2013-9-8 El malentendido sobre Hannah Arendt

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2013-9-8 El malentendido sobre Hannah Arendt
La película de Margarethe von Trotta sobre la filósofa alemana ha despertado una nueva
ola de críticas contra su libro ‘Eichmann en Jerusalén’. El problema es que muy pocos de
sus detractores lo han leído
MONIKA ZGUSTOVA, EL PAÍS, 9-8-2013
Cuando en 1961 se celebró en Jerusalén el juicio del líder nazi Adolf
Eichmann, la revista The New Yorkerescogió como enviada especial a
Hannah Arendt, una filósofa judía de origen alemán exiliada en Estados
Unidos. Arendt, que se había dado a conocer con su libro Los orígenes del
totalitarismo, era una de las personas más adecuadas para escribir un
reportaje sobre el juicio al miembro de las SS responsable de la solución
final. Los artículos que la filósofa redactó acerca del juicio despertaron
admiración en algunos (tanto el poeta estadounidense Robert Lowell como el
filósofo alemán Karl Jaspers afirmaron que eran una obra maestra), mientras
que en muchos más provocaron animadversión e ira. Cuando Arendt publicó
esos reportajes en forma de libro con el título Eichmann en Jerusalén y lo
subtituló Sobre la banalidad del mal, el resentimiento no tardó en desatar
una caza de brujas, organizada por varias asociaciones judías
estadounidenses e israelíes.
Tres fueron los temas de su ensayo que indignaron a los lectores. El
primero, el concepto de la “banalidad del mal”. Mientras que el fiscal en
Jerusalén, de acuerdo con la opinión pública, retrató a Eichmann como a un
monstruo al servicio de un régimen criminal, como a un hombre que odiaba a
los judíos de forma patológica y que fríamente organizó su aniquilación, para
Arendt Eichmann no era un demonio, sino un hombre normal con un
desarrollado sentido del orden que había hecho suya la ideología nazi, que
no se entendía sin el antisemitismo, y, orgulloso, la puso en práctica. Arendt
insinuó que Eichmann era un hombre como tantos, un disciplinado, aplicado
y ambicioso burócrata: no un Satanás, sino una persona “terriblemente y
temiblemente normal”; un producto de su tiempo y del régimen que le tocó
vivir.
Lo que dio aun más motivos de indignación fue la crítica que Arendt
dispensó a los líderes de algunas asociaciones judías. Según las
investigaciones de la filósofa, habrían muerto considerablemente menos
judíos en la guerra si no fuera por la pusilanimidad de los encargados de
dichas asociaciones que, para salvar su propia piel, entregaron a los nazis
inventarios de sus congregaciones y colaboraron de esta forma en la
deportación masiva. El tercer motivo de reproches fueron las dudas que la
filósofa planteó acerca de la legalidad jurídica de Israel a la hora de juzgar a
Eichmann.
De modo que lo que esencialmente provocó las críticas fue la insumisión: en
vez de defender como buena judía la causa de su pueblo de manera
incondicional, Arendt se puso a reflexionar, investigar y debatir. Sus lectores
habían esperado de ella un apoyo surgido del sentimiento de la identidad
nacional judía y de la adhesión a una causa común, y lo que recibieron fue
una respuesta racional de alguien que no da nada por sentado. En palabras
de Aristóteles, en vez de limitarse a ser una “historiadora”, Arendt se
convirtió en “poeta”.
Sus adversarios llegaron a ser muchos; el filósofo Isaiah Berlin no quería ni
oír hablar de ella, y el novelista judío Saul Bellow afirmó que Arendt era “una
mujer vanidosa, rígida y dura, cuya comprensión de lo humano resulta
limitadísima”, aunque otra conocida escritora, Mary McCarthy, publicó
en Partisan Review un largo ensayo en apoyo de Eichmann en Jerusalén.
Así, el libro de Arendt generó en los sesenta toda una guerra civil entre la
intelectualidad neoyorkina y europea.
En vez de defender incondicionalmente, como buena judía, la
causa de su pueblo, debatió, investigó, reflexionó
Ahora, medio siglo después de la primera polémica, la realizadora alemana
Margarethe von Trotta ha ofrecido al público su películaHannah Arendt, que
ha despertado una nueva ola de reacciones contra el tratado de la filósofa.
Lejos de ser un documental sobre Arendt, esta “película de ideas”, que se
estrenó en mayo en Estados Unidos y en junio en España, enfoca el caso
Eichmann sirviéndose de escenas de su juicio en Jerusalén, extraídas de los
archivos. Otra vez en Estados Unidos y en Europa se ha despertado una
polémica, aunque más respetuosa con la filósofa, la cual, a lo largo de las
décadas, ha ido cobrando peso.
La mayoría de los participantes en el debate actual sostienen que, en la
“banalidad del mal”, Arendt descubrió un concepto importante: muchos
malhechores son personas normales. En cambio, según ellos, Arendt no
supo aplicar adecuadamente ese concepto. Según lo expresó Christopher
Browning en New York Review of Books: “Arendt encontró un concepto
importante pero no un ejemplo válido”. Elke Schmitter argumenta en el
semanario alemán Der Spiegel que “la actuación en Jerusalén fue un exitoso
engaño”, y que Arendt no llegó a entender al verdadero Eichmann, un
fanático antisemita. Alfred Kaplan ha escrito enThe New York Times que
“Arendt malinterpretó a Eichmann, aunque sí descubrió un gran tema: cómo
las personas comunes se convierten en brutales asesinos”. Todos los
críticos —y hay muchos más que los citados— invocan los documentos
hallados sobre Eichmann tras la publicación de Eichmann en Jerusalén y las
investigaciones posteriores, y afirman que Arendt en su época los ignoraba y
debido a ello malinterpretó a Eichmann.
El problema es que —y aquí subyace el primer malentendido— Arendt sí
conocía, al menos parcialmente, esos materiales, y su tratado los tuvo muy
en cuenta. Dichos documentos provienen de la estancia del jerarca nazi en
Argentina, antes de que allí le capturaran los servicios secretos israelíes: se
trata de sus memorias y apuntes, además de una entrevista. A partir de esos
materiales, diversos estudiosos han publicado en los últimos años nuevos
ensayos sobre Eichmann y, por lo general, le dan la razón a Arendt en el
hecho de que Eichmann no era un maniático que odiaba a los judíos, sino un
hombre común. En cambio, esos historiadores le echan en cara a Arendt su
idea de que Eichmann meramente obedecía órdenes.
Logró poner de manifiesto que el mal puede ser obra de gente
corriente, de las personas que renuncian a pensar
Y aquí está el segundo malentendido: la filósofa nunca sostuvo que
Eichmann se limitara a obedecer órdenes. En su libro, Arendt resaltó la
rebelión de Eichmann contra las órdenes de Himmler quien, al aproximarse
la derrota, recomendó un mejor trato a los judíos, mientras que Eichmann “se
esforzó por hacer que la solución final lo fuera realmente”, escribió Arendt.
La filósofa dibujó un minucioso retrato de Eichmann como un burgués
solitario cuya vida estaba desprovista del sentido de la trascendencia, y cuya
tendencia a refugiarse en las ideologías le llevó a preferir la ideología
nacionalsocialista y a aplicarla hasta el final. “Lo que quedó en las mentes de
personas como Eichmann”, dice Arendt, “no era una ideología racional o
coherente, sino simplemente la noción de participar en algo histórico,
grandioso, único”. El Eichmann de Arendt es un hombre que, engañándose y
convenciéndose a sí mismo, está persuadido de que sus sangrientas
acciones manifiestan su virtud.
Muchos ensayistas y comentaristas no han entendido y siguen sin entender
las ideas de Arendt porque no han leído su libro, o lo han leído bajo la
influencia de los comentarios anteriores. Por eso el malentendido
sobre Eichmann en Jerusalén no acaba de disiparse y Hannah Arendt se ha
convertido en una autora de la que se habla mucho, pero a quien leen pocos.
Sus ideas siguen molestando hoy como lo hicieron hace cincuenta años.
Nada en la historia es blanco y negro, y los análisis de Arendt despiertan la
animadversión de los que prefieren explicárselo todo con esquemas simples
que no permitan la duda ni obliguen a reflexionar sin fin. Por ello es más
preciso que nunca ir a la fuente y leer a Hannah Arendt, porque ella puso de
manifiesto que el mal puede ser obra de la gente común, de aquellas
personas que renuncian a pensar para abandonarse a la corriente de su
tiempo. Y eso es válido también para los tiempos que vivimos.
Monika Zgustova es escritora. Su última novela es La noche de Valia (Destino).
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