Andrés Rivera-Cuentos escogidos

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CUENTOS ESCOGIDOS
Andrés Rivera
Prólogo de Guillermo Saavedra
© Andrés Rivera, 2000
© De esta edición:
Aguilar, Altea, Taurus, Alfaguara, S. A., 2000
Beazley 3860 (1437) Buenos Aires
www.alfaguara.com.ar
• Grupo Santillana de Ediciones S. A.
Torrelaguna 60 28043, Madrid, España
• Aguilar, Altea, Taurus, Alfaguara, S. A. de C. V.
Avda. Universidad 767, Col. del Valle, 03100, México
• Ediciones Santillana S. A.
Calle 80, 1023, Bogotá, Colombia
• Aguilar Chilena de Ediciones Ltda.
Dr. Aníbal Ariztía 1444, Providencia, Santiago de Chile, Chile
• Ediciones Santillana S. A.
Constitución 1889. 11800, Montevideo, Uruguay
• Santillana de Ediciones S. A.
Avenida Arce 2333, Barrio de Salinas, La Paz, Bolivia
• Santillana S. A.
Río de Janeiro 1218, Asunción, Paraguay
• Santillana S. A.
Avda. San Felipe 731 - Jesús María, Lima, Perú
ISBN: 950-511-662-4
Hecho el depósito que indica la ley 11.723
Diseño de cubierta: Martín Mazzoncini
Impreso en la Argentina. Printed in Argentina
Primera edición: noviembre de 2000
Índice
Prólogo ...........................................................................................................7
Una lectura de la historia...........................................................................13
Bialé ..........................................................................................................14
La paz que conquistamos ......................................................................19
Pescados en la playa...............................................................................48
El país de los ganados y las mieses ......................................................53
Un tiempo muy corto, un largo silencio..............................................61
Una lectura de la historia.......................................................................66
Mitteleuropa ................................................................................................76
Campo en silencio...................................................................................77
Willy .........................................................................................................81
Mitteleuropa ............................................................................................86
El perro del hogar ...................................................................................92
Tránsitos...................................................................................................98
La lenta velocidad del coraje...................................................................113
La lenta velocidad del coraje...............................................................114
Eso es lo que vale ..................................................................................119
Un asesino de Cristo.............................................................................127
Tres tazas de té ......................................................................................130
Cómplices ..............................................................................................134
Tualé .......................................................................................................147
Un largo pasillo iluminado .................................................................155
En la mecedora......................................................................................162
Con un esqueleto bajo el brazo ...........................................................164
Preguntas ...................................................................................................180
Lento .......................................................................................................181
Los hijos del Mesías..............................................................................184
La espera ................................................................................................190
Preguntas ...............................................................................................193
Puertas....................................................................................................197
Apetitos ..................................................................................................204
Visa para ningún lado..........................................................................207
El corrector.............................................................................................215
La pequeña enfermera del Privado....................................................217
Prólogo
La consagración, se sabe, suele ser una forma sinuosa del malentendido.
Andrés Rivera fue alcanzado por su estentórea eficacia en virtud de una novela
justamente distinguida con el Premio Nacional de Literatura: La revolución es un
sueño eterno. * Desde entonces, la inercia impersonal del sistema literario prefiere
ver en Rivera al novelista capaz de visitar el pasado argentino y descubrirlo en
la incómoda crudeza de su vigencia. Condenada a ser idéntica, no a sí misma
sino a la cristalizada imagen que el medio le ha forjado para su propia
tranquilidad, la obra de Rivera es siempre respetada pero sólo ampliamente
leída cuando se aviene a actualizar, en el formato obligado de la novela, el
repertorio de iniquidades de nuestra historia. Esta simplificación ha hecho que
pasaran relativamente inadvertidas algunas de sus novelas capitales, como
Nada que perder y El verdugo en el umbral; pero, sobre todo, ha relegado a un
segundo plano sus formidables relatos. Señalar esta distracción no supone tanto
reparar una injusticia como proponer una lectura más provechosa porque, lejos
de constituir un mero apéndice de su novelística, los cuentos de Rivera son una
parte sustancial de su obra: el verdadero campo de pruebas de un tono que hoy
tiene el prestigio de un estilo; también, y sobre todo, la unidad de medida de
una economía narrativa que aprendió a respirar en el ejercicio de este género y
la matriz fundamental de personajes, asuntos y procedimientos que sus
celebradas novelas despliegan con mayor aliento.
Por eso mismo, no es casual que Ajuste de cuentas (1972) —que el propio
Rivera considera un punto de inflexión, una bisagra entre una suerte de
prehistoria personal y la posterior plenitud de su obra— sea un volumen de
relatos que, a su vez, reformulan y condensan lo explorado por el escritor en
* Cabe señalar que este solo episodio da cuenta de lo que podría llamarse, parafraseando un
título del propio Rivera, la lenta velocidad del establishment. Porque el premio llegó cuatro años
después de su publicación original en una editorial modesta -Grupo Editor Latinoamericano- y
tardó un poco más en estar al alcance de un público amplio, al ser editada, como toda su obra
desde El amigo de Baudelaire (1991) por Alfaguara. Al momento de su instalación en el centro de la
escena literaria, Rivera hacía treinta y cinco años que había publicado su primera novela, El precio
(1957), y había alcanzado el reconocimiento de lectores tan exigentes y perspicaces como
Ricardo Piglia, Beatriz Sarlo, Juan José Saer y Jorge Lafforgue, entre otros.
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tres libros anteriores, también de cuentos: Sol de sábado (1962), Cita (1966) y El
yugo y la marcha (1968). Con una lucidez que no por habitual en él merece ser
sobreentendida, Ricardo Piglia consignó tempranamente, en la revista Los libros
(1972), el rasgo fundamental que aquellos relatos decisivos instalaban para
siempre en la narrativa de Rivera: “En lugar de la clásica oposición entre vida
privada y lucha política, se trata de un vaivén interno a la escritura misma, por
el que Rivera hace hablar a la política el lenguaje del deseo, disponiendo sobre
la realidad de las relaciones sociales la palabra de un cierto delirio”. La precisa
fórmula de Piglia hoy puede ser ampliada, en virtud del desarrollo ulterior de
la narrativa de Rivera: así como la política se expresa en ella con el lenguaje del
deseo, el erotismo asume allí la retórica de lo político. Política y sexualidad no
son categorías intercambiables en esos relatos sino los ejes ortogonales que
definen una función central: la electricidad que atraviesa las ficciones de Rivera
y que no es otra que las relaciones establecidas entre los personajes de sus
historias en torno al poder. En el artículo ya mencionado, Piglia agrega: “De
este modo, la significación aparece siempre desplazada: pequeños átomos de
acción, diálogos sueltos, frases que se repiten, son las huellas que permiten
reconstruir un sentido”. Y, desde luego, vuelve a acertar porque, al mismo
tiempo que establecen esa sintaxis cruzada entre lo íntimo y lo público, los
cuentos de Rivera imponen una economía basada en la interrupción y en el
corte, en la deliberada omisión de aspectos cruciales de la anécdota y, en
consecuencia, del sentido de la historia. Detrás de este rasgo aparentemente
estético, que constituye desde entonces una constante en la narrativa de Rivera,
se agazapa una necesidad que parece provenir de la experiencia personal del
autor, imprimiendo en esa huella de sentido de la que habla Piglia un fuerte
matiz autobiográfico que recorre con persistencia casi toda su obra: la de una
revolución que redima de la injusticia. Y son las sucesivas derrotas de varias
generaciones de revolucionarios —entre quienes destaca la figura del padre de
Arturo Reedson, evidente alter ego del propio Rivera—, las que imponen en esta
escritura la discontinuidad, como una forma escéptica y perpleja de la espera.
La postergación de esa utopía en la cual cada vez es más difícil creer pero a la
que no se puede renunciar convierte la escritura de Rivera en una peculiar
modulación de la espera beckettiana. Como los personajes de Beckett, los de
Rivera parecen atrapados en esta insalvable y fascinante contradicción: “No
puedo seguir. Seguiré”.
En algún momento —que quizá coincidió con el prolongado abandono de
la forma novelística explorada en sus dos primeros libros—, Rivera parece
haber sospechado que el cuento era el vehículo más adecuado para dar cuenta
de esa derrota histórica y existencial. Como si hubiese intuido que, a la
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postergación del maximalismo revolucionario, su obra debía corresponder con
el relativo minimalismo del cuento, estableciéndose en su territorio para
desplegar su asordinada manera de exponer la injusticia, sopesar la derrota,
enunciar las capitulaciones de una vida o describir la violencia del sexo, casi
siempre ejercido como opresión, venganza o forma perversa del ultraje. Si se
repasa su obra posterior a Ajuste de cuentas, se comprobará que, tras los diez
años de silencio que siguieron a ese libro, Rivera escribió sólo dos verdaderas
novelas: Nada que perder (1982) y El verdugo en el umbral (1994), que constituyen
la módica pero admirable saga familiar que narra la historia de los antepasados
y la vida y la muerte de Mauricio Reedson. * Las otras narraciones de Rivera que
trascienden los límites del cuento, desde En esta dulce tierra (1984) hasta la
reciente Tierra de exilio (2000), no son estrictamente novelas sino que redondean,
con admirable aliento y sentido del tempo narrativo, esa forma siempre
indefinible que es la nouvelle. Rivera parece, entonces, haber renunciado a la
novela propiamente dicha (incluso ha expresado más de una vez su deseo de
reescribir su primera novela, El precio, para convertirla en relato) en beneficio de
la nouvelle y el cuento.
Esta observación no pretende sólo señalar una preferencia formal sino la
lúcida percepción que Rivera tiene de las posibilidades económicas de cada
formato de la narración. Si sólo la novela puede postular la totalidad de un
mundo o de una vida, es la nouvelle la que mejor despliega la transición de una
a otra lógica de la pasión o del pensamiento, como ocurre en El amigo de
Baudelaire (1991); o constituirse a partir de las esquirlas de una voz desengañada
o resentida, tal cual sucede en La revolución es un sueño eterno (1987) o en El
farmer (1996). Y es el cuento el único capaz de constituirse en el lugar de
condensación casi poética en el cual la narración trabaja para rodear el punto de
inflexión, el momento de reconocimiento o desenlace cuando una vida da un
salto decisivo. Rivera conoce como pocos escritores estas leyes secretas y de
difícil cumplimiento. Y ha sabido desplazar su escritura desde el gran formato
de la novela —tan reacia, salvo casos excepcionales, a los agujeros de acción y
de sentido— hacia esas otras medidas de la narración que se ajustan mejor a la
materia privilegiada de sus ficciones, una materia desgajada por la historia,
hecha de derrotas, de desengaños y de traiciones y, al mismo tiempo, de
empecinada resistencia.
En rigor, estas novelas deben leerse invirtiendo el orden en que fueron publicadas no sólo
porque El verdugo en el umbral narra hechos anteriores sino también porque el proceso de su
escritura es igualmente previo al de Nada que perder. Rivera terminó una primera versión de
aquella novela en 1975 pero su editor no se atrevió a publicarla ante el clima de inseguridad y
de terror que ya se vivía en aquellos meses previos al golpe de Estado. Rivera continuó entonces
trabajando intermitentemente en una segunda versión hasta su publicación en 1994.
*
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Esa materia cuyos ideales permanecen intactos pero a costa de revisar una
y otra vez las trampas de la ideología y las defecciones de los hombres debe
abandonar la forma novela cuando Mauricio Reedson (el obrero y militante
honesto) o Castelli (el único revolucionario incorruptible de Mayo) deciden
callar. Aquello que el padre y el prócer derrotados no pueden decir sólo puede
narrarse, por cautelosas aproximaciones, desde la agujereada y discontinua
respiración del relato o de la nouvelle. Derrotada la revolución, la narración que
dé cuenta de los “entresijos de esa derrota” —como dijo alguna vez el propio
Rivera— deberá estar perforada por aquello que permanece más allá de lo
decible (por ignorancia, por escepticismo o por estratégica prudencia de un
revolucionario en retirada). Pero, así como, en el plano de las ideas, Rivera no
renuncia a postular la necesidad de una utopía, en el terreno literario la novela
es el verdadero horizonte, el fantasma que organiza, a la distancia, la escritura
de sus narraciones. A la revolución derrotada y aún pendiente corresponde, se
dijo, el formato replegado de la nouvelle y del cuento, pero trabajado con la
estrategia de un reducidor, de un jíbaro literario que somete a un revelador
proceso de desmontaje y condensación la opulenta y compacta seguridad de los
grandes formatos narrativos. Podría decirse que Rivera ha resignado —en el
doble sentido de la palabra— el espacio propio de la novela: la ha cedido al
enemigo pero sólo para asediarla con ataques certeros, incursiones guerrilleras
de un narrador vietcong que conoce el territorio mejor que su ocupante
extranjero. De allí, también, que las grandes extensiones de silencio que pueblan
los relatos de Rivera no sean producto ni del capricho ni de la desidia sino
espacios en blanco cargados de significación, a la manera de los silencios
musicales. Como en el principio de Arquímedes, en el agua precisa de las
narraciones de Rivera, el silencio es un cuerpo que desplaza un volumen de
sentido igual al suyo.
En análoga medida al escepticismo resistente que despiertan en Rivera la
iniquidad del presente y las derrotas del pasado, las injurias que el tiempo y los
otros infligen al individuo han ido replegando también su escritura al espacio
económico del relato o la nouvelle. El personaje a veces sin nombre y a veces
encarnado explícita o implícitamente en Arturo Reedson consigna en sus relatos
esas capitulaciones privadas tanto como las voces más o menos épicas de
revolucionarios derrotados y traidores no siempre impunes. En los textos más
autobiográficos y en los perfectamente ajenos, en las diversas modalidades de la
duración narrativa, Rivera se empeña en describir lo que queda de mundo —y
de lenguaje— cuando se imponen la derrota o la enfermedad, esa otra derrota
más íntima y por eso menos comunicable; lo que ocurre cuando el amor es
desplazado por el afán de sometimiento o cuando la militancia se obnubila por
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el poder o cede a la desesperanza. Rivera sabe que el lenguaje ya no puede dar
cuenta de lo real de manera cierta; pero se empecina en creer que el relato
puede dar, en su austero y fragmentado desarrollo, una imperfecta pero
necesaria medida del mundo. De esa tozuda convicción, cargada de ironía y de
áspera belleza, dan testimonio los cuentos aquí reunidos, tan admirables como
el resto de su obra.
Guillermo Saavedra
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Nota acerca de la edición
Esta selección, realizada con la estrecha colaboración del autor, se abre con
cuentos de Una lectura de la historia (1982). Pero este libro publicado
originalmente por José Luis Mangieri incluía, corregidos, textos provenientes de
casi todos los libros de relatos anteriores de Rivera. Entre otros, “Un tiempo
muy corto, un largo silencio” —cuya versión actual es producto de una nueva y
reciente reescritura— y “Bialé” —que Rivera corrigió para su inclusión en la
antología Las fieras (1999), preparada por Ricardo Piglia—; ambos, publicados
por primera vez en Ajuste de cuentas (1972). “El país de los ganados y las
mieses” es una reescritura de “Nunca te fuiste de la dulce tierra natal”,
aparecido por primera vez en Una lectura de la historia. Los restantes cuentos
provenientes de este último libro así como los pertenecientes a Mitteleuropa
(1993) y La lenta velocidad del coraje (1998) se incluyen aquí con ninguna o muy
escasas modificaciones de su autor. Los textos reunidos bajo el título Preguntas
son todos inéditos, salvo “Puertas”, reescritura de “La pieza vacía”; aparecido
por primera vez en Ajuste de cuentas, se optó por incluirlo aquí atendiendo a la
magnitud de sus cambios, que lo convierten casi en un nuevo cuento.
G.S.
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Una lectura de la historia
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Bialé
Salí de Bialé después que paró de llover. Tomé la ruta sin mayor apuro:
soplaba el pampero y el cielo iba limpiándose de nubes. Era una de esas tardes
frías de fines de diciembre; sobre los picos dentados de las sierras y en sus
flancos, tapizados por un verde espeso y oscuro, se alzaba una luz pálida y
brumosa, como de invierno.
Me sentía bien; tenía hambre y las alpargatas mojadas, pero me sentía
bien. Yo me siento bien con pocas cosas: esta vez, una camisa caqui, la campera
de cuero, cigarrillos, y el cuerpo —a excepción de los pies— abrigado y tan sano
como lo permite este país.
Todo eso poco importa —lo sé—, pero yo tenía hambre, las alpargatas
mojadas y unos pesos en el bolsillo: un trago y algo sólido, para meterme entre
pecho y espalda, era lo que andaba buscando. Y ninguna otra cosa. Fue cuando
el auto frenó a mi lado.
—¿Dónde queda el motel Los Palenques? —preguntó el hombre.
Ella usaba una blusa escotada; y solamente un ciego podía llamar pollera a
la tela que partía de su cintura sin esperanza alguna de llegar a las rodillas. Él
llevaba el pelo cortado a cepillo; una remera amarilla, con franjas rojas, le ceñía
la espalda musculosa.
Aquí es costumbre saludar a amigos o extraños antes de iniciar una
conversación. El hombre no lo hizo; apretaba un cigarro apagado en su boca
grande y cruel, y parecía demasiado seguro de sí mismo. Entonces, decidí
tomarme todo el tiempo del mundo para contestar.
La mujer olía a perfume: yo contemplé —supongo que con una prudencia
de monje— la curva de sus pechos. Recordé que tenía hambre; encendí un
pucho y aspiré largamente el humo. Créanme: puede haber modos más
adecuados para entretener las manos y los ojos o para olvidar el pasado. Ocurre
que no los conozco.
—¿Usted es de acá? —preguntó ella.
—Sí, señora —dije yo—. Buenas tardes.
—Suba, lo llevo —dijo el hombre bruscamente.
—Si quiere ir al motel —y miré al hombre—, métale derecho hasta el
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paradero y después unos tres kilómetros para arriba. No se puede perder.
—¿Lo conoce? —volvió a preguntar la mujer.
—Sí. Trabajo, por aquí, de lavacopas...
—¡Ah, qué bien! —sonrió ella.
—Suba —insistió el hombre.
Me instalé en el asiento trasero, y el hombre puso en marcha el
convertible. En verdad, la suspensión del coche era estupenda. Él dijo:
—Así que trabaja de lavacopas...
—Cuando quiero —respondí—; ahora tengo hambre. Déjeme en cualquier
lado.
—Bajemos en el motel —propuso el hombre—. Tienen whisky importado.
El tipo no me gustó, pero su nuca era fuerte y joven.
—Los dueños son nazis —dije, con el tono de quien lee una guía de
turismo.
El hombre se rió; la mujer se volvió hacia mí:
—¿Qué es eso?
—Pavadas —tosió él—. Oiga: ¿sabe que usted es un tipo simpático?
—Son nazis —repetí, porque el tipo no me gustó.
—Cada uno tiene derecho a pensar como quiera —dijo él, repentinamente
fastidiado.
Pensé que era ridículo discutir con unos desconocidos, de los que me
despediría en cuestión de minutos, acerca del libre albedrío o de las variaciones
en la escala genética, y me quedé callado.
El hombre suavizó:
—Lo invito a una copa. O a lo que quiera. Usted dijo que tenía hambre... Y
uno no encuentra gente simpática todos los días.
—No, gracias.
—Vamos, acepte —y la mujer me mostró sus labios húmedos.
—Otra vez será —dije.
—Paramos en el chalé Charito; venga a vernos —dijo el hombre—. Soy
Alfredo Russell.
Cuando bajé del coche se me habían secado las alpargatas. Volví a Bialé a
comprar queso y pan.
Las aguas del lago, pardas, temblaban: la tormenta estaba próxima. Y a mí
no me gusta rechazar invitaciones. Son como las amenazas: llega un momento
en que por lo que sea —pudor, azar, estupidez— uno no se va al mazo. Los
visité a la hora de cenar. Encontré al hombre, solo, sentado en el porche, con un
vaso de whisky en las manos.
—¿Qué toma? —me preguntó.
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—Caña.
El hombre se rió.
—No tengo.
—Vino, si no es molestia.
Nos quedamos un rato en silencio. Un trueno sacudió la casa.
Yo hablo poco; los hombres altos y atléticos me enmudecen. Ese,
precisamente, era uno de esos hombres. Medía un metro ochenta o un metro
noventa, era fornido, y cuando se dirigía a mí no me miraba. A esa clase de
pesados les da por meterse con tipos como yo. Así que, pensándolo mejor,
hubiera sido preferible que no parase en Bialé, y que, con las alpargatas secas,
caminara hasta cualquier lado.
—Va a llover —dijo el hombre.
—Llueve —dije yo—. Y va a durar.
—¿Dónde duerme usted? —preguntó el hombre.
—En el templo evangelista —dije yo—. Lo limpio, y en pago me dejan
dormir allí.
—A mi esposa la asustan los truenos —comentó el hombre.
Russell miró unas luces que brillaban en el espesor de la lluvia. Después
musitó, dándome la espalda:
—Ella es una mujer de gran... Usted va a cenar con nosotros, ¿eh?
La cena duró tres platos y el postre; intercambiamos las puntuales
trivialidades que constituyen, para las personas educadas, una conversación
amena. Y la esposa de Alfredo Russell no pareció más nerviosa que una gata
descerebrada. La vi levantar una copa entre sus manos, sopesarla, y declarar,
con un énfasis negligente y definitivo: “Tiene cuerpo”. Era esa clase de mujer.
Magda, la esposa de Russell, y Russell, se mostraron amables y
hospitalarios. Dominaban, a la perfección, el código de los buenos modales.
Dijeron que podía dormir en el diván instalado en la biblioteca; y que, hasta que
conciliara el sueño, podía entretenerme con la lectura de las obras completas de
Ernesto Sabato. Opté, naturalmente, por desafiar a la lluvia: cortesías como ésas
terminan por espantarme. Me despidieron atentos y sonrientes. Caminé por el
borde de la ruta; habían pasado diez minutos cuando el convertible zumbó a mi
lado, los faros encendidos. Russell iba al volante, sin compañía.
Dormir en la toma de agua es una de las pocas cosas que me gustan. La
toma son cuatro paredes altas, de piedra, y un techo de ladrillos. Yo suelo
encender fuego en un rincón; descifro los garabatos que los enamorados graban
en los muros; oigo a la noche.
Había comprado, en Cosquín, dos morcillas rellenas con pasas, nueces y
piñones, y pan casero. Abrí la navaja y corté trozos de pan, redondos, y rodajas
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de morcilla no demasiado gruesas. Las ramas secas estallaban en el fuego, se
contorsionaban, dibujaban sombras amarillas en el techo. Comí despacio; y
pensé que algo de alcohol y una taza de café enriquecerían mis esperanzas en el
porvenir del género humano. Por lo menos, una buena taza de café negro y
caliente. Mañana, me dije, te tomás una jarra entera en Bialé, o en la casa del
viejo Melis.
Limpié la hoja de la navaja, me la guardé en el bolsillo del pantalón, y
caminé hasta la vertiente. Las sierras se levantaban azules en la noche, el aire
era de cristal, y entre los árboles crujió el grito de unos pájaros perdidos. Aparté
unas piedras y hundí la cara en el agua hasta que se me helaron las mejillas.
Regresé a la toma; enrollé la campera a modo de almohada, acerqué unas
ramas al fuego y, poco a poco, se me desentumeció la cara. ¿Hasta cuándo voy a
seguir diciendo no? ¿Hasta cuándo voy a dejar rodar en mi boca palabras como
signos de lo desconocido, como nombres de puertos y calles y trenes en los que
no estoy? ¿Y a qué voy a decir sí? El viejo Melis dijo sí a algunas cosas, y ahora
duerme con una 44 en la mesa de luz. No escribió ningún libro, pero vence a la
muerte y a la falta de eternidad cuando abre los ojos y encuentra, otra vez, las
sierras, el lago, su propio pasado. Confía en que nadie le avise, uno de estos
días, que no se despertó. Vive solo y sabe tomar vino. Y siempre tiene una
cafetera llena calentándose en la cocina a leña.
No oí llegar a Magda: supongo que debió estar allí, del otro lado del
fuego, un buen rato, mirándome.
—¿Qué hace aquí? —le pregunté, como si no me lo imaginara.
—¿Le gusta esto?
—Sí.
—Vos no te interesás por nada, ¿eh? —dijo Magda.
—Algunas cosas me importan —dije yo.
—¿Se puede saber cuáles?
—No dar explicaciones. No pedirlas.
Magda se echó sobre mí; cuando la abracé, se quejó, indefensa.
—Sé de vos más de lo que pensás —dijo Magda.
—Bueno.
—Russell dijo que soy una mujer competente.
—Acabo de comprobarlo.
Magda se rió:
—Soy su asesor de negocios —dijo con una voz perezosa e indulgente—.
Él es un buen nadador. Hace unos años, nos metimos en un arroyo, cerca de la
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frontera con Brasil. Perdí pie y me hundí en un pozo. Russell me gritó que le
soltara la mano, y yo se la solté, y él, desde el borde del pozo, me sacó. Qué
sensación extraña. Estaba lúcida y tranquila. Y no tuve miedo. Alfredo dijo que
soltarle la mano fue una prueba de amor. Pero ahora se fue al motel: le encantan
las putas.
—Y a vos el paisaje.
—Oh, no entendés nada, estúpido.
—No —admití yo—. Remové las brasas, ¿querés?
En la curva que da sobre la toma estacionó un auto. Las luces de los faros
recorrieron el lugar; estallaron, lechosas, en el agua de la vertiente y en los
árboles achaparrados y salvajes. Magda soltó una risita.
—Es Alfredo —murmuró, exultante.
Me acerqué a la puerta de la toma. La noche era clara y Russell, parado en
la ruta, con una escopeta bajo el brazo, llamó en voz alta a Magda. La llamó no
sé cuántas veces. Ella se abrazó las rodillas, como si tuviera frío, y dijo que tenía
la carne de gallina. Dijo que le gustaba oírlo gritar.
A la mañana siguiente, Russell detuvo el coche cerca del templo y esperó,
sentado al volante, a que yo llegara. Yo llegué. Russell vestía un short celeste y
la escopeta descansaba en sus rodillas.
—Usted va a viajar a Córdoba —dijo. Estaba afeitado, olía a colonia, y yo
ya no era un tipo simpático.
—No —respondí—. En Córdoba, cerraron los cine-clubs.
—Va a viajar a Córdoba —Russell se movió en el auto, las manos en la
culata de la escopeta—. Y se va a quedar allí.
—No.
—Sé de usted más de lo que podría imaginarse.
Decididamente, eran demasiados los que sabían más de mí que yo mismo.
Eso, en ayunas, me deprime.
—¿Qué quiere? —preguntó Russell, un destello enfermo en la cara
macilenta.
Contemplé la claridad de la mañana, la ruta que serpenteaba cuesta abajo
y, con la boca reseca, tomé rumbo a la casa de Melis. La escopeta relampagueó
bruscamente al calzársela Russell en el hombro. Pensé, sin embargo, que ése era
un buen día para café y asado. Y vino, si el viejo andaba provisto.
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La paz que conquistamos
I
Tardó una eternidad en cerrar la puerta del departamento: el largo y
pulcro sobre de papel madera se extendía por el parquet lustrado como una
bestia en acecho.
Hugo Broussard. Presente. Hugo, con el impermeable puesto, se sentó en un
sillón, encendió un cigarrillo y abrió el sobre, la delgada luz de los fluorescentes
ronroneando sobre su cabeza.
Contempló la fotografía con asombro, con despiadada avidez, tal vez con
horror.
El hombre, arrodillado, abrazaba la cintura de la mujer, sentada en un
diván, los ojos del hombre vueltos hacia la garganta descubierta de la mujer,
hacia la cara de la mujer (la nuca de ella se apoyaba en el respaldo del diván),
hacia su boca entreabierta, como si la luz se hubiera agazapado allí, en el perfil
crispado del hombre, en el manchón blanco de un cuello que se curva, en la
temible voluptuosidad de ese rostro de mujer tajeado por el fogonazo del flash;
como si hubiera otra cosa en esa habitación que el lente omitió —no la
congelada desnudez de las caras, no el borroso desaliño de los cuerpos y las
ropas—, quizá porque era obvia.
La misma mano que trazó su nombre en el sobre había escrito, en el dorso
de la cartulina, con una letra grande, rápida y brusca Arbeit macht frei.
Hugo se sacó el impermeable, buscó un vaso y se sirvió una abundante
medida de whisky. De pie, dejó que el líquido bajara a su estómago vacío y
explotara. El frío no lo abandonó. Probó otra vez. Ahora sí. Contra las sogas.
Tenía el frío contra las sogas, y a esas tres palabras contra las sogas, y a los
trozos de piel que navegaban en la helada bruma de la foto contra las sogas.
La sangre le golpeaba en las sienes cuando sonó la campana. Se desplomó,
nuevamente, en el sillón y desplazó la fotografía ante sus ojos: las opacas
lechosidades, la mitigada penumbra, las morosas obscenidades que la luz
arrancaba de la cartulina, instalaron en Hugo, solapadamente, los
apasionamientos del fetichismo, el regocijo, el éxtasis y la unción dolorosa y
solitaria del conjurado. Pero alcanzó a decirse que Saúl era demasiado judío
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para reproducir —con el frívolo provincianismo que el turista emplea para
llenar los espacios libres de una tarjeta postal— la inscripción que los SS
clavaron en el pórtico de Buchenwald.
Saúl, pensó, es demasiado joven para bromear.
II
Débora es la hermana de Saúl.
En 1972, Hugo renunció a perpetrar melancólicas apologías de Arturo
Capdevila o Francisco Luis Bernárdez, o desaprensivas perífrasis acerca de la
democrática vigencia de la ley de educación común en zonas donde los chicos
mueren como moscas atrapados por la desnutrición, el mal de Chagas, las
diarreas estivales y otras cristianas desprolijidades, para aceptar el cargo de
Oficial de Administración en un híbrido organismo internacional.
Ese año, los hijos de las familias pudientes decidieron que Dios es criollo.
Y limpios, puros e implacables dispensaron la gracia o la excomunión.
Ejercieron un vicariato efusivo, frenético y hasta condescendiente, que Hugo
eludió, entregándose, sigilosamente, a placeres menos escandalosos que la
herejía o el apostolado: le fascinó establecer un orden imperturbable en las
confusas finanzas de la oficina; se anotó en un ciclo cinematográfico dedicado a
Buster Keaton; y comenzó a frecuentar los baños turcos.
Ese año, Hugo conoció a Saúl —antes que a Débora, naturalmente— en un
seminario de Matemáticas aplicadas.
Fue así: Hugo distribuyó sillas, anotadores y biromes en la sala de
conferencias; calentó café en tres grandes jarras y dio instrucciones a un
ordenanza para que lo sirviera sin molestar a los asistentes.
—¿Qué tal anduvo la charla? —le preguntó Saúl, de improviso, cuando se
apagó el murmullo de los comentarios, cuando el salón se vació, su voz
desprovista de la mordacidad, el ímpetu y la devoción con que ilustró el
crecimiento de las variables y la fastuosa impecabilidad del infinito.
Hugo observó al muchacho —ambos habían intercambiado, en los días
previos al curso, algunas palabras distraídas, algunas imprecisas referencias al
trabajo, alguna vaga promesa burocrática—, que tenía polvo de tiza en las
manos y el saco, y una barba corta y rubia que brillaba, húmeda, en la cara
pálida y tensa, y ansiosos ojos grises, y un cuerpo menudo y ágil.
—Joyce, en Trieste, batiéndose por un Parnell devastado por los puritanos.
—Bueno —dijo Saúl, y se rió—. Bueno. ¿Dédalus no?
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—No.
—¿Bloom?
—Usted es demasiado flaco para ser Bloom.
Cinco años atrás, un tipo joven festejó alegremente una cita para elegidos,
y Hugo, de inmediato, se desaprobó. Un oficial de Administración de una
perdida oficina técnica de las Naciones Unidas, en un perdido punto del
planeta, es un señor atento, servicial (dudosamente equilibrado), de buenos
modales (que perfecciona su inglés leyendo el Buenos Aires Herald), y no un
cretino acumulador de laboriosas analogías.
Cinco años después, a solas en su departamento, envuelto en el venturoso
sopor que proporcionan los alcoholes baratos, las manos en reposo sobre la
tersa suavidad de una fotografía, pensó: demasiados demasiado para Saúl.
César recelaba de la delgadez de Casio, de su figura extenuada y hambrienta,
de sus escasas sonrisas de perro apaleado.
Hugo gorgoteó, satisfecho. No todos los judíos son gordos. Saúl no es
gordo. Lo demás, asegura el bardo, es el balbuceo recurrente de un idiota.
Se quedó dormido con un pucho apagado en los labios.
III
Tendido de espaldas en la cama imperial, las piernas abiertas bajo el
cobertor, un brazo doblado detrás de la nuca, aspiré, quizás amodorrado, las
frías y rancias emanaciones, superpuestas, de aceite y humo, rábano blanco y
chucrut y pescado relleno y mameligue que impregnaban las paredes del
dormitorio de Débora.
—Tengo sed —dije, la lengua hinchada, execrándome, enfermo de vejez y
arrepentimiento.
Débora surgió de las tinieblas del cuarto, desnuda, maciza, la carne
rosada, los pasos largos y suaves, la furiosa, maniática elegancia de una
bailarina de ballet que había engrosado, e inmune, sin embargo, a las injurias
del olvido, al inexorable endurecimiento de las articulaciones. ¿Acaso no
compartía una taza de té y unos strudel crujientes, en un puntual crepúsculo
vienés, con el doctor Freud y los exquisitos Zweig? ¿Acaso estaban tan lejos los
tilos de Berlín; las enjutas lápidas del cementerio judío de Praga, bruñidas por
una luz también sabia e indulgente y apacible; los poemas de Rilke; las
perversas bellezas de un mundo que sobrevive a su ruina?
—Tomá —dijo Débora, y depositó un vaso en la mesa de luz.
21
—¿Qué es?
—Bronfn —dijo, y su risa, grave y ronca, estalló, burlona, en la tibieza
asfixiante de la habitación.
Tragué un líquido empalagoso y azucarado, cualquiera haya sido el
nombre que la hermana de Saúl le asignó, y me pregunté qué hacía allí, entre
esos muebles vastos y pesados, entre sillones de cojines aterciopelados y
cuadros opacos y tristes, y con esa mujer que me había demolido tan ostensible
e impiadosamente como una topadora puede hacerlo con un montículo de
tierra seca.
Ella dijo que nació en Lodz, al igual que su padre, David Stein, y su
abuelo, y los hermanos de su padre, y el padre del abuelo. Y todos ellos —el
bisabuelo, el abuelo, los hermanos de su padre y el propio David Stein—
hombres duros, que no temían a Dios, fueron tejedores. Y si podía entender eso,
cosa que puso en duda (“das lástima, porteño, con tus cuarenta años y pico
encima, dejándote ir, solo, salvo la casual relación con Saúl, salvo estas sesiones
de castigo que nos infligimos, y que, estúpida de mí, te concedo”), quizás
aceptara que yo poseía la imaginación indispensable —la estólida, cartesiana
imaginación de un goi— para que la suma de dos más dos arroje
aproximadamente cuatro.
Recuerdo esa tarde de setiembre de 1976, cuando el invierno se demoraba
en la ciudad, por el chasquido desdeñoso e insolente de su voz, que se mezcló al
rumor de la lluvia, a la laxitud que subía desde el colchón, un quieto mar de
plumas fermentadas y enmohecidas en el que me movía como un pez atontado
por el fragor de una carga de dinamita, y que perseveró, infatigable, hasta la
llegada de la noche.
—Dame más de eso —dije, entonces, y el sonido gutural cesó, y los dos,
sumergidos en la temperatura irrespirable de esa bóveda, nos contemplamos en
la esperanza y el ultraje y la desesperación que permanecían en el eco de la voz
que había callado.
—¿De esto? —preguntó Débora, mostrándome un botellón lleno de un
brebaje espeso y rojo, los ojos glaciales en la cara inmóvil, arropada en una bata
de rayas verticales, grises y blancas.
—De eso.
IV
En Lodz, donde más de la mitad de los judíos eran patrones, comerciantes,
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ropavejeros, prestamistas, rabinos, doctores, poetas, fabulistas, expendedores
de carne kosher, guardianes de sinagogas, filósofos, narradores del eterno
sufrimiento del pueblo del Libro y la circuncisión, los Stein fueron tejedores
desde el comienzo de la genealogía familiar, allá por junio de 1848.
Gente bravía los Stein, que no temían a hombre alguno, incluidos los
polacos. Y en cuanto a Dios, ¿quién lo vio —preguntaba el padre de David, con
una maligna sonrisa bajo los bigotes teñidos de tabaco— en los fuegos del año
cinco, cuando la vida valía menos que un groszn, y el Diablo cabalgaba en los
veloces caballos del zar, y nosotros, hombres de las tejedurías, lo desmontamos,
más de una vez, con los puños desnudos, con sólo, óiganme bien, los puños
desnudos? De modo que David se acostaba con todo tipo de polleras, en
galpones oscuros, en vagones de carga, en casas deshabitadas, sin preguntas a
las quejumbrosas doncellas si eran rusas que practicaban el rito bizantino,
alemanas protestantes, hebreas ortodoxas, polacas librepensadoras o,
simplemente, hembras que por unas horas descubrían las ventajas del
agnosticismo, los deslumbramientos del adulterio, las delicias de la crueldad y
la fantasía.
Aplicaba ese mismo criterio a los propietarios de las tejedurías. “Todos se
forran el mierdoso bolsillo de la misma manera”, repetía con viciosa monotonía.
Es decir. Los respetaba tanto como un elefante las reglas del Código Civil.
Esa irreverencia militante constituía uno de los motivos de la admiración
que suscitaban en los goim. Los otros dos no cedían en importancia: una cultura
alcohólica que le envidiaban veteranos curtidos en memorables encuentros con
el vodka, y una izquierda letal.
Pero seamos precisos —Débora encendió un cigarrillo y el humo envolvió,
por un instante, su cara de ídolo—: una trompada formidable, una resistencia
intrépida a las prodigalidades y los desvaríos de la ebriedad, y una aversión
insolente por los que le pagaban el salario habilitaban, a David Stein, para
aguantar, sin quejas, el paro forzoso. Un día de cada tres llegaba, con el
estómago vacío, hasta los portones de la fábrica, hasta el anémico fulgor de sus
ventanales, y sepultaba, en el impecable manejo de los telares, una rabia
ponzoñosa que lo avejentaba: se sentía reducido a la impotencia y no había a
quién romperle la jeta. Después, la madrugada desaparecía, las luces se
apagaban, pero la lluvia seguía empapando los arrabales de Lodz.
David Stein se aburría. Una confabulación de taimados usurpadores de
bigote y guerrera —“el bigote y la guerrera que se preconizaban
periódicamente como la sabiduría suprema y como los rectores de la sociedad”,
escribió un profeta fervoroso del estilo y de la cerveza, a propósito de los
bastardos herederos de Bonaparte— y de barones de la industria, lo exilió, por
23
una década, de las tentaciones de la épica, sentó a Hitler en el Reichstag, y
sumió a Polonia en el letargo de una República que exhibía pianistas
melancólicos y patriotas de pechos constelados de medallas municipales.
David Stein, aburrido, se casó. Era un hombre para dar: cerradas las
puertas de la Historia, abrió las del Registro Civil. Sofía —una muchacha
silenciosa y cálida— no fue la fiesta lujuriosa, el incendio voraz al que se
prometían asistir los amigos de David, sino la calma, la sensatez para afrontar
las crisis cotidianas, y la eficiencia en la cama. Débora nació en 1934.
Hubo paseos en bote por el Lodka; la inscripción, en 1938, de la niña, en
un instituto de danzas y la de David en una escuela de mecánica textil;
frecuentación de kermesses, con tiro al blanco, cerveza en las noches de verano
y montaña rusa. Deportes: natación, barras, lucha libre. Carreras de resistencia.
Duchas heladas. Eliminación de grasa. Dietas. Pesas. Trote. Duchas heladas.
Está claro, por Dios. ¿O no lo conocen a David?, preguntaban sus amigos
polacos y judíos, como si fueran dueños de todas las respuestas. No pudo
participar en los Juegos Olímpicos de Berlín; ahora quiere ganar las
Macabeadas. Otros, más cautos, reflexionaban: piensa en el futuro. Se prepara
para una ancianidad sin achaques. Por fin, no faltaron quienes se inclinaban por
un diagnóstico simple y conciso: la mujer es frígida y él se volvió loco.
No se habían agotado, aún, las conjeturas, cuando los nazis —robustos,
displicentes, orgullosos— paseaban sus perros salvajes por las calles desoladas
de Lodz. Fruncían la nariz, nazis y perros: Lodz olía mal, estrecha, sucia, vacía.
La higiene es un führerprinzip, y David, que se bañaba todas las mañanas,
fue a ver a los jefes de la comunidad judía. Lo escucharon con estupor. ¿A qué
viene tanta alarma? No exageremos. Las leyes raciales, los comercios arrasados,
la estrella amarilla: conocimos cosas peores, desde los tiempos de Jmelnitzky.
Por favor, no exageremos.
Le hablaron de Einstein, un gran hombre. Su palabra pesa. Los pondrá en
vereda. Y la opinión pública mundial. El presidente de la United Steel, de la
United Steel, ¿oís?, es judío. No se atreverán. Eso sí: no hay que provocarlos.
¿Quieren que llevemos una estrella amarilla en la manga? La llevaremos. ¿Y
qué? ¿Es una vergüenza? No haremos nada que les sirva de pretexto para la
represión. Ellos, allá; nosotros, aquí. Alemania es un país civilizado: no se la
puede juzgar por un pequeño número de excéntricos. Sí, ególatras. ¿No voló
Hess a Inglaterra? Están divididos: los blandos darán un golpe y acabarán con
Hitler y su camarilla. Gott in himml! ¿Qué es o que te pasa? ¿Por qué esa cara?
Algún día la guerra finalizará, y ellos, los judíos, volverán a respirar
libremente, olvidados de todos, pero todos juntos en su ghetto. Y buenas
muchachas judías se casarán con buenos muchachos judíos, y nacerán buenos
24
niños judíos que preservarán la ley y cuidarán a los ancianos y a las sinagogas y
a los cementerios.
David Stein escupió, el canalla, sobre ese sueño grácil y lisonjero, y
maldijo, y amenazó. Cuando se serenó —y eso, por referencias de testigos
imparciales, le llevó la noche entera— se dedicó, mudo, a fumigarlos con sus
asquerosos cigarrillos. Sirvieron té y repartieron pedazos de duro pan negro, y
alguien lloriqueó; y evocaron sus excursiones a Viena, Praga, París; a Jacob Ben
Ami, el trágico entre los trágicos; y a Morris Schwartz: se lo disputan en
Hollywood y es el invitado de honor en la mesa de míster Goldwyn; y a Buloff,
Joseph Buloff, ay ay, el rey de los actores. ¿Y Scholem Aleijem?, carraspeó un
viejo. Yo conocí a Scholem Aleijem. ¿Saben lo que dijo Gorki de Scholem
Aleijem? ¡Qué tiempos, Gott!
Movían la cabeza: sí, sí, llegaremos a Palestina y seremos felices.
David los escuchó, la fría mirada sobre sus esqueletos; sobre sus cenizas;
sobre los diarios que escribirían, furtiva y minuciosamente, canonizados por el
hedor de la carnicería. Al carajo con ustedes, con sus repulsivas fantasías:
somos inteligentes, somos cultos, somos distintos a los otros, sufrimos como
nadie en la tierra. Toda esa basura, les digo, sirve para que Rotschild pueda
sentarse a una mesa de póker, limpio de inhibiciones, con un grupo de nobles
caballeros bautizados por la iglesia católica que le celebrarán, discretamente,
como a un par, su champán, sus éxitos en la banca, su destreza de esquiador.
La vida no es un negocio, dijo David Stein.
No todos los alemanes son Hitler, le contestaron.
Tampoco todos los judíos son borregos.
Alzaron los brazos, gritaron su indignación, un vaso de té se volcó y el
líquido tibio salpicó el piso sucio, polvoriento de la habitación. David Stein
sonrió, recogió su gorra y salió a la noche.
Ni siquiera saluda, el desgraciado, comentaron, acongojados, los hombres
responsables.
V
David consiguió —sólo Dios sabe cómo— papeles polacos, arios, para
Sofía y Débora. Y puso a madre e hija bajo la protección de un antiguo profesor
de la escuela textil. Les pidió que no lo lloraran; el mundo iba a cambiar de
base, como anuncia la canción: entonces, mis queridas, guarden los pañuelos.
Fueron cuatro largos inviernos, contó David Stein. Aquí, en Europa, los
25
santos desangraron sus pies y las brujas ardieron contra el horizonte. Aquí, los
señores levantaron sus castillos y la plebe los arrasó. Aquí Spinoza escribió su
Ética y Galileo se retractó; aquí, Goethe alabó a Valmy. Aquí, la escritura
transformó al hombre y el hombre al universo. Aquí, yo, un tejedor de Lodz,
maté.
David Stein tiró, certera y deliberadamente, sobre satisfechos burgueses
que cultivaban anémonas a la luz de los hornos crematorios; tajeó tiernas cartas
que describían los progresos de una granja en la profunda Bavaria o en la Baja
Silesia, las torpezas insanables de los peones rusos o eslovenos o croatas que
sustituían la siempre añorada dedicación de papá, y a los niños que
preguntaban por papá, allá, en el frente; incendió vagones cargados de leche,
pieles, bicicletas, aros, colchones, nafta, municiones, gorros, mantas, muñecas;
minó puentes; y se supo libre, como jamás ser humano lo fue, en el acecho y en
la destrucción.
Regresó a Lodz, un día de junio de 1945. Esperó aún tres años para
confiarle a su mujer:
—Hablan por mí. No me creo obligado a aceptarlo.
Ella lo miró, sentada en una silla de la oscura cocina. Parecía sereno; no
había grasa en su cuerpo, ni canas en su pelo rubio, pero la voz sonaba como
muerta. Sofía murmuró:
—Estás enfermo.
—Cerrá la boca, me dijeron. Dije que no. Decretaron que soy sospechoso.
—David, estás enfermo.
—Sí.
David se levantó de su asiento, tomó un vaso de agua, se apoyó en el
fogón.
—No prendas la luz —pidió.
Ella cruzó las manos en el regazo y esperó. David habló como si escuchara
a otro.
—Ves a una muchacha, que tiene todo en los lugares apropiados, y te
decís: es ella. Pero no estirás el brazo, y en ese segundo en el que dejás de ser
vos mismo, la muchacha da vuelta la esquina y se te pierde. Ahora ya es tarde:
ésos hablan por vos, y ella es un sueño que morirá con vos.
David escupió. El salivazo se estrelló contra el suelo. David adelantó un
pie y esparció la flema con la suela de su bota. Oyó, durante un rato, su
respiración y la de Sofía; movió la cabeza, apreciativamente, y dijo: “Stein, es el
fin. Un tipo que se regodea con las oraciones sacramentales de un empresario
de pompas fúnebres debe preparar sus maletas”.
Veinticinco años más tarde se rectificó: All lost, nothing lost. Las palabras
26
llegaron puntuales; la muchacha que tenía todo en los lugares apropiados no
agonizaba con él. (Estuve a punto de largar la risa al escuchar, en boca de
Débora, la máxima stendhaliana. Me contuve no sé cómo. Pensé, creo, que el
paso de los profetas inspira un número infinito de mordaces epigramas y, ay,
reacciones menos pacíficas y olvidables que un profuso manojo de felices
acotaciones.)
David se limpió la boca con el dorso de la mano y le dijo a Sofía, los ojos
vacíos:
—Hacé las valijas.
En la Argentina nació Saúl y murió Sofía.
VI
Leí, hace ya tiempo: Si no me equivoco, si todos los signos que se acumulan son
precursores de una nueva conmoción en mi vida, bueno, tengo miedo. No es que mi vida
sea rica, ni densa, ni preciosa. Pero tengo miedo de lo que va a nacer, de lo que va a
apoderarse de mí. ¿Y a arrastrarme a dónde? ¿Será necesario una vez más que me vaya,
que deje todo lo proyectado, mis investigaciones, mi libro? ¿Me despertaré dentro de
algunos meses, dentro de algunos años, roto, desesperado, en medio de nuevas ruinas?
Quisiera ver claro en mí, antes de que sea demasiado tarde.
¿Tarde para qué, Roquentin? Las masturbaciones metafísicas nunca
envejecen: empiezan cuando usted entra a la sala. ¿Miedo? ¡Vamos, no joda!
¿De qué miedo habla? Aquí podríamos enseñarle una de las caras del miedo. O
la cara. Usted, a veces, es muy gracioso, mesié Roquentin.
Sí: soy un tipo que se deja ir. Mansamente. Aún hoy. Sin rebeldías, sin
furor, encogiéndome de hombros. Pero sé a qué huele uno cuando el miedo lo
toca; cuando uno lo palpa en el aire; cuando se desliza por la piel como una
baba ligera y fétida. Sé cómo le pudre el alma a uno, le dobla las piernas, le
ablanda los ojos. Me los miré en la calle, en la jeta de los otros. Flancitos
húmedos, probos, azucarados; pequeñas viscosidades limpias, leves,
transparentes, sin pasado. Y la boca. Ah, la boca. Se sabe: es la memoria de los
desastres. Consigna general: callar. Porque la realidad es irreproducible y la
literatura miente como una puta vieja, o como una dama que escamotea sus
arrugas frente al espejo. Algo, sin embargo, es cierto: aprendimos a sobrevivir.
Cada uno de nosotros conoce el precio que pagó.
¿Dije ya que me indigestaba redactando melosas exégesis de poetas
parroquiales; que caminaba, solo, por el centro de la ciudad; que tomaba café,
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solo, en un bar de la calle Corrientes, leal a los textos más sutiles del folklore
porteño?
En una de esas excursiones, conocí a Liliana. No recuerdo quién la sentó a
mi mesa: si el fugaz prestigio que me otorgó una nota, publicada en una revista
hebdomadaria, y cuyas obscenas hipótesis —debo admitirlo— procuraban
escarnecer la gloria de Enrique Larreta; o las anomalías a las que sucumbía
gozosamente Liliana, en su condición de estudiante de letras; o uno de esos
amigos ocasionales, desagradables por su falta de recato.
De esa época, conservo imágenes borrosas, seguramente desgastadas por
los sobresaltos, el vértigo y las capitulaciones que asediaron los opacos ritos de
nuestra relación. Liliana tenía el pelo rizado, un borbollón de ricitos diminutos
y enmarañados en los que se depositaba una roña pegajosa; un jean descolorido
le cubría las piernas flacas; y pendientes y amuletos se precipitaban sobre su
pecho liso. El recuerdo más perdurable de ese tiempo (¿dos noches? ¿cuatro
semanas? ¿tres meses?) es el de los dedos de sus pies, sucios, coronados por
unas uñas pintadas de nácar, que asomaban de unas deformadas ojotas de
cuero. El contraste que ofrecían con la blancura de las sábanas me introducía al
ejercicio de ceremonias sólo explicables a imaginaciones viciosas.
No me enseñó nada; es prescindible la mención de vasos con manchas de
rouge en los bordes; calzones que exhibían aureolas de un amarillento
sospechoso; cigarrillos aplastados; suéters que ostentaban estridentes
caligrafías; cáscaras de queso; y un póster de la serie el amor vence (niño
gordinflón, desnudo y calvo, acariciándose las zonas pudendas) que confirieron
a mi dormitorio la libidinosa fisonomía de una pieza de burdel.
Esa desdichada enajenación finalizó abruptamente. Liliana desapareció
una tarde; y yo recuperé, poco a poco, como si atravesara una atroz
convalecencia, mis antiguos códigos de conducta.
La Liliana que retornó a mi departamento, en un anochecer tormentoso de
sábado, me estremeció. El rostro, como pulido por una piedra de afilar; el pelo
limpio y suelto; y un olor a jabón, a ducha, a castidad. No la monja provecta que
cuida niños retardados o viejos malolientes, sino la enfermera de cara brillosa y
lamida, endurecida y tensa, que pertenece a un clan, a una aristocracia que se
arroga la misión de salvar a esa magma larval que los historiadores, por
comodidad, llaman pueblo.
Evité discutir con Liliana: su desprolija y apremiante versión del parricidio
no me sedujo. Preferí mencionarle la memorable carta de Kafka a su padre. Su
risa estalló, seca y despreciativa. Creyó insultarme: “sos un intelectual de
mierda”. La erre de mierda vibró, metálica, en su boca. “No tanto, por favor”,
repuse. “O ni siquiera eso; apenas un glosador de reminiscencias ajenas,
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accidentalmente nacido en este país.” Me amenazó largamente: la justicia
popular arreglaría cuentas, en breve, con los que, como yo, dudaban que el
Sheraton Hotel pasara a ser el enfático albergue de los chicos que nacían en las
villas miseria de Retiro o del Bajo Belgrano.
Consumí dos tazas de café, mientras duró su arenga, desaforada y
tanguera. Comenzaba a saborear la tercera cuando se fue. No la volví a ver.
Pero supe de ella.
Los elitistas abrumaron textos con una mezcla de confusas diatribas,
epítetos generacionales y un nacionalismo de frases heroicas, patéticas e
intransitables. Reivindicaron telúricas prosapias: feligreses de apellidos
mediterráneos se encarnaron, ululantes, en estancieros incultos y abominables,
famosos por sus espasmódicas cabalgatas bajo un cielo de plomo y calcinación,
fundadores de corruptas republiquetas no más vastas que el círculo trazado por
sus enmohecidas lanzas, y cuyo patriotismo se tasaba en lotes de veinticinco mil
vacunos.
La réplica a mi conjetura (aborrecible para los que ven en Sarmiento,
solamente, un vampiro sediento de sangre gaucha), acerca de la perdurabilidad
de ese misticismo inhóspito, tomó la forma clandestina del miedo. Los más
estrepitosos hijos de una burguesía pudiente y exhibicionista —Liliana entre
ellos— terminaron en anónimos cementerios, humillados, vendidos, delatados
por hermanos, amantes, amigos del alma, porteros serviciales, ancianas que
conservan orgullosamente su virginidad, votantes de ocasión, eficientes
empleados de escribanías. El resto, los que salvaron el pellejo, sonorizan sus
jactancias en la dulce nube de la emigración. Envejecen, se aproximan
inexorablemente a la sensatez.
Hablo con conocimiento de causa (aun cuando, tal vez, exagero): las
exasperaciones juveniles evocan un instante bochornoso y ridículo de mi
pasado. Hoy asimilo las ventajas del orden, las galas de las buenas costumbres.
Quienes tenemos un mismo origen, excepcionalmente transgredimos las pautas
de una idéntica evolución.
VII
A fines de diciembre de 1974, hice depositaria a Débora de mis
deducciones. Una muchacha como Liliana, le dije, atrajo a Saúl, lo subyugó
extorsivamente con el espejismo de una culpa que se redimiría en el servicio a
los humillados y ofendidos.
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Al exponerle mis sospechas (intelectual y judío: ¿cómo no ceder? ¿cómo no
arrastrarse, miserable y agradecido, por el polvo?) procuré, cuidadosamente, no
vincular ciertos nombres fulgurantes de la mitología griega con las actitudes de
Saúl: Débora era un animal salvaje e inesperado. (Era, dije. En fin: curioso.)
Ella se rió. Intelectual, judío, límites absolutos: bah. Lenguaje para
desamparados. No para mí, Hugo, que vengo de donde vengo. ¿Mi hermano
cautivado por una mujer? ¿Podía yo hacerle el favor de arrojar al cesto de los
papeles una suposición tan estúpida?
Remota como una roca lunar, agregó, desganadamente:
—Saúl is a vitz.
VIII
Hugo paladeó, a lo largo de un año y medio, la definición que Débora
propuso de Saúl —Saúl es un chiste, una broma— de acuerdo a los cambiantes
estados de su ánimo; también a la fatalidad de las estaciones, al rigor
imprevisible de un invierno, a la previsible y abrumadora depravación del
verano. Insistió, ante ella, en tertulias cuya procacidad no vale la pena exhumar,
que no se redujera a la traducción literal de una expresión de la que el ídisch —
un idioma infinitamente rico en invocaciones e insólitamente nutrido de
equívocos, paradojas, requerimientos tramposos y sofismas— proporciona una
interpretación ultrajante, consternada y halagadora.
Hugo descubrió que se sometía a un ser inescrutable; que la humillación y
la morbosidad pueden desplazar impunemente a algo tan abstracto como el
amor; descubrió que se puede ser devoto de la templanza y el orden y su cifra
adversa; descubrió, y ésos fueron hallazgos menores, los avatares y las
refutaciones de una lengua erigida por el éxodo y el disimulo; y que Saúl, meses
antes de la muerte de su padre, ocurrida en junio de 1974, había alquilado un
departamento en el apacible barrio de San Telmo.
Saúl, sepultado David Stein, le presentó a Débora; luego, Hugo y Saúl se
encontraron dos o tres veces; luego (piénsese en el versátil destino de Liliana y
sus amigos), Saúl desapareció. Más exactamente: permaneció entre Hugo y
Débora como una sombra desvelada, como una referencia irritante, tal vez
casual, pero siempre indescifrable. Para Hugo, al menos. ¿Indescifrable? No:
ambigua. Débora le insinuó, de mala gana, que Saúl la llamaba por teléfono.
Vive: entonces, reflexionó Hugo, que se las arregle. La idea de ir a verlo no lo
hacía feliz, precisamente. Pero presintió que la descripción de la visita, la lenta
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enumeración de las reacciones de Saúl, le permitirían quebrar la hirsuta
impenetrabilidad de Débora; descomponerle esa cara de ídolo; avanzar sobre
las distancias que, aun entre los estragos de la fornicación, Débora le imponía.
No hay nadie más sensible a los lazos de la sangre, pensó Hugo, que los
judíos. Ni siquiera aquéllos de los alemanes que hicieron del Mein Kampf el
inextinguible testimonio de los purificadores éxtasis a los que puede elevarse la
civilización occidental. Se rió débilmente. “Soy un intelectual de mierda: un
colega de Borges, digamos.”
El departamento de Saúl tenía un aire monacal: cama de una plaza, dos
sillones, un escritorio, la reproducción de una de esas viejas siniestras y lúbricas
que abundan en la pintura de Goya. Saúl parecía tranquilo; cauto, quizá. Cebó
mate: le dijo que daba clases a muchachitos de la escuela secundaria, que le
confesaban su aversión visceral a las matemáticas, sus escandalosas gonorreas y
sus adicionales entusiasmos por el tenis, las motocicletas japonesas, y los
irrisorios cigarrillos de marihuana.
—Se te ve poco —comentó Hugo.
—Escucho música —dijo Saúl.
—Oh.
—¿Débora?
—Cocina.
Saúl asintió en silencio.
—Recuerda, una que otra vez, a tu viejo —agregó Hugo.
—David Stein, el gran hombre. Freud y Jesús y Marx y Chagall y Iascha
Jeifetz juntos en un único y estupendo envase —dijo Saúl, la voz blanca.
Hugo lo miró: no había cambiado, salvo un temblor imperceptible bajo los
párpados.
—Salgamos a caminar —propuso.
—Vamos —dijo Saúl.
IX
Sé que caminamos algunas horas. Sé que era otoño. Sé que los balcones de
San Telmo despedían una vaga luz sobre las vetustas fachadas de los
almacenes, la intimidad de un zaguán, las verjas de una iglesia. Sé que las
sirenas policiales estallaban en la paz de la noche y que Saúl, al escucharlas,
hundía la cabeza entre los hombros. Sé que, si nos detenían, estaba dispuesto a
exhibir mis credenciales de ciudadano intachable, dueño de un pasado solvente
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y comprensivo de los transportes despóticos de un presente azaroso. Sé que
habría afirmado, imperiosa y severamente, que ignoraba la existencia de Saúl
hasta el instante en que se me acercó para indagar la proximidad o lejanía de
una calle apócrifa. A lo sumo, era una desvanecida figura la que se paseó,
alguna vez, por los corredores de una oficina de las Naciones Unidas en Buenos
Aires. Una de tantas. Consciente, hasta el fin, de esa determinación, una tibia
oleada de bienestar, que pocas veces experimenté, se apoderó de mí. (Una
noche, trepado sobre el cuerpo desnudo de Débora, gemí, los dientes apretados:
“Decíme qué soy para vos”. Sus manos se pasearon por mis mejillas húmedas
de sudor, y me dijo quién era yo para ella. La oí, grité, me vacié, y sobrevino
una paz que no conocía. Dormís, dijo Débora, como un recién nacido.)
Sé que Saúl se mostró, a lo largo de la travesía por un barrio de gestas
olvidadas, gentil y cálido conmigo, y mucho menos prudente que cuando me
recibió en su departamento. Pero ésas son reglas que observan,
invariablemente, los judíos cultos e inteligentes. Que el Dios sangriento e
insaciable de Israel los bendiga.
Sé que habló del abismado intruso que organiza sus pesadillas (no, como
eventualmente puede presumir cierta pedante erudición, de un fantasma que
mendiga venganza, que implora el castigo de un adulterio o la restitución de un
reino). Quiero decir: habló de las fatigas de un verdugo y de un porvenir que,
cuando llega, duda de su identidad y se recluye en lo que rechaza. Habló de
David Stein.
X
Débora dijo:
—No se quiere levantar.
—¿Por qué?
Débora se encogió de hombros. No era a él, Saúl, a quien Débora había
hablado. Simplemente dejaba constancia, para la nada, de que un hombre se
abandonaba a la muerte. Saúl la odió; odió su silencio; la gelidez de su mirada,
el aire inmóvil de la habitación; las turbias fotografías de su abuelo y de su
madre que colgaban de las paredes del comedor; los olores de la comida que su
hermana preparaba con una minuciosidad maniquea, y que, desde niño, le
deparaban todas las injurias del destino.
Atravesó la sala penumbrosa y entró al dormitorio. Una furia salvaje, tan
antigua que no podía recordar su origen, se le encendió en el pecho.
32
Prendió la luz del velador (era, apenas, la una de la tarde) y casi gritó:
—Levantate.
Tiró, enceguecido, de las mantas, que David Stein retenía con unos dedos
largos y afilados.
—Levantate, carajo.
Una parte de él se oyó llorar; oyó la cadencia del llanto en un cenagoso
corredor de su cuerpo, como si la blasfemia fuera un ruego: que él no sea David
Stein, que yo no sea el que está aquí, parado, loco, arrancándole las frazadas de
las manos, mirando esa boca postrada, de dientes rotos, que me dice:
—No me toques.
Saúl vio, en la cara de David Stein, el resplandor de una barba canosa, y la
vieja ira —que conocía mejor que cualquier cosa en el mundo— relampaguear
en sus ojos claros.
—Dejame.
La voz le salió cansada, lejana, a David Stein y Saúl retrocedió como si lo
hubieran golpeado en plena cara. Débora cruzó frente a él y se arrodilló ante el
padre. Saúl los contempló, a los dos, hipnotizado: a ella, que vestía, que
abrigaba esos huesos frágiles, crujientes y a la carne magra y seca,
repulsivamente blanca, que los cubría. Y a él, acariciarle el pelo, deslizar sus
dedos por el cabello negro de Débora.
El viejo, vacilante, se dirigió al comedor. Se apoyaba en las paredes, en los
muebles, tal vez en las raídas sombras de la tarde que las cortinas, tendidas
sobre los vidrios del balcón, dejaban filtrar. Se dejó caer en una silla y plegó las
manos sobre el mantel blanco de la mesa.
—El hombre tiene derecho a la estupidez —murmuró David Stein, sin
volver la cabeza—. Es de Heine, hijo. Pero Heine era poeta. Y alguien dijo que
es preciso ser indulgente con los poetas, no con la estupidez. No trago a los
fascistas, aunque sean de izquierda.
Saúl dio vuelta a la mesa y miró la escuálida cabeza de David Stein.
—¿Puedo decirte algo?
—Adelante.
—Yo no te elegí como padre.
—Yo sí, pese a todo, al mío. No le pregunté por su apellido. Acepté cómo
se ganaba la vida. Lo demás vino solo. ¿O querés que hablemos de moral?
Saúl, que temblaba de rabia, pensó: “Soy su enemigo. Escupe lo que le
viene a la boca. Y ésta es su última batalla. La vas a tener, desgraciado”.
Entonces, dijo:
—Ahí estás: mirate.
—Me miro, muchacho. Y no me gusta lo que veo. ¿Y qué? Nunca soñé con
33
ser el ombligo del mundo.
—Papá, ustedes... Ustedes lo saben todo, ¿eh?
—No, todo no. Apenas si liquidé unos tipos en la guerra, y cuando me
cansé de matar —y no fue justo que me cansara— decidí que era hora de darte
la palabra.
—Se te agradece. Pero, ¿por qué te viniste?
David Stein alzó la vista y sonrió:
—¿Tengo que decírtelo?
—Decímelo, señor puédelotodo.
—Débora, querida, tengo hambre.
—David, te caliento el borsht.
—Eso es. Y traéme un vasito de ginebra.
—¿Te sentís bien?
—Como en los mejores tiempos.
—¿Unos pepinos salados?
—Débora, main leibn...
“Al hombre del lager no le gusta la viudez.” La reflexión llevó a Saúl a
confesarse que amaba las palabras irreparables, esa orgía de sonidos que el
rencor vincula golosamente y de la que uno resbala hacia la fantasía del crimen,
o al crimen, para sustraerla de la adiposidad extravagante de la ridiculez.
—No me contestaste.
—¿Para qué? No sos un tejedor.
—No lo soy.
—No lo sos. No lo son. Eso los pierde, hijo —asintió David Stein,
satisfecho, mordisqueando un pedazo de pepino en vinagre.
—Conozco el verso: qué haríamos sin ustedes, la sal de la tierra.
Stein, pensativo, se sirvió ginebra en un vaso y lo hizo girar, largo rato,
entre sus manos.
—Débora —dijo—, prendé la luz. Quiero verle la cara antes de que se
vaya... Salud... Sin nosotros, irían a la iglesia y confesarían sus pecados. Serían
unos buenos viejos podridos. Así, son unos jóvenes podridos y lo seguirán
siendo hasta que los buenos viejos podridos los entierren. Es una vieja y
podrida historia. Deberías haberla leído en alguna parte. Hasta los libros de
matemáticas enseñan eso. Enseñan que, a ustedes, se les cae el pelo y se les
pudren los dientes y tienen un aliento que apesta. Y que no aprenderán nada
mientras nosotros, que dimos forma al alef seamos pocos, débiles y mortales.
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XI
Nos sentamos a comer en un restorán de la calle Venezuela. Entre un
sorbo y otro de cerveza, pude intuir la circularidad lógica del relato, incluido el
proverbial triple canto del gallo. También me dije —y el reparo no me pareció
un lujo dialéctico— que es razonable no fiarse de la imaginación. Un adjetivo
profana el final límpido y económico de la más bella intriga; un sustantivo
excita las agrias conspiraciones de la ambigüedad. ¿Quién dijo que el fin de una
historia es la metáfora de su prosecución por otros desatinados artificios?
Era agradable estar sentado en ese local, frío y tenuemente iluminado,
falto de parroquianos excéntricos y desvelados, y oír a Saúl reproducir las
sentencias con las que un viejo intentó abolir la realidad.
Oí, digo, paciente e incansable, a Saúl. Sus confidencias llenaron aquélla,
mi noche, muy por encima de lo que jamás hubiera podido concebir. A tal
punto que, a los postres, alargué mis manos para acariciar las suyas. Me
pregunto, todavía, cómo las detuve en el aire; y cómo, inexpresivo, displicente,
le pedí un cigarrillo.
Nada es casual. Aceptado.
La continencia hizo virtuosos a los jesuitas. Aceptado.
Sólo la herejía hace dichoso al hombre. Aceptado.
La equidistancia entre los extremos es la fórmula de la longevidad.
Aceptado.
Saúl dijo que el repiqueteo del teléfono lo hizo saltar en la cama. Ese
susurro obsceno, anunciándole que no podía escapar, que lo cazarían como a
una rata, estaba, por fin, del otro lado de la línea. Un sudor helado le corrió por
la espalda. Ciego, rígido, descolgó. Era su hermana. David Stein se había
quebrado el fémur derecho. En el baño. Los viejos tienen vahídos, ¿no? Se lo
llevaron al hospital Español, en una ambulancia. No, no quiso que ella se
quedara. La obligó a marcharse. Y se aseguró de eso. ¿Dolores? Que ella
supiera, no se quejó en momento alguno; tampoco habló gran cosa, salvo para
ordenarle que se fuera. La voz de Débora denotaba la misma pasión que si le
estuviera informando de un terremoto en Alaska. Colgó el tubo y comenzó a
vestirse en la oscuridad.
Cuando llegó a la guardia del hospital, vio al viejo echado en una gran
mesa, desnudo, y a un tipo de bata blanca que le decía quieto quieto no respire.
Oyó el chasquido de cajas metálicas que el tipo de la bata blanca sacaba de
debajo de la mesa; vio cómo una enorme plancha descendía sobre la pelvis del
35
viejo —quieto no respire quieto listo— y después a dos enfermeros que
acomodaron a Stein en una camilla, lo cubrieron con una manta y se lo llevaron
por un corredor mugriento y mal iluminado. Saúl, que los siguió, se alzó el
cuello del sobretodo. El viejo, que mantuvo la vista fija en el cielo raso mientras
le sacaban las radiografías, tenía los ojos cerrados.
Entraron a una sala que olía a orina, a encierro, a fruta pasada, a suciedad.
Un hombre de mediana edad prendió las luces. Acostaron al viejo en una cama
de barrotes pintados de blanco y le acomodaron la pierna herida en un tosco
aparato de madera.
—¿Quiere hacer pis? —preguntó el hombre de mediana edad.
El viejo no respondió.
—Duerme —dijo el hombre de mediana edad—. Le dieron un calmante.
Yo soy el enfermero del turno noche. Cada veinte minutos me doy una vuelta
por la sala. De pronto, ¿sabe?, uno de estos viejos se muere o se caga encima.
Diga que uno tiene práctica.
Saúl observó a esos despojos que yacían boca arriba, estertorosos,
flatulentos, incoloros; que navegaban pesadamente en la vasta noche, sin
esperanzas de alcanzar la mañana; y después al enfermero, que esperaba a su
lado, y a la débil luz de acuario que los envolvía.
—Sírvase —murmuró Saúl, y puso en manos del enfermero unos billetes
doblados en dos—. Si mi padre lo llama, por favor, atiéndalo.
—Sí —dijo el enfermero—. No se preocupe. Le pongo otra frazada,
¿quiere?
—¿Hay un bar cerca?
—En la esquina. Justo en la esquina. En Rioja, ¿vio?
Saúl atravesó un largo corredor, dos patios internos, el vestíbulo del
hospital, y salió a la calle. La brisa fría de la madrugada lo reanimó. En el bar,
pidió café doble y coñac. El bar estaba vacío, excepto cuatro choferes de taxi que
jugaban a los dados, y una mujer rubia, de pestañas postizas, alta, con un
tapado sobre los hombros, que se dejaba acariciar la entrepierna por un anciano
obeso y rubicundo.
Fumó tres cigarrillos y regresó al hospital. En el pasillo, rozando la puerta
de la sala, encontró, a tientas, un banco de madera. Se sentó. Al rato, el
enfermero lo golpeó en el hombro. Saúl despertó, el cuerpo congelado.
—Murieron dos —anunció el enfermero—. Poco, para una noche de
domingo.
Era de día, ya. Le entregaron a Saúl una jarra de leche caliente y, con ella,
entró a la sala.
“Y yo pensé —dijo Saúl, aterrado— que nada hay más indefenso que una
36
cara dormida.” Su padre lloraba. Un llanto manso y lento le empapaba las
mejillas temblorosas, los labios hundidos, la barba canosa, las arrugas del
cuello. Saúl quiso abrazar ese cuerpo devastado por una soledad orgullosa y
quizá reprobable: un pudor feroz lo detuvo.
David Stein, el hombre que no reconocía otros antecedentes que el
combate y los desfallecimientos entre una batalla y otra, se pasó una mano por
los ojos y recuperó el centro del escenario.
—No me hagas caso: deliraba. Creí, por un momento, que los judíos de
Lodz me castraban —el viejo sonrió—. Dame esa porquería de leche, muchacho.
A las cuarenta y ocho horas de su internación, operaron al viejo. Una
semana después, regresó a su casa. Saúl lo visitaba cuatro días a la semana. Lo
higienizaba, lo vestía, le daba de comer. Escuchaba los intermitentes
monosílabos de Débora, probaba sus platos, repentinamente insípidos, chocaba
con la cavilosa mirada de su padre, brillante y seca, con sus movimientos de
títere sin cuerda.
¿Qué hago aquí?, se preguntaba Saúl cuando se agachaba para calzar al
viejo y, a la luz del velador, le tocaba esos huesos de vidrio y esas manchas
rojizas y blancas de la piel de sus pies. Temía alzar la cabeza: David Stein leería
la exasperada impotencia que le asomaba a los ojos. Apretaba aquellos dedos
entre sus manos y pensaba: “Un tirón para arriba, un tirón para abajo: zric-zrac,
pajitas que se quiebran, hombre del lager”.
Una tarde de junio de 1974, David Stein murió silenciosamente. Los
médicos —convocados por una Débora impasible— no tuvieron inconveniente
en asegurar que el fallecimiento se debió a un simple infarto.
Tomamos café. Yo pedí que nos acercaran una botella de coñac. Podía ver,
aún, mis manos moviéndose hacia las suyas; deteniéndose, rígidas, en el aire;
empuñando, una de ellas, el cigarrillo que me alcanzó Saúl. El alcohol sirvió
para embotar la licitud de una reflexión que no me absolvería de la fogosidad
crepuscular de aquel gesto abominablemente espontáneo, pero también hijo
deliberado de las flojeras de la carne, y signo precoz de una vejez perversa, tal
vez cínica y concupiscente. Tal vez entretenida.
La bebida, la interminable noche, la percepción de que nuestra
sobrevivencia —la de Saúl, en todo caso— se debía a un dilapidado azar,
levantaron un tupido velo que aspiró mis indagaciones y mis pronósticos y los
desmedrados hilos de su relato.
Puedo rescatar, ahora, la mención de dos sueños de Saúl y del seudónimo
con el que se introdujo en el frenético universo de quienes invocaban al pueblo
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con la veneración idolátrica de un profesante.
En el primer sueño, Saúl habita el piso más alto de la ciudad. Sus amigos
citan a Macbeth, y Saúl, enardecido, los insta a bajar la voz, a callar. Los amigos
lo miran extrañados: las paredes son gruesas; por las ventanas se ve el vasto
arco del río, la vaga transparencia del cielo. Nadie puede escucharlos. Además,
dice uno de ellos, y ríe: Shakespeare está muerto.
Dejan de frecuentarlo. Cuando él se apercibe de esas ausencias, los llama,
uno a uno, por teléfono. Le responde, siempre, el silbido de un aire monótono y
hueco.
Vertiginosas noches se suceden hasta que el insomnio se agota. El sordo
timbrazo del portero eléctrico lo arroja, vestido, de la cama. Una voz susurra, en
su oído, unos sonidos breves, viscosos, definitivos. Enfermo, se arrastra hasta
los ventanales. Vomita. Y ve a su propio cuerpo hundiéndose en la boca del
viento. Y las luces de un barco en el río. Y la calle desierta y limpia.
En el segundo sueño, Saúl yace en el suelo, con una herida en la espalda.
David Stein y Débora, parados cerca de él, conversan tranquilos y familiares.
Saúl les suplica que lo socorran: Stein y Débora lo observan, indiferentes.
Luego, lentamente, reanudan la charla. Saúl sabe que se muere; que ellos
pueden salvarlo; que ellos no lo salvarán. Una bocanada de sangre lo ahoga.
Todo se borra: aún está vivo.
Los elitistas le propusieron a Saúl, como tarea inicial, el examen del
programa económico que habían elaborado. Aceptó. Se adjudicó, alegremente,
para esa todavía prolija labor de gabinete, un nombre de guerra: Thales.
Emergió desolado del análisis. Escogió las palabras, las revistió de
prudencia y constricción y elipsis, pero, al fin, les dijo que aquello era una
desaliñada, insoportable enumeración de reformas que desdeñaría el más
ocioso de los príncipes asiáticos; que sólo conformaría, presumiblemente, a los
ávidos exorcistas que regentean Haití.
Sus interlocutores desecharon cifras, estadísticas, tablas comparativas;
magnánimos, le recomendaron que estudiara la realidad: el suyo, bueno, era el
juicio de un intelectual alejado de la cotidianidad vital de los cabecitas. La
simbólica objeción —matizada por la ramplonería formidable de una
denominación pendenciera— corrió por cuenta de un cursillista católico, un
joven hermoso que disfrutaba de su propia infalibilidad.
—¿Para qué habré estudiado matemáticas? —se preguntó Saúl, los ojos
entrecerrados, laxo en su asiento, con la expresión de un viajero atribulado por
los azares de un viaje que discurre por paisajes misteriosos e inquietantes, que
no lo exime de estaciones adustas y veloces y de miedos y fatigas inhumanas.
—Había algo de deslumbrante en la fraternidad que ofrecían —agregó,
38
suavemente—. Y yo la necesitaba: no sabés, Hugo, cuánto la necesitaba.
Guardé silencio: ése era un asunto que no me concernía. En cambio, con
una circunspección apática, murmuré la letra de un estribillo prepotente, una
suerte de convocatoria a la unanimidad viril:
—El que no salta es un maricón.
—No salté —dijo Saúl, al borde del infortunio, porque no podía olvidar los
números, las crueles madrugadas que los números le sugirieron.
Recuerdo —cuando me dispongo a depositar, en el regazo de Débora, la
fotografía que se me destinó a instancias de una deplorable confusión— una
frase de Saúl: “Los hombres de coraje no temen a su pasado; nunca fui un
hombre de coraje”.
Y la recuerdo, en tanto esas palabras hacen de mí un instrumento del
destino. Lo invité a que tomara a su cargo un curso denominado Integración
Regional, en la oficina nativa de las Naciones Unidas. (La tecnocracia abusa de
la semántica y de la pomposidad; también yo, cuando aludo al destino y a sus
enigmáticas elecciones.) Saúl aceptó: Mirta y él se encontraron.
Ella es Penélope, sea cual fuere la calidad de sus tejidos. Saúl no presagia a
un Ulises dócil a las servidumbres de la institución matrimonial: el nombre de
Macbeth centellea en sus pesadillas.
XII
Cuando nació Mirta, Ángel Lorenzi se afeitó el bigote. Las mujeres con las
que mantenía cortas y excusables aventuras —su esposa fugó del hogar, quince
días después del parto— quedaron aleladas. Se preguntaron si el exilio de esa
coquetería pilosa, que resaltaba la sinuosa delgadez de sus labios, no acarrearía
un cruel desorden en las estrictas costumbres de Lorenzi. Lo conocían poco, en
verdad. Los horarios permanecieron inalterables. E inmutables su maníaca
prolijidad, su obstinación de teólogo medieval, sus maneras episcopales, y las
ya (para ellas) monótonas fantasías a las que se libraba en la cama.
Mirta, que a los diez años era una niñita flaca y alta, cuyas polleras le
llegaban más abajo de las nudosas rodillas, y a quien una vieja mucama le
partía el cabello en dos cortas y rígidas trenzas, tuvo, una noche, la indecorosa
ocurrencia de vomitar en el plato que le acababan de servir.
La muchacha no recordaba el día que sintió bailotear, en la boca del
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estómago, una diminuta bola nauseosa. Y tardó mucho tiempo, más de lo
humanamente razonable, en conocer el nombre de esos espasmos que asolaban
su digestión. Pero hubo un día, entre miles de días exactamente simétricos, en
que contempló, a la hora de la cena, la cara de Lorenzi. Éste se sentó en su silla,
la corbata impecablemente ajustada, el torso recto, la piel rosada de las mejillas
sin un trazo de barba, las mangas de la camisa abotonadas, y comenzó a comer
con la vista clavada en un punto por encima de la cabeza de Mirta. A la
muchacha se le detuvo la respiración: las mandíbulas del hombre trabajaban
rítmica, metódicamente. Circularmente. Luego, con una regularidad pasmosa,
tragaba. La nuez, aguda, ascendía por encima del cuello almidonado de la
camisa, y descendía como un montacargas aceitado. Lorenzi carecía de
veleidades pantagruélicas; no formulaba comentarios acerca del sabor de la
comida. Simplemente, masticaba lo que le ponían en el plato. En silencio, sin
ruido, los labios apretados. Una apisonadora que recorría un trecho de ruta y
volvía. Iba y volvía. Y aplanaba. Cumplida esa parte de la tarea, la lengua
limpiaba radialmente las encías. A continuación, aspiraba por entre las junturas
de los dientes. Breves y filosos chistidos. Y se restregaba las manos. Hermosas
manos: dedos largos que ajustaban los anteojos sobre el caballete de la nariz o
se acariciaban el lóbulo de las orejas. Por fin, un buche de vino con el que
enjuagaba la boca.
La imagen de esas mandíbulas que se movían como rodillos se infiltró en
los sueños inéditos de Mirta. Hasta que una noche, despierta, una bilis amarga
trepó por dilatados canales y desbordó su puré de papas.
Lorenzi observó, imperturbable, los resultados de la catástrofe: los ojos
llorosos, la cara desencajada de Mirta, la baba gomosa que le colgaba de los
labios, la menguante humareda que se elevaba desde el mantel. De inmediato,
tomó una decisión. La arrastró al baño y le introdujo, en la crispada garganta,
una cuchara cargada de un líquido denso y verdoso. A partir de ese momento,
la purgó, durante años, dos veces por semana. Mirta adquirió una palidez y una
sensibilidad exquisitas. Sus descomposturas detonaban a cualquier hora del día
o de la noche, y sus causas profundas constituyeron un enigma inatacable para
los pediatras, médicos y psicólogos a los que Mirta peregrinó en busca de alivio.
Arreciaron los informes a las academias; las hipótesis que sugería el caso
merecieron profusos coloquios, pero el misterio persistió.
Lorenzi, además, hacía uso de su auto los domingos, exclusivamente. Lo
sacaba, como uno saca a su perro a regar los árboles de la calle, y daba largas
vueltas por el bosque de Palermo. A veces, el sol que irrumpía por las
ventanillas lo retrotraía a sus años mozos, y una leve sonrisa se le dibujaba en la
boca. Su memoria recurrente evocaba un episodio posiblemente vicario,
40
seguramente fortuito.
Cumplía el servicio militar en una guarnición cercana a Chascomús. En
una de sus salidas, conoció a una muchacha. Lorenzi tenía unos pesos
ahorrados y resolvió, en secreto, ser otro, previa lectura de la libreta sanitaria de
la mujer. Despertó en una pieza de hotel, con el sol en la cama, en la cara, en el
piso; un viento cálido, de verano, entraba por la ventana abierta. La mujer lo
miró, curiosa y alegre. El busto de la mujer era voluminoso y sus caderas,
anchas, y parecía tan dueña de sí misma que Lorenzi se sintió anonadado.
Desconocía las reglas que rigen la liturgia de un encuentro promovido por el
azar, el deseo, el contrato. Sólo atinó a suplicarle que no se fuera, que no lo
dejara. Ella tarareó el manisero se va y comenzó a vestirse. Él insistió en su ruego;
algo en su voz ablandó a la mujer.
—Sentate —dijo la mujer.
Lorenzi no entendió la orden. Ella lo obligó a sentarse en la cama, y
hundió su cabeza entre las piernas de él. Lorenzi alcanzó a extender sus manos
por el pelo lustroso que le inundaba los muslos y a percibir una rutilante
mancha amarilla en el techo. Creyó que lo desgarraban por dentro.
Cuando se repuso, cuando el corazón volvió a latirle normalmente,
comprobó que estaba solo en la habitación. Comprobó, desconsolado, que la
mujer se había llevado todo su dinero, que superaba largamente la tarifa
convenida. Y el reloj que su mamá le regaló al cumplir, él, los dieciocho años. A
Lorenzi le resultó incomprensible (e insoportable) ese vulgar rasgo de humor.
Tuvo deseos de llorar.
Poco a poco, a medida que se tornaba más cauto y astuto, elaboró el desliz.
Él era el amo: la mujer, obediente y sumisa, acataba sus caprichos, le besaba los
pies, se humillaba. Lorenzi se pasea por la pieza soleada, indolente y magnífico
en su desnudez; camina sobre el cuerpo de la mujer. La azota: la hebilla del
cinturón rasga las carnes de la mujer. Y la oye gemir. En ese punto, frenaba el
coche, la boca seca, ciego: unos clavos de fuego le laceraban el bajo vientre.
Bosquejada la escena hasta el más ínfimo detalle, se regalaba, en verano, con un
helado; en otoño, con higos rellenos ensartados en un palito pegajoso. Relajado,
en plena posesión de un inefable equilibrio intelectual, regresaba puntualmente
a su hogar.
Como quien no quiere la cosa, refería su sueño, entre negligente y
confidencial, a oyentes elegidos. La descripción, siempre enriquecida, aparecía
sagazmente para rubricar una provechosa transacción financiera.
Curiosamente, la segunda purga semanal de Mirta coincidía con una
prolongada conferencia telefónica de Lorenzi. Éste, con el auricular pegado al
oído, dictaba:
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Séptimo al lechería.
Único al cincuenta.
Lotería al cuarenta y cinco.
Los dos palitos.
Cuaterno a doble docena.
Borracho al veinte.
Abuelo al setenta y siete.
Uno de esos domingos, finalizado el paseo palermitano, Mirta le preguntó
a Lorenzi:
—Papá, ¿vos trabajás?
Lorenzi la miró, extrañado.
—Yo hago negocios —replicó, esforzándose por no caer en la solemnidad.
Borró de su cara la expresión de disgusto y le explicó a Mirta,
minuciosamente, la índole de sus negocios. Compra y venta de acciones en la
Bolsa. Préstamos a interés (algo que, por miopía o un desatino del lenguaje, los
infelices llaman usura). Participación en las ganancias de un bar frecuentado
por hijos de familias de reconocida solvencia moral. Y algunos otros menesteres
que los ayudaban a vivir confortablemente. Como Dios manda.
Singularmente efusivo, le contó que había recibido, una década atrás,
merced a sus excelentes contactos, información top secret: un célebre ministro de
Economía iba a devaluar el peso, fenómeno —Lorenzi tenía en alta estima a la
pedagogía— sumamente raro en la Argentina. Invirtió, entonces, hasta el
último centavo: compró dólares a ochenta y los vendió, al producirse el
desmesurado anuncio, a doscientos cincuenta pesos.
Mirta dijo:
—Quiero un caballo.
Lorenzi supuso que había oído mal.
—Repetí eso —reclamó.
—Quiero un caballo.
Lorenzi la miró fijamente, durante un rato. Procuró imaginar de qué sería
capaz Mirta si él se negaba. La conclusión a la que arribó fue atinada: introdujo
una mano en el bolsillo y depositó, sobre la mesa, un grueso rollo de billetes.
—Un caballo y un departamento con teléfono. —Lorenzi veía el bosque y
el árbol, simultáneamente—. Ya sos una mujer; tu padre necesita descansar.
42
XIII
Según los cánones establecidos por los concursos de belleza, las revistas de
modas y los desfiles de modelos, Mirta no es la candidata ideal para que se le
discierna el título de Miss Primavera. Alguien comparó el color de sus piernas
con el de las patas de las gallinas Leghorn: un blanco frotado y triste. No son
bellas: adelgazan abruptamente en los tobillos. Puedo garantizarlo: se las
examiné más de una vez. En conjunto, sin embargo, no desentonan.
Afirman las malas lenguas —y en la oficina local de las Naciones Unidas
abundan: sus dueñas son hijas de caballeros que labraron el mito de argentinos
en aptitud de dilapidar inmensas heredades bañando de manteca los techos de
los cabarets parisinos— que el origen más frecuente de las depresiones de Mirta
es su caballo, un zaino de ceñida estampa. Ella, dicen, tira del bocado
salvajemente; lo golpea, entre los ojos, con el rebenque; lo talonea con una
vesanía alarmante. El animal, harto, termina por arrojarla de la montura. Y
Mirta se sume en la angustia.
En la oscuridad de su pieza, lloriquea por la ingratitud de la bestia; por su
cuerpo dolorido; por las espantadas que pega, apenas se le acercan, galanes
generalmente lascivos. Lorenzi parece ser el único que logra rescatarla de esos
declives morales. Las malas lenguas sugieren no sé qué vilezas, no sé qué
terapias diestras y abominables, a las que Mirta sucumbe incondicionalmente,
con un fervor sólo comparable al que muestra por los milagrosos efectos de la
ruda macho. En el fondo, es una buena chica —concuerda el chismerío—; un
poco fantasiosa, un poco cruel, un poco insegura: hay tantas como ella en
Buenos Aires.
Mirta detesta a su papá, pero es una dactilógrafa perfecta. Al ponerla a
disposición de Saúl, tomé en cuenta esta última virtud. Saúl, investido de la
engañosa inocencia con la que los judíos jóvenes e inteligentes pretenden se
olvide la esencia impugnadora de su peculiaridad racial, manejó la relación con
diligencia y soltura. Obtuvo de ella un óptimo servicio, una puntualidad
trémula e infatigable; le suscitó una intuición infalible para adivinar las
omisiones más insignificantes en los arduos textos que le presentaba, escritos a
mano, y que Mirta, en la IBM, reproducía con fulgurante prolijidad.
Se estableció entre ellos lo que nuestros consultores sentimentales
denominaban una corriente de simpatía. Fue un acontecimiento que asombró al
resto del personal; yo, en cambio, la sabía falsa; precaria, al menos. Saúl, en los
instantes libres, oía, soñoliento, indiferente, el parloteo de Mirta. De a ratos, la
interrumpía para servir café. Después, como un gato, se acurrucaba,
adormecido, en su sillón giratorio. Gozaba de la tibia temperatura de su oficina;
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la torrencial verborragia de Mirta le resbalaba como el agua por una roca.
Una tarde, Mirta le dijo, perpleja:
—No me escuchás.
—Sí. Tu caballo.
—¿Te interesa lo que te digo?
Saúl abrió un ojo; abrió una puerta a la desgracia.
—¿Te interesa el cálculo infinitesimal?
—No me tomés el pelo.
—Juro que la equitación me encanta.
Mirta palmoteó: Saúl, a diferencia de los tipos que ella conoció, le
dispensaba un trato gentil, de una extrema delicadeza. Jamás una procacidad,
jamás una broma de mal gusto. Saúl dotaba de convicción a los más feroces
equívocos.
—¿Cierto?
—Permitíme que parafrasee la venerada frase de Kennedy: Ich binn a vitz.
—Vos me invitás a cenar —profirió Mirta, sorda y embelesada.
—Tengo un compromiso, muchacha —dijo Saúl, desperezándose—. Un
compromiso de familia, impostergable: me espera mi hermana.
—Tu hermana es una vieja.
—No hay nada más gratificante que el trato amoroso de una anciana
dama.
Mirta bajó la cabeza y dijo, casi inaudiblemente:
—Te creo. A vos, te creo.
—El que cree en las leyes de tránsito está condenado a muerte.
Mirta no volvió a ser la misma. Todos padecimos su cambio de humor,
salvo el zaino que mascaba un pasto manso y dulce en su establo de Palermo
chico, libre de las infernales cabalgatas a que lo sometía su propietaria.
Saúl, al que le faltaba un breve capítulo para cerrar su trabajo, entró, una
mañana, a mi despacho, poseído de una furia demencial. Me señaló, temblando,
la ausencia, en cuatro o cinco hojas, de un binomio, de un cálculo diferencial, de
un signo cualquiera (un más o un menos), tal vez la de una fórmula astrológica
que anula a otra e inicia un ciclo que se diluye en la hermética topografía de una
galaxia.
Traté, en vano, de apaciguarlo; Saúl me pidió, en un tono que no admitía
excusas, que llamara a Mirta. La muchacha llegó, el cuerpo aterido, un rictus de
inevitable abyección en la boca. La voz de Saúl sonó serena pero lastrada por un
desdén y un desprecio sangrientos. Él no concebía que una máquina a la que se
alimenta con dólares pueda resfriarse, estornudar, limpiarse los mocos,
perderse en las desaforadas especulaciones de un ensueño. Cuando Saúl
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concluyó su ominosa letanía, estuve a punto de ordenar que barrieran del suelo
lo que quedaba de Mirta.
Al día siguiente, Mirta se presentó en la oficina vestida con un gorro
cosaco y una boa suave y peluda en el cuello (quizá la prenda menos
mesuradamente simbólica que su madre, al emprender la huida, abandonó en
uno de los cajones del ropero). Además, unas perlas blancas y opacas le
colgaban de las orejas. Saúl se derrumbó, estupefacto, en su asiento: nunca
terminaré de explicarme su mudez, y su mirada fija —tal vez, demoníaca— en
esa escenografía bizantina y febril.
XIV
Débora sirve el desayuno para los dos; es el último que tomo con ella. Me
despido de estas paredes, de estos olores, de esta penumbra funeraria. Digo
adiós a los furiosos espectros que la habitan. Débora, adiós.
Débora mastica una tostada. Se inclina hacia mí y le veo los pechos por la
bata entreabierta: un destello que me costará olvidar.
—Me da asco lo felices que somos —dice Débora—. El día menos pensado
vas a proponerme que nos casemos.
Algo salta dentro de mí: un resorte, un monstruo que emerge
fatigosamente del pantano y agita su cabeza hidrocéfala deslumbrado por el sol.
—¿Qué sos para Saúl? —le pregunto.
—¿Qué creés que soy?
Maldita. Freud te contestaría con otra pregunta. Yo soy cristiano, si nadie
se opone.
—No sé.
—Él tampoco.
Palpo mi bolsillo: allí está el sobre de papel madera. Hay luz. La hora del
safari. Abro el sobre y deposito la foto en su falda.
Débora no toca la espejeante cartulina: alza la cabeza y me mira. Dice:
—Esa perra no vivirá mucho.
El tercer canto del gallo. Cronológicamente, Saúl debió lanzar el primero;
yo, el segundo, cuando recordé el nervioso desagrado de César por la mezquina
figura de Casio. Saúl también es flaco, con una salvedad: César, que disfrutaba
de los efebos gráciles, nació hombre. Débora, entonces, presiente para Mirta la
copiosa dosis de somníferos, la ventana propicia de un noveno piso, el
involuntario viraje de un auto.
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—¿No te dejás nada? —pregunta Débora.
XV
Saúl alzó el tubo del teléfono.
—Habla Mirta.
—Sí.
—Vení a verme.
—¿Pasa algo?
—Vení a verme.
—Mirta, estoy ocupado.
—Vení.
—No.
—Thales.
La comunicación se cortó. Saúl buscó una silla y se sentó. Matarla, pensó.
Y rápido.
Cerró los ojos y bloqueó al pánico. Necesito tiempo. Pensá, Thales. Pensá.
Soy un habitante del ghetto. Un uniforme pardo camina por la vereda; yo
bajo a la calle. La estrella amarilla me quema como un fuego frío, colgada de la
manga de mi saco. El uniforme pardo prevé mi incineración en el idioma de
Hegel. Tengo la cara vacía, la cara de los cortejantes de la mortificación, la cara
y el alma vacías. Pero David Stein nunca creyó que el hombre poseyese alma, ni
que el cielo fuese otra cosa que la vaga designación de un gas de estructuras
químicas aún desconocidas. Y mató a los uniformes pardos en el bosque, en un
sótano, en el inestable recodo de una ruta. David Stein no leyó Caperucita Roja.
Saúl volvió a sonreír. Los que me conocen dicen que soy un santo. Y la
carne de los santos, en la hora del martirio, no abdica de su calidad: es de acero
forjado. La mía es simplemente carne, vitz que no resiste al fuego.
Salió a la calle; tembló. Un sello helado giró en su pecho y un líquido
espeso le blanqueó el cerebro.
Una Mirta jadeante, de ojos vidriosos, le abrió la puerta.
—Hola —dijo Saúl, y una mueca hambrienta y hueca le alargó los labios.
—Ahí —musitó Mirta, y le señaló un puf de cuero instalado frente a un
diván. Ella se sentó en el diván y encogió las piernas.
—Mi caballo rodó —dijo Mirta.
—Sí —dijo Saúl.
—Se quebró una pata.
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—Sí —repitió Saúl.
—Vos sos mi caballo... ¿sí?
Saúl la contempló. Mirta tragó aire velozmente; sus labios estaban
mojados de saliva.
—Sí —dijo Saúl.
—¿Vas a ser bueno conmigo?
Saúl la abrazó por la cintura. Mirta echó la cabeza hacia atrás y suspiró.
Saúl le miró la garganta, mientras sus manos, entre las ropas, trepaban por una
piel fría y escamosa.
Alguien apretó el disparador de una cámara fotográfica.
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Pescados en la playa
Nunca supe para qué, pero salimos de vacaciones.
Unos amigos —esos amigos animosos e infatigables que reemplazan al
plomero o al electricista— nos propusieron un paraje poco frecuentado de la
costa uruguaya, ideal, dijeron, para que descansaran nuestras almas.
Allí fuimos, y alquilamos una casa tan rápidamente y sin apelar al
interminable y odioso papeleo burocrático que demanda la verificación de la
honestidad del interesado, que casi me asombró.
Las paredes de la casa que alquilamos eran de piedra, pintadas de blanco,
y el techo era de fibrocemento, por lo que, a las tres de la tarde, si uno se
calcinaba a orillas del mar, podía, en cambio, mugir como una vaca acorralada,
y a punto de degüello, en el aire sofocante, bochornoso de la siesta. Por lo
demás, las sillas de mimbre, la heladera, la pequeña cocina a gas de garrafa, las
cortinas de paja, el cercano bosque de pinos, y el agua corriente que se cortaba
al caer la noche, resultaban simpáticos, probablemente y con poco esfuerzo, las
veinticuatro horas del día.
Salíamos temprano, por las mañanas, hacia la playa; instalábamos, en un
lugar protegido del viento, la sombrilla, y yo, entonces, me quedaba ahí, quieto,
mirando volar las gaviotas sobre la espuma de las olas del mar. Conozco tipos a
quienes la presencia de esa línea intemporal de agua, esa línea infinita color
verde y color barro los ensimisma, los enmudece. A mí, no. Pero algo me pasa
cuando escucho la palabra del mar. Entonces, ¿para qué esa perturbación inútil
a la que se designa con el inverosímil nombre de vacaciones?
Una de esas mañanas, Natalia me dijo algo, que yo olvidé apenas lo dijo.
Natalia diagnosticó:
—Estás lerdo.
—Sí —admití, dócil. No discuto algunos juicios de Natalia: es como
cuestionarle a un católico la existencia de Dios.
Natalia me habló, quiero suponer, de antihistamínicos y sarpullidos: el sol
y su piel eran viejos adversarios. Deduje, algo abstraído, que prefería quedarse
en la casa. No me gustó que se quedara en la casa. Hace diez años que vivimos
juntos, tiempo suficiente para que las manías se vuelvan intolerables, para que
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se extingan los furores de la pasión, para que el oído seleccione lo que desea
escuchar.
Acaso por azar, o por justicia, o por comodidad, aún nos necesitamos.
De modo que me fui solo a la playa. Caminé unos quinientos metros al
borde del agua, me dije que el agua estaba fría, y clavé la sombrilla al reparo de
un médano.
La arena era un brillo asesino, y el paisaje no propiciaba la lectura.
Me despertó un dolor sordo en la espalda. Abrí los ojos, y una luz blanca
estalló en ellos. Cuando el furor de la luz blanca amainó, Cora estaba más acá
de mis quejidos y de la voz del mar, que provoca, se sabe, las desventuradas
exaltaciones de los poetas, y sus hermosos pies no cesaban de golpetear mis
costillas con placer y, también, con desgano.
Hubo un tiempo en que mi boca temblaba al besar esos pies, y la piel de
esos pies, y los dedos y las uñas de sus pies. Ella consentía esas sumisas
efusiones y, a veces, algo más. Cuando ella, con un gesto, detenía la corrosión
de mis huesos, yo, entonces, la recibía aterrado, gozoso, balbuceante, el cuerpo
en cruz. Aprendí por qué la palabra olvido había sido desterrada del uso de la
lengua. Hola, dijo Cora, y el pasado fue ese pescado flaco, largo y seco, y, tal
vez, algo arqueado, a quien los pájaros le comieron los ojos, y que la resaca
deposita en la arena para que se descomponga bajo la luz del verano.
Debí imaginar que me encontraría. Debí imaginar lo que vendría después,
cualquiera fuese el lugar donde ella me encontrara. Digan lo que quieran: yo
miré el pasado. Y el pasado gozaba de buena salud, no era un pescado que se
desintegraba y volvía a la nada.
Ahí estaban la carne, las bocas, la lengua, las manos que alimentaron mis
humillaciones. Y no cerré los ojos.
La invité a que se sentara dentro del arco de sombra que nos ofrecía la
sombrilla. Se sentó. Un olor a piel tratada con cremas y espesos aceites
perfumados se precipitó sobre mí. Era una mujer bella, todavía, orgullosa y
arrogante. Su bikini mostraba blanduras que una segunda mirada al espejo
aconsejaría resguardar. Pero Cora desdeñaba la sabiduría profunda de los
espejos.
—No te metás con Cora —me dijo su hermano, Eugenio, once o doce años
atrás.
Fue la primera y única vez que Eugenio nombró a Cora. Pronunció esas
palabras con calma y fríamente, con la misma impasibilidad ominosa que usaba
a la salida del quirófano para anunciar el resultado de una operación, aun
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cuando el paciente no fuera a sobrevivir más de cuarenta horas o cuarenta días
a la extirpación de un tumor en la vesícula.
Eugenio era cirujano de un hospital de los arrabales de Buenos Aires;
compartimos la redacción de una revista literaria, su desesperanzada prosa y
algunos estallidos de pedantería que, impresos y releídos, nos dejaban
estupefactos. Pero estaba escrito que aquellos años no fueran pacientes con la
lírica. Sepultamos piadosamente la publicación: invocar a Barthes, aun para un
reducido núcleo de iniciados, cuando el aire olía a pólvora y demencia, parecía
tan ridículo como pasearse vestido por un campamento nudista.
Eugenio ingresó a las formaciones especiales: discutimos esa elección durante
sus largas noches de guardia en el hospital, entre una partida de ajedrez y un
borracho acuchillado en un entrevero de mal vino. Eugenio no se crispaba ni se
conmovía por las llagas y las penurias de los marginales que poblaban los
suburbios de Buenos Aires. Le interesaba la acción, y para justificarla no
incurría en los desvelos del burgués que objeta las ruindades de su clase.
Ponía en cuestión, sí, los ambiguos pactos que sus amigos trababan con los
jefes más venales que el populismo haya concebido nunca. Pero sus reproches
—lo quisiera Eugenio o no— exhibían la fragilidad de la condena moral.
—El que acepta los fines —le dije—, etcétera...
—Proverbio por proverbio, las diferencias no me ocultan el bosque...
Etcétera, etcétera.
—¿Y qué me contás de los espejismos?
—Ofreceme algo mejor.
—Traé el tablero: me tocan las blancas.
Nos quedaba eso: la irrevocabilidad que emanaba de las máscaras negras
y de las máscaras blancas, su incitación a la belleza, la muerte pura que se
desprendía de ellas. Era mucho, a condición de permanecer mudos, de no
mirarnos, de olvidar lo que nos separaba.
La abrumadora melancolía de las despedidas acechó nuestros posteriores
encuentros. Prescindo, compréndame, de los preámbulos que intentan descifrar
la secreta y lúcida fatalidad de las rupturas.
Digo, si algo debe decirse, que Eugenio, una noche que jugaba con
blancas, abrió con P4R. El canon prescribe P4D como una de las respuestas
posibles. Moví P3TD, porque me gustan los adioses memorables.
Eugenio me miró, los ojos vacíos.
—Nos vemos —murmuré.
Eugenio se levantó de su silla, los ojos vacíos, y se fue, sin abrir la boca.
Jaque.
En octubre de 1975, lo detuvieron: fue entregado a las bandas de la
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represión armada por uno de sus compañeros de combate, que no quiso aceptar el
martirologio que le proponía la mesa de torturas. La familia de Eugenio pagó su
rescate, en febrero de 1976, y las pilas de billetes con los que se pagó ese rescate
parecían no tener fin, y Eugenio tomó un avión con destino a México. Siempre
hay alguien que cobra —no importa lo afilados que estén los cuchillos del
degüello—, y siempre hay alguien que paga. La suma silenciosa de esos actos se
llama ley.
—Y ahora, ¿qué hace Eugenio? —le pregunté a Cora.
Cora habló con una voz grave, lejana y, tal vez, desdeñosa. Cora habló, y
mientras Cora habló, como si hablara desde lo alto de un trono, yo dibujaba
figuras geométricas en la arena.
Cora dijo que Eugenio abandonó México, y regresó a Buenos Aires con un
pasaporte extendido a nombre de un ingeniero norteamericano. Vio a alguna
gente, y la citó en un domicilio seguro. Una hora después de iniciada la reunión,
un patrullero estacionó frente a la puerta de la casa segura, probadamente
segura e insospechable. Eugenio se llevó a la boca una pastilla de cianuro. Pero
los policías se limitaron a pedirle al dueño de casa, un anciano en silla de
ruedas, que les firmase uno de esos abundantes, incomprensibles certificados de
supervivencia que emiten las cajas de jubilaciones.
Bajo un sol calcáreo decidí, ese mediodía de verano y mar, que Hollywood
es la Biblia del conocimiento humano.
—Y vos, ¿a qué te dedicás?... ¿Regás las plantitas de tu jardín? —me
preguntó Cora, con la sonrisa que ponía su boca cuando yo jadeaba, tendido
sobre sus muslos, su ombligo, sus pezones erectos.
Encendí un cigarrillo. Siempre, en ocasiones como ésas, se enciende un
cigarrillo. Hacía calor y yo sudaba. Podía meterme en el agua e imaginar que
era Robinson Crusoe, o cualquier otro tipo marcado por los dudosos prestigios
de la literatura, durante la eternidad que dura un bautizo de sal y yodo, y
después salir a tierra firme, un poco menos sucio, un poco menos cansado, un
poco más silencioso.
Recogí la sombrilla, y, sudado, los labios secos, le di una chupada al
cigarrillo.
—Parecés un bofe crudo.
Me estaba demoliendo. Contribuí, como pude, a esa labor de puño y labio
que la reconciliaba con la vida.
—Sí, mirá: tengo los pies hinchados como empanadas —dije.
—El podrido de siempre —resopló ella, triturando las vocales, un brillo
viscoso y aceites y cremas que se contraían en la piel de su cuerpo.
Esa no era la letra de Bésame mucho, pero las réplicas de Cora
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enmudecerían al más intrépido de los camioneros.
La miré irse. Habría caminado veinte metros cuando un joven de porte
atlético, pelo negro y largo, se le acercó, me señaló, y ella le contestó,
probablemente, con esa voz grave y sombría que utilizaba para las grandes
celebraciones patrióticas, y la versión rioplatense de Tarzán agachó la cabeza, y
le pasó, con visible delicadeza y cuidado, un brazo por la cintura.
Me arrastré por la playa, sin pensar en nada, otro cigarrillo apagado en la
boca, rumbo a la casa que alquilamos hace cien años, o un poco menos o un
poco más, para revolcarnos en sudor y asarnos en los destellos del infierno, en
ese período anual que los idiotas destinan a eso que llaman vacaciones.
Abrí la puerta de la casa; Natalia me sonrió:
—¿Qué tal la pasaste?
—De primera.
La eterna batalla que libra Natalia a favor de lo productivo, lo eficaz y
sano (en ese orden), no se abstuvo de emitir su veredicto:
—No entraste al agua.
—Dormí... —confesé—. Pero la mañana estuvo de maravilla.
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El país de los ganados y las mieses
En París, los trenes del metro marchan sobre ruedas de goma, los teléfonos
funcionan, la luz abunda, los vinos se dejan tomar, y las personas civilizadas y
cultas gozan de respeto, consideración e, incluso, atención médica, excepto
africanos, extranjeros de indescifrables y crueles latitudes y candidatos al
manicomio.
—Nosotros somos argentinos —dijo Antonio—. Quedate. Llueve; y yo no
tengo linterna.
—Los yuyos están así de altos —murmuró Lola—. Tendríamos que
mudarnos.
—¿Escuchás a los perros? —preguntó Antonio.
—Sí —dije.
—La gente los encierra de noche. Se ponen como locos. Pero uno se
acostumbra a oírlos. ¿No es cierto que uno se acostumbra, Lola?
—Pablo dice que no importa —suspiró Lola, y la fatiga, como una sombra,
descendió sobre su cara. O ya estaba allí, y yo no la vi. O esa cara ansiaba,
desesperada, exponerse a las luces del sol—. Ellos dijeron: múdense. Venían y
decían: múdense. Bajaban del auto y decían: múdense. Y, después, subían al
auto, y sonreían, y las gomas, al ponerse en movimiento el auto, desparramaban
barro y agua podrida para el lado de la calle, y para el lado de la vereda... Nos
dijeron eso de mudarnos no sé cuántas veces.
—Oh, Lola —gimió Antonio.
—¿Qué te hicieron en ese sanatorio? —y Lola se volvió bruscamente hacia
mí, y se esforzó por sonreír, y olvidar el ladrido de los perros, la lluvia y el
barro y los yuyos crecían, salvajes, en las noches de invierno, y a los tipos con
muecas festivas en las bocas, que bajaban y subían de autos rápidos y dóciles.
—Una neumoencefalografía.
Antonio dejó de sumar las monedas que había sacado de un bolsillo y alzó
la vista.
—¿Te dolió?
—Fueron amables. Sus reflejos funcionan, me avisaron. Tome esta píldora y
ésta. Contrólese. Electroencefalograma cada doce meses. No se olvide.
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Antonio derrumbó la pila de monedas sobre la mesa, pausadamente, sin
mirarnos. No estábamos en un bar ni éramos protagonistas de una película
americana: no le servirían una copa por esas monedas. Y él, puedo asegurarlo,
la necesitaba. Y yo. Y, quizá, Lola. Antonio guardó las monedas en un bolsillo
del pantalón.
—Llueve —volvió a murmurar Lola, y su cara no sonreía—. Múdense y les
irá bien, dijeron.
—Pablo tiene ganas de verte —dijo Antonio, poniéndose de pie—. Fue
largo el viaje, ¿no?
No muy largo, muchacho. Apenas hasta un viejo cine, vacío y silencioso, en el que
se permite fumar. Uno se sienta en la anteúltima fila de butacas y prende un cigarrillo,
y Pat Garret va en busca del inevitable espejo, de la mecedora en el porch, de la
repentina vejez.
La mujer me pidió fuego; la llama del encendedor iluminó los cristales oscuros de
sus anteojos.
—¿Usted es Arturo Reedson? —preguntó.
—Algunas veces.
—Recuerde Madrid. Recuerde el piso de Vicente. Yo soy Alice.
Golpearon la puerta. Antonio, desde la cocina, me gritó:
—Abrí. Debe ser la Hilda.
—¿La Hilda?
—Una loca —cuchicheó Antonio—. Anda detrás de Pablo, la pobre. Buena
chica, no vayas a creer. Pero muy loca.
—Furores uterinos —sugerí.
—Calentura —tradujo Antonio.
—Una zorra —dijo Lola, las manos crispadas en el borde de la mesa—. Y
ni siquiera divertida. No abras.
Abrí. A veinte meses de la puerta, dos autos, quietos y relucientes bajo la
lluvia andrajosa, con motores en marcha y las puertas abiertas. Había gente
dentro de los autos.
Un tipo alto, gordo y de impermeable, con una pistola grande y negra en
la mano, me preguntó:
—¿Aquí vive Pablo Ara?
Detrás del tipo de la pistola grande y negra, otros dos: uno, morocho, la
metralleta colgándole del pecho; otro, bajito y flaco, de anteojos. Los conozco:
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Jáuregui también los conoció. Se acuestan con las pistolas. Tienen las carnes
blandas y pálidas. Y parecen cansados con esas caras de ceniza. No duermen de
noche: eso es lo que les pasa. Y sus autos circulan de contramano.
La esquina estaba a oscuras, pero Jáuregui vestía una camisa blanca. No
tuvo tiempo para que le llegase el miedo: los autos de los tipos que se acuestan
con los fierros circulan a contramano. Encendieron los focos de los autos y
apuntaron a la camisa blanca y flaca. No podían errar con ese eczema que les
cubre las caras.
El morocho levantó la voz:
—Eh, Miguel, movete.
Miguel, el de la pistola grande y negra, se volvió hacia el morocho.
—Calma, Ahumada. Calma.
Antonio se acercó a la puerta:
—¿Qué pasa que...?
Miguel le clavó el caño de la pistola en el vientre:
—Las manos en la nuca, querido... Eso... ¿Quién sos?
—Antonio Ara.
—Ah.
—Entremos —dijo el bajito—. No aguanto la humedad.
Pat Garret esperó, sentado en la mecedora, la salida del sol. Quizá tenía frío.
Pensó, quizá, que matar a estúpidos indefensos no fuese el mejor oficio que pudiera
elegir un hombre. Pero el oficio estaba ahí, y alguien debía hacerse cargo de él.
—Tomemos un café —dijo Alice.
Nos sentamos a una mesa del Cosmos, y Alice pidió un café y un coñac. Yo, un
cortado.
—Me gusta la nieve —dijo Alice.
—¿Y Vicente? —le pregunté a Alice.
—Cuida a su papá —me contestó.
Lola se levantó de su silla, pero Ahumada que, tal vez, reía, la volvió a
sentar con un movimiento de la mano más veloz de lo que uno tarda en
imaginarlo.
—No le hagan nada, por favor —pidió Antonio, con algo que se le
quebraba en la voz y, también, en otras partes—. Es mi mujer.
—Que se quede quieta —dijo el bajito. Parecía triste y distante, como si
saliera de la morgue.
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—No tengas miedo, nena —siseó Antonio—. Quedate quietita, ¿sí?
—Le dice nena —dijo Ahumada, como si reflexionara en voz alta.
—¿Vive Pablo Ara, aquí? —preguntó el bajito, y se levantó las solapas del
sobretodo.
—Es el hermano —musitó Lola, y señaló, con la cabeza, a Antonio.
—Preguntó si vive aquí —dijo Ahumada.
—No nos hagan enojar —dijo Miguel, y de sus ojos aplanados brotó una
chispa amarilla—. Contestá, Tono. Y no te equivoqués.
Sólo los héroes no se equivocan. Antonio no lo era.
—Viene, a veces —dijo Antonio—. ¿Ustedes son de la policía?
—Pregunta si somos de la policía —explicó Ahumada—. ¿Vos que pensás,
Miguel?
—Tono, Dios goza de buena salud porque es mudo —dijo Miguel, y se
sentó en la cama—. ¿Leíste El Principito, Tono?
—No —dijo Antonio, tan sorprendido como si le hubieran anunciado que
ganó el premio mayor de la lotería de Navidad.
—No —repitió Ahumada—. ¿Por qué no? Vos no, y un taxista del montón,
sí. Mal, mal, Tono.
—¿Y la cultura, Tono? —preguntó Miguel—. ¿Dónde me dejás la cultura,
Tono? Andá y aprendé del taxista ése que, en la tele, se babea por El Principito.
—Revísenlos —dijo el bajito, que se masajeaba las manos—. Enciendan
una estufa o algo.
Miguel se acomodó la pistola grande y negra entre el cinturón y la camisa,
y me palpó, desde los sobacos hasta las pantorrillas. Después, hizo lo mismo
con Antonio.
Alice es inglesa, pero no vino con nosotros a Toledo. Las corridas de toros recién
comenzaban en abril y las pinturas de El Greco la deprimían. Por lo demás, uno de sus
antepasados estuvo junto a Nelson en Trafalgar.
El viaje a Toledo fue excelente. Almorzamos no lejos de la plaza de Zocodovar. Y el
papá de Vicente, con la estampa de un boxeador de peso pesado que supo retirarse a
tiempo de la práctica activa del pugilismo, insistió en que yo probara codornices a la
castellana. Las probé, fui pródigo en su elogio, y luego, pedí cordero asado.
Vicente propuso que entráramos a El Alcázar.
—¿Para qué? —preguntó el papá de Vicente.
Eran los últimos días del invierno. Nos acodamos en un muro de piedra que da
sobre el Tajo. En el horizonte, la tierra tomaba un color herrumbre, y del cielo se
desprendía una luz violácea. Alice, que ama el whisky y el césped que se cultiva en las
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afueras de Londres, detesta Irlanda.
Al pie de la fortaleza, sonaba un acordeón. Unas viejas, vestidas de negro,
desdentadas, hacían coro a una pareja que ensayaba, torpemente, unos pasos de baile.
Ella, las medias opacas y el pelo gris, miraba sus alpargatas polvorientas; él, rechoncho,
de sombrero y tiradores verdes, agitaba desmañado los brazos, crepitaba los dedos.
El papá de Vicente dio la espalda al muro, con una mueca de asco en la cara. Y
eructó.
Ofrecí cigarrillos. El papá de Vicente tomó uno, y dijo:
—Malditas codornices.
Miré los muros del bastión. Y miré al papá de Vicente. Y el papá de Vicente, con el
cigarrillo entre los dedos índice y medio de su mano derecha, señaló a los bailarines y a
las viejas, allá abajo, que reían, que jadeaban, que sudaban. Y dijo:
—He ahí la paz. Un millón de muertos para eso... ¿Le hablé a usted de lo
divertidos que podemos ser?
Vicente, dijo Alice, combate, aterrado, contra las leyes del tiempo y de una vida
sin las exaltaciones de la épica: le pasa, domingo por medio, películas de Buster Keaton y
de los hermanos Marx.
—Vivís en Córdoba —comprobó Ahumada.
—Sí —admití, pero no me ruboricé.
—¿Córdoba? —preguntó el bajito. Los cristales de sus anteojos brillaron
cuando levantó la cabeza.
—No nos gustan los cordobeses —proclamó Miguel.
—¿Qué hacés en Córdoba? —preguntó, otra vez, el bajito. Bastaba mirarlo
para saber que la curiosidad no era su fuerte. Sin embargo, la ejercía con una
resignación sin énfasis.
—Junto papel.
—Juntás papel —se asombró Ahumada.
—Junta papel —pronunció Miguel, como si hablara de una enfermedad
incurable.
—Junta papel —insistió Ahumada, y entrecerró los ojos.
—No te gusta el trabajo —dijo, resueltamente, Miguel—. ¿Cómo va a salir
el país para adelante con gente que junta papel? ¿Estás enfermo?
—No.
—No está enfermo, Miguel —avisó Ahumada.
—Cállense —ordenó el bajito—. Llevate a este loco a la otra pieza, Miguel.
—¿Usted nunca se equivoca? —le pregunté al bajito con alguna calma.
—No me hagas perder el tiempo —dijo el bajito, como si estuviera
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cansado.
Miguel me llevó a la pieza que, para Antonio y Lola, hacía las veces de
dormitorio. El piso era de tierra y las paredes de ladrillo. Había olor a ropa
mojada.
Alice quitó el papel de seda de una caja de Gitanes, con sus dedos largos y bellos, y
eligió un cigarrillo redondo y grueso.
Vicente, dijo, la atraía. Habla inglés y francés a la perfección. Y, también, el
italiano. Vicente es alto, de cabellos negros, y jinete fogoso. Trabaja en la Dirección
General de Turismo y puede cautivarlo a uno con sus conocimientos de ruinas, horarios
de trenes y la genealogía de los Medinacelli y de los Borbones.
A veces, dijo Alice, Vicente le pide que se quite el vestido o la blusa y la pollera, y
el corpiño, y que se deje unos calzones de seda negra que él le compró en las galerías
Lafayette, y que se contonee hasta excitarlo. Leyó prematuramente a Joyce, diagnosticó
Alice. Y su papá ganó la guerra civil. Y yo, ya se lo dije, detesto a Irlanda.
Los cabellos de Alice son rubios. Le llegan casi hasta la cintura. La piel de su cara
es fina, casi transparente, casi quebradiza. Pero sus ojos no regalan nada.
Pat Garret se levantó de la mecedora, y sus huesos crujieron. Decían que él había
matado a Billy the Kid.
Y que él, aún, estaba vivo. Y decían que él, en esa noche calurosa de Fort Sumner,
cuando remató, con un oportuno balazo en la espalda al estúpido, desaforado muchacho,
prometió: desposaré a la hija del rey.
—¿Por qué lo buscan a Pablo?
—Por infiltrado —me contestó Miguel—. No nos gustan los infiltrados.
—Pablo es, sólo, una buena persona.
—Cerrá el pico, abogado —dijo Miguel—. Creeme: tuvimos mucha
paciencia con Pablo. Dejá tranquilos a los negros, le pedimos. Como amigos, te
lo pedimos... Sí, tuvimos mucha paciencia con Pablo.
Miguel se contempló las uñas.
—Me las limo —dijo—. ¿Vos...?
—No.
—Después —prosiguió Miguel—, fue a los diarios. ¿Y qué dijo el bocón?
Dijo que no teníamos nivel intelectual... ¿Qué hora es?
—Las once y media.
—Cuánto perro por acá.
—Amigos del hombre, los llaman —intercedí.
58
—Ladran —dijo Miguel —. Calladitos los quiero.
—Vení — le dijo Ahumada, desde la puerta de la pieza, a Miguel.
—¿Qué van a hacer con Pablo?
—Miguel —dijo Ahumada—, el loquito pregunta qué vamos a hacer con
Pablo.
—Vamos a conversar —dijo Miguel—. Como amigos.
—Van a conversar —dijo Ahumada—. Los amigos conversan.
—No te movás —me dijo Miguel—. Mañana les mandamos la perrera.
—Sí.
—Dijo sí, Miguel —dijo Ahumada.
—Aprecio a la gente comprensiva, locos incluidos —dijo Miguel.
—Aprecia a la gente comprensiva, vos incluido —dijo Ahumada.
Traté de explicarle a Alice que no me considero un políglota. Y que, por ello, tuve
excesivas dificultades con la República de Francia. Elizabeth gime en la cama: es lo
menos que pude decirle, a Alice, de una profesora de filosofía, de nacionalidad incierta.
La portera, que todas las mañanas le traía la ropa limpia, alcanzó a escuchar los
maullidos de Madame. Supuso lo peor: Landrú. Y los siete policías que subieron con ella
hasta el quinto piso no se mostraron satisfechos con mis balbuceos. Y mi pasaporte les
endureció las caras. Argentina, dijeron, e intercambiaron miradas sagaces. Madame se
asomó al interrogatorio, envuelta en una bata, y les habló con la levedad, la pureza y la
impertinencia de un hilo de agua que corre por las grietas de la montaña, para usar una
metáfora a la que apelan los malos poetas, no importa la edad que tengan. Los
interrogadores escucharon, sin desfallecer, la historia que Madame desgranó. Y
accedieron, por fin, a devolverme una cierta pero menguada forma humana.
Yo no gimo, dijo Alice.
Y yo, muñequita, aborrezco la niebla londinense, las codornices a la castellana, los
guerreros fascistas y sus mierdosos descendientes... ¿Sigo?
Salté, por la ventana, hacia la calle. Parado en la vereda esperé, durante
unos segundos. Lloviznaba. Me raspé las manos contra la pared y caí de rodillas
en la vereda. Esperé, durante unos segundos, que se encendieran los faros de
los autos, que los hombres de los autos gatillaran sobre mí sus armas grandes y
negras. Lloviznaba.
Lo encontré a Pablo a unas diez cuadras de la casa de Antonio. Caminaba,
sin apuro, los hombros caídos, y golpeaba, con el revés de la mano, los yuyos
que crecían por encima de ocasionales alambres, en unos baldíos lodosos y
59
profundos.
—Te buscan, Pablo —le dije.
—Volviste, mi viejo.
—Pablo, te buscan.
—¿Cuánto hace que no nos veíamos? ¿Te curaste? Y el viaje, ¿qué tal?
—Ninguna cura. Ningún viaje.
—¿Quién me busca?
—Hombres. Argentinos. E impacientes.
—¿Estás bien?
—Estoy bien.
—Descansá —dijo Pablo, y me sonrió, pero sus ojos miraban a otro, o
nada, pero no a mí—. Voy a hablar con ellos.
—¿Vas a hablar con ellos?
—Descansá: no estás para entender.
—Puede ser: me abrieron dos veces la cabeza.
—Oh, no... Disculpá, Arturo... Carajo...
—Entonces, pegá la vuelta, Pablo, ¿qué vas a decirles a esos argentinos
impacientes?
—Arturo, Arturo... Conozco a los muchachos: nos criamos en el mismo
barrio... Van a entender lo que yo les diga...
En los primeros minutos de la madrugada, Antonio y Lola se enteraron de
que la muerte llegó a Pablo desde la boca de tres pistolas de gatillo suave y
aceitado. Miguel, didáctico como un profesor de tránsito urbano, les encendió,
esa noche, el aparato de televisión, para que compartieran la legitimidad de los
entusiasmos de un taxista porteño por Saint-Exupéry, poeta.
60
Un tiempo muy corto, un largo silencio
A Jorge Onetti, otra vez
Me parece que disfruto de un buen momento. La muchacha del quinto
piso se depila las cejas, pasea un espejo de mano por su perfil derecho y,
después, por el izquierdo; alza el mentón, lo baja; acerca su cara a una lámpara
de pie. Se sienta, ahora, en una cama de patas gruesas y cortas, y me permite
que vea sus muslos largos y blancos.
La muchacha mira a su alrededor: estira una mano y levanta, de la mesa
de luz, un paquete de cigarrillos.
Acecho, a veces, desde esta platea alta y a oscuras, la actuación muda de
esa chica: me distrae.
Golpean en la puerta del departamento, prendo la luz. Miro: mirada
rápida, circular, profesional. Todo en orden: los diarios de la mañana y los
vespertinos, apilados sobre la mesa; la máquina de escribir con su funda negra;
el block de hojas manifold; los sobres de vía aérea; el Larousse ilustrado;
Hammett y Chandler completos en el estante que clavé sobre el bargueño, y el
botellón de coñac sobre la tapa del bargueño.
Abro la puerta del departamento: Carlos.
—Le pega.
—Ahhh... Y mami, ¿qué hace?
—Se ríe.
Está allí, el pelo rubio tocado por la pálida luz del pasillo, delgado y más
alto que sus once años de edad.
—Pasá —le digo.
Él entra al departamento, mira el bargueño, el sable bayoneta y las
boleadoras colgados de la pared en la que se apoya el bargueño, y una
reproducción de Lautrec, y camina hasta el dormitorio.
Los pechos de la muchacha del quinto son pequeños y duros,
seguramente. Pero yo los veo flojos bajo la blusa blanca. La muchacha alza su
cara y sonríe: un tipo alto y buen mozo le besa la nuca.
—¿Aquí vivís vos? —pregunta Carlos.
—Sí.
61
Carlos contempla los caireles de la araña que cuelga del techo del
dormitorio, las lámparas sin pantalla, y dice:
—No me gusta.
—A mí tampoco —le contesto.
—Sacála.
—¿Para qué? Esa araña estaba cuando alquilé el departamento. No me
molesta. No la miro y no me molesta.
La muchacha usa unos anteojos que le comen la cara; ella y su
acompañante alto y buen mozo están sentados en la cama. El acompañante de
la muchacha le acaricia las rodillas y le acerca su boca al oído. La muchacha ríe.
Una de las manos del acompañante de la muchacha sube entre los muslos
apretados de la muchacha que, todavía, ríe.
—Te lastimaste el pie —dice Carlos—. Ella me avisó.
—Me torcí el tobillo; iba a cruzar la calle para comprar unas empanadas,
pisé mal, y me torcí el tobillo.
—¿Te arreglás solo?
—Cuando me aburro, escucho la radio.
—¿Y pudiste comer las empanadas con el tobillo torcido?
—Me olvidé de la torcedura del tobillo con unos vasos de vino.
—¿Rezás, de noche, para curarte pronto el tobillo?
—¿Rezar?... No... Bueno: no se me ocurrió.
—Ella me dijo que si uno está enfermo, y cree que, si reza, se cura, debe
rezar.
—Te dijo que recés para curarte de... no sé... ¿un resfrío?
—Sí.
—Oh...
—Yo voy a rezar para que se te cure el tobillo.
—Gracias, hijo.
La muchacha está en la cocina o en alguna otra parte del departamento
que ocupa en el quinto piso; su acompañante, el buen mozo, sentado en la
cama, habla. Hojea un libro y habla. No escucho lo que dice, pero la muchacha
debe ser maestra o estudiante de medicina o farmacéutica. Hace un par de
semanas nos encontramos en el ascensor, y ella vestía un guardapolvo blanco.
—¿Por qué hacés eso? —me pregunta Carlos.
—Son muecas, apenas. Las hago para saber que puedo ser otro.
—¿Te gusta hacer muecas?
—Inmuniza contra la tristeza.
62
—¿Siempre hacés muecas?
—Cuando me afeito.
—Y te reís.
—Me río. Digo: fíjense en ese payaso. Y ese payaso trabaja para mí, en el
espejo.
—Pero ese payaso sos vos.
—Uno se divide en dos.
—¿Y si yo muevo los ojos así?
—Formidable Carlitos. Te aseguro que nunca vi nada igual.
—¿Tendría que afeitarme?
—No, no es necesario... Pero cuando te lavés los dientes, antes de ir al
colegio...
—¿Y si ella me ve?
—Lo que importa —le digo a Carlos— es que vos encuentres al payaso en
el espejo. Las muecas sirven para que no se te borre la cara.
—¿Si uno no hace muecas se le borra la cara?
—No lo sé, pero si yo hubiera pasado cuarenta años con la misma cara en
el espejo, ya estaría muerto de aburrimiento.
Carlos se detiene frente a las fotos de Greta Garbo, de Brecht, de Marilyn.
La radio funciona: Laurel y Hardy, puesto treinta y cinco en el ránking de los
Estados Unidos. Y en ascenso.
—Estudio guitarra —dice Carlos.
—Es un hermoso instrumento.
El acompañante de la muchacha del quinto dibuja flores de anchos pétalos
en una tira de papel, extendida sobre la mesa de luz. Y escribe letras, con
empeño. Mira las flores y las letras grandes y de imprenta, y pega la hoja, en el
respaldo de la cama, con cinta dúrex.
—Ella dijo que si vos volvieras... Después lloró, como esa vez que fuimos
al restorán, y ella se peleó con tus amigas.
—No lloró. Mami, esa vez, no lloró.
—Lloró y se enfermó. Se metió en la cama y se enfermó. Y me pidió que la
perdonara, que sus nervios tenían la culpa de lo que pasó, y dijo que no se iba a
pelear nunca más con tus amigas.
—¿Y vos la perdonaste?
—Sí. Y le dije que, por favor, dejara de llorar; que yo la quiero. Ella dijo
que sí, y que me adora, y que no la deje sola.
—¿Tenés hambre, hijo?
63
—Él le pega, papá.
—Ya me lo dijiste, muchacho.
—¿Le digo a él que vos decís que se vaya?
—No, Carlos. Si necesitara decir eso, se lo diría yo mismo.
La muchacha del quinto y su acompañante alto y buen mozo apagan la
lámpara de pie y se sientan delante de la pantalla del televisor.
La muchacha y su acompañante se abrazan. Él besa a la muchacha en el
cuello. La mano de la muchacha se posa en la bragueta de su acompañante. La
mano de la muchacha queda ahí, como una mancha, iluminada por la
parpadeante luz del televisor.
—...Le pregunté si te quería, y ella dijo sí. Y a él lo querés, le pregunté.
También, dijo ella. A los dos, les pregunté. Cuando seas grande, vas a entender,
dijo ella. No quiero entender, dije yo.
Carlos mira las gafas negras de Greta Garbo, el rictus inviolable de sus
labios, y dice:
—Me anoté para aprender yudo.
—Yudo, ¿eh? Leí, en algún lado, que es un deporte dialéctico... ¿Y para
qué vas a aprender yudo?
—Para defenderlo al Jorge.
—Y a vos, ¿quién te defiende?
—A mí nadie me pega.
Carlos aparta mi brazo de sus hombros y se acerca a la mesa. Golpea una
tecla en la máquina de escribir. Otra. Y otra. Y escucha.
—Una Corona no es una guitarra digo.
—No —sonríe Carlos.
—No —digo yo—. Una Corona no es una guitarra.
—Papá...
—Sí.
—Volvé.
—No... Soy tu amigo, Carlos. Y hay cosas que un amigo no le hace a otro
amigo. Volver sería una de esas cosas que un amigo no debe hacer a otro amigo.
Carlos se queda allí, en el centro de la habitación, entre el sable bayoneta y
la ventana, midiéndome.
—Rengueás —dice Carlos.
—El tobillo. Pronto voy a estar bien.
64
—Me voy —dice Carlos.
Acompaño a Carlos hasta el pasillo y llamo el ascensor. El ascensor llega,
se detiene, y Carlos abre sus dos puertas.
—Buenas noches, papá —dice Carlos, la cara pálida y más inescrutable
que sus once años.
—Buenas noches, hijo.
El ascensor desciende con un zumbido opaco. Cierro la puerta del
departamento.
Mañana vendrán la hoja de afeitar rastrillando mi barba de dos días, las
previstas muecas en el espejo, el café del desayuno, el primer cigarrillo del día,
una mirada a la ventana de la muchacha del quinto, el tecleo de la Corona,
baires, agosto 28. Diarios hácense eco de agravamiento situación económica del
país. Stop.
Me palpo el tobillo. La inflamación se redujo: no hay como los baños de
agua y sal para las torceduras de tobillo.
65
Una lectura de la historia
A Carlos Gorriarena
1
Esto es Albacete; hasta aquí llegaste, estúpido.
2
En Firmat, el cielo era una plancha pálida y candente que giraba sobre el
lomo de los caballos, el campo azulado, las casas dispersas. Paramos en una
chacra de gringos, donde nos mezquinaron el vino.
Buen equipo el nuestro. Bueno como el mejor. Y la piamontesa tenía el
pelo negro y largo. Brillante. Suave. Y la piel blanca y perfumada. Viuda, la
piamontesa, si quiere saberlo de entrada. Un asesino que ningún juez
condenaría. Y yo, con veinticinco años en el cuerpo. Y los sesos derretidos por el
sol.
El hijo se le escapó al viejo. Y a esa llanura de fuego, a ese cielo, y a la
hermana. Al infierno calzado en alpargatas blancas, y con un vestido que
mostraba más de lo que cualquier podía soportar sin que se le secara la boca, sin
que se le estropeara la vida. Yo entré, ciego, a su pieza, los pies descalzos sobre
las baldosas frescas; yo vi la ancha cama matrimonial; yo la vi, el sudor
chispeándole en el vientre desnudo; yo la oí. Le digo: ese muchacho no estaba
loco.
El desagradecido, se quejaba el viejo. A la matina, tu gue il rocío; al
mezzogiorno, fa caudo; a la sera, le sqüiur. Entonces, nos contrató. Yo manejaba la
trilladora y el hombre quería el trigo seco, sano, limpio y trillado, embolsado y
puesto en vagón. Ocho caballos y uno de cadenero: no era chiste.
Y la piamontesa. Y la bagnacauda. Sardinas, queso, ajo, apio, pollo
deshuesado, manteca y crema. Bagnacauda, comida de invierno. El cielo ardió. El
vino que pagamos nosotros y el que aportó la mujer —ligero y rosado, que le
desataba a uno la risa—, el sopor que se levantó de la tierra en silencio, la viuda
66
y sus sonrisas indolentes, el filo de los dientes contra el borde del vaso para no
saltar sobre esos labios y morderlos hasta que sangrasen, el calor, la sed, y mi
piel fría, las piernas encogidas en el colchón de chala que me tocó en suerte, en
el galpón de los peones, los ojos abiertos en la oscuridad. Sudé como afiebrado.
Terminé en su cama, ella sobre mí, manos y boca y piernas sobre mí. “No
grités”, me cuchicheó al oído. “O gritá. Total...” Oí contar, a algunos tipos, por
esos caminos de Dios, cómo quedaban después de una estaqueadura en los
fortines de frontera. Así me sentí yo, con la bagnacauda a medio digerir y la
viuda galopándome. Con todo, la madrugada llegó demasiado velozmente.
—No te vayas —dijo ella.
—Tu viejo.
—Quedate.
—Los compañeros.
—Quedate.
—Catalina.
—¿No te gusto?
Lo demás, créame, era retórica.
—La mía es una casa sin hombre —sopló ella en la oscuridad.
Le respondí, laxo, sometido a sus manos incesantes:
—Vamos, Catalina.
Ella largó una risita seca.
—Vos sos un hombre. Ellos...
Una saliva amarga le creció en la boca. La tragué: el postre después de la
bagnacauda.
—Ellos... Infelices. Mi viejo no sirve para nada; sólo piensa en sus ahorros,
enterrados vaya a saber dónde. Mi marido, un asmático, adoraba las
cataplasmas de lino que la madre le desparramaba por el pecho. Se murió de un
síncope. Y mi hermano, ja, que se me va de la chacra, cagado como vaca en
viaje. El chiflado debe andar por el Paraná, en bote, solo, picado por los
mosquitos, dándole al remo y a la caña de pescar.
Volvió a reírse, despacio, en la noche alta. No tan ido ese chico, me dije. Y
yo también reí.
—Te gusto, Pablo —murmuró la viuda—. Quedate, Pablo. Te monto,
Pablo. No parés, no parés, Pablo.
—Hombres como nosotros —declaró Kurt, esa mañana, por encima del
estallido del sol, del estruendo de la trilladora—, hombres como nosotros, ¿me
oís?, necesitan una compañera. Para la pelea y para la cama. Es una ecuación,
Rubio. Si falla uno de los términos, la ecuación no funciona. Y esa mujer quiere
convertirte en un patrón, con cuenta en el banco, peonada, sulky y misa.
67
Atención, Pablo, al veneno.
—Ya, Kurt, ya.
—Piel y huesos, Pablo.
—¿Qué?
—Das lástima.
—¿A quién, Kurt?
—Esa viuda va a acabar con vos, muchacho.
—Uno se tiene que morir, Kurt. Y de todas las formas que conozco...
—Hice las cuentas con el gringo.
—Catalina, Kurt.
—La cuadrilla se va, Pablo.
—La puedo sosegar, Kurt. Y cada tantos años me compro unas hectáreas
de mi flor. Y los domingos, después de misa, tomo el vermú con el notario, el
médico, el jefe de la estación, el gerente del banco. Y, de vez en cuando, la
amanso a la Catalina, le sobo el lomo con el rebenque. Y la bagnacauda, qué
maravilla.
—Desgraciado —y Kurt casi me pegó.
—La cuadrilla se va, Kurt.
—Pablito, en el pueblo puedo presentarte algunas chicas que conozco.
—Que sean buenas para el olvido, Kurt.
1
Aquí hablan de usted, dijo, pausadamente, el hombre, y golpeó, con una
regla de madera, el papel extendido en el desnudo escritorio. Alzó la cabeza;
sus anteojos tenían montura de acero.
Es lo que suponía, le respondió Pablo. Frente a él, en la pared, había dos
fotografías enmarcadas. En una, La Pasionaria; Stalin, en la otra. Ella, con su
gran boca intrépida, abierta, y su cara trágica, vestida de negro, y más allá, a
cielo abierto, la multitud estremecida por la arenga fulgurante. Se entretuvo
imaginando esa cara, los párpados cerrados, sobre una almohada, en el aire
estancado de una habitación, entregada al furor del acoplamiento. Movió la
cabeza, sorprendido: herejía y puentes quemados.
—Perdón —musitó Pablo—. ¿Me hablaba?
—Siéntese —dijo el hombre de los anteojos de montura de acero.
68
2
Me quedé en Firmat. Y sí, eran buenas para el olvido. Llegaban a la pieza
de la pensión —un boliche de campaña, ¿sabe?— y se desnudaban. La historia
de siempre. Las monótonas descripciones de furtivos encuentros con los
notables de la zona, en quilombos discretos y poco ruidosos, los pesos
deslizados bajo un vaso, en la mesita de luz —uno de estos días, negra, te llevo a
conocer Buenos Aires. En cuanto me llame el presidente del Partido—, el dilatado
asombro de la primera seducción, el chico al cuidado de la abuela, las nanas de
los chicos, las largas siestas, las farras de hombres maduros entre espejos,
alfombras, tulipas y persianas cerradas, algún cachetazo en las nalgas, la
risotada astuta, una habanera en la victrola, el humo de los cigarros, el engorde
de la hacienda, las complicaciones ginecológicas de esposas prematuramente
marchitas, el estado de los pastos, los crepúsculos, el hastío.
Sos callado, vos, comentaban las conocidas de Kurt. Quizá sus piernas
fueran hermosas; quizás un azorado brillo de misterio les adornase los ojos,
pero yo dejaba que se marcharan, y prendía un negro. Catalina estaba allí,
rabiosa y perpleja. Me tenés miedo. Junté las pilchas, las pocas que alcancé a
arrancar de sus manos, y seguí los pasos de Kurt. Flojo. Te llenó la cabeza el ruso.
Andá, hacete matar, guacho.
1
—¿Quiere decirme que no conoce el texto de esta carta? —preguntó el
hombre de los anteojos de montura de acero.
—No —sonrió Pablo.
—¿No se le ocurrió abrirla desde que salió de Buenos Aires?
—¿Para qué? Yo necesitaba una presentación. Se la pedí al Partido; me la
dieron. Y la traje para que ustedes sepan quién soy. Eso es todo.
El hombre se quitó los anteojos: pareció indefenso, una máscara que se
desarma, inerme. Y la desnudez dijo, como si se hablara a sí mismo:
—Es curioso. Muy curioso.
Ulpiano Suárez pudo limpiarme. Hombre rápido, Ulpiano Suárez, para el
revólver. Como ninguno que haya conocido. Y duro. Con mucha vida detrás.
Demasiada, tal vez.
69
Y, ahora, entra Anita. Buena mano, la de Anita. Alguna vez cacé perdices.
Y Anita las preparaba con vino blanco. Sos un horno, me decía. Yo paseaba mi
boca en el ángulo que formaban su cuello y el hombro. Volviste, dijo Anita,
cuando se terminó el asunto de Suárez. Pobrecita: creyó que me sepultaban en
el Sur para el resto del viaje. Veintiséis meses engayolado. No fue fácil la cosa.
Un domingo, de madrugada, recuperé la libertad. Viajé hasta la casa de Kurt, en
Villa Bosch. Tomamos mate hasta que salió el sol.
¿Cómo te sentís?, me preguntó Kurt. Se soporta, le respondí, si uno está
convencido de lo que es. ¿Te pegaron?, me preguntó Kurt. Ellos hicieron lo suyo. Y yo
lo mío.
El alemán me miró y se tocó la cabeza. ¿Y esto? Duermo, Kurt. ¿Y el finado?
Le rinde cuentas a Dios. Dormís, Rubio. Duermo, Kurt. ¿Dormís sin pesadillas, Rubio?
Había que ganar la huelga, compañero.
Yo era secretario del Sindicato de Carpinteros, Aserraderos y Anexos, y la
huelga llevaba tres meses. Tres meses largos. Ulpiano Suárez aguantaba de
firme: el único patrón de San Fernando que no había firmado el pliego de
condiciones. Ulpiano Suárez, hombre duro, que supo matar a Azevedo
Bandeira, un tropero rico y de muchas mentas, un zorro cruel y enfermo que,
una tarde, descargó su fusta en la espalda de una mujer que compró para que lo
entretuviese en sus horas de insomnio. No la toque, don, dijo Ulpiano. Y puede
creerme: esas cuatro palabras, en la boca de Ulpiano, mordidas y bajas, con el
cigarro apagado entre los dientes, eran un exceso de elocuencia. Callate, vos, rió
Bandeira. Suárez se calló, claro. Desnudate, ordenó Bandeira a la mujer, para que
este infeliz vea lo que hago con vos. Ulpiano bajó a Bandeira de un solo tiro: en la
cara, fijesé.
No firmo, dijo Suárez, que hablaba muy poco y de manera abrasilerada. Ni
que me maten. Hombre duro, Ulpiano Suárez. No firmo. Ni que me maten, dijo.
Iba en el pescante del carro, la barba negra, los ojos como cerrados, la
escopeta sobre las rodillas, el Smith-Wesson en la cintura. Y nadie se le atrevía.
Volteó a dos, que se le cruzaron, camino al puerto de Tigre. Apenas si movió las
manos. Los que escaparon, contaban que encendió un cigarro y siguió viaje.
Embarcó la madera en tres lanchones, de espaldas al mundo, y después, cuando
el sol penetró en el río, en esa hora lánguida y agobiante del atardecer, se dio
vuelta y rumbeó para el boliche. Los parroquianos se amontonaron en los
rincones, callados. Caña, pidió Ulpiano Suárez. Y sirva una vuelta a los señores. Yo
pago.
Tres meses es mucho tiempo para una huelga. Lo fui a buscar, una noche,
a su casa. Tenía algunos hombres de guardia. Pero los esquivé. Esas cosas se
aprenden cuando uno se tira a más.
70
Una lámpara en su mesa; y el resto, oscuridad. Una pieza grande y fría, sin
ventanas. Una luz vaga sobre la mesa, y él, detrás de la luz, con el poncho
colgándole de los hombros y el cigarro apagado en la boca. Sos vos, dijo. Y le
brillaron los dientes en algo que fue mueca o risa.
Soy yo.
No firmo.
Usted sabrá, don Ulpiano.
Suárez, casi con desdén, hizo fuego.
Me tiré al suelo, y gatillé. La primera bala le dio donde se le terminaba la
barba; la segunda destrozó la lámpara. Lo vi caer, a través del relámpago de los
fogonazos.
Estoy cansado: será por eso que, me parece, hablo de otro, de lo que le
sucedió a otro. Y, sin embargo, ahora, oigo su risa de lobo, veo un círculo de luz
en su pecho, la barba negra, las interminables paredes entre las que discurre la
abominable imperturbabilidad de su elección. Y lo vuelvo a matar. Y, ahí
nomás, salgo, sin apuro, de la vasta habitación que huele a pólvora y humedad,
a la sangre que impregna el piso de cemento, a esa cara de cera —tumbada en lo
alto de una silla— que exuda el intacto desprecio del jugador al que siempre le
sobra resto.
Ganamos la huelga. Me chupé veintiséis meses en los sótanos del
Departamento de Policía de La Plata. Mi coartada era buena. Deseché las
perfectas: sólo sirven para perderlo a uno. La mujer juró, ante el juez, que yo
había pasado con ella la noche que mataron a Ulpiano Suárez. Hasta Anita le
creyó, lo que es mucho decir. Describió su pasión y la mía, exhibió sus gestos
espontáneos y febriles, revivió escrupulosamente los choques innumerables, los
bruscos quejidos, las devastaciones que un amanecer otoñal descubre en la
fatiga de dos cuerpos. La noche que mataron a Ulpiano Suárez yo estuve con
ella, laceré su piel y mi lengua lamió sudor en los pliegues de sus sobacos, y
baba granulosa allí donde nacen las piernas. Catalina, la llamé. Tenés memoria,
dijo ella, soñolienta, espesa, satisfecha. Me largaron. Tapame, dijo ella. Tapame,
guacho, que tengo frío.
Viajé, entonces, ese domingo, de Villa Bosch a Chacarita: repasé los opacos
invernaderos de la Agronomía, el cementerio inglés. ¿Conoce el sabor de ese
trago que no se repite dos veces; de ese paisaje que nunca será igual a sí mismo;
de ese vano, melancólico intento de retener una hebra del tiempo?
—No me apasiona la metafísica —dijo el hombre de los anteojos de
montura de acero—. Únicamente los burgueses aspiran a la eternidad.
Volviste, dijo Anita.
La conocí en el Malcolm. Ella, que apilaba tambores de cincuenta litros de
71
alcohol en Mattaldi, se caía los sábados por el Malcolm, cuando la milonga se
volvía entrevero, pierna y silencio. Su perfil pálido se pegaba a mi pecho. Y yo
pensaba: va a engordar. Pero su cintura era fresca, todavía, y ella estampó su
letra en mi cuerpo.
Soy un Libro Mayor. Entradas. Salidas. Debe. Haber. Kurt,
también, me puso unas líneas, a fines del ‘36. Veníte, Pablo. Aquí hay lugar
para vos. Un lugar para pelear y para ganar como no recuerdo otro. Los
franquistas no van a entrar en Madrid; por fin, tenemos armas. Un compatriota,
Bertolt Brecht, me leyó uno de sus poemas. Habla de nosotros: somos los
imprescindibles, dice. Habla de mí, que me llamo Kurt Berger y tengo cuarenta
y dos años, y fui estibador en Hamburgo. Y habla de vos. Veníte, Rubio.
Y eso quedó anotado. Y tipos que salían de no sé dónde, daban vuelta sus
bolsillos y gritaban, borrachos de coraje, anotá en ese libro, carajo.
Para que tengamos pan y tierra.
Para Asturias.
Para que vivamos nosotros, a los que las rodillas se nos ven.
Para Pedro Rojas.
Anita lloró sobre mi hombro. Anita, que iba a engordar; Anita, con esos
labios de madre, blandos, golosos, en los bailongos del Malcolm. No cerré el
Libro Mayor. Voy, escribí.
1
El hombre de los anteojos de montura de acero deslizó un revólver
niquelado sobre la tabla del escritorio. Como quien deposita, en lugar seguro,
un pequeño animal herido. Pablo vio unas manchas de luz en los ángulos de las
paredes; supuso que sería mediodía. El estómago le crujía de hambre. Tuvo
ganas de pedir un trago o un cigarrillo, pero dijo:
—No terminé.
2
Mi padre, que se llama David, cruzó los Alpes a pie, y en Lyon se ofreció
como operario en las acerías Schneider. Mi tío, que se llamaba Pablo, también.
Pagan poco, dijo mi tío, que había sido sargento en las tropas de Garibaldi.
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Paro, dijo mi tío. Mire: éste es él. Rubio, pañuelo al cuello, bombachones.
Escribió en la foto: Messina. Viva lo que viene.
Tomamos cerveza en una brasserie, contó mi padre, una tarde de mayo.
Pablo gustaba de las mujeres. Y del camembert. Al paro, hermano, dijo. Yo no,
dijo mi padre. Pablo era mayor que yo, contó mi padre, y a mí me resultó
imposible adivinar su pensamiento. Esa cara, hijo, había recorrido la ruta de
Sicilia a Roma. Esa cara conoció la muerte. Y la traición, creo. Mazzini, los
acuerdos con el Vaticano, las indecisiones de Giuseppe, esas sordideces de la
política. Pero con la segunda vuelta de cerveza entre nosotros, no vi que se le
alterase un solo músculo de la cara. Masticó un pedazo de ese queso
repugnante, y me dijo llevate mis medallas. Dáselas a tu primer hijo. Que juegue con
ellas, que sirvan para algo. Me acuerdo como hoy: la rue Cherche Midi, el olor del
mar y de ese maldito camembert, y tu tío que apartaba de sí, indiferente, unos
pequeños y opacos discos de metal.
Mi padre cree en Dios. Y se embarcó para Buenos Aires. Tuvo ocho hijos
con una profesora de francés: yo fui el primero. A los nueve años, me llevó a un
andamio. El salario no alcanza, dijo. Tus hermanos y tu madre deben comer todos los
días. Por lo demás, el Señor proveerá.
A los quince años, le contesté:
—Tu Dios no es el mío.
Primera escritura en el Libro. Vino Firmat. Y vino una mañana, en un
remoto rincón de la pampa gringa, la partida que tira con Remington, y el tipo
que avanza a mi lado se dobla, con un boquete en el pecho, tose sangre, y yo
miro, amigo, el esplendor de esa sangre, el cielo dorado, limpio, las moscas
verdes y zumbonas que ennegrecen la sangre, y a Kurt, los ojos vacíos en la cara
gris, Pablo, brüder, y me dejo llevar porque no era mi turno. Y la noche que
mataron a Ulpiano Suárez. Y el sábado que hablé, desde una tribuna, en Plaza
Italia —el sol de la llanura en el cogote, la palidez de los sótanos carcelarios
debajo de los ojos— para los hombres que agitaban sus pesos arrugados ante mi
nariz, y ordenaban para que revienten los señores falangistas sentados en un café.
Entre esos hombres estaba mi padre, que cree en Dios y no perdona. Se acercó a
mí.
—Sos un buen orador —dijo.
—Lo dudo, pero no es para afligirse.
—Tu madre te extraña.
Entramos a un bar y pedí cerveza.
—Los muchachos, ¿cómo están? —pregunté.
—Se mueren —dijo el viejo.
Levantó la cabeza, y esos ojos acuosos bajaron por mi cara, mi bigote, mi
73
nombre, los huesos con los que poblamos el mundo de una dinastía de fracasos
y comienzos.
—Tus hermanos se mueren, Pablo.
—Mierda.
—Suerte, Pablo.
1
—Lo escuché, ¿verdad? —dijo el hombre de los anteojos de montura de
acero.
—No —dijo Pablo.
—Le leí la carta —dijo el hombre de los anteojos de montura de acero—.
Se la acabo de leer.
—¿Conoce Buenos Aires?
—Argentina es un país que está lejos del mundo.
—Es lo que se piensa.
Pero no tan lejos, si uno se lo propone. Qué tal si te pasás la lengua por el
paladar reseco, áspero como una lija, porque una furia asesina te come el
hígado, y del otro lado de la mesa, entre el humo paciente de los cigarrillos, se
alzan glaciales, inescrutables, Morelli y Drana, miembros del comité central, y
tus palabras rebotan en un témpano, y la lepra te marca, y caminás en la noche,
el cuerpo hueco, solo con el odio, enfermo.
—Expulsado por desplegar una oposición abierta a la línea sancionada por
la dirección del Partido —repitió Pablo—. Eso lo oí antes.
—No parece.
—Y dijo que me escuchó —suspiró Pablo.
—¿Está cansado?
—No.
Pidió verlos. Se mostraron cordiales, las caras afeitadas, listos para iniciar
las tareas del día. Bromearon. Él se aflojó. Sí, el Partido le facilitaría los
contactos. Las divergencias no estaban zanjadas, pero España... Buenos Aires no
está lejos del mundo.
—Lo oí; y leí la carta que le dieron. Y esto es lo que vale: el Partido
siempre tiene razón. Lo dijo un hombre que, todavía, no es un desconocido para
usted. Y para mí.
—Desdichado.
—Repita eso.
74
—De acuerdo: no me apasiona la metafísica.
—Repita lo que dijo.
—Estoy sin cigarrillos.
La puerta se abrió y la sombra de un pelotón de tiradores se clavó en la
suave penumbra de la habitación. Salieron al patio del cuartel; el sol bramaba
en el aire.
—No quiero sufrir —la voz saltó ronca en la garganta de Pablo.
—No va a sufrir —aseguró el hombre del tiro de gracia—. No somos
fascistas.
La luz violenta del mediodía estalló en los cristales de los anteojos de
montura de acero y en el revólver niquelado que el hombre de los anteojos de
montura de acero sostenía en su mano derecha.
No, pensó Pablo, no son fascistas. Pero ¿qué son? Se pasó la lengua por los
labios cuarteados. La pared lo detuvo. Sus zapatones de invierno estaban
cubiertos por un polvo blanco y fino. Alzó las manos y dijo miren.
Y los hombres del pelotón miraron. Y se leyeron en esas palmas marcadas
por una caligrafía de denegación. El pelotón bajó los fusiles, y el hombre de los
anteojos de montura de acero asintió. Déjenlo que se vaya, lo oyeron musitar
con un regocijo que lo degradaba. Pablo los saludó, camino a la puerta del
cuartel, con una sonrisa envejecida y el puño derecho en alto.
El hombre de los anteojos de montura de acero se los quitó, se masajeó el
caballete de la nariz recta y delgada, y súbitamente, sin apuntar, apretó el
gatillo del revólver niquelado.
Pablo trastabilló. El chorro de sangre negra que saltó de su nuca le borró la
cara, antes de caer.
75
Mitteleuropa
76
Campo en silencio
Él les dijo a los policías que era el hombre que buscaban. Los policías le
leyeron un papel y le dijeron que debía acompañarlos.
Él salió detrás de los policías y caminó hacia su propia rural. Un policía lo
acompañó. El otro policía puso en marcha el coche en el que llegaron a la casa.
Era casi mediodía.
El hombre miró por encima del techo de la camioneta. Árboles. Campo.
Una alambrada. El molino. Campo. Un corral. Vacas. Otra alambrada, más lejos.
El olor del sol sobre el campo en silencio. Ella no estaba en la casa.
Los dos policías y él llegaron a la comisaría cuando la mañana terminaba.
Le dijeron que esperara. Le dijeron que se sentara. Se sentó en un banco largo y
estrecho. Un oficial, de pie, detrás de un mostrador, tecleaba, con dos dedos, en
una máquina de escribir. Él encendió un cigarrillo, recostó la espalda contra la
pared y cerró los ojos. Tenía hambre. No pensó en nada.
El oficial dejó de teclear, sacó la hoja de la máquina de escribir, la selló y
salió de la oficina. El hombre dio una última pitada al cigarrillo, lo tiró al suelo
y aplastó la colilla con la suela del zapato. El oficial, que demoró unos quince
minutos en regresar, le dijo que el juez lo esperaba. Los dos cruzaron la plaza,
vacía a esa hora de la tarde, y entraron al juzgado. El oficial le dijo que esperara.
El hombre esperó, apoyado en una pared.
Lo hicieron pasar a una habitación de escasos muebles oscuros. Un
hombre joven se levantó detrás de un escritorio y le dijo que era el juez. Y le dijo
su nombre. El hombre al que hicieron entrar a la habitación de escasos muebles
saludó al juez con una casi imperceptible inclinación de la cabeza. El juez le dijo
que se sentara. El hombre se sentó frente al juez, escritorio de por medio.
El juez le preguntó al hombre que tenía frente a él cómo se llamaba. El
hombre dio su nombre. El juez asintió. El juez le preguntó qué edad tenía. El
hombre dijo qué edad tenía, y cuál era su nacionalidad, y dónde había nacido.
El juez asintió y tildó esos datos en una hoja de papel que estaba ante sus ojos,
sobre el escritorio.
El juez le preguntó, al hombre que tenía sentado frente a él, de qué se
ocupaba. El hombre estuvo a punto de contestar de nada, porque detestaba la
77
mentira y las verdades a medias, pero temió que sus palabras fuesen
interpretadas como una insolencia. Y el hombre sentado frente al juez detestaba
la insolencia y la impuntualidad. Respondió que vivía de su campo. Y se dijo
que no mintió. Se dijo que el campo estaba ahí, las vacas estaban ahí, el molino
y la pileta en la que se conservaban cerca de tres mil litros de agua estaban ahí,
la casa de material que levantó su bisabuelo y que su abuelo refaccionó estaba
ahí. Y eso era todo. El cielo y el aire, los silencios, las tardes de verano, las
lluvias y los días que pasaron y que vendrían, y los retratos borrosos de su
bisabuelo, del abuelo, de sus padres y de sus hermanos, de bailes y mujeres que
fueron, estaban allí. Sí: también las armas de los suyos que se batieron en la
guerra de la independencia y en las guerras civiles estaban ahí. Y él nunca cuidó
nada de eso. No quiso, no le interesó cuidar nada de eso. ¿Para qué?
El juez asintió y se echó atrás en su sillón y le preguntó si sabía de qué se
lo acusaba. El hombre sentado frente al juez respondió que no. El juez dijo que
su hija, la hija de un hombre cuya familia, según le informaron, era una de las
más antiguas y respetadas de la provincia, lo acusaba de haberla violado.
El hombre acusado por su hija de haberla violado preguntó si podía
fumar. El juez dijo que podía fumar. El hombre sacó un paquete de cigarrillos
de un bolsillo de su campera y extendió el paquete hacia el juez. El juez
agradeció, se hizo de un cigarrillo, encendió un fósforo y lo acercó al hombre.
Los dos hombres fumaron en silencio, un rato. Después, el juez preguntó
al hombre sentado frente a él si deseaba contestar, negar la acusación, solicitar
un abogado para que lo representara. El hombre sentado frente al juez dijo que
si su hija lo acusaba de haberla violado, él no tenía nada que desmentir o
agregar a la declaración de la mujer que era su hija.
El oficial de policía le dijo que estaba incomunicado. El hombre dijo sí. El
oficial de policía dijo que debía entregarle los documentos, dinero, llaves y los
cordones de los zapatos. El hombre dijo que sí, y dijo que tampoco llevaba
armas encima, y preguntó si podía quedarse con los cigarrillos. El oficial de
policía dijo que sí.
El hombre le dijo al oficial de policía que, con su dinero, le trajeran la cena
—lo que fuese que los reglamentos le permitieran comer— y el desayuno de la
mañana siguiente.
Hubo otra cena, tal vez, y más cigarrillos, la lectura desganada de un
diario de la ciudad, y la hora temprana de una mañana en la que le devolvieron,
78
al hombre, sus pertenencias, incluidos los cordones de los zapatos. El oficial que
tecleaba, en la máquina de escribir, con dos dedos, lo acompañó hasta el
juzgado.
El juez dijo que, por razones obvias, no sometió a la hija del hombre
sentado frente a él a exámenes específicos, pero que, por el comportamiento de
la hija del hombre sentado frente a él, sus palabras, y testimonios de personas
que la conocían, parecía una mujer normal.
El juez dijo que la hija del hombre sentado frente a él reconoció que el
hombre que era su padre nunca la había violado. Que ella, desde que tenía
memoria, quería a su padre como una mujer quiere a un hombre. Y que cuando
escuchó al hombre que era su padre decir que se iría de la casa, para que ella no
se creyera obligada a cuidar a un anciano, no supo qué hacer. Porque su padre,
que nunca mintió, cumpliría lo que dijo. Y, entonces, lo denunció.
Ella declaró, dijo el juez, que necesitaba tiempo para pensar qué hacer con
el hombre que iba a abandonarla y a quien quiere como una mujer puede
querer a un hombre. Y que, por eso, lo denunció.
El hombre sentado frente al juez dijo que no tenía nada que desmentir o
agregar a la declaración de la mujer que era su hija.
El juez dijo que, a la vista de las afirmaciones de quien formuló la
acusación, y de las de quien fue acusado, no existía razón alguna para que el
hombre sentado del otro lado del escritorio siguiera detenido.
El hombre salió a la plaza, y montó en su camioneta. La noche anterior
había llovido, y la camioneta levantó, en la ruta de tierra, una delgada nube de
polvo. El hombre abrió una gaveta, debajo del parabrisas, y sacó un pistolón de
culata de madera pulida. Lo cargó con un cartucho largo y rojo y detuvo la
camioneta. Salió de la cabina, apoyó un pie en el estribo, apuntó y disparó sobre
una perdiz que alzó vuelo. La perdiz cayó cerca de un alambrado. El hombre la
recogió y, con cuidado, la depositó en la parte de atrás de la camioneta.
El hombre puso en marcha la camioneta, avanzó unos metros y volvió a
detenerla sin apagar el motor. Cargó el pistolón, bajó de la camioneta y disparó.
Mató ocho perdices, en algo más de una hora.
La mañana era, aún, fresca y clara. El hombre que manejaba la camioneta
pensó que, cuando llegara a la casa, y besara a la mujer, y tomara su primer
café, parado junto al fogón de la cocina, la mujer diría lo que siempre dice: que
él prepara las perdices como nadie que ella haya conocido.
Y él, quizá, diría que nunca le escuchó ese elogio, en los ya muchos años
de cazar perdices, prepararlas y comerlas como ellos las comían. O propondría
un brindis. O un viaje a la sierra. O un chapuzón, suave y profundo, en la pileta.
O, quizá, callara.
79
El hombre que manejaba la camioneta pensó que las partidas no se
anuncian. Y apretó el acelerador.
80
Willy
Miré a mi alrededor y no me asusté. Escuché aullar, afuera, la tormenta. La
tormenta de nieve. Era como un aullido: no se me ocurrió otra cosa. Aullido de
lo que fuese. Y yo no me asusté. La radio dijo que la temperatura había
descendido a doce grados bajo cero. Y después se cortó la transmisión. Por la
tormenta. Pero la luz de la cabaña o la casa o como se llame a esto, era buena. Y
era bueno mirar el fuego en el hogar de la chimenea. Y era bueno saber que me
sobraba leña para todo el tiempo que durara la tormenta. Y que tenía cebollas,
lentejas, porotos, jamón, café, queso y leche en polvo. Y galletas. Y una buena
cocina de fierro, que prendí apenas escuché lo que dijo la radio antes que la
tormenta la enmudeciera. Dios: no pude imaginar a nadie, allí, afuera,
paseándose, como si mirara vidrieras por la calle Florida.
Me comí dos platos de lentejas con pedazos de chorizo y jamón crudo, y
me sobró, todavía, para el almuerzo y la cena del día siguiente. Aquí, en El
Bolsón, hay que ser precavido. Y austero. Eran como las diez de la noche, y me
dije, Willy, acostate, y leé El secuestro de la señorita Blandish, aunque leí tantas
veces ese libro que, casi, me lo sé de memoria. O cualquiera de las tres o cuatro
novelas de Chase que se apilan en un estante de la cabaña o casa o como llamen
a esto. Las leí no sé cuántas veces, pero aquí, en El Bolsón, nadie se entretiene
con Kant. Yo estaba calentito, después de haber comido las lentejas con pedazos
de chorizo y jamón, y después de haber tomado medio litro de vino blanco, seco
y, tal vez, algo ácido. Me dije: Willy, meté uno o dos troncos en el hogar de la
chimenea, apagá los sol de noche, y acostate. Y acostate vestido, Willy. Estás en
El Bolsón, Willy. En comunión con la naturaleza.
Me saqué, despacio, los borceguíes. Y moví, dentro de las medias de lana,
los dedos de los pies. Fue cuando me pareció oír unos golpes en la puerta de la
cabaña o casa o como llamen a esto. Me quedé sentado en la cama y esperé. En
El Bolsón vive gente que desprecia a Buenos Aires y su suciedad, su estrépito,
su impiedad; gente que dice que no soporta a los que la habitan, y la medianía
de sus proyectos, su obsesión por el dinero, la pobreza de sus mitos. En El
Bolsón vive gente que no deja de hablar de la vuelta a la tierra, y que la vuelta a
la tierra ennoblece al ser humano, pero yo descolgué la escopeta de una de las
81
paredes de la cabaña o casa o como se llame esto, y la cargué.
En puntas de pie, y con la escopeta entre las manos, me acerqué a la
puerta donde alguien —estaba seguro—, desde afuera, golpeó y, donde alguien,
desde afuera, desde donde aullaba la tormenta, levantaba, de a ratos, el timbre
de su voz. Pregunté quién era. Dos veces, pregunté: Quién es. La cabaña o casa
o como se llame esto es sólida —de eso, también, estoy seguro—, pero, a mí, me
pareció que se movía cuando escuché que Graciela gritaba soy yo, Graciela.
Abrime, Willy. Conozco un chiste judío sobre unos judíos que, para escapar a
una tormenta de nieve, se refugian en una cabaña. Pero yo no soy judío. Y los
chistes judíos, sea por lo que sea, no me causan ninguna gracia.
Tampoco entendí por qué Graciela gritaba, con doce grados bajo cero, la
boca pegada a los gruesos maderos de la puerta de mi cabaña o casa o como se
llame a esto. Sin soltar la escopeta, le pregunté qué hacía allí, afuera, a esa hora.
¡Oh! —gritó ella—, abrime, que me muero de frío. Ella, como siempre,
exageraba. Empujé otro tronco al hogar de la chimenea, y tomé un trago de
vino. Fuerte ese vino blanco: tosí. Recuerdo que tosí, y que me puse a pensar.
Para ser exacto: terminé de toser, tomé un poco más de vino y me puse a
pensar.
Mi relación con Graciela comenzó y creció en unos cursos de literatura, a
cargo de un tipo que decía, de sí mismo, que era el Céline argentino. Y el tipo
que decía, de sí mismo, que era el Céline argentino, cobraba las clases como si
hubiese recibido el premio Nobel. Tardé un rato en averiguar que Céline, el
francés, me aburría: aguanté el libro que lo llevó a la fama hasta la mitad. Me
hartó su filosofía de maestro provinciano, amargado y cornudo. Eso le dije a
Graciela a los dos meses de asistir a las clases del Céline argentino. Le dije:
Disculpá, Graciela, pero vayamos, mejor, al cine. Vemos Cumbres borrascosas o
Lo que el viento se llevó, y ganamos plata. Graciela me confesó que ella también se
aburría.
A las clases del Céline argentino concurrían un montón de mujeres
maduras, que se extasiaban cuando el Céline argentino aludía a la semiótica del
arte y la cultura, o soltaba nombres imposibles como Puig o Deleuze. Y las
mujeres maduras, que fumaban cigarrillos negros, le pagaban la cena y algo
más a quien tuviera el coraje de metérseles entre las piernas. Y para viejas —
suspiró Graciela—, ya tenemos bastante con las del trabajo. Los dos nos reímos.
Éramos empleados en una oficina que atiende reclamos de jubilados. Y ese
trabajo nos deprimía. Uno tragaba, cinco días a la semana, el podrido aliento de
los viejos; les soportaba las arrugas, los ojos llorosos, los desvaríos de sus
esclerosis; el temblequeo, en sus bocas, de los dientes postizos; y cómo
tropezaban, en esas bocas, las palabras.
82
Todo eso se me agolpó, de pronto, en la cabeza: la cara del Céline
argentino y las de las mujeres maduras que asistían a su taller literario, el olor
de la oficina y la flacura de Graciela. Y la vez que la vi, el verano pasado, con las
manos en la panza desnuda de otra loca, que exhibía su monstruoso embarazo
al sol. Estaban las dos en la granja del latin lover, y Graciela gritaba, las manos
sobre la panza desnuda de la otra. Y Graciela se reía como si se fuese a terminar
el mundo.
Por un minuto, dejé de pensar. Pegué el oído a la puerta de la cabaña o
casa o como se llame a esto, y precavido —en El Bolsón hay que ser precavido,
austero y cauteloso—, le pregunté por su pareja. Juan José, dijo ella, y la voz se
le quebró. Eso, grité yo. Juan José: ¿qué pasa con Juan José? Graciela, que
lloraba, dijo: Me echó. Y lloró tan desesperadamente que no dudé de lo que
dijo.
Hará dos años, quizás, unos amigos le escribieron a Graciela. Desde El
Bolsón le escribieron. Y Graciela me dio a leer esas cartas. Y Graciela, que sabía
que yo tenía unos miles de dólares a interés, en un banco, no paró de preguntar
qué esperaba para sacarlos del banco, comprar un poco de tierra en El Bolsón —
como sugerían sus amigos—, y trabajar esa tierra de El Bolsón, y vivir de los
dones de la tierra, respirar aire puro, bañarme en riachos de aguas cristalinas,
endurecer el cuerpo en largas caminatas por senderos de montaña, y
contemplar el silencio del mundo en la primera hora de la mañana. A Graciela,
flaca como es, no le cae mal la lírica.
No espero nada, le contesté. Conozco a mi hermano, y prefiero que me
arranquen el alma a hablar, con él, de esos miles de dólares heredados de papi y
mami. Porque si hay un hijo de perra, duro como el hierro, para manejar un
negocio, ése es mi hermano. Dueño de un taller mecánico, trabaja dieciséis
horas por día. Nunca se cansa. Yo lo visitaba una vez al año: para la fiesta de
Navidad. Y él, después de los saludos, me preguntaba qué pensaba hacer con
mi vida. Yo le respondía que, en la oficina, era tan feliz como Rockefeller al
frente de su imperio. Mi hermano me llenaba el vaso de sidra y, el resto de la
noche, yo, para él, dejaba de existir.
Willy, abrí.
Arrimé una silla a la puerta, me senté y, sin soltar la escopeta, le pregunté:
¿Estás sola? Ella contestó que estaba sola, pero yo aprendí, en comunión con la
naturaleza, a ser precavido y cauteloso, y me levanté de la silla, y miré el reloj, y
eran las diez y media pasadas, y pensé que la temperatura, allí, afuera, debía
estar, por lo menos, en los trece o catorce grados bajo cero. ¿No me mentís?, le
pregunté, cuidadoso en la elección de las palabras. Estoy sola, creeme, dijo
Graciela. Y me pareció que gemía. No te escucho, dije yo, sentado en la silla, las
83
piernas estiradas hacia el hogar de la chimenea. Ella golpeó en la puerta de la
cabaña o casa o como quiera que se llame esto. Madera dura, la de la puerta. Me
echó. Juan José me echó, gritó Graciela. En ese momento, sentí hambre. Me
levanté, abrí la puerta de la fiambrera, saqué un pedazo de queso, y me lo llevé
a la mesa. Corté, sobre una tabla, parejos, tres o cuatro cuadraditos de queso.
Picantito, el queso. Y seco y fuerte, el vino. Graciela, qué pena, dije, la boca
cerca de la puerta de la cabaña o casa o como llamen a esto. Volvé, Gracielita, le
aconsejé. Lo de Juan José es un enojo pasajero. Volvé. Ella murmuró, puedo
asegurarlo: Vive con Aída. Yo, pese al aullido de la tormenta de nieve, la
escuché. El oído es tan selectivo como la memoria.
Willy, abrime. Abrííí, Willy.
El caso es que entre Graciela, dale y dale con la vida sencilla y pura del
hombre que labra su tierra, toma la leche de su vaca, y come el pan amasado
con sus manos, y mi hermano, elegí El Bolsón. Mi hermano me dio un par de
miles de dólares, sin pronunciar una sola palabra. Como si escupiera en mi cara.
Compré un pedazo de tierra, más cerca del lago Puelo que de ningún otro
maldito lugar del universo, y pagué a unos tipos para que me ayudaran a
levantar la cabaña o casa o lo que sea esto que, Graciela y yo, usamos para vivir
y protegernos del frío, y alabar, exhaustos, cuando nos hablábamos en los
meses de otoño e invierno, la frugalidad de la existencia campesina. Compré,
sin embargo, una vaca Holando Argentina, y conseguí que la cubriera un toro
de lujo. Compré gallinas Leghorn. Planté tomate y no sé qué otros frutos que la
tierra brinda a quienes son atentos con ella. Envié fotos de la cabaña o casa o
como llamen a esto, de los tomates, de la vaca, de las gallinas, de los huevos de
las gallinas, a mi hermano. No me puedo convencer, escribió mi hermano. Y fue
el mensaje más dulce que jamás recibí de él.
Wi-i-i-lly, abrí.
Pero Graciela dejó de exaltar el retorno a la vida primitiva y la belleza de
la nutrición elemental. No se movía de la cama: pretextaba dolores vaginales.
Perdí una cosecha de tomates, y algunas gallinas padecieron una peste
misteriosa. Una noche, me reprochó que yo hubiera dado mi voto al PPR.
Exageraba, como tantas otras veces: ella votó por los peronistas. Hoy, todavía,
no veo la diferencia. Otra noche, dejó que se apagara el fuego del hogar de la
chimenea. Y, otra noche, encontré vacía la cabaña o casa o como se llame a esto.
Y un papel sobre la mesa. Leí, en el papel que escribió Graciela, que ella se iba a
vivir con Juan José, que no se fijaba en gastos y regalaba bondad y alegría. No
perdí la calma. Simplemente, me pregunté: yo, ¿qué soy? ¿El hombre de la
Biblia que carga con los pecados del mundo? No. Soy, me dije, esto que
descubrí que soy: un hombre que se levanta a las tres de la mañana para darle
84
una mamadera de leche a un cordero recién nacido.
Willy, dejame entrar.
Comí otro cuadradito de queso. Te escucho, Gracielita, dije.
Silencio del otro lado de la puerta. No por mucho tiempo. La tormenta
aullaba. Oh, Willy, lloriqueó Graciela. Sonaba manso su lloriqueo. Yo esperé:
ella no era mi hermano. Willy, dijo Graciela, yo no me porté bien con vos.
Le contesté que no era hora de recordar el pasado. Gracias a Dios, le dije,
tengo lo que necesito. Eso sí, Gracielita: el pan que como me lo gano
honradamente.
Willy, abrime... Me muero, Willy.
Tiré otro leño al hogar de la chimenea: la leña es cara por estos lugares,
pero no me importó. Mis medias de lana humeaban.
Miré los cuadraditos de queso, la botella de vino y la escopeta en la mesa.
Todo limpio y a mano.
Willy, por favor... Abrime, por favor.
Eso está mejor, Gracielita... Quiero que me comprendas: yo no soy un latin
lover, alegre, que no se fija en gastos y, tampoco, soy promiscuo ni arrogante.
Soy un hombre que trabaja dura, duramente, que paga sus impuestos, cuida su
huerta y aceita los maderos de su casa. ¿Comprendés lo que quiero decir,
Gracielita?
Instante de reflexión. Al rato escuché:
Willy, hago cualquier cosa que me pidas.
Esa noche abusé del queso, el vino y los diminutivos. En lo demás, fui
empeñoso y tenaz como lo es un pequeño propietario con su tierra y sus
animales.
85
Mitteleuropa
A Ricardo Piglia
Mariann no contesta preguntas teológicas. Yo, sí.
Ella se sienta ahí, frente al púlpito, y yo me siento a su lado, y espero.
Algunas noches se sienta ahí, frente al púlpito, y se queda callada. Y después se
va. Y no sé, todavía, si a ella le importó que yo estuviese a su lado, quieto y
silencioso dentro de la larga sotana, con los ojos cerrados, quizá con frío,
dispuesto a responder preguntas teológicas, si alguien sabe qué es eso de
responder preguntas teológicas.
Cuando Mariann habla, sentada frente al púlpito, me sobresalto. Abro los
ojos y veo un bulto del que salen palabras, que no escucho, y veo su pelo rubio,
sus pómulos altos, y sus labios que se mueven, y que, cuando ella se va, los
recuerdo —Dios me perdone— brillosos, húmedos, blandos.
La última vez que vino no fue igual a las otras veces. Las otras veces, ella
entró a la iglesia con la despreocupada soltura que usa para entrar y salir de las
habitaciones de su casa, y se sentó. Y habló. O no habló. Las otras veces, cuando
habló, habló de sus campos, del precio del trigo, de sus vacas, de los
departamentos que construyó en Paraná y en Rio Grande do Sul, y de cómo los
alquiló o vendió.
Yo le conozco la voz a Mariann. No es muy alta la voz de Mariann. No es
fría ni cálida. Y desde que supe que su voz no es muy alta, ni fría ni cálida, me
pregunté cómo hizo ella para llegar a esa voz. ¿Y quién era yo cuando le conocí
la voz, y me pregunté cómo Mariann llegó a esa voz? ¿Yo era sólo un muchacho
alto, y sin recuerdos, a quien Mariann pagaba sus estudios en un seminario de
curas?
Y esa voz de Mariann ordenó, una tarde, que se diera de comer al
muchacho alto y sin recuerdos, y que se lo alojase en la que sería, con el tiempo,
su habitación, y que los peones, en presencia del muchacho alto y casi sin
recuerdos, fuesen menos guarangos de lo que eran. Los peones no fueron
menos guarangos de lo que eran, y yo no me sorprendí de la inocencia taimada
de los peones, porque me preparaba para el sacerdocio o, quizá, porque fui
campeón de los cien metros llanos en una ruidosa competencia interprovincial.
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Los peones me llamaron Rubio. Y eso tampoco me sorprendió. Ahora, ellos y
sus hijos miran mi sotana y no sonríen como sonreían, astutos, baja el ala de los
sombreros, cuando me decían Rubio. Ahora, ellos y sus hijos, serios, con los ojos
bajos, me llaman padre Federico.
Y cuando Mariann me invita a su casa, y me mira, parado bajo las luces
del living, enfundado en la larga sotana cubierta de polvo, y dice que me ponga
cómodo, que me sirva una copa, y que le cuente de mi trabajo, su voz es la voz
que recuerdo. Y cuando me sirvo una copa, Mariann entra al baño, envuelta en
una bata, y abre la ducha, y su voz no muy alta, ni fría ni cálida, me dice que ya
sale, que le prepare un trago, que ella me escucha.
Pero la última vez que vino a la iglesia no fue igual a las otras veces.
Habló, la última vez que vino a la iglesia, sentada ahí, frente al púlpito, sin
mirarme. Y le importó que yo estuviera allí. Y yo eso lo sé. Y lo supe esa noche
por su voz, que conocí antes de que a ningún paisano se le ocurriese que Rubio
era un apodo fiel, un apodo exacto, para un muchacho sin recuerdos.
Mariann dijo, esa noche, que en el país donde ella nació sus abuelos eran
dueños de una casa con habitaciones para los abuelos, para los hijos y los nietos
que vendrían, para los invitados, para la lectura, para el salón de música y las
charlas amigables e instructivas, y para la servidumbre.
La casa, dijo Mariann, esa noche, tenía un sótano. Que conoció la madre de
Mariann. Y, después, Mariann. Mariann dijo, esa noche, que sus abuelos
descendieron al sótano cuando se proclamó la República, y Bela Kun se apoderó
del gobierno, y hombres vestidos con largos capotes, que llevaban largos fusiles
en las manos y colgados de los hombros, recorrían las ciudades y las aldeas, las
caras absortas como si, al recorrer las ciudades y las aldeas, los largos fusiles en
las manos y colgados de los hombros, montados en autos y camiones
descubiertos, se miraran y no se reconocieran. Y comían, para consolarse,
goulash, en fuentones grasosos, salvo Bela Kun, que hablaba un francés terso y,
también, efusivo, y usaba anteojos.
Los abuelos, dijo Mariann, esa noche, en la oscuridad de la iglesia, la voz
ni alta ni fría ni cálida, se llevaron a la madre de Mariann, que era una niña, al
sótano. Y se quedaron en el sótano, los abuelos y la que sería la madre de
Mariann, hasta que Bela Kun huyó a Rusia para su eterna maldición. Los
abuelos de Mariann, y la niña que sería la madre de Mariann, retornaron a sus
habitaciones, en la casa, y en la casa se volvió a escuchar la música de Liszt y de
Franz Lehar; y el almirante Miklos Horthy de Magybania era regente de la
monarquía, y los partidarios de Bela Kun, que huyó a Rusia para su eterna
perdición, que habían recorrido ciudades y aldeas en autos y camiones
descubiertos, las caras absortas, creyéndose los dueños de la rotación de la
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tierra, los largos fusiles en las manos y colgados de los hombros, fueron
acuchillados, y se les arrancaron los ojos, y se los empaló, como en los buenos y
viejos tiempos, para que aprendieran, antes de expirar, que esas llanuras, que
pisó Atila, y que ese país, que San Esteban consagró a Cristo, nunca les
pertenecerían. Y las fotografías de los destripados se pegaron en paredes de
ciudades y aldeas, para que la memoria de los crímenes de los destripados no se
perdiera.
Mariann dijo, esa noche, que ella era muy joven, pero un poco más joven
que Ernst. Dijo que los bolcheviques regresaron, y arrancaron las fotografías
(para la eterna perdición de los bolcheviques), y destrozaron al ejército nazi en
las afueras de Budapest, y que Ernst, que pudo escapar al cerco de los rojos,
miraba, horas y horas, caer la lluvia sobre la llanura, de pie frente a una de las
ventanas de la casa de los abuelos de Mariann. Y Mariann dijo que ella, de
espaldas a Ernst, le pidió que bajaran al sótano, y que ésa fue una declaración
de amor. Y Mariann no se rió cuando dijo que ésa fue una declaración de amor.
Y Mariann se levantó el vestido, y le mostró, a Ernst, sus piernas desnudas, y su
sexo, y el vello dorado que lo cubría, y el vientre y los pechos vírgenes. Ernst
era un junker, y se supone que un junker estima más su honor que las
desnudeces de una Julieta devastada por el frío, las pasiones de la adolescencia
y el terror que le infundía la reaparición de los empalados.
Ernst se voló los sesos de un balazo, dijo Mariann, la voz no muy alta, ni
fría, ni cálida, pero con algo en la voz que no era conmiseración, que no era
pena, y que impregnó esa voz que dijo que Ernst se voló los sesos de un balazo,
de pie, y ante una ventana y una llanura oscurecidas por la lluvia.
Istvan, que bajaba, por las noches, al sótano, y le llevaba pan y queso y
frutas, le avisó que los mongoles ocuparían la casa; y que los mongoles
acostumbraban violar a las hembras, fueran mujeres o bestias. La República,
dijo Istvan, igualó a los mongoles con los seres humanos.
En la choza de Istvan, nació Verónika. Y Mariann supo, en la choza de
Istvan, que Matías Rakosi, un hombrecito panzón, de cara redonda y pómulos
de tártaro, a quien no se acuchilló ni se empaló ni se le arrancaron los ojos
cuando se lo debió empalar y acuchillar y arrancar los ojos, como en los buenos
y viejos tiempos, era el dueño del poder. Mariann cruzó la frontera con
Verónika, que era menos que una niña, y con Istvan.
Mariann no soportó Francia: sus porteras, dijo, son sucias; sus músicos
tocan en el Metro, y son negros; y sus campesinos son más sórdidos que los de
Zola en La tierra.
Mariann, en la Argentina, compró tierras, animales, casas, dólares,
acciones y francos suizos. Y un sótano espacioso y seco.
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Y compró, dijo Mariann, esa noche, la voz como si se interrogara sobre sus
determinaciones, a Eduardo Campbell, el refinado descendiente de un soldado
irlandés que llegó a Buenos Aires, en 1806 o 1807, con las tropas británicas. Pero
las tropas británicas, dirigidas por generales majestuosos y aficionados al
alcohol, fueron vencidas y humilladas en las calles de Buenos Aires. Y
Campbell, a quien los criollos le perdonaron la vida, no regresó a Inglaterra, y
tampoco a Dublín, una ciudad de poetas furiosos y de herejes y de borrachos e
hipócritas, y se dedicó al contrabando y a cultivar la amistad del general José
Artigas. Alimentó a los famélicos seguidores del jefe oriental e hizo fortuna.
Eduardo Campbell se encargó de la ingrávida tarea de dilapidar lo que quedaba
de ella. Y, naturalmente, Eduardo Campbell se ofertó a Mariann. Y Mariann lo
compró.
Verónika tiene los ojos de Ernst, dijo Mariann, esa noche, la voz no muy
alta ni fría ni cálida. Verónika dice que lo suyo es suyo, pese a que Ernst amaba
las lilas.
Y Verónika dijo que Eduardo Campbell, con su pelo rojo, su cuerpo de
niño bien y sus modales de caballero rioplatense, era suyo. Eduardo Campbell,
que aún es un niño bien, supuso que podía engañar a Verónika como Pedro
Campbell engañó a las vivanderas y administradores del general Artigas.
Campbell, dijo Mariann, viajaba con frecuencia a Montevideo. Por
negocios, se excusaba Campbell, una sonrisa en la boca que pedía comprensión
para sus preocupaciones empresariales. Verónika se obstinó en acompañarlo:
los negocios de él, el tiempo de él, y él mismo, eran suyos, dijo Verónika, con el
balbuceo vehemente de la niña que se ofrece, antes que las otras, para lo que la
maestra disponga. Eduardo Campbell confió que la suerte, el destino o como se
llamara su habilidad de jugador lo librarían de ese acoso abominable. Campbell
no logró disuadir a Verónika y, durante algún tiempo, se dijo, tal vez atónito,
tal vez desesperado, que la noche de los sueños perversos parece no tener fin,
pero que el día llega y uno regresa al sereno goce de la vida.
Exhibió, entretanto, en los campos de Mariann, sus dotes de hombre
ducho en la faena rural. Informado, también, y gaucho, pese a la elegancia de
sus ademanes, que aún no perdió, y a una sonrisa que supo cautivar a una que
otra tonta en uno que otro salón porteño, y que se abstuvo de lucir entre
paisanos que calzaban máscaras enfáticas y no largaban palabras al voleo.
Lo que sucedió, no mucho más tarde que Verónika se entregara, con una
torpeza frenética, a los hábitos de la esposa previsible, pero todavía nimbada
por los resplandores del noviazgo, Mariann pudo adivinarlo con tanta
puntualidad como si lo leyese en un libro. Y el resto, las páginas que rehusó leer
porque las previó reiterativas o menos ominosas de lo que esperaba, se lo contó
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un Campbell trastornado, llorón, sin una gota de ese coraje que hizo la fama de
los cuchilleros porteños.
Y lo que Campbell contó, y Mariann adivinó o leyó, yo lo escuché en la
iglesia, de la boca de Mariann, y su voz, en la oscuridad de la iglesia, no fue fría
ni cálida ni muy alta. Y no hubo nada, en su voz, y en lo que escuché de su voz,
esa noche, que no pudiese digerir el estómago de un sacerdote. Y el mío.
Yo escuché que Campbell, que nunca descendió a un sótano, que nunca
cobró un favor, y que nunca vio crucificar a hombres por manadas de pequeños
propietarios, pequeños comerciantes, equitativos partidarios del orden y
encantadores bailarines de czardas, sólo advirtió que las atenciones de Verónika
hacia él se multiplicaban, abrumadoras y empalagosas como los mimos de una
niña consentida.
Escuché que un mediodía, Campbell, sincero y entusiasta, exaltó las
virtudes de uno de los platos del almuerzo. Verónika, halagada, forzándose
para no tragar las palabras, comenzó a susurrar. Atribuyó el mérito del plato a
Ofelia, la hija o la hermana o la nieta de uno de los puesteros de Mariann, a la
carne de Ofelia, a la carne que Ofelia le proporcionó como una ofrenda.
Campbell detuvo, en el aire, la copa que se llevaba a los labios, y con una
voz que pretendía ser ligera y firme y festiva, le pidió a Verónika que aclarara
eso que dijo. Campbell agregó, sonriente y retórico, la voz gruesa, como si
dibujase al hacendado barrigón, inescrutable y tortuoso que sería, que el vino
de la costa y ese sol del campo uruguayo impiden, a veces, comprender las
cosas más simples de la vida.
Verónika, la cabeza caída sobre un hombro, se ruborizó, y con la lengua
trabada, susurró que Campbell repitiera que ella era y nunca dejaría de ser su
primer y único y verdadero amor. Campbell cumplió el pedido con el fervor
que uno pone para cantar el Himno Nacional. Verónika cerró los ojos y se
desabrochó la parte alta del vestido, y se abanicó los pechos con un diario, y
expelió, la boca entreabierta, un veloz chorro de palabras por el que Campbell
vino a saber, tal vez, que comió, en ese almuerzo, y otros almuerzos, y otras
cenas, las partes más tiernas de la carne que le sobraba a una chinita de mierda.
Y Verónika, que tiene los ojos de Ernst, se tomó los pechos desnudos con las
manos, y los alzó, y los acercó a la cara de un Campbell que aún sonreía a la luz
del verano.
Campbell miró a Verónika, miró la cara arrebatada de Verónika, miró los
ojos cerrados de Verónika, y la boca entreabierta de Verónika, que no cesaba de
susurrar, y los gordos y desnudos y rosados pechos de Verónika, sostenidos por
las manos de Verónika, casi sobre su cara, y se pasó lentamente las manos por el
vientre y los muslos, y se dijo, calmo, que él era él, y que ése era un mediodía de
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verano, y que el calor de ese mediodía era inhumano. Y se miró tomar el vino
que quedaba en su copa, y cuando dejó la copa en la mesa, Verónika abrió los
ojos, y en ellos había un destello de ira salvaje, y Campbell escuchó el susurro
de Verónika en la tarde de sol, desierta, silenciosa, chupá. Chupalas.
La siesta cayó sobre ese mundo aún inmóvil, aún desconocido y
desamparado, y que olía a incendio y quietud. Campbell despertó, desnudo, en
una penumbra viscosa, y vio cerca de su boca las lechosas tetas de Verónika, y
la escuchó roncar, y se vio a sí mismo deslizarse de la cama y penetrar en la
penumbra y correr, correr, correr hasta que encontró a Mariann. Y Campbell, el
cuerpo fino y esbelto, desnudo, tembloroso, afiebrado, prolongó el relato de los
dichos incoherentes de Verónika con el relato de su conocida aversión por las
chinitas de dientes cariados e inteligencia de mosquitos, y por la grosería de
algunas recetas de la cocina de Europa Central.
Fue entonces que Campbell preguntó, la boca inflamada en los pies de
Mariann, cómo podía retornar al goce sereno de la vida. Mariann no le contestó.
Mariann no contesta preguntas teológicas.
Sí: quizá esa noche, distinta a otras noches, Mariann habló de trueques y
revanchas. Habló, sin apelar a la metáfora o la elipsis, de negocios, con esa voz
que conocí antes que mis recuerdos, y que se esparció en la iglesia a oscuras y
vacía.
Y, como en otras noches, la vi irse, muy tarde en la noche, y pensé, esa
noche u otra, o lo pensé desde que alguien, en un pasado remoto, me llamó
Rubio, que Dios aprobará el destino que Mariann imponga a sus inversiones.
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El perro del hogar
A Guillermo Saavedra
Sé que nos mudamos a esa casa de la calle Bolivia, y que allí, en esa casa
de la calle Bolivia, a la que se entraba si uno subía dos escalones gruesos y
anchos, vivían Ernesto y Carmen. Cuando yo volvía de la escuela, y mamá me
daba el almuerzo y se iba a trabajar a la fábrica de caramelos, y yo hacía los
deberes, y era invierno, Ernesto me llamaba y, en su cocina, escuchábamos, en
radio del Pueblo o en radio Argentina, a Gardel, Magaldi, a Caggiano, el
payador, a Mercedes Simone, y el aviso, dicho con voz clara y acentuada en las
vocales, de que no nos perdiéramos un nuevo capítulo de Miguel Strogoff, el
correo secreto del zar, con la compañía de Olga Casares Pearson y Angel Walk. Y
Ernesto me guiñaba un ojo, y yo me sentía como abrigado en esa cocina, en la
que Ernesto nos cebaba mate a mí y a su mujer, Carmen, y le tiraba, de a ratos,
pedazos de salame a Titina, una perra bull-dog que nos miraba, sentada sobre
sus patas traseras, los ojos brillantes como las mejores de mis bolitas, y de la que
Ernesto y Carmen eran dueños.
Ernesto, que era un hombre alto y flaco y fuerte, y que usaba gorra,
trabajaba con su mujer, Carmen, en la empresa Particulares, de cigarrillos, de
seis de la mañana a dos de la tarde. Papá dijo, una de las pocas tardes que llegó
temprano a casa, que Ernesto era un obrero organizado. Y después dijo que se
podía confiar en Ernesto y Carmen.
A veces venían, de a dos o de a tres, los compañeros de papá, y discutían,
en nuestra cocina, su actividad en el movimiento sindical, y papá, de pronto,
preguntaba, sin mirar a nadie, por Guido Fioravanti, que estuvo al frente de la
huelga más prolongada de los albañiles que se conozca hasta el día de hoy, y a
quien el gobierno del general Justo deportó a Italia y Mussolini encerró en la
isla de Lipari. Pedro Chiarante se removía, incómodo, en su silla, y contestaba,
con una voz áspera, que no tenían noticias de Guido Fioravanti, y decía carajo,
y tomaban vino, y después, si se quedaban, si la reunión se prolongaba, mamá,
que había vuelto de la fábrica de caramelos, les servía sopa y unas albóndigas
chatas de carne y cebolla picada que asaba en el fogón de la cocina, sobre una
parrilla de mango largo y acanalado.
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Pero muchas tardes, yo llevaba mis lápices de dibujo y mis cuadernos y mi
libro de lectura y mi lapicera de pluma cucharita y el frasco de tinta a la cocina
de Ernesto y Carmen, y en la cocina de Ernesto y Carmen hacía mis deberes, y
tomaba mate con ellos, y Ernesto me enseñaba a jugar a la escoba de quince, al
tute cabrero, al truco, y me invitaba a cenar. Y Ernesto se servía vino en unos
vasos altos, de color rosado oscuro, de vidrio grueso, y con flores u hojas de
árboles talladas en el vidrio grueso y rosado oscuro. Y Ernesto le regalaba
cigarrillos a papá, y papá, que era sastre, le arreglaba los pantalones a Ernesto o
una pollera a Carmen, y ellos decían que papá tenía una mano de primera.
Yo iba a una escuela con chicos que dormían y comían en la escuela, que
eran pupilos, hijos de policías muertos o algo así. El presidente de la
cooperadora era el comisario Amleto Donadío, y las maestras, a las que
llamábamos señorita, escribían sus cartas en papel de hilo y con monograma.
Papá asistía a la ceremonia de fin de año, a la entrega de premios a los mejores
alumnos, con un traje palm-beach y un rancho en la cabeza. Y sonreía, el rancho
en la mano, y un cigarrillo entre los dedos de la otra, cuando el comisario
Amleto Donadío me entregaba la Historia de Carlomagno o El Quijote, en papel
biblia, porque yo era el mejor alumno de cuarto o quinto grado, y había izado la
bandera, antes de entrar a clase, muchos días del año.
Papá decía que el gobierno podía acusarlo de lo que se le antojara, menos
de que un rojo no impulsara a su hijo a estudiar y conocer. Papá, además de
rojo, era, tal vez, sarmientino, o lo que fuera que se pareciese a eso. En casa
regía un principio: si la policía allanaba la pieza que mamá alquilaba a su
nombre, debíamos salvar, antes que nada, los papeles y los libros de papá.
Debíamos ganar tiempo, insistía papá, si nos allanaban la pieza; demorar a la
policía en la puerta de calle, y esconder los libros en el techo de la casa, o
dárselos a Ernesto y Carmen para que los guardaran donde se les ocurriese, o
ponerlos bajo la tutela de Titina, en la cucha de Titina, que podía ser feroz y
salvaje con los extraños.
Y yo, que era buen alumno, ya me había peleado con Pérez en el baño de
la escuela. Pérez también era buen alumno, y su papá era conductor de tranvía,
y su mamá atendía un almacén, y Pérez me superaba en matemáticas y
gimnasia, y no le importaba que yo fuese mejor que él en lectura y composición.
Y sé que una mañana exploté: que salimos al primer recreo, y que le dije vamos
al baño. Me miró, perplejo: su despotismo sobre mí venía de lejos. Quizá de
primero superior y de tercer grado. Segundo grado lo cursé en otra escuela:
tuvimos que mudarnos al barrio de Villa Crespo, a una casa de la calle Tres
Arroyos, porque arrestaron a papá a la salida de una asamblea, y ni Rodolfo
Aráoz Alfaro pudo evitar que se pasara quince días en un calabozo del
93
Departamento de Policía.
Sé que yo tenía miedo a la pelea, a la violencia física. Sé que durante esos
dos años aguanté, como pude, que Pérez, que era un muchachito que las
señoritas distinguían por su apostura, me manchara, con tinta, algún cuaderno;
me gritara, a la hora de tomar el vaso de leche, judío cabezón; me pusiera el pie,
para que me fuese de cara al suelo, cuando salíamos de la escuela.
Llegamos juntos al baño, y Pérez se quitó lentamente el guardapolvo, y yo
tiré el mío al piso, y la sonrisa maligna, que prometía castigo a mi rebelión,
desapareció de su cara al írmele encima, y golpearlo, a ciegas, sin parar, sin
darle tiempo a armar su guardia, y retroceder, tomar aire, planear el ataque que
cancelaría la estupefacción que le produjo mi estallido. Los otros chicos del
grado aullaban como locos endemoniados, y yo pegaba y pegaba, y él, Pérez,
dejó de defenderse, acaso convencido de la justicia de mi causa, y de que nada
podía aplacar mi furia, y que su despotismo sobre mí llegaba a su fin. Tocaron
la campana, y el griterío de los locos endemoniados impidió que la
escucháramos, y nosotros, los que peleábamos, y el coro aullante de locos
endemoniados, no volvimos al grado, y yo abrí los ojos, y vi a Pérez de espaldas
contra una pared, los brazos bajos, y Pérez lloraba, no por temor a mi furia ni
por los golpes que le propiné, sino por otra cosa, y yo le pregunté, jadeante, si
quería que siguiéramos, y él movió la cabeza, de un lado a otro, y yo levanté mi
guardapolvo del piso, y nadie le había puesto el pie encima. La señorita
McCormick, que era nuestra maestra de cuarto o quinto grado, entró al baño,
nos miró a Pérez y a mí, y a los otros chicos, silenciosos, los cuerpos de los otros
chicos como flojos, como entregados a la consideración de algo que los
involucraba, pero que ignoraban qué era. Y la señorita McCormick dijo que se
sentía avergonzada, que esa pelea de indios y compadritos de sus dos mejores
alumnos era lo último que ella podía imaginar, y que marcháramos a la
dirección, a explicarle al señor director lo sucedido, y que los demás retornaran,
más rápido que ligero, al aula.
Y yo, entonces, que ya me había peleado con Pérez, y que tomaba vino en
vasos altos, de vidrio tallado, salí a la calle, una de las tardes de ese invierno,
con bolitas en los bolsillos del pantalón, y bolones con vetas azules y rojas. Y
monedas que me dieron papá y mi abuelo y Ernesto para que comprase, como
otras tardes de ese invierno, el Tit-Bits, y maníes, y El Tony. Salí a la calle y me
senté en uno de los escalones de entrada a la casa, con Titina a mi lado, que me
pasaba la lengua por la cara, y mamá estaba en la fábrica de caramelos, y papá
en el Sindicato, y Ernesto y Carmen en Particulares, por una changa de seis
horas que ya duraba un mes.
Hacía frío, y era de noche, y el manisero no pasaba, y llegaron Otto y
94
Paragüita, y Otto dijo que por qué no jugábamos a las bolitas. Yo dije que no se
veía nada, y Paragüita dijo que jugáramos a la picada. Pusimos tres bolitas cada
uno, en una línea horizontal, en el escalón más alto de la casa, y paralela a una
de las paredes que hacía marco a la puerta, y cada uno sacó de sus bolsillos el
bolón de la suerte. Por turno, lanzamos el bolón de la suerte contra la pared. El
rebote del bolón contra la pared debía arrasar con las bolitas propias y las de los
adversarios.
Jugamos hasta que nos dolieron los ojos: la luz de la calle no alcanzaba a
iluminar el escalón de la casa. Ganó Paragüita, y se guardó nuestras bolitas en
sus bolsillos, y nos miró. Otto y yo no pronunciamos una sola palabra de
objeción. Paragüita se llamaba José, y quien le dijera Paragüita, así fuese Luis
Ángel Firpo, despertaba al asesino que Paragüita velaba detrás de gruñidos
monosilábicos y obstinados silencios. José escuchaba el apodo —sus orejas eran
como toldos, y caídas como las de los perros viejos—, y se lanzaba sobre el que
lo dijo, la mano cerrada sobre un madero, un cuchillo, un hierro, una piedra, la
manija de una olla con agua hirviendo. José tenía, ese invierno, once o doce
años, y dos hermanas mayores que él, a las que no dejaba asomar a la puerta de
calle, y una mamá que era gorda como las gordas del circo, y un papá cloaquero
y callado, y que, decían, se bañaba todas las noches de la semana. Y usaba
gorra, pero la del papá de José era de cuero. El papá de Otto era aviador, y era
lo único que se sabía, en la cuadra, del papá de Otto. Y de la mamá de Otto se
sabía que, cuando el papá de Otto volaba, volvía a su casa en las primeras horas
de la madrugada. Otto aseguraba que su mamá cuidaba a unos viejos de
mierda, que se descomponían de noche.
Otto nos preguntó, a José y a mí, si teníamos plata. Le dije cuánta plata
tenía: las monedas para pagar el Tit-Bits y El Tony, y comprar un cucurucho de
maníes. José desenrolló un peso y, señalándome con la cabeza, musitó que
pagaba por mí. Otto dijo que creía que alcanzaba. Supuse que ese
entendimiento entre Otto y José, que me excluía, ponía en riesgo lo que gané en
la pelea con Pérez. Me levanté y abrí la puerta de calle. Otto me dijo que
esperara, que no me fuera, y sonrió como vi sonreír a Douglas Fairbanks
cuando, en el papel de El Zorro, desenvaina su espada e infunde desesperación
y terror a los arteros enemigos de la ley, y dijo que yo sabía para qué alcanzaba.
Y cruzó la calle, y vimos agrandarse una luz pálida en la vereda de enfrente. Le
pedí a José que me dijese qué era lo que yo debía saber. José me dijo que
mandara a Titina para adentro, y me dijo que, si no sabía para qué alcanzaba la
plata, me enteraría apenas volviera Otto. Y que, si enterado no quería, podía
mirar. Y que si no quería mirar... José alzó los hombros, y se calló. Y el susurro
de esa noche fue el discurso más largo que le escuché nunca a José. Otto volvió
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y dijo que fuéramos, que la plata alcanzaba.
Enfrente, justo enfrente de la casa que habitábamos Ernesto y Carmen y
Titina, y papá, mamá y yo, vivían dos hermanos. Él era un muchacho guapo y
cortés, y ella, que tenía una mueca en la boca como las que dibuja el asco, salía,
por las tardes, apoyada en el brazo del muchacho guapo y cortés, y usaba un
bastón de metal, porque, de chica, la parálisis infantil le dejó dura la pierna
derecha. La mamá de los dos hermanos llevó a la muchacha a Europa, para que
la vieran los médicos de Europa, y los médicos de Europa, que la vieron, y que
consumieron la fortuna de mamá, le dijeron a la mamá de la muchacha que la
pierna derecha de la muchacha recobraría, de a poco, su movilidad, con
ejercicios, baños termales y paciencia. Y la mamá, sonriente y bella, que se
atribuía la condición de viuda, y que visitaba, una vez por semana, a los dos
muchachos, y que pagaba a una sirvienta vieja para que los atendiera, y a una
profesora para que les enseñara inglés y francés, se ocupaba de la crianza de
vacunos de raza, profesión hereditaria que, como leí muchos años después en
los diarios centenarios de Buenos Aires, permite vestirse de gauchos a los
miembros de los Centros Tradicionalistas, y desfilar, vestidos de gauchos,
detrás de los animales premiados en las exposiciones de la Sociedad Rural.
Otto, José y yo entramos, entonces, al garage de la casa en la que vivían los
dos hermanos, arrastrándonos por debajo de la cortina del garage, levantada
unos veinte o treinta centímetros de los mosaicos de la vereda. Fui el último en
entrar al garage. Primero, entró Otto y después, José. El hermano de la
muchacha, que era guapo y cortés, bajó la cortina del garage y encendió una
lámpara que colgaba del techo. En el centro del garage había un Ford negro y
cuadrado, con una de las puertas traseras abierta. Pasamos, primero Otto,
después José, después yo, por el lado opuesto de la puerta trasera y abierta del
Ford negro y cuadrado, y vimos a la muchacha, vestida con una enagua,
reclinada sobre una colchoneta, en el ángulo que formaban la puerta que
comunicaba el garage con el resto de la casa y una pared larga y pintada de
azul. Cerca de la colchoneta, vi las velas encendidas de una estufa a querosén.
La muchacha no tenía más de quince años. Otto le entregó el dinero al
muchacho guapo y cortés, y el muchacho guapo y cortés contó las monedas de
Otto y las mías, y el peso de José, y asintió, y Otto, que ya no tenía la sonrisa de
El Zorro en la cara, se bajó los tiradores, y se desabrochó el pantalón, y el
pantalón, corto, se le deslizó por las piernas, y se bajó el calzoncillo, que era
lunares rojos y blancos, y el vello de los muslos de Otto era rubio, y Otto
tropezó, enredado en el pantalón y el calzoncillo, y cayó, de rodillas, sobre la
colchoneta. Y la muchacha dijo vamos, apurate.
El muchacho guapo y cortés entró al Ford negro y cuadrado por la puerta
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trasera y abierta, y miró cómo Otto obedecía el llamado de su hermana, y José y
yo, parados junto al paragolpes delantero del Ford negro y cuadrado, vimos
cómo Otto, las piernas atrapadas por el pantalón y el calzoncillo, se estiraba
sobre el cuerpo de la muchacha.
El muchacho guapo y cortés encendió los faros del auto, y blanqueó la
pared azul, y José pasó frente a los faros encendidos, desnudo de la cintura para
abajo, y la muchacha, casi enseguida, le gritó al hermano que le sacara de
encima a José, que al idiota este, gritó la hermana, le vino un ataque de
epilepsia, y se mueve como un perro rabioso, y, por Dios, que se lo sacara de
encima. El hermano de la muchacha bajó del Ford, y guapo y cortés, y en
silencio, llevó a José, que temblaba, hasta la pared azul, blanqueada por los
faros encendidos del coche, y lo puso de cara a la pared.
Sé que subí a la colchoneta, y que me miré entre las piernas, y que algo,
delgado y amarillo, fosforecía entre mis piernas, y que la muchacha me enlazó
por la cintura, con sus brazos, y que, al rato, sentí como si de un aro de hierro,
sujeto a lo que fosforecía entre mis piernas, tiraran hacia abajo. Y lo que sentí
era indecible. Pero la muchacha dijo andate.
Retrocedí hasta la cortina del garage, y Otto y José no estaban en el garage,
y el muchacho guapo y cortés ayudó a su hermana a subir al asiento trasero del
Ford negro y cuadrado. Me deslicé debajo del paragolpes trasero del Ford negro
y cuadrado, y me quedé quieto, la cabeza apoyada en un brazo, mi cabeza y mi
brazo debajo del paragolpes trasero del auto, debajo del roce rápido y ansioso
de dos cuerpos en el asiento trasero del auto, debajo de los gemidos y las risitas
y la respiración de dos cuerpos que se movían, muy juntos, en el asiento trasero
del auto.
Me dormí, la cabeza sobre el brazo, debajo del paragolpes trasero del Ford
negro y oscuro, con un sueño ligero, como un perro que cuida el hogar.
97
Tránsitos
Para Natalia Duval
Piense a un porteño en París.
Viene de Buenos Aires, puerto —dicen— cuya celebridad se funda en que
eructa las obvias odas de embajadores de Nicaragua, cónsules de Chile, tardías
ninfas montevideanas y plagiarios de otras tumultuosas latitudes. Entonces,
piense en un albanés, delgado y alto, casi calvo, que en un atardecer de otoño
ofrece dibujarles el perfil a las muchachas que recorren el boulevard SaintMichel, o la facha a los caballeros que pasean por los Campos Elíseos. Los
acorrala con salvaje osadía; les escupe un feroz, oscuro resentimiento; murmura
un francés descuidado (que sobresalta a los compatriotas de Mallarmé); les
regala caras trazadas a carbonilla en las que remotas premoniciones cavan
sombras, alargan rasgos, torturan pómulos y ojos.
Dicen, también, que los porteños son amantes fogosos y sombríos; y que se
desayunan con enormes trozos de carne asada y leche fresca. Y manteca.
¿Exageraciones? Bien: París es París. Que se cuiden los bolsillos. Y el alma, si la tienen.
Yo digo que, en mi pueblo, los hombres son altos y duros; las montañas, una
niebla espesa y azul y fría; la guerra, una vieja gimnasia; el honor y la muerte,
sinónimos.
Las putas griegas llegan, puntualmente, los martes de la primera y tercera semana
del mes. El pope, para la absolución del necesario pecado, los jueves.
Ellas se marchan de madrugada; nuestras mujeres, cubiertas sus caras con chales
negros, escupen a su paso, en la nieve. Los hombres tomamos café en las camas que
calentaron sus cuerpos: los labios de las griegas tienen gusto a sal.
Las dibujé, saben, en hojas Waterman. Bocas, pechos, ombligos, los muslos
campesinos. Las dibujé con tres piernas, o echadas como La Maja y un cigarro que
humea en la boca grande y desdentada, o con uno de los nuestros montándola, a lo
torero. Mis amigos, sentados alrededor del fuego, las piernas cruzadas sobre las raídas
alfombras, palparon la textura rugosa del papel con la misma atención y delicadeza con
que palpaban las tetas de las putas griegas. Y dijeron: Tirana. No más que eso dijeron
mis amigos. Son generosos los hombres de Sintari.
Yo había cumplido veinticuatro años. En 1936, llegué a París. Bracque, Matisse,
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Picasso. Fue hace mucho, mucho tiempo.
De pie frente a una lápida de mármol negro, leo: Jordán Misja. 1911-1942.
El hombre que me atiende, dice:
—Nos esperan en Kruia.
Miro las troneras semiderruidas del castillo de Skandeberg; los largos
esqueletos de sus soldados; la nieve en las montañas; la sangre y la muerte y los
alaridos de la interminable pelea desvanecidos en el polvo de papeles frágiles y
amarillentos.
El hombre que me atiende dice que estuvo en Moscú; leyó, dice, los
archivos de Marx. Leyó, dice, que Marx escribió, con su letra casi microscópica,
que sobre las piedras de Kruia, la obstinada locura de un puñado de ilirios
salvó el destino de la civilización europea: el perverso furor del imperio
otomano, escribió Marx, se extinguió en estos desfiladeros, ante estas murallas.
Sonrío, muevo la cabeza, acaso musito que el ocaso de Bizancio, la caída
de la Bastilla, los sonetos dominicales de Borges, la derrota de Firpo a manos de
un Dempsey por quien apostaron los mafiosos, y otros azares aun más atroces
ocurrieron porque la fastuosa espada de Skandeberg resplandeció invicta, un
cuarto de siglo, entre las cimas de un abrupto paisaje llamado Albania.
—No le entiendo —dice el hombre que me acompaña.
—Tomemos algo caliente —digo yo.
La nieve cae, blanda, en la calle que se empina hasta los torreones
cubiertos por un musgo oscuro y viscoso. Entramos a un bar de techo y mesas
bajas y maderas lustradas, y ventanas pequeñas. En un hogar de piedra, crujen
leños encendidos. Las lenguas de fuego, que suben de los leños encendidos, son
similares, pienso, a las que alumbraron (o embellecieron) la fugacidad
aceitunada de los perfiles griegos en los lechos de Sintari, que mi amigo Jordán
dibujó con un laconismo desprovisto de nostalgia.
Viví tres años en París. No recuerdo un solo día de sol. No fue una fiesta para mí.
No smoking, please. Fasten seat belt.
Las azafatas sonríen; los aduaneros sonríen; los policías sonríen; el
caballero pulcro y afeitado que embarcó en Lisboa y se entretuvo con Becket ou
L’honneur de Dïeu, sonríe; la máscara que uso sonríe. Y Tierra de nadie sobre mis
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rodillas. Y París, claro.
Cerca de la terminal de ómnibus, alquilo una pieza de hotel, con desayuno
y sin baño privado. Cuarenta francos por día, mesié.
Una rubia alta, sólida, que tartajea un español elemental, recibe mi valija,
hojea morosamente el pasaporte de tapas duras que le tendí. Se detiene en la
fotografía: alza la vista, me observa, sonríe. Bienvenido a L’Etoile d’Or, mesié.
Ella sube conmigo en el ascensor. Huele a colonia, a jabón perfumado, a
sudor. A hembra de piel curtida. Es un olor que asocio al de una jaula de leones.
En el país que fundó la democracia, esa efusividad de la imaginación está
permitida.
Reviso el pasaporte. La máscara nació el 22 de noviembre de 1938. Y viajó,
para mi gusto, con una frecuencia que me aterra. Las luces del centro no me
atraen: los cafés de Villa Crespo suelen ser acogedores y, algunos, propician la
meditación y la utopía.
¿Argentino? La miro. Ojos grises, labios carnosos, húmedos y
entreabiertos. Argentino. ¿Gaúcho? Argentino, por ahora.
Tercer piso, pieza quince. Ventana a la calle. Algo que se parece a una
alfombra, dos sillas, mesa, una cama matrimonial. Toallas, pileta, bidet.
Usted me necesita, dice la mujer que habla español, toca timbre. Enterado.
Cierra lentamente la puerta del cuarto. Alcanzo a ver sus zapatillas blancas, las
pantorrillas desnudas, las rodillas que asoman debajo del delantal, el comienzo
de los muslos. ¿No gaúcho?, murmura la mujer que habla español, antes de
cerrar la puerta. No, todavía no, le digo. Usted necesita de mí, toca timbre,
sonríe la mujer que habla español.
Enterado. Toco timbre. Enciendo un cigarrillo. Espero.
Conozco eso, dice Jordán. Los hoteles de mala muerte; el frío; el español alucinante
de los porteños; el aire monacal de las parisinas, sus anteojos, sus perfiles duros, sus
miradas que piden suplicio.
Si me preguntan qué espero, quizá responda todo. Quizá no. Todo es una palabra
demasiado ambigua. Soy un albanés del norte; y, por lo que sé, alto, flaco y casi calvo.
Compro queso en la Avenue Victor Hugo. Y vino. Pido café en
L’Argentine. Fumo Chester. Atiendo a los ritos consentidos al turista solitario y
a quien no le atrae, probablemente, la belleza. Camino.
Conozco eso, dice Jordán.
100
Duermo. Es decir: la máscara come queso, fuma, camina, duerme, deja
morir su tiempo.
Anochece. Vuelvo al hotel. Me tiro, vestido, en la cama. Escucho las voces
de unas suecas viejas que retornan de sus exploraciones por París, las cámaras
fotográficas colgadas de los hombros, los ojos líquidos, las mejillas enjutas y
arrugadas.
La alemana está frente a mí. Me agradan los mezclados, dice la mujer que
habla español. Lamento decepcionarla: no soy mestizo (o mulato, para ponerme
a tono: en París son devotos del tropicalismo). La alemana me mira. Llegué aquí
en el cuarenta y cinco; mi hombre era petainista. ¿Usted habla del mariscal
Pétain?, le pregunto, tirado en la cama, mirándola, el cigarrillo que humea entre
mis labios. Sí, dice la mujer que, parada al pie de la cama, suda. ¿Ese señor con
cara de abuelo rural?, pregunto, tirado en la cama, mirándome la punta de los
zapatos. Sí, sonríe la mujer que habla español. No me gustan los abuelos
rurales, confieso, las manos debajo de la nuca. Mi hombre desapareció, suspira
la alemana. ¿Usted se llama Ema?, le pregunto a la mujer que un petainista
abandonó. No, dice la mujer sin hombre. ¿Naná? No. ¿Cómo se llama usted?
Justine, dice la alemana. Gotas de sudor sobre el labio superior de Justine.
Introduce una mano, que arde, debajo de mi camisa. Mezclado, murmura.
Insisto, con algún pesar: nací en Villa Crespo. Su cara pende sobre la mía.
Oscila. Se acerca. Capas geológicas de cold cream, perfumes, succiones en el
cuello de la alemana, en el nacimiento de los pechos, muescas de lenguas de
hierro. Detengo, con mi mano, la enloquecida fuga de sus dedos. Digo: Prefiero
el nombre de Albertine. Ella me sonríe, una rodilla en la colcha de la cama.
¿Albertine?, repite, la sonrisa congelada en los labios carnosos y húmedos.
Digo: Cementerio de Père Lachaise. ¿Père Lachaise?, repite, la alemana, con
algún estupor. No toqué el timbre. La mujer que habla español suda. Huelo su
sudor. Me agradan a mí los mezclados, proclama Justine, arrebatada de un
poblado bávaro por un hijo de la Francia eterna y de un milico con cara de
abuelo rural. Digo: Lo sé. Pero no toqué timbre.
Par nécessité d’HYGIÈNE GÉNÉRALE
nous vous prions de vous
abstenir de Fumer dans le
SERVICE MÉDICAL.
LA DIRECTION GÉNÉRALE
CERTIFICATS INTERNATIONAUX DE
VACCINATION
101
oyorduí, no alcol, no van, ¿uí?
¿Qué soy, además de un turista que dice haber nacido en Villa Crespo?
Les digo que no hubo sol en esos tres años.
Esto es distinto: oscuridad noche y día. Y el olor de mi orina. Ya no me tocan.
Cuando los fascistas abren la puerta, extiendo las manos. Las veo peladas, rojas: las
huellas frías del fuego.
Recojo el plato de sopa; escucho el paso de sus botas que se alejan por el corredor.
Quise ir a España: había gente nuestra en las brigadas internacionales.
Estudiaron mis documentos. No es posible, dijeron. FRONT POPULAIRE.
Si certifica che il signore Jordán Misja, nato a Sintari (Albania) il 18 gennaio
1911 é regolarmente iscritto e frequenta il secondo anno di Pittura di questi R.
Accademia di Belle Arti, per il corrente anno scolastico 1939-40.
Firenze 6 marzo 1940
Accademia di Belle Arti e R. Liceo Artístico — Firenze
Era primavera: los camisas negras se paseaban por las calles de Florencia. El sol
brillaba en los mangos de los puñales que les colgaban de la cintura. Yo mordía sus
aceitunas, tomaba su vino, miraba sus risas, sus dientes blancos. Pensaba en el día que
verteríamos su sangre, en el día que su sangre vertida lavara todas nuestras derrotas.
En Florencia vivió Leonardo. Dibujó caras de burócratas, codiciosas, mezquinas,
crueles. Yo las encontraba en los bares, en las plazas, en los desfiles. Esas caras gritaban
DUCE DUCE DUCE.
Mil quinientos siervos trabajaron en la construcción del castillo de
Gjirokastra, dice el hombre que me acompaña. Cañones de bronce, celdas de
piedra en las que gotea la humedad, pasadizos. Abajo, donde se amansa el
viento, tejas oscurecidas por la lluvia, techos que trepan hacia la montaña.
Lord Byron escribió un poema al castillo de Gjirokastra, dice el hombre
que me acompaña.
Inevitable, digo yo.
102
Lo llamó un navío de piedra, con ochenta y seis bocas de fuego, encallado
en la piedra, dice el hombre que me acompaña. Cantó a las mujeres que se
arrojaban de las murallas de la fortaleza al vacío, para preservar su castidad de
los ultrajes de la horda turca.
Los fuegos sacros del romanticismo, la virginidad como uno de los
nombres del patriotismo, la belleza como ideal estético: carga del hombre
blanco y solo, dijo Kipling, si Kipling dijo eso. Acaso fue Fierro, después de
achurar al Negro.
Se siente mal, pregunta el hombre que me acompaña.
Almorcemos, digo yo.
Subimos en auto, hasta las primeras estribaciones del Dajti. La nieve es
una aureola opaca en su pico; y cruje sordamente bajo la suela de nuestros
zapatos. Abedules. Ovejas. Olivos. Viejas vestidas de negro. Pavese.
Entramos a un refugio de piedra y vidrio. Tomemos una copa, dice el
hombre que me acompaña. Nos sentamos a una mesa, en una sala larga y fría.
En la radio con forma de cúpula, posada sobre el mostrador, suena un vals
vienés.
Soldados con las cabezas rapadas, capotes toscos y verdosos, y botas de
mujiks rusos, alzan sus vasos y cruzan brindis con nosotros. Pedimos una
segunda botella de raki.
El hombre que me acompaña habla de sus viajes: Moscú, Tokio, Bruselas,
Londres, Roma.
Brindemos por Julio Verne, digo yo.
El hombre que me acompaña se ríe. Oh, tuve suerte.
Brindemos por la suerte, en la que no creo.
Estoy vivo gracias a mi abuela.
Brindemos por las abuelas.
Por ellas, dice el hombre que me acompaña. Los soldados nos miran beber.
Llenan sus vasos y los alzan, y alzan sus birretes, y aplauden. El raki no necesita
traductores.
Nos sirven porotos, cebolla de verdeo, papas y carne frita. Y un pan
moreno y esponjoso. Vaciamos la segunda botella de raki.
Mi padre era agente de correos, dice el hombre que me acompaña.
Interceptaba los mensajes telegráficos de los fascistas y caminaba ochenta
kilómetros, en la nieve, para entregarlos a un camarada. Nunca vio la cara del
camarada que los recibía. Lo descubrieron. Pudo escapar. Usted sabe: los
italianos no mataban a los chicos y a las mujeres; prendían fuego a las casas. Y
cuando se retiraban, envueltos en el humo del incendio, tosían: Scusi.
Los nazis eran otra cosa. Entraron a mi aldea, revisaron escrupulosamente
103
cada casa —usted sabe: Prusia es una escuela de disciplina mental— y
dispararon sus metralletas. Hirieron a la abuela en las rodillas; ella cayó sobre
mí y me salvó la vida. Yo tenía nueve meses. Hoy, treinta y dos años.
Brindemos por las abuelas, esas madres por delegación.
Brindemos por las deudas que no se pagan nunca, dice el hombre que me
acompaña.
Salud, y levanto mi vaso. Y, ahora, brindemos por las deudas que no se
cobran nunca.
Nos levantamos de la mesa; las piernas me responden: el raki fue tolerante
conmigo.
En el auto que nos lleva a Tirana, escucho que el hombre que me
acompaña dice que su doctorado en letras lo obtuvo con una tesis acerca de los
cuentos de Hemingway. De la estructura de sus diálogos. Recuerde que mi
padre sabía mucho de teléfonos, ríe el hombre que me acompaña.
Okey, respondo. Quizá me caiga bien una dieta de yogur.
Siete días, sin interrupción, recorrí ese barrio, cuidándome de no pasar, dos veces,
por la misma calle; cambiándome de ropa; con anteojos o sin ellos; por la tarde; por la
noche; en las primeras horas de la mañana; a veces, en compañía de una muchacha.
Probablemente, la mayor parte de ustedes conoce el barrio y mi descripción les
parecerá ociosa. Pero es muy poco lo que hago aquí: el tiempo es una oscuridad tibia e
infinita que se deshace como un puñado de arena cuando abren la puerta de la celda para
alcanzarme la comida. Después, sus botas golpean en el piso de piedra del corredor.
Después, escucho gritos. Y gemidos, también.
El barrio es de gente pobre; y las calles son estrechas, circulares, laberínticas; y las
casas, de tejas rojas y paredes de ladrillos. Desde cualquier patio interior, se alcanza a
ver el minarete de la mezquita que se levanta en la plaza central de la ciudad. Las
mujeres, saben, recogían los últimos caquis maduros.
Llovía en Tirana. Una lluvia de otoño, espesa y fría. Yo regresaba a mi pieza y me
sacaba los zapatos, colgaba el impermeable, me sentaba en la cama. Anotaba en papel de
cigarrillos lo que era importante, abría los postigos, encendía la lámpara, calentaba el
café. Les hablo, ahora, de mi pieza: tres metros por tres. Y yo la recorría de la puerta a la
cama (pensé que tendría que cambiar la cama de lugar: si llegaban los fascistas, me
matarían antes de que pudiese alcanzar la pistola, que siempre dejaba bajo la almohada
al volver de mis exploraciones —permítanme que las llame así— por el barrio. Es que
caminaba despacio, como un enfermo, para retener en mi memoria aquello que pudiese
sernos útil en cualquier circunstancia). La cama, les digo; la mesa con el hornillo donde
calentaba el café; la cafetera; un pedazo de pan; mis zapatos embarrados, ahí, en el piso
104
de tablas blancas y lavadas; el impermeable que goteaba; la pistola bajo la almohada; mis
cuadros y una reproducción de LA RONDE DE NUIT. La lluvia caía, gris e
interminable, en la calle; y yo movía los dedos de los pies en las medias húmedas, y
tomaba café. No sé por qué les cuento esto, pero quiero que lo sepan.
Examiné la reproducción largo rato. Blanco. Negro. Sombras. Espadas. Bigotes.
Esas barbas, el asombro en unos ojos y la falta de curiosidad en otros, las caras color
harina. Ustedes entienden: yo me sentía en paz. La casa que elegí era buena, la mejor
que nunca hayamos usado; el arma estaba a dos pasos de mi mano; y Rembrandt hablaba
para mí, un albanés del norte. Denle un nombre a todo eso. Y acierten: las palabras son
opacas. O dicen aquello que no se lee o desaparecen.
La reproducción me la regaló un argentino. Lo encontré en la embajada de la
República española, por 1937, en París. El argentino bailó un tango; y yo, una danza
guerrera, de las nuestras. Me invitó a tomar una copa, me contó algunas fábulas de su
increíble país y, de pronto, gritó: “Esperame”. Se levantó, cruzó la calle, la tarde helada,
y compró la reproducción. “Me llamo Raúl González Tuñón”, dijo el argentino. “Y voy
a Madrid, con Vittorio Codovilla... ¿Lo conocés?” “¿Quién es?”, pregunté, mirando mi
copa vacía. “Tomate otro trago”, invitó el hombre de pelo aplastado. “Quién es”, volví a
preguntar. El alcohol me daba sueño; y en la embajada apenas si alcancé a pellizcar un
par de galletitas saladas. “Codovilla”, dijo el argentino, abriendo los brazos y echándose
a reír. Me resultó imposible seguir el curso de su pensamiento. Los argentinos, en
compañía, son brillantes; chisporrotean como un buen champán. Él no dejaba de repetir:
“Lo destinaron al servicio de ambulancias”. Me quedé mudo, con la cara, supongo, de
un perfecto idiota, sin comprender el sentido de su maldita risa. Pero allí estaba el
tanguero, que me pagaba las copas, que recitaba a Villon, y que se largaba a reír, como
un loco, cuando mencionaba el servicio de ambulancias.
Voy a morir: no es fácil decirlo.
Me curan en silencio. Las pomadas resbalan sobre mis brazos, cara, hombros. Los
guardianes bajan la vista; la perplejidad les come los labios. Pero, bruscamente, como si
salieran de un sueño, me empujan, me golpean. Para ellos, Jordán Misja es un animal
desconocido. Les está vedado, para siempre, descubrir la fauna a la que pertenezco. Son
fascistas: ustedes entienden.
La cosa es que llovía. Noviembre, y en Tirana. A. se sentó en un extremo de la
mesa.
Todo bien, preguntó A.
Todo bien, contesté.
Los camaradas removieron sus papeles, se echaron atrás en las sillas, y esperaron.
Hablé bajo y despacio, para que no se les escapara una sola palabra. Y sentí frío. Alguien
acercó unos carbones a la estufa; alguien me acercó un vaso de raki y yo lo alcé por
encima de mi cabeza, y dije salud. Y A., antes de vaciar el suyo, por la victoria.
105
En la calle, les informé, tenemos gente que vigila.
Saben para qué están, preguntó M. Ustedes conocen a M.: fue, de los nuestros,
uno de los pocos que combatieron en España.
Saben matar, dije.
Tenemos gente, dije, en las casas que dan a la salida y a la entrada de la calle. Y
frente a la QUESTURA... En cuanto a la casa: si los fascistas alcanzan el patio, los
haremos pedazos. Contamos con dos ametralladoras y una caja de granadas... En cuanto
a la retirada: salten por esa pared y corran hasta aquel galpón. De ahí en diez minutos,
los sacarán del barrio.
Pongámonos a trabajar, dijo A.
Recorro la casa; subo al primer piso; me detengo frente a las vitrinas que
guardan las anotaciones de los que cayeron en combate (y que la policía de la
Questura recogió prolijamente). Miro sus sacos, sus bufandas y sobretodos
rasgados, hace treinta años, por las balas de la Sigurezza, sus fotos, sus
silenciosos relojes. Contemplo esas caras, la seca geometría de esas mandíbulas,
esas cabezas de huesos duros y carnes magras, beduinas, calabresas,
peninsulares. Y a A., solo en otra foto, el sombrero de ala ancha en la mano,
elegante aún, que evoca vagamente —¿por el impermeable?, ¿por los ojos?, ¿por
los labios que envejecen, pálidos y crueles?— al Sam Spade de Bogart en El
halcón maltés.
SI DESEA PAZ PARA SU FAMILIA,
SEGURIDAD Y EL BIEN DEL PAÍS
¡COLABORE!
HABLE, NO TEMA A LOS DEMONIOS
DE LA NOCHE
Oberkommando
El hombre entró a la celda. Revisó mis manos y mi cuello, y muy lenta y
claramente dejó caer, en mi oído, las palabras intraducibles que, ustedes saben, sólo a
unos pocos les fueron confiadas. Después, el hombre que entró a la celda dijo que se
llamaba Antonio. Y luego: Vendré por la noche, a buscar sus papeles. ¿Desea algo?
¿Qué desea un combatiente condenado a muerte? ¿El milagro imposible? ¿La
libertad? ¿Palpar con los ojos la luz de la victoria? ¿Las tetas de una griega? Le pedí
cerveza.
El hombre de los cristales gruesos se volvió hacia los guardias parados en la puerta
106
de la celda y dijo, en voz alta:
—Está curado.
—De aquí, de Korcha, salieron cinco mil hombres para las brigadas
partisanas —me dice Mihalach—. Jordán estuvo con nosotros, dos meses: enero
y febrero del 42. No teníamos mantas ni borceguíes. Veinticinco grados bajo
cero. Odiábamos al frío tanto como a los fascistas... ¿Más café?
—Sí.
—Entonces, más tocino y más huevos. ¿Te gusta el Tokai?
—Me gusta.
Mihalach vacía, sin apuro, su copa de Tokai de cada mañana. Mihalach es
alto y ágil y más gordo de lo que se podía esperar de alguien que fue alumno
del liceo francés de Korcha. Mihalach se pasa la lengua por los labios y vuelve a
llenar su copa. Mira el vino dorado en su copa y suspira:
—Este es un país que le arrebatamos al sentido común... ¿Nos
entendemos?
—Sí.
—Que entiendas qué es el sentido común me alegra. ¿Puedo preguntarte
qué haces aquí?
—No.
—Yo tomo una copa de Tokai en el desayuno. Una sola, porteño. Hoy,
dos. ¿Funcionó tu ducha?
—Funcionó. Y usé un jabón marca Venus. Y escuché, por radio Tirana,
czardas húngaras.
—Quizá nieve —musita Mihalach, de cara a la ventana.
—Se te enfría el café, Mihalach.
Hay, aseguran los estadísticos, diez mil argentinos en París. Unos
descifran el destino. Otros leen, solidarios, a Cortázar. Otros planean sus
vacaciones en Italia. O en Rumania, por Ovidio. Otros coleccionan paquetes de
yerba. Otros descubren, en facultades de provincia, las aporías y la
hermenéutica que proliferan en El Aleph. Pulen sus coartadas; y van en coche al
muere. Y en este invierno (y en el anterior, y en los que vendrán) se desplazan
en la niebla y en la lluvia para escuchar, como los adictos a un rito secreto, una
voz que les aprieta el corazón: la de Gardel. Además, los espectros copulan.
Visito a un italiano. Por afinidad latina. Rue Cujas, sexto piso.
Sonno Vani, piacere. Discúlpame que me presente así, pero hoy salgo para
Roma. Me acaban de nombrar profesor de sociología. Por vida, mi querido...
¿Una copa? ¿Pronuncio bien el castellano? ¿Como los personajes de Onetti? Qué
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me dices... ¿Conoces a Sara? Una mujer comme il faut... Por vida: no es para
reírse. Si pasas por Italia, búscame. Puedo lograr que coloques reportajes,
artículos, en Paese Sera... Sírvete, sírvete, querido: Sara es hospitalaria,
¿comprendes? Vamos a lo de Cecilia, una muchacha formidable. Se separó de
Sigal... No te pregunto nada. Nos vemos en Aerolíneas, bene?
Me levanto el cuello del impermeable. Verano en Buenos Aires, enero en
París: eso es todo. Arco de Triunfo. Barreras. Un escuadrón de coraceros —
caballos blancos y grises, cascos dorados, penachos— escolta un auto negro. Las
banderas restallan sobre la calle húmeda, sobre caras fofas y laxas, sobre el
pulcro galope de la antigua gloria, sobre piedras funerarias.
Vani me habló de vos. El departamento es un desastre: la muchacha se
enfermó... Nene, el señor es amigo de mami. Me tiene loca este chico, creéme. Se
vuelve histérico cuando recibo un amigo... Pasá a las ocho y media y te presento
a Claude. Es fantástico. Tiene un perro ovejero; no paga los impuestos. El nene
duerme a esa hora.
Hombres no faltaban; faltaban balas, dice Mihalach. A los nazis no los
fusilen, dispuso Mehmet. Mátenlos a cuchillo. Y a los colaboracionistas.
Fui alumno de francés en el liceo de Korcha, dice Mihalach. Tenía 19 años
en 1941; Jordán, 30. Caminábamos en la nieve sin borceguíes, sin mantas.
Aprendimos a usar el cuchillo, a carnearlos. Pero antes de entrar en combate,
nos besábamos en las mejillas, a la vieja usanza.
Marx definió el imperio otomano como el más grande estado feudal y
militar que jamás se haya conocido. Y elogió a los albaneses por haber salvado a
la civilización europea; porque contribuimos a que no se detuviera el avance de
la burguesía. Y Venecia, esa ciudad fenicia, estaba detrás de los turcos, los
financiaba con su oro. Nosotros, aquella noche de noviembre, en la casa que
eligió Jordán, cantamos, mirándonos a los ojos, joven guardia, joven guardia / no
le des paz ni cuartel / paz ni cuartel. Y dijimos: muerte a Venecia. ¿Crees que
cumplimos?
Yo también miro caer la nieve. Digo:
—El yogur, Mihalach, calma los escozores del corazón.
Volví a Tirana en marzo del 42. Con Branko Cadia y Perlat Rexhepi instalamos la
imprenta clandestina más grande y potente de que se tenga memoria en la historia de
Albania. No presumo: estoy muy lejos de pedirle clemencia a la eternidad. Branko y
108
Perlat eligieron la casa; no tenían más de veinte años. Me gustaron: hablaban lo
necesario. Perlat era un buen carpintero; y Branko parecía carecer de nervios.
El 21 de junio tuvimos una larga reunión. Recuerdo que comenzó a las ocho de la
noche. Hacía calor. Yo bajé al patio y regresé con unas botellas de cerveza que puse a
enfriar en un pozo de agua. Cadia dio cuenta de la formación de cinco grupos de
combate. Recuerdo que Cadia se marchó, que quemamos algunas anotaciones, que la
cerveza estaba tibia.
Perlat y yo nos dormimos vestidos. Aún era de noche cuando Branko, que había
regresado, me despertó. Shefjet, dijo. Perlat preguntó si no había más cerveza. Recuerdo,
no sé por qué, que tenía unas manos grandes, de dedos aplanados. Le dije que no. Agua,
entonces, dijo Perlat.
Están rodeados, gritaron los fascistas. Creí, por un segundo, que yo era un señor a
quien su mujer le calza las pantuflas para que lea, cómodo, ese grito, en su sillón
favorito: la policía, los fascistas, da lo mismo, siempre son redundantes. Branko disparó
una ráfaga de ametralladora. Luego amaneció; y luego salió el sol. Branko fue el primero
en caer. Perlat me acercó un paquete de cigarrillos. Quedan dos, dijo.
Ahora o después, pregunté.
Perlat sonrió. Ahora, Jordán. Ahora. Traen aviones.
Mataron a Perlat, después del mediodía. La casa comenzó a arder: arrojaban, desde
el aire, bombas incendiarias. El fuego me alcanzó. Durante unos instantes no sentí
nada; con algún asombro contemplé una víbora roja que subía por mis brazos, mis
piernas, el vientre.
Las armas se me cayeron de las manos. Corrí hasta el pozo de agua. Eso es lo que
recuerdo.
VIVE FLINS SOCHAUX 68
BATTIPAGLIA — CÓRDOBA 69
le combat continue
Trabajé, becado, en Kaiser-Renault. Gente magnifica, ¿se dice así? Bien:
magnífica. Estuve en los talleres de montaje. ¿Leche o vino? Vino: bien... Te
presento a Denise: le gusta el mate... ¿Estás cómodo? ¿Fumas? Bien... Me agradó
Córdoba. Es una ciudad, ¿cómo se dice?... ¿Necesitas un lugar para dormir? No
tenemos comodidades, pero Denise y yo... ¿No? ¿Estás seguro? Bien.
El hombre que dijo llamarse Antonio viene a buscar los papeles.
Busquen a Shefjet: nos delató.
109
Tardamos seis meses en dar con Shefjet, atestigua Mihalach.
Toco, con la punta de los dedos, las camas en las que yacieron Perlat y
Branko, sus escasas ropas, sus armas oxidadas. Descifro los volantes que se
imprimían en un mimeógrafo abominable. Repaso las paredes cribadas a
balazos; me siento en la mecedora que perteneció a Jordán.
Los padres de la patria, los que iban a salvar el país, nos llamaban
chiquilines descarriados. Chiquilines, Branko y Perlat. La edad promedio de los
combatientes, en 1942, iba de 17 a 22 años. Sobre esa casa pasaron treinta años.
Sobre nosotros, también.
Hoy, tenemos canas, várices, diabetes, presión arterial, taquicardia, dice
Mihalach, que ya no ríe, que se mira las manos apoyadas en las rodillas,
sentado a la mesa, la copa de vino vacía. Subimos, adolescentes, a las montañas;
cantábamos al porvenir, no a la muerte, no a la derrota. Te voy a decir algo —
Mihalach, pensativo, levanta un dedo—: los poetas mienten. La muerte no es
Juana de Arco, a caballo, hermosa y blanca. La muerte es sucia. Huele a pozo
negro y a la orina de los buitres. A eso. Y a eso dimos la cara. Y cuando
bajamos, victoriosos, de aquellas piedras —¿las ves?—, la gordura,
sigilosamente, casi sin que nos diéramos cuenta, nos desfiguró. Qué tristeza,
argentino.
Ahorcaron a Jordán, dice el hombre que me acompaña. El 23 de julio de
1942. Por la noche. En la plaza central.
Pero ya unas horas antes de ese éxito defensivo —comenta Heinz Schröter,
relator oficial del VI Ejército del III Reich—, el espíritu de resistencia en Stalingrado
parecía brotar literalmente de la tierra. En las pocas fábricas que aún quedaban en pie se
desplegaba una actividad febril para soldar los últimos tanques, la población iniciaba los
arsenales, se pertrechaba a quien era capaz de manejar un arma. Navegantes del Volga,
marinos obreros de las fábricas de armamentos, adolescentes, todos respondían a la señal
de alarma proclamando la inminencia del peligro, a los alaridos de las sirenas de las
fábricas y a las exhortaciones de carteles murales y llamamientos radiales. Los
trabajadores acudían por millares a los puntos de concentración, donde se les entregaban
armas y se los despachaba sin demora al frente Norte.
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En un parque cercano al Instituto de Química dejo de ser el otro. Recobro
mis papeles, mi fecha de nacimiento, mi edad, mi nombre: las legalidades de un
accidente.
Contemplo mi cara en el pasaporte del otro, que una mujer borra
lentamente. La mujer, sin levantar la cabeza, dice que el papel de la fotografía es
excelente, y que, por eso, es fácil cambiar una cara por otra. Dice que, recobrada
mi identidad, pasee por Zurich. Dice que, en Zurich, cada cual atiende su juego.
Zurigo piace per cosi dire a tutti: a James Joyce piaceva qui il vino, a Goethe il
paesaggio, a Lenin il buon funzionamento della Biblioteca centrale, a Benedetto Croce
l’Ospitalitá, a Paul Valéry, la libertà della conversazione, a Wagner la bella signora
Wesendock ed a Rilke il sapone. Pare proprio che il nostro ambiente sia molto ispiratore,
specialmente per i non zurighesi. Quello che hanno scritto in questa città, Einstein,
Jung, Le Corbusier e il sunominato Lenin, ha fatto gran chiasso altrove.
Gli zurighesi, però, considerano tutti i loro ospiti con la modesima riservata
simpatía. Non abbiamo corone di alloro per i geni, né patiboli per gli “eretici”. Ognuno
puo costruirsi in pace il proprio paradiso.
Mihalach vuelve a la ventana, mira la nieve que cae sobre los árboles
negros, enciende un cigarrillo y murmura, de espaldas a mí:
—Quien escribe vive en estado de insensatez. Quien hace la revolución,
también.
Digo, porteño, que los hombres que vencieron en Valmy cambiaron el
mundo. Digo, argentino, que ningún libro —ni la Odisea, ni la Biblia, ni el
Quijote, ni el Qué hacer— evitó Auschwitz.
Antonio dijo no sufrirá. Relájese. El cuerpo flojo. Eso me recomendó Antonio.
Gracias, COMPAGNO Antonio. Dígales que quiero patear la silla o lo que sea que
pongan bajo mis pies.
Pide, dice Antonio al jefe de la guardia, patear la silla o lo que sea que se ponga
bajo sus pies.
SCUSI, dice el jefe de la guardia. NON CAPISCO.
No comprende, dice Antonio y me sonríe.
Por favor, explíqueles. Sea paciente y explíqueles.
En Zurich todo es inmaculadamente limpio. Y ordenado. No se grita en
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Zurich, no se gesticula; los relojes no atrasan ni adelantan. No se tiran los
puchos a la calle. El agua de los canales es verdosa, clara, y se distingue el fondo
de piedra. Los patos se deslizan por el agua con una arrogancia imperturbable.
Las muchachas que le sirven cerveza a uno susurran danke, o algo así, y no
molestan, y son rápidas, exactas para dar el vuelto, proporcionar una
información, atender los pedidos. Y sonríen, discretas, rubias, lechosas,
eficientes. Y si uno, por hábito, por esas analogías extravagantes en las que
incurre el recuerdo de lecturas apresuradas, evoca a Mrs. Bloom —por cuyas
venas, está escrito, corría sangre judía, irlandesa y española—, termina por creer
que lo sirven vírgenes algo excedidas de peso. Pero cualquiera de los dos —yo,
que supe, de boca de un viejo tejedor, cuánto se paga por una apuesta y cuánto
por un silencio, y el otro (¿el otro?), que transita con una cara prestada— que
introduzca un par de francos en una máquina tragamonedas, de ésas que se
repiten, cada cuadra, por la Militar Strasse, puede adquirir un paquete de Kent
o un librito cuyo título fascinaría al marido de Mrs. Bloom: 268 formas distintas
de hacer el amor.
Terminaron por aceptar que patee lo que sea pongan debajo de mis pies. ¿No es
bueno eso?
Miro los dibujos de Jordán, expuestos en una vitrina de vidrio. Son pocos:
caras de bebés mofletudos, de chicos desnudos y sonrientes, de abuelas
desdentadas y pícaras. Miro la fotografía de su ejecución, que un oficial de
Mussolini depositó en los archivos de la Sigurezza. Tres postes, un travesaño,
una silla. Jordán, de pie en un tablado, alto y flaco, con una soga al cuello,
desprovisto de papeles identificatorios, casi calvo, afeitado, sin un cigarrillo en
la boca, tiene las manos atadas a la espalda.
Adiós y hasta pronto, Jordán.
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La lenta velocidad del coraje
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La lenta velocidad del coraje
Tomás abrió los ojos, cansado. Sonia estaba sentada, recto el busto, en el
borde de la cama. Tomás, tapado por una colcha vieja y grisácea, encogidas las
piernas bajo una sábana áspera y la colcha vieja y grisácea, miró la luz que
dejaba filtrar el vidrio de la ventana. Aún ardía la lámpara que encendían, por
la noche, en el frente de la casa, poco antes de acostarse. Pero las pequeñas hojas
del árbol que rozaban el vidrio de la ventana ya no eran doradas.
De noche, cuando Sonia le daba la espalda, y las plantas suaves de sus pies
le recorrían las piernas, y sus caderas anchas y elásticas, le acercaban una
calidez que lo turbaba, él cruzaba los brazos bajo la nuca, y contemplaba, por el
vidrio de la ventana, el silencio y la paz de la noche, y cómo la luz de la lámpara
que acababan de encender encima de la puerta de la casa, doraba las pequeñas,
ovaladas hojas del árbol que, de día, recobraban los intensos verdes del verano.
Tomás, quieto en la cama, estiradas las piernas, el corazón en calma,
anhelaba, por un largo, desolado instante, que la noche no terminara, que el
silencio y la paz de la noche no se extinguieran.
De a poco, imperceptiblemente, la ansiedad lacerante del ruego
comenzaba a ceder, y él, quizá, sonreía en la oscuridad y la tibieza del
dormitorio y la noche.
Con la sonrisa, olvidada, quizá, en sus labios, Tomás giraba su cuerpo, con
lentitud, con rigidez, hacia la oscura curva que separaba las nalgas de su mujer,
ésa que ella le permitía acariciar con los dedos, si él untaba los dedos con una
crema recomendada para rectal thermometers, enemas, and douches.
Tomás escuchaba, el corazón latiéndole sordamente en las venas, la noche
como un espejo opaco e infinito e incesante, un chasquido de succión, allá abajo,
bajo el peso leve de la sábana y la colcha vieja y grisácea, inaudible el chasquido
de succión para nadie que no fuese él, que no podía llorar.
Pero, ahora, los ojos abiertos, escuchó a Sonia que, sentada en el borde de
la cama, decía, con una voz que era irrefutable y, también, imperiosa, que el
parquero se le había insolentado; y decía, la voz modelada por una vaga, difusa
e irrefutable exigencia, que ella solicitó al parquero que renovase el agua de la
pileta de natación, y que el parquero le contestó que lo haría cuando lo creyese
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conveniente. Y que ella insistió, pese al desplante del parquero: ¿no pagaron,
acaso, el alquiler de la casa a un italiano mentiroso y basto y, a su modo, astuto,
un plus por el mantenimiento del parque, de la casa, de la pileta de natación,
del césped, de los árboles, y de las flores? ¿Se suponía que uno debía aceptar, en
silencio, las zafadurías de un mocoso que no guardaba el debido respeto?
Sonia acarició las mejillas de Tomás —mano tibia deslizándose por áspera
barba del hombre que yace boca arriba, los ojos abiertos—, y pidió, a Tomás,
que la disculpase por despertarlo, pero era fastidioso tropezar con tanto
guarango suelto. Y Sonia le besó los párpados, y salió al parque, y montó en
una bicicleta, que se incluyó en el alquiler de la casaquinta y sus comodidades.
Tomás, de pie contra la ventana del dormitorio, miró pedalear a Sonia, los
muslos compactos moviéndose arriba y abajo en el lustroso asiento de la
bicicleta, y la bolsa de las compras colgando del manubrio de la bicicleta.
Tomás se cepilló los dientes, se afeitó, se lavó la cara, y lo que pensaba,
fuera lo que fuese, refluyó.
Tomás entró en la cocina, y vio la taza vacía de Sonia, en la mesa de la
vasta y silenciosa cocina, y débiles manchas de la pintura de los labios de Sonia
en los bordes de la taza. Se sirvió café, en la taza de Sonia, de un termo ancho y
de color rojo. Mordisqueó una tostada, y enjuagó la taza.
En la sala de estar, se hundió en un sillón de cuero. Miró sus pies, las
ojotas que calzaban sus pies, y miró sus piernas flacas y sus rodillas huesudas, y
la profusión de venas violáceas, breves, que se esparcían por la escasa carne de
sus muslos.
Vio que el hogar de la chimenea estaba limpio de cenizas, que las piedras
del hogar estaban ennegrecidas por el fuego, y que había cinco o seis rollizos de
leña apilados al pie del hogar de la chimenea. Vio una fotografía de Aldo
Salvitti, el propietario de la casaquinta, con su madre calabresa sentada en el
suelo, vestida de negro, gorda, la boca entreabierta como si jadease; y dos críos
de Salvitti, uno a cada lado de la abuela calabresa, las caras retorcidas por
muecas de monos idiotizados. Y vio a la mujer de Salvitti, flaca, lisa, sin pechos,
y de cabello pajizo, alejada del grupo familiar, casi fuera de foco. Los cuchillos
yacían en la repisa del hogar de la chimenea.
Tomás empuñó los cuchillos: uno era un cuchillo de carnicero, de hoja
ancha y mango de madera negra; el otro, una daga de mango de hueso y hoja
curva y brillante, que le regaló un cliente de su estudio de abogado.
Los cuchillos estaban afilados. Y eran suyos. Él los afilaba, en la mesada
del quincho, a la hora de preparar el asado.
Mojaba, con unas gotas de agua, la piedra de afilar, a la hora del asado, y
pasaba el filo de los cuchillos por la superficie de la piedra de afilar,
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rectangular, gris oscura, con movimientos lentos y precisos. Y era bueno y
paciente para eso. Y era bueno y paciente en la preparación del fuego; y era
cuidadoso en la limpieza de la parrilla, la distribución de los trozos de carbón,
del papel necesario para encender el fuego, y de las cortas ramas secas, finas y
quebradizas, que recogía en el parque de la casaquinta, y que ardían con un
ruido breve y como lejano. Salaba y aderezaba la carne, con tiempo, y la cubría
con una servilleta, blanca y angosta. Y contemplaba, en mañanas de lluvia o de
sol, el esplendor de las lenguas del fuego, azuladas, amarillentas, que lamían los
hierros de la parrilla. Y eso era bueno para él, que era bueno y paciente para
elegir el tamaño de los carbones, y limpiar los ajíes morrones, rojos y verdes, y
asarlos junto a la carne salada y jugosa. Y servir carne y ajíes morrones, ya
asados, en el punto exacto de su sabor. Y esa muda ceremonia le proporcionaba
una serenidad que nada ni nadie era capaz de darle.
Tomás volvió a sentarse en el sillón de cuero de la sala de estar, un
cuchillo en cada mano, las manos cerradas en las empuñaduras de los cuchillos.
Y miró las hojas de los cuchillos. Y las miró.
No quiso responder a los interrogantes que levantaban las hojas pálidas de
esos cuchillos. ¿Hablaban del abogado inteligente, y hasta culto, cuyos trabajos
fueron mencionados en alguna memoria judicial por su fuerza argumental y la
elegancia y causticidad de su escritura? ¿Le diría eso al joven y hermoso
parquero, el muchacho alto que vestía bermudas deshilachadas y una camisa
sin mangas sobre los músculos perfectos del torso?
¿Le diría que él se consideraba un hombre maduro y comprensivo y sin
ilusiones, y que veneró a una mujer que, sin quejas, supo costearle la carrera
universitaria, y fue la más exquisita, atenta y sutil confidente que hombre
alguno haya tenido jamás?
¿Le diría que esa mujer, esa mujer que fue su madre, tuvo la inigualable
generosidad de morir cuando él se casó con Sonia?
¿Le diría que la pena y el duelo por esa muerte, que fue el último tributo
que su madre rindió a una crianza y a una relación devotas, sin reproches
mezquinos, proseguirían en él mientras él viviera?
¿Diría eso con una voz reflexiva, fatigada, sabia, como si no tuviera a ese
muchacho alto e impasible a su lado?
¿Detendría el muchacho de músculos lisos y alargados y bermudas
deshilachadas sus grandes zancadas, y la máquina de cortar césped, que llevaba
de una punta a otra del parque de la casaquinta, y reconocería, como
deslumbrado, el sombrío valor de las palabras que él cuchicheaba en el silencio
de la sala de estar, los labios sellados, en una mañana de sol?
¿Desaparecería de la cara del muchacho de bermudas deshilachadas —
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tocado por la comprensión de las palabras que él emitiría en un tono de
evocación— esa impasibilidad arrogante?
¿Iluminaría los ojos del muchacho alto y hermoso el amor desgarrado de
Tomás a su madre?
Tomás, sentado en el sillón de cuero de la sala de estar, hundió el filo de la
daga de mango de hueso en la carne del pulgar de su mano izquierda. El filo
cortó. Tomás exhaló un silbido de dolor. Llevó el pulgar a su boca, y chupó la
sangre que brotaba, rápida y roja. Tomás se puso de pie. Abrió las piernas. El
filo de los cuchillos, que sus manos empuñaban, apuntaba hacia el techo de la
sala de estar.
Tomás miró su cuerpo. Y se despreció. El muchacho alto y hermoso e
impasible no entendería que un hombre flaco y sin músculos, y a quien la
violencia le aplanaba las tripas y reducía a una callada mansedumbre, arrojase
sobre él palabras y pausas y silencios forjados por esa obscenidad que nace con
uno, y que se llama miedo.
Pero Sonia, esa mañana, le contó con una voz cargada de vagas exigencias
que Tomás debía develar y satisfacer, que el joven y alto parquero se le había
insolentado. Y se lo decía a él, que sólo buscaba que ella aprobase, gozosa, cómo
él develaba y satisfacía sus exigencias, sus vagas e insaciables exigencias.
Tomás Bruck se sentaba, esos días de verano, a la puerta de su casa, con
un diario sobre las rodillas. Se sentaba y esperaba.
Cuando el sol cubría los verdes del parque, Tomás prendía los fuegos del
asado, y afilaba los cuchillos, y los carbones no demoraban en ser brasas, y
Sonia nadaba en la pileta, la malla negra, enteriza, marcándole las suaves
curvas de los pechos y del vientre.
Tomás la miraba nadar, lenta, de cara al cielo, los ojos cerrados. ¿Era esa
mujer, que cortaba el agua azul de la pileta, ajena al mundo, la misma que,
algunas noches, reptaba sobre él, en la cama del dormitorio, y aplicaba labios y
lengua sobre las tetillas de él, y él, complacido con la tortura, suplicaba que la
tortura no terminase, que ella no apartara labios y lengua y saliva ácida de sus
tetillas, y ella, entonces, le apretaba el pene, y él gritaba a la noche, y ella,
distante, labios, lengua, saliva ácida aplicados a su piel, musitaba que él no se
moviera, que ella no había terminado, y que se diera vuelta, que ella lo
montaría.
Tomás quedaba boca abajo en la cama, y ella hacía lo suyo, y Tomás
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rezaba O good Lord, en el idioma de sus padres.
Una mañana, el joven y alto muchacho de las bermudas deshilachadas
cruzó, a grandes zancadas, el parque de la quinta, abrió la puerta del cuartucho
en el que se guardaba la máquina de cortar césped, la sacó del cuartucho y la
puso en marcha.
Tomás, sentado bajo el alero de la casa, un diario sobre las rodillas, esperó.
El cable, que trasmitía energía eléctrica a la máquina de cortar césped, se
extendió hasta detrás del frente de la casa. Tomás saltó hacia adelante y
desenchufó el cable, y volvió a sentarse.
El joven parquero caminó, impasible, hasta la pieza en la que se guardaba
la máquina de cortar césped. Y Tomás, que empuñaba los dos cuchillos, los filos
dirigidos hacia el cielo, plantó los talones de sus pies en el umbral del cuartucho
en el que se guardaba la máquina de cortar césped, y le dijo al muchacho que
vestía bermudas deshilachadas que girase de cara a la pared, y que escuchara,
quieto, sin moverse, lo que iba a decirle.
El muchacho se propuso, tal vez, obedecer la orden que le impartió
Tomás, un hombre al que vio flaco, y menudo, y con la boca entreabierta. El
muchacho trató, quebrado su ensimismamiento, de ganar tiempo, tal vez, y
organizar las complicidades que se le pedían.
El muchacho, al iniciar el giro para darle la espalda al hombre flaco y
menudo, tropezó con un desnivel del piso de ese estrecho cubículo, o con un
listón de madera que, a la altura de su cuello, servía para sostener una parva de
zapatillas que olían a goma podrida, bidones vacíos de gas oil y herramientas
enmohecidas.
Tomás, cuya cara invadía el espanto, sospechó que el muchacho se le
venía encima y procuró detenerlo, y movió los brazos hacia adelante. Los
cuchillos centellearon en la mañana de verano.
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Eso es lo que vale
En noches como ésta, me consuela la dulce palabra alemana.
En noches como ésta, Donven y Margareta, y yo, cenábamos tarde en el
comedor de la hostería. Nos gustaba el comedor: paredes, techo y piso de
madera encerada. Mesas y sillas de madera clara. Y un fuego vivo en el hogar
de la chimenea.
Sus llamas, que se reflejaban en los gruesos troncos que sostenían el techo,
eran nuestra única luz.
Comíamos mucho. Aún éramos jóvenes, y no necesitábamos que los
médicos nos instasen a la frugalidad, y nos infundiesen terror a los trastornos
de nuestro hígado, nuestro corazón, al color de la orina y a la dureza pétrea de
la caca.
Cuando terminábamos la cena, cuando Donven no reprimía sus eructos, y
se golpeaba suavemente la panza, los ojos cerrados en la cara de gato que se
relame, saciado, los bigotes, y se desabrochaba los dos primeros botones del
pantalón, y Margareta lo contemplaba, fascinada, como si nunca lo hubiera
visto aflojarse el cinturón, y masajearse el ombligo por encima de la camisa, yo
desarrimaba las sillas y la mesa, llevaba los platos vacíos a la cocina, y le gritaba
a Herr Stange que se pusiera al maldito piano, y se ganase la noche.
Herr Stange se sentaba al maldito piano, y los cuatro nos dedicábamos a
entonar melancólicas canciones marineras, que los nuestros trajeron de
Hamburgo y de Bremen, y de los otros y vastos puertos de la patria. Y
avanzada la noche, nos dedicábamos a juegos menos fortuitos que entonar
melancólicas canciones marineras.
La nieve cae sobre la tierra desnuda.
Yo enterré a Donven y a Margareta.
En noches como ésta, cuando camino, sola, el piso encerado de la hostería,
tráiganme una cerveza espumosa y helada.
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Donven compraba camisetas a un peso cada una. Las compraba a chinos,
controles de aduana, baqueanos, que cruzaban la Cordillera una vez por mes,
que subían desde Tierra del Fuego, que atravesaban los vientos y los desiertos
de la Patagonia —el viento, el desierto, la ensimismada piedra patagónica les
borraban el habla y los envejecían—, y él, Donven, y nosotras, Margareta y yo,
las vendíamos a quince pesos por cristiano, fuese mapuche, criollo, flaco, gordo,
viejo o un infeliz recién nacido.
Compramos, con la diferencia, tierra. No mucha. Pero tierra. ¿De qué se
puede ser dueño, en este país, sino de tierra?
Estudiamos planos y fotografías, y nos dijimos que los chilenos del sur,
educados por los nuestros en la disciplina y el respeto a los que deben mandar y
saben pagar, construirían, ellos y sus mujeres, silenciosos y puntuales, el
modelo de hostería que elegimos en noches de alcohol, de sumas y restas, de
consultas minuciosas y feroces a los depósitos bancarios, de preguntarnos,
mirándonos como asesinos recelosos uno del otro, qué nos ocurriría si la
inversión, a la que nos íbamos a exponer, fracasaba. En esas noches, y hablo
para mí en la dulce lengua alemana, Margareta aulló como una perra
enloquecida, azotada por la ira y los desolados insultos de Donven.
Y faltó poco para que incendiáramos, procaces y furiosos, la cabaña que
alquilamos por un año, y cuyo arriendo pagamos por adelantado, temerosos de
contraer más deudas que las imprescindibles.
Inexplicablemente, no para mí, inexplicablemente para Donven y para
Margareta, sobrevino, en una de esas noches, la calma. Una calma como letal.
Una calma que desasosegó a Donven y a Margareta por largo tiempo.
En pocos minutos, resolvimos los detalles de la operación, y en una
semana comenzó a levantarse la hostería.
Sed activos, prudentes y honorables
El Cielo bendecirá vuestros esfuerzos
A los colonos de Frutillar
Marzo de 1856
Familias de empresarios, prudentes en el gasto, rentistas que
incursionaban en las salas del casino de Llao-Llao, jubilados, señoras teñidas en
busca de una aventura que nunca consumarían, nuevos ricos que por mera
sensatez, o intuición, o porque medían y frenaban los gastos de sus parientes,
preferían la serenidad de la montaña al estrépito de las playas del Atlántico,
120
comenzaron a poblar las habitaciones y el comedor de la hostería. También
unos pocos nombres de la vieja burguesía, la que civilizó a este país. También,
calmos, los nietos de los alemanes que sobrevivieron al fuego, a la bayoneta, al
odio mortal de los rusos de Stalin. A veces, cuando llegaban la tarde y los
vientos fríos de la Cordillera, borrachos de cerveza y de coñac, cantaban,
todavía incrédulos, el fracaso abominable del Hitler que soñó y veló por todos
ellos, y de la Prusia de las hausfrau y del honor. Cantaban a los cuernos que les
colgaban sus mujeres de tetas mantecosas, a sus salarios de gerentes de nada, de
comerciantes de nada. A su gordura irremediable.
Evocaban, en la letra nostálgica de sus abuelos, cómo brillaba, en el centro
de Moscú, la cúpula de San Basilio, que ellos, sus abuelos, obcecados y fútiles,
creyeron que alcanzarían a tocar con las manos quemadas por la nieve.
Y estaban los hijos de los guerreros de Vietnam, rubios como la saliva de
la Virgen, altos y con anteojos, afables y suaves, hasta que el whisky destapaba
las viejas tumbas.
El conde von Reisenghoff nos enseñó los giros verbales, las posturas del
cuerpo, la distancia revestida de paciencia, el golpe de ojo, la determinación que
se utilizan en los hoteles exclusivos de París, de Boston, de Londres, de Nueva
York. Nos enseñó a cocinar, y el orden de los cubiertos y de las copas en la
mesa. Nos enseñó las fórmulas de las salsas agridulces chinas que se servían en
Cantón y en Shangai, mientras duraron los viejos buenos tiempos, a los
banqueros ingleses y a la diezmada nobleza zarista. El conde von Reisenghoff
nos sugirió cursos de perfeccionamiento en los Estados Unidos y en Francia.
Viajamos a Estados Unidos y a Francia, y aprendimos inglés y francés, y nos
perfeccionamos en la alta cocina y en el arte de satisfacer los caprichos de ricos
y poderosos.
Quitamos, por lógica pura, del frente de la hostería, a nuestro regreso de
esos viajes que nos cambiaron la ropa y el uso de la lengua y de las manos, y de
la mirada, un cartel en el que se leía Kafee und kuchen.
El conde von Reisenghoff persistió en la más miserable de las pobrezas,
pero supo cargar, airoso y displicente, su monóculo negro. Un día, una noche,
una madrugada, desapareció del cubículo que habitó, por años, desde poco
después de la conquista de Berlín por las legiones tártaras.
¿Quién me heredará?
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Margareta era alta y caderuda, como yo, y tenía unos dientes de caballo
sano y joven, y labios finos, una larga línea extrañamente cruel en una cara a la
que, para esos días, no le sobraba un gramo de grasa.
Pero Margareta se arrastraba por el piso del comedor, cuando Donven se
golpeaba los muslos con las palmas de las manos, y chasqueaba la lengua, y
Margareta terminaba de desabrochar los botones de la bragueta de Donven.
Margareta tomaba, en sus manos, el miembro tumefacto y nervioso de Donven,
y lo hundía en su boca, y Donven cerraba sus manos sobre el pelo crespo de
Margareta, y movía la cabeza de Margareta para atrás y para adelante, para
atrás y para adelante.
Donven decía, la voz como un susurro:
—Vamos, Ilse, coraje.
Entonces, los tres, subíamos al dormitorio de Donven y Margareta, y
Donven se enancaba en Margareta. La volteaba, cruzada en la cama, la cara
hundida en la colcha, una almohada debajo del vientre, los pies de Margareta
rozando el piso alfombrado, y le abría las caderas, y la penetraba con su
miembro tumefacto y rígido.
Y Donven, la cara roja de sangre y cerveza, le ordenaba a Margareta, la
lengua pastosa de Donven pegada al oído de Margareta, que no hablara y que
no gimiera, que no interrumpiera con sus ayes, sus gemidos, sus estertores, las
fugas de placer que le deparaba la cabalgata.
Cuando él se aquietaba, y abandonaba a Margareta como un bulto informe
y jadeante, se volvía hacia mí, y decía:
—Es tu turno, Ilse... Vamos, Ilse... Ilse, no hagas que te lo pida otra vez...
Y Donven se golpeaba los muslos, como si llamara a una perra. Yo lo
montaba. Él abajo, siempre. Y cuando yo lo montaba, Donven comenzaba a
suplicar que lo dejase respirar, que retirara mi culo de su cara. Donven quedaba
exhausto, tirado en el suelo del dormitorio, los ojos apagados, cuando yo
retiraba mis caderas de su cara. Yo, de espaldas a su cara me sentaba sobre su
panza, y galopaba sobre su panza, dump y dump y dump.
Margareta me miraba, sentada en la alfombra, a los pies de Donven, los
dientes de caballo al aire. Yo le sonreía a Margareta. Y las dos le escuchábamos
bufar:
—Ilse, coraje.
Mi cama olía a pan y a pasto. Y Margareta llegaba a ella en la oscuridad de
la noche —Donven vendía ganado del otro lado de la Cordillera—, tiritando, y
se hundía debajo de las frazadas.
122
Margareta me abrazaba, debajo de las frazadas, en la cama que olía a pan
y a pasto, y me contaba, la voz seca, a qué se sometía, con Donven de jinete.
—Son sus fantasías —suspiraba Margareta, poniendo entre nosotras el
lenguaje adquirido en las lecciones que le pagamos al conde von Reisenghoff.
Y Margareta me mostraba, la voz como la de una vieja bruja, manchas
violáceas en sus muslos, en su espalda, en sus pechos.
Yo le acariciaba la frente y el pelo, y escuchaba. Pero una noche dije:
—Margareta...
No dije más que su nombre. No dije más que el nombre que le asignaron
en su bautizo. No hubo compasión en mí, cuando dije su nombre, en la noche.
No hubo la fatiga de quien ha escuchado, demasiadas veces, la misma historia.
Me negué a compartir sus suplicios. Margareta, pensé, cuando ella se acostaba
con Donven, quizá los necesitaba... ¿Es verdad que no quise saber qué
necesitaba Margareta?
Margareta encogió las piernas, y se acurrucó junto a mí, y me besó las
tetas.
Dije su nombre, y, cuando dije su nombre, hubo un llamado.
Las dos olíamos a pan y a pasto.
Era el fin de un otoño cuando Martín Keppes alquiló una habitación en la
hostería.
Martín Keppes era alto, era delgado, era lejano. Donven lo respetaba:
podría decir que le temía. Extraño, el temor de Donven.
Horas y horas, en las tardes grises de aquel invierno, Martín Keppes
miraba la Cordillera nevada. Preguntaba por los bosques de cipreses, por los
abetos, por los álamos, los ñires y los maitenes y los coihues. Preguntaba por los
lagos. Preguntaba por los mapuches.
Donven le hablaba de la pesca en los lagos, de sinuosos botes deslizándose
por la pulida superficie de los lagos, y el humeante café en los botes que se
deslizaban por la oscura, pulida superficie de los lagos, el mundo en ninguna
parte.
Martín Keppes asentía Ia... Ia..., los ojos clavados en Donven, la voz como
somnolienta, y con algo de asombro, como si lo que acababa de escuchar
hubiese estado oculto en su memoria.
Martín Keppes se perdía por los senderos de montaña, sin guía, en
mañanas sin sol, y volvía, con su mochila vacía, por la noche, cuando en el
hogar de la chimenea ardían leños redondos y largos.
Martín Keppes traía, de esas interminables excursiones, una mirada clara,
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la piel de los pómulos pegada a los huesos de la cara filosa y pequeña, una
barba rubia.
Martín Keppes bebía como pocos hombres que yo haya conocido. Pero
nunca le vaciló el paso, la lucidez de lo poco que decía. Martín Keppes nunca
habló de nada que le importase a alguien.
Martín Keppes y yo tomábamos té, a su regreso de la montaña. Martín
Keppes no se quitaba los borceguíes, ni el saco de piel de oveja, ni se acercaba,
como otros, al fuego del hogar. Recogía, en una de las bandejas del mostrador,
el servicio de té, y se sentaba a una mesa, cerca de la ventana que daba a la
piedra de la Cordillera. Tomábamos el té en tazas azules y finas, con pastores y
molinos en su loza. Las confituras olían a horno.
Una madrugada de julio fui hasta su cuarto. Fui a buscar a Martín Keppes,
quienquiera que fuese Martín Keppes. No había nadie en el cuarto que Martín
Keppes ocupó en los meses del frío y de la nieve.
Donven alzó los ojos de los números encolumnados en una larga hoja de
papel, de remitos y comprobantes de depósitos, cuidadosamente apilados a un
costado de la mesa, y nos dijo, en voz baja, perpleja, que éramos dueños de un
millón de dólares...
Había terminado para nosotros —para él, para Margareta, para mí— el
tiempo de preparar dulce de frambuesa en ollas de cobre, y envasar el dulce en
frascos de vidrio, y vender el dulce a turistas que venían de Buenos Aires, de
Rosario, de Temuco, de California, de Londres. A hombres de ciencia, que
parecían sensatos padres de familia. A suicidas fatigados que venían de Europa
a gastar sus últimas monedas de oro.
Los nuestros llegaron aquí, cuando aquí, y en el sur de Chile, sólo había
animales, viento y árboles, e indios borrachos.
Llegaron con un mandato: trabajar duro. Crecer. Educar a los hijos en el
cuidado de la sangre alemana.
No ser más los pobres de la gleba, a los que exaltó la poesía de los
réprobos y de los malditos.
Donven se levantó de la mesa, llenó una jarra con cerveza, y no habló
hasta dejar vacía la jarra. Y cuando habló, dijo:
—Un millón de dólares...
Donven parecía un pobre de la gleba que contempla extasiado, trémulo,
un milagro, y desea ansioso regresar a su choza, y balbucear, incoherente, la
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historia de cómo Dios le había palmeado la espalda.
Yo ya no revolvería frambuesas en ollas de cobre. Para eso estaban las
obedientes y silenciosas chilenas del sur.
Yo ya no cargaría, sobre mis espaldas, bolsas de harina o de papas. Para
eso estaban los obedientes y silenciosos chilenos del sur.
Yo montaba a chilenos del sur, obedientes y silenciosos.
Miré a Margareta. Margareta me miró, aterrada. Margareta había
escuchado mi llamado.
Dije cómo vi a Martín Keppes. Dije su nombre. Herr Stange sacó un papel
ajado de uno de los bolsillos de su camisa, lo desplegó sobre la mesa a la que se
sentaba, en el comedor, cuando el comedor y la cocina quedaban limpios y
preparados para el servicio y el trabajo del día siguiente, y me pidió que lo
mirara con atención.
Miré un recorte de diario, que Herr Stange alisó con sus manos, y
desplegó sobre la mesa. Miré hombres, mujeres, jóvenes que reían y saludaban,
banderas rojas y pancartas en alto, a hombres gordos y uniformados de pie en
una tribuna.
Herr Stange me señaló a uno de los uniformados, el último a la izquierda
de la foto. Y dijo que ése era Martín Keppes. Dijo que Martín Keppes estuvo en
España, y que fue oficial del batallón Thaelmann. Dijo, Herr Stange, que la
policía secreta alemana, las SS, la Gestapo, lo buscaron, hora tras hora, por el III
Reich, por Francia, por Holanda, y por donde se supusiera que se lo podía
encontrar, y que nunca dieron con él.
Escapaba un minuto, dos o tres, antes de que su guarida, previamente
cercada, fuese registrada y devastada por las fuerzas de seguridad, dijo Herr
Stange.
Martín Keppes descarrilaba trenes que llevaban tanques al frente oriental.
Martín Keppes alentaba el sabotaje en las fábricas de armas y municiones.
Martín Keppes, se presumía, redactaba volantes que predecían catástrofes para
los ejércitos nazis a las puertas de Leningrado, de Viazma, de Kursk, y a orillas
del Dnieper, y de otros ríos de la estepa rusa.
Martín Keppes escribía a las viudas, a las madres, a los hijos de los
soldados muertos en batalla. Y a las amantes y las esposas de los soldados que
iban a morir despedazados por el hierro de los cañones bolcheviques.
Martín Keppes es ése, el último a la izquierda de la fotografía. Ese con
anteojos, dijo Herr Stange.
Yo miré, en la fotografía, a un hombre alto, gordo, con anteojos, que no
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sonreía. Pregunté:
—¿Quién es usted, Herr Stange?
Herr Stange se encogió de hombros, y guardó, en uno de los bolsillos de
su camisa, la fotografía.
Margareta y yo matamos a Donven.
Margareta deseaba escuchar cómo Donven golpeaba sus muslos con las
palmas de las manos. Deseaba acercar su nariz al maloliente pantalón de
Donven. Deseaba que el enmantecado miembro de Donven le recorriera el
cuerpo.
A las dos nos resecaba la boca escuchar cómo caían las palmas de las
manos de Donven sobre sus muslos. Las dos nos sentábamos, cada una a su
tiempo, sobre la panza de Donven, y movíamos las ancas, una vez arriba, otra
vez abajo, y una vez arriba, y otra vez abajo.
Donven arañaba el piso alfombrado, y soltaba ronquidos de agónico. Y
nosotras, una vez arriba, y otra vez abajo.
La panza de Donven perdía brillo, tensión, y nosotras nos poníamos de
pie, y mirábamos a Donven, tirado en la alfombra; mirábamos los soquetes de
lana de Donven, que vestían los friolentos pies de Donven; mirábamos su
camisa, enrollada hasta el cuello, y lo mirábamos respirar como un animal
perseguido.
No fue fácil matar a Donven.
Ahora, le dije a Margareta, somos nosotras las que decidimos cuándo,
cómo y a quién llevamos a la cama. Y el que sea pagará lo que dispongamos
que pague.
Margareta me miró como si yo fuese una desconocida que le anuncia el fin
del mundo.
Tengo sirvientes. Riegan mi lengua con miel de ulmo. Valgo, ahora, un
millón de dólares.
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Un asesino de Cristo
Crecí entre rápidas mudanzas de un inquilinato a otro, y repentinas
apariciones de un médico alto, probablemente encorvado, y de anteojos, que me
palpaba el pecho con unos dedos largos y fríos, y me limpiaba, de la frente y el
cuerpo, el sudor de la fiebre, y me miraba como si yo fuese algo que ponía a
prueba su ilimitada paciencia y su cansancio.
Ese hombre alto y encorvado abría su maletín y dejaba caer, en manos de
mamá, dos, tres frascos con tabletas o jarabes espesos, y susurraba unas pocas
palabras, y después, incrédulo y acongojado, se levantaba el cuello del
sobretodo, y salía a la noche.
Nos mudábamos, mamá, papá y yo, y los ajados muebles que les
regalaron los compañeros del sindicato el mediodía que mamá y papá se fueron
a vivir juntos. Los sindicatos, en opinión de inefables voceros de la ley, eran
cuevas de anarquistas, rojos y extranjeros errantes y desagradecidos y,
entonces, con ominosa regularidad, se sucedían las irrupciones de hombres
altos y morochos, de sombreros negros de ala gacha, en casas de vastos patios y
parras viejas y retorcidas, y galerías de zinc, que Buenos Aires demolió, procaz
y despiadada.
Yo, un chico con la salud recuperada o convaleciente de una enfermedad
sin diagnóstico puntual, parado en el umbral de la pieza que alquilábamos en
una de esas casas de habitaciones pródigas en murmullos y secretos de cópula,
asistía al experto trabajo de una manada policial.
Hablaba poco, la manada, y hablaba para sí, críptica, desganada,
perentoria. Levantaba colchones, revolvía sábanas y frazadas, deshacía pilas
breves de ropa planchada, abría cajones, paseaba la luz de sus linternas por los
elásticos de las camas, golpeaba las paredes, y se llevaba, a unos Ford negros y
cuadrados, una docena de libros y dos o tres periódicos arrugados, la
revolución quizá, en letras negras y desparejas, y se iba, la manada, hacia la
noche y hacia el frío.
Pero cuando llegaba el verano, mamá volvía a inscribirme en la lista de los
chicos que, por la gracia y la benevolencia de señoras perfumadas y católicas,
conocería el mar.
127
Digo que descubrimos el mar, nosotros, hijos de obreros, de policías
muertos, de presidiarios.
Hubo un tren que llevó nuestras tumultuosas expectativas a las arenas
chispeantes de una playa, y a un edificio de grandes ventanas, dormitorios de
techos altos, y comedores con pisos de baldosas negras y blancas, y chimeneas
de ladrillo.
Hubo fotos, y en las fotos el agua lisa de las orillas del mar, y el mar, y el
baño matutino en el mar que ahogaba nuestros gritos de placer y de miedo, los
fingidos alardes de coraje de cara a la espuma alta de las olas.
Enseguida, otro baño bajo las duchas del edificio de grandes ventanas, y
risas estridentes, histéricas, burlonas, bajo el agua helada de las duchas, y
manoseos repentinos y humillantes de los más fuertes a los más indefensos, a
los chicos que temían defenderse.
Cerca del mediodía, el almuerzo. El ruido de bocas llenas que masticaban,
hambrientas, de eructos, de tripas insaciables, de algún llanto, de algún vómito.
Escribí cartas mentirosas: inocentes, quiero decir. Cartas a mamá (que
suponían a papá). Escribí qué comíamos. Y cuánto. Porque yo sabía que querida
mamá comía conmigo. Sabía que ella movía los labios, apretando un labio contra
otro, y los movía, apretados los labios como si masticara. Y, luego, querida mamá
se levantaba de la mesa, doblaba el papel de la carta desde donde yo le daba de
comer, y lo guardaba en el bolsillo de la pollera, cerca de las calideces del
vientre y, de pie, asentía en la quieta nada de la noche.
Yo le hablaba, a mamá, del mar.
Las señoras católicas y perfumadas, algunas de las cuales tenían por
costumbre marchitarse bellamente, disponían de más dinero y de más tiempo
que otras señoras con mucho menos tiempo y dinero para obras que dieran
placer a Dios. Reabrían, entonces, las señoras católicas y perfumadas, la colonia
de vacaciones.
Querida mamá no era católica y se perfumaba el primero de mayo, el día de
mi cumpleaños y el 31 de diciembre. Pero era tenaz. Obtuvo, para mí, una plaza
en las profusas listas de hijos de obreros, de policías muertos, de pobres y
presidiarios que volverían al mar y hablarían, en sus cartas, que olían a sopa, a
leche, a puré y blanda carne de vaca, de cómo es el mar.
Y estaban ahí las celadoras, rudas, provincianas, que consolaban a los
chicos que pedían por sus casas en una tarde de lluvia, y que jugaban con
nosotros, hijos de obreros, de policías muertos, de presidiarios, de pobres.
Y estuvieron, ahí, de pronto, las monjas. Eran, dijeron las monjas,
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exaltadas o con un murmullo cándido, las servidoras de Dios en la tierra.
No nos miraban, las monjas. Caminaban, entre nosotros, con sus largos
hábitos negros, con sus caras sin sangre; parcas e increíbles, para mí, como la
muerte y el milagro.
De noche, cuando nos acostábamos en las camas de sábanas limpias y
crujientes; cuando el mar, allá afuera, decía algo en una lengua que nunca
aprenderíamos a traducir; cuando las celadoras volvían a sus casas, las monjas,
con llaves que les colgaban de la cintura, con voces cascadas o susurrantes,
ordenaban rezar el Padrenuestro.
De rodillas en camas superpuestas, el dormitorio apenas iluminado, los
chicos recitaban la oración que habían memorizado, serios, turbados, tal vez, o
sumidos, tal vez, en el misterio que las palabras del rezo invocaba.
Una de las monjas, que caminaba entre las largas hileras de camas
superpuestas, me miró, tendido en la mía, las manos sobre las sábanas, los
labios quietos, y el rezo de los otros que ondulaba, gangoseante, en la sala
apenas iluminada.
Algo dijo, la monja, en alguna noche, y el rezo finalizó, como si en esa sala
no hubiera nadie. Los otros bajaron de sus camas, silenciosos y puros como
nunca lo fueron, y la monja, una pesada sombra muda, salió del dormitorio.
Los otros rodearon mi cama, y ninguno de los otros habló, las caras rígidas
y jóvenes bajo las luces tenues de la sala.
No sé cuánto tiempo estuvieron, así, inmóviles, como si esperaran una
señal. Y no sé si la hubo, pero, en un solo impulso, saltaron a la cama en la que
yo asistía, sin lágrimas, al fin de mi infancia.
Sé que golpeé algún pómulo, algún labio ensalivado. Sé que caí de cara a
un colchón, con brazos, cuerpos, aullidos, que me golpeaban, de cara a un
colchón. Sé que me izaron hasta la cama de arriba, la mía, y me ataron,
desnudo, a los barrotes de la cama de arriba.
Después, los otros, los más fuertes y los más débiles, estuvieron allí,
sombras flacas sobre el piso del dormitorio, mirándome, desnudo, atado a los
barrotes de la cama de arriba.
La monja, la que habló a los otros, volvió a entrar a la sala, y caminó bajo
las luces tenues de la sala, y no se detuvo frente al muchacho de diez años,
atado, desnudo, a los barrotes de una cama, y al que le corría, por los muslos,
un hilo de sangre, grueso y amarronado.
Y la monja dijo, con una voz baja y tranquila, y sin detener su paso frente
al muchacho atado a los barrotes de una cama.
—Tápenle las vergüenzas a ese asesino de Cristo.
129
Tres tazas de té
Mi abuelo alquilaba un pequeño departamento de dos piezas en la calle
Parral, cuando Parral era ancha y de tierra. En una de las piezas dormían mis
tíos Físhale y Meier; en la otra, el abuelo. Yo, los fines de semana, dormía en la
pieza de mi abuelo. Me desvestía, y me acostaba en su cama. Mi abuelo apagaba
la luz de la pieza, se sentaba en una silla y encendía un cigarrillo. Al rato, me
preguntaba si estaba despierto. Yo le contestaba que sí, que estaba despierto,
que no tenía sueño. Entonces, el abuelo desenvolvía la crónica de un pogrom
inacabable. Petliura, Jmelnitzky, los cosacos, tal vez Taras Bulba, brotaban de la
helada oscuridad del invierno con sables, con antorchas, con blasfemias.
(Demoré años y algunas lecturas para advertir que el abuelo omitía la
cronología de los vertiginosos exterminios. Indistintamente, las turbas
borrachas de vodka saqueaban y acuchillaban a los judíos, incendiaban sus
casas y sus sinagogas, violaban a sus mujeres y a sus hijas, en 1918, en 1670, en
1890. Los siglos y el nombre de los jefes de las hordas; el crepitar de las llamas;
el estrépito de los vidrios rotos; los relinchos salvajes de las bestias que
montaban los degolladores; las procesiones que llevaban, envueltos en finos
paños de lino, el pan y la sal de la súplica y la misericordia, se sucedían,
despiadados, en el relato del abuelo. La abominación ocurría anoche —y yo olí,
en un amanecer desolado y silencioso, el hedor de la sangre vertida y de los
excrementos del pánico— o había estallado, quizá, en un pasado remoto. Pero el
escenario permanecía ajeno a la inasibilidad del tiempo: el terco arrabal de una
minúscula ciudad ucraniana, la infinita llanura, la oscuridad, el invierno.)
El abuelo, a veces, me hablaba de sus viajes a la frontera polaca, y de cómo
la atravesaba furtivamente; de cómo intercambiaba, en una choza hospitalaria,
tabaco por carne, tabaco por pan, tabaco por huevos. Petliura o Jmelnitzky o los
cosacos, o, tal vez, Taras Bulba, se batían en los frentes de la primera guerra
mundial.
Recuerdo, en estos días, una historia que el abuelo trajo de uno de sus
peregrinajes a la frontera polaca, y que me contó en una noche de sábado,
porteña e irrepetible. La escribo, pero, estoy seguro, las degradaciones que le
impuso el olvido, las lecturas en que, todavía, incurro, y mi memoria, la
130
empobrecen.
Como se sabe, los polacos son propensos a la demencia y a la rebeldía. O,
si se prefiere, sus rebeliones son insensatas y desesperadas. Para ser polacos
tienen que ser locos. El buen Dios, a quien los polacos aman en sus horas de
embriaguez, no deja de ponerlos a prueba. Eso lo supo el padre de Casimiro
Bajuch, miembro de una organización patriótica y clandestina, cuando la policía
del zar lo detuvo. Creyó que no resistiría, a bordo del desvencijado tren que se
dirigía a San Petesburgo, los golpes metódicos de sus interrogadores, la
pedantería soez de sus insultos, los salivazos que le descargaban entre risotadas
licenciosas e indecentes. Acaso, escribió el padre de Casimiro Bajuch a la mujer
que amaba, la Virgen medió para que no capitulara. También su alma, exhausta
pero obstinada.
El padre de Casimiro Bajuch pasó tres años en un lóbrego calabozo de la
fortaleza Pedro y Pablo. Un juez de la autocracia zarista, cumplidos los tres
años de prisión, ordenó que se desterrara al padre de Casimiro Bajuch a una
perdida aldea de los Urales. La vida, en la inhóspita aldea, era sórdida y
monótona: se prestaba a la obscenidad y el extravío. La madre de Casimiro
Bajuch murió al dar a luz a Casimiro Bajuch. No la mató el alumbramiento del
niño sino la pena, convencida como estaba de que no volvería a ver las luces de
Varsovia, sus calles y sus plazas. El padre de Casimiro Bajuch, destrozada su
alma —si es que el Señor se acordó de concederles alma a los polacos—, huyó a
Francia, con el pequeño Casimiro Bajuch pegado a su corazón.
Dos hermanos del padre de Casimiro Bajuch siguieron sus pasos: súbditos
probos, temían, no obstante, las represalias policiales. Ellos, en Francia, se
hicieron cargo del niño. El padre de Casimiro Bajuch regresó a una patria
penitente y descarriada, a una Polonia irreal, y cayó abatido en una escaramuza
sin importancia con soldados del Dueño de Todas las Rusias.
Quiero creer que el abuelo me dijo, en este punto, que la historia perdía
intensidad dramática, y que, quizá, las informaciones posteriores a la muerte
del padre de Casimiro Bajuch no fueran tan precisas como esos tiempos exigían.
Eso no asombró a mi abuelo, cosa que hoy, cuando supongo su lacónico
comentario, está lejos de extrañarme. Por las siguientes razones, obvias, si se
quiere: a) un judío se asombra en el escenario de un teatro; b) un judío que
sobrevivió al pogrom —si se asombra— es un fenómeno excluido de la
naturaleza humana; c) la conducta del hombre —aun la de un polaco— es hija
de sus actos, salvo que se pruebe lo contrario.
Así las cosas, los tíos de Casimiro Bajuch se contrajeron al cuidado del
131
niño. El niño creció sano y hermoso. Los tíos —laboriosos, tenaces y honestos—
le proporcionaron una esmerada educación. Lograron, tras considerables y
fatigosas gestiones, cuyos detalles sería impropio enumerar, que Francia se
convirtiese en la tierra natal de su sobrino y, por consiguiente, Casimiro Bajuch
pasó a llamarse Henri Beaumont.
Henri Beaumont ingresó, poco antes de cumplir quince años, a una de las
academias militares más prestigiosas del continente europeo, que tenía (tiene,
todavía) su sede en París. Alumno brillante, egresó, el primero de su
promoción, con el grado de subteniente. Visitaba asiduamente a sus tíos —
ancianos ya—, hacia los que guardaba una singular devoción, vistiendo el
uniforme de oficial del ejército de Napoleón III. El kepí (mi abuelo contempló,
atento, una borrosa fotografía del joven militar en la choza polaca que servía de
zona franca para el intercambio de alimentos de subsistencia) no ocultaba una
frente despejada y unos ojos bondadosos. También observó un incipiente bigote
y una boca de amante cortés e impulsivo. Y mi abuelo dijo que, cuando tíos y
sobrino se encontraban, los tíos calentaban un bruñido samovar, y los tres
hombres bebían un té fuerte y aromático.
La guerra franco-prusiana interrumpió las prolongadas tertulias. Henri
Beaumont se batió como bueno en defensa de su patria, pero el valor que
demostró en los campos de batalla, y que le deparó sucesivos ascensos, no
impidió la victoria de los hunos. Militar disciplinado, no se preguntó por los
motivos de la derrota, ni por qué una nefasta República, hundida en el caos y el
espanto, reemplazó los esplendores del Imperio.
El sobrino reanudó las visitas a sus tíos. Éstos, atribulados, vieron llorar al
capitán Henri Beaumont la derrota de Francia y las severas condiciones de paz
que le dictó Bismarck; vieron cómo se le enfriaba la taza de té; se vieron, a sí
mismos, llenar dos hojas de papel con signos opacos e inexpresivos, y doblar las
hojas de papel e introducirlas en un sobre, y remitir el abultado sobre a lejanos
parientes que residían en Polonia. Aturdidos, pretendieron transmitir en
palabras la magnitud de la tragedia que los desasosegaba.
La insurrección de los parisinos contra las autoridades legalmente
constituidas —o una parte de los parisinos: sanglants imbéciles, según la
calificación de Gustave Flaubert, un escritor que detestaba la aprobación
pública— encontró, en el capitán Henri Beaumont, a un soldado dispuesto a
preservar el orden, sea cual fuere el precio que, por tal causa, se debiera pagar.
En consecuencia, marchó a Versailles, ciudad en la que sesionaba el gobierno
legitimado por las fuerzas vivas de la Nación. Los tíos, solitarios y desvelados,
no dejaron que se enfriara el samovar.
El superior inmediato del capitán Henri Beaumont, coronel Guy Le
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Boudec, tenía 35 años y era oriundo del Languedoc. Un periodista de la época,
cuya prosa erudita y fluida deslumbraba a sus lectores, alabó en él al guerrier
intrépide et soldat de profession, puritano y arrojado como el caballero de Durero.
El periodista no se privó de una línea de efecto: S’il tue, et même le plus possible,
c’est par “moralisme”. La nota, que suscitó una oleada de entusiasmo en las
damas, se cerraba con una frase escandalosa: el coronel Le Boudec —a quien el
Emperador confirió la Legión de Honor por sus hazañas en África y México—
era de una inteligencia inquietante.
El capitán Henri Beaumont logró quebrar, en el cementerio del Père
Lachaise, donde se libró el combate final contra la insurrección, la rígida
distancia que el coronel Le Boudec dibujó entre su silueta de meridional austero
y las de sus subordinados. La lucha fue feroz y mortal, y Beaumont se precipitó
a ella con un coraje que dejó estupefactos a amigos y enemigos. (Años después,
Beaumont intentó explicarse: la audacia y la valentía irracionales de los
insurgentes lo enceguecieron; morían sin que una sola queja asomara a sus
labios. Uno de los cabecillas del levantamiento, Delescluze, alto y flaco y
canoso, trepó a una barricada, y erguido sobre ella esperó serenamente a que lo
fusilaran. Eso era inhumano, y enfureció a Beaumont.)
Aplastados los últimos focos de resistencia, Le Boudec estrechó entre sus
brazos al capitán Henri Beaumont y le ofreció, presumiblemente emocionado,
su amistad, porque en la voz del coronel vibró comme un drapeau son accent
languedocien. (La acotación pertenece al periodista de prosa erudita y elegante
que asistió al conmovedor episodio.)
Un soldado, la respiración entrecortada, silenció las expresiones de mutua
admiración: les avisó que habían localizado, a pocas cuadras del cementerio, un
nido de agitadores extranjeros.
Excitados y jadeantes, Le Boudec y Beaumont, al frente de sus hombres,
atravesaron velozmente calles nocturnas y desiertas. Luego, subieron, a los
tropezones, una angosta escalera, irrumpieron en una pieza iluminada y
sorprendieron a dos individuos, sentados a una mesa, que emitían sonidos
guturales e ininteligibles. Al coronel le bastó escucharlos; le bastó que le
presentaran papeles cubiertos de trazos que, a primera vista, revelaban un
lenguaje codificado, para afirmarse en la exactitud de sus conjeturas: la
bancarrota de Francia obedecía a la acción satánica de elementos e ideas
extranacionales. Sin vacilar, dispuso que ejecutaran a los dos conspiradores.
Estos fueron arrojados escaleras abajo y el capitán Henri Beaumont, revólver en
mano, dio cumplimiento a la orden.
Tres tazas de té y un samovar bruñido humearon, en la habitación
devastada, hasta las primeras claridades del día.
133
Cómplices
I
Era mediodía cuando me llamaron. Les hice una seña al petiso y a
Francisco. Los telares retumbaban.
—¿Qué pasa? —me preguntó el petiso, la cara negra de furia. El petiso me
llegaba al cuello; y ese mediodía tenía la cara negra de furia. Le puse una mano
en la espalda. Sudaba. Hacía calor, y el otoño parecía haberse equivocado de
puerta.
—Nos esperan en la gerencia —dije—. Pará los telares.
—No los paro un carajo —dijo el petiso, casi sin mover los labios.
—Paralos —grité—. Sos miembro de la interna: paralos.
Francisco, sonriente y premonitorio, dijo, sin alzar la voz:
—¿Qué mierda nos toca tragar hoy?
Respiré hondo, miré a Francisco detener sus telares, y me callé.
A Francisco, con la figura de un atildado villano de Hollywood, nada le
inquietaba. La vida, para él, consistía en un solo e incesante episodio: los
minutos, las horas, los días que una mujer demoraba en abrírsele de piernas,
seducida por sus tenaces lisonjas.
Cruzamos el patio y Francisco murmuró que el tiempo estaba loco. Yo no
le contesté y el petiso encendió un cigarrillo. Abrí la puerta de la gerencia y
entramos a una sala fresca y amplia.
En una alta pared, el reloj de la gerencia marcaba las doce y diez, y al
petiso le temblaban las aletas de la nariz. Siempre se ponía así, con esa cara
negra de furia, cuando pisaba la amplia sala de la gerencia. Era un buen tejedor,
el mejor que conocí, y no le gustaba parar sus telares.
Nos acodamos sobre un largo mostrador. El gerente y Chiche se acercaron
a nosotros. Chiche era el hijo del patrón, un chico de diecisiete o dieciocho años,
que vestía pantalones entallados y lucía una pulsera de metal en la muñeca
izquierda. No recuerdo que tuviese granos en la cara, y era rubio, y su cara era
pequeña y, a mi pesar, bella. Las devanadoras aseguraban que el entusiasmo de
Chiche por la natación y el remo lo llevaría lejos.
—Muchachos —dijo el gerente—, ustedes saben que la empresa estudia
bajar los costos laborales. Y una de las primeras conclusiones del estudio es
134
ésta: el despido de Farías.
Existen palabras inmodificables, rituales, para los pésames, para las
sentencias de la justicia, para avisarnos que el destino existe. Las acabábamos
de escuchar: eran pocas y puntuales en el pródigo léxico de los castigos. El
petiso abrió los labios como si se ahogara, y un aliento fétido salió de su boca.
Yo clavé los ojos en las manchas de tinta, secas, que abundaban en el centro del
mostrador.
—La empresa prometió cambiarlo de telares —dijo Francisco—; ponerle
trabajo liso. Tiene quince años de trabajo en la fábrica.
—No prometimos nada de eso —murmuró, apenas, el gerente—. No lo
prometimos, Francisco. Dijimos: vamos a estudiar la situación. Y la estudiamos.
Y los quince años de antigüedad de Farías pesaron en la determinación de la
empresa. Pero la empresa no es una institución de beneficencia.
El petiso se desbocó y tartamudeó y, si yo conocía algo al petiso, supe que
el petiso tenía ganas de matar a alguien. Los empleados dejaron de teclear, de
revisar papeles y libros, y nos miraron. Les divertía escuchar el balbuceo del
petiso.
Pregunté, con una bola de plomo golpeándome las tripas, si le pagarían la
indemnización a Farías.
—Lo único que falta —Chiche movió los brazos como si remase a bordo
de cualquier cosa que flotara, y la pulsera de metal tintineó en su muñeca
izquierda—. Con las fallas que le anotamos, hay motivos para echarlo diez
veces...
Eso era Chiche: un joven vikingo que sólo abandona el remo para hacer el
amor. Empecé a caminar hacia la puerta; el gerente, a mis espaldas, dijo:
—Les pido que se pongan en nuestro lugar.
—Un poco difícil, ¿no? —le contestó el petiso con una voz extraña en él:
baja la voz, y lenta, y fría.
El gerente se rió, con la risa de los 31 de diciembre:
—Muchachos, muchachos..., no es para tanto.
Afuera estaba el sol, el tiempo cambiado, el mediodía, el galope de los
telares. Francisco contó las lajas de cemento del patio, y preguntó:
—¿Nosotros no tenemos normas, como la empresa?
—Tenemos —dije.
—Menos mal... —dijo Francisco—. ¿Cuáles son?
—Tenemos una sola norma —y el sol me golpeaba los ojos—. Aguantar.
Aguantar hasta que reventemos.
No pensé, ni poco ni mucho, en las palabras que le largué a Francisco. El
cielo era azul y hacía más calor en ese día de otoño que en cualquier otro día
135
que pudiese recordar. De la sala de telares salía un vapor blanco, y un olor a
sudor, kerosene y piezas terminadas, y aceite y motores en marcha: el olor de
tejedores cansados que miran el reloj y esperan que termine su turno. Y uno de
esos tejedores era Demetrio Farías.
—Aguantar, ¿eh? —y de la boca del petiso saltaron como limaduras de
hierro—. ¿Eso le vamos a decir a Demetrio?
A mí los ojos me dolían, pero no era por el sol.
—No le vamos a decir nada. ¿O acaso creen que él no sabe de qué se habló
ahí adentro?
—Sos el secretario de la comisión interna —dijo Francisco como si, de
pronto, recordase el nombre de una medicación, pero sin depositar ninguna
esperanza en sus efectos.
—No soy Dios, por si eso te dice algo.
—Ah —saltó el petiso—. No sos Dios... ¿Qué sos, entonces?
Me dolían los ojos, pero no era por el sol de ese mediodía de otoño.
Francisco dio unos pasos alrededor mío, y después se acuclilló en algún lugar
del patio, a la sombra, y me miró, y lo que yo pensé de su mirada no me gustó.
—Bueno —suspiró el petiso—, eso que no sos Dios ya te lo escuché. Pero,
todavía, sos el secretario de la comisión interna.
—Sí, ¿eh? ¿Todavía lo soy? Muchas gracias por el aviso... El otro día —
creo que se acuerdan, ¿no?—, el patrón nos citó en su oficina. Ahora mandamos
nosotros, dijo. Vos lo escuchaste, petiso. Y vos, Francisco. Ahora mandamos
nosotros... Secretario de la comisión interna: ¿qué es, hoy, un secretario de
comisión interna? Díganmelo, si lo saben.
El petiso abrió la boca, pero yo fui más rápido que su odio.
—Cerrá ese pozo de mierda —y yo no pronuncié esas palabras: la que
expelió ese silbido de víbora fue mi garganta.
Mientras el agua de las duchas caía, tibia, sobre nuestros cuerpos, conté a
los tejedores del turno de la mañana lo que cualquiera que entra a trabajar a una
fábrica conoce —sea hombre o mujer—, sin necesidad de que nadie le revele la
vigencia de una ley que trae escrita en la memoria.
—¿Pero lo echan en serio? —preguntó Rodolfo, pasándose los dedos
nudosos por el pelo oscuro y crespo. Rodolfo, alto, flaco, ágil, y novio vitalicio,
tenía mi edad, veintiocho años.
—Creo que esta vez es en serio —y me envolví la toalla en la cintura.
Francisco, con ese tono meloso de voz que, decían los conocedores,
enloquecía a las mujeres maduras y opulentas, preguntó:
136
—¿Por qué no les pedimos que lo pongan de sereno?
—¿Sos loco vos? —gritó el petiso, que se acostaba con putas, y no con
mujeres cautivadas por el terciopelo de una lengua—. ¿Agarraría cualquiera de
nosotros de sereno? Yo no agarraría; Francisco, ¿agarrarías?, Rodolfo,
¿agarrarías? Arturo no agarraría. Y Demetrio, que es un viejo, no agarraría
porque todavía le sobran huevos.
—Hay que ir al Ministerio —murmuró Rodolfo, algo melancólico para la
hora que era.
—Paremos —dije yo.
—¿Parar? —preguntó Francisco, el cuerpo esbelto brillándole en la
penumbra del vestuario, la voz que venía de ningún lado—. ¿Parar? —repitió
Francisco, la voz de un cirujano a quien le proponen extirpar el cáncer de un
muerto.
—Seguí —dije, viéndome, otro, en una de esas playas exclusivas del
Caribe, que anuncian en Clarín y La Nación, acompañado de una rubia de
película, que me abanicaba y me servía un vaso de whisky helado.
El petiso esperó, los otros esperaron, yo esperé, y Francisco dijo, como si
nos acariciara, hasta mañana.
Llegué a casa, y Lucía me besó, y el olor del chico que le crecía en la panza
—o lo que fuese que le crecía ahí— era como una nube que la envolvía.
—¿Pasa algo? —preguntó.
—Nada. Comamos.
Comimos, callados. Lucía me llenó el vaso con vino. Toqué la botella:
estaba helada. Se dice que no se debe poner el vino al frío, que el frío echa a
perder el vino, cuando el vino no es blanco, pero, a mí, el vino tinto me gusta
frío.
Lucía se paró:
—Vení.
Lucía me tomó de la mano y me llevó al dormitorio. Intentó consolarme.
Y, además, preservar de lo que bramaba en mí, al vino, a esas paredes, a esa
palpitación en su vientre. Me dije, solo, en alguna otra tarde de otoño, que las
mujeres aciertan con el nombre de lo que viene, antes de que lo que viene se
identifique.
II
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Encendió la luz de la pieza y miró, quieto y en calma, la cama tendida, la
gruesa colcha verde, sin una sola arruga, sobre la cama de plaza y media; la
mesa, redonda, en el centro de la pieza, y su tapa oscura y desnuda que brillaba
bajo la luz de la lámpara; las dos sillas con respaldo de esterilla, una frente a la
otra, arrimadas a la mesa; el armario, donde guardaba su ropa, apoyado contra
una de las paredes blancas de la pieza. Miró el reloj, sobre la tapa oscura y
brillosa de la mesa, y pensó que debía darle cuerda.
Sintió como entumecidos los dedos de las manos, y se masajeó las manos
durante un rato. Se desabrochó el saco de cuero y lo colgó del respaldo de una
de las sillas. Se sentó en la silla desocupada, de cara a la esfera del reloj, y
prendió un cigarrillo.
No pensó que mañana el colectivo atravesará San Martín sin él; que
mañana el colectivo cruzará la General Paz Fanacal Tienda El Hogar Compre
terrenos Gran Oportunidad Gran con un Demetrio de veintisiete años o, aún, un
Demetrio de treinta y siete años, pero no con un Demetrio prescindible para eso
que el mundo de las oportunidades llama futuro.
Entretuvo la tarde en un boliche, sentado a una mesa, tomó ginebra y café,
y contempló a la gente desvanecerse y reaparecer en la niebla, y se preguntó,
cuando se encendieron las luces de la calle: “¿Qué es lo que buscan?”.
Caminaban despacio, las camisas pegadas a las espaldas sudorosas, por
las veredas de tierra. Había olor a carne asada; y la llama amarillenta del sol
crujía en las ramas y las hojas de los árboles.
—Después de esto, vamos a tomarnos una cerveza —dijo Luján.
—¿Tenés plata? —preguntó Demetrio.
—Tengo. Ayer Kot me tiró unos pesos.
Un tipo curioso, Luján, pensó Demetrio. Con dos perfiles: el derecho, de
viejo; y el izquierdo, joven y limpio. Y Demetrio se interrogó, más de una vez,
acerca de cuál de los dos perfiles hablaba por Luján.
Iban a romperle el culo a un carnero: eso dijo Luján, y Demetrio no le miró
la cara. Uno se sentía bien al lado de Luján, porque Luján, con sus dos perfiles,
sabía escuchar, pero Demetrio, que tenía veintisiete años, en ese verano de 1935,
en ese mediodía ardiente y desierto, no podía imaginar el gusto de la cerveza
después de que le rompieran el culo a un carnero hijo de puta. No, no podía
imaginar el gusto de la cerveza ni de lo que comieran con la cerveza que
pedirían, pero Luján le aseguró que, romperle el culo a un hijo de puta, da más
sed y más hambre que ninguna otra cosa que él conociese.
Un hombre que los esperaba, en una de las esquinas de esa calle de tierra,
138
les dijo que el taller donde se carnerea queda ahí, a mitad de cuadra, y que el
guacho que labura, compañeros, se llama Simón, y es un pendejo de mierda.
Oyeron el ruido de los telares, y Demetrio bajó los ojos, y le pareció que
sus alpargatas estaban pegadas a la vereda de tierra, y se dijo que llevaban tres
meses de huelga, y que los días y el verano eran interminables, y, también, las
noches, y que ellos recibían los pocos centavos que el sindicato distribuía, un
día sí y un día no, para que ellos supieran, flacos y hambrientos, que el
sindicato les pertenecía. Y él, Demetrio, que lo sabía, sabía que ahí, a mitad de
cuadra, un pendejo de mierda, parado entre dos Ruti, los hacía andar hasta que
se le acalambraban los brazos, y se reía, por lo bajo, de los hombres y de las
mujeres que se aguantaban tres meses sin trabajar para que los patrones
aceptasen las míseras cláusulas de un convenio, discutido y aprobado en
asambleas incrédulas y ruidosas.
Simón era un tipo de baja estatura, brazos gordos y cabello color cobre, y
con cara de pendejo. Y la cara de pendejo fue un pedazo de grasa fría y
cenicienta y enferma al verlos entrar al taller, y Demetrio pensó que nada era
mejor que estar del lado de Luján, y tener veintisiete años, y aguantar lo que el
sindicato dijera que había que aguantar, y no llamarse Simón.
—Carnero..., turro... —Luján insultó al pendejo como si se condoliera de
algo, pero, en su cara, el perfil de viejo era una sola línea, blanca y rugosa.
Demetrio hundió su cortaplumas en uno de los rollos de satén, y el calor que
bajaba del techo de zinc lo hizo sudar como nunca sudó en ese verano, y lo
asaltó un deseo frenético de tomar cerveza helada, y olvidar a esa basura, a la
que Luján cacheteaba, y olvidarse de él, de sus dudas, y de las certezas de
Luján.
Enceguecido por el sudor, Demetrio escuchó a Luján la próxima vez no te
voy a dejar un hueso sano, ¿entendés?, y se limpió el sudor de la cara, y alzó los
ojos: Simón sangraba por la boca, y movía los brazos para atajar los golpes que,
con la mano abierta, le descargaba Luján en la cara y en las orejas no quiero verte
más por acá, ¿entendés?, y las bofetadas de Luján eran disparadas con una exacta
crueldad, y había marcas rojas y blancas en la cara del pendejo si te llego a
agarrar carnereando otra vez te vas a despedir del oficio, ¿entendés?, y Demetrio
apartó los ojos de las manos de Luján, y de la cara de Simón, porque lo que vio
lo dejó sin aire, y porque Luján nunca prometía lo que no fuera a cumplir.
Demetrio suspiró, cansado: no se preguntó si un canalla aprende la fatal
precariedad de ciertas impunidades, pero a Luján le sobraban agallas para
zamarrear a un tipo hasta que el tipo aprendiese —o clamara, en nombre de su
madre, que había aprendido— que las impunidades no son eternas. Luján dijo,
una y otra vez, a lo largo de esos tres meses de agonía, sin que sus palabras
139
sonasen gozosas o perversas, que era útil y eficaz enseñar que el carneraje se
paga, aunque esa enseñanza no apresurara nada, aunque esa enseñanza no los
acercara a nada.
Salieron del galpón y caminaron en silencio, como dos desconocidos, unas
pocas cuadras. Entraron a un bar, y Luján pidió, para los dos, salchichas
saltadas con huevo, y una botella de cerveza, la más fría que hubiese en la
heladera del bar.
III
Me levanté sobre Lucía con una cosa seca entre los muslos, y deposité en
ella palabras que no se escriben. Y mis manos, que la recorrieron, que
reconocieron lo que nos separaría, buscaron, en la oscuridad que las envolvía, el
nombre de la guerra, no el del olvido.
IV
El reloj sonó a las cuatro, como lo hizo más veces de las que Demetrio
podía recordar. Demetrio se sentó en la cama y, después, apagó el despertador,
prendió la luz y, adormilado todavía, tomó los pantalones que colgaban de una
silla. Después, ya despierto, los soltó, apagó la luz, se acostó, e intentó dormir.
Cuando se plantó en la calle, las nueve en el frío sol de la mañana, tenía
hambre. Entró a un boliche, y pidió café y un sándwich de jamón y queso.
Otro Demetrio, menos prescindible que él, hubiera sospechado de esa
libertad que nadie le disputaba, de la que era dueño y a la cual nadie ni nada
ponía límites. Descubrió itinerarios para las horas que se aproximaban.
Descubrió el centro de la ciudad y las tardes del centro, que parecen generosas
con su propio tiempo. Descubrió un bodegón en el sur de la ciudad y sus cenas
abundantes para hombres solos y callados. Descubrió hembras que lo hastiaron
con su locuacidad o su indiferencia.
Los hombres arrastraron sus alpargatas hasta los repliegues del fuelle,
encendieron cigarrillos y, silenciosos en esa noche de primavera, clavaron sus
ojos en las manos del tano Ruggero. El tango, en el bandoneón que empuñaba el
tano Ruggero, fue un humo untuoso que se les metió en el cuerpo y les devolvió
140
el habla, el uso de una lengua accesible a los sobreentendidos, y sigilosa,
taimada, indolente.
Parral era una calle de tierra y casas largas y aplastadas, zanjones y
potreros sonoros y cercos de ladrillos rojizos. Y que, cuando enmudecían las
máquinas de coser de los sastres judíos, tenía, también, esas noches de
primavera.
Y Luján dijo:
—Me voy, Demetrio. Mejor nos despedimos aquí.
—¿Te vas? —Demetrio miró el perfil derecho y el perfil izquierdo de
Luján: Luján no bromeaba.
—Me voy —dijo Luján, lejos, los dos, del tango que evocaba, en el
bandoneón del tano Ruggero, a mujer amansada en un sábado de bailongo y
palabras que se parodiaban a sí mismas—. Luis Carlos Prestes larga la
revolución.
—Entremos a tomar una cerveza —dijo Demetrio, la voz ahogada.
—Bueno —aceptó Luján—, pero convido yo.
V
Un viento helado me dio en la cara cuando bajé del ómnibus. Eran las
cinco de la tarde, y las luces de las calles estaban encendidas. Dos cuadras me
separaban del local del sindicato.
Hace más de un año, hablé con Blas para que intercediera, ante la
empresa, por Demetrio. Fue la primera vez que pedí por Demetrio.
Blas estuvo, con nosotros, dos años en la fábrica; como cualquiera de
nosotros, se aguantó sus ocho horas parado entre dos telares Ruti, hasta que lo
nombraron tesorero del sindicato. Blas engordó. Eso es lo que hizo Blas en el
cargo para el que lo designaron, y para el que fue elegido en una votación a la
que concurrieron sus amigos, los acomodados y los alcahuetes. Engordó y se
compró un taxi y, enseguida, otro, y otro. Y ningún tejedor, que yo conozca, fue
tan ingenuo que supuso que la repentina prosperidad de Blas se debió a que
figuraba en el testamento de una tía rica y sin descendencia.
—Sí, sí —me dijo Blas, que estuvo, con nosotros y Demetrio, dos años en la
fábrica, al pie de un par de telares Ruti— no te aflijas. Le doy un golpe de
teléfono a Weldman y asunto arreglado.
Blas, de inmediato, como si me trasmitiera una preocupación que lo
abrumaba dijo:
141
—La cosa está brava: lo quieren voltear al General... Hasta un tipo
tranquilo como vos, si se largan contra el General, no se podrá ir al mazo.
Me enteré de que soy un tipo tranquilo, y revelaciones como ésas no
ocurren todos los días, y agradecido, le dije a Blas:
—Vos arreglá lo de Demetrio.
—Sí, hombre: un golpe de teléfono y listo.
Blas, si usó el teléfono, fue para llamados menos negociables que ése. Una
mañana nos avisaron que la aviación militar bombardeaba Plaza de Mayo. Nos
reunimos en el patio de la fábrica, perplejos ante el silencio de los telares, ante
nuestro propio silencio. El petiso me golpeó en la espalda:
—Hablá. Deciles..., deciles... qué sé yo... Mierda...
Me encogí de hombros; las palabras, algunas veces, son un sonido, una
ondulación que se desvanece en el aire del día. Y ésa era una de esas veces. El
patrón abrió la puerta de la gerencia, y se quedó allí, a cinco metros de nosotros,
en la puerta de la gerencia, mirándonos.
Movió, el patrón, sin ruido, un escarbadientes entre sus labios pálidos, los
pulgares de las manos en las sisas del chaleco; y en su cara arrugada,
consumida, pudimos leer, tan claramente como en un cartel luminoso, jodan
ahora.
Demetrio, que no miró a nadie, dijo:
—Vamos al sindicato.
—Vamos —dije yo, y empecé a caminar hacia la salida de la fábrica.
Grupos de cuatro o cinco hombres se incorporaron al nuestro. También ellos
habían medido la figura de un señor en cuya cara se leía jodan ahora, un señor
que los escuchó parar los telares, las canilleras, las devanadoras, que los vio
juntar coraje y largarse a la calle, a cielo abierto, a lo que fuese.
Llegamos al sindicato. La puerta estaba cerrada. Miramos por las
ventanas, En el jol del local, alcanzamos a ver el busto de bronce de la esposa
del General, y fotografías del General a caballo; del General en el balcón de la
Casa Rosada, en camisa, los brazos levantados en ve; del General, la cara como
de otro, delante del ataúd de su esposa. Escuché, a mis espaldas, puteadas,
preguntas rencorosas, mortificaciones: me reí.
Ahora sé que yo, un hombre tranquilo, fui al sindicato en busca de aquello
que les borrara de la cara, a los dueños de los telares, la serena luminosidad de
se les terminó el dulce, y obtener, con eso, que Demetrio siguiera junto a nosotros,
y pocas cosas más, muy pocas, que uno levanta o hereda a lo largo de su vida.
El petiso gritó:
—Está claro, ¿no? A comer y a dormir la siesta. La Argentina es una tierra
bendecida por Dios.
142
Subí a un camión. Vi gente en las azoteas, con los ojos en el fondo de una
calle desde donde les llegaba el sordo estruendo de explosiones y aullidos de
sirenas. Unos policías, con gestos ceremoniosos y voces suaves, increíbles, nos
invitaron a bajar del camión. El gobierno controla la situación, dijo un oficial.
Váyanse a casa, muchachos, que la familia debe estar intranquila. Atento, el oficial. Y
hasta desolado por las congojas de la familia de uno. Volvimos a casa. Y hubo
quien, por nosotros, como siempre, enterró a los muertos.
Y Blas y los que eran como él volvieron al sindicato, una máscara como de
mucamos prudentes y reservados sobre las caras ablandadas por el miedo y el
estupor. Pensaron en lo que eran: propietarios de taxis y fiambrerías e
intendencias y cuentas corrientes y depósitos en dólares, y no tipos atados ocho
horas a un par de telares ajenos, condenados a escuchar jodan ahora. Jodan: el
comisario, por las dudas, hace veinte años que es amigo mío.
Blas engordó, pero yo fui, esa tarde de invierno, al sindicato, para pedir
por Demetrio, porque no sabía hacer otra cosa por un hombre al que evitaba
sancionar con la palabra viejo.
Me atendió el asesor de la intervención militar en el sindicato. Yo conocía,
no sé de dónde, a ese fulano: acaso lo vi en una de esas revistas que abundan en
los consultorios de los dentistas. Fotografiado, quiero decir: delgadito,
sonriente, de cara a la cámara, una copa en la mano, y la infaltable teñida y
escotada a su lado.
Intenté explicarle qué me llevó hasta ahí. Apelé a una gramática lenta y
cauta, parroquial. El delgadito se impacientó.
—Al grano, mi amigo —dijo—. Este señor no produce en la medida de lo
necesario, y sirve de excusa para promover conflictos. O tramarlos.
—No es una excusa —murmuré, respetuoso, sin apretar los dientes, sin
forzar las distancias que ese sex symbol de la ley y el orden consideraba como
preexistentes entre él y yo.
—Lo es, mi amigo, lo es —sonrió el delgadito, pese a la ausencia de la
teñida y escotada—. Nuestro pobre país fue, hasta hoy, el escenario de una
indecente novela realista: de un lado, los buenos; del otro, los malos. Eso se
terminó, felizmente.
El asesor me palmeó el hombro, sin dejar de sonreír, de oler a tipo
educado, de ésos que nacieron para enseñarnos buenas costumbres, y me llevó
hasta la puerta de su oficina.
—Le aconsejo, cordialmente, que deje el asunto como está —y el
fotografiado me benefició con una espléndida sonrisa Kolynos—. La
democracia nos exige trabajo intenso y sacrificios. Por lo demás, la ley ampara a
todos los argentinos, sin privilegiarlos por su cuna.
143
Me reí: los tipos como yo no gritan ni lloran. Se ríen cuando se ríen.
—¿Decía, mi amigo? —preguntó el asesor de la intervención militar, algo
preocupado, como si, turbado, hubiese descubierto que yo era portador de una
enfermedad contagiosa.
—No dije nada, señor... En verdad, señor, no tengo nada que decirle —y
me di vuelta, y me olvidé de la olvidable fotografía.
Al salir del local del sindicato, tropecé con Blas. De él no me olvidé, y
tampoco ahora, cuando contemplo su barriga y su sonrisa astuta, aporteñada,
en la pantalla del televisor. Y miré, en el televisor, a un hombre sensato en su
casa, una casa que se tasó en 350.000 dólares. Y siempre argentino, Blas. Y
patriota. Argentino y patriota.
Lo paré a Blas, entonces, a dos pasos de la puerta del sindicato:
—¿Y, Blas?
—Vení, vení...
Blas me tomó de un brazo y, después de mirar a un lado y a otro de la
calle, acercó su boca a mi oído:
—Nos preparamos, hermano, para la vuelta del General.
—¿Vos, Blas? ¿Vos? ¿Vos y quiénes más?... Blas: ¿cuándo van a dejar de
cagarnos la vida?
—Pará, pará...
Al otro día, en el vestuario de la fábrica, pocos minutos antes de las cinco
de la mañana, di cuenta de mi excursión turística por el sindicato.
El petiso gimió. Y en el silencio que se levantó en el vestuario, en el frío de
esa mañana, el petiso volvió a gemir. Gimió como un animal. Nos quedamos
allí, las manos en los bolsillos de los pantalones y overols de trabajo, y nadie lo
miró.
Demetrio consiguió la changa a las diez de la mañana. Se levantó a las
nueve, desayunó, y bajó del colectivo después de cruzar los límites de la ciudad.
A las once y veinte paró uno de los telares: se le habían roto más de treinta
hilos. Escuchó el lento fluir de la sangre en los dedos, y escuchó al patrón del
taller deje todo como está no lo necesito.
Viejo, dé parte de enfermo.
Nunca me enfermé.
Vaya al oculista, viejo: cuarenta y siete mil pasadas no es producción.
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Déjese de embromar, viejo, con antes. ¿Antes tenía aguinaldo y horas pagas por
telar parado, y comisión interna?
Hace quince años que trabajo en esta fábrica y no conocí otro patrón que
Weldman. Fue patrón antes de que tu general se acordara de nosotros, y lo fue con tu
general, y lo es después de tu general. Y si yo hablo como un loco, no hablés más
conmigo.
Se calienta, a veces, el viejo.
Yo no le arreglo más fallas al viejo: pierdo producción, y él se deja basurear...
Dale, petiso.
Dale, un carajo. A Demetrio lo mean hasta los perros.
Entré, a los trece, a la fábrica, de canillero. Y usted, Demetrio, me enseñó el oficio.
Tardaron ocho años en darme dos telares.
¿Qué tomás?
Ginebra.
Salud.
Buscó cigarrillos en los bolsillos del saco de cuero: el paquete estaba vacío.
Demetrio, a oscuras, se frotó la cara. Pensó que debía afeitarse. Prendió la luz.
Le dio cuerda al reloj. Se sentó en una silla y apretó el caño del 32 contra su
corazón.
VI
El petiso llevaba el impermeable puesto y la cara como de hielo. Y nos
avisó de aquello que, en esa sala y a esa hora, no podía sorprendernos.
Miré el reloj —cinco menos cuarto de la mañana: ¿por qué cinco menos
cuarto de la mañana?—, paré los telares y me fui al vestuario, y prendí un
cigarrillo.
Ese día no trabajamos; ese día tomamos coñac en el velorio de Demetrio; y
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tomamos coñac por la noche y en la madrugada, y caminamos, uno detrás del
otro, alrededor del cajón, y no dejamos, a nadie, tocarle la cara a Demetrio, y no
paramos de tomar coñac hasta que los de la funeraria cerraron el cajón y lo
metieron en una ambulancia.
Nosotros subimos a unos coches alquilados, negros y largos y, en el
cementerio, cuando bajaron el cajón a la fosa recién abierta, me dije que
Demetrio no se mató. Me dije, mientras los terrones de tierra caían sobre la tapa
del cajón, que nosotros, también, matamos a Demetrio.
146
Tualé
Dentro de pocas horas será noche y el año ha de
terminar entre explosiones de petardos y espumantes, o
bombas o quizá algo peor. Pero no será aquí donde
estoy yo. A nadie le interesa si uno muere con tal que
sea desconocido y esté lejos.
Eugenio Montale
Un día más termina para los sanos. Aquí, para los que no lo son, ¿qué?
Voces, escasas, que se pierden en los corredores, sonidos de metales que se
golpean entre sí, respiraciones que se apagan, toses. Un grito.
Lavo el plato de la cena. Un muchacho alto y delgado seca, con un trapo,
el suyo. Hace tres semanas que se internó aquí, en el Instituto, me dice. Miro su
cara pequeña, sus pies blancos que calzan ojotas. Tiene una infección en los
riñones, pero, asegura, se siente mejor. Hay un tono aterciopelado en su voz,
como un chico que pide limosna.
El hombre de la cama 31 se despierta (yo soy el 32). La botella de leche con
que lo alimentan (un tubo de plástico va de la botella a su nariz) pierde. Bajo de
mi cama y llamo a la enfermera. 31 le dice a la enfermera que desea “ir de
cuerpo”. “Le traigo la chata”, le contesta la enfermera alta, delgada y joven.
“¿No puedo ir al baño?”, pregunta 31. “Espere que consulte al doctor.” Sí, el
doctor da permiso. 31 sonríe: le importa, todavía, ser pudoroso.
A las seis de la mañana, el chasquido del lampazo. Estoy en una
habitación de tres camas, separadas por cortinas blancas y viejas y de goma. Me
toman la temperatura, el pulso, la presión. Se llevan el frasco en el que oriné.
Me afeito, me lavo los dientes, me peino. Esto no es una cárcel ni un
cuartel: sin embargo, por algunas de sus normas, el Instituto se les parece. De la
cárcel se huye para ganar la libertad, no la muerte. Al cuartel se lo abandona y,
en ese instante, sólo en ese instante, cuando uno recupera su identidad, se siente,
por la carne, por los ojos y el paso, y en los huesos, el don espléndido de la
juventud. Al Instituto (un hospital, para decirlo de una vez, pero menos
laberíntico que los que uno conoce) se ingresa con el corazón encogido, no
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importa lo que diga la cara. Se cree en todo y, también, en nada, para no
entregarse a lo que funciona entre sus paredes: una máquina que expele,
incesante, vaticinios, anhelos, dolor. Y, también, explosiones de alegría.
Medidas, ellas.
Miro, por la ventana, el invierno que no termina.
A 33, lo rodean tres médicos. Que tome agua le dicen. Que abra la boca.
Más. Y le pinchan la lengua. “Tire la cabeza para mi lado... Levante los
hombros... Bájelos... Otra vez.” Y 33 gruñe ga ga ga. Los médicos, sin mirarse,
cruzan veloces comentarios, en esa jerga que infunde, aún, tanto mítico respeto
y tanto terror entre los enfermos. Una médica joven palmea la espalda de 33:
“Bueno, no lo torturamos más... Descanse”.
Noche sin pesadillas. Llovió. Me despertó la lluvia. Antes me despertaba
N. para que escuchase el ruido de la lluvia sobre los techos, sobre el asfalto de la
calle.
G., parco, me anuncia una pielografía y una cistoscopía para la próxima
semana y, enseguida, examen de las placas por los radiólogos. “Y, de allí,
partimos.”
Salgo del Instituto. Régimen de libertad vigilada.
“...la muerte que cura todos los dolores.” ¿Quién era Sarmiento cuando
escribió esas palabras?
A las once de la mañana comenzó la pielografía descendente. Terminó a
las doce menos cuarto. Después tomé el buen café que me trajo N., y comí dos
grandes rebanadas de paté que ella preparó.
Mañana, la ecografía. N., me dice, mientras fumamos, mientras miro,
desde el segundo piso del Instituto, uno de los mediodías de un invierno que no
148
termina: “El cuerpo responde a ciertos estímulos y, por el tipo de respuesta, se
sabe si tenés un tumor o no. O un cálculo. O lo que sea”. Como escriben los
narradores norteamericanos de la serie negra: así de simple.
Células cancerosas no organizadas: eso es lo que G. dice que tengo, algo
menos parco, algo menos flemático que de costumbre. En la vejiga, me dijo,
creo, pero ahora no lo recuerdo.
La discusión que tuvimos, antes de que emitiera su diagnóstico, fue
cualquier cosa, menos una conversación entre caballeros. G. se negó a
informarme del resultado de un análisis seriado de orina. “Soy, si usted no se
opone, el dueño de mi cuerpo”, dije. G. palideció, y se echó atrás en su silla, y
me miró, y dijo, con la frialdad de un lord inglés irritado, lo que dijo, y dijo que
era preciso que me internara.
33, canoso, pintón, un bigote fino como una anchoa, me pide que anote un
número de teléfono. “De mi hermana, ¿vio? Ella sufre del corazón, así que...” Le
pregunto qué debo decirle a la hermana que sufre del corazón. Piensa. Abre la
boca. Le miro la saliva pastosa en la lengua; las quemaduras en el cuello
producidas por las aplicaciones de cobalto; las manos, acostumbradas al naipe y
al cubilete de dados, que tiemblan sobre sus rodillas. “Dígale a mi hermana que
quiero que venga mi señora... Que mi hermana no se asuste: es lo principal.”
33 se aprieta las sienes con las manos que le tiemblan y susurra: “Tengo
una neuralgia, ¿vio?”.
Entra a la pieza una médica, renga y joven, que carga con un imposible
peinado de trencitas y flequillos, y que sonríe, y que le dice a 33: “Quédese en la
camita, vaya... Ahora le damos una inyeccioncita y se le pasa la molestia que
tiene”. 33 se acuesta en la camita, y una enfermera le aplica la inyeccioncita
recetada para que se le pase ‘la neuralgia, ¿vio?”. Corro la cortina vieja y blanca
y de goma que separa la cama de 33 de la mía. “Tírese en la camita, viejo”, le
aconsejo. 33 me sonríe: se pone de pie, se sube los pantalones y sale al pasillo.
Dejo caer la cortina.
¿Cómo se escribe no a mí? ¿Y quién escribe por qué a mí?
Miro esas palabras que escribí. Escritas, no gritan.
149
33 me pide que llame a los médicos, a la enfermera, a Dios. Yo llamo:
vienen los médicos, las enfermeras de guardia, y Dios que, como se sabe, es
criollo. ¿O es el Diablo quien cuidó que 33 tocase las orillas de la mañana, y
pudiera, parado frente a un espejo, rasurarse las flojas canas que le crecieron en
las flojas mejillas, durante una noche de ruegos abominables?
La pielografía que me sacaron se acumula en una mesa adosada de la
pared, junto a mi cama. Placas negras, grandes, medianas, rectangulares. Y, en
ellas, mis riñones, mi columna vertebral, mi vejiga. Manchas grisáceas, puntos
blancos. Lecturas en un mapa color humo.
33 se me acerca, la cara negra, y murmura en mi oído: “No puedo tragar”.
También yo le palmeo el hombro; también yo le sugiero que tome agua, que
intente tragarla. Toma agua, traga, solloza. Llega la enfermera del turno tarde y
nos mira. “¿Qué le pasa?”, pregunta a 33.
Tarjeta para que N. entre al Instituto a cualquier hora: Razón del permiso:
Citología exfoliativa positiva.
Preguntar por qué a mí es preguntar por qué no al otro.
Se acaba de ir R. Fuimos, hoy, los dos, algo más locuaces que cuando nos
encontrábamos en un bar de una ciudad que se llama Buenos Aires, y
hablábamos de cómo era jugar al ajedrez en un café de Córdoba, y de lo
divertido que fue mientras duró, y de cómo narrar a Kant, o qué imagina un
tipo, sentado en la caja de un camión de mudanzas que circula por las calles
porteñas, y teclea, en una vieja Underwood, consignas de resistencia al poder
de los torturadores, que nadie leerá. Hablábamos, si hablábamos, del tono de
Onetti y, accidentalmente, de los tipos que uno desprecia, y cuya sola mención
te ayuda a olvidar, por lo que dura un sorbo de whisky, las penas del mundo.
R. me dejó La muerte de Virgilio, y se fue, las manos blancas y frías en los
bolsillos de un sacón negro de marinero.
Una mujer madura, opulenta, le pregunta a 31: “¿A vos nunca te dolió
150
acá?”, y se señala un lugar del cuello, allí donde 31 cree que se origina la
parálisis de su lengua. Él, con una voz rasposa, contesta: “No, nunca”. Ella,
entonces, exclama: “¡Viste!”. 31 cabecea, va hasta la balanza que hay en el
corredor, y que nadie usa, y se pesa. Mira a la mujer madura y opulenta como si
la viese por primera vez, y le pregunta: “¿Bajé o no bajé de peso?”.
Camina los pasillos un viejo de cara aindiada. Le preguntó a N., hace un
rato, qué tenía yo. N. le contestó que, todavía, no había un diagnóstico
definitivo sobre lo que fuese que yo podía tener, y que los médicos dudaban
acerca de la naturaleza del mal, su gravedad y cómo y dónde ubicarlo. El viejo
de cara aindiada pensó unos largos segundos y dijo: “Eso es bueno: la
enfermedad no hizo casa”.
Emerjo, como si un brazo lento y sin músculos me izara de un mar de
aceite, y encuentro encendidas las luces de la habitación, y escucho sonidos que
demoro en distinguir.
El doctor S. G. y otros dos médicos jóvenes se mueven alrededor de la
cama de 33. Descorro la cortina de goma vieja. 33 respira pesadamente. Su larga
nariz, la cara, los bulbos quemados debajo de las orejas tienen un color terroso.
33 gime: “Doctor, doctor, no me deje. (Las dos noches anteriores, 33 temió
dormirse como si, indefenso en el sueño, algo, alguien, se lo llevara, en silencio, a
ninguna parte. No apagó la lámpara instalada a la cabecera de su cama, hasta
que no escuchó los ruidos de la mañana. Ayer, durmió una corta siesta. Pero,
antes, su mujer, sentada en el borde de la cama, le prometió protegerlo de las
perversidades de la vigilia. La mujer le acarició el pelo engominado, las
deflagraciones del cobalto, los ojos que lagrimeaban, y 33 cerró los párpados.)
El doctor S. G. es un hombre joven, bello, atrayente. “Vamos —le dice a
33—, no te asustes que va todo bien... Mové el hombro derecho... Muy bien...
Ahora, el izquierdo... Seguí con la mirada mi dedo... El dedo, te dije... Acostate...
Levantá las piernas y estiralas y dejalas estiradas hasta que yo te avise... No, no,
no me aflojés.”
33 se queja: “Mi cabeza, doctor”. Y 33 hunde los dedos de sus manos en el
pelo engominado. Los tres médicos no lo escuchan: intercambian frases veloces,
cada vez más veloces y filosas, que horrorizan a 33, y que me llevan a suponer
que él, 33, y 31, y yo) y los enfermos de la sala, y las enfermas del primer piso, y
los enfermos y enfermas de este país, pertenecemos a una raza privada de
inteligencia.
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Veo, en las caras de esos tres proletarios de la salud, un destello de
felicidad. Palpan el cuello y los hombros de 33 y redescubren las patologías que
aprendieron a diagnosticar (y combatir) en los libros, en los trabajos prácticos,
en las clases magistrales.
De pie, se miran, callados. Ha cesado su jerga veloz, y que fue cada vez
más veloz. Se llevan a 33 a la sala de terapia intensiva. Lo sientan en una silla de
ruedas y se lo llevan. De su cuerpo, desnudo y blancuzco, escapa un pútrido
olor a caca.
N. me dice, antes de irse: “¿Y si el análisis (el de orina seriada, el análisis
que reveló la existencia de células cancerosas) fuera de otro?”.
Desde ayer, al mediodía, estoy en casa. El doctor G. me dijo que lo vea el 2
o 3 de agosto. Para entonces, se conocerán los resultados de la cistoscopía, de la
pielografía, de la sangre que me sacaron, de la orina que derramé en frascos de
vidrio rotulados.
Cuando me despedía de la mujer de 33, ella se echó a llorar: “Yo lo sabía,
Yo lo sabía... Entraba a casa y no lo podía mirar. Y él era tan bueno con los hijos.
Y para todo se daba maña, viera... Escribía tan bien a máquina”.
Ayer, acaso (¿acaso?), inadvertidamente, saqué de un estante de la
biblioteca Una cuestión privada de Beppo Fenoglio. En el prólogo, tropecé con
estas palabras: “Fenoglio, que participó en la resistencia antifascista italiana,
murió de cáncer a los 41 años. Un año antes de su fallecimiento, enterado de
que esa peste devoradora se había instalado en su cuerpo, le dijo a un amigo:
‘Paciencia, hay que estar disponible’”.
Dormí, anoche, como dicen que duermen las piedras.
¿Hubiera sido bueno no despertar, no encontrarme con mi cara en el
espejo, con la taza de café que humeaba en la mesa, con el olor de las
medialunas que compré en la panadería, con las rojas tajadas de jamón crudo,
en un plato, al alcance de mi mano?
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Anoche hicimos el amor, ¿Fue en otra vida que me acosté con N., que nos
desnudamos, que trepé a sus muslos, que llené de saliva su ombligo?
Escribo otra vida porque el tiempo, ahora, es ese reloj de bolsillo que
heredé del viejo Pedro Milesi, al que no doy cuerda, yo, que odié siempre los
relojes parados.
Paciente: ¿el que sufre?
Paciente: ¿el que padece, resignado? ¿El que se somete?
Paciente: significante, damas y caballeros.
Nunca fui paciente con el mundo que me tocó vivir. Ni lo soy.
No voy a dedicarme, paciente, a la idiotizada contemplación de cómo el
cáncer me disminuye, me reduce a algo que no vale ni una mirada de lástima.
N. me lee, en Clarín o en La Nación, que un tal Gancedo, funcionario de
criminales, declaró, en una reunión de la Unesco, que un millón y medio de
argentinos emigraron del país de los ganados y las mieses, “por simples
discrepancias políticas”. Y que no conocía, ni de nombre, a Rodolfo Walsh y
Haroldo Conti, escritores.
¿Pensó Walsh, cuando lo asesinaban, por qué a mí? ¿Pensó Haroldo Conti,
cuando le quebraban, uno a uno, sus dulces huesos de cristiano, por qué a mí?
Entramos, N. y yo, al consultorio de G. G., y sobre su escrito estaba el
informe de los análisis, escarbamientos y otras humillaciones que conoció mi
cuerpo. G. G. dice que es contradictorio.
Con un tono de voz bajo, y aun suave, le pregunto a esa bata blanca que
habla menos que poco, qué entiende por contradictorio. Algo parecido a una
sonrisa se le arma en los labios. Bueno, responde, que todos los análisis —y los
enumera puntualmente— dieron resultados negativos. Desdicen o niegan el
análisis seriado de orina. Ahora, agrega, queda la tomografía... Lo único que
pudimos advertir es una muesca en el riñón izquierdo, que, quizá se haya
producido por la caída de algún cálculo.
En la calle, N. me repite las palabras de G. Escucho a N., y recuerdo una
línea de un poema de Borges. Me callo: ¿no es una frivolidad intelectual
recordar un poema de Borges en la puerta de un instituto hospitalario?
N. me dijo, por teléfono, que iba a buscar la tomografía. N. vuelve a
llamar: salvo una imagen quística renal, no hay nada.
Tres llamadas más de N. Me pidió que compre comida china. Me preguntó
153
si estoy contento. Me preguntó si la quiero.
G. vio la tomografía. Nada. Los exámenes: nada. Hay que extirpar el
cálculo, dijo. Y no hay alta. Habrá otros Papanicolau, control imprescindible
para saber el porqué de las células cancerosas.
Un día de la semana que viene vuelvo a internarme.
Soy el 4, en un box con dos tabiques de acrílico.
Freud temía que su madre lo sobreviviera. Hombre inteligente, Freud.
Informe de G.: mañana, a las 8.30 horas, me opera. Las ecografías y la
última pielografía muestran algo en el riñón izquierdo. Ese algo no lo muestra la
tomografía, debido, quizás, a los cortes largos... No pregunto, no lo asedio como
otras veces. G. se esfuerza por ser cordial: voy a explorar el riñón, dice, como si
la cosa careciese de importancia. Y logra sonreírme.
Miro, un rato, por la ventana, el invierno de Buenos Aires, las ramas
peladas de los árboles, las luces de la noche.
N. me afeita la pelambre del pecho y de la pelvis. Me afeita la espalda y los
pelos de las piernas. N. y yo nos miramos, de pie. Beso a N., lentamente, en la
boca. Estoy desnudo.
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Un largo pasillo iluminado
Leo Frankel vive en una vieja casa de la calle Cangallo, a pocas cuadras del
Obelisco. Si uno abre la puerta de vidrios rajados, alta y estrecha, en la planta
baja, y da tres pasos, encuentra una escalera que se alza en espiral, como una
voluta de humo. O eso parece.
Y si uno sube veinte escalones, sucios y gastados, desemboca en un largo
pasillo. De día, una penumbra frágil e inmóvil cubre el largo pasillo. Cuando
anochece, la lámpara, que cuelga de un techo alto y descascarado, disipa esa
penumbra e ilumina cuatro o cinco puertas a medio cerrar. Pasás delante de
ellas y escuchás palabras que se quiebran en el aire, risas, el rasguido vacilante
de unas cuerdas de guitarra.
La luz de la lámpara no llega al final del largo pasillo, pero sobre la
madera cepillada de la última puerta brilla una pequeña chapa de cobre en la
que se lee Frankel. Debajo de la chapa de cobre, tres palabras escritas con un
lápiz de carpintero: No golpee. Entre.
Fue lo que hice: abrí la puerta y entré a una pieza cuadrada, de techo bajo.
Junto a la única ventana de la pieza, una mesa. A los costados de la mesa, un
taburete y un sillón de mimbre. En la mesa, una cafetera de metal.
Me gustan los sillones de mimbre: prefiero, sin embargo, los sillones
hamaca, también prefiero a las mujeres rubias y, si es posible, malignas.
De la pieza contigua, llegó la voz clara y lenta de Frankel. Me senté en el
sillón de mimbre. Frankel enseña algo —simbología, relajación— a sus
ocasionales alumnos. Tal vez, por lo que sé o por lo que, hace tiempo, me
dijeron del hombre que hablaba, con lentitud y claridad, en la pieza contigua,
enseña, a sus ocasionales alumnos, a ser pacientes.
Al rato, salió de la pieza contigua un grupo de muchachos y muchachas.
Miré las pantorrillas de las muchachas, cuando las muchachas pasaron frente a
mí, con la serenidad de un tipo a quien el tiempo forzó a reconocer que su
juventud fue —como escriben, aún, los poetas municipales— una fiebre
pasajera. Miré las pantorrillas de las chicas, encendí un cigarrillo, y traté de
imaginar qué pasaría si le pedía, a cualquiera de esas muchachas, que enroscara
sus piernas en mi cuello.
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Frankel atravesó el angosto hueco que comunica la pieza en la que dicta —
persuasivo, acaso; tenaz e incomprendido, seguramente— su lección de
paciencia.
—¿Café? —preguntó Frankel, y su cara, enjuta y tranquila, me sonrió.
—Sí.
—El café lo preparo mejor que Ruth. Es lo único que preparo mejor que
Ruth —dijo Frankel, como si, todavía, se pudiera dudar de su afirmación.
La luz cruda que venía de la pieza contigua resbaló en el cabello ralo y
canoso de Frankel, en su saco grueso y oscuro, abotonado hasta el cuello.
Frankel es flaco y, quizá, por eso, parece alto. Le ofrecí un cigarrillo.
—No, gracias —dijo Frankel—. Hace mucho que no fumo... ¿Tenés frío?
—No.
—¿No?
Le repetí que no se preocupara, y que, si llegaba a sentir frío, se lo diría.
—Ruth —dijo Frankel— compró una estufa a querosén. No me puedo
explicar cómo se la vendieron tan barata. Esa mujer debería dedicarse a los
negocios: siempre se lo digo. Le digo: “Ruth, tu ojo no perdona”. Y ella se ríe.
Nunca termino de entender de qué se ríe.
Frankel se quedó pensativo. Frankel, por lo que conozco de él, se siente
desvalido cuando no entiende algo. Si estuviera frente a un esquimal y no
lograra descifrar su lenguaje, se vería sacudido por la misma perturbación que
le produjo la risa de Ruth, cuando esa risa dijo algo que él no supo qué la
originaba.
—¿Cuanto hace que no nos vemos? —preguntó Frankel.
Le dije cuánto hacía que no nos veíamos.
—Desde el entierro de tu padre, ¿eh? —dijo Frankel, sorprendido.
—Desde la tarde que lo cremaron —precisé.
—Sí —asintió Frankel—. Desde esa tarde. Ahora, tomá el café, por favor.
Tomé el café: era bueno, realmente, ese café. Y fuerte, y caliente. Frankel
me pidió que lo tomara sin apuro. La gente apurada, dijo, siempre se atraganta.
—¿Como te sentís? —preguntó Frankel, la cara de quien va a alguna parte.
—Bien —le contesté, recostado en el sillón de mimbre. Pensé que su
pregunta aludía a lo que recuperé de mí, después de abandonar el Instituto. Y
no fui yo quien le contestó: contestó la memoria que mi cuerpo guarda de sus
capitulaciones. Digo, entonces, que le contesté con un énfasis descreído; con la
torpe, errática verborrea que paraliza la curiosidad de los otros.
—¿Eso es todo? —preguntó Frankel, que iba hacia alguna parte, y que me
devolvió, llena, mi taza de café.
—Eso es todo —y sonreí—. Camino despacio, controlo la sal de mis
156
comidas, vigilo el color de mi orina, cultivo manías.
Deposité la taza vacía en la mesa, y me apoyé en los brazos del sillón para
levantarme. Frankel, desde el lugar al que había llegado, me detuvo:
—No te vayas: Ruth no puede tardar mucho más. Sé que le alegrará verte.
Encendí otro cigarrillo y me recosté en el sillón de mimbre. Frankel dijo,
desde el lugar al que había llegado, que lo visitó un individuo joven, un experto
—dijo Frankel— en el arte de vender lo que vende. Me pidió que le contara las
intimidades de un actor. Me pidió que le hablara de los secretos de la profesión.
“Hábleme desde las orillas del teatro que no conoce la gloria. Hábleme de la
privación y del hambre, si las hubo. Hábleme de la vejez de un actor de teatro.
Y de cuándo, por qué y cómo se prostituye. Y del fracaso. Y del olvido. Dígame
qué es el olvido para un actor de teatro.” No lo puse del otro lado de la puerta
con su sonrisa de seductor de sirvientas provincianas, su perfume barato y su
bigote mejicano: hablé para él. Tal vez me preguntes por qué no lo puse del otro
lado de la puerta, y hablé para él. Tal vez no...
Frankel exhaló un ahhh fatigado, y yo apagué el cigarrillo.
—Fui el hijo de un hombre delicado y escéptico —dijo Frankel—, que
sostenía que el respeto al prójimo se probaba en la calidad del desdén por la
arrogancia de los trepadores... No, no lo puse en la puerta: le hablé. Él puso en
marcha el grabador y yo hablé. Usted confía en las palabras, le dije. Él me
contestó que confiaba en las palabras como un bebé en la dulzura de la leche
materna. Entonces, le dije al grabador que los escritores exitosos y los actores
improvisados creen en la palabra. El individuo de los bigotes mejicanos apagó
el grabador y me mostró el impecable esmalte de sus dientes: mañana vuelvo.
Volvió, encendió el grabador, y me pidió que hablara, que no olvidara nada
importante. Hablé. Y cada palabra que dije era una mentira.
Los hombres delicados y escépticos mienten porque no saben cerrar, a
tiempo, las puertas de sus casas, dije, recostado en el sillón. La cara tranquila y
enjuta de Frankel sonrió.
Frankel, que aún sonreía, dijo, desde el lugar al que llegó, que no se
mintieron Ruth, mi padre y él, y otros como Ruth, mi padre y él, para quienes la
juventud no era una fiebre pasajera, cuando fundaron el grupo de teatro
Spartakus. Frankel dijo que mi padre trajo a maquinistas, planchadores y
costureras del gremio del vestido a la sala que alquilaron cerca del Mercado de
Abasto, y que los maquinistas, planchadores y costureras trajeron a
metalúrgicos, portuarios y gráficos y peones de los frigoríficos, y que todos se
sentaban en los bancos de la sala que alquilaron cerca del Mercado de Abasto.
¿Qué palpitaba en esos cuerpos silenciosos, qué universo emergía de la
oscuridad, y en cada uno de esos cuerpos silenciosos, cuando Chejov sugería,
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en alguno de sus textos, la incierta crueldad de una repentina tala de árboles; o
cuando se enumeraban, con voces estentóreas y trémulas, los pesares de Sacco y
Vanzetti? ¿Qué de sí mismos encontraban en los personajes de Arlt, que
gustaban de la expiación y de la perversidad; o en la agonía de los negros de
Scottsboro? No lo sé, dijo Frankel, esa noche, la cara enjuta y tranquila y sin
arrugas. El grupo de teatro era joven, el local en el que actuaba era húmedo, la
comida del grupo era de pobres: eso es todo lo que sé, dijo Frankel, esa noche,
la cara en paz y sin arrugas. Nos interesaba el cerebro de la gente, si eso te dice
algo.
Frankel contó, esa noche, que durante un ensayo, Yasha, a quien nadie
conocía, subió al escenario y compuso un Hamlet que no era bello ni ágil ni
dubitativo. El Hamlet de Yasha era un glotón que premeditó su glotonería (con
lo cual indicaba que podía premeditar su ascetismo), más bien bajo, más bien
gordo y repulsivo para una mirada desprevenida. El Hamlet de Yasha
desplegaba sus dotes de actor en beneficio del Hamlet que aspiraba hacerse del
poder, y que sabía que el poder exige, a los príncipes, disimulo, dádivas,
promesas y crimen. El príncipe de Yasha usaba máscaras sensuales, inocentes,
enfermas, corrompía y mataba.
Después de ese ensayo, Frankel pensó que los hombres y las mujeres que
asistían, los fines de semana, al local que el grupo alquiló cerca del Mercado de
Abasto, se impusieron el Hamlet de Yasha como si evocasen, confusos y
perplejos, jirones de un sueño que padecieron y que habían olvidado.
Frankel me sirvió coñac y me preguntó si estaba cansado. Le dije que el
coñac era excelente y que no estaba cansado. Frankel dijo, esa noche, que lo
imposible se demora, y que esa demora dispersó a los hombres y mujeres que se
sentaban en los bancos del local que alquilaron cerca del Mercado de Abasto, y
también a Spartakus, y que explicar qué arrojó a una desesperada soledad a
hombres como mi padre, y aburguesó a quienes optaron por lo posible, no era
una cuestión que se pueda confiar a analistas, comunicadores sociales u otros
alquimistas de las palabras.
Escuché lo que dijo Frankel, y le pregunté, circunspecto, si lo de
desesperada soledad no era una exageración. Un hombre que elige no ser
burgués, dije, juega, la mayor parte de su vida y a lo largo de casi toda su vida,
contra un cubilete de dados cargados. Lo demás —los infinitos nombres de la
desesperación, el fracaso, la vejez, la soledad— es patrimonio de los escritores
que aceptan los dictámenes del mercado. Persistí, sentado en el sillón de
mimbre, en otras obstinaciones, en otros desamparos, hasta que se me secó la
boca.
Frankel alzó, lentamente, el brazo izquierdo y miró en su muñeca, la esfera
158
negra del reloj. Luego, lentamente, bajó el brazo y, desde el lugar al que llegó,
me llenó el vaso con coñac, y dijo que Ruth y él no sabían de Yasha por meses y
años. En una hora cualquiera del día, Yasha empuja la puerta y se sienta en el
sillón de mimbre. Ruth, que le reprocha que no les hubiera puesto una línea en
meses y años, prepara las carnes, las papas, las pastas, el vino del almuerzo, de
la cena, de las primeras horas de la madrugada. Yasha cuenta, con una voz
neutra y rápida, que viajó al norte del país, y que una mujer le relató, con un
fervor admirable, el argumento de la última novela de un autor progresista y
tropical, mientras él se rebajaba a penetrarla. Tenía hambre, dice Yasha, y esa
mujer que, cuando yo la montaba, se complacía en memorizar fragmentos de
novelas de escritores que no temen revelar su adhesión a una izquierda
comprensible y, por fin, civilizada, esa mujer, repito, me alimentó dos meses. Ni
en la Edad Media, con guerras de treinta años y pestes y hambrunas, se vivía
como vive Yasha, dice Ruth, sin mirar a Yasha.
No les escribía; cuando empujaba la puerta, en una hora cualquiera del
día, y se sentaba en el sillón de mimbre, callaba. Frankel le dijo a Yasha, en uno
de sus regresos, que supo que lo golpearon, a la salida de una fábrica, hasta
darlo por muerto. ¿Yasha quería probar la mano de los custodios una segunda
vez?, preguntó Frankel. Yasha dijo que quiso confrontar sus caracterizaciones
de burócratas y matones sindicales y simples obreros, los simples y sencillos
obreros —la carne en disputa, digamos, dijo Yasha, con una sonrisa breve y
cortés— con los modelos reales. Esa confrontación no le enseñó nada que no
supiera, dijo Yasha. Y dijo que olvidaría esas caracterizaciones y lo que vio, y
que ese olvido sería otra cosa. Dijo que intentaría explicarse. Dijo que conoció a
una mujer que Borges amó o fingió amar hasta que olvidó que la amaba o que
fingía que la amaba. Y Borges, que olvidó que amaba, o fingía amar a esa mujer,
pulió, con ese olvido, una metáfora, que supuso perfecta, indemostrable y
fugazmente perfecta; que supuso dulcísima y perversa. La mujer que Yasha
conoció, y que Borges amó o fingió amar hasta que olvidó que la amaba o fingía
amarla, le dijo a Yasha que Borges creía que esos olvidos constituyen el arte de
narrar.
Los artistas del sistema venden a Sófocles en ritmo de rock; yo escenifico
las fórmulas de Einstein, dijo Yasha. Y sonrió. Y pidió que se aceptara esa
sonrisa como avergonzada: nunca en treinta años de actuación, arriba o abajo
del escenario, nadie le escuchó un discurso tan largo y tan, digamos, dijo Yasha,
execrable.
Frankel dijo, durante uno de los regresos de Yasha, que quienes
consideraron que el nombre de Spartakus impregnaba una labor cultural, seria y
digna, con las consignas anacrónicas de los años veinte, y cambiaron el nombre
159
de Spartakus por otro más fácilmente legible, más fácilmente recordable y
plural, importaron un director norteamericano que, por lo que le dijeron a
Frankel, se mostró descontento e irritado con los actores que probó para el
papel del Galileo de Brecht.
Yasha, dijo Ruth.
Yasha se abrochó el sacón que amortiguó la furia profesional de los
custodios y, sin hablar, acompañó a Frankel y a Ruth hasta una sala con
calefacción y butacas afelpadas. Frankel dijo que Yasha compuso un Galileo
creíble. Simplemente eso: creíble. Creíble el Galileo que cede antes de que lo
encadenen a la mesa de tormentos, y reniega de la audacia de sus hipótesis;
creíble el Galileo hereje, que no abjura de sus investigaciones y de los
desasosiegos que ellas proponen. Y Frankel, desde el lugar al que llegó, sonreía
a algo, y la sonrisa era compasiva, y era, también, un fino trazo de escarcha que
se desvanecía como tocado por el fuego.
No habían terminado las cavilaciones del director norteamericano, y de
quienes rebautizaron a Spartakus, acerca de los riesgos que afrontarían si
contrataban a un tipo imprevisible como Yasha, cuando Yasha, dijo Frankel, se
abrochaba el sacón, y volvía a irse.
Ruth se prendió de mi brazo, dijo Frankel, y los dos seguimos a Yasha.
Yasha caminaba con el paso de un hombre joven. Yasha cruzó una estación de
ferrocarril. Ruth, dijo Frankel, llamó a Yasha. Yasha, callado, cruzó la estación
de ferrocarril, como si la estación de ferrocarril, no fuese, de noche, un escenario
desierto. Yasha, lejos de las frías luces de la estación de ferrocarril, se acostó en
las vías del tren. Yasha, acostado en las vías del tren, tenía un cigarrillo en la
boca. Frankel dijo que le encendió el cigarrillo, y le deseó una actuación como
nunca antes se le conoció arriba o abajo de un escenario.
Frankel apretó, con su brazo, el brazo de Ruth, y Ruth y Frankel
caminaron hacia las frías luces de la estación. Frankel dijo que Ruth se soltó de
su brazo y corrió hacia las vías del tren.
Frankel mira las piernas de Ruth que corren hacia las vías del tren, y a
Ruth que se arrodilla en las vías del tren, la cara de Ruth por encima de la brasa
del cigarrillo que fuma Yasha. Frankel gira sobre sí mismo y abandona el
escenario. Y eso, creo, es lo que mira Frankel desde el lugar al que llegó.
Frankel volvió a servir coñac en nuestros vasos, y alzamos los vasos, y nos
tomamos el coñac de nuestros vasos. Frankel me dijo que bajara despacio la
escalera y que cuidara mi salud.
Caminé, despacio, el largo pasillo iluminado por una lámpara que cuelga
del techo, que cede a las grietas y la humedad. Frankel me dijo que a esa hora
de la noche —la hora en que me despedí de Frankel— volvía Ruth. O un poco
160
más tarde.
161
En la mecedora
El neurólogo dice esto: dos años atrás, me leyó las conclusiones del
informe añadido a una polisomnografía nocturna a la que, le consta, me sometí
desdeñoso y resignado.
El neurólogo que se parece, demasiado, a un caballero inglés —algo así
como un jugador de polo vestido, de los hombros a los tobillos, con una bata
blanca, y rubio, atildado, de estatura y edad medianas y ojos fríos y claros—,
me pregunta, no muy ansioso, como fatigado, si recuerdo algo de aquella
lectura.
Me alzo de hombros y miro sus ojos claros y fríos, su cabello rubio y el
nudo irreprochable de su corbata, y su devoción por el Martín Fierro, de la que
me hizo partícipe, en una lejana tarde de verano, cuando se abandonó,
displicente e inescrutable, a la celebración de los silencios de la pampa.
El neurólogo dice —y el tono de su voz es algo más fuerte que un
susurro— que el informe elaborado a partir de esa polisomnografía nocturna (a
la que me entregué, repite, dócil y abstraído), corresponde a una persona
normal, salvo por una observación que él, el neurólogo, omitió mencionar en mi
última visita, por razones obvias.
Yo miro el humo del cigarrillo que sube, leve y lento, y blanquísimo, hacia
una ventana por la que entra la luz de la tarde. ¿Es una luz de otoño? ¿Mansa?
¿Dónde se refugió la luz del verano, mientras yo, por razones obvias, encendía
un cigarrillo?
El neurólogo dice, sin ningún énfasis, tal vez retraído: la observación que
acompaña a la polisomnografía nocturna indica que yo, persona sana, vivo una
tristeza profunda.
¿Entiendo esa observación, incluida en el informe que acompaña a la
polisomnografía nocturna?
¿Es mansa la luz del otoño?
¿Hacia dónde huyó la luz del verano?
¿Le digo, al neurólogo, que lo que yo deba entender de la observación que
aparece en el informe agregado a la polisomnografía nocturna ha dejado de
importarme?
162
¿Le digo que alguien escribió: la vejez, única enfermedad que me conozco,
será breve, será cruel, será letal? ¿Y que escribió, también, que prefería olvidar
las diez o doce imágenes que conservaba de su infancia?
Enciendo otro cigarrillo.
El neurólogo, las manos cruzadas sobre su escritorio, contempla el
cenicero, y dice que no demore mi próxima visita, que vuelva cuando yo lo
desee.
Me pongo de pie, y le pregunto al neurólogo si hay alguna otra cosa que
yo deba saber.
El neurólogo que es, casi, un caballero inglés, sea lo que sea un caballero
inglés, me abre la puerta de su consultorio.
Cuando llego a casa, prendo la luz de una lámpara de pie, siento a Tristeza
Profunda en la mecedora, y la mecedora se mueve de atrás para delante, lenta y
en calma, y pasea a Tristeza Profunda por el silencio que ocupa la pieza de
paredes pintadas a la cal.
163
Con un esqueleto bajo el brazo
Mi padre murió en la madrugada de un viernes de diciembre. Mi primo
Rodolfo demoró, apenas, una hora en avisarme. Su voz, en el teléfono, tenía esa
claridad expeditiva e irrecusable con la que los miembros de mi familia
reemplazan la digresión, la metáfora, el recuerdo, y, muy a su pesar, sólo
cuando lo imprevisible —no el pogrom, no el allanamiento policial, no la
enfermedad— golpea a su puerta. “Tu vieja está bien”, dijo Rodolfo, como si yo
pudiera suponer otra cosa. “Me la llevo a casa, ¿sí?”
Mi excursión por una agencia de pompas fúnebres, el trámite para la
instalación del velatorio, elección del féretro que recibiría el cuerpo de Reedson,
y su posterior traslado al cementerio, exigieron que firmase, en un escenario de
luces suaves, actas, recibos, compromisos, gangoseos, suntuosidades, y
desfilara entre una doble fila de ataúdes brillosos, mientras escuchaba el elogio,
a cargo de un anciano enjuto y atildado —creo que era un anciano, y que era
enjuto y atildado— de la belleza implícita en lo sobrio y la hermosura
abrumadora de lo barroco.
Otra hora y media la consumí en el consultorio del médico de cabecera
procurando que un tipo joven y algo distraído, instalado en una pieza oscura y
pequeña, y rodeado de estatuillas de campesinas holandesas, juglares, perros de
morros blanquecinos y otros deliciosos tributos a la estética de la buena gente,
me firmara un certificado de defunción a nombre de quien fuera, en vida,
Mauricio Reedson.
A la una y media de la tarde del sábado, el cajón estaba en la sala del
velatorio. La sala era fresca: de todos modos, me tranquilizó advertir,
incrustada en lo alto de una pared, la grisácea estructura de un aparato de aire
acondicionado.
Reedson yacía en el cajón, pálidas las manos y la cara, y en calma por
primera vez en mucho tiempo; y su cuerpo, que padeció las mortificaciones del
silencio, era un manojo de piel y huesos. Miré su cara y sus manos y su cuerpo
con una libertad que no me concedí en años y, después, encendí un cigarrillo. A
Reedson también le gustaba fumar —fumaba rubios, rubios Arizona— pero
cuando supo que sus enemigos lo acechaban, pegaban sus oídos en la puerta de
164
la pieza que era el testimonio mudo de los desmoronamientos del presente, y
ocupaban las escaleras y las azoteas cercanas, y le invadían el sueño, y lo
atormentaban con tenazas llameantes; cuando los reconoció como los
expropiadores de la esperanza que nutrió su bravía e indomable juventud, sin
que él, con la lengua de los profetas, convocara a los desposeídos a reeditar la
hazaña de David, se prohibió el tabaco y el vino. Y cuando se negó el tabaco y el
vino, cuando optó por el silencio, la mirada acuosa y lejana de quien regresa de
un mundo yermo y frío, borró de su pasado, y para siempre, al orfebre tenaz de
la huelga de los albañiles, ese paro feroz que ajó la modorra parroquial de
Buenos Aires en el verano de 1935, y al orador apasionado de las asambleas de
su gremio en el salón Garibaldi, en el salón Unione e Benevolenza, en el cine
Rívoli de Villa Crespo. Ni alcohol, ni humo, ni memoria. Vejez. Y la muerte que
entra a su cama. Y él, que no grita, que sella su boca. Y él, que mira a la muerte,
solo y en silencio.
A veces, se meaba. Y otras, la fetidez de una caca oscura manchaba, bajo
las frazadas, sus ropas, su pellejo quebradizo y amarillento, las sábanas que
mamá le cambiaba día por medio, hablándole, contándole historias
incoherentes, piadosas, tibias rememoraciones de sueños abolidos. Y Reedson,
enroscado en las sábanas que hedían, respondía, abochornado: “Límpienme,
por favor... Límpienme..., no fui yo..., no”.
Mi madre, acompañada por su hermana, la madre de Rodolfo, llegó a las
dos de la tarde al velatorio, y también se paró frente al ataúd. Lloró, y yo
agradecí, no sé bien a qué o a quién (¿a la lucha de clases?, ¿al infierno, al cielo,
al manso estupor de la ancianidad?), que no se entregara a esas escandalosas
representaciones de las mujeres judías cuando de desconsuelos y penas
irreparables se trata. Pensé que cincuenta años de convivencia con un hombre
que osó decir no cuando sus camaradas decían sí, y los patrones decían sí, le
sofocaron el recurso de esas catarsis teatrales que el exilio, el ghetto y el
antisemitismo militante incorporaron al deslumbrante registro artístico de su
raza.
Mamá suspiró, cabeceó, se pasó un pañuelo por los ojos, y me dijo:
—Que cierren el cajón. Papá nunca quiso que lo miraran cuando dormía...
Papá decía que era parecido a su padre, que fue un hombre santo, y que lo
martirizó, en nombre de Dios, nadie sabe cómo... ¿Te conté que papá fue hijo
único, y que su padre, hombre santo si los hubo, concibió a papá cuando ya era
un viejo, casi sin fuerzas para llegar a la cama?... ¿Sí? ¿Te lo conté? ¿Y te conté
que el padre de papá le hacía recitar la Torá delante de los rabinos, y los
doctores de la ley, en la gobernación de Lomza, y papá no se equivocaba ni en
el tono, y los doctores de la ley, y los rabinos, para celebrar la erudición de
165
papá, llenaban sus copas con vino ritual, y las alzaban en honor del abuelo que
no conociste, y brindaban por su devoción, por su salud, y su vida al servicio
del Libro?... ¿Te conté eso?
—Me lo contaste, vieja. Y el viejo contó esa historia. Y se reía cuando la
contaba, como si la contara por primera vez, y no fuese él quien la contaba.
—Te conté eso, ¿eh? ¿Y vos estás seguro que papá la contó más de una
vez? —preguntó mamá, asombrada, quizá, de las infidelidades de su recuerdo.
—Me lo contaste, vieja —repetí, abstraído, fatigado, todavía paciente.
—Si vos lo decís... —susurró mamá, recelosa—. Pero ¿por qué se reía?
—Le regalaba un minuto de gimnasia al corazón, supongo.
Mamá me tomó del brazo, y caminamos lentamente a lo largo de la sala
fresca y en penumbras, y ella, en voz baja y sigilosa, me preguntó si ya me había
contado que se acostaba, en la misma cama, con un despojo, y que las noches
eran eternas, y que, acostada junto al despojo, ella escuchaba los nombres de
fugitivos gloriosos, y escuchaba de grandes gestos traicionados, y escuchaba
maldecir a los traidores.
Hablaba, dijo mamá, la voz baja, serena, conspirativa, a multitudes
desvalidas; las arengaba con su antigua voz de batalla; les mostraba, a los que
eran como él, que la Revolución es posible; y les exigía que se emanciparan de
la desesperación y del hastío, y que ingresaran en la escuela del odio si, en
verdad, deseaban que la Revolución perdurase. Amanecía exhausto, dijo mamá,
y pálido, y el cuerpo inmóvil, los ojos abiertos a la primera luz de la creación,
que lo reinstalaba, mudo, en las expiaciones y el horror de la vida.
Y mamá dijo, alzándose hasta mi oído, en la sala fresca y en penumbras,
que hubo una noche en la que Reedson se impacientó, y decidió no propiciar
esos viajes de una inmolación necesaria y obstinada y cruel a una realidad
quieta y vacía, y a un tedio aséptico, y a la inevitable degradación de la carne.
Entonces, sin apuro, lentamente, sonrió a su mujer, sonrió a la televisión, sonrió
a la gente en la calle y, en la sombra pura de una madrugada, sonrió a la nada
que comenzaba a enfriar su sonrisa.
Mamá se soltó de mi brazo, y preguntó, sin aflicción, ensimismada:
—¿Sabes qué Revolución era posible para él, que no es posible para los
otros hombres?
Poco a poco, llegaron los escasos amigos de Reedson. Besaron a mamá, me
abrazaron, se refugiaron en los rincones más alejados de la sala. Fui de uno en
uno: susurraban, ellos también, la diezmada letra de los pobres y oprimidos;
removían papeles mohosos; exaltaban sus antiguos gritos de alegría y libertad y
166
furia.
Salí a la calle, y era de noche. Una tibieza húmeda me envolvió la cara
como una toalla cargada de vapor maloliente. Entré al bar más cercano y pedí
un porrón de cerveza. Llené el vaso y tomé la cerveza sin respirar. Terminé el
primer porrón y pedí otro. La toalla que envolvía mi cara, y que se disolvía,
floja, deshilachada, en el aire untuoso de la noche, olía a sobaco sin lavar.
La cerveza del segundo porrón estaba helada, y tenía un como distante
sabor amargo. Alcé el porrón: en la tapa de la mesa, el culo del porrón había
dibujado un delgado círculo de sudor. Deposité el porrón en la mesa, y lo
levanté: nuevo círculo. Repetí la operación varias veces: el verano, el mal aliento
que no abandonaba mi boca, el desorden indescifrable de mi corazón, las
infaltables preguntas que no tienen respuesta, legitimaban ese intento (idiota)
de rehuir la lentitud de una ceremonia de frágiles evocaciones y de desventura.
Volví a la sala del velatorio. Rodolfo dijo algo y yo di vuelta la cabeza.
Allí, cerca de la puerta, estaba Elbio. Parecía un poco más pesado y un
poco más alto que el muchacho que vi, por última vez, hacía ya veinticinco
años. Quizá fuesen los bigotes. O la mirada. O algo que no recordé. Pero tenía el
aspecto de un tipo próspero: se movía con esa brusca arrogancia de los que se
saben inmunes a los desatinos de la Bolsa. Me acerqué a él.
—¿Cómo estás? —me preguntó, y puso una mano grande, fuerte, cálida,
sobre mi hombro.
—Aguanto.
—¿La vieja?
—Mira para atrás. Suma las noches de cincuenta años que durmió con el
mismo hombre, y se aterra. Y, ahora, descansa.
Elbio alzó las cejas, murmuró carajo, y movió la cabeza. Yo encendí un
cigarrillo.
—Siempre tuve ganas de visitarlo a tu viejo —dijo Elbio que, en ese
momento, pasaba, de una mano a la otra, las llaves de su auto.
—¿Y?
—No sé... Me dijeron que no hablaba con nadie.
—Algo así.
—Enfermedad podrida.
—No fue la enfermedad.
Elbio me miró como quien espera que se le haga una oferta.
—¿Y qué fue?
Me encogí de hombros. Dije:
—Dudó... Dudó de la infalibilidad. Dudó antes que otros. Y eso, se sabe,
es, casi siempre, mortal.
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No me odié por la fatuidad de mis palabras. Tampoco me odié por
pronunciarlas. Odio mis impotencias.
—¿De qué hablas? —preguntó Elbio, y en su pregunta escuché el chirrido
seco de la irritación.
—En los velorios se dicen los mejores chistes que nunca se hayan
escuchado: éste es de los peores.
—Dejó de creer, ¿eh? —dijo Elbio, sin escucharme.
—Reedson nunca fue un creyente. Reedson era ateo. Un ateo puritano.
Elbio miró, por encima de mi cabeza, el acondicionador de aire, la pintura
de las paredes, un grupo de viejos, arracimados y en silencio. Supuse, blando
como una diarrea, que esa mirada tasaba naipes jugados, tiempos,
iluminaciones, apuestas.
—Despedime de la vieja —dijo Elbio, la mirada que no ofrecía nada, ni
siquiera a los diarreicos, y a los flojos del corazón como yo.
Rodolfo se quedó conmigo esa noche de sábado. Mi tía, la madre de
Rodolfo, se llevó a mamá. Los viejos amigos de Reedson se marcharon, afables,
injuriados por la ausencia de una tribuna, y de banderas, y de herederos.
Escarnecidos por lo que es.
Fue a mediados de enero —un viernes, mi día franco en El Cronista—, y yo
no tenía nada que hacer, salvo dejarme estar en el silencio de mi departamento,
y aspirar, por la ventana abierta del comedor, la brisa húmeda que venía del río,
y mirar el río, y la negra línea de paraísos que oculta el aeropuerto, y los veleros
en el río, y el sol, amarillo, que lamía los últimos pisos de torres construidas al
azar, y por el deseo de la más reciente generación de nuevos ricos, o prender la
radio y prestar atención, unos segundos, a una música, a una voz, a sonidos. O
sentarme en un sillón —un sillón viejo, con un buen respaldo alto y curvo,
donde dormitan los anuncios de mi inminente vejez—, un vaso de whisky al
alcance de mi mano, y abrir un Atlas y contemplar manchas, erupciones,
cataclismos, y deslizar la yema de mis dedos por láminas tersas y opacas, por
las orillas de tumultuosas arqueologías. Podría dedicarme, digo, a esos
ejercicios vespertinos de fin de semana para mantener la cabeza libre, por unos
silenciosos y fugaces instantes, de las previsibles decepciones que me visitarían
apenas pusiera un pie en la calle. Podía, también, releer ese espeso fragmento
de Santuario en el que Popeye se acerca a Temple Drake, y ella piensa o dice
Algo me va a ocurrir, y la cara enjuta de Popeye tiene el color de la grasa cocida y
fría, y babea, y Temple Drake, Algo me va a ocurrir.
Aquella tarde, sin embargo, recogí la invitación que Elbio, abruptamente,
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dejó caer antes de irse del velatorio de Reedson. No me impulsó la curiosidad o
una exhumación acongojada del pasado. Simplemente, quise interrumpir mis
puntuales (melancólicas) aproximaciones a una de las variantes más ocultas y
púdicas del ser nacional. Cuando bajé del colectivo, a cinco cuadras del taller de
Elbio, elegí, por lo tanto, la vereda de la sombra.
En el taller de Elbio había dos autos desarmados, cubiertas usadas,
hierros, y una penumbra reparadora. Elbio me llevó a una pieza cuadrada en la
que, me dijo, atendía a sus clientes. “Vos no lo sos”, aclaró, serio. Lo miré: no
bromeaba.
Tres sillas en la pieza cuadrada, unas carpetas polvorientas en unos
estantes de madera, un camastro, y el escritorio, y una ventana que permitía
una mirada completa sobre el taller. Además, una pileta, un calentador
eléctrico, un ventilador de pie.
Me senté. Elbio, que preparaba el mate, vestía un mameluco gastado y
calzaba zapatillas de básquet.
Algo, en su cuerpo macizo, me llevó, inevitablemente, como en una
película sin lujos de sintaxis, a pensar en el muchacho que nos acompañó, una
noche de invierno de 1954, a mí y a otros dos tipos, hasta las paredes de
Klöckner, en las que pintamos, con alquitrán, consignas que aludían a las
madres que parieron a los matones sindicales. Para decirlo todo: nos cuidaba las
espaldas. Uno sentía que no se le encogían las tripas sabiéndolo ahí, tranquilo,
atento, recostado en el tronco de un árbol, con la brasa del cigarrillo oculta entre
sus grandes manos. Olvidamos la merecida fama que ganaron los puños de
Elbio: era la presencia de Elbio lo que nos reconfortaba. Fue su ofrecimiento de
acompañarnos en aquella expedición nocturna, que formuló con un laconismo
memorable, el que disipó nuestros miedos (¿cómo llamarlos si no?), e insolentó
las consignas que la brea fijó en las rugosas paredes de una de las más antiguas
fábricas metalúrgicas de Buenos Aires.
Por qué viniste, le pregunté cuando pusimos fin a la faena pictórica, y nos
deshicimos del balde y de la brocha. Estábamos, solos, en el bar Gaona, en
cuyas mesas de billar los tres hermanos Navarra —Ezequiel, Juan y Enrique—,
simpáticos, y hasta casaderos, y tan olvidados por los arbitrarios fastos
porteños, conquistaron una módica porción de eso que llaman gloria por la
belleza, complejidad y elegancia de sus carambolas.
Elbio, que también miró las mesas de billar y las pantallas verdes y
cuadradas, como embudos, con sus lámparas apagadas, que pendían sobre las
mesas de billar, me contestó que los metalúrgicos fueron al paro cagándose en
los dirigentes, y en sus histéricos llamados a la calma, la disciplina y la fe en el
General que dio a los trabajadores lo que nadie les dio nunca. ¿Y qué esperaba
169
yo que hiciese él, que desde los doce años se movía entre tornos, matrices,
grasa, capataces y alcahuetes?
Elbio me cebó un mate, y dijo:
—Lo de tu viejo, ¿te jodió?
Supuse que Elbio me preguntaba por el costo del duelo, si es que hubo
duelo y hubo costo. Me extravié, recuerdo, en un balbuceo tenaz; después moví
los hombros; después me callé. Las cenizas de Reedson habían sido dispersadas
en el agua, en el viento y en la tierra, y yo dedicaba mis fines de semana a
morosas lecturas que olvidaba al momento de abandonarlas.
Elbio se acordó de esas tardes de sábado, cuando el equipo de fútbol del
barrio se trasladaba —ruidoso y desafiante— a unas canchas de tierra pelada y
dura, en Villa Devoto, para enfrentar a adversarios vecinales. Esos encuentros
se disputaban con una exasperación que no volvería a reconocer, siquiera, en
los partidos de primera división. Reedson seguía esos juegos sabatinos con una
curiosa atención. Y, bajo su gorra de obrero europeo, una paciente sonrisa le
cambiaba la cara. Gozaba del espectáculo, de la pasión que exudaban los
veintidós jugadores, de la astucia de alguna gambeta, de alguna picardía que
llevaba risa a las bocas jadeantes y sedientas de defensores y delanteros y
público.
—Sí —dije yo—, esos partidos lo alegraban.
—Difícil de entender, en un tipo como él, que esos partidos de mierda le
gustaran.
—No —dije yo.
—¿No?
—No.
—¿Cambio la yerba?
—Dejá: todavía aguanta.
—Sí... ¿Te contaron?
—¿Qué tenían que contarme?
—Lo mío.
—Algo.
Elbio esperó que le confirmara sus presunciones: quienes proclamaban, en
público, que estaban unidos a él por una amistad que se remontaba a la
adolescencia, y más atrás aún, se entretenían, durante prolongadas tertulias de
café, en repasarle las vísceras. Los iniciados tiraban a Elbio sobre un pedazo de
mármol, y gordos, calvos, las canas manchándoles el pelo engominado y los
bigotes, intercambiaban guiños, pronósticos, sobreentendidos; rememoraban,
los compinches, las osadías cometidas en lo que se obstinaban en llamar,
resignados y filantrópicos, tiempos mejores.
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Elbio miró mi sonrisa, abrió la canilla, llenó la pava con agua, enchufó el
calentador, cambió la yerba del mate, y volvió a sentarse.
—Me casé con la Lucre. Y soy un tipo que se enriqueció, y que tiene más
plata de la que puede gastar —dijo Elbio, inclinándose hacia adelante, como
agobiado, los brazos entre las piernas, mirándome.
Insinuó, imaginé, que esos dos episodios —casarse con Lucrecia y
convocar a una fortuna no expuesta a los azares de la economía de mercado—,
se alimentaban recíprocamente: uno no sería posible sin el otro. Quizá su
dicción fría, precisa, que se sostuvo, inalterable, durante las horas que
estuvimos juntos, no fue más que la traducción de un texto que relaciona los
dispersos componentes de una ecuación, la identidad de una fórmula accesible
a unos pocos. No lo sé, aún hoy.
Elbio dijo que se enriqueció, que es un tipo que tiene más plata de la que
puede gastar. Y eso, enriquecerse, no es difícil en este país si los abuelos o los
bisabuelos o los padres de los bisabuelos compraron tierras y vacas y ovejas en
la esperanza de que sus descendientes enseñaran a una población incrédula y
aguarangada, gustosa de la siesta, los beneficios de una vida sobria y de la
propiedad privada ejercida sin menoscabo de la necesaria caridad y del más
austero de los patriotismos. Elbio fue de los que aprendieron.
Y sí, yo la conocía a Lucrecia. Como todos los que, con menos de
veinticinco años, frecuentábamos el bar Gaona, o una casa de putas en Villa
Crespo. Lucrecia salió del viejo Flores, un barrio de jardines descuidados y
abundantes, vastos caserones en los que no entraba el sol, poblados por familias
que exhiben, en sus genealogías, a guerreros de la Independencia o del
arrasamiento del Paraguay.
Se decía que Lucrecia era hija de un caudillo cuyo indisputable prestigio se
fundó, tempranamente, en su excepcional habilidad en el manejo del revólver, y
la generosidad de su bolsillo. Después, entre 1930 y la finalización de la
segunda guerra mundial, una ciudad que crecía, desaforada e impertinente, y
los gringos que se esparcieron por ella, propietarios de ínfimos boliches, y que
doctoraban a sus hijos en la Universidad, lo acobardaron, lo empujaron a la
decrepitud y a una penosa vejez.
Un verano, como todos los veranos que precedieron a ése, hijos y nietos
del caudillo, leídos y acomodados por el partido gobernante en lucrativas
burocracias del Estado, disfrutaron sus vacaciones en Mar del Plata.
Una tarde o una noche de ese verano que, en Flores, olía a sombra y tierra
regada, el hombre que construyó su fama con gruesos fajos de billetes y coraje
tumbó, sobre su cama de macho y criollo, a la muchacha contratada para todo
servicio, y la muchacha, contratada para todo servicio en un miserable
171
rancherío provinciano, cerró los ojos y gritó cuando el viejo, hambriento y
torpe, entró en ella. El anciano se irguió sobre la muchacha, en su cama de
macho y criollo, y miró, frío, su miembro que goteaba, y las tetas de la
contratada para todo servicio, y le manoseó las tetas como si con ese manoseo,
desprovisto de crueldad y de frenesí, agotase las exigencias de su cuerpo.
Luego, enmudeció a la muchacha golpeándole la boca, duros los dedos de las
manos que supieron de lances más riesgosos que ése.
La familia se cuidó de condenar, en voz alta, el arrebato del patriarca; en
cambio, gestionó que la muchacha contratada para todo servicio fuese alojada
en un burdel del arrabal porteño, y que a la niña que parió la muchacha
contratada para todo servicio, inscripta en las actas de bautizo con el nombre de
Lucrecia y el incierto apellido de la madre, la criase una tía pobre y jubilada.
Eso ocurrió cuando la niña abandonó los pañales y se sostuvo, sin ayuda, sobre
sus piernas.
A los doce años, Lucrecia servía en la casa de la viuda de un apellido
conspicuo. La viuda carecía de fortuna; subsistía merced a una módica pensión
que le entregó, a fines de diciembre de 1930, el general José Félix Uriburu en
persona. (Quien fue marido de la viuda alcanzó a distribuir escarapelas patrias
entre los participantes de la jubilosa parada que derrocó al presidente Hipólito
Yrigoyen. Quien fue marido de la viuda contribuyó, con repentinos sustantivos,
a la exaltada escritura del credo argentino del general Uriburu. Pero ni él ni
nadie supo que el general Uriburu iba a morir, y ni siquiera en París. Y que
antes, solo, sin amigos, víctima de la enfermedad y de sus admiraciones por las
marcialidades mussolinianas, abandonaría el poder. Quien fue marido de la
viuda murió, a su vez en brazos de una amante fortuita, en la casa de la amante
fortuita, cuando la amante fortuita le dijo, desnuda, cálida, familiar, por cinco
dólares, m’hijito, te hago lo que quiero. Por diez dólares, hacéme lo que vos quieras.)
La tía pobre y jubilada —una dama, claro— era devota de algunos santos
y, naturalmente, del rezo y la contrición. Se pasaba las horas en su dormitorio,
una pieza de techo alto y muebles trabajados para una eternidad, entregada a la
ingrata tarea de enseñarle a Lucrecia, una niña nacida en y marcada por el
pecado, que los apetitos de la carne se reprimen con el ayuno y la mortificación
del cuerpo. Por lo que Lucrecia recibía un considerable número de chancletazos
en el trasero, o, en voz alta, rezaba, horas y horas, de rodillas en las espejeantes
baldosas del dormitorio de la tía pobre, viuda, jubilada y cristiana, en alabanza
de la abstinencia que purifica las almas y, también, de los escalofríos que la
recorrían cuando el brazo seco de la tía viuda y cristiana dejaba caer en su culo
que crecía, virgen y pétreo, la suela de la chancleta.
Elbio ganaba su salario en Klöckner: los símbolos que enorgullecían al
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antiguo barrio de Flores —venerados por sonetistas prudentes—, le importaban
un pito, para usar una expresión frecuentada por la lengua de los porteños.
Pero esas verdosas marcas de expiación católica en las carnes prietas de
Lucrecia le cortaban el habla, no las insinuaciones de la fantasía.
De allí, del antiguo San José de Flores salió, entonces, Lucrecia. Y se le dio
por visitar a una hermana de su madre, una mujer flaca y callada que vivía en
una casa de patio con galería, parra e higuera, en la esquina de Artigas y
Vírgenes. Alta sobre sus sandalias de taco largo y fino, llegaba Lucrecia a la casa
de la tía. El pelo negro y lacio le caía, lustroso, perfumado, sobre los hombros.
El vestido parecía haber nacido para ella: estaba allí, pegado a la piel de
Lucrecia, y mostraba lo que Lucrecia deseaba mostrar. Y no había nada que
Lucrecia y su vestido ocultasen, salvo las naturales cavidades húmedas y
cálidas que, junto al continente de la mujer, desasosegaban a quienes se
prometían domar esa anatomía que cuestionaba los más feroces desplantes de
la hombría e incitaba al canibalismo.
No me extrañó, sin embargo, que Lucrecia accediese, dócilmente, a casarse
con Elbio. Una noche, Elbio me pidió que lo acompañara a la casa de la tía de
Lucrecia. (Elbio me había escuchado una efusiva interpretación del momento
político, no sé si nacional o internacional, o la suma de ambos. Me escuchó,
Elbio, no con la pasión del neófito, sino con una atención cordial y descreída.
Me callé, al rato, fatigado. Yo era, todavía, demasiado tierno; me cansaba,
todavía, demasiado rápido. Pero aprendería. Y la cátedra del silencio sería mía.)
Lo acompañé. Elbio respetó mis numerosos cansancios, y me ofreció sus
cigarrillos. Doblamos la esquina del almacén: como en las mejores y peores
películas de Hollywood, dos tipos manoteaban las resbaladizas, tentadoras
curvas y lisuras de Lucrecia, arrinconada contra el muro pedregoso de un
colegio privado. Esperá, dijo Elbio. Llegó hasta el grupo y, sin cambiar el tranco,
deshizo a cachetazos a los dos tipos. Elbio tomó a Lucrecia de un codo y,
cuando pasó a mi lado, dijo nos vemos.
Tardamos veinticinco años en vernos. Tampoco me extrañó que Elbio se
enriqueciera. Si la democracia es una suma de estadísticas; si la Argentina es,
para muchos, un modelo de movilidad social, y cada medio siglo sus dueños la
depuran de apátridas confesos, todo es como debe ser.
—¿Sigo con el mate? —preguntó Elbio.
—Por mí, no.
—Voy a buscar cerveza —dijo Elbio.
Yo tenía la camisa empapada de sudor; caminé unos pasos. La oficina
estaba a oscuras: encendí la luz. Elbio volvió con dos botellas de cerveza y unos
vasos de papel.
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—Sentate —dijo—. La cerveza, ¿te gusta?
—Me gusta.
Elbio sonrió, y se limpió, con el dorso de la mano, la espuma de la cerveza
que le blanqueaba los labios. Y quizá habló, esa noche, de compra y venta de
coches y repuestos. Y de coimas y sobornos fáciles. De aduaneros de mirada
corta y bolsillo abierto. De un mercado ávido de chiches lujosos. Vino a
decirme, creo, que aprovechó una oportunidad que no se repetiría, a la que
aportó su competencia manual, su sangre fría y su intrepidez. Miré su boca que
sonreía —y ya no importó si lo escuché hablar o no, esa noche—, y esa sonrisa
le agrietó la cara. No fue bueno mirarle la cara, esa noche, y los ojos que tasaban
lo que veían, y la barba de dos o tres días en la cara, y esa sombra que bajaba
sobre sus labios. Pero la cerveza ayudó.
Después, eso se sabe, Elbio compró departamentos, y los alquiló; compró
una quinta para los fines de semana; compró un Mercedes Benz; compró un
terreno —un poco más de un cuarto de manzana— y levantó una casa de dos
pisos con demasiados mármoles y demasiados balcones, y encerró, en ella, a
Lucrecia.
Y Lucrecia no aceptó que Elbio empleara una mujer para la limpieza de la
casa. Cuando Elbio llegaba a la casa —nueve o nueve y media de la noche—, la
casa relucía como un cuartel minutos antes de la visita del presidente de la
República.
Lucrecia dio a luz un chico, y el médico que atendió el parto les dijo, a
Elbio y a Lucrecia, que si intentaban tener otro, la señora se expondría a riesgos
innecesarios. Cuando el chico cumplió dos años, adoptaron una nena. Fue lo
que nos aconsejaron los pediatras, dijo Elbio, el vaso de cerveza, vacío, en una
mano grande, poderosa y, todavía, temible. Y la sombra que cubría su boca se
desvaneció, y lo que sea que esa sombra era, se refugió en sus ojos, como si esa
sombra se resistiese a ser incluida en un prontuario doméstico y, tal vez,
previsible.
La nena —Rodolfo me anticipó que lo que yo pudiese escuchar acerca de
la nena provenía de sus observaciones personales— dio pruebas, al cumplir los
trece años, de una precocidad que alarmó a Lucrecia. A Lucrecia, comentó,
parco, Rodolfo. Y, enseguida, agregó que Lucrecia dispuso que la muchacha se
sometiera a incesantes y variados ejercicios espirituales, en los que el Bien debía
resplandecer como una deidad inaccesible. Escenario: el cuarto de la muchacha.
Hay quienes aseguran, dijo mi primo, que la muchacha escapó de su
pieza, una tarde, en un descuido de Lucrecia, y corrió hasta la heladería de
avenida San Martín y Linneo, abierta los trescientos sesenta y cinco días del
año, donde se habría encontrado con un empleado de ferretería, cobarde y
174
presuntuoso. Otras versiones sostienen que Lucrecia despertó de su siesta,
imprevistamente, y descubrió al hijo y a la hija adoptiva, en el comedor de la
casa, abrazados, las ropas revueltas, meneándose, jadeantes. Lucrecia arrastró a
la muchacha hasta el baño, y nadie, excepto Lucrecia y la muchacha, sabe qué
ocurrió allí. Pero los quejidos y el llanto de la muchacha se impusieron al
discurrir del teleteatro de la tarde, a la vocinglería de los chiquitines que salían
del colegio, y a la serena hermosura de la tarde otoñal. En este punto, el relato
de Rodolfo giró hacia lo presumible: las discretísimas esposas de los amigos de
Elbio vieron forcejear al hijo de Elbio, a Lucrecia y a su hija adoptiva, durante
un par de minutos, apoyados en el parapeto de la azotea de la casa de dos pisos.
Y vieron a Elbio bajar del Mercedes Benz, y entrar en la casa de dos pisos, y
reaparecer, al rato, con una valija en la mano, y una sombra que bajaba sobre su
cara impasible, acompañado por la chica, cuyos ojos estaban ocultos por unos
grandes lentes negros de armazón dorada. Elbio y la chica se introdujeron en el
Mercedes Benz, y el coche se puso en marcha a una velocidad de película. Todo
ello, antes de que las contempladoras pudieran retornar, algo menos
perturbadas de lo que estaban, a las fatalidades que descargaba el teleteatro de
esa serena y bella tarde otoñal.
Las conjeturas llegaron después del estupor. El estupor no fue breve, pero
las conjeturas llegaron, inevitables. Una de ellas quiso que Elbio depositara a la
muchacha en un convento de estricta clausura. Otra, ligeramente insidiosa,
explicaba que Elbio, dueño de seis, ocho, diez departamentos —nadie acierta,
hasta hoy, con la cifra exacta de las propiedades inmobiliarias de Elbio—, la
instaló en un semipiso vacío, y que amuebló en tres horas. Además, Elbio
contrató a una institutriz, obviamente alemana o inglesa, y una cocinera. Las
visitas de Elbio al semipiso amueblado serían intempestivas y prolongadas,
pero en horarios irreprochables. Y en presencia de la irreprochable institutriz
alemana o inglesa.
Tercer comentario de Rodolfo. El resto de los testimonios es obsceno y
maligno. Y olvidable.
El muchacho y Lucrecia me esperaban, como siempre, para cenar, dijo
Elbio. La casa brillaba igual que el primer día que la ocupamos. Lucrecia, en la
mesa, hablaba de las vecinas que encontraba en el mercado; de los alquileres
que cobrábamos, que le parecían bajos; de alguna futura inversión. Yo la
escuchaba y engullía un plato detrás del otro: Lucrecia es una buena cocinera, y
el negocio consistía en no escucharla o escucharla a medias. El muchacho nos
miraba, estoy seguro, con desprecio. Pero nunca abrió la boca para vomitármelo
en la cara o sobre el mantel. Yo pago sus gustos.
¿Sabés?: pensé en irme. Un rollo de dólares en el bolsillo y un pasaje a
175
cualquier parte. Muchas veces lo pensé. Pienso en eso —nadie, en cualquier
parte; nada delante— las noches que, por comer demasiado, tardo en
dormirme. Pienso, a veces, en matar, que es como viajar a cualquier parte.
Tomé la cerveza que quedaba en mi vaso: estaba tibia. A Elbio, el sudor le
regaba la barba azulada, y sus ojos brillaban, inmóviles, verdes como la hiel. Se
pasó las manos por la cara, se las limpió en el mameluco, apartó las botellas
vacías, me pidió un cigarrillo.
Apagá esa lámpara, murmuró, fatigado, de pronto, por lo que fuese: el
calor del día, la cerveza tibia, una charla entre dos tipos que recién se
conocieron en la sala de espera de un tren.
Hará seis meses, dijo Elbio, apareció un chico por el taller: no tendría más
de dieciocho años. Se llamaba Daniel. Dani. Así dijo que se llamaba. No
recuerdo su apellido: Flores, Ortiz, Maldonado. No. López o Martínez. Si
aceptaba que no le pagara la jubilación, obra social y otras mierdas, podía
quedarse, le dije. Me sobra la plata: mantengo esta cueva sólo para
entretenerme.
Es una rueda: alguien te trae un auto para que se lo pongas al pelo —el
secretario de un juez; los custodios del interventor en IMOS; el hijo de un
brigadier, que es dueño de una flota de taxis—, y salta, sin que lo pidas, un
asunto que te deja una bolsa de billetes. ¿No es lo mismo que viajar a cualquier
parte?
Dani se quedó. Le adelanté unos pesos. Dormía ahí, en ese camastro. A la
semana, el local era un espejo. Y se daba maña para el trabajo, Dani... ¿Te
enteraste que me metieron preso?
—No.
Lucrecia reparó que, de la masa de músculos, huesos y silencio que se
sentaba a la mesa, emanaba una agilidad juvenil, una áspera mordacidad, una
displicencia parecida a la alegría. Lucrecia se pintó de violeta y blanco aluminio
los párpados; se halagó con anillos que llevaban engarzados símbolos egipcios;
compró vestidos que suscitaron amargas rendiciones de cuentas entre los
amigos de Elbio y sus esposas. Y concurrió a la cama con un salvajismo
despiadado e insaciable.
Elbio se recogió en una prolija cortesía; en un descaro misericordioso.
Porque el histrionismo de Lucrecia desembocó en un fraseo litúrgico de versos
tangueros, entonados a las horas más inusitadas del día o de la noche.
Desafinaba, dijo Elbio. Pobrecita, cómo desafinaba.
La policía detuvo a Elbio y a Dani, a bordo del Mercedes, un anochecer de
invierno, en las cercanías del Parque Centenario. En la comisaría, los encerraron
en calabozos separados. Horas más tarde, Elbio fue llamado a declarar.
176
Asqueado por la mezquindad de las imputaciones, Elbio invocó un apellido que
no podía pasar inadvertido para el oficial de guardia, a menos que fuese
irremediablemente idiota, eventualidad que Elbio se negó a considerar.
Elbio proporcionó, al oficial de guardia, el número de teléfono del apellido
que invocó, y le exigió, al oficial de guardia, que lo marcara. El oficial de
guardia miró su reloj y comprobó que eran las dos de la mañana; cambió de
lugar, en su escritorio, dos o tres papeles, acercó y alejó de sí el teléfono y, por
fin, llamó al comisario. El oficial de guardia musitó algunas palabras en el tubo
del teléfono, cabeceó dos veces, y colgó.
Llevaron a Elbio a la sala de espera, y Elbio se sentó en un banco, cerca de
la estufa, y pidió a un agente que le trajera un termo de café y sándwiches. El
agente miró al oficial de guardia; el oficial de guardia extrajo de los cordones de
zapatos, reloj, pañuelo, anillo, cinturón, llaveros, bolígrafos, tarjetas de crédito,
portadocumentos, que le fueron requisados a Elbio, tres billetes de diez pesos, y
se los entregó al agente.
El comisario llegó a las ocho de la mañana, escuchó el parte de novedades
que le recitó el oficial de guardia, y ordenó que Elbio pasara a su oficina. El
comisario parecía el campeón de todos los campeonatos imaginables de
simpatía, cordialidad y tolerancia. El comisario era dueño de un idioma
escogido, exento de prosaicos neologismos y significaciones peyorativas. La
conversación fue extensa y penosa.
Elbio, atónito, se vio como la presa inerme de fuerzas que pretenden
socavar —eso es: socavar—, las bases morales de la familia, de su familia y, por
extensión, de la familia argentina. Hubo, en compensación, fraternales
palmadas en el hombro de Elbio, y comprensión, de hombre a hombre, para un
desliz humano, tal vez.
Elbio subió al Mercedes y, lentamente, como si al coche lo empujaran,
volvió a su casa. Lucrecia, en bata, despeinada, preparaba el desayuno. Lo
tomaron en silencio. Elbio dijo: Me voy a dormir. Lucrecia pidió: Hablá.
Como en el teatro: ¿te das cuenta? Si el actor no habla, ¿qué es? Entonces,
le dije: Me aburro.
Lucrecia se tiró sobre Elbio: Pegame, gritó. Yo lo denuncié a ese maricón.
Elbio le sujetó los brazos y dijo, frío: No, Lucre. Estoy fuera de forma.
Las lluvias del invierno no les fueron propicias a los comulgantes del bar
Gaona. Algunos padecieron fastidiosas anginas o bronquitis que anunciaban las
aflicciones de la vejez; otros, descalabros financieros que atestiguaban, por lo
menos, que la viveza porteña —ese mito que forjaron cronistas exaltados y
pomposos— no cuenta a la hora de los balances en rojo. Acudieron, los
enfermos, a Elbio. Y Elbio les negó el pan y la sal; les profetizó, soez y
177
pendenciero, catástrofes más devastadoras de las que vivían y, con licencias
lingüísticas que no se escuchan, siquiera, en los festivales de rock, los puso en la
calle.
Las ofensas inferidas por Elbio, a quienes llegaron en peregrinación a su
casa en busca de ayuda para recobrar la salud, fueron analizadas en las mesas
del bar Gaona. Un arrebato de furia lo tiene cualquiera, argumentaron aquellos
que insistían en llamarse amigos de Elbio. Uno de estos días aparece por aquí, y
nos pide disculpas. O no dice nada, y santas pascuas.
Elbio no volvió a pisar el café Gaona. Pero la tibieza de un sábado de
agosto congregó, en una de sus mesas, a convalecientes y desairados. Vaciaron
pocillos de café y vasos de ginebra, y fumaron. Y reflexivos, dejaron constancia
de dos hechos verificables: 1) Lucrecia había dejado de cantar. Nadie, desde la
mañana que Elbio —hosco y barbudo— se reincorporó a la sociedad civil,
escuchó, en los labios de Lucrecia, las rimas consagradas de Mano a mano, las
estrofas reverenciales de El bulín de la calle Ayacucho, o las que narran las
desdichas del macho fiel a quien una hembra casquivana, seducida por las
cuantiosas luces del centro, le rehúsa su amor. 2) Elbio y Lucrecia se marchaban,
los domingos, a primera hora de la mañana, con rumbo desconocido. Elbio
cargaba, en el coche, cantidades envidiables de achuras, tiras de asado, plantas
de lechuga y apio, cebollas blancas, frutas naturales y envasadas, y botellas de
vino que, por número y calidad, descartaban, para los observadores, un goce
platónico del feriado.
Hubo quien sugirió prácticas aberrantes en la soledad de la quinta, que
Elbio compró en la zona residencial de San Isidro. Hubo quien fue más lejos.
Y quien fue más lejos puntualizó que Lucrecia, para cobrarse el agravio
que implicó para ella —para cualquier mujer, si vamos a hablar claro— la
relación Elbio-Dani, se asignó el papel de Yocasta y, al hijo, el de Edipo.
Deslumbramiento y estupor generales en la mesa del bar Gaona, ocupada por
jefes de familia, sensatos y maduros, que no se privaron de imaginar que esos
nombres, disparados por la erudición de uno de ellos, insinuaban
depravaciones, anormalidades poco frecuentes y, también, vergonzosas.
Me permití comentar que hay un socialismo —el de los cretinos— que es
inmune a la corruptibilidad del hombre o a su salud.
Rodolfo dijo que podía reírme de los razonamientos de quienes se decían
amigos de Elbio, pero no de datos proporcionados por aquellos que apenas lo
conocían. Y, luego de una pausa, Rodolfo dijo que los domingos, antes de
emigrar hacia San Isidro, el matrimonio Elbio-Lucrecia se detenía a orar en la
iglesia de San José de Flores. Lucrecia usaba, para esas excursiones, unos
grandes anteojos negros de armazón dorado.
178
El calor era intolerable y, en un momento del intolerable crepúsculo, Elbio
enmudeció. Encendimos cigarrillos y los fumamos en silencio.
Los focos de los autos que pasaban por delante de la puerta del taller de
Elbio encendían una luz turbia en una de las mejillas de Elbio, en las botellas de
cerveza vacías, en el ventilador inexplicablemente inmóvil, en mis manos.
—¿Quisiste decir que tu viejo se mató? —preguntó Elbio, poniéndose
bruscamente de pie.
—¿Dije eso?
—Los hombres como tu viejo no tienen una segunda oportunidad —y
Elbio sonrió, y una sombra le contraía la boca.
—¿Querés que te cuente acerca de un tipo que no buscó una segunda
oportunidad? —pregunté yo, mirándome las manos cruzadas por los brochazos
lívidos que venían de la calle.
—Se terminó la cerveza —dijo Elbio que sonreía, y en su sonrisa había
cansancio, y desdén, y algo más.
Hubo otro silencio que no vino a nosotros, ni cayó sobre nosotros. El
silencio lo pusimos nosotros.
Éramos, allí, y para siempre, dos extraños en un andén de ferrocarril.
Salí a la noche con un descarnado y limpio esqueleto bajo el brazo, y volví
a encontrar los árboles, el perfume, las piedras y las marcas de un mundo que
supo robarnos la guerra para la que estábamos destinados.
179
Preguntas
180
Lento
Esperó ese nombramiento, meses y años. Movió recomendaciones,
memorizó las palabras necesarias, vadeó puertas con paciencia y discreción. Por
meses y años. También tuvo náuseas.
Dio clases particulares a chicos que jamás distinguirían la g de la j, la s de
la z; a chicos que se aburrían en la escuela, a algún mocoso consentido que
deseaba explorarle los interiores de la bombacha con el mismo aire codicioso y
chambón que empleaba para manosear a la-muchacha-todo-servicio.
Preparó, apresuradamente, una valija, y viajó horas y horas rumbo al
destino que le asignaron. El paisaje cambió. El ómnibus se llenó de cáscaras de
frutas, de olores rancios, y de mujeres bajas y de anchas caderas, ojos achinados
y palabras escasas.
Subió un cerro pedregoso, cubierto de matas salvajes y chatas. La escuela,
en la cima del cerro, tenía techo de ladrillo y zinc. Tenía dos habitaciones con
una cama cada una, una pequeña cocina, y tenía una sala con bancos y pupitres,
y un pizarrón donde ella escribiría, probablemente, letras desarticuladas. No
faltaba el retrato, en lo alto de una pared, del padre del aula inmortal.
Respiró aire puro.
Los chicos aprendían a unir consonantes y vocales, y armaban una
palabra. Y, después, unidas consonantes y vocales, nombraban al paisaje, los
árboles que les eran familiares, las chivas y los perros. Sumaban un número y
otro número hasta sortear el error, para que, les decía ella, no los engañaran
cuando les llegara la hora de cobrar un sueldo.
Ella aprendió, a su vez, que los chicos crecían entre piedras, llanura,
vientos y resignación, y que olvidarían los precarios trazos que escribieron en la
pizarra y en el papel.
Ella les calentaba algo de locro, algo de fideos, algo de leche en un hornillo
a gas. Ella los miraba comer, voraces y silenciosos.
Ella los despedía con un beso en la mejilla, y los chicos se encogían, tensos,
como si los fueran a castigar.
181
Ella los miraba bajar el cerro, camino de sus casas, en el crepúsculo de
cada día.
Ella conoció la fatalidad de algunos desamparos.
Una mañana apareció, en la puerta de la escuela, una vieja. Traía, de la
mano, a un muchacho. Dijo que el muchacho se llamaba Luciano. Dijo que
debía tener como quince años. Y que era su nieto.
La vieja tenía el cabello blanco y los ojos negros, y la palabra breve. Dijo
que tenía una majada de corderos y una majada de chivas. Y que se podía
arreglar sin el muchacho. Dijo que quería que Luciano aprendiera la letra de
Dios. Dijo que su nieto era obediente y manso, pero que si ella, la maestra,
consideraba que merecía algunos palmetazos, que se los diera nomás. Dijo que
su rancho quedaba allá, detrás del horizonte, muy lejos detrás del horizonte, y
que debía irse.
Ella sentó a Luciano en el último banco de la sala. Le abrió un cuaderno
sobre el pupitre, y le alcanzó un lápiz, y le preguntó si sabía escribir su nombre.
Luciano, después de un rato, unos largos segundos, la miró con los ojos de su
abuela, y movió la cabeza para un lado y para el otro.
Así que, por las tardes, cuando los chicos bajaban el cerro, y volvían a sus
casas, ella procuraba que Luciano aprendiera el abecedario.
Ella le repetía que ésa era la a y ésa era la b. A veces, Luciano avanzaba en
el conocimiento de la letra de Dios. A veces de pie frente a la pizarra, alto y de
carnes magras, o con el cuaderno entre sus manos, se le borraba todo lo que
había aprendido como si, suponía ella, un fogonazo mudo estallara en los ojos
del muchacho, y pulverizara lo que su memoria había acumulado en noches y
horas de paciente y fatigosa enseñanza.
Ella suspiraba, apenas, y recorría, con él, mapas, ciudades, puertos,
montañas, mares, islas de los mapas.
Luego, ella se dejaba estar bajo la ducha. La ducha caliente le
proporcionaba un placer como ninguna otra cosa que recordase.
Una noche le dijo a Luciano que se bañara, que aprovechara, y rápido, del
agua caliente que quedaba en el tanque. El muchacho no contestó. Ella se acercó
a él y le desabrochó la camisa. Luciano la miró con los ojos de la abuela, y entró
al baño.
Ella se dijo que Luciano era muy torpe, y le preguntó, a través de la
puerta, si el agua estaba caliente, ella escuchó caer el agua de la ducha, y esperó.
182
Los fines de semana, Luciano se despedía, y tomaba el camino que llevaba
al rancho de la abuela, allá, detrás del horizonte.
Pero hubo un sábado que la nevada superó los ambiguos pronósticos del
servicio meteorológico, que ella escuchaba por una radio a pilas.
El muchacho dijo, lento, en voz baja, que se iba. Ella dijo que era un
desatino bajar el cerro, y buscar la ruta que llevaba al rancho de la abuela, allá,
detrás del horizonte. ¿Estaba él loco?
Luciano miró, por la ventana, el viento feroz y la nieve que caía, y musitó
que la abuela lo esperaba.
Ella insistió: nadie, ni un baquiano, se arriesgaría a moverse con esa
tormenta que, además, crecía por momentos.
Luciano le preguntó si le permitiría ir a buscar leña, ahí afuera, bajo el
alero de la escuela. Ella dijo que sí. Y se reprochó, tarde, que en el cambio de
palabras con Luciano, su voz estuviera teñida, claramente, por la irritación.
La escuela se entibió. Cenaron, y el muchacho levantó la mesa, y lavó los
platos, y echó unos leños al hogar de la chimenea.
Ella le dijo que se acostara. Él fue a su pieza, y ella escuchó cómo se
desvestía. Ella prendió un cigarrillo, y pensó que debería escribir una carta.
Pensó, también, que debería preguntarse a quién.
Se sentó a la mesa, y volvió a revisar sus correcciones a las tareas que
había encomendado a los chicos que aún subían el cerro, que aún no habían
sido sustraídos de esa frecuentación olvidable que era la escuela.
Leyó hojas y hojas; avivó el fuego de la lámpara; fumó otro cigarrillo.
Ella, la cara envuelta en el humo del cigarrillo, escuchó, tal vez sin
sorpresa, la lenta voz de Luciano que le llegaba desde el silencio y la oscuridad.
Y la lenta voz de Luciano que le llegaba desde el silencio y la oscuridad decía
que ella, la maestra, lo cogiera.
183
Los hijos del Mesías
Esa noche releí Islas en el Golfo; para ser más exacto: releí la larga
conversación que, casi sin decaimientos, reúne a Thomas Hudson y Liliana La
Honesta, en el café Floridita. Y creo recordar que un viento frío corría por las
calles de La Habana, fenómeno climático que atrajo mi atención. No por
demasiado tiempo: el tiempo, quizá, que yo demoré en decirme que La Habana
es esa ciudad que Hemingway amó a las ocho de la mañana.
Fue entonces que escuché cómo la lluvia golpeaba en los vidrios de las dos
ventanas del comedor: la que da al río y la otra.
Cerré el libro y lo dejé sobre mis rodillas, y me recosté en el sillón, y
escuché la lluvia, y la escuché, y la escuché golpear en los vidrios de las dos
ventanas del comedor, y en una ciudad que olía a carne asada y demolición, y
pensé que era hora de que tomara una ginebra —Thomas Hudson, en su larga
conversación con Liliana La Honesta, ya se había despachado, con un coraje
tenaz y sin alardes, una docena de daiquiris en la barra del Floridita—, pero
volví al sereno diálogo del pintor y la puta.
Fue entonces, creo, que Natalia se levantó del diván, y pasó por encima de
mi pierna derecha —pasó entre mi tobillo derecho, para hablar con propiedad,
y la turbación de Hudson al confesar que, en sus años mozos, se acostó con tres
muchachas a la vez—, y entró a la cocina.
Luego, cuando finalizaba la sobria evocación de Hudson del acceso a la
virilidad de un joven americano, borracho y de fortuna, Natalia salió de la
cocina, abrió la puerta del departamento, y la cerró suavemente detrás de sí.
Yo dejé la novela en el piso del departamento, al pie del sillón, y, a mi vez,
entré a la cocina, y busqué la botella de ginebra, en un aparador, debajo de la
pileta. Me serví medio vaso, y agregué dos cubitos de hielo al medio vaso de
ginebra.
Volví al comedor, el vaso de ginebra en una mano y los cubitos de hielo
golpeando en las paredes del vaso, y miré, por una de las ventanas del
comedor, la lluvia que cubría la noche de la ciudad y la calle vacía, allá, abajo, y
el agua del río que avanzaba lentamente por la calle vacía, iluminada por
escasos y débiles faroles de luz que se mecían de altas columnas de hierro.
184
Tomé un trago de ginebra, me senté en el sillón, levanté del suelo el libro
que, dicen, Hemingway guardó en una caja de hierro, y no alcanzó a corregir o
reescribir o condenar al silencio perpetuo.
Natalia abrió la puerta del departamento, y la cerró, y se acercó a mí, y yo
le extendí el vaso, y ella tomó un sorbo de ginebra, y me preguntó en ese tono
que usan las duquesas para dirigirse a su servidor favorito, si no escuché, en el
tiempo que ella se ausentó, unos golpes extraños (entendí que quiso decir golpes
que sólo escuchan oídos atentos), algo que caía por el pozo de aire, y golpeaba,
a la altura del primer piso o, tal vez, de la planta baja, sobre una chapa de zinc
que protege los motores que impulsan agua hacia un tanque que, en la azotea,
sostenido por cuatro gruesos pilotes de cemento, abastece a la mitad del
edificio.
Retiré de las manos de Natalia el vaso de ginebra, lo vacié de un trago, y le
contesté que no, que sólo imaginé, parado junto a la ventana, el ruido de la
lluvia en la noche de la ciudad y sobre la calle vacía, allá, abajo, once pisos
abajo.
Natalia movió la cabeza —no es fácil enseñar lo que sea al servidor
favorito—, y se sentó en el piso de la sala de estar, y me dijo que, después de
levantarse del diván, entró a la cocina porque escuchó ruidos que no eran los de
la lluvia, y que vio, por la ventana de la cocina, las caras de tres chicos —dos
nenas y un varón—, asomadas al ventanuco del baño de un departamento del
piso diez, y que los tres chicos, que tiraban juguetes por el ventanuco abierto
del baño de un departamento del piso diez, se reían.
Natalia dijo que les gritó que no tiraran los juguetes de plástico sobre la
chapa que cubre los motores que impulsan agua hasta el tanque que, en la
azotea, se apoya en cuatro pilotes de cemento. Natalia dijo que los chicos la
miraron como si digiriesen, con lentitud, sus palabras, el tono persuasivo de sus
palabras, su convicción pedagógica. Y que, cuando ella terminó de hablar, los
chicos dejaron de mirarla, de prestarle atención, y volvieron a reír, y a tirar,
excitados y veloces, otros juguetes de plástico por el ventanuco del baño, al
pozo de aire.
Natalia bajó al piso diez (Natalia, se sabe, emprende cruzadas que
incomodan a los que aceptan el destino, cualquiera sea el nombre que se asigne
al destino), y apretó el timbre del departamento que alquilaban los padres de
los tres chicos rientes.
Natalia dijo que apretó el timbre dos o tres veces, y que, cuando aún no
había pensado en retirarse, se abrió la puerta del departamento, y la madre de
los tres chicos rientes musitó un buenas noches lento y como espeso, y la cara de
la madre de los tres chicos rientes era una cara absorta, la piel y los músculos de
185
la cara estaban ahí, por encima de la cabeza de Natalia, inmóviles, sin nada
detrás —ni sangre, ni dolor o estupefacción o vida que los alimentasen—, salvo
el resplandor opaco de la luz del living del departamento que alquilaban, ella y
su marido, en el piso diez.
Y Natalia dijo que a la mujer joven, de cara absorta, le costó entender que
Natalia creía peligroso que los chicos rientes estuviesen asomados al ventanuco
del baño. Y la madre de los chicos, dijo Natalia, cuando pareció entender que
era peligroso que los chicos se asomasen al ventanuco del baño, y que tiraran
juguetes al pozo de aire, murmuró, con una sonrisa pálida, que la mujer no
dedicó a Natalia, muchas gracias buenas noches señora, y cerró, suavemente, la
puerta del departamento.
Esa noche no insistí en la lectura de Islas en el Golfo, y Natalia se abstuvo de
reprocharme que sólo prestara atención a los ruidos que puedo imaginar, y
preparó unos fideos con aceite y ajo, nueces y albahaca, y yo llevé una botella
de vino blanco a la mesa, y cenamos, y escuchamos, por la radio, las últimas
noticias acerca de las naturales depravaciones de este país y de otros países.
El padre de los chicos, cuando yo lo conocí, era un tipo alto, de la edad de
su mujer, y tartamudo. También fue propietario de un local de arreglo de
aparatos de televisión, en la galería que integra la casa de catorce pisos y
ochenta y cuatro departamentos, uno de los cuales habitamos, en el piso once. Y
al padre de los chicos, en una asamblea de consorcistas —que se realizó antes o
después de una noche de lluvia en la que no concluí la relectura de Islas en el
Golfo— le escuché decir que él era como un hijo pródigo de la casa en la que
vivíamos, y que el edificio, ladrillo por ladrillo, era sano, porque él soltaba,
periódicamente, descargas de salud y energía vital que fortalecían sus
estructuras, entre las que, dijo, y lo dijo con una tartamudez apasionada y
gangosa, nació, se crió y creció.
Y cuando dijo que, si le concedían la administración del edificio en el que
nació, se crió y creció, bajaría las expensas a niveles que no angustiasen a los
señores consorcistas y a las distinguidas señoras consorcistas, la voz se le ahogó
en la garganta, y los ojos le brillaron, y las lágrimas le brillaron en los ojos, y nos
tendió los brazos como si derramase maná sobre el suelo que pisábamos.
Las ancianas señoras jubiladas, pensionadas y, además, viudas maníacas,
que blindaron las puertas de sus departamentos, y que añadieron trabas de
hierro a las puertas que ordenaron blindar, lo aplaudieron, preguntándose,
unas a otras, apoyadas, unas y otras, en bastones con puntas de goma y metal,
qué esperaba el gobierno para sancionar una ley que penase con la castración y
186
la muerte a violadores y asesinos de mujeres solas e indefensas, y aun niños.
Un ex corredor de automóviles, rengo, que vive en un departamento del
piso noveno, con la sola compañía de una perra salchicha, me retuvo en la
vereda de la galería, al finalizar la asamblea del consorcio, y me comunicó, en
un susurro que pretendió ser confidencial, que el padre de los chicos, unas
semanas atrás, entró a la iglesia —el ex corredor de automóviles, rengo, señaló
hacia algún lado, por encima de mi cabeza—, y desplazó, de un empujón, al
sacerdote, y ocupó, en su lugar, el púlpito, y se golpeó el pecho, y proclamó el
advenimiento de una nueva fe que, con paz, amor y salud, redimiría a la
humanidad de sus terrores y enfermedades.
Miré mis zapatos, y no había maná en mis zapatos. El ex corredor de
automóviles, rengo, levantó a la perra salchicha del borde de la vereda, y la
acunó en sus brazos, y la perra salchicha tosió y moqueó sobre uno de los
brazos que la acunaban, y el ex corredor de automóviles, rengo, me preguntó,
después de limpiar de su saco de corderoy azul las babas y los mocos de la
perra salchicha, qué sabía yo de lo que ocurría en el local de la galería donde,
hasta ese momento, se arreglaban televisores. Alcé los hombres y tapé mi labio
superior con el inferior, y el ex corredor de automóviles, rengo, dijo que a él le
pasaba lo mismo. Dijo, calmo, la voz impregnada como por una vaga y lejana
desdicha, que él se limitaba a repetir, ante mí, y sólo para mí, la información
que le transmitieron algunas personas discretas, pero, eso sí, muy honorables: el
padre de los chicos, en su local de arreglos de aparatos de televisión, iniciaba a
jovencitas de quince y dieciséis años en el culto de la nueva fe. Las acuesta en
una hamaca paraguaya, musitó el ex corredor de automóviles, rengo, con la
perra salchicha dormida en sus brazos, y me guiñó un ojo. Lentamente, me lo
guiñó. Y las inicia en la nueva fe, repitió el corredor de automóviles, rengo, la
voz ronca y, también, desventurada.
El ex corredor de automóviles, rengo, y yo, nos miramos como se miran
hombres que son dueños de sus silencios.
Creo que mencioné la lectura inconclusa de una conversación en un bar de
La Habana, y juguetes de plástico que caían por un pozo de aire. Y si dije eso,
dije que hubo gritos de la madre de los chicos que tiraban juguetes de plástico a
un pozo de aire, antes y después de una noche de lluvia, y del ruido de los
juguetes de plástico que caían sobre una chapa de zinc. Y por esos gritos que
subían y bajaban por el pozo de aire, repetidos por una voz infatigable y de
estridencias metálicas, uno se enteraba de que la madre de los chicos estaba
harta de recoger las porquerías que los chicos dejaban tiradas donde se les
187
antojaba, y que si los chicos suponían que ella iba a pasarse la vida levantando
lo que a ellos se le ocurriese desparramar por el suelo, bueno, que no la hicieran
reír. Y cuando la mujer decía eso, a media mañana o al atardecer, uno
escuchaba un largo grito veloz, que se desplegaba en el aire, furioso, como una
bandera golpeada por el viento. Y, de pronto, bruscamente, el grito se cortaba. Y
la voz alta, muy alta, de la mujer, proponía, para los chicos, castigos atroces. Y
se escuchaba, en el departamento del piso diez, correr a los chicos. Pisadas
leves, huidizas. Y jadeos. Y alguna exclamación, pedido, súplica. Y, después, las
voces de los chicos, débiles, huecas, que imploraban nadie sabría qué. Después,
nada.
Y hubo murmullos, inesperados, del padre de los chicos, en silenciosas
mañanas de domingo. Y los murmullos del padre de los chicos, que crecían en
intensidad, como si afirmara su intensidad en los tropiezos de la lengua que los
despedía, decían que si ellos, los chicos, eran justos, serían bellos como la luz, y
que la justicia y la belleza eran dones de Dios. Y la gracia de Dios fluía de él
hacia sus pequeños y amorosos hijos, para que ellos fuesen bellos, sanos y
justos.
En la trivial fatalidad de las cosas, hubo otras noches de otoño y de
invierno, otras noches de lluvia, de cortes de luz y de calles inundadas. Y de
frío, temor y vejez.
Hubo noches de verano, y tardes de un sol cruel, y mujeres de largas
piernas tostándose en las azoteas, inalcanzables. Hubo anuncios en los
noticieros de la televisión, tan increíbles como la realidad.
Y hubo un atardecer de sábado.
Natalia tecleaba, en una máquina de escribir eléctrica, datos de un pasado
reciente y desconocido. Y yo entré en la cocina, en busca de un trago de ginebra,
y los chicos y yo nos miramos. Las caras de los chicos estaban asomadas al
ventanuco del baño, de un departamento del piso diez. Las caras estaban
quietas, y los ojos de vidrio, glaciales, no se movían en las caras quietas, como
de idiotas, de los chicos.
Miré esas caras de idiotas en las primeras sombras del anochecer. Y
después encontré la botella de ginebra, un largo porrón de barro, y lo agité, y
fue agradable escuchar el sonido del alcohol en el porrón de barro.
Regresé a la luz del comedor, y Natalia aún tecleaba información para
nada en la máquina de escribir eléctrica, y la calma del sábado propiciaba las
gratificaciones del trago, de su sabor y de su calidez.
188
La policía encontró muertos, acostados en la cama matrimonial y vestidos,
a la madre y al padre de los chicos.
La policía estimó que ése era un caso resuelto e informó al periodismo que
los chicos, en sus algo balbuceantes declaraciones, insistían que tuvieron
hambre en el anochecer del sábado, y que deseaban que se les encendiera el
televisor.
Que a esos efectos —dijo el vocero policial—, solicitaron a sus padres que
los atendiesen. Que se pudo comprobar que éstos (los padres de los chicos)
fumaban, en la cama, pero vestidos, unos cigarrillos de olor dulzón, y que,
sumidos en un estado de somnolencia casi evidente, desoyeron los pedidos de
los niños.
Que los niños, hambrientos y con el aparato de televisión apagado, e
impedidos de salir al pasillo del piso diez (la puerta del departamento estuvo
cerrada con llave y cerrojo hasta que intervino la autoridad pertinente),
decidieron jugar a las visitas.
Que los niños dijeron —agregó el vocero policial— que eran papá, mamá
y su hijito que recibían a las visitas, y les servían licores y hablaban, con las
visitas, del tiempo, del invierno, de la lluvia, y de las dificultades que
afrontaban los padres para educar a sus hijos.
Que en sus papeles de mamá, papá, e hijito, invitaron a las visitas a
compartir la cena del sábado. Que las visitas adujeron —señala el informe
policial— que se les hacía tarde. Que habían dejado a sus propios niños al
cuidado de la abuela, la mamá del papá. Y que la abuela era muy anciana.
Que mamá, papá y su hijito prometieron, a las visitas, que no demorarían
en sentarse a la mesa, y que, una vez sentados a la mesa, no se arrepentirían de
haberse quedado a cenar esa noche de sábado.
Que papá, mamá y su hijito abrieron las cuatro llaves de la cocina de gas.
Y que, en lo que dura un parloteo vertiginoso y feliz, también se asomaron a la
ventana del baño, y callaron, y silenciosos y ausentes, se dedicaron a mirar la
lluvia que caía, fría y violenta, en el oscuro pozo de aire.
Buenos Aires, 25 de noviembre de 1990
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La espera
La mujer dice:
—No hagas ruido, ¿querés?
El hombre deja el diario sobre la mesa, y mira a la mujer, que se acostó
vestida con un jean y un pullover azul, en la cama de una plaza, ahí, bajo la
ventana que da al río.
El hombre se pone de pie, en silencio, lentamente, y le vibran los muslos, y
mira la luz que viene del río y, después, el cielo de la tarde que recién comienza
y, después, el pelo de la mujer que se acostó en la cama de una plaza, vestida
con un jean y un pullover azul, ajustado el pullover azul por el cinturón del
jean.
—Cuando te vayas, cerrá las persianas. Y prendé la estufa —dice la mujer
que se acostó, los pies descalzos, vestida, y sin nada debajo del pullover azul,
ajustado el pullover azul a las tetas todavía jóvenes, y que él sabe perfumadas, a
los pezones erectos, a la levísima redondez del vientre.
—Volvé a las cuatro —dice la mujer, los ojos cerrados, y la voz de ella
suena fatigada de espaldas a la luz que viene del río y el cielo gris, de la tarde
que recién comienza.
El hombre, que miró el cuerpo encogido de la mujer bajo la frazada que lo
cubre, sabe —eso también sabe— que la mujer, vestida con un pullover azul y
un jean, espera, tensa, que él cierre las persianas del departamento, prenda la
estufa, y se vaya, y no regrese hasta la hora que ella dijo que regrese; de cara a
la pared, los ojos cerrados.
El hombre, en silencio, prende la estufa, y cierra, una a una, las persianas
de la ventana que da a la ancha avenida que corta la ciudad en dos y se interna
largamente en la provincia, y cierra, también, las persianas de la ventana que da
al río.
Y el hombre, de pie en la tibia penumbra de la habitación, escucha cómo la
vibración que le recorre los muslos sube a su pecho, y al cuello y, quizás, a los
nervios de las manos. Y el hombre se pregunta —y ya no le importa la
respuesta, ninguna respuesta— por la suavidad de la vibración, por su
persistencia, y por qué ruega, desesperado, que no se extinga.
190
El hombre, de pie en la penumbra de la habitación, cierra los ojos, y desea
retener esa vibración suave y persistente que le eriza la piel del cuerpo, y,
entonces, vuelve a cerrar los ojos, y desea que unas manos le acaricien las
tetillas, el bajo vientre, la oscura, rala pelambre del bajo vientre, la lenta erección
del miembro.
El hombre, de espaldas a la mujer vestida y descalza y tensa, acostada en
la cama de una plaza, y tapada con una frazada color té, abre la puerta del
departamento en penumbras.
El hombre que sale del departamento, y camina hacia la puerta del
ascensor y, de pie en el pasillo mal iluminado, llama al ascensor, se obliga a
recordar que, en algún tiempo que se le antoja remoto, quitó los zapatos y las
medias de esos pies y de esas piernas tapados, ahora, por una frazada color té, y
los besó, y una mujer miró, pies y piernas desnudos, ensimismada, cómo él le
ofrecía, la cabeza gacha, la espalda doblada, ciego, y con el fervor de un
disciplinante, la sal de sus desamparos.
El hombre cruza la avenida, en la tarde que recién se inicia, y entra al bar.
Se sienta a una mesa desde la que puede observar la puerta de metal oscuro y
vidrio del edificio que abandonó hace, exactamente, tres minutos.
El hombre pide café, y espera. Una muchacha le sirve el café que pidió y,
cuando la muchacha se aleja con una sonrisa estereotipada en la cara pequeña,
él le mira la grupa. Carnosa la grupa: abulta, la grupa, el pantalón negro que
viste la muchacha, y que se estrecha en las pantorrillas y en la cintura.
El hombre deja enfriar el café. El hombre se enfría. El hombre mira autos
rojos, autos negros, autos azules que corren en las dos direcciones de la
avenida. Hombres, mujeres, perros, en los autos rojos, negros y azules que
corren en las dos direcciones de la avenida.
El hombre mira el paño verde de una mesa de pool, y las luces que penden
sobre el paño verde de la mesa de pool. Dos tipos jóvenes golpean, con sus
largos tacos, uno después del otro, las bolas en la mesa de paño verde. No
hablan entre sí: se miran golpear las bolas, y toman cerveza fría directamente de
la boca de botellas frías y alargadas, color marrón, que recogen de una mesa
pegada a la pared del fondo del local, y en la que brillan tres botellas vacías de
cerveza, frías y alargadas, y de color marrón.
El hombre pide otro café. Y espera. Mira la grupa de la muchacha que le
sirvió el café. Mira la tarde que crece, melancólica, sobre los árboles desnudos,
en la calle, y mira el brillo de los autos de vidrios polarizados que zumban en la
avenida, cuando la luz de los semáforos les da paso, y mira la puerta de metal
191
oscuro y vidrio del edificio en uno de cuyos pisos una mujer espera, en la
penumbra de una habitación de persianas cerradas, que algo se cumpla.
El hombre tomó, ya, tres cafés. El hombre mira el reloj, detrás de la barra.
Paga los tres cafés, deja una propina para la muchacha de los pantalones negros
y cintura estrecha, y sale del bar.
El hombre cruza la avenida, abre la puerta del edificio en uno de cuyos
pisos hay un departamento en penumbras, y espera el ascensor. El ascensor
abre sus puertas, y él aprieta uno de sus últimos botones. El ascensor cierra sus
puertas y comienza a subir, silencioso y suave. La vibración en los muslos del
hombre se extinguió. El hombre tiene las manos frías.
El departamento, como el hombre lo esperaba, está en penumbras. El
hombre sabe que son más de las cuatro de la tarde. El hombre mira el jean y el
pullover azul de la mujer tirados en el piso del comedor en penumbras, cerca de
la cama de una plaza. El hombre mira el cabello de la mujer acostada en la cama
de una plaza, bajo la ventana que da al río. El cabello de la mujer brilla en la
penumbra de la pieza.
El hombre se sienta en un sillón bajo, que mira a la cama de una plaza en
la que una mujer desnuda duerme de cara a la pared, tapada por una frazada
color té.
El hombre se dice, como se dijo otras veces, que el silencio, la penumbra, y
la tibieza de la habitación quizá le hagan cerrar los ojos, pero que debe esperar.
192
Preguntas
Al Sergio le faltan dos dientes, ahí, adelante, de los de abajo. A veces,
cuando habla, le sale como un silbido.
Yse le cayó el pelo, al Sergio. Parece un cura, de ésos de antes. Pero donde
se le cayó el pelo, tiene la piel suave y rosada. Y de noche, cuando los chicos
duermen, y el Lucio carga a una loquita en su moto, y la loquita acomoda su
culo a espaldas del Lucio, y la loquita grita, espantada, porque el Lucio toma las
curvas desiertas de la ruta nueve como si volara, yo, a esa hora, le toco, al
Sergio, la piel suave y tibia de la cabeza, allí donde se le cayó el pelo, y el Sergio
se calienta. Se le estremecen los hombros, en la oscuridad de la cama, y, ya
despierto, se da vuelta hacia mí, y su camiseta de lana, y su calzoncillo largo
huelen a sudor, y a orina, y a no sé qué otra cosa agria y crujiente, y su lengua
murmura palabras de alabanza a lo que yo soy, para él, en esos minutos de
prueba, mi putona guacha yegüita mi buena. Y suspira. Y yo escucho, mientras el
Sergio se quita, a los manotones, la camiseta de lana y el calzoncillo largo, la
respiración de las chicas en la otra pieza, y al Lucio que endereza su moto, la
loquita pegada a su espalda, caliente, que le implora, al Lucio, que pare, que
frene, por favor, que ella se hace pis encima.
Y el Sergio se alza sobre mí, y yo, al Sergio que se alzó sobre mí, le toco lo
que le cuelga entre las piernas, que es como un muñón, y el muñón lo tiene
como de piedra, y le digo entre, y es una orden la que le doy, y el Sergio me
entra con su muñón. Y cuando el Sergio entra en mí, soy yo la que tiemblo y
acepto, y me rindo, gorda, blanda, sumisa.
El Sergio tiene la mano pesada.
Y es tan alto y tan fuerte como cuando lo conocí; como cuando venía a
sentarse al otro lado de la mesa, y se quedaba mirándome, callado, alto y fuerte
bajo la luz de la lámpara, y yo miraba, en la mesa de la cocina, junto a sus
manos cerradas alrededor de una taza de café, la bolsa de carne y de huesos que
él traía del frigorífico donde solía conseguir changas de matarife. Y yo no
hablaba del Cony, que nos cagaba a puñetes a las chicas y a mí.
193
Y yo hablaba, en el frío del invierno, y en el frío de las casas, de los cinco
años que estuve presa, y a la espera de que me clavaran una inyección en las
venas, y me tiraran al mar, desde un avión, como a otras, como a otros.
Y él, el Sergio, estaba allí, al otro lado de la mesa, callado, la luz de la
lámpara sobre su pelo rubio, y sus ganas de mí, y sobre la taza de café, vacía,
que sostenía entre las manos, y sobre lo que yo decía de cinco años de cárcel, y
de cómo llegabas a adivinar a quiénes se llevarían las mujeres que nos
cuidaban, esas perras.
Y yo, de pie, con un pullover gastado, y una tricota, creo, sobre las tetas
frías y desnudas, le contaba al Sergio cómo resistíamos a las perras de uniforme,
a las rejas, y a los que nos decían que ninguna de las que estábamos ahí merecía
la vida, ni pisar una tierra que fundaron los soldados de Dios.
Entonces, una noche de ese invierno, el Sergio se echó sobre mí, y su
cuerpo, fuerte y duro, limpio de la sangre y la bosta de los animales que
faenaba en el matadero o en el frigorífico, me arrastró a la cama, y el Sergio dijo,
sus manos frías en mis tetas, ábrase, Cata, ábrase, que la entro. Y su risa, en la
oscuridad y el silencio, era como una tos flemosa. Ábrase, que le voy a dar el gusto.
Compré un taxi. Lo compré para que lo trabajen el Lucio y el Sergio, si al
Sergio le vuelven las ganas de manejar. Pero puse el auto a mi nombre.
No, si usted no es zonza, dijo el Sergio, y silbó entre los dientes que le
faltan. Y rió como los viejos mañosos, o como cuando, en las noches que se echa
sobre mí, consigue que yo le diga que es bueno para eso.
Pasó que nos indemnizaron. Los milicos se fueron, o los ingleses los
echaron, y hubo elecciones, y volvieron los políticos, y dictaron una ley que
llamaron de resarcimiento económico por los años que esperamos que nos
subieran a los aviones, y nos desaparecieran en las aguas.
Y no va la Natalia, que subió setecientos kilómetros desde Buenos Aires
para verme, y me pregunta si no leo los diarios; y dónde estaba que no me
enteré de la ley que votaron los políticos; y si soy tan infeliz que voy a donarle
al Estado los ochenta mil dólares que me corresponden por cinco años de cárcel.
Y qué es lo que me pasa.
Eso preguntó la Natalia, y se me quedó mirando, bajita como es, el cabello
blanco brillándole bajo la luz floja de la cocina.
Y la Natalia me llevó a un juzgado y a otro, y me dijo qué papeles debía
firmar y qué papeles no, y qué documentos o testigos debía presentar en un
juzgado y otro, y yo, que nunca creí que fuera a cobrar un peso, y que cobré los
ochenta mil dólares al cabo de cinco o seis meses de idas y vueltas, me pregunté
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por qué la Natalia hizo lo que hizo por mí, y no sé, hoy, todavía, por qué la
Natalia hizo lo que hizo por mí, cuando el gringo Masal, el negro Salguero, y el
Cony quedaron fuera de la fábrica, y nadie, nadie te dice que quiere cambiar el
mundo, y nadie grita, en las calles de Córdoba, Ni golpe ni elección: revolución.
El Sergio dice que subirá al taxi a las cuatro de la tarde, y no soltará el
volante hasta después de entrada la medianoche. Se siente libre, me dice, en el
silencio frío de la ciudad, al mando del coche, y yo le adivino, en la risa gozosa
que se le escapa por el hueco de los dientes que le faltan, las mujeres a las que
les sube las polleras en el asiento trasero del taxi, y les mete mano entre las
piernas, y en el agujero del culo, y les suelta, en la cara, el fétido aliento de la
úlcera que le crece en la panza, y que lo va a llevar, para siempre, a una cama de
hospital.
¿Por qué sigo con él?
¿Por qué no lo echo a la mierda?
Yo miro para atrás. El Sergio no mira para atrás. Nadie mira para atrás.
¿Miran para atrás el gringo Masal y el negro Salguero, y los otros, los que
alzaron al gringo Masal y al negro Salguero, y al Cony, sobre sus hombros, para
que hablaran al viento, a la ciudad cubierta por la bruma de la mañana, a esa
trampa para ciegos que bautizaron con el nombre de futuro?
Me dieron ochenta mil dólares por no convertirme en alimento de los
peces: eso es verdad.
Verdad son las várices a punto de explotar en mis piernas, y los zapatos
que el Sergio dejó de usar, y que yo calzo porque hay que ahorrar desde la
nada, y porque, a veces, no tengo ganas ni voluntad ni paciencia para
comprarme, siquiera, un par de chinelas.
Verdad es que el Sergio les pide a mis hijas que abran las piernas, y
cuando ellas las abren, el Sergio, en cuatro patas, se mete debajo de la mesa, y
mira y husmea lo que la Marta y la Lucy saben mostrarle, y dejan que él pase la
lengua, como un cerdo, por sus partes saladas y oscuras.
Verdad fue que yo me le tiré encima al Sergio, en uno de esos atardeceres
grises, o una noche, y las chicas escaparon de la cocina, a los gritos, espantadas,
con risas del Diablo en la boca, y que el Sergio me volteó de un cachetazo.
No se levante de ahí, silbó el Sergio, en uno de esos atardeceres grises, o
una noche, cuando los perros enloquecen, ladran, horas y horas, al vacío, a sí
mismos, a los temblores de sus olfatos.
Yo era un pendejo, Cata, cuando usted y otras locas como usted,
incendiaron Córdoba. Y el pendejo que yo era la miró, Cata, y le miró los ojos, y
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perdió la cabeza por una de las señoras bellísimas que corrió a los milicos, e
incendió Córdoba.
Ahora, usted, Cata, es mi mujer, y usa mis zapatos, y eso es todo lo que
tiene...
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Puertas
Cuatro telares de seda, y el roñoso que me mira como si un eructo con
gusto a huevo podrido le torciese la boca. El roñoso me golpea la espalda, y yo
que lo freno, que no le dejo hablar. Paro los telares, prendo un cigarrillo, y
decido que es mi turno de mirar. Allí, en su jeta, están los pagarés a levantar, el
televisor en colores para la pieza de la nena, el reloj de oro, la camioneta, la
úlcera galopante. Lo miro, y digo:
—Hágame la cuenta.
—Usted...
—La cuenta —digo—. La cuenta. Rapidito.
Tengo más de treinta años entre estos telares. Y sé cómo manejar a un
roñoso. La cuenta, les digo a los roñosos, y los miro. La cuenta, rapidito. Ya. Y
no es miedo lo que me pone blanca la piel de la cara.
Salgo del boliche, y empujo la bicicleta, y después monto en la bicicleta y
pedaleo, con mi cara sobre la bufanda, y la piel blanca de mi cara sobre la
bufanda, y es octubre, y me pregunto: ¿los roñosos no se terminan nunca?...
Siempre hubo roñosos, con las jetas contraídas por esos pinchazos en las tripas,
que estiran el brazo, y te manosean el hombro, y te dicen pare los telares. Están
ahí, y te miran los ojos que fallan, los dedos que ya no se mueven solos cuando
hay que anudar un hilo, dos, diez, veinte, y encolar los nudos, y descoser y
ajustar, y mirar los otros telares que quedaron parados, y vos, ahí, bajo la luz de
los fluorescentes, vos que podés enseñarle del oficio más de lo que él aprenderá
en toda su roñosa vida, no esperás que te manosee el hombro y, entonces, le
decís, la cuenta. Rapidito.
Cuando cobro la changa, pienso en Demetrio, que se metió un tiro en el
pecho hace veinte años, cansado de pedalear, de sentir frío, de que le
toquetearan el hombro, de soportar a los insoportables roñosos, de pelear
contra el tiempo, contra sus innumerables miedos. Un hombre solo no es igual a
otro hombre: por eso, recuerdo a Demetrio. No recuerdo su cara cuando les
digo, a los roñosos, la cuenta, rapidito. Ya. Ni su cara, ni el color de sus ojos, ni su
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voz. Recuerdo su bufanda, lo frías que eran sus manos, esa manera de caminar.
No, yo no soy Demetrio. Yo no soy Demetrio, que se sienta, todas las noches de
su muerte, en una pieza de paredes blancas, bajo la luz amarilla de una
lámpara, y empuña el fierro, y lo lleva hasta el corazón.
Es octubre, y anochece, y cruzo la avenida San Martín, y ahí está la
General Motors, y las luces se encienden porque anochece, y el viento de
octubre trae un olor a lo que sea que crece a los costados de los caminos, allá
donde no hay nadie.
Nicolás dice:
—Vamos a tomarnos una ginebra, Gregorio.
Yo no pienso en nada, parado en la vereda de la General Motors, una
mano en el manubrio de la bicicleta, y la otra en el bolsillo del pantalón, la paga
de la changa en el bolsillo del pantalón, y la cara del roñoso, floja, en la paga de
la changa que se calienta en el bolsillo del pantalón. Así son las cosas, Demetrio:
están los que se matan y están los que aguantan. Y ni el balazo, Demetrio, ni el
aguante prueban nada. Yo, de pie, estrujo, en el bolsillo, el miedo del roñoso, y
es octubre, y alguien me invita a tomar ginebra, y nada, nada de lo que a uno le
pasa se debe al puro azar.
Anochece, sí, y sopla un viento frío, y Nicolás, que se me planta en la
vereda de la General Motors, con esa cara de hombre que no llega tarde a sus
citas, dice:
—Vamos a tomar una ginebra, Gregorio.
Nicolás elige una mesa pegada a la ventana del bar, y yo apoyo la
bicicleta, despacio, contra la ventana del bar, y me tomo, despacio, la primera
ginebra, y la paladeo, despacio, y la ginebra, despacio, me calienta el cuerpo. Y
tenemos tiempo. Nicolás ordena al mozo que deje la botella de la Bols en la
mesa, junto a los vasos.
—¿Por dónde anduvo?
—Por muchos lados. En uno de esos camiones que cargan lo que sea.
Nicolás no cambió: alto, flaco, y esa cara.
—¿Sabe lo que le dije a Elsa?... Nicolás se va sin avisar. Y cualquier día de
éstos, vuelve. Y ella me sale con que no se fue por lo que vos pensás. Y yo que le
digo que ése, por vos, está metido en algo.
Nicolás sirve otra vuelta de ginebra, me ofrece un cigarrillo, y prende el
suyo. Y me mira.
—Elsa... ¿bien?
—Vos la conocés —le contesto—. Fuerte como un caballo.
—Sí —dice Nicolás.
—Fuerte como un caballo —y largo una bocanada de humo, y aflojo las
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piernas, y me apoyo en el respaldo de la silla—. Pero cuando se empaca, no sé.
—Sí —dice Nicolás, que me mira, y fuma.
—Mejor no hablo de Elsa —le digo, las piernas flojas, apoyado en el
respaldo de la silla, el trago de ginebra calentándome las encías.
—Sí —dice Nicolás, que me mira, y tiene esa cara.
—Vos estás metido en algo —le digo, otra vez.
Nicolás se ríe. Y ahí me doy cuenta de que lo tuteo desde hace un rato. Es
como me siento: la paga de la changa en el bolsillo, la bicicleta apoyada contra
la ventana del bar, el calor de la ginebra en el cuerpo, los roñosos a mis
espaldas, y yo sin miedo, plantándome un Particulares liviano entre los labios.
Y el viento de octubre, allí, afuera, con un olor a caminos, y a silencios que uno
nunca verá.
—¿Vos creés? —pregunta él.
—Se te nota —digo yo.
—¿Se me nota?
—La cara.
No es malo el Particulares liviano. Y tampoco palpar el atado de cigarrillos
en el bolsillo de la camisa. Antes yo fumaba Gavilán. O Tecla. Esas marcas
desaparecieron. Pero el tabaco del Particulares liviano no es malo. Y no es malo
meter la mano en el bolsillo de la camisa, porque tengo tiempo, y ofrecerle un
cigarrillo a Nicolás.
—¿Qué tiene mi cara? —pregunta él.
—Se ve que andás en algo —digo yo.
—Se me nota —dice él—. ¿Cómo se me nota?
—Se te nota —digo yo.
—Bueno —dice él.
—Contá con el rancho —digo yo—. No está quemado.
—¿Usar tu casa? —pregunta Nicolás, que vuelve a llenar los vasos, que
alza el suyo, y que mira a través del vidrio grueso de su vaso.
—Un tipo como vos debe estar metido en algo —le digo.
Nicolás, que me mira, baja su vaso, y me sonríe, y pregunta:
—¿Tenés otro cigarrillo?
—Tengo... ¿No fumás mucho, vos?
—Lo necesario —responde él, y achata el cigarrillo con los dedos.
—¿Siempre hacés lo necesario? —y ahora soy yo el que sonríe.
—No siempre —dice Nicolás, que enciende el cigarrillo achatado.
—¿Vas a usar la pieza, entonces? —le pregunto.
—La vamos a usar —contesta él.
Nicolás no es de los que se achican. Yo lleno su vaso y el mío, y lo miro y,
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después, miro la bicicleta, el manubrio niquelado que brilla contra la ventana
del bar y, de nuevo, su cara, bajo la luz de los fluorescentes del bar, la cara de
un tipo que anda en algo, la cara de un tipo que no arruga.
Fumás mucho, me dice Elsa, a veces. Espero, le contesto. Estoy seguro:
Nicolás va a volver, y dirá lo que tenga que decir, y yo voy a escuchar lo que
diga, y los dos, cuando él haya dicho lo que tenga que decir, sabremos por qué
un hombre con su cara, pudo pensar que el otro, el que le escuchó decir lo que
tuvo que decir, estaba terminado.
Miro, recostado en el marco de la puerta de la cocina, el pedazo de tierra
que se extiende desde los pilares de hierro que sostienen el techo de la galería
hasta la medianera de ladrillos, ennegrecida por el humo de los asados, las
lluvias, el sol.
Elsa me dijo que sería bueno plantar lechugas en ese pedazo de tierra. La
veo caminar sobre los terrones secos, y agacharse, y levantar un terrón y
desmenuzarlo entre los dedos. Plantitas, eh, le contesto yo, que la miro caminar
sobre ese pedazo de tierra seca, y agacharse y, al agacharse, el vestido se le
ajusta al cuerpo, y le marca las tetas, y las nalgas. Agachada, recoge un terrón
seco de tierra, y lo desmenuza entre los dedos. Lechugas. Tomates. Plantitas.
Todavía aguanto, Elsa. Tocá aquí: hueso y músculo. Ni una gota de grasa. El
reumatismo está lejos; la muerte, también. Tan lejos como quiero, muchacha.
Sería bueno que no lo olvides. Eso es algo que les enseño a los roñosos, apenas
eructan a mi espalda. No estoy terminado, y ella aprenderá a saberlo, antes de
que yo se lo diga... Ayuno, limeta y tres vueltas de bragueta: ésa era la receta de
Demetrio para conservar la juventud. Y en una sola noche la olvidó.
Elsa camina sobre la tierra seca, y la oye crujir bajo sus zapatillas. Y Elsa
dice plantitas. Y yo debería agarrarla del pelo, y refregarle la cara contra la
tierra seca, y preguntarle, en voz baja, como a un enfermo grave, por qué no te
fijás con quién estás hablando. No soy Demetrio, y no tengo el corazón cansado.
Y vos, Elsa, no vas a olvidar lo que yo te enseñé.
Le dije: vos andás en algo. ¿Cómo lo sabés?, me preguntó. La cara, le dije...
¿Querés que te cuente, Nicolás, el asunto de los cuatro telares?... Un solo tejedor,
dijeron los patrones, puede atender cuatro telares. No, les dije yo. Apenas podemos con
dos. Son los tiempos, dijeron los patrones. Cuatro, y no se hable más.
Me dejaron solo. Cagones. Bastaba mirarles las caras: supe, enseguida,
200
quién iba a aflojar y quién no. Ése aflojaba por las hipotecas de la casita, el otro
por las enfermedades de la madre, el otro por el año que le faltaba para
jubilarse. Y los que querían pelear, y me escuchaban putear, tenían los
pantalones llenos de caca. Y no viene Nicolás, y me dice: no deje de hablar con
la gente. Y también me dice. Hay que tener paciencia, Gregorio. Y, entonces,
exploto: y cómo hago yo para aguantar cuatro telares. Y él, Nicolás, viene, y me
dice: usted comprende. Me callo y, al rato, le pregunto: ¿se acuerda de Pukach,
un polaquito flaco, rubio él? Bueno. Fue uno de los que aguantó. Ahora vende
cuchillos, encendedores, linternas. Tengo dos pibes, dice Pukach. Comen como
limas nuevas. Mi mujer dice que el televisor les da hambre, dice Pukach. Puede
que mi mujer tenga razón, dice Pukach, pero yo vendo cuchillos, linternas,
encendedores. Y mi mujer me pregunta: ¿por qué no hablás? ¿Por qué no me
mirás? ¿Por qué, siempre, estás callado?
Nicolás llenó nuestros vasos con ginebra y, muy despacio, dijo salud.
—¿No salís hoy? —me pregunta Elsa.
—No —le contesto.
—¿Te sentís mal?
—No.
—¿Te vas a quedar todo el día en casa? —y plantita parece fastidiada.
—Puede —digo, y la miro moverse en la cocina, erguida sobre sus piernas
largas, sólidas y desnudas, y miro su cuerpo compacto y limpio y, en algún
momento, porque tengo tiempo, miro esos ojos secos que le brillan en la cara,
pero que no escuchan.
—Ya no se puede comprar nada —murmura plantita.
—Me encontré con Nicolás —digo como un tipo que desea mantener una
conversación en términos razonables.
Elsa desparrama el contenido de la bolsa de mercado sobre la mesa de la
cocina.
—Mirá lo que traje con la plata que me diste.
—Me encontré con Nicolás —digo, sin impacientarme.
—Nicolás —me hace eco Elsa, las manos en lo que desparramó sobre la
mesa de la cocina.
—Va a venir uno de estos días.
—No va a venir —dice Elsa.
—Va a venir: se lo vi en la cara.
—No va a venir.
—Va a venir. Anda en algo. Y cuenta conmigo.
201
—¿Y vos le creíste?
—¿Por qué no?... Le vi la cara.
—¿Sí?
—Hacé un café, ¿querés?
Salgo al patio, y miro la tierra listada de amarillo por el sol de octubre. En
algún costado del mundo, hay una playa. Y pinos. Un bosque de pinos, y ramas
secas y pasos furtivos.
Nunca estuve en una playa o en un bosque, pero escucho, por las noches,
esos pasos leves sobre las ramas secas, y escucho el crujido de las ramas secas y,
por las tardes, paseo, solo, por la playa, y las olas son altas y siniestras, y rugen
contra un cielo que no conoció el sol. Pero nadie escribirá que tiemblo y siento
escalofríos.
Vuelvo a la cocina, echo un poco de azúcar en la taza de café, y revuelvo el
azúcar. Quiero contarle a Elsa, que caminé por esa playa y ese bosque, solo, una
larga tarde que no desaparece de mis ojos.
—Le ofrecí la pieza a Nicolás —le digo a Elsa—. ¿Y sabés qué me contestó?
—Terminala —grita Elsa—. No va a venir. No va a venir. Metételo en la
cabeza.
Ésa es otra de las cosas que no soporto: que me griten. Plantita no se
imagina, todavía, lo mucho que debe aprender.
—Va a venir —digo, en calma, y levanto la taza, y tomo el café, tibio.
Elsa pasa a mi lado, y respira como si se ahogara, y se para en el pedazo
de tierra seca, al sol. Y desde allí, habla, la voz como ronca:
—Alquilá esa pieza de porquería.
Me acerco a la puerta de la cocina, y le miro los ojos, secos, que brillan, y
que tampoco tiemblan.
Elsa, como si leyese una línea en un idioma desconocido, dice:
—Nicolás se acostó conmigo.
Prendo un cigarrillo, y miro mi mano, la mano que sostiene el cigarrillo.
¿Quién es la mujer que murmura esas palabras, parada sobre un pedazo de
tierra seca? ¿Es Elsa? ¿Y quién le dio, a esas palabras, ese orden, y las dictó?
Dejo la taza de café, vacía, en la mesa de la cocina, y vuelvo a mirarla:
—Y vos te acostaste con él.
—Yo me acosté con él —suspira Elsa, los ojos cerrados, compacta y como
ausente bajo el sol de octubre, la cara lavada y blanca bajo el sol de octubre.
Me pongo la campera, y empujo la bicicleta hacia la calle. Elsa, a mis
espaldas, grita:
—¿Te vas?
—Me voy —le contesto, de espaldas a ella.
202
—¿Dónde vas? —y Elsa, parada sobre la tierra seca, bajo el sol de octubre,
jadea.
—Voy a buscar una changa —digo, y no alzo la voz, mis manos en el
manubrio niquelado de la bicicleta.
Abro la puerta de calle, y miro para atrás, y Elsa está allí, parada sobre un
pedazo de tierra seca, los ojos abiertos, y mueve los labios, secos en la cara
lavada. Y es a esa Elsa, que está allí, bajo el sol de octubre, a la que borro de mis
ojos, despacio, al cerrar, despacio, la puerta de calle. O a la que divido en dos, al
detener el lento impulso de la puerta. Y Elsa, parada sobre la tierra seca, bajo el
sol de octubre, puede quedar, también, borrada de mis ojos, si cierro, del todo,
la puerta. O puedo verla entera si abro, del todo, la puerta. Son como
fotografías. Como evocaciones.
203
Apetitos
El hombre bajó del ómnibus, y se levantó el cuello del impermeable.
Acomodó, sobre uno de sus hombros, la correa de la caja de cuero en la que
guardaba una máquina fotográfica, y se largó a caminar. El pueblo —dos o tres
cuadras de casas bajas, pintadas de un blanco sucio, y techos de tejas o de
chapas de zinc, y árboles flacos, jóvenes y sin hojas, que se erguían al borde de
las veredas— parecía vacío a esa hora de la tarde. Las puertas de las casas
estaban cerradas. Y persianas de color verde claro o gris ocultaban las ventanas
de las casas.
El hombre entró a una panadería y saludó a la mujer, parada del otro lado
del mostrador, y la mujer contestó el saludo con una voz ronca y baja. El
hombre pasó sus manos por las mangas del impermeable y por la tapa de la caja
que guardaba la máquina fotográfica. Después, se secó las manos con un
pañuelo, y dijo que la lluvia iba a durar.
El hombre preguntó si la mujer no dormía la siesta, como se acostumbra
en pueblos como ése. La mujer se encogió de hombros. El hombre pidió
medialunas. Cuántas, preguntó la mujer. Dos, y el hombre sonrió a la mujer. La
mujer preguntó si se las envolvía. El hombre se volvió hacia la calle: la lluvia,
silenciosa y veloz, mojaba los árboles flacos y las estrechas veredas. El hombre
giró la cabeza y vio la cura de la mujer, blanca contra la penumbra del local, y
preguntó si no le serviría una taza de café. La mujer dijo, con una voz apenas
audible, que esperara, y le dio la espalda, y apartó unas cortinas de tiras de
plástico, y él escuchó los pasos de la mujer que se alejaban.
El hombre esperó, el cuerpo flojo, la cabeza en blanco, a que la mujer
regresara. Unos minutos más tarde, la mujer reapareció con una taza humeante,
un platillo y una azucarera en las manos. El hombre preguntó cuánto debía. La
mujer dijo cuánto debía. El hombre pagó. La luz que venía de la calle se
oscureció, y los dos escucharon crecer y estallar el trueno en la calle desierta y
oscurecida.
La mujer abrió un cajón y guardó el billete que el hombre dejó sobre el
mostrador, y le dio unas monedas de vuelto, y dijo que era hora de cerrar el
negocio. El hombre dijo que se iba. La mujer preguntó si conocía a alguien en el
204
pueblo. El hombre sonrió y dijo que no, que bajó en ese pueblo sin saber por
qué, y que siempre hacía lo mismo: bajar en cualquier parada de ómnibus sin
saber por qué. La mujer, con la voz ronca y áspera, dijo que con la lluvia se
beneficiaría el campo. El hombre no contestó. La mujer dijo que el café se había
enfriado. El hombre dijo que ella no debía preocuparse.
Pasó un camión por la calle, y sus ruedas esparcieron agua y barro sobre la
vereda, y el hombre dijo que el camión era un Daimler-Benz, y que la palabra
Daimler le gustaba. Y que, también, le gustaba la palabra Amsterdam. Dijo que
Amsterdam sonaba como si uno bajase, a los saltos, una escalera. La mujer le dijo
que, si se iba, la lluvia lo empaparía de arriba abajo. El hombre dijo que le daba
lo mismo; que volvería a la estación de ómnibus y subiría al primer coche que
llegase. La mujer cerró la puerta del negocio.
En la cocina, el hombre depositó, con cuidado, el estuche de cuero que
guardaba la cámara fotográfica sobre la tapa de la mesa, y se desabrochó el
impermeable. La mujer le preguntó qué deseaba comer. El hombre volvió a
sonreír: dijo que no era pretencioso. La mujer le dijo que se sentara, que no
podía ver a nadie parado en la cocina que no fuera ella. Él se sentó. Ella
encendió el horno de la cocina a gas. De un estante bajó una botella de ginebra y
dos vasos, y los dejó en la mesa, cerca de las manos del hombre. El hombre
sirvió ginebra en los dos vasos. La mujer abrió la heladera, sacó un pedazo de
carne y, rápidamente, lo saló, lo mechó con ajo y perejil picados, lo cubrió de
orégano, lo regó con vino blanco y, en una asadera, introdujo la carne en el
horno. El hombre pensó que la mujer no tenía nada de excepcional, salvo las
piernas y la voz. El hombre pensó que, quizá, debería examinar a la mujer más
atentamente. La mujer, en silencio, preparó, en un bol, una ensalada de lechuga,
tomate y cebolla.
El hombre tomó un trago, y la mujer, que se sentó frente a él, otro. El
hombre señaló la caja de cuero que guardaba la cámara fotográfica y dijo que le
gustaría fotografiarla. La mujer dijo, con su voz lenta, ronca y áspera, que ella
era un mamarracho. El hombre sonrió: dijo que fotografiaba mujeres desnudas.
La mujer pidió que no le fotografiara la cara.
En el dormitorio, la mujer se desnudó, y murmuró que tenía frío. El
hombre le contestó que hacía frío, que el viento venía del sur —y los dos
escucharon la lluvia en el techo de la casa y en la calle a oscuras—, y que
terminaría antes de que ella se diera cuenta. La mujer se frotó los brazos, El
hombre le dijo a la mujer cómo debía posar, cuándo agacharse y mostrar sus
muslos abiertos, de espaldas a la cámara, cuándo con zapatos de taco alto y
medias negras —¿tenía ella zapatos de taco alto y medias negras?—, y cuándo
con un cigarrillo encendido entre los labios y los pechos en alto, sostenidos por
205
las manos.
Los dos escucharon el repiqueteante chasquido que emitía la cámara
fotográfica y, en algún momento, el hombre dijo que había terminado. La mujer
se echó una frazada sobre el cuerpo, y mujer y hombre volvieron a la cocina.
La mujer sacó la carne del horno, y el hombre dijo que olía bien. Y cortó
dos gruesas lonjas de carne, y enjuagó los vasos que usaron para tomar ginebra,
y sirvió vino en los vasos enjuagados. La mujer le preguntó al hombre qué haría
con las fotos. El hombre contestó que las vendería. La mujer preguntó por el
precio de las fotos. El hombre dijo que las fotos se vendían al precio de lo que
las fotos mostraban. La mujer pensó un rato. La mujer dijo, después de pensar
un rato, que, para ella, esa relación era un misterio.
El hombre se levantó, apagó el horno, dijo que la carne era tierna y jugosa,
y que se serviría otro pedazo. ¿Comería ella otra porción? ¿O ensalada? La
mujer le pidió un cigarrillo. El hombre abrió un paquete de cigarrillos, y ella
tomó uno, y él se lo encendió.
La mujer preguntó cuántas fotos vendía. El hombre dijo que las necesarias
para vivir. La mujer preguntó, la boca llena de humo, qué hacía la gente con las
fotos. El hombre limpió el plato con una rebanada de pan, masticó, y dijo que
saber eso no era asunto suyo. Que su negocio era vender fotos. Que si la gente
buscaba esas fotos, y compraba esas fotos, y no fotos de campos, de animales,
montañas, lagos o mares, él le vendía esas fotos.
El hombre miró, con atención, el plato que había limpiado con una
rebanada de pan, y encendió un cigarrillo. El hombre largó una bocanada de
humo, y dijo que, a los quince años, cuando la fotografía era —y ella podía
creerle— su única pasión, supo que la gente bendice a los que la ayudan a
olvidar. Dijo que cuando él cumpliera sesenta, en el año 2000, y vendiera
fotografías como ésas para no pedir limosna, ocurriría lo mismo: la gente las
compraría para lo que fuese que quisiera imaginar. ¿No le parecía a ella que él
había hablado más de la cuenta?
El hombre se durmió antes de que la mujer apagara la luz. Ella, junto al
cuerpo de él, en la cama, escuchó la lluvia que caía, incesante, sobre el techo de
la casa. Y ella, antes de apagar la luz, contempló, durante largo tiempo, al
hombre que dormía, con la perfecta quietud de un chico sano y naturalmente
crédulo.
206
Visa para ningún lado
A mediados de 1970, a un año escaso de que poesías, ensayos, crónicas,
evocaciones y otros épicos esfuerzos entretuvieran a amenos y, también,
apasionados lectores (y oyentes) en algo que se denominó el cordobazo, Enrique
Mercado se compró un Fiat 600. Y, de inmediato, se casó con Margarita
Stephens, a quien su padre llamaba Miss Margaret.
Enrique Mercado nació en Córdoba; Miss Margaret tuvo la misma
ocurrencia. Pero los datos censales no registraron que Miss Margaret, mientras
vivió, fue una mujer de movimientos suaves, casi etéreos, de voz suave y paso
silencioso, y cuyas invitaciones a lo que fuere nadie osaba rechazar.
Miss Margaret sabía sonreír. De modo que Mercado dijo que en los tres
últimos años trabajó hasta el agotamiento para pagar, comprendidos los
intereses, el estudio de abogado que su padre le ayudó a adquirir en el centro
de la capital cordobesa.
Y dijo que sí cuando Miss Margaret preguntó por qué Mercado, satisfecha
la deuda moral que tenía con su padre, no se tomaba, junto con ella y su
hermana Jenny, unas vacaciones.
Y cuando Miss Margaret insinuó, con una sonrisa de porcelana, que las
vacaciones, que iban a ser breves, podían implicar un viaje por la vieja y
siempre inexplorada Europa, Mercado también dijo que sí.
El padre de Miss Margaret y Miss Jenny declaró, con énfasis, que pocas
veces en su vida escuchó una propuesta tan atinada como la de Miss Margaret,
y que ése era un momento tan oportuno para viajar y descansar y conocer
mundo como no recordaba otro igual.
El padre de Miss Margaret y Miss Jenny dijo que la Argentina estaba
enferma y empeñada en destruirse, y que nada era tan bueno como alejarse del
maldito infierno al que se precipitaba el maldito país. Y dijo que escribiría a sus
amigos de la RAF para que les gestionasen la radicación en Gran Bretaña, y que
no le discutieran esa idea porque era la mejor que tuvo en mucho más tiempo
del que le agradaría admitir. Y les adelantó, a sus hijas, una porción poco
significativa de la herencia que recibirían cuando él muriera. (Asegúrense, mis
niñas, que yo esté muerto y bien muerto, dijo el padre de Miss Margaret y Miss
207
Jenny a Miss Margaret y Miss Jenny, en voz baja y temblorosa, y los ojos que no
miraban nada. Y lo dijo una sola vez antes de morir.)
Mercado no se opuso a las bulas —inapelables, ellas— de su suegro, y de
su esposa. Él conocía un lugar en las sierras adonde no llegaban los diarios ni el
eco de las bombas que estallaban en las ciudades argentinas, ni las
tortuosidades de la política, y donde el descanso era, de hecho, un hábito
lugareño. Inclusive, se podía pescar.
Mercado prefirió, también y como siempre, no engañarse: aceptar los
juicios de su mujer (que, probablemente, eran los del padre de su mujer)
suponía el recurso más saludable, al que podía echar mano, para eludir
situaciones que los exponían —a Miss Margaret, por cierto, y sin asomo de
duda— a penosas sesiones de análisis, a confesiones vergonzosas y a
humillaciones instintivamente deseadas.
Mercado odiaba esas situaciones, esos climas, y el tono irritantemente
formal que recorría su diálogo con Miss Margaret. Odiaba que se le contrajeran
los intestinos, y odiaba esa náusea que subía a su boca, y odiaba los silencios
que sobrevenían a esas situaciones, que él vivía envenenado por una furia
silenciosa, y odiaba el recuerdo de lo que pensaba durante esos silencios.
Mercado se abstuvo, entonces, de preguntar por qué Miss Jenny debía
acompañarlos en su viaje de descanso.
Miss Jenny dormía con los anteojos puestos. Una de las patillas de los
anteojos estaba envuelta en una cinta engomada, y seca, y si se la observaba con
atención, grisácea. Y los jeans y las sandalias que calzaba resistían, por la
tenacidad de su propia naturaleza, la suciedad que los cubría.
El pelo rubio de Miss Jenny, cuando no se lo teñía con una desprolijidad
salvaje, era bonito, lacio y suave. Y era bonito su trasero: invitaba a acariciarlo
como se acaricia una manzana antes del primer mordisco. Con esa premura.
Miss Jenny estudiaba algo en Letras, y discutía, frenética, en dos o tres
bares de Córdoba, con los admiradores de Wittgenstein. Gozaba, además, de la
brusca amistad de pintores que abjuraban del caballete, y que solían distribuir
porquerías en telas esparcidas por los pisos de sus cuchitriles desnudos.
En la fiesta de casamiento de Miss Margaret, Miss Jenny, borracha de
cerveza y whisky, profirió, en voz alta, preguntas irreparables.
Los tres, en el Fiat 600, atravesaron Francia por rutas cuidadas y
señalizadas con esmero —de acrecentar ese prestigio se ocupan, incansables,
208
gobiernos y alcaldes conservadores y socialistas—, y dormían en bosques
antiguos, venerables y rumorosos.
Levantaban, en horas del crepúsculo, una gran carpa de colores rojo y
blanco, y hablaban de la belleza de las iglesias, de las comidas que servían en
las hosterías que frecuentaron, de la poca curiosidad que despertaba, en sus
ocasionales interlocutores, el hecho de que fuesen argentinos. Hablaban de la
patria lejana, rica y desventurada.
Y Miss Jenny se comportaba como una persona normal, y aún más.
Una tarde, dejaron atrás una casa amplia, de techo rojo, a dos aguas, y un
cerco de alambre sostenido por postes rectos y duros. Miss Margaret observó
que casa y cerco debían conformar una granja, y que a ella le agradaría tomar
leche fresca. Mercado arrimó el coche a la banquina, y Miss Margaret se alejó
con una jarra colgándole de los dedos de la mano derecha. Dijo que volvería
pronto. Y que el aire era puro.
Mercado reclinó su asiento, y cerró los ojos. Miss Jenny pasó al asiento
delantero, y le preguntó si dormía. Mercado contestó que no. Que,
simplemente, procuraba descansar. ¿Miss Jenny sabía manejar? Debería saber,
¿no?, murmuró ella con una voz acongojada. Sí, dijo él, y cerró los ojos.
Miss Jenny puso una de sus manos en la entrepierna de Mercado. Y éste,
como si hubiera recibido una descarga eléctrica, enderezó su asiento. Miss
Jenny volvió a reclinárselo. Mercado abrió los ojos: Miss Jenny miraba hacia
adelante. Mercado miró, también, los árboles negros y altos, y las débiles
sombras del anochecer. Miss Jenny le desabrochó la camisa, y depositó, en el
pecho desnudo de Mercado, sus anteojos.
Miss Jenny suspiró, y le bajó, despacio, a Mercado, el cierre del pantalón.
Miss Jenny introdujo una mano por el cierre abierto del pantalón de Mercado. Y
apretó. Y volvió a apretar.
Sí, dijo Mercado, la voz como opaca, como ausente.
Miss Margaret volvió con la jarra llena de leche, y dictaminó que los
campesinos celtas son recios y graves. Mercado calló: no le interesaban la
geografía, los estudios antropológicos, las etnias, ni su mujer. A decir verdad, y
Mercado, a veces, se lo decía, nunca le interesaron.
Bajaron la carpa del techo del coche, y la armaron en un claro del bosque.
Encendieron fuego, y tomaron leche, y abrieron una lata de carne, y comieron la
carne de la lata, y comieron queso y pan.
209
Miss Jenny sonrió, cariñosa, a su hermana, hasta que se fueron a acostar.
Miss Margaret agregó unos leños al fuego, y regaló un pálido mohín a su
hermana. Y otro a Mercado. Ecuánime, Miss Margaret, como una papisa.
A los viajeros, esa noche, como las anteriores, y, algunas pocas que
estaban por llegar, no los separó nada, salvo las bolsas de dormir, y un metro de
distancia entre bolsa y bolsa.
Viajaron, tal vez, hacia el norte.
Las rutas eran estrechas, rectas y despejadas. Y pudieron admirar tierras
prolijamente cultivadas, animales pacíficos, molinos de aspas blancas, ojos de
agua, pequeñas ciudades de piedra cuya posesión, les informó un folleto
redactado en inglés, disputaron barones feudales, a hierro y sangre, cientos de
años atrás.
Discutieron, amables y soñadores, acerca de la formación de las
nacionalidades, de la construcción de los idiomas, de los mitos raciales, como si
esos temas les interesaran.
Mercado y Miss Jenny se miraban a la cara. Y sonreían. Y se desvelaban
por complacer a Miss Margaret, que solía gorjear.
Llegaron a un país del que se decía que era el más culto de Europa central,
y sucesivamente colonizado por príncipes medievales y prusianos, y vuelto a
emparchar como si se cosiese un retazo de tela a otro retazo de tela, sin que
importaran la calidad y el tejido que se añadía o se quitaba.
Ese país cuidaba, por entonces, su pasado, y no mostraba preocupación
por su futuro. Sus deportistas halagaban el orgullo nacional —nada propenso,
por lo demás, a la exaltación de los ambiguos valores del patriotismo—, al salir
victoriosos en campeonatos de natación, en históricas e inhumanas maratones,
y en imaginativas partidas de ajedrez.
Acamparon, otra vez, en el claro de un bosque —los bosques, se sabe,
siempre tienen claros—, a pocos kilómetros de una ciudad pequeña y silenciosa.
En esa ciudad, pequeña y silenciosa, el funcionario que atendía la oficina
gubernamental de turismo, un hombre delgado, no muy alto, de inquietos ojos
azules, y dueño de una sonrisa perpetua, se llamaba Vaclav.
Para asombro de Miss Jenny y de Mercado, el así llamado Vaclav hablaba
un castellano sonoro y algo gutural. Vaclav dijo que había leído poemas de
Juana de Ibarbourou.
A Miss Margaret le resultó lógico y comprensible que Vaclav se expresase,
sin pedantería y sin tropiezos afligentes, llanamente, pero con énfasis, en
numerosos idiomas, incluido el español. Miss Margaret dijo que Vaclav era una
persona simpática, de trato respetuoso y deferente. Mercado se sobresaltó, no
supo por qué, cuando escuchó el elogioso susurro de Miss Margaret.
210
Mercado comunicó a Vaclav que viajarían hasta la capital del Estado, y
que volverían en el mismo día, al anochecer. Vaclav les selló unos papeles por
la carpa que dejaban a su cuidado en el claro del bosque, y, además, les
recomendó que no los perdieran. Los ladrones, les advirtió Vaclav, habían sido
exterminados sin piedad, salvo algunos de ellos, escogidos, que fueron
enviados a escuelas de readaptación para que los readaptadores no quedaran
desocupados. Él se haría cargo de la carpa, de todos modos: ellos, los
argentinos, y Miss Margaret en particular, le hacían recordar otros tiempos, en
los que imperaban los buenos modales y la belleza, y cada cual aceptaba su
lugar en el mundo.
Miss Margaret se ruborizó. Levemente, se ruborizó, Miss Margaret.
Vaclav les previno, también, con una voz grave que los sorprendió, que la
República no soporta la pérdida de ningún papel, por insignificante que fuese,
que perturbe su normal funcionamiento.
Los papeles emitidos por la República no deben sufrir la indignidad del
olvido o de la pérdida, sin excepciones, y en ningún caso.
Sin papeles, dijo Vaclav, que volvió a exhibir su sonrisa candorosa e
intermitente, hombres como yo no existirían.
En la capital del Estado, compraron alimentos envasados, postales, un
hornillo a gas, recuerdos inútiles. Recorrieron, absortos, un cementerio de
lápidas ensimismadas y breves, que cargaban inscripciones borrosas y retratos
de damas mofletudas, hombres de labios carnosos y miradas sombrías, y niños
con anteojos y moños al cuello.
Cuando regresaron al claro del bosque, Vaclav supo enfatizar las
comodidades de la carpa. Ellos, extrañamente fatigados por la visita al
cementerio, le agradecieron que la hubiese cuidado, fuera de su horario de
trabajo. Y lo invitaron a compartir cerveza y salchichón.
Tomaron cerveza y comieron salchichón con pan negro, y escucharon las
voces del bosque. Vaclav saludó a Mercado y a Miss Jenny con una sonrisa en
los ojos, mientras repetía disposiciones vigentes en toda la República, y que la
República no había considerado necesario revocar y sustituir.
Y Vaclav se demoró en Miss Margaret. Con una galantería en desuso, le
besó ambas manos.
Los labios de Vaclav, se dijo Miss Margaret, están secos y afiebrados. Y lo
que pensó Miss Margaret, en sólo unos pocos instantes, después de decirse lo
que se dijo, la dejó sin respiración.
Al día siguiente, con un ímpetu adolescente, recogieron hongos en el
211
bosque, y se prepararon una sopa espesa de arvejas, y abundaron en la cerveza
y el salchichón.
Miss Jenny preguntó a su hermana, Miss Margaret, si prefería el invierno o
el verano. Miss Margaret se llevó las manos al pecho, allí donde su corazón se
detuvo por algo que ella pensó, y que nadie sabría, y dijo, suavemente, que
amaba las calideces del verano. Y dijo que estaba cansada, muy cansada, y que,
quizás, había tomado demasiada cerveza.
Mercado y Miss Jenny se introdujeron, vestidos, en sus bolsas de dormir.
Miss Margaret caminó hacia la suya, alta y lenta e imperativa, y posiblemente
hermosa a la luz del fuego. Así la vieron, esa noche, Miss Jenny y Mercado.
Miss Margaret dijo, ya dentro de su bolsa de dormir, que Vaclav le contó
la historia de San Wenceslao, patrono de Bohemia, Hungría y Polonia. Dijo,
Miss Margaret, que el padre de Wenceslao fue Vladislao, príncipe cristiano. Y
que la madre de Wenceslao fue Dragueira, mujer pagana y ambiciosa que
anhelaba el trono para su hijo Boleslao. Una historia muy triste, dijo Miss
Margaret con una voz que era como de sueño... Ah, agregó, casi inaudible, Miss
Margaret: Vaclav preguntó si le venderíamos la carpa.
Mercado vio decrecer la lengua del fuego, vio la oscuridad, vio el silencio.
Una mano descendió lentamente sobre su boca. Otra mano forcejeó con el
cierre del bolso de dormir. Miss Jenny estaba sin anteojos. Parecía una mujer
asustada.
No se cuidaron. No les importó si bufaban, si exhalaban ronquidos, si
gemían, si sus ropas y la bolsa de dormir, y las hojas secas del bosque chillaban
en la noche.
¿Dirían que la urgencia de conocerse anulaba las precauciones que habían
imaginado? ¿Que era el deseo acumulado en largas tardes de té y masas secas,
aburridas, tediosas, insoportables las largas tardes de té y masas? ¿Que la
intensidad, los estertores, la ferocidad del encuentro equivalían al riesgo en el
que ni siquiera pensaron?
No les importó, tampoco, la luz del día. O eso creyeron.
Mercado y Miss Jenny emergieron de la bolsa de dormir, torpes y
cansados. Miss Jenny era Miss Jenny: había recobrado sus anteojos.
Mercado dijo que Miss Margaret estaba muerta.
Miss Jenny preguntó, trémula, lo que ambos sabían.
Sí, dijo, seco, Mercado.
Se sentaron a un metro de distancia de la bolsa de dormir de Miss
Margaret.
La mañana era de invierno, gris y fría.
Mercado pensó en Vaclav sellándoles papeles de autopsia, sellándoles
212
papeles que pedían instrucciones a la capital del Estado, sellándoles papeles de
confinamiento temporario en... Ellos eran argentinos.
Miss Jenny se quitó los anteojos y lo miró.
Enrollaron el cuerpo de Miss Margaret en la carpa y ataron la carpa al
techo del Fiat 600. Y, después, Mercado se sentó al volante del coche, y Miss
Jenny se sentó a su lado, con los anteojos puestos, y se lanzaron en busca de la
frontera.
Una vez más, rutas cuidadas y señalizadas y, a los flancos de las rutas
cuidadas y señalizadas, casas de madera antiguas y bellas, niños rubios y que
no gritaban, animales listos para ser presentados a una exposición, y surcos
como trazados por una regla.
Miss Jenny le preguntó a Mercado si quería comer un sándwich.
Mercado dijo que no.
Miss Jenny le preguntó a Mercado si deseaba tomar una gaseosa.
Mercado dijo que no.
Miss Jenny siguió mordiéndose las uñas.
Se detuvieron, por fin, en una estación de servicio. Cargaron nafta.
Mercado parecía exhausto. Miss Jenny dijo que ella tomaría un café. Mercado
dijo que sí, que él también.
Tomaron café, y volvieron al Fiat 600. En el coche, quizá, dormitaron.
Mercado miró su reloj y codeó a Miss Jenny.
—¿Sí? —preguntó Miss Jenny.
—Seguimos viaje —dijo Mercado.
Cuando vieron las primeras líneas de la madrugada, estaban cerca de la
frontera.
Prepará los documentos, dijo Mercado sin mirar a Miss Jenny.
Sí, dijo Miss Jenny.
Había tres coches antes que el Fiat de ellos. La revisación del papelerío
devastó la comprensión del mundo que hayan tenido Mercado y Miss Jenny.
Cuando les llegó el turno, un oficial alto, robusto, rubio, les dio los buenos
días en inglés.
Revisó, con alguna negligencia, las valijas y los bolsos de Mercado y Miss
Jenny, y le dijo okey a Mercado. Un empleado les selló los pasaportes.
Mercado, entonces, tentó al destino:
¿No revisa la carpa?—y Mercado señaló el techo del Fiat 600.
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Y lo que sea que se llama destino dibujó, silencioso, un nombre en los
labios que Mercado apretó uno contra otro. Porque el oficial alto, robusto,
rubio, que hablaba inglés, miró el techo del coche y, sonriente, preguntó:
¿Qué carpa?
214
El corrector
Ella y yo trabajábamos en una editorial de capitales europeos, y que se
preciaba de haber publicado la primera Biblia que usaron los jesuitas en tierras
de México.
A la hora del almuerzo, ella y yo nos quedábamos solos. Los otros
correctores, la cartógrafa (¿era una sola?), las tipeadoras, las mujeres de dedos
velocísimos de la oficina de cobranzas, las secretarias de los gerentes, salían a
ocupar sus mesas en los bodegones que abundaban por los alrededores de la
empresa y, sentados, pedían ensaladas ligeras y Coca-Cola.
Ella, a esa hora, extraía, de su bolso, revistas en las que aparecían figuras
ululantes con nombres que, probablemente, castigaban algo más que mi
ignorancia de hombre cercano a las edades de la vejez.
Ella, a esa hora, escupía, en una caja de cartón depositada al pie de su
escritorio, un chicle que masticó durante toda la mañana y suplantaba el chicle
por un sándwich triple de miga, jamón cocido y queso.
También cruzaba las piernas y un zapato se balanceaba en la punta del pie
de la pierna cruzada sobre la otra.
Ese viernes, ella llevaba puesto un walkman.
Yo no miré su cara en el mediodía de ese viernes de un julio huérfano de
alegría: miré un fino hilo de metal que brillaba un poco más arriba de la leve
tapa de su cabeza, y después miré su cabeza, y miré su largo y lacio pelo rubio.
Dejé de suprimir gerundios aborrecibles en el original de una novela que
llevaba vendidos quince mil ejemplares de su primera edición, antes de que la
novela y los gerundios que sobrevivirían a las infecundas expurgaciones de la
corrección se publicaran, y cuyo autor, la cotización más alta de la narrativa
nacional, es un hombre que ama el vino y el boxeo, y aprecia las bromas
inteligentes, y caminé hasta el escritorio de ella. Y cuando llegué hasta el
escritorio de ella, miré, por encima de la cabeza de ella, y de la corta antena de
su walkman, el cielo de ese mediodía de viernes. Miré, por las anchas ventanas
de la sala vacía y silenciosa, el cielo gris, y algún techo desolado, y unas sábanas
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puestas a secar que batían el aire frío y violento.
Me agaché, y agachado, me arrastré debajo de su escritorio, y allí, en una
tibieza polvorienta, hincado, le acaricié el empeine del pie, el talón y los dedos
del pie, por encima de la seda negra de la media. Ese ablandamiento de una
elasticidad tensa y fría duró lo que ella quiso que durase.
La calcé y, después, me puse de pie, y frente a ella, le pregunté, en voz
baja, si la había molestado.
Ella me miró. Y sus labios, empastados con manteca y queso de máquina,
me prometieron un invierno interminable.
—Hacelo otra vez —dijo, y le brillaron los dientes empastados, ellos
también, todavía, con miga, manteca y queso de máquina.
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La pequeña enfermera del Privado
El hombre se deslizó por el duro colchón de la cama en la que yacía,
cubierta por una sábana y una frazada negra. Había silencio en el Privado, y
había oscuridad en el Privado, y estaba ese olor que emanaba de las piedras, de
los vidrios, de los hierros, de las carnes, de los ropajes que albergan esas
fortalezas ungidas para curar y para morir.
El hombre volvió a leer, en el vidrio granulado de la puerta de esa pieza
en la que lo habían recluido, G 7 G 8 Terapia Intensiva.
Caminó, despacio, rengueando, hacia las luces que allá, en el fondo de una
sala que desaparecía con la claridad de la mañana, iluminaban un vasto,
irregular escenario. En divanes y sofás, buscaban descansar o fingían que
descansaban, médicos de guardia, médicos residentes, enfermeros y
enfermeras, camilleros, y otros miembros del árbol genealógico de los
ahuyentadores de la muerte, tal vez hartos de los pacientes que debían atender,
y, tal vez, de la interminable queja humana, de los reverenciales pedidos de
socorro (y cura inmediata) de caras deformadas por el tiempo, por la ansiedad,
por la pobreza. Y, también, por la pérdida de la ilusión —de una vez y para
siempre—, que, creían, era un castigo de Dios, y que sólo finalizaría cuando Él
despertara, complacido, de una de sus siestas, breves pero eternas.
Las baldosas del piso de la sala estaban frías. Eso supo el hombre que
caminaba, lento, hacia las luces del escenario.
El hombre que bajó de la cama, y odiaba el frío, se encaminaba hacia la
iluminación helada de un escenario vasto e irregular, poblado de divanes y
sofás, y cuerpos fatigados y maltrechos, vestidos con guardapolvos blancos y
verdes. El hombre que había gritado treinta y cinco minutos, intermitentemente,
enfermera... enfermera... enfermera, sin que la enfermera, o quien fuese, lo oyera o,
se decía el hombre, y tragaba una saliva espesa cuando se lo decía, la enfermera
se negaba a responder a su llamado. Él gritaba enfermera..., señorita, por favor...
enfermera, la chata, necesito la chata.
Y el hombre que necesitaba la chata, sólo veía el escenario irregular, los
precarios divanes, y los cuerpos, como muñecos con los resortes cortados, de
residentes, médicos de guardia, médicos sustitutos, médicos, sobre los precarios
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divanes. Y enfermeros. Y enfermeras.
Algunos de esos tipos, algunas de esas mujeres, que fingían dormir, como
mecanos rotos, bajo la luz de las dicroicas, habían puesto en manos de su mujer
un papel que, en la parte de arriba, y con grandes letras, permitía saber que el
hombre estaba en el Centro Médico Privado, y que se hacía entrega de las
siguientes pertenencias del Sr. Arturo Reedson:
1 par de zapatos negros
1 pantalón
1 pañuelo
1 cortaplumas
1 encendedor
1 cinturón negro
1 reloj pulsera
Firmaron el papel la mujer de Arturo Reedson, y un tal Ovejero por parte
del Privado.
(El papel, y su uso, encendieron, en el hombre, el recuerdo de la cárcel de
Villa Devoto, cuando ingresó a ella, y cuando recobró la libertad.)
El hombre logró esconder un block de papel y una birome, cuando las
mujeres de Mantenimiento, a las 6.00 de la mañana, con baldes, desinfectantes
varios, agua, jabón en polvo, trapos de piso, cepillos iniciaban la limpieza de la
sala, durmieran o no los pacientes. Algunos de ellos, al llegar la noche,
confesaban a sus compañeros más cercanos, con una turbación que devastaba
sus almas, que deseaban ser jóvenes, y caminar por las calles, solos, con un
pullover de cuello alto, y un pantalón oscuro, y no pensar en otra cosa que en
un encuentro, sin palabras, con una mujer hermosa, al cabo de esa exploración
nocturna de la ciudad, hostigada por los vientos fríos del invierno.
El hombre había escrito, con una letra pequeña e inclinada hacia la
derecha, tres breves páginas del block.
Servicio de Emergencias me lleva a guardia de Centro Médico Privado. 16/7.
20.30 horas.
•Causa ingreso a guardia de Centro Médico Privado: descenso número (o
cantidad) glóbulos rojos, e irregularidades en electrocardiograma (dolor precordial).
•Hasta las cuatro de la mañana, sábado 17, se me efectuaron estudios, en guardia
externa, que incluyeron Rx, laboratorio, sonda nasogástrica y electrocardiogramas
varios.
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•Información en Intensiva con hipótesis de hemorragia gástrica e isquemia
coronaria.
•En cuarenta y ocho horas, dos endoscopías, ecocardiografía, ecografías
abdominales, tomografía computada, y, además, propusieron cateterismo y colonografía
que Natalia y yo rechazamos.
•La mayoría de esas prácticas se realizaron sin mi consentimiento o el de Natalia,
que estuvo en el Privado durante todos los horarios de visita, horarios que, supongo, los
médicos podían haber aprovechado para informarle acerca de sus canónicos menoscabos
a mi cuerpo.
•Sábado 17y domingo 18 fui visitado, a pedido de Natalia, por un catedrático de
Clínica Médica, que opinó que se me debía dar de alta apenas se estabilizaran
hematocritos, presión arterial y funcionamiento cardíaco.
•Ese mismo curso de acción recomendaron el médico que suelo visitar cuando las
sombras de la vejez, y las declinaciones de mi cuerpo abren las puertas a la enfermedad,
a los medicamentos, a la evocación de una irrecuperable juventud, y el cardiólogo del
Privado, conversación telefónica mediante.
•Sin embargo, en cuanto se ausentó Natalia, lunes 19, me llevaron, sin
prevenirme, a una sala fría y angulosa donde, dijeron, me efectuarían una segunda
endoscopía, una ecocardiografía, dos ecografías abdominales y una tomografía
computada.
Pasó, el hombre, algo crispado, por todas esas ominosidades (si es
políticamente correcto llamarlas así), y lo devolvieron, horas después, a su cama,
dócil y cansado.
Tal vez se durmió. Tal vez olvidó dónde estaba. Tal vez olvidó el vidrio
granulado de la puerta, y que en las grandes letras negras que cubrían el ancho
del vidrio granulado de la puerta, se leía Centro Médico Privado, y, abajo, 6 y 7.
Tal vez, pensó el hombre, era 7. ¿O era 6? Tal vez siempre fue un número. Un
número que come, un número que anhela no saber que la inmortalidad,
probablemente, sea el más efusivo, cuantioso, lacerante, de los sueños humanos,
un número que tiene una laxa, frágil noción de que, alguna noche o una tarde
lluviosa, montó un cuerpo tibio que se quejaba, que le clavaba los dedos en la
espalda, que le eludía los labios.
Tal vez recordó a su abuelo, a ese hombre de gorra, y sin dientes, barba
canosa de dos o tres días, que, en la oscuridad de la pieza que alquilaba en un
barrio de obreros, vendedores de frutas y gallinas, y anchos garages de
ómnibus amarillos, le hablaba, a él, un chico acostado en la cama del anciano,
de valles y ríos estrechos y de aguas puras y claras; le hablaba de un mundo no
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poblado por el hombre, y donde el aire corría como un espejo que se despliega,
y donde no existía el pecado.
Él, el chico, miraba, en la oscuridad de la pieza, la brasa del cigarrillo que
había encendido su abuelo, y que trazaba, roja, un arco desde los labios del
hombre viejo hasta la mano que sostenía el tabaco envuelto en un papel tosco,
armados, tabaco y papel, en una tira breve y cilíndrica, que se renovaría
siempre, y que siempre despediría humo y olor... ¿olor a qué?, se preguntó el
chico, mucho antes de ser un número en una sala de reclusión.
Se despertó. Silencio en el Privado. Silencio y oscuridad. Lejos, en el
escenario, sobre el escenario, la luz corta y brillosa de las dicroicas, y las
dicroicas como granos fosforescentes adheridos al techo del escenario.
El hombre contempló, largo rato, los divanes, los sofás, las figuras
tendidas en los divanes y en los sofás, y la presión en la panza creció, y,
entonces, el hombre se deslizó, lentamente, de la cama al suelo. Las baldosas del
piso estaban heladas.
Caminó, rengueando, sólo cubierto por la bata blanca que le dejaba la
espalda al descubierto, hacia las luces cortas y brillosas que pendían sobre
divanes y sofás. Se dijo, el hombre, que hubo otra noche, y una oscuridad y
unas luces idénticas a éstas, y que, si se lo proponía, podía atrapar entre sus
manos.
La panza, y también la vejiga, que rebosaba de pis. Iba en busca de una
chata, pero convendría, pensó el hombre, que le dieran, también, un papagayo. Y
estaba, además, harto de gritar enfermera señorita enfermera, y que el tiempo
permaneciera, allí, frente a él, yéndose o sumándose o disolviéndose en sí
mismo. El hombre murmuró idiota. Sólo los idiotas piensan en el tiempo cuando
los acosa un par de necesidades simples, básicas e impostergables.
Nunca supo por qué no vio el bulto que le cayó encima, que lo empujó, en
silencio, hacia su cama, y que murmuraba palabras que él no entendía, pero que
eran imperativas, como ajadas por la frecuentación de su uso, como
estertorosas.
Él cayó sobre la cama, sentado.
—Acuéstese —dijo el bulto, que vestía de verde, y que no olía a nada, y
que le estiró las piernas a lo largo de la sábana arrugada que cubría el colchón.
Después, con una rapidez que dejó absorto al hombre que fue en busca de
una chata y un papagayo, le enfundó las manos, hasta los codos, en unos tubos de
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tela de los que colgaban largas tiras de la misma y áspera tela, y con esas tiras le
ató las manos, una a cada lado de la cama.
El hombre, atadas las manos a los barrotes del elástico, y todavía perplejo
ante su propia mudez, ante su nada de nada, sintió, en la piel de los muslos, la
calidez del pis que derramaba su vejiga.
El hombre, atado a los barrotes del elástico, miró las luces cortas y
brillosas de las dicroicas. Y cerró los ojos. Y, obviamente, lloró.
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Este libro se terminó de imprimir
en el mes de noviembre de 2000
en Impresiones Sud América,
Andrés Ferreyra 3767/69,
(1437) Buenos Aires, Argentina.
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