La linterna mágica. TOMO XVII. - Universidad Autónoma de Nuevo

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TOMO XVII.
L A
COLECCIÓN D E N O V E L A S
COSTUMBRES MEXICANAS, ARTICULOS Y POESIAS
fACUNDO
( J O S É T . DE C U E L L A R )
ilustrada
con grabados
y
cromolitografías.
TOMO XVII.
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m
Capilla Alfonsina
Universitaria
Biblioteca
S A N T A N D E R .
Imprenta y l i x o s e a ì ì a be L . B L A N C H A R D .
1892.
Melquíades.
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3 6 2 2 0
N ú m . Cías.
Núm. Autor
N ú m . Adg._
Procedencia
Precio
Fecha
Ivi
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SEGUNDA
Clasificó
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EPOCA.
«son
(PERFILES DE HOY)
ES PROPIEDAD DEL AUTOR.
TOMO I I .
SEGUNDA
EDICIÓN.
SANTANDER.
IMPRKNTA Y LITOGRAFÍA DE
L. BLANCHARD.
1892.
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CAPÍTULO I.
LA PARTIDA.
BIBLIOTECA
FONDO BIBLIOTECA PUGUCA
PEL ESTADO DE NUEVO LEON
. fin, en la mañana del día aquel
fijado por Cárlos para emprender la marcha, había á la puerta
de la casa, ocupando la mayor parte de la
acera, un tren compuesto de cinco carruajes
de muelles y dos carros de. dos ruedas.
En el patio habia cabalgaduras. hasta.,para
diez jinetes, y en toda ía casa; remóyida de
arriba abajo, se notaba grande animación y
movimiento.
••. . : . . : •
Chona estaba vestida con un elegante
vestido de holanda plomo con adornos blancos, y tenía ya puesto un lindo sombrerito
negro con velo de gasa.
Esta señora acostumbraba hablar muy alto y poseía ese tono de suficiencia y de superioridad propios de una matrona respetada por sus riquezas.
Salvador llevaba un flux gris, que le sentaba perfectamente.
En la sala estaban ya la mayor parte de
las personas convidadas; los criados iban y
venían en un incesante trajin, conduciendo
bultos y acomodándolos en los carros; cada
una de las señoras tenía cien encargos que
hacer á cada criado, y convidados y sirvientes se movían en todas direcciones para
acomodar equipajes y cajas y bultos de todas dimensiones.
Para la señora Doña Refugio, que así se
llamaba la exhuberante señora, no había
contrariedad posible, y generalmente, cuando esta señora hablaba, callaban los demás.
—¿Quién falta? dijo muy recio una señora voluminosa que ocupaba el primer lugar
en el salón.
—El padre González; contestó un joven
que parecía estar al tanto de lo que pasaba
en todas partes.
La señora que había hablado tan recio, era
muy rica, causa que, bien mirada, tenía no
poca parte en lo alto de su diapasón.
Doña Refugio discurría mal, pero gritaba
bien; y como tenía dinero, estaba en la sociedad segura de sí misma; y aunque solía
hacer algunas barbaridades y sostener ciertos absurdos, los demás callaban y no la
contradecían sin más que una razón:
Doña Refugio «era así.»
Otras de las personas que «son así» era
el joven que le había contestado á doña Refugio.
Este joven, se llamaba Castaños.
Castaños no era ni rico ni joven, pero parecía las dos cosas.
Castaños se vestía bien y conocía y trataba á toda la aristocracia de México; era
inofensivo, servicial y frivolo; les decía hija
á todas sus amigas. Castaños estaba en todas las fiestas, así en el Casino Español
como en los títeres; y así comía en el Tívoli como en una fonda de la Alcaicería.
Castaños iba al teatro siempre á palco,
al paseo siempre en coche; comía en Iturbide, y sabía jugar al tresillo con los viejos,
y á juegos de prendas con las muchachas.
Era profundamente inteligente en crónica
escandalosa, y era de los que mantienen
una conversación no sólo de horas, sinó de
varios días hablando de los asuntos de los
demás; era el primero en llevar la noticia
de un casamiento ó de un enfermo, de una
quiebra ó de un pleito.
Castaños siempre tenía noticias. Con Castaños hablaba complacido el banquero y
honrado el pollo; todas las señoras lo trataban con confianza, todas le decían Castaños,
ninguna señor Castaños.
Castaños «era así.»
En un círculo de tontos, Castaños se lucía,
aunque era mas afecto á hablar con las señoras, con quienes siempre tenía algo pendiente.
Hablaba de todo, tenía muy buena memoria, y se sabía reir con una ingenuidad
envidiable.
Castaños nunca estaba de mal humor. Si
hablaba con niñas les contaba cuentos, y
las niñas se morían por Castaños; si hablaba con señoras grandes, les daba las señas
del padre, de la epístola y del evangelio en
la función de iglesia de tal día; á cada una
le llevaba noticia ó de su confesor, ó de algunos de sus mejores amigos; tomaba una
parte activa en los negocios de los demás;
y no se olvidaba de preguntar á uno, á
quien no había visto en un año, cómo le
fué la noche de San Agustín aquella en que
bailaron en la casa de N.
En una palabra, Castaños era lo que se
llama un hombre sociable y comunicativo;
era nimio y escrupuloso en el cumplimiento
de las etiquetas sociales: nunca se quedaba
sin dar los días, pésames ó felicitaciones;
cargaba un calendario de santos en la bolsa.
La concurrencia aquélla era hasta cierto
punto disímbola, porque no todos se cono»
cían mutuamente; pero Castaños los conocía á todos y todos conocían á Castaños.
No había tenido nunca un disgusto, y estaba tan bien conservado, que disimulaba
su edad perfectamente; bien es que en esta
longevidad tenía no poca parte la agua eléctrica con que se teñía un par de patillas que
tenia Castaños que le daban toda su acentuación.
Era bajo de cuerpo, tenía las manos muy
suaves, las uñas muy largas y la camisa muy
limpia.
A Castaños le habían encargado las señoras, una su cajita, la otra su bolsa de camino, aquélla su llave, y la otra un secreto;
por lo que Castaños tenía que hacer con
todas.
—¿Quién ha de creer, decía una señora
con aspecto de tía, quién ha de creer que
voy tranquila porque va Castaños?
— Y yo también, contestó en voz alta
doña Refugio.
—Mil gracias, Pachita; mil gracias, Cuca,
dijo Castaños sin vacilar.
—Efectivamente, volvió á decir doña
Refugio, Castaños es un hombre útil; apuesto á que sabe tirar la pistola.
—¡Vaya! contestó un señor, Castaños es
de los que tiran mejor en México.
—No, no tanto, dijo Castaños, procurando alargar con su modestia el capítulo de
los elogios.
—¡Cómo no! insistió su panejirista. Castaños parte balas en un cuchillo.
—Pero rara vez.
—No; de diez tiros, ocho.
—¡Es posible! dijo doña Refugio. ¿Y
cómo se hace eso? á mí me ha parecido
eso siempre una exajeración.
—Pues no hay nada mas cierto, dijo el señor; se pone un cuchillo de filo, y Castaños,
á quince pasos, le dá en el filo, partiendo
la bala en dos exactamente.
—¡Eso es admirable! exclamó doña Refugio, hablando de manera que no se la
perdía una sílaba á pesar del ruido que había en toda la casa; pues con un tirador de
esta especie estamos suficientemente ga-
rantizadas las señoras; porque en el caso, que
no será remoto, de que nos salgan los ladrones no quedará uno parado ante Castaños.
—¡Ab. que bueno! dijo una polla, que
hasta entonces preocupada con el temor
de los ladrones, se figuró verlos caer uno
por uno como barajas, si Castaños les tiraba.
Esto acabó de corroborar, entre la concurrencia, la idea de que Castaños era el
hombre indispensable.
Así era Castaños.
En este momento se presentó el padre
González.
Todos los circunstantes hicieron un movimiento.
El presbítero se dirigió en derechura á
saludar á doña Refugio.
—Creo, dijo ésta, que sólo á usted esperábamos.
—Estoy muy mortificado, dijo el padre,
pero los negocios de la Iglesia me han demorado; yo suplico á ustedes muy encarecidamente que me disimulen.
Salvador hablaba en un grupo de jóvenes
elegantes, entre los cuales Castaños tuvo
no pocas veces que hacer rectificaciones,
porque cualquiera que fuese el asunto que
se versara en los grupos, era indispensable
oír esta muletilla.
—Que lo diga Castaños.
—¿No es verdad, Castaños, que los abrigos de la Sorpresa son á treinta y cinco pesos? dijo una polla.
—Exactamente, Carolina, contestó Castaños. Las muchachas Cevallos compraron
dos a)*er; por señas que no queda más que
uno, pero como es verde nadie lo quiere;
á menos que venga alguna paya y cargue
con él.
—¿Pues qué no le gusta á usted el verde,
Castaños?
—Sólo cierto verde, y eso desde que le
vi á usted su vestido.
—¿Cuál?
—El que está adornado con flecos.
—¡Ah, sí! ¿Le gusta á usted?
—En usted sí, porque es usted muy blanK
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ca y algo rubia; pero no me dé usted prieta
vestida de verde.
—¡Ah qué horror! dijo Carolina.
Efectivamente, las gentes de color oscuro
están detestables con lo verde, gritó doña
Refugio.
—¿No les parece á ustedes que se va haciendo tarde? dijo de repente Castaños.
—Que vaya Castaños á traer noticias, dijo uno.
—Eso iba á proponer. Ya vuelvo.
Y Castaños salió de la sala.
—Todas las cosas de la capilla, dijo Chona al padre, están en el segundo carro, padre
González; tenga usted la bondad de entenderse con Castaños para que se las entregue.
—Está muy bien, señora.
—Cuando ustedes gusten, dijo Castaños
en la puerta de la sala.
Todos se levantaron, y los caballeros,
dando el brazo á las señoras, fueron saliendo
del salón.
En estos momentos creció la animación
entre la servidumbre, y la colocación en los
coches fué asunto que ofreció grandes dificultades.
Algunos opinaron que las señoras deberían ir aparte en ciertos carruajes; otros que
debían ir uno ó dos hombres en unión de
las señoras por lo que pudiera ofrecerse; y
finalmente se dispuso que doña Refugio ordenara la colocación de las personas en los
carruajes; y la señora, con el aplomo y seguridad que la caracterizaba, dispuso las
cosas de la manera que le pareció conveniente, dejando para sí, para Chona, Salvador y Carlos el coche mas cómodo.
—Yo voy donde vaya Castaños, decía
una señora, porque es muy divertido.
—Ya se ve, le contestaba otra, junto á
Castaños no puede haber tristeza.
De todas las personas presentes había
una que rebosaba mas satisfacción y contento: ésta era el lacayo; mientras que la
mas atribulada de todas era el viejo Santos,
quien parado en el quicio del zaguan contemplaba toda aquella animación con mirada
sombría y concentrada.
2
—Quiera Dios, decía en su interior, que
no sobrevenga una desgracia!.... yo tengo
mis ideas.
Al cabo de media hora todas las personas
estuvieron colocadas en sus carruajes no sin
que todo aquello hubiese ya llamado la
atención de los transeúntes, al grado de formar grandes grupos frente á los coches.
Por fin, partieron haciendo un gran ruido
aquellos cinco carruajes, todos tirados por
cuatro ó seis animales cada uno y con el respectivo acompañamiento de jinetes armados.
Al desaparecer de la calle el último carro,
todavía Santos estaba inmóvil en la puerta,
acompañado por su entenada que seguía
haciendo el duelo.
Ambos fijaban la vista en una cosa negra
que estaba tirada en medio de la calle.
Era el gato negro muerto la víspera por
el lacayo, quien habiendo recibido la propina ofrecida y no contento con haber presentado el gato bien muerto, lo había tirado
en la calle de manera que todos los carruajes lo aplastaran á su paso.
EL LACAYO
Y EL GATO.
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Efectivamente, quedaba un resto informe
del gato de Santos, que era como un borrón.
—i Qué crueldad! murmuraba Santos,
quiera Dios que no les vaya mal á los
amos, porque esta acción, por más que se
trate de un animal, es muy cruel.
—Y lo que es peor, decía la entenada,
esto no es tan sencillo como parece.
—Ya se vá que no.
—Lo digo porque según me lia dicho una
señora, eso del gato negro es cierto: hay
personas que creen que cuando se aparece
un gato negro, le sucede á uno una desgracia.
—Yo también lo he oído decir y lo que
es ahora, según la señora Andrea, esa fué
la causa del encarnizamiento contra el pobre animal.
—Por eso digo que la cosa no es tan sencilla, pues según me han dicho, cuando se
mata el gato, es cuando sucede la desgracia.
—¿Eso dicen?
—Sí, porque no es todo que se aparezca,
sino que despues de aparecido se piense en
la desgracia y se mande matar el gato por
librarse de ella.
—Y yo creo que debe ser así porque desde anoche estoy pensando que algo les v a á
suceder á los amos en esta expedición.
—Eso es seguro, ya sabe usted que Dios
no se queda con nada; no de envaldehe derramado tantas lágrimas; pero estoy segura
de que el picaro del lacayo es el primero
que va á pagar.
— E n fin, dijo Santos retirándose de la
puerta, que se haga en todo la voluntad de
Dios, aunque no por eso he de cejar de rogar á su Divina Magestad que libre á los
amos de una desgracia.
Y diciendo esto cerró el zaguán y se metió á su cuarto, en donde reinaba ya, como
en toda la casa, el más pavoroso silencio.
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C A P Í T U L O II.
LA PRIMERA J O R N A D A .
AMINABAN los carruajes velozmente con el primer arranque de los
vigorosos animales que los tiraban,
y los viajeros veían sucederse unos á otros
los mil rótulos de las calles del Coliseo,
Vergara y San Andrés, con una rapidez extraordinaria.
—¡Adiós, México! decía Castaños que
era hombre á quien Dios no había llamado
á los caminos, pues sólo en expediciones
del género de aquella se le veía.
El primer cuento que contó aplicándo-
sino que despues de aparecido se piense en
la desgracia y se mande matar el gato por
librarse de ella.
—Y yo creo que debe ser así porque desde anoche estoy pensando que algo les v a á
suceder á los amos en esta expedición.
—Eso es seguro, ya sabe usted que Dios
no se queda con nada; no de envaldehe derramado tantas lágrimas; pero estoy segura
de que el picaro del lacayo es el primero
que va á pagar.
— E n fin, dijo Santos retirándose de la
puerta, que se haga en todo la voluntad de
Dios, aunque no por eso he de cejar de rogar á su Divina Magestad que libre á los
amos de una desgracia.
Y diciendo esto cerró el zaguán y se metió á su cuarto, en donde reinaba ya, como
en toda la casa, el más pavoroso silencio.
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LA PRIMERA J O R N A D A .
AMINABAN los carruajes velozmente con el primer arranque de los
vigorosos animales que los tiraban,
y los viajeros veían sucederse unos á otros
los mil rótulos de las calles del Coliseo,
Vergara y San Andrés, con una rapidez extraordinaria.
—¡Adiós, México! decía Castaños que
era hombre á quien Dios no había llamado
á los caminos, pues sólo en expediciones
del género de aquella se le veía.
El primer cuento que contó aplicándo-
selo á sí mismo, fué aquél bien sabido de
un señor Ormaechea que al llegar á Cuautitlán exclamó: ¡qué grande es la República!
Castaños conocía todos los alrededores
de México, pero nunca había hecho un viaje de más de seis leguas.
En el mismo predicamento se encontraban las señoras que iban en el coche con
Castaños. La una era una señora tía, doncella de edad madura, rezadora y comodina, llena de amistades y circunstancias; la
otra joven la Carolina, desgraciada en amores y pronta á casarse hasta con Castaños,
cosa que (aunque Castaños no era enteramente despreciable) sólo á ella le había
ocurrido.
Cuando los coches entraron en la calzada
rodando sobre tierra y el ruido fué menos
molesto, se pudo entablar una conversación
más reposada.
—¿No ha notado usted, Luisita, dijo entonces Castaños á la tía, que Carlos está
muy preocupado?
—Ese es su carácter, yo creo que los
hombres que han vivido como él en medio
de los placeres y las comodidades en Europa, acaban por saciarse.
—No obstante, yo lo encuentro más abstraído que de ordinario.
—¿Lo dice usted por lo del gato negro?
—Sí, entre otras cosas: ¿no le parece á
usted muy raro que una persona tan ilustrada abrigue semejantes preocupaciones?
—Qué quiere usted, hija, todos las tenemos; yo, por ejemplo, nunca me siento á
una mesa en donde hay trece personas.
—Pero eso es una preocupación extranjera y usted á lo que creo no ha vivido en
Europa.
—No, hija mía; pero la he adquirido, es
la cosa más fácil hacerse uno partidario de
esas extravagancias.
—Sea de ello lo que fuere, el señor don
Carlos
está muy
—¿Usted
qué triste.
dice, padre González?
El padre González estaba á la derecha
de Castaños.
—Yo veo poco al señor don Carlos, dijo
gravemente el padre, después de haberse
tragado de golpe el resto de una oración de
su Oficio divino.
—Ya interrumpió usted al padre en sus
oraciones, dijo Luisita á Castaños.
—Usted me disimule, padre, fué una inadvertencia.
Después de caminar más de tres horas
sin ninguna interrupción, la comitiva paró
en una hacienda donde debía tomarse el
almuerzo.
Bajaron las señoras de los coches y aquella respetable caravana fué recibida por el
dueño de la finca, con las mayores muestras
de atención.
Estaba ya servido un suculento almuerzo
y los viajeros no tuvieron tiempo sino de
sentarse á la mesa.
—¡Jesús qué polvo! decía una señora.
—El velo de Chona parece aplomado.
—Y las patillas de Castaños parecen nidos de golondrinas, dijo uno.
—A almorzar, señores, á almorzar porque
tenemos todavía algunas leguas por delante
para llegar á la primer a jornada.
Aquel almuerzo fué de lo más animado
que puede darse.
La señora doña Refugio hablaba de vez
en cuando haciendo resonar su buena voz
entre todas, las que juntas levantaban sólo
un murmullo.
Salvador había procurado no sentarse junto á Chona, pero sus miradas lo vendían, y
Castaños, para quien no había secretos, pues
su misión en el mundo era averiguar lo que
hacen los demás, le dijo á su vecino, que
era un joven filarmónico:
—¿Ha notado usted?
-¿Qué?
—Lo que pasa con Salvador.
—¡Vaya!
—Observe usted con disimulo, que yo
haré por mi parte otro tanto y en seguida
nos comunicaremos nuestras respectivas noticias.
—Así lo haré.
También Luisita, que en su modo de vivir se parecía mucho á Castaños, había comunicado sus observaciones á su vecina y
ya la curiosidad femenil estaba hincando el
agudo diente en los asuntos de Salvador,
que empezaba á ser una suculenta golosina
para la crónica.
A pesar de lo respetable que era la comitiva no dejó de tocarse en la mesa la consabida conversación acerca de los ladrones
pasando de los cuentos á las suposiciones y
de éstas á la indagación formal sobre el estado del camino.
El dueño de la hacienda no vaciló en
asegurar que todo estaba por allí seguro.
Terminado el almuerzo la comitiva no
tardó en estar de nuevo instalada en los
coches, que partieron uno tras otro escoltados siempre por el numeroso acompañamiento de jinetes.
Salvador, sentado frente á Chona, tenía
ocasión pata llamar la atención de su amada cada vez que los accidentes del terreno
ó las hermosas perspectivas del camino valieran la pena de que Chona interrumpiera
la grave conversación que sostenía con doña
Refugio, quien en su calidad de mujer de
buena sociedad tenía siempre abundante
materia para la conversación.
Sólo Carlos permanecía callado sin promover por su parte la conversación, y sólo
contestaba con laconismo, aunque con atención, á las repetidas preguntas de doña Refugio.
Nada notable ocurrió durante la tarde, y
á eso de las seis había logrado aquella caravana llegar al lugar en que se debía pasar
la noche.
La cena fué tan animada como el almuerzo; y hasta allí no había ocurrido el menor
contratiempo.
—El día ha sido feliz, dijo Castaños.
—Completamente feliz, contestó doña
Refugio; no ha habido una sola jaqueca, al
menos que yo sepa.
Después de la cena, y mientras se preparaban los respectivos departamentos para
dormir, se introdujo cierto desorden en la
reunión, pues algunas señoras quisieron disfrutar de la hermosura de la noche sentadas en las banquetas del patio de la casa;
algunas pasaron desde luego á las habitaciones, y otras, en fin, se paseaban á lo largo de un corredor.
Cerca de la puerta del patio de la casa,
estaba doña Refugio hablando con dos señoras y dos caballeros, que de pié y frente á
ellas, formaban un grupo.
Mantenían una tranquila y agradable conversación, cuando notaron que en la puerta
inmediata sonaban voces como de un altercado.
—¿Han notado ustedes? dijo doña Refugio.
—Sí, contestó uno de los caballeros, parece que riñen.
—Serán los criados, dijo una de las señoras.
Pero como las voces seguían, uno de los
caballeros se adelantó hacia el zaguán para
averiguar lo que pasaba.
Las cuatro personas del grupo quedaron
pendientes y esperando alguna noticia; pero
como ésta tardaba y el murmullo de voces
continuaba, se levantaron también de sus
asientos y se acercaron al zaguán.
—Es imposible, decía un hombre entreabriendo la puerta, esta noche hay huéspedes en la casa y no queda un solo rincón
para nadie.
Una voz plañidera y triste resonaba por
la parte de afuera implorando un albergue.
—Ya se ha dicho que no, dijo bruscamente el portero.
—¿Quién es? preguntó con voz penetrante doña Refugio.
—Es una mujer que quiere entrar, contestó el portero.
—¿Y bien, dijo doña Refugio; ¿y por qué
no se le permite?
El portero no contestó.
—¿Viene sola?
—Sí, señorita, dijo el portero, dice que
viene cansada y que tiene miedo de dormir
fuera.
—Abra usted, dijo doña Refugio.
El portero dejó caer la cadena y la puerta se abrió lo suficiente para que pudiera
penetrar una persona.
—¡Mil gracias! dijo una voz, cuyo timbre
hirió de una manera particular los oídos de
las personas que allí estaban.
—Esa voz, dijo muy bajo doña Refugio,
no es la de una persona vulgar, y la manera de decir mil gracias revela que no es
una mujer ordinaria.
—Efectivamente, dijo una délas señoras,
no sé por qué, pero esa voz me ha conmovido.
—A mí también, dijo la otra.
—Acérquese usted, buena mujer, dijo doña Refugio.
Y avanzó hacia ella una especie de sombra, que cuando estuvo herida por la luz de
la luna, que alumbraba todo el patio, le dió
un nuevo realce y un nuevo interés.
Era una mujer profundamente pálida, de
frente despejada y blanca; sus ojos, de un
brillo particular, estaban hundidos en sus
órbitas y en las líneas de la boca de aquella
mujer había esa contracción especial de las
personas que han sufrido por largo tiempo.
Fué tal la impresión que produjo aquella mujer en los circunstantes que guarda-
ron silencio por largo tiempo; nadie se
atrevía á dirigirle la palabra y sólo la contemplaban de hito en hito, forjando cada
cual para sí las mas extrañas leyendas.
Doña Refugio fué por fin quien rompió
el silencio.
—¿Tiene usted necesidad de algo, señora? preguntó doña Refugio á la desconocida, no atreviéndose á llamarle por segunda
vez buena mujer.
• —De todo, murmuró la mujer con acento de tristeza, todo me falta, excepto Dios.
—Voy á mandar que le sirvan á usted.
—No, señora; mil gracias; sólo quiero un
rincón donde descansar, y mañana continuaré mi camino.
—¿Va usted muy lejos?
—A la hacienda grande.
—Allá vamos todos y tal vez se proporcione que haga usted su viaje con mas comodidad. ¿Camina usted sola?
—¡Sola!... soy sola en el mundo.
—¡Pobre mujer! dijo una de las señoras
muy quedo.
3
—¡Estoy dispuesta, dijo doña Refugio, a
hacer por usted lo que pueda, si es que necesita usted de mis servicios.
—¡Señora, doy á usted un millón de
gracias! ¡es usted muy buena! exclamóla
mujer con acento de profunda gratitud embargado por las lágrimas.
Doña Refugio procuró atentamente que
las personas que la acompañaban la dejasen
sola con aquella mujer, quien por sus maneras y su modo de hablar, revelaba no ser
una persona vulgar.
—Deben ustedes comprender, decía doña
Refugio bajando la voz contra su costumbre,
que al encontrarse esta mujer delante de
cinco personas desconocidas, debe tener
embarazo en confesar sus desgracias, pues
según lo que parece se trata aquí de una
persona muy desgraciada.
—!Y usted es tan buena, señora doña
Refugio, que estamos seguras, dijo una de
las señoras, que va usted á...
—A hacer lo que pueda.
—En todo caso, dijo uno de los caballeros,
cuente usted con nosotros para todo lo que
se ofrezca, y por ahora nos retiramos para
que usted pueda hablar libremente con esa
desgraciada.
Doña Refugio se quedó sola con la desconocida.
Las demás personas de la comitiva habían
ido entrando poco á poco á sus respectivas
habitaciones, de manera que doña Refugio
y la desconocida pudieron platicar libremente.
CAPITULO III.
E N EL CUAL E L LECTOR V U E L V E Á ENCONTRAR Á UNA CONOCIDA SUYA.
REDUCIDA por las circunstancias
de mi familia á vivir por cierto
tiempo en un pueblo corto, cuando apenas tenía yo diez y seis años, quiso
mi mala suerte hacerme esposa de un hombre con quien jamás me ligaron los vínculos
del cariño.
—Mi inexperiencia, y no sé qué ofuscamiento fatal por parte de mis padres, decidieron este enlace de una manera violenta.
—Cuando se tiene diez y seis años, señora,
está uno muy lejos de imaginarse que haya
en la vida otra cosa que delicias y comodidades, especialmente cuando ni un día solo
se ha probado la amargura de un desengaño.
—Yo me creí feliz, pero ¡ay! cuánto me
engañaba; creí que mi marido iba á sustituir
el cariño de mis padres y que podría yo
amarlo sin echar de menos los mimos á que
estaba acostumbrada.
—Muy poco tiempo tardé en perder estas
ilusiones y en ver que el matrimonio era
para mí una carga insoportable; mi marido
cambió desde los primeros días, y de atento
y amable, se convirtió en déspota absoluto,
en tirano, en verdugo. No abrigaba en su
alma más pasión que la de los celos; y esta
pasión, señora, cuando arraiga en un corazón
como el de mi marido, es el infierno mismo.
Hizo aquella mujer una pequeña pausa
como para tomar aliento, y continuó:
—Debo advertir á usted, señora, porque
mi aspecto lo desmiente ya del todo, que
yo era hermosísima.
—No lo dudo, dijo doña Refugio, ni lo
dudará quien estudie los rasgos de la fisonomía de usted.
—Mi familia hubo de abandonar el lugar
donde me casé y quedé sola; sola y á merced de aquel tigre que me había tocado por
suerte.
—Sufrí en silencio y lloré,«lloré sin cesar;
mi marido se encelaba de su sombra, del
viento, de la luz, de'todo, por que se había
apoderado de él una monomanía feroz, sin
más origen que mi funesta hermosura.
—Así sufrí tres años.
—Durante este tiempo, mis ojos se cansa"
ron de llorar, yo no encontraba apoyo en
nadie, á nadie veía y mi consuelo era orar;
pedía consejo al párroco del lugar, pero
siempre me prescribió la prudencia como
único recurso.
—Relatar á usted las horribles escenas que
diariamente tenían lugar, y á las que daba
origen esa infernal pasión, sería cansar la
atención de usted, señora, abusar de la bondad con que me escucha.
—La escucho á usted con interés indeci-
BSBHSMMMtfinBHanñBaE^
ble y estoy dispuesta á cír á usted hasta
el fin.
—¡ Ay señora! la desgracia tiene un aspecto tan repugnante, que. los que son felices
no pueden comprender á los que lloran.
—Yo la comprendo á usted, dijo conmovida Doña Refugio, yo también he sufrido;
continúe usted, se lo suplico.
—Gracias, señora, mil gracias....
La desconocida se enjugó los ojos y continuó:
—Un día, un día de tantos, lloraba yo
sola contando con que mi marido no me
vería; pero m e espiaba y mi llanto fué de
pronto interrumpido por un golpe en la cabeza; me creí víctima de algún ataque cerebral; pero su voz, señora, su voz de tormenta resonó en mi estancia.
—Te he estado observando, rugía, y te
h e visto llorar; te he .prohibido que llores
y lloras siempre por.... lloras porque amas
á alguno, lloras porque eres ingrata, porque
m e odias; pero me perteneces ¿lo entiendes?
¿y sabes lo que es pertenecerme? es ser
mía, es no respirar sino por mí y no tener
ni lágrimas, ni sonrisas sino por mí.
—Pues por tí lloro, exclamé.
•—¡Mientes! rugió mi marido, tú no lloras
por mí, porque lo tienes todo; pero debes
entender que te vigilo, que te espío, que
observo lo que haces.
—¡ Qué hombre! ¡ Dios mío! ¡ qué hombre!
murmuró doña Refugio.
—Aquel día acabó por golpearme, continuó la desconocida; vea usted mi frente.
En efecto, en la frente de aquella mujer
había una pequeña cicatriz.
—Me estrelló un vaso en la cabeza ¡ay!
me hubiera matado!...
—Esto pasaba con frecuencia, llegando al
grado de no poder dormir ni comer en varios
días y sufriéndolo todo, sin la intervención
de nadie, sin un amigo, sin un pariente, sin
el amparo eclesiástico que imploré mil veces en vano, sin el amparo judicial, porque
la justicia del pueblo estaba sometida á la
voluntad de mi marido.
—Sometida, callada y sufriendo siempre,
"é&mm
mM"
no había pensado sin embargo en cambiar
de género de vida, ni en libertarme de tan
horrenda tiranía; pero una mañana, la recuerdo como si hubiese sido hoy, vi un
hombre
—Señora.... en los ojos de aquel hombre
leí como un aviso sobrenatural; me pareció
que había venido al mundo para redimirme,
no sé qué de salvador vi en sus ojos; no sé
qué de grande y de terrible en su aspecto,
y lo vi
—El leyó también en mis ojos tal vez algo como la plegaria de un náufrago.
—No fui dueña de mí misma: le pertenecí.
Yo nunca había luchado, no sabía luchar;
nunca había amado, no sabía amar; y fanatizada por una creencia fatal, me creí salvada, me pareció que era yo feliz, me sentí
fuerte, me sentí con valor
amaba.
El amor, señora, era para mí un mundo
nuevo y en aquel hombre veía algo mas
grande que el mundo; se hizo preciso huir....
él lo quería, él lo mandaba y él
era mi
rey
Obedecí
era preciso ocultar el fru-
to de nuestro amor que le pertenecía; me
dijo que nos iríamos y lo esperé
lo espe-
ré, señora, y lo he esperado diez años.
—¿No ha vuelto? preguntó doña Refugio.
—No, señora.
- ¿ Y el
—¿Mi hijo? mi hijo, dijo aquella mujer
bajando mucho la voz; cometí un crimen.
—¡Cómo!
—Dejé que me lo arrebataran y no me
volví loca; supe que me lo habían quitado
y seguí viviendo; pregunté por él y no me
respondieron.
—¿Y su marido de usted?
—Lo busqué para decírselo, para confesarle mi crimen y que me matara; pero el
destino lo alejó de mi lado, y mis cómplices
porque el crimen siempre tiene cómplices, pudieron ocultarlo todo, todo, señora, hasta mi hijo.
—Me postró la fiebre puerperal, durante
la cual murió la mujer que se llevó á mi hijo,
la única que sabía donde estaba, y lo perdí.
—¿Y su marido de usted?
—Los celos lo hicieron borracho, y en
medio de este horrible vicio, jugó y se
arruinó, se enfermó y está idiota; vive en
una casa de asilo.
—¿Y su familia de usted?
— H e sabido después que mi marido para
explicar sus celos, me calumnió
me calumnió, señora, antes de que hubiera yo
sido criminal y logró que mi familia me
abandonara; me lloró muerta
no, muerta
sería mejor; me lloró prostituida.
¿ Y no ha vuelto usted á saber inada de
su hijo?
—Sí, señora, he sabido de él, lo voy buscando y lo buscaré hasta el fin del mundo,
hasta que se me acaben los piés y la tierra;
ya aprendí á caminar y camino.
Aquí pareció que la voz de la desconocida se embargaba y que le faltaban las
fuerzas, porque dejó caer los brazos como
desfallecida.
Doña Refugio la obligó á pasar al come-
dor que á la sazón estaba solo, pues ya todos los convidados se habían retirado á sus
habitaciones.
Pareció á doña Refugio conveniente dejar sola á la desconocida por unos momentos, los cuales aprovechó en reunirse con
las personas con- quienes había interrumpido su conversación, con motivo de aquel
incidente.
Tanto las dos señoras como los dos caballeros, se habían quedado esperando con
impaciencia que doña Refugio acabara su
larga conferencia con aquella desconocida.
—Yo creo que se trata de amores, decía
uno de los caballeros.
—En todo ha de sacar usted los amores,
objetó una señora.
—Es natural, yo en todo procedo de esa
manera: «¿quién es ella?»
—En fin, decía otra de las señoras, doña
Refugio nos va á informar detalladamente
de lo que pasa, pues al efecto ha querido
quedarse sola con la desconocida, para ave-
riguar hasta los mas insignificantes pormenores.
—De todos modos es bueno que un incidente que toca en lo dramático, haya venido á turbar la monotonía del camino: por
mi parte estoy interesadísimo en ese asunto, siquiera porque me dará materia para
escribir un artículo de viaje, conteniendo un
episodio novelesco.
Aquellas cuatro personas no se ocuparon
en todo el tiempo que duró la conferencia,
sino en hacer conjeturas sobre el asunto,
observando desde lejos los menores movimientos de la desconocida.
Al fin, volvió doña Refugio.
—Ya viene, dijo uno.
—Ahora sí, todo lo vamos á saber.
—¿Qué es ello? señora doña Refugio.
—¿Es realmente una mujer...
—Es una desgraciada ó una perdida?
—Cuéntenos usted, señora.
—Ahora es cuando entra la parte divertida.
|| Si será alguna petardista.
—¡Señores! dijo gravemente doña Refugio bajando la voz, señal infalible en esta
señora de que se trataba de asuntos graves:
exijo de ustedes el respeto debido á la desgracia; esa señora está bajo mi protección y
sus secretos no me pertenecen.
Reinó el silencio en el grupo, en seguida
doña Refugio saludó y regresó al comedor,
en donde la esperaba la desconocida, la que
como habrá comprendido el lector, no era
otra que Salomé, la madre de Gabriel.
Apenas se hubo retirado doña Refugio,
una de las señoras exclamó:
—Nos ha dejado con un palmo de narices! ¡vaya usted á ver! tomar tan á pechos
la historia de una desconocida, y salimos
ahora con que sus secretos no le pertenecen
á doña Refugio.
—¡Lástima de tiempo! dijo la más joven
de las señoras; he aguantado mi sueño inútilmente.—En fin, dijo la otra, es necesario con-
formarse, no sabemos qué será lo que pueda
haber en esto.
Yo creo que ha resultado... nada, nada,
vale más esperar porque la curiosidad es
una cosa que impacienta.
Y aquellas cuatro personas se despidieron, proponiéndose cada una en su interior
s
á
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S
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l
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CAPÍTULO IV.
averiguar aquel misterio.
DE LO QUE LES ACONTECIÓ Á LOS
VIAJEROS EN UNA MALA TARDE.
feofA Refugio fué la primera que
se levantó al día siguiente, y solicitó hablar con Carlos para arreglar la conducción de Salomé.
Apenas estuvieron levantados los viajeros, comenzó á circular la anécdota de la
noche anterior, comentándola cada uno á
su manera.
Castaños y Luisita, que movidos por los
mismos instintos de curiosidad congeniaban
en ese y en otros puntos, y que además
formarse, no sabemos qué será lo que pueda
haber en esto.
Yo creo que ha resultado... nada, nada,
vale más esperar porque la curiosidad es
una cosa que impacienta.
Y aquellas cuatro personas se despidieron, proponiéndose cada una en su interior
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CAPÍTULO IV.
averiguar aquel misterio.
DE LO QUE LES ACONTECIÓ Á LOS
VIAJEROS EN UNA MALA TARDE.
fe0ÑA Refugio fué la primera que
se levantó al día siguiente, y solicitó hablar con Carlos para arreglar la conducción de Salomé.
Apenas estuvieron levantados los viajeros, comenzó á circular la anécdota de la
noche anterior, comentándola cada uno á
su manera.
Castaños y Luisita, que movidos por los
mismos instintos de curiosidad congeniaban
en ese y en otros puntos, y que además
eran compañeros de viaje, fueron los que
tomaron mas á pechos el asunto de la desconocida.
. -Viso muy grave debe haber visto dona
Refugio en todo esto, decía Castaños, para
que se hayan tomado ciertas determinaciones. ¿Si iremos saliendo con que la desconocida misteriosa es pariente de doña Refugio?
- Y a me lo había sospechado, dijo Luisita, porque de otro
no se explica la
reserva que desde cierto momento emplea
doña Refugio en este asunto.
¿ Y dicen que esa mujer es bonita."
m o d o
H e oído decir que tiene un -porte distinguido á pesar de la traza con que camina.
—¡Pobre mujer!
,
Debe ser su historia terrible: algo daría
vo por conocerla.
_ l L o cual no me parece difícil, supuesto
que según todas las probabilidades, á partir
de este momento ya la desconocida pertenece á la familia de doña Refugio.
^
- S i doña Refugio fuera joven, exclamo
Castaños.
—¿Qué?
- L a enamoraba por averiguar lo de la
•aparecida.
—¿Y cómo se llama esa mujer?
—Salomé.
—Hasta el nombre es raro.
- S o b r e que le digo á usted que aquí hay
una grande historia.
—¿Y adonde la han colocado?
—En el último coche.
—¿Sola?
No; la han hecho acompañar por la criada de doña Refugio.
—No ha sido mala la fortuna de la aparecida; por lo visto ya se acabaron sus ttabajos.
—¡Quién sabe!
La comitiva montaba á la sazón en los
carruajes, y algunos momentos después se
ponía en marcha.
Ninguna circunstancia notable hubo en
la mañana de ese día. De entre los ginetes
había algunos mozos de confianza encargados de explorar el camino, tomando noticias
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'wfe,»¡Bf aasiBfflf, t g j y r
en algunos lugares y separándose del camino, principalmente en ciertos parages, para
explorar las laderas, cuando éstas eran mon-
—Esto es un preliminar que no me gusta.
—¿Por qué?
—Porque es señal de que alguna novedad
ocurre.
te ó arboledas.
D o ñ a Refugio, que había notado ya el
efecto que Salomé había causado entre os
convidados, se puso de acuerdo con Carlos
á fin de sustraerla lo más posible a las miradas indagadoras de los paseantes, de manera que á pesar de haber muchas personas i n t e r e s a d a s en averiguar lo que pasaba
n 0 les fué dado ver á Salomé á la hora del
almuerzo.
Sentados todos á la mesa, aunque no con
las comodidades del día anterior, sólo se
esperaba á Carlos, cuya repentina desaparición empezaba á causar cierta inquietud.
Al cabo de algunos momentos, que al
hambre de los paseantes parecieron horas,
un criado trajo la noticia de que Carlos vendría después á la mesa.
.
—iMalo! dijo Castaños á su inseparable
La palabra novedad soltada imprudentemente por Castaños pasó de boca en boca, y produjo un murmullo de verdadera
alarma.
compañera Luisita.
—Malo ¿por qué?
—Dicen que hay novedad, decía uno.
—¿Qué clase de novedad es esa de que
todos hablan? preguntó otro.
—¿Quién dice que hay novedad?
—Yo, no.
- N i yo.
—Lo ha de haber dicho Castaños, dijo
una señora, quien con esta frase promovió
la hilaridad.
—Todo lo ha de hacer Castaños, dijo éste. ¿Quién ha dicho que yo soy el autor de
esa noticia?
—Todos, gritó uno.
—¡Es natural! Castaños es el hombre de
las noticias.
—Pues nada de eso, señores; pueden us-
tedes tranquilizarse, porque yo no he hablado nada de novedades.
—¡Hueco! le dijo Luisita';al oído á Castaños, queriendo darle á entender que había
sido imprudente al soltar aquella palabra.
Por poco pusilánimes que fueran los concurrentes, y por poco fundamento que tuvieran los rumores, bastó que circulara la
idea de un peligro para que todos los ánimos se sobresaltasen, abultando cada uno
según su fantasía la clase de peligre á que
iban á exponerse.
Carlos, entre tanto, hablaba á solas y con
cierto misterio con uno délos exploradores.
—Pues me dijeron, decía el explorador,
que está el camino malo.
—Bueno, contestaba Carlos, ya sabemos
que á pesar de todas nuestras gestiones no
se ha logrado que compongan el camino.
—No, señor amo, quería yo decir... porque
como va sabe su mercé que $no todos los
días son iguales, y que los'compadres no
tienen hora, porque tan pronto se aparecen
por aquí como por allá...
—¿Y ha habido quien los vea?
—Dicen en el rancho que por allí pasaron
esta mañana como unos seis.
—¿Ladrones?
—Pues eso no se sabe; pero 3^0 creeré
que sí, pues cuándo no; dicen que iban bien
montados, y que uno de ellos llevaba chaparreras tagarnas.
—¿No los conocieron?
—Pues á uno dicen que le nombran el
Pájaro.
—¿Pero no eran más que seis?
—Eso es lo que dicen, que vieron seis,
señor amo.
—¿Y crees que salgan?
—Pos, yo creeré que puede ser, porque
si han ido á traer más gente; pues cuando
no hacen la lucha, aunque no sea más que
por saber como quedan.
—Pues mira, haz que los muchachos alisten las armas.
—Está bueño, señor amo; aunque se me
figura que de caernos, será al pardear y en
aquellos malos pasos que hay cerca de las
lomas, como quien baja ya pa la hacienda.
—¿En las barrancas?
—Sí, señor como quien coje así para el
potrero.
—En todo caso, procura avisar con tiempo, coloca á los muchachos de modo que
nos den tiempo de prepararnos.
Carlos volvió á la mesa con visible mal
humor, y todas las miradas se fijaron en él,
en medio del sobresalto general.
—¿Hay algo notable, señor don Carlos?
dijo uno.
—Xo, señores; sólo he mandado que se
tomen algunas precauciones.
—Hombre prevenido, nunca es abatido;
dijo una señora grande.
—Se va á lucir Castaños, dijo un joven
picado por los elogios que le habían hecho
a Castaños, con motivo de su destreza como
tirador.
—Bien es, agregó un diletante, que non
es lo mesmo moriré, que parlare de la mor te.
—Ya se vé, agregó otro pollo, que no es
lo mismo la placa que el ladrón; porque un
CASTAÑOS.
huevo en una botella, es lo más sereno que
se conoce en materia de punto en blanco;
pero un bandidazo ¡caracoles!
—¡Ay! qué miedo! exclamó una polla.
—Yo me quiero volver, dijo otra.
—Yo me muero! dijo una jovencita de
grandes ojos y cabello corto y rizado.
—No ha de haber nada, dijo con aplomo doña Refugio, haciendo resonar su buena voz en el comedor; los ladrones no se
atreverán á atacar una caravana tan respetable como la nuestra.
—¿Pero si son doscientos hombres? objetó uno.
—Por estos lugares, dijo un señor que
no había cesado de comer, no hay ipartidas
tan gruesas.
—Sobre todo, agregó el pollo, yendo
Castaños con nosotros...
—Señores, yo no soy valiente, dijo Castaños picándose; uno es que tire tal cual al
blanco, y otro es que me crea con la serenidad suficiente en un lance; yo nunca he
sido guerrillero ni mucho menos...
—¡Adiós de Castaños!
—¡Pero Castaños, hombre!
—¿Qué es eso, Castaños?
—Ese pollo, murmuró Castaños sentándose, me está cargando desde ayer.
El pollo por su parte estaba diciendo á
su adlátere:
—Este Castaños es muy pretencioso, cree
que solo él sabe tirar, y si nos pusiéramos
¡quién sabe!
—¿ Vd. también tira, jovencito? le preguntó un -señor grave que estaba á su derecha.
—Sí, señor, tiro; que para eso le ha costado á mi papá buenos pesos y á mí una
zurra.
—¿Cómo estuvo eso? le preguntó su
compañero.
—Nada, que gasté en el tiro de pistola el
dinero de un cobro de mi papá, y me dió
mi merecido; pero en cambio aprendí á tirar y saqué el Aguila, hice treinta y una.
• —Aquí hay otro tirador, dijo uno.
—¿Quién?
— Santibañez.
—¡Bravo! ya hay un competidor de Castaños.
—Pues con dos Guillermo Teli no hay
que tener miedo.
Castaños murmuró:
—¡Me alegro!
Las bromas se sucedieron unas á otras
mientras duró el almuerzo; pero en medio
de la aparente alegría que reinaba, había
quien sèriamente estuviera pensando en
que había que esperar un peligro positivo.
Al tomar de nuevo los carruajes, Carlos
fué entonces, y no D. a Refugio, quien ordenó
la colocación de los viajeros, haciendo que
ocupasen las señoras el centro del convoy.
Se aumentó el número de los ginetes con
otros dos criados que se proporcionaron en
aquel lugar, y después de haber destacado
cuatro ginetes como descubierta, los coches
emprendieron la marcha.
A poco andar comenzó el terreno á ser
mas accidentado y molesto, y la marcha de
los carruajes se hacía á cada paso mas y mas
lenta y difícil.
—
62
—
De repente se paró el primer coche y tras
él todos los que seguían sucesivamente, trasmitiéndose la alarma de uno á otro.
La mayor parte de los hombres saltaron
de los carruajes, Castaños y Santibañez pistola en mano, y los demás buscando por
todas partes con ávidas miradas á los ladrones.
—¿Qué hay?
—Ahí están.
—¿Qué ocurre?
—Los ladrones.
—¡Fuego sobre ellos!
—¿Cuántos son?
—¡Jesús, María y José!
Todas estas voces se mezclaron en confusa algarabía y la alarma tomó colosales
proporciones entre todos los concurrentes.
C A P I T U L O V.
EL CHUBASCO.
los coches debían desfilar por un
[í estrecho sendero, en el que un mal
paso había detenido el primer carruaje.
La alarma se convirtió bien pronto en
algazara cuando se hubo averiguado la causa de la detención; pero el mal era en realidad mayor de lo que parecía, pues se había inutilizado una rueda y aquel coche no
podía seguir caminando.
Reunidos los criados no tardaron en sa-
—
62
—
De repente se paró el primer coche y tras
él todos los que seguían sucesivamente, trasmitiéndose la alarma de uno á otro.
La mayor parte de los hombres saltaron
de los carruajes, Castaños y Santibañez pistola en mano, y los demás buscando por
todas partes con ávidas miradas á los ladrones.
—¿Qué hay?
—Ahí están.
—¿Qué ocurre?
—Los ladrones.
—¡Fuego sobre ellos!
—¿Cuántos son?
—¡Jesús, María y José!
Todas estas voces se mezclaron en confusa algarabía y la alarma tomó colosales
proporciones entre todos los concurrentes.
C A P I T U L O V.
EL CHUBASCO.
los coches debían desfilar por un
[í estrecho sendero, en el que un mal
paso había detenido el primer carruaje.
La alarma se convirtió bien pronto en
algazara cuando se hubo averiguado la causa de la detención; pero el mal era en realidad mayor de lo que parecía, pues se había inutilizado una rueda y aquel coche no
podía seguir caminando.
Reunidos los criados no tardaron en sa-
-
(i-i —
car el coche del atolladero, pero hubo necesidad de abandonarlo. En seguida se hicieron desfilar los demás y salvar uno á uno
aquel mal paso, teniendo para esto que
apearse las señoras y que caminar á pié un
gran trecho.
Este incidente retardó la marcha por más
de una hora, durante la cual, y disipada la
primera impresión del peligro, hubo motivo
para que toda aquella comitiva se entregara
á la espansión de los comentarios.
Ya los viajeros seguían tranquilamente la
marcha, cuando un incidente de la misma
especie volvió á interrumpirla.
—Xo hay cuidado, gritó uno, es otro mal
paso.
—¡Pié á tierra!
—¡Abajo!
•—¡Otra vez!
—¡Hoy no llegamos!
Y la misma algarabía de la escena anterior se repitió, no obstante que aquello comenzaba á contrariar á los menos resignados.
Carlos estaba visiblemente contrariado, y
— 65 —
en más de un grupo se suscitó la cuestión
de acriminar al gobierno por el mal estado
de los caminos.
—¡Es imposible! ¡si esto no es país! Vea
usted qué camino, y en pleno siglo XIX,
decía uno.
—¡Y en tiempo del vapor!
—¡Esto no se vé en ninguna parte del
mundo!
—Nada, decía otro, mientras no haya caminos, no habrá paz, ni nada en México.
Carlos y Salvador presenciaban, los primeros, el paso de los carruajes y dirigían
las operaciones.
—Lo que siento es, decía Carlos, que la
tarde va á ser mala; el agua es segura y es
preciso darnos prisa.
—¿Lloverá?
—Sin remedio, y á este paso nos van á
sorprender el agua y la noche.
--¡Vivo! ¡vivo! gritó Salvador á los criados.
—¡La rueda delantera!
—Ahora la otra.
5
Y lentamente, y sólo merced al número
de hombres que ayudaban, podían salir los
coches de cada uno de los atolladeros.
—¡Vicente! gritó Carlos.
Y uno de los cocheros se dirigió á Carlos.
—¿Qué, no hay otro camino mejor que
este?
" J N O , señor, contestó el cochero, el otro
está peor.
—¿Crees que lloverá?
—Yo creo que sí, señor amo.
—¿Y no podremos llegar á tiempo?
—Ahí está no más el agua, vea usted,
señor.
;
Efectivamente, hacia el Oriente el horizonte se ennegrecía por momentos á medida que el sol declinaba.
A poco empezó á soplar un vientecito
frío del N . E. que era el que iba á decidir
la cuestión.
Al sentir aquella ráfaga húmeda, Carlos
comprendió toda la gravedad de la situación
en que sin remedio iban á verse colocados.
Carlos estaba pendiente, no sólo del paso
de los carruajes, sinó que repetidas veces
tendía sus miradas hacia el camino.
—Me impacienta el retardo de los exploradores, dijo Carlos á Salvador.
—¿Ya debían estar de vuelta?
—Hace una hora, según las instrucciones que tienen.
—¿ Realmente temes qüe á pesar de nuestro número seamos atacados?
—Lo estoy temiendo, porque he sábido
que no hace muchos días pasó por aquí una
partida como de sesenta hombres.
—Pues ya eso es gravé.
. —Ya se vé que lo es, y luego, que corno
vamos con señoras, esto va á entorpecer
todas nuestras operaciones.
Todavía se presentó un tercer mal paso
en el camino, que volvió á detener la marcha de la comitiva, obligando de nuevo á
los paseantes á apearse de los carruajes.
No habían pasado los tres últimos coches
cuando ya las nubes se habían amontonado
sobre la cabeza de los viajeros.
Informes pelotones avanzaban hacia el
^ '
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m
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zenit dibujando con perfiles luminosos sus
gigantescos contornes, mientras que en el
horizonte se corría un velo ceniciento y
uniforme que ocultaba los altos perfiles de
las montañas.
De repente se escuchó una detonación
prolongada y lejana, pero bastante perceptible para que de la comitiva en masa se
levantara un murmullo como el de un enjambre que se alborota.
—¡El agua! gritaron por todas partes.
—¡Viene el agua!
—¡Al agua, patos!
Otra descarga eléctrica hizo rimbombar
sus ecos en las montañas; el sol se ocultó
tras de negras nubes y la sombra empezó á
invadir el espacio.
Se sentía en los carruajes ese sofocante
calor que precede á las borrascas. Aquella
capa de aire caliente no tardaría en elevarse para ser súbitamente sustituida por una
ráfaga tempestuosa.
La electricidad estaba jugando sobre sus
inmensas plataformas de nubes ó de capas
<le aire enrarecidas; se sucedían en lo alto
las corrientes y se desgajaban y se unían
aquí y allá enormes masas parduzcas y pesadas que amenazaban desprenderse sobre
la tierra.
Comenzó á oírse un chasquido particular,
parecido al que produce el maíz al pasar
por un harnero inclinado de hoja de lata
para depurarse del tamo.
—Ya está lloviendo, dijeron algunos.
Pero ni una gota caía y no obstante,
aquel ruido se prolongaba y crecía.
—¿Qué es eso? dijeron algunas señoras,
¡qué ruido tan extraño!
—¡Dios mío! que está sucediendo?
—«.Glorifica mi alma al Señor» murmuraban por todas partes.
—¡Esto es horrible!
—¿Qué rudío es ese?
—¡Padre! gritó una señora, conjure usted
por Dios esa nube, vea usted qué horrible!
—¿Quién trae vela de Nuestro Amo? dijo
una señora.
-Yo.
—Y yo.
—¡Enciéndalas pronto!
—Padre, rece usted por nosotros.
—¡Jesús, que ruido!
—Y lo más extraño es, que no cae una
gota de agua.
—Y parece que no está lloviendo todavía
por ninguna parte.
El padre González estaba entregado completamente á la oración, colocado dentro
de un coche que tenía los vidrios levantados, y dos señoras lo acompañaban, vela
en mano.
El pánico se había apoderado de las señoras, y en estos momentos ninguno de los
coches caminaba porque el primero había
sufrido otra avería.
Era aquél un paso del camino en el que
para descender, ladeando una pendiente,
había que caracolear entre una falda y un
precipicio. Los hombres seguían caminando
á pié con algunas de las señoras que tenían
más temor de ocupar los coches.
Castaños, Santibañez y otros dos, se ha-
bían adherido á un grupo que rezaba, á la
sazón que se unían con Salvador.
—¿Qué es esto, qué está sucediendo, señor Don Salvador? preguntó Anita.
—Es un fenómeno muy bonito.
—¡Ay, qué horror! ¿conque á usted le
divierte?
•—Estoy encantado.
—¡Jesús, María y José! usted no tiene
remedio.
—¿Y qué fenómeno es ese? preguntó Castaños abreviando su Magníficat.
—Es el granizo que contienen esas nubes
que están sobre nosotros.
—¿Pero por qué suenan?
—Porque los granizos impulsados por el
viento, se chocan entre sí antes de caer.
—¿Quiere decir que v a n á caer sobre nosotros? preguntó una señora.
—A menos que una fuerte corriente de
aire desvíe la nube prontamente.
—O que la infinita misericordia de Dios
la aleje, por un especial favor hacia nosotros.
—También, contestó Salvador y se alejó.
—¿Usted cree eso? dijo una señora á
otra.
—¡Qué voy á creer! figúrese usted si Dios
en sus altos juicios....
Entonces fué á Castaños á quien le tocó
hacer el papel de hombre instruido.
—Pues créalo usted, dijo fingiendo aplomo y avergonzándose interiormente de haber tenido miedo; la electricidad es una cosa
conocida: todo el mundo sabe lo que es la
electricidad, y los que hemos estudiado física....
—Pues yo no he estudiado eso, y tengo
mucho miedo.
Una nueva detonación fué como el postrer aviso del chubasco, porque aquella nube
parda que parecía besar ya la montaña, vomitó torrentes de granizo.
Todos se refugiaron en los coches y cerraron los vidrios.
El ruido era espantoso: verdaderas cataratas se desprendían de lo alto, formando
una sucesión de blancas columnas que se
estrellaban en las rocas. En pocos momentos el suelo estuvo blanco, y los granizos al
azotar contra los cristales de los coches,
parecían romperlos á cada momento, porque
no era una corriente continuada, sino grandes descargas á cortos intervalos.
El granizo fué haciéndose mas pequeño
hasta convertirse en lluvia, á tiempo que
algunos truenos rimbombaron prolongados
y magestuosos por toda la bóveda, que á
poco se entoldó completamente, haciendo
mas densa la oscuridad.
El aguacero se desencadenó resueltamente.
Los ginetes que rodeaban los carruajes
se habían dispersado, buscando algún abrigo; unos junto á los coches, y otros alejándose, buscando el tronco de un árbol ó
un respaldo de rocas.
El aguacero, con intervalos de más ó menos intensidad, duró cerca de cuarenta minutos.
En el Poniente, las nubes se agruparon de
manera que no dejaban penetrar un solo
rayo del sol: el camino estaba inundado y
se determinaban sucesivamente, después del
chubasco, grandes caídas de agua, á medida
que se deshacía el granizo en las alturas;
no obstante, Carlos dió orden de seguir la
marcha.
Pero esta marcha iba á ser precisamente
por el lugar mas accidentado del terreno,
de manera que los coches fueron descendiendo lentamente al fondo de una parte
baja de la barranca para salvar todavía, á
favor de la escasa luz de la tarde, los malos
pasos.
La marcha se hacía cada vez mas difícil
y peligrosa; el camino estaba intransitable
para andarlo á pié.
Caracoleando y salvando con frecuencia
algunos atolladeros, la comitiva llegó á descender hasta el fondo de la barranca para
emprender de nuevo la subida y ganar los
llanos para rendir la jornada.
Pero en el fondo de aquel bajío, la oscuridad se hacía mas densa y un nuevo aguacero vino á complicar la situación.
Se oyó de repente el andar de dos caballos que bajaban precipitadamente de la
pendiente opuesta.
Carlos saltó del carruaje y fué al encuentro de los ginetes.
Salvador lo siguió.
Eran los dos mozos que habían ido de
exploradores y que regresaban haciendo
señas con el sombrero.
1 1 1 1 1 1 1 1 1 1 1 1 1 ^
CAPÍTULO VI.
EN EL CUAL SE V E R Á BAJO OUÉ AUSPICIOS
VUELVEN Á ENCONTRARSE GÓMEZ
Y SALOMÉ.
_
PARECIERON detrás de los ex-
ploradores como seis hombres
á caballo.
Carlos y Salvador regresaron para dar la
voz de alarma.
Bajaron los hombres de los coches, y desde aquel momento empezó á reinar la mayor confusión y desorden; todos gritaban y
ninguno podía entenderse.
Carlos, Salvador, otras dos personas y
dos de los criados se posesionaron de un
punto avanzado sobre unas rocas.
Los coches ocupaban una larga linea que
podía ser atacada por varias partes con
ventaja.
Otro pelotón como de cinco hombres
apareció por el lado opuesto.
Carlos y Salvador hicieron fuego los primeros con sus rifles, y el grupo de seis
hombres contestó los tiros avanzando: por
el extremo opuesto se oyeron también tiros, siendo entonces los ladrones quienes
descargaron sus armas contra los últimos
carruajes.
Era el terreno un callejón sin salida, y
los viajeros estaban atacados por los dos
extremos del convoy.
Á los fuegos de Salvador y Carlos hubieron de replegarse los seis bandidos que los
atacaban, moviéndose sin cesar y haciendo
fuego.
—¡Castaños! ¿Dónde está Castaños? gritaban unos.
—¿Dónde están los que tiran bien?
—¡Á ellos!
Cuatro de los criados, de los mas intrépidos, aparecieron sobre la eminencia, en
faz de atacar á los seis ladrones.
Carlos y Salvador tuvieron que suspender
sus fuegos.
—Cuida el otro extremo y haz que se
defiendan, dijo Carlos á Salvador; yo avanzo para sostener aquel ataque.
Salvador obedeció poniéndose en seguida
á la cabeza de los que defendían la retaguardia.
Habíase empeñado una encarnizada lucha
entre los cuatro criados y los seis bandidos
que atacaron primero, mientras que los cinco, á quienes atacaba Salvador con los que
le ayudaban, se replegaban incesantemente.
Castaños, aunque había disparado algunos
tiros al aire y sin acercarse demasiado al
peligro, se encargó empeñosamente, según
él decía, de poner á las señoras en puerto
de salvamento, haciéndolas descender hasta
—
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—
el arroyo para resguardarlas de las balas
que silbaban sobre sus cabezas.
A pesar de todos los esfuerzos de Castaños, no pudo lograr que todas las señoras
estuvieran juntas.
E n el grupo mayor no estaban ni doña
Refugio ni Luisita, á quienes no pudo encontrar Castaños.
La noche se presentó negra y pavorosa,
y á los dos extremos del convoy se veían
claramente los fogonazos de las armas de
fuego de una y otra parte; y cada detonación repercutía sus ecos en aquellas desiertas y áridas barrancas, de manera que el
fuego parecía mas nutrido de lo que era en
realidad.
Los criados de Salvador habían cobrado
ánimo y azuzaban á sus enemigos gritándoles improperios, que eran contestados
por parte de los bandidos con espantosas
maldiciones que hacían estremecer á las
señoras, quienes en esos momentos formaban un grupo compacto al rededor del
padre González.
Los fuegos se fueron apagando poco á
poco y sólo resonaba uno que otro tiro
contestado siempre.
Llegó á reinar una oscuridad tan profunda, que asaltantes y asaltados no podían distinguirse sinó cuando disparaban sus armas.
El ataque se hizo de repente mas vigoroso por la vanguardia, y allí acudieron los
más de los criados y de los viajeros útiles
para defenderse.
Mientras que se concentraba toda la
atención en aquel ataque, una escena singular pasaba en el extremo opuesto.
Doña Refugio y Luisita habían sido sorprendidas en su escondite por dos hombres
de á pié que las amagaban con puñales,
obligándolas á callar y á entregarles las
alhajas y el dinero.
Castaños, que había ido en busca de doña
Refugio, y que había ya descargado su
pistola, llegaba á tiempo de este asalto
parcial, pero no habiendo sido sentido se
ocultó en unas malezas á algunos pasos
de la escena, sobrecogido de pavor.
Un tercer bandido amenazaba á otra de
las señoras, á quien no podía distinguir
Castaños á causa de la profunda oscuridad
del lugar.
Los gritos de las señoras se confundían
con los de los criados, y todos se perdían
en el incesante rumor que producían algunas cascadas que se precipitaban por varios
puntos al fondo de la barranca.
Pero á pesar de estos rumores, Castaños
pudo hacerse cargo de la situación, oyendo
estas palabras:
—¡Mátame, infame! soy yo.
—¿Tú, Salomé, tú? Ven, vámonos.
—¿Por qué no me heriste antes de
hablarme?
—Cállate, y no digas mi nombre. Vámonos.
Esta palabra la pronunció Gómez tan alto, que sus compañeros la tomaron por la
señal del peligro, y , abandonando á sus víctimas, se perdieron entre las sombras.
Castaños, que había tenido tiempo de
poner tres cartuchos metálicos en su pisto-
. la, preparó, apuntó á Gómez y dejó ir el tiro.
Gómez dió un grito, que fué seguido de
otro de Salomé.
A la sazón se acercaban á aquel lugar dos
de los criados con Salvador, y Castaños, saliendo de su escondite, gritó:
—Sr. D. Salvador, por ahí, ¡A ellos! están á pié, y acabo de herir á uno: no deben
.estar lejos.
Los criados metieron sus caballos entre
las malezas, pero éstas eran tan espesas que
no pudieron avanzar, y se contentaron con
hacer fuego en la dirección que les había
. indicado Castaños.
El ataque de la vanguardia había cesado
completamente.
Carlos había avanzado, con su grupo á
caballo, por la parte mas alta del terreno, y
todavía hizo disparar algunos tiros en la
dirección que habían tomado los asaltantes.
En seguida envió un criado con orden de
que sólo las señoras montaran en los carruajes, y que los hombres caminaran á pié
y á los lados del cpnvoy.
El cielo empezaba á despejarse y aparecían algunas estrellas: el azul del cielo era
claro en cada jirón de nubes que se rasgaba,
porq^ü la luna ya estaba bañando con su luz
todo el espacio.
Habían resultado algunas señoras accidentadas, entre ellas Carolina, que padecía
ataques de nervios.
Doña Refugio y Luisita estaban altamente preocupadas con motivo de la escena que habían presenciado entre Salomé y
Gómez.
Se acercó Castaños al coche que estas
ocupaban, y parándose en el estribo, preguntó:
—¿Dónde está la mujer?
—¿Quién?
—La protegida de usted, señora; ya habrá usted comprendido que nos hemos
echado una víbora al seno.
—¿Usted sabe?
—Sí, señora; yo fui quien disparé sobre el bandido. Yo decía bien: esta mujer
es espía de los ladrones.
. —¿Y la traemos con nosotros? dijo Luisita.
—Yo ya avisé á Carlos para que la custodien.
—¿Y qué se ha hecho?
—Dijo que si nos volvían á asaltar, mandaba fusilar á la mujer.
—¡Es posible! ¡qué atrocidad!
—Y en llegando va á dar á poder de la
justicia.
—Eso sí me parece mas justo, dijo Luisita.
• —Hemos sido las únicas robadas, dijo
doña Refugio.
—¿Siempre perdieron ustedes algo?
—Los relojes.
—Yo les di mi bolsillo, agregó doña Refugio.
—¡Cuánto lo siento! exclamó Castaños.
—De santos nos damos, porque peor hubiera sido otra desgracia.
La escena del bandido y Salomé circulaba ya entre todas las señoras, porque Castaños más que de cuidar el camino, se en-
—¿La hacienda grande?
tretenía en llevar la noticia de coche en coche para dar pié á la conversación y á los
comentarios.
—¡Bien decíamos! exclamaban las señoras, si esa mujer no podía ser nada bueno;
hay que desconfiar ya hasta de los limosneros.
—¿Y qué le harán?
—Lavan á entregar esta noche á la justicia.
—Harán muy bien.
—Ya se vé que sí.
Ya el convoy había logrado trasponer la
altura, y descendía por mejor terreno, y
alumbrado por la luna, á la llanura.
A poco andar, Carlos se unió con los demás y preguntó si alguien faltaba.
Tardaron algún tiempo en reunirse todos,
y por fortuna no había que lamentar ninguna desgracia, excepto el robo de doña
Refugio y Luisita.
Había que atravesar un llano, á cuyo extremo brillaban algunas luces.
—Allí está la hacienda, dijeron algunos.
—No, contestó Salvador, la otra; allí nos
quedamos esta noche.
—Ya no hay peligro, dijeron algunos, y
el terreno es magnífico.
—Sobre todo, dijo Carlos, no tardarán
en venir á encontrarnos.
—Aquí estaban los de la hacienda, dijo
un criado.
—¿Y qué se hicieron?
—Pos echaron mucha bala á los mañosos,
y si no ha sido por ellos, se nos meten, dijo
otro de los criados.
—¿Tú los viste? le preguntó Salvador.
—Sí, señor amo, sí; por eso no entraron;
eran como veinte, pero los de la hacienda
los cortaron.
—Pues ahora sí vamos seguros.
—¡Pues vaya, amo, cómo no! si chinampearon.
Con esta seguridad, todos montaron en
los carruajes.
—Bien lo necesitábamos, exclamó uno
que venía cojeando; me he sumido en el
lodo hasta las rodillas.
—Y yo estoy empapado.
—Y yo arañado de la cara.
—Pero no nos robaron.
—Nos libró Castaños, dijo el pollo que
no desperdiciaba ocasión para provocarlo.
—¿Cuántos mató Castaños? preguntó ingénuamente la polla que tenía más fé en
este tirador.
Una risa general acogió esta pregunta.
La animación reinó entre los pasajeros
al verse completamente libres de todo peligro, y poco tiempo tardaron en llegar á la
hacienda, adonde los esperaban muy diversas y no menos notables impresiones.
•K¡y -¿¡y
•<¥»• Vjy •'V* ***
^
^
CAPÍTULO VIL
EL
RECIBIMIENTO.
, aproximarse la comitiva como
á unos doscientos pasos de la
finca, rompieron el aire los ecos
de una música de viento, que si bien hubiera podido tener más armonía, no por eso
era menos estrepitosa, especialmente por
lo tocante al que golpeaba la tambora, pues
su entusiasmo excedía con mucho á todos
los fortísimos de la pauta; de manera que
el buey que estacó su piel en " aras de Eu-
que venía cojeando; me he sumido en el
lodo hasta las rodillas.
—Y yo estoy empapado.
—Y yo arañado de la cara.
—Pero no nos robaron.
—Nos libró Castaños, dijo el pollo que
no desperdiciaba ocasión para provocarlo.
—¿Cuántos mató Castaños? preguntó ingénuamente la polla que tenía más fé en
este tirador.
Una risa general acogió esta pregunta.
La animación reinó entre los pasajeros
al verse completamente libres de todo peligro, y poco tiempo tardaron en llegar á la
hacienda, adonde los esperaban muy diversas y no menos notables impresiones.
•K¡y -¿¡y
•<¥»• Vjy •'V* ***
^
^
CAPÍTULO VIL
EL
RECIBIMIENTO.
, aproximarse la comitiva como
á unos doscientos pasos de la
finca, rompieron el aire los ecos
de una música de viento, que si bien hubiera podido tener más armonía, no por eso
era menos estrepitosa, especialmente por
lo tocante al que golpeaba la tambora, pues
su entusiasmo excedía con mucho á todos
los fortísimos de la pauta; de manera que
el buey que estacó su piel en " aras de Eu-
más pompa y aparato de lo que podían esperarse á aquellas horas y después de los
chubascos y de todos los contratiempos del
camino.
Desde el lance de la barranca, Salomé
había sido colocada en uno de los carros de
equipajes y custodiada constantemente por
dos de los criados, quienes al llegar no le
permitieron apearse, sinó que inmóviles esperaron las órdenes de Carlos con respecto
á la presa.
terpe no recibió jamás golpes postumos
menos merecidos.
Frente á la casa de la hacienda había haces de leña ardiendo, que despedían una
luz intensa así como un humo insoportable.
Había como hasta quinientas personas
frente á la casa, de entre las cuales se elevaban cohetes en todas direcciones poblando
el aire de chispas y atronándolo con sus inofensivas detonaciones.
Eran aquellas gentes, casi en su totalidad,
peones de las haciendas inmediatas y vecinos de todos los contornos, que, sabedores
del magnífico recibimiento que se preparaba allí al dueño de la hacienda grande, habían acudido con sus golosinas y sus comestibles, improvisando una especie de feria.
Un acontecimiento de esta especie entre
la gente del campo atrae, hasta de muchas
leguas en contorno, á los habitantes, deseosos de interrumpir la monotonía de su vida
con cualquier pretexto.
El dueño de aquella hacienda se llamaba
D. Homobono Pérez, cuyo aspecto respiraba bonhomía, salud y jovialidad.
Sería un hombre como de sesenta años
que conservaba aún la rubicundez de sus
mejillas y de su grueso cuello, todos sus
dientes y el mejor humor del mundo.
—¡Mi señor don Carlitos, amigo y señor
mío! pase su mercé á lo regado.
—¡Señor don Homobono!
—Señoritas, ¿cómo va de susto?
Los coches surcaron en aquel maremagnum, y los viajeros fueron recibidos con
gunas.
—Muertas d e miedo, contestaron al-
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9• '
I
—Pero no hay cuidado; á tiempo mandé
á los muchachos y aún no han vuelto; pero
estoy seguro de que pillarán á algunos.
Todos fueron saludando á don Homobonoque tuvo para cada uno un cumplimiento
ó una palabra de franqueza y jovialidad.
—Pues si á ustedes les parece, dijo don
Homobono, que hablaba tan alto como doña Refugio; si á ustedes les parece, pasaremos á la sala para que descansen un poco,
enseguida les haré conocer mi programa.
—¡A ver el programa! dijeron varios.
—No, en la sala; vamos á la sala.
Efectivamente, los huéspedes tomaron
posesión de una sala como de catorce varas
amueblada con canapés con fundas de indiana, algunas rinconeras, nichos antiguos
y varias pinturas de santos, alternando con
una media docena de litografías iluminadas
representando la vida de Atala y de René;
otras dos litografías en que se veía á Robinsón; un retrato de Iturbide y una Virgen
de Guadalupe.
La sala estaba enladrillada y sólo á los
piés de las sillas y de los canapés había largas tiras de alfombra con labor de arco-iris.
Tan luego como se hubieron sentado los
concurrentes, don Homobono tomó la palabra.
—Conque.... señores, he aquí mi programa. Tan luego como hayan ustedes descansado, pasaremos al comedor á tomar alguna
cosa.
—Aprobado, dijo Castaños, porque el
susto nos ha preparado el estómago.
—Continúo, dijo don Homobono.
—¡Silencio! gritó Santibañez, el señor
don Homobono va á decir la segunda parte
del programa.
—Después de cenar, dijo don Homobono, pasaremos al circo.
—¿Al circo? dijo Carlos.
—Sí, señor; pasaba por aquí una compañía á la que di alojamiento anoche á condición de organizar una función, que tengo
el gusto de dedicar á ustedes.
—¡Bravo! buenísimo! dijeron casi todos
los concurrentes.
— Puesto que está aprobado el programa,
pasemos al comedor.
Todos se levantaron para conducir á las
señoras, pero Carlos se acercó á don Homobono.
—Perdone usted, amigo mío; pero tenemos que cumplir antes con un deber.
—Estoy para que usted me mande, señor
don Carlitos.
—¿Cuál es la autoridad más inmediata?
—La autoridad.... vea usted, señor don
Carlitos, en estos momentos están aquí el
alcalde, el juez de San Sebastián, el presidente del ayuntamiento y algunas otras
autoridades, así del distrito como de algunos partidos; de manera que en materia
de autoridades estamos bien.
—Pues es el caso, que traemos una presa.
-¡Oiga!
—Sí; en mi concepto, y en el de las
demás personas que nos acompañan, la
mujer que traemos es una espía de los
ladrones, ó por lo menos está en connivencia con ellos.
—¿Cómo es eso, señor don Carlitos?
—A la hora del asalto ha hablado con
uno de ellos.
—Pues eso es muy bueno, señor don
Carlitos; ¿y en dónde está esa mujer?
—En el segundo de los carros de equipaje, custodiada por dos muchachos.
—Bien, muy bien hecho, pues ya tenemos la pista; sería bueno hacerla bajar y
que la conduzcan aquí; tengo en la casa
una pieza que le servirá de cárcel provisionalmente, mientras mandamos llamar á la
autoridad competente.
Carlos llamó á uno de sus criados y le
dió orden de conducir á Salomé al patio de
la hacienda y encerrarla en el cuarto que
debía servirle de prisión.
Esta orden, aun cuando fué dada con
cierta reserva, circuló como una noticia
alarmante entre la gente que estaba formando el tianguis en la plaza, al frente de
la casa de la hacienda, y toda la peonada y
multitud de curiosos afluyeron de todas
partes á rodear el carro donde, según todos
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decían, venía una ladrona cogida en el
asalto de la barranca.
Cesto trabajo á los mozos que custodiaban á Salomé, atravesar la compacta multitud que murmuraba:
—¡La ladrona, la ladrona! ¡)^a van á
encerrar á la ladrona!
—Era la espía.
—Dicen que por ella robaron á los amos.
Salomé fué conducida á su calabozo, siendo el objeto de las miradas y de las burlas
de la plebe, y fué tal su angustia al considerarse complicada .en aquel feo asunto,
que en vano pretendió la desgraciada levantar la voz para defenderse. Salomé no podía
hablar, la vergüenza y la pesadumbre la agobiaban de tal modo, que fué preciso ayudarla á andar, porque sin cesar desfallecía
sintiendo que la abandonaban sus fuerzas.
Cuando Salomé se vio sola, se entregó
de lleno á su dolor.
A pesar de haber llorado tanto en su vida,
hacía mucho tiempo que su amargura no
era tan desgarradora.
Entretanto los convidados gozaban alegremente de la cena, cuyos honores hacía
don Homobono admirablemente.
El menú de aquella cena de hacienda era
el siguiente:
«Cabritos asados.
Pollos fritos en manteca.
Ensaladas.
Arroz á la valenciana.
Mole de cecina.
Salsas picantes de chile verde y de chile
colorado, etc, etc.»
Hasta seis peones de los más limpios,
iban y venían en incesante movimiento,
ministrando tortillas calientes á los convidados, circunstancia que es de rigor en comidas de esa especie.
Todos aquellos manjares debían regarlos
los convidados, con algunas botellas de vino
Burdeos y algunos licores extranjeros, y sobre todo, té y café, bebidas en cuya confección la gente de aquella cocina no estaba
muy diestra.
Castaños objetó que el mole de cecina no
7
debía
tomarse con cubierto, sino haciendo
por medio de cucuruchos de tortilla, una
exacta imitación de las cucharas de Moctezuma.
No faltaron pollos y pollas que, á pesar
de ser mexicanos, hicieran exajerados aspavientos, al tratarse de comer chile picante,
debido á que las costumbres francesas habían logrado poner ya á aquellos mexicanos
inconocibles.
Don Homobono, en su calidad de anfitrión, hizo los honores de la mesa con franca urbanidad.
Ya en uno de los corrales de la casa la
compañía de cirqueros había improvisado
un circo, y multitud de gente estaba colocada en los andamios que servían de
asientos.
Aquellos maromeros eran precisamente
los compadres que se robaron á Gabriel: las
partes secundarias habían sido sustituidas
con otros individuos, pero el payaso y el
director eran los mismos.
También existía la niña compañera de
Gabriel, y de quien el director y el payaso
habían logrado hacer ya una notabilidad
ecuestre.
El payaso se llamaba Melquíades Ramos;
desde muy niño fué afecto á hacer suertes,
y su primer oficio fué el de rebocero; pero
próximo á contraer nupcias con una joven
empuntadora, recibió Melquíades las mas
estupendas é inmotivadas calabazas, de cuyas resultas enfermó, y en su convalecencia
mitigaba sus pesares con la música; comenzó recitando versos que aprendía de memoria, y después componía canciones y las
cantaba.
Una de sus canciones favoritas, tenía por
letra la siguiente cuarteta:
Ya va saliendo la luna
Y un lucero la acompaña;
¡Qué triste se pone un hombre
Cuando una mujer lo engaña!
El espíritu de Melquíades encontraba
cierto consuelo triste en cantar versos que
encerraban un fondo de amargura y desencanto.
Poco á poco su carácter se inclinó al sarcasmo, y en medio de sus espansiones y de
su alegría se podía notar siempre en Melquíades algo profundamente amargo.
Melquíades, como poeta, tenía esa sal
ática peculiar de los mexicanos: su metro
favorito era la sextilla, siendo de notar que
en todas ellas había entre los primeros versos y los últimos cierta incoherencia inimitable que encerraba toda la gracia, y en lo
general toda la intención malévola del poeta.
Esta clase de versos es característica de
la plebe de México, y por cierto que entre
ellos hay pensamientos de notable mérito
y de una malicia de lo mas picaresco que
se conoce.
Pasaron las señoras y los caballeros al
corral, en donde sobre una azotea baja se
les había improvisado un palco.
Alumbraban el circo algunos hachones,
que consistían en una media esfera formada
de aros de fierro sobre un pié derecho, conteniendo un haz de astillas de ocote.
La música saludó á los recién llegados, y
empezó la. función con una arenga del payaso.
—Echo de menos aquí á doña Refugio,
dijo Castaños en voz bastante perceptible.
—Hay más, dijo Anita, han desaparecido
el señor don Carlos y D. Homobono Pérez.
—¿Si estarán ocupándose del negocio de
la ladrona?
—Probablemente.
—¡Pobre mujer! exclamó una señora.
—¡Pobres de nosotros! dijo un pollo, porque bien pudo habernos tocado una bala de
esos bandidos.
—Ya se vé, continuó Castaños, como que
á mí me pasaron cerca: "las oí silbar como
pajaritos.
—¡Ay, qué horror!
Aquellas señoras tenían razón: efectivamente doña Refugio se estaba ocupando de
la ladrona, según la llamaban todos.
Cuando se levantaron de la mesa los convidados, doña Refugio recibió un recado de
parte de Salomé.
Doña Refugio no podía comunicarse con
la presa sino con la intervención de don H o mobono, quien para servir eficazmente á
Carlos había convocado ya al juez y á algunas de las autoridades que allí se encontraban; de manera que todos reunidos en el
cuarto de despacho de don Homobono mandaron comparecer allí á la presa.
CAPÍTULO VIII.
EL PROCESO.
ALOMÉ había caído en la atonía
del dolor; sus pasos eran inseguros y vacilantes, y había necesidad
de ayudarla á andar.
Al fin se presentó en la puerta, custodiada por dos celadores que habían relevado '
ya á los criados de Carlos.
Estaban sentados alrededor de una mesa
cubierta con carpeta de bayeta verde, hasta cuatro leguleyos.
—Escriba usted, dijo uno, dándole la
pluma á su vecino.
la presa sino con la intervención de don H o mobono, quien para servir eficazmente á
Carlos había convocado ya al juez y á algunas de las autoridades que allí se encontraban; de manera que todos reunidos en el
cuarto de despacho de don Homobono mandaron comparecer allí á la presa.
CAPÍTULO VIII.
EL PROCESO.
ALOMÉ había caído en la atonía
del dolor; sus pasos eran inseguros y vacilantes, y había necesidad
de ayudarla á andar.
Al fin se presentó en la puerta, custodiada por dos celadores que habían relevado '
ya á los criados de Carlos.
Estaban sentados alrededor de una mesa
cubierta con carpeta de bayeta verde, hasta cuatro leguleyos.
—Escriba usted, dijo uno, dándole la
pluma á su vecino.
—No, amigo mío; está en muy buenas
manos.
—Pues ustedes, dijo entonces el de la
pluma, ofreciéndola á los demás.
—No, señor; usted es mas práctico, y á
usted le toca como el mas antiguo.
—¡Adiós de antiguo!
—Cabal, dijo otro; D. Néstor vivía en el
pueblo cuando yo me casé.
—¡Ah qué usted!
Y luego dirigiéndose á Salomé le dijo:
—Pues entre, señora.
Salomé avanzó difícilmente dos pasos.
—Diga sus generales.
Salomé permaneció callada.
—Que diga V. su nombre, dijo una de las
autoridades, traduciendo lo de las generales.
Salomé no podía hablar.
—¿Cómo se llama usted, señora? dijo
don Néstor.
Salomé pronunció su nombre con voz
débil; D. Néstor escribió:
«En la hacienda de... etc. A los veinte
días... etc.»
—Aquí los señores dicen que usté conoce á los ladrones que asaltaron los coches;
diga si es cierto.
Salomé no contestó.
Don Néstor, á pesar de esto, seguía escribiendo, y murmuraba: «dijo llamarse como queda dicho; casada, de veintiocho
años... etc.,» y agregó en voz alta: diga si
es cierto, como lo es, que estaba en connivencia con los ladrones, siendo espía expensada por ellos para darles noticias de las
circunstancias de los pasajeros.
Don Néstor escribía velozmente y sin
cesar.
—Habla usted, señor, se atrevió á decirle uno.
—Hay muchos testigos del hecho, dijo
otra de las autoridades.
—Y todos los testigos son personas de
entera fé, agregó otro.
—Si la reo no responde se verá precisada
la autoridad á aplicarle el tormento, exclamó don Néstor, tomando una actitud severa.
—!Eso es! ¡el tormento! dijo otra autoridad lamiéndose los labios.
—Pido la palabra, agregó uno que no
había hablado.
—Tiene la palabra mi yerno, dijo don
Néstor.
—Aquí no h a y ' yernos, objetó el que
aprobaba el tormento.., en lo oficial... pues
diga usted, entonces...
—Es que mi yerno estudió en Querétaro,
y sabe leyes y otras muchas cosas.
—¡Adiós! si el señor no es letrado.
—Pero ejerce.
—Estábamos hablando del tormento.
—Sobre eso rolaba la discusión, dijo el
que había estudiado.
—Habla el señor, dijo don Néstor señalando á su yerno.
El yerno tomó la palabra.
—Eso del tormento, dijo, me parece que
es anticonstitucional.
—Lo que el señor quiere decir, agregó
una de las autoridades, es que el tormento
está prohibido por la constitución, en uno
de sus artículos.
—¿Qué artículo?
—No lo sé, pero es fácil averiguarlo.
—El señor don Homobono nos hará el
favor de prestarnos un ejemplar de la constitución.
—¿De 57? preguntó don Homobono.
—La misma que viste y calze, dijo gravemente don Néstor y luego agregó.—Se
suspenden los procedimientos mientras el
señor don Homobono nos proporciona un
ejemplar de la constitución.
Y al decir esto don Néstor, ofreció cigarros á los circunstantes y luego dijo en voz
alta:
—Puede retirarse la reo al fondo de la
sala, mientras fumamos un cigarro.
Los dos celadores que custodiaban á Salomé, armados con dos grandes fusiles, estaban descansando sobre las armas y tenían
puesto su gran sombrero de palma en señal
de que estaban de servicio.
A la voz de mando de don Néstor, los
dos celadores terciaron las armas al lado
izquierdo, dando una fuerte palmada en el
fusil con la mano derecha, según se le exije al recluta en la formación, adelantaron el
talón del pié derecho, y, girando, dieron media vuelta á la izquierda, dejando ver sus bayonetas que tenían pendientes del ceñidor.
Salomé antes de seguir el movimiento de
sus guardianes, dirijió una mirada tan suplicante á deña Refugio, que esta señora no
pudo menos de exclamar dirigiéndose á las
autoridades:
—Voy á hablar con la presa entre tanto,
si ustedes me lo permiten.
Las autoridades se vieron unas á otras.
—Señora, dijo D. Néstor, la reo está incomunicada y con centinela de vista, según
está usted viendo.
. —Ya usted vé, señorita, agregó otro, que
estos asuntos son muy delicados.
—Y luego, dijo el yerno de D. Néstor,
que como usted todavía no da su declaración en forma....
—Pero sea cual fuere el crimen de que
se trata, á todo reo se le permite tener un
defensor.
—En hora buena, contestó D. Néstor,
pero no una defensora.
—Además, agregó el yerno de D. Néstor,,
se necesita que el defensor sea letrado.
—¡Cabal!
Doña Refugio comprendió que su situación se hacía embarazosa y que Salomé corría el peligro de ser víctima de una alcaldada de aquellas autoridades; y como por
otra parte, doña Refugio había hablado con
Salomé lo suficiente para conocer que se
trataba solamente de una mujer desgraciada, y no de una criminal despreciable, se
decidió á protejerla á toda costa.
*
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4********4**'
CAPÍTULO IX.
DE CÓMO LA JUSTICIA P R E F I R I Ó
LA MAROMA Á LOS PROCEDIMIENTOS.
PARECIÓ por fin D . H o m o b o n o ,
trayendo el ejemplar de la constitución.
Doña Refugio se aprovechó de los momentos en que aquellos hombres consideraban en suspenso su investidura judicial, y
habló de esta manera:
—Señor D. Homobono. Veo con sentimiento que los procedimientos judiciales
van tomando en este asunto un carácter
que bien podría ser inconveniente: para mí
está fuera de toda duda que es una barbaridad y un crimen la aplicación del tormento,
y que tal proceder está expresamente prohibido, no sólo por las leyes del país, sinó
por la civilización y por la humanidad.
á la acusada, hable usted, defiéndase y no
vacile usted en decir la verdad; pruebe usted su inocencia y no tenga usted embarazo
en revelar los antecedentes de su vida, de
la que conozco ya una parte; justifiqúese
usted, Salomé, no tenga usted temor, .porque ahora le repito á usted lo que le he dicho: estoy dispuesta á proteger á usted, á
ayudarla, á defenderla, porque su situación
es para mí muy interesante.
—La persona á quien ustedes consideran
ya como reo, complicado en el delito de
robo con asalto, tengo para mí que no es
más que una mujer desgraciada, que se encuentra en una situación horrible, sin tener
de su parte nadie que la defienda ni abogue
por ella, y en tal caso, si entre ustedes no
hay uno solo á quien le interese la desgracia, si todos son indiferentes á los padecimientos de una mujer desvalida, yo, á nombre de la justicia, la defiendo y la amparo,
porque tengo la convicción de su inocencia;
tengo, más que ninguna de las personas que
nos han acompañado, motivos para poder
juzgar á esta señora y para asegurar, que no
ha tenido ni tiene parte alguna en el asalto
que hemos sufrido.
Reinó por un momento profundo silencia
en la sala, y por fin D. Néstor exclamó:
—Todo esto es ilegal; yo no tomaré parte en un asunto en que se empieza por destruir la rutina de los procedimientos, y sobre todo, cuando una persona tan respetable como la señora que está presente, ofrece
proteger á la reo; probablemente toda nuestra energía como autoridades que somoe,
va á estrellarse contra ciertas influencias; y
á este negocio se le echará tierra, con menoscabo de nuestra justificación y de nuestro deber.
—¡Salomé! dijo en seguida dirigiéndose
—Nada de ilegal tiene, a mi modo de
8
m
r
¡ümsm.mm
ver, dijo doña Refugio, que se le permita á
la acusada defenderse; hable usted, Salomé,
se lo suplico.
Salomé hizo un esfuerzo y dijo:
—No sé cuál es el crimen de que se m e
acusa; yo no conozco á los ladrones.
—Entonces, preguntó don Néstor, ¿por
qué uno de los bandidos ha dicho: «ven,
vámonos?»
—Lo ignoro.
— H a dicho más, agregó el yerno de don
Néstor, ha dicho el bandido: «No digas mi
nombre.»
—Lo cual prueba, interrumpió don Néstor, que entre la acusada y el bandido existen'relaciones, cuando menos de parentesco,
ú otras.
—¿ Qué contesta usted? preguntó el yerno.
—Dio-a si es cierto, como lo es, que ha
hablado5 con uno de los foragidos que atacaron esta tarde á la familia y amigos del
señor don Carlos, dueño de la hacienda
grande.
—No es cierto, contestó Salomé.
—Quien todo lo niega, dijo don Néstor,
todo lo confiesa; y tomó la pluma para
asentar probablemente la confesión de la
acusada.
—Voy á persuadirla de que debe confesar la verdad, dijo doña Refugio. ¿Se me
permite que la convenza de su error? Tal
vez después de hablar conmigo á solas, logrará la justicia lo que pretende averiguar.
—Si es para esclarecer el hecho, se le
permite á usted, señora.
—¡Mil gracias! dijo doña Refugio, y se
dirigió á Salomé, que permanecía al extremo de la sala.
—¿Por qué se niega usted á decir la verdad, dijo á Salomé, cuando por desgracia
ha habido testigos de esa escena? yo misma
lo he oído.
—¡Señora! dijo Salomé muy quedo, ¿usted también pretende que sobre ser desgraciada, sea yo infame?
—¿Por qué?
—¿Recuerda usted mi historia?
—Sí.
- B u s c o á mi hijo y á mi amante.
—¿Y bien?
—Si el que me habló fuera mi amante,
•deberé denunciarlo aun cuando sea el autor de mis desgracias? ¡Ah! señora, yo no
puedo delatar al hombre á quien mas amo
en el mundo; estoy dispuesta á arrostrarlo
todo, hasta la muerte, pero nunca me vengaré cometiendo una villanía.
—¿Pues qué, él es....?
, .
- S í , señora; figúrese usted cuál tabra sido mi aflicción al volver á encontrar a ese
después de algunos años de llorar
su ausencia, teniendo que arrojar un grito
de terror en lugar de entregarme a la alegría de mi dicha! ¿Él robando, señora? ¿el
ladrón? ¡Ah, no! estoy segura que me seguía, y que tal vez el robo no era otra cosa
que un pretexto para acercarse á mí.
h o m b r e
Pues confiese usted eso? diga al menos que, conociendo á quien le habló, está
usted segura de que aquello no era más que
un robo simulado; pero que en todo caso no
se trata más que de un asunto de amores.
—No espere usted, señora, que de mis
labios salga jamás este nombre, y si lo que
me pasa es una expiación de mis faltas, estoy pronta á sufrir resignada hasta morir.
La secreta conferencia se prolongó más
de lo que podía esperarse, al grado que las
autoridades comenzaron á estar impacientes y á tener más deseos de divertirse en la
maroma, que de ejercer su elevado magisterio aquella noche.
Doña Refugio, por su parte, hizo cuanto le
fué posible para obligar á Salomé á decir la
verdad; pero todo fué inútil, y don Homobono fué quien puso término á aquella situación, persuadiendo á los jueces de que
por lo pronto era mas conveniente concurrir á la función de circo, que entretenerse
en cosas de justicia.
En tal virtud se procedió á poner á la
acusada en sitio seguro, sin omitir el consabido centinela.
Doña Refugio aún permaneció al lado de
Salomé por todo el tiempo necesario para
proporcionarle alimento y algunas comodi-
dades, que cooperaron á hacerle mas llevadera su situación.
D. Homobono con todos los curiales, se
presentó en el corral del espectáculo, en
donde Castaños, Anita y los demás convidados habían disfrutado de las delicias que
les proporcionara Melquíades con sus canciones y sus pantomimas.
Acababa de pasar el ejercicio de la percha egipcia, y el payaso amenizaba el in"
termedio con una de sus canciones favoritas.
Para comenzar echó una mirada á la concurrencia, y se fijó en una pareja en la que
creyó sorprender señales inequívocas de
que hablaban de amores.
Ella era la joven galopina de la casa de
Carlos, y el galán era nada menos que Angulo, el famoso varillero que conocen nuestros lectores.
Debían tratar, en efecto, asuntos de la
mayor importancia, pues ni las barbaridades acabadas de ejecutar en la percha egipcia, ni la canción del payaso habían logrado
llamar su atención; era, tal vez, la única
pareja que, entre toda la concurrencia, se
manifestaba indiferente á la diversión.
Tenemos razones para creer que, en efecto Angulo y la galopina tenían entre manos
asuntos de no escasa importancia, pues en
aquellos amores, asaz inocentes por parte
de la galopina, tocaba Angulo, á la sombra
de la ingenuidad deisu amada, no pocas cuestiones de trascendencia y criminalidad.
La galopina estaba, á la sazón, relatando
á Angulo las peripecias del asalto, y Angulo,
por su parte, aglomeraba datos á los que de
antemano había recogido entre todas aquellas gentes, que tenían á Angulo como el
comerciante mas inofensivo y como el mozo mas puro de costumbres.
La mirada del payaso dirijida á la pareja,
había sido acompañada de esa mímica grotesca con que estos entes originales saben
acentuar el sarcasmo y el epigrama, hasta
ponerlos al alcance de los mas rudos espectadores.
Melquíades estaba frente á frente de la
galopina, y no contento con señalarla con
el dedo y con llamar la atención de la concurrencia hacia aquella escena, hizo comprender por medio de sus señas, que iba á
dedicarles el intermedio; de manera que
cuando empezó su canción, los espectadores sabían todos á quien iban dirigidas las
pullas.
Una seña de Melquíades bastó para que
la música supiera también cual era la canción elegida por el payaso.
Este comenzó cantando el siguiente estribillo:
«Qui-qui-ri-qui-ri-qui
Canta el gallito,
Que yo te quiero querer
A tí solito.»
Este estribillo repetido dos veces, fué
acompañado por la música, y en seguida
colocándose Melquíades en el centro del
circo, prorumpió en un tono declamatorio
imposible de describir:
«Va una moza á la maroma
Con su enagua de castor,
Pensando.... que no hay quien coma
Si no hace antes el amor.
En esto viene un señor
De sombrero galoneado
Que se coloca á su lado
Para relatarle historias.
Y ella está tan en sus glorias
Que ni me pone cuidado.
Qui-qui-ri-qui-ri-qui
Canta el gallito,
Que yo te quiero querer
A tí solito.»
Este estribillo lo cantaba el payaso dando vueltas en el circo con un paso de baile;
accionando, lanzando miradas furtivas á la
pareja amorosa y fingiendo que una risa
maliciosa, que no podía contener, le impedía
cantar.
Cada una de estas demostraciones, era
acompañada por la risa de los espectadores.
Cesó la música y Melquíades declamó su
segunda décima:
«Es el lance divertido
Pues se dicen cosas buenas,
Que hay muertos que no hacen ruido
Y son mayores sus penas.
Porque las dulces cadenas
Con que nos une el amor,
Son de tal modo, señor,
Que nos ponen como en misa,
Mientras se muere de risa
Este payaso hablador.
Qui-qui-ri-qui-ri-qui
Canta el gallito,
Que yo te quiero querer
Á tí solito.»
La segunda salva de risas, hizo por fin
levantar la cabeza á Angulo, y calcúlese cuál
sería su sorpresa al enterarse de que casi
sin excepción todas las miradas de la concurrencia estaban fijas en él.
La galopina también recorrió con una
mirada la concurrencia, y no se podía explicar la causa de aquella atención y de aquella hilaridad.
Pero Melquíades que, como sabía ser cáustico, sabía también la manera de ser clemente, se dirigió al director para decirle:
—Señor Martínez, ya cuanto há que no
hacemos nada y esto no es justo. Hágame
usted favor de disponer otros pasos diferenciando de los anteriores, ¿ó me va usted, á
salir con que está cansado?
La respuesta del director fué tronar el
látigo amenazando al payaso, procedimiento que es en lo general la chanza mas usual
en el circo.
—¡No me pegue usted, señor Martínez,
ni se sulfure por tan poca cosa, siquiera por
respeto á la respetable concurrencia!
Aunque Chona y Salvador estaban lejos
de creer que el payaso se atreviera á dirigirles una pulla, se abstuvieron desde la escena que acababa de pasar, de continuar sus
interesantes diálogos.
Instintivamente y como si se hubieran
puesto de acuerdo, guardaron silencio.
Lola, Castaños y Anita, no abandonaban
su tarea de observarlo todo, y á pesar de las
gracias del payaso, seguían comunicándose
sus observaciones con respecto a la ausencia de doña Refugio.
—Yo apuesto, decía Anita, que en estos
-momentos está con su protegida.
—Ella dijo, observó Castaños, que se retiraba indispuesta.
—Debe estarlo, porque la tal limosnera
parece un pájaro de cuenta, á juzgar por la
confianza con que la tratan los bandidos.
—¿Y será capaz todavía de abogar por
ella?
—Ese es el fuerte de doña Refugio; tiene
unos protegidos, que más le valiera pensar
en redimir cautivos como los antiguos frailes
mercenarios, que echarse esas víboras en
el seno.
—Hasta D. Homobono me parece preocupado; lo veo menos expansivo que al
principio.
—Ya lo creo, después de dos horas de debates, es natural que esté fastidiado.
Las criadas de la casa de Carlos, se ocupaban entretanto en dirijir bromitas á la
galopina, cuyos amores desde aquel momento empezaron á ser motivo de rencillas
y celos por parte de aquéllas que, conside-
rándose superiores á la galopina, no habían
sido preferidas por Angulo, quien, según opinión de la cocinera, no tenía más defecto
que la manera de colocarse el pelo sobre
la frente.
^ ^ ^ ^ I W I é é é é é é
mmsmm
C A P Í T U L O
X .
DE CÓMO DOÑA REFUGIO P R E F E R Í A EL CALABOZO Á LA MAROMA.
ONDREMOS
lo q u e
al
tanto
al
lector
en aquellos m o m e n t o s
taba pasando entre Salomé y
de
es-
doña
Refugio.
Cuando
y
al
lado
Salomé
de
so vió libre d e sus
d o ñ a
Refugio,
habló
jueces
de
esta
manera:
—Señora,
donado,
en
la Providencia n o
el h e c h o
de
tener
m e
á
ha
usted
abaná
m i
lado, y
de
ser
objeto
solicitud q u e
ted...
rae
¡Ah! usted
porque
tal vez
que h e
h e
recogido
reproches
y
y
u n a
llena de ternura hacia
us-
todo
años,
desde que
censuras,
ftií
c o m p r e n d o
servicios, t o d o
y o
que
y o
que
que
que son
para
sus
ber, y
m á s
con
un
que consolar
— ¡ E s
que
siendo
usted,
terese por
h e
para m í
m u y
nos
m a y o r
placer
buena,
de lo
van
á
señora, n o
que
separar,
habrá
y
siento
y
n o
al
in-
el s o p o r
señora,
en
e m p e ñ o
D e s e o
por
de
en
lo m i s m o
amparar
cumplirle
que m e
de
nuevo
rredor
in-
suadirme
m i
á usted
y
palabra.
cuente
usted
que
de
sabían
que
por
m o -
acento
servir
de
si
volviera
que
hice
que
consolarme
gozosa
mujeres
á mi
de-
inteligencia,
creer
aquello
estar
¡ah! aquellas
vergüenza
c o m o
de
Querían
y
su
pudo
lo primero
hacerme
que
el
hijo.
miradas
pero
n o
ni
primer
contestó; circularon
muerto.
debía
y
por mi
m e
y
desgracias.
fiebre
al m u n d o ,
pretendieron
se
oír el
entrañas
aquella
algunas
había
á
mis
á
fué preguntar
y
propuesto
tengo
—Salí
fiebre;
amarguras,
iba
mis
de la
ni el único
mis
que
hijo de
n o
quién
á
ese
que
mí.
á luz
ni
en
— X a d i e
señora!
di
m o m e n t o
padece.
u n a idea
pensar
— M e
al q u e
usted
usted
h a y
que
hijo.
maternal
del
los
en
m a -
mi
alegría
de-
sobre todo y o gozo con socorrer á
desgraciados; n o
tiene
que cumplir
tener noticias de
la terrible n o c h e
compensación
hago
pendien-
este hijo desgraciado, vi ahogarse m i
m e n t o
sacrificios.
— N o
quedó
usted?
á
d e m n i z a d o r d e
sus
m í
llegado
m o m e n t o ,
us-
valen
he
— E n
n o
desengaños
lo que
su historia que
recuerda
—Sí, señora;debo decir á usted de qué
nera
vivo
que
de
te. ¿ L o
y o
las acciones de
todo
lo caro
pero
culpable m á s
m á s
la parte
comprender,
el m u n d o ,
penas, y o sé valorizar
ted, y o
y
h a sufrido;
tantos
de
celo
lo p u e d e
nunca
llorado
a b a n d o n a d a
de
n o
de un
era
m i
hijo
y
per-
providencial
por
n o
y
su
eran
una
m a d r e
sabe
una
caricia de
muerte;
madres
cambiar
su hijo!
9
— M a s tarde supe que la única persona
podía
to y
d a r m e
y a n o
una
m e
noticia cierta había
quedó
— P e r o una noche
supe
fano
que había
que
hijo, y
(algunos años
en
tenía la e d a d
oí, m u e r t a
un
poder
de
de
que
del
niño
le dió el sér, e n
ñora,
d o n d e
había
un
debía
tener
que
conocí á
un
á m i
á la
y
que había
nación
largas
había
fué
pre-
siento
que
mi
existencia,
h a
fué entonces
para
m í
el m a s
á
mi
y o
de los
cuando
sobre
una
t u m b a
cierta,
es
otros ojos,
al
través
á mi hijo, p o r q u e
mis
en
mis
lágimas que
en
tengo
de
él! ¡Ah! estoy
q u e lo conocería,
lo
adivino,
m u c h a s
veces
lo h e
lo
lá-
hijo
sé
creo en
visto
de
caen
veo
que
ellas á m i
se-
se-
c ó m o
sueños....
dormida
es c o m o lo h e
visto!....
Reinó
peligros
que
se sueñan,
por un
ideas
durante
nos
sorprenden
á todas
señora,
es el m a s
se
ecos de la t a m b o r a
un penoso
percibían
á lo
silen-
del
circo y
lejos
algunas
de
música.
hoD o ñ a
dudando,
el cual
se
notas de la
que
m o m e n t o
un
los
ras; llorar
sonrisa,
visto!
desga-
consuelo triste; pero llorar desgracias que
desolación
n o
tormentos.
cio,
adivinan,
mis
conocía,
lo c o n o z c o
veo
de
primera
hijos
tomis
encar-
y
lo hubiera
d e ser, porque.... y o n o
.
— L l o r a r
ni su
veo
era la
lo
tenemos
dolor y
n a d a m á s durmiendo
rrador
n o
nuestros
mis m a n o s
¡es lo único
pero
señora,
en
grimas;
gura
y
las m a d r e s
v e m o s
todas
pasajeras
una vez
las distancias, y
se-
dichas
recoger
siquiera
P e r o
con
sér desconocido
mis
podido
¡ay!
mezcladas
amarguras;
sobre
de
ese
de
que
amante.
de su
alegrías
que
cementerio
acariciado
hijo vivía, y la c e r t i d u m b r e
hijo era una copa que depositaba
mis
ñora,
allí,
— D e s d e aquel m o m e n t o c o r r o b o r é el
sentimiento
mi
aquel
y se decía
conocido
en
huér-
maestro
cementerio
efectivamente,
y o
un
das
lágrimas;
después)
niño
emoción,
niño había sido abandonado,
el p a d r e
m u e r -
esperanza.
desaparecido
estaba
herrador:
ninguna
- — M i
que
Refugio estaba profundamente
con-
punmovida.
zante
de los
dolores.
tirria
.
mmsnm':.
rnmm.m?.
Salomé,
arrojando
un
suspiro,
exclamó:
d e
confianza, logré
d e
— ¡ Q u é
terrible, es la expiación
de la
los c o m p a d r e s
señora!
Si
lo
pudieran
c o m -
t o d a s las infieles, se dejarían
m a t a r
enteró
observado
prender
antes
que
— ¡ E s
ser
Refugio, n o
delito,
pune.
m a s
culpables!
cierto! dijo
cuan
porque.... nunca,
¡ H a y
algo m a s
terrible
miento!
que
¿ N o
—Sí,
es
señora;
a m a r g o
que todo
caro
el
d o ñ a
paga
ese
nunca se queda
im-
cruel
que
castigo....
se
el
el
lo
que
n e
y a
— C o n
remordi-
aquella
el h o m b r e
m a s
pudiera
cierto
fin,
usted
noticias ciertas
m e
de
h a
su
dicho que
tie-
y
la
hé
h a y a
y
señora.
Había
en
el
pueblo
dos
hacerse
no-
de
que habían
logrado
estar dotados
de
un
espíritu
adoptar
lo
m e
que
dijo
soy m u y
pero
cayó
en
qué
al
extraordinario;
pero
n o
todo
m e
con
de
algunos
años cuando
enterarme
de
esta
¡y
el
herrador,
de
usted;
vaya
entonces
de
circunstancia;
y
Gertrudis,
criada
mi
es
los
m u -
aquel
niño
m e
cayó,
si
á creer su mercé
que
la recogí,
y
con
m u c h o
por-
llegó
de un
á
al-
pesar
gusto
la
en
la santa
Gabriel,
mi
parroquia,
santo
y le p u s e
por
arcángel.
llegué
vaRefugio.
liéndome
en
fué
— ¿ Y
á
el
pasó
de
n o m b r e
sinó después
m e
niño.
hablar
a m a n t e
quiere
gracia;
¿pasará
bauticé
investigación
m i
quien
p u e s resistí el e n o j o d e m i p o b r e m u j e r !
de
tables por
que
era
tercado tuvimos por la criatura; pero á
compadres
había
perdonado!)....
herrador
procuré
aquí
señora,
que n o
que....
hijo.
que
e n c e l a r s e ? . . . p u e s sí, s e ñ o r a , y m á s
—Sí,
uno
entrevista:
chachos,
m e
en
de
nocturnas,
el m a e s t r o
estos datos
herrador,
es
citas
había tenido la dicha de
verdugo,
inventar.
— P e r o
que
— Y o ,
remordimiento
con
curiosos.
sin dificultad
mis
(¡Dios
aseguró
verdad?
el
día
h a b í a visto á la m u j e r q u e m e a r r e b a t ó á
hijo....
impensadamente
sabemos
un
m u — M e
jer culpable,
hablar
así
se
llama?
interrumpió
d o ñ a
— P a r a
m í
— ¿ P o r
se l l a m a
qué?
—Porque....
su padre
hijo que
íbamos
berto, y
hasta
encontrar
cerme
que
n o
á
en
sé
nunca
le
esto,
qué
hace
el
q u e
ese
se
n o m b r e :
que
y
que
desde
en-
hijo
so-
le llamo
y
lo m i m é
las compañías
de
se á los niños
para
acróbatas
en
el
maromeros
la
usted,
dijo d o ñ a
h o m b r e ,
la m a r c h a
una
— E n t o n c e s ,
la vida
de
s u m a
su
Salomé,
m e
todas las
pe-
pueblo
hijo
adoptivo,
todas
m e
dijo,
por
todo
lo que
el
niño
mi
hijo
á m i
último,
que
algunos
era el e n c a n t o
cuando
de
aquella
aquel h o m b r e
m o m e n t o
en
que
pobre
llegó en
perdió
á
lloró! E r a
m i
su
familia;
y
relato
al
Gabriel....
cuánto se lo agradezco, señora!
h o m b r e
de la c o m p a ñ í a
mis
buscando
aquel
hijo ya, m e
dijo,
un
que
— ¿ P e r o
hacía, y
á
Gabriel
de
funciones
pesquisas
se
diri-
compañía,
es caminar de
en
h o m b r e
las
pueblo
que
fué, sin d u d a
compañías
se
llame
alguna,
de
Mel-
el q u e
se
m e
robó
relató minuciosamente
vine
de
á seguir el d e r r o t e r o d e la
quíades,
ripecias d e
é
Refugio.
continuó
nimiedad
robar-
oficio;
fechas,
desaparición
que había estado dando
acróbatas á
contó con
el
que
pueblo.
gieron
en
— A q u e l
alma.
suelen
enseñarles
y h o y mi vida, señora,
—Siga
toda m i
continuó Salomé,
recordando
que
coincidía con
y a
así.
y
hijo, p o r q u e
con
tarde supe,
averiguar
Alberto;
Alberto,
y
que era m i
inquiriendo
suplicó
á
cuenta
— M a s
ha-
razones
á m i
le
y o
Al-
al
m e
y o
hice probar las primeras gotitas de leche,
lo cuidé
al
creído
pues
las
secreto,
diez años
he
llamara
llamo
que
n o m b r a r a
señora,
preguntara
cada vez
c o m o
le
amante,
que su hijo
las, p r o n u n c i o
encargó
misterio,
m i
respeté sumisa
tonces,
m e
tener,
tal encargo
tenía para
y o
usted
Alberto.
¡ahí
b u e n
haga
—Sí,
de
ha
tenido
datos para
señora;
había
de
estado en
espectación
usted
posteriormente
asegurarlo?
supe
la desaparición
que
la
hijo.
que
m i
un
hijo,
año
la
después
compañía
el p u e b l o p r e s e n t a b a
pública un
niño
y
una
á
niña
acróbatas,
á
siete
y
que
el n i ñ o p o d í a
tener de
seis
señora, á estas horas
debía y o
ha-
años.
— H o y ,
ber hablado
pañía
que
varios
y a
nació mi
el payaso
estado
hijo; y
en
quién
busco.
tenga
d o ñ a
Refugio,
blaré
con
ted
y o
— ¡ M i l
tutelar!
m a s
usted
visto
se llama
Mel-
pueblo
sabe
si e s t e
h a r é sus
y
m i
ya
desesperada
no
p u e d e
tai vez
una
esté
prisión;
estremecer,
todas
leen
en
primer
m i
frente un
delito...
que
buscando
destinada
justicia
creo
letrero
ser
á
tiemblo
m e
las
que revela
¡Y estar presa, señora,
m i
cuan-
lo
y o
¡Ay!
de
la
m e
sospe-
ese h o m b r e
sido
fian
y
y
— E n t o n c e s
y
lo
sea
llego á pensar
sé q u é
L a
de
de
él
per-
de
respeto.
t e m e
usted decir
encargó á
su
us-
tal vez
el d e s p e c h o
haya
podido
criminal,
m e
cuan-
tiemblo
basta vacilar
en
y
doña
llamar la
ante
siquien o m -
delatora.
se retiraba en
sustraerse
n o
su
ó
inclinar-
mis labios no salga ese
la m a r o m a ,
los curiosos, y
una
mata; y
convertiría
conveniente
de
que m e
que
vida
concurrencia
m e n t o s
y ó
que
que m e
qué
causa
esta idea, señora, y
bre
de
duda
n o
ra, para
h o m b r e
dijera?
d o
lo á llevar una
responden
q u é él m i s m o
es u n a
otra
es un
m a y o r d o m o
y
¿por
por
que n o
— E s a
lo juro,
ha
suposición
hace
gentes
señora;
hacienda
ted
ángel
amo!...
conjeturas,
á oír
ideas.
sonas de
necesario,
mi
quien
de
será posible que
honrado,
us-
podré seguir
en
— N o ,
m u y
si f u e r e el q u e
sea
á
vuelto
ladrón?
nombre,
cuanto
años he
de terribles
ha-
a n t e los jueces; la p a l a b r a
y
será
diez
un m a r
— ¿ P e r o
veces;
situación
n o
chas y
interrumpió
gracias, señora! es usted
¡Ay!
payaso
de
del h o m b r e
pierdo en
d o n d e
hablar.
hijo, p o r q u e
morir
he
cuidado,
que y o
le h a r é
horrible;
á m i
usted
sabrá
el
com-
incomunicada.
ese hombre,
busca
porque
esta
Calcule usted cuál
aflicción al v e r m e
— N o
de
pero ninguno
ha
sea el q u e y o
m i
con
está aquí trabajando; y a
ni
después
voz
payasos,
quíades,
d o
estos
m o -
Refugio
cre-
á las m i r a d a s
atención
de
de
sus
compañeros
abundante
vez
paseo,
pasto
para
convencidos
preferido
á la
cómplice y
D e
m e n t e
p o
de
de
de
se sin ser
Salomé
cho, y
de
que,
en
los
tendrían
habladurías,
d o ñ a
m a r o m a ,
Salomé,
entrar
sus
que
espía
m a n e r a
quienes
Refugio
el h a b l a r
u n a
había
con
u n a
ladrones.
despidiéndose
d o ñ a
cariñosa-
Refugio tuvo
su habitación
y
de
tiemC A P Í T U L O
recoger-
X I .
notada.
se
quedó
entregada
sola
del
sentada
todo
á
sus
en
su
CAE EN PODER DE LA JUSTICIA
le-
UN P Á J A R O DE CUENTA.
amargas
reflexiones.
la m a ñ a n a
siguiente,
fué el p r i m e r o
de
las
habitaciones, p a r a respirar el
au-
oír el c a n t o
ordeña,
n o
era
ni
aún
con
de
las
m e r c e d
h e m o s
dicho
había
golondrinas y
limpia,
que
á
ya,
en la
ese
n o
salió
el indisputable
pues
descuidara
circunstancias
porque
ños;
las
camisa
h o m b r e
en
Castaños
de
ra matutina, teniendo
que
reunión
ver
la
Castaños
su
m a s
tocador
difíciles;
refinamiento,
pasaba
placer
día por
personas
según
Castaque
lo
compañeros
abundante
vez
paseo,
pasto
para
convencidos
preferido
á la
cómplice y
D e
m e n t e
p o
de
de
de
se sin ser
Salomé
cho, y
de
que,
en
los
tendrían
habladurías,
d o ñ a
m a r o m a ,
Salomé,
entrar
sus
que
espía
m a n e r a
quienes
Refugio
el h a b l a r
u n a
había
con
u n a
ladrones.
despidiéndose
d o ñ a
cariñosa-
Refugio tuvo
su habitación
y
de
tiemC A P Í T U L O
recoger-
X I .
notada.
se
quedó
entregada
sola
del
sentada
todo
á
sus
en
su
CAE EN PODER DE LA JUSTICIA
le-
UN P Á J A R O DE CUENTA.
amargas
reflexiones.
la m a ñ a n a
siguiente,
fué el p r i m e r o
de
las
habitaciones, p a r a respirar el
au-
oír el c a n t o
ordeña,
n o
era
ni
aún
con
de
las
m e r c e d
h e m o s
dicho
había
golondrinas y
limpia,
que
á
ya,
en la
ese
n o
salió
el indisputable
pues
descuidara
circunstancias
porque
ños;
las
camisa
h o m b r e
en
Castaños
de
ra matutina, teniendo
que
reunión
ver
la
Castaños
su
m a s
tocador
difíciles;
refinamiento,
pasaba
placer
día por
personas
según
Castaque
lo
habían
conocido
absolutamente
con catorce
sente.—Castaños
L a
ñana
u n
tuvo
ordeña
de
y
objeto
en
qué
que
golondrinas;
con
un
Castaños.
D e j a n d o
pendiente
al t a n t o
entre d o ñ a
otro
quien
en
encontraba
fijarse,
ver,
vio
á
y
esa
m a -
que vacas
d o ñ a
que
de
Refugio
al
pronto
curiosidad,
pon-
d e lo q u e
dicho
que
el p a y a s o ; q u e
aquellos
m o m e n t o s
n o
tenía
era
la
decía á doña Refugio, m e
tiene usted
un
negocio
h a n
conmigo.
— E l e c t i v a m e n t e .
— P u e s
— E n
de
estoy
primer
decirme
para
que
lugar,
si e s c i e r t o
usted
¿ m e
m e
m a n d e .
hace usted
que
—Sí, señorita; Melquíades
lo h a
zado
en
sido desde
el p u e b l o
usted
que
un
dijo
Refugio y
usted
pero
en
su
c o m o
obsequio
la v e r d a d
con
en
usted
ejercicio, tiene
podría
caso de
la
autori-
continuó:—Su-
y o
en lo q u e v o y
que tendría
cierta
luego
que m e
se
llama
es
que nací, y
de
m i
de
creo
acep-
tarlo.
lo
señorita;
que
guste.
— S e
trata
paradero
de
estuvo
usted
parte;
á
usted
p u e d e
simplemente
un
años
y
niño,
en
y
que n o
que
usted
de
en todo
quiera revelación
que
de
caso
le parará
m a n d a r
averiguar
hará
la c o m p a ñ í a
c o m o
que
debo
pueda
usted
estoy
de
consolar
u n a m a d r e
seis
advertir
cual-
hacerme
— ¿ U n a
—Sí, ese niño tiene
madre.
— N o s o t r o s
un
bauti-
q u e
afligida.
usted
nía padre
el
forma
en perjuicio
favor
n o m b r e
á
dijera
á preguntarle,
amabilidad
lo
hacer
sobre el particular, p u e s n o se trata m á s
Melquíades?
y
suficiente,
doña
necesario;
pasaba
palabra.
—Señorita,
— E s
dad
—Sí,
su
al lector,
Refugio y
pre-
pongo
personaje
conoció
d r e m o s
menos,
así».
Castaños
algo m á s
hablando
n o
«era
curiosidad
siempre
años
igual á c o m o estaba á la
m a d r e ?
tuvimos
ni m a d r e ;
q u e
sitamos.
— ¿ C ó m o
se
llamaba?
niño,
pero n o
es c o m o
los
te-
nece-
—Gabriel.
— P u e s
— E l
fin
el
mismo.
m i s m o
ñorita, y
al
Y a
y o
usted
lie d e
que... a u n q u e
decir, m i
á
comunicarle
que?...
es cierto
compadre
Gabriel, pero
y
el
de
usted,
que
y yo,
irse
si f u e r a m i
sobre
hijo, y
nada; pero
chacho
fué; y
nos pensado,
señorita, iba
vino
adiós
se
aprendiz!
saliendo
el c h i c o
¡qué agilidad
y
qué
cosa
ya
lo
presentábamos
en
fin,
que
— P e r o
ner noticias
— N o ,
m o s
mejor.
¿usted
ese
señorita;
vuelto
porque
de
h a y
viveza
de
n o
h a
Y
lo
desde entonces
cosas
que
— ¿ Q u é
— V e a
quierda.
y
— L a
n u n c a
— ¿Con
— ¡ A g u a r d e !
usted,
— E l
era
te-
es
más, n o
á pensar en
olvidarlas
es
heeso,
lo
lo
que
está
corredor
de
la
iz-
u n
habla
ahora?
personaje que
y a
no
sé quien
conozco.
es.
— ¿ Q u i é n ?
primera;
á
hacia el
quién
— C o n
vuelto
pre-
Refugio?
m e -
público.
le
misma.
el día
en
decirme?
que vea usted
usted
— ¿ D o ñ a
q u e
criatura!
que
pasa?
m u -
de
para
impresiones.
usted
hija,
el
vea
Anita,
pasando.
payaso.
— ¡ O t r a
te pego! exclamó
tándose
las narices, para
ra
estrepitosa
una
¿con
que
sus
á
Anita.
ni
niño?
y
había llamado
tiene
— N a d a ,
con
contento
¡Vaya!
se le castigó ni se le hizo
así c o m o
quiero
tenía padre
estaba
bien...
guntó
por-
tuvimos
él quiso
n o
— ¿ Q u é
se-
p o r q u e
respeto,
que nosotros,
Martínez
m u c h a c h o
lo quería c o m o
vea
verdad;
fué porque
se le t r a t a b a m u y
y o
la
señorita
nosotros diciéndonos
madre,
Pues
decir
es u n a
Castaños
ted
que
ese
cierta, hija d e
lo ha
carcajada;
es el p a y a s o ?
—Ciertísima,
Castaños
mi
sí; y o
apre-
q u e su risa n o
¡el
¿pero
fue-
payaso!
está
us-
usted
no
vida?
n o
sé c ó m o
conocido!
—¡Bravo,
bravísimo!
Sabe
usted,
hija
— N o ;
mía,
que
je m u y
esta
d o ñ a
Refugio
un
persona-
interesante?
— ¡ C o n t r a e
—¡Si
será
unas
d o ñ a
al
amistades!
Refugio
pueblo;
se
palabra
— ¡ P u e s
é
n o
propuesto
no
en
c o m o
masa
y
lo
prohacen
por
h a
echado
— A
mala
aseguro
el p a y a s o ,
— N i
y o
á usted
n o
que
sé á cual
e n t r e la
ladro-
ir.
luego
— Y o
que
creo
que por
visto
eso
lo
trabajar.
protege;
si l o h u b i e r a v i s t o a n o c h e , e s s e g u r o
ese personaje n o sería h o y de su
— P o r
lo m e n o s
á m í
m e
porque
devoción.
fastidió
m a
sobera-
ras, q u e
es de
amistades
en
fin,
que
con
Refugio tiene unas
temerse
que vaya
los carreteros y
pueda
darse.
con
tragadehaciendo
lo
peor,
todo
y a verá
á la
esto
usted
c o m o
presa.
presenció
d o ñ a
Re-
h a n
dicho
que
hasta
t o m ó
debates.
posible;
y a la
público y
d o ñ a
conoce
dar su
usted,
opinión
Refugio.
anécdota no tardó en circular e n
de
secreto
entre
todas
su parte, tuvo
corrillos á
quienes
ocasión
de
entregar
Castaños
llamada
á
decía,
y
la
alguno
doña
ser la h e r o í n a
de
for-
conversasegún
había
Refugio
de la
y
aquella
especie,
costear la diversión,
pasto
for-
señoras,
solaz de los paseantes; p o r q u e
el m i s m o
para
las
nueva
y
un
diligencias.
hablar en
d e
estaba
crónica en
el
doble descanso
y
viaje.
Se había
d o ñ a
m e
los
en
ción
namente.
— P e r o
si n ó ,
anoche
se sale d e misa
marse
ni lo ha
que
Castaños, por
tampoco.
— ¿ S i q u e r r á h a c e r feliz t a m b i é n al p a y a s o ?
— Y
que h a y
nada
m u y
por
Esta
— L e
que
m í
— E s
que
tarea!
n a y
misterio, y
le h a c e n
parte en
escrito,
encima
creo
fugio las primeras
individualmente.
se
y o
— D i c e n
demócrata!
h a
pero
nuestros gobiernos,
sinó de
gran
n o
— D e c i d i d a m e n t e
teger
es
dispuesto
doble pienso á
dar
los animales,
y
n o
e m p r e n -
d e r la m a r c h a p a r a llegar á la h a c i e n d a
de
sinó despues
del medio
día.
10
gran-
E r a
tal
sas que
la afluencia de
circulaban
comitiva,
que
favorable
interpretación,
trataba
de
su
Redobló
fundo
Garlos
á
de
darles
creyendo
la
Ción c o n
Salvador....
ciso que
esto tenga
des-
que
se
Se dirigía y a
'cuando
de
C h o n a
pesar
y
del
de
m o m e n t o
pro-
dije á
Salvador,
por
sí, t e n d r á n
de marido
por
decía
— D e
Carlos
origen el m i s e r a b l e
que
estoy
¡Salvador! ¡Salvador
pa-
haciendo!....
que
en
•
París proclamábamos en presencia de m á s
de
noche,
reíamos de
que
la felicidad es u n a
qui-
m e r a y el m a t r i m o n i o u n a p r e o c u p a c i ó n ; y
peor
á
es que y o
Salvador
creer
m i
Q u é
mis
reglas,
sido
su
así, v o y
adelante, y o
filosofía,
en nada,
ferente.
iba
al
grado
m u c h o
m e
y o
que
haga
maestro!....
de
lo
serle
ahora
su víctima
Esto
no
comuniqué
induje á
todo
n o
indi-
practicando
por
p u e d e
definitivamente á tener
lo
una
haber
seguir
aclara-
Carlitos
preguntó
es
pre-
don
Salvador
H o m o b o n o .
amigo!
¡qué
le
Carlos.
muchachos.
comprendo.
señor! pues
ayer
á
los fueron
todo esto;
hermosura,
mis
— ¡ V a y a ,
y a
una
traicionarme!
¡El!
en busca de
aparecer
don
qué?
cortaron
pero
se ve, en París n o s
señor
— X o
esos cuchicheos,
á
diablos!
término.
usted!
— ¿ D e
m o m e n -
¡Qué
un
Carlos
acertó
— ¡ M i
á
sospechas.
—¡Si todos
pel
e m p e z ó
su vigilancia, y
Carlos corroboraba,
para
misterio-
persona.
disimulo
to, sus
noticias
entre las personas
—Sí,
es
— ¿ D e
¿ N o
que
le
dije
siguiendo?
n o
volvieron;
cogieron
los de
— ¡ P u e s
— ¿ Y
los m u c h a c h o s
mañosos.
cierto.
— P u e s
y
los
anduvieron
toda
la
dos.
anoche?
no!
dónde
— Y a
vienen;
— ¿ Y
llegarán
están?
novias
m a n d a r o n
avisar.
aquí á tiempo para
que
los
veamos?
— N o ,
señor, han
la hacienda
h a n
grande,
tanteado que
n o
de
haber
porque
nos
cortado
los
para
muchachos
encontrarían
aquí.
— T i e n e
usted razón,
señor
D.
H o m o b o niño c o m o
n o ; ellos n o
pueden
saber
que h e m o s
q u e
rido
la h o r a
de la
pudiera
m a n e r a q u e e n l l e g a n d o á la
les
v e r e m o s
las
caras.
Entretanto
en
lo sé. C o m o
el
continuar
las
primeras
y
y a
todo
eso en
tendremos
todos,
señor
D.
la causa, q u e
Carlitos,
que
vió, y o
usted,
n o
estu-
señora, pregunte
si h a b í a a n o c h e u n
usted
n i ñ o e n el
circo.
adelan-
le
va
¡si f u e r a m i h i j o , si d e s p u é s d e
tan-
aseguro
to tiempo
á usted,
usted
hay-
— ¡ A h !
tado
ninguno
diligencias
á
acerca de la espía
había
circo.
— P r e g u n t e
lugar de
años, n o
hacienv e
da
diez
ser?....
marcha.
— N o
— D e
de
dife-
á
tuviera,
al
fin,
el gusto
de
verlo,
estar
olvidaría todos mis padecimientos!... pero
ya
buena.
usted lo ve, señora,
D o ñ a
d e la
Refugio logró ver á Salomé
— ¿ Q u é
noticias m e
— ¿ Y
es
— E l
mismo.
- ¿ Y
dijo?
— D i j o
dá usted,
señora?
que tuvo á
vuelto á
— E s o
Gabriel
en
su
compa-
¿qué
escapó
sucedió?
cometí, n o
h a
probado
d o
usted
y
n o
lo
han
había
ianoche
h a
en
de ser
el circo
cierto.
algún
consuelo;
se recogen
¡qué
segura
de
m á s
que
dichosa
que
hijos,
habrá
tenido
usted
el
con
jamás
midiendo
el
teni-
gusto
de
recibien-
sus gracias
desarrollo
los vestiditos
de
y
y
sus
guar-
placer el q u e y a n o le vino. ¡ A h !
¡qué hermoso
ver
contemplando
á paso
que
usted,
e s t a d e s a z ó n , p o r q u e si h a
sus caricias,
facultades,
por-
dolores
es
verlos, de amarlos, de verlos crecer
d a n d o
es cierto, n o
decretado
se c o m e t e u n a falta c o m o la
siguiendo paso
ver.
qué, n o
d e llorar s i e m p r e sin
todos los días. ¡ A h !
d o
qué, señora?
el niño se les
n o
h e
señora!-Estoy
pero....
— Q u e
que
y o
h o m b r e .
Melquíades?
— ¿ P e r o
¿Y
pesar
q u e cuando
H e hablado largamente con ese
ñía;
á
incomunicación.
creo que está
h a
de
crecer á los niños
ser
todo
es lo
eso,
m i s m o
porque
que
ver
abrirse
las
flores!
¡Y privar á
u n a
¿ N o
es verdad,
m a d r e
de
señora?.
ese consuelo,
cerle s o ñ a r e n e s a d i c h a sin alcanzarla
es el m a s
D o ñ a
cruel
de los
con
enternecimiento,
yar
la frente
m o s
atención,
hasta
que
entre las
jamás,
y o
amargas
á
Sa-
3' d e s p u é s
acabó
por
y
—Sí;
con
con
apo-
sólo
h e c h o
mal
en
hablar
á
usted
n u e v o
t o m e
en mis desgracias, que m e
así
que
cubiertos
es preciso usar en la
so-
p u e d o
creer
m e
lo q u e
usted
señora!
r
para
m í
parte
n o
encontrar
quiero
de
depositar
estas
tristes
secretos
en
virtudes
el s e n o
que
supiera
á
y
c o m o
los ojos de
cierto;
usted
que n o
poseo,
atribuyendo
n o
quiero
el interés
que
que
usted
inspira á u n rasgo desinteresado de
c o m p r e n d e r
á
b u e n
de
corazón,
u n a persona
m a s
confim e
dencias, esos negros
nada
sentía
siga usted
deseos
h a y
engalanarme
quien,
con
no;
m e
intereso
por
usted,
porque
los
en
mi
vida hay,
por
desgracia, algunos
de contacto
con
los pesares
pun-
lloran.
tos
— T i e n e
usted
razón, S a l o m é , dijo al
un
rato
lágrimas;
d o ñ a
es u n consuelo
quien comunicar
parte debo
porque
Refugio
uno
ser leal:
sea y o
b i é n . . . . sí, n o
sus
la
dulce
tener
pesares, y
c o m p r e n d o
buena,
debo
enjugándose
m u y
sinó
ocultárselo
por
á
usted.
usted,
posible?
las
—Sí,
á
m i
t a m so-
.también
culpable,
usted,
p o r q u e
á
de
cabo
— ¿ E s
t
que mis dolores están
bondad;,
pero es tan
n o
desgracia.
señora?
esta careta
— P u e s
de
de la
horas
derramar
n o
que
y
c o m o
esas
lágrimas.
señora, y t e m o haber abusado de su
con
devorado
ciedad.
dice,
— H e
he
de la desolación
— ¡ A p e n a s
abundantes
y o también he llorado
también
— ¿ U s t e d ,
o y e n d o
m a n o s
hermanas;
usted,
tormentos!
Refugio había estado
lomé, primero
ha-
— ¡ A h ,
y
es tanto
he
sido
culpable,
y
c o m o
desgraciada.
señora! usted tal vez se
m a s
sorprendente
confesión, cuanto
que
estaba
calumnia,
para
m í
esa
cierta de
que
n o
había
y o
en
el m u n d o
quien
sintiera lo
que
qué creía usted
— P o r q u e
sé,
porque
m a d r e s
capaces de
m e n t e ,
al hijo d e
sér indefenso
falta q u e n o
— ¡ A y !
funda
pués
una
de
y
he
falta,
a m o r
sido de
cometer
á
de
n o
ser m a d r e ;
esas
á
mi
des-
antes
u n a
impresión
la necesidad
y
de
tan
de
hablar, por
y
que
feliz e n
m á s
el
gran
q u e la
c o m o
c o m o
m i
fruto
dede
culpable.
hecho
en m i
profunda, que h e
ánimo
sentido
dar libre curso á m i s
d e lo q u e t a n t o
ideas
tiempo
por lo
afrontaré
tortura
necesita
ble cuadro
simular, y
m u d a
tener
y
vamente,
nuestra,
lenta
de
per-
sólo
arros-
el
que
hoy,
en
ha hecho
una
trae
las
tornaré
pondré
la
humillación
á
m i
para
que he
de
este
de
consigo
la
en
la
la
di-
alma,
U s t e d
amortiguaque,
naturaleza
m a s
que
terri-
sabido
en m i
deseo
que
perdido
conducta.
comprender
falta
corazón
usted el m a s
rebosando
m í
lo
m o m e n t o
en
creí-
hijo,
valor que he
desde
al-
valgo y
con
de los dolores
ha despertado
m e
la
Refugio.
perenne,
un
obligan á cambiar
do y
doña
dando
h e visto representado
m e
agregaban
que
continuar
c o m p l e t a m e n t e
merezco
fin,
lado,
á
tormentos
se
recogeré á m i
se
mujer
de usted h a
apreciarme
á
esta
mis
de
la indignación de los q u e h a n
consi-
tormento
fondo
h o y en adelante, prorrumpió,
subsa-
el r e m o r d i m i e n t o
situación
Salomé,
pro-
— Y o también he callado m u c h o s años, pero
la
de
para
dar
tan desgraciado
— D e
el
e n la que, á la
sollozos íntimos d e
traré con
d o
en
larga pausa
gravísimas
sabido disimular
cuando
solación y
u n
he
de
otra m a y o r
sociales
he
hacer mi papel
m u n d o ,
y o
una
con
gunos
oculto
reserva.
u n a
plejidad
al
de
responsable.
Refugio
sido capaz
h a y
haciendo
la víctima
doña
pues
que
espontánea-
tiene m á s que una
negra
H u b o
visto
sus entrañas,
obligada por mil
deraciones
corazón,
he
é inocente,
amargura,
y o
eso?
abandonar,
exclamó
madres,
narla, y
permanecido
m a s
siento!
— ¿ P o r
h a
efectide
la
dolorosa
y
expiaciones.
—Señora....
m u r m u r ó
Salomé
estrechan-
do
entre
doña
suyas
que
de
las
m a n o s
ele
he
porque
bajado
n o
— N o
m e n o s
en
virtudes
contraído
ingenuidad
usted,
faltas
las
usted
á
con
que
mujer
es para
m í
un
título
sobre todo
de
cariño;
el
mis
m e
á la
doble
el m o m e n t o
y
la
revela
si
porque
rarse con
y o
que
y
ésta se h a c e
m e n o s
en que, pobres
des-
— ¡ A h !
— E s
seguro.
usted
m u y
al d e v o l v e r l e
bras
que usted
varias
á
c o m o
de la
paria
mise-
entre
mis
siento
las
quien
un
indemnizada
de
mis
por primera vez
es capaz de
placer inmenso
con-
comprenal
contar-
amarguras.
posible,
señora?
—Sí, somos
amigas y lo s e r e m o s
nos uniremos
usted
á
amiga.
siempre.
nuestros hijos y
se-
felices.
— E s
—Sí, y
compa-
de
usted....
¿sabe usted
dónde
está?
—Sí.
buena.
señora?
puede
puertas
triste
la
guarda,
dígame
— E l
— ¿ Y o
ni
carece
— ¿ S e ñ o r a ?
remos
eso
las
porque
á
siento
— ¿ E s
m e n o s
y
y o m e
le á usted
lo triste, es
por
á
u n a
padecimientos
— Y
pero n o
hacerla,
que
usted
gentes.
víncu-
cierto,
de
que
contestó
una mujer desgraciada
c o m o
d e r m e ;
desgra-
mérito
tocando
vive
fío mis p e n a s
la
á
la de
confianza
yo,
un
usted, señora,
la posición
ni la obligaba
heredadas del placer, nos va á unir un
íntimo
confesión de
c o m o
estimación
porque
unirnos,
mérito
ojos;
usted
desgraciada
de
mía,
ria,
rebajar
pobre
cruel desde
apre-
de
sinó
usted
de u n a
querido
ésta,
d e lo q u e m e
sus secretos, correspondiendo
cia h a
dijo
contacto.
pretenda
ha
m i s m a
m o m e n t o ,
en la estimación
son y a
que nos ponen
— L a
Salomé, tiene
desde este
aprecia usted
ciaba;
que
una
Refugio.
— S é
m e
las
usted
veces m e
estas
pala-
h a
dirigido,
se las digo sintiéndolas brotar d e m i
corazón.
se con
usted
feliz; ¿ y v á u s t e d
á
unir-
él?
—Sí, y
parte
m u y
m u y
en
esta resolución usted tiene
una
directa.
tífrtípsas.
•"
-
_
^mmma
IHÍT
'-'•'••í ESgfga^
— ¿ Y o ,
por
— P o r q u e
m i
h a
corazón
fuerza d e
m e
h a
ñaba
sabido
u n
disimulo
en
y
de
gracia q u e
— V a
m i
nos
vida,
h a
usted
de
á
despertar
que
m e
¡Si s u p i e r a
que
en
amortiguado
falsedades;
una verdad
desconocer.
episodios
usted
sentimiento
revelado
amiga
puerta
qué?
e m p e -
usted
se ligan á la
los
des-
unido!
contármelos
¿no es
verdad,
m í a ?
—Sí,
¿usted
— E s
la sanción
— B i e n ,
lo
pues
quiere?
de nuestra
aún
amistad.
temiendo
cansarla
le
hablaré.
— V e a
usted,
el
centinela
se h a
dormido
y
— E f e c t i v a m e n t e ,
para
pió
dormir
d o ñ a
de
la orilla d e
pirando
poder
en
n o
nos
platicar,
ese arriate, e n
y a
estar
esto
la atmósfera de
d o n d e
H a b í a
debe
desvelado
profundamente,
Refugio, y
el placer
do,
tan
interrum-
proporciona
sentándonos
vez de
seguir
este cuarto
se p u e d e
efecto á corta
á
res-
inmun-
vivir.
distancia de
la
calabozo,
cuyo pié circundaba
C o n
á
usted
del
nuevas
al
s u m a
dando
á la
curiosos.
h e r m o s o
u n a banda
precaución
amigas
patio,
un
para
vez
veladas
circular.
salieron
del calabozo y
sentarse
fresno,
se
las
dirigieron
e n el arriate,
de
la
dos
vista
quede
los
C A P Í T U L O
ri
X I I .
EN EL QUE CONTINÚA EL ASUNTO INICIADO EN EL CAPÍTULO ANTERIOR.
O Ñ A R e f u g i o c o m e n z ó la
de
su vida de
—Vivía
i
de
m i
familia,
tas atenciones
y o
m i m a d a
y
esta
manera.
tranquila
y
narración
en
el
rodeada de
comodidades
seno
cuan-
pueden
ima-
ocho años n o
había
ginarse.
— A
¡
*
ili
y o
la e d a d
aprendido
hombres,
tivo
de
diez y
m á s
que
el
orgullo
pues
del carácter
de
mi
á
despreciar
ha
sido el
familia.
á
los
distin-
— R i c a , h e r m o s a y considerada, m e
que
era p a r a
que
m í
desprecié
sentaron,
y
cuantos
casi
idea
fácil el c a s a r m e
prodigué
desprecios,
jerada
tan
que
pareció
bien,
partidos se m e
todo
sin
m á s
tenía
y o
el hielo d e
razón
que
de mi
la
premis
exa-
amigos,
podía
u n
nuevo
desdenes
d o
mérito.
m e
y o
hizo
género
iban á
— L l e g u é
nuestras
ninguno
que
n o
para
d e
relaciones,
los
m i
llegué
no
jóvenes
hubiese
vencer
turo;
á los veinte años, y
hecho
que
á adquirir
fama de
cer
saboreaba
de
decidirme
que
que
un
esto
el día
en
c a n s a d a m e n t e
entre
p r e m a -
un
¿y
pla-
incesantemente
que quisiera por
al matrimonio,
podía
elegir
todos los q u e m e
fin
despre-
tarde;
en
de
estos contrajo por
matrimonio
desgraciado;
en
el q u e
es
m e
señal
despecho,
actualmente
otros se alejaron corridos y
se propusieron
tratarme
con
mi
que
rayaba
en
queños
casamiento
de uno
fin
mis
la-
tendría
una
pero y a
era
y o
por parte
de
insistencia
en
pero
en
pago
de
que
tuve
¡ay!
emprendí
equivocado
una
que
simpatizaban
en
sus
vez,
las
mujeres
con
mi
y
la
propia
e m p e c é
los m í o s
el
necesidad
entonces
preten-
al
recurrir á
bien cuando se hace
una palabra,
queta;
de
tuve
recursos,
emplear tan
conocer
esos
sabemos
necesario;
de
ser
lucha
co-
moral
posición
á recoger
pe-
fué
desdenes
comprendí que
había
camino.
los
quien
m e
burlara,
p a g á n d o m e
mis
cirdesprecios
con
indiferencia
y
con
extravagancia.
burlas
— E l
al
en
fijarme,
esperaba
de
aislamiento
pasados
cunspección
que
m i
que
aislada.
decidí á
siones y.... lo diré
H u b o
m á s
y
á vivir
vano
terrible, p o r q u e
— A l g u n o
que
por alejar d e
aquellos hombres, que m á s m e
alguna
que
tendían.
u n
d e lo
hizo entrar
de ideas. P e n s a b a
á todos mis amigos,
Entonces
vez
ensayo
esquiva
encontraba
m e
círculo
tal
rodeaban
aversión á un enlace
en
segura
m e
al m e n o s
lo creerá u s t e d ?
extraño
e n el
faltaba
impresión
acabar
que resignarme
de
m á s
esperar, lo cual
de mis
mejores
Mis
que m e hirieron
amigas
se
profundamente.
casaban
y
los
h o m b r e s
11
huían
de
joven
en
mí. A
de
todos
quien
mí:
y o
mis
no
lo
aún
una
hacerle
en
ver
se
en
m i
para
situación
á
más,
un
cierta
que
m e
único
hacia
ron
tenía
de
mí,
y
fueron
y
á cometer
fu-
obligada
u n
cóm-
d o ñ a
á la presa y
c o m o
h a y
se
c o m p r e n d e ,
para
que
la
trámites de
dijo
qu .en
á
— Q u é
rable, y
por
otra parte,
grave de esas faltas es
— ¡ A d e n t r o
la presa!
se
el
cree
es
que
de
lo
m a s
repente
Aquellas d o s m u j e r e s se estremecieron
biándose
de
que
y a
á
día
lugar de
guar-
siguiente
su
destino,
siguiera
sus
su
se
única
había
cruel;
amiga,
de
interesado
la
por
tiempo.
y
larga
m ú t u a s
se separaron
fué
la
despedida
á quienes habían
de
iden-
en
al
promesas
seguir
y
cam-
juramentos,
fin.
estos
m o m e n t o s
el r u m o r
las despedidas, los agradecimientos y los
cargos; y
esa alegre
una
de viajeros
nube
algarabía
que
de
en-
produce
que e m p r e n d e n
la
úl-
de
seado
disponían
al
comenzada
dos mujeres
cabeza.
viajeros se
temores
desaparecido.
estilo.
tima jornada, llenos
Los
al
causa
m u c h o
Acrecía
el
centinela.
piés á
sus
hubiera
tificado delitos del m i s m o género, pero
inexo-
escándalo.
gritó
demás
acomoempeza-
coopere
especie.
quiere usted, la sociedad
Anita
mandarla
despedirse
aquellas
esa
venían
y
Salomé,
e s p o n t á n e a m e n t e
á que se cometan faltas de
y
L l e g ó p a r a S a l o m é el m o m e n t o m a s
iba
Tiernísima
:
los
bajo segura custodia
ella en
— A p e n a s
á
Refugio
única persona
plices.
iban
Castaños
á comunicar
que
dar
delito,
el cual t u v e p o r desgracia m u c h o s
los criados
bultos, y
D o n H o m o b o n o Pérez se encargó d e
baile,
persona
de
marcha,
dando
le
gran
cruelmente
difícil
m a s
el
acordara
contraje unas relaciones
nestas: fui b u r l a d a
era
el
voluntad
había
n o c h e
había quien
joven,
b u e n a
quería;
pero
necesitaba y o
un
amigos,
encontraba
aversión;
que
la s a z ó n
la
arribo.
de
ilusiones p o r
el
de-
á
Salomé,
oía
que liabía
desde
el r u m o r
sante
en
el f o n d o d e
alegre
ruido
á
su
calabozo,
aquella triste
de los
convidados,
el
contrastando
a m e n a z a b a
á la
con
presa
la
ince-
caballos
desolación
que iba á
quedar
á m e r c e d de las consabidas autoridades,
tidarias
A
del
poco
rruajes,
patio
algunos
d e la hacienda
dinario
m a s
aspecto, y
u n
já
t o m a r
volvió á reinar el
viajero,
u n
su
el
or-
silencio
á la salida
cuyas
devorar
un
á las
hule
Angulo
hubiera
comiti-
estaban
leguas con
la
acos-
facilidad
espaldas
iba m a s
podido
y
varilla,
destino,
cubierta
simple
según
todos
de
lo
al g r a d o
Tenía razón
camino,
la
giéndose
de
por
cor-
al lugar d e
tiempo
Angulo
q u e los
de estar
pues después
su
que
temeroso
de media hora
á lo lejos algunos
una
camino
loma,
que
los criados
llos hacia el p u n t o
netes,
y
luego
la
este
y
y
de
gine-
c o m o
llevaban
mentos,
por d o n d e
diri-
los
de los
via-
por
caba-
venían los
produjo
todos con
gi-
desde
parar
los
impaciencia
ginetes.
observaba
sólo que
sus
Carlos m a n d ó
esperáron
el regreso
arrancaron
m o v i m i e n t o
alarma.
coches, y
el
lugar
sabía
la
carruaje.
falda de
al
inmediata
dar sin d u d a
llegar
es
jeros.
los
datos
pedestre, y
de
aparecieron
tes por
ivendedor
el golpe p r e p a r a d o
el P á j a r o iba á
que
entre
que
veredas,
casi al m i s m o
Angulo
preocupado
estarlo u n
había recogido,
G ó m e z
su
que
las
iban á caballo ó en
amarillo.
d e baratijas, porque,
q u e
piernas
de la
camello: este viajero era Angulo,
cargaba
c o n
á
conocía
tar leguas
D o s
precedido
t u m b r a d a s
de
volvió
ca-
después,
consecuencias
ciencia del caminante
completo.
H a b í a
v a
desfilar los
m o m e n t o s
y
amigos.
preocupado,
rato, empezaron á
y
trastornos
Angulo
par-
tormento.
sérios
sus
prisión,
d e las herraduras d e los
el patio,
q u e
vuelto
también
él lo
en
esos
hacía desde
d o n d e atravesaba
la
para
m o loma
cortar
camino.
Se
percibían
á lo lejos
c o m o
seis
bultos,
que
poco
tiempo
después
resultaron ser
seis
ginetes.
do
Los
ellos y
dos
los
lugar en
exploradores
ocho
que
— S o n
dijo
reunidos
juntaron
se
se había parado
los m u c h a c h o s
uno
se
de
los
dirigieron
la
de don
criados,
con
que
al
— ¡ Q u é
dijo
tumbres del
perciben
sexto
apenas
Tardaron
ginetes, y
y
un
de
Carlos,
e n la refriega d e
atrapar
la
á
que
caían á los lados
llegar
uno
n o c h e
se
de
aquellos
ellos
hacia
anterior
de
los
e r a el jefe
que
habían
compadres,
por
lo
faz d e
sombrero
de
escolta
los
de
vista
de
cuales
seguridad,
los
cinco
tra-
u n
de aquel
correas
fleco
abun-
h o m b r e
recamado
aún
lo
se podía
notar,
que á los lados de
piedras
.ginete
n o
ballo, sinó e n
á
haber
dura,
ni
de
si
oro
bien se
la copa
y
era
rayos
plata,
y
examinaba'
brillaban
algunas
preciosas.
venía
uno
de
estado sobre
n o hubiera
bala que
y a
en
su p r o p i o
los de la escolta,
su arrogante
habido
le hubiera
piés para
alcanzado
capues
cabalgaseguirlo,
en
su
ca-
rrera.
El
ginete,
por
sentir bajo sus
á la
c o m o
n o
venado,
rico, p u e s brillaba á los
bien
estaba.
c o c h e s los seis g i n e t e s ,
en
que
el
de piel de
del sol p o r
El
en
poco rato se pusieron
venían
ginetes
cos-
trajo la noticia d e
u n o
que p r o b a b l e m e n t e
plantado
las
al
chaparreras
y
exactamente.
notablemente
aquí.
tiempo
adelantándose
estaba
hasta
esos
desde
algún
exclamó
refiriéndose
relata
las cejas,
observara
que
á
nada.
otro,
calado hasta
le
traen
vista tienen éstos!
éste,
se
emboza-
los ojos,
cerradas con profusión de pequeñas
distingo
criado, dá las s e ñ a s
A
que
que
hasta
Traía unas
b u e n a
y a
logrado
dejaba
ginete,
H o m o b o n o ,
y o
n o
su centro un
zarape saltilleño
c o n el s o m b r e r o
dante:
Castaños;
— Y
en
en un
comitiva.
mañoso.
d o n d e
y e n d o
zón
de u n
perimentar
su
caballo
pizcle
los
de
lo tanto,
piernas
la
estaba
de hacienda,
nerviosos
campaña.
dado,
enclenque
en vez
al
armade
ex-
movimientos
de
— 168
L o s
soldados
criados
atrás
y
dejar
grandes
rebosar
aquellos
ginetes
señoras
m e n z a r o n
esa
ostentación
•que
c o m o
para
cabezas
•caballos
puelas,
lear
y
hear
y
tascar
alarde,
había tenido
í o d a
y
y a
que
y
que
los
con
finjían
despiertos
de
las
caraco-
rayar,
del
n o
con
corcoboca.
la
acti-
preso,
que
t o m a r
aquella
necesaria
es-
para
la
rien-
escena
juzgar,
las
todos los
de
aquel
que
de
1
portezuelas,
señoras
y
se
logrado
los caminos;
se
sin producir
y
en
señoras,
sentían
exclamaron
fin,
cierto
todos
rancheritos
que
para
la
guillo-
peniten-
y
en
par-
legal.
la
primera
por
el
y
im-
preso
quién,
el m o m e n t o
ver de
causaba
fiera
escándalo
hombre!»
llegase
calor
cerca á
tantas
de
aquel
emociones
viajeros.
D u r a n t e
del preso
pasada
que
rendir la jornada
entre los
con
antiguo
conmiseración
«¡pobre
deseaba
personaje,
ladrón,
proclamán-
por
tidarias acérrimas del asesinato
Algunas
al
las
á aquella
quién,
optaba
señoras del régimen
presión,
el
entusiasmaba
aquellos
atrapar
la horca;
abolicionista,
n o
solo
quién opinaba por la
tina; quién por
algunas
ver
trataba
quién
el valor d e
ciaría,
por
asomaban
para
carruajes
asunto,
habían
dose
del asunto,
figuras.
las
de las
en
grandes
espumosa
resignada
significación
con
constituye
hacían
y
su cabalgadura, daba á
la
co-
de
cuadro,
todas
figurándose
á
por
coches,
caballos,
contrastaba
el d e s d é n
al n o t a r
hincándoles
arrancar
el freno
y
ley de los
excitándolos,
tranquila
de
raza,
sus
mexicano;
t o d a la
dispararse,
E s t e
tud
ya
los
sus
ginete
expan-
ostentación
caballitos, tal cual
tenían
de
en
la
traían
observados
en
de destreza
del
aquellos
ágiles,
eran
venían
á moverse
la coquetería
da
hacia
haciendo
que
que
aspecto
echado
su hazaña:
e n las m a n o s ,
en un
Por
semblantes
de
c o m o
algunos
H o m o b o n o
ellas a n t e el preso d e s a r m a d o ,
las
y
don
sombreros,
en sus
satisfacción
armas
de
eran
t o d o s ellos se h a b í a n
sus
siva
de
— 169 —
r
de la escolta
de la hacienda
Pérez,
—
todo
el
camino,
fué el p a s t o
los carruajes, y
el
espectáculo
d e la c o n v e r s a c i ó n
la cuestión de la
en
pena
de
muerte
Por
fin,
estuvo
á
discusión.
se avistó la hacienda, situada
tajosamente
terreno
largamente
sobre las
ondulaciones
accidentado,
por
donde
crecían
recía
respaldo de m o n t a ñ a s
azul oscuro,
posesión
m i s m o
resguardaba
de los
vientos
fondo azul de
caba, c o m o
u n a garza
la hacienda,
ción dirigida por
N .
de
y
pacolor
pintoresca
E.
Sobre
montaña,
blanca,
elegante
u n
arboledas:
aquella
del
la
de
serpeaban
arroyuelos y
que un
espesas
ven-
se
la
de
construc-
el hábil ingeniero
El padre
González
sus miradas
y
la n u e v a
se desprendían
Y a
trada
C h o n a
se
a s o m a b a n
capilla,
á los
fin,
finca,
y
Pendían
de
de
los
trecho
sus
el
y
á
servía
un
de
trecho,
los d u e ñ o s
de
E m p e z a r o n
á
y
las
T o d a
la
en
de los
su
arcos, festones, guirnaldas
partes
la
cal-
de
en-
de cortinas
c o n
pañuelos
venían
uno
á
de gala y
colores
de
de la
con
con
su
u n
cohetes
direcciones
se
que
con-
ofrecía
alborozada,
sus
ranchede
banderas
de
que
de
la
los
India,
sobrecamas
tamaños.
los cinco ginetes
al p r e s o h a b í a n
y, haciendo
la
ostentando
de todos matices y
Entretanto,
los
de
profusión
y
mascadas
iglesia,
ecos
viajeros
flotaban,
de
com-
encuentro
todas
peonada
chillonas,
ros vestidos
todas
los
aspecto risueño
con
m a s a
al
en
hacienda.
aire
sus músicas
vistosos
u n a
percibirse
el
el
hacienda
con
la
en
calzada,
avanzaba
la atención
en
la
detonaciones
que poblaban
diaban
de
que
nues-
tule,
zempatzochitl
a
se distinguía
de gente
música
arcos de
amarillos
torre
viajeros.
en
con
gran-
caracterizan
aspecto risueño
término
pacta
que
pueblo: los
cam-
administrador,
convidados
de
salpicados
cuyo
de la calzada, esos
vegetales
fiestas
daban
por
próxima
de árboles,
algunos dependientes
al e n c u e n t r o
cuya
con
amos.
estaba la comitiva
que, ornada
la
de
los sonorosiecos de
saludando
á
flecos
centró
á la p o r t e z u e l a del c a r r u a j e p a r a d e v o r a r
zada
des
tras
Santiago
M é n d e z .
panas,
de los árboles
desta-
capilla
m o d e r n a
el
otro
y
'
que
custo-
esquivado la
calzada
rodeo, se
dirigían
á
la
ha-
ifcijj&íyia.
EQsism.amst
c i e n d a
carga
á
deshacerse
embarazosa
y
preso, por
p r e o c u p a d o
cabalgadura,
c a b e z a
m o
parte,
para
animal
el
seguía
las
caminaba
caída, c o m o
de
aquella
anchas
fiesta.
sin t o m a r
que
si t a m b i é n
p o c o
su
pronto
entregarse á sus
los regocijos d e la
E l
y
para
cabizbajo
riendas
también
de
su
con
la
de
recua,
ó
caballo
fuese
carga
lisonjera la de aquella especie d e
vestida
de
coC A P Í T U L O
X I I I .
fiera
plata.
EN EL QUE SE CONOCE LA UTILIDAD
DE
UN
CERTIFICADO
PEDIDO Á TIEMPO.
NDESCRIBIBLE
paseantes,
tos de
accidente,
MlMfc
con
que
sorpresa
casa
que
y
de
de
de
en
alegría á
del
loa
gricada
aprecio
recibidos.
de
la
hacienda,
reedificada, tenía u n
vez
prorrumpían
á cada manifestación
que eran
L a
fué el regocijo
recientemente
aspecto de
magnificencia,
con sus mil comodidades
que
alegría
á
la
convidaba
á habitar
en
ella.
c i e n d a
carga
á
deshacerse
embarazosa
y
preso, por
p r e o c u p a d o
cabalgadura,
c a b e z a
m o
parte,
para
animal
el
seguía
las
caminaba
caída, c o m o
de
aquella
anchas
fiesta.
sin t o m a r
que
si t a m b i é n
p o c o
su
pronto
entregarse á sus
los regocijos d e la
E l
y
para
cabizbajo
riendas
también
de
su
con
la
de
recua,
ó
caballo
fuese
carga
lisonjera la de aquella especie d e
vestida
de
coC A P Í T U L O
X I I I .
fiera
plata.
EN EL QUE SE CONOCE LA UTILIDAD
DE
UN
CERTIFICADO
PEDIDO Á TIEMPO.
NDESCRIBIBLE
paseantes,
tos de
accidente,
MlMfc
con
que
sorpresa
casa
que
y
de
de
de
en
alegría á
del
loa
gricada
aprecio
recibidos.
de
la
hacienda,
reedificada, tenía u n
vez
prorrumpían
á cada manifestación
que eran
L a
fué el regocijo
recientemente
aspecto de
magnificencia,
con sus mil comodidades
que
alegría
á
la
convidaba
á habitar
en
ella.
Grandes
rredores;
en
patios cercados
espaciosas
las cuales
otra
puerta,
forma
se n o t a b a
cuya
de una
frontispicio en
las a r m a s
de
guando
con
veneración
su rey y
alguna
y
entre
en
otras
un
esculpidas
pero
menoscabadas
de
atesti-
formas
poseedores
había
nobleza
de
los
m a n e r a
que aún
conservar
aquellos
de
Chona,
brasero,
en
á
m a n o
del
otra
construcción.
arquitecto
u n a sala decorada
no, aunque
la casa de
con los muebles
México
actuales;
por
pero
ser
e n
sido
trocar
al estilo
por
m o d e r -
desechados
de
m e n o s
algunas
y
de
gusto
piezas
aún los
sillones de caoba
asientos de
baqueta, las
m a -
pantallas
formadas con
trozos de espejo, las m e s a s
de
bálsamo
patas
de
ondas,
con
dos
de
león
y
todavía
m a d e r a
en
sus
tallada de
H a b í a
por
también
con
primitivos
estilo
acertada
de
algunas
puntería
hacienda,
que
sus primeras
T o d o
los
los
niño
m a t a d o
de
con
fué objeto
p a r a las visitas,
venado
solaces
poco
dueños,
á
grande
de
de estudio y
quienes por
objetos raros
de
curiosi-
y Anita, que c o m o sabemos
red
de nuestra sociedad
de u n a ignorancia
quirir
cierto
aire
de
par-
en que
Castaños
parte
la
á su
en
años.
todas
cual comentaba
curiosos, representaban
la
su venado
que cada
m u y
de
t r o m p e -
vacaciones hacía m u c h o s
tes encontraban
y
del
al
coloca-
marcos
astas
antiguos
había
y
churrigueresco.
trahillas, sinó
ostentosos
pintados
el t i e m p o
q u e r e c o r d a b a n las cacerías, n o
dad
goteras
algunos grandes cuadros
óleo, ennegrecidos
de
placer
otra porción de recuerdos, que n o había
dado
con
y lavaderos
forma de
y
de
había p o y o s revestidos
estilo monástico, b a ñ o
Había
ciza con
la
por
la antigüedad
ascendientes
azulejos, cocina con
la
permanecían
tas ni
querido
vestigios, que patentizaban
los
la
señor.
Carlos
que
que
dos ángeles
sin m a n o s ,
d e los a n t i g u o s
co-
antiguas
ostentaba
estuvieron
E s p a ñ a
sus
alta
concha,
d o n d e
p i e d r a sin narices y
amplios
todavía
parte
gran
par
habitaciones
fijarse
manera.
eran
n e t a m e n t e
que, cogida por
supina, h a sabido
suficiencia,
y
esa
la
ad-
cierto
a p l o m o
dose
te
para la m a s
sobre
e n
todo
censura
lo
necia crítica; y
ponién-
q u e la rodea, se
perenne
de cuanto
convier-
se le
p o n e
de una
ignorancia
vez también
lunares
E s t o s
entes
son
refractarios
á
todas
de lo maravilloso y
de lo
n u n c a
se
conmueven,
y
son
fríos
m á s
que
m i e n d o
siempre
por
t e m p e r a m e n t o :
una
las m a n o s ,
estaba
de
lo que
sinó después
personas
no
es
barbaridad,
risible,
de haber
que
y
pillado
les m e r e c e n
n o
su
P a r a
co y
Anita
Castaños
sublime
países
que
y
maravillas, y
para
fé
Europa,
que n o
de
Méxi-
en
cuyos
había
progreso
Castaños unas tragaderas, que
m á s
tenía
daban por
aérea, y
las aspiraciones d e
«era
se
apoderaron
acabado
de
del
piano,
afinar.
exclamó
con
énfasis:
desafinados están los
tiples!
Anita.
Esto
delante
de
grandes
orejas,
lo
estaba
co-
todas
las
enjuto de
diciendo
la
carnes y
que tenía en
la m a n o
del
á
piano
y
adelantarse
objeto de
— H a
quien
de
la llave d e las
se
había
á los viajeros, con
afinar el
quedado
clavijas
el
filarmónicos,
usted
cuando
Aniceto
exclusivo
perfectamente,
acabó de
de
ejecutar
culo de
Castaños
aquella mujer llena
selos
una
Ortega.
ciencia.
bárbaro!
dijo Castaños
al p a ñ o
así.»
era su eco, y
á
piano.
Anita.
A n i t a
u n
obligado
ñ o r Villalvazo, le dijo al afinador u n o
— ¡ Q u é
Castaños
la-
— E s t á el p i a n o i n s o p o r t a b l e , r e p i t i ó
pieza de
hipótesis y
hubieron
á
así.»
cuyo
sa olvidada la navegación
apenas se
elogian
opinión
era malo todo lo
creía de b u e n a
los
eran
crédito.
«eran
t o d o lo d e
de
se
señor
Castaños
y
todo aquello
te— ¡ Q u é
ríen
que
casa.
filarmónicos,
Castaños
elogiar
su
por
que
cálculo
á
granvado
de;
de los sillones
creyeron
de la
porque
así.»
las
Los
impresiones
«era
Se rieron los dos
azulejos, y
delante.
incorregible,
Anita
era
el
orá-
de suficiencia
y
— ¿ L o
oyó
usted?
1-2
á
—Sí.
— ¿ Q u i é n
— ¡ Y
así
se
llaman
filarmónicos
estos
sido
tole-
traer
hombres!
— E n
—Pos
E u r o p a
rable, hubieran
n o
hubiera
esto
llevado al afinador
ante
los
giendo
dinero! exclamó
que la risa n o
T o d o
lo
cual
n o
sinó que Anita y
Pasadas
la dejaba ni
tenía
y
del
otra
Castaños
las p r i m e r a s
cibimiento
p o n e r
— ¿ A q u í ,
e x a m e n
en m o v i m i e n t o y
al patio
de la
traían p r e s o al
L a
m a y o r
lieron
ron
d o
d e la casa, v i n o
de haber
de
los
concurrentes
sa-
de
niñas
á esconderse
c o m o
si h u b i e r a n
un
y
ciendo
que
entraque
para ver
de
aquella
cerca
pusilánimes
tigre,
escena
anunciacono-
cambiar
en disgusto la alegría de sus convidados,
m ó
á uno
de
los d e la escolta y
le
al
dijo:
lla-
y
está,
pero
amo,
que
H o m o b o n o ,
el
nos
m a n -
grande.
reo vendrá
consig-
autoridad.
eso, señor
su merced
— S e r á
de
qué?
d o n
amo,
nosotros
n o
sabe-
dirá.
bueno,
agregó
el
administrador,
que se lleven á este h o m b r e
ante
la
auto-
ridad.
—Pos
jo
el
la
m a n o
c o m o
ginete
sus mercedes
que
dispongan,
sostenía su sombrero
derecha,
á
corta
distancia
dicon
de
lá
cabeza.
corrie-
Carlos,
podría
m o s
á
aque-
ginetes
algunas
la aparición
re-
para
á alguna
— E n
del
ladrón.
parte
nado
así.»
observación á
hacienda, los
á los corredores,
bandido;
«eran
orden
señor
que á la hacienda
— B i e n
explicación
ustedes
traerlo.
el a m o
dó decir
hablar.
impresiones
llas gentes, la circunstancia
d o
Anitafin-
á
nosotros dijimos,
—Pos
de
dado
preso?
aquí debíamos
tribunales.
—¡Lástima
ha
aquí al
Entretanto
el reo había
e s c u d r i ñ a d o r a al
y
fijado
una
administrador
y
á
luego b a j á n d o s e v i o l e n t a m e n t e el
del jorongo
q u e le cubría t o d a
del caballo y,
casi d e u n
la escolta, estuvo
frente á
salto,
mirada
Carlos,
e m b o z o
la cara,
y
Carlos.
salt^
apesar
de
su
Este
salto
espectadores
él una
dos
acabó
de
tímidos,
desmoralizar
que
creyeron
agresión, y hasta Castaños
á
los
ver
en
el
bandido
m e n t o s
frente á
ta y
seguida se
Carlos,
unos
fijándole
descubrió
cortos
m o -
aún
vis-
la
quitándose
El
co á
al a m o
to-
m a n o
de
ido acercando
po-
aceptó
curiosos se habían
la
poco.
— ¿ P e r o
usted,
Gómez?....
el administrador,
cierto! e x c l a m ó el
— Q u é
administrador.
d o
—Sí,
que respeta
administrador
Los
su
sombrero.
—¡Será
usted y
G ó m e z .
Permaneció
rico
de
davía.
retrocedió
pasos.
en
amigo
señor;
es
cierto,
soy
yo:
dijo
quiere usted
le p u e d e
dijo de
nuevo
usted....
suceder
señor, á t o d o el
una
m u n -
desgracia. Y o
ve-
el
nía caminando
solo,
acordándome
del
amo,
bandido.
c o m o
y
— ¡ J o s é
María
G ó m e z !
exclamó
de
se decía por
el
administrador.
— E l
G ó m e z
mismo,
crédito
G ó m e z
y
podía
éste
á
sus labios u n a
á lo que estaba
la m a n o
vacilaba en
dijo
n o
c o m o
n o
y
c o m o
qué?
— ¿ Y
aceptarla.
estos
el
que
usted tomarla con
confianza,
administrador;
soy
José
María
á
ve-
y o
de
lo
salud.
dijo
nada
sabrá
por
á
Carlos.
con
G ó m e z
el
la
m e
¿y
por
justicia.
a h í — m e
oiga, amigo,
alto;
teme,
tierra.—Adiós
q u é ? — J a l e
tiempo
saludar
marcaron
debe,
á
les d i j e . — Y a
dije-
le dije al
de
sela escolta, y
ñor
tanto
v o y
señores,
nada
pié
ron, y jalé.—Pero
— P u e d e
hace
pues
la escolta, m e
p a r é — E c h é
administrador
c o m o
interrumpió
— E n t o n c e s
señalando
pudiendo
y
los veo, dije,
— E n t o n c e s
el
viendo.
al
que
los patrones, y á ver c ó m o están de
son-
tranquilidad.
repitió Carlos,
tendía
usted;
interpretarse
de u n a perfecta
— ¿ G ó m e z ?
dar
servir
dejando vagar en
risa, q u e b i e n
signo
que
para
quiera
nuenían los amos,
v o
donde
Gómez,
usted
por
qué m e
lleva?
y
el
señor
m e
dijo
que
anoche, y
que
el
hendieran
á todos;
p o r q u e
juez
habían
m a n d a b a
robado
que
— P u e s
e n el
y
eso
dije: pues vaya,
al
la hacienda grande,
pos nos
ver
pos
las
q u é les
armas,
he
m e
d e
dijo
hacer,
h a y
entre
quién
ustedes,
h a y a
con perdón
de
usted, m e
dijeron
c o m o
dije,
u n a
cuanto
á testigos, dijo el
metiendo luego los caballos y
las a r m a s
de
fin
el
m e
conoce
fecho de m i persona; y
cuando
h e m o s
pues
n o
m e
y
sueltan;
los h a y a , p e r o c o m o el s e ñ o r v e n í a
llegando
mejor
d e ir q u e á la h a c i e n d a g r a n d e
¡vaya!
m i
qué? le
á
casa
perplejo.
— ¿ A
dónde
aprehendieron
— P u e s
bajando la
— ¿ I b a
solo?
— P o s
solo y
— ¿ Q u i e r e
consta
que la
que atacaron
la
— N a d a ,
iba y
al
señor?
escolta.
tener
El
loma.
q u e
persona
anoche
que
y o
mirada
sinó
que
acompafija
c o m o
c o m o
no-lo
á
el
su
señor
conocen
conozco
al
tono
que
en
señor,
por
dijo
el
e m p e z a b a
á
el carácter
de
reconvención.
ginete
la
escolta
de
se
encogió
de
hombros.
mercedes
equivocación,
á
q u e
los
pues
administrador
alma.
decir
G ó m e z
una
-
señor;
no....
— S u s
su
preguntó
palabra
interlocutor.
— E s
estaba
Carlos al d e
la
aquí.
Carlos
preguntó
por
satis-
d ó n d e
allá es c o m o
pos
es-
m e r c e d
vamos,
está
dije,/os en
su
ponién-
e n la cara, dije, p u e s
a m o
le diré á
loma...
— ¿ Y
al
no
á
ñ a n d o
que
de la
y
la
bola y
Carlos,
m a l a
estaban
d o m e
insistió
otro.—
les
que
yo, la verdad,
averiguarán
presenciado....
colta, p o s la v e r d a d
r a z ó n — y
lo
juzgado.
— E n
Adiós,
que
iremos
n o
j u n t o s — A
creo
fin
— ¿ P e r o
v o y pa
y o
apre-
ustedes
traen,
coches?
n o
les
es de
los
Carlos y
fin,
h e m o s
de
si,
y
por
al
m i
fin
á
pesar
ir á v e r al
el a d m i n i s t r a d o r
consultándose
— E n
dirán
n o
la
juez.
se vieron
Carlos
parte
de
c o m o
dijo:
p u e d o
creer
q u e
G ó m e z ,
viene
y
por
y a
en
el t i e m p o
que hace
aquí, h a y a cambiado de
usted
ve,
administrador,
continuó
ya
usted
que
conducta,
dirigiéndose
ve
que
al
G ó m e z
sido sentido por nosotros, porque nos
su
n o
ha
consta
honradez.
— ¡ A h !
trador,
dudaba
á
eso,
dijo el
al p r o n t o d e
adminis-.
que fuera
el
m i s m o .
del
a m o
dijo G ó m e z ,
que m e
manifestarle
sus
que
traigo la
la e c h é e n la bolsa,
siempre
m e
carpara
acuerdo
de
favores.
que
A n t e
d u d a s
de
Carlos
q u e
ocultaba
aquella
en
el
Carlos
y
el
una
vocación
las
administrador.
les
acabó
n a y
estrepitosa
han
á
las
Gómez,
con
consta
por
la
que
carcajada
la a m b i g ü e d a d
y a
de
en
quien
de
ha
Castaños
aquella
que
se
esce-
trató
siquiera
simplemente
víctima
de
u n a
de
vacilara
acerca de que aquel señor G ó m e z había
sido
equivocación.
sucedió, preguntaban
por
todas
es
ladrón,
partes.
— N a d a ,
— P o r
h a
sido un
chasco.
qué?
si e s
— ¿ Q u i é n
es
Gómez.
G ó m e z ?
— E s e
señor.
— ¿ E l
ladrón?
—Cállese
usted, hombre,
si n o
es una
persona honrada
que h a estado
al
duda
pleada
en la hacienda y
lo c o n o c e
u n a
señor,
que
equi-
que
es
D . —C¿a Er lso s .p o s i b l e ?
—Sí,
persona
cuya
señor.
haberla probado
en
u n
chasco!
honradez
— Á
n o s
de
personas
toda
cometido
aprehendiendo
María
finca,
desde el m o m e n t o
— ¡ V a y a
José
propia
e m -
dijo:
—Señores, parece fuera de
muchachos
car-
desaparecieron
se dirigió e n t o n c e s
y
p e q u e ñ a
sombrero.
prueba,
le r o d e a b a n
estos
U n a
— P u e s
G ó m e z sacó su carta de
tera
esta
m a y o r d o m o .
— ¿ Q u é
— C a b a l m e n t e ,
ta
sido
reírse, n o h u b o
en cuanto
y o
siones en
mil
oca-
la verdad,
pesado.
el
señor
— ¿ C o n
que
— G ó m e z ,
— ¿ Y a
es
el
sabe
— ¿ Q u é ,
— N o ,
— ¡ A h !
sorpresa, tendió sus brazos
es
Carlos se había
ladrón?
hablar
G ó m e z .
¿pues
sabe usted
que
es
un
gre-
gorito?
b a n
por
con
otra
multitud
todas
de
partes,
los
G ó m e z
y
se
de
voces,
entre
las
circularisas
y
pasa?
— ¿ Q u é
h a y ?
— E s
separado
de
G ó m e z ,
para
convidados.
— ¿ Q u é
le preguntaban
algunos.
es?
José María Gómez, u n h o m b r e
m u y
la
honrado
sorpresa
sus
— ¿C»O r-J
u i é n
Estas y
á
abrazaron.
usted?
n o
es
G ó m e z ?
m i s m o .
que h a sido m a y o r d o m o
d e la
ha-
G ó m e z
al-
convidados.
cienda.
— P u e d e n
retirarse,
dijo al
fin
Carlos á
la
Entretanto
habían
rodeado
á
escolta.
gunos
El
ró á
que
había
entregar
á
sido
G ó m e z
volvió su pistola, el
su reata y
interpelado,
de
su
caballo;
m á s
espuelas y
amigos,
Dios
su permiso, patrón,
dy'9
dirigiéndose á
para
Y
que
Carlos;
m a n o
calzoneras,
entregó
dianes una
s u m a
de
pague
un
y
y
con
paréntesis,
m e d i o s
vino.
al p r i m e r o
de
le
espada.
doce
repuesto
de
de
sus
sus
guar-
los
sirvientes que
nocido, y
los convidados
persarse,
dirigiéndose
— S e ñ o r
d o n
comenzaron
recoá
dis-
á sus respectivas
ha-
Carlos,
m a n d o
un tono grave y
¿Está
usted
seguro
efectivamente José
que
—Sí,
señor
pesos.
sobre
que n o
su
pendiente
que
que
tobajo.
ese h o m b r e
d e la
de
y
el
es
mis-
casa?
contestó
seguro
h e m o s
mejor
Castaños
María Gómez,
Castaños,
enteramente
dijo
hablando m u y
de
fué dependiente
estoy
primera
lo habían
bitaciones.
m o
á la h o n d a bolsa d e
c o m o
El administrador
otro
ahí están esos
se los t o m e n
metiendo
su
se lo
en
apresu-
allá s u c u a r t a
otro sus
— V a y a ,
se
de
su
Carlos,
y
honradez;
vuelto á tener otro
de-
Gómez.
ISUOTSCA p f i S ^ ^ i
"IMMlKró'
— E s
ser el
que
yo,
que
pudiera
no
mismo.
— S o b r e
p o r
decía
m í y
que
t r a e la m i s m a
le
di c u a n d o
carta
firmada
se separó de
mi
extraño,
tos muchachos
dido
padecer
— N a d a
— E s
esa
una
m a s
que
insistió
Castaños,
q u e lo atraparon,
que
es-
hayan
equivocación tan
po-
punible.
nuestra
ellos c o n o c e n m á s
que
nosotros
usted,
Castaños,
el
traje, el
que
trae
Gómez,
y
el ser
aquel
— P u e s
está
á
ese le acabo
seguro
de
qYie
de
los criados d e
don
esto
H o m o b o n o ,
pasaba
señor
d o n
lo crea
que estos muchachos
bien con
en
tenían
circunstancia
señor
h a n
Carlos.
vez,
mismos
esta
muchachos
de
que
es
lo
ino-
cente.
—Precisamente
eso
m e
conozco bien
últimamente
á
h a y a
dado
veremos.
fin,
todo caso
usted
con
será conveniente que
ese
se
criado,
pueda
por u n a
efecto, y
simple
gusto, señor
Carlos
fundo
para
P o c o
aun
y
tal vez
ha-
de
sus
deducir
cuando
la
precaución,
n o
verdad.
le daré
sea
á
sinó
usted
Castaños.
enseguida
que le había
para hablar
en
y o
e m p e ñ o
q u e disculpa el error: tal
los
cuenta.
m o m e n -
otra
aprehendido á sabiendas
María
equi-
es
Castaños,
nosotros:
que
decir,
José
son
— E n
e n quedar
de
usted,
sólo que
aseveraciones
tos en
oír
don
descono-
suficientes p a r a explicarse la
además,
con
b u e n
ble
vocación;
que habla
posible?
— E n
motivos
de
el tal
es un ladrón
— ¿ E s
en malearse.... en
cido
criado
—Sí.
G ó m e z ;
caballo
parte.
usted
— N o
— V e a
m a s
dos?
—Sí,
gente.
está
qué?
— ¿ V é
Gómez,
fácil.
acaso la equivocación
— ¿ P o r
otros
— Y o
que
bien de
que
casa.
á
creer,
m a n d ó
indicado
con
á poco
él á
fué
llamar al
Castaños, y
se
criado
retiró
solas.
d e s p e j á n d o s e el patio
y
— 191 —
— 190 —
y a
sólo
cuando
quedaban
se p u d o
lejos de
un
un
en
notar
grupo
él
algunos
que
Gómez,
de peones,
m u y
hablaba
con
m o
mancuernas,
llona el varillero, y
la voz, y
finas,
á G ó m e z
G ó m e z ,
Cerillos
par de
disimulando,
objetos que
que
— Y a
saben
lo del
hacienda y h a y
sé lo q u e le
digo
ruido
la
reconocer
las
m u c h a c h o
del
señorita.
algo, se
c a j ó n de
exhorto.
y
el varillero, y
decirle
hacia la vidriera del
ace-
cada
inclinaba
chácharas.
en la
[Navajas de
otra
afeitar
patroncito.]
— ¿ Y saben d ó n d e está? preguntó
— [ N o ,
patrón;]
usted
y
el
son
patrón.
— j A d i o s !
¿Y
Gómez.
U n a s tijeras [pero
Pájaro...]
c ó m o
lo
saben?
m u y
— E s o
patrón,
saben
finas,
nos
cuestan
si p o r
y
Celso...]
y
eso
n o
por
que
E s
lo
d o n d e había
nada.
menos,
sáquese.]
m o n e d a s
al
se guardaba .algunos
con
de
ahí.
dió algunas
se dirigió
co-
Son
ganamos
vine;]
[yo sé lo que le digo;
G ó m e z
fingiendo
á
[Pues
amo.
veras?
— E s p é r e m e
por
los
cogieron
de
[ ¿ P u e s no?
objeto:
de
fingía
le m o s t r a b a
que tenía
algún
del
ligas p a r a
chi-
bajando
[Plumas
relojes.] [ Y o
pronto.]
silencio, u n
siempre
veinte reales;
cuatro hojas, señor
corta-
voz
luego agregaba
enseñando
ro, llaves p a r a
lápices,
decía en
A q u í lo entregan, patrón.
sáquese
lo menos,
— ¿ O u é
par de
plumas, tijeras m u y
q u e
— E s
varillero.
— U n
vez
criados,
n o
paso
firme
desaparecido
hacia
varillero,
objetos,
el
Carlos.
lugar
jSmSBaSBSS^S.****.
t t t t t t t t l I t T I t l l T T T I I I I I T T T l T I T T I I l !
C A P Í T U L O
X I V .
DE LO QUE LES HABÍA SUCEDIDO
Á GABRIEL Y Á D. SANTIAGO.
OR c o m p r o m e t i d a q u e sea la
ción
de
nos v e m o s
cerca de
N o
que
de
difícil y
p u d o
luz
á
esta
conducir
D.
situavarios
historia,
al
lector
Santiago, á
dejado hace tiempo en
quie-
situación
angustiosa.
c a l c u l a r el p o b r e
que transcurriría
la
encuentran
los personajes d e
Gabriel y
m e n o s
p o
que se
precisados
nes h e m o s
n o
en
desde
el
niño
el
tiem-
m o m e n t o
d e la a u r o r a hirió sus pupilas
través de sus párpados
en
al
cerrados.
13
^jaWfes&vi: u. wy--<*
SSÁK. W¿5
wmm.
Después
de aquel
bra rojiza, q u e
m o m e n t o ,
creía
tener
ojos, fué obscureciéndose
m o
si u n
círculo d e
la
delante
poco
p l o m o
p e n u m -
á
de
poco,
hubiera
ido
sanchándose hacia la circunferencia, y
chándose
hacia el c e n t r o ,
u n
q u e se extinguió p o r
punto
U n
rumor
parecido
hasta
al d e
fué creciendo por instantes,
se al b r a m i d o
del torrente:
del
m u n d o
tuviera
m u n d o s intermedios
hasta
co-
u n a locomotora;
estreen
m a r
hasta
el
lejana,
semejar-
ruido, debía seguir
El dolor, en
sucedido
el
tanto,
el niño indefenso:
y
y
siendo
en
c o m o
un
pasar
por
en
iba
los
las tinieblas:
clavaba
y
su
de
por
por
extremidades;
yunques
al
sus
la
y
aguijón
en
vaga
su
la
de
punzada
estrangulac o m o
oídos
si
los
t o m a r a n
dimensiones
colosales, g o l p e a b a n con
produciendo
una sucesión de estrépitos
furor,
ina-
hubiera
de u n a
el
supo
Gabriel
do, c o m o
en
graiba
de
un
un
silbo;
insecto;
el
del
qué tiempo
se
que volvió
que
vida, abriéndose
blas y
la
asomaba
queños
nada
de
insectos
tierra
en
que
nuevo,
de
á
volvían
había
u n o
m u n -
sepulcro
entre
que triunfan
q u e les c a y ó
L a reminiscencia,
mental
se
descri;
este
sale del
paso
c o m o
perdió
transcurrió
que acabamos
cadáver
des-
luego,
silencio....
c u y a eternidad perdió la idea del
L a
atmós-
chirrido, que
soplo imperceptible, que
aquél en
de
m i s m o
c o m o
el v u e l o
bir, h a s t a
en
de
haciéndo-
disminuyendo
intensidad
la región pavorosa
N o
el
el pito
fué
á la p r e s i ó n
gradualmente
atrave-
perderse
la c o n c i e n c i a
sus sienes,
de sus
mazos
vedad
en
colosal
plomo.
despren-
silencio.
situación se hacía sensible
ción
fera de
un
produce
si e l r u i d o
d e s d e el m o m e n t o
la luz, h a b í a n
aguda de
se agudo, c o m o
al q u e
en
este gemido
estado sometido
c o m o
infinito.
A
parecido
pués,
niño
que
terminaron
Sucesivamente
s a b a l a r e g i ó n d e l r u i d o , c o m o si al
derse
gemido
fin.
la
que
sus
en-
terminar
guantables,
tiempo.
las
tinie-
sumerjido,
de
de un
esos
pe-
m o n t ó n
encima.
la vida,
á alentar
el p r i m e r
dentro
de
albor
aquel
cráneo,
cuyas
puestas
á
ser destruidas
Parecía
alma,»
visceras
q n e
volvía
habían
para
ese huésped
á su hogar
estado
nes
siempre.
q u e se llama
después
del
«el
cata-,
E r a
c o m o
templar
el
colono
las ruinas
de
que
vuelve
su casa,
á
con-
después
del
u n a
alma
arrepentida
Gabriel y
que iba á
de
emigrar
emprender
y
tan
seguida
sintió,
to
de
tódo
su
de
una
cuerpo
largo
gases,
tuvo
savia
con
la
conciencia
del
ejecutaban sus
Vivían
b a n
vivía.
sus
Resultaba
padres.
Vivía la justicia d e
Dios.
este despertar, la materia estaba
chita, c o m o
la planta
savia interior,
organizar
al
trando
sentía aún:
sin saber
— ¡ A g u a !
que es
las células
la
para
re-
iba
e n -
c o m o
cierta
de
había
d a d
aquel regreso:
en
colono
de
allí.
su tallo
Gabriel
u n
esta
sola
mismo.
físico,
y
los
consor-
engendra-
de
qué
aquel
des-
voluptuosi-
la vida volvía
hacién-
placer.
era u n a m á q u i n a
después
que
comenzaba
de
subsanado
dislocamiento.
Todavía
pudiera
resu-
movimiento.
sabemos
sentir c o m o u n
Gabriel
sí
m u n d o
beatitud
pertar;
dose
no
la
maravillosos
el
su segunda prueba,
el
si p o d r í a v i v i r
arrancada
exclamaría
palabra:
mar-
individuo.
Si la p l a n t a
hablar,
cuya vida,
lucha en
Gabriel n o
la sensibilidad y
por
vivificadora.
el placer d e
generadores
si
resecos
difundía
cios, sus sabias c o m b i n a c i o n e s
Gabriel
c o m o
complemen-
t a z a fría, se
una
Gabriel bebió
pulmo-
al tocar sus labios
la vida, q u e
vol-
se
en
los gases del a g u a viniera el
' Los
viaje.
E n
de
salió casi sin aire d e los
e n
rrección y
huracán.
vía
voz
los bordes
clismo.
E r a
Esta
ex-
Gabriel n o
que
se necesita, para
ser
el t e s t i m o n i o
L a
vida de
das, gozando.
participaba
que
el dolor
irrefragable d e la
Gabriel
e m p e z a b a
Hubiera
deseado
del
vigor
entrara
á
vida.
c o m o
padecer.
to-
Estaba
redes de
circunvalado
un
recinto
era precisamente
en
lo
por las
pa-
— ¿ Y
oxígeno
n o
sirve para
abundara:
en
la
Gabriel
d o n d e
que
el
m á s
lugar de este soplo de Dios, habia sulfídrico
carbónico, implacables
El pecho
fatiga
de
Gabriel
de
la
ondulaba
con
vida.
cierta
tendido,
pero
sinó una
especie de
dicho un
al l a d o
vieja m e d i o
de
h o m b r e
Gabriel
n o
estaba
m o m i a dormitando:
idiota, incapaz de
en-
era
algo?
Gabriel
n o
quieres
¿no ves
la
que se
fijó
la vista e n
Pero
Gabriel
acaso
h a
el a z u l
— V o y
á avisar
parece
que has
que de
te
abierto
del cielo
resucitado;
esta n o
y
m o
te levantas;
dado
el caso
por-
te vas, y
eso
Cuidado
co-
es p o r q u e tienes el c u e r o duro.
que
pudieras
hacerlo.
ocuparse
L a vieja salió d e a q u e l
en cuestiones de
luz,
contestó.
que m e
hubiera
qué
ventana?
y
tormentosa.
—¡Aire!
una
enemigos
para
tabuco, y
cerran-
atmósfera.
tenía
un
ángel,
do la puerta tras d e
sí, s e l a o y ó
tiempo
c o n la llave
por
algún
supuesto
que una m a n o desconocida le había
hacer
ruido
en
la
ce-
salvado.
rradura.
El
ángel abrió un
postigo, y
por
allí
enGabriel n o
t r ó
c o n la luz e n
un
torrente
de
volver
Gabriel
aspiró el aire;
y
se
dibujó
sus
había
movido,
porque
al
en
sí,
n o
se
había
acordado
de
su
u n a
cuerpo.
sonrisa de placer en
se
vida.
Reconoció
con
la
mirada
aquella
labios.
habitación.
Abrió los ojos. Y a
estaba
allí
la
luz;
la
Contempló
luz era un pedazo
de cielo
sobre su cabeza
vigas ennegrecidas;
— ¡ M á s
luz! m u r m u r ó
se incorporó c o m o m o v i d a
en
resorte, y
el niño,
fijando
dijo:
una
su
serie
derecha
de
u n a
mirada
de
alta; á sus piés
la
puerta
por
por
un
hacia
Gabriel.
p e q u e ñ a ventana
L a m o m i a
u n a
azul.
donde
había salido la vieja;
á
su
dere-
reptil
cha se levantaba u n a pared de
comida y
adobes
car-
ensalitrada.
fiílfRSICSS í¿- i : ... lí.i'f
Wtr/f i> M VTcstS
»4U0VK& ...•• finámmk
íimm
- 1 £ ! 5 "«w
ta»' t" M2S
BMfBttn
— ¿ E n
y a
n o
mío!
d ó n d e
estoy
estoy
Siento
estoy?
a t a d o
pensó Gabriel.
¡Ah!
blo m e
al t r o n c o ! ¡Gracias,
Dios
he
en u n a
aún
cama.
el lazo
mis huesos....
sigo
hecho
uno
que está
atado.
quebrantando
¡Ay!
si
decían
la
otras
resucita-muertos,
curaciones,
que estar cuidando
— ¿ P e r o
con
qué
— A d i ó s
¿pues
es
de
y
si
porque
otras
n o
tiene
cosas.
recordó?
pudiera
qué
crees
que
n o
estaba
m o v e r m e .
m á s
Y
probó
á m o v e r
un brazo;
y
que
María,
tó
una violenta
nocer
que
impresión
podía
hacer
de
uso
alegría
de
al
sus
había
salido
Gabriel
aparecieron la vieja y
El niño
nes de
reconoció
su verdugo
mecimiento
José
á
aún
volvió
su
de
María
bien
y
su
la
per-
puerta
— B u e n o
pronto
las
experimentó
se puso
á
— Y a
lo estás
á
m u c h a c h o
dijo
la
un
estre-
contemplar
vieja
— A d i ó s
¿pues
qué
. — ¿ Q u é le h e hecho?
m u e r t o
que
lugar lo j a l a m o s
los
huesos,
te lo digo,
cina
y o
que
uso
y
el c u e r p o c o n u n
que
para
hasta
compo-
le dimos
costal y
estaba
con
recio
en
lo arropamos
y a
puede
meditodo
has-
con
hablar?
que
m e
dijo
que
luz.
— ¿ Y
— Y o ,
— ¿ Y
desco-
una
sudó.
— ¡ V a y a !
pue-
todito
luego lo rociamos
m á s
e n el
hizo?
yuntado;
— ¿ Y
hecho?
¡vaya!
en primer
este
p u e s a c a s o será el pri-
resucito
qué le
tronaran
diri-
muerto.
le has
le
¿pero
— C o m o
faccio-
G ó m e z , si n o h a s i d o p o r m í ,
se hubiera
José
muerto.
nérselos.
ta
viendo,
muerto,
digo, estaba
— ¡ A d i ó s !
terror.
G ó m e z
que
personaje.
víctima.
giéndose
m e r
de
á abrirse
otro
estaba
sé lo q u e
— P u e s
plejidad, c u a n d o
y
y o
co-
movi-
mientos.
N o
dormido?
experimen-
por eso abriste la
nó:
el
p u e d e
aire.
andar?
ventana?
quería
—¡Adiós!
cuatro
pues
t ú si q u e
días no p o d r á
L o m e n o s
en
Esto
lo
oyó
apenas
Gabriel,
y
n o
quiso
menearse.
moverse.
— ¡ A ver, amigo! dijo José
haga por
María
G ó m e z ,
G ó m e z
ción
Gabriel
hacer
no
un
levantó
esfuerzo
un
poco
para
la cabeza,
iba
incorporarse,
á
Y
ayudaremos,
t o m ó
al
gándolo á
niño
por
los
hombros,
obli-
su
dolor
dijo la vieja,
atole,
dentro de
agudo
aquella
y en
segui-
para
que
n o
puede,
cobre
y o
le
fuerzas,
y
para que
te
lo
entregue.
para
entonces
— Y o
creeré
podrá
de
unos
tragos de
m e r a
ministró
rante todo
un
horrible
quedar
al
habitacuidado
enfermo
t o m ó
atole, alimento que la
enfer-
á
Cuando
el
Gabriel
varias
á
veces
du-
día.
regenerador
dió al alimento, y
su
á
rato,
aquel
sueño
y
tranquilo
suce-
el e n f e r m o c o m e n z ó á
re-
poco.
Gabriel
pudo
hablar, preguntó
á
enfermera.
— ¿ E n
dónde
— E n
m i
— ¿ Y
m i
estoy?
casa,
pues
d ó n d e
has de
estar!
padre?
andar?
— Q u e
que
volvió
enfermera.
hacerse poco
cuatro días, vienes
— ¿ Y
su
Gabriel
U n
desvanecimiento.
—Míralo,
daré
G ó m e z .
y
Después
sentarse.
Gabriel sintió u n
da un
dijo
de
pero
pudo.
— L o
salió d e
levantarse.
sé
y o
de
tu
padre,
ni
sé
si
lo
sí.
tienes.
— P e r o
que
cuidado!
estaba
dijo
desmayado,
G ó m e z
á
cuidado
Gabriel
c o m o
— E l
señor
— N o
haces
el
m a ñ o s o
tienes
m á s
por
n o
caminar;
lo
lo
todo
es
taimado,
pero
Santiago.
conozco.
que
— V e n í a m o s
que
don
te
juntos.
te
—Oiga.... entonces
compondrás
conmigo.
— ¿ E n
d ó n d e cree usted
que pueda
estar?
— ¿ C o n
que
venían
juntos'
que
disparé m i
pistola,
pero
m e
alegro
de
— S í .
n o
— ¿ Y
haberlo
herido.
luego?
—Sí,
— N o s
— Y a
asaltaron.
sé, q u e
alégrate; porque te hubiera
-¿Sí?
ibas á matar
al
señor.
— ¡ V a y a !
— ¿ Q u é
— A l
señor?
que
— P u e s
estuvo
si t i e n e m u y
cuando
quiso
mal
genio.
levantarme
para
aquí.
que m e
— ¿ A l
matado.
sentara, se lo agradecí
m u c h o .
ladrón?
—¡Oiga!
— ¿ L a d r ó n ?
t o ! ¡es
cho
qué
ladrón
grosero,
— S í ;
¿ q u é le sabes?
¿Pues no
q u e es una
pero
él fué
- ¡ M i e n t e s !
¡Habrase
lo ves,
vis-
mucha-
la
y
— ¿ Y
vieja,
desde
ese
m o m e n t o
y a
n o
lo
aborrezco.
persona?...
quien...
gritó
—Sí;
incomodán-
por
qué
lo
habías
de
aborrecer
antes?
dose.
Gabriel
- N o
briel; á
— ¡ N i
se
enoje
pesar
de
usted,
todo, no
tienes por
señora,
dijo
le g u a r d o
Ga-
rencor.
¿pero
m e
cuanto
á
lo creerá
simpatiza;
— ¿ E l
eso, p u e d e
usted,
ser que
señora,
¡ya se ve, es el
primer,
— P o r
- P u e s . . . .
el
asi... e n
fin
con-
nada.
ese
tenga;
h o m b r e
primer!....
al c a b o d e
—¿Si
u n
usted m e
rato,
dijera
dijo:
en
dónde
está
m i
padre?...
- ¿ Q u é ?
— Q u e
repetir
veo
al
qué?
Gabriel iba á
es
silencio, p e r o
qué!
Y
- E n
guardó
testó:
la
palabra
primer
h o m b r e
el c a m i n o ,
y
si
bien
ladrón;
que
es
y o
porque
á usted
m e
t a m b i é n la querría
haría un
favor m u y
— P u e s
lo siento, porque
— P e r o
p u e d e
y o
grande.
n o
cierto
- ¿ Y o ?
usted
m u c h o ,
preguntar.
sé
nada.
— ¿ A d o n d e ?
— T ú
n o
— ¿ P o r
. ~ ~
P o r
m e n
o s
mal
— P u e s
n o
— ¿ P u e s
y o
al
eso, n a d a
tiene m u y
— A
conoces
señor;
mataría.
m á s ?
lo hace;
te he dicho
q u e
genio.
á
él.
gía, y
le h a
quienes
quiero saber
lo q u e
usted
ha
cree
quiera;
sucedido
pero
con
m i
que
se lo v o y
d ó n d e
— ¡ O t r a !
— E s
usted
quién?
todos; á
— ¿ Y
— ¿ E n
y a
se lo p r e g u n t e
á
m e
está m i
¿Y
q u é le
á
decir?
padre?
importa?
m i padre, contestó Gabriel con
pregunto
por
sucedido
— ¿ Y
qué
lo p u e d e
él.
Y o
quiero
ener-
saber
si
algo.
con
q u e le suceda,
pues
acaso
remediar?
padre.
— ¿ T i e n e
— C r e o
h e visto
m u c h o
que
no;
dinero
al
tu
menos,
padre?
y o
n o
se
lo
— Q u i é n
sabe.
— ¡ A d i ó s
del
— ¿ D í g a m e
— P u e s
bien
le
p o d í a d a r algo al q u e le dijera d o n d e estás
tú.
- Y a
si t u v i e r a
se vé
que
quiere
m u c h o
dinero,
sí le daría, p o r q u e m i
pa-
está
padre?
G ó m e z
se quedó
pesar, algo
y o
si n o
creo
que
eso será
sirve el dinero
lo q u e
para
estos
haga,
en
d ó n d e
lo verá, n o
veré?
que
y
sintió
á
su
dijo:
se apure
tanto.
¿es cierto que lo veré?
Pues
caaunque
iré p o c o
G ó -
—Sí;
n o
pueda y o
á
poco;
pero
andar
de
prisa,
iré.
pero eso, d e p e n d e
de
él.
tabuco.
— ¿ P o r
- ¡ Q u é
siquiera
entonces?
Al día siguiente, se presentó otra vez
e n el
pensando
á favor del niño, y
ya
— ¿ L o
vamos,
vamos.
favor,
usted
m u c h o .
sos, ¿para c u á n d o ,
m e z
por
¿dígame
bueno?
— P u e s
— P u e s
porque
usted,
nunca.
está m i
dre m e
m u c h a c h o !
hay, amigo!
dijo al entrar, y a
qué?
nos
— P u e s
n o quiere darnos unos medios
necesitamos.
que
— M i
padre
ustedes
paz de
todo
todo
— E s o
q u e
bueno,
tenga; y o
por tal de
n o
prestarnos
es m u y
lo
es
les dará
es
porque
n o
quiere
medios.
y
— N o ,
n o
m u c h o ;
todavía
le
lo
tendrá.
le ruego,
les hará
á
si y o
ustedes
el favor q u e
le p i d e n ; p u e s
a u n q u e se
sin n a d a ,
trabajaré para
mantenerlo;
y o
e s o e s n e c e s a r i o ir á
Gabriel
que
estaba
le servía
de
silla, y
— V a y a ,
dijo
le traeré su
nos v a m o s
señor;
Gabriel en
tendió t o m a r
para
m e
h e
de
pe-
hua-
ensayado
nada.
L a
punto
barbero.
no!
que,
prevenido,
viaje
que
por
quien
sentirse
se
capaz
proyectaba;
debía
cada
estar
vez
m i
saliendo de
esperanza reanimó
de
t a m p o c o
enojar...
medio
— C o n
hacer
á
amigóte,
Gabriel hasta
m a ñ a n a
y
en
emprender
é
ingenuamente
un
á
noche
m u c h a s gracias!
excla-
simpatía
viva.
papá.
las
manos
de.
pre-
G ó m e z
acariciarla.
G ó m e z
m a n o s
de
se
extremeció
Gabriel
al
y retiró
contacto
las
de
el
Gómez,
podrá
la
el
de
agradecido
sentía
dijo
la habitación.
habitación.
y a
el c o l m o d e la ternura, y
una
pues va á
se e n o j e c o n él p o r
podido
creía q u e
sobre un
había
caballito
á ver á su
—¡Gracias,
m ó
la
G ó m e z ,
quede
México.
sentado
á dar algunos pasos por
andar,
no
de m u c h a c h o !
por último G ó m e z
— P u e s
cal
uno
— ¡ P u e s
queda
bastante.
Y a
que
— E s
m u c h o
es
n o
—¡Diablo
— ¡ V a y a ! dijo la vieja,con q u e y o
— S e r á
ro para
á
ca-
verme.
cierto,
esos
y
sé q u e
las
suyas.
14
m a s
C A P Í T U L O
X V .
CONTINÚA EL RELATO DE
LO QUE HABÍAN HECHO GÓMEZ Y EL
P Á J A R O , ANTES DEL ASALTO
Á LA FAMILIA.
ON
Santiago
objeto
por
pasado
ya
por
de
parte
las
había sido á la
brutales
del
m a s
sazón
tratamientos
Pájaro,
y
había
crueles angustias
y
zozobras.
Ignoraba
Gabriel, y
absolutamente
negras cavilaciones y
El
la
suerte
se e n t r e g a b a sin cesar, á
Pájaro,
en
su
las
de
m a s
conjeturas.
calidad
de
guardián
de
don Santiago, había puesto
posibles para
ción. Al
bres
solían sustituirlo
cuadrilla,
é
m u c h o
incomunicativos
m a s
medios
su
situah o m -
c o m o
enca-
m u c h a s
el
m i s m o
Pájaro.
tiago
de
veces
estuvo
e x p o n e r
c o n t e m p l a n d o
el
á
u n a
la m a n e r a
ó
resolverse,
ninguna oportunidad
Sus guardianes
y
varias
ñas
u n a
vano
le
el
todo;
d e iniciar
celada;
porque
n o
obedecer
su
L o s
en
el
L a
tardó
u n a
pues
la
á
pasársela
grieta d e
las
pe-
seducir á sus
carceleros,
al a b s o l u t o
dueño de
sus
á
de
d o n
el lector
G ó m e z
Santiago,
habían
y
alarma
al día
en
de
casos
extremos,
los
y
d o n
Santiago
llegar al p u e b l o
á los vecinos y
emprendieron
la
autorialguna
persecución
en
segui-
de
malhechores.
que
preveían
este resultado, habían t o m a d o una
Pero
G ó m e z
dirección
al
y
lugar
el
Pájaro,
del
asalto,
trasponiendo
m o n t a ñ a s y abriéndose paso por lugares
acciones
c o m o
n o
pusie-
á las
ron, lo que m á s importaba era ganar
Pájaro
le
contornos
inaccesibles,
el
u n a
guarida.
p o r t o d o s los
al
de
siguiente,
parecían
que
corrido
sólo después
dades, quienes, desde luego, armaron
El
asalto
recordará
los criados
aca-
perseguidos
del Pájaro, que era
que
en propalarse
ron en
vida.
compañeros
y
noticia del plagio de
opuesta
cueva.
la guarida
cuevas,
habían
sus
pesquisas lograron,
gente
movimiento,
éste,
tanto á
servía de refugio y
y
pero
á sus c o m p a ñ e r o s ;
las
sus
encontró
aquellos h o m b r e s eran inflexibles y
y
San-
medía
obligaron
procuró
don
favorable.
p e q u e ñ a
que f o r m a b a n
E n
una
n o le perdían
noches
sentado en
por
carcelero,
sorpresa
nunca p u d o
punto
todo
su
fuerzas, estudiando
lucha,
á
perder,
de
por
encontrar
de
Algunas
de los criados
dos
mal
que
miento
b a d o
hacerle insoportable
Pájaro,
de la
rados
todos los
pues según
Pájaro,
terminó
conociendo
ocultar
por
un
sus plagiados,
con
D .
Gabriel
Santiago y
ellos
la
mismos
de
dije-
m o n t e .
situación,
tiempo
objeto
casi
de-
indefinido
que
estaban
á
mientras
custodiados
í8J?t(£Sí0ft3 El ESiVw
mmm
* m m w
mmmm
m
®
ewh.i*£5 ¡jasan3?«*?
r '
1
y
en
lugar seguro, los autores
m e n
se
que
presentaran
eran bastante
la coartada,
E n
en
que
Preparaba
los, lo dirigía,
crien
preparar
decía.
robo,
tendía
lo m a n d a b a
todos
ejecutar,
— ¿ Q u é
estos
una
en
que debía
riña en
pudiera
D e
los
y
— A
á
robo
que
que
el día, y
en tal cárcel
El
por
alguna
á la h o r a
y
á
Pájaro,
había
prestar
en
de
una
aunque
tratándose
siempre
entera
m í
estaba
detenido
de tal
autori-
riña.
en
todas
de
se vé,
pero
Gómez,
deraba
m a s
de
un
sale
rifarme
donde
uno pronto
andarse
luego,
= ¡ Y
el m a l d i t o
que
por poco
— B u e n o ;
qué
m a -
con
y
todo
se
presos....
sí
q u é presos: el viejo
chocho!
— E n
h a
se
m u c h a c h o
tan
delicado,
muere!
pues lo que
y o le
digo
es
q u e
hacemos.
el p u e b l o
y a
saben
que
el viejo
se
perdido.
— ¡ V a y a !
con
que
salieron los
vecinos.
— P o r
m i s m o ,
vida
de
usté,
¿pues
qué,
n o
se
lo
n o
Celso?
en
— P e r o
tratándose
usté
—¡Adiós!
estas
robos comunes,
seguro
d e m e
— ¡ Y
dijo
se encontraba m u y
vale?
m a n o .
— Y a
u n a
se
simple
de
Pájaro
el
que aquel r o b o
diestro
gustan
autoridad
de
disposición
vale?
la
fé,
el P á j a r o
ahora,
es yo... á m í n o m e
e m p r e n d í a
ser acusado
pudiera
motivo
peripecias
al
cometido,
había cometido,
dad
que
qué,
chete en
hi-
atraparlo.
autoridad
que
lugar en
manera
p o r el
verificarse,
lo q u e
negocios.
acaba;
hora
h a c e m o s
— P u e s
— ¿ P o r
coartada e r a u n p r o c e d i Pájaro e r a d i e s t r o .
el
un
aquel
lugares
para
Pájaro
el
de
algunos
conocidos
según
efecto, la
miento
en
y a
se
cansarían.
plagio.
por su parte,
expedito
que
t a m p o c o
su
se
consi-
compañero.
— ¡ P u e s c u á n d o
—Saldrían en
no!
piscles.
— ¡ V a y a !
si
dice Celso
que
los
vió,
que
venían
ballo
sardinas
en
era
r a n c h o ; el
el del g a c h u p í n
— ¡ A d i ó s !
- P u e s
— ¿ Y
de
¿ Y
ca-
tienda
estaba
—Siquiera
— E s o
Perfecto?
ese n o
los
d e la
mejor
- E s
en
el
es, u n a
talega para cada
Celso
uno.
dice que
quiere
pueblo
la tercera
Sedillos?
parte.
le pediremos
tres
talegas.
tampoco.
— Y
— ¿ Y
duplique.
poco, porque
— P u e s
— P u e s
que
ésos nos iban á
si n o l a s d á , l o
— ¿ V a m o s
— P u e s
ahorcamos.
coger?
á
verlo?
ésos.
— V a m o s .
— ¡ P u e s
h o r a sí n o s
cogieron!
El Pájaro y
G ó m e z
sacó un
cigarro
grueso
de
G ó m e z
cia la población
zón
le d e s h i z o u n a
cabeza,
mordió
la
los colmillos,
cara para
papel
7
p u r o
escupir con
q u e
alargo
le
la
que
había
m a n o
estaba
- P u e s
- D i c e
izquierda
fumando
el
que dará mil
de mil
que n o
en
fuerza el
arrancado
para
un
lado
pedazo
al
m a s inmediata y
pararon
al
de
recibir
de las primeras
casas de
uno
de
los
suburbios.
H a b í a
el
una
una mujer parada
puerta
Pájaro
»
el
dintel
Cerca
con
q u e alK se
lo que indicaba
al
en
desvencijada.
puerta había u n a mesita
una
daba
de
de
esta
servilleta,
de
c o m e r
hambriento.
Al pararse los dos ginetes frente
aquella
pesos.
mujer n o
medió
se vieron
con
ningún
saludo;
solamente
pesos!
tiene dinero
en pesos;
que
interlocutores
esa mirada
se v e n
con
que revela que
los
frecuencia.
casas.
— ¿ S e
— P e r o
ha-
la
cigarro
°
dice
— ¡ A d i ó s
hacia
hadich ei
c^rie
lo tiene
volvió
encaminaron
otra
frente
con
se
M o n -
tiene
— ¡ C u á n d o
apean? preguntó
la mujer, sin
cam-
amigos.
no!
biar de postura.
L o s ginetes en vez
de
contestar,
se
din-
gieron
hacia una
tizo, q u e
especie
abrió otra puerta
dose
lo
de
estaba á pocos
m á s
frente
que
portal ó
pasos
á
de
ellos, y,
pudieron,
coberallí,
se
agachán-
pasaron,
ade-
lante.
muchacho,
c o m o
de
ocho
años,
á recibir á los recién llegados, q u e se
traban
rrado
á la s a z ó n e n
por todas
T a m p o c o
á aquel
riendas
de
caballos, y
pasear
patio
ó
encon-
corral
ce-
m u c h a c h o
y
hablaron;
entregaron
caballos.
les t o c ó el
sintiéndolo
á aquellos
le
le
encuentro
caliente,
animales
al
se
á
los
puso
rededor
á
del
patio.
y
nuestro
pueblo;
v e c e s le h a c e
entenderse
mantienen
dos
que
dialogan
viendo
al
m u c h a c h o ,
p o r agasajo le tiró con la cuarta;
la recogió e n
seguida y
el
bido hablar;
pero
aquella
taba
la
y
si
bien
de palabras,
esa especie
de reserva
n o
y
se
veía,
m u j e r
de
que
laconismo,
ca-
los
obstante,
halos
admirable-
pedido
—¿Chile?
— ¿ Q u é ,
el
donde
es-
recibido,
la
almuerzo,
ni
recien
llegados
lo
terminantemente.
preguntó
no?
á
había
q u e si l o s
ni m e n o s
hubieran
el
contestó
Pájaro.
la
mujer
sin
vol-
cara.
— ¡ V a y a !
fresco?
que
n o
m á s
— ¿ H a y
era otra cosa
y
preparando
continuó
aquella
interviene para
cual estaba y a
de
prohi-
que
monosílabos,
el Pájaro llegaron
Al cabo
casa estaba
interlocutores
mente.
Se refería al
Parecía que en
que
c o m p r e n d e n
chico
paseo.
sobriedad
se
laconismo
á uno dudar
u n largo diálogo de
cerlos m a s expresivos,
ver la
Pájaro se quedó
la esquivó,
el
p u e d a n
G ó m e z
apearon
sus
El m u c h a c h o
u n
salió
partes.
p e r o al verlo, se
El
en
que m u c h a s
en los que ni la mímica
U n
las
racterístico
— D e
hora,
— ¿ Q u é ,
— P u e s
algunos
pulque.
contestó la
sabías?
no.
— ¿ C ó m o ?
m o m e n t o s ,
mujer.
agregó:
— Y o
—
¿
dije.
p
e
r
— P u e s
—Pos
o
p o r
c o m o
los
qué?
habían
andaban
buscando.
nían
— ¿ Q u i é n ?
— D .
— ¿ Q u é
dice?
la que
puso
- ¡ O y e !
terlocutor,
cir:
si e s t e
para ver á
«oye»
su
quisiera
lo
ría decir:
«de
jer movió
la c a b e z a
que
lo del plagio,» p o r q u e
e n señal
qué
—Pos
-¿Sí?
—Pos
dice?
señor
agregó
chismosos
que
el
son
dicen
que
grande
usté y
sabe
y
con
qué
su
— ¿ Y
tú
qué
los a n d a n
dijiste?
huevos;
sido de
loza
después
fina
p o m a d a ,
en
y
un
lleno
de
cuchara
de
cobre
amarillo, y, envueltas en u n lienzo
m u -
y
que
taciturno,
agregó
treinta
una
de
tortillas.
había
permanecido
callado
se e c h ó hacia atrás su gran
som-
brero.
Pájaro.
y
m u j e r colocó sobre la p e q u e ñ a
q u e casi se l l e n a b a
montoneros
un
D . Gómez,
h a n
hecho
hijo.
desde
con
buscando.
ya
con
gran jarro con pulque y
de forma
Mientras los
dos
huevos, h u m e a b a n
aquellos
m e s a
objetos,
dos vasos de
ñados
t o m a b a n
los
en la hornilla varios
bandidos
tro-
la m u j e r
de un
do chiles con
en la m e s a
molcajete
sal y
vi-
cónica.
zos de tasajo, que, u n a vez tostados,
puestos por
dice que
cuatro
servi-
afirmativa.
- ¿ O i g a ?
— Y
que había
drio delgado
el otro día, quién
un
reposaban
la
hirviendo,
de-
L a
— ¿ Y
ve-
pulverizada;
que-
la
la m u j e r sobre
cazuela con m a n t e c a
G ó m e z ,
gesto,
n o
n o
sal n o
de....?
un
c o m o
cuándo
almorzar.
manta, hasta
Pájaro debió p o n e r
que
pos
in-
«Mírame.»
— D e
El
c o m o
la cara
á
anoche,
dos platos soperos de
bote,
mujer volvió
le dije á Celso,
la sazón, puso
lleta una
—Pos....
L a
ahora
Á
Celso.
y o
pasado
y
d o n d e había
agua, á cuyo
fueron
acompatritura-
manimien-
to
n o m b r e
de
chile
cierto silencio soporoso
e n
aquel
daba aquella
mujer
el
bruto.
comedor:
n o parecía
sonajes de
tivos
aquella
para
sino
que
escena,
callar,
que
los
tres
G ó m e z
tenían
para
m á s
había
fijaba,
demacrada
y
ligas
de
vez en
de
sucia,
conque
conocía
m á s
y
era
que
cierta
labios
los
cuando,
en
debían
estaba
la m a n e r a
por
existir
y
sus
servía.
veinte años,
tratada
especie
el
E n
Tenía
parti-
entre
ellos
asuntos n o
m u y
efecto,
según
diez
ella
mujer
decía,
Pájaro.
á
familia;
Pájaro, y a hora
obligado
fué
cuando
el
la
la
seis a ñ o s
estaba en el
por
conoció
tierra y
y
aquella
primero
era su
á mezclarse
en
el
la
ilusión
esclava; la
sus
malos
de
aquellas
pensamiento
salían de vez
largas pausas
E n
aquella
camino,
conciencias
cocinera, y
las
carcelera
El
había
asuntos
de
en
la
Pájaro y
de
las
y hacia
el
otra la vieja, que
en
interiores,
era
la
Gabriel.
G ó m e z
acabaron
de la mesa,
les esperaba
el
q u s
de
salieron
les había
almor-
precipitación,
al
muchacho,
la casa sin h a b e r v u e l t o
ra á la m u j e r
miserable
era
del ronzal los caballos, m o n t a r o n
de
las
después
cuales
zar con cierta intranquilidad y
se levantaron
y
exterior
habitaciones
de
y
uno
silencio.
triste
el
cada
cuando
dos mujeres: u n a
u n a
de
en
de
de soporoso
casa
aquella
d o n d e
este h o m b r o , y pocos días después perdió
del
intranquilidad
palabras
Pájaro,
limpios.
mundo,
derechos.
apariencia, vivían
de
la m u j e r q u e
Esta tendría
cular
los
mujer
d e los actores de aquella escena, en la que
comunicarse
desplegado
aquella
m o -
comer.
Pájaro
en
L a
sobre
concentraba
de
n o
que p a r a
miradas
se
la justicia tenía
per-
abiertamente.
El
y a
fatales
Reinaba
m á s
y
corral
teniendo
y
á dirigir
servido.
salieron
lapala-
C A P Í T U L O
X V I .
CONTINUACIÓN DEL ANTERIOR.
LÓMEZ
y
el
" rección
m
b a
andado
ellos u n
l o m a r o n
cuando
ginete á paso
vieron
—¡Adiós!
ser el
¿Pues
esta-
habían
venir
hacia
al
Pájaro.
Chato.
de
qué
color
es
el
ballo?
— E s
Y
el alazán
viene
di-
apresurado.
Don.... dijo G ó m e z
de
la
de la cueva en d o n d e
oculto D. Santiago, y n o
m u c h o ,
— M i r e
— H a
Pájaro
cuatralvo.
recio.
i»
ca-
—Es que nos ha devisado.
Acortaron
los
alejarse del
c o n el
E n
ginetes
p u n t o
en
el
que
— ¿ Q u é
paso
para
debían
— Q u e
reunirse
Chato.
efecto, á
— ¿ Q u é
— Q u e
poco
h a y ?
rato
esta tarde
— ¿ V i e n e n
pasa
el
juntos.
por
las
— Y a
estuvo
sólo ha
el
— L o
son
arboledita;
m u c h a c h o s
pero
que n o
h a y
que
ra-
que
en
peña.
galopina:
dice
pero
el
que
d o n d e
que
si s e
catrín
— ¡ Eso
nosotros,
pre-
podíamos
dejar
á
don
va?
se h a
que
con u n o
pelones.
están?
la
de
es por
que
lo
es,
dijo G ó m e z ,
esta
noche,
lo
dejamos
el
venga
cuide.
para
para
ir!
que
que
seamos
pensando
otro
siquiera
en los
con
trece!
rifles d e
los
pasajeros.
es los
á
míos,
los
que
vayan
— ¿ C u á n t o s
son
por
ser
ahí
otros,
avisarles para
— P o d r e m o s
— ¿ Y
— L o
la
Pájaro.
que
tem-
vamos!
amigóte,
decía
— ¡ Q u é
visto dos rifles;
los
rifles.
u s t é sí q u e a n d a t e m p l a n d o
no:
— Y o
con
pocos!
sabe,
Santiago
C a s t a ñ o s y el catrín S a n t i b a ñ e z s o n
— ¿ Y
que traen
ve
jarse.
m a m á !
Angulo?
de
— N o
— Y a
— T r a e n sus pistolitas; p e r o casi t o d o s
— ¿ Y
—¡Adiós
— ¡ Y o ,
grande.
m u c h o s ?
¡ay
G ó m e z ?
pocos.
prano!
barrancas
armados?
catrines de
dice, D .
s o m o s
— ¡ P u e s
Pájaro.
hartitos.
— S o n
— ¿ Y
estaban
preguntó
la familia d e la h a c i e n d a
guntó
n o
es
doce.
en
la
necesario
l l e g a n d o á la
todos?
c o m o
nomás
hora.
—Oiga,
si
viera
don Gómez,
que
don
dijo el tercer
Angulo
m e
ginete,
contó
u n a
cosa.
— ¿ Q u é
le contó,
— P u e s
dice, q u e
amigo?
anoche
llegó u n a
seño-
— ¿ C ó m o ?
ra á la h a c i e n d a ;
pues... u n a
nía c a m i n a n d o
que
— ¿ Y
qué
G ó m e z
con
— Y o
c o m o
partes, m e
que
— ¿ Y
en
u n a
eso?
dijo
quién
anda
señora,
que
ver,
rasca por
y
dile
que le
hasta
dijo: dile
m e
ha
á
ni
hará
Gómez,
m u y
sabe
— ¿ P e r o
n o
quiera.
usté la
— Y o
no, y a
que
una
y
si l a v i e r a
había
de
dar,
c o m o
es,
pero
que
creo
que
lue-
don
Gó-
de
una terrible
atrás
se-
todo
señora
imprecación,
gran
sombrero
Pájaro
para
decirle.
pero
buenos,
sea
con
y
cinco
les c a e m o s
esta
mire qué valiente se ha
puesto
repente.
vale, y
— ¿ N o ,
— N a d a
,
y
su
aunque
—¡Adiós!
verla
la
d e la
agua
Angu-
tarde.
d e lo que
se llama
pobre
es amiga
amigo;
muchachos,
bebo
es don
rica.
lanzó
para
—Oiga,
señora,
usté.
c ó m o
Angulo.
que n o
lo q u e
esa señora
que
Refugio, la
—Sí,
le dijo
dijo d o n
sabe usté
p o r la hacienda;
d e
de
m e
vió?
se dirigió hacia el
ñora?
—Salomé.i
digo lo que
— ¿ Y
echándose
estado.
vida
llama?
Salomé.
hombre...
— G ó m e z
compadecido
le
se
d o ñ a
— Y o
d o ñ a
ésa?
dijo: Ay,
muina
y a
—¡Adiós!
— P o r
dice que
— P u e s
que...
lo q u e
parándose
todas
importa.
que
G ó m e z
sinó
contado.
dijo A n g u l o
la vió,
ese
m e
es
m e
estaba
¿ c ó m o
lo, h a s t a s a b e
usté
— P u e s
m e z
tenga
el ratón,
contado,
— P u e s
que
entrar.
— ¡ P e r o
dijo: pues
la q u e
— Q u é
go
dejaban
que ver con
que
A n g u l o
eso
es de
que
la
exclamó
ve-
m í ?
— P u e s
que
y o
digo
aquí está
- ¿ A
y
t e n g o
no
que
enfado.
n o
d o n
y
pobre
ellos.
lo
que
es
yo, n o
cojo
nada
llevan.
pues
m á s
qué?
u n a
mujer
que
viene
con
—¡Adiós!
¿ y
jer, p u e s n o
— N o
q u é
t i e n e
tantas?
le h a c e ,
que m e
va hacer
vale;
con
otra
m u -
m e
la
llevo
dijo
— N o ,
vale;
Pájaro,
el
vará, pero v a m o s
sin seguir
á ver á
v a y a
usté
don
usted
caminando.
se la
á dejarlo
á traerse
al
o t r o
m u c h a c h o ;
y o
de
obedeciendo
— ¿ P e r o ,
seguro
aquí
á
dicho?
G ó m e z
á u n a
mientras
llega
es esa m u j e r
n o
la
hora,
se m e
p o r q u e
mire
que
a m i g o ;
y o
m e
quedo
y
aquí
n o s
decir
que
aquí nos j u n t a m o s
á
— A q u í
lo espero,
— P u e s
hasta
de
vale.
años
m e
con
á
todo,
esa
mujer.
y
se
quedó
G ó m e z
pensativo.
periodo
María
G ó m e z
arrendó
su
llevado
vecina,
la
así
el b a n d i d o
noticia de
lo siguió á
Caminaron
y
por
corta
la
de
agolpaban
y
que
tan h o n d a huella en
y
volvía á
de
otro
fuera
cla-
todas
las
habían
lo-
deslumbrante
amores
el
corazón
sentir las m i s m a s
tiempo,
c o m o
estinguiéndose
en
una
á la
si
in-
aquel
viva
luz
aparición
u n a
sus
en aquel m o m e n t o
ha-
recuerdos.
q u e
Se echaba
ber
distancia.
espacio
se
caballo "
de
h a c i a la m o n t a ñ a
recuerdos
se reproducían con
aquellos
hacer
Gómez,
quietudes
luego.
de
inusitada
escenas de
grado
de Salomé
lo q u e
decidido
juntarme
contestó,
su imaginación:
ridad
tarde.
le había
todo
v a m o s .
— Q u i e r e
José
c o m o
costumbre.
vale,
estoy
allí
lo
vemos.
la
u n a
escapa.
Diez
— N o ,
u n a
de
m e
profundamente
— A n d e ,
espeso de
al pié
se paró
antigua
es cierto,
E l vale- n o
que
lo m a s
levantaba
á jugar la piel por
quedo
se
seguía.
se
El caballo
h a
y
que
los labios ni
m o n t a ñ a .
lle-
Santiago.
lo
llegado
arboleda
E s t o lo decía G ó m e z
desplegara
que
H a b í a n
por
pertenece.
— B u e n o :
G ó m e z
cuidara del
u s t é si q u e
y o
sin q u e
hora
en cara
sido omiso para buscar
cía q u e
el h a b e r l a
á
Salomé;
abandonado
había
conosido
una
acción
infame, pero
los mil contratiempos,
bía
sufrido y
las
y
amargura
profunda y
q u e le
recuerdos
la idea
hacía
e r a la d e
otro
que
figurarse
otros
y
Largo
á
á
la
estas
á
lo
de
Salomé
tendría
to,
salió
sus
en
la
contem-
que
la
estuvo
no
le
de
perde
el f u e g o
impotencia
que
entre
noticias
éstos hubo
m a s
acerca de
que,
y
á los viajeros
montar
en
mujer á
quien
que
la
reunirse
que
los
Este
asalcon
G ó m e z
había
coches
d o ñ a
visto
había
Refugio
llegar
G ó m e z
con
y a
el
objeto
resultado
de la m a y o r
á
en
m o m e n t o
de
repetidas,
q u e se
trataba
si b i e n p o r u n a
para
en
par-
toda la s u m a
afrontar
por
que,
las
otra
que
parte
perdiendo
el
caso
de
ba-
sus acciones, creyó deber
salvo antes de
requiriera.
da-
importancia.
G ó m e z
que necesitaba
á un
se había
de libaciones
procedimiento,
conciencia
nerse
los
retaguardia.
saben
frecuentes, cuanto
asunto
valor
pormenorizadas
dicho
m a s
lo
cono-
del
quien diera á
persona
un
por la
que
su costumbre,
valor por medio
tanto
de
según
t e le p r o p o r c i o n ó
entregado
la h o r a
para
fidedignas
Salomé;
m a n e r a
valedores
lectores
de
compañeros.
D e
de
de
expedición.
Gómez,
d o
uno
sus
atacar el c o n v o y
Nuestros
en
las d e los pasajeros, le hizo
G ó m e z
arboleda
de
y
tarde,
caminaba
carruajes;
de esta
arrancarla
devorar
amparado,
eligió dos de entre
una
poder
que y a
se a p r o x i m a b a
de
vida
desesperación.
tiempo
que
últimos
ha-
atormentaba
sus tristes pensamientos, hasta
ciendo
que
probar
venida
lo hacía
la
había
desgarradora.
sus celos, reducido á u n a
entregaba
también
de su
le hacían
considerar
que
brazos,
todas
m á s
desear
h o m b r e :
tenecía
peripecias
y
placiones
Pero
las prisiones
mil
fatigosa é inquieta,
recordaba
así
la
polo
C A P Í T U L O
X V I I .
L A NATURALEZA AMANTE.
JG—tS^'SVí) <
^
y
¡NA
ráfaga de
1 n a
acababa
la brisa d e la
de
.¿J líos algunas
algunas'estrellas
dían en
agitar
flores
que
m u g i d o
de
la
prolongado
hacienda,
anidan
en los techos
m a r o n
la cabeza
su lecho
M a s
ta-
dormían;
se
hun-
espacio.
Varios pajarillos despertaron
tablo
m a ñ a sus
imperceptibles
el azul del
de un
en
y
estrépito
q u e salió
los
de los
sobre
al
del
es-
gorriones
que
corredores
aso-
las gramas
secas
de
caliente.
listas las
golondrinas
se
habían
pa-
rado
y a
e n las blancas
molduras
del
nario, m i r a n d o h a c i a el O r i e n t e : el
lo en
ñas
tanto
en
dibujaba
el perfil d e
campaLas
crepúscu-
las
el f o n d o del primer l a m p o
monta-
luminoso.
madres
porque
es de
despiertan
el p r i m e r
amor:
aliento
á
p o c o
fué
levantándose
un
q u e
insensiblemente
crecía:
la p a z
silencio
de
la
noche
empezaban
á
por
esa
serie
de
ruidos
n o
tienen
p o d e r
de
para
nuestros
m o v e r
que
el
h o r m i g a
h a n
sirvieron
de
enviado
de
u n
arrima
puerta
que
al
rueda
insecto
las
flores
sol
n o
h a
todavía
las
azucenas
atravesando
su
pacios la oración
de la
madre.
los
es-
precioso
las
naturaleza
se
rejuvenece
cada
día
en
piedrecitas
hormiguero;
el
desprendido
al
que adivina
el
día;
primera, porque
que se desprende
al
en
por
las
ella
que
flores,
recoge
los
siente brotar
porque
el
el
primer
el
acento
de
el
estrellas,
y a v a
a m o r junto con
e m p u j e
todavía
al espacio
acentos m a s puros,
broche
cielo
oídos.
que
p e q u e ñ o terrón
todos
al
efluvio, y
la h o r a
q u e
de
casi
L a
L a
preces; y
apagar las últimas
primer
aparato
y
levantan
ser
n o
turbados
se
y
podido
el
naturaleza
r u m o r
las primeras
sordo
temprano,
la
de todos los nidos
los lechos maternales
P o c o
m a s
de
del m u n d o
es de
a m o r
y
de
espe-
imranza.
pulso
d e
de
seres
la savia; el despertar
q u e
están
tes; las caricias d e
q u e
vuelven
m i s m o
y
á
tiempo,
mil p e q u e ñ o s
muchos
sentir
millones
miles de
día
n o
que
y
el
en
el
saluda
á
que
rumor
Dios
par-
madres
a m o r
conjunto
ruidos, para
preceda
días.
el
forman un
microscópico
universal
de
escondidos en todas
de
el
al
mil
m u n d o
del
todos
himlos
¡ H o r a
sublime de misterios y
que registra en
velados todavía
por
el c r e s p ó n
fruiciones deliciosas y
aves
que
en m e d i o
se
besan,
de la
contemplar
u n
de
caricias
sus goces inefables, y
pupilas
que
penumbra,
objeto
el sueño; m a n o s
cuyo
de la
secretos
es la caricia, labios c u y o
se
primer
dilatan
volver
que
primer
noche,
exquisitos:
para
a m a d o
medio
les
á
veló
movimiento
roce
es
un
seco del
pertar es de
D e
a m o r !
das y
todos esos misterios se levanta la
dadera
oración
primera
de
las criaturas, y
sonrisa de
la naturaleza
por
es
ver-
eso
la
las lanzas
gaduras que
doce
de
estos primeros síntomas d e
distintos
bles comenzaron
todas
el
creccendo
Y a
son
su
aquel
apartarse
que, ricas d e
sangre
coro
las v a c a s d e la
obligadas á
en
de
y
d e
vida
al h o m b r e ;
y
lejos comienzan
prolongado,
hijos á
la
van
ven
hora
á
dar
contravención,
un m u g i d o
acaso n o
se
es otra
sordo
cosa
y
que
es el rechinar
les y
las puertas d e
corra-
trojes q u e se m e z c l a al m ú l t i p l e
balido
las ovejitas, q u e
para
n o
tropel
Y a
tadas
de
se
anuncian
con
ser a b a n d o n a d a s p o r la m a d r e
del rebaño que
es el cacarear
en
la
de los
los
hacienda,
difícil
las altas estacas ó
sale
d e
las
al
las
gallinas
ramas
á
la
desfilar las
carre-
tarde
trayendo
el
de
de
sembrados.
costados
en
de
t o d a s las chozas se
tillas
de
los
las negras paredes
resinoso y
y
de
particular
par-
porque
y a las
h u m o
tor-
azul
casitas, y
l a m e
olor
se difunde p o r las
ran-
que comienza
á arder la leña
ó
la buñiga.
L o s
perros se
asperezan
d e n en
coro los de las
de
manos,
la
un
en la casa d e la
árbol
un
las
cantan
saltar
las
preparan
peones;
d i e n d o al b a s u r e r o u n
el
d e la casa d e
comienza á oírse cierto ruido
en
alboro-
un
dos
gritos
campo.
m a n i o b r a
de
en
ticular de las p a l m a s
cherías, por
lamento.
Y a
de
que
volverán
H a c i a
que
ellos,
tal
tal sacrificio, les a r r a n c a
u n
sus
li-
formar
universal.
para
las
durante
percepti-
partes á
ordeña
resistir
los bueyes
la
grano
por
al
coyun-
horas.
tas que
vida real, los s o n i d o s
de arado,
soportarán
las
inefable.
M a s
Después
corral: y a es el crujir d e
mitiéndose
algarabía
un
olfatean,
desayuno;
los
hacienda, y
y
de las golondrinas
se
y
pi-
gallos
respon-
cercanías, c o m o
«alerta»;
los canarios d e la casa,
y
mezclan
trasá
al gbrgear
ese ruido
la
de
inconfun-
dible q u e
su
h a c e n los guajolotes en
e n
de
taban
fin,
cien
en
radiante,
y
aparecido;
rico
de
alegría
el
sol,
prece-
y
mil girones de colores,
el espacio
diáfano, c o m o
que
flo-
sobre
L a naturaleza
con
sus mil raudales
da, invitaba
al h o m b r e
meditación,
al éxtasis d e
sencia del
t u m b r e s
tes lechos
galana
y
universo;
de
los placeres
la criatura
pero
las
la ciudad retenían
á
los viajeros,
rica en
roncaban a ú n
El jardín
á
y
armonías,
á
la
carros.
cuello
y
rayos
mientras
alegres bandadas de
en
sol q u e
azules, t r e p a n d o
se
en
pequeños
la tierra las
semillas
del ovario d u r a n t e la noche,
descuidados en su primer
para
ó
salida.
campo,
allí
las
E n
rendijas
de
boscaje
flores
que
rojas
y
las
los
cubría
cuadrado.
observación
entre
los
elevaban
aquel
detenida,
espeso
follaje
balaustrada.
efecto, hubiera podido corroborar
idea, notar
de
u n a
bajaban
s o b r e las r e t a m a s
u n a
que
encontrarían
del jardín se
ángulo del
distinguir
algo c o m o
placer,
elevaba
por
formando un
un
de
busca
palomas
espesas enredaderas cubiertas de
casi t o d o
tornasol, posadas
que
extremo
Se necesitaba
los p r i m e r o s
pajarillos, buscaban
del
sabiendo
un
sauces, y
algu-
esas pequeñas
escapados
Hacia
las cornisas
delicias.
cerca de las casas d e
camino,
hora
las p u n t a s d e los árboles, recibían c o n
losjnsectos
viven
convidados
aquella
los
coquitos,
Los
las
gorriones
al jardín e n
y
sus cuotidianas
granos
cos-
los
se lanzaban
de
vi-
calien-
y
la hacienda
pre-
muelles
en los
la casa e s t a b a solitario:
nas tórtolas de
desprendidas
de
en
olivos,
y
profundamente.
de
q u e
de
los
sobre
las v e n t a n a s
al
m o n t e s .
de
gorjeaban
abandonaban
variadas
banderolas, iba á aparecer magestuoso
los
zenzontlis
altas ramas
d e vida, había
dido
Algunos
de
bienestar.
E l día,
y
el a u g e
que
al t r a v é s
enredaderas
de los
descendía
esta
intersticios
una
figura
blanca.
E r a
Chona, quien, según recordarán
tros lectores,
tenía
m á s
motivo
que
nuesotras
gentes
para
estimar
delicias del
cubiertas de
en
agua
que
samente
en
la
que
valen
con
por
las
arena,
salvando
techo
de
llegó
á
u n a
había
se d e s p e ñ a b a
sobrepuestas
u n
gruta
corriente
de
de
cuidado-
confundirse
un
uso de
p e q u e ñ o
arroyo.
E r a
que
un
u n
había g a n a d o
en hermosura;
y
era
que á
hora
aquella
y a
paseaba
en
que,
quien
lejos de
estaban m u y
aquel
h o m b r e
cazador; y
rodeo
lejos
por
de
m a s
ser
bien
después
de
primorosamente
ataviada,
y
ciertas callecitas,
buscar sobre la arena
al encontrarlas
se
n o
en
de
una m a n e r a
mezcla
y
en
todo
á
que la
aquella
en
y
de
deseo,
acusaba
gruta
c o m e n z ó
flores,
su
á
que
semblante
flores
eran
las
huellas
de
unos
haber
sido
n i ñ o : el c a z a d o r
de
C h o n a
esa
sobresalto
desde luego
intenciones
n o
de
del
el
las
imprimiera, y
u n a
de
na,
n o
movimiento
contemplaba
c o m o
queriendo
aquellas marcas
sabemos
podría traducir un
de
la
leer
pintadas
cuántos
las
en
cada
la
are-
que
sólo
en
signos
h o m b r e
que
enamorado.
candorosas.
H a c i a el e x t r e m o
que
dado
irreprochable.
fisonomía
de inquietud
de arrojo
llevar
la
poeta
peiadivinando
H a b í a
hostiles.
u n
sé qué
retrató
que
alegría.
los de u n
nada
h o m b r o
haber
piés de mujer, que bien podrían
el jardín,
cauhacer
cinta de seda, y las intenciones
•Aquellas
de notar
efectivamente
s u a r m a l a l l e v a b a c o l g a d a al
abrigaba
la
C h o n a
cazador
con u n a
arti-
surtidor
venía á
y
callecitas
sobre rocas
y
u n a
verdura,
caprichosas
cuyo fondo
tranquila
E r a u n
las
saba su sobresalto; sólo
C h o n a al jardín,
escalera
caracoleando
ficial,
lo
campo.
Descendió
pequeña
en
acababan
del jardín, los pajarillos
de bajar de
distintas direcciones
pasos
del
cazador.
sus nidos
p o r q u e
volaban
sentían
los
Traía
el c a z a d o r u n
altas botas plegadas, y
ro'de
traje color de
un
finísimo
paja; terciada traía la
calzados
los
guantes
de
bolsa
ante,
y
plomo,
sombre-
de
caza,
sobre
el
u m r n m
ftn»
h o m b r o
dos
izquierdo
u n a
escopeta
belga
d e
cañones.
C h o n a
— E s
sintió los pasos, á
taron
los latidos de
vador
a c e r c a r s e á la
U n
m o m e n t o
su corazón,
y
luego
se
rústica
á orillas del
y
contes-
vió á
Sal-
gruta.
después
m a n o s
los que
la
— N o ;
ra ¿por
qué
se
estrecharon
sentaron
en
una
las
del
de
y
empiezo
te
pesar de
un
pequeño
es m i
en vez de
heliotropos.
acuerdas
del
caso
tu
espiritismo?
pesar,
el
plazo
se
prolonga
acortarse.
á vacilar tu
fé?
fé no, m i
resistencia.
Salvador.
— E s o
es
para
que
te
acuerdes
aspiro
tú sabes
— P o r q u e
— ¿ P o r
las
qué
— P o m a d a ;
decir
en
su
— ¿ P o r
aroma.
cosas
tan
bonitas;
siento,
contestó
Salvador
cariño.
estuviste triste
ayer?
contestó Salvador,
m a n e r a
— ¿ E s o
de
n o
m e
satisface
tu
res-
qué?
— T e m o
que por
la p r i m e r a v e z m e
estés
engañando.
con profundo
tono
algo tuyo
Chona.
una
que
puesta.
—Solo
dijo
vieras
siempre
mí.
—Sí;
de
m u c h o
heliotropo,
— S i
de
dímelo.
r a m o
— M i
dijo
hacer
m u n d o .
— ¿ E m p i e z a
— S i e m p r e
á
menti-
arroyo.
Salvador
pensamientos
existe la
banca
— É s e
dió á
n o
has estado triste?
— P o r q u e
— ¿ Á
C h o n a
verdad.
entre nosotros
que
se m e
cariñosa
lo conoció
dice á
mí?
dijo
reconvención.
mintiendo
Chona.
C h o n a
Salvador
en
contestar.
— N o ,
dijo, n o
te
engaño.
C h o n a
corroboró
su idea y
se
puso
pen-
sativa.
— T ú
en
se tardó
eres
— E n
estoy
m í
triste.
—¡Injusta!
ahora
n o
la que te p o n e s
debes
estrañarlo;
triste.
siempre
h e
— N o :
sensible.
¿ P o d e m o s
acaso
ser
visto cosa m a s
ella
lices c o m o
lo son
otros
qué
tiene
su
m o d o
el e s t a d o
mos,
que te
estoy
es tu
no
tener
de riña con
es
cierto,
fuerza
fé en
acojo h o y
para
nos
esas
en
encontra-
cabeza
ni
razón.
cosas
porque
luchar
el p o r v e n i r ;
c o m o
á la
negar
á
única
con
y
desde
el
la
tabla
triste,
que
tormentos
cambiarla
dor de
de
m e
salva-
has
¿qué
po-
tienes?
b e m o s
de
el contrario:
— L a
humanidad,
seres
capaces
de t o m a r
ni
pueden
la vista
¿qué
decir
en
que
derretran-
h a y
parte en
somos
ese universo viviente;
nosotros
otros
nuestras
ante
todo
alegre, p o r q u e es
perior al dolor; orgulloso,
á
sí
por
que
se
su-
basta
m i s m o ?
- ¿ N i e g a s ,
Salvador
tre la criatura y
co; hablas
m o v i d o
cuya
mío,
la relación
la naturaleza?
por
causa m e
Chona;
u n
es
te
en-
desconoz-
sentimiento
de
desconocida.
hablo con
el
corazón.
eso.
esto
es de
lo
que
veces, continuó
C h o n a
con
tono
dem a s
cariñoso
m e
has h e c h o
de
será
las
mejor
flores,
naturaleza
que
de
se
la
hablemos...
y
persuasivo,
otras
veces
la relación
tú
mis-
teriosa y
providencial
sotros y
la naturaleza.
que
existe
entre
no-
naturaleza?
entristece
cuando
Salvador,
y o
Escúchame,
y
veras
¿Te
acuer-
te
das
naturaleza... repitió
comprender
del
sufrir.
— L a
la
podría
c ó m o
veo
tan
hablar.
— ¿ N o
campo,
leyes
nosotros: todo sonríe, toda esta
— O t r a s
— P o r
sus
ni las lágrimas
Vuelve
¿Ouién
rencor
Salvador?
hablemos
de
jamás.
quilo.
— N o ,
— N o
ser y
que
q u e
cual
m e
n o s
destino,
filosofía
á
ver, tú n o
que? estás
q u é sufres,
lo
es esa
al p r i n c i p i o
ción. Pero, v a m o s
¿por
que
felicidad
tristezas?
espantaba
dido
en
la
amo.
dado
m e
encontrar
excepcional
— E s o ,
h a
para
se necesita n o
— Y o
de
severas,
no?
los
— P o r q u e
naturaleza:
amantes?
inmutables y
— ¿ P o r
egoísta q u e la
fe-
n o
h e
aprendido tus lecciones.
c u á n t o has-deseado
verme en
el
campo?
— 248 —
¿Ya
olvidaste
nuestros
— 249 —
sueños
y
nuestros
oído
proyectos?
A p e n a s
se h a n
realizado
te
m e
nifiestas
ingrato
con
lo
que
tanto
sus
trinos
m a s
melodiosos;
h a
parecido c o m p r e n d e r hasta esos
deseado.
Y o
n o
he
cambiado,
Salvador,
ñar;
este
sitio,
agua, esta
nos, las
esta
s o m b r a
flores
que
m e
hiciste
gruta, ese
q u e
los
se m e c e n á nuestros
que
trinan,
todo,
todo
esto
lado, tiene para
tú, con
m í
h e
un
encanto
creído
tan
todo,
estabas
en
desde
m i
de
todos
mis
ciega, h e
corrido tras
en
mujer alguna
en
desdeñar;
y
entonces,
el
llenando,
espacio;
y
lo a m a b a
todo,
cuanto
m e
rodeaba eras
tí hasta
en
el
tú,
porhabía
irresisde
aire
que
respiraba;
mil
Salvador, a m é la naturaleza,
c o m o
amiga de
m i
amor, m e identifiqué
con
felicidad,'
se
c o m o
m e
h e
contigo,
identificado
y
atrevería
a m é
á
partes,
hasta
Palpitante,
una
el m u n d o
todas
imaginación
compensación,
todo
ella,
que
mi
tú
á u n a
loca y
á
llenabas
piés,
á
indemnizada
tormentos.
lo
de
entonces,
veces
ha hablado
tu a m o r
fres-
algo
m e
todo
porque
q u e
tible, q u e
entonces
alma,
yo,
las aves
árboles,
so-
chorro
que nos prestan
los
yo,
del viento;
la felicidad
mur-
habías
mullos apacibles de la fuente, de
sí h e t o c a d o
entonces
ma-
Salvador,
c o m o
ninguna
mujer
C h o n a
hablaba,
ha
a m a d o
en
el
cuando
mundo...
m e
he
a m o r
ro
á
considerado
de la naturaleza,
mi
m e
con
entre mis manos,
el
he
tesoro
que entonaba
felicidad; entonces he podido
en
el azul del
de
e s c u c h a d o el
cielo; entonces,
en
el
a m o r ;
q u e es capaz el a l m a
éxtasis
entonces
de
la
han
Mientras
estado
recibiendo
extasiar-
amor,
centupli-
después con
fin,
todos
y
tenido para
habían
del
ron
mi
con
con
Del
arrobada
contemplación
las aves
•
hossanas
cada mi sensibilidad,he podido saborear
los deleites de
tu
co-
u n
los
recogimiento
arrobamiento
u n a ternura
fondo del
esprimido
ardientes en
í
casi
aquel
místico;
delicioso,
de
y
Salvador,
dos lágrimas,
sus
había
de
por
profunda.
corazón
esos prismas radiosos
i-
Salvador
efluvios
ojos;
y
q u e las
que
al
se
asoma-
través
lágrimas
de
for-
m a n
en
Chona,
la
Chona
dor,
visión,
c o m o
y
torrente
dos almas,
— T i e n e s
cabo
razón,
— ¿ N o
jando
contempló
a m o r
solas en
Chona,
de
en
Salva-
corrió
el
un
es egoísta?
Salvador
así c o m o
gozamos,
es
al
ella
que
inexorable
gozar
con
la
arro-
cambia
nos hace
con
cuan-
nosotros
— ¿ C u á n d o
— C u a n d o
qué?
interrumpió
somos
culpables.
—¿Culpables?
— ¡ Q u é
horrible
tiene
doloroso que
por
desgracia
H a y
tan
un
es esa
todo
lo
pueda sentirse.
es
cierto.
Dios
tan
inexorable,
la ilusión al cielo
que
palabra.
¿no
hace
probar
m e n t o
terriblemente
¡Ay!
justo,
h a y
Salvador,
u n a
si c i e n v e c e s m e
de
al
nuestro
abismo
ley
eleva
a m o r ,
d o n d e
debían
continuó
premia
y
efímeras
só-
devoro
la v e r d a d ,
aque-
la
castiga;
delicias
todo
á d o n d e
que
nos
y
el
formidable voz de
vanta c o m o
un
ble; entonces
entonces
que
cam-
de
de
rodea
para
nuestra
entonces
con
m u r m u -
furioso, y
el
preña
entonces
cielo
de
que
la noche,
amenazan,
y
inarticulado y
se nubla y
se
todo lo que nos rodea
gi-
nubes
nuestra conciencia se
a m a g o
todo
en
nos
sueños
nos
nos
m o -
perdidos
entonces
silencio
si
un
el m a r
Salvador,
diáfano, se
espantosas;
y
en
desencadena
amenaza;
natu-
y
de
antes nos regaló
contemplamos
negras
lo
se ven
los extraviados
llos apacibles, se
y
Chona,
bien pronto
á d o n d e
es amargo, y
m e
Salvador,
conducir
á los q u e n o las m e r e c e m o s ,
bio, n o s s u m e r g e
soledad
finjido
otras tantas desciendo
es
sólo
piedad, exclamó
Salvador;
el v i e n t o
palabra!
m a s
por
a d o n d e
loca fantasía. Entonces,
Salvador.
n o pronuncies esa
d o n d e
reflexiones.
—Sí,
siempre
cuando
verdad?
— ¡ C h o n a !
adivinando
raleza también
¡Ay! agregó
á
remordimiento.
llas
silencio.
profundo suspiro,
nosotros; y
entre
m u n d o .
dijo
lo palpo la v e r d a d y
el
es verdad, insistió Chona,
n o
á
celestial.
'mirada
de
de u n largo rato
naturaleza
do
creación
fijó á s u v e z s u
un
aquellas
Salvador
u n a
la
la
le-
terri-
entristece,
es
a m e n a -
m o
zante,
porque
es la intuición
la q u e
nos m a r c a
malos
pasos.
de
el h a s t a a q u í
la
justicia
de
que soy
nuestros
Al
¡Chona,
por
Dios!
m e
estás
cerrojo.
sabido elevarme
hasta
asiento,
m a t a n d o .
-el c i e l o ,
para
hasta
abismo.
el
— E s e
n o
has
h a c e r m e
abismo
se parece
— E s
descender
después
es la
verdad
á la m u e r t e :
y
es la
la
verdad
de
a m a r m e ,
pero
y
nuestra
en
dicho,
creerme
hasta
y a
apelo á
el p e s o
das,
c o m o
m e
la
ignorante,
hago, m i d o
malas
debe
según
consistir
las consecuencias
resistir
conciencia:
valor, y o n o
de
nuestra abnegación,
has
arrostrar con
a m o r
el
de
ves,
y o
mezquina
son
mis
y
sé levantar la frente
acciones,
el
acababa
de
C h o n a
se
movidos
las
m a n o s
chirrido
de
levantaron
por
con
u n
de
su
se
precipitación
tiempo pronunciaron
esta
se escurrió á lo largo de u n a
C h o n a
volvió
á
callecitas del jardín, y
de
subiendo
el b o s q u e
antes había salido
recorrer
las
la
de verdura,
radiante de
que
tom í
amor;
deber,
co-
ta-
curvas
escalera,
de
don-
alegría.
de
y
y
palabra.
en
lo
un
resorte;
tengo
reprobadas por
ante
aves,
disculpa
no, y o sé todo
de
tú
las
nuestro
torcedor
•misma, las ofrezco en aras de nuestro
y o
y
se perdió e n
m e
de
desagradable
c o m o
Salvador
pia, y
te has arrepentido
de-
— M a ñ a n a .
luz.
Chona?
— N o ;
el
estrecharon
casi á u n
cierto.
— ¿ A c a s o
m i s m o
canto
Salvador
t a m b i é n
social
digna.
dulce
mezclarse
— ¡ C h o n a !
— T ú
sé bajarla ante la reprobación
FIN DE LA SEGUNDA P A R T E .
ÍNDICE.
Páginas
Capítulo
I . — L a partida
7
I I . — L a primera jornada. . . .
C a p í t u l o I I I . — E n el cual el lector vuelve á
encontrar á una conocida suya. . . .
C a p í t u l o I V . — D e lo que les aconteció á los
Capítulo
viajeros en una mala tarde
'23
37
49
Y.—El chubasco
C a p í t u l o V I . — E n el cual se verá bajo qué
auspicios vuelven á encontrarse Gómez
Capítulo
y Salomé
63
77
Capítulo
V I I . — E l recibimiento
Capítulo
V I I I . — E l proceso
IX.—De cómo la justicia prefirió la
103
maroma á los procedimientos. . . .
X.—De cómo doña Refugio prefería
111
el calabozo á la maroma
127
XI.—Cae en poder de la justicia
u n pájaro de cuenta
139
Capítulo
89
Capítulo
Capítulo
19»
Capítulo
X I I . — E n el que continúa el asunto
iniciado en el capítulo anterior. . .
X I I I . — E n el que se conoce la utilidad de un certificado pedid» á tiempo.
C a p í t u l o XIV.—De lo que les había sucedido á Gabriel y á don Santiago. . . .
159
Capítulo
173
193
^«BS*
^•»BSíí;
Capítulo
XV.—Continúa el relato de lo que
h a b í a n hecho Gómez y el Pájaro, antes
del asalto á la familia
211
Capítulo
XVI.—Continuación del anterior .
Capítulo
XVII.—La
I N D I C E
D E
naturaleza a m a n t e .
L A S
.
225
235
L Á M I N A S .
Páginas.
Melquíades
e l
payaso,
E l lacayo y el gato
Castaños.
al cromo, (portada)
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