La ruptura histórica de la Revolución Industrial

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Relaciones Laborales
Unidad 2. El proceso de trabajo
La ruptura histórica de la Revolución Industrial
En la unidad 1 hemos presentado la noción de
trabajo como una construcción social, cuyo
valor y sentido varía históricamente. Dijimos allí que en el curso de esta materia nos
interesaba la noción de trabajo que se identifica con el mercado laboral asalariado y libre
propio de las sociedades industriales y de la expansión universal del capitalismo.
Vamos primero a identificar en el tiempo y en el espacio el nacimiento de las sociedades donde se acuñó
esta noción de trabajo.
Las profundas transformaciones cuyo resultado es el nacimiento de la primera sociedad industrial
comenzaron en Gran Bretaña a mediados del siglo XVIII. En conjunto este proceso de profundos
cambios se llamó revolución industrial. Desde Gran Bretaña la revolución industrial se difundió
inicialmente al continente europeo y a Estados Unidos. Más tarde se extendió al resto de América y
otras regiones del mundo.
¿En qué consistieron estas transformaciones entre el mundo preindustrial y el que va
modelando la revolución industrial?
Veamos:
1. La agricultura fue desplazada, como principal actividad económica, por la industria y los servicios.
2. Consecuentemente, la población se mudó del campo a la ciudad, dando origen a la urbanización y
al crecimiento del número de ciudades.
3. Se desarrolló un notable cambio en la velocidad del desarrollo y aplicación de tecnologías nuevas.
Hay que señalar en especial que se rompe el límite que imponían la energía humana y animal y
se inaugura un modelo nuevo de trabajo sobre la base de: hombre + máquina + energía mineral.
4. En sus dos siglos y medio de vida, la sociedad industrial verá un crecimiento de la producción y la
productividad de los factores de producción (tierra, capital y trabajo) nunca antes visto en la
historia de la humanidad. La disponibilidad de alimentos como de bienes manufacturados y
servicios se multiplicó vertiginosamente.
5. Por lo tanto, creció igualmente la población produciendo una verdadera explosión demográfica
que se extendió a todo el mundo básicamente por la disminución de la mortalidad infantil. Una
característica notable fue el alargamiento de la esperanza de vida: de 33 años en 1700 a 77 en
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6. Nacieron nuevas formas de organización del trabajo: se abolió el tráfico de esclavos, se organizó
el mercado salarial y surgieron nuevas clases sociales, nuevas formas de organización familiar,
nuevas formas de actividad política.
7. El desarrollo del transporte y de las comunicaciones aceleró el contacto entre regiones y la
difusión de cambios. Al mismo tiempo, creció el comercio y el movimiento de personas en
grandes oleadas de inmigrantes hacia los continentes más despoblados.
Idea
Visto en perspectiva, la comparación entre el mundo preindustrial y nuestra sociedad
es tan evidente que podemos concluir sin ninguna duda que la revolución industrial
significó una ruptura en la historia humana: una nueva manera de ser en el mundo
reemplaza un modo tradicional afectando profundamente la estructura de todo lo
conocido.
En este cambio se combinan:
El crecimiento económico,
La innovación técnica y organizacional,
La transformación del trabajo y la sociedad.
El demógrafo inglés E. A. Wrigley en su obra
Cambio, continuidad y azar. Carácter de la
Revolución Industrial inglesa (Barcelona, Crítica, 1993) resume la importancia de los cambios, al
afirmar que:
“...la característica distintiva de la Revolución Industrial, que ha transformado las vidas de
los habitantes de las sociedades industrializadas, ha sido un aumento amplio y sostenido
de los ingresos reales per capita. Sin un cambio de este tipo, el grueso del total de
ingresos se hubiese seguido gastando necesariamente en alimentos y el grueso de la
fuerza de trabajo hubiese seguido empleada en la tierra”.
Ahora bien, este proceso no fue repentino ni simultáneo. Tuvo lugar a través de muchos años y existen
muchas supervivencias de la sociedad tradicional que se pueden rastrear en la industrial.
Sin embargo, por la razón señalada por Wrigley, la lógica del cambio alimenta un carácter
sinérgico, si se quiere “más revolucionario”, casi frenético que nos permite periodizar la
Revolución Industrial en una serie de etapas y estudiar su actualidad.
Cada etapa está caracterizada por un paradigma tecnológico que termina por englobar la
casi totalidad de la economía, transformando el modo de producir y de vivir, modificando el
mapa mundial y cambiando masivamente el comportamiento de los agentes de la
producción y el trabajo y de los actores políticos y sociales.
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Las etapas de la Revolución Industrial
En base a esta unión de técnica y economía, cuyo origen es el pensamiento del economista J.
A. Schumpeter expresado en su libro: Capitalismo, socialismo y democracia , publicado en
Nueva York en 1942, podemos distinguir tres etapas:
1. Desde las últimas décadas del siglo XVIII hasta mediados del siglo XIX. Desde el punto
de vista de la organización del trabajo, se observa el nacimiento de la fábrica aunque
continúa coexistiendo el sistema de trabajo a domicilio en las horas muertas que el
trabajo agrícola, que sigue ocupando a la mayoría de la población, dejaba a los
trabajadores. Aparece el uso de energía inanimada (vapor e hidráulica) y las máquinas
animadas por esta energía revolucionan la industria textil y la metalurgia.
2. Desde las últimas décadas del siglo XIX hasta 1914 se delineó un nuevo paradigma
que vió el surgimiento de corporaciones industriales y un proceso general de
concentración del capital. Desde el punto de vista de los procesos de trabajo, surge la
organización científica y el fordismo. El combustible estrella deja de ser el carbón y es
reemplazado por el petróleo y la energía eléctrica reemplaza al vapor. La infinidad de
procesos industriales nuevos derivados de la industria química es un rasgo que
identifica este momento del desarrollo del capitalismo. Si en la primera etapa fue Gran
Bretaña en el país pionero, ahora lo son Alemania y Estados Unidos. Superados los
grandes conflictos mundiales, esta etapa se extiende hasta 1973. Curiosamente, el
desarrollo de la energía nuclear no modificó, excepto en la industria de armamentos, el
paradigma original.
3. La tercera etapa es nuestra actualidad. Es la etapa del
postfordismo, de la
automatización y de la especialización flexible. A ella le dedicaremos la unidad
siguiente, pero debemos adelantar que el factor clave es la microelectrónica y la
expansión de la informática, las comunicaciones, la biotecnología y los nuevos
materiales como tecnologías de punta y áreas más dinámicas.
Hay que aclarar que estamos haciendo un análisis desde el punto de vista de nuestro
interés que es ver cómo en los procesos de producción se han ido constituyendo las
relaciones laborales. Pero si el impulso de la Revolución Industrial afectó el sistema
económico mundial, creando el industrialismo y una economía de gran tendencia
expansiva hacia la integración planetaria, tal impulso no actuó solo ni en el vacío.
¿Podemos especular que la Revolución Industrial hubiera tenido el mismo éxito si
la Revolución Norteamericana en 1776 y la Revolución Francesa en 1789 no
hubieran ocurrido?
El cambio del modo de producción va acompañado de una revolución social y política a la que
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se suele llamar “revolución burguesa” o “revolución liberal”.
En este sentido, la periodización que presentamos une en realidad la innovación tecnológica,
la reorganización del proceso del trabajo y la búsqueda de nuevas fuentes de energía con
sucesivas y recurrentes crisis. Hemos presentado la noción de crisis en la unidad anterior
porque es precisamente la necesidad de superar diferentes crisis que ocurren en la expansión
del capitalismo de mercado la que impulsa encontrar soluciones aumentando la productividad
de los factores de la producción. El origen de estas crisis no es exclusivamente económico.
Las luchas obreras y sindicales, las guerras entre naciones, el control de los monopolios, el
sacudimiento del yugo colonial, etcétera precipitan nuevas transformaciones que dan nuevo
vigor a la construcción del sistema mundial. En síntesis, cada etapa desemboca en la sucesiva
como consecuencia de una crisis, que podríamos llamar crisis de crecimiento de la sociedad
industrial.
El resultado es, según la autorizada palabra del catedrático español Julio Arostegui, “la
expansión y la imposición hegemónica de un tipo de sociedades ligadas al capitalismo de
mercado, industrial, a las leyes igualitarias y a la diversificación de los sectores productivos y
distributivos en la economía. Las sociedades con grupos abiertos, relacionados con la
estructura económica y
con el status de los individuos y con la propiedad se llaman
sociedades de clases, porque el grupo social típico es la clase. Los grupos en forma de
estamentos de la sociedad del Antiguo Régimen han seguido destinos diversos según los
países, pero los estamentos como grupo han sido eliminados absolutamente por las nuevas
disposiciones jurídicas y políticas de la Revolución, abriendo el camino a las sociedades
abiertas, ligadas a la libertad de mercado, al predominio de los grupos que manejan el
capital.
La conflictividad en estas sociedades es de nuevo signo, la opresión de clase es la
nueva forma de dominación y las luchas sociales han sido una constante hasta el
presente (...) El Estado y la nación, es decir los Estados basados en la nación, es la forma
política y estratégica en que las sociedades contemporáneas han
organizado sus poderes
internos y se han presentado en la comunidad internacional hasta fines del siglo XX, cuando
se desarrollan tendencias poderosas hacia la convergencia de los Estados nacionales en vastas
organizaciones supra o internacionales, en las que se deposita una buena porción del poder.
Gran parte de los procesos históricos de la Edad Contemporánea se han dado en ese marco
del Estado -nación o han comenzado en él. El liberalismo, como régimen político dominante,
ha creado sistemas donde el poder procede de la representación de los ciudadanos en su
conjunto, donde los gobernantes son revocables por la voluntad general y donde el sistema
de las leyes garantiza en teoría la igualdad de los derechos (...)” Finalmente, “se consagró el
predominio mundial de las formas de civilización propias de la vieja Europa que habían sido
trasladadas también a América, creando la idea y la conciencia de la existencia de una
civilización
occidental
euroamericana.
Esta
civilización
ha
dado
el
gran “salto”
modernizador en los siglos XIX y XX, se ha expandido por el mundo y ha pretendido sujetar a
su dominio extensas áreas de la Tierra a Través de los mecanismos del colonialismo, reflejo
de tendencias imperialistas de una civilización técnicamente muy superior, lo que no
comporta, desde luego, superioridad cultural. El progreso de Europa y América del Norte
especialmente ha llevado a su hegemonía en el mundo y a que toda la visión intelectual de la
historia contemporánea sea eurocentrista u occidentalista, dando durante mucho tiempo una
perspectiva distorsionada de la realidad...”
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La primera Revolución Industrial
Se extiende entre las últimas décadas del siglo XVIII y mitad del siglo XIX. Se caracteriza por
el uso de la energía hidráulica y de vapor, siendo el carbón el material clave para la
generación de energía inanimada. En esta etapa nace el sistema de fábricas y la
mecanización del trabajo. La metalurgia y la industria textil constituyen los procesos
productivos de punta.
¿Qué es lo que cambió en esos largos años?
¿Cómo se modificaron los procesos de trabajo?
Veamos primero las formas tradicionales de producción de bienes industriales. Estas formas
que no habían sufrido prácticamente cambios desde la Edad Media eran básicamente tres:
a. La pequeña industria artesanal urbana
b. La industria a domicilio
c. Las protofábricas
La industria artesanal
urbana se expandió en Europa desde el siglo XIII
fuertemente regulada por los gremios de artesanos.
Funcionaba en pequeños talleres organizados jerárquicamente en base a un
sistema de aprendizaje. La vida en el taller era estricta: estándares, horarios,
precios, conducta comercial, todo estaba sometido a un estricto control moral.
La industria domiciliaria se difundió más tarde y alcanzó su apogeo en el siglo
XVIII. Era un sistema de producción descentralizado: los trabajadores hacían su
trabajo en su casa, con herramientas propias según los que les encargaba un
comerciante-empresario. Este suministraba la materia prima y retiraba el
producto elaborado, el cual se vendía en los mercados europeos o se exportaba.
Los trabajadores eran generalmente campesinos que usaban el tiempo muerto
que imponía su actividad principal. Era un sistema flexible en el cual la producción
se regulaba de acuerdo con la demanda y en el que no existía una obligación de
un vínculo empresario-trabajador permanente. Los costos fijos eran mínimos y
los salarios muy bajos, dado que no se aplicaba aquí ninguna reglamentación
gremial. Esta forma de trabajo se utilizó en la industria textil, pero también en la
fabricación de vidrio, relojes y metalurgia, y en diversas ramas de la industria ha
sobrevivido hasta hoy.
Las protofábricas fueron los primeros establecimientos que concentraron de forma
centralizada actividades que por razones técnicas o económicas no podían llevarse
a cabo de otra forma, como es el ejemplo de los astilleros o de la minería. En
otros casos, su existencia obedeció a un monopolio generalmente de origen
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estatal.
En todas estas formas de organización laboral el grueso de la energía que se
usaba era de origen orgánico: la fuerza humana y la animal, complementada por
el agua, el calor que producía la combustión de madera o el viento. De tal
manera, los niveles de productividad eran moderados a pesar de la división del
trabajo o la mejora de las herramientas y artefactos mecánicos en uso.
En cambio lo que introduce la Revolución Industrial es la asociación de: máquina
+ energía inanimada, y esta asociación será desde entonces el rasgo dominante
de la industria moderna. Las máquinas impulsadas por energía inanimada
obligaron a sustituir las formas tradicionales de organización del trabajo y dieron
nacimiento a la fábrica, porque el tamaño y el costo de las maquinarias hacían
imposible que fueran propiedad de los trabajadores como las herramientas que
antes usaban en sus casas.
Aunque en muchos países como Italia y Japón se usó la energía hidráulica como
fuente principal de energía inorgánica, la innovación principal fue al acceso a
nuevas fuentes de energía calórica y mecánica por la difusión de la máquina de
vapor y del uso del carbón mineral como combustible. Esto favoreció a los países
con grandes yacimientos de carbón como Gran Bretaña, Alemania o Estados
Unidos. La máquina de vapor fue patentada por James Watt en 1769;
perfeccionada luego pudo ser aplicada al transporte: hacia 1820 se construyeron
los primeros
ferrocarriles
y
barcos
de
vapor.
Ambos
revolucionarían
las
comunicaciones y el comercio, consolidando el sistema fabril.
Desde entonces los niveles de productividad se elevaron a alturas no imaginables
anteriormente.
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El sistema fábrica
La fábrica nació con la Revolución Industrial. La fábrica se identifica con:
la producción con máquinas,
el uso de energía inanimada en reemplazo de la fuerza humana o animal, y
la presencia de trabajadores asalariados sometidos a un régimen de estricta disciplina.
¿Qué es una máquina?
¿En qué se diferencia de una herramienta, digamos del martillo que usamos en
casa para colgar un cuadro o el lampazo para lavar la vereda?
Cuando vemos un auto lindo y potente decimos “es una máquina”, pero el taxista o el
remisero dicen que el auto es su “herramienta de trabajo”. Ciertamente, a medida que las
herramientas son más complejas su diferencia conceptual con una máquina se desdibuja y no
hay un límite preciso. Sin embargo podemos decir que en general una máquina dispone de
algún mecanismo que reemplaza a la habilidad humana. En cualquier caso, lo distintivo de la
industria moderna organizada en fábricas fue la utilización universal de máquinas accionadas
por energía inanimada, las cuales por su tamaño y costo no podían ser propiedad de los
trabajadores.
Es el tercer punto,
la concentración del trabajo
en establecimientos con rutinas
disciplinadas la modificación más radical introducida. La Doctora María Inés Barbero,
especialista en historia económica y en especial en historia de empresas, en una obra
colectiva sobre historia y problemas del mundo contemporáneo (Julio Arostegui, Cristian
Buchrucker y Jorge Saborido, directores,
El Mundo Contemporáneo: Historia y
Problemas, 2001, Buenos Aires/Barcelona, Biblos/Crítica) lo cuenta de la siguiente manera.
“Con la fábrica se produjo en primer lugar una intensificación de la actividad laboral. A
diferencia de la industria a domicilio, en la que los trabajadores decidían libremente cuándo y
cuánto trabajar, la fábrica exigía a los obreros un horario estricto y una actividad constante.
El trabajo humano debió adaptarse al ritmo impuesto por las máquinas. Los trabajadores
debieron acostumbrarse a una precisión y una asiduidad desconocidas con anterioridad, y
debieron modificar profundamente sus hábitos laborales. Antes del advenimiento del sistema
de fábrica el trabajo era muy irregular y en general se combinaban momentos de trabajo
intenso con la ociosidad. Hasta las primeras décadas del siglo XIX el año laboral estaba
salpicado de fiestas y ferias, que eran rigurosamente respetadas por los trabajadores.
Un aspecto central de la producción “preindustrial” era que el conocimiento tecnológico
tomaba la forma de oficios calificados, y quienes poseían el oficio controlaban los procesos de
producción. La nueva disciplina no era fácilmente aceptada por los trabajadores adultos,
acostumbrados a sistemas más flexibles en los que el ritmo de trabajo era más relajado. Ello
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explica en parte que en la Revolución Industrial se haya recurrido al empleo de mujeres y
niños.
Los nuevos empresarios lucharon por modificar los viejos sistemas de trabajo mediante el
control de los obreros, y algunos establecieron una normativa muy rígida. La entrada de los
operarios a la fábrica, sus comidas, su salida, tenían lugar a una hora fija, pautada por el
toque de una campana o una sirena. En el interior, cada uno tenía un puesto determinado y
una tarea estrictamente delimitada. Debían trabajar regularmente y sin detenerse, bajo la
mirada del capataz.
La jornada laboral era no sólo muy intensa sino también muy extensa. A comienzos del siglo
XIX en el promedio de los establecimientos alcanzaba y sobrepasaba las catorce horas diarias.
Para disciplinar a los trabajadores los empresarios recurrirán mayoritariamente a los castigos
y, en mucho menor medida, a los premios a quienes cumplían satisfactoriamente con las
exigencias. Los castigos más difundidos eran el despido y las multas, que solían ser muy
elevadas y no guardaban proporción con las faltas.
Una segunda característica de las fábricas, además de la disciplina, fue la intensificación de
la división del trabajo. Se trata de una innovación organizativa, que no necesariamente
estuvo vinculada a la difusión de las máquinas, pero que permitió grandes aumentos de la
productividad mediante la reorganización de la actividad laboral”.
En la Investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones,
publicada en 1776, Adam Smith consideró la división del trabajo como “causa principal de la
expansión de su eficiencia”.
Observó Smith que:
“(...) en la forma en que se realiza ahora este negocio, no sólo es una actividad
peculiar todo el trabajo, sino que se divide en varias ramas, la mayoría de las
cuales son también actividades peculiares. Un hombre saca el alambre, otro lo
endereza, un tercero lo corta, un cuarto lo afila, un quinto lo aplana en la parte
superior para recibir la cabeza; la fabricación de la cabeza requiere dos o tres
operaciones distintas; la colocación de la cabeza es una actividad especial; otra
es el blanqueado de los alfileres; incluso es una actividad por sí misma la
colocación de los alfileres en el papel; y así el importante negocio de la
fabricación de un alfiler se divide en cerca de dieciocho operaciones distintas, las
que en algunas fábricas son ejecutadas todas por manos distintas, aunque en
otras un mismo hombre ejecutará a veces dos o tres de tales operaciones. He
visto una pequeña fábrica de esta clase donde sólo estaban empleados diez
hombres, de modo que algunos de ellos ejecutaban dos o tres operaciones
distintas.
Pero aunque eran muy pobres, y por lo tanto poco conocedores de la maquinaria
necesaria, cuando se lo proponían podían fabricar entre todos cerca de 12 libras
de alfileres por día. Hay en una libra más de 4.000 alfileres de tamaño mediano.
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Por lo tanto, esas diez personas podían hacer entre todas más de 48.000
alfileres por día. Así que cada personal, haciendo una décima parte de cuarenta
y ocho mil alfileres, podía considerarse productora de 4.800 alfileres diarios.
Pero si todas ellas hubiesen trabajado en forma separada e independiente, y sin
que ninguna de ellas hubiese sido adecuada para esta actividad peculiar, es
seguro que no habrían podido hacer 20 alfileres cada una, quizá ni siquiera un
alfiler por día”.
Smith identifica, como sigue, los factores responsables de las ventajas imputables a la
división del trabajo:
“Este gran incremento de la cantidad de trabajo que el mismo número de
personas puede realizar a resultas de la división del trabajo se debe a tres
circunstancias diferentes; primero, al aumento de la destreza de cada
trabajador particular; segundo, al ahorro del tiempo que suele perderse al
pasar de una especie de trabajo a otra, por último, a la invención de gran
número de máquinas que facilitan y abrevian el trabajo y permiten que un
hombre haga el trabajo de muchos”.
Con la difusión del sistema de fábrica y el empleo creciente de maquinarias la división del
trabajo se intensificó. La introducción de las máquinas tuvo varias consecuencias.
En primer lugar, muchas tareas se simplificaron, dado que fueron reemplazando
la habilidad de los trabajadores. Ello permitió incrementar la contratación de
personal no calificado que se especializaba en actividades rutinarias, como el
simple control de la máquina.
En segundo lugar, muchas tareas dejaron de requerir no solo habilidad sino
también fuerza, facilitando la contratación de mujeres y niños cuyos salarios eran
mucho menores y se sometían a la disciplina con más facilidad que los hombres
adultos.
En realidad la división del trabajo en las fábricas no implicaba necesariamente la
pérdida de la calificación, y en la mayor parte de los sectores de la industria los
trabajadores de oficio siguieron teniendo un papel significativo por lo menos hasta
fines del siglo XIX. Siguieron diferenciándose las tareas entre trabajadores
calificados y peones, y las máquinas generaron también un nuevo tipo de obrero
especializado: el
de
los
mecánicos
responsables
de
su
mantenimiento
y
reparación.
Pero la creación del sistema fábrica no fue el resultado de la búsqueda de una
organización del trabajo tecnológicamente superior, sino de la búsqueda de una
organización que garantizara al empresario un papel esencial en el proceso de
producción, como integrador de los esfuerzos separados de sus trabajadores en
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un producto vendible en el mercado.
En efecto, la clave para el éxito de la fábrica fue la sustitución del control del
proceso de producción de los trabajadores por el control de los capitalistas; la
disciplina y la supervisión podían reducir los costos, y los redujeron, sin ser tecnológicamente
superiores.
Ahora bien: ¿quiénes estaban dispuestos a crear fábricas ? Gran Bretaña en tanto pionera de
la Revolución Industrial contó con un sector empresarial dispuesto a llevar adelante los
cambios que implicaba la instalación del
sistema fabril, adoptando nuevos métodos de
producción o de organización, fabricar nuevos tipos de bienes o conquistar nuevos mercados.
Esto planteaba simultáneamente resolver problemas concretos de gestión, de gerencia: se
puede decir que con la fábrica nace el management. Y sin duda en Gran Bretaña existían las
condiciones favorables en este período para contar con empresarios dispuestos a asumir el
riesgo.
Entre estos factores se destaca:
en primer lugar el bajo costo de las inversiones en los primeros tiempos, básicamente
por dos razones: máquinas simples y más baratas y mano de obra barata y con
condiciones de contratación muy flexibles.
En segundo lugar, las inversiones públicas en infraestructura de transporte
y
comunicaciones que favorecían la integración de un mercado y la posición dominante
que Gran Bretaña empezaba a disputar en comercio internacional.
Finalmente, los
beneficios
obtenidos
eran
muy
elevados
y
permitieron
una
autofinanciación extendida. Como afirma la Dra. Barbero: “Más difícil que reunir el
capital necesario era probablemente el reclutamiento, la organización y el control de los
trabajadores”.
De modo que al establecerse y expandirse el sistema fabril, fue surgiendo un tipo nuevo de
empresario: el capitalista industrial. La mayoría de los nuevos empresarios provenía de
sectores mercantiles y muchos eran los comerciantes-empresarios de la industria a domicilio.
A medida que la industria fue transformándose en la actividad dominante de la economía
británica, la burguesía industrial pasó a ocupar un lugar destacado en la sociedad, junto a la
burguesía comercial y financiera.
Estos empresarios eran todavía, propietarios individuales o a lo sumo con pocos socios. La
dimensión de la empresa estaba dada por la cantidad de máquinas y en general eran de
reducido tamaño. Hacia 1850 menos del 12% de los trabajadores estaba empleado en
fábricas y el personal empleado promedio de las empresas era de veinte personas.
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Consecuencias de la primera Revolución Industrial
Hemos tomado como modelo la descripción del proceso de industrialización inglés no solo por
su prioridad temporal sino para tratar de situarnos en la manera en que se van conformando
las relaciones laborales en las que estamos inmersos hoy en día. El impacto de la
industrialización de la sociedad no fue rápido sino gradual, pero a medida que se fue
imponiendo generó profundos cambios en la sociedad. Estos cambios no afectaron a toda la
sociedad de la misma manera. Un efecto notable fue el crecimiento de la economía a tasas
sostenidas pero la nueva riqueza se distribuyó de modo muy desigual antes de 1850.
Sintetizando los cambios podemos enunciar:
1. Modificaciones en las condiciones de trabajo:
Disciplina laboral
Jornada laboral larga
Salarios bajos
Inestabilidad del empleo
Trabajo femenino e infantil
Debilitamiento de los mecanismos de protección social
2. Desarrollo urbano y expansión de los servicios públicos y privados:
Crecimiento de la clase media urbana.
Descenso progresivo de la población empleada en la agricultura
Migración de población rural a las ciudades
Modificación del paisaje urbano por la instalación de fábricas
Deterioro de la calidad de vida y del medio ambiente
Déficit de vivienda para los trabajadores: hacinamiento
3. Constitución del proletariado industrial como clase antagónica de la burguesía
industrial con las características que hemos señalado en la Unidad 1. En 1848, Marx
y Engels publican el Manifiesto Comunista como programa de lucha del
proletariado.
Frente a este cuadro resumen nos vuelve a la mente la consabida afirmación acerca de los
procesos de cambio históricos: en todo proceso de cambio hay ganadores y perdedores. La
pregunta a formularse sería entonces: ¿entre la masa de trabajadores la revolución industrial
de esta primera etapa produjo más ganadores o más perdedores? No se ha llegado a una
respuesta definitiva a pesar de que el debate sobre este tema lleva más de ochenta años.
Han participado en él historiadores de la talla de Eric Hobsbawm (por ejemplo su monumental
obra en tres volúmenes:
La Era de la Revolución (1789-1848); La Era del Capital
(1848-1875) y La Era del Imperio (1875-1914) o de E. P Thompson (cf. La Formación
de la Clase Obrera en Inglaterra
). Se destacan dos posiciones contrapuestas: la de los
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optimistas y la de los pesimistas. Los primeros han enfatizado que en el largo plazo la
industrialización permitió un incremento del bienestar para el conjunto de la sociedad, no sólo
una mayor abundancia y variedad de bienes sino también mejores condiciones sanitarias y
educativas y un aumento sostenido de la expectativa de vida. Los
pesimistas, aun
reconociendo esta realidad, contraatacan argumentando que ese resultado no puede ocultar
ni hacernos olvidar los altísimos costos sociales que se pagaron en los primeros tiempos de la
industrialización, costos pagados por personas de carne y hueso de varias generaciones.
Más allá del desacuerdo, en este debate se puso de manifiesto la necesidad de contar con
bases estadísticas para la cuantificación de los problemas sociales y la delimitación de ciertos
indicadores para estudiar la evolución de la “cuestión social” como nivel de los salarios reales,
distribución de la renta nacional, tasas de consumo, herramientas todavía en uso en los
diferentes niveles de gobierno.
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La segunda Revolución Industrial
Esta tuvo lugar entre el último tercio del siglo XIX y la Primera Guerra Mundial y sus efectos
se esparcieron por el mundo hasta 1970.
Sus rasgos esenciales fueron el desarrollo de nuevas formas de organización del trabajo y de
la producción:
el taylorismo, el fordismo y la producción en serie;
el uso de nuevas fuentes de energía como la electricidad y el motor de explosión;
la difusión del acero como insumo clave y el desarrollo de la siderurgia, la
química y la industria de bienes de capital y de maquinaria como los sectores de
punta.
Hacia mediados del siglo XIX el ritmo innovador de la revolución industrial se actualiza en la
metalurgia mediante el desarrollo del acero (aleación de hierro y carbono). El desarrollo de
nuevos procesos de fundición y nuevos hornos permitieron elaborarlo en gran escala y a bajo
costo. Así la producción mundial de acero aumentó de 500 mil toneladas en 1865 a más de
50 millones en 1914. La expansión de la industria siderúrgica tuvo un impacto general sobre
toda la economía. No solo tuvo gran efecto sobre la industria naviera, los ferrocarriles, la
industria de máquinas y herramientas, la construcción sino que por el nivel de inversión
necesario para producirlo dio lugar al nacimiento de la gran empresa y a un proceso de
concentración industrial.
Idea
Pero además se desarrolló un nuevo núcleo tecnológico que podríamos
sintetizar en la fórmula: petróleo + motor de explosión + electricidad +
industria química. Lideraron este nuevo boom industrial Estados Unidos y
Alemania. El petróleo reemplazó al carbón como principal combustible y el
motor de explosión dio lugar a la industria paradigmática del siglo XX:
la
industria automotriz.
La importancia de la electricidad merece un tratamiento más detallado. Apenas iniciado el
siglo XIX, la investigación científica sobre la electricidad hizo importantes avances y en 1860
se generan las primeras aplicaciones industriales con la invención de la dínamo. Le siguieron
un poco más tarde la lámpara incandescente de Tomás A. Edison, el alternador y el
transformador y el perfeccionamiento de los sistemas de transporte desde los lugares de
producción a los de consumo. Desde entonces, las aplicaciones prácticas del uso de la energía
eléctrica son incontables pero cabe destacar la enorme importancia de esta fuente en la
configuración del futuro. La electricidad se usó en iluminación, en motores, maquinarias,
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sistemas de calefacción, hornos metalúrgicos. Está en la base del desarrollo de las
comunicaciones a distancia: el telégrafo, el teléfono, la radiofonía, la televisión. La
distribución domiciliaria de electricidad se convirtió en el servicio público paradigmático.
Finalmente, pero no menos importante, hay que mencionar a la
industria química cuyo
efecto en el campo económico fue enorme. Pero también lo fue en el campo de la
educación
y del conocimiento: no se puede concebir el desarrollo de esta industria sin una enorme
expansión de centros y laboratorios de investigación científica básica y aplicada y por ende de
los centros universitarios formadores de técnicos y profesionales.
En Síntesis
En tal sentido podemos decir que la industria química ha sido madre de
industrias: la industria farmacéutica, los explosivos, las fibras y telas
sintéticas, el caucho sintético, la industrialización de residuos minerales e
influyó en muchas otras como la metalurgia (nuevas aleaciones), alimentos,
fertilizantes, etc. Si hacemos un inventario de los bienes que nos ha legado
la segunda revolución industrial no deberíamos dejar de mencionar: el
cemento, los nuevos metales, la maquinaria agrícola, los armamentos, la
máquina de coser, la máquina de escribir, la fotografía, el franqueo de la
correspondencia, la maquinaria para fabricar papel, la prensa cilíndrica, sin
olvidarnos de los automóviles y de otros ejemplos ya mencionados.
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El nacimiento de la empresa moderna
El crecimiento de las empresas durante esta etapa de la revolución industrial las fue
diferenciando de la empresa tradicional. Este crecimiento se observa a partir de 1850, como
un proceso de concentración o fusión de pequeñas empresas. Siguiendo al ya citado
economista Jorge Nóbile, es importante notar la tendencia de las empresas a especializarse
en la fabricación de una sola especie de productos o a la prestación de una sola clase de
servicios. La especialización –dice este autor- puede ser en una mercadería o trabajo que no
tenga nada de común con los de otras empresas, o bien en una misma rama de la
producción, lo que establece una complementariedad. Tal es el caso del molino que compra
los granos a las empresas agrícolas y vende su harina a una panificadora que la convierte
para los consumidores. La “estandarización” o uniformidad, lleva al proceso de producción en
serie, es decir: de acuerdo con un número limitado de tipos uniformes. Este modo de actuar
ahorra fuerzas productivas y permite a los usuarios de aparatos mecánicos el reemplazo de
piezas.
La empresa tradicional es de dimensiones pequeñas, consta de una sola unidad operativa y
se especializa en un tipo de función (producción o distribución) o en la producción de un tipo
de bien o de servicio. Son empresas en las que la propiedad y la gestión están unidas en el
dueño o el reducido número de propietarios: son empresas generalmente familiares.
En cambio, la nueva empresa se destaca por sus dimensiones y la integración de distintas
funciones. La forma tradicional de administración centrada en la figura del dueño cedió lugar a
sistemas de gestión complejos, burocráticos y descentralizados: la dirección fue confiada a
gerentes asalariados. Esta separación entre propiedad y gestión también estuvo ligada al
volumen de capital que demandaban las grandes empresas, para lo cual debieron recurrir al
crédito bancario y al mercado de capitales, mediante la emisión de acciones y obligaciones.
“La concentración -agrega- consiste en ejecutar dentro de una misma empresa, o en grupo
de empresas con intereses comunes o fusionadas, las operaciones conexas que la
especialización ha dispersado entre diversas empresas independientes. Pueden distinguirse
dos clases de concentración:
a) la llamada “integración vertical”: un mineral es extraído de la tierra y pasa, a
través del proceso de una misma empresa, diversas etapas que lo llevan desde el
estado de materia prima a mercadería elaborada. Se transforma así en los altos
hornos de la empresa y finalmente se pone a la venta bajo la forma de rieles.
b) La concentración horizontal existe cuando un producto es empleado por la
misma empresa. Es el caso de los lingotes de acero, que se transforman en rieles
pero también en vigas, resortes, etc. que se venden a diferentes consumidores.
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La posibilidad del crecimiento se debe a la obtención de diversas ventajas. En primer lugar
responde a una disminución proporcional de los gastos generales. Veamos
el siguiente
ejemplo: las remuneraciones de los directivos, del personal de administración, los impuestos,
los alquileres, los gastos de calefacción, etc., interesan de manera general a toda la empresa
y no tienen vinculación con el número o la cantidad de productos fabricados. Es evidente,
entonces, que el índice de gastos generales que se carga a un número creciente de productos
disminuye. En segundo lugar, la gran empresa puede disponer, debido al volumen de sus
operaciones, un mayor número de especialistas, que justamente ayudarán a mejorar la
calidad y la cantidad de los bienes. Por otra parte también halla su justificación el empleo de
maquinarias perfeccionadas y de instrumental de precisión. En tercer lugar, la gran empresa
ejerce un efecto de dominación sobre sus proveedores, compradores y competidores, debido
a la magnitud de sus compras, de su oferta y, en resumen, de su poder, que la sitúan en una
posición privilegiada y a cubierto de las crisis, debido a sus reservas financieras.
“El problema reside, por lo tanto, desde el punto de vista de un Estado, en saber hasta qué
punto conviene que algunos grupos económicos privados adquieran enormes dimensiones, si
esto tiene influencia negativa sobre las otras empresas de menor poder que compiten con
ellos, sobre las que proveen a las mismas, o sobre los consumidores. Y también resulta
importante analizar en qué medida influyen las empresas poderosas sobre el poder político y
sobre los diversos elementos parciales de la realidad humana de una nación”.
En La Era del Imperio, 1875-1914, que forma parte de la Biblioteca E. J. Hosbawn de Historia
Contemporánea, el renombrado historiador inglés señala la necesidad de distinguir la
concentración económica con monopolio stricto sensu, es decir el control del mercado por una
sola empresa o de oligopolio, el control del mercado por un grupo de empresas dominantes.
“Ciertamente, los casos de concentración que suscitaron el rechazo público fueron de este
tipo, producidos generalmente por fusiones o acuerdos para el control del mercado entre
empresas que, según la teoría de la libre empresa, deberían haber competido de forma
implacables en beneficio del consumidor. Tales fueron los “trusts” norteamericanos, que
provocaron una legislación antimonopolista, como el Acta Sherman de 1890, o los cárteles
alemanes –fundamentalmente en las industrias pesadas - que gozaban del
apoyo del
gobierno. El cártel del carbón de Renania-Westfalia (1893), que controlaba el 90% de la
producción del carbón en su región, o la Standard Oil Company, que en 1880 controlaba entre
el 90 y el 95% del petróleo refinado en Estados Unidos, eran, sin duda, monopolios. También
lo era, a efectos prácticos, el “Billion dollar Trust” de la United States Steel (1901) con el
63% de la producción de acero en Norteamérica. Es claro también que la tendencia a
abandonar la competencia ilimitada y a implantar la “cooperación de varios capitalistas que
previamente actuaban por separado” se hizo evidente durante la gran depresión y continuó en
el nuevo período de prosperidad general. La existencia de una tendencia hacia el monopolio o
el oligopolio es indudable en las industrias pesadas, en industrias estrechamente dependientes
de los pedidos del gobierno como en el sector de armamento en rápida expansión, en
industrias que producían y distribuían nuevas formas revolucionarias de energía como el
petróleo o la electricidad, así como en el transporte y en algunos productos de consumo
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masivo como el jabón y el tabaco.
Pero el control del mercado y la eliminación de la competencia sólo eran un aspecto de un
proceso más general de concentración capitalista y no fueron ni universales ni irreversibles:
en 1914 la competitividad en las industrias norteamericanas del petróleo y del acero era
mayor que diez años antes. En este contexto es erróneo hablar en 1914 de “capitalismo
monopolista” para referirse a lo que en 1900 se calificaba con toda rotundidad como una
nueva fase del desarrollo capitalista. Pero de todas formas poco importa el nombre que le
demos, en tanto en cuanto se acepte –y debe ser aceptado - que la concentración avanzó a
expensas de la competencia de mercado, las corporaciones a expensas de las empresas
privadas, los grandes negocios y grandes empresas a expensas de las más pequeñas y que
esa concentración implicó una tendencia hacia el oligopolio. (...) En cuanto a la banca, un
número reducido de grandes bancos, sociedades anónimas con redes de agencias nacionales,
sustituyeron rápidamente a los pequeños bancos: el Lloyd Bank absorbió 164 de ellos”.
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Nuevas formas de organización del trabajo: el
taylorismo
Veremos a continuación las expresiones más sobresalientes de los cambios que en la segunda
revolución industrial sufrió el proceso de trabajo. Se trata del taylorismo y el fordismo, ambas
originadas en Estados Unidos entre fines de siglo XIX y principios del siglo XX. Lo haremos
siguiendo nuevamente al Dr. Julio Neffa, quien ha tratado el tema en dos libros cuya lectura
recomendamos: El proceso de trabajo y la economía de tiempo. Contribución al
análisis crítico de K. Marx, F. W. Taylor y H. Ford
(1990) y
Los paradigmas
productivos taylorista y fordista y su crisis. Una contribución a su estudio, desde el
enfoque de la “Teoría de la Regulación” (1998).
El ingeniero Frederik W. Taylor vivió entre 1856 y 1915 y elaboró una concepción de la vida
económica y social referida específicamente al nivel de la empresa en su dimensión
microeconómica, la organización del proceso de trabajo, el sistema de remuneraciones y las
relaciones sociales de producción. Taylor fue uno de los autores que más contribuyó a
formular una concepción operacional para “racionalizar” el trabajo humano aplicable a la
organización y gestión de las empresas orientadas hacia la búsqueda de beneficios. Su obra
aparece en una coyuntura de fuerte crecimiento económico, con una demanda efectiva que
iba creciendo y diversificándose debido al mayor nivel del ingreso nacional y a su
redistribución, pero la oferta del sistema productivo era rígida. El contexto en que aparecen
sus ideas podría resumirse así:
Dificultades para obtener incrementos de productividad y economías de escala.
Prolongada duración de la jornada de trabajo impuesta por los empresarios, ante la
ausencia de una legislación protectora, con el objeto de aumentar la producción y
reducir los costos de la mano de obra.
Sistema salarial según el tiempo de trabajo, medido en jornales.
Coexistencia de un conjunto heterogéneo de herramientas y máquinas- herramientas.
Derroche de recursos y lucro cesante por la escasa racionalización de la producción;
exceso de tiempo muerto.
Importancia creciente de los trabajadores calificados.
Los principios de la organización científica del trabajo (OCT) de Taylor derivan de la idea que
se había formado de las relaciones laborales. Estas advertía estaban teñidas por prejuicios y
desconfianza, provocados por:
1. De parte de los obreros, una actitud defensiva y el temor respecto de la desocupación,
que los llevaba a ser solidariamente reservados sobre los secretos del oficio y a no
sobrepasar ciertas normas en cuanto al volumen de producción.
2. Un sistema irracional de remuneraciones que por ser igualitario y basarse en el tiempo
de permanencia en los lugares de trabajo, no permitía su personalización, ni premiaba
con incentivos monetarios el mayor esfuerzo de cada individuo.
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3. La utilización de métodos no científicos para dirigir las empresas y organizar el trabajo,
desconociendo la existencia de la regla de la “one best way”, esto es que “existe una
sola y mejor manera de ejecutar cada tarea”.
La OCT trató de responder a la necesidad experimentada por os empresarios industriales de
movilizar la fuerza de trabajo para que se incorporara al mercado laboral y, por otra parte, de
sustituir la mano de obra artesanal, calificada, escasa y cara que se resistía a los intentos de
racionalización porque se consideraba capaz de organizar de manera autónoma y responsable
su propio proceso de trabajo. La OCT proponía que en su lugar se emplearan trabajadores
menos calificados, capaces de llevar a cabo tareas simplificadas y divididas en contrapartida
de salarios básicos bajos, pero ajustables individualmente en función del rendimiento. La
simplificación del trabajo facilitaría su entrenamiento, la movilización de un sector a otro de la
empresa, y su rápido reemplazo en caso de ausentismo, despido o rotación. Tres son los
principios fundamentales de la filosofía taylorista:
1. La naturaleza científica de las decisiones económicas que deben adoptar los
responsables de las empresas u organizaciones. La dirección científica de una empresa
era aquella que en los hechos lograba una mayor reducción del tiempo de trabajo por
cada unidad de producto.
2. Una convicción profunda acerca de la existencia objetiva de
intereses comunes y
convergentes entre la dirección de la empresa y sus trabajadores
, que
eliminaba la posibilidad de conflictos laborales. “Las relaciones entre empleadores y
empleados deben proporcionar satisfacción a ambos, mostrar que tienen los mismos
intereses y producir una colaboración íntima y cordial, sabiendo que los asalariados
esperan por encima de todo que sus salarios sean elevados y por su parte los
empleadores quieren tener mano de obra barata. Cuando se dan juntos esos dos
resultados, significa que existe una buena gestión”, afirmaba Taylor en 1902.
3. Un cambio de mentalidad de los trabajadores para abandonar su tendencia tradicional
a buscar incrementos salariales nominales y a obtener una mayor participación en el
ingreso generado, para centrar su actividad en el incremento del valor agregado
de manera tal que pudieran crecer, al mismo tiempo, las ganancias, las
remuneraciones y los ingresos de ambas partes.
Idea
Su tesis central puede sintetizarse de esta manera: la prosperidad es la
finalidad del trabajo conjunto de la dirección y los asalariados, y depende de
la productividad del trabajo.
Pero tal prosperidad será posible solamente si se intensifica el trabajo.
¿Cómo? Eliminando el tiempo muerto, fruto de la pereza y la tendencia al
ocio y la vagancia sistemática de los trabajadores, dada la falta de
incentivos salariales, recurriendo a la OCT. Esta propuesta parecía
contradictoria en sus términos: “la mejor organización debe basarse en
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salarios elevados y mano de obra barata (...) Conciliar esos dos
objetivos requiere el incremento de la producción, por parte de los buenos
obreros, aquellos que podrían producir más que el obrero promedio,
reduciendo
los
costos
unitarios, aún
cuando
no
estuvieran
verdaderamente convencidos de ello. Ese comportamiento de los obreros
debía mantenerse a lo largo de los años, sin perjuicio para su salud y
aumentando su bienestar y su prosperidad debido al incremento de los
salarios según el rendimiento”. Para lo cual –agregaba Taylor - en todos
los establecimientos, cada obrero debe quedar encargado del tipo de trabajo
más elevado que le permiten su habilidad y sus aptitudes físicas; se le debe
pedir la máxima producción que pueda hacer con provecho para él; y, en tal
caso debe cobrar de 30 a 100% más que el promedio de los trabajadores de
su clase, según sea la naturaleza de su trabajo.
Dentro del sistema productivo, la OCT podía aplicarse con mayor éxito en la industria, en
particular en las ramas de producción en serie de productos homogéneos. Pero Taylor insistía
que los mismos principios son de aplicación a la administración de nuestra casa, un ministerio
o una granja.
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La aplicación de la OCT
La eficiencia de las empresas podía lograrse según Taylor aplicando las diez reglas siguientes.
1. Identificar los secretos del oficio y apropiarse de los saberes productivos acumulados
por los trabajadores, mediante el estudio de sus gestos productivos con sus
correspondientes tiempos y movimientos.
El estudio de tiempos elementales es el elemento más importante del sistema
preconizado por Taylor. El método propuesto consistía en cronometrar a un buen
obrero trabajando rápido y para eso había que dividir el trabajo humano en sus
elementos más pequeños y cronometrar cada uno de ellos de manera aislada,
eliminando los movimientos inútiles y lentos, eligiendo la forma más rápida de hacer
cada gesto. Luego, sumando los tiempos elementales encontrar el tiempo mínimo en
que un trabajo podría ser realizado. Lo más difícil de medir era la fracción de la
jornada necesaria para el reposo y el tiempo perdido por retrasos accidentales o
inevitables. El éxito del sistema se debía a que a la mañana siguiente todos los obreros
tenían una ficha en la cual se les hacía conocer en detalle la cantidad exacta de trabajo
que habían realizado en la víspera y el salario que habían ganado, lo que permitiría
comparar el esfuerzo realizado con la ganancia resultante.
2. Dividir social y técnicamente el trabajo para simplificar su contenido, reducir la
duración de cada tarea y facilitar su control por parte de los supervisores.
La división social del trabajo se produce entre las tareas de concepción-programaciónevaluación concentradas generalmente en la dirección de la empresa y las de
ejecución, asignadas exclusivamente a los trabajadores en relación de dependencia. La
división técnica es la que se general entre los diversos gestos operatorios o tareas que
componen una actividad. La división del trabajo permite –y al mismo tiempo requiereque se instaure un rígido sistema de autoridad y de poder dentro de la empresa. El
propósito final buscado por Taylor con dichas técnicas era apropiarse del saber hacer
obrero, para “sacar el trabajo intelectual del taller” y concentrarlo en las oficinas
encargadas de la planificación y organización del trabajo, dentro o fuera del
establecimiento.
3. Implantar un estricto control, disciplinamiento y racionalización en el uso de la fuerza
de trabajo para lograr su intensificación en aras de aumentar la producción.
Esta metodología se orientaba a realizar siempre las tareas de manera idéntica, ya sea
manual o mecánicamente, utilizando solamente las materias primas, los insumos
intermedios y las herramientas más adecuadas y efectuando únicamente los gestos
más eficaces. De tal modo, cada puesto de trabajo tendría asignado de manera rígida
su clasificación profesional y la descripción del trabajo prescripto a realizar. El mismo
debía quedar registrado en un primer momento en el contrato individual pactado
oralmente, o escrito en un reglamento interno que se daba a conocer en las carteleras
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ubicadas en los muros internos de la fábrica y, posteriormente, en los convenios
colectivos de trabajo que establecían el escalafón y las categorías o clasificaciones de
puestos.
4. Buscar una mayor economía de tiempo y movimientos en el ejercicio del trabajo
humano, para aumentar la productividad y reducir los costos unitarios, logrando así
mayores resultados con un menor esfuerzo.
5. Motivar y estimular a os trabajadores de ejecución, para lograr el incremento de la
productividad y reducir los costos unitarios, logrando así mayores resultados con un
menor esfuerzo.
6. Estandarizar la producción a partir de la identificación de la única y mejor manera de
producir, usando sólo las materias
consideraran más apropiadas.
primas,
máquinas
y
herramientas
que
se
La selección y estandarización de las herramientas y máquinas más adecuadas para la
realización de la tarea se obtenía a partir de numerosas experiencias y análisis. La
asignación de tareas específicas debería permitir realizarlas de manera regular y
permanente. La definición de un “trabajo prescripto” y su programación queda entonces
exclusivamente en manos de la dirección empresaria y su asignación a cada trabajador
se hace por medio de los supervisores y capataces según las
necesidades de la
producción, sin consultarlo ni pedir su consentimiento. Esta forma de asignar las tareas
supone la existencia de un “trabajador promedio” apto para desempeñarse en cada
puesto de trabajo. En consecuencia, debía construirse el perfil del trabajador ideal para
que las oficinas de personal se ocuparan de reclutarlo. La predefinición de las tareas es
una técnica que procura minimizar la influencia de los estados de ánimo de los obreros
y de sus estrategias para modificar el ritmo de trabajo y las irregularidades en cuanto
a la obtención de la calidad. De esta manera, no solo se busca aumentar la
productividad, reducir los costos de la mano de obra por unidad de producto y el nivel
de la calificaciones profesionales requeridas, sino también desalentar todas posibilidad
de control de los obreros sobre su proceso de trabajo.
7. Reducir los costos unitarios de los productos al obtener economías de tiempo de
trabajo, y por esa vía incrementar los salarios reales, promover el consumo y el confort
de todos los sectores de la población.
8. Debilitar la organización sindical de los trabajadores calificados que se resistían a
cambiar antiguos métodos de trabajo, hacían boicot y frenaban el ritmo de trabajo.
9. Superar los intereses parciales de los asalariados para en cambio buscar el interés
general de la empresa.
10. Sustituir la tradicional disputa por aumentar los salarios nominales y la parte de los
asalariados en la distribución del ingreso, por la cooperación obrero -patronal para que
aumentara la producción y consiguientemente los ingresos de los asalariados, pero sin
cambiar las proporciones del reparto de ingreso generado, reconciliando así a las clases
sociales y evitando los conflictos que interrumpían el proceso de trabajo.
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La teoría administrativa de Fayol
El ingeniero francés Henri Fayol (1841-1925) se especializó en minería y trabajó en un
importante grupo metalúrgico que hacia 1883 entró en crisis y le encomendó a partir de 1888
la dirección general, cargo que ocupa hasta su jubilación. Hacia las postrimerías de su gestión,
ciertamente exitosa en la recuperación de la empresa, publica su libro fundamental
Administración industrial y general (1916).
Para Fayol, las empresas estaban constituidas por un conjunto de funciones que se
articulaban entre sí por la existencia de la autoridad y gracias a la comunicación entre ellas.
Esto sucedía tanto en empresas grandes como pequeñas y también en el servicio público. Las
funciones más importantes eran seis:
1. Técnicas: producción, fabricación, transformación.
2. Comerciales: compras, ventas, cambios.
3. Financieras: búsqueda y utilización de capital.
4. De Seguridad: protección de bienes y de las personas.
5. Contables: inventarios, balances, estadísticas.
6. Administrativas: previsión, organización, dirección, coordinación y control.
Sobre estas últimas va a concentrar su estudio. En su concepto, las funciones administrativas
debían apoyarse sobre una serie de principios que tenían una validez universal. Los principios
reconocidos eran 14:
1. División del trabajo. Sigue en esto a Taylor, pero a condición de considerarla ilimitada.
2. Autoridad-responsabilidad. La autoridad era “el derecho a mandar y el poder de
hacerse obedecer, (...) pero no se concibe autoridad sin responsabilidad, es decir sin
sanción, recompensa, o castigo que acompañe al ejercicio del poder”.
3. Disciplina. Consiste esencialmente en la obediencia, la actividad, la presencia y los
signos exteriores de respeto realizado conforme a las convenciones establecidas entre
la empresa y sus agentes. La necesidad de autoridad se justificaba para mantener la
disciplina.
4. Unidad de mando. “Para una acción cualquiera, un agente no debe recibir órdenes más
que de un solo jefe”.
5. Unidad de dirección. “Un solo jefe y un solo programa, para un conjunto de
operaciones que tiendan al mismo objeto”.
6. Subordinación del interés particular al interés general. Este principio nos recuerda que
en una empresa el interés de un agente o un grupo de agentes no debe prevalecer
contra el interés de la empresa. Los casos de dos intereses de orden diverso, pero
igualmente respetables, deben resolverse bajo conciliación. Para eso son necesarias
tres condiciones:
La firmeza y el buen ejemplo de los jefes;
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Convenios tan equitativos como sea posible;
Atenta vigilancia y sanciones juiciosamente aplicadas.
7. Remuneración. “...equitativa y en la medida de lo posible dar satisfacción a la vez al
personal, y a la empresa, al patrono y al empleado...debía fomentar el celo
recompensando el esfuerzo útil”.
8. Centralización.
9. Jerarquía. “...la serie de jefes que van de la autoridad superior a los jefes inferiores”.
10. Orden. Consideraba el orden material definido de manera clásica como un lugar para
cada cosa y cada cosa en su lugar. Pero también el orden social: que haya un lugar
reservado para cada agente y que cada agente esté en el lugar que se le ha asignado
y sobre todo, que el lugar convenga al agente y que cada agente convenga a su lugar.
11. Equidad. Resultado de la combinación de la benevolencia con la justicia social.
12. Estabilidad del personal.
13. Iniciativa de los subordinados. Era algo que debía ser estimulado, pero siempre dentro
de los límites de la autoridad y la disciplina.
14. Unión del personal. Esto resultaba de la unidad de mando, evitando dos peligros: una
mala interpretación de la divisa: divide y reinarás, y por otra parte, el abuso de las
comunicaciones escritas.
Al mismo tiempo, H. Fayol estableció procedimientos administrativos como los instrumentos
prácticos para administrar las empresas. Estos eran 7:
1. Un estudio general, y luego,
2. Un programa de acción.
3. Los informes de los subordinados al jefe.
4. Las conferencias con los jefes de servicio como instrumento de coordinación.
5. El organigrama, con las líneas de autoridad.
6. Camino directo de comunicación jerárquica.
7. Cronometraje de operaciones administrativas.
Respecto del programa de acción debía responder a los criterios de unidad, continuidad,
flexibilidad y precisión. El personal encargado de ejecutar el plan debía reunir ciertas
características como la destreza para dirigir a los hombres, mucha actividad, coraje moral,
gran estabilidad, cierta competencia en la especialidad profesional de la empresa y cierta
experiencia general de los negocios. Pero, ¿y en las otras funciones, cómo definir los cargos?
En este sentido, Fayol trató de establecer las cualidades necesarias prefigurando los perfiles
de puestos o “profesiogramas”
En Síntesis
El pensamiento de Fayol no se contradecía esencialmente con el de Taylor,
sino que siguiendo la misma lógica de pensamiento lo completaba en cuanto
al trabajo administrativo. Sin embargo, la función de supervisión difiere en
ambos autores. De cualquier modo, ambas concepciones se difundieron
simultáneamente. Si tuviéramos que juzgarlas desde la calidad de las
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relaciones laborales podemos concluir con un párrafo del Dr. Neffa:
“Su concepción reductora de la naturaleza humana, al negar de hecho las
dimensiones psíquicas
y
mentales
de
los
trabajadores,
es
decir
la
subjetividad, y al prescribir de manera rígida la realización de las tareas,
desconoció el saber productivo acumulado en el colectivo de trabajo,
desalentó el sentido personal de autonomía y responsabilidad,
frenó la
propensión favorable hacia la comunicación de informaciones productivas e
innovaciones incrementales dentro del colectivo de trabajo, desalentó la
cooperación espontánea entre los trabajadores para hacer más eficiente su
actividad, bloqueó el desarrollo de las capacidades creadoras y de la
iniciativa de éstos, y no tuvo en cuenta que progresivamente, a medida que
se satisfacían las necesidades básicas, la motivación del operario para
trabajar de manera eficaz no dependía solamente de la remuneración”.
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El fordismo
El taylorismo u OCT fue históricamente un nuevo paradigma en cuanto al proceso de trabajo,
a la organización y racionalización de la producción, apoyado en métodos y técnicas que
consistían en observar, estudiar, analizar y cronometrar cuidadosamente todos los
movimientos del trabajador, para calcular el tiempo y el costo preciso de cada operación. A
partir de esos cálculos, se establecían normas de producción cada vez más rápidas y eficaces
en términos de cantidad, que se aplicaban de manera obligatoria a todos los trabajadores que
hacían una misma tarea. Para ejecutarla, esos trabajadores debían recibir una breve
formación especializada en la empresa consistente en el “aprendizaje por imitación” en el
mismo puesto de trabajo, y ajustarse a lo prescripto empleando solamente los medios de
trabajo seleccionados y estandarizados a partir de la observación empírica, al mismo tiempo
que se los estimulaba para intensificar su trabajo, con la posibilidad de obtener un incremento
salarial por medio de un sistema de remuneración según el rendimiento.
Este nuevo proceso de trabajo constituyó una verdadera innovación organizacional con
repercusiones económicas. El taylorismo permitió que en los Estados Unidos, desde fines del
siglo XIX, se pudiera hacer más eficiente el funcionamiento de los talleres industriales. Pero el
trabajo basado casi exclusivamente en el esfuerzo manual ejercido por los obreros de
ejecución aunque con el apoyo de herramientas adecuadas, no alcanzaba para pasar a
producir, de manera masiva y con bajos costos unitarios, largas series de mercancías
homogéneas y estandarizadas. Será el fordismo, el proceso de trabajo introducido por Henry
Ford en su fábrica de automóviles de Detroit en 1913, el responsable de superar esas
limitaciones. Pero Ford se nutrirá también del “ american system of manufactures ” usado
en las fábricas gubernamentales de armamentos para el montaje manual de productos en
base a piezas absolutamente idénticas e intercambiables y fabricadas con la ayuda de
máquinas especializadas de propósitos únicos. Para esto contrató a varios ingenieros y
mecánicos que anteriormente habían trabajado en las fábricas Colt de armas, Singer de
máquinas de coser, Harvester de maquinaria agrícola y Pope de bicicletas. La búsqueda de
asegurar el movimiento continuo de las piezas y de las máquinas llevó a Ford a identificar y
adaptar las cintas transportadoras y los sistemas de desplazamiento de objetos de trabajo
movidos mecánicamente para su ensamblaje. La cadena de montaje no fue un invento de
Ford, su aporte consiste en la mecanización de la cadena, es decir en la instalación de la cinta
transportadora.
La producción masiva y en serie de un número limitado de productos homogéneos, basada en
cadenas de montaje que eliminaban el tiempo muerto –no sólo de la fuerza de trabajo, sino
principalmente de las materias primas e insumos desplazándose entre las diversas
operaciones- y que se orientaba a satisfacer un mercado solvente y creciente, permitió llevar
casi hasta el límite de lo posible, la sistemática división social y técnica del trabajo inaugurada
pocas décadas antes por Taylor.
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Pero el fordismo no solo se puede estudiar en el plano de los procesos del trabajo. Como
organización del trabajo o como paradigma industrial el fordismo es taylorismo más
mecanización: fábricas gigantes, integración vertical, producción masiva de bienes de
consumo durables, utilización de tecnologías basadas en máquinas de propósitos únicos y
división social y técnica del trabajo basada en la utilización de la cadena de montaje. También
en tanto estructura macroeconómica o régimen de acumulación, el fordismo implicaba que las
ganancias de productividad resultantes de sus principios de organización tenían su
contrapartida en el crecimiento de las inversiones financiadas por los beneficios, por una
parte, y en el crecimiento del poder de compra de los asalariados por la otra. Y como sistema
de regulación, el fordismo implicaba una contractualización a largo plazo de la relación
salarial, límites rígidos a los despidos y una programación del crecimiento del salario indexado
sobre los precios y la productividad general. Los trabajadores en su conjunto pasaron a ser
consideraos desde entonces por los empresarios no sólo como productores, simple fuerza de
trabajo, sino como verdaderos consumidores potenciales, para lo cual era menester al mismo
tiempo mantener el empleo y generar otros nuevos, aumentar su poder de compra y seguir
reduciendo los costos unitarios de producción.
Además, una gran socialización de los ingresos a través del Estado de bienestar aseguraba la
percepción de un ingreso permanente a los asalariados, estuvieran o no ocupados. Como
contrapartida, los sindicatos aceptaban las prerrogativas de la dirección.
En síntesis
podemos trazar el siguiente cuadro resumiendo las diferentes significaciones
del fordismo.
1. Organización de la producción
Producción masiva de productos homogéneos destinados a un mercado en
expansión.
Producción integrada verticalmente sin recurrir a la subcontratación.
Funcionamiento continuo de la producción.
Venta del producto a través de intermediarios.
Predominio de las innovaciones incrementales de procesos respecto de la
innovación en los productos.
2. Organización de las empresas
Gigantismo de los establecimientos.
Comportamiento oligopólico en la relación con el mercado.
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Centralización de las decisiones e información.
Estructura jerárquica, centralizada y división funcional del trabajo de gestión.
División territorial del trabajo.
3. Principios sobre el proceso de trabajo
Intensificación de la división social y técnica del trabajo y crecimiento del trabajo
indirecto.
Concentración de las decisiones fuera del taller.
Mecanización y sustitución del trabajo manual.
Búsqueda de reducción de los costos unitarios para bajar los precios relativos.
4. Relaciones laborales
Mercado de trabajo en condiciones de pleno empleo.
Altos salaros directos indexables y regulados según el tiempo de trabajo.
Generalización de una relación de empleo o contrato de trabajo específico.
Requerimientos específicos en materia de calificaciones para la selección de
personal.
Supervisión y control de los trabajadores por medio de capataces y supervisores.
Otorgamiento de complementos salariales según disciplina y antigüedad.
Paternalismo en
el
otorgamiento
de
beneficios
sociales
para
involucramiento y evitar la sindicalización.
Disciplina rígida y estimulada con premios y castigos monetarios.
Acuerdo obrero-patronal o pacto social fordista.
Reivindicaciones salariales a nivel de rama de actividad.
Sistemas de seguridad social.
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obtener
el
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Las dimensiones macro-económicas del fordismo
Desde un punto de vista macroeconómico, el fordismo se puede considerar como una etapa
del capitalismo que desde fines de la Segunda Guerra Mundial y hasta la década de 1970 que
ha sido llamada la edad dorada del capitalismo. En efecto, durante esos 30 años, este
mecanismo aseguró a los países industriales el incremento al mismo tiempo de la producción,
la productividad aparente del trabajo, las tasas de ganancias empresariales, las tasas de
inversión, el empleo y los salarios reales. Durante la vigencia del régimen de acumulación
fordista, el Estado interviene cada vez más activamente adoptando diversas políticas
económicas que hacían posible la producción masiva y su realización. Algunas de ellas fueron:
La construcción de la infraestructura económica y social necesaria para la
implantación, el funcionamiento y el desarrollo de las grandes empresas
industriales.
La política monetaria y el control de la tasa de cambio.
El otorgamiento de incentivos crediticios para promover ciertas actividades, y la
política fiscal de gasto público para mantener la demanda solvente con el
propósito de estabilizar este régimen de acumulación, regular las crisis
económicas y compensar los desequilibrios.
La protección aduanera de la producción nacional contra las importaciones
competitivas y la promoción de las exportaciones para hacer frente a la
competencia internacional.
La producción directa de bienes o la prestación de servicios mediante las
empresas públicas, para fabricar insumos o productos de carácter estratégico
aunque poco rentables, para reemplazar a empresarios en quiebra con el
propósito de mantener las fuentes de trabajo o para responder a necesidades
colectivas en cuanto a la reproducción de la fuerza de trabajo. En este sentido, el
gasto en bienestar –subsidios, cuidados sanitarios, educación– se convirtió en la
mayor parte del gasto público total, y la gente dedicada a actividades de
bienestar social pasó a formar el conjunto más importante de empleados
públicos.
A continuación, como colofón de la unidad, veamos dos gráficos que en la obra citada nos
propone el Dr. Julio Neffa, (1998, p. 134-5). Finalmente, veremos una breve reseña de la
situación latinoamericana.
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Esquema 1. Simplificación del “círculo virtuoso” del
crecimiento fordista
1. La lógica de producción y de acumulación es la siguiente: se invierte para innovar en
cuanto a los procesos, mecanizando y racionalizando, introduciendo la OCT a nivel de
los puestos de trabajo para incrementar la productividad, obtener economías de escala
y reducir costos unitarios.
2. Nace así un modelo fordista de proceso de trabajo y relación salarial.
3. El modelo fordista requiere:
Contar con trabajadores estables
Producir en forma masiva e integrada
Innovar en cuanto a los procesos
Lograr la estandarización de los productos
4. La aplicación del modelo produce:
Incrementos de la productividad
Rendimientos crecientes de escala
Reducción de costos unitarios de producción
Disminución de precios de los bienes
5. Y produce su aceptación por los trabajadores.
6. Los trabajadores organizados hacen posible que haya luchas sindicales exitosas por
aumentos salariales nominales que dan lugar a incrementos de la demanda global
primeramente de:
Bienes de consumo durable.
7. Por ende, se necesita incorporar más bienes de producción y,
8. Por ende, se genera una mayor demanda de bienes de producción.
9. Se desarrolla así el sector de bienes de producción.
10. La adquisición y utilización de los bienes de producción permite lograr fuertes
incrementos de la productividad del trabajo y otorgar aumentos salariales, y
11. Esa inversión les permite a las empresas aumentar sus tasas de ganancia.
12. El incremento de la tasa de ganancia genera a su vez un fuerte proceso de acumulación
del capital, estimula las inversiones y permite nuevos incrementos salariales.
13. Esta lógica genera la necesidad de ampliar los mercados, nacionales e internacionales,
procurando su estabilidad, para obtener mayores economías de escala, lo que a su vez
realimenta la lógica de producción y de acumulación.
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Esquema 2. Presentación ampliada de la lógica de
funcionamiento del fordismo. Las características
específicas del fordismo se manifiestan
A nivel del proceso de trabajo
1. Utilización de la OCT
2. Fuerte división social y técnica del trabajo
3. Trabajo sobre cadenas de montaje
4. El mercado de trabajo funciona en condiciones de pleno empleo y las
empresas requieren la estabilidad de la fuerza de trabajo
5. Control jerárquico de los trabajadores
6. Poco involucramiento de los trabajadores como consecuencia de la OCT y de
las cadencias de la línea de montaje
7. Empleo de trabajadores especializados o poco calificados
8. Pago de primas por productividad
9. Negociaciones colectivas por empresa luego por rama
10. Desarrollo del salario indirecto
A nivel de la empresa y del proceso productivo
1. Alta densidad de capital por trabajador
2. Gigantismo de los establecimientos
3. Fábricas integradas verticalmente
4. Producción masiva de bienes homogéneos
5. Piezas y productos estandarizados
6. Series largas de producción estandarizada
7. Elevado crecimiento de la intensidad del trabajo
8. Rendimientos crecientes de escala
9. Efectos de aprendizaje positivos
10. Venta de todo lo que se produce y adaptación del consumidor a la escasa
11. variedad, al precio y a la baja calidad
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12. Centralización de la información y de las decisiones empresarias a nivel de la
Dirección
13. Secuencia rígida desde la concepción y el diseño hasta la fabricación,
comercialización y venta de los productos
14. Elevados costos de control y numerosos trabajadores indirectos para
asegurar la disciplina y apoyar el crecimiento de la productividad
15. Deficiencias en materia de calidad
16. Costos “ocultos” debido al deterioro de las condiciones y medio ambiente de
trabajo (CYMAT)
17. Salarios altos indexables periódicamente
18. Norma de consumo centrada en bienes durables
19. Obtención de elevadas tasas de ganancia por parte de las empresas
20. Necesidad de mantener o crear un mercado amplio y estable para retener y
fijar la fuerza de trabajo
21. Intervención del Estado para codificar las relaciones sociales y sostener la
demanda
La reducción de los costos unitarios, gracias a las economías de escala, se logra
con un sistema productivo rígido que hace frente a la demanda de un mercado
solvente con pocas exigencia en materia de calidad y de variedad, pero generando
deficientes condiciones y medio ambiente de trabajo
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Taylorismo y fordismo en América Latina
Una primera caracterización de lo ocurrido en nuestros países debe reconocer en primer lugar
que la industrialización tuvo un carácter tardío. La evidencia histórica muestra que en estos
casos, la intervención del Estado es fundamental para asegurar las necesidades de capital y
de infraestructura que requieren los procesos de desarrollo industrial. En ese sentido, el
camino emprendido por América Latina a partir de la Segunda Guerra Mundial se conoce como
modelo de sustitución de importaciones. Este modelo se desplegó en economías cerradas,
lejos de modelos de competencias y de los criterios de productividad propios de la OCT. Los
gobiernos, gran parte del tiempo de tipo autoritario nacidos del derrocamiento y reemplazo de
presidentes constitucionales, propiciaron desarrollos industriales sobre la base de fuertes
subsidios y apoyo crediticio a empresas. En segundo lugar, debemos recordar que gran parte
de las empresas eran de propiedad estatal y nuevamente allí se ve un desempeño que toma
algunos aspectos de la OCT pero descuida sus propósitos básicos. Un panorama acerca de las
empresas públicas argentinas en el período 1930-1989 lo ofrece el Dr. Pedro Enrique Andrieu,
cuyo trabajo se puede consultar en la biblioteca virtual de la materia.
Dadas estas condiciones, el modelo latinoamericano de organización del trabajo también
presentó características propias, acentuando los mecanismos de control y disciplina sobre los
trabajadores. En Argentina, en la opinión de la Dra. Marta Novick, investigadora del CONICET
y docente, el modelo de organización del trabajo podría catalogarse como “prototaylorista”,
pues no tan estaba orientado al incremento de la productividad. Algunos de sus rasgos
fundamentales fueron, según esta autora:
1. La estructura de comando y decisión adopta en la empresa una forma jerárquica y
piramidal.
2. Se instaura una fuerte división entre las tareas de concepción y ejecución. Las
funciones de producción, mantenimiento y control de calidad se presentan fuertemente
diferenciadas.
3. La fuerza laboral es asignada a puestos fijos de trabajo de acuerdo con lo acordado en
convenciones colectivas.
4. Se elimina en los trabajadores de producción toda iniciativa o autonomía: los ritmos de
trabajo son impuestos por las oficinas de organización y método o por la tecnología en
aquellas empresas más automatizadas.
5. La supervisión adopta un papel más de control que técnico.
6. Rigen acuerdos colectivos y no individuales.
Pese a las limitaciones señaladas, en algunas ramas industriales se avanza más en la OCT
mediante medición de tiempos y estandarización de movimientos: en los frigoríficos y más
tarde en la industria textil. La introducción de la cadena de montaje se establece y difunde
como principio de organización en las plantas automotrices promovidas por la política
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desarrollista desde fines de los años cincuenta.
En el estado actual de las investigaciones sobre este aspecto del mundo del trabajo, la Dra.
Marta Novick concluye que: “la institucionalidad dominante en materia de organización del
trabajo durante la sustitución de importaciones puede ubicarse en el nivel macro (social,
político y económico), donde los actores con fuerte presencia del Estado definían criterios de
distribución, niveles salariales y marcos de representación. La negociación tenía un carácter
colectivo; poco intervenían en ella el plano de la empresa, y menos aún el del proceso de
trabajo. La representación sindical en la empresa –cuando la había - estaba circunscripta a
tareas de control, a la vigilancia del cumplimiento del convenio, y no alcanzaba mayor poder
de negociación. Tampoco importaban demasiado el proceso de trabajo y la organización del
mismo; eran temas y situaciones delegadas a la empresa. El ritmo y la productividad
individual eran debatidos sólo en los términos del margen de aumento salarial que pudiera
corresponder, y no tenía como objeto de crítica o cuestionamiento el one best way
tayloriano”.
¿Por qué este modelo mantuvo su vigencia aún cuando se despreocupaba de la
necesaria productividad creciente para asegurar el círculo virtuoso del fordismo
que hemos descripto? Debemos releer una vez más la noción de crisis presentada
en la unidad 1. Comparemos además, la opinión de la autora que comentamos.
Para Novick,
“el sistema era conveniente por igual para trabajadores y empresarios. Para
estos últimos los márgenes de rentabilidad estaban garantizados por las
economías cerradas y por la obtención de beneficios a partir del ejercicio de
presión sobre el Estado. El sindicato garantizaba el control sobre la mano de
obra y se negociaban marcos económicos y políticos sin incertidumbre (...) Para
el sindicalismo, el modelo vigente le aseguraba importante número de afiliados,
puesto que la “asignación individual” a los puestos de trabajo garantizaba
empleo a importantes contingentes de trabajadores que la legislación laboral del
momento impedía (o dificultaba) despedir. Este mayor número de adherentes
aseguraba poder económico (por las cuotas directas o indirectas de afiliación) y
poder político, por la influencia sobre importantes sectores de la población. La
huelga era el mecanismo de conflicto habitual, garantizado en muchos países
dentro del conjunto de derechos laborales protectores y extendidos en la región,
y por lo mismo –salvo importantes excepciones- se efectuaba dentro de
encuadres institucionales, tendiendo en la mayoría de los casos a la obtención de
mejoras salariales. La influencia del sindicato en la contratación de trabajadores
tuvo un papel importante en la empresas públicas argentinas”.
En este marco, la administración de las políticas laborales desde el Estado dio un rol
importante
a
los
ministerios
de
trabajo
de
desempeñadas por pueden agruparse como sigue:
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la
región.
Las
funciones tradicionales
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1. Regulación laboral
Preparación, aplicación y adaptación de las normas reguladoras del mercado de trabajo y de
las relaciones laborales, incluidas las normas sobre seguridad y salud ocupacional.
2. Políticas laborales nacionales
Formulación de la política laboral nacional: empleo, formación profesional y protección
social.
Intermediación en el mercado de trabajo.
Dirección de las instituciones de la seguridad social.
Dirección de las instituciones de formación profesional.
3. Diálogo y negociación
Fijación del salario mínimo
Registro de organizaciones sindicales y homologación de convenios colectivos
Resolución de conflictos individuales y colectivos de trabajo
4. Administrativas y jurisdiccionales
Inspección y fiscalización
Estadística aplicada a la elaboración de normas y políticas laborales.
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