Felipe Portales, Los mitos de la democracia chilena, Vol II, desde

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El Clarí-n de Chile
Felipe Portales, Los mitos de la democracia chilena, Vol II, desde 1925 a 1938
autor Rafael Luís Gumucio Rivas
2010-09-10 12:27:35
Este segundo volumen viene a complementar una trilogÃ-a crÃ-tica sobre la seudo democracia chilena. Las dos obras
anteriores se refieren al perÃ-odo de la transición a la democracia – La democracia tutelada y el Volumen I de Los mitos
de la democracia chilena, de la conquista a 1925 – por lo que sólo faltarÃ-a para construir una visión acabada de la
historia de Chile un tercer Volumen que abarcara desde 1938 a 1973.
Felipe Portales es implacable cuando emprende la tarea de demoler los mitos de nuestra seudo democracia; cada una
de sus afirmaciones está respaldada por una documentación muy rica, que corresponde a una investigación seria,
profunda y acuciosa - el Volumen que comentamos tiene más de tres mil referencias -
        En Chile siempre ha predominado un régimen polÃ-tico de castas: en el siglo XIX la aristocracia, en su versiÃ
autoritaria y liberal; en el siglo XX, la plutocracia parlamentaria y, posteriormente, la oligarquÃ-a aliada a la mediocracia
y, a finales de siglo, las castas concertacionistas y aliancistas – el gobierno de los nuevos ricos, que perdura hasta hoy-.
           Un régimen democrático se define  al menos, tres elementos básicos: sistemas electorales que gar
participación de las mayorÃ-as; vigencia del Estado de derecho y promoción y respeto a los derechos humanos.
Portales, en su obra, nos prueba cómo en la llamada democracia chilena estos tres elementos, en la práctica, han sido
vulnerados.
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      Durante el siglo XIX el presidente designaba a sus sucesores, a la totalidad del senado y a la mayorÃ-a de la
cámara de diputados en base a un sistema electoral muy restringido. La intervención del Ejecutivo fue reemplazada,
después de la guerra civil de 1891, por el cohecho, que un distinguido profesor de derecho definÃ-a como un “correctivoâ€
del sufragio universal. Como bien lo recalca el autor, la derecha en el poder despreciaba el sufragio universal y era mas
bien partidaria del llamado “voto plural―, es decir, que aquellos sectores de mayor educación tuvieran dos o tres votos
más que los sectores populares.
           El autor nos aporta, además, en ambos volúmenes de Los mitos de la democracia chilena, dos ante
muy interesantes – ignorados por otras obras historiográficas – en el Volumen I, citando a mi abuelo, Manuel Rivas
Vicuña, recuerda que en 1911 Alberto Edwads, un historiador bastante autoritario, planteaba dividir el territorio en
múltiples distritos electorales y que en cada uno se eligieran dos diputados; esta idea del último pelucón fue,
posteriormente, aplicada en la legislación de la dictadura de Augusto Pinochet y no ha sido reformada hasta hoy. En el
Volumen II Portales nos recuerda que la cédula única fue empleada en la elección presidencial de 1925, donde
Emiliano Figueroa, candidato de todos los partidos polÃ-ticos, obtuvo 185.000 votos y, sorpresivamente, el doctor José
Santos Salas, 700.000, sorprendiendo al establecimiento que, de inmediato, decretó volver al sistema antiguo, con
votos impresos por los mismos candidatos, pero que permitÃ-an las “encerronas― y el cohecho.
           Solamente, en 1958, gracias a la formación del Bloque de Saneamiento democrático, fue posible pone
cohecho por la implantación de la cédula única, en base a un proyecto de reforma electoral, redactada por el falangista
Jorge Rogers.
           Durante el perÃ-odo 1925 a 1938 el universo electoral era bastante restringido, pues no llegaba ni siquie
10% de la población de chilenos varones, mayores de 21 años – no podÃ-an sufragar las mujeres, los analfabetos, ni
aquellos ciudadanos condenados a penas aflictivas de tres años y un dÃ-a - por lo demás, durante el perÃ-odo se
suceden distintas dictaduras: la de Carlos Ibáñez (1927-1931) y la de Carlos Dávila, en 1932; además, debemos
agregar el famoso “parlamento termal―, con diputados y senadores nominados por Ibáñez, en acuerdo con las directiva
de los partidos.
           Los gobiernos elegidos, como el de Emiliano Figueroa LarraÃ-n, Juan Esteban Montero y Arturo Alessan
Palma - los dos primeros extremamente débiles y, el último, autoritario que, en la práctica, aplicó una dictadura legal –
estuvieron muy lejanos a la aplicación de una democracia, y mas bien fueron juguete de los dos caudillos, Alessandri e
Ibáñez, que dominaban la escena polÃ-tica del perÃ-odo que esta obra estudia.
           Respecto al Estado de derecho, la Constitución de 1925 estaba muy lejana de ser legÃ-tima y, mucho m
democrática: fue impuesta por un golpe en la mesa por el inspector del ejército, General Navarrete, contra la opinión de
la mayorÃ-a de los partidos polÃ-ticos. En el plebiscito hubo más abstenciones que votos a favor de la Constitución.
Desde 1925 hasta 1938, los sucesivos gobiernos funcionaban en base a leyes represivas o a la entrega, por parte del
parlamento, de facultades extraordinarias que permitÃ-an a los gobernantes limitar las libertades civiles.
           El auto tiene mucha razón al describir, con pasión, el carácter autoritario del segundo gobierno de do
Alessandri, que aplicó la censura a los medios de prensa que se atrevieron a condenar sus atrabiliarias medidas –
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ordenó decomisar la revista Topaze, por el solo hecho de publicar una caricatura burlona; otros Diarios de oposición
sufrieron el mismo destino -. El 21 de Mayo, el dÃ-a de la Cuenta anual, por parte del presidente de la república, dos
diputados fueron violentamente apaleados por la policÃ-a. Como Diego Portales, Alessandri utilizó las famosas milicias
republicanas para reprimir el creciente inconformismo popular.
           A partir de 1925 los presidentes de la república, convertidos en monarcas electivos van, poco a poco,
aumentando su poder sobre el parlamento – aun cuando no es materia del libro que comento, Juan Antonio RÃ-os, Jorge
Alessandri RodrÃ-guez y Eduardo Frei Montalva, terminaron por despojar al parlamento de toda intervención en
materias económicas, que subsiste hasta ahora – quizás el único elemento de balance que le resta a las dos cámaras lo
constituye las acusaciones constitucionales. En el perÃ-odo que estudia este Volumen dos presidentes fueron acusados
constitucionalmente: Carlos Ibáñez del Campo, cuyo libelo fue aprobado por la cámara y por el senado y, en caso de
Alessandri fue rechazado por la mayorÃ-a derechista.
           Respecto a los derechos humanos, que fueron vulnerados a destajo durante este perÃ-odo, el autor rela
magistralmente, las brutales matanzas contra los movimientos obrero y campesino, perpetradas por Arturo Alessadri –
San Gregorio, Ranquil, la Coruña y el Seguro Obrero – que, en todas ellas, la responsabilidad del presidente era
manifiesta, sin embargo, una mayorÃ-a derechista hizo imposible que estos crÃ-menes fueran condenados.
           En el capÃ-tulo VII la mentalidad autoritaria de la década de los 30 Portales analiza a los distintos pa
polÃ-ticos: la mayorÃ-a de los derechistas admiraron el fascismo, el nazismo hitlerista y, posteriormente, el franquismo –
el autor cita de las Memorias de mi abuelo, Rafael LuÃ-s Gumucio, un texto donde el candidato Gustavo Ross
SantamarÃ-a sostiene que los senadores, salvo dos, son partidarios de una dictadura; mi abuelo lo toma a la broma y le
pide a Ross que lo envÃ-e relegado a Arica, pues padece de una enfermedad al corazón -. En el libro de Portales
existen abundantes testimonios del amor que la derecha profesó a las dictaduras de Hitler y Mussolini.
           El estudio sobre la Falange Nacional aporta elementos de análisis muy valiosos: el autor logra demostr
este partido nada tuvo que ver con la Falange española, salvo el nombre, mas bien sus lÃ-deres admiraron a José
MarÃ-a Gil Robles y la CEDA, que presentaba a las derechas españolas, en esos momentos muy distantes del
franquismo; por lo demás, Gil Robles no participó en la guerra civil. La Falange Nacional, como lo demuestra el autor,
muchas veces, aún separada del Partido Conservador, votó junto a la derecha en acusaciones constitucionales tan
importantes como el libelo contra el ministro del Interior Salas Romo.
           A mi modo de ver, este Volumen II constituye un valioso aporte al análisis del desarrollo de la seudo
democracia chilena y destruye la mitologÃ-a sobre el carácter republicano de nuestro sistema polÃ-tico; al menos, el
perÃ-odo que abarca el estudio el autoritarismo, la intervención militar, la utilización de leyes liberticidas logran
configurar un sistema de prácticas dictatoriales, ora, en forma evidente, como en el caso de Carlos Ibáñez y Carlos
Dávila, ora, en forma velada, como lo fue en los dos gobiernos de Alessandri.
Rafael LuÃ-s Gumucio Rivas
07/09/10Â Â Â Â Â Â Â Â Â Â Â Â Â Â Â Â
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