intervención psicosocial con mujeres

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UNIDAD DE VIOLENCIA INTRAFAMILIAR
PROGRAMA CHILE ACOGE
CASAS DE ACOGIDA
ORIENTACIONES TÉCNICAS PARA LA
INTERVENCIÓN PSICOSOCIAL CON
MUJERES
2012
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UNIDAD DE VIOLENCIA INTRAFAMILIAR
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ORIENTACIONES TÉCNICAS PARA LA INTERVENCIÓN PSICOSOCIAL CON MUJERES
VÍCTIMAS DE VIOLENCIA INTRAFAMILIAR POR PARTE DE SU PAREJA
INTRODUCCIÓN
El problema de la violencia contra la mujer constituye una preocupación de relevancia
para el Estado de Chile. En este marco, la creación del Servicio Nacional de la Mujer (SERNAM) a
partir del año 1991, ha contribuido en forma sustancial a promover la igualdad de oportunidades
entre hombres y mujeres, disminuir las brechas, fomentar la equidad de género y luchar contra
toda discriminación o violación de derechos de las mujeres. Nunca se podrá hablar de igualdad de
género si es que las mujeres reciben maltrato, como lo es el caso de la violencia intrafamiliar.
Las acciones del Estado han sido significativas en la instalación de respuestas para las
mujeres que han sufrido violencia. Algunos de los logros de estos últimos años son las
modificaciones de la ley de violencia intrafamiliar, la apertura de Centros de la Mujer y Casas de
Acogida en todo el país, la instalación de un Programa de Violencia Intrafamiliar en la Atención
Primaria de Salud, la inclusión de la violencia doméstica como factor de riesgo en las políticas de
seguridad ciudadana, la promulgación de la Ley de Femicidio. A partir de enero del 2011, se
incorpora la línea de intervención con hombres que ejercen violencia, a fin de abarcar de manera
integral el problema de la violencia contra la mujer en el contexto de la familia y la pareja.
Con estas acciones se puede demostrar que en Chile se ha ido paulatinamente
configurando la violencia en las relaciones familiares como un problema de política pública y como
una forma de abuso penalizada por las leyes y por la sociedad. Pese a los avances, la violencia
contra la mujer continúa existiendo en porcentajes altos en Chile.
Es por esto que el Estado tiene el compromiso de salvaguardar los principios de libertad e
igualdad y la erradicación de todas las formas de discriminación. Dicho planteamiento es
concordante con los acuerdos internacionales que ha suscrito nuestro país en la materia.
El Derecho Internacional ha consignado la obligación de los Estados de abordar la
violencia contra las mujeres otorgando soluciones integrales para la atención y protección de las
víctimas. Una de las acciones específicas ha sido la de implementar refugios seguros para este fin.
La Convención Interamericana para Prevenir, Sancionar y Erradicar la Violencia Contra la
Mujer, conocida también como “Convención de Belem do Para”, en la letra d) de su artículo 8,
establece el deber de los Estados de “suministrar los servicios especializados apropiados para la
atención necesaria a la mujer objeto de violencia, por medio de entidades de los sectores público
y privado, inclusive refugios, servicios de orientación para toda la familia, cuando sea del caso, y
cuidado y custodia de los menores afectados”.
En un sentido similar, el Comité de la CEDAW en su párrafo 24, letra k de la
Recomendación General Nº 19 (“La violencia contra la mujer”, 11º período de sesiones, 1992),
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recomendó a los Estados que “establezcan o apoyen servicios destinados a las víctimas de
violencia en el hogar, violaciones, violencia sexual y otras formas de violencia contra la mujer,
entre ellos refugios, el empleo de trabajadores sanitarios especialmente capacitados,
rehabilitación y asesoramiento”.
Cabe señalar que el Estado de Chile, a través de la labor desarrollada por el Servicio
Nacional de la Mujer, ha llevado a cabo múltiples iniciativas dirigidas a otorgar a las mujeres
víctimas de violencia una protección para resguardar su integridad física, sancionar a los hombres
que ejercen violencia, facilitar herramientas psicosociales para la reconstrucción del proyecto de
vida, brindar apoyo jurídico y psicosocial.
Es en este contexto político y ético, que el gobierno de Chile y el SERNAM, definen en el
2007 la implementación de las Casas de Acogida para las mujeres en riesgo grave o vital, causa de
la violencia intrafamiliar.
El presente documento tiene por propósito entregar orientaciones teóricas y lineamientos
estratégicos para la implementación del modelo de intervención de las “Casas de Acogida para
Mujeres en Situación de Riesgo grave o vital a Causa de la VIF”.
Violencia, Derechos Humanos y Perspectiva de Género
La cultura está formada por los valores, las prácticas y las relaciones de poder en
movimiento que configuran la vida diaria de las personas y los grupos y que se expresan en
discursos y acciones concretas que dan cuenta de las visiones de mundo de cada organización
social. En este entramado, el fenómeno de la violencia, aparece instalado en un sistema de
creencias y valores que permite las relaciones de abuso, naturalizándolas y legitimando su
utilización.
La violencia de género es un fenómeno multicausado, que debe ser comprendido en un
marco relacional, donde el eje organizador central es el de las relaciones abusivas de poder entre
mujeres y hombres. De esta forma, la violencia es una práctica orientada, elaborada, aprendida y
legitimada de quienes se sienten con más poder que otros/as, con más derechos que otros/as de
controlar e intimidar a quienes se encuentran en una posición jerárquica inferior. Este sentimiento
de poder se construye y se enmarca en sistemas de valores, leyes, símbolos y representaciones
dentro de una estructura social, expresándose en desigualdades en los diferentes niveles
individual, grupal, nacional y mundial. Las desigualdades persistentes en una sociedad son formas
de organización institucionalizadas que permiten la distribución dispareja de costos y beneficios,
donde se establecen como sistemas de exclusión y control, pasando a formar parte constitutiva y a
menudo invisible de la organización.
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En relación al concepto de género, éste fue utilizado por primera vez en la década de los
60, especialmente por la psicología, para describir las características de la masculinidad y la
feminidad, entendidas como las formas adecuadas de ser hombre y mujer. Por tanto, al ser el
género una construcción biológica y social, da cuenta que es un proceso dinámico, que varía de
una cultura a otra y de un momento histórico determinado a otro.
La concepción de lo femenino y masculino dominante en nuestra cultura, da cuenta la
valoración de lo masculino sólo en su desempeño en el ámbito público/productivo, y la
significación de lo femenino, asociado al ámbito privado/reproductivo, que al no posee valor
económico asociado es una desvalorización de esta construcción. Lo anterior determina los roles
genéricos atribuidos a cada sexo. Esta realidad, es una de las tensiones más cruciales en torno a la
cual se produce y se organiza la cultura machista, dado que naturaliza la violencia, dominación y
desvalorización de un género sobre otro.
En este escenario, donde la violencia está arraigada como forma de dominación y manejo
de conflictos, ha ido surgiendo, la perspectiva de los derechos humanos, como un conjunto de
pautas éticas con proyección jurídica, para comprometer a los Estados y resguardar las
condiciones esenciales para el ejercicio pleno de los derechos civiles y políticos; sociales,
económicos y culturales, el derecho a la paz, al desarrollo, al medio ambiente entre otros. Junto a
lo anterior, se ha ido desarrollando en los últimos años, una concepción de los derechos humanos
ampliada, que reconoce la especificidad de género de las personas, con lo cual comienzan a
considerarse las experiencias históricas y cotidianas de las mujeres en la reformulación del
contenido y los significados de los derechos humanos. Lo anterior, dado que, las violaciones de los
derechos humanos afectan tanto a hombres como mujeres, pero su impacto varía de acuerdo al
sexo de la víctima. En este sentido, se afirma que toda violencia contra una mujer tiene alguna
característica que permite identificarla como violencia de género. Es decir, está vinculada a la
desigualad de poder en las relaciones entre hombres y mujeres en nuestra sociedad, que
perpetúan la desvalorización de lo femenino y su subordinación a lo masculino. Lo que diferencia a
este tipo de violencia de otras formas de agresión y coerción es el factor de riesgo o de
vulnerabilidad que se produce por el sólo hecho de ser mujer.
Las características básicas de la Violencia de género que propone Alberdi y Matas son las
siguientes (Alberdi y Matas 2002):
Fundada en una desigualdad entre hombre y mujer derivada de un código patriarcal
La violencia es una forma de violencia de una elevada invisibilidad social
Se emplea como mecanismo de control y castigo sobre la mujer
Genera sentimientos de culpa en quién la sufre
La violencia de género suele generar una relación en que tanto el agresor como la víctima
quedan atrapados: el poder, por parte del hombre y el miedo y la sumisión por parte de la
mujer.
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Las cuatro condiciones que se deben cumplir para que una agresión se considere violencia de
género son las siguientes:
El agresor: siempre es un hombre
La víctima: siempre es una mujer
La causa: las relaciones de poder entre los sexos por la socialización genérica
(dominación del hombre y sumisión de la mujer)
El Objetivo: el control y el dominio de las mujeres
A partir de las acciones del movimiento de mujeres en torno a la generación de
conciencia frente a la desnaturalización de los roles de género, los abusos contra las mujeres
es que el derecho internacional en las últimas décadas se ha hecho eco de estas demandas
amplió las obligaciones del Estado en materia de derechos humanos en el ámbito familiar,
adoptando compromisos y estableciendo leyes y políticas relativas a este tema. La
protección de los derechos humanos de las mujeres y el tratamiento de la violencia de
género, se reflejan en la existencia hoy de diferentes instrumentos que interpelan a los
Estados en su responsabilidad en estas materias.
Violencia Contra la Mujer en el Espacio Familiar
La violencia de género en general y la violencia contra las mujeres en las relaciones de
pareja en particular, es un fenómeno histórico presente en gran parte de las culturas humanas sin
restricción de edad, clase social, raza, ideologías o religión.
Tomando diferentes definiciones, en términos generales, la Violencia Intrafamiliar, se
refiere a toda relación de abuso permanente que se da entre los miembros de una familia,
constituida por acciones u omisiones que causan daño físico, psicológico o sexual. Además, esta
relación se caracteriza por ser permanente o cíclica.
Para la Organización Panamericana de la Salud, la Violencia Intrafamiliar, corresponde a
“Toda acción u omisión cometida por algún miembro de la familia en relación de poder, sin
importar el espacio físico donde ocurra, que perjudique el bienestar, la integridad física,
psicológica o la libertad y el derecho al pleno desarrollo de otro/a miembro de la familia”.
Cuando nos detenemos a desarrollar una estrategia contra la violencia intrafamiliar, uno
de los aspectos fundamentales a considerar, es lo se denomina “Relación de Abuso” conducta que
se caracteriza por acción u omisión, y que ocasiona daño físico, psicológico o sexual a otro
miembro de la familia.
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En un sentido amplio, se puede decir que cualquier miembro de la familia,
independientemente de su raza, sexo o edad, puede ser agente o víctima de la relación abusiva.
Sin embargo, las cifras estadísticas a nivel internacional y nacional muestran que son las mujeres,
las niñas y los niños, las víctimas más comunes de este abuso.
Tipos de violencia contra las mujeres
La violencia cometida en contra de las mujeres ocurre en cuarto dimensiones diferenciadas, pero
complementarias entre sí en la mayoría de los casos:
Violencia psicológica y/o emocional: que comprende gritos y garabatos, negación del cariño,
humillaciones y descalificaciones, que disminuyen la autoestima y valoración de quien la
sufre.
Violencia física: cachetadas, apaleos, cortaduras, quemaduras, golpes de pies y puños o con
elementos contundentes como palos, mangueras, o cordones, hasta heridas con armas que
pueden generar graves lesiones y la muerte.
Violencia sexual: burlarse del cuerpo y sexualidad de la mujer, prostituir, obligar a ver
pornografía o a tener juegos sexuales, el acoso sexual, abuso sexual y violación.
Violencia económica: Negar o controlar el dinero, chantajear económicamente, privar de los
elementos básicos de subsistencia, negación de un trabajo por edad o características físicas o
étnicas. Dentro de la violencia económica nos encontramos con la Violencia patrimonial, la
cual hace referencia a la destrucción o sustracción de los bienes de la mujer o la familia.
Romper o destruir las cosas de la casa, o la casa misma sin “dañar a nadie”.
Cabe señalar que esta tipología se crea con fines prácticos, pero no permite explicar el fenómeno
en su complejidad. Por lo cual se reconoce que tipos de violencia van entrelazados y no
necesariamente se dan en forma aislada, por ejemplo, la violencia física siempre involucra
violencia psicológica o daño psicológico, así como la violencia sexual también puede considerarse
dentro del ámbito de invasión física o psicológica.
Otra forma comprensión de la violencia es por medio de la categorización de los comportamientos
abusivos planteados por el Modelo de Duluth:
Abuso Físico: es el uso de cualquier tipo de fuerza física contra la pareja, con el objetivo de
causarle daño físico o emocional o de que la pareja sienta temor.
Abuso Sexual: es cualquier intento de imponer actos sexuales a la pareja en contra de su
voluntad. Cuando el acercamiento sexual y las acciones se vuelven coercitivas, o sea se
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cruza la línea del consentimiento verbal o no verbal de la pareja. Estos van desde
comportamientos coercitivos hasta la violación.
Intimidación: Causar o infundir miedo, mediante acciones, palabras, gestos y miradas que
buscan atemorizar, asustar o amedrentar a la pareja. Especial intensidad tiene la
intimidación con uso de armas de fugo o arma blanca. El hecho de que una persona haya
sufrido violencia física en el pasado aumenta la efectividad de la intimidación del agresor
sobre la víctima.
Abuso Emocional: es cualquier acción con el que se haga sentir mal a la pareja acerca de sí
misma o cualquier ataque contra su autoestima.
Aislamiento: El aislamiento no es un comportamiento específico, sino el resultado de
varios tipos de comportamientos abusivos. Aislar a la pareja implica cualquier intento de
controlar a quien ella ve, lo que ella hace, lo que ella quiere para ella misma, qué es lo que
ella piensa, o qué es lo que ella siente.
Negar: Afirmar o indicar que lo que pasó no sucedió.
Minimizar: Restar importancia a los efectos de una agresión o comportamiento abusivo.
Culpar: Trasladar la responsabilidad de un comportamiento abusivo realizado a otra
persona o a alguna situación.
Manipular a través de los niños: es usar a los hijos e hijas o manipular a través de ellos y
ellas. Es todo intento de controlar a la pareja a través de amenazar o dañar la relación que
tiene ella con sus hijos e hijas.
Privilegio Masculino: es un conjunto de creencias y comportamientos que se sostienen en
la creencia que un hombre tiene derecho a ciertos privilegios simplemente por ser
hombre.
Abuso Económico: Es controlar los ingresos de la familia o limitar el acceso de la pareja al
dinero para mantenerla dependiente de ti o para presionarla a actuar de la manera en que
tú quieres. También es el mal uso del dinero, o poner sus necesidades antes de las de la
familia.
Coerción y Amenazas: Anunciar a una persona, por cualquier medio, que se realizará un
mal contra ella, su familia o sus bienes y/o el ejercicio de una presión para forzar la
voluntad o conducta. Estas amenazas o coerción presentan un alto nivel de riesgo cuando
van acompañadas del uso de armas de fuego o arma blanca. Se citan también en la
doctrina, como ejemplos, amenaza con dejar a la mujer, con el suicidio del agresor, con
denunciarla falsamente, con el despojo de los hijos, quitar apoyo económico.
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El problema de la violencia hacia la mujer se debe comprender en términos dinámicos,
esta no ocurre de manera aislada, ni es estática, por lo tanto, se debe analizar como un proceso
complejo que es parte de la relación asimétrica que se establece entre un hombre y una mujer,
constituyéndose un vínculo violento que continua y se acrecienta a través del tiempo.
Es así como al indagar en las historias de mujeres víctimas de violencia en la pareja se
constata que en los comienzos de la relación ya se dejan entrever conductas que van dirigidas a
coartar y/o presionar para que la mujer actúe en función del propio deseo (un ejemplo claro de
esto son los celos). A medida que aumentan los grados de compromiso, aumentan los conflictos y
las dinámicas violentas hacia la mujer, estableciéndose un continuo de violencia y una escalada
que podría culminar en femicidio.
Características de la violencia en la pareja
La violencia en la pareja aparece como cualquier expresión, a veces claramente visible por
un observador, otras veces mucho más implícita y difícil de reconocer, de la relación de abuso que
organiza la interacción de la pareja. Esta relación de abuso se manifiesta en tipos de violencia que
se han descrito como el abuso físico, el abuso sexual, el abuso psicológico o emocional y el abuso
económico.
La dificultad que presenta la sociedad y específicamente las personas que sufren
situaciones de violencia para identificar la violencia, estaría dada fundamentalmente por la
negación, minimización y normalización de la misma.
Visibilizar un fenómeno social o psicológico es distinguirlo, y esto permite nombrarlo,
simbolizarlo, darle categoría de real y existente. Esto constituye un paso importantísimo en el
proceso de reparación de las víctimas, pues la necesidad de visibilizar, simbolizar, nombrar la
violencia, tiene que ver con que esta pueda emerger sin quedar reducida a experiencias aisladas,
dándole una existencia social.
Para comprender la invisibilización de la violencia intrafamiliar contra la mujer, podemos
utilizar el fenómeno de doble ciego o no ver que no ve descrito por Ravazzola. La mujer que sufre
violencia muchas veces no puede reconocerla como tal, porque además de la minimización o
normalización cultural, no se da cuenta que no puede registrar su propio malestar, su sufrimiento,
una especie de anestesia emocional que es producto del daño causado por la misma violencia, un
mecanismo que permitiría la adaptación y sobrevivencia al abuso. Así, las víctimas tampoco suelen
ver el peligro al que pueden estar expuestas, ni sus capacidades para salir de la situación.
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Las formas de violencia que no utilizan la fuerza física pueden resultar aún más difíciles de
identificar. La violencia psicológica, las restricciones económicas impuestas a las mujeres por su
pareja, el control y restricción de las libertades personales, a través de la intimidación o la
manipulación, la exposición a actividades sexuales no deseadas y diferentes hechos que perjudican
a las mujeres, son algunos ejemplos.
Por otro lado, la dinámica de la relación abusiva presenta características que complejizan
el problema. Su naturaleza cíclica, que ha sido ampliamente descrita (E. Walker, 1979, en Martínez
, Walker y col., op. cit.), en la que se suceden reiteradamente fases de violencia y reconciliación o
“luna de miel”, agudiza la cualidad de la confusión y la ambivalencia en la relación, ambas
características que hacen más lento y/o bloquean cualquier proceso de cambio y recuperación.
Perrone y Nanini (1997), distinguen dos formas de violencia: la violencia agresión y la
violencia castigo. La violencia agresión, surgiría en relaciones de tipo simétrico y se caracteriza por
agresiones mutuas o cruzadas, en una escalada en la que cada uno tiene que restablecer su status
de poder y fuerza frente al otro, de manera que se puede observar una verdadera guerra entre los
miembros de la pareja, dinámica que se automantiene en la medida que cuando uno de los dos
“vence” al otro, la pareja queda en un desequilibrio intolerable que se restablece con una
alternancia en las posiciones.
La violencia castigo, es la que corresponde a las relaciones de abuso. Este tipo de violencia
se reproduce en un patrón de complementariedad rígida, organizado en función de la desigualdad,
por lo que este tipo de violencia es unidireccional y se da en un contexto privado, en el que uno de
los miembros de la pareja “se define como existencialmente superior al otro, y éste por lo general
lo acepta”. Quien ejerce la violencia, tiene la percepción de que su pareja se merece el castigo
pues comete faltas, o no logra cumplir con sus expectativas. La relación se define con una
diferencia de poder tan grande, que quien está en la posición disminuida no tiene más alternativas
que someterse al otro.
La etapa de reconciliación en este tipo de relaciones, pasa por la aceptación del castigo
por parte de la persona agredida y la compasión de quien ejerce la violencia por la doblegación de
su pareja, su dolor y humillación, y se entrelaza con la concepción generalmente compartida de
que “esto” no sería necesario si la persona castigada fuera como debe ser. (Perrone, Nanini, op.
cit.)
Consecuencias de la Violencia Intrafamiliar contra la Mujer
Las consecuencias y costos de la violencia intrafamiliar son de diversa índole e involucran
efectos tanto a corto, mediano y largo plazo, así como también, trasciende a la mujer que la sufre,
dañando también a sus hijas e hijos y a la sociedad en su conjunto.
La Violencia Intrafamiliar implica, al menos, tres efectos que la hacen particularmente
preocupante:
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Al ser relacional tiende a perpetuarse, ya que se hace parte de la organización familiar.
Al estar instalada en lo vínculos afectivos más íntimos sus consecuencias son más dañinas
para las personas involucradas.
Al ocurrir en un espacio que consideramos privado, la respuesta social ha sido dificultosa.
En relación a los tipos de costos y consecuencias, la violencia produce daños tanto en el
ámbito físico, biológico, como en el social, emocional y psicológico. Aparte del daño físico
constatado en los diversos tipos de lesiones, la violencia intrafamiliar genera como efectos
psicológicos, una baja autoestima, pérdida de confianza en sí misma y en los demás, aislamiento,
destrucción del yo, depresión, estrés postraumático, cuadros angustiosos y tendencia al suicidio.
Igualmente comunes, pero de largo plazo, son las perturbaciones del sueño y del apetito,
observándose también una relación entre abuso físico y tasas más elevadas de desórdenes
alimenticios, adicciones, comportamientos autodestructivos e intentos de suicidio. Otros costos a
mencionar corresponden al costo indirecto de las pérdidas de empleos y productividad, el valor
asignado al dolor y el sufrimiento humanos, el impacto en el bienestar de los hijos/as y las
consecuencias en los niños de la transmisión intergeneracional de los patrones violentos
relacionales.
Todo lo anterior, implica que la violencia contra la mujer impide que ella goce de sus derechos
humanos y libertades fundamentales, como los derechos a la vida y la seguridad personal, al más
alto nivel posible de salud física y mental, a la educación, al trabajo y a la vivienda, así como
también, a la participación en la vida pública.
Arón: 2002, Corsi: 1994, Larraín: 1994
Daño Psicosocial
La OMS en el año 1996 a través de la Asamblea General de la Salud aprueba la resolución
por la cual se considera a la Violencia Doméstica como uno de los principales problemas de Salud
Pública dado que sus víctimas padecen más problemas de salud, generan costos de atención
sanitaria significativamente más elevados y acuden con mayor frecuencia a los servicios
hospitalarios de urgencia que las personas que no sufren maltrato.
El impacto y daño emocional que la violencia deja en las víctimas se describe como una
“reacción inmediata de malestar que de no resolverse, las lleva a desarrollar patrones sintomáticos
crónicos y de larga duración, consistentes en diferentes trastornos emocionales tales como estrés
post traumático, depresión, problemas psicosomáticos y trastornos de ansiedad”.
Una investigación realizada en España en el año 2006 concluye que el 46% de las mujeres
víctimas de violencia que fueron entrevistadas describe el Síndrome de Stress Post Traumático
(porcentaje similar existente en víctimas de agresiones sexuales). A si mismo las victimas
estudiadas estaban afectadas por síntomas de ansiedad y depresión, lo que lleva a describir un
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perfil psicopatológico de tipo ansioso-depresivo caracterizado por la desesperanza, el abandono y
el aislamiento social, que redunda en una profunda inadaptación a la vida diaria y a una
interferencia grave en el funcionamiento cotidiano.
Respecto al aislamiento y al apoyo social, se puede señalar que éstos, son factores
decidores en el deterioro de la calidad de vida y en el riesgo al que se ven expuestas las mujeres,
dado que se constituye en un determinante social del inicio de la búsqueda de ayuda y por tanto
de la posibilidad de interrumpir las escaladas de agresión y/o los ciclos de violencia. En un estudio
realizado en Ciudad de México dirigido a conocer la percepción de mujeres víctimas de violencia
por parte de sus parejas masculinas, se concluye que uno de los factores determinantes en el nivel
de sufrimiento psicológico de las víctimas es el acceso a las redes sociales: las mujeres que
reportaron escaso apoyo social si bien vivían en pareja, manifestaban importantes grados de
soledad (que trasciende la presencia de la pareja dado que la familia tampoco es percibida como
un recurso social) y mayor presencia de violencia física.
Cabe mencionar que la vivencia de aislamiento no sólo puede entenderse como un efecto
o manifestación del daño emocional de las víctimas. Desde una mirada crítica especialmente
desde el concepto de género, el daño evidentemente se ve mediatizado por la capacidad del resto
de la sociedad de generar soportes que sean capaces no sólo de brindar una protección eficaz,
sino de reconocer la vivencia en cuanto experiencia traumática y deterioro progresivo de la calidad
de vida. A esto es necesario agregar la necesidad de desnaturalizar estas prácticas de
sometimiento, y transformar a la violencia en todas sus manifestaciones, como una práctica
intolerable dentro del espacio social como doméstico. Para ello, evidentemente el rol de las
instituciones y la respuesta del Estado son la piedra angular que define el nivel de daño, los niveles
de riesgo y las posibilidades de reparar de manera concreta el daño sufrido.
El trauma relacional de la violencia en la pareja.
En psiquiatría, el concepto de trauma se encuentra generalmente asociado al de evento
traumático, un acontecimiento de alta intensidad, que se encuentra fuera de las expectativas de
ocurrencia en la experiencia habitual de las personas, que implica una amenaza o daño severo a la
integridad física, psicológica o del entorno de quien lo sufre. Por la naturaleza del evento y por la
imposibilidad de la persona para responder a él con sus recursos de adaptación habituales, el
trauma produciría un colapso o quiebre en la estabilidad de la organización psíquica de la persona
que lo padece, generando la aparición de mecanismos de defensa y supervivencia para soportarlo
y restablecer algún equilibrio. (Laplanche, Pontalis, 1971; DSM-III R, en Sluzki, 1994)
Sin embargo, se introduce un importante cambio en la definición de trauma de la versión
más actualizada del DSM-IV, el DSM-IV-TR, el manual de clasificación de los desórdenes mentales
de la Asociación Americana de Psiquiatría. Las versiones anteriores enfatizaban la idea del trauma
como un evento fuera de la experiencia normal, pero numerosos estudios sugieren que los
desencadenantes típicos del síndrome de estrés post-traumático, son eventos relativamente
comunes, de manera que esta versión más reciente pone el acento en la naturaleza amenazante y
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provocadora de miedo del trauma. Junto con esto, cabe señalar que el DSM-IV-TR incluye dentro
de las experiencias traumáticas el vivenciar sistemáticamente abuso físico o sexual. (Kaplan, 2005).
Por otro lado, Frankel (2002) sugiere que algunos eventos habitualmente no considerados
constitutivos de trauma, pueden ser vivenciados como traumáticos. Este sería el caso del
abandono emocional, el aislamiento y el encontrarse en una relación de sometimiento.
En la idea del trauma acumulado planteado por Khan, encontramos una visión que va más
allá del evento traumático, y enfatiza, más que la magnitud del evento, la cualidad sistemática de
la falla en una relación significativa. Es decir, sería la recurrencia, la cronicidad de esta falla, lo que
va generando el trauma, en un proceso que puede extenderse por años.
Así, en las relaciones de violencia en la pareja, no sería sólo la severidad de los episodios
de violencia lo que los vuelve traumáticos, sino que la sistematicidad del abuso en la historia de la
relación. En este proceso se van instalando algunos de los sentimientos que caracterizan a las
mujeres que sufren violencia en la pareja: la desesperanza, la indefensión y lo que más adelante
observamos como identificación con el agresor.
Frente al trauma las personas tienen a responder de diversas maneras, una de ellas es el
desorden de estrés post-traumático, el cual se caracteriza por una respuesta tardía a un evento o
situación traumática (de corta o larga duración), cuyos principales síntomas serían: repetida
vivencia del trauma en recuerdos intrusivos (flashbacks), o sueños, en un fondo de anestesia
emocional, falta de respuesta, anhedonia, evitación de actividades y situaciones que recuerden el
trauma, hipervigilancia, insomnio, ansiedad, depresión, ideación suicida, abuso de alcohol y
drogas. Este cuadro es frecuentemente descrito en mujeres que han sufrido violencia en la pareja.
Junto con el estrés post traumático, nos encontramos con la presencia de cambios
constantes de personalidad después de una experiencia catastrófica (campos de concentración,
tortura, desastres, exposición prolongada a circunstancias que amenazan la vida). Este cambio
puede ser visto como una secuela crónica e irreversible de un desorden por estrés y se puede
reconocer en algunas mujeres que han sufrido abuso por parte de sus parejas durante años y que
se caracteriza por el retraimiento, la desconexión emocional, la falta de palabras (simbolización)
para describir lo que le ocurre, el aislamiento social y emocional, la desconfianza y una marcada
actitud de indefensión.
Otra forma característica de responder frente al trauma es que cuando las personas
enfrentan una amenaza, como una forma de supervivencia se identifican con el agresor,
convirtiéndose en lo que éste espera que sea. Este tipo de respuesta se conoce con el concepto de
identificación con el agresor de Ferenczi.
En la identificación con el agresor, la víctima se someterá a su agresor, olvidándose de si
misma, intentando adivinar los deseos del agresor, leer su mente y anticipar su voluntad para
gratificarlo, para convertirse en lo que él espera. Este proceso que termina con la sumisión de la
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víctima, es una respuesta para sobrevivir del mejor modo posible a la amenaza, e implica la
disociación de los propios sentimientos y percepciones.
La disociación, o expulsión de la conciencia de las percepciones y sentimientos que
resultan intolerables, deja un espacio para conocer, acomodarse y hacer propios los sentimientos
del agresor, incluida la culpa, por lo que la víctima se siente culpable, causante de la agresión,
siente que hay algo malo en ella. La identificación con el agresor implica que la víctima sienta lo
que su agresor quiere que sienta.
Existiría una relación recíproca y complementaria entre identificación con el agresor,
disociación e introyección. Estos tres mecanismos operarían como una unidad en la respuesta al
trauma. La disociación permitiría “vaciar la mente” para “sentir lo que se debe” y por lo tanto lo
que le “salvará” del peligro. Recíprocamente, el identificarse con el agresor, saber lo que siente,
piensa y espera, guiará el proceso de disociación, que es lo que debe quedar fuera de la
experiencia.
La introyección por su parte tendría dos funciones, por un lado guardar los aspectos
buenos del otro, lo que hace más tolerable permanecer en la relación, y por otro lado, al
introyectar los aspectos abusivos y amenazantes, tener una sensación de mayor control sobre
ellos al encontrarse adentro de la propia mente.
Por otra parte, muchas de estas mujeres, sienten vergüenza por la agresión recibida,
comienzan a pensar que algo está mal, comienzan a desvalorizarse personalmente, y con esta
identidad dañada, tienden a internalizar la culpa e identificarse con el agresor.
Estar en relaciones de desigualdad, debilidad o desamparo lleva a asumir la estrategia de
identificación con el agresor como una forma de enfrentar a los otros, percibidos como más
fuertes, y por lo tanto, como una amenaza. La identificación con el agresor puede convertirse
entonces, en una respuesta aprendida y generalizada en la vida, actuando como respuesta
traumática continuada.
Los estudios muestran consistentemente que las personas traumatizadas son más
vulnerables a vivir nuevas victimizaciones.
La revictimización nos parece especialmente relevante en el trauma relacional de la
violencia en la pareja, pues nos ayuda a entender mejor dos fenómenos: la dificultad de las
mujeres que sufren abusos para terminar estas relaciones, tendencia a permanecer y volver con
sus parejas a pesar de la violencia, y, por otro lado, la recurrencia con que estas mujeres
establecen nuevas relaciones en las que nuevamente sufren abusos.
Las relaciones con la depresión han sido ampliamente estudiadas, amplias investigaciones
en Estados Unidos han encontrado que la prevalencia de depresión en mujeres que sufren
violencia en la pareja es de un 47, 6%, otros estudios arrojan una prevalencia que va entre el 38 y
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83%. Hay estudios que muestran significativos rangos en suicidio, conductas autodestructivas y
desorden de estrés post-traumático.
Si bien hay evidencias de que muchas mujeres recuperan su salud mental al terminar la
relación abusiva, muchas mujeres también presentan efectos de más largo plazo. Se puede
establecer una relación causal entre violencia doméstica y sus efectos destructivos en la salud
mental de las mujeres, al punto que estos efectos pueden ser considerados “síntomas del abuso”,
es decir lo primario sería la violencia.
Impactos de la violencia y los efectos en la salud mental:
Como se especificó anteriormente, una mujer víctima de violencia intrafamiliar suele
sentir constantemente miedo e impotencia, que la inmoviliza, la paralización, desorienta, y la deja
en una posición de perplejidad y vulnerabilidad. Esta sensación de indefensión, que se forma al
sentir desamparo, y miedo al peligro, facilita en la mujer la dependencia y la necesidad de
apegarse a otro, incluso el agresor.
Estas mujeres experimentan una ambivalencia emocional, ya que coexisten sentimientos o
tendencias opuestas, el querer y no querer estar con el otro, querer y no querer terminar una
relación. Esta es una de las cualidades más características de las mujeres que viven violencia en la
pareja. Tiene que ver con la naturaleza cíclica de la relación y el ciclo de la esperanzadesesperanza, con el apego hacia la pareja, con la complejidad de estar en una relación afectiva,
significativa que se supone amorosa, al mismo tiempo que le causa daños.
En relación a los aspectos de la subjetividad de la mujer maltratada que contribuyen a
perpetuar el problema hay dos vías: una es la personalidad de la mujer construida sobre el
estereotipo femenino, en el que la identidad se fundamenta en el cuidado de otros y la familia,
asumiendo como propios estos objetivos impuestos, de manera que el fracaso de estos es vivido
con culpa, como un fracaso personal. Por otro lado, las secuelas para la salud física y mental,
limitan las capacidades de la mujer: ansiedad y miedo generalizado, indefensión y paralización, y la
estrategia de supervivencia en que la mujer se adhiere a los deseos del agresor, identificándose
con él, justificándolo, vaciando su ser individual.
El efecto devastador de la violencia familiar, deriva de la combinación de dos factores: la
violencia proviene de quien precisamente esperamos nos proteja, nos cuide y; esta
transformación del carácter protector en violento ocurre en un contexto y un discurso que niega o
justifica esta transformación. De manera que, la víctima queda sin posibilidad de asignar
significados de violentos a los comportamientos de su agresor y pierde su capacidad de consentir
o disentir.
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Lo devastador y traumático está dado también, por la redefinición de la violencia: “lo
hago por tu bien, tú me obligas a hacerlo, esto te gusta, lo hago porque te lo mereces”.
Se suele producir una situación de doble vínculo en la relación de violencia, en forma
reiterada hay dos mensajes simultáneos, uno de los cuales niega al otro, y la víctima queda
imposibilitada de develar la contradicción o salir del campo o contexto en que esto ocurre.
También es posible decir que la víctima de violencia es negada como persona o como legítimo
otro, pues la definición de lo real, la verdad o lo correcto, es realizada unilateralmente, negando
incluso la experiencia personal del otro (víctima).
Se plantea un modelo para describir los efectos de la violencia, según la combinación de
dos variables: el nivel de amenaza percibida (leve, mediana o alta) y la frecuencia de la violencia
(hecho aislado o reiteradamente). Las combinaciones posibles darían distintos tipos de situaciones
de violencia con distintos efectos.
En el caso de situaciones de violencia menores, pero inesperadas, aisladas, éstas generan
una respuesta de disonancia cognitiva ¿qué es esto?, son desestabilizadoras e inquietantes,
contrastan con la experiencia habitual de la persona.
Las situaciones de violencia aisladas pero de una mayor amenaza, predisponen a una
respuesta del tipo ataque o huida, como una forma de adaptación o defensa ante la situación. Y
las situaciones abruptas percibidas como amenazas extremas, producen un colapso en todos los
modos de respuesta del individuo, generando paralización, con desorientación, desconexión de su
cuerpo y otras áreas de su ser y realidad. Puede además dejar como efecto posterior un síndrome
de estrés post-traumático.
La necesidad de dar sentido y la imposibilidad de organizar de manera razonable una
experiencia extrema de violencia, llevan a la víctima a intentar obtener cierto grado de control
sobre la experiencia, a expensas de asumir en esta la culpa por su propia victimización. A su vez, el
victimario culpa a la víctima. El revivir en forma indefinida el evento, con un tono auto culposo,
transforma muchos eventos aislados en experiencias reiteradas para la víctima.
Las situaciones de violencia leve pero repetitivas corresponderían a la socialización
cotidiana en nuestra cultura (discriminación, mensajes de dominio – sumisión, etc.)Las
experiencias de violencia reiteradas de una intensidad de amenaza mayor, tales como las vividas
en cualquier tipo de sistema opresivo generarían el fenómeno de lavado de cerebro, en que los
valores del opresor son incorporados por la víctima sin cuestionamiento y con autocensura de
cualquier crítica (identificación con el agresor). Se presentan en este caso las distorsiones
cognitivas que permiten acomodarse al sistema abusivo, tales como la negación, la minimización o
normalización (“así es la vida”).
Por último, en el caso de experiencias de violencia extremas y repetitivas (parejas con
violencia grave y crónica), el efecto es de embotamiento o entumecimiento psíquico, las víctimas
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se someten a su agresor a través de procesos de desconexión de sus emociones (disociación) y de
identificación con el agresor, justificándolo y anticipándose a sus deseos. Esta es la estrategia de
supervivencia ante experiencias intensas y sostenidas de violencia.
La respuesta al trauma por violencia tiende a oscilar entre reexperienciar y negar el
trauma, es decir entre los recuerdos intrusivos, la hiperreactividad y el embotamiento, aislamiento
y empobrecimiento emocional.
Otros factores que incidirán en los efectos de la traumatización por violencia serían: la
posibilidad de comunicarse con otras víctimas, la desesperanza, la degradación que acompaña la
violencia, la impredictibilidad de la experiencia, el umbral de reactividad fisiológica (que varía de
sujeto en sujeto), las características psicológicas de la víctima (como fortalezas yoicas), y las
características protectoras de las redes primarias y secundarias.
Femicidio
El Femicidio se define en doctrina como “el asesinato de la mujer por el sólo hecho de
serlo” (Rico: 1996, Russell 1976). De esta manera, en el continuo de la violencia de género, que se
manifiesta en violaciones, torturas, mutilaciones, esclavitud sexual, incesto y abuso sexual de
niñas dentro y fuera de la familia, y en maltrato físico y emocional y acoso sexual, que termine con
la muerte de la niña o mujer, constituye femicidio.
Este concepto fue acuñado, por primera vez, por las estadounidenses Diana Russell al
testimoniar ante el Tribunal Internacional sobre Crímenes contra las Mujeres, en Bruselas en 1976,
y por Jill Redford en su libro “Femicide: The Politics Of Woman Killing” (1992). Las acciones para
diferenciar y conceptualizar el Femicidio, constituyen un paso significativo en la comprensión del
fenómeno, en tanto lo sitúa en el espacio relacional donde son cometidos estos crímenes, lo que
da cuenta de un continuo de violencia hacia la mujer develando, al mismo tiempo, el conjunto de
prácticas y representaciones simbólicas que están a la base y que sostienen, por un lado, la
inferioridad de las mujeres y, por el otro, el contexto social que lo permite. En este sentido, el
femicidio opera como forma de dominación, poder y control hacia ellas, representando la
culminación de una situación caracterizada por la violación reiterada y sistemática de los derechos
humanos y, específicamente, los derechos de la mujer (Rico: 1996a, 2004b).
Esta forma máxima de violencia contra las mujeres ha cobrado intensidad en diferentes
países, incluido el nuestro, tanto en el aumento de las cifras, como en las exigencias de las
organizaciones de mujeres y derechos humanos, para que el Estado enfrente de manera decidida
este flagelo. Con gran orgullo podemos decir que la Ley de Femicidio que reconoce este delito en
nuestro ordenamiento Jurídico ya es una realidad en Chile promulgada el 13 de diciembre de
2010.
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Desde la perspectiva de género, la violencia hacia la mujer opera como mecanismo social
que perpetúa la interiorización y subordinación de las mujeres por lo que, el femicidio, constituye
una forma de dominación y control hacia todas las mujeres en tanto género, siendo la expresión
más extrema de la violencia de género. Las investigaciones sobre femicidio realizadas en
diferentes países establecen que es en el ámbito privado, en el espacio de las relaciones íntimas,
donde ocurren con mayor frecuencia estos crímenes. El Informe Mundial sobre Violencia y Salud
de la OMS (2002), da cuenta que entre el 50% y el 70% de los asesinatos de mujeres son
cometidos por sus parejas actuales o pasajeras, mientras que sólo el 5% de asesinatos de hombres
se debe a ataques de sus parejas.
El femicidio puede existir en condiciones de paz y de guerra, de democracia o
autoritarismo, en países desarrollados y sub-desarrollados, puede ser cometido por conocidos –
maridos, convivientes, novios, familiares, amigos- o desconocidos –violadores, asesinos, grupos
criminales- sin embargo, todos tienen en común que el origen de asesinato se basa en las
relaciones desiguales de poder entre los hombres y las mujeres. (Rico: 1996a, 2004b).
Estos crímenes se presentan, además, tanto como la culminación de episodios de violencia
sostenidos por años al interior de una relación de pareja, como producto de un solo episodio de
violencia donde el hombre asesine a la mujer. Algunos predictores de femicidio, el control y
vigilancia obsesiva, los actos de dominación y la brutalidad sobre la mujer, el momento de ruptura
de la relación. En países como EE.UU, Australia y Canadá las mujeres separadas son asesinadas por
su marido con mayor frecuencia que aquellas que permanecen viviendo con el marido (Daly,
1998).
Tipos de Femicidio
El femicidio se categoriza de acuerdo a la relación de la mujer asesinada (víctima) con el
femicida (victimario) y permiten identificar y comprender con mayor rigurosidad el fenómeno. Las
categorías de Femicidio son las siguientes:
Femicidio Intimo: Comprende los asesinatos cometidos por hombres con quién la víctima
tenía o tuvo una relación íntima, ya sea familiar, de convivencia, relación amorosa u otras
afines. Este tipo de femicidio es el más frecuente y como delito se categoriza como
homicidio, parricidio e infanticidio.
Femicidio no Intimo: Son los asesinatos cometidos por hombres donde la víctima nunca
tuvo alguna relación o vínculo con el femicida. Estos casos involucran frecuentemente
ataques sexuales y comprende crímenes que incluyen la violación, los asesinatos sexuales,
asesinatos seriales, entre otros.
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Femicidio por Conexión: Se refiere a las mujeres que fueron asesinadas al defender a una
mujer que está siendo atacada por un hombre. Es el caso de mujeres y/o niñas que
trataron de intervenir o fueron atrapadas en la acción del femicida.
Actualmente, la realidad de las cifras chilenas conocidas indica que durante el año 2010 se
cometieron 49 femicidios íntimos.
En los delitos sexuales contra la mujer:
Se elimina la exigencia de que la víctima deba oponer “resistencia” en una violación,
sustituyéndola por la sola oposición.
Se agravan los delitos sexuales cuando son cometidos por dos o más personas: se puede
aumentar la pena a los autores.
Se autoriza a prescindir de la autorización del progenitor condenado por delitos sexuales
para que un menor salga del país.
En los delitos patrimoniales:
Actualmente el art. 489 exime de responsabilidad penal, sujetando solamente a
responsabilidad civil a los hurtos, defraudaciones y daños que se causen entre cónyuges.
Con la modificación, serán responsables criminal y civilmente los cónyuges que entre
ellos puedan cometerse delitos de daños sobre la propiedad del otro, arriesgando penas
de reclusión menor y multas en UTM que variarán dependiendo del valor de la
propiedad.
Respecto de la Ley 20066 de VIF:
Se limita posibilidad de aplicar atenuante de irreprochable conducta anterior cuando hay
anotaciones previas por VIF. Hoy, para calificar la irreprochable conducta anterior y
aplicar una pena menor al autor de un delito, no se consideran sus anotaciones por causas
VIF.
Se amplían presunciones de riesgo en las que el tribunal debe otorgar protección a la
víctima, incorporando la negativa violenta a aceptar el término de una relación de pareja
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Se incorpora como medida accesoria a la sentencia la obligación de presentarse
regularmente a una unidad policial. Se amplían a dos años la vigencia máxima de estas
medidas sentencia.
Se encarga al tribunal de familia adoptar las medidas de protección necesarias previas
para la víctima de violencia intrafamiliar (medidas cautelares) antes de remitir una causa al
Ministerio Público y ante una contienda de competencia (situación en la que no se sabe
cuál tribunal es el competente para conocer de la causa).
Se modifica el artículo 390 del Código Penal:
-
-
Se incorporan al delito de parricidio y por tanto su pena (15 a 40 años) los ex
convivientes y ex cónyuges, “El que conociendo de las relaciones que los ligan, mate a su
padre, madre o hijo, a cualquier otro de sus ascendientes o descendientes o a su cónyuge
o conviviente “ Esto implica que en adelante los ex tendrán la misma pena que el
parricidio, y al igual que cónyuges y convivientes actuales, esto es, la pena de 15 años a 40
años de perpetuo.
Además, existirá un reconocimiento al femicidio, ya que se agrega un nuevo inciso a este
mismo artículo que indica “Si la víctima del delito descrito en el inciso precedente es o ha
sido la cónyuge o conviviente de su autor, el delito tendrá el nombre de femicidio”
Desde los objetivos de estas Orientaciones Técnicas, nos enfocaremos en el Femicidio Íntimo,
al ser éste el de mayor frecuencia en relación a las características de riesgo de las mujeres sujeto
de atención de las casas de acogida.
SISTEMA DE PROTECCIÓN
La Protección y la Importancia de lo Intersectorial
El fenómeno de la Violencia Intrafamiliar y el Femicidio como su consecuencia máxima, se
han transformado, por su implicancia, en fenómenos de preocupación pública, creándose en
diversos países como Estados Unidos, países europeos y países latinoamericanos como México,
Argentina, Brasil, Costa Rica y Chile, programas y políticas para la erradicación de la violencia.
Iniciativas tales como la tipificación de la violencia intrafamiliar como un delito, lo que
conlleva sanciones más drásticas para los imputados, medidas de protección como son los
números de emergencia, los botones de pánico y las medidas cautelares, han logrado una relativa
visibilidad del problema y un cierto grado de empoderamiento de la mujer. Sin embargo, las cifras
siguen siendo preocupantes por lo que es de urgencia crear sistemas de protección para las
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mujeres víctimas de violencia intrafamiliar y, específicamente para las mujeres en riesgo grave o
vital.
La violencia contra la mujer como problema social multicausado, implica que la
erradicación de ella es responsabilidad de todos los agentes sociales, tanto públicos como
privados. De esta forma, las acciones dirigidas a lograr la real protección de las mujeres deben
hacerse en forma articulada y coordinada en red, donde cada uno de los actores contribuya con
una parte de las tareas desde su ámbito específico de competencia.
Además, el énfasis en la protección de las víctimas de violencia en riesgo grave o vital, no
significa dejar de lado los otros niveles de intervención en especial, la prevención primaria, acción
mediante la cual abordaremos la causalidad del problema de manera de disminuir su prevalencia e
incidencia, especialmente, si la intervención se dirige hacia los jóvenes. Al mismo tiempo, un
sistema de protección integral, implica el desarrollo de acciones tanto a nivel secundario como
terciario, que dirigidas a la recuperación de las consecuencias de violencia en las víctimas.
Cuando hablamos de un sistema de protección, estamos diciendo que se puede brindar
una real protección a las mujeres víctima de violencia de parte de su pareja o ex pareja. Esta
protección tiene relación con una actuación integral y coordinada que unifique tanto las medidas
cautelares penales sobre el agresor, incluyendo aquellas destinadas a impedir la realización de
nuevos actos de violencia, así como las medidas de protección, civiles y/o sociales orientadas a
otorgar una respuesta efectiva a su condición de extrema vulnerabilidad. Esta última involucra
tanto el tratamiento reparatorio como la generación de condiciones que le permitan salir de la
situación de violencia.
La articulación de todas las instituciones es fundamental para que el sistema de
protección funcione oportunamente, y con agilidad. De la rapidez con que se comuniquen los
organismos que intervienen, de la adecuación de las medidas a los riesgos a que está expuesta la
víctima, de las coordinaciones que se establezcan, así como, el resguardo de las pruebas y, un
seguimiento permanente, depende la seguridad de las mujeres y la de sus hijos e hijas.
Desde este enfoque, la acción de los jueces y tribunales es clave para el logro de la
protección. Así como también lo es la acción de los órganos policiales y de los órganos auxiliares,
como el Instituto Médico Legal, a la que se suma hoy la de los médicos del sector salud, la cual
pasa a ser determinante en la configuración de las pruebas, del delito en cuestión.
Igualmente indispensable es contar con programas de atención para mujeres que viven
violencia grave, y es en este punto donde se insertan las Casas de Acogida y los Centros de la
Mujer del SERNAM. En este sentido, la recuperación de las consecuencias de la violencia no es
posible concebirla si ésta no se ha detenido y la víctima no está a salvo. Por lo tanto, la reparación
requiere de un sistema que garantice la seguridad y la protección de las mujeres y sus hijos e hijas.
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De esta forma, la atención a mujeres que se encuentra sufriendo violencia grave, cumplirá una
triple función: por una parte, detendrá la violencia y protegerá a la mujer y su familia, en segundo
lugar, contribuirá al proceso de reparar los efectos que la violencia ha provocado en ellas y, por
último, les facilitará la adquisición de herramientas para comenzar un nuevo proyecto de vida,
desde una perspectiva de competencias y recursos, donde un elemento central es el desarrollo del
empoderamiento desde la propia mujer.
Desde la visión de un Sistema de Protección, que basa su éxito en el hecho de la
coordinación intersectorial, de manera que la protección se asuma debidamente por todos los
organismos implicados, la implementación de las casas de acogida, no se convierte en la única
estrategia para resolver la situación de riesgo de las mujeres, o en la solución absoluta al problema
de protección y reparación, sino que constituye un recurso adicional del sistema de protección
integral que debe tener y perfeccionar el país.
Ley sobre Violencia Intrafamiliar
La reformulación de la primera ley sobre violencia intrafamiliar Nº 19.325 (1994) en
Chile, constituye uno de los elementos centrales de las políticas de erradicación de la violencia
contra la mujer.
De esta forma, la actual Ley Nº 20.066, promulgada en octubre de 2005, establece las
normas sobre procedimientos y sanciones relativas a los actos de violencia y define que es deber
del Estado adoptar las medidas conducentes para garantizar la vida, integridad personal y
seguridad de los miembros de la familia.
En el artículo 1°, esta ley señala que “tiene por objeto prevenir, sancionar y erradicar la
violencia intrafamiliar y otorgar protección a las víctimas de la misma”, y define la violencia
intrafamiliar, en el artículo 4, como “todo maltrato que afecte la vida o la integridad física o
psíquica de quien tenga o haya tenido la calidad de cónyuge del ofensor o una relación de
convivencia con él; o sea pariente por consanguinidad o por afinidad en toda la línea recta o en la
colateral hasta el tercer grado inclusive, del ofensor o de su cónyuge o de su actual conviviente.
También, habrá violencia intrafamiliar cuando la conducta referida (….) ocurra entre los padres de
un hijo común, o recaiga sobre persona menor de edad o discapacitada que se encuentre bajo el
cuidado o dependencia de cualquiera de los integrantes del grupo familiar”.
Además, la ley señala las funciones y obligaciones del Servicio Nacional de la Mujer,
respecto a al problema de la Violencia Intrafamiliar. De esta forma, queda establecido que el
SERNAM, debe proponer al Presidente de la República las políticas públicas para el cumplimiento
de los objetivos de esta ley y formular, anualmente, en coordinación y colaboración con los
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organismos públicos y privados pertinentes un plan nacional de acción. Las funciones del SERNAM,
de acuerdo a la ley, corresponden a:
Impulsar, coordinar y evaluar las políticas gubernamentales en contra de la violencia
intrafamiliar
Recomendar la adopción de medidas legales, reglamentarias o de otra naturaleza para
prevenir, sancionar y erradicar la violencia intrafamiliar
Prestar asistencia técnica a los organismos que intervengan en la aplicación de esta ley
que así lo requieran
Promover la contribución de los medios de comunicación para erradicar la violencia contra
la mujer y realzar el respeto a su dignidad.
La ley, en su artículo 20, también faculta al SERNAM a representar judicialmente a las mujeres
víctimas de delitos constitutivos de violencia intrafamiliar que acepten expresamente dicho
patrocinio. En virtud de esta disposición SERNAM ha asumido de manera creciente el seguimiento
y/o patrocinio de las causas que involucran a usuarias de los Centros de la Mujer y de las Casa de
Acogida.
También, la ley establece para la competencia de los Tribunales que los actos que no
constituyan delito, serán atendidos en los tribunales de familia.
Un avance importante en esta nueva legislación la constituye el “delito de maltrato habitual”
definido en su art. 14, que refiere al ejercicio habitual de violencia física o psíquica respecto de las
personas comprendidas en esta ley como posibles víctimas, dicha habitualidad se aprecia
atendiendo al “número de actos ejecutados, así como, a la proximidad temporal de los mismos,
con independencia de que dicha violencia se haya ejercido sobre la misma o diferente víctima”. En
estos casos se deberá requerir el inicio de una investigación penal al Ministerio Público y será de
competencia de los Tribunales Penales. Ambos tribunales tanto Penales como de Familia, deberán
asumir la protección de las víctimas, mediante medidas cautelares y accesorias, estableciendo la
situación de riesgo de las víctimas.
Un aspecto de la Ley 20.066 que es evaluado de manera especialmente positiva por parte de
los operadores del sistema, es el de la aplicación de las medidas cautelares. De manera creciente
tanto el Ministerio Público como los Tribunales de Familia han ido asumiendo la necesidad de
decretar dichas medidas y de controlar su efectivo cumplimiento.
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Con la definición de la violencia intrafamiliar como delito y la entrada en vigencia de la
Reforma Procesal Penal, el cumplimiento al mandato de protección a las víctimas, sitúa esta
función en el Ministerio Público, el que debe investigar los delitos y ejercer la acción penal pública.
Al mismo, tiempo, serán los fiscales de este Ministerio, los que evalúen los factores de riesgo de
un nuevo acto de violencia que la mujer pudiera ser víctima. En este punto y con la entrada en
vigencia de la nueva Ley de Femicidio se encarga al tribunal de familia adoptar las medidas de
protección necesarias previas para la víctima de violencia intrafamiliar (medidas cautelares) antes
de remitir una causa al Ministerio Público y ante una contienda de competencia (situación en la
que no se sabe cuál tribunal es el competente para conocer de la causa).
Evaluación de Riesgo
La evaluación de riesgo, constituye un desafío esencial para los operadores sociales que
conforman el sistema de protección, pues de ella dependerá la derivación de las mujeres a las
Casas de Acogida de este sistema.
Este tipo de evaluación, en el caso específico de la violencia intrafamiliar contra la mujer,
comprende la evaluación de todos aquellos factores del comportamiento del agresor que operan
sobre las víctimas y las variables del estado físico y emocional en el que se encuentra la mujer,
junto a la evaluación de la existencia y calidad de sus redes primarias. En este sentido, es urgente
la evaluación del grado de aislamiento, la gravedad de las lesiones físicas y las alteraciones
psicológicas que aparecen en la víctima, producto de la vivencia de estrés postraumático que se
produce como consecuencias de la situación de violencia y abuso reiterado del que ha sido objeto.
A esto debe sumarse, la experiencia de instalación y mantenimiento del miedo y la vergüenza que
limitan seriamente la conducta de la mujer que sufre violencia intrafamiliar, lo cual contribuye al
silenciamiento y ocultamiento de los hechos. Por último, otro factor que disminuye las
posibilidades de protección, es la escasa respuesta frente a este delito por parte de diferentes
actores.
La evaluación de Riesgo grave o vital en mujeres víctimas de Violencia Intrafamiliar abarca, por
un lado las manifestaciones específicas de violencia y amenazas desde el agresor hacia la víctima,
que constituyen por su sola presencia indicadores de este tipo de riesgo.
Por otra parte, existen indicadores relativos a la situación y características del agresor que nos
remiten a la presencia de un riesgo de esta magnitud. En el sistema de protección implementado
por SERNAM, esta evaluación la hace el Ministerio Público a través de los Fiscales a cargo del caso
específico. A partir de 2011 y gracias a la coordinación de SERNAM con Tribunales de Familia se
está elaborando una pauta consensuada de evaluación de riesgo para que los Tribunales de
Familia deriven directamente a las Casas Mujeres en riesgo grave y/o vital. Luego de determinar el
nivel de riesgo, la mujer puede ser derivada a la casa de acogida.
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Aspectos a considerar en la evaluación del riesgo:
Historia de Violencia
Violación previa de medidas cautelares
Manifestaciones específicas de violencia (agresiones físicas, sexuales, amenazas)
Abuso de alcohol y drogas
Ideación o intentos de suicidio
Síntomas psicóticos
Trastornos de la impulsividad
Uso de armas, acceso a armas o amenazas de muerte
Aumento de la frecuencia de la violencia
Minimización o negación de la violencia
Considerando los diferentes factores indicadores de riesgo grave o vital para las víctimas de
violencia intrafamiliar, es posible establecer el grado de vulnerabilidad de las mujeres. Hay que
destacar que además, debe considerarse la dimensión de género en estos casos es un factor de
riesgo en sí mismo, como se ha desarrollado previamente desde la violencia de género y el
Femicidio, en tanto, el riesgo de las víctimas de ser asesinadas por sus parejas o ex parejas,
aumenta por el sólo hecho de ser mujer.
Especialmente en los casos donde se evalúa riesgo grave o vital de las mujeres, el Sistema
de Protección generado y coordinado por el Servicio Nacional de la Mujer, debe entregar una
respuesta eficaz que permita detener la situación de violencia y ofrecer un espacio temporal de
apoyo Psicosocial y cuidado a las mujeres y sus hijas e hijos menores. Este espacio es el de las
Casas de Acogida.
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Retractación
En las cifras denunciadas de violencia conyugal de parte de hombres hacia mujeres, nos
encontramos frente a un gran número de casos, donde la víctima se retracta; es decir: “modifica
los dichos entregados en su primera declaración, ya sea negando su versión original o cambiando
la figura del agresor durante el transcurso del proceso, manteniendo este nuevo relato” (Escaff et.
All, 2003, pág. 4). En este cambio de discurso, o negación de los hechos, la víctima tiende a
culparse a ella misma de las agresiones, a minimizar la agresión o a culpar a los carabineros por
exagerar la descripción del hecho. Y como consecuencia de esta nueva declaración, la mayoría de
las veces, las víctimas señalan no querer continuar con la causa, ni continuar en la Casa de
Acogida, dado que no perciben el riesgo.
Por lo que, para que haya retractación es necesario que la victima haya testificado haber
recibido amenazas o agresiones por parte de su conviviente o cónyuge, para luego, en una
segunda instancia, negar o modificar la ocurrencia de los hechos.
Este fenómeno se encuentra principalmente presente en la Violencia Intrafamiliar, ya que
son diversos los factores que se ponen en juego. Si bien nos encontramos frente a una relación de
abuso de poder, una relación en que la agresión tanto verbal como física parece ser una vía para
resolver conflictos y en que se desconoce la dignidad del otro, como sujeto de derechos y de
respeto. Paralelamente, existen entre ellos interacciones afectuosas, donde el amor coexiste con
la violencia, aunque generalmente es un tipo de amor dependiente, posesivo y basado en la
inseguridad. Otras veces puede haber una interacción erótica y de complicidad entre la pareja.
La mujeres pueden tardar muchos años en reconocer la violencia, muchas veces cuando la
agresión aumenta de manera notable en la escalada de violencia, o la agresión alcanza a un
tercero, menor de edad de la familia directa, la mujer denuncia el hecho, posiblemente porque
teme por su vida o por la de sus hijos, porque está cansada de las agresiones y quiere un cambio, o
tal vez porque no quiere que los menores se eduquen en un contexto de violencia, o quiere darle
una lección a su pareja.
Sin embargo, por otro lado, la víctima tampoco quiere que sus hijos crezcan con un padre
ausente, y peor aún, en la cárcel, depende económicamente de él, por lo que suelen considerar
que su supervivencia y la de los menores pasa por mantener la relación con el agresor. También, al
mantener un vínculo erótico afectivo, la víctima no quiere hacerle daño.
Paralelamente, el agresor cambia sus conductas por un tiempo, promete no volver a
cometer alguna agresión, pide perdón y se muestra arrepentido, con deseos e iniciativa propia de
cambiar (círculo de la Violencia). La mujer, al observar esta nueva forma de relacionarse, en que
vuelve a sentirse respetada y querida, alcanzando una cierta reconciliación, la víctima termina
confiando en las promesas del agresor, levantando la denuncia, con la esperanza del cambio y
probablemente para evitar complicaciones futuras. Puede levantar también la denuncia por recibir
amenazas por parte del agresor. Dado que la conducta violenta es aprendida de modelos
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familiares y sociales que acuden a ella como un recurso válido y hasta necesario para resolver
conflictos, la víctima cree la posibilidad y la esperanza del cambio. Por otro lado, una mujer víctima
de maltrato conyugal, experimenta sentimientos de culpa y vergüenza por lo que le ha ocurrido,
por lo que muchas veces le impide tanto pedir ayuda como mantener la denuncia. Al mantener la
denuncia, implica en cierta medida, aceptar y enfrentar la situación en la que se encuentra.
Existen algunas variables que se pueden relacionar con el fenómeno de la retractación,
específicamente en contextos de violencia conyugal, sin embargo ninguna de ella es concluyente
ni necesaria. A continuación se expondrán algunas variables relacionadas:
1. Dependencia Económica importante: gran parte de las víctimas que se retractan, se
encuentran en una situación de vulnerabilidad económica, cesante o con muy bajos ingresos y
recursos (trabajos esporádicos y/o Homeless), por lo que la supervivencia tanto de ella como de
sus hijos necesita al agresor, quien les brinda vivienda, alimento y apoyo económico.
2. Dependencia Emocional o Ambivalencia Emocional: en la medida que la víctima mantenga
un vínculo erótico y/o afectivo con el imputado, aumentan las posibilidades de retractación.
3. Privación de libertad del agresor: La mayoría de las víctimas tienen como fantasía que la
pena que tendrá que pagar el agresor si se sentencia culpable es una condena carcelaria, sin
embargo, existen distintos términos posibles a partir de una denuncia de VIF. Este
desconocimiento de los otros tipos de términos facilita que la víctima se retracte con el fin de
evitar tanto la privación de libertad del imputado como dejar registro de condena en sus
antecedentes.
4. Represalias: El miedo a las represalias en las víctimas de VIF es muy común, dado que la
mayoría de las veces, el imputado para persuadir a la víctima en que levante la denuncia la
amenaza de futuras agresiones por parte de él o por parte de algún familiar. Por lo que la víctima,
para evitar aumentar el conflicto o una nueva agresión prefiere levantar la denuncia y llegar a un
acuerdo de palabra.
5. Victimización Secundaria: en la medida que la víctima sienta que tiene que asistir a muchas
audiencias ya que éstas se aplazaron, sin motivo alguna para ella, o en que se sienta poco
entendida en la fiscalía, o desconfíe de la eficacia del sistema, o sienta que no la tratan como
corresponde; es muy probable que la víctima se retracte para no tener que volver a asistir a las
citaciones, terminando ella, por sus propios medios con la causa.
6. Distorsiones Cognitivas: se refiere a toda interpretación inadecuada de alguna situación en
particular. Las víctimas que justifican1 o racionalizan2 la agresión, o tienen la ilusión de control,
1
Por ejemplo: las víctimas que sienten que provocaron a sus parejas a agredirlas, o lo justifican a través de su historia familiar, tienen
mayor probabilidad de retractarse.
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tienden a retractarse. Dado que no perciben el riesgo de la relación o sienten tener la capacidad
de solucionar los problemas con sus propios medios sin que un tercero intervenga, tiende a
retractarse.
7. Escasas Redes de Apoyo: Las víctimas que están aisladas socialmente, que cuentan con pocas
amistades, pocos familiares y poca participación en instituciones, trabajos o fundaciones, es
posible que se retracte. Ya que el imputado es casi la única fuente de apoyo, por más cuestionable
que sea su modo de apoyar.
A partir de lo anterior, se puede concluir que son distintas las variables que facilitan la
retractación, que ninguna es suficiente ni concluyente para que surja. Sin embargo, la retractación
es parte del fenómeno de la Violencia Intrafamiliar, por lo que resulta necesario tener una mirada
comprensiva y preventiva respecto del fenómeno, para evitar que sigan habiendo mujeres que
consideran la violencia como un mal necesario para la sobrevivencia.
Resulta pertinente realizar en una primera instancia, una evaluación aún más completa con la
víctima para determinar el motivo de la denuncia y las expectativas que la víctima tiene de ésta.
Esto puede entregar información acerca de los intereses que la denunciante tenga y si la denuncia
surge de una crisis momentánea o de una historia de agresión donde ella ha reflexionado sobre
esta interacción y tiene una intención genuina de cambio. Se requiere apoyar a las mujeres para
que mantengan el discurso y se sientan acompañadas en el proceso.
Lo importante es estar consciente de lo complejo que es este fenómeno, de identificar las
variables que puedan facilitar la retractación en cada caso, para ofrecer a las víctimas de manera
inmediata, siempre y eficaz, las medidas de protección que ofrece nuestra red. Las víctimas
estarán en conocimiento acerca del apoyo que le brinda el Estado, y este conocimiento tal vez sea
un factor que disminuya la emergencia de este fenómeno.
MODELOS TEORICOS A LA BASE DE LA INTERVENCION EN LAS CASAS DE ACOGIDA
El programa Casas de Acogida se ha estructurado considerando diferentes modelos
teóricos que, permiten, por una parte, explicar la violencia intrafamiliar contra las mujeres y, por
otra, diseñar e implementar propuestas para enfrentarla. Además, se considera en forma
transversal a todos los modelos, la perspectiva de género que está a la base de la
conceptualización de la violencia contra la mujer.
Estos modelos se inscriben en una lectura sistémica de los fenómenos, desde la cual la
comprensión del comportamiento de las personas no están fundadas en las características
2
El mecanismo de defensa de la racionalización consiste en: en que la persona da coherencia lógica a actitudes, pensamientos y actos
cuyos motivos reales no percibe (Andreucci y Maffioletti, 2001)
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individuales de ellas, sino que se dan en función de las relaciones establecidas con el entorno
(Watzlawick: 1967).
Se considera que el observador siempre es parte de lo observado (Maturana: 1987), por lo
que deben tenerse en cuenta los paradigmas de los operadores sociales intervinientes en el
sistema de protección, para dirigir las acciones incluyendo la perspectiva de género y una
adecuada comprensión del problema de la violencia intrafamiliar contra la mujer (Arón: 2001).
En relación a los modelos, el más inclusivo es el Ecológico, que permite una amplia mirada
del fenómeno de la violencia contra la mujer, dando cuenta de la complejidad y multicausalidad
del problema y, por tanto, expone los diferentes niveles de intervención, desde lo primario a lo
terciario, y en el cual, se introduce la conceptualización del Modelo del Circuito de Abuso en el
Sistema Familiar. Se incorporan, también, los principios del Modelo de Desarrollo de
Competencias para el trabajo con las mujeres de la Casa de Acogida, así como el Modelo de
Intervención en Crisis. Por último, para estructurar el sistema de protección desde el Modelo
Ecológico, se describe el Modelo de Redes, que posibilita el enfrentamiento del problema desde la
coordinación de los diferentes actores y la co-responsabilidad en ello.
Modelo Ecológico
Los modelos únicamente individualistas o culturalistas no pueden explicar por si solos la
complejidad del fenómeno de la violencia de Género. El Modelo Ecológico se presenta como un
modelo integrativo (Brofenbrenner, en Corsi, 1992) en donde la realidad social familiar y la cultura
pueden entenderse organizadas como un todo articulado, como un sistema compuesto por
diferentes subsistemas que se articulan entre sí de manera dinámica, recíproca y permanente. Por
lo tanto, es necesario considerar simultáneamente los distintos contextos en los que se desarrolla
una persona para tener una aproximación ecológica de la violencia.
Este modelo nos permite aclarar los distintos niveles involucrados que dan cuenta de las
dimensiones y elementos que se alimentan entre sí, generando y manteniendo el problema. Esta
mirada integrativa nos señala las distintas intervenciones a realizar para luchar en contra de la
violencia de género y específicamente, la Violencia Intrafamiliar.
Los subsistemas, que interaccionan recíprocamente son el macrosistema, el exosistema, el
microsistema y el sistema individual. El siguiente esquema explica la integración e interrelación
entre estos sistemas.
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A continuación entregamos una breve descripción de cada uno de ellos.
- El macrosistema se refiere al contexto más amplio, a las formas de organización social, los
sistemas de creencias y valores internalizados, así como los modos particulares de organización de
la cultura. Se trata de patrones generalizados que permean los distintos estamentos y espacios de
una sociedad. Este es el sistema mayor y contiene a los otros, en él se encuentran representadas
las creencias y valores culturales acerca de la mujer, el hombre, la familia, los hijos, la concepción
del poder y la obediencia, las actitudes sociales y culturales que legitiman el uso de la fuerza para
la resolución de conflictos, los conceptos de roles familiares, derechos responsabilidades, etc. La
violencia intrafamiliar, se inserta en la organización social que se estructura sobre la base de
diferencias de poder que dan ventaja al hombre sobre la mujer y a los padres sobre los hijos, estas
diferencias se plasman en los valores de la cultura y en los significados del ser hombre, mujer,
padre, madre, hijo e hija, determinando de esta manera los roles de cada uno, así como sus
derechos y responsabilidades. La validación hacia el uso de la fuerza para la resolución de
conflictos, entre otros aspectos, establecen un contexto que genera y mantiene las diversas
expresiones de la violencia entre las personas y los grupos en nuestra sociedad.
- El exosistema se refiere a la conjunto de instituciones sociales que mediatizan los valores
culturales al individuo y constituyen el contexto social más cercano y visible de las personas. Estas
instituciones son las que encarnan y transmiten las creencias y valores culturales del
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macrosistema, tales como la escuela, la iglesia, los espacios laborales, recreativos, los medios de
comunicación, los organismos judiciales y de seguridad. Estas Instituciones juegan un papel
decisivo en la perpetuación o eliminación de la violencia.
- En el microsistema, que se refiere al nivel de las relaciones más directas y cercanas del individuo,
es decir, su red primaria y donde la familia es considerada la estructura básica. En este nivel se
consideran los elementos estructurales de la familia, los patrones de interacción familiar y las
historias personales de quienes constituyen la familia, es decir los antecedentes de las familias de
origen de sus miembros.
- El sistema individual, incorporado por Corsi, incluye cuatro dimensiones psicológicas
interdependientes: la dimensión cognitiva, la dimensión conductual, la dimensión psicodinámica y
la dimensión interaccional. En este nivel podemos describir factores de riesgo y factores
predisponentes en los distintos actores que participan en la relación de abuso de poder.
Como se puede apreciar esta mirada multidimensional (que ha sido ampliamente asumido
en nuestro país como una herramienta conceptual que ordena los distintos niveles de
comprensión e intervención en el problema) permite comprender como se relaciona el sistema de
abuso familiar, con los contextos socioculturales del abuso al identificar niveles de sistemas y
describir la interacción entre la cultura, las instituciones y organizaciones sociales, la historia
individual y las dinámicas subjetivas de las personas.
El Circuito de Abuso en el Sistema Familiar
Complementariamente, el programa Casas de Acogida incorpora el llamado Circuito de
Abuso en el Sistema Familiar o Circuito de la Violencia descrito por la terapeuta Argentina Cristina
Ravazzola (1997). Este da cuenta de la existencia de distintos actores o agentes interactúan en la
situación de violencia. Por un lado nos encontramos con la persona abusadora, que es quien
ejerce la violencia, la persona abusada o violentada, que por lo general es una mujer o un niño
(hijo o hija), también puede tratarse de un anciano(a) y, las personas testigos o del contexto que
pueden ser parte del espacio inmediato (barrio, familia, amigos, compañeros de trabajo) o del
contexto más institucional que también mantiene contacto permanente o periódico con la
persona abusada o alguien de su familia y que saben o pueden saber del abuso que está
cometiéndose (profesionales y técnicos de consultorios, hospitales, y servicios de salud en general,
profesores, educadoras de párvulos y otros agentes educativos, carabineros, funcionarios
municipales, entre otros). Estos agentes de contexto pueden ejercer un rol absolutamente pasivo
sobre el abuso, o bien, pueden participar introduciendo cambios o frenos en la situación de
violencia de modo de influir en ésta.
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Esta manera de entender la instalación de la violencia al interior de la familia, permite ver
diferentes modos de entrar en el círculo de la violencia, incorporando cambios en cualquiera de
sus niveles, lo que podría generar modificaciones en el circuito completo. Esta situación podemos
verla como una oportunidad para la intervención, principalmente, para los agentes que desde su
trabajo se relacionan con la violencia intrafamiliar,agentes de contexto, dado que revisando y
cuestionando permanentemente las ideas, creencias y la forma de participar en las relaciones y en
las estructuras de parte de quienes viven violencia, pueden abrir un paso para el cambio de la
situación que experimentan las víctimas.
Junto con distinguir a estos tres actores o agentes en el circuito de violencia, se plantea
que al igual que en todos los sistemas sociales, también en las relaciones de abuso, su
organización se perpetúa en tanto no cambien sus bases constitutivas, es decir, las ideas, las
acciones y las estructuras.
En el nivel de las ideas, nos referimos a todas las creencias, es decir a las explicaciones que
los distintos actores del circuito de violencia hacen respecto a ella.
En nivel de las acciones, nos encontramos con los gestos, palabras, acciones e
interacciones que pueden ser identificados en los malos tratos y que generalmente son
minimizados o normalizados en su real dimensión por los actores del circuito de violencia.
Por último, en el nivel de las estructuras, los sistemas abusivos se organizan y perpetúan
sobre la base de jerarquías que se consideran incuestionables e inamovibles, como por ejemplo, la
estructura familiar en nuestra cultura, presenta diversos aspectos en su organización que derivan
de la rígida asignación de roles de género.
Uno de los aspectos más interesantes de este esquema tiene que ver con que da lugar a
varias entradas en el circuito, y desde una perspectiva de sistemas, se puede plantear que un
cambio en cualquiera de estas variables, generará una perturbación en el circuito completo. Lo
que representa una oportunidad para los agentes que intervienen en la violencia familiar, ya que
no sólo su interacción con la familia, la persona abusadora o la persona abusada, sino incluso y de
manera no menos significativa, la atención, revisión y cuestionamiento permanente a sus ideas,
creencias y participación en las interacciones y estructuras antes mencionadas, puede representar
un camino para el cambio (Ravazzola, 1997).
Las Tácticas de Abuso
El modelo explicativo del “Poder y Control”, entiende la violencia masculina como un
conjunto de comportamientos con intención, basados en el abuso de poder. Desde esta
perspectiva, los comportamientos violentos jamás deben ser entendidos como estallidos de ira,
pérdidas de control o acumulaciones de rabia, pues estas explicaciones justifican la violencia
masculina al ponerla como una reacción “natural” y como tal no puede ser cuestionada y
eliminada.
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Las manifestaciones de violencia o las tácticas de abuso son instrumentos o mecanismos
de un sistema de pensamientos o creencias establecidas que tienen como objetivo o finalidad
mantener y controlar al otro, y en el caso de la violencia a la mujer, ejercer el poder sobre la
mujer.
Al plantear estas manifestaciones como instrumentos o mecanismos de un sistema de
pensamiento, se refiere a que la educación en una cultura de verticalidad de las relaciones, en
donde los roles están determinados en relación a las posiciones de poder de los géneros, el
hombre ha aprendido cual es el rol tradicional de la mujer, como esposa y como madre, con todas
las expectativas y exigencias que trae consigo esta visión equivocada sobre la mujer y la
masculinidad.
Desde esta perspectiva, la violencia hacia la mujer se entiende como un comportamiento
aprendido basado en la desigualdad y asimetría en la relación entre hombres y mujeres, por lo
tanto se comprende como un aprendizaje que, aunque se encuentre fuertemente arraigado,
puede “des-aprenderse. Este des aprendizaje debe basarse en el cuestionamiento, la
identificación y la exploración de los roles, y las convicciones sobre hombres y mujeres, y sobre
las relaciones de pareja que se encuentran arraigadas desde los discursos familiares hasta el
contexto social e histórico de la cultura.
En síntesis, este modelo considera el conjunto de comportamientos violentos del hombre
hacia la mujer como táctica utilizadas por el agresor para ganar “poder y control” sobre su pareja,
haciendo énfasis en aspectos socioculturales. Y este conjunto de comportamientos fue
conceptualizado y operacionalizado de la siguiente manera:
Abuso Físico: Uso de cualquier tipo de fuerza física contra su pareja, con el objeto de
causarle daño físico o emocional o de que ella sienta temor de él.
Uso de Coerción y Amenazas: Anunciar a una persona, por cualquier medio, que se
realizará un mal contra ella, su familia o sus bienes y/o el ejercicio de una presión para
forzar la voluntad o conducta. Estas amenazas o coerción presentan un alto nivel de riesgo
cuando van acompañadas del uso de armas de fuego o arma blanca. Se citan también en
la doctrina, como ejemplos, amenaza con dejar a la mujer, con el suicidio del agresor, con
denunciarla falsamente, con el despojo de los hijos, quitar apoyo económico.
Intimidación: Causar o infundir miedo, mediante acciones, palabras, gestos y miradas que
buscan atemorizar, asustar o amedrentar a la pareja. Especial intensidad tiene la
intimidación con uso de armas de fugo o arma blanca. El hecho de que una persona haya
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sufrido violencia física en el pasado aumenta la efectividad de la intimidación del agresor
sobre la víctima.
Abuso Emocional: Cualquier acción que haga sentir mal a su pareja acerca de si misma o
cualquier ataque contra su autoestima.
Aislamiento: Resultado de varios tipos de comportamiento abusivo. Aislar a su pareja
implica cualquier intento de controlar con quién ella se relaciona, de limitar lo que hace,
restringir lo que ella quiere para sí misma, bloquear o problematizar su vida social
Negación: Afirmar o indicar verbal o no verbalmente que el abuso o violencia que pasó no
sucedió.
Minimización: Restar importancia a los efectos de su agresión o comportamiento abusivo.
Transferencia de la culpa: Trasladar la responsabilidad de un comportamiento abusivo o
violento que él realizó a otra persona o a alguna situación.
Manipulación de los niños y las niñas: Todo intento de controlar a su pareja por medio de
amenazar o dañar la relación que ella tiene con sus hijos o directamente amenazar con
dañar o hacerle mal a los hijos e hijas.
Privilegio masculino: Conjunto de creencias que sostiene que un hombre tiene derecho a
ciertos privilegios por el solo hecho de ser hombres.
Abuso económico: Controlar los ingresos de la familia o limitar el acceso de su pareja al
dinero con el fin de mantenerla dependiente de él o para presionarla a actuar de la
manera en que él quiere. También se refiere al mal uso del dinero, o poner sus
necesidades antes de las de la familia.
Abuso Sexual: Cualquier intento de imponer actos sexuales a su pareja en contra de su
voluntad. Cuando el acercamiento sexual se vuelve coercitivo, es decir, cruza la línea del
consentimiento voluntario verbal o no verbal de la mujer.
Este conjunto de tácticas puede ser representado con la imagen de un “estado de sitio”
impuesto hacia la mujer pues delimita y restringe a la mujer tanto en su actuar como en su
capacidad de expresarse libremente y, cuando la mujer intenta salirse de este control, que muchas
veces es invisible, es cuando la violencia del hombre se vuelve más intensa.
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Al entender la violencia del hombre hacia la mujer en las relaciones de pareja como un
comportamiento aprendido, en el cual se ejerce desigualdad y asimetría en la relación entre
ambos, se nos abre la posibilidad de cambio. Y desde esta posibilidad de desaprender y aprender
nuevamente, la “Rueda de la Igualdad”, es una alternativa frente a la violencia, donde cada uno de
sus componentes ofrece conductas o comportamientos alternativos frente a las diferentes tácticas
de poder y control que ejercen los hombres en las relaciones de pareja”. Estas formas equitativas
de relacionarse son:
Conducta no Amenazante: Actuar y hablar de manera que ella se sienta segura y cómoda al
hacer sus cosas y al expresarse
Respeto: Escucharla sin juzgarla, apoyarla y comprenderla, valorar sus opiniones
Confianza y Apoyo: Apoyarla en sus metas en la vida, respetarle sus sentimientos, amigos(as),
actividades y opiniones
Honestidad y responsabilidad: Aceptar responsabilidad por sus acciones, reconocer y aceptar
que actúo violentamente en el pasado, reconocer que estaba equivocado, comunicarse
abiertamente y con la verdad
Asumir la responsabilidad paterna: Compartir las responsabilidades de la crianza, ser un
modelo de conducta para su hijo/a, actuando positivamente y sin violencia.
Responsabilidad compartida: Llegar a un acuerdo para una justa distribución de las tareas de
la casa, tomar juntos las decisiones familiares.
Economía compartida: Tomar juntos las decisiones económicas, asegurar que los acuerdos
económicos beneficien a los dos.
Negociación justa: Ante un conflicto, buscar soluciones convenientes para ambas partes,
aceptar cambios, estar dispuesto a llegar a un acuerdo.
Modelo de Intervención en Redes
Este modelo amplía el foco desde el individuo hacia las unidades sociales más amplias,
tanto en la conceptualización de los problemas como en el diseño de estrategias de intervención.
Dos modelos básicos relacionados con esta perspectiva son el Modelo de Redes Personales o
Focales y el Modelo de Red Abierta o Red Focal. Del primero derivan las Intervenciones en red y
del segundo el Trabajo en Red.
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La red social, en términos generales, puede describirse como un sistema de vínculos entre
distintos puntos de un grupo social como son los actores sociales o distintos grupos e
instituciones, que permite el intercambio de información y las interacciones entre los distintos
puntos de la red. Existen distintos tipos de redes sociales: las redes sociales personales o focales,
las redes sociales abiertas o redes temáticas, las redes comunitarias.
La red social personal está constituida por todas aquellas relaciones significativas que una
persona establece cotidianamente y a lo largo de su vida. En este sentido, cada persona es el
centro de su propia red, que está formada por sus familiares más cercanos, los/as amigos/as,
compañeros/as de estudio y de trabajo, los miembros de las instituciones a las que acude
habitualmente y los conocidos con quienes se ve sólo esporádicamente.
Las intervenciones que utilizan el modelo de redes sociales personales son llamadas
intervenciones en red. Se refieren a la inclusión de la red social como un elemento importante
para la comprensión del sufrimiento de la persona que consulta y a la vez, la utilización de dicha
red como un recurso central en el alivio de este sufrimiento.
El modelo de redes se refiere también al concepto de red más amplio, que incluye el tejido
social formado por los distintos grupos e instituciones de la comunidad. Esta puede ser una red
abierta, focalizada en una temática determinada, como por ejemplo las redes de violencia. El
trabajo de formar, activar o fortalecer este tipo de redes es lo que se denomina trabajo de redes o
práctica de red.
Modelo de Desarrollo de Competencias.
En el marco del nacimiento de la psicología comunitaria, en la década de los 60, se planteó
la necesidad de considerar las variables ambientales en la conceptualización de los problemas de
salud mental y de cambiar desde una perspectiva de “déficit”, centrada en las deficiencias, hacia
una perspectiva de “competencias”, centrada en los recursos de los individuos y sus grupos.
Surgen así los llamados Modelos de Bienestar Psicosocial o Modelos de Competencias. Según Ana
María Aron (2001), el concepto de salud mental se refiere no solo a la ausencia de enfermedad,
sino también al completo bienestar físico, mental y social. Esta mirada implica considerar la
capacidad de los individuos para interactuar entre sí y promover el bienestar subjetivo, el
desarrollo de las propias potencialidades y de las de la comunidad. Por lo tanto, el Bienestar
psicosocial se entiende como un estado de satisfacción de sus necesidades y de desarrollo de sus
potencialidades en interacción constante con la comunidad y el desarrollo de ésta.
El supuesto básico con que funcionan estos modelos es el de confianza en los recursos del
individuo y de la comunidad para resolver sus propios problemas. Esto no equivale a abandonar a
la persona a su propia suerte, pero sí significa que quien debe hacerse cargo y resolver el
problema es quien lo tiene. El papel del especialista es ayudarle a descubrir sus propios recursos,
a activarlos y a recobrar su confianza en ellos. En este modelo se enmarca el concepto de
resiliencia, es decir, la capacidad de las personas y de los grupos para recuperarse de situaciones
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adversas a las que han sido sometidos. Enfatiza el desarrollo de los factores protectores más que
los factores de riesgo tanto personales como de la comunidad.
El intervenir desde este modelo permite fortalecer la confianza en los propios recursos
para enfrentar la violencia, ayuda a activar las fuentes de apoyo o las redes personales y locales,
normaliza las reacciones emocionales como reacción esperada frente a situaciones de crisis,
reestableciendo su equilibrio.
El programa Casas de Acogida enfoca su intervención desde la perspectiva de las
competencias, es decir se traslada desde un enfoque asistencialista a uno centrado en los recursos
de las mujeres usuarias del mismo. Este enfoque promueve el desarrollo de potencialidades y de
los recursos propios para la solución del problema, por lo cual las mujeres y sus redes personales
se hacen parte a la hora de resolver el problema.
Intervención En Crisis
Las víctimas de violencia, según Arón (2001), habitualmente piden ayuda cuando se
encuentran en crisis. La situación de violencia en la que se vieron enfrentadas estas mujeres, que
implica amenaza de muerte y violencia grave son crisis en sí mismas.
Una crisis es un estado temporal de trastorno y desorganización, en la que el individuo
presenta una incapacidad para manejar las situaciones particulares utilizando métodos
acostumbrados anteriormente para la solución de problemas. Surge a partir de un suceso
precipitante, por tanto, tiene un inicio identificable. Este suceso incide en la estructura existencial
que tiene la persona acerca de la vida, lo que hace que la situación sea crítica. Es necesario
considerar no solo el suceso precipitante sino también las significaciones que hace el sujeto de
éste, o más específicamente, qué mapa cognoscitivo o expectativa establecidas en la vida se han
violado y qué conflictos personales inconclusos se hicieron evidentes por el proceso de crisis
(Slaikeu, 1996).
Las formas de responder ante las crisis dependen de la severidad del suceso, de los recursos
personales para enfrentarlo y de los recursos sociales disponibles en el momento en que ocurre la
violencia.
No obstante, la crisis puede afectar diversos aspectos de la vida de una persona: sentimientos,
pensamientos, conducta, relaciones sociales y funcionamiento físico. El individuo se vuelve
vulnerable, ya que sus defensas bajan, y todos los recursos disponibles para resolver los problemas
se ponen en cuestión (Slaikeu, 1996).
A partir de esta vivencia de vulnerabilidad y falta de control sobre los acontecimientos, los efectos
pueden ser múltiples y variados. A continuación se exponen algunos de los posibles efectos:
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EFECTOS DE LAS CRISIS3
Efectos Cognitivos
-
Efectos Emocionales
-
Incredulidad y dificultad para dimensionar la magnitud del evento
crítico
Confusión
Dificultad para focalizar, tendencia a la dispersión
Dificultad para encontrar alternativas de solución a los problemas
Dificultad para tomar decisiones
Dificultad de concentración
Dificultad para incorporar nuevas informaciones
Reexperimentación del evento crítico
Asociación de objetos, personas o situaciones con el evento crítico
-
Fuerte impacto emocional, estado de shok
Emociones intensas de angustia, tristeza, rabia, miedo o
impotencia
Desborde emocional
Labilidad emocional
Tensión e irritabilidad
Aplanamiento afectivo
Negación o minimización
Desconexión emocional
Revivir los efectos emocionales generados por el evento crítico
Efectos
Conductuales
-
Hiperactividad o conductas erráticas
Impulsividad
Paralización o inhibición de la conducta
Conductas de evitación
Aumento de consumo de alcohol u otras sustancias psicoactivas
Conductas de aislamiento , reducción de vida social
Efectos Fisiológicos
-
Dolores corporales generalizados y difusos
Jaquecas, mareos o desmayos
Taquicardia y alteraciones abruptas de la tensión arterial
Presión en el pecho (“sofocamiento” o “falta de aire”)
3
Tomado del Manual: “Intervención en Crisis” elaborado por el equipo de la Escuela de Psicología de la Pontificia Universidad Católica
de Chile, en el marco del proyecto FONDEF
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Efectos en las
relaciones
-
Problema gastrointestinales
Cansancio
Trastornos del sueño: insomnio, pesadillas o dormir en exceso
Trastorno del apetito: inapetencia o comer en exceso
-
Una situación de crisis no solo afecta a las personas
individualmente, sino también afecta las relaciones entre sí:
Cambio en la forma habitual de relación
Descoordinación en las acciones
Dificultades para ponerse de acuerdo acerca de cómo proceder
Las responsabilidades se superponen y/o diluyen
Culpabilización mutua
Descalificación de los recursos de otro
Activación de conflictos previos
Desarticulación de redes sociales
-
Es importante considerar que todas las personas reaccionan distintas ante las crisis, y por
otra parte, estas reacciones ante las crisis son reacciones normales frente a una situación anormal.
En un primer momento, estas reacciones son esperables, pero si se mantienen en el tiempo,
limitan nuestras posibilidades de enfrentar la crisis y de buscar soluciones.
Quizás el aspecto más llamativo de la teoría de las crisis es la idea de que ésta puede
conducir y facilitar un crecimiento personal. Esta dimensión de la crisis la eleva de un plano de
desesperación, negativismo y peligro, a un nivel más positivo, el de que el sufrimiento puede
estimular también el desarrollo personal y la madurez (Slaikeu, 1996).
Existen distintos tipos de crisis. Están las Crisis Normativas o Crisis Esperadas, que se
relacionan con los ciclos de vida, y que ocurren cada vez que una persona pasa de una etapa a otra
o cuando la familia o la red vincular pasa de un ciclo de vida a otro, como el nacimiento de un hijo,
el matrimonio, el abandono del hogar por parte de los hijos. Y las Crisis No Esperadas o Crisis
Circunstanciales, corresponden a aquellos sucesos sorpresivos, como lo son las enfermedades, los
crímenes, las muertes repentinas, desastres naturales y guerras, entre otros.
El maltrato al cónyuge o a los hijos también puede provocar una crisis en la víctima, ya que
más allá del peligro físico existen peligros psicológicos que pueden surgir de la interpretación de
los hechos (Slaikeu, 1996). Aunque la Violencia se enmarca en dinámicas relacionales arraigadas
en la cultura, el carácter de sorpresivo radica en que nadie espera ser violentado, agredido o
maltratado por otros, y por sobre todo, por sus parejas o cónyuges.
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Según Horowitz (1967) la primera reacción ante un hecho amenazante es el desorden
emocional expresado a través de llanto, angustia, grito, desmayo o lamentos. Este desorden
conduce a la negación, cuya función es el amortiguamiento del impacto del suceso, se expresa a
través de no pensar en lo que pasó, realizar actividades como si nada hubiera pasado. Frente al
desorden, y a veces después de la negación, el sujeto también puede expresar intrusión, es decir,
manifestar una abundancia involuntaria de ideas de dolor por los sentimientos acerca del suceso,
como lo son las pesadillas recurrentes y/o tener imágenes acerca de lo que ha pasado. En este
momento el sujeto se siente incapaz de continuar con su vida. Luego el sujeto comienza el proceso
de translaboración, o elaboración del evento, en el cual logra identificarse con los pensamientos y
sentimientos de la crisis, pueden expresarlos y alcanzar la elaboración. En la medida que el
individuo logra integrar el hecho traumático a su historia vital y logra la reorganización llega a la
última etapa denominada terminación.
La intervención en crisis es un tratamiento breve de tiempo limitado y debe ser de modo
inmediato luego del hecho traumático. El objetivo principal de la intervención en crisis es que la
persona recupere el nivel de funcionamiento que tenía antes del incidente que precipitó la crisis.
Aunque el sujeto nunca volverá al nivel previo de funcionamiento, al translaborar y resolver de
manera exitosa una crisis, logra establecer un estado equilibrado y organizado, integrando la
vivencia a su historia vital (Slaikeu, 1996).
En la intervención es necesario realizar una evaluación de la situación general del sujeto,
tanto de las fortalezas como las debilidades de cada uno de los sistemas implicados. El
interviniente debe identificar cuáles variables ambientales precipitaron o permitieron la crisis,
cuáles mantienen la desorganización y el sufrimientos, y cuáles pueden movilizar para facilitar el
cambio constructivo de la situación (Slaikeu, 1996).
Uno de los aspectos más relevantes y característicos del trabajo con la crisis es que los
intervinientes son más activos, directos y orientados a la consecución de objetivos que en otras
intervenciones. Puesto que el tiempo es breve, los terapeutas deben ser activos en identificar las
dificultades, las necesidades inmediatas y movilizar los recursos de ayuda. El interviniente se debe
mostrar: empático, cordial y auténtico (Slaikeu, 1996). Y lo primero que debe hacer es evaluar la
posibilidad de suicidio u homicidio, luego deben valorar los recursos y movilizar la intervención
hacia los pasos de acción.
Intervención de primera instancia4
Estas intervenciones son en primera instancia cortas (lo usual una sesión) y pueden realizarla
una amplia gama de asistentes comunitarios y son más efectivas al principio de la crisis. Los
objetivos de esta primera intervención son los siguientes:
4
Basado en Slaikeu, 1996.
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-
-
-
Proporcionar apoyo: este es el primer objetivo y se expresa a través de una escucha activa
y empática. Se le brinda un espacio en el que la persona puede expresar sus sentimientos
y emociones que pueden surgir a partir del hecho.
Reducir la mortalidad: este objetivo está enfocado a reducir el daño físico y las
posibilidades de suicidio u homicidio que pueden surgir en la crisis. Esto puede implicar
deshacerse de las armas, realizar hospitalización si es necesario, coordinar compañía
constante.
Coordinación con red: antes de resolver el problema completo de manera inmediata se
recomienda establecer con precisión las necesidades fundamentales, para realizar las
coordinaciones con actores pertinentes para la satisfacción de estas.
Los 5 componentes de los primeros auxilios psicológicos son:
1. Realizar el contacto psicológico: una condición previa a toda intervención y
asistencia psicológica es escuchar de modo empático, que implica escuchar los
hechos y los sentimientos que estos implican. Se debe legitimar lo que le está
pasando al sujeto, sin juzgarlo, respondiendo de una manera tranquila y
controlada. El contacto psicológico no siempre se hace mediante comunicaciones
verbales, algunas veces, el contacto físico, no verbal, es más efectivo, por ejemplo
tocar o abrazar. El objetivo es que el paciente se sienta comprendido, apoyado y
aceptado, lo que facilita una disminución en la intensidad de sus emociones. El
contacto psicológico sirve para reducir el dolor que surge de la sensación de
vulnerabilidad y soledad durante la crisis. Si la persona tiene miedo a “perder el
control” o miedo a “enloquecer”, se le debe señalar que es una respuesta normal
a un incidente anormal. Que es una reacción esperable y temporal. En la medida
que la mujer se identifique como enferma, se pone límites a su recuperación, pero
si significa esta desorganización como algo normal, esperado y temporal, puede
liberar sus energías creativas hacia una superación de la crisis.
El interviniente debe evitar contar su propia historia, juzgar las acciones o ignorar
sentimientos o hechos.
2. Examen de las dimensiones del problema: es necesario evaluar la dimensión de
los problemas, tanto en el pasado como en el presente y futuro inmediato. El
pasado inmediato remite a determinar cuáles fueron los acontecimientos que
condujeron al estado de crisis, indagar acerca de las características más relevantes
del comportamiento, de la afectividad y de las cogniciones del sujeto y de las
relaciones interpersonales. De la situación del presente debemos identificar quién
está implicado, qué fue lo que sucedió y cuándo sucedió. Es necesario también
identificar el estado general del sujeto, cómo se siente, cuál es el impacto que esto
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le ha generado, cuáles son los efectos y las consecuencias del hecho. Se debe
poner atención tanto en las debilidades como en las fortalezas. Por último, resulta
necesario identificar cuáles son las probables dificultades que tendrá que
enfrentar en un futuro cercano, por ejemplo, una mujer separada de su esposo,
puede necesitar ayuda en cómo contarle a sus hijos acerca de los acontecimientos
recientes. El objetivo de examinar las dimensiones del problema es realizar una
jerarquía de las necesidades de la mujer dentro de dos categorías: 1. Conflictos
que necesita manejarse de manera inmediata; y 2. Conflictos que pueden dejarse
para después. No se deben evitar las situaciones de peligro, sino más bien
enfrentarlas o diseñar estrategias para enfrentarlas.
3. Analizar posibles soluciones: el tercer componente de la intervención psicológica
implica la identificación de posibles soluciones alternativas para las necesidades
inmediatas como para las que se pueden dejar para después. Se adopta una
estrategia paso a paso, a partir de estrategias utilizadas por la mujer
anteriormente, analizando las posibles consecuencias de cada paso. Se intenta
que la mujer realice todo lo que pueda por sí misma y en conjunto se establece las
estrategias y soluciones. No hay que dejar obstáculos sin examinar ni dejar sin
estrategias para posibles soluciones.
4. Ejecución de la acción concreta: en este momento se ayuda a la mujer a realizar
las acciones escogidas para alcanzar las soluciones y finalmente, alcanzar la
satisfacción de las necesidades. Es importante recordar que la mujer debe hacer
tanto como sea capaz de hacer sin sobre exigirla ni sub valorarla. Solo cuando las
circunstancias deterioran severamente la capacidad de acción de la mujer, el
interviniente toma un rol activo y directivo, y aún entonces se hace de un modo
gradual. No obstante, lo ideal es que la mujer tome la principal responsabilidad
por cualquier acción. Evitar intentar resolver todo los conflictos en el primer
encuentro, es necesario dar tiempos pertinentes.
5. Seguimiento: este proceso implica realizar un seguimiento para verificar el
progreso, por lo que resulta necesario especificar un procedimiento mediante el
cual el interviniente con la mujer estén en contacto en un tiempo posterior. El
objetivo es mantener el apoyo e identificar si se lograron los objetivos: brindar
apoyo, reducción de mortalidad y coordinación con redes. Evitar dejar detalles en
el aire o dejar la evaluación y seguimiento a otra persona.
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Intervención de segunda instancia5
La intervención en crisis de segunda instancia surge cuando los primeros auxilios psicológicos
cesan. La intervención de segunda instancia o terapia de crisis se centra en un proceso de
reconstrucción de una vida quebrantada por un incidente externo, es decir, su objetivo es lograr
elaborar el incidente de la crisis de modo que éste se integre de manera relativamente funcional
en la historia vital, y esta reorganización sea en función al crecimiento y se aleje del
debilitamiento. Este proceso es mucho más extenso que la intervención de primera instancia.
Para realizar un trabajo acorde a las necesidades e individualidades de cada sujeto se requiere
realizar una evaluación general de la mujer en relación a los siguientes sistemas:
1.
2.
3.
4.
5.
Sistema conductual: se refiere a la actividad manifiesta del sujeto, en particular: trabajar,
descansar, hábitos de sueño, de comida y bebida, comportamiento sexual, uso de drogas,
alcohol y tabaco y otros patrones vitales.
Sistema afectivo: incluye todos los sentimientos y emociones que la mujer pueda tener
acerca de cualquiera de estos comportamientos, del hecho traumático y de la vida en general.
Sistema somático: se refiere a todas las emociones corporales, que abarcan la sensibilidad al
tacto, sonido, la percepción, el gusto, la visión y el oído. En necesario recoger información
sobre el funcionamiento físico en general, que incluye dolores de cabeza, molestias
estomacales, tensión arterial, entre otros.
Sistema interpersonal: se refiere a la cantidad y calidad de las relaciones que la mujer
establece. Se evalúa también el rol que cumple la mujer en sus relaciones.
Sistema cognoscitivo: en este sistema está presente todas las imágenes, significaciones,
pensamientos y representaciones mentales que la mujer hace con respecto a la vida, los
recuerdos, sobre el pasado, y las posibles aspiraciones hacia un futuro. En este sistema
también están los sueños diurnos y nocturnos.
En la intervención de segunda instancia el terapeuta debe ser capaz de identificar el impacto
del incidente de crisis en estas cinco dimensiones, a través de una comparación del
funcionamiento previo a la crisis con el funcionamiento durante la crisis, valor las fortalezas y
debilidades de cada sistema.
Tratamiento: Cuatro tareas de la resolución de la crisis
La premisa orientadora de la intervención en segunda instancia o la terapia para la crisis es
que el sujeto puede crecer mediante la crisis, que logre integrar el incidente a su historia vital y se
continúe con su proyecto de vida. Para lograr estos objetivos se necesita que se cumplan las
siguientes tareas:
5
Basado en Slaikeu, 1996.
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1. Supervivencia físicas: la primera tarea por absurda que pueda resultar es que el sujeto
logré preservar la vida (impedir el suicidio u homicidio) y/o logré mantener la salud física
(alimentación, relajación, descanso/sueño).
2. Expresión de sentimientos: se debe asistir al sujeto para que exprese, de alguna manera
relativamente adecuada, los intensos sentimientos que acompañan la crisis, para así lograr
liberar la energía emocional, y poder utilizarla de un modo constructivo. Por lo que se
facilita al sujeto a que identifique sus emociones y exprese los sentimientos y emociones
relacionados con la crisis. La principal estrategia terapéutica es la escucha activa, donde el
paciente escucha tanto lo que le ha pasado al paciente como el cómo se siente éste con
respecto a lo sucedido. Resulta necesario también aceptar al sujeto, para que éste logre
expresar sus emociones sin pudor ni culpa, y lograr hacer catarsis. Se recomienda que el
terapeuta recuerde a la mujer que existen distintas formas de expresar las emociones, y
que cada persona puede encontrar su lugar, su espacio y su forma de expresión.
3. Dominio cognoscitivo: la perspectiva cognoscitiva provee el camino más claro para la
compresión de por qué un incidente conduce a la crisis, por lo que se le pide a la mujer
que relate la historia de lo que pasó, qué fue lo que condujo la crisis, quién estuvo o está
implicado en ella, el o los resultados, y otros detalles relacionados. Se debe poner
atención a la forma de narrar los hechos, los vacíos de información, distorsiones,
puntuación de hechos. Y por otra parte, es necesario que la mujer comprenda el
significado que este hecho tiene para ella y cómo entra en conflicto con las expectativas y
mapas cognoscitivos. Al escuchar qué es lo que el incidente significa para el paciente, el
terapeuta también puede identificar cualquier error cognitivo aparente (como la
sobregeneralización o la catastrofización), los conceptos erróneos y las creencias
irracionales. Ya no se pregunta cómo te sientes sino más bien qué piensas en relación a los
hechos. Por último, integrar este hecho al continuo vital implica reconstruir, reestructurar
o reemplazar cogniciones, imágenes y sueños que se han destruid producto de la crisis.
4. Adaptaciones conductuales: para la resolución de la crisis se requiere de un cambio
conductual, se requiere acción oportuna y constructiva, y también mejorar la auto imagen
y el sentido de dominio. Es de suma importancia que la persona pueda volver a trabajar, a
comprometerse con el desempeño de un papel y volver a participar en relaciones
significativas, esto le permitirá sentir algún nivel de control sobre la vida diaria, lo que
facilitará para su reelaboración. Cada mujer requiere actividades distintas para su
elaboración, por lo que se debe identificar cuáles son las pertinentes a cada mujer.
Esta intervención puede durar varias semanas. Dentro del contexto de Casa de Acogida se
recomienda realizar una intervención intensiva en función a los aspectos más desorganizados
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de la mujer. No obstante, si ésta requiere mayor profundidad derivar a instituciones
adecuadas dependiendo de la situación, como COSAM, Centros de la mujer, hospitales.
Al término de la intervención se recomienda realizar un seguimiento, aunque la mujer esté
en la Casa. Ya que este seguimiento está enfocado principalmente a identificar si la mujer
continua en un estado de organización y equilibrio, de integración de este hecho a su historia
vital, y si se sigue proyectando hacia el futuro. Es decir se evalúa la naturaleza y calidad de la
resolución de la crisis.
MARCO ÉTICO PARA LA INTERVENCIÓN
Las/os profesionales cuyo quehacer está dirigido a la salud y bienestar de los seres humanos
necesariamente deben tener un sustento ético como marco regulatorio de la praxis. Desde la
bioética y la perspectiva de los derechos humanos se señalan un conjunto de principios que deben
regir el comportamiento profesional. De los cuales a continuación se pasa a revisar los más
atingentes para el área de atención:
Dignidad de las personas con las cuales se trabaja: Se habrán de respetar plenamente la
dignidad humana, los derechos humanos y las libertades fundamentales. Lo cual está muy
relacionado con el respeto que se debe tener a las mujeres, reconociendo el sufrimiento
que causa la violencia, se debe evitar la re-victimización de estas, haciendo el trabajo lo
más eficiente posible para no tener que exponer a las mujeres a situación innecesarias
tales como múltiples derivaciones.
Autonomía y responsabilidad individual: Se habrá de respetar la autonomía de las
mujeres en lo que se refiere a la facultad de adoptar decisiones, asumiendo la
responsabilidad de éstas y respetando la autonomía de los demás. Este principio es central
en la relación que se establece con mujeres víctimas de violencia, se debe tener siempre
presente, que son ellas quienes deben iniciar un proceso de autonomía, por lo que se
deben respetar sus decisiones y el proceso personal que llevan a cabo, evitando imponer
las propias ideas.
Consentimiento: Toda intervención sólo habrá de llevarse a cabo previo consentimiento
libre e informado de la mujer interesada, basado en la información adecuada. Cuando
proceda, el consentimiento debería ser expreso y la interesada podrá revocarlo en todo
momento y por cualquier motivo, sin que esto entrañe para ella desventaja o perjuicio
alguno.
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Privacidad y confidencialidad relativa: La privacidad de las mujeres que llegan a pedir
ayuda y la confidencialidad de la información que les atañe debe respetarse. Esa
información no debería utilizarse o revelarse en otra instancia que no sea en el marco del
proceso de intervención con la usuaria y/o bajo su consentimiento. En ese sentido es
importante destacar, que la confidencialidad adquiere su valor relativo en cuanto la
violencia de género es una problemática socio/legal y la información proporcionada por
los equipos, es un aspecto clave para el despliegue de los mecanismos de protección a
nivel legal.
Igualdad, justicia y equidad: Se habrá de respetar la igualdad fundamental, de tal modo
que sean tratados con justicia y equidad. Este principio es fundamental, ya que el
quehacer profesional instala una dinámica asimétrica en la relación equipo- usuarias, por
lo que se hace necesario que los equipos constantemente analicen la relación que se
establece con las usuarias con el fin de prevenir situaciones de poder que afecten el
proceso de estas últimas.
No discriminación y no estigmatización: Ninguna mujer debe ser sometida por ningún
motivo a discriminación o estigmatización alguna. Es fundamental tener presente que las
mujeres que son víctimas de violencia han sido vulneradas en sus derechos, y por lo tanto,
se debe evitar caer en la culpabilización de estas.
Respeto de la diversidad cultural y del pluralismo: Se debe tener debidamente en cuenta
la importancia de la diversidad cultural y del pluralismo. Reconociendo la igualdad de
derechos que tienen todas aquellas mujeres que asisten a pedir ayuda.
Consideraciones iniciales en torno a la intervención con mujeres víctimas de violencia en el
ámbito familiar
A partir de la conceptualización de la Violencia de Género en el ámbito intrafamiliar se
destaca la especificidad que la intervención debiese dar cuenta. En el proceso de victimización en
el espacio familiar participan una serie de factores que son necesarios de considerar, por lo que se
torna imprescindible tomar en cuenta una serie de principios de orden técnicos y éticos que
debiesen dirigir la intervención en sus distintos niveles de complejidad.
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La necesidad del desarrollo de competencias especializadas en materias de género y
violencia intrafamiliar. Al hacer referencias a competencias en este ámbito se destaca la
capacidad de las profesionales de plasmar los fundamentos epistemológicos como
técnicos de los diversos relatos que se han construido en el desarrollo de la teoría de
género. No se trata de situar el género en el ámbito de los roles, sino que en el seno de la
construcción de la subjetividad femenina donde aspectos como la identidad, los afectos,
los vínculos están relacionados a la dimensión socio/histórica del género.
La dimensión de género por tanto, no sólo es un concepto que nos permite comprender
en parte el fenómeno de la violencia, sino que además, posibilita la elaboración de
herramientas y estrategias de intervención dirigidas a la transformación social y al
ordenamiento actual de las relaciones de género, desde una posición crítica.
Los procesos de empoderamiento y autonomía que deben desarrollarse a través de la
intervención psicosocial implican la concepción de éstos como procesos dinámicos e
interrelacionados entre sí. La intervención integral con las mujeres que acuden a las
Casas, debe ser capaz de generar en las usuarias procesos de autonomía en la esfera
física, económica, política y sociocultural.
Consideraciones en torno a los equipos de trabajo
Gran parte de la efectividad en el ámbito de la intervención social está estrechamente
vinculada a la capacidad de los equipos de trabajo en constituirse en cuanto tal y una vez
constituidos, posibilitar los procesos para aumentar los niveles de eficacia y eficiencia en las tareas
requeridas.
Habitualmente las personas que conforman un equipo son responsables de la ejecución
técnica y gestionar casi todos los aspectos del trabajo. Siendo también parte de su definición una
serie de procesos compartidos por todos los equipos, entre los que se destaca fomentar la
autonomía personal, la creatividad, la participación y la creación de nuevos conocimientos.
Según Ayestarán son tres los aprendizajes básicos que los equipos deben realizar para
alcanzar los objetivos propuestos:
Participación de todos/as los/as integrantes del equipo en su funcionamiento y toma
de decisiones.
Trabajar en conjunto con ideas opuestas, para encontrar caminos de integración de
las mismas.
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Construcción de un objetivo compartido a través del dialogo participativo y
democrático.
Además de estos elementos, es necesario destacar y precisar que la efectividad de los
equipos de trabajo multidisciplinarios están estrechamente relacionados a las capacidad de éstos
de generar un trabajo interdisciplinario que consiste en la búsqueda sistemática de integración de
las teorías, métodos, instrumentos, y, en general, fórmulas de acción de diferentes disciplinas, a
partir de una concepción multidimensional de los fenómenos, y del reconocimiento del carácter
relativo de los enfoques y disciplinas por separado.
La interdisciplinariedad supone una concepción filosófica del trabajo de equipo y de la
mirada en torno al fenómeno de la violencia y su intervención, que permite a su vez plantear
momentos alternativos de integración caracterizados por encuentros, seguidos por otros de
diferenciación, buscando amalgamar lo conocido con lo no conocido, lo monodisciplinario con lo
aportado por las otras disciplinas.
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PROGRAMA CASAS DE ACOGIDA
La Casa de Acogida es un espacio temporal y seguro –financiado por el SERNAM- para mujeres
en situación de riesgo vital a causa de violencia intrafamiliar, que ofrece servicios para ellas y sus
hijas e hijos, con un enfoque integral-ecológico y con perspectiva de género. Las Líneas de Acción
del modelo corresponden a:
a) Autoprotección y Protección
b) Provisión de servicios que comprende la atención Psicosocial y legal para la reinserción de
las mujeres.
c) Coordinación sectorial para abordar de manera eficaz las necesidades de protección y
reinserción de las víctimas.
La Casa de Acogida, está considerada como una parte integrante del Sistema de Protección, y
ha sido configurada como una unidad terapéutica y de soporte, para facilitar la visualización e
identificación de la violencia en función de la desnaturalización de la misma. Es un espacio seguro
donde se generarán intervenciones que potencien estrategias de protección y autoprotección.
Para esto, se garantizará la coordinación con otros recursos del sistema de protección, de manera
de dar respuesta a las necesidades de habilitación e inserción laboral, vivienda, salud integral,
educación, justicia y establecimiento de redes primarias de apoyo.
Objetivo general
La Casa de Acogida es un espacio temporal y seguro financiado por el SERNAM, para
mujeres en situación de riesgo vital y/o víctimas de VIF grave, principalmente por parte de su
pareja, que ofrece atención psicosocial y legal, en modalidad residencial, como una estrategia de
protección para ellas y sus hijos e hijas, con un enfoque integral y con perspectiva de género.
En este marco, el objetivo general de la Casa de Acogida es “Ofrecer un espacio de
residencia temporal y seguro a las mujeres y sus hijos/as, que se encuentran en situación de riesgo
grave y/o vital, producto de la violencia ejercida por parte de su pareja y generar estrategias de
protección para y desde las víctimas”.
Objetivos Específicos:
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1. Garantizar un espacio de residencia seguro y de carácter temporal, tanto a las usuarias de
las casas de acogida; así como a sus hijos e hijas de hasta 12 años de edad.
2. Cubrir las necesidades básicas de las mujeres y sus hijos/as, mientras se encuentren en la
Casa (alojamiento, comida y servicios).
3. Intervenir en forma breve, de manera individual y grupal, en el proceso de concientización
acerca de la historia de la violencia y sus consecuencias.
4. Facilitar la reflexión y conciencia acerca del riesgo que implica la violencia y promover
estrategias de auto cuidado por parte de la usuaria.
5. Gestionar la dictación o vigencia de las medidas de protección/cautelares a favor de las
mujeres y sus hijos/as, según corresponda.
6. Propiciar la restitución, fortalecimiento o creación de una red primaria, que favorezca la
protección de las mujeres y sus hijos/as.
7. Coordinar redes para insertar y/o cubrir las necesidades en salud, educación, vivienda y
habilitación y/o inserción laboral, tanto para las mujeres víctimas como sus hijos/as
menores de 12 años
8. Coordinar la derivación a Centros de la Mujer u otros programas que garanticen la
continuidad de la intervención y el apoyo brindado en la Casa de Acogida.
9. Facilitar y coordinar estrategias propias o intersectoriales, para asegurar atención médica
y psicosocial para los hijos e hijas de las usuarias de Casas de Acogida; así como el acceso a
programas reparatorios en los casos en que sea necesario.
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MODELO DE INTERVENCIÓN EN CASAS DE ACOGIDA
El modelo de intervención en las Casas de Acogida se estructura en diferentes etapas
desde que la mujer pre ingresa hasta que se realiza el egreso o abandono del programa. El eje
central del modelo de intervención es la protección de las mujeres, y la recuperación y
mejoramiento de las condiciones psicosociales de la mujer que ha sufrido violencia intrafamiliar,
considerando todos los daños que esta experiencia ha dejado en ella (Machuca: 2001, Ravazzola:
1997).
Para esto, se trabajará en la generación y el fortalecimiento de los recursos individuales y
sociales de las mujeres que son protegidas, entregándoles todo un sistema de protección y
atención psico-socio-jurídica. Además, se establecerán diferentes coordinaciones con otros
Servicios que entregarán atención en forma paralela a la estadía de la mujer en la Casa, quienes
continuarán con la atención psicosocial de las mujeres.
El proceso de intervención en la Casa de Acogida involucra una serie de etapas donde
todas las intervenciones están dirigidas a reelaboración del proyecto de vida, por lo tanto, desde el
ingreso, pasando por la contención, hasta el seguimiento, tienen el objetivo de proteger y reparar
el daño causado por la violencia y al mismo tiempo empoderar a la mujer y reinsertarla en la vida
social y laboral. Estas acciones sólo serán posibles, en la medida que el sistema de protección
diseñado funcione eficazmente.
A continuación, por medio del siguiente flujograma de acciones, se explican las
intervenciones que se realizarán durante la permanencia de la mujer en la Casa de Acogida, tanto
por el equipo profesional que estará al interior de la casa, como las realizadas por algunos
externos. Además, se indican las acciones que deben articularse con otros Servicios.
Este Modelo se entiende como el conjunto de intervenciones destinadas a comenzar el
proceso de recuperación de autoestima de la mujer y de su empoderamiento, fortalecer sus redes
y reparar el daño, físico y psíquico, causado por la violencia.
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MODELO DE INTERVENCIÓN CASAS DE ACOGIDA
PRE INGRESO
INGRESO
Primera Acogida,
intervención en crisis.
Derivación de
Tribunales de Familia,
Fiscalía y Centros de la
Mujer.
Incorporación al sistema de
la casa e integración con las
otras mujeres.
DIAGNÓSTICO
PSICOSOCIAL
ELABORACIÓN DE PLAN
DE INTERVENCIÓN
INTEGRAL
ACCIONES DE INTERVENCIÓN PSICOSOCIAL DE LA
MUJER
SALIDA DE LA CASA
DE ACOGIDA
I.
I. EGRESO
Disminución del Riesgo
II. ABANDONO DE LA
CASA
Deserción del
tratamiento. Se realiza
seguimiento de la mujer
para registrar las
condiciones en que se
encuentra. Se informa a
la Dirección Regional
del SERNAM y a
Fiscalía.
III. RETIRO
Desvinculación de la
Casa de Acogida por
motivos debidamente
justificados
II.
III.
Atención Psicosocial:
a)
Atención Psicosocial: intervención
individual y grupal.
b)
Atención Social: Fortalecimiento
y/o creación de redes primarias de
protección de creación de redes las
mujeres ingresadas (familiares,
vecinas, compañeras de trabajo)
c)
Derivación
en
los
casos
correspondientes
Atención Jurídica:
Asesoría, acompañamiento y patrocinio
legal por abogadas/os del Centro de la
Mujer
Coordinación Intersectorial:
a)
Derivación o interconsulta a los
servicios de salud para la mujer
b)
Coordinación con instituciones
públicas y privadas.
c)
Derivación
a
instancias
de
nivelación de Estudios, habilitación
laboral y/o inserción Laboral.
SEGUIMIENTO Y ACOMPAÑAMIENTO
Realizar seguimiento de todas las mujeres
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LÍNEAS DE INTERVENCIÓN
PSICOSOCIAL DE LAS Y LOS
NIÑOS
I. Atención psicosocial
Intervención Individual
Intervención con la Madre
Intervención Grupal (Identidad de
Roles, Reconocimiento y expresión
de los emociones, Resolución de
Conflictos).
III. Coordinación Intersectorial:
a) Derivar a programas
reparatorios en los casos que
corresponda.
b) Evaluación de mantención,
traslado, o suspensión de
asistencia al sistema
educacional.
c) Derivación o interconsulta a los
servicios de salud.
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Etapas del Modelo de Intervención de las Casas de Acogida
Pre Ingreso
La categoría de pre ingreso responde principalmente a las mujeres ingresadas los fines de
semana o aquellas que permanecen pocas horas en el lugar, ya que no podemos categorizar como
desertadas del programa a aquellas mujeres que no se beneficiaron por la intervención propia de
éste modelo de intervención, ni tampoco podemos ingresar a las mujeres al modelo de
intervención de las casas sin que sean entrevistadas y atendidas por la dupla psicosocial. Puede
resultar muy invasivo y revictimizante para una mujer que acaba de entrar a la casa junto a sus
hijos/as, la entrega apresurada del reglamento, la solicitud de su firma, la entrega de información
sobre el modelo de intervención, y sobre sus deberes, responsabilidades y derechos en la Casa de
Acogida. Es decir la realización de un encuadre inicial, en el mismo momento de ingreso a la Casa.
De acuerdo a lo anterior, la categoría pre ingreso nos permite obtener un lapso de tiempo
prudente para que la mujer logre mayor estabilidad y conocimiento de la casa antes de realizar el
encuadre. Se estableció como plazo máximo para realizar el ingreso formal tres días luego de su
entrada a la casa. Este tiempo se definió para aquellas mujeres que ingresan un viernes por la
noche y no alcanzan a conocer a la dupla, reciban una atención de ésta a más tardar el día lunes.
Distinto es el caso de una mujer que ingresa un día habil, ya que los profesionales de las Casas
deben velar por realizar todas las intervenciones lo antes posible, siempre que la usuaria se
encuentre en condiciones. Por lo tanto, una mujer puede pre ingresar e ingresar el mismo día.
Durante el pre ingreso se recibe a la mujer y se le realiza el primer apoyo. Esta instancia busca
entregar a la mujer una estructura externa que, ante de todo, le permita ordenar y organizar sus
recursos y estructurar su experiencia. En este sentido, el foco de esta intervención se centra en
que la persona que realiza el ingreso de la mujer a la Casa de Acogida, suple momentáneamente,
en los casos que se requiere, las funciones emocionales y cognitivas que la mujer, ya que ésta no
se encuentra en condiciones de realizarlo. En cuanto a la intervención en crisis, el objetivo
primordial, es el reestablecimiento del nivel de funcionamiento de la mujer y de su capacidad de
enfrentamiento de la vida (Machuca, 2001).
El primer apoyo debe centrarse en hacer contacto psicológico y un vínculo seguro con la
mujer, cuyo objetivo es facilitar la estabilización al tener la capacidad de nombrar e integrar las
experiencias vividas. También, es necesario contextualizar su sintomatología, sentimientos y
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sensaciones (angustia, miedo, incertidumbre, rabia, tristeza), anticipar algunos eventos como el
deseo de volver al lado del agresor.
La mujer entra a la Casa de Acogida derivada por Fiscalía, Tribunales de Familia u otra vía. En
caso que la víctima llegue a la Casa solicitando ayuda y protección urgente o se solicita su ingreso
desde otra instancia, se la recibe e inmediatamente se realiza el contacto con Fiscalía para hacer la
denuncia y formalizar el pre ingreso. Luego se hace el registro de la mujer. Luego del tercer día (es
decir, el cuarto día), siempre y cuando la mujer quiere seguir en intervención y cumpla con el perfil
de usuaria pasa a la categoría de Ingreso.
Gestiones necesarias en los “No ingresos”
Cuando la mujer no ingresa a la Casa de Acogida se le debe solicitar que firme una carta de
negación de ingreso a la intervención brindada por el equipo de la Casa de Acogida (ver Anexo
Nº1).
Se debe informar a la institución de derivación (Min. Público – Tribunales de Familia –
Centro de la Mujer), y también se debe informar a la Dirección Regional.
Pese al rechazo a la intervención de la Casa, es de suma importancia informar sobre los
Centros de la Mujer y realizar una derivación efectiva al Centro correspondiente.
El seguimiento se realiza a partir de los 15 días de la salida de la Casa, llamando al Centro
de la Mujer al que se derivó, para evaluar si ingresó o no a la intervención del Centro. En los casos
en que las mujeres no ingresaron, se debe realizar seguimiento para incentivar el ingreso al Centro
y evaluar el riesgo.
El seguimiento de las mujeres que se niegan a la intervención de la Casa de Acogida y del
Centro de la Mujer se realiza a partir de los 16 días de la salida de la casa y se debe mantener por
un tiempo no inferior a un mes, realizado diversas acciones de seguimiento al menos a cada 15
días. Este seguimiento tiene por objetivo:
Evaluar las condiciones de protección en las que se encuentra la mujer.
Velar por el reingreso de la mujer a la Casa o algún Centro que le brinde
protección y/o atención.
Evaluar el riesgo, la violencia y daño.
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Orientar y/o derivar a las mujeres en caso de ser requerido.
Registro de los Preingresos e Ingresos en los Informes
-
Informe Semanal
Todas las mujeres que entran a la casa para el ingreso deben registrarse como pre ingreso. Luego,
si la mujer es ingresada pasa a categoría ingreso o re ingreso dependiendo del caso. Y en la
semana siguiente a informar se elimina de la Categoría Preingreso y pasa a la categoría ingreso.
Si la mujer no ingresa al programa, es decir niega la intervención de la Casa de Acogida previo al
ingreso, no se categoriza su salida. Sólo se registran las salidas de las mujeres ingresadas.
-
Informe Mensual
Todas las mujeres son registradas en el Anexo Nº5 como preingreso, y luego en los casos que las
mujeres ingresen se registra su ingreso y las siguientes intervenciones. Una mujer que está en
categoría pre ingreso, puede presentar intervenciones por parte de la educadora o de la dupla
dependiendo del caso.
Si la mujer abandona previo al ingreso no se registra su salida, pero se debe registrar toda la
información alcanzada a obtener previo a su abandono.
-
Sistema de Seguimiento informático
Se registran todas las mujeres como ingreso, ya que lamentablemente el sistema de seguimiento
informático será modificado recién para el segundo semestre del 2012, por lo que no podremos
incluir las categorías de pre ingreso. El abandono de la mujer o salida previa a su ingreso se deberá
categorizar como deserción, por el mismo motivo anterior, no existe la posibilidad de incluir la
categoría de abandono o no ingreso en el sistema de seguimiento informático.
Se debe registrar en la Ficha de Atención Psicosocial de estas mujeres que no fueron ingresadas al
programa y el tiempo de estadía en la Casa, ya sea días o horas de permanencia.
Ingreso
En el ingreso se informa de modo detallado el modelo de Intervención de las Casas de
Acogida, se acuerdan las responsabilidades y deberes de la usuaria, se completa la información
obtenida en la entrada a la casa, se completan la información faltante en las fichas y se firma el
reglamento.
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Diagnóstico psicosocial
El Diagnóstico psicosocial tiene como objetivo evaluar los daños producidos por la historia de
violencia que la mujer ha sobrevivido, así como, evaluar las potencialidades y redes personales
existentes posibles de fortalecer o la creación de redes personales. También, se evaluarán algunos
aspectos de la salud mental de la mujer, tales como sintomatología depresiva y ansiosa, alteración
de las capacidades cognitivas, trastorno de personalidad y consumo de drogas entre otras, con el
fin de definir líneas de intervención específicas en el ámbito psicológico, que no son el objetivo
final de la intervención en violencia, pero que es necesario abordar para poder establecer las
condiciones de la persona para enfrentar el proceso de intervención específico en violencia.
Específicamente se debe identificar parte de las justificaciones o racionalizaciones en relación a la
violencia recibida y el riesgo que ésta implica. Se evalúa también, la red primaria y secundaria de la
usuaria, para determinar sus recursos de reinserción social.
Plan de Intervención Integral
A partir del diagnóstico psicosocial se elabora un plan de intervención integral (PII) específico para
cada mujer usuaria de la Casa de Acogida. Este plan guía todas las acciones e intervenciones a
realizarse y es construido por la triada: trabajadora social, psicóloga y abogada/o del Centro
correspondiente.
El tiempo de permanencia de las mujeres en la Casa, deberá ser lo más acotado e intenso posible.
Desde el momento del ingreso de la mujer a la Casa de Acogida se debe gestionar su egreso, que
dependerá del Plan de Intervención Individual, elaborado para cada usuaria, el cual deberá
considerar, un plazo de 30 días de estadía en la Casa.
En el evento que este periodo, no alcance para cumplir los objetivos del Plan, es decir no se logra
disminuir el riesgo de la usuaria, se podrá prorrogar por 30 días más, estableciendo nuevas
estrategias de intervención. Si al cabo de los 60 días aún no se han alcanzado los objetivos del Plan
de Intervención Individual, se deberá modificar éste contando con la participación de una
representante de la Dirección Regional del SERNAM. De esta forma, el tiempo de permanencia de
las mujeres en la Casa de Acogida no deberá exceder a un máximo de 90 días. Excepcionalmente
se evaluará casos que por fuerza mayor deban permanecer más tiempo en intervención dentro de
la Casa, para lo cual se requerirá una autorización expresa de la encargada de supervisar la Casa
por parte de SERNAM.
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Proceso de Atención de la Mujer Víctima de Violencia Intrafamiliar
El proceso de atención psicosocial, que se inicia en la Casa de Acogida y continúa en el
Centro de la Mujer, tiene como objetivo principal: la disminución del riesgo grave y/o vital del que
se encuentra la mujer. A través de un conjunto de intervenciones destinadas a que la mujer
visualice la violencia y a su vez elabore estrategias de protección y autoprotección. Se vela
también por empoderar a la mujer, recuperar su autoestima y estabilidad, fortalecer sus redes y
reparar los daños físico y psíquico, causados por la violencia, junto a la inserción laboral y/o social
de la mujer.
A continuación se explicarán las líneas de intervención del proceso de Atención psicosocial:
Atención Psicosocial
Por atención psicosocial se entiende todas las intervenciones que tienen como objetivo el
favorecer la identificación de la violencia recibida y el riesgo que ésta implica para desarrollar
estrategias de protección y autoprotección. Se trabajará para creación, restitución y/o
fortalecimiento, tanto de las redes primarias como las secundarias.
Esta intervención será a cargo de la dupla e incluirá especialmente:
Diagnóstico de la negación, justificación y/o racionalización de la violencia ejercida
por parte de su pareja
Promover estrategias de protección y autocuidado en las mujeres víctimas de
violencia Intrafamiliar
Diagnóstico de redes apoyo de la mujer.
Inserción, fortalecimiento y creación de redes primarias y secundarias.
Derivación, en los casos que no implique riesgo, al Centro de la Mujer
correspondiente.
La atención psicosocial se realiza por medio de dos modalidades de intervención a cargo
de la dupla:
Atención Psicosocial Individual:
Está destinada a la contención inicial y el fortalecimiento y apoyo emocional.
Principalmente, el foco de la intervención debe centrarse en romper los mecanismos y las
distorciones en relación a la violencia recibida, para visualizar el riesgo. Las mujeres al realizar
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estos procesos pueden establecer medidas de protección de un modo más consciente y activo.
También se trabaja en la activación de los recursos personales de la mujer y los recursos de la red,
el desarrollo de su proceso de individuación y el proceso de revalorización de sí misma.
La atención individual debe estar presente con todas las usuarias al menos dos veces por
semana, ya que resulta necesario realizar una intervención intensa y permanentemente con las
mujeres.
Atención Grupal:
Destinada al trabajo sobre la violencia y también sobre la convivencia entre las usuarias de
la Casa de Acogida. La violencia Intrafamiliar no es un tabú entre las usuarias, se debe conversar y
trabajar sobre ésta. En la medida en que las mujeres le reconozcan a otro la violencia recibida, en
parte, también se la reconocen a sí mismas. En la medida en que las mujeres sean capaces de
reconocer las agresiones están preparadas para establecer estrategias propias de autoprotección,
ya que visualizan los posibles riesgos.
También resulta necesario trabajar sobre la convivencia entre las mujeres.
Inevitablemente en programas residenciales que reciben a mujeres víctimas de violencia
intrafamiliar suelen darse más conflictos relacionales entre ellas. Es necesario tratar estos
conflictos, enfrentarlo desde las propias usuarias en un contexto de respeto y empatía. Al no tratar
los conflictos, éstos tienen a aumentar, por lo que se agrava la situación.
La atención grupal debe estar presente todos los días hábiles de la semana, ya sea a través
de talleres o asambleas. Dado que la mayoría de las mujeres, egresa o deserta antes del mes de
intervención, resulta sumamente necesario trabajar de un modo muy intenso con ellas.
En el grupo de apoyo se desarrollaran temas que promoverán la reflexión, análisis e
integración en torno a la situación de violencia vivida; así como el desarrollo de competencias. En
otras palabras, la interacción grupal es un espacio de aprendizaje, contención y apoyo emocional
que potencia las capacidades de enfrentamiento de situaciones problemáticas.
Atención Jurídica
La asesoría, acompañamiento y patrocinio legal tiene como objetivo favorecer la real
protección de la mujer desde dos ejes de intervención:
Patrocinando a las mujeres y presentando querella en los casos de violencia (labor que
realizarán los/las abogados/as de los Centros de la mujer de SERNAM)
Realizar las demás funciones establecidas en las “Orientaciones técnicas para la intervención
jurídica en las Casas de Acogida”
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Coordinación Intersectorial con Instituciones Públicas y Privadas.
La coordinación con instituciones públicas y privadas, es decir, con las redes sociales abiertas
tiene como objetivo activar todas las redes necesarias y requeridas para que, tanto durante su
estadía en la Casa de Acogida como al momento del egreso se de continuidad protección,
reparación y reinserción.
En lo que respecta a la protección, para la constitución de la red institucional se requerirá el
concurso de SERNAM regional para formalizar el compromiso de una actuación unificada en cada
caso en que haya una mujer en riesgo vital. y para una mejor eficacia y cumplimiento de las
medidas de carácter civil-penal y la activación de las medidas asistenciales (sanitarias, jurídicas,
sicológicas y sociales). Las instituciones que deben constituir esta red son Ministerio Público,
Tribunal de Familia, Policías, IML, Ministerio de Salud, SENAME, SERNAM u otra institución,
fundación pertinente.
En relación a la reinserción de las mujeres deberán realizarse las gestiones necesarias para su
nivelación de estudios, habilitación laboral, incorporación al trabajo, así como, subsidios
económicos y otras, las cuales deberán ser abordadas conjuntamente con SERNAM nacional y
regional y con Mineduc, Trabajo, Salud, Vivienda, SERNAM, JUNJI, Fundación Prodemu y por los
Municipios. Estas gestiones contarán con el respaldo de Acuerdos de Colaboración establecidos
entre SERNAM y los/as respectivos/as Ministros/as o Jefes/as de Servicios, u otra institución,
fundación pertinente.
Dentro de la coordinación intersectorial se considera la derivación y/o interconsulta a los
servicios de salud tanto física como psicológica y psiquiátrica, para la mujer y sus hija/os, cuando
corresponda.
El objetivo de esta intervención busca dar la atención integral que tanto la mujer como sus
hijos requieran y al mismo tiempo insertar a la mujer en la red de servicios de salud
correspondientes.
Por último, y como se señaló anteriormente se deberá derivar a los Centro de la Mujer a todas
las mujeres que cumplan con las condiciones, es decir, que esta derivación no implique un riesgo
para la usuaria, y la mujer tenga voluntad de ingresar a la intervención del Centro.
Salida de la Casa de Acogida y seguimiento
Egreso, Derivación y Seguimiento:
Se entiende por egreso la modificación de la situación de riesgo de ingreso, es decir el
egreso se puede dar siempre y cuando no exista el riesgo vital presente en el ingreso. Junto a esto,
las intervenciones realizadas en la Casa de Acogida tiene como objetivo proteger a la mujer, por lo
tanto, mientras antes se logren estos objetivos menos será el tiempo de estadía y menos será el
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desarraigo de la mujer. No obstante, si los planes de intervención individual en función a la
reelaboración del proyecto de vida no han sido del todo cumplidos pero la mujer ya no está en
riesgo, esta mujer puede egresar de la casa y continuar su intervención en el los Centros de la
Mujer.
Todo egreso de la Casa de Acogida debe ser coordinado con la Uravit o fiscalía
correspondiente, pues puede realizarse siempre y cuando se ha modificado la situación del
ingreso, es decir que la mujer ya no se encuentra en riesgo grave y/o vital. Así mismo, toda mujer
usuaria del programa debe ser derivada a los centros de la mujer, (si no es posible dicha derivación
debe gestionarse a otro centro especializado en reparación de víctimas de violencia grave) que
permita continuar con la atención psicosocial. Por lo tanto, debe existir coordinación y continuidad
de intervenciones entre la Casa de Acogida y los Centros de la Mujer.
Los criterios de Egresos son los siguientes:
1. La mujer establece medidas de autoprotección y está consciente del riesgo
2. Existen medidas cautelares decretadas:
Mujer con medidas cautelares
Y/o mujer con medidas cautelares autónomas
Si por la historia de VIF el hombre o la propia usuaria no han cumplido las medidas
cautelares evaluar:
Activación de Redes primarias efectivas
- Es decir, redes que visualizan el riesgo y la violencia y,
- Redes que tienen motivación de brindar protección
Los criterios anteriores no son taxativos, ya que cada situación es distinta y particular en cada
caso. Por lo que se deben evaluar todos los aspectos, y dependiendo del caso, se podrá egresar
mujeres que no cuenten con todos los criterios anteriores.
El seguimiento de las mujeres que egresan de la Casa de Acogida, se realiza a partir de los
7 días de egreso y por un tiempo no inferior a seis meses, realizado diversas acciones de
seguimiento al menos cada 15 días. Este seguimiento tiene por objetivo:
Evaluar la continuidad del proceso de atención en violencia
Evaluar las condiciones de protección y autoprotección de las mujeres
Evaluar los niveles de violencia, daño y riesgo
Derivar a las mujeres en caso de ser requerido.
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Traslado y Seguimiento:
Los traslados son las derivaciones de una mujer de la Casa de Acogida a otra casa de la
región o a otra casa de otra región. Los motivos por los cuales se puede realizar el traslado son:
-
-
Permanecer en la Casa de Acogida implica un riesgo para la mujer, ya que el hombre que
ejerce violencia conoce el domicilio de la casa o la comuna es muy pequeña por lo que
implica un riesgo para ella reconstruir su proyecto de vida en la misma comuna del
hombre que ejerce violencia.
La mujer cuenta con redes primarias o secundarias Efectivas en otra comuna o región.
Estas redes deben ser previamente evaluadas en la región o comuna de traslado
El seguimiento de las mujeres trasladas debe realizarse el día después del traslado y durante
15 días luego del traslado. El objetivo del seguimiento es:
-
Garantizar que la mujer haya ingresado a la otra Casa
Traspaso de información pertinente y necesaria para continuar el plan de intervención
individual.
Deserción y Seguimiento:
Se entiende por Deserción la decisión unilateral por parte de la usuaria de abandonar la
Casa de Acogida, sin el consentimiento de la dupla psicosocial de la Casa, ni la URAVIT o fiscal a
cargo. Cuando una mujer deserte de la Casa deberá realizarse los siguientes procedimientos:
Dar aviso y coordinar acciones con la jefa de URAVIT correspondiente y/o el Fiscal
que ingresó el caso, así como con Carabineros.
Evaluar la situación de riesgo en que se encuentra y tomar las medidas necesarias
Derivar a Centro de la Mujer aquellos casos que correspondan
Coordinar la acción de organismos de protección si el caso lo requiere.
El seguimiento de las mujeres que desertan de la Casa de Acogida, se realiza a partir de los
7 días de deserción y por un tiempo no inferior a tres meses, realizado diversas acciones de
seguimiento al menos cada 15 días. Este seguimiento tiene por objetivo:
Evaluar las condiciones de protección en las que se encuentra la mujer
Velar por el reingreso de la mujer a la Casa o algún centro que le brinde
protección y/o atención
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Evaluar el riesgo, la violencia y daño
Orientar y/o derivar a las mujeres en caso de ser requerido
Retiro y Seguimiento:
Se entiende por Retiro, la decisión debidamente justificada de solicitar la salida de la mujer de
la Casa de Acogida. Esta decisión puede ser exclusivamte por los siguientes motivos:
Consumo problemático de drogas que altere gravemente la convivencia de la casa,
implicando un riesgo tanto para el equipo de la Casa como para las usuarias.
Presencia de psicopatología grave que altere gravemente la convivencia de la casa,
implicando un riesgo tanto para el equipo de la Casa como para las usuarias.
Incumplimiento grave y reiterado de las normas de la casa que altere gravemente la
convivencia en ésta, implicando un riesgo tanto para el equipo de la Casa como para las usuarias.
Para proceder al retiro o egreso anticipado de una usuaria por las causas antes mencionadas,
se deberá cumplir antes con los siguientes procedimientos:
Solicitar autorización a la Dirección Regional de SERNAM.
Informar a la Fiscalía Correspondiente
Coordinar con la Uravit y Carabineros el retiro de la usuaria
Realizar seguimiento
Derivar a la mujer a Centros de la Mujer o a otra instancia de atención.
El seguimiento de las mujeres retiradas de la Casa de Acogida, se realiza a partir de los 15 días
de deserción y por un tiempo no inferior a tres meses, realizado diversas acciones de seguimiento
al menos cada 15 días. Este seguimiento tiene por objetivo:
Evaluar las condiciones de protección en las que se encuentra la mujer
Orientar y/o derivar a las mujeres en caso de ser requerido.
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ANEXO Nº1:
CERTIFICADO DE NEGACIÓN DE LA INTERVENCIÓN EN LA CASA DE
ACOGIDA
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CERTIFICADO DE NEGACIÓN DE LA INTERVENCIÓN EN LA CASA DE
ACOGIDA
Yo,__________________________________, RUT:___________________
Con fecha _____/_____/______ niego el ingreso a la intervención en la Casa
de Acogida, no obstante el riesgo a mi seguridad y la de mis hijos/as que esto
implica.
_________________________________
Firma Mujer
____________________________
Firma Profesional o Técnico de la
Casa de Acogida
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