Reseña del libro - Universidad de Montevideo

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EL DERECHO A LA VIDA
CIMIENTO DE TODOS LOS DERECHOS HUMANOS
Dr. Santiago Altieri1
La abolición de la “ley del más fuerte”
La historia de los Derechos Humanos es el paciente esfuerzo de la Humanidad
por abolir definitivamente la lógica según la cual unos privilegiados pueden disponer a
su arbitrio de la vida de los otros.
Este movimiento se resume en una convicción fundamental: todo ser humano
tiene una dignidad incondicionada y merece disfrutar de los bienes que son
indispensables para alcanzar su plenitud, sea cuál sea su raza, condición, salud,
desarrollo vital, etc.2.
Este proceso tuvo como hito fundamental la Declaración Universal de los
Derechos Humanos de 1948, en cuyo Preámbulo se lee: "...la libertad, la justicia y la
paz en el mundo tienen por base el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los
derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana....".
Ser “persona” es una cualidad innata
Los Derechos Humanos son una condición intrínseca de todo ser humano con
independencia de lo que digan las leyes. Como afirma Cassinelli Muñoz “los derechos
a la vida, al honor, a la libertad, a la seguridad, al trabajo y a la propiedad, como
derechos inherentes a la personalidad humana, no pueden ser objeto de privación
nunca porque se suponen independientes de la voluntad del soberano”3. Afirmar lo
contrario nos devolvería al tiempo de las tiranías y de la esclavitud.
Los seres humanos tenemos la condición innata de “sujetos de derechos”
(somos “personas” en sentido jurídico). El art. 6 de la Declaración Universal de los
Derechos Humanos afirma que “todo ser humano tiene derecho, en todas partes, al
reconocimiento de su personalidad jurídica”. En este mismo sentido, el art. 21 del
Código Civil uruguayo reconoce que “son personas todos los individuos de la especie
humana”.
1
Doctor en Derecho y Ciencias Sociales (Udelar), Master en Derecho de la Empresa (UM),
Doctorado en Derecho (Universidad de Zaragoza, España) en etapa de preparación de tesis,
Profesor de Derechos Humanos en la Facultad de Derecho de la UM y autor de publicaciones
jurídicas nacionales y extranjeras.
2
“Los derechos humanos son los derechos fundamentales, inherentes, que el hombre posee
por el hecho de ser hombre, por su propia naturaleza y dignidad” (R. FLORES DAPKEVICIUS,
Manual de Derecho Público, Tomo I Derecho Constitucional, B de F, 2007, p. 315).
3
H. CASSINELLI MUÑOZ, Derecho Público, FCU, 2009, p. 100.
1
El “derecho-base” y presupuesto de todos los demás4
La vida de cada ser humano es su bien más valioso. Sin él ningún derecho es
posible porque es el cimiento sobre el que se apoyan todos los demás5. Atentar contra
la vida es atentar, al mismo tiempo contra la suma de todos los derechos: la libertad, la
igualdad, el trabajo, etc.
Esta evidencia queda gráficamente plasmada en nuestra Constitución que
reconoce el valor primario y preeminente de la vida: “Los habitantes de la República
tienen derecho a ser protegidos en el goce de su vida, honor, libertad, seguridad,
trabajo y propiedad” (art. 7º inc. 1º).
Preexistente y superior a toda norma, incluso a la propia Constitución
Aunque resulte paradójico, el artículo 7º de la Constitución no consagra el
derecho a la vida, sino que consagra “el derecho a ser protegido en el goce de la vida”.
Como afirma Cassinelli Muñoz, “la Constitución no contiene una consagración explícita
del derecho a la vida, pero esa ausencia no significa que tal derecho fundamental no
exista. La Constitución no lo consagra porque parte de la base de que el derecho a la
vida es preexistente a la Constitución, no depende de la voluntad del constituyente,
porque siendo inherente a la personalidad humana puede invocarse por todo ser
humano, aunque la Constitución no dijera nada al respecto”6.
El derecho a la vida está jerárquicamente “por encima” incluso de la propia
Constitución; dicho con palabras de Cassinelli Muñoz referidas al art. 7º: “el derecho a
esos bienes jurídicos es un dato supraconstitucional, independientemente de la
voluntad del constituyente, aunque se hubiera omitido o se hubiera negado. Se parte
del dato de que los seres humanos, por el hecho de serlo, son titulares de un haz de
derechos que no dependen de la voluntad de la Nación (y menos de la voluntad del
Estado)”7.
La vida: único bien absoluto, con protección constitucional ilimitada
Es frecuente que la aplicación de los derechos humanos lleve a situaciones de
conflicto entre dos de ellos que parecen anularse mutuamente. Así, por ejemplo, la
publicación de una noticia difamatoria acerca de un personaje público puede plantear
4
Cfr. W. HOWARD, Derecho de la persona, Vol I, Universidad de Montevideo, 2008, p. 58.
Como dice Flores Dapkevicius: “El derecho a la vida debe considerarse como un derecho y, a
la vez, como un presupuesto de todos los derechos del hombre” (R. FLORES DAPKEVICIUS,
Manual de Derecho Público, Tomo I, Derecho Constitucional, BdeF, 2007, pp 317-318).
6
H. CASSINELLI MUÑOZ, Derecho Público, FCU, 2009, p 100.
7
Ibidem, p. 100. En el mismo sentido ver J. JIMÉNEZ DE ARÉCHAGA, La Constitución Nacional,
Tomo I, Ed. de la Cámara de Senadores, 1991, p. 229; C. DELPIAZZO, Dignidad Humana y
Derecho, Universidad de Montevideo, 2001, p. 16.; R. CORREA FREITAS, Los Derechos
Humanos en la Constitución Uruguaya, Tomo I, AMF, 2005, pp 21-22., etc.
5
2
el “conflicto” entre el “derecho a la libertad de expresión” del profesional del periodismo
vs. “el derecho al honor” del personaje público difamado. En estos casos no resulta
evidente cuál de los dos prevalece y es preciso un cuidadoso análisis para resolver el
asunto con criterios de justicia.
Diferente es el caso cuando uno de los derechos en cuestión fuera el de la
vida. En esas situaciones resulta evidente que éste debe prevalecer, porque tiene un
carácter absoluto, una primacía insoslayable frente a cualquier otro distinto,
precisamente porque es el presupuesto de todos los demás. ¿Podría defenderse
legítimamente la propia libertad al precio de eliminar una vida humana? ¿No sería
como volver a la prepotencia de la “ley del más fuerte”?
Quizá alguien podría plantear que el inc. 2º del art. 7º de la Constitución
cuando establece que “nadie puede ser privado de estos derechos sino conforme a las
leyes que se establecen por razones de interés general” estaría dejando en manos del
Legislador la posibilidad de privar del derecho a la vida a determinados seres
humanos, cuando existan razones de interés general. Semejante conclusión podría
obedecer a una lectura superficial de la norma.
Para comprender su alcance es preciso tener en cuenta que “las leyes que se
establezcan por razones de interés general” no pueden privar del derecho a la vida, al
honor, etc. (como ya se dijo, se trata de un derecho preexistente y superior a la misma
Constitución), sino limitar el derecho a la protección en el goce de la vida, honor,
libertad, etc.
El inc. 2 del art. 7º habilita, por ejemplo, a que en una situación de guerra, el
Estado llame a algunos habitantes a enrolarse en el ejército. Una norma así daría
lugar a una potencial e indirecta limitación en el derecho a la protección en el goce de
la vida como consecuencia de los riesgos que toda guerra lleva consigo. Sin embargo,
en ningún caso el Legislador está habilitado a permitir, fomentar, financiar, obligar a
hacer, o a hacer hacer a un tercero, (y mucho menos, ejecutar) acciones que tengan
como fin principal y directo la eliminación de la vida de ningún ser humano, ni siquiera
–como veremos inmediatamente- la de quienes hayan cometido delitos. Tal norma
sería intrínsecamente inconstitucional y nos acercaría a la justificación de horrores
similares a los que se cometieron en los regímenes totalitarios del siglo pasado.
En este sentido, conviene recordar que la jurisprudencia de la Suprema Corte
de Justicia ha afirmado expresamente que el derecho a la vida es el único al cual la
Constitución uruguaya le reconoce carácter absoluto. Así, en su Sentencia Nº 525 de
20 de diciembre de 2000 dice: "corresponde señalar que la Carta reconoce la
existencia de variados derechos fundamentales, pero ninguno de ellos -con excepción
del derecho a la vida (art. 26)- tiene constitucionalmente carácter absoluto, pudiendo
en consecuencia ser limitados por el legislador (art. 7, 29, 32, 35, 37, 38, 39, 57, 58 y
sigtes de la Constitución)".
3
La lógica del razonamiento es clara. El art. 26 de la Constitución establece que
“a nadie se le aplicará la pena de muerte”. Y por tanto las autoridades públicas no
pueden privar del derecho a la protección en el goce de la vida ni siquiera a aquellas
personas que hayan cometido delitos, por más graves que hayan sido. Carecería de
razonabilidad que la Constitución prohibiera al Legislador esa opción y lo habilitara a
desproteger la vida de seres humanos inocentes. La prohibición de establecer la pena
de muerte, conjugada con el más rudimentario derecho de igualdad, establece al
Legislador un límite absoluto a la desprotección de la vida cuando tenga por finalidad
principal y directa la muerte de seres humanos.
La vida es un proceso de desarrollo continuo
El individuo humano maduro no aparece repentinamente; es la consecuencia
de un largo proceso de desarrollo continuo, ininterrumpido y gradual pautado por el
proyecto genético que comienza con la fecundación y se va desplegando hasta su
muerte natural. En cada momento de ese proceso el ser humano tiene el tamaño, el
aspecto, la forma y las funcionalidades que corresponden a cada etapa de su ciclo
vital: es el mismo individuo que se va desarrollando. La dignidad humana exige el
respeto de cada hombre y de cada mujer en cada una de las etapas de su ciclo vital
porque en todos y cada uno de esos momentos estamos frente a un ser humano.
Proteger la vida de un individuo humano implica respetarla tal como se manifiesta en
cada momento (embrión, feto, niño, joven, adulto, anciano); dicho respeto lo merece
igualmente en todos esos momentos o no lo merecería nunca.
Cada uno de los instantes que componen el ciclo de la vida humana tiene la
misma trascendencia porque si cualquiera de ellos no se cumple en sus
requerimientos básicos de supervivencia, lo que se afecta es el ser en su conjunto, la
propia existencia8. Por eso resulta arbitrario y discriminatorio establecer que, en
determinado momento (el día 14, la semana 12, etc.) o la verificación alguno de los
sucesivos eventos biológicos del ciclo vital (implantación en el útero, desarrollo
cerebral, respiración autónoma, conciencia, etc.) “conviertan” un conjunto de “células
amorfas” en ser humano. ¿Qué era el embrión el día 13 con 59 minutos o en la
semana 11 con 6 días o el feto en el instante previo a dar a luz? La respuesta es
evidente: era el mismo ser cumpliendo las rigurosas etapas que lo llevarán a ir
desarrollándose según el prolijo cronograma establecido desde un principio por su
ADN. La única forma de garantizar el respeto de la vida del ser humano adulto es
protegiéndolo en todas las etapas previas.
El ser humano tiene una unicidad estructural y funcional que le permite
mantener una dirección constante en la trayectoria de su desarrollo: es un proyecto
genético que, interactuando con el medio que cada etapa exige, se va desplegando
continua, gradual e ininterrumpidamente9.
8
Cfr. G. ORDOQUI CASTILLA, Derecho Médico, Segundo Tomo (Segundo Vol.), p. 103.
Cfr. A. SERRA, Dignidad del embrión humano, en Lexicón, Madrid, 2007, Ediciones Palabra, p.
271.
9
4
La concepción: punto de comienzo del derecho a la vida10
Está científicamente comprobado que el ciclo vital de los individuos humanos
comienza con la concepción. Pocos instantes después de la penetración de un
espermatozoide fecundante único en un óvulo normal y el cierre de la zona pelúcida
(que recubre el óvulo), existe (al menos) un nuevo ser humano que permanecerá -en
cuanto sujeto- inalterado e inalterable a lo largo de toda su existencia11.
Todos los seres de la especie “homo sapiens-sapiens” compartimos la misma
naturaleza. La pertenencia a esa especie queda determinada desde el primer instante
de la concepción y, por tanto, desde ese momento comienza a desarrollarse una vida
que sólo puede ser la de (al menos) un individuo humano. Es importante destacar que
la pertenencia a la especie humana no necesariamente se identifica con una dotación
de 46 cromosomas perfectos12.
El embrión no es un ser humano en potencia, sino un individuo humano
completo en su naturaleza13.
La concepción es el único cambio radicalmente significativo en la vida de un
ser humano hasta su muerte; se pasa del “no ser” al “ser”14: las demás modificaciones
son desarrollos y consecuencias que ya estaban incoados desde aquel instante.
10
Para un desarrollo argumental más completo ver S. ALTIERI, El estatuto jurídico del cigoto
¿persona o cosa?, Universidad de Montevideo, 2010.
11
Cfr. A SERANI MERLO, El viviente humano, Eunsa, 2000, p. 92. En este mismo sentido, en
base a los conocimientos actuales sería un error afirmar que las células de las primeras
divisiones de un embrión son "un grupo de unas cuantas células"; desde el comienzo del
proceso, la interacción célula-célula informa a cada una su identidad como parte de un todo,
como parte de un organismo en el que cada célula ocupará un lugar específico y una función
propia. Por ejemplo, ya en la segunda división celular (cuando se pasa de 2 a 4 células) queda
definido cuáles de esas células constituirán la "masa interna" del embrión (Cfr. A. SERRA,
Dignidad... pp. 272-273)
12
Existen situaciones anómalas en las que la fecundación se produce con gametos humanos
que, por motivos patológicos, poseen un cromosoma de más (24) o uno de menos (22). Esas
fecundaciones dan lugar a individuos con una dotación numérica diferente a los 46
cromosomas normales, con dos posibles anomalías: minosomía (individuos con 45
cromosomas) o trisomía (individuos con 47 cromosomas). Un caso típico de trisomía son
algunos de los niños que nacen con Síndrome de Down, que son producto de una fecundación
en la que uno de los gametos tenía repetido el cromosoma nº 21 (Trisomía del cromosoma 21).
(Cfr. LANGMAN, Embriología médica, 8ª ed en español, 2ª reimpr., 2002, Edición a cargo de
T.W. SADLER, Editorial Médica Panamericana, pp. 8-9).
13
“Es fácil de apreciar lo equívoco que resulta afirmar que un embrión no es persona, o incluso
ser humano, cuando lo correcto sería decir que un embrión no es un ser humano de dos, veinte
o cuarenta años; lo cual es rigurosamente cierto, como también lo es que ese ser humano de
cuarenta años empezó siendo un embrión de tres días. Nada de ello afecta a la respectiva
pertenencia a la especie humana (y no a ninguna otra)”. (C. MARTÍNEZ DE AGUIRRE, Comentarios
al Código Civil II Vol 1º Libro Primerio (Títulos I a IV) J. RAMS ALBESA Y R.M. MORENO FLOREZ
(coord), Barcelona, 2000, José María Bosh Editor, p. 301.
14
Cabe recordar lo que al respecto señala M. Risso Ferrand: “En primer lugar no tenemos
dudas en cuanto que el nasciturus, feto, o no nacido –como prefiera llamárselo- cuenta con la
misma protección que a los habitantes de la República confiere el artículo 7º. Y esto, bien por la
vía de interpretar en forma amplia la expresión habitantes del artículo 7º, o bien por la lógica e
inevitable complementación de dicha norma en los términos del artículo 72. De nada valen a
nuestro juicio argumentos científicos respecto a partir del momento en que hay vida, ya que
5
Cabe agregar que la protección de la vida humana desde la concepción ha sido
reconocida en un variado conjunto de normas nacionales e internacionales15.
Piedra angular de la Democracia y del Estado de Derecho
En un Estado Social y Democrático de Derecho la vida no es sólo un “derecho
subjetivo” de cada individuo. Es mucho más que eso: es un Principio que obliga a cada
órgano de gobierno a proteger la vida de todos los habitantes de la República. Si el
Estado no asegurara la protección de la vida mediante mecanismos eficaces no
tendría sentido hablar de Derechos Humanos, Justicia social, Estado de Derecho, etc.
parece claro que es desde la concepción que se ha iniciado en forma clara el proceso que
conduce, normalmente, al alumbramiento, y es desde aquel instante que corresponde hablar y
proteger la vida, impuesta por la Constitución como bien jurídico primordial” (M. RISSO
FERRAND, Derecho Constitucional, Tomo III, AMF, 1998, p. 125).
15
A modo de ejemplo y sin prejuicio de las ya citadas, pueden mencionarse:
- Constitución Uruguaya, art. 42 inc. 2º: “La maternidad, cualquiera sea la condición o estado
de la mujer, tiene derecho a la protección de la sociedad y a su asistencia en caso de
desamparo”. Comentando este artículo Risso Ferrand afirma: “El concepto de maternidad no
refiere exclusivamente a la madre, sino también a todo un proceso que transcurre desde la
concepción, e incluso que termina con posterioridad al alumbramiento. Al mismo tiempo es
claro que esta protección no refiere exclusivamente a la madre, sino también al no nacido” (M.
RISSO FERRAND, Derecho Constitucional, AMF, 1998, p. 125).
- Declaración de los derechos del niño adoptada por la Asamblea General de la ONU en
1959. Su 4º Principio establece que “el niño y su madre tienen derecho a cuidados especiales,
incluso atención prenatal y postnatal”.
- Convención universal de los Derechos del Niño de 6 de diciembre de 1989, aprobada por
Uruguay por ley Nº 16.137, de 28 de setiembre de 1990. El art. 1º expresa que “se entiende por
niño todo ser humano menor de 18 años de edad, salvo que, en virtud de la ley que le sea
aplicable, haya alcanzado antes la mayoría de edad". Para evacuar toda duda de que la
expresión niño abarca también la etapa prenatal, su Preámbulo obliga a tener presente que "el
niño, por su falta de madurez física y mental, necesita protección y cuidado especiales, incluso
la debida protección legal, tanto antes como después del nacimiento".
- Convención Americana de Derechos Humanos (Pacto de San José de Costa Rica),
aprobada por Uruguay por ley Nº 15.737, de 8 de marzo de 1985, En su artículo 4º se
establece que “Toda persona tiene derecho a que se respete su vida. Este derecho estará
protegido por la ley y, en general, a partir del momento de la concepción. Nadie puede ser
privado de la vida arbitrariamente”.
- Ley Nº 15.977 que creó el INAME -actualmente llamado INAU por imperio del art. 223 Código
de la Niñez y la Adolescencia-. En su art. 2 establece como cometido de dicho organismo
"asistir y proteger a los menores moral y materialmente abandonados desde la concepción
hasta la mayoría de edad".
- Decreto del Poder Ejecutivo 258/992, de 9 de junio de 1992 referente a Las Reglas de
Conducta Médica y Derechos del Paciente para Médicos de Salud Pública. El art. 2 establece:
"El médico debe defender los derechos humanos relacionados con el ejercicio profesional, y
especialmente el derecho a la vida a partir del momento de la concepción (arts. 1, 2 y 4.1 de la
Convención Interamericana de Derechos Humanos, aprobada por la ley 15.737 de 8/3/85 y
Convención sobre los Derechos del Niño, aprobada por la ley 16.137, de 28/9/90. En
salvaguarda de los derechos y dignidad de la persona humana (arts. 7 y 72 de la Constitución)
debe negarse terminantemente a participar directa o indirectamente, a favorecer o siquiera
admitir con su sola presencia toda violación de tales derechos cualquiera fuera su modalidad o
circunstancia".
- Decreto del Poder Ejecutivo 204/001, de 23 de mayo de 2001. Su art. 1 extiende el Decreto
258/992 "con carácter obligatorio a todas las Instituciones de Asistencia Médica Publicas,
Colectivas y Privadas de cualquier naturaleza..."
6
La protección del derecho a la vida de cada individuo es el principal y más
urgente desafío de todo gobierno16. Si en un país sólo algunos individuos estuvieran
protegidos en el derecho a la vida y otros no, el sistema democrático quedaría sin
sustento; sólo existiría una apariencia formal de trato igualitario para el “selecto club”
de aquellos a quienes el Estado “les permitiera” vivir. Sin una protección
cuidadosamente igualitaria del derecho a la vida no es posible viabilizar la forma
democrática de gobierno prevista en nuestra Constitución. Una protección igualitaria
del derecho a la vida implica proteger la vida del embrión humano tanto como la del
adulto.
Un esfuerzo primordial
Se ha dicho que el grado de civilización de un pueblo depende de su
compromiso con la protección de los más indefensos. Observando la realidad de
nuestro país y del mundo entero, resulta evidente que hay mucho por hacer.
Pero resulta mucho más evidente que el primer y más grande esfuerzo de
quienes defienden los Derechos Humanos es avocarse –ante todo- a la protección de
la vida de cada individuo humano, sea cual sea su condición. Afirmar que se defienden
los Derechos Humanos y desproteger el derecho a la vida parece una contradicción.
Decenas de siglos le ha llevado a la Humanidad reconocer que cada ser
humano encierra una riqueza insondable. Depende de nosotros que no olvidemos tan
rápidamente esta costosa lección.
16
En este mismo sentido, C. Delpiazzo expresa: “... la sociedad jurídicamente organizada en el
Estado no está legitimada para desproteger la vida o, al menos, determinadas manifestaciones
de la vida tales como la del concebido no nacido, la del anciano incapaz o la del minusválido
físico o psíquico.
En primer lugar, ello es así porque, siendo la vida un bien absoluto y supremo imprescindible
de todos los demás derechos fundamentales, el Estado no puede ni debe relativizarlo.
En segundo término, así lo manda el principio de igualdad; si “todas las personas son iguales
ante la ley”, como lo proclama el art. 8 de nuestra Constitución, significa que “todos los
hombres deben recibir igual protección de parte de las leyes”, no admitiéndose
discriminaciones que atenten contra cualquiera de los derechos, escritos o no, “que son
inherentes a la personalidad humana o se derivan de la forma republicana de gobierno” (art.
72).
En tercer lugar, la exigencia del bien común hacia el cual debe enderezarse la acción estatal
obliga a la protección de la vida en todas sus manifestaciones. La negación del derecho a la
vida, precisamente porque lleva a eliminar la persona en cuyo servicio se encuentra su razón
de existir, es lo que se contrapone más directa e irreparablemente a la posibilidad de realizar el
bien común.
Finalmente, cabe añadir que una circunstancial mayoría no puede resultar suficiente para
atentar contra la vida de quien aún no ha nacido o está gravemente debilitado. Resulta tan
tiránico decretar la legitimidad de la eliminación de la vida en tales casos, como pretender que
los crímenes contra la humanidad cometidos en este siglo no hubieran sido tales si en vez de
ser decididos por unos pocos hubieran sido amparados por el consenso popular. (C. DELPIAZZO,
Dignidad Humana y Derecho, Universidad de Montevideo, 2001, pp. 19-20).
7
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