un silencio inusitado

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UN SILENCIO INUSITADO
Enrique Avilán Acosta (Astauros)
Con mucha frecuencia recibo llamadas de aficionados y colegas de la crónica taurina, indagando por lo que
veremos en la próxima temporada que deberá iniciarse, en su semana grande, entre el 25 y el 30 de
diciembre, es decir, en escasos ciento veinticinco días (cuatro meses mal contados).
Hemos vivido todas las temporadas de nuestra Feria desde que se inició en 1.957 (sesenta años calendario).
Primero, como simples aficionados habiendo adquirido mi contrabarrera del tendido uno de sol donde
permanecí hasta los primeros años de la década del sesenta luego de haber contraído matrimonio y comprado
abonos del tendido siete de sombra con mi esposa y varios amigos aficionados.
En esa época vivimos la era brillante de nuestras temporadas, con llenos completos puesto que los abonos,
que salían en febrero, sin especificar ganadería, toreros o combinaciones de carteles, eran adquiridos por los
aficionados, bien fuera para asegurar sus entradas y muchos de ellos, para hacer un buen negocio de reventa
en el mes de diciembre en el que se llenaban las páginas del diario EL PAIS con ofertas de abonos a precios
bastante elevados.
Era un negocio tan brillante para la empresa que colocaba sus dineros de los abonados con un margen de
treinta a treinta y cuatro por ciento, dejando un rendimiento que permitía pagar los costos de la temporada y
dejando un margen para obras sociales que, en su época, fueron realmente grandes y benéficos para muchas
entidades que atendían las causas de los menos favorecidos.
Hoy en día, las cosas han cambiado radicalmente. De los abonos vendidos en febrero hemos pasado a abrir las
ventas en marzo o abril y, a estas alturas de agosto, “se dice” que van por el 34% de ventas. Las obras sociales
pasaron a convertirse en hechos del pasado, las temporadas con ocho, diez y hasta doce corridas, han pasado
a una melancólica programación de una novillada y cinco corridas de toros y la temporada taurina que, en los
años sesenta era el eje de la feria de Cali, hoy es un evento más cuya programación ni siquiera aparece en la
publicidad de la Feria de Cali.
Y si a eso agregamos que en los primeros cincuenta años de la Feria Taurina de Cali, los dirigentes eran
bastante taurinos y querían la fiesta, hoy no se molestan por anunciar lo que se va a hacer, qué toreros se van
a contratar y, a duras penas, hemos sabido por el Veedor designado para seleccionar los encierros, los
nombres de las posibles ganaderías a comprar, pero hay un mutismo total con la prensa y con los mismos
abonados.
¿Será justificable ese “silencio inusitado” con que hemos titulado nuestra nota? Sinceramente, no creemos
que sea lo más ajustado a las normas de mercadeo y de comercialización de un evento que, en su era dorada,
producía ingentes rendimientos para las obras sociales pero que, a estas horas, cuando se cumplen sesenta
años de haberla iniciado, a duras penas conocemos de la publicidad del lanzamiento de abonos pero
desconocemos y lo desconocen todos los periodistas, cómo va a ser esta disminuida Feria que piensan iniciarla
el 25 de diciembre cuando se les ha hecho saber, por todos los medios, que esa fecha es la de la salsa y el año
pasado solo ingresaron tres mil personas a la plaza.
Qué pesar que se vayan a celebrar los sesenta años de su inicio, de una manera tan poco preparada y con
carteles que, ojalá, sean atractivos y podrían cerrar el 31 de diciembre como en muchas años de la era dorada
vimos nuestra plaza llena.
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