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Misa Vespertina de la Cena del Señor,
Jueves Santo 2 de abril del 2015.
Catedral de Ciudad Quesada.
Mons. José Manuel Garita Herrera.
Obispo de Ciudad Quesada.
Muy queridos hermanos y hermanas en el Señor:
Con esta solemne y entrañable celebración de la Misa
Vespertina de la Cena del Señor, nos encontramos en la introducción
del sagrado triduo pascual que tendremos viernes, sábado santo y
domingo de resurrección. Entramos en las horas y momentos cruciales
de la pasión, muerte y resurrección de Jesús. Este es el atarceder que
nos evoca los momentos íntimos e intensos del encuentro de Jesús
con sus discípulos para dejarles su testamento supremo antes de
entregar su vida. Esta memorable cena nos hace actualizar
celebrativamente tres hechos profundos e impresionates: 1.- La
institución de la Eucaristía. 2.- La institución del sacerdocio ministerial.
3.- El lavatorio de los pies y el testamento del mandamiento supremo
del amor.
Estos tres hechos se pueden resumir en un elemento clave que
recoge la riqueza de esta celebración: la entrega redentora de Cristo
que se ofrece a la muerte como cordero pascual y que nos fortalece
con el alimento de su cuerpo y su sangre que ha entregado y
derramado. Amor extremo, amor de entrega y servicio, amor que se
abaja y se humilla. Hemos sido salvados no tanto por el dolor de
Cristo, sino por su entrega amorosa total, gratuita y extrema.
La belleza y riqueza de la Palabra de Dios que se nos ha
proclamado, pone de manifiesto la profundidad del contenido y
significado de estos acontecimientos que estamos celebrando.
La primera lectura del Éxodo nos narra el rito y la celebración de
la cena pascual de los israelitas al salir liberados de la esclavitud de
Egipto. Ofrecimiento y inmolación del cordero pascual, rociamiento con
su sangre las puertas de las casas, cena con la carne del cordero,
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panes y hierbas amargas. Y sobre todo, el paso, la pascua del Señor
que libera a su pueblo de la esclavitud. Jesús, la noche antes de
su muerte, como judío fiel, se reúne y celebra el mismo rito pascual,
pero con un nuevo contenido y significado: él mismo va ser el cordero
pascual que se ofrece en la cruz y su sangre derramada va a ser la
que nos purifique y libere. Esta es la alianza nueva y eterna que Jesús
sella con su propia entrega amorosa.
El evangelio de San Juan nos coloca en la intimidad y
profundidad de la última cena. Jesús está celebrando la pascua con
sus discípulos. Ha llegado la hora, el momento de la entrega del
Señor. El evangelista así lo consigna solemnemente: “… sabiendo
Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre y
habiendo amado a los suyos, que estaban en el mundo, los amó hasta
el extremo” . Dos gestos profundos e impresionantes marcan este
encuentro singular del Señor con sus discípulos y esta tarde con
nosotros:
1. Compartir la cena: tomó y bendijo el pan y el cáliz, Jesús
afirma que ese pan es su cuerpo que se entrega, y que ese
vino es su sangre que se derrama por nosotros. Este es el
anticipo de su entrega total en la cruz hasta la muerte, como
lo hará el día siguiente. Es el memorial y la alianza eterna que
actualizamos cada vez que celebramos la Eucaristía. Entrega
su cuerpo y su sangre en la cruz. Nos da su cuerpo y su
sangre como alimento en la Eucaristía. Se entrega y se da
todo, sin reservas, en amor extremo.
2. Lavar los pies: este gesto quedaba para los esclavos que
debían atender a sus señores y a los invitados. En medio de
la cena, inesperadamente, Jesús se levanta y asume la figura
de esclavo y siervo, de humilde servidor que se rebaja y da
ejemplo. Es el testimonio de humildad, servicio y entrega.
Aunque es el Señor y el Maestro, da ejemplo supremo que el
mandamiento para el cristiano es el amor mutuo, la entrega y
el servicio de unos a otros. Él no ha venido a que le sirvan,
sino a servir y a dar la vida por todos nosotros. Este es el
sentido profundo del lavatorio de los pies. Por ello, el Maestro
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y el Señor nos desafía y nos reta: tenemos que lavarnos los
pies los unos a los otros, a través del servicio humilde,
callado, desinteresado y generoso. Si Jesús, siendo el Señor
lo hizo, cuánto más debemos hacerlo nosotros, unos a otros.
Cuando Jesús lava los pies, nos está dejando un legado
completo sobre la manera en que debemos comportarnos con
los que nos rodean. Lavamos los pies del prójimo cuando nos
acercamos a dar una mano a quien lo necesita, cuando
escuchamos sus problemas. Lavamos los pies del prójimo
cuando no mezquinamos nuestro tiempo para visitar a un
enfermo, a un anciano. Sigamos lavando los pies, aunque en
nuestra sociedad de hoy sea un gesto que pocos valoren e
incluso que cause burla o crítica, pero estamos siguiendo las
enseñanzas del Señor.
Con este gesto, Jesús nos ha dado ejemplo supremo de
amor, humildad y entrega. Nos ha dado ejemplo total
entregando su vida a la muerte por nuestra salvación. El
mandamiento, la vivencia y la práctica del amor es lo que nos
distingue como discípulos verdaderos del Señor, lo demás
son palabras y buenos sentimientos. Si no nos amamos de
verdad, si no nos lavamos los pies los unos a los otros, no
tenemos que ver nada con Jesús, como fuertemente le dijo a
Pedro.
El compartir la cena de la propia entrega y el lavar los pies a los
discípulos, son los dos gestos concretos que resumen el amor total de
Jesús que se entrega por nosotros hasta la muerte. Amar no es fácil a
causa de nuestro egoísmo que nos repliega, encierra y nos hace
buscar nuestro propio bienestar y comodidad. Jesús no se encerró en
sí mismo, se dio y se entregó totalmente. Amar se nos hace casi
imposible cuando debemos hacerlo con los que nos han hecho daño,
con los que no son ni piensan como nosotros. Entonces, ¿cómo hacer
realidad el mandamiento del amor, el lavarnos los pies en el servicio,
el dar la vida como Jesús?
El amor sólo puede venir de Dios y será posible solamente
cuando escuchemos al Maestro, cuando cumplamos su palabra como
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norma de vida, cuando seamos obedientes en la fe, cuando seamos
humildes y nos dejemos conducir por sus criterios y actitudes, no por
nuestros pensamientos e ideas. La clave está en morir y renunciar a
nosotros mismos. Jesús nos ha dicho que el que pierde su vida para
este mundo la ganará para la vida eterna. Para amar, tenemos que
hacer primero experiencia del amor de Dios nosotros mismos, Él nos
ha amado primero, dejémonos amar por Él para amar con el amor de
Dios.
Hermanos y hermanas, para amar y servir, el camino está en
cumplir la palabra del Maestro y dejarnos alimentar de Él en la
Eucaristía. De este memorial de la pasión y muerte del Señor nos
viene la fuerza y el alimento para hacer realidad el mandamiento del
amor, para salir de nosotros mismos y entregarnos como Él con obras
de bien, actitudes de servicio y gestos de amor en momentos
concretos. Seguir a Jesús es amar, ser cristiano es vivir amando y
sirviendo. San Pablo nos recordaba, en la segunda lectura de la
primera carta a los corintios, que la Eucaristía es el memorial de la
entrega del Señor. En la última cena, “la noche en que iba a ser
entregado tomó pan en sus manos, lo partió y dijo: Esto es mi cuerpo
que se entrega por ustedes. Lo mismo hizo con el cáliz, después de
cenar, diciendo: este cáliz es la nueva alianza que se sella con mi
sangre. Hagan esto en memoria mía”. De esta entrega amorosa de
Cristo, en la Eucaristía, recibimos la fuerza para vivir en el amor, para
amar con el amor de Cristo que sirve y da la vida.
Hoy más que nunca queremos hacer Eucaristía, es decir, dar
gracias y alabar a Dios por su amor hasta el extremo. Damos gracias
por la entrega total de Cristo hasta la muerte, por este sacramento
eucarístico que nos alimenta y nos da vida eterna. Sin Eucaristía no
hay vida cristiana, sin Eucaristía no hay vida en el amor. También
damos gracias por el sacerdocio ministerial que hace posible celebrar
y actualizar esta alianza nueva y eterna, en la Eucaristía, todos los
días en la vida de la Iglesia. Damos gracias por el mandamiento del
amor que Jesús nos ha dejado con su propia vida y ejemplo, con
gestos y actos concretos. Que el Señor nos colme de su amor para
vivir amando, para amar sirviendo, para servir dando la vida,
lavándonos los pies los unos a los otros como el Señor lo ha hecho.
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