La recepción de la Revolución Francesa en México 1821

Anuncio
La recepción de la Revolución Francesa en
México 1821-1848
José María Luis Mora y Lucas Alamán*
Andrés Lira
El Colegio de Michoacán
Introducción
Consideramos en este trabajo la obra de dos importantes
historiadores mexicanos, José María Luis Mora (Chamacuero, Guanajuato, 1794-París, 1850) y Lucas Alamán (Guanajuato, Gto., 1792-Ciudad de México, 1853), pues en ella se
encuentran constantes referencias a la Revolución Francesa
como el gran acontecimiento que permite explicar lo ocurrido
en México durante la Primera República Federal. Esto es, los
años que median entre 1823 y 1834, cuando el estado liberal
se puso a prueba y se hiceron patentes las posibilidades y,
sobre todo, los obstáculos del régimen constitucional.
De estos autores hay muchos textos que se relacionan con
la Revolución Francesa, pero sólo hemos tomado en cuenta
aquellos en los que aluden directamente a ella.
Por otra parte, la Revolución como hecho central de la
vida política está presente en la obra de otros autores. Basta
señalar los títulos de las primeras obras de historia de México
*
Trabajo presentado en el IV Coloquio de la Federación Internacional de Estudios sobre
América Latina y el Caribe, L’Amerique Latine Face a la Révolution Française,
organizado por la Association Française des Scienses Sociales sur l’Amérique Latine.
Paris, 28,29 y 30 de junio de 1989.
en las que se ensayó la explicación de lo ocurrido en el país
a partir de 1808: la Historia de la revolución de Nueva
España, antiguamente Anáhuac, de fray Servando Teresa de
Mier, publicada en Londres en 1813; el Cuadro histórico de
las revoluciones de México, de Carlos María de Bustamante,
cuya primera edición se publicó en esta ciudad entre 1823 y
1826; el Ensayo histórico sobre las revoluciones de México
desde 1808 hasta 1830, de Lorenzo de Zavala, París y Nueva
York, 1830 y 1831; y podríamos seguir mencionando títulos
en los que, aludiendo o no a la revolución, los autores mexi­
canos se refieren a la de Francia. Este hecho es palpable aún
a finales del siglo XIX; pero considerarlo requeriría un espa­
cio y un tiempo del que no disponemos.
Alamán y Mora ofrecen singular interés por su proximi­
dad espacial y temporal. Ambos son guanajuatenses,el prime­
ro de la capital del estado, el otro de la región del Bajío, y
compartieron escenario de disputas políticas en su distanciamiento y proximidad ideológica.
2. Una visión heredada
De generaciones anteriores, la de los hombres que en plena
madurez y en el ejercicio de los cargos públicos supieron de
lo ocurrido en Francia a partir de 1789, recogerían Mora y
Alamán la visión de la Revolución Francesa. Eran niños
cuando en el reino de Nueva España se hablaba con horror
del curso de los acontecimientos en Francia y de su temida
influencia en los dominios españoles.
La Representación sobre la inmunidad personal del cle­
ro..., que por orden del obispo de Michoacán, fray Antonio
de San Miguel, escribió Manuel Abad y Queipo en 1799,
señala el malestar de la sociedad novohispana, la quiebra de
la constitución monárquica y la inminencia de una constitu­
ción popular al descontar el respeto debido al brazo eclesiás­
tico como estamento que velaba por el control moral de esa
sociedad. Son evidentes las referencias a la Francia revolu­
cionaria y a los autores franceses que presagiaron el desenlace
de la Revolución.1
El miedo se nutría con lo ocurrido en Europa, con el
levantamiento de Haití y se fue haciendo más explícito a
medida que se hacía evidente la crisis económica de la mo­
narquía española; finalmente, en 1808, la invasión de la
Península y la abdicación de Carlos IV y Fernando VII,
pusieron en entredicho la autoridad de esa monarquía en todos
los dominios.
Para entonces, Mora y Alamán ya adolescentes, uno en
los colegios eclesiásticos y otro como hijo de familia, vieron
la inquietud desatada en la ciudad de México y el primer golpe
de mano dado por el regimiento del Comercio, esto es, por
los capitalistas españoles del reino, quienes, si bien declara­
ban su inconformidad con las medidas y exacciones que les
imponía la Península, no por ello estaban de acuerdo en que
los cargos de autoridad pasaran a los criollos americanos en
nombre de la “soberanía nacional”, cargada de contenidos
ideológicos que se juzgaban efecto de la influencia francesa.
Lo importante para nuestro caso es advertir la valoración
de esta influencia en todo su alcance, pues se tenía ya muy
claro el curso de lo acontecido en Europa desde la caída de la
monarquía hasta la entronización de Napoleón. El mismo
Abad y Queipo, en su carácter de obispo electo de Michoacán,
escribió el 30 de mayo de 1810 a la Primera Regencia una
representación en la que describía el estado de fermentación
de Nueva España y anunciaba el próximo rompimiento con
la metrópoli:
El fuego eléctrico de la Revolución Francesa, hiriendo simultánea-
mente a todas las demás naciones, destruyendo las unas y agitando
las otras, puso en movimiento y movió en estos países el deseo de
independencia. Las fuerzas de aquella numerosa nación, organizada
por un sistema militar, el más perfecto, y controlada últimamente en
manos de un tirano emprendedor y astuto, le proporcionó los grandes
sucesos que sabemos; a los que concurrió tal vez la mayor parte de
todos los demás gobiernos. Ceguera incurable, pues que ninguno de
ellos ha abierto todavía los ojos por escarmientos propios ni por
ajenos y sólo puede ser producto de un despotismo inveterado y de
una corrupción general.2
El fuego de la revolución enciende el ánimo de inde­
pendencia, pero desemboca en un despotismo, pues ahí tiene
su origen. Tal es la interpretación que lanzó Abad y Queipo y
que luego, a partir de 1821, se impondrá en autores mexicanos
al juzgar lo ocurrido en su país.
Cierto es que en la independencia se cifró la esperanza de
libertad, pero en la fuerza de los acontecimientos, autores
como Mora y Alamán verían la evidencia de aquella lección
dictada por el obispo poco antes de que estallara la guerra.
Esto a tal grado, que el mismo Mora reproduciría en sus obras
sueltas (París, 1837) los escritos del obispo de Michoacán
como textos explicativos de lo ocurrido en Nueva España,
pese a su personal desacuerdo en los propósitos políticos.
Alamán también aludirá a esos escritos en varias de sus obras.
Pero la interpretación recibida en herencia no se aceptará
tal cual; se asimilará a beneficio de inventario pasándola por
la propia experiencia. En primer lugar el régimen constitucio­
nal español de 1812 y su efímera implantación en Nueva
España, en 1812-1814 y 1820, que no por efímera resultaría
menos importante; todo esto entrelazado con los aconteci­
mientos violentos de la guerra de independencia, de 1810 a
1821; luego la participación en la vida pública, al gestarse la
independencia y al ensayarse, en la disputa de grupos que
querían hacerse con el poder, la vigencia del régimen federal.
De estos años son los textos de Mora y de Alamán que aluden
a la Revolución Francesa aquí considerados.
Los escritos de Mora, publicados entre 1821 y 1830
(principalmente en 1827 y 1830), son “discursos” sobre pro­
blemas del momento y en ellos ensayó, siguiendo su vocación
de pensador académico, una visión sistemática que luego hizo
clara al publicarlos, debidamente arreglados, en los tres vo- 1
lúmenes de México y sus revoluciones y en los dos de sus
Obras sueltas, editados en París en 1836 y 1837, respectiva­
mente.
A Lucas Alamán se debe una de las grandes obras sobre
la guerra de independencia, la Historia de México... en cinco
volúmenes, publicados en México entre 1849 y 1852; pero en
escritos políticos anteriores, dados a la estampa a partir de
1834 y luego en una de sus Disertaciones sobre la historia de
México, aparecida en 1849, es donde toma a la Revolución
Francesa como el hecho central al que debe referirse el
desenlace político del México independiente.
3. Mora: el curso fatal de las revoluciones
Los años de la guerra de independencia los pasó José María
Luis Mora en los claustros colegiales. Hasta ese encierro
académico-clerical llegaron las noticias de lo ocurrido en el
Bajío Guanajuatense, su tierra, cuando las chusmas que acau­
dillaba el cura de Dolores destruyeron muchas propiedades y
dejaron en la pobreza a familias prósperas hasta entonces.
Entre éstas, la suya quedó sin los caudales atesorados por
generaciones de comerciantes-agricultores. Muchos años
después Mora asimilaría esa experiencia al señalar que “La
revolución que estalló en 1810 ha sido tan necesaria para la
consecución de la independencia, como perniciosa y destruc­
tora del país”.3
La revolución se apreciaría desde el mirador de la propia
experiencia nutrida de abundantes lecturas; autores franceses
moralistas y críticos del Antiguo Régimen, como el abate
Gabriel de Mably y Montesquieu, eran conocidos y leídos
pese a las restricciones impuestas a partir de 1792. Además,
autores modernos, historiadores y críticos de la Revolución
Francesa, economistas y constitucionalistas, se revelan por
alusiones expresas en la obra de Mora. Tanto el vocabulario
como el estilo acusan la actualidad de esas lecturas en los
momentos en que se declaró la independencia de México:
Todo hombre -decía Mora en 1821-, desde la abolición del feuda­
lismo, tiene un derecho sagrado de que no se le puede despojar sobre
el terreno adquirido legalmente4
pero ese terreno legal, deslindado por el optimismo de la
independencia, se iría confundiendo en la secuela del proceso
revolucionario. Años después, en 1827, acusaba con pesimis­
mo que
...El abuso de voces indefinidas, especialmente en materias políticas,
ha sido desde la extinción del feudalismo el origen de todos los males
de los pueblos, que no salieron del dominio de los señores sino para
hacerse esclavos de los gobiernos.5
El hecho tendría que explicarse atendiendo al curso de la
revolución, por la historia reciente asimilada como experien­
cia. Esta experiencia revelaba la acción de las facciones que
despojaban a las naciones del “terreno legalmente adquirido”.
Por ello, en 1827 (año de grandes alteraciones en México,
provocadas por el temor de una invasión española respaldada
por conspiradores en el país), señaló Mora “la necesidad e
importancia de la observancia de las leyes.”6
La ley era el obstáculo para las facciones encabezadas por
tiranos que se hacían del poder. Ejemplos de tiranos eran
Napoleón y sus epígonos americanos, “San Martín, Iturbide
y últimamente Bolívar”, quienes se valían de estratagemas
para abolir los regímenes constitucionales de sus naciones.
Era necesario poner en evidencia “los medios de que se vale
la ambición para destruir la libertad”,8 tal como lo revelaba
la historia de las revoluciones, cuyo paradigma era, claro está,
la Francesa.
En primer lugar, se encontraba la mala situación provo­
cada por la violencia de la revolución. La falta de industria y
de comercio que la destrucción revolucionaria había traído,
dejaba sin ocupación provechosa a muchos hombres y, nece­
sariamente, generaba expectativas desesperadas en los más
inquietos. En tal situación resultaba fácil a los audaces hacer­
se de popularidad, predicando la igualdad de todos los hom­
bres e ignorando “la dependencia necesaria que trae consigo
la desigualdad de clases, debida no a las leyes, sino a las
facultades físicas y morales”, estos audaces promovían el
entusiasmo y se hacían de partidarios prometiendo la eleva­
ción a cargos públicos y, esparciendo el temor de supuestas
conspiraciones, hacían que su facción adoptara una actitud
agresiva y violenta contra todos los ciudadanos que no parti­
cipaban de sus miras. Con tales medios, dice Mora,
A un pueblo que ha conseguido a precio de sangre su libertad e
independencia, es muy fácil volverlo a sumir en la esclavitud, por el
mismo deseo que tiene de precaverse de estos males, desde luego se
empieza por pretextar la existencia de conspiraciones [...] sin perdo­
nar diligencia para hacer popular esta convicción. Cuando esto se ha
conseguido, se aventura la distinción entre el bien de la república y
la observación de las leyes; después se pasa a sostener que aquél debe
preferirse a éstas; se asegura que las leyes son teorías insuficientes
para gobernar y se acaba por infringirlas abiertamente, solicitando
por premio de tamaño exceso su total abolición.9
Ante la agitación provocada por los yorkinos que deman­
daban la expulsión de los españoles desconociendo los dere­
chos personales, Mora terminaba exhortando al pueblo mexi­
cano, “Escarmentad en la Francia, en las nuevas naciones de
América y en los hechos recientes de vuestra historia”,10 pues
según él todo seguía un curso sabido por esa experiencia y,
por lo tanto, previsible.
El curso era el de la “inercia indolente”, cuyos efectos
dañaban no sólo a los perseguidos, sino que, también y a la
postre, al mismo gobierno. Ejemplo palpable era el de Fran­
cia.
[...] La Francia en su revolución nos ministra comprobantes decisivos
de esta verdad; desde la instalación de los Estados Generales, se
desató el espíritu perseguidor, que no acabó ni aún con la Restaura­
ción. En aquella nación la destrucción de un partido antes vencedor
arrastraba consigo constantemente al gobierno. Los constitucionales
proscribieron a los realistas, los republicanos a los constitucionales,
los girondinos lo fueron por las comisiones de salud pública y
seguridad general, los que componían estos cuerpos fueron sucesiva­
mente al cadalso por órdenes de Dantón y Robespierre; estos famosos
antropófagos cayeron al golpe de los termidorianos y en todas estas
convulsiones la Francia se inundó en sangre, la anarquía taló todo y
el gobierno que no supo o no quiso hacer efectivas las garantías
tutelares de seguridad personal, fue siempre víctima del torrente de
las facciones.11
El torrente de las facciones, del que la Revolución Fran-
cesa era “ejemplo reciente y práctico”, se precipitaba, en
principio, por el partido de la ilegalidad;12 luego, confundido
el terreno de los derechos legales, los facciosos erigían su
propia legalidad creando “tribunales de asesinos” -com o los
llamó el jurisconsulto Dupín, recuerda Mora-, autorizados
para conocer exclusivamente de los delitos de lesa nación,
con dispensa de la observancia de las fórmulas.
Por este cuadro horroroso se conocerá el régimen del terror en Francia
bajo las comisiones de Salud pública y seguridad general influidas
por la facción del sansculotismo, a cuyo frente se hallaban Dantón y
Robespierre; él retrata también el imperio de Napoleón y el estado
de otras naciones que por sendas tan tortuosas y extraviadas caminan
rápidamente y con pasos agigantados a su ruina y exterminio.13
La falta de solidez y de prestigio, que no pueden adqui­
rirse sino con el tiempo, el ejemplo de la caída de los que
precedieron, la inquietud y la falta de autoridad que una
revolución produce y el descontento de los que cayeron en
ésta, advierte Mora, obligan a los gobiernos nuevamente
establecidos a exacerbar los temores de una conspiración y a
legislar estableciendo delitos políticos, como se ha visto en
Europa y América.14
Tales son las situaciones y los instrumentos de quienes
aspiran a erigirse en dictadores. Y esta aspiración es fomen­
tada por los gabinetes extranjeros a quienes conviene la
discordia en el seno de las otras naciones. La fomentó el
gabinete inglés en Robespierre, haciéndole creer que sería en
Francia el sucesor de Cromwell, y lo mismo ha ocurrido en
Buenos Aires y en Río de Janeiro, donde se ha fomentado la
discordia popular para utilizar a los ambiciosos que se prestan
a los planes de los gobiernos extranjeros,15 pues éstos se
presentan, fatalmente, en todas partes.
[...] Los hombres -dice Mora-, por el hecho mismo de llegar al poder,
adquieren intereses contrarios a la libertad pública; apenas hay un
Washington en la serie de muchos siglos, cuando los Robespierre
abundan en todas partes y especialmente en los pueblos que han
estado por siglos encorvados bajo el yugo del despotismo y han
sufrido en un periodo muy largo de tiempo los horrores de una
revolución destructora.16
El problema era, pues, la certeza en los límites del poder,
pero este no se lograba por el establecimiento de uno u otro
tipo de autoridad, es decir, de régimen; sino que, aunado a
esto y de hecho, siendo más importante, por la calidad de los
hombres que ejercían la autoridad.
En la experiencia de la historia reciente, la de las revolu­
ciones que instauraron los regímenes constitucionales, era
evidente la aparición de tres clases de hombres públicos. La
primera, cuyo ejemplo era Washington, era la del hombre con
méritos, que veían los cargos públicos con repulsión, que los
asumían sin ánimo de engrandecimiento personal y sólo como
el cumplimiento de sus obligaciones políticas; la segunda
correspondía a quienes teniendo méritos veían también en los
cargos públicos un medio de engrandecimiento personal, pero
llegaban a esos cargos y los ejercían dentro de los límites
establecidos por la ley. Tal era el caso de los sucesores de
Washington en la presidencia.
[...] La tercera -dice Mora- es la de los deseosos de mando, pero sin
méritos para desempeñarlo, procuran ejercerlo por todo género de
violencias, hollan las leyes y atropellan a los ciudadanos, a ella
pertenece la turba de ambiciosos, muchos de los cuales, sin mérito ni
disposiciones, aspiran a mandar a los demás y de ello son ejemplo
muchísimos terroristas de la revolución francesa y algunos de los que
han gobernado las nuevas naciones de América (como Iturbide, San
Martín y otros [esta mención la agregó Mora en sus Obras sueltas),
que, después de haber hecho servicios a la patria, pretendieron
engrandecerse y gobernarla a costa de ella misma.17
Mora concibe a la autoridad como algo construido por la
sociedad en propio beneficio; de ahí que los gobiernos popu­
lares parecen estar siempre justificados;
[...] mas la razón y la experiencia -dice- están de acuerdo en desmentir
tan infortunada teoría, presentándonos pueblos déspotas como el de
Francia en su revolución y monarcas liberales como los de Inglaterra
y España. El despotismo, pues, no es otra cosa que el uso ilimitado
del poder, sin sujeción a regla alguna cualquiera que sean las manos
que manejan esta masa formidable que hace sentir todo su peso a los
individuos del Estado.18
Poco valía pues la forma de gobierno, aristocrática , de­
mocrática o monárquica. El meollo estaba en el carácter
despótico o auténticamente representativo del gobierno. Pero
esta autenticidad implicaba en el fondo el respeto a los límites
señalados para su ejercicio; los fracasos de los modernos
estados representativos no se debían al sistema, como se decía
ante la evidencia, sino en las alteraciones que se habían hecho
“con el prurito de mejorarlo”.
Francia fue la primera que dio ese paso indiscreto y los resultados
fueron los que deberían temerse trastornando todo el orden social [...]
España,que jamás ha hecho otra cosa que imitar a Francia, a pesar de
los desengaños que la revolución debería producir en ella, adoptó
todos sus principios antisociales, copiando casi a la letra la Constitu­
ción de la Asamblea Constituyente y empeorándola en todo lo que
las Cortes pusieron de suyo.19
Ese prurito de mejoramiento, que lleva a la inobservancia
y a la alteración desvocadas, según Mora, se debía al curso
natural de las revoluciones de naciones que padecían malestar
general de su sociedad; pues había revoluciones felices, cuyo
ejemplo era la revolución inglesa, en las que se sabía qué se
quería cambiar; realizado este objetivo todo volvía a la nor­
malidad. Pero otras, como la francesa, eran “producidas por
causas universales y necesarias [...], enlazadas unas con otras
y solo de su unión recibieron toda su fuerza", de tal suerte que
al removerse una pequeña piedra, todo el edificio social se
vino abajo.20
De ahí que en estas revoluciones tuvo que desatarse un
curso incontenible, en el que los hombres de elocuencia y de
valor han sido desplazados por otros que fomentan la violen­
cia y el furor de las masas para hacerse del poder.21
Esta clase de hombres envidiosos y encarnizados contra toda clase
de distinción que da la superioridad y a la cual llaman aristocracia,
apechugan con las teorías más exaltadas, tomando a la letra y sin las
modificaciones sociales cuanto ciertos libros les dicen sobre libertad
e igualdad}2
En tales desenlaces no hay forma de gobierno suficiente
para contener la violencia y lograr el bienestar que se propo­
nen los gobiernos representativos en su origen. Estos sucum­
ben a la postre en el curso fatal de las revoluciones y en los
cambios introducidos con el prurito de mejorarlos, con lo que
se vuelve fatalmente al sistema que la revolución quiso, en su
principio, desterrar, solo que empeorado por los desengaños.
Mora ilustra así el hecho:
Emprendieron los franceses reformar los abusos de su administración
y desde el 5 de mayo de 1789, en que se abrieron los Estados
Generales hasta que Bonaparte fue creado emperador, se sucedieron
rápidamente tantos trastornos y tantos desastres, que hacen época en
la historia de los progresos y de los desvarios humanos. Los Estados
Generales convertidos en Asamblea constituyente, la Convención
nacional y el sistema republicano en que había dos consejos y un
directorio ejecutivo, una nueva constitución, un consulado triunviral
y otras alteraciones de esta magistratura y la erección de un nuevo
trono. ¡Y ojalá esto hubiera sido todo! No contentos con haber
decapitado al monarca y variado (cosa insostenible en Europa) la
forma de gobierno de monárquico en republicano, renovaron hasta la
religión y parece que pretendían renovar también los hombres hacien­
do desaparecer los que existían.23
España imitó a Francia y ese ejemplo, con malas conse­
cuencias, lo habrían de seguir las naciones americanas.
Las nuevas repúblicas de América, agitadas por las acciones y reac­
ciones de las facciones, no han podido establecer sólidamente sus
gobiernos y han padecido convulsiones e incurrido en errores que no
llegan con mucho a los de Francia y España, pero que siempre son
perniciosos a los particulares que han sido víctimas de ellos, y a toda
la sociedad por el atraso y la decadencia que les han causado.24
Tal era, según Mora, el curso natural de las revoluciones
y de los cambios que a su compás se introducían en las formas
de gobierno. Por ello, su conclusión en 1830 fue que: “La
mejor forma de gobierno es la que se halla establecida, con
tal de que no sea despótica”. Palabras escritas en 1830, cuando
se hacía del poder otro grupo, bajo la vicepresidencia de
Anastasio Bustamante, mano militar que encabezaba a los
“hombres de orden”, entre quienes jugaría un papel destaca­
do, como Ministro de Relaciones Interiores y Exteriores,
Lucas Alamán.
La política de este grupo fue contraria a lo que habían
procurado los anteriores; entre 1830 y 1833 reprimió a los
partidarios de las facciones y su empeño llegó a tal extremo
que en 1832 otro grupo, levantando la bandera de la libertad
política, logró hacerse del poder condenando como retrógra­
dos a los hombres de Bustamante, imputándoles crímenes
políticos.
4. Lucas Alamán: las enseñanzas de la Revolución Francesa
Ministro de Relaciones Interiores y Exteriores del caído
gobierno, Lucas Alamán fue señalado como el autor intelec­
tual de la muerte del Presidente Vicente Guerrero, asesinado
el 18 de diciembre de 1829. En 1834 Lucas Alamán escribió
su defensa y en esta recordaría a la Revolución Francesa y a
los años del terror como una experiencia que se repetía en sus
días. Luego fue más lejos, pues al hacer un examen de la
administración del vicepresidente Anastasio Bustamante, ad­
virtió que las deficiencias institucionales del régimen consti­
tucional mexicano se debían a la imitación del régimen creado
por la Asamblea Francesa, implantada en México como se­
cuela de la Constitución española de 1812 y, finalmente, en
la Décima disertación sobre la historia de México, publicada
en 1849, haría consideraciones sobre la Revolución Francesa
señalándola como el acontecimiento clave para apreciar la
historia de España y de México.
Por el mismo Alamán sabemos que en su juventud, cuan­
do viajó por Francia en 1814, conoció a personajes como el
Abate Gregoire y a otros que habían tomado parte en la
Revolución y que entonces conoció a otros partícipes de la
Restauración.26 Sin embargo, estas experiencias parecen no
haber hecho, al menos de inmediato, mayor impresión en su
persona. Lo que de los revolucionarios señaló Alamán fue lo
que consideró vigente en su experiencia de reo político y de
historiador, esto último a la luz de variadas lecturas que
valdría la pena aclarar y ordenar en otro trabajo, no en éste.
En efecto, como narrador apegado a un propósito perso­
nal, la justificación de su conducta, Alamán explica el cuadro
en el que habría de moverse. A poco de instaurada la Repú­
blica Federal, se fundó la sociedad yorkina y sus logias se
propagaron por todo el país; a ellas acudían no sólo los
pretendientes de cargos públicos, sino también aquellos de­
seosos de escapar del rigor de las leyes y de la acción de los
tribunales.
La clase de hombres que en general habían ocurrido a alistarse en ella
[la nueva sociedad yorkina], hizo conocer muy luego lo que vendría
a ser en esta república lo que los jacobinos en la revolución francesa.27
El justo temor que esto inspiraba, hizo que los propietarios
y gente respetable se precipitaran a entrar en las logias esco­
cesas, por lo que se les conoció como gente del partido
escocés, por más que, según Alamán, no podía considerarse
partido a quienes sólo se reunían para proteger sus legítimos
intereses.
La situación se iría radicalizando pues los partidarios de
la nueva sociedad, es decir, la yorkina, empezaron a
llamarse el partido del pueblo, distinguiéndose con ese nombre de
todos aquellos a quienes dieron el de aristócratas, voz que en nuestra
revolución, como en la francesa, significa hombres religiosos, de
honor, de propiedad, de educación y virtudes, a quienes se ha tratado
de despojar de sus bienes, de privar de todo influjo en los negocios
públicos y, por último, de desterrar y destruir, que es en lo que
consiste, según los principios de los jacobinos, la libertad y la
igualdad.28
Tal era la facción que el gobierno de Anastasio Bustaman­
te había desterrado de los cargos públicos, introduciendo el
orden en la administración, hasta que en 1832, tuvo que salir
y aunque la presidencia recayó en Antonio López de Santa
Anna, su ausencia constante hizo que el poder recayera en el
vicepresidente Valentín Gómez Farías, hombre que, emplean­
do las palabras de Bernardin de St. Pierre, Alamán describe
como aquellos que “hablan de humanidad, leen libros de los
filósofos, declaman contra el despotismo y son verdugos
cuando pueden”. Según Alamán, el proyecto de reformas
propuesto por Gómez Farías era un “sistema estravagante
[...], formado por la lectura de los desvarios de Diderot y
demás sofistas que se llamaron filósofos...,”29 Lo hecho por
los hombres “del partido del gobierno [...] en los años 1833
y 1834” sólo tenía término de comparación “en la historia de
Francia en la época desventurada de los jacobines desde 1792
a 1795”.30
Alamán, pues, identifica a los liberales de 1833 con los
jacobinos y a su gobierno con el de la época del Terror.
Todavía más, en un arranque de reflexión general -a los que
Alamán no parecía muy afecto- advierte que los facciosos
han abusado de la voz revolución. Esta significa la mudanza
del régimen político de una nación y es un paso que sólo se
da como “efecto de la voluntad general” y no hay que con­
fundirlo con las mal llamadas revoluciones, “que sólo son
obra de una facción”. Tal era, según él, la situación del
régimen en esos días en que sufría la persecución.31
Para explicar este estado de cosas hizo lo que llamó
Examen imparcial de la administración del General y Vice­
presidente D. Anastasio Bustamante con observaciones ge­
nerales sobre el estado de la república...3,2
La inspiración de estas observaciones es la obra de Ed­
mundo Burke, Reflexiones sobre la Revolución Francesa, que
Alamán conoció en la versión original, pues cita en inglés;
por más que ya circulaba una versión española editada en
México en 1826.33
Según Alamán la obra de Burke, escrita en 1790, resulta­
ría profètica, pues lo que ahí dijo se había confirmado en los
acontecimientos posteriores y era aplicable a México; y aun­
que Burke escribiera según los principios de una monarquía,
esto no invalidaba su pensamiento ya que la forma del ejecu­
tivo no era más que un accidente en la constitución, puesto
que las bases del gobierno estaban en la sociedad y en las
relaciones entre los hombres.34
El examen de un gobierno exigía, por principio de cuen­
tas, la consideración del sistema al que lo ceñía su constitu­
ción. Es decir, era necesario ver las facultades de las que
disponía para mantener el orden público del cual era respon­
sable. La Constitución de la federación mexicana, en aparien­
cia, era semejante a la de los Estados Unidos; pero en realidad,
bajo esa forma estaba el sistema de la constitución española,
que se había tomado de la que dió a Francia la Asamblea
Constituyente. Ese era el gran problema, pues como explica
Alamán,
La constitución que dió a la Francia la Asamblea Constituyente y que
copiaron servilmente las cortes de Cádiz, no sólo no distinguió
debidamente los poderes, no sólo no estableció un equilibrio conve­
niente entre ellos, sino que debilitando excesivamente al ejecutivo,
trasladó al legislativo toda la autoridad, creando en lugar del poder
absoluto del monarca un poder tan absoluto como aquel y enteramen­
te arbitrario, sin que hubiere para contenerlo ninguno de los frenos
que podrán en alguna manera impedir la arbitrariedad de los monar­
cas. La Francia y la España, por semejantes constituciones no hicie­
ron más que pasar de la tiranía de unos cuantos a la tiranía infinita­
mente insoportable de muchos y entre nosotros hemos visto los
resultados.35
El Congreso Constituyente Mexicano de 1824 le había
dado a México una constitución con forma de la de los
Estados Unidos, pero con el espíritu todo de la de Cádiz,
destruyendo lo que existía, pues si exhibía nuevas institucio­
nes dejaba la legislación y las costumbres intactas. Esa con­
tradicción favorecería el absolutismo, trasladado a los campos
colegiados, a los congresos, donde era fácil hacer mayorías
de facciosos al compás de supuestas y amañadas revolucio­
nes.36
Tan artificiosa situación se debía a que las nuevas consti­
tuciones habían resultado de movimientos artificiales y vio­
lentos, más destructores que constructores. Alamán, con un
ánimo bien distinto al de Mora -según veremos- pero coin­
cidiendo con él, condena a la revolución:
En el orden civil, más que en el natural, todo es graduado, porque el
orden civil no es más que el orden natural, modificado por causas
todavía de más lento efecto, como son la religión, la moral y la
ilustración: nunca vemos a la naturaleza obrar por movimientos
repentinos; lo único que en ella es momentáneo son los terremotos y
las tempestades y esos no son medios de creación, sino de ruina.37
Sin embargo, en la década siguiente, cuando Alamán
escribía como historiador y no como político que se defiende
y justifica a un gobierno, señalaría que las revoluciones son
recurrentes y que se presentan cuando un pueblo ha disfrutado
de paz por mucho tiempo.
Una profunda paz, continuada por mucho tiempo, es una calamidad
para las naciones, tanto o más que una dilatada guerra, no sólo porque
debilita el carácter nacional, sino porque en ésta como rueda perpetua
de las vicisitudes humanas, los hombres parece que se cansan de la
felicidad que disfrutan, y en el seno de la paz se preparan los
elementos de las revoluciones, que precipitando a las naciones en la
miseria, hacen que en el abismo de ésta se vuelvan a producir a su
vez los elementos del bien, por el efecto del escarmiento, de lo que
hemos visto en nuestros días un grande y notable ejemplo.38
Tal había sido el curso de la historia de España, sacudida
en su paz por sucesivas convulsiones;39 pero lo cierto es que
semejante optimismo -si así podemos llamarlo” no lo sostie­
ne Alamán al hablar de la Revolución Francesa y de las
revoluciones europeas de su tiempo; pues éstas como secuela
de aquella se le presentaban como irremediable y absoluta­
mente destructoras.
La Revolución Francesa produjo una asamblea nacional
que hizo una constitución tomada luego como modelo por
otras naciones; se destruyó así el modelo monárquico y se
hizo imposible el ejercicio de la autoridad real.
Siguiéronse de aquí rápidamente uno tras otro los sucesos que forman
la historia de aquella revolución, que extendiéndose después en casi
todos los países de Europa y América, como un torrente desbordado,
ha arrastrado consigo todas las instituciones políticas, y lejos de
detenerse en su curso, amenaza ahora con conmover la sociedad civil
en sus mismos fundamentos atacando el derecho de propiedad que se
presenta a la muchedumbre, cuyas pasiones y ambición se inflaman
por todos los medios imaginables, como un abuso que es menester
remediar estableciendo la igualdad de las fortunas, con lo que envuel­
tos todos en igual ruina y miseria, las naciones volverán al estado
salvaje, desapareciendo todos los adelantos que han sido fruto de
tantos años de cultivo y civilización.40
Alamán estaba ya frente a las revoluciones sociales y éstas
exacerbaron su pesimismo y su monarquismo, agravando su
condena de la Revolución Francesa como el principio de los
males en la sociedad contemporánea.
5. Afinidades y diferencias
En el breve recorrido que hemos hecho por los textos de José
María Luis Mora y Lucas Alamán, tomando sólo aquellos en
los que hay referencia expresa a la Revolución Francesa,
destaca el juicio negativo, pues ambos la consideran como un
acontecimiento violento en el cual se desencadenaron fuerzas
que impidieron la realización de la libertad y la seguridad
individuales.
La coincidencia de ambos autores queda ahí. En realidad
hay más de una diferencia.
En primer lugar, se advierte el pensamiento teórico de
Mora, quien, desde el primer momento asume una reflexión
sistemática tomando el curso de la Revolución desde sus
inicios hasta el desenlace de la entronización de Napoleón
como otro déspota.
Alamán, por su parte, sólo toma en consideración una
parte de la Revolución, haciendo énfasis en los años del
Terror, de 1792 a 1795, y no lleva su argumento hasta consi­
derar la figura del jefe militar que se adueña del poder.
Esto nos pone sobre aviso de la posición de los autores.
Mora buscó, criticándolo, la posibilidad del régimen repre­
sentativo, afirmó en el fondo el papel de los cuerpos repre­
sentativos y, sobre todo, del poder legislativo como parte del
sistema constitucional. Alamán negó desde el principio la
legitimidad del congreso y, al final de cuentas -com o ocurrió
en los últimos años de su vida- buscó el establecimiento de
un ejecutivo fuerte personificado en un jefe militar.
Por otra parte, habrá que estudiar a fondo, en la historia
de las ideas y de las instituciones, el aprecio del sistema
administrativo francés, que tanto Mora como Alamán tuvie­
ron al considerar los regímenes de gobierno franceses de
finales del XVIII y de la primera mitad del XIX. A los dos
cautivó la idea de la centralización de la autoridad; Mora,
siguiendo a Benjamín Constant procuró -esto como constitu­
yente del estado de M éxico- la creación de cuerpos interme­
dios electivos (el poder municipal) entre la sociedad y el
gobierno. Alamán, ciertamento declaró al final de su vida su
aversión por las asociaciones y por las elecciones; pero evi­
dentemente el sistema francés del siglo XVIII y de mediados
del XIX fue para él un modelo de organización.
Finalmente, y esta es una tarea a largo plazo, habrá que
sondear en los textos de uno y otro las lecturas y las experien­
cias en las que nutrieron su imagen de la Revolución France­
sa.
Lo que es un hecho es la actitud diferente de cada uno.
Mora empeñado en dar al régimen representativo su viabili­
dad, pese al curso fatal y negativo de las revoluciones; Ala­
mán, tradicionalista y casado con la idea de que la quiebra de
la autoridad real era el inicio de una época de irremediable
barbarie.
NOTAS
1.
2.
3.
Cfr. Manuel Abad y Queipo, Representación sobre la inmunidad personal del clero...
(1799), en José María Luis Mora, Obras completas. Investigación, recopilación,
selección y notas de Lilian Briseño Senosiain, Laura Solares Robles y Laura Suárez
de la Torre. Prólogo de Eugenia Meyer. 8 volúmenes. México, Secretaría de Educación
Pública-Instituto de Investigaciones José María Luis Mora, 1986-1988. Vol. III, pp.
15-73.
Manuel Abad y Queipo, Representación a la Primera Regencia, en que se describe
compendiosamente el estado de fermentación que anunciaba un próximo rompimiento
y se proponían los medios con que tal vez se hubiera podido evitar. En Idem, pp.
138-148, p. 138.
José María Luis Mora, México y sus revoluciones. Obras completas. Vol. VI, p. 15.
4.
5.
6.
7.
8.
9.
10.
11.
12.
13.
14.
15.
16.
17.
18.
19.
20.
21.
22.
23.
24.
25.
26.
27.
28.
J.M.L. Mora, “Discurso sobre la independencia del Imperio Mexicano”, publicado en
el Semanario Político y Literario de México, 21/XI/1821. En, Obras Completas, Vol.
I, pp. 86-100, p. 90 (el subrayado es mío).
“Discurso sobre la libertad civil del ciudadano”, El Observador de la República
Mexicana, 25/VIVIS27. Idem, pp. 148-159, p. 148.
“Discurso sobre la necesidad e importancia de la observancia de las leyes”, El
Observador de la República Mexicana, 6/VI/1827, Idem, pp. 265-273.
Idem, p. 272.
“Discurso sobre los medios de que se vale la ambición para destruir la libertad”, El
Observador de la República Mexicana, 20/VI/l827, Idem, pp. 139-147.
Idem., p. 145.
Idem., p. 141.
“Discurso sobre la libertad del ciudadano”, El Observador de la República Mexicana,
25/VH/1827. Idem., pp. 148-159, pp. 152-153.
Idem., p. 159.
“Discurso sobre las leyes que atacan la seguridad individual”, El Observador de la
República Mexicana, 8/VIII/1827. Idem., pp. 160-171, p. 162.
Cfr. “Discurso sobre los delitos políticos”, El Observador de la República Mexicana,
31/X/1827. Idem., pp. 219-133, pp. 219-220.
Cfr. “Discurso sobre los perniciosos efectos del influjo de los gobiernos extranjeros en
las naciones que los sufren”, El Observador de la República Mexicana, 28/XI/1827.
Idem., pp. 284-296, pp. 289-292.
Idem., p. 295.
“Discurso sobre la alta política de los gobiernos”, El Observador de la República
Mexicana, 19/XII/1827,M?m., pp. 303-313.
“Discurso sobre los límites de la autoridad civil deducidos de su origen”, El Observa­
dor de la República Mexicana, 19/XII/1827, El Sol, 9/1/1828. Idem., pp. 297-303, p.
299.
“Ensayo filosófico sobre nuestra revolución constitucional”, El Observador de la
República Mexicana, (2* época), 8/V/1830, Idem, pp. 172-183, p. 173.
“Discurso sobre el curso natural de las revoluciones”, El Observador de la República
Mexicana, (2“época), 19/V/1830, Idem., pp. 320-327, pp. 321-332.
Idem., 322.
Idem., 325.
“Sobre cambios de constitución”, El Observador de la República Mexicana, (2* época),
2/W1830, Idem., pp. 333-348.
Idem., 334.
Idem., 348.
“Apuntes para la biografía del EXmo. Sr. D. Lucas Alamán...”, en Lucas Alamán,
Historia de México. México, Editorial Jus, tomo 1,1972 (Obras completas de Lucas
Alamán, I), PP- VII-XXXVIII, p. XII.
Defensa del Ex-ministro de Relaciones D. Lucas Alamán, en la causa formada contra
él y los Ex-ministros de Guerra y de Justicia del Vicepresidente Anastasio Bustamante,
con unas noticias preliminares que dan idea del origen de ésta. Méjico, Imprenta de
Galván a cargo de Mariano Arévalo, 1834. En Lucas Alamán, Documentos Diversos...
tomo tercero. México, Editorial Jus, 1946 (Obras completas de Lucas Alamán, tomo
XI), pp. 33-234.
En las citas de Lucas Alamán hemos modernizado ortografía y puntuación.
Idem., p. 45.
29.
30.
31.
32.
33.
34.
35.
36.
37.
38.
39.
40.
Qii.Idem., pp. 50-51.
Idem., p. 90.
Cfr. Idem., pp. 95-96.
Examen imparcial de la administración del general Vicepresidente D. Anastasio
Bustamante. Con observaciones generales sobre el estado presente de la República y
consecuencias que este debe producir. Idem., pp. 235-275.
Véase Vicente Herrero, Introducción a Edmund Burke, Textos Políticos, México,
Fondo de Cultura Económica, 1942. pp. 7*36, p. 36.
Cfr. Lucas Alamán, Op. c i t en nota 32, pp. 243-244.
Idem., pp. 246-247.
CU. Idem., pp. 255-272.
Idem., pp. 267-268.
Disertaciones, tomo tercero, México, Editorial Jus, 1969 (Obras Completas de Lucas
Alamán, tomo VIII), p. 19.
Idem., p. 274.
Idem., p. 263.
Descargar