Mons. Angelo Scola

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Acompañando el camino sinodal
Año 2014
nº 25
octubre
L A S C O N S ECUE N C IA S D E L A MOR HE R MO S O
Mons. Angelo Scola
Reproducimos a continuación el artículo publicado en la revista Huellas (septiembre 2014)
El «amor hermoso»: así lo llama el cardenal Angelo Scola con una expresión que
toma prestada de la sabiduría bíblica*.
Y de este modo resume en dos palabras páginas enteras de premisas y comentarios,
de presuntas primicias y diatribas más o menos veladas, incluso entre los prelados.
Todo ello con motivo del próximo Sínodo de los Obispos sobre la familia que,
según se deduce de ciertas crónicas, parecería destinado a afrontar casi únicamente
cuestiones éticas y jurídicas, como la comunión a los divorciados o la reforma del
Tribunal de la Rota. En cambio, será la ocasión para profundizar en «un tema que
le importa mucho a la Iglesia, porque se trata de redescubrir el valor antropológico de la experiencia
afectiva». Palabras del arzobispo de Milán, que ha dedicado a estos temas diversos ensayos como teólogo pero que, sobre todo, se los encuentra delante, en carne y hueso, como pastor. El telón se abre el 5 de
octubre, con el Sínodo extraordinario en el Vaticano. A este le seguirá otro el año que viene. Durante
estos meses, en las diócesis de todo el mundo se han recabado opiniones, reflexiones y testimonios que
han llevado al Instrumentum laboris, el texto preparatorio.
Eminencia, ¿por qué es tan esperado este Sínodo?
Desde hace al menos veinte años, se está produciendo una transformación radical de los comportamientos en el tema de los afectos. Basta con mirar la forma en que viven esta dimensión no solo los adultos,
sino también los jóvenes, ya desde la adolescencia. La Iglesia quiere invitar a todos a reflexionar sobre
esta pregunta: ¿cuál es el verdadero significado de la dimensión de los afectos y del amor en la vida del
hombre y de la mujer? Lo que se presenta como un clima de libertad, en el que rige el criterio de «haz lo
que te apetezca en el campo sexual», ¿es de verdad adecuado para el crecimiento de la persona, para la
* La cita está tomada del Eclesiástico 24,18: «Yo soy la madre del amor hermoso». La liturgia de la Iglesia lo ha leído refiriéndolo a la
Virgen María, Madre del Amor Hermoso, es decir, de Jesucristo. La expresión el “amor hermoso” designa la plenitud de la experiencia afectiva tal y como la vive humanamente Jesucristo.
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perspectiva de felicidad de las mujeres y los hombres? Esta es la verdadera razón de ambos Sínodos. Para discutir sobre cuestiones éticas o problemas planteados por la bioingeniería genética, que son de gran
importancia porque pueden imprimir a esta transformación de los comportamientos una huella irreversible, es necesario profundizar en un factor que está antes. Y la Iglesia se ocupa de este factor porque es,
por su propia naturaleza, un sujeto educativo.
En los trabajos preparatorios se pone de manifiesto lo que usted llama una «separación significativa» entre las afirmaciones de la Iglesia, aun cuando siguen siendo vistas como un ideal, y la experiencia real de la mayoría de los hombres. ¿Por qué esta distancia?
Digamos, ante todo, que la fragilidad humana en este campo siempre ha existido. La Iglesia lo sabe, y
siempre ha respondido proponiendo la verdad y la plenitud de la experiencia del «amor hermoso». Distinguiendo entre el pecado y el pecador, siendo muy comprensiva en relación al pecador, pero poniéndolo frente a su responsabilidad y pidiéndole ciertos pasos precisos para la reconciliación y la maduración.
Solo que en estos últimos tiempos las cosas han cambiado mucho.
¿Qué ha cambiado?
Ha cambiado el modo de vivir. Hoy se exhiben los comportamientos de forma ostentosa en nombre de
una concepción de la libertad como incapacidad para soportar cualquier vínculo. Por ello, cosas que antes parecían inaceptables –y que tal vez ciertos cristianos han contribuido, con su rigidez, a hacer más
irritantes–, se ondean hoy como una liberación.
Y sin embargo, el “amor hermoso”, la fascinación y el deseo del “para siempre”, es algo connatural al hombre. ¿Cómo ha podido perderse por el camino?
Ya cuento con cierta experiencia como obispo y con frecuencia me encuentro con los novios. Hablando
con ellos me doy cuenta de que no se les ha ayudado mucho a reconocer la dimensión profunda del
amor. No es solo responsabilidad de los hombres de Iglesia. Pesan mucho la presión de la opinión pública, los medios de comunicación… Pero con demasiada frecuencia se ha insistido en el «deber» sin ofrecer los motivos, sin dar las razones. Sin explicar que este deber brota de la belleza de la relación intrínseca entre el afecto que abre al don de sí, la unidad del hombre y de la mujer y el fruto de esta relación que
es el hijo. Desde hace años llamo a la unión de estos tres factores “el misterio nupcial”. Considero necesario y liberador volver a proponer con fuerza esta visión de conjunto.
¿Por qué doctrina y pastoral parecen tan separadas que es necesario plantear el problema de
«conciliarlas»? Es una preocupación que surge con frecuencia en las relaciones que han llegado
para preparar el Sínodo…
Es una cuestión que viene de lejos. Es necesario en primer lugar tener en cuenta un dato: los preceptos y
las leyes son por propia naturaleza universales, pero los actos son siempre individuales. Por tanto, la acción moral debe ser valorada a partir de la persona individual que lleva a cabo el acto individual, y esto
pone de manifiesto la dificultad de cualquier ética y también de la moral católica. Sin embargo, la separación entre doctrina y acción pastoral está ligada a una visión estática del hombre: todavía se piensa, con
un cierto intelectualismo ético, que el único problema es aprender la doctrina justa para aplicarla después
a la vida: “La auténtica doctrina, una vez proclamada, vencerá”. Pero esta posición no tiene en cuenta un
dato: por el hecho mismo de ser “lanzado” a la vida, el hombre hace una experiencia de la que nacen preguntas, interrogantes. Es necesario redescubrir la doctrina, que evidentemente para el cristiano se basa en
la experiencia originaria del seguimiento de Cristo propuesto de forma autorizada por el magisterio, como
respuesta orgánica a los “porqués” que nacen de la experiencia. En caso contrario, no basta.
El Papa está dando un fuerte impulso a esta cuestión.
Creo que el Santo Padre ha visto con claridad la necesidad de inclinarse sobre las heridas del hombre
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también bajo este aspecto. Cuando invita a toda la Iglesia, a través de uno de sus organismos más importantes como es el Sínodo, a reflexionar sobre el significado de la familia, pienso que intenta afrontar esta
situación, con el realismo que le es propio, para dar de nuevo esperanza y confianza no solo a los cristianos, sino a todos.
En sus intervenciones, usted insiste mucho en la necesidad de recuperar el «horizonte sacramental» del matrimonio. ¿Por qué es esencial esta insistencia? ¿Qué quiere decir que el matrimonio es,
ante todo, sacramento?
Para el cristiano –pero si se entiende bien, esta reflexión vale para cualquier experiencia humana–, la
cuestión de fondo es si Cristo es el corazón, el “centro afectivo” de mi vida. Si es el motor de mi vida,
Cristo debe ser contemporáneo a mi vida. Es el gran desafío lanzado por Lessing: «¿Quién me ayudará a
superar este tremendo foso que me separa de Cristo, que vivió hace dos mil años?». Kierkegaard decía:
«Solo me puede salvar alguien que sea contemporáneo a mí». ¿De qué forma puede Cristo ser mi contemporáneo? El camino nos lo indicó el mismo Jesús, ofreciendo a nuestra libertad el sacramento, es decir, el
don permanente de su Pasión, Muerte y Resurrección en la Eucaristía. El sacramento es la posibilidad que
se me ofrece todos los días de una interlocución personal con Jesús, la cual se realiza plenamente en la
Eucaristía, pero conforma de manera análoga todas las circunstancias y las relaciones que Dios me propone a lo largo del día. Relaciones y circunstancias son como un «sacramento»: encuentran en la Eucaristía
el paradigma pleno, pero son un modo con el que Jesús se hace contemporáneo a mi vida. Entonces, desde este punto de vista, ¿en qué se convierte el amor? ¿Qué llega a ser el enamoramiento concreto de esta
mujer? Una pro-vocación, es decir, una llamada que Otro dirige a mi libertad para que yo me implique
con Cristo a través de la asunción responsable de este enamoramiento. Responsable, pues requiere un trabajo. Debemos profundizar con atención en el vínculo entre la Eucaristía y el matrimonio, justamente
porque la Eucaristía es la expresión potente de la dimensión nupcial de la relación entre Cristo y la Iglesia. Como dice la Carta a los Efesios, la unión del esposo y de la esposa se convierte en símbolo de la
unión entre Cristo y la Iglesia. Son temas sobre los que sin duda se concentrarán los Sínodos, precisamente para tener un horizonte suficientemente amplio y poder afrontar también las cuestiones éticas.
A propósito de cuestiones éticas: en ciertas tomas de posición sobre los divorciados que se han
vuelto a casar, ¿no se corre el riesgo de malinterpretar precisamente el vínculo al que usted está
haciendo referencia ahora, entre Eucaristía y matrimonio? Se parte de heridas abiertas, que desde
luego existen, pero a veces parece que se termina casi reclamando un derecho…
El problema es complejo. Para abordarlo en términos realistas, es decir, según toda su verdad, es necesario ante todo mirar cara a cara la singularidad de las experiencias. Reagrupar en el “género de los divorciados vueltos a casar” una experiencia inevitablemente personal es, de hecho, algo que va en contra de la
realidad: no mira a la cara ni el proceso de maduración afectiva y sexual del individuo ni el valor de la
Eucaristía como condición de la contemporaneidad de Cristo a mi vida. Además la doctrina cristiana ha
expresado ya con gran claridad que los divorciados vueltos a casar no están fuera de la comunión eclesial
y ha indicado las múltiples formas con las que pueden participar en la vida de la Iglesia: son al menos
nueve, como dice la Sacramentum Caritatis, aunque no sea posible el acceso a la Comunión sacramental.
Ciertamente algo hay que corregir en la forma con la que se ha afrontado con frecuencia esta cuestión en
la práctica, oscilando entre la laxitud y el rigorismo en vez de acompañar a todos en una experiencia viva
de comunión. Creo que se debe y se puede mirar este aspecto en términos más sustanciales y positivos. El
otro aspecto que hay que valorar bien es el de los criterios de verificación de nulidad del matrimonio y el
modo con el que se realiza hoy esta verificación en la Iglesia: quizá se puedan encontrar formas más pastorales. De igual modo, el fenómeno masivo del alejamiento de una práctica cristiana consciente plantea
también el problema del peso de un mínimo de fe como condición para contraer el sacramento matrimonial. Es necesario trabajar, comprender y encontrar caminos respetuosos con la singularidad de la experiencia del amor y también con el nexo objetivo entre la Eucaristía y el matrimonio.
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¿Cuál es la tarea de los cristianos en todo esto? Del Instrumentum Laboris surge la necesidad de
«testigos». Pero ¿qué quiere decir testimoniar la belleza del matrimonio?
Quiere decir hacer lo que todavía hacen muchos jóvenes, es decir, aceptar entregar el cumplimiento de la
propia vida, que es la santidad, al camino que el Señor – a través de signos precisos– nos indica como el
camino privilegiado para alcanzar dicha plenitud. Se trata de testimoniar que se puede amar así, de manera que madure pacientemente, en la dificultad y quizá en la contradicción, la dimensión afectiva de la
propia existencia. El testimonio es mucho más que un buen ejemplo: es una forma de conocer la realidad
–en este caso la realidad del amor hermoso– y, como consecuencia, de comunicarla en su verdad.
Esto no equivale a una batida en retirada: subrayar que la clave es el testimonio no implica un
desinterés por el debate público, por la política, por el compromiso para hacer que las leyes sean
las mejores posibles…
Pensar que las dos cosas son alternativas nace de un equívoco a la hora de mirar el testimonio simplemente como “buen ejemplo”. Como el testimonio parte de la persona, del sujeto, se subjetiviza, se considera como un hecho privado. Pero el testimonio asume en sí mismo también esas formas ofrecidas por el
derecho que son distintas según la sociedad en la que uno vive. Si estamos en una sociedad plural, este
tipo de testimonio puede recorrer los caminos previstos en democracia y dar vida incluso a propuestas
legislativas, a un debate público, incluso a manifestaciones. Se trata de decidir cada vez lo que es proporcionado a la tarea, ciertamente más decisiva aún en una sociedad plural, de ofrecer la propia visión de
las cosas a la libre confrontación con vistas a un reconocimiento recíproco, porque en esto consiste construir una democracia. En este contexto, resulta además fundamental profundizar en el valor social de la
objeción de conciencia. Me gustaría que este tema se convirtiese en ocasión de un debate provechoso.
Si tuviese ahora mismo ante usted a dos jóvenes que le preguntan por qué merece la pena casarse,
¿qué les diría?
Que la vida es siempre una respuesta. Si el hombre no se autogenera, y nunca podrá hacerlo, si vengo de
Otro, entonces debo hacer las cuentas con esto, debo responder. Y dado que la vida – más allá de todos
los descubrimientos científicos– es breve y es una sola, entonces es necesario descubrir de qué modo la
experiencia de la relación y del amor es su fundamento, porque el amor vence a la muerte. Yo estoy llamado a desarrollar, a lo largo de toda mi existencia, la promesa contenida en el bien que supone haber
sido puesto en el mundo –con todas las contradicciones y las dificultades–, para que pueda suceder lo
que veo cada vez que voy a una parroquia. Al final de la misa siempre hay alguna pareja de ancianos
que, sonriendo, me dice: «Eminencia, cincuenta años de matrimonio, sesenta años de matrimonio…».
Creo que una experiencia así es formidable, incomparablemente más satisfactoria que la del que ha cambiado doce veces de pareja. Por eso les digo a los jóvenes que merece la pena. Que vayan en busca de
estos testimonios: ¡no faltan!
EN EL MISTERIO DEL MATRIMONIO
Los ha construido página a página, durante años de estudio sobre el tema de las relaciones hombre-mujer y matrimonio-familia. Hombre-Mujer. El misterio nupcial y La “cuestión
decisiva” del amor hombre-mujer, publicados por Ediciones Encuentro, ofrecen al público
español los ensayos publicados a partir de 1998, son a la vez una summa del pensamiento
de Angelo Scola sobre estos temas y un instrumento estupendo para profundizar en los
contenidos de los próximos Sínodos.
Hay mucha teología, hay una argumentación densa y compacta, pero al mismo tiempo
hay también vida, observada en la estela de una larga experiencia pastoral. No son libros
solo para expertos en el tema. Si acaso, una confirmación –si es que hubiese necesidad
de ella– de lo «experta en humanidad» que es la Iglesia.
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