colombia, hacia el concepto de paz: reflexiones frente al dialogo

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COLOMBIA, HACIA EL CONCEPTO
DE PAZ: REFLEXIONES FRENTE AL
DIALOGO
Erich Saumeth Cadavid
es Magister en Estudios Políticos con énfasis en Políticas de
Defensa y Seguridad, Especialista en Estudios PolíticoEconómicos, Diplomado en Estudios Geopolíticos,
Diplomado en Desarrollo Humano, Abogado, Miembro de la
Sociedad de Estudios Internacionales SEI de Iberoamérica,
Colaborador de la Asociación de Estudios Político Militares
de Centro América e Investigador y Consultor en Temas de
Defensa y Seguridad.
[email protected]
La posibilidad de brindarle al conjunto de su población espacios,
ambientes y sensaciones de paz y seguridad, ha sido sin duda uno de los
principales objetivos buscados por todos los estados y a través de toda la
historia.
La actual administración colombiana, caracterizada por una visión muy
tecnócrata de cómo dirigir la cosa pública, considera como requisito
fundamental para aumentar su eficiencia y eficacia, poder generar las
condiciones para un incremento significativo de la inversión –privada- que sin
duda redundará en un aumento de la productividad y por tanto de los niveles de
empleo, y que a su vez, le permitirán al Estado destinar sus esfuerzos y
recursos (hoy utilizados en el conflicto) en mejorar también los niveles de
inversión, que se dirigirán a optimizar la calidad de vida de todos los
nacionales.
Es precisamente entonces justificable crear el escenario propicio para, -y
una vez obtenida-, desarrollar el conjunto de políticas socio-económicas que a
su vez permitan –y para países como Colombia- el comienzo de un crecimiento
sostenido en todos los aspectos y que den lugar a principios o nociones
básicas de nación, ausentes en la actualidad.
Sin embargo y luego de tres siglos seguidos de conflicto, que comienzan
con la guerra de los mil días en 1899 (Siglo 19), que se renueva con la
violencia bipartidista en la década de los 40 (Siglo 20) y que persiste -y con
particular fuerza- ya en pleno Siglo 21, la conciencia colombiana, parece no
solo haberse mal acostumbrado a las consecuencias de su propia intolerancia,
si no que ha producido corrientes ideológicas, que se muestran reacias a
cualquier
negociación
con
las
organizaciones
insurgentes,
asumiendo
posiciones radicales dirigidas a cuestionar todo intento estatal encaminado en
ese sentido.
Lo anterior es solo una pequeña muestra de la degradación del conflicto
colombiano y de cómo este se ha anquilosado en lo más profundo de esta
sociedad, que equivocadamente justifica la paz en términos –casi absolutos- de
victoria o derrota.
La paz entonces, no podría entenderse exclusivamente como el
resultado final de una confrontación socio-política, ni explicada tampoco como
el fin del conflicto o la lucha al interior de una sociedad, sino más bien como el
comienzo.
El comienzo del camino no hacia la victoria, sino aquel que tendría que
recorrer la sociedad colombiana –unida- para generar esos espacios que le
permitan lograr vivir si en paz y con justicia social. Pero a partir de unas
condiciones básicas determinadas previamente y justamente en un proceso de
diálogo para conseguirla.
Diálogo en el que creemos no se pueden asumir posiciones inflexibles,
como en el pasado, pues la consecuencia casi que inmediata ha sido siempre
su estancamiento y la justificación de la fuerza como único medio eficaz.
Las partes, que no son otras que colombianos en distintos lados de la
mesa, deben tener antes que nada en cuenta, que el objetivo de una
negociación no puede ser nada diferente ni nada más importante, que dejarles
a sus propios hijos, un país que las últimas cinco generaciones no hemos sido
capaces de poder vivir.
La “mesa” será el símbolo en donde todos y cada uno de los sectores de
esa sociedad, deberán por lo menos expresar que entienden por paz y como
creen que esta podrá lograrse. No se puede, y a nuestro juicio, “buscar la paz”,
cuando no se sabe o entiende que significa la misma, o cuando se tienen
definiciones exclusivas o particulares sobre cómo interpretar un conflicto
armado interno que se destaca por su alta complejidad y por su persistente
volatilidad.
Por ende los colombianos deben buscar y conseguir –de manera
urgente- poder definirla, no como simple término, sino como condición que les
permita vivirla, y deben hacerlo a partir de profundos procesos de
transformación social, económica, política, cultural y en todos aquellos otros
aspectos, que así se hagan necesarios considerar.
La paz a la sazón una vez entendida como concepto y como premisa
para el desarrollo, podría si comenzar a generarse y a ser percibida, más que
como un objetivo a materializarse, como un aporte de cada uno de los
colombianos; es, o será finalmente el deseo de cada nacional orientado a
hacerla posible, a partir de su voluntad y de lo que pueda aportar para ello.
Por eso creemos que se debe también –y desde lo público- insistir y
persistir en decisiones políticas como estas, que tangan eco e impacto dentro
de la opinión pública o sociedad civil, cuyo apoyo será fundamental para su
éxito. Pero también desde la irregularidad; son los actores armados ilegales,
los que finalmente deben condicionarse para aceptar que la lucha armada no
ha generado –ni generara- ningún beneficio para ningún sector de la población
y que por tanto y como medio para acceder al poder o a cuotas de este, ha sido
y hasta la fecha completamente ineficaz. Dentro de una guerra de combinación
de todas las formas de lucha, hay que darle paso ya a la confrontación y al
debate pero político.
La paz entonces, más que una victoria es reconciliación, revisión
histórica, compromiso social, justicia transicional, esfuerzo y decisión política,
pero sobre todo (y más que nada) voluntad popular. A partir de la misma,
podríamos lograr definir también el concepto –por fin- de nación colombiana, a
raíz de las dinámicas sociales regionales y nacionales que se generaran por la
reconstrucción –obvia- del tejido social rural y urbano, fundamental para no
repetir los errores cometidos y perdonarlos por fin.
Lo verdaderamente difícil no será pues lograrla, sino que podamos
esforzarnos en querer mantenerla y conseguir en definitiva una paz sostenible.
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