principio animales,
luego niños, después vírgenes. Esos hombres bárbaros que
341
se alimentaban de carne y sangre, siendo parecidos a las
bestias feroces que combatían, se imaginaron que solo los
sacrificios sangrientos podían ser del agrado de la divinidad
misteriosa y terrible que no se revelaba más que por los
truenos de su ira.
«Época de espantosa barbarie que se prolongó y
agravó durante siglos.
«En Perú, entre los Incas, en el Yucatán, en Cartago,
en Roma, entre los druidas, como entre los salvajes, se
produjeron innumerables víctimas sacrificadas a los
sanguinarios dioses. Las muchedumbres prosternadas,
feroces, embrutecidas, miraban correr la sangre sin que
ningún sentimiento de piedad se manifestase. Los gritos de
las víctimas eran apagados por los cantos sagrados, las olas
de sangre desaparecían bajo los montones de flores que se
arrojaban sobre el altar.
«¿Y por qué todas esas víctimas? La sangre que corre
es la vida que palpita, la santa vida que se prodiga
inútilmente. Acostumbrarse a los gemidos de agonía, es
sofocar todas las protestas del corazón. El niño
acostumbrado a ver verterse la sangre del animal, verterá
más tarde sin piedad la sangre de sus semejantes. Con la
sangre de la víctima, el vaho maldito se espesaba alrededor
de los hombres, proporcionándoles el feroz apetito del
crimen.
«Sin embargo el progreso ha llegado lentamente. En
lugar de la crueldad que provocan y sobreexcitan los
apetitos inmundos, han florecido la caridad, la indulgencia,
la piedad, la bondad. El hombre ya no adora a la serpiente
que representaba a sus ojos las contorsiones del temido
rayo. Ahora se ha convertido en el dios de los elementos, y
las fuerzas indomables de la naturaleza obedecen a su
voluntad.
342
«¡No más sangre, no más sangre! ¡No más hombres
de llagas abiertas clavados en una cruz!...
«Hace diecinueve1 siglos que apareció un hombre en
el que se manifestaban armonías superiores. Predicó el
perdón de las ofensas, el amor, el arte de ser bienhechor, y
los sacerdotes de su tiempo lo masacraron, y desde
entonces otros sacerdotes han hecho de él una divinidad,
pero una divinidad que siempre se ofrece en holocausto
sobre los altares, que se inmola incesantemente a un Dios
inexorable al nada apacigua ni desarma… Y así cada día,
sin descanso ni tregua y en todas las partes de la tierra.
Siempre el eterno sacrificio del justo – como si su pecado
fuese imposible de expiar – del junto inmolado a Dios – ¡su
padre y el padre de los hombres!... espectáculo impío,
repugnante y lamentable.
«Y tú, Jesús-Amor, tú perdonas. Tú perdonas, sin
cansarte nunca, a los bárbaros que te evocan eternamente en
el horror de tu suplicio, que siempre pinchan tu flanco con
su lanza y hacen de tu corona de espinas una diadema
sangrante.»
(El Oriental.)
«Se ha insultado cobardemente al Nazareno, ese gran
tribuno, ese gran filósofo, a ese hombre inmenso cuya voz
se ha escuchado de un extremo al otro del mundo.
«Y no era suficiente. Siempre se le evoca clavado en
la cruz de madera de su suplicio. Les hace falta eternizar el
martirio de la víctima. ¡Qué sentimiento de horror inspira
eso a los que han visto en Jesús al apóstol de la piedad, de
la caridad, de la libertad!
1
Recordamos que el presente libro fue publicado en 1899 (Nota del T.)
343
«Y para colmo de ignominias, esos sacerdotes
bárbaros ¡pretenden beber su sangre y comer su carne!...
como los antropófagos comen a los hombres… ¡Y a eso
ellos lo llaman adoración!
«Evocad al Jesús-Amor, al gran igualitario, Jesús.
Libertad y Justicia. Honradlo, amadlo – ¡pero no lo
adoréis!...»
(Robespierre)
La misa. – «En la misa veo antiguas ceremonias
paganas: evocaciones, pases magnéticos, libaciones, colores
simbólicos, víctima expiatoria – prácticas usuales en
magia.»
(Liana, anciano gran sacerdote de la India.)
Jesús hombre. – «Por los que no lo conocen, Jesús
siente compasión; para los que le comprenden mejor, él es
amor; para los demás, no es nada. Paro estos, es hermano;
para aquellos, quisiera serlo; pero como no es Dios, si se
pronuncia esa blasfema, él sufre y se aleja de aquellos que
él quisiera conservar en su corazón; se aleja porque se
siente un desconocido y un rechazado.»
(Çakya Mouni.)
Catolicismo y animismo.– «La Iglesia se muere, el
catolicismo está muerto; ya no vive más que su corteza,
como un árbol sin savia. En sus orígenes, el cristianismo
era grande. Era la fraternidad, el amor humanitario. Pero
pronto apareció la oligarquía católica. Los inspirados
desaparecieron. Los papas y los concilios instituyeron los
dogmas y los sacramentos. Hicieron dinero con todo;
344
vendieron sus bendiciones, hicieron pagar al esposo el
derecho de unirse, vendieron el agua bendita a los
cadáveres e incluso llegaron a vender mediante las
indulgencias, los méritos del crucificado. Y los pueblos
embrutecidos les obedecen desde hace veinte siglos. ¡Es
espantoso!
«El pueblo olvida a sus médiums, antaño tan
numerosos, olvida la manera de obtener los fenómenos y va
a los templos para ver allí experiencias. Los médiums,
convertidos en sacerdotes, ocultaron celosamente sus
secretos. Fue de ese modo como se ocultó la verdad y luego
desapareció. Las grandes inteligencias del espacio se
alejaron de los sacerdotes, que, viendo que ya no obtenían
comunicaciones reales, las hicieron fraudulentas… y el
pueblo continuaba yendo a los templos y creyendo en
fenómenos falsos, porque sus antepasados los habían visto
auténticos.
«Ahora, ya no son necesarias esas religiones
mentirosas. La verdad resplandece. Es necesario que los
hombres sepan de dónde vienen y a dónde van. La vida
después de la vida demostrada y probada transformará la
sociedad y qué magnífica era se abrirá a partir de ahora.
Cada casa será un templo, cada familia llamará a sus
queridos seres desaparecidos.
«La atmósfera saturada de fluidos favorables
permitirá a los extra terrenales manifestarse de cien modos
diferentes. Entonces todas las naciones, todas las razas no
formarán más que un pueblo. Los hombres se respetarán, se
amarán entre ellos. Esa será la edad de oro; esa será la
recompensa de esta humanidad que ha luchado tanto y que
deberá luchar todavía antes de desaparecer de este mundo.»
(Paul-Louis Courier.)
345
No más muerte, no más infierno.– «La muerte, el
juicio final, el paraíso, el infierno, tantas palabras vacías de
sentido, pero tantos abominables errores que han sumido al
pueblo en la ignorancia.
«La muerte – es volver a nacer.
«El juicio – es la reminiscencia de las existencias
pasadas que cada uno de nosotros deberá juzgar por sí
mismo.
«El paraíso.– es la dicha íntima que procura el
recuerdo del bien que se ha hecho, es la estancia en un
medio más armónico que nuestra tierra, con la certeza de un
futuro mejor.
«El infierno.– es la torturante duda, el desesperado
desengaño de todos aquellos que han creído en un Dios
antropomorfo, despiadado, sanguinario y vengativo.
«Predicar a Dios con la intención de hacer quemar a
sus hijos durante la eternidad por pecados imaginarios,
inventados a placer, es una odiosa calumnia, un crimen de
lesa-Divinidad.»
(A.N.).
Responde, papa infalible. – «Hace más de dieciocho
siglos, apareció en Palestina el hijo del carpintero. Había
recibido por misión reformar la ley rabínica y enseñar a los
hombres la fraternidad, el perdón y el amor.
« Los sacerdotes lo clavaron en una cruz. Luego otros
sacerdotes le sucedieron, que desde hace siglos tienen por
jefe el que reina en el Vaticano.
« Desciende de ese trono de oro, oh papa, y responde
a la humanidad que te pregunta.
« ¿Eres realmente el sucesor de San Pedro?
« Predicas la humildad y tú eres la personificación del
orgullo.
346
« Predicas la pobreza y tus baúles rebosan los tesoros
producto de la extorsión a los pueblos.
« ¿Qué has hecho de las almas y las conciencias
humanas?
« ¡Responde, Infalibilidad!
« Metiendo en prisión y torturando a los que
afirmaban que la tierra gira, ¿acaso has impedido hacerla
girar?
« Cubriendo a tus acólitos con trajes negros, color
simbólico de los dogmas oscuros, es como ocultarás la
verdad. Ha pasado el tiempo, y tú lo sabes, en el que me
harías quemar junto a mi libro.
« Quema esto si no te atreves a leerlo. Pero te desafío
a apagar la luz que brotará de esta obra de verdad. »
(Voltaire.)
Canonización de Juana de Arco. – « ¿En qué os
habéis convertido, sacerdotes que para complacer al inglés
que os pagaba me habéis perseguido con vuestro odio?
« Iglesia, ¿qué eres hoy? ¿Tus papas han crecido?
« ¿Qué quiere de mí ese pontífice romano; qué
necesidad tengo yo de su benevolencia? ¿En qué he
merecido el incienso que sus sacerdotes quieren quemar en
mi honor, para mí, la bruja, la caída en desgracia, la maldita
de antes? – Juana de Arco, una santa, Juana de Arco
perteneciendo a la Iglesia que la ha perseguido, deshonrado,
quemado y que, sobre la espantosa hoguera, no ha
encontrado otra cosa mejor que hacer que ¡ponerle sobre la
cabeza un gorro de ignominia!»
(Juana de Arco.)
347
Invocación a Dios.– « ¡Verdad de las verdades!
¡Summum de la vida universal! Ser cuya perfección es amor
y progreso, los latidos de tu corazón son los efluvios que
hacen palpitar los mundos. Tú viertes tu amor con la luz.
Majestad de majestades, sol cuyos mundos han nacido y
por quién los soles surgen…como él átomo sube, perdido
en el espacio, y que comprende tu grandeza, sabiendo que
está formado de una chispa de Dios.
«Padre, yo te adoro con mi amor. Comprendo que no
soy nada, pues no tengo fuerzas más que amándote.»
(Jesús.)
_____________
Terminaremos la serie de estos extractos con algunas
comunicaciones de tintes filosóficos que provienen de una
amiga, de una dama, médium delicadamente receptiva, y
por la autenticidad de la que tenemos la doble garantía de
una elevada inteligencia y de una naturaleza caracterizada
esencialmente por su seriedad y su dignidad.
« La naturaleza es la forma que toma el fluido
universal para dar a las almas un habitáculo digno de ellas.
Las maravillas de esta naturaleza en los diferentes mundos
son en razón de la relevancia y elevación de sus
habitantes.»
« La inmortalidad del alma es su propia obra por la
voluntad de Dios. El libre albedrío dejado al hombre
constituye la verdadera grandeza de su destino; también es
la buena educación de esta libre voluntad la que hace llevar
a cabo un mayor progreso en una existencia.»
348
« No lloréis, vosotros que perdéis la creencia en las
viejas tradiciones de los dogmas oficiales, esa no era la fe
auténtica. Ésta surgirá de sus cenizas pura y radiante. El
Todopoderoso ha querido para todo una resurrección
transcendente. »
« El Dios de verdad se revelará cada vez más a
medida que la humanidad esté más preparada para
comprenderlo. Es por eso por lo que no puedo haber
religiones estacionarias. »
« Los pensamientos se forman de diversas maneras.
En primer lugar por el trabajo personal del espíritu. Pero
hay otras que nos vienen del exterior. El cerebro, que es un
instrumento receptor y emisor, recibe impresiones
proporcionadas por una influencia ajena, esos son los
pensamientos sugeridos. Un estudio más profundo del ser
vivo os hará discernir fácilmente las ideas que son vuestras
y las que provienen de otra inteligencia, y es de la
asociación de vuestras ideas personales y las que os
sugieren seres superiores, como nacen unas creaciones más
claras, más fuertes y de una naturaleza excepcional. »
« El materialista, más allá del tránsito a lo oscuro, se
despierta en una pesadilla que lo acosa durante mucho
tiempo, porque no distingue la realidad de las
fantasmagorías de su penoso sueño.
« El tránsito del espiritualista es otra cosa, habiéndose
ya efectuado antes de la hora última. Su alma se despierta
dulcemente en los brazos de sus bienamados que lo
transportan de inmediato por encima de la pesada atmósfera
terrestre y de las angustiosas pesadillas. »
349
« Cuando os mostramos un punto de vista demasiado
elevado para vosotros, decís que para alcanzarlo se
necesitan siglos y siglos; pero también decís que, para
caminar hacia el ideal del que se tiene una vaga noción y
que se trata de comprender, son necesarios igualmente
siglos y siglos. »
Hemos contado hasta aquí cosas extrañas; veremos
aún otras todavía que al menos igualan, si no las superan,
las que acaban de ser enumeradas.
Ya hemos hablado de los cuerpos pesados que, sin
ninguna intervención de fuerza aparente, se elevan y se
mantienen en el espacio.
Hemos hecho rápidas alusiones a otros fenómenos
descubiertos por el coronel de Rochas.
Unos y los otros son debidos a esa misteriosa fuerza
que, bajo diversos nombres: etérica, neúrica, eléctrica o
psíquica, constituye uno de los problemas más irresolubles,
en apariencia, al que nuestra generación busca una solución
inalcanzable y decepcionante.
Citemos algunos ejemplos de esos extraños
fenómenos que a pesar de sus complejas diversidades,
pueden clasificarse bajo la denominación general de
fenómenos de levitación y de exteriorización de la
sensibilidad.
Fenómenos de levitación1.
El Dr. Cyriax, de Berlin, cuanta en una obra publicada
hace algunos años, bajo el título: Como me he hecho
espiritualista, una aventura que le sucedió en Baltimore
donde vivía en 1853.
1
Derivado de la palabra latina levitas, ligereza.
350
« Un centenar de personas se encontraban una noche
reunidas en el amplio taller del pintor Lanning, para
escuchar un discurso de la Srta. French (en estado de trance
mediumnico) cuando de repente fue levantada del estrado
donde se encontraba y llevada hacia el fondo de la sala
donde dio la vuelta completamente planeando a una altura
de dos pies aproximadamente del suelo.
« La visión de este fenómeno, constatado por mis
ojos, como lo era a la vez por un centenar de personas, me
estremeció. Veía ante mí, en la plenitud de mi razón, a una
mujer que, sin mover ni un solo miembro, con los brazos
cruzados y los ojos cerrados, planeaba por encima del suelo
y luego regresaba del mismo modo, desde el fondo de la
sala hasta el estrado, prosiguiendo su discurso como si no
hubiese ocurrido nada extraordinario.
« ¿Cuál era la fuerza que había sido puesta en acción?
¿Existía una fuerza natural, ciega, que pudiese realizar
semejante hecho? Siendo inadmisible esta hipótesis, me vi
obligado a concluir que las leyes de la masa habían sido
momentáneamente suprimidas y que era necesario admitir
la intervención de una voluntad inteligente emanando de
una personalidad ajena.
Las levitaciones de Home.
Estas levitaciones han sido comprobadas por un gran
número de testigos, y especialmente por el Sr. W. Crookes
que da al respecto los siguientes detalles en sus Recherches
sur le spiritualisme.
«El caso de las levitaciones más sorprendentes de las
que he sido testigo han tenido lugar con el Sr. Home. En
tres circunstancias diferentes, le he visto elevarse
completamente por encima del suelo de la habitación. La
351
primera vez, estaba sentado sobre un diván, la segunda
estaba arrodillado sobre una silla y la tercera estaba de pie.
«Al menos hay cien casos bien comprobados de las
levitaciones del Sr. Home que son producidas en presencia
de muchas personas distintas, y he escuchado de la boca de
tres testigos, el conde de Dunraven, lord Lindsay y el
capitán Wynne, el relato de los hechos de este tipo más
impactantes.
« Rechazar la evidencia de estas manifestaciones, –
continúa el Sr. W. Crookes.– equivale a rechazar todo
testimonio humano sea cual sea, pues no hay hecho en la
historia sagrada o en la historia profana que se apoye sobre
pruebas más imponentes. La acumulación de los
testimonios que establecen las levitaciones del Sr. Home es
enorme. »
He aquí algunos otros:
« Home fue levantado de su silla y yo le tomé de los
pies mientras el flotaba por encima de nuestras cabezas. »
(Carta del conde Tolstoi a su esposa, 17 de junio de
1866)
« Luego el Sr. Home anunció que se sentía elevado.
Su cuerpo adoptó la posiciónhorizontal y fue transportado,
con los brazos cruzados sobre el pecho, hasta el medio de la
sala. Tras haber quedado allí cuatro o cinco minutos,
regresó a su lugar, transportado de la misma manera.»
(Conversación redactada por el Dr. Karpovithc en una
sesión mantenida en San Petersburgo, en el domicilio de la
baronesa Taoubi en presencia de testigos.)
« La misma noche, Home estaba sentado al piano y
comenzó a tocar; como nos había instado a todos a que nos
352
acercásemos, yo me situé a su lado. Tenía una de mis
manos sobre su silla y la otra sobre el piano; mientras
tocaba, su silla y el piano se elevaron a una altura de tres
pulgadas, luego volvieron a su lugar. »
(Testimonio de lord Lindsay.)
Otro relato detallado de una levitación extraordinaria
que tuvo lugar en Londres, el 16 de diciembre de 1868,
redactado por lord Lindsay para la Société dialectique:
« Home, que estaba en trance desde un cierto tiempo,
después de haberse paseado por la habitación, se dirigió
hacia la sala contigua. En ese momento una comunicación
vino a asustarme.
« Escuché una voz murmurar a mi oído: – Va a salir
por una ventana y entrar por la otra.
« Completamente pasmado con la idea de una
experiencia tan peligrosa, participé a mis amigos lo que
acababa de escuchar, y con profunda ansiedad esperamos su
regreso.
«Oímos entonces levantarse la ventana de la otra
habitación y casi de inmediato vimos a Home flotando en el
aire, fuera de nuestra ventana. La luna iluminaba la
habitación por completo, y como yo daba la espalda a la
luz, el apoyo de la ventana producía sombra contra la pared
que me daba de frente y vi los pies de Home que fueron a
proyectarse encima. Después de haber quedado en esta
posición algunos segundos, él levantó la ventana, se deslizó
en la habitación, con los pies por delante y se vino a sentar.
« Lord Adare pasó a la otra habitación y, observando
que la ventana por la cual él había salido no presentaba más
que una abertura de dieciocho pulgadas aproximadamente,
manifestó su sorpresa de que Home hubiese podido pasar
por dicha abertura.
353
« El médium, siempre en trance, sencillamente
respondió: « Os lo demostraré. » Dando la espalda a la
ventana, se inclinó hacia atrás y fue proyectado fuera,
primero la cabeza, el cuerpo enteramente rígido… luego
volvió a entrar y regresó a su sitio. »
Home, interrogado sobre esos prodigiosos fenómenos,
atribuía las levitaciones y la mayoría de los demás
fenómenos que él producía, a la intervención de seres
inteligentes e invisibles que se apoderaban de su fuerza
nerviosa para manifestarse.
Tal era igualmente la opinión del Dr. Hawksley:
« Tras un serio examen, he llegado a la conclusión de
que esas manifestaciones están provocadas por un espíritu
inteligente que se apodera del fluido del médium y puede
dejarle momentáneamente, para operar a distancia algunos
actos: por ejemplo tocar un instrumento, levantar y
proyectar cuerpos materiales, leer en el pensamiento o
responder con inteligencia mediante golpes a las preguntas
que se le plantean.
« Los casos de posesión señalados por las Escrituras
nos autorizan a pensar que los fenómenos actuales son
desde todos los puntos de vista idénticos a los que tenían
lugar en los tiempos de la primitiva Iglesia. »
Casos de levitaciones análogas fueron observados en
diversos lugares y con la intervención de diferentes
médiums, tales como el Sr. Stainton Moses, clérigo,
profesor en la Universidad de Cambridge, el escultor C.,
médium citado por Donald Mac-Nab en el Lotus rouge,
dirigido por M. Gaboriau, el médium observado por M. B.,
antiguo alumno de la Escuela politécnica, y muchos otros.
354
Aquí nos limitaremos a citar algunos casos de
levitaciones extraordinarias que hicieron famosa a Eusapia
Paladino, médium de un poder fuera de serie.
Eusapia es una mujer de Nápoles que hoy tendrá unos
cuarenta años y cuyas facultades medianímicas han sido
estudiadas por numerosos expertos en Nápoles, en Roma,
en Milán, en Varsovia, en Cambridge y en Francia.
Levitación en Nápoles en 1889. – Sesión contada por
el Sr. Chiaia.
«Al cabo de pocos instantes mientras los que no se oía
más que el rechinar de dientes habitual de la médium que
estaba en estado de letargo, Eusapia, en lugar de hablar
como siempre en un mal dialecto napolitano, comenzó a
hablar en italiano puro, rogando a los presentes que la
tomasen de las manos y los pies. Luego, sin oír el menor
rozamiento, sin observar la más leve ondulación de la mesa
alrededor de la cual estábamos sentados, los Sres. Otéro y
Tassi percibieron una ascensión inesperada, pues sintieron
levantar muy dulcemente los brazos y, no queriendo soltar
las manos de la médium, debieron acompañarla en su
ascenso. Esta notable caso de levitación es más digno de
atención tanto en cuento había tenido lugar bajo la más
rigurosa vigilancia y con tal ligereza que parecía levantarse
una pluma.
« Aunque aturdidos por un hecho tan extraordinario,
uno de nosotros preguntó a John (personalidad invisible de
la que Eusapia se cree poseída en sus accesos de trance) si
le sería posible levantar a la médium por encima de la mesa
con los pies juntos de modo que se nos permita constatar
aún mejor el levantamiento. John accedió de inmediato a
ese deseo y Eusapia fue elevada de 10 a 15 centímetros, de
tal modo que cada uno de nosotros pudo pasar la mano
355
libremente bajo los pies de la « maga » suspendida en el
aire.
« Cuando quiso descender de la mesa, lo que hizo sin
nuestra ayuda con una destreza no menos maravillosa con
la que había subido, la encontramos con la cabeza
extendida y una pequeña parte de la espalda apoyadas sobre
la superficie de la mesa, el resto del cuerpo horizontal,
rígido como una barra y sin ningún apoyo en su parte
inferior.
« Por lo demás, he tenido la ocasión de ser testigo de
algo más extraordinario aún. Una noche, vi a la médium
extendida rígida, en un estado absoluto de catalepsia, en
posición horizontal, no teniendo más que la cabeza apoyada
sobre la superficie de la mesa, durante cinco minutos, y eso
a la luz del gas, en presencia de numerosos profesores,
escritores y otros personajes. »
Elevación de la médium sobre la mesa.
« La noche del 28 de septiembre, la médium, con sus
dos manos tomadas por los Sres. Richet y Lombroso, se
quejó de unas manos que la agarraban bajo el brazo, luego,
en estado de trance, dijo con una voz completamente
cambiada (que le era ordinaria en ese estado): « Ahora llevo
a mi médium sobre la mesa, » y al cabo de dos o tres
segundos, en efecto, la sillas con la médium que allí estaba
sentada, fue elevada y depositada sobre la mesa. La
médium anunció a continuación su descenso, lo que se
produjo con seguridad y precisión. Durante su descenso,
los Sres. Richet y Finzi sintieron en varias ocasiones una
mano que les tocaba ligeramente en la cabeza. »
356
Podríamos citar aún otros casos análogos de
levitaciones observadas, supervisadas y determinadas con
igual precisión.
Unas fueron efectuadas en Varsovia, en 19¡893 y
1894, otras en Agnélas, cerca de Voiron (Isère), en 1895,
otras en Roma en 1893, donde, con la intervención del
médium Alberto Fontana, tres personas fueron elevadas de
un solo golpe y transportadas sobre una mesa… En todos
los países, en todas las circunstancias, estos hechos se
reprodujeron en las mismas condiciones de prodigiosa
rareza1. No insistamos más.
Pasemos ahora a los fenómenos de exteriorización de
la sensibilidad. Rarezas más prodigiosas todavía.
Exteriorización de la sensibilidad o, mejor aún,
transporte de la sensibilidad del que es objetivo y con la que
se anima a un cuerpo inerte – fenómeno increíble que el Sr.
coronel de Rochas ha descubierto… o redescubierto.
Sí, redescubierto, pues ya se conocía en las épocas de
una humanidad que ya presentía tantas cosas. – Digamos
más bien que se acordaba de ellas. En el siglo XV y en el
XVI, los florentinos, los Médicis a la cabeza – quiénes nos
1
Todos estos casos de levitación humana, todas estas manifestaciones
de un fenómeno incomprensible, están contados y descritos con un lujo
de documentación que no puede ser más completa, en una obra del Sr.
Albert de Rochas titulada: Recueil de documents relatifs à la lévitation
humaine; París, 1897.
En ese curioso opúsculo, el autor ha agrupado innumerables testimonios
extraídos tanto de las historia de los santos, como de la historia profana.
Sin prejuzgar la autenticidad de los hechos antiguos, ni del valor de las
fuentes en las que han sido tomados, nos hemos limitado a las citas
anteriores, porque todas tienen como garantía testimonios de expertos
contemporáneos a los que nadie podría cuestionar ni su irrecusable
competencia, ni su perfecta honorabilidad.
357
los trajeron a Francia – ya practicaban corrientemente los
maleficios en su patria supersticiosa, tierra de pasiones
sobreexcitadas y de odios mortales al servicio de los que
estaban dispuestos todas las armas: puñales, estiletes,
venenos, encantamientos diabólicos, toda la corrosiva hiel
que pudiese destilar el corazón del hombre contra el
hombre, su enemigo, todos los fluidos malsanos,
misteriosos y pérfidos que golpean a distancia, matan en la
sombra y nunca dejan huella.
¡Ah! ¡qué feroz es la sanguinaria bestia humana y qué
temible herencia nos han transmitido nuestros antepasados
de la edad terciaria!
Pues bien, sí, esos « embrujos » eran una realidad
monstruosa. ¿Funcionaban siempre? ¿Qué importa?
Querían hacer daño y ese daño era posible. Ya conocían –
mejor que nosotros – todas las temibles propiedades de
nuestro organismo invisible, los magos, los nigromantes
sabían que se puede transportar fuera nuestra fuerza
psíquica, expandir a lo lejos nuestro fluido etérico,
dispersar nuestra sensibilidad, exteriorizar nuestro
sufrimiento. Y es de ese modo como operaban los
magnetizadores de antaño.
Modelaban groseramente una figurita de cera con la
imagen de la víctima, la impregnaban, la animaban de su
fluido, luego con una aguja al rojo vivo pinchaban el
corazón de la figurita con la esperanza y el deseo asesino de
pinchar el otro corazón palpitantes, de agotar a distancia la
fuente de la vida a la que se había hecho chorrear fuera.
¿Mataban? No lo sé; pero desde luego podían hacer
sufrir, enfermar a la víctima cuando ésta era
particularmente sensible y los maleficios habían sido
perpetrados con suficiente habilidad… y la prueba es que se
358
puede hacer todavía y de hecho se practican en sesiones de
experimentaciones1 .
_______________
He aquí los hechos; estos extraños hechos cuya serie
hemos prometido. Debemos concluirla aquí, pues hay que
limitarse ya que podríamos llenar volúmenes2.
Visión doble, renacimientos del alma, milagros del
faquirismo oriental, sugestiones de todo tipo,
comunicaciones de ultratumba, apariciones, hipnosis,
médiumnidades diversas, levitaciones, exteriorizaciones de
la sensibilidad, transmisión del pensamiento, prodigiosas y
turbadoras levitaciones que, de un extremo al otro del
mundo, relacionan las almas, hacen palpitar los corazones,
atraviesan el espacio y llenan el universo de sus estelas en
tan prodigiosa cantidad, que, en las reseñas de la Société
des recherches psychiques de Londres (publicadas todas
cada seis meses), se pueden encontrar, a día de hoy, más de
¡diecisiete mil seiscientas cincuenta y tres experiencias de
transmisión del pensamiento!... ¿Qué demuestran las
manifestaciones de todos estos fenómenos donde se
producen las fuerzas psíquicas, sino que el espíritu nos
supera, nos sumerge, que el animismo dirige a partir de
ahora la evolución de nuestra moderna humanidad y que es
1
El Sr. Jules Bois nos contaba en una de sus últimas conferencias
(sobre los hechizos y las sugestiones), que la Srta. Lina, una médium
muy sensible que le prestó su concurso en sus experiencias, se
desvaneció el otro día a consecuencia de la imprudencia de un
espectador que, en un brusco movimiento, había roto el tallo de una
rosa que se había sensibilizado, cargándola del fluido de la joven mujer.
2
Para encontrar otros ejemplos, ver las obras de Allan Kardec, de
Eugène Nus, de Gabriel Delanne, de Léon Denis, de L. d’Ervieu, de
Paul Gibier, etc., etc.
359
« un mundo nuevo que se abre para nosotros », según la
expresión del Sr. Charles Richet?
Desde hace medio siglo, lentamente, pero con
seguridad, la ciencia se encamina de descubrimiento en
descubrimiento hacia el conocimiento de la vida fluídica, de
la vida invisible que nos revelan los médiums. En otras
palabras, es Psique, nuestra Bella durmiente que, desde
hace siglos, dormitaba en el castillo que se encontraba en la
montaña solitaria de nuestra inconsciencia de las verdades
superiores, es ella quién se despierta a la vida, a las
primeras luces de esta segunda aurora ya comentada desde
el principio de este libro.
La oleada de las fuerzas psíquicas nos levanta y nos
arrastra. Los horizontes se iluminan y retroceden. El
caparazón bajo el que nos sofocamos cruje, se resquebraja y
nos muestra unas vistas a través de las cuales nuestra
mirada se hunde en profundidades que nos producen
vértigo.
Dejémonos llevar por esta irresistible corriente.
¡Miremos, estudiemos, tengamos confianza! Los hechos
están ahí, apremiantes, imperiosos, en su ineluctable
autoridad. Ahora bien, los hechos se ríen de los académicos
escépticos. Negados, abucheados, hoy, por los árbitros
diplomados de hoy en día, volverán a aparecer mañana,
socarrones e invencibles.
Tanto peor para los obstinados que han cerrado los
ojos y se han taponado los oídos. Serán empujados y
arrastrados por la ola de los creyentes, cegados por el brillo
de la verdad que tarde o temprano siempre triunfa… y es
entonces, pero demasiado tarde, cuando se arrepentirán de
no haber querido comprender nada ni haberse inclinado
ante las nobles y orgullosas palabras que el ilustre William
Thompson pronunciaba en su discurso de inauguración de
la Asociación británica para el avance de las ciencias, en su
360
sesión de Edimburgo: « La ciencia se caracteriza, por la
eterna ley del honor, de mirar de frente y sin temor todo
problema que decididamente se presenta ante ella. »
_______________________
361
CAPÍTULO XIX
CONCLUSIÓN
Es hora de resumir a fin de poder concluir.
Hemos dicho lo que es la Doctrina esotérica, de la que
el « Nuevo Espiritualismo » americano, el « Espiritismo »
francés, o como se le llama aún el « Faquirismo occidental
», no son más que reediciones modernas.
Que el primer movimiento de algunos lectores haya
sido un silencioso alzamiento de hombros, acompañado tal
vez de una sonrisa más o menos desdeñosa, es asunto suyo
y no tenemos nada que objetar a ello. La hora no ha llegado
todavía para ellos.
Que haya habido, que haya aún un número de
espíritus ignorantes, alucinados, neuróticos, chiflados, si se
quiere; que haya sobre todo quiénes, equivocándose de
etiqueta, se hayan puesto sobre la espalda el cartel de
Espiritas, cuando en realidad no son más que… seamos
educados, prestidigitadores más o menos experimentados
en su arte – estamos de acuerdo.
Pero lo que nosotros afirmamos es que hay millares y
millones de hombres sinceros y decentes, sabios
concienzudos de los que abundan testimonios, que, como
los creyentes, se encuentran religiosamente convencidos de
la verdad de la Doctrina, encontrando en ella esperanza y
consuelo.
Todo eso, nos parece, demuestra que realmente hay «
algo » y que ese algo vale la pena ocuparse de ello.
Pues bien, se ocupan de ello, en efecto, en todos los
mundos y de todos modos. ¿Quién no habla hoy de
espiritualismo?
362
La desgracia es que aparte de los iniciados y de los
grupos de expertos que lo han estudiado escrupulosamente,
nada iguala la ignorancia de la multitud con respecto a esta
nueva Doctrina.
Pero cuántos otros, por el contrario, investigan y se
informan. Escuchad el juicio que emite sobre ella un sabio
doctor que « no creyendo todavía » quiere saber y se
informa « para convencerse a sí mismo » y en que amplio y
leal espíritu de sinceridad filosófica1.
Resumamos algunas de las páginas de este notable
Tratado.
« Consideremos algunas de las consecuencias que
pronto resultarán, sin duda, de la constatación
rigurosamente científica de los dos principios
fundamentales de la doctrina espiritualista:
« Persistencia del yo consciente después de la muerte;
evolución progresiva del alma por sus propios esfuerzos.
« Esto no es ni más ni menos que una revolución
completa en la filosofía, en la moral, en la vida social e
individual. »
En el dominio religioso, supresión del oscurantismo
sistemático, de las doctrinas incoherentes y caducas pronto
olvidadas ante la luminosa sencillez de la nueva doctrina y
ante la completa satisfacción que aporta a nuestros instintos
de felicidad, a nuestros deseos de inmortalidad, a nuestra
esperanza, por fin realizada, de conocer el Más Allá.
No más ideas de la nada tan deprimentes y tan
desesperantes. No más dioses antropomorfos, caprichosos y
crueles, armados con sus poderes discrecionales de gracia y
predestinación, eligiendo a sus elegidos, sedientos de
sacrificios sangrientos para « apaciguar su ira ». No más
dogmáticos poco razonables restringiendo nuestro libre
1
El Dr. C. Gyel. Essai de revue générale du Spiritisme. (Chamuel,
éditeur)
363
albedrío. No más pecado original con sus bárbaras
consecuencias1. No más aberraciones feroces sobre el
infierno y sus suplicios eternos.
Que monstruosos parecen estos dogmas mirando las
enseñanzas de la nueva filosofía: doble idea de involución y
de evolución abrazando todo en un panteísmo grandioso.
Evolución progresiva de los mundos y los seres, mediante
sus propias fuerzas, sin intervención de una divinidad
exterior al universo. El alma individual no está creada de
una sola pieza, con las facultadas que ha querido asignarle
el capricho del creador.
Se forma y se desarrolla por sí misma, por sus
esfuerzos, sus trabajos y sus sufrimientos.
Las desigualdades humanas, desde el punto de vista
de la inteligencia, de la conciencia y del corazón,
desigualdades que no explican suficientemente ni la
herencia, ni la influencia de los medios, encuentran su
interpretación fácil en las diferencias evolutivas de los
seres. Sin la ley de las reencarnaciones, la iniquidad
gobierna el mundo.
La explicación del mal no queda menos satisfecha. El
mal no es otra cosa que la medida de la inferioridad de los
mundos
y
la
condición
necesaria
para
su
perfeccionamiento. Castigos y recompensan no vienen más
que de nosotros mismos y son la « consecuencia natural »
de nuestras pecados o de nuestros esfuerzos por hacer el
bien. Que nos baste saber que nuestra felicidad futura será
necesariamente una consecuencia de nuestros progresos
evolutivos.
En cuanto a las consecuencias morales, se deducen
con la misma facilidad.
1
Consecuencias monstruosas llegando hasta la condenación de los
niños muertos sin bautizar. (Doctrina de Bossuet entre otras.)
364
La nueva moral constituirá una « ciencia », cuyos
principios se derivan de los conocimientos adquiridos sobre
nuestro destino.
Necesidad del trabajo personal.
Obligada solidaridad entre los hombres.
Necesidad del libre desarrollo individual.
El libre albedrío siempre es proporcional a la
superación del ser.
Noción de nuestros deberes hacia los animales
proveniente de la certeza de que nosotros hemos pasado por
una serie de organismos inferiores.
La idea nueva se impondrá a cantidad de inteligencias
elevadas que se aferran ciegamente a las religiones
ancestrales por repulsa al materialismo.
Igualmente será acogida por los hombres de élite que
se creen materialistas y ateos por desdén a los dogmas
religiosos.
En la embriaguez de esas grandiosas concepciones, el
hombre encuentra la distracción de las preocupaciones
cotidianas, como también y sobre todo el consuelo de los
mayores dolores. Para olvidar las pequeñas pasiones
humanas, – rencillas y celos, agitaciones políticas y
miserias inherentes a todas las imperfecciones de la vida
social, – le basta entrever, no como una quimera, sino como
una certeza futura, la consumación de la dicha en su ideal
sublime de AMOR y de LIBERTAD.
Añadir que es espiritualismo se basa en todas las
ciencias, hunde sus raíces en el dominio entero de los
conocimientos humanos.
Concuerda de un modo absoluta con las ciencias
naturales. Entre el transformismo y la teoría de la
evolución anímica, conexa a la evolución orgánica, se
revela una analogía indiscutible. No hay más en el plano
365
psíquico que en el plano material, la naturaleza no podría
dar « saltos ».
El transformismo y el espiritismo, nacidos en la
misma época o muy cerca, se someten hoy a una
conciliación inesperada, a expensas del materialismo que
preconiza la nada y el espiritualismo dogmático.
El espiritismo está en concordancia con la
astronomía, que nos brinda la hipótesis muy verosímil de la
pluralidad de los mundos habitados. La persistencia de la
vida intelectual, dice M. Flammarion, se asocia de
maravilla a la espléndida realidad de las regiones ultra
terrestres.
Compatible con los datos de la física y la química, la
doctrina espírita nos hace entrever la unidad de la materia y
la unidad de las fuerzas.
El gran descubrimiento de la materia radiante permite
la fácil comprensión de la constitución del cuerpo fluídico.
En definitiva, nuestros conocimientos sobre la constitución
molecular de los cuerpos nos autorizan a considerar como
posibles los fenómenos de materialización y de
desmaterialización.
En el dominio de la fisiología, la noción de la fuerza
perespiritual explica claramente la conservación de la
individualidad física e intelectual, a pesar de la perpetua
renovación de las moléculas orgánicas, como también las
relaciones de lo físico y lo moral.
Pero sobre todo es la teoría del cuerpo fluídico que se
compagina admirablemente con las constataciones hechas
en fisiología:
Escuchemos lo que dice Claude Bernard de la
formación orgánica:
« En la evolución del embrión vemos aparecer un
simple esbozo del ser ante toda organización. Los contornos
del cuerpo y de los órganos son al principio simplemente
366
fijados, comenzando por los andamios orgánicos
provisionales que servirán de aparatos funcionales del feto.
Ningún tejido se distingue todavía. Toda la masa no está
constituida más que por células plasmáticas y embrionarias.
Pero, en ese esquema vital, está trazado el diseño ideal de
un organismo todavía invisible para nosotros, pero que ha
asignado a cada parte y a cada elemento su lugar, su
estructura y sus propiedades. Ahí dónde deben estar vasos
sanguíneos, nervios, músculos, huesos, etc., las células
embrionarias se trasforman en tejidos arteriales, venosos,
nerviosos, musculares y óseos. »
Y además:
« Lo que es esencialmente del dominio de la vida y
que no pertenece ni a la química, ni a la física, es la idea
directriz de esta acción vital. Durante toda la duración de
esa organización, el ser permanece bajo la influencia de esta
misma fuerza vital creadora. »
Si pasamos a la psicología, el espiritismo se convierte
en una guía maravillosa en medio de las dificultades de
todo tipo que esta ciencia nos presenta.
La noción de las existencias sucesivas explica las
desigualdades de la inteligencia, de sensibilidad moral o
afectiva que ni los esfuerzos individuales, ni la influencia
de los medios, ni la herencia bastan para ser explicadas. Las
diferencias entre la herencia física y la herencia psíquica
son tales, que no encuentran explicación posible más que en
la hipótesis de las vidas anteriores.
Los fenómenos de hipnotismo y de sonambulismo, los
desdoblamientos de la personalidad, la telepatía, las
manifestaciones de la subconciencia que la ciencia es
incapaz de explicar, encuentran en la teoría espírita la
interpretación más luminosa.
En el dominio filosófico, podemos hacer interesantes
observaciones.
367
La noción del cuerpo fluídico suprime la grave
dificultad de concebir el alma sin forma definida.
Constatando que espíritu, fuerza y materia están
indisolublemente unidos, el espiritismo ofrece un terreno de
conciliación al materialismo y al espiritualismo. Espíritu,
fuerza y materia girando en eterno ciclo serían las fases
sucesivas de la Unidad creadora.
Digamos, para terminar, que la doctrina espírita que
admiten más o menos francamente un buen número de
filósofos modernos1 está contenida en todos las grandes
religiones de la antigüedad, aunque más o menos
disimulada bajo los símbolos y las manifestaciones del
culto.
Se la encuentra particularmente en la India, en Egipto,
entre los druidas, y los fenómenos espontáneos o
provocados han sido observados en todas las épocas.
Las evocaciones de los muertos en la antigüedad
pagana, los oráculos de las sibilas y las pitonisas; más tarde
los innumerables sucesos de brujería y de posesión, las
alucinaciones y apariciones históricas muestran de un modo
irrefutable que las investigaciones actuales no están
sustentadas sobre novedades. »
__________________
Sí, aquí está en toda su amplitud la Doctrina esotérica
claramente definida y filosóficamente explicada por el Dr.
Gyel.
Es una confirmación de las ideas expuestas
anteriormente; no nos queda más, mediante el comentario
de este sugestivo resumen, que dar a nuestras conclusiones
1
Ch. Bonnet, Jean Reynaud, Henri Martin, Flammarion, Pezzani, Ch.
Renouvier, tal vez y hasta el propio Hoeckel que duda, tergiversa y
busca evidentemente su vía.
368
la amplitud que no podían comportar unas citas rápidas y
condensadas.
Como se acaba de ver, un hecho que de entrada se
impone indiscutiblemente, es la grandiosa simplicidad de
esta Doctrina que se anuncia como la nueva y única «
religión » posible del futuro1.
Entendámonos, sin embargo, pues esa palabra
necesita una explicación previa.
La denominación de religión ha implicado, hasta hoy,
la idea de un dogmatismo más o menos artificial, más o
menos modelado por las mezquinas fantasías humanas.
Pues bien, esta marca de fábrica, no la encontramos
en absoluto aquí. Solo el hombre no habría jamás podido
encontrar una concepción de esta envergadura. No fue más
que gracias a una serie de comunicaciones especiales,
repetidas de siglo en siglo y renovadas en nuestros días,
como hemos podido comprender que no se trata ya de una
de esas elucubraciones mitológicas de las que los anales de
todos los pueblos nos proporcionan tan numerosos y
bizarros especímenes. ¡Qué pobre y piadosa figura forman
esas pequeñas capillas que, desde las prácticas groseras de
los fetichistas, hasta los dogmas nuevamente promulgados
por el « sucesor de San Pedro », estorban en las
inmediaciones de la nave inmensa del templo universal que
llena el Dios de los dioses!
No son las humanidades quiénes se lo han dedicado,
es el mismo quién lo ha edificado, no para él –¿qué le
importan los cultos? – sino para nosotros, para la
1
Recordemos aquí la admirable respuesta de la mesa a la que Eugène
Nus y sus amigos preguntaron un día lo que sería la religión del futuro.
«Esta religión, respondió el invisible interlocutor, tendrá por dogma el
ideal progresivo, las artes por culto, la naturaleza por templo.»
369
edificación de esta obra de la que ningún cerebro humano
ha podido nunca concebir su incomparable majestad1.
Ante todo se trata de comprender bien que no somos
los habitantes habituales y definitivos de nuestro hormigueo
humano; que no hemos sido creados para el cumplimientos
de nuestros ínfimos asuntos terrenales; sino que somos los
actores del drama eterno de la vida y nada menos que los «
colaboradores » del propio Creador que nos ha vinculado a
su obra.
Los auténticos factores de la vida no son los hombres
encarnados, son los Espíritus, que, en la gama de las
posibles materializaciones, eligen el grado proporcional del
papel que son llamados a representar en el drama universal.
Desde profanidades indeterminadas, hasta alturas supremas,
todos los seres, en trabajo de evolución, conscientes o
inconscientes, suben por esa escalera simbólica donde el
visionario Jacob, dormido en el desierto, veía ángeles
subiendo hasta el trono del Eterno. Desde todos los puntos
de la rosa de los vientos del Universo, convergen hacia el
centro ideal de donde se expande toda fuerza y toda vida.
Ya no hay dogmas ilustrados por la Congregación del
Índice. No más pecado original, no más penas eternas, no
más purgatoria, no más cielo con las sillas numeradas por
San Pedro. El paraíso espírito no tiene nada en común con
esos paraísos infantiles concebidos por la estéril
imaginación de los hombres.
El Universo es el campo de trabajo eterno, el
deslumbrante torbellino de actividades continuas. Los
1
Juzgamos inútil insistir sobre las divergencias que se han manifestado
entre ciertos adeptos de la doctrina espiritualista. Hay hombres que
tienen la manía de los pequeños catecismos. No les irritemos por esas
miserias.
Cuanto brilla, por encima de esas sombras que pasan, la gran Luz que
nada oculta.
370
Espíritus, en el nivel al que hayan llegado, no son los
contempladores pasivos de un Dios fijo en su inmóvil
eternidad.
Son sus enviados, sus misioneros « laicos », sus
obreros en los campos donde los cultivos crecen
eternamente para madurar y volver a nacer, bajo el fulgor
de un sol que nunca se apaga.
Todos los mundos que hace vibrar una incesante
palpitación de vida son etapas sucesivas sobre el gran
camino de la inmortalidad; digamos mejor, unas « escuelas
de perfeccionamiento ».
Si hay una cosmogonía física, hay también una
cosmogonía espiritual que nos cuenta la historia de la
evolución de las almas, y es a esta última a la que se le ha
dado el nombre de « transmigración », que ineptos
comentaristas han confundido, por ignorancia o mala fe,
con la retrograda metempsicosis de las antiguas mitologías.
Que se diga ahora en qué sistema filosófico o en que
dogma religioso se encontraran, como aquí, los auténticos
principios sobre los que pueda estar basada la Justicia
absoluta. Que se diga que otra fe puede haber ayudado al
hombre serio de nuestros días que, con igual desdén,
rechaza la inmortalidad abstracta de ciertas filosofías y el
inadmisible paraíso de las religiones oficiales, mientras que
por otra parte se ve obligado por la propia naturaleza
incluso y la nobleza de sus deseos, a rechazar las
desesperantes negaciones de las doctrinas de la nada. No
hay más que la certeza de una « inmortalidad orgánica »,
así como se expresa Ed. Schurè, que pueda responder
convenientemente a sus legítimas exigencias.
El Dios que nos ha creado, que nos ha dado facultades
y aspiraciones, por tan vagas como sean, pero que se
encuentra en el corazón de todo hombre, ese Dios nos debía
371
una satisfacción, es decir la realización de las promesas que
contienen implícitamente los dones que nos ha dado.
¡Cómo! ¡nos habría dado hambre y sed de justicia, de
verdad, y no nos habría dado ni verdad, ni justicia!
Pase todavía si no se tratase más que del Jehová del
Deuteronomio, ese Dios « fuerte y celoso que castigaba la
iniquidad de los padres en los hijos hasta la cuarta
generación », sino el Dios del Evangelio, el Dios de las
misericordias, el Padre del Galileo, nuestro Padre quién
reclama nuestro amor… ¡Vamos pues!
La lógica se impone aquí imperativamente. Que se me
muestre a un hombre de fe sincera y de corazón recto que,
si no está completamente hipnotizado por su ortodoxia,
pueda llamar justo al Dios que, sabiendo que tal miserable
que él iba a crear estaba condenado por adelantado al fuego
del eterno suplicio, lo habría arrojado a esa eternidad de
dolor en una acceso de infinita despreocupación o de
sistemática crueldad.
Justo, ese Dios, quién, para rescatar a los culpable
cuya culpabilidad era inevitable, no ha encontrado nada
mejor que condenar en su lugar, en « sacrificio expiatorio
»… a su hijo, ¡su hijo puro de todo pecado!
¿Cuál es pues ese Dios cuya supuesta « justicia »
reclama siempre sangre y qué sangre? ¿ el del inocente por
excelencia?
¡Ah!, desde luego, el apóstol Pablo no sabía que bien
lo expresaba cuando llamaba a eso la « locura de la cruz ».
¿Qué dogma, qué sentencia, que juicio inicuo podrá
pues hacer pasar por responsable al heredero de una
culpabilidad ajena que le ha sido arbitrariamente impuesta?
Presentado bajo este aspecto, el pecado original que
hace salpicar sobre la humanidad entera la desobediencia de
una primera pareja – pareja hipotética en suma y pecado
irrisorio – y que, para que una minoritaria parte de esta
372
humanidad se salve, cuando todos los demás irán al fuego
eterno, necesita la inmolación del que no conoce en
absoluto el mal...¿no constituye el desafío más insólito y el
más paradójico que se pueda presentar a la lógica y ante las
nociones de justicia más elementales?
Que pronto se reconoce en este dogma esa marca de
fábrica humana de la que hablaba anteriormente. Donde
habría podido haber nacido ese extravagante dogma sino en
el cerebro de unos sacerdotes desviados que veían rojo en
medio de sus hecatombes de víctimas irresponsables y que
alucinaban con las tradiciones de una edad bárbara, donde
el corazón del hombre latía aún en un pecho de animalidad
más extinta… Y qué adecuado resulta aquí repetir la frase
de una comunicación anteriormente citada: « ¡Crimen de
lesa-Divinidad! »
Cuando se piensa que es con esta religión de cólera y
de sangre como ha vivido y como vive aún la humanidad
desde hace dos mil años!... ¿No es piedad considerar que
para abrir los ojos de todas las naciones « que se dicen
cristianas », habría que razonar, argumentar, acumular las
reprobaciones y las prosopopeyas?... ¿y, eso, durante
cuantos siglos aún? –¿ No teníamos razón diciendo desde el
principio que el error humano es algo inconmensurable ?
Por lo demás, eso no es todo. Suponiendo incluso que
el « paraíso » pueda ser comprado a ese precio exorbitante,
¿lo querría el hombre que siente palpitar en su corazón la
sombra incluso de una conciencia? Ya no se trata hoy,
como ocurría en los siglos de máxima fe ortodoxa, de
salvarse solo, dejando egoístamente a los demás debatirse
en « el estanque de fuego y azufre ». ¡O subimos todos
juntos… o nadie subirá!
– ¡Pide perdón! – se le dice al niño que, por ese
medio turbio puede evitar el castigo.
373
–¡Repara tu falta! –hay que decir al hombre que, por
ese medio, sólo, legítimo y justo, puede obtener su propia
absolución.
No es mediante la sangre de otro como se perdonan
sus faltas; es por la expiación personal.
«Llame como se llame esa ley monstruosa de la gracia
arbitraria, – dice Eugène Nus1, – en una soberbia envoltura
de indignación – suponiendo incluso que existiese – ¿quién
podría comprenderla y aceptarla?»
« Si la injusticia absoluta reside en el seno de la
naturaleza, matriz inconsciente de la vida sometida a la
fuerza y al azar; si no hay, para regir el mundo moral, ni
inteligencia, ni plan, ni nada que se parezca a una idea; si
no hay una ley para salvaguardar los destinos, sino nada
más que acontecimientos que se encaden o más bien se
cuelgan y se suceden; si de un extremo a otro de esa escala
de destrucción el individuo es sacrificado a la especie, sin
auxilio, sin remisión, y debe hundirse al final de su carrera
en el agujero negro en el que todo se engulle, animales y
personas, planetas y soles; si la vida en un círculo tan
infernal, toda la vida…
«Entonces, es el mal, el horrible mal, indiscutible, sin
fin, sin tregua, y la única explicación que se pueda concebir
de esta monstruosidad sin par, es que es la realización de lo
absurdo y de lo infame, arriba, abajo, aquí, ¡por todas
partes!»
Pues bien, frente a ese caos de tinieblas y de locura es
como se levanta, blanca, radiante y reconfortantes esta
Doctrina que salvaguarda la dignidad humana, responde a
sus aspiraciones, reconstituye el universo moral y justifica
la justicia de Dios.
1
A la recherche des destinées.
374
¿Es admisible que en nuestro fetichismo de las
concepciones extrañas que nos ofrecen los concilios –
fuesen o no ecuménicos – rehusamos a convertirnos en
ciudadanos de ese « reino de los cielos » cuyo humilde pero
visionario galileo intentaba, mediante sus parábolas, hacer
presentir la grandeza y la serenidad?
« Hoy, – dice Ed. Schuré1, cuando el hombre
moderno está dividido, mutilado, por el trabajo de nuestra
civilización enfebrecida, por los apetitos insaciables, por las
reivindicaciones insatisfechas – ¡qué importancia podría
tener la aceptación de esta Doctrina que restablecería la
unidad, elevaría los corazones y reconciliaría la justicia y el
amor en la alta síntesis de la paz luminosa!
«Eso sería lo que devolvería a nuestra humanidad
vacilante y anémica el equilibrio de su pensamiento y la
virilidad de sus fuerzas, cuando la tierra tendría por
perspectiva, ya no los horizontes bajos y el círculo brumoso
que la estrechan, sino la altura infinita de su cielo, donde
podrían darse cita aspiraciones, deseos, esperanzas… ¡Qué
sueño y ese sueño, sin embarbo, podría convertirse en una
realidad! »
Sí, pero esperando la realidad, solamente permanece
ensueño… y aún ¿entre quién? Entre algunos soñadores
ingenuos, utópicos de los que se ríen los positivistas, los
ambiciosos, los que no se conforman ni con las nubes
flotantes, ni los lejanos espejismos.
Enriquecerse lo antes posible – el medio no importa
demasiado. – Gozar lo más posible – ¿qué importa el
vencimiento posterior? Corramos, el oro está allá abajo,
brilla al sol. Excavemos aquí, ahí es donde se abre la
inagotable mina.
1
Le Drame musical.
375
Y de ese modo triunfa la materia insultante y altiva,
sofocando las aspiraciones legítimas, aplastando el talón de
las más justas reivindicaciones del ideal.
Que diferencia entre el mundo actual, mundo de
tradiciones ineptas, de pasiones sobreexcitadas, de
egoísmos dominantes… y este mundo nuevo que se anuncia
con su amplitud de miras, su tolerancia, su elevada
concepción del verdadero « sentido de la vida ».
Se habla mucho de fraternidad – en los libros. Los
moralistas nos predican el amor al prójimo, al que llaman «
altruismo », pero es un altruismo… únicamente apropiado a
las necesidades personales de cada uno. Reclamamos a los
demás tolerancia y bondad, cuando en nuestros corazones
subsisten los odios, los celos, las amistades hipócritas y la
piedad a flor de piel.
¿No consideráis que ya va siendo hora de tratar de
poner en práctica una u otra de las tres palabras
irrisoriamente serias en el frontón de nuestros edificios?
Sabemos lo que vale la fraternidad.
La libertad la reclama cada uno para sí.
Y de la igualdad, en fin, que hacer, cuando por todas
partes crecen las justas reivindicaciones de los que están
abajo y que reclaman su vez. El reparto no puede ser
absolutamente igual, de acuerdo – la igualdad no esta en
absoluto en ninguna parte de la naturaleza – pero al menos
debería haber una igualdad proporcional a las capacidades,
a las aptitudes, a las necesidades, y para cada uno su parte
equitativa de los bienes y los males de la vida, – sin contar
que la aceptación de la Doctrina devolvería la esperanza a
los corazones heridos, consolaría las tristezas de hoy
mediante las promesas del día siguiente, ampliaría las
perspectivas, elevaría el pesado cielo y haría lucir, en las
376
tinieblas del crepúsculo, algunos rayos precursores de las
futuras auroras. (Ver la nota 7)
Esto desde el punto de vista social. No es de otro
modo desde el punto de vista intelectual.
Ya hemos dicho que en vano se buscaría una filosofía
comparable a la que nos ofrece el monismo1 trascendental
de la doctrina esotérica, en todos esos sistemas encajonados
que oscilan, por una especie de báscula periódica, des
escepticismo al misticismo y del materialismo a la
metafísica. ¿Qué verdades reconfortantes nos han aportado,
qué luz han hecho penetrar en este pobre cerebro humano
que se ha dejado engañar por todos los espejismos,
extraviar por todas las voces discordantes y contradictorias?
Solamente la ciencia – hablo de la verdadera – ha roto
las barreras, abierto las bóvedas demasiado bajas y lanzado
a la tierra, que se creía inmóvil, al espacio ilimitado.
« ¡Gran nueva! No más infierno con sus cerrojos, no
más cielo con sus puertas entreabiertas; ¡Dios está por todas
partes! »
¿Quién nos dice esto? Se trata de Giordano Bruno, el
apóstol inspirado del panteísmo espiritualista, Giordano el
mártir de la Inquisición que lo hizo quemar vivo.
Escuchad sus orgullosas declaraciones:
« Desprendeos del fardo de los cielos teológicos, para
nosotros no hay ni límites, ni finales, ni barreras, ni
murallas que nos separen del universo infinito de cosas.»
Ese dominicano que arrojó su hábito a la cara de la
Iglesia se convirtió en el profeta de una religión nueva.
« A partir de ahora, – prosigue el glorioso precurso –
abro mis alas, surco los cielos, abrazo el infinito y, mientras
1
El monismo, en lenguaje filosófico, es la doctrina de la unidad.
Designa, en particular hoy, la teoría según la cual la materia y el
espíritu son llevados a una identidad fundamental.
377
me elevo de un globo a otro y penetro en los campos
etéreos, dejo tras de mí lo que los demás apenas entreven. »
Edad viril como aquella en la que este monje,
convertido en hombre, se atrevió a decir a sus jueces estas
altivas palabras: « Tenéis más miedo de pronunciar mi
sentencia que yo de escucharla. »
« ¡Qué decepcionados estamos de estas alturas
serenas! Lo que el griego poseía en sus ritos en medio de
sus templos y sus dioses, lo que el hombre de la Edad
Media encontraba en su catedral, el hombre moderno lo
busca en vano en el desierto de su vida moral. Nos
desperezamos en nuestra complicada civilización, pero
deplorablemente vacía y que no satisface a ninguno de los
profundos instintos de nuestra alma. Las ciencias especiales
con sus estériles fórmulas nos ocultan la naturaleza. La
Iglesia momificada monopoliza y pervierte la religión que
es la necesidad del infinito, y la vida social con su ausencia
de franqueza y sus pequeñas convenciones nos sustrae
nuestra humanidad. » (Ed. Schuré.)
No tenemos más que reconquistarla.
Estamos rodeados de fuerzas desconocidas, pero vivas
y creadoras. Una savia nueva circula con plenitud por la
naturaleza que, en todo el aparato de su poder, no busca
más que sustraerse a nuestra ardiente curiosidad. El velo de
Isis se ha desgarrado. Los misterios se suceden, se
encadenan, se explican los unos por los otros. El
presentimiento de ayer se ha convertido en la certeza de
hoy. Nuevas leyes vienen a ampliar el campo de las
hipótesis. La materia parece palpitar y se agita. El peso
abdica en la levitación. La impenetrabilidad cede y se
recusa. Algunas leyes, intangibles hasta el presente, son
violadas por misteriosas energías que desafían nuestras
balanzas se ríen de nuestros dinamómetros y desconciertan
378
nuestros sentidos de observación… Los Espíritus se
manifiestan, se materializan en plenos cenáculos científicos
y ante los más clarividentes experimentadores que en el
mundo son. Posan antes los fotógrafos, se moldean en
parafina, nos tocan con sus manos vivas, se pasean en
medio de nosotros, nos hablan, nos aconsejan y, en algunas
comunicaciones de las que tenemos una intima impresión,
no dirigen, nos inspiran, nos consuelan, nos llaman
hermanos y con el dedo nos muestran el cielo donde nos
esperan, para compartir con nosotros su glorioso destino. Y
desde todos los puntos del mundo nos llegan sus
revelaciones multiples, concordantes, convergentes,
repitiendo en los ecos crecientes el antiguo apóstrofe, la
emocionante conminación:
« Paz en la tierra; buena voluntad entre los hombres. »
¡Ah, poderosa ironía! ¡Dónde buscar esta buena
voluntad, en nuestro triste mundo que desgarran los odios,
que ensangrientan las pasiones desencadenadas! Ella sola,
sin embargo, podría hacer comprender a esos beligerantes
obligados todo lo que hay de despreciable y de envilecedor
en esas ambiciones que nada sacian, cuando el reino de la
paz pueda permitir a los hombres levantar la cabeza hacia
esas alturas serenas donde se nos han ofrecido
gratuitamente todas las amplitudes divinas.
Bribonada y mala fe, eso es lo que en el presente
reemplaza a esta buena voluntad que se invoca.
Se habla de paz universal, cuando la sangre corre y no
se sueña más que con conquistas ilimitadas. Es ahora
cuando se propone un desarme general cuando cada uno se
arma en el ardor de una fiebre salvaje. Es quién trata de
intimidar las perfidias con atrevidos desafíos, a anticiparse
a las traiciones mediante traiciones más perversas.
379
Cada pueblo se eriza de hierro, triple su coraza,
inventa ingenios de masacre, mientras los cañones
trepidantes parecen esperar la señal que desencadenarán sus
truenos1.
¿Cómo no decir una palabra que lo que, desde hace
años, oprime la conciencia de Francia?
¿No hemos visto, en la debacle universal, perpetrarse
monstruosas iniquidades, tales como se cometían en los
siglos bárbaros de la Edad Media – con la diferencia,
justificativa para la Edad Media, que nosotros vivimos a
finales del siglo XIX?
Durante años, sobre esta tierra que se llamaba antaño
el país de la justicia, del honor, de la generosidad, ¿no se ha
visto desencadenar un verdadero desbordamiento de
1
Echad un vistazo a las cifras siguientes que nos proporciona la
estadística (Revue des revues, 15 de septiembre de 1898).
« Hay en este momento en Europa, 4.250,000 hombres en los ejércitos.
Si estallase una guerra general, habría 16.410.000 dispuestos a marchar
y, con los reservas, 34 millones de movilizados. Si se les pusiese en
filas de a cuatro, ocuparían, juntos los unos contra los otros , la
distancia de Madrid a San Petersburgo.
«Sobre el planeta, hay 5.250.000 soldados permanentes. En el caso de
un conflicto universal, habría 44.250.000 hombres bajo las armas; y si
esos hombres armados recibiesen la orden de exterminar al resto de la
población terrestre, cada uno de ellos no tendría más que matar a 32
personas. Situados en fila todos esos soldados, cada uno de ellos
apoyando su fusil sobre el hombro del que estuviese delante de él,
harían un cordón que daría la vuelta al ecuador. Para pasarles revista, se
necesitarían que el general jefe se desplazase sobre una locomotora
marchando de tal modo que no dispondría más que de un minuto para
pasar ante el frente de 2000 hombres y debería circular durante 70 días.
Todos esos ejércitos, al mismo tiempo de paz, no cuestan menos de 6
millones por año, y esa espantosa dispensa es desde todos los puntos de
vista improductiva! – He aquí de que elementos se compone la
población de nuestra triste tierra asolada, fanática, y eso ¡después de
diecinueve siglos de supuesta civilización cristiana! »
380
pasiones cuya impudicia criminal desconcierta al
pensamiento?
Oligarquías facciosas, perfidias desvergonzadas, odios
implacables, acusaciones odiosas, salvajadas de otros
tiempos, grotescas comedias « nacionalistas »… todo
conmocionando Francia y desviándola hasta el punto al que
poco a poco no llega gracias a enérgicas protestas
indignadas que le ha impedido recuperarse y retomar
lentamente, muy lentamente su equilibrio.
Y es de todas partes como se manifiesta este
desmoronamiento de la conciencia humana.
Sobre todos los puntos de la tierra, las nacionalidades
son motivo de un mal doloroso, de una inquietud
estremecedora. Pueblos, clases sociales, individuos aislados
se debaten en esta alteración mortal. Los gobernantes
hundidos en la poltrona – hablo de los nuestros – no saben
lo que quieren, los gobernados no saben ya lo que se
reclama de ellos. Los ricos hacen a los pobres, – dice
Elisabeth Brownning (Aurora Leigh), los pobres maldicen a
los ricos, y todos, en caótica confusión, agonizan en el
espasmo social.
Tanto como el desarrollo, ¡cuántos desfallecimientos
en la pobre alma humana, cansada y asqueada de la vida!
¡Qué numero espantoso de suicidas, cuántos crímenes de
todo tipo! Y se ven a personas muy jóvenes figurar en esas
listas fúnebres! Es en plena flor de juventud como esa
juventud de desesperados abdican de toda energía, rechazan
toda esperanza, desconfían del porvenir y de sus mentirosas
promesas.
¡Carencia absoluta de creencias! – se clama con
indignación y cólera.
381
Sin ninguna duda, faltan creencias; pero nosotros las
pedimos todavía, ¿dónde encontrar las que podrían
consolarnos?
Hasta en el pie de los altares, una fe de órdenes
reclama en vano en los últimos simulacros de los cultos
muertos esta serenidad, esta confianza que los sirvientes de
esos altares ya no poseen ni ellos mismos.
¿Qué pedir a esos sacerdotes que no creen en nada,
porque jamás han sabido nada, ni de los misterios de la vida
moral, ni de los delicados problemas de la conciencia?
Que pedir a las otras personas de la Iglesia, muy
superiores a éstos últimos, pero no teniendo demasiado a su
disposición más que la « panacea » de su ortodoxia que no
consuela el corazón, porque el corazón que tiene su razón
también no puede creer ya lo que esta razón acepta.
Por otra parte, sabemos lo que les dirían los
moralistas, los filósofos y los sabios especiales. Los
primeros les recitarían sus preceptos, los segundos sus
silogismos, los terceros sus fórmulas.
Sola al fisiólogo, al fisiólogo filósofo, al iniciado
moderno que, inclinado sobre el abismo, trata de ver el
fondo, se le puede ir a pedir lo que él presiente, lo que
adivina, lo que ha encontrado, y entonces todos aquellos
cuyos nombres llenas estas páginas, todos aquellos a los
que hemos interrogado, consultado, citado, os responderán
con una sola y misma voz que está mucho más alto lo que
hay que mirar.
Para saber a donde va la verdadera ciencia, hay que
subir, planear por encima de ella. Ahora sabemos lo que
busca, a pesar de sus dudas y vacilaciones…
« La ciencia tiende al espíritu, » declara la metafísica
alemana. « Ha llegado la hora de las almas. » dijo otro
filósofo. – Bellas y profundas palabras.
382
Qué amplitud daría a las tentativas que nuestra
evolución persigue, la aceptación del « espíritu » como
factor de esta misma evolución. Qué largo teclado se abriría
ante el artista que dormita en cada uno de nosotros, artista
con frecuencia inconsciente, sin duda, pero que, en su
misma inconsciencia, no está menos obligado a dedicarse a
la inmensa y bella obra de la floración de su individualidad.
Nos demos o no cuenta, cada uno de nosotros tiene la
sorda intuición del trabaja a llevar a cabo.
Los unos se someten a ello y trabajan, los otros
resisten, retroceden, se obstinan en descender hacia los
bajos fondos donde se hunden con una malsana
perversidad.
Los insensatos no saben que llegará el día, dentro de
diez años de de veinte siglos, que tendrán que someterse,
estremecidos y vencidos, al imperioso aguijón de la
necesidad que se impone… que cada uno se impone a sí
mismo, cuando la hora definitiva suene. ¿De qué sirve
resistir? Es necesario que el bien se realice, que la
evolución se efectúe.
¿No queréis todavía? De acuerdo, el bien esperará. El
tiempo no significa nada; solo importa la meta.
En cuanto a los que conocen esa meta, qué
decididamente caminan hacia ella.
Sepamos obedecer a este impulso que nos viene desde
lo alto y mostrarnos orgullosos del concurso que nos
dispensa la naturaleza asociándose a nuestras fuerzas
personales.
¿Qué somos en esta vida, sino la última encarnación
de toda una serie de seres sucesivos que han sido nosotros
en el pasado, que son nosotros en el presente, que serán
nosotros en el futuro?
Nuestra personalidad actual constituye la cima de una
especie de pirámide cuya base se hunde en los bajos fondos
383
de la vida, y es esa pirámide la que debemos alzar, a través
de la vida que nos esperan y que todas, relacionándose con
lo que hemos sido, nos empujaran hacia lo que nos
debemos convertir en los ciclos posteriores.
En el presente somos los mandatarios responsables de
todos esos seres anteriores cuyas virtualidades colectivas
resumimos.
– ¡Sube! – nos gritan; – ¡no eres más que lo que
nosotros te hemos hecho, por nuestros sufrimientos, por
nuestros siglos de evolución!
¿Y tendremos la inepta y culpable osadía de poner fin
a nuestras funciones, de desertar en pleno campo de
batalla?
Ante el torbellino de esta vida de ascensión de la que
somos parte integrante, ¿cómo no estar orgullosos de los
títulos de nobleza que tenemos por misión conquistar?
Desde luego comprendo que se desprecien los
ennoblecimientos sospechosos, que se rechacen a patadas
los blasones turbios, comprados o robados; pero es tal la
aristocracia suprema que no se podría rechazar sin locura…
o sin indignidad.
Si se le dijese al batracio reptante que llegaría un día
en el que tendría alas que le permitieran nadar en el azul del
cielo, en compañía de sus hermanas las golondrinas… y si
el viscoso reptil respondiese: « No, quedaos con vuestras
alas, yo prefiero mi fango,» ¿qué pensaríais de esta abyecta
renuncia?
A nosotros pertenece hacer una estrella de esta
lombriz, de este hombre caído, de este réprobo, de esta «
carne de infierno », que todas las religiones han rebajado,
para quién los Padres de la Iglesia y los doctores más
competentes se han dedicado a encontrar las más
384
insultantes comparaciones… para hacer que el ciudadano
del cielo, el hermano de los ángeles, el hijo del Altísimo
rechace los apremios que nos reintegrarían en nuestra patria
celeste y para que repitamos nosotros también: « No,
¡prefiero mi bajeza! »
¡Ah! no, no me habléis más de la dignidad del
hombre, ni de su nobleza original; dejemos hundirlo en su
ignominia, retroceder hasta la edad terciaria de
comprometedora memoria y retomar allí su lugar natural
entre el odioso iguanodon y el inmundo pterodáctilo.
Entonces cuando veamos todas las criaturas vivas
subir hacia la luz y de un impulso común elevarse hacia las
altura del ser, ¿no estaríamos electrizados por el
espectáculo de esta irresistible y gloriosa escalada del
ideal?
En esta marea ascendente de la vida, ¿quién se
dedicaría a agarrarse a las rocas bajas, para no seguir la ola
y flotar en su superficie que se hincha, invade, viene y va…
hacia lo alto, a conquistar luminosas orillas?
Cuando todos los hombres hayan sido iniciados en los
misterios, a partir de ahora desvelados, se verá en el espacio
resplandecer un arco iris inmenso que ya no será el símbolo
infantil en el que los hombres de antaño no veían más que
la garantía de no verse hundidos más por un nuevo diluvio,
– pero que será la prueba de una nueva alianza, de la
reconciliación definitiva entre la tierra y el cielo a partir de
ahora confundidos.
Y se verá, como en una visión de ensueño, pasar bajo
este arco triunfal, rodar como olas apresuradas a todas las
generaciones sucesivas, yendo, lanzándose, en la estela
victoriosa de nuestra Psique de blancas alas, a la conquista
del Infinito – nuestro dominio inalienable.
385
___________________Ya hemos dicho bastante.
Habéis escuchado todas esas voces concordantes que,
descendidas del Himalaya, han atravesado Asia, África,
Europa, y han venido hasta nosotros, repitiéndonos sin
cesar:
Dios está arriba, abajo, aquí, en todas partes. Y
alrededor de él fluctúan los Espíritus, chispas de su horno,
que, llenando los mundos, hacen palpitar el universo de la
inefable vibración de la vida.
Espíritu, materia, asociados por siempre en sus
transmutaciones incesantes.
Almas inmortales subiendo a través de las olas del
oceano sideral, hasta la realización de lo divino que está
latente en cada una de ellas…
¡Ese es el resumen final!
_______________________
–¡Imaginaciones, alucinaciones, locuras!... repetirán
algunas voces refractarias.
¡De acuerdo! ¡Dulces locuras, en todo caso,
inofensivas y qué consoladores! No basta que, bajo su
influencia, el creyente, el moderno iniciado se encamine sin
miedo, ¿qué digo? en el goce de una invencible esperanza,
hacia esta muerte que « nadie sabría mirar de frente »,
según la frase de La Rochefoucauld, hasta las puertas de ese
sepulcro que ha hecho estremecer a tantos otros, – incluso
entre los escépticos más duros, los espíritus fuertes más
irreductibles… hasta que un hisopo viene a veces a rociar
386
las
últimas
convulsiones
del
orgulloso…enloquecido de espanto.
contenedor
tan
El proverbio dice: Quién viva, verá.
Nosotros cambiamos la fórmula y decimos: Quién
muera, verá.
–¿Qué vera?
– Verá que todo lo que encierran estas páginas en las
que han sido clasificadas, por orden cronológico, las
diversas revelaciones que nos han sido hechas por nuestros
hermanos de ultratumba, es una realidad.
Verá que la muerte no es más que una palabra, en el
sentido de que la vida y la muerte no son más que dos
manifestaciones de un mismo fenómenos biológico,
conexos en sus sucesión, como en su encadenamiento.
Verá, en definitiva, que la tierra circula por el cielo y
que en ese cielo no existe más que una cosa:
La vida; la inagotable vida, incoerciblemente
progresiva.
–Pues bien, ¡qué así sea!
–¡Ah, perdón! Aquí no se trata de emplear el
subjuntivo, tiempo verbal de duda, de indecisión, de deseo,
es el indicativo lo que hace falta; también es mediante la
enérgica y formal aseveración de William Crookes con la
que terminamos este libro:
« – No digo que eso es posible; ¡digo que ESO ES! »
FIN
París, diciembre de 1898.
387
NOTAS
____
NOTA 1 ( Página 3 )
¿No vemos en el reino de los gases hacerse nuevos
descubrimientos sin cesar? Todavía ayer, en el aire
atmosférico, no se encontraba más que nitrógeno y oxígeno;
hoy se encuentran el argón, el kripton, el neón, el
metargón. Quién sabe lo que se descubrirá mañana y
cuantos otros elementos celeste esperan todavía a los felices
espectrocopistas. ¿No tenemos ya el aurorium y el
nébulum?
El hidrógeno, por otra parte, ¿no está considerado
como un metal, por los químicos? Quién podría decir, en
presencia de la licuefacción del oxígeno, del hidrógeno y
del nitrógeno, los inesperados descubrimientos que nos
prometen las continuas investigaciones continuas que se
han hecho sobre la naturaleza íntima de la materia, esta
materia misteriosa que evoca esencialmente la idea de un
mundo en movimiento (W. Crookes)
NOTA 2 ( Página 34 )
En vuestros futuros libros, autores clásicos que tratáis
a historia del Mundo, por lo que más queráis, no la hagáis
comenzar hace seis mil años. Vuestros jóvenes lectores
sonreirían de compasión. Pues ellos sabrán que el estudio
de la India nos enseña cada día que jamás conoceremos sin
duda la época en la que el hombre ha comenzado a vivir
388
sobre la tierra, tanto retrocede esa época en la noche de los
tiempos.
Sabemos ya que las huellas del hombre y de su
industria se encuentran en las capas geológicas de los
periodos glaciales. Muy recientemente, se ha encontrado
hasta en los depositos de una de las capas del periodo
terciario, época talmente remota que la imaginación
permanece casi espantada. Fue tal vez desde hace millares
de siglos cuando en el regazo de nuestra madre común
estuvieron dormidos sus primeros hijos que ella acunó con
un inmenso balanceo. ¿Ese balanceo gigantesco, que
empleó veinticinco mil años en completarse, no figura
acaso en los cataclismos periódicos de los que nos hablan
los libros hindúes? ¿Es cierto que, dentro de algunos siglos,
las aguas, derritiendo enormes hielos venidos de los mares
australes barrerán todas nuestras obras penosamente
construidas y nos cubrirán durante varis centenares de
siglos? ¿Qué pensarán de nuestros cráneos fósiles los
antropólogos de las academias del siglo 320 de nuestra era,
cuando registren los terrenos sobre los cuales estará
sepultada lo que habría sido la Europa actual, cuando las
aguas hayan abandonado de nuevo nuestro hemisferio
boreal?...
( Dr. Paul Gibier, le Fakirisme occidental.)
NOTA 3
Encuentro en un periódico la curiosa reseña siguiente
que tiene por título: DEFENSA DE UNA TESIS EN LA
ESCUELA DEL LOUVRE:
La tesis del Sr. Gallé
El alumno que defendía sus tesis, estos días, no era
más que un modesto aprendiz de panadero. Curtido por la
389
artesa donde el esfuerzo físico es considerable y predispone
poco a las especulaciones filológicas. Quitando su mandil,
vistiendo su torso y habiendo descansado de su dura tarea,
él meditaba sobre los libros a su alcance.
Lo poco que supo, mediante la lectura, lo incitó a
instruirse más. Fue subiendo niveles; no estaba animado
más que de un intenso ardor, cuando se presentó al curso de
nuestro eminente colaborador Ledrain. El maestro no se
equivocó en absoluto: adivinó en el muchacho una
inteligencia que se inflamaría en el horno común. Lo
admitió.
Ocurrió pues, hace algunos días, en uno de los salones
del viejo Louvre, cuyos decorados contaban un pasado
suntuoso. En torno a una mesa verde, habían tomado
asiento, al lado del Sr. Kaempfeu, los examinadores y el
profesor Ledrain. Y, frente a ellos, el antiguo panadero,
defendiendo el honor de los estudios semíticos superiores.
El Sr. Gallé, moreno, barba rala, mandíbula
prominente, labios fuertes y púrpuras, mirada brillante, da
la impresión de ser un hebreo o algún musulmán, que se ha
vestido con nuestra ropa. Es sin duda, sin que lo sepa, un
fenómeno de atavismo; sus curiosidades son, en su oscuro
inconsciente, el despertar de su raza.
Su habilidad es milagrosa. Ese hijo del pueblo, ese
laborioso artesano sabe hebreo, los dialectos arameos, el
árabe; los sabe con una seguridad asombrosa. Ha estudiado
para su tesis el Libro de Daniel, en sus relaciones con los
comentaristas judíos y con la epigrafía semítica.
Pero sobre todo el texto era tan extrañamente hebreo y
caldeo a la vez como el Sr. Gallé lo había sabiamente
comentado como filólogo. Fue felicitado. Y el Sr.
Kaempfen, dio una prueba de simpatía al brillante
candidato prometiendo el interés del Estado en la
390
publicación de una tesis que hacía tan grande honor a la
Escuela del Louvre.
NOTA 4
Citaremos, a modo de ejemplos, elegidas entre otras,
las comunicaciones siguientes:
EL SUICIDIO DE LA SAMARITANA
El 7 de abril de 1858, hacia las 7 de la tarde, un
hombre de unos cincuenta años se presentó en el
establecimiento de la Samaritana, en París, y se hizo
preparar un baño. El muchacho de servicio extrañado, tras
un intervalo de dos horas, de que este individuo no llamase,
entró en la cabina y retrocedió espantado. Ese desgraciado
se había cortado la garganta con una cuchilla y su sangre se
había esparcido por el agua de la bañera. No habiendo sido
posible establecer su identidad, se transportó el cadáver a la
Morgue.
El Espíritu de este hombre evocado en la Sociedad de
Paris, seis días después de su muerte, dio las respuestas
definitivas:
–¿Dónde está usted ahora?
–No lo sé… Dígame dónde estoy.
–Está usted en una asamblea de personas que se
ocupan de estudios espíritas y que son benevolentes con
usted.
–Dígame si vivo… Me ahogo en este ataúd.
–¿Qué motivo le ha llevado a suicidarse?
– ¿Entonces estoy muerto?... No es posible, yo vivo
en mi cuerpo… ¡Usted no sabe cuánto sufro!... Me ahogo…
¡Qué una mano compasiva trate de acabar con esto!
–¿Por qué no ha dejado ninguna pista que pudiese
hacerlo reconocer?
391
–Estoy abandonado; he huido del sufrimiento y he
encontrado la tortura.
–¿Tiene aún los mismos motivos para mantenerse en
el anonimato?
– Sí, no meta un hierro al rojo en la herida que sangra.
– ¿Querrá usted decirnos su nombre, su edad, su
profesión, su domicilio?
– A todas esas preguntas… ¡No!
– ¿Tenía usted una familia, una esposa, hijos?
– No, estaba abandonado, ningún ser me amaba.
– En el momento de llevar a cabo su suicidio, ¿no
experimentó ninguna duda?
– Estaba sediento de muerte, esperaba el descanso.
–¿Qué reflexiones ha hecho usted en el momento en
que ha sentido su vida apagarse?
– No he reflexionado; he sentido… pero mi vida no
está apagada… mi alma está unida a mi cuerpo… ¡Siento
como me devoran los gusanos!
– ¿Ha sido doloroso el momento en que la vida se
apagaba en usted?
– Menos doloroso que luego. Solo el cuerpo ha
sufrido.
(Evocado el Espíritu de san Luís)
– ¿Es siempre este estado la consecuencia del
suicidio?
– Sí, el espíritu del suicida está unido a su cuerpo
hasta el término de su vida. La muerte natural es la
liberación de la vida, el suicidio la rompe por completo.
EL PADRE Y EL RECLUTA
A comienzos de la guerra en Italia, en 1859, un
hombre de negocios de París, padre de familia, gozando de
la estima general, tenía un hijo al que el destino le había
deparado ser llamado a filas. Encontrándose, por su
392
posición, en la imposibilidad de exonerarlo del servicio
militar, tuvo la idea de suicidarse, a fin de que el muchacho
estuviera exento por hijo único de viuda.
Fue evocado un año después de su muerte, en la
Sociedad de París, a petición de una persona que lo había
conocido y que desearía saber su suerte en el mundo de los
Espíritus.
A la evocación hecha, él respondió:
–¡Oh, gracias! Sufro mucho, pero… es justo; sin
embargo él me perdonará.
(El médium del Espíritu escribía con una gran
dificultad; los caracteres eran irregulares, atormentados. Se
hizo la observación de tras la palabra pero, se detuvo, trató
en vano de escribir, no hizo más que trazos indescifrables.
Era evidente que era la palabra Dios la que no pudo
escribir.)
– Llena usted la laguna que ha acabado de dejar.
– Soy indigno de ello…
– Dice usted que sufre. Sin duda ha cometido un error
suicidándose; ¿pero es que el motivo que lo ha inducido a
ese acto no le ha hecho merecer alguna indulgencia?
– Mi castigo será menos largo; pero la acción, lo
entiendo, no es menos reprobable.
– ¿Podría describirnos el castigo al que está sometido?
– Padezco doblemente en mi alma y en mi cuerpo.
Sufro en este último, aunque no poseyéndolo ya, como el
amputado sufre en el miembro que le falta.
–¿Su acción ha tenido a su hijo como único motivo?
– Solo el amor paterno me ha guiado; pero me ha
guiado mal. Sin embargo, gracias a ese motivo, mi pena
será más breve.
– ¿Prevé usted el final de sus sufrimientos?
393
– No conozco cuando será el término; pero tengo la
seguridad de que ese término existe, lo que es un gran
alivio para mí.
– Antes, usted no ha podido escribir el nombre de
Dios; sin embargo hemos visto Espíritus muy sufrientes que
han conseguido escribirlo. ¿Forma eso parte de su castigo?
– Podré hacerlo con grandes esfuerzos de
arrepentimiento.
– Pues bien, haga esos esfuerzos y trate de escribirlo,
eso será un alivio para usted.
El Espíritu acabó por escribir en caracteres
irregulares, temblorosos y muy grandes: Dios es muy
bueno.
– Apelaremos por usted a la misericordia de Dios.
–¡Oh! sí, ¡por favor!
Un periódico del 13 de junio de 1862 contenía el
siguiente relato:
« La señorita Palmira, modista que residía en casa de
sus padres, estaba dotada de una figura encantadora y
gozaba del más amable de los caracteres; tanto era deseada
en matrimonio.
Entre los aspirantes a su mano, ella tenía preferencia
por el Sr. B… que experimentaba por ella la más intensa
pasión. Aunque amándolo mucho ella también, creyó sin
embargo, por respeto filial, deber rendirse al deseo de sus
padres, casándose con el Sr. D… cuya posición social les
parecía más ventajosa que la de su rival.»
« Los Sres. B… y D… eran íntimos amigos y
conservaron sus relaciones amistosas. El amor muto de B…
y de la Sra. Palmira D… no se había debilitado en absoluto,
a pesar de los esfuerzos que ambos hacían para reprimir sus
manifestaciones. Para tratar de apagarlo, B… tomó la
394
decisión de casarse. Su esposa era encantadora; él se
esforzó en amarla; pero todo fue inútil y el primer amor
persistía. Durante cuatro años, ni B… ni Palmira faltaron a
sus deberes; pero lo que tuvieron que sufrir no se podría
expresar.
« Reunidos un día, por una circunstancia fortuita, los
dos amantes se declararon mutuamente – lo que sabían uno
y el otro – que luchar por más tiempo era imposible, y
decidieron de común acuerdo morir juntos, para poner
término a su intolerable tortura.
« Tras haber hecho sus últimos preparativos,
escribieron una conmovedora carta donde declararon que
para no faltar a su deber, se refugiaban en la muerte. Esta
carta trágica y desesperada se terminaba con una petición
de perdón y el insistente ruego de ser sepultados juntos en
la misma tumba.
« Cuando el Sr. B… regresó a su casa, los encontró
asfixiados. Respetando su último deseo, dio las órdenes
para que en el cementerio no estuviesen separados.
« Habiendo sido comunicado este hecho a la Sociedad
espírita de París, evocaron un Espíritu que respondió:
« Los dos amantes no pueden aún responderos. Yo los
veo, están sumidos en una situación muy dolorosa. Las
consecuencias morales de su falta los castigarán durante
unas migraciones sucesivas donde sus almas
desemparejadas se buscarán en vano; pero, una vez
cumplida la expiación, serán reunidos para siempre en el
seno del amor eterno.
« Dentro de ocho días, en vuestra próxima sesión,
podréis evocarlos. Vendrán, pero no podrán verse.
« Una noche profunda los oculta al uno del otro. »
Evocación de la mujer.
–¿Ve usted a su amante con el que se ha suicidado?
395
– ¡Yo no veo nada! ¡Qué noche! ¡qué velo espeso
sobre mi rostro!
–¿Qué sensación ha experimentado usted cuando se
ha despertado después de su muerte?
– ¡Extraña! ¡tenía frío y me quemaba! ¡Hielo en mis
venas y fuego en mi frente! Pensaba que iba a sucumbir una
segunda vez.
–¿Experimentó un dolor físico?
– Todo mi sufrimiento está ahí y ahí. Ahí en mi
cerebro y ahí en mi corazón.
(Es verosímil que, si se hubiese podido ver el Espíritu,
se le hubiese visto llevar la mano a su frente y a su
corazón.)
–¿Cree usted que siempre estará en esta situación?
–¡Oh, siempre, siempre! A veces oigo voces que me
arrojan estas palabras: « ¡Siempre así! »
– Pues bien, nosotros podemos certificarle, con toda
seguridad, que esas voces mienten o se equivocan.
Arrepintiéndose, obtendrá su perdón.
–¿Qué ha dicho? No entiendo.
–Le repito que sus sufrimientos tendrán un final que
usted podrá apresurar mediante su arrepentimiento, y
nosotros la ayudaremos por la oración.
Usted dice que está entre tinieblas; ¿no ve nada?
–No veo nada más que un crespón negro sobre el que
se dibuja a veces una cabeza que llora.
–¿No siente la presencia de su amante junto a usted,
pues él está aquí.
–¡Ah! ¡no me habléis de él! Debo olvidarlo, de
momento, si quiero que del crespón desaparezca esa
imagen.
–¿Cuál es esa imagen?
–La de un hombre que sufre y cuya existencia moral
yo he matado en la tierra por mucho tiempo.
396
OBSERVACIONES DE LOS EVOCADORES
Leyendo este relato, se está de entrada dispuesto a
encontrar en ese suicidio circunstancias atenuantes, incluso
mirarlo como un acto heroico, puesto que ha sido
provocado por el sentimiento del deber.
Se ve que ha sido juzgado de otro modo y que la pena
de los culpables será larga, porque se han refugiado en la
muerte, para huir de la lucha que hubiesen debido
mantener hasta el final. En eso es en lo que consiste su
falta. Nunca hay que desertar de los puestos de combate.
A todos aquellos que encontrasen que esta pena es
muy rigurosa, responderemos que su duración no es
absoluta y que dependerá de la manera en que ellos
soporten sus pruebas futuras y que serán, como todos los
Espíritus culpables, los árbitros de su destino.
Esto es mejor que la condenación eterna a la cual ellos
estarían irrevocablemente condenados según la doctrina de
la Iglesia que los ha considerado destinados al infierno y
ese es el motivo de que ella haya rechazado las últimas
oraciones, creyéndolas sin duda inútiles.
NOTA 5
Todos los que han visto a un auténtico sonámbulo, –
dice el Sr. Ed. Schuré, – han quedado impactados por la
singular exaltación intelectual que se produce en su sueño
lúcido. Para los que no has sido testigos de semejantes
fenómenos, citaremos un pasaje del célebre David Strauss,
que, desde luego no es sospechoso de superstición. Él vio
en casa de su amigo, el Dr. Justinus Kerner, a la famosa «
Vidente de Prévorst » y la describió así:
« Poco después, la visionaria cayó en un sueño
hipnótico. Así tuve por primera vez el espectáculo de ese
397
estado maravilloso, y, puedo decirlo, en su más pura y bella
manifestación. Era un rostro de una expresión doliente,
pero altivo y tierno, y como inundado por un fulgor celeste;
una lengua pura, mesurada, solemne, musical, una especie
de recitativo; una abundancia de sentimientos que
desbordaban y que se habrían podido comparar a bandas de
nubes, tanto luminosas, tanto sombrías, deslizándose por
encima del alma, o bien aún a unas brisas melancólicas y
serenas enredándose entre las cuerdas de una maravillosa
arpa eólica. » (Biografía general, artículo Kerner.)
NOTA 6
Extraigo de un periódico el siguiente artículo:
¿ES POSIBLE COMUNICARSE CON LOS MUERTOS?
El caso de Mrs Pipers. – El Sr. Myers y Stainton
Moses. – El doctor Phinuit y Paul Bourget. – Un muerto
que habla. – El Informe del Sr. Jules Bois a la « Société
psychologique » de París.
El problema de sobrevivir a la muerte es al menos tan
interesante como tal o cual descubrimiento de orden
biológico o astronómico. Si en la ciencia oficial, algunas
poderosas individualidades elevaran aquí y allá una voz
favorable, hoy la cuestión habría tomado otro aspecto.
En primer lugar el Sr. William Crookes acaba de
pronunciar un discurso valiente, en el que declara no
rectificar nada de sus experiencias anteriores, admitir la
transmisión de los pensamientos, la telepatía – y sin duda
también la vida más allá de la muerte, si recordamos las
apariciones de Katie King, ese fantasma que ya es famoso.
A continuación la « Society for psychical research », de la
que el Sr. William Crookes es presidente, por iniciativa de
398
cuatro de sus más eminentes miembros, el doctor James, el
doctor Lodge, el Sr. Myers, de la Universidad de
Cambridge, y el doctor Richard Hodgson, acaban de
declarar posible la comunicación de los vivos con los
muertos…
¿A qué es debido el giro dado por la Sociedad
psíquica, y particularmente por Richard Hodgson? A una
vidente americana de nombre Mrs. Pipers y que recibe en
ella el influjo de personalidades extrañas, sin duda
desencarnadas.
Fue el Sr. Jules Bois, el autor de Miracle moderne, tan
elocuente con estos fabulosos relatos, que, de regreso a
Londres, ha traído esta novedad ante el público de la «
Société psychologique » de París.
Un doctor que se encarna
El primer sorprendido fue el Sr. Myers. Este profesor,
que es al mismo tiempo un experimentador y un moralista,
había conocido a un pastor anglicano llamado Stainton
Moses, que conversaba con las almas de ultratumba,
principalmente por escritura automática. La convicción del
Sr. Myers fue debida a las revelaciones del espíritu «
Imperator » acompañadas de fenómenos de levitación, de
predicción y de clarividencia llevados a cabo por ese pastor
ante algunos privilegiados.
El Sr. Paul Bourget asombrado
La Sra. Pipers está un poco cerca de eso que los
espiritualistas llaman un médium en encarnación. Ella era
poseída en estado de trance por un tal doctor Phinuit,
fallecido en Lyon hace algunos años. Fue ese doctor Phinuit
quién provocó la estupefacción del Sr. Paul Bourget por su
399
clarividencia fuera de lo normal. En efecto, la Sra. Pipers
descubrió, según parece, y gracias al espíritu establecido en
ella, el nombre y el tipo de muerte de un amigo del
novelista francés, simplemente entrando en contacto con un
objeto que había pertenecido al difunto.
Después del doctor Phinuit, fue Georges Pelham. Éste
había sido el compañero del doctor Hodgson y ambos
formaban parte de la « Society for psychical research ». El
Sr. Pelham murió de accidente a los treinta y dos años.
Exactamente cinco semanas después de su muerte, se «
manifestó » por la intermediación de la Sra. Pipers que no
lo había conocido en vida. Durante varios años, no dejó de
reconocer a los amigos que frecuentó de vivo,
recordándoles detalles muy íntimos. El padre, vivo, se vio
obligado a reconocer la identidad de su hijo muerto.
Además, Georges Pelham desvela unos aspectos
pintorescos de su existencia en el más allá; él ve lo que
hacen los que lo quieren y lee, fuera del campo de visión
del médium, las cartas que le son dirigidas.
Conclusiones
Hay cuatro soluciones al caso de la Sra. Pipers, según
el Sr. Jules Bois:
1º.- Georges Pelham no es más que una personalidad
secundaria: el inconsciente de la Sra. Pipers.
2º.- Las sugestiones emanadas de los asistentes son lo
sorprendente de las sesiones;
3º.- Por telepatía, la Sra. Pipers lee en el pensamiento
de los amigos ausentes y alejados del muerto.
4º.- Hay intervención del muerto directamente.
Las tres primeras soluciones han debido ser
descartadas por resultar insuficientes; pues el inconsciente
de la médium no puede dar más que recuerdos. Y la Sra.
400
Pipers cuenta con exactitud hechos ignorados por ella.
Además, ella rectifica errores de los asistentes y una
telepatía constante con personas desconocidas de la
médium no es posible. En cuanto al fraude, jamás se ha
podido sorprender en la sombra a la Sra. Pipers, que incluso
ha estado vigilada inútilmente por la policía.
No queda más que la hipótesis de la supervivencia a la
muerte inspirando a la médium. Es a esta opinión a la que
se han agregado las eminentes personalidades de la
Sociedad americana e inglesa.
Y el Sr. Myers concluye: « La cuestión de la
supervivencia del yo es hoy una rama de la psicología
experimental. »
NOTA 7
Me complazco en citar el notable documento que
sigue. Es el Manifiesto que los diputados socialistas de
Bélgica leyeron a sus obreros el pasado 1 de mayo, fiesta
del trabajo.
Amaos los unos a los otros.
JESUS.
Proletarios de todo el mundo, unios.
KARL MARX
« En este momento festivo y primaveral, la perpetua
evolución de la naturaleza aparece más deslumbrante; como
ella, llénate de esperanzas y prepárate para la Vida Nueva.
« Oh Pueblo, toma conciencia de tus deberes. Sé
fraternal y bueno; declárate solidario con los goces y
dolores del prójimo. No busques tu felicidad en otra parte
que no sea en el dicha general. Respeta siempre la debilidad
y el sufrimiento, en la mujer, en el niño, incluso en el
401
animal, y ¡qué la fuerza de todos proteja la rectitud de los
pequeños!
« Todos los días hay que ser socialista: la nueva fe
será propagada mediante los actos cotidianos más que por
discursos. Preocúpate de tu dignidad; teme los venenos que
embriagan y las pasiones que envilecen. Desprecia la triste
resignación de los agotados y los cobardes. Que el fecundo
espíritu de revolución te posea, y que el odio vigoroso hacia
las cosas malas (pero no de las que conservan los hombres)
inflame tu orgulloso valor.
Gloria al trabajador: el trabajo honra y reconforta, ¡es
santo! Pero el exceso de trabajo es maldito: embrutece y
deprime. Queremos la jornada de ocho horas, para que tras
ocho horas de descanso, haya ocho horas cada día para que
puedas vivir con los tuyos, distraerte e instruirte…
Instrúyete: los cursos y las escuelas, los periódicos y
los libros son instrumentos de libertad. Bebe en las fuentes
de la ciencia y del arte; entonces te convertirás en lo
suficientemente poderoso para realizar la justicia. Haz
inventario de tus ideas y religiones; las encontrarás
múltiples y contradictorias y serás tolerante hacia toda
convicción sincera.
Tus hermanos son, no solamente los hombres de tu
país, sino los de todo el universo. Pronto se desvanecerán
las fronteras; pronto vendrá el fin de las guerras y los
ejércitos. Cada vez que practiques las virtudes socialistas de
solidaridad y de amor, adelantarás ese futuro venidero, y,
en la paz y la alegría, surgirá el mundo en el que, siendo
mejor comprendido el deber social para el desarrollo total
de cada uno, triunfará el Socialismo. »
Y cuando hubieron así hablado, distribuyeron miles
de folletos parecidos a este, a fin de que se conservase su
recuerdo.
402
Esta proclama está firmada por senadores y diputados
en la Cámara de los representantes de Bélgica: Edmond
Picard, Jules Destrée, Emile Vandervelde.
Pues bien, me apresuro a declarar que ese Manifiesto
es un documento soberbio. Bondad, fraternidad, amplitud
de miras, generosidad, todo se encuentra ahí.
Ese manifiesto es perfecto en lo concerniente a las
aspiraciones terrestres. Si fuese aceptado y puesto en
práctica, podría transformar la vida social, procurar una
felicidad relativa a todos los ciudadanos de nuestro humilde
planeta…
¿Pero luego? ¿Qué sería de esos ciudadanos
temporales cuyas satisfacciones finalizarían a tan corto
plazo? ¿No les quedarían las enfermedades físicas, las
enfermedades morales, las angustias que corroen el corazón
de todo hombre que conoce la fragilidad de sus alegrías, la
intermitencia y la incertidumbre de su felicidad?
Vida relativamente feliz en este mundo, sea. Pero ¿eso
es todo? ¿Esta tierra, tal como la sueñan aquellos que no
creen más que en la tierra, no es pues otra cosa más que una
prisión, más que una jaula a través de cuyos barrotes no se
percibe nada más que las tumbas de los que la muerte ha
destrozado, golpeando a derecha, golpeando a izquierda,
diezmando sin cesar a los inquilinos de nuestro triste
inmueble terrestre y amenazándolos eternamente con el
término – término siniestro que no se paga más que en las
oficinas de la Sociedad más inmutable que hay… la
compañía de Pompas fúnebres?
Conozco un medio de dar a este bello programa la
amplitud necesaria. Fusionadlo con el programa
espiritualista y podréis, tras una vida feliz en este mundo, ir
a recoger más allá la cosecha que hayáis sembrado aquí.
403
__________________
404
405
ÍNDICE DE MATERIAS
PRÓLOGO ........................................................... 7
ALGUNAS PALABRAS AL LECTOR ............ 11
CAPÍTULO PRIMERO
El problema de la vida ..................................... 17
El error humano.– Divagaciones dogmáticas.–
Mundo abominable, santo Tomás de Aquino, el «doctor
angélico». – ¿Qué es la vida ? – ¡Puag! ¡la cosa vil! –
Escuchad a Jules Soury. – Lord Byron. – Clémenceau.
– De Gastynes. – Sra. Ackermann. – C. Flammarion. –
Martirólogo de la humanidad. – Alfred de Vigny. –
Vulgaridades idelebles. – Larvas de libélulas. –
Aspiraciones inconscientes. – Las voces. – Evolución
de las ciencias. – Vamos hacia el oriente.
CAPÍTULO II
Las auroras ....................................................... 41
Hay dos. – Los Aryas. – Poemas védicos.–
Krishna. – Asia. – Los primeros iniciadores. – Egipto. –
El país de la muerte. – Los faraones. – La Esfinge. –
Visión de Hermes. – Invasiones, masacres. – Leyendas
y dogmas. – Grecia. – El país de la belleza. – La Grecia
religiosa. – Orfeo; ¡Euridice, Euridice! – Pitágoras.– Su
doctrina. – Psique. – El hombre renace. – Misterios
esotéricos. – Religiones absurdas, Misterios y
Saturnales. – Cristo. – Las Fuentes del Cristianismo. –
Nacimiento de Jesús.– Adolescencia, iniciación. –
Muerte del Hijo del hombre. – Su resurrección
espiritual. – Disputas, persecuciones. – El clero. –
Poder temporal. – Inquisición, hogueras, – La Galia, –
Los Druidas. – Su doctrina. – La doctrina esotérica.
406
CAPÍTULO III
El Plan divino.................................................... 87
Historia de Psique. – Maravillas del universo. – El
espacio, el tiempo. – El infinito nos abruma. – La
tortuga, el elefante, Atlas. – La atracción. – Fuerza y
movimiento. – Torbellinos de soles. – Inmensidad,
majestad. – Espectáculos incomparables. – El horno de
la vida. – Espíritu y materia. – Luz astral. –Rarefacción
de la materia. – Gama de las condensaciones del
Espíritu. – El éter. – Fluido universal. – Los Espíritus. –
Alma sustancial. – Los desencarnados .– Legiones de
Espíritus. – Diversidades de Espíritus. – Genios
familiares. – Reencarnación. – Reparación de las
faltas.– Persistencia del ser. – Actividad de las almas. –
Santidad del trabajo. – Libertad del alma. – Panorama
de las existencias anteriores. – Preexistencia. –
¡Inmortalidad!
CAPÍTULO IV
La Epopeya de la vida.................................... 127
El nacimiento. – Reencarnación. – El cuerpo
fluídico.– Siempre la historia de Psique. –
Recapitulación de la vida fetal. – Predisposiciones
ajenas. – Herencia. – Herencia material. – Herencia
psíquica. – ¡Valor, soldadito de la vida! – Los
prisioneros. – El baño. – Historia de la tierra. –
Aparición del hombre. – Libertad del alma. – El
problema del mal. – Escuchad a Jean Reynaud. –
Comunicaciones de los Espíritus con la tierra.
CAPÍTULO V
La muerte ........................................................ 157
Formidable problema. – Morir es renacer. –
Trastorno espírito. Pesadilla. – Densas brumas. –
407
Visiones espantosas. – Las sorpresas del tránsito. –
Rápido desprendimiento del alma preparada para la
muerte. – Diferentes nombres del « rey de los espantos
»CAPÍTULO VI
Volver a nacer................................................. 165
¡Deslumbramiento y vértigo! – Simpáticos
fantasmas. – Los guías celestes – Vuelo en el espacio.
– Visión de sueños. – Música celeste. – Humanidades
divinizadas. – Deslumbrante joyero de los cielos.
CAPÍTULO VII
Pruebas y Testimonios ................................... 173
¿Dónde están esas pruebas? – Van a ser
proporcionadas. – Resumen histórico de la cuestión.
CAPÍTULO VIII
El Espiritualismo moderno............................ 181
En América. – La familia Fox. – Señor Pata
Hundida. – Condiciones de la comunicación de los
Espíritus. – Charles Rosna. – Intolerancia religiosa. –
Escenas abominables. – Valiente intervención de
Georges Willets. – Despertar de los espíritus. –
Primeras conquistas del espiritualismo. – El juez
Edmonds. – Mapes. – Robert Hare. – Robert Dale. –
Once millones de espíritas en América.
CAPÍTULO IX
En Inglaterra................................................... 194
Los grandes testigos. – John Lubbock. – Henry
Huxley. – Henri Lewes. – Russel Wallace. – Morgan. –
Varley. – Oxon. – Sergeant Cox. – Barkas. – Georges
Sextos. – William Crookes.
408
CAPÍTULO X
En Francia....................................................... 197
Eugène Nus. – Allan Kardee. – Sesión memorable
del largo peroné. – Jobert de Lamballe. – Auguste
Vacquerie.– Victorien Sardou. – Camille Flammarion.
– Dr. Gibier. – E. Bonnemère, – Sugestivas cifras. –
Berheim; Liébault. – Ch. Richet. – Sully Prudhomme. –
G. Ballet. – Beaunis. – Coronel de Rochas. – Otras
cifras sugestivas.
CAPÍTULO XI
En Alemania.................................................... 207
La vidente de Prévorst. – Zoellner. – Weber. –
Fechner. – Ulrici.
CAPÍTULO XII
En el resto de Europa..................................... 209
Boutlerow. –Aksakof.– Ercole Chiaia – Millones
de espíritus. – El alba ha llegado. – Aquí están las
pruebas prometidas.
CAPÍTULO XIII
Los Hechos ...................................................... 211
Auguste Vacquerie en Jersey.– La Sra. de
Girardin. – Eugène Nus. – La mesa giratoria. – La mesa
parlante. – Definiciones en doce palabras. – Adsum
Deus. – Otra mesa.
CAPÍTULO XIV
Las investigaciones en Inglaterra.................. 239
Barkas. – La Sociedad dialéctica de Londres.–
Morgan. – Varley. – Wallace. – Gulden Stubbi. – Oxon.
– Zoellner. – Dr. Gibier. – Elliot Coues. – Aksakof.
409
CAPÍTULO XV
Espiritismo transcendental............................ 255
El más grande de los testigos. – William Crookes.
– Apariciones luminosas. – Manos luminosas.
CAPÍTULO XVI
Las Materializaciones..................................... 263
Katie King.
CAPÍTULO XVII
La última palabra........................................... 275
CAPÍTULO XVIII
Cosas extrañas ................................................ 281
Apolonio de Tiana. – Swedenborg. – Saint Simon
y el Regente. – J. Shepard. – Los niños prodigio. –
Maravillas del faquirismo. – Vegetación fantástica. – El
baile de las hojas. – Levitaciones de los faquieres. –
Escritura automática sobre la arena. – El médium Slade.
– Hechos de sugestión. – Guy de Maupassant; el Horla.
– Fenómenos de telepatía. – Comunicaciones de
ultratumba. – Jean Reynaud. – Jobard. – Sanson. –
Samuel Philippe. – Dr. Demeure. – Sra. Foulon. – Un
médium ruso. – La condesa Paula. – Antoine Costeau. –
Otras comunicaciones. – Fenómenos de levitación. –
Exteriorización de la sensibilidad. – Hechizos. –
Manifestaciones progresivas de la vida fluídica.
CAPÍTULO XIX
Conclusión....................................................... 361
NOTAS............................................................. 387
410
411
Este libro se acabó de traducir en Pontevedra, el 3
de septiembre de 2009.
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