Europa»?: reacciones nacionales y proyecto común

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¿A qué llamamos
«Europa»?: reacciones
nacionales y proyecto
común
José Sánchez Jiménez
Universidad Complutense de Madrid
Sumario
1. Una «Europa unida» es algo más que un «mercado».—2. De
«Comunidad» a «Unión Europea». Ciudadanía común y moneda única.—
3. Soberanía compartida y soberanías dependientes. La seguridad de la
«Casa Común».—4. Bibliografía.
RESUMEN
En medio de una paz general tras dos devastadoras guerras mundiales, y una vez superada desde los primeros cincuenta su reconstrucción económica y política, Europa occidental conoció, construyó y
pudo gozar de una prosperidad económica, nunca antes experimentada, que fue en aumento hasta los primeros setenta.
Lo cierto es que la Comunidad Europea, a pesar de su alma y su
impulso de «mercado», ha servido para superar y sobrepasar los
estrechos límites de los «Estado nacionales» gracias, en parte naturalmente, a la necesidad de espacios económicos de mayor alcance, a
los objetivos de la defensa y de la lucha contra el crimen, a las imposiciones obligadas de las redes del tráfico y los medios de comunicación, a la atención a problemas del medio ambiente.
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Las reticencias a la organización de los Estados Unidos de Europa
son, posiblemente, las que mejor acusan la diñcultad presente a la
hora de interpretar el ejercicio de la soberanía, que no parece igual,
pese a las justificaciones teóricas y a las expresiones formales, para
todos los Estados que integran o puedan integrar en el futuro la
Unión Europea. A la idea de Federación, como objetivo final, se refería Schuman en su declaración varias veces aludida.
ABSTRACT
Afier having suffered two devastating wars, West Europe built and
enjoyed an economic prosperity never experimented before.
1n spite of its market-oriented soul and driving forcé, the European
Community has helped to get over and exceed the cióse boundaries
of the idea of «national states», as a consequence of the necessity of
bigger economic spaces, defence policy considerations and the fight
against crime, together with an attention to environmental issues.
1n a speech, that is mentioned several times, Schumann refers to the
idea offederation as the ultímate target.
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La historia de la Guerra Fría en Europa fue, según comentario de Anne DEIGHTON, hace apenas cuatro años, en 1997, una
«historia de éxitos». En medio de una paz general tras dos
devastadoras guerras mundiales, y una vez superada desde los
primeros cincuenta la reconstrucción económica y política,
Europa occidental conoció, construyó y pudo gozar de una
prosperidad económica, nunca antes experimentada, que fue
en aumento hasta los primeros setenta (DEIGHTON, A., 1997).
Cambios tecnológicos, sistemas de comunicaciones, desarrollo y ampliación de las más completas formas de consumo y fe
ciega en un crecimiento económico que ligaba y confundía progresión rápida y sostenida de la actividad económica con un
desarrollo pleno, facilitaron la rápida escenificación de la nueva
doctrina económica, la keynesiana, que ligaba en sistema completo e interactuante el pleno empleo, la nacionalización de
empresas que permitían a los Estados el control de los sectoresclave de la economía, una política eficaz de redistribución de la
renta, la garantía de la seguridad social y la ampliación de la
democracia económica y de colaboración que, además de reducir conflictos, desórdenes y tentaciones revolucionarias, hacía
viable y compensatoria la colaboración en el marco de una economía mixta que llevaba a todos los ciudadanos a participar en
el bienestar que fluía del moderno «Estado social».
Parecía, pues, encontrar respuesta positiva, exitosa, la pregunta planteada por Wiston Churchill, en 1945, al enfrentarse con una
situación en principio desesperada: «¿Qué es Europa, ahora? - s e
interrogaba el líder conservador después del sorprendente fracaso electoral tras su presencia y fotografía en Potsdam- Es un
montón de ruinas, un osario, un semillero de pestes y odios».
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Bien es verdad que, muy pronto, la realidad ayudaría a predecir que la única solución partía de «lograr una fraternidad real en
Europa, superando todas las fronteras nacionales, clasistas o partidarias». En su discurso, como presidente de honor, en el Congreso de Europa, que tuvo lugar en La Haya, en mayo de 1948, Churchill pudo declarar, una vez arrumbadas las amenazas totalitarias,
una de las más sentidas y sinceras críticas a un pasado que devino ruinoso y sangriento precisamente porque se había olvidado la
Historia y se habían empequeñecido los países en medio de unos
intereses alicortos y por su propia naturaleza conflictivos pese a su
justificación patriótica, fronteriza y nacionalista:
«Sólo nos salvaremos de los peligros que nos acechan si
somos capaces de olvidar los odios del pasado, dejar morir viejos rencores y revanchas, borrar progresivamente fronteras y
barreras que agravan y enconan nuestras decisiones, y alegrarnos juntos con ese glorioso tesoro de la literatura, novela, ética,
pensamiento y tolerancia que nos pertenecen a todos. Esa es la
vieja herencia de Europa, la expresión de su genio y su honor,
que casi hemos eliminado con nuestras querellas, nuestras
locuras, nuestras terribles guerras, así como los actos horribles
y crueles, consecuencia de la guerra y la tiranía» (cit. por PRESTON, P., en BARÓN, E., 1997, pág.
11).
La «desaparición de Europa» era, no obstante, un hecho. Los
aliados habían dividido a Alemania, y a su capital, Berlín, tras la
Conferencia de Yalta en febrero de 1945, en zonas de ocupación
militar, y el sistema de control de las cuatro potencias vencedoras resultaba impracticable para unos gobiernos y unos objetivos imposibles de conciliar. Occidente, y con más ahínco, control y eficacia los Estados Unidos de América de Norte, prodigaron entonces sus medios económicos y lograron establecer
un sistema político que, al tiempo que hacía inviable el triunfo
del comunismo en Europa occidental, venía de hecho a recono-
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cer tanto la desaparición de Europa Central bajo el control estalinista como la posibilidad de una Europa Unida, integrada económica e ideológicamente. «Europa era una región políticamente dividida en un escenario global, con sólo unos pocos Estados
técnicamente, ya que no emocionalmente, neutrales (Suecia,
Finlandia, Suiza y Austria), o fuera del sistema bipolar (España)»
(DEIGHTON, A., 1999).
En toda Europa Occidental, y en contraste con la Europa del
Centro, a la hora de la reconstrucción y del inmediato futuro se
aceptaron de forma general los principios keynesianos más arriba indicados, y en todos los países prácticamente, con diferencia
de tiempos, de instrumentos y de métodos, se fueron afirmando
unas economías para las que la «europeización» pasaba básicamente por el proyecto y búsqueda de unas instituciones económicas de integración, capaces y dispuestas a eludir «legados» tan
sangrientamente manifiestos tras dos guerras, como el de
Nación-Estado, en favor de un «equilibrio de poder», también
superador de las igualmente mantenidas alianzas militares.
Tampoco conviene olvidar, porque sería uno de los más
graves errores incluso su descuido o subvaloración, que el proceso de integración coincidía en el tiempo con el de descolonización. Pasar de ser potencia colonial a potencia regional fue
«un cambio muy profundo, casi sísmico, en la situación internacional de Europa» (DEIGHTON, A., 1999, pág 312). Cuando disminuyeron los mercados coloniales británicos, franceses, italianos,
holandeses y belgas, el «núcleo colonial» europeo necesitó fundar, crear o potenciar «una nueva base de poder tanto económica como estratégica».
Así se hizo entonces precisa, necesaria, prácticamente inexcusable una Comunidad Europea, que ya pudo contar como
precedente con la constitución, en 1951, y por el Tratado de
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París, de la Comunidad Europea del Carbón y el Acero (CECA);
una integración de las industrias del carbón y del acero - l a s
industrias de la guerra-, con el propósito político de hacer
inviable un nuevo conflicto armado entre Alemania y sus países
limítrofes. La había indicado así el ministro francés de Asuntos
Exteriores, Robert Schuman, en su célebre y conocida declara­
ción de 9 de mayo de 1950:
«Europa no se hará de golpe ni en una construcción de con­
junto; se hará mediante realizaciones concretas, creando pri­
mero una solidaridad de hecho. La reunión de las naciones
europeas exige que la oposición secular de Francia y Alemania
sea eliminada. La acción emprendida debe tocar en primer tér­
mino a Francia y Alemania.»
No se olvide, pues, que, una vez colocado el conjunto de la
producción franco-alemana del carbón y del acero bajo una Alta
Autoridad común con poderes soberanos, al par que abierta a
otros países europeos, se aceptaba en la práctica la eliminación
total de la vieja rivalidad entre alemanes y franceses; pero igual­
mente conviene recordar que la nueva Alemania, la República
Federal, creada en 1949, e incluida en el bloque occidental, parti­
cipaba de esta forma en una construcción nueva, cuya principal
realización en pro de una «solidaridad de hecho» era el paso de
una simple cooperación interestatal a una genuina integración.
D
UNA «EUROPA UNIDA» ES ALGO MAS QUE UN
«MERCADO»
La CECA, establecida por el Tratado de París de 1951, era una
institución, con vocación supranacional e independiente, en
favor de la modernización en la producción del carbón y del
acero, favorecedora de su exportación, y válida para la creación
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de una Federación europea a través de unas bases comunes
para el desarrollo económico. Cuando el conflicto coreano desencadenado en 1950 acreció el miedo a una posible agresión
comunista, reabrió el debate sobre el rearme, sobre todo el de
la República Federal, que contaba ahora, recién nacida la OTAN,
con el placet norteamericano; y esta construcción económica
europea pudo experimentar y facilitar, en medio de graves reticencias y gracias a la iniciativa del ministro de Defensa francés,
Rene Pleven, la conveniencia o la necesidad de una unión política y militar, que podía partir de la conformación de un ejército europeo, compuesto de unidades procedentes de los países
miembros, bajo la Autoridad de un ministro de Defensa y un
Estado Mayor europeo, y a disposición del mando de la OTAN.
Se reforzaban así, al tiempo que trataban de integrarse, la preocupación militar y la programación económica.
A pesar de su constitución, en mayo de 1952, en París, la
Comunidad Europea de Defensa (CED), que abría posibilidades
a un proyecto de unión política, ni el proyecto militar ni la sugerencia política fueron realidad. La oposición francesa tanto a un
posible germen de ejército alemán como a la posible sumisión
de la CED a la OTAN, acabó arruinando de esta manera la posible construcción política de una Europa federal.
La Comunidad Económica Europea (CEE) quedaba establecida
por el Tratado de Roma, de 25 de marzo de 1957, firmado tras
un año de negociaciones por Francia, Alemania Federal, Italia,
Bélgica, Holanda y Luxemburgo. A la vez y como vía de empuje
de la investigación y el desarrollo tecnológico capaces de garantizar la autonomía y suministro suficientes en materia atómica.
Prometía la Comunidad Europea libertad de movimientos de
bienes, capitales, servicios y personas entre todos los Estados
miembros, junto con el propósito de administrar en el futuro las
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actividades económicas de sus Estados miembros, con desarrollo armónico, y mediante una expansión equilibrada y continua
con vistas a la elevación del nivel de vida de todos los ciudadanos de la misma, a través de un creciente estrechamiento de
relaciones. Eliminaba aranceles y todo tipo de prácticas restrictivas entre sus miembros; adoptaba un arancel exterior común
con otros países y, desde primera hora, protegía a la agricultura mediante una política agraria también común (PAC).
Desde su supranacionalidad, manifestada en un Ejecutivo,
no elegido, la Comisión, representante máximo de la CEE, desde
el inicio conocida como Mercado Común, elaboraba la política
a seguir, formulaba recomendaciones y disponía del poder
decisorio que los Estados miembros le reconocían, respecto a
reglamentos, directivas, dictámenes, etc.; en tanto que el Consejo de Ministros, igualmente órgano ejecutivo de la misma, formado con representantes de cada gobierno nacional, adoptaba
por unanimidad las oportunas decisiones políticas, en la espera
de que, pasados los primeros ocho años de rodaje, pudieran ser
tomados por mayoría cualificada.
La Comunidad se convertía de esta manera en fundamento
de la integración económica de Europa occidental, y fue «el foco
del desarrollo económico europeo». A pesar de los frenos, reticencias y alternativas que Gran Bretaña, más partidaria del libre
cambio que de la integración, planteó desde el principio, liderando la creación de la Asociación Europea de Libre Cambio (AELC),
Europa proseguía su organización, cohonestando una Comunidad Europea, integradora, de naturaleza económica y de esperanza de un futuro también político, y una división estrictamente
comercial que llegaba respaldada por Gran Bretaña.
En 1973 - s ó l o se indica como recuerdo- se adherían Gran
Bretaña, Dinamarca e Irlanda; en 1981 se incorporaba Grecia; en
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1986, España y Portugal; en 1990, tras la reunificación, quedaba
absorbida la Alemania Oriental, y en 1995, ya en la Unión Europea, se integraron Suecia, Finlandia y Austria.
La Comunidad Económica Europea de alguna manera
había sido, pese a su carácter básicamente económico y
comercial, «símbolo de democracia» para países como España,
Portugal o Grecia cuando se hallaban bajo regímenes autoritarios; y tras la caída del «muro» en 1989 la Unión Europea
atraía los intereses y deseos de los países de Europa central
que ansiaban «regresar a Europa» una vez deshecho el sistema político que los ataba. Convertidos en democracias valoraban más positivamente las ventajas económicas y políticas de
pertenecer a la Unión, que las transformaciones en sus soberanías y ensayos antonómicos.
En 1987, con el Tratado del Mercado Único y la entrada en
vigor del Acta Única Europea, se revisa el Tratado de Roma, con
objeto de lograr que Europa, a fines de 1992, y conforme al
deseo manifestado en 1957 en la capital italiana, fuera realmente un «mercado único». Los éxitos, sobre todo económicos,
acompañaron a la Comunidad desde sus inicios, pese a la competencia mantenida por la AELC. La supresión de las barreras
aduaneras había facilitado y agilizado los intercambios en el
interior de un espacio a partir del 1 de enero de 1959, en que
comienza a ejecutarse la primera fase del Mercado Común, al
tiempo que se reforzaba naturalmente la «solidaridad» sugerida
por R. Schumann.
Una «Europa de comerciantes», con su política común de
intercambios, dejaba abierta la puerta a una discusión nueva,
al debate entre dos lógicas, quizá ambiguas en exceso, la
supranacional y la intergubernamental, que acabarían luego, a
lo largo de los años sesenta, dilucidando divergencias entre
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una «Europa europea» y una «Europa americana», y que estuvo en la base de la enconada negativa francesa al ingreso de
Gran Bretaña en la Comunidad (GAILLARD y ROWLEY, 1998, pág.
368).
Lo cierto es que la Comunidad Europea, a pesar de su alma
y su impulso de «mercado», ha servido para superar y sobrepasar los estrechos límites de los «Estado nacionales» gracias, en
parte, naturalmente, a la necesidad de espacios económicos de
mayor alcance, a los objetivos de la defensa y de la lucha contra el crimen, a las imposiciones obligadas de las redes del tráfico y los medios de comunicación, a la atención a problemas
del medio ambiente. «El Estado nacional que en -expresión de
S C H U L Z E - fue inevitable en el siglo pasado como habitat de la
sociedad industrial y el mecanismo regulador de sus conflictos,
ya no puede hoy satisfacer en solitario las necesidades de la
gente» (SCHULZE, H., 1994, pág. 268).
Europa, indicará R. Schuman, necesita más que nunca, y por
cualesquiera caminos y métodos, responder a los «anticuados
nacionalismos» y construir sobre ellos los nuevos cauces y sistemas para el intercambio de ideas, personas y bienes:
«Nuestras fronteras europeas deben limitar cada vez menos
el intercambio de ideas, personas y bienes. Por encima de los
anticuados nacionalismos debe alzarse en el futuro el sentimiento de solidaridad de las naciones. Un mérito del nacionalismo fue dar a los Estados una tradición y una sólida estructura interna. Sobre este viejo edificio debe construirse un nuevo
piso. Lo supraestatal debe reposar sobre una base nacional. De
este modo no se negará el glorioso pasado, pero las energías
nacionales de nuevo se desplegarán mediante su utilización
común al servicio de la comunidad supraestatal» (Cit. en SCHULZE, H., 1994, pág. 269).
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DE «COMUNIDAD» A «UNIÓN EUROPEA». CIUDADANÍA
COMÚN Y MONEDA ÚNICA
E. BARÓN califica la estructura de la Comunidad de «laberinto comunitario», en el que la Alta Autoridad, concretada en la
Comisión, gozaba del «monopolio de iniciativa legislativa» y de
la capacidad de aplicar y ejecutar lo decidido. El Consejo, formado por los representantes de los Estados miembros, y la Asamblea, compuesta por parlamentarios elegidos en los respectivos
Parlamentos nacionales, ejercían respectivamente las funciones
legislativa e informativa y consultiva. El Tribunal de Justicia velaba por el respeto y la interpretación de la legislación comunitaria (BARÓN, E., 1999, págs. 74 y ss).
Luego se fueron añadiendo o incorporando el Comité Económico y Social, en representación de los grupos de interés
socioeconómicos (patronos, asalariados y autónomos); el Tribunal de Cuentas, encargado de examinar la gestión del presupuesto; el Banco Europeo de Inversiones, atento a la financiación del desarrollo equilibrado de la Comunidad, y, por último,
en 1998, el Banco Central Europeo, el actualmente más conocido y decisorio, en cuanto organismo independiente para la gestión del euro y la política monetaria.
El Consejo Europeo fue pensado como el «lugar de reflexión»
de los Jefes de Estado y de Gobierno, en tanto que la Comisión,
la institución comunitaria por excelencia, dispone del monopolio
de iniciativa, aplicación y control y de representación de la personalidad jurídica de la Comunidad. Propone proyectos legislativos
al Consejo; gestiona las políticas comunes y sus presupuestos;
negocia, por mandato del Consejo, acuerdos con otros países;
representa a la Comunidad en las organizaciones internacionales,
y vela por la aplicación de reglas, principios y decisiones.
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La Asamblea, inicialmente órgano consultivo, a partir de
1962 se autodenomina ya Parlamento Europeo, elegido por
sufragio universal, y su aparente vacío - o al menos situación
difusa- de poder y de funciones ha acabado infravalorando sus
interesantes resoluciones sobre la situación política y de dere­
chos humanos. Goza de poderes presupuestarios, legislativos
en materias de mercado interior, dictamen conforme en la
adhesión de nuevos miembros y en algunos tratados comercia­
les y control del Consejo y de la Comisión. Pero su «batalla prin­
cipal» ha sido, sobre todo, y así lo prueba E. BARÓN, «de manera
pasional», pero no por ello menos objetiva, «asentar el juego
comunitario sobre bases democráticas», conseguir un espacio
propio en la política presupuestaria, dinamizar a una Comuni­
dad presa del «europesimismo», lograr su nombramiento por
sufragio universal y potenciar en enriquecimiento mutuo en un
Parlamento en el que trabajan y conviven «hombres y mujeres
de los cuatro rincones de la Comunidad».
El Acta Única, resultado de la negociación entre Gobiernos,
fue umbral, puerta de entrada para la Unión Política de los
mediados noventa, que vino precedida de Cumbres, Conferen­
cias preparatorias que hicieron viable, si no fácil, el diálogo en­
tre parlamentarios y, posteriormente, entre Parlamentos nacio­
nales, capaces de definir las «grandes líneas de avance» en la
Unión Europea. Las Conferencias intergubernarmentales aca­
baron allanando y disponiendo el terreno, y en Maastricht, el
día 7 de febrero de 1992, los gobernantes de los países comu­
nitarios decidían, finalmente, transformar la Comunidad en la
Unión Europea: una Unión, compuesta por la Unión Política
basada en la «ciudadanía común», y una Unión Económica y
Monetaria, eficientemente simbolizada en la moneda única. El
Parlamento Europeo votaba favorablemente en el mes de abril
la aprobación del Tratado, al tiempo que recomendaba su rati-
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ficación por parte de los Parlamentos nacionales, que lo consiguen para el 1 de enero de 1993.
El Tratado se compone de «tres pilares», referidos, respectivamente, a la Unión Económica y Monetaria (TUE), a la Política Exterior y de Seguridad Común (PESC) y a temas de Justicia e Interior.
La introducción al Título I del mismo proclama de forma solemne la identidad y la esperanza que animan a la Unión («Las altas
partes contratantes constituyen entre sí la Unión Europea»); y a
continuación constatan un proceso y explicitan una esperanza
(«el presente Tratado constituye una nueva etapa en el proceso
creador de una unión cada vez más estrecha entre los pueblos
de Europa, en la cual las decisiones serán tomadas de la forma
más próxima posible a los ciudadanos»).
Cuando se ofertan, al tiempo que se declaran, los objetivos o
fines de la Unión, se observa tanto la necesidad como el compromiso de ir más lejos, hacia una solución federal, que los Estados
miembros, especialmente Gran Bretaña, todavía no parecen dispuestos de forma unánime a aceptar y practicar. Afirman, eso sí,
como objetivos de la Unión los siguientes: promover el progreso
económico y social equilibrado y sostenido; la creación de un
espacio sin fronteras interiores; el fortalecimiento de la cohesión
económica y social; el establecimiento de una unión económica y
monetaria y, en su momento, una moneda única; la afirmación de
una identidad común a través de una política exterior y de seguridad colectiva que pueda abocar a una «defensa común»; la
creación de una ciudadanía de la Unión protectora de los derechos e intereses de «los nacionales de sus Estados miembros»; la
cooperación estrecha en el ámbito de la Justicia y de los asuntos
de Interior; el compromiso de mantener íntegro y de desarrollar el
«acervo comunitario». En síntesis, la configuración nueva de la
Comunidad como una Unión basada en la ciudadanía.
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Esta ciudadanía, «complementaria y no sustitutiva» de la de
cada Estado, confiere a los que la disfrutan y ejercen nuevos
derechos y deberes: sufragio activo y pasivo a las elecciones
europeas y municipales; capacidad de circulación y de establecimiento en todo el territorio de la Unión; protección diplomática en otros países desde los Consulados y Embajadas de los
Estados de la Unión; participación, conforme al principio de
«doble legitimidad democrática» en los asuntos comunitarios, ya
sea eligiendo su propio Parlamento del que ha de salir un
gobierno, presente en el Consejo de Ministros comunitario, o
bien ejerciendo el derecho de voto a las elecciones del Parlamento Europeo, que tiene que seguir luchando por lograr «un
sistema realmente democrático, responsable y equilibrado».
El segundo «gran propósito» del Tratado, ligado a la promoción de un progreso económico y social equilibrado y sostenible, a partir de la creación de un espacio sin fronteras interiores
y del fortalecimiento de la cohesión económica y social, pasaría
por el establecimiento de la unión económica y monetaria y la
implantación de una «moneda», primero nominada «ecu» y más
adelante identificada como euro.
Hoy, a menos de un año para que la moneda sea una realidad completa en los países de la Unión, que había justificado
su creación e imposición como «necesidad ineludible» para
poder competir con el yen y con el dólar, el euro sigue experimentando flotaciones que se han convertido en habituales, se
ha venido depreciando respecto a estas monedas por encima
del 20 por ciento, y no parece encontrar por parte de los analistas más conspicuos una explicación aceptable a esta depreciación, mientras que Norteamérica continúa viviendo en déficit
frente al superávit que ofrece Europa. Lo lógico hubiera sido,
por lo tanto, la depreciación del dólar, y no al revés. ¿Acaso no
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tendrá su explicación en el ir y venir de una moneda sin Estado
real que la venga a respaldar?
La razón que se exprime, sin embargo, es una razón futura:
cuando los europeos la lleven en sus carteras, en sus monederos,
en sus intercambios de todo tipo, comenzarán a ser conscientes
de su pertenencia a un espacio común; tomarán conciencia de ser
«ciudadanos» de Europa. La moneda, que solía ser manifestación
de una pertenencia, queda así ratificada como vehículo y símbolo para despertarla o afirmarla (MONTES, P, 2000) (1).
DEPENDIENTES. LA SEGURIDAD DE LA «CASA COMÚN»
Las reticencias a la organización de los Estados Unidos de
Europa son, posiblemente, las que mejor acusan la dificultad
presente a la hora de interpretar el ejercicio de la soberanía, que
no parece igual, pese a las justificaciones teóricas y a las expresiones formales, para todos los Estados que integran o puedan
integrar en el futuro la Unión Europea. A la idea de federación,
como objetivo final, se refería Schuman en su declaración varias
veces aludida; y la misma, incluso matizada en exceso al presentarla como apuesta o tendencia, se refería el borrador del
Tratado, al indicar que la Unión contenía una «vocación federal».
Por supuesto, que no quiere decir lo mismo la expresión sustitutoria, «unión cada vez más estrecha».
Este es, pues, el «debate constitucional pendiente», y en tanto
no deje de serlo para hacer real una «soberanía compartida» y
(1) Enrique BARÓN refiere estas reticencias y sale al paso de las mismas, deseando, más que ratificando,
conforme al planteamiento de MODIGLIANI, «un euro clarividente que asegure su prestigio mostrándose capaz
de resolver el problema del paro en provecho de los ciudadanos y de la marcha de la economía mundial»
(0b. cit., pág. 162).
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una apertura a otros Estados europeos, en puertas de adhesión
ya o con la esperanza de algún día poderlo estar, las manifestaciones de dependencia, cualquiera que sean las justificaciones
que se aporten. E. BARÓN acierta cuando define el federalismo,
siguiendo a ELEAZAR, como un «proceso», al que en estos
momentos colabora positivamente la moneda única, la política
exterior y de seguridad común y el todavía imperfecto sistema
de financiación. Por ello concluye su argumento confirmando
que «la unión cada día más estrecha no puede mantenerse eternamente como un noviazgo platónico, o un encuentro ocasional, tiene que dar paso a un destino compartido. El más equilibrado y democrático en la historia es el federal» (2).
La «Casa Común Europea» no es, por el momento, ni estable ni del todo segura, y mucho menos completa. La mayoría de
las naciones europeas, surgidas del desmantelamiento de la
URSS y del comunismo del Este a principios de los años noventa, expresó desde el primer momento su deseo de incorporarse
a la Comunidad Europea y a la OTAN, recordando así que fueron estas dos instituciones las que permitieron a Europa occidental consolidar sus logros económicos y su seguridad militar.
Ninguna de las dos instituciones respondieron precipitadamente, más bien al contrario, a estas peticiones, pese a que la Unión
Europea considere razonable que toda nación dispuesta a combinar y a mantener la combinación de democracia política con
la economía de mercado tiene vocación integradora.
La situación económica y financiera de la Europa de los
Doce imposibilitaba la ampliación demandada en los primeros
(2) BARÓN, E. ob. cit., pág. 132. El asunto lleva, precisamente por la falta de compromiso federal, y por
la negativa a cesión soberana más allá de lo que resulte positivo a corto plazo, a jugar con el principio de
subsidiaridad, y a darle de hecho el papel de principio suplente, dada la negativa, el recorte de una solución federal completa. Un proceso constituyente eternamente abierto no llevará a ningún sitio, a no ser que
se opte por el mismo al tiempo que se mantienen verdades formales junto a realidades vinculantes.
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noventa, y tanto la necesaria reforma de las instituciones de la
Unión previa a la ampliación demandada como la obligada
normativa, aseguradora ante cualquier riesgo, debía combinarse con la ayuda igualmente previa a la consolidación de las nuevas democracias, a la ordenación de sus economías y a la progresiva entrada en un mundo globalizado y globalizador.
Los interrogantes, lo mismo que los propósitos, perviven en
una Unión Europea, que debe encontrar estabilidad, fomentar la
ampliación, asegurar la vinculación entre supuestos políticos e
instrumentos económicos y, sobre todo, precisamente porque
debe ser el clima y el espíritu básicos de su desarrollo, la mejor
relación entre ética y política, entre controles y equilibrios.
El decálogo con que E. BARÓN concluye su ensayo parte de
una convicción que, además, a lo largo del mismo ha tratado de
justificar tras los oportunos y lógicos razonamientos: defender
una Europa Federal como la solución más equilibrada y democrática, contribuir a explicar el contenido de nuestro compromiso
y señalar algunos de los principales desafíos con que nos enfrentamos (pág. 231). Se refiere así a la consolidación de la Unión
Europea como una «Federación entre Estados»; al fortalecimiento de la «doble legitimidad democrática»; a la confirmación de la
misma como «una comunidad de derecho»; al reforzamiento y
democratización de las instituciones comunitarias; a la acción
común, sin detrimento de la identidad nacional de cada Estado;
a la promoción de un progreso equilibrado y sostenible, a la
implantación de la moneda única, expresión de la Unión Monetaria y síntoma de una «comunidad solidaria e irrevocable»; a la
primacía del interés europeo «como núcleo central del gobierno
económico; al derecho a avanzar sin menoscabo de la unidad
institucional, y al esfuerzo conjunto que haga viable, junto a la
estabilidad monetaria, la «voluntad y perseverancia políticas».
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| Documentación Social 123 (2001)
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