Narcisa - Milenio

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Narcisa
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Narcisa
Nuestra Señora de las Cenizas
Jonathan Shaw
Traducción de Rubén Martín Giráldez
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Todos los derechos reservados.
Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida,
transmitida o almacenada de manera alguna sin el permiso previo del editor.
Título original
Narcisa: Our Lady of Ashes
Copyright: © 2015 by Jonathan Shaw
All rights reserved
Primera edición: 2016
Traducción
© Rubén Martín Giráldez
Imagen de portada
© David Alan Harvey/Magnum Photos/Contacto
Copyright © Editorial Sexto Piso, S. A. de C. V., 2016
París 35–A
Colonia del Carmen, Coyoacán
04100, México D. F., México
Sexto Piso España, S. L.
C/ Los Madrazo, 24, semisótano izquierda
28014, Madrid, España.
www.sextopiso.com
Diseño
Estudio Joaquín Gallego
Impresión
Kadmos
Formación
Grafime
ISBN: 978-84-16358-18-2
Depósito legal: M-14326-2016
Impreso en España
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Para Doris, Talita, Alessandra y Julia
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«Porque la única gente que me interesa es la que está loca,
la gente que está loca por vivir, loca por hablar, loca por salvarse, con ganas de todo al mismo tiempo; la gente que nunca
bosteza ni habla de lugares comunes, sino que arde, arde, arde
como fabulosos cohetes amarillos que explotan como arañas
entre las estrellas y, entonces, se ve estallar una luz azul en el
centro y todo el mundo suelta un “¡Ahhh!”».
Jack Kerouac
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NOTA DEL TRADUCTOR
Hay en Narcisa mucho de fe en la inercia de la violencia y
mucho de esa «depredación silenciosa» a la que se refería
Quignard, donde el hallazgo de la palabra exacta equivalía a
una eyaculación repentina; pero lo que no hay son elecciones
lingüísticas arbitrarias. Por mi parte, he intentado conservar
hasta donde me ha sido posible las peculiaridades tipográficas, de puntuación, las interferencias del portugués, el par­
ticular registro oral de los personajes y una prosodia acorde
al original (si escuchamos a Jonathan Shaw leer en voz alta
fragmentos de su novela veremos que tampoco este punto es
anecdótico).
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ÍNDICE
PREFACIO
Prólogo
Hijo pródigo
Primera luz del día
Piezas desparramadas
Sombras del pasado
Princesa de los mares
La dakini
Arqueología futurista
Gracia salvaje
Todo sobre Narcisa
Putero rabicorto
Voluntad de poder
Insensibilización
Hiedra venenosa
Bailando conmigo mismo
Llamada de emergencia
Diálogo de insectos
Nacido para fracasar
Todo lo que reluce
Truco de magia
Capitán salvaputas
Reencuentro fatídico
La Ciudad del Crack
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El final
Caída
En la herida
Jingle days
La miserable máquina de odio verde
El sueño americano
Las chicas sólo quieren divertirse
Flotando con el humo
Mascotas
El gatito
Cat woman
Luna de miel televisiva
Love House
Carnaval oscuro
La tienda de coños
Zona de guerra
El pan nuestro de cada día
Fase maníaca
El fantasma
Narcisismo extremo
El Día del Colapso
Marineros naufragados
Apocalíptica espita
Educación superior
Impredecible
Confrontación
La trampa del amor
Sympathy for the Devil
Vasos rotos
El fin justifica los medios
Extrañas leyes físicas
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En el gueto
Santa Armonía Armada
El pueblo de los malditos
Sin olfato
Contaminado
¡Que le corten la cabeza!
Trueno retumbante
Otros seres
La Puta de Babilonia
Asfaltando la carretera al infierno
Pelea de gallinas
La Casa Verde
La guitarra
Los Seres de Sombra
Las campanas del infierno
Cupido se pilla una pistola
Muerte desde las alturas
Una excursión al campo
El gran día
En la carretera
Raíces enredadas
En el campo
Lágrimas de un payaso
La fiesta
Reina de la Noche
Lobotomía
Compañeros en la bajeza
Talismán
Ayuda del Más Allá
Madre de los Espíritus
Vampiros
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Trampa 22
La gota que colma el vaso
Palomas, zapatos, amor, dolor, mierda
Última parada
En las garras del invierno
Escenas de crímenes
En el vacío
Escarbar
Cicatrices de guerra
Jaque mate
Abrir la herida
Hermana Morfina
Cabalgando de nuevo
La improbable muerte de la mala hierba
La que surca el cielo
El día más largo
Nuestra Señora de las Cenizas
La narcisista caja de Pandora
El Beso del Diablo
La hora de la verdad
Truenos y relámpagos
Ruido y furia
La zarigüeya
Hacia las estrellas
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AGRADECIMIENTOS
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PREFACIO
No puedes salvar a alguien de sí mismo. Si intentas ir de salvador lo vas a perder todo. No vas a curar al herido. No vas
a reparar el daño ya causado por unos padres egoístas, un
examante violento, un acosador infantil, un tirano, la pobreza,
la depresión o un simple desequilibrio químico.
No tienes manera de deshacer las heridas psíquicas, de
vendar las viejas cicatrices ni de arreglar con besos antiguas
magulladuras. No puedes hacer que el dolor desaparezca. No
puedes acallar las voces que gritan en las cabezas de otros.
No puedes hacer que nadie se sienta especial. Nunca se sentirá lo suficientemente hermoso, por más hermoso o hermosa
que te parezca. Nunca se sentirá tan amado como querría, por
más que lo adores.
Nunca serás capaz de evitar que los maltratados respondan con violencia a un mundo que han terminado odiando.
Siempre encontrarán la manera de seguir por donde los dejaron sus agresores. Se convertirán en agresores a su vez. Te
convertirán a ti en su enemigo. Siempre encontrarán un método para castigarse y castigarte a ti de paso.
Por mucho que te convenzas de que has hecho absolu­
tamente todo lo que estaba en tu mano para demostrar tu
dedicación eterna, tu firme compromiso y tu apoyo incondicional, nunca serás capaz de salvar de sí mismo a un cabrón
deprimido.
Los heridos siempre encontrarán una manera de extender su dolor por un terreno más amplio, como un tsunami
emocional que devasta el paisaje que lo rodea; un cortafuegos
en continua expansión que lo socarra todo a su paso. Cuanto
más tiempo ames a una persona herida, más daño sufrirás.
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Se burlarán de tu generosidad, abusarán de tu bondad,
esperarán que los disculpes, pondrán a prueba tu paciencia,
absorberán tu energía y terminarán asesinando tu alma. No
estarán contentos hasta que tú seas tan desgraciado como
ellos. Entonces su increíble autodesprecio quedará justificado por medio de la perpetuación de un ciclo que tiene difícil
remedio.
Una vez los acompañes en su caída libre, será virtualmente imposible darles la espalda. Te atormentará el sentimiento de culpabilidad, frustrado por tu propia impotencia, y te
enfurecerá haberte tragado sus mierdas, para empezar. Evidentemente, cuanto más herido, más carismático y brillante.
Cuanto más sexualmente embriagador, más peligroso para tu
salud mental.
El amor es un campo de batalla, un campo de minas, un
matadero, un campo de refugiados, un prostíbulo, un manicomio, una cárcel; un purgatorio de repetición agresiva que se
propaga en el infinito; un macabro espejo de casa de la risa
que imita los Nueve Círculos del Infierno de Dante. Un lugar
donde las almas solitarias de los condenados a perpetuidad
bailan dirigidas por un truculento derviche, empapadas en
la desesperación de quienes están decididos a lanzarse al pozo
del volcán abrasador en busca de un bautismo de fuego, en
busca del paraíso, del nirvana, del cielo, de la vuelta al Jardín
del que han sido y serán siempre expulsados.
Narcisa: Nuestra Señora de las Cenizas, de Jonathan Shaw,
es un conmovedor volumen de lujuria enfermiza que rezuma
una poesía torturada de sudor y esperma sanguinolentos; una
canción de amor grotescamente hermosa impregnada en el
terror crepuscular perpetuo de un insoportable vínculo traumático. Una odisea en la que las Furias gemelas de la Adicción
y la Codependencia te abofetean la cara con una enorme polla cuya hambre insaciable intenta engullir una y otra vez. Y,
a cambio, nutre a la víctima, vuelta victimario, de un furioso
amor, un abrumador imán de magia sexual de las fuerzas más
oscuras de nuestra propia esencia primordial.
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Narcisa es lectura obligatoria para todo aquel que se haya
visto machacado, vejado o escarnecido hasta lo más profundo en una de estas posesiones; todo aquel a quien el amor y la
lujuria hayan atacado por la espalda, y a quien la pasión haya
encadenado a un yonqui vampírico y sarnoso alimentado de
cochambre cuya devastadora belleza y puro magnetismo animal le confiriesen un aspecto de Ángel Oscuro y Místico Legendario: una respiración de fuego purificadora, un demonio
que se alimenta de carne, cuya hostilidad e ira contra el mundo y todo lo que lo habita, por una retorcida manía de nuestra psique, se convierten en la tortuosa senda por la que nos
afanamos en espiral, de buen grado, en busca de nuestra propia redención, con la desesperada intención de salvar nuestra
imagen reflejada en el pozo insondable de la eterna negación
del amor.
Lydia Lunch
Barcelona, 2010
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PRÓLOGO
«Hija de Babilonia, que ha de ser destruida: bienaventurado aquel que pueda pagarte tus desmanes
con la misma moneda».
Salmos 137, 8
En el mito tibetano, la dakini encarna el espíritu de la cólera y
la furia femeninas.
A lo largo de los siglos se la ha descrito de muchas maneras y se la ha conocido por diversos nombres, como por
ejemplo «La que cruza el cielo», o «La que se desplaza
por los aires». A veces se la llama simplemente «Bailarina
del Cielo». El arquetipo es el de una diablesa colérica y salvaje que baila por el firmamento en un furioso frenesí, entregada a la destrucción, el caos y el cataclismo violento. Sin
otro atuendo que un collar de calaveras humanas, sostiene en
una mano una daga; en la otra, un cráneo lleno de sangre del
que bebe.
La dakini suele representarse bailando sobre el cadáver
de un hombre.
Alcanzar el crecimiento espiritual requiere una determinación, energía y sufrimiento tremendos. La violenta
imaginería de la dakini parece personificar el fervor que la
tarea de vencer a nuestros demonios interiores exige. La dakini se centra en nuestra aniquilación únicamente en lo que
respecta a nuestros más bajos instintos, nunca en la destrucción indiscriminada porque sí. Si en la iconografía cristiana
san Jorge mata al dragón, la dakini corta las cabezas de las
entidades que representan las maldiciones personales de
cada cual.
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Entrada de diario:
Río de Janeiro, 13 de abril de 2010.
Hace más de sesenta días que no llueve. Cielos estériles, mudos,
sin una sola nube; fríos y yermos como paisajes lunares soñados.
Dos meses llevo padeciendo esta humillación cósmica, y aquí
estoy otra vez, instalado en tristes orillas de noche sin luna, rascándome viejas marcas de picaduras de mosquito en los pies cansados
y abatidos mientras me fumo un cigarrillo y saboreo el amargo ardor químico en la lengua después de haber besado a Narcisa.
Narcisa, mi amada herida; sus rosados labios infantiloides
dan chupadas a la pipa de crack todo el día y toda la puñetera noche.
Anda embarcada en una nueva expedición. Con el de hoy
van cuatro días; sentada en el desván de esa vieja casa abandonada en Lapa, fumando crack a oscuras, rodeada de fantasmas,
arañas, ratas, murciélagos y cosas que se mueven a tal velocidad
en las sombras de su visión trastornada y pesadillesca que no tienen nombre ni definición (ni siquiera en su propio vocabulario surrealista y sobrenatural).
Anoche se coló aquí eructando y tirándose pedos como un camionero.
Se quitó la ropa y apoyó ese culo perfecto de adolescente que
tiene en mi viejo sofá de cuero raído, gruñendo como un rottweiler
furioso.
–¡Venga, Cigano, vamos follar! ¡Venga, mermão, vamos, vamos!
Yo ya estaba empalmado y me abría paso a conciencia en esa
oscuridad suya inefable y especial, el único lugar en el que de verdad he querido estar en toda mi vida; le agarraba con ambas manos aquel culo duro, la piel de gallina, de manzana caramelizada;
me aferraba a su nervudo pellejo juvenil como si fuese un salvavidas; me sentía completo y colmado mientras ella me rodeaba con
sus largos brazos y con las piernas, envolviendo mi alma como
con las alas de una mantis religiosa gigante, tirando de mí hacia
abajo, hacia abajo, hacia abajo, hasta los dominios de la paz, el
consuelo y la muerte.
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Narcisa. Dakini. ¡La Ramera de Mil Putas!
La que amo. La que odio.
Media hora después ya estaba de nuevo en pie vistiéndose,
como el soldado que se guarnece para la batalla. Arrasó el cuarto,
arrambló con el dinero de encima de la cómoda como un ave de
presa de camino a la noche caliente y turbia, y me gritó por encima del hombro con aquel tonito mordaz y picarón: «¡Amigo adiós
gracias!».
Volví a caer en una modorra intermitente mientras me preguntaba si aquel polvo supersónico y fragoroso había sido un sueño, una pesadilla o a saber qué deuda horrible que debía pagar una
y otra vez.
No tardaría mucho en darle el bajón, y entonces yo por fin podría dormir un poco sin que me despertase cada dos o tres horas
para llenarle los agujeros de esperma, las manos de billetes, monedas, caramelos, chicles, baratijas, cigarrillos y un puñado de
cenizas sacadas de debajo de mis viejas, tristes y cansadas bolas
de adivino.
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HIJO PRÓDIGO
«Tan cierto como que las chispas alzan el vuelo por
los aires es que el hombre nace para la aflicción».
Job 5, 7
Río de Janeiro, marzo de 2006:
Llegué con ojos soñolientos, en la cabina del oxidado camión
azul descolorido al que me había subido para el último tramo, desde el sur de Bahía. El final del viaje emergía a través de la lente
resquebrajada de un resquebrajado parabrisas trepidante, vibrátil
y polvoriento.
Por fin de vuelta en casa. Después de tantos años fuera, me
pregunto si no habrán sido, en realidad, más que un largo y extraño sueño.
Río de Janeiro: 15 kilómetros.
Un hedor acre y nostálgico de aguas residuales invade mis
sentidos y me despierto de golpe, entrecerrando los ojos ante la animada mañana de un mundo de fantasía.
Aquí las señales de tráfico deberían decir: Abandonad toda
esperanza.
Unas columnas de humo negro se alzan como dedos larguiruchos de bruja que llaman por gestos por encima de hectáreas de
deprimentes casuchas con tejados de hojalata.
El patio trasero del diablo; chabolas y edificios de ladrillo sin
fachada, tiznados de hollín, destartalados; nubes de humo ondean desde grises chimeneas torcidas contra un cielo azul plano
plagado de buitres que vuelan en círculos; fragmentos desolados de
fábricas hundidas en el desierto cieno rojo como dientes rotos en la
boca abierta de un cadáver desnutrido; páramos infernales que se
extienden sin fin.
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Éste no es el Río de Janeiro de la frívola memoria de mi juventud: una ciudad melancólica de paisajes de verdes montañas
y de sueños de sonrientes y sensuales mulatas bailando samba. Ni
rastro queda de las espumosas aguas azules de aquellos días tropicales saturados de sol, ni de aquellas húmedas e intermitentes
noches de putiferios.
No. Éste no es el lugar que conocí. Este circo de los horrores
infestado de pobreza es una depravada masacre del alma. Arden
a lo largo de una polvorienta carretera al infierno hogueras de basura envueltas en una humareda negra como pedos expelidos por
mil anos moribundos. Esqueletos descamisados de lo que en su día
fueron hombres, un hormiguero de espíritus condenados se echan a
las espaldas derrotadas y correosas cargas imposibles de una hilera de camiones que escupen humo al ralentí; chuchos escuálidos se
dan salvajes dentelladas con los colmillos rojos en pequeños círculos viciosos sobre este césped torturado, estéril, urbano.
Infierno. Pienso en el terrible Inferno de Dante mientras contemplo la infinidad de viviendas apagadas, de ladrillo hueco color
mierda, y me pregunto si no me habré muerto en los eriales de las
frenéticas selvas malarias, en algún punto entre Ciudad de México
y esto.
¿A ver si esto es el infierno?
¿Es que ahora soy un fantasma?
Bueno, pues si por fin he llegado al Pozo del Abismo, Dios y
el Diablo saben que hay un lugar reservado para Ignácio Valência
Lobos.
Dios y el Diablo saben que tengo una buena pandilla de amigos en el Otro Lado.
Movido por oleadas de progresivo espanto, miro a mi alrededor a medida que nos absorbe un remolino triturador fruto del tráfico de primera hora de la mañana, el paisaje convertido en una
eterna vorágine traqueteante de bocinazos, tartanas histéricas, un
abanico inimaginable de salpicaduras de óxido, polvo y deterioro,
pasando a toda velocidad entre camiones y buses estruendosos y
pesados, abarrotados de masas de pecadores de semblante aburrido condenados a perpetuidad, malditos.
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Me asfixio con la acre pestilencia de averno del sulfuro y el azufre; negros vapores venenosos arrojados en nubes de flatulencia deyectada sin amortiguación alguna; una visión perfecta del Día del
Juicio en el infierno, envuelto en un grasiento rocío gris tóxico.
¿Qué le han hecho a mi hogar?
¿Dónde coño está Río de Janeiro?
Primera hora de la mañana en el infierno; una ciénaga merdosa de monótonos, opresivos presagios, apuros y conflictos, en algún punto de los infaustos y olvidados arrabales de Babilonia: Río
de Janeiro, Ciudad de Dios, en el Año 2006 de Nuestro Señor.
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PRIMERA LUZ DEL DÍA
«No puedes volver a tu familia, ni a tu infancia…
No puedes volver a las viejas formas y sistemas de
cosas que en su día parecían perpetuos pero que
están en continuo cambio: no puedes volver a las
evasiones del Tiempo ni de la Memoria».
Thomas Wolfe
Río de Janeiro, marzo de 2006:
El vetusto barrio rojo junto al puerto se despereza de una resaca
más, como una vieja y perezosa puta mulata. Subo fatigo­samente
las calles empinadas y serpenteantes de edificios coloniales desvencijados, en un avance tortuoso hacia el piso donde mi anciana
tía Silvia vivió y murió, y que me dejó en su testamento.
El camino lo delimitan las numerosísimas favelas de Río:
omnipresentes, repetitivos, palpitantes guetos de chabolas. Caminando de lado como un cangrejo, me escurro entre esas veredas
de resbaladizos adoquines, me mezclo con agitados chamarileros
en desesperado comercio callejero mientras marcho a través de un
flujo lunático de tráfico humano. Mis ojos, inyectados en sangre
por culpa del madrugón, tropiezan con callejuelas laberínticas, sinuosas como jeroglíficos, arriba, arriba, arriba, hacia las laderas
a rebosar de gente del barrio marginal, a empaparme de todo una
vez más.
De vuelta en Río de Janeiro después de tantos años, paso por
delante de un edificio portugués en ruinas, la ornamentada fachada colonial sumida en el deterioro de la miseria y de la intemperie.
Una apretujada hilera de tendederos tras otra se entrecruzan en un
patio que en tiempos fue señorial, hogar ahora de hordas de niños
desnudos color mierda. La maleza que crece en forma de arbolillos
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emerge de una pared de ladrillo derruida. La estatua de mármol
de un ángel con incrustaciones de cagadas de paloma mira hacia
abajo, desde su atalaya en el tejado, con unos mustios ojos sin vida
de atemporal apatía pétrea.
Continúo mi camino cazando al vuelo atisbos de espinas de
pescado decoloradas por el sol y diseminadas en el suelo; un sombrero de paja y el detalle de una pluma de loro; carnes humeantes
en las parrillas; aroma de ajo y sardinas asadas, cerveza derramada, sudor, meados y gases de tubo de escape; todo junto cocinándose a fuego lento en el aire tropical preñado, machacón, anterior al
establecimiento de la empresa Lenten.
Familias enteras se congregan en las sombras de los portales deteriorados, apretujadas como muñecos, contemplándome
con ojos romos como remaches de plomo. Les devuelvo la mirada
al pasar andando fatigosamente, trastabillando por las concurridas aceras de mi juventud recordadas a medias, avanzando a
duras penas entre zigzagueantes sombras calientes de jóvenes motoristas kamikazes; bocinazos, motores atronando, taladrando
mis oídos en una cacofonía de redobles, petardos y chillidos. Voces
desapercibidas provenientes de jukeboxes que escupen fragmentos
aleatorios de James Brown y viejas canciones nostálgicas de Roberto Carlos. Radios estridentes que retransmiten histéricas partidos
de fútbol en medio del monótono zumbido eléctrico del tráfico, la
música y la ruidosa vida descarnada. Gente por todas partes.
Mi gente. Cariocas. Mi tribu perdida y bastarda de Río de Janeiro.
Deambulo por las tiendas del vecindario, botecos destartalados en las esquinas, paderias y callejones repletos de pieles
oscuras, bandidos jovenzuelos provistos de pistolas que sonríen socarrones y mirones, entre mohines y dengues en el laberinto mágico
de demenciales patrones ecuatoriales; luces y sombras y ritmos de
un nuevo día en el desconcertante y familiar carácter carioca
de siempre.
Atravieso las polvorientas calles del gueto de este sueño extinto, paso por delante de las velas de macumba encendidas junto a
platos de oferendas. Botellas de ron de cachaça barato, tabaco y
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cerillas abandonados en el suelo de un cruce; ofrendas ubicuas a
aquellos espíritus de los muertos siempre presentes: entidades ultraterrenas que no he visto jamás con mis propios ojos pero de cuya
existencia estoy convencido, siempre ahí, moviéndose en silencio
a nuestro alrededor.
A lo mejor soy capaz de notar cómo me susurran en la lejanía, atravesando agujeros de gusano y brechas de espacio-tiempo y
otras dimensiones; voces fantasma llamándome a lo largo de estos
años de ausencia desde la enmarañada red de un inframundo de
poderes y recursos palpitantes; moviéndonos, haciéndonos bailar,
reír, burlándose de todos nosotros, manipulando los locos deseos
de los hombres a través de estas favelas sépticas desparramadas,
estas colinas ondulantes, estos páramos industriales agrietados, suburbios, edificios, playas y tabernas. Un manto impreciso
de vida; una sutil existencia paralela, un Mundo Desconocido.
Siempre presente. Siempre ahí, aguardando mi regreso definitivo a
la oscuridad, a las profundidades inexploradas de mí mismo.
Ahora puedo percibirlo todo de nuevo mientras vago por estas
calles hace mucho tiempo olvidadas: la Presencia constante, vital,
de un oscuro y arcano campo de energía. Algo invisible y vivo, que
vibra tras las sonrisas y las carcajadas, que baña a la gente, a mi
gente, de una gracia especial; la fuerza industrial, el invulnerable
humor carioca, la caridad y el estilo retuercen la carne mortal hasta transformarla en una armadura a prueba de balas hecha de valentía y fortaleza mientras discurren por sus vidas aquí, robando y
matando, engañando y mintiendo, viviendo y muriendo, bailando
sin cesar en este inolvidable ballet humano de horrenda belleza,
decadente opulencia y desbordante mugre múrida excrementicia,
apestosa y demencial; de voraz, cruda y apasionada vida; cariocas: esta perversa y enigmática raza de personas de la que yo, Ignácio Valência Lobos, he de volver a formar parte.
Mi pequeña y desgastada bolsa mexicana de cuero me pesa bastante en el hombro cuando paso frente a una peroba baja y recia
que barre la acera sssskkk ssssskkkk a la entrada de un diminuto
y oscuro boteco.
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Unos chavales mulatos delgaduchos y descalzos dan patadas
a una anodina pelota desinflada en un solar de tierra abandonado e invadido por la maleza. Un metralleo súbito en staccato
pam pam pam. Dos matones corpulentos uniformados de gris se
abren paso, empujan, embisten, desaparecen al doblar una esquina tras una sombra marrón que pasa a toda velocidad; un adolescente negro con el torso desnudo que corre por delante enarbolando
dos pistolas pam pam pam como en una película.
Nada ha cambiado.
Esto no es una película. No es más que Río de Janeiro, Ciudad
de Dios, en el Año 2006 de Nuestro Señor, e Ignácio Valência Lobos
vuelve por fin al hogar.
Hogar. Mierda. Han pasado veinte años, como en un sueño
de papel de periódico amarillento, y aquí estoy de vuelta. Un desconocido sin nombre que regresa a un extraño y viejo hogar que no
es hogar, plagado de recuerdos gitanos desarraigados. Limpio y sobrio, con muchos más años encima, tal vez incluso con una pizca
más de sabiduría. Y sólo por hoy, este fantasmilla idiota y perdido
llamado Ignácio está más preparado que nunca para afrontar lo
que sea que el puto destino le depare.
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PIEZAS DESPARRAMADAS
«La vida es un viaje de vuelta a casa».
Herman Melville
Me instalé rápidamente en el sencillo estudio; el ático de un
edificio decrépito de antes de la guerra, cinco plantas sin ascensor en el barrio de clase obrera de Catete. La mudanza consistió en sacar el escaso contenido de una pequeña bolsa de
viaje. Estoy acostumbrado a andar ligero de equipaje. La única
cosa que he llegado a dominar.
Tras tres años enteros limpio y sobrio ha llegado la hora
de dar la bienvenida al pasado. Mañana tengo tiempo de sobra
para comprar lo que sea que conlleve esta extraña propuesta…
¿Qué tal han ido las cosas? ¿Cuánto hace que vi este sitio por última vez? ¿Veinticinco años?
Recuerdos vagos, frágiles como telarañas en la cripta
de un desconocido, se cernieron sobre mí mientras doblaba una esquina y subía la calle con paso pesado. Al acercarme al edificio donde tía Silvia vivió y murió sola, pensé en
aquella solterona distanciada durante tanto tiempo. Tal vez
la sombra de la soledad que la cubría en vida como una manta mohosa fue lo que le otorgó la dudosa distinción de ser la
única de los míos que se las arregló para eludir la Maldición
y morir de vieja.
Un porteiro de pelo blanco se me acercó arrastrando los
pies para darme la bienvenida a la entrada del edificio. Se
dirigió a mí con el absurdo título formal de «Seu Doutor Ignácio», y me honró con una sonrisa mulata de anciano; me
tendió las llaves del piso de tía Silvia, cinco plantas más arriba,
y aquella jocosa sonrisa carioca me reconfortó al instante.
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Me quedé delante de las escaleras mirando hacia lo
alto. Sin ascensor… Bien… Ahora necesito tanto ejercicio como
se tercie… Llevo en baja forma desde que salí de la cárcel… Entonces, un paso detrás de otro, subí los escalones de madera
desnivelados hasta la última planta mientras iba pensando,
recordando, un paso detrás de otro, arriba, arriba, arriba hacia el viejo, vetusto, conjugado donde mi tía echaba las cartas
y los búzios y les leía la cuestionable buenaventura a las viejas putas cariocas.
Incluso después de que la expulsasen de la kumpania,
arrancada de cuajo de sus raíces gitanas, siempre se consideró a sí misma una curandera tradicional romaní, una partagri
del viejo continente. Para mi gran sorpresa, tía Silvia me había
mencionado en su testamento y me legaba su estudio de una
sola habitación, con sus soleadas vistas al centro y el tortuoso
revoltijo verde de árboles que enmarcaba una perspectiva
parcial del muelle. Incluso me había dejado algo de dinero; lo
suficiente para establecerme. Esto es lo que me comunicaba
un abogado gadjo en un correo electrónico.
Me lo había ganado por eliminación, evidentemente,
dado que era el único pariente consanguíneo que le quedaba
sobre la tierra. El resto del clan llevaba criando malvas desde
antes de que yo me subiera a un carguero panameño y dejase
aquel medio-hogar estrambótico huyendo como un condenado, tratando de librarme de la Maldición que acosaba a los
Valência Lobos. Valência Lobos, el nombre de mi gente. Mi
nombre. Mi sangre. ¡Y qué sangre! Suicidas. Asesinos. Sobredosis. Malintencionados. Malaventurados. Mal medio mestizo
y medio gadjo; la mitad de la sangre romaní y gitana. Sangre de
la Maldición, y todo lo que eso conllevaba. Trenas. Loqueros.
Puticlubes. Fumaderos. Decepción. Desilusión. Destrucción.
Muerte. Un universo de muerte repentina y violenta.
Nunca he sabido ni me ha importado una mierda quién
fue mi padre. Mi madre no lo hizo mal del todo para ser una
puta avejentada y marginada con un mote puesto a mala leche
y una sangre más que mala. Mi estirpe entera echada a perder.
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Todos muertos a causa de la Maldición; hermanos, hermanas,
primos, tías, tíos. La mayoría desaparecidos antes de que yo
tuviese uso de razón (todos menos mi madre, Dolores Valência Lobos, y su hermana mayor, Silvia).
Mi madre aguantó un poco ahí, pero el alcoholismo crónico es una mala puta, de lo peor, de modo que terminó desapareciendo también. Muerta cuando yo tenía cinco años… Una
burrada de sangre… Mala sangre, mala, mala sangre… Cuando
mi madre se fue para el hoyo, tía Silvia era la única familia que
me quedaba. La vieja se esforzó cuanto pudo para cuidar del
chaval, pero el pequeño Ignácio ya estaba echado a perder sin
remedio. Contaminado. Mahrime.
Contaminado por la Maldición, se lo tomó con calma y se
echó a las calles hacia los diez años. E hizo lo que tuviese que
hacer para sobrevivir. Pegamento de zapatero. Todavía hoy
sigo oliendo aquella porquería. Se ve que hay recuerdos que
son para toda la vida; se quedan en la sangre, con el desastre restante. Con el pegamento fui tirando toda la adolescencia hasta que me topé con un mundo más grande, mejor, de
tabernas en callejones, cachaça y cocaína, que dio pie a una
mediocre carrera de delitos menores y castigos.
Pues sí, supongo que tuve suerte de sobrevivir, pero
siempre he sido un superviviente, ¿no? Y tanto, un pequeño
guerrero gitano. Cigano guerreiro, aquí me tenéis. Así es como
me llamaban los gitanos callejeros de Copacabana que de vez
en cuando me acogían y me daban de comer. Y a saber cómo, a
diferencia del resto de mi gente, me las arreglé para sobrevivir
a todo aquel alcohol e incluso a las drogas más duras. Al menos
hasta muchos años después, cuando trabajé en México para el
sindicato, transportando chiva entre Sinaloa y Baja California.
Fue entonces cuando la Maldición de los cojones me
pescó de nuevo. Hubo tantos «de nuevos» a lo largo de estos
años… Pero aquella vez había sido la última para mí. Aquella
chiva del demonio había acabado conmigo para siempre. Chiva: la Cabra. Pura heroína de brea negra mexicana. Las fauces
babeantes del diablo. Pensaba que estaba en la cresta de la ola
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hasta que me bajaron los humos y me tendieron una trampa
para que me comiese el marrón de un pez gordo, un político.
Trincado. Cárcel. Atajado.
Allí me estrellé, ardí y experimenté mil muertes. Y entonces estuve listo. Acabado. Fin. Cuando salí de la cárcel
me mudé a un humilde cuartito en una colonia obrera de
México, d. f. Acepté un empleo cutre en una fábrica y me convertí en un trabajador, uno más, uno del montón. Allí fue donde por fin conseguí estar sobrio. Y luego, un desgarrador día
tras otro, hice lo necesario para permanecer en aquel estado.
Y me mantuve en aquel estado. Cambié mucho a lo largo de los
siguientes años.
De modo que, en resumidas cuentas, ésta es mi puñetera
historia. Y aquí estoy ahora, de vuelta una vez más. Justo donde comenzó hace mucho tiempo esta espantosa pesadilla sin
importancia.
Ignácio Valência Lobos. Cigano guerreiro. Ahora despabilado por completo. Recogiendo las piezas desparramadas de
un pequeño, descolorido y borroso rompecabezas de pesadilla
llamado Hogar.
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