Trabajo comunitario

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Titulo: Interpelando la dimensión comunitaria en la intervención profesional a la luz de la Nueva Cuestión
Social
Área temática en que se inscribe: Procesos de intervención profesional en la contemporaneidad.
Institución a la que pertenece: Hospital Santojanni
Cesac N º 10 − Hospital Penna.
INTRODUCCIÓN
El presente trabajo persigue como finalidad interrogar la construcción clásica de la categoría trabajo social
comunitario a la luz de la nueva cuestión social.
La denominada crisis de fin de siglo, caracterizada por la pérdida de las imágenes totalizadoras y por el fuerte
impacto en las formas de integración social, cuestiona la intervención de Trabajo Social.
Este marco suscita la reflexión en torno a una serie de ejes, entre los cuales se pueden destacar: ¿Es posible
seguir sosteniendo la división caso, grupo y comunidad? ¿Son por sí solos el ámbito territorial y/o la
comunión de intereses estructurantes de lo comunitario? ¿El encuentro con la comunidad debe asimilarse al
trabajo extramuros?
Con la intención de arrojar luz a los interrogantes planteados se desarrolla en el escrito un breve recorrido
histórico por el concepto de comunidad y trabajo social comunitario, ciertos aspectos que deben considerarse
en la intervención de trabajo social, la incorporación de la dimensión comunitaria como constitutiva de la
identidad del sujeto, los horizontes que direccionan la intervención y algunas consideraciones finales.
GÉNESIS Y DESARROLLO DEL TRABAJO COMUNITARIO
El concepto de comunidad y trabajo comunitario antecede al Trabajo Social como disciplina.
En el transcurso del siglo XIX (hacia 1880) en Inglaterra, a raíz de la expansión del industrialismo y del
proceso acelerado de urbanización, se crean centros sociales para preservar los valores humanos y espirituales
apuntando a la integración social en pos de mejorar las condiciones sociales. Esta experiencia se hace
extensiva a EE.UU.
En 1925 en la Conferencia Nacional de Trabajo Social se plantea el trabajo comunitario como la forma de
ayudar a un grupo de personas a reconocer sus necesidades comunes y a resolver esas necesidades. Este
esquema es tomado como estrategia política colonialista después de la Segunda Guerra Mundial, aplicándose
en países asiáticos y africanos.
De esta forma, Inglaterra como país colonialista al ver peligrar sus posesiones, crea un sistema que permite
incorporar a las colonias a las políticas oficiales de modernización pero sin cortar el lazo con ellas. Así, surge
el Método de Organización y Desarrollo de la Comunidad, el cual se aplica en India en 1946.
El desarrollo de la comunidad como estrategia política resultaba una respuesta paliativa al subdesarrollo y un
freno a los movimientos de liberación nacional, implementado primero por los ingleses y adoptado luego por
los norteamericanos para afirmar su dominio económico. La Organización de las Naciones Unidas recomienda
la implantación de este método de trabajo en todos los países para elevar el nivel de vida de la población.
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En América Latina la práctica del desarrollo de comunidad tiene un lazo conductor, que es la Alianza para el
Progreso, impulsada por los EE.UU. a través del Banco Interamericano de Desarrollo.
Cabe señalar que el Trabajo Social le otorga jerarquía de método en 1943.
El método de organización de la comunidad tiene como objetivo introducir cambios planificados en una
comunidad en pos de mejorar los niveles de vida pero sin perseguir transformaciones estructurales en la
organización política y social.
Para dar cuenta de la concepción de comunidad en este contexto socio− histórico tomamos como
representativa la definición dada por Ezequiel Ander Egg: Comunidad es un grupo territorial de personas con
relaciones recíprocas, que se sirven de medios comunes para lograr fines comunes.
En lo expresado hasta aquí, la comunidad se subordina a una especie de limitación geográfica. El hábitat en
común es el principal factor de unidad del grupo, de tal manera que si sus miembros tuvieran que dejarlo, la
vida comunitaria se desintegraría.
En este breve recorrido histórico, se destacan postulados que están presentes en la concepción de comunidad y
en la forma de intervenir en ella. Así encontramos como componentes comunes:
• estructura acabada y estática
• ausencia de conflicto
• homogeneidad
• territorialidad
• medios comunes y fines comunes característicos de un grupo social organizado y estructurado.
Alrededor de la década del ´70, el proceso de reconceptualización pretende desesquematizar el carácter
paternalista con que tradicionalmente se ha trabajado en la comunidad. De esta forma, se empieza a considerar
a la comunidad como un sujeto de acción y no como un objeto de atención.
El trabajo comunitario reconceptualizado incorpora variables socio− culturales teniendo como objetivo llevar
a cabo transformaciones estructurales. Así, la nueva manera de trabajar en comunidades necesita otra
metodología de acción. A partir de este momento se puede hablar de Promoción Socio−cultural, definiendo a
la misma como el conjunto de programas, actividades o acciones destinadas a ser trabajadas con la
participación de la comunidad a los fines de producir transformaciones en los niveles de vida de ésta,
incorporando no sólo acciones que satisfagan necesidades de orden material sino socio−culturales, siendo la
actividad central la educación de la población.
La promoción comunitaria es un proceso de capacitación democrática, donde los hombres analizan los
problemas, buscan soluciones e intervienen en las decisiones que los afectan.
Hernán Kruse, uno de los autores representativos del proceso de reconceptualización, define a la Comunidad
como: La unidad social cuyos miembros participan de algún rasgo, interés, elemento o función común, con
conciencia de pertenencia y sentido de solidaridad y significación, situados en una determinada área
geográfica en la cual la pluralidad de personas interacciona más intensamente entre sí que en otro contexto.
La definición enunciada integra el elemento geográfico con el organizativo, donde al compartir un espacio
territorial se suma la capacidad de conciliar intereses en común por sufrir las mismas condiciones objetivas de
existencia. El hecho de tener una trayectoria y elementos de cosmovisión socio− culturales comunes, conduce
a definir los problemas y la manera de resolverlos.
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A partir de la década del 70 aparecen las primeras manifestaciones de lo que puede denominarse la crisis de
fin de siglo, éstas son, la idea de pérdida de la totalidad con un fuerte impacto en las formas de integración
social, la crisis de los grandes relatos contenedores y la crisis de los Estados de Bienestar.
Las funciones redistributivas del Estado Benefactor, vehiculizadas por el conjunto de instituciones públicas
destinadas a elevar la calidad de vida de la fuerza de trabajo de la población y reducir las diferencias sociales,
entran en crisis en tanto comienzan a tener fuertes dificultades de financiación, con la consecuente reducción
de prestaciones y servicios. La crisis de este Estado se encuentra atravesada por lo económico, lo político y es
posible pensarla en relación con la crisis de sentidos, es decir, no sólo de recursos, sino de marcos
constitutivos y justificativo de éste.
Ante la parcelación del Estado, se genera una necesidad de lo comunitario, que se puede explicar también
desde el repliegue de este. Consecuentemente surge una valoración de lo privado y el mercado, este último se
integra a la vida cotidiana en una fuerte lucha por la sobrevivencia.
La crisis de fin de siglo impacta en las prácticas y saberes que intervienen en lo social. De aquí que se haga
necesario conformar un marco conceptual que se exprese en nuevas categorías de análisis de la realidad, que
considere ciertos aspectos constitutivos de los sujetos de la intervención y que redireccione los horizontes de
la misma.ASPECTOS A CONSIDERAR EN LA INTERVENCIÓN COMUNITARIA
• Dialéctica comunidad−sociedad
La concepción tradicional o integracionista consideraba a la comunidad como apéndice disfuncional de la
sociedad, estructurado como sector tradicional y retardatario y como asociación de grupos y de personas que
tienen vida e intereses en común. Es decir como unidad consensuada a la que se le postulaba la integración al
sistema para su armonía. A partir de la redefinición planteada, la comunidad no puede ser conceptuada como
una realidad autónoma que pueda ser identificada por elementos distintos del ámbito societal en el cual se
sitúa. La comunidad debe ser entendida como proceso particular y singular de la reproducción a nivel societal.
Estos problemas a nivel societal no se presentan a modo de reflejo automático en las comunidades, sino que se
procesan y expresan particularmente de acuerdo a una doble dinámica: la del propio desarrollo histórico de la
comunidad y la que emerge de su relación con otras totalidades del sistema social.
A su vez la sociedad configura diferentes imágenes, visiones y sentidos de lo comunitario; reproduciendo
diferencias socioculturales en base a pautas predominantes en la sociedad global que conducen a mirar el
ámbito comunitario como exótico o invertido respecto de ésta.
• Espacio social
El aspecto de la territorialidad, si bien es un elemento, no es el único que define a la comunidad. Es necesario
considerar los procesos de reproducción social que los sujetos cotidianamente desarrollan en la búsqueda por
la subsistencia y la satisfacción de las necesidades.
El espacio como socialmente construido, es resultado de lógicas y complejas interacciones en permanente
conflicto y negociación. Esto implica diferentes maneras de apropiación por parte de diferentes grupos
sociales. El territorio encierra lógicas, fracturas y heterogeneidades que determinan conflictos y
confrontaciones en su interior.
• Síntesis de universos de significados, sentidos y visiones
La comunidad tiene una historia cotidiana significada por las maneras de expresar, sentir, vivir y resolver sus
necesidades, así como las formas en las que se estructuran significados y representaciones. Se hace necesario
incorporar las lógicas existentes para trabajar desde allí.
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Estos universos de significados y sentidos se entrecruzan generando imágenes construidas hacia adentro y
hacia fuera de la comunidad sobre la misma y los actores sociales que emergen en su seno.
Las diferentes imágenes se constituyen en pilares sobre los que se asientan las disputas sociales del ámbito
comunitario, son el reflejo de las apropiaciones diferenciales que los actores ejercen sobre el escenario;
alimentadas y ampliadas desde las representaciones que la sociedad produce con eje en la diferenciación
sociocultural.
• Ámbito signado por el conflicto y la negociación a nivel material y simbólico
Los bienes socialmente construidos aparecen formalmente como de todos y a disposición de la totalidad, pero
realmente no son de todos y resultan objeto de apropiaciones diferenciales, en términos de García Canclini.
De esta manera, aparecen unos con voz frente a los otros. Estas luchas tienen como finalidad la legitimación
en el espacio, las cuales acarrean situaciones de segmentación y segregación socioespacial.
• Dimensión histórica como modeladora del escenario comunitario
Los atributos asignados a la comunidad por parte de aquellos que la conforman se hallan subordinados al eje
valorativo del antes−ahora, donde la significación adquiere sin excepción una oposición binaria en la que cada
cualidad es más en el antes que en el ahora.
El pasado no se identifica con la historia cronológica y referencial de la comunidad, representa un ethos
mediante el cual esta adquiere modalidades distintivas e identidad como tal.
Asimismo, el pasado opera sobre lo nuevo y asegura la continuidad de los sujetos históricos, pero a partir de
la elaboración que desde el presente se hace de él. Esta conjunción constituye un campo de conflicto cultural,
que opera en la determinación de lo que debe ser recordado, olvidado y recuperado.
• Identidades sociales constituidas a partir de la diferencia
El término de identidad social hace alusión a personas, agentes sociales distintos que pueden ser, por una
característica común, incorporados a una misma clase. Entonces se configuran como pares, los individuos que
son diferentes.
La semejanza es fruto de un proceso de aprehensión de lo real, de operaciones de identificación y
discriminación. Estos procesos remiten a esquemas de percepción e interpretación social y culturalmente
construidos.
Siguiendo esta línea de pensamiento, es importante resaltar que una representación de identidad colectiva no
significa la homogeneidad interna del grupo o entre los individuos que comparten una identidad común, por el
contrario opera relegando y enmascarando las diferenciaciones interna.
Las representaciones de identidad cumplen funciones organizacionales en el grupo, demarcan sus límites y
crean simbólicamente una unidad en torno de intereses o un proyecto común. Por ello puede decirse que una
identidad estructura y es estructurada por la dinámica social de las relaciones de poder.
Si se sostiene que la identidad es el propio reconocimiento social de la diferencia, la construcción de una
identidad envuelve disputas en el interior del grupo. El proceso de su construcción revelará tensiones dentro
del grupo y entre el grupo y la sociedad que lo envuelve.
El concepto de identidad propuesto tiene valor heurístico en la comprensión de las prácticas sociales, intensas
y dinámicas, de la urbe moderna.
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El agente social se inviste y reviste de múltiples identidades sociales, identidades móviles, inestables, hasta
contradictorias entre sí, construidas sobre sistemas de clasificación maleables, cuyos significados varían
conforme al contexto social y la posición de quien los aplica. De esta forma, no es posible pensar en términos
de una experiencia de la totalidad, ampliamente compartida, capaz de engendrar una identidad social común y
duradera. No se trata más de una identidad social como elemento de igualdad/ unidad, como factor de
cohesión de la sociedad en su conjunto, son procesos de lucha del individuo para ser reconocido sobre la
clasificación que le es más favorable, para diferenciarse de algunos y asemejarse a otros, para incorporar
ciertos atributos a una determinada identidad.
Concluyendo, las imputaciones de identidad pretenden atribuir una esencia, fijando el origen y significado de
las cosas y, por ende, legitimando una determinada interpretación del mundo social.
INTERPELANDO LA DIMENSIÓN COMUNITARIA DEL SUJETO
Se hace necesario destacar que la comunidad se va descubriendo en los diferentes espacios de intervención a
partir del encuentro con la demanda, pudiendo ser definida esta última como una construcción
histórico−social que se expresa en un momento dado que otorga las condiciones de posibilidad para que esta
expresión emerja. La demanda es creación de los sujetos, de las personas concretas que viven en ese momento
histórico, que la construyen en la misma dinámica cotidiana. Está atravesada por representaciones sociales
acerca de la profesión: qué hace un trabajador social, acerca de lo que se demanda, la legitimidad del
requerimiento y el lugar del sujeto demandante. Los sujetos cargan de significados diferentes a las
necesidades y a los objetos de satisfacción de las mismas. Considerarlas como expresiones culturales hace
necesario comprenderlas en los propios contextos en los que emergen.
Se concibe al sujeto en un grupo familiar y social, teniendo en cuenta la dimensión subjetiva, relacionando lo
individual con procesos generales, incluyendo la dimensión sociocultural, las representaciones que ese sujeto
porta.
La intervención de Trabajo Social supone una búsqueda en cuanto a la construcción de un dispositivo capaz
de hace ver aquello que el otro tiene, elaborado en función de su vinculación con los otros. De este modo, se
trata de incorporar la cuestión de la reciprocidad, atribuyéndosele a ésta un alto carácter simbólico, móvil y la
aceptación implícita de un código. De ahí la necesidad de acceder desde distintas perspectivas de análisis al
carácter material y simbólico de la demanda.
Se incorpora el espacio de intercambio y de encuentro entre los dos sujetos, el trabajador social y los sujetos
de la acción profesional. Se sostiene que es importante trabajar sobre las diferencias, no como oposiciones,
sino como relaciones (nosotros−otros), operar sobre los espacios de intercambio y las interacciones. Se
considera que se debe conocer las representaciones y las prácticas de los sujetos, sin desaparecer los
profesionales, que también forman parte de esas relaciones, las condicionan y son condicionados por ellas.
HORIZONTES DE LA INTERVENCIÓN COMUNITARIA
Se considera a la identidad como una vía de ingreso en el marco de la intervención que apunta a reconstruir
los lazos sociales. De este modo, la afirmación de lo particular y lo distinto en un espacio en el cual sea
factible enfrentarse y reconocerse, nos conduce a revisar los horizontes de la intervención profesional.
El componente identitario permite reconstruir la trama de relaciones que se estructura a partir de lazos sociales
asociados a determinados procesos colectivos y que constituye también una circulación de intersubjetividades.
El escenario que se inaugura a partir de la nueva cuestión social revela la existencia de un lazo social que
somete a critica la idea de filiación, pertenencia o reconocimiento, pone de manifiesto el particular modo de
constitución de lo social y produce un desexistente, un desaparecido de los escenarios de intercambio, quien
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pierde visibilidad, nombre y palabra.
En el marco de la intervención profesional resulta significativo rastrear las operaciones que despliegan los
sujetos, las significaciones producidas, sus efectos en las relaciones sociales y las valoraciones construidas.
Esto nos remite a la noción de practicas de subjetividad, cuya producción se inscribe en condiciones sociales
y culturales especificas, siguiendo el pensamiento de Silvia Duschatzky (2002).
La reconstrucción de los lazos sociales como horizonte de la intervención profesional se orienta en dirección a
reducir los niveles de padecimiento, en tanto posibilita imprimir cierta cuota de certeza en el mundo de lo
incierto y tornar visible al sujeto en relación.
CONSIDERACIONES FINALES
Teniendo en cuenta la complejización de lo social, los marcos teóricos y los instrumentos técnicos particulares
que conforman el bagaje disciplinario, resultan inadecuados para la intervención profesional actual. Por este
motivo consideramos necesario redefinir los aspectos que hacen al abordaje de la dimensión comunitaria en la
intervención de Trabajo Social.
Los indicadores del pensamiento ortodoxo sobre la comunidad y el trabajo comunitario, respecto a intereses
comunes, esfuerzos mancomunados, ámbito de realización de la solidaridad, no son suficientes para
caracterizar la realidad comunitaria actual, atravesada por la nueva cuestión social, esto es, por la pérdida del
soporte salarial como forma de inclusión social y la redefinición del rol del Estado. Esto provoca un proceso
de fragmentación, debilitamiento de identidades, de representaciones e intereses contradictorios que influyen
en la constitución de sujetos colectivos.
El universo de lo simbólico, lo identitario configurado a partir de la diferencia y la incorporación del conflicto
conforman, desde nuestra línea de pensamiento, los ejes a considerar en la intervención comunitaria. La
dimensión comunitaria es constitutiva y constituyente de la identidad de los sujetos En este sentido,
encontramos que nuestro trabajo de análisis interpela la clásica división fragmentaria imperante en el Trabajo
Social en relación con los distintos niveles de intervención: caso, grupo y comunidad.
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Follari, Alberto y otros: "Trabajo en comunidad. Análisis y perspectivas". Ed. Humánitas. Buenos Aires.
Giralez, Soraya y otros: Comunidad ¿como una unidad? Rupturas y continuidades en el concepto de
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Septiembre de 2000.
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Gravano, Ariel y Guber, Rosana: Barrio sí, villa también. CEAL 320. 1991.
Kruse, Hernán: Servicio Social e Ideología. El Servicio Social en América Latina. Ed. Alfa. Montevideo.
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Penna, Maura: O que faz ser nordestino. Identidades sociais, interesses e o escandalo. Cap. IV: En busca de un
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Revista Margen.
Ruiz, Alicia. Aportes a la formación de una epistemología jurídica en base a algunos análisis del
funcionamiento del discurso jurídico. 1995.
ÍNDICE
Pág.
Introducción 2
Génesis y desarrollo del trabajo comunitario 3
Aspectos a considerar en la intervención comunitaria 6
Interpelando la dimensión comunitaria del sujeto 9
Horizontes de la intervención comunitaria 10
Consideraciones finales 11
Bibliografía 12
Cabe aclarar que el titulo definitivo del trabajo es el que se menciona en el presente documento, reemplazando
al consignado en el abstract.
Ander Egg, Ezequiel: Metodología y práctica del desarrollo de la comunidad. Ed. Humánitas, Bs. As. 1965.
Ibidem.
Kruse, Hernán: Servicio Social e Ideología. El Servicio Social en América Latina. Ed. Alfa. Montevideo.
1967.
7
Carballeda, Alfredo: Del desorden de los cuerpos al orden de la sociedad. Ed. de la U.N.L.P. Buenos Aires.
2000.
Ibidem.
Gravano, Ariel y Guber, Rosana: Barrio sí, villa también. CEAL 320. 1991
Romero, Luis Alberto: Los sujetos populares urbanos como sujetos históricos en Cuadernos Instituto Nacional
de Antropología 13. Buenos Aires. 1988−91.
Penna, Maura: O que faz ser nordestino. Identidades sociais, interesses e o escandalo. Cap. IV: En busca de un
concepto de identidad para las sociedades modernas. Eurundina. Cortez Editora. Brasil. 1992.
Carballeda, Alfredo: El proceso de análisis y la intervención en Trabajo Social en Jornadas de Análisis de la
Intervención Profesional. Facultad de Ciencias Sociales. Universidad de Buenos Aires.
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