Del absurdo legitimador

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Del absurdo legitimador
Escrito por Luis Barragán
Martes, 06 de Octubre de 2009 22:16
Obviamente, interesa todo el discurso emanado desde los más diversos rincones del poder
(político), y todavía más cuando se reclama como esencia, elemento y fundamento de toda la
dinámica social. Por consiguiente, no se trata de una obsesión la de privilegiar nuestra
atención hacia el disparador verbal que es Chávez Frías, en el marco de la ulteraestatización
pretendida.
Significa la búsqueda del mínimo de racionalidad posible que, por añadidura, sea soporte de la
defensa ejercida por sus más cercanos y directos o lejanos e indirectos seguidores, por las
relaciones clientelares que implica y hasta las de una gratuidad inaudita que esconde una
remota esperanza del beneficio que pudiera reportar. Es por la vía del absurdo que esa
defensa procura la legitimidad no hallada en los hechos, luego de una larga década de
gobierno, proferido por el mismo mandatario nacional o escuchado por los que se dicen –
además – convencidos socialistas.
En una de sus más recientes apariciones públicas (03/10/09), el sermón presidencial
literalmente se distrajo con un llamado a asirse de la teoría, a permitir que ella inunde a las
masas, sin miedo alguno: “y si nos equivocamos, ¿qué importa?”, soltó el latigazo como si una
cadena de errores fuese un dato fútil en el camino empedrado de petrodólares que ha
recorrido. Y el problema no radica en la terca repetición de los errores, sino en la demanda de
teñirse teóricamente, apenas refiriéndose a la genialidad de Iván Mészáros, el autor aérea y
acríticamente considerado, segura recomendación de Jorge Giordani, que tiene por ventaja el
de parecerle algo más complejo que el autor de “El oráculo del guerrero”, cuyo nombre no
merece siquiera consignarse.
El socialismo en curso, convertido en un improvisadísimo campamento de consignas, hasta
ahora no ha dado las suficientes razones que lo hagan pertinente, falsificándose como una
experiencia romántica. Y es que, tampoco, el aparato judicial logra conferirle una sustentación
lógica, pues de falacias habla buena parte de las sentencias que halllan – por ejemplo – un
delito terribilísimo, merecedor de una privativa de libertad, como el cada vez más presunto
porte ilícito de armas del personal que resguarda al gobernador del estado Táchira, mientras
andan amnistiados y libérrimos los asesinos de Puente LLaguno que el propio jurisconsulto
Chávez Frías señaló como héroes en trance de una legítima defensa.
Lo increíble es que, superado el silogismo jurídico, la lógica rutinaria de los partidarios del
chavezato encuentran méritos donde – brutalmente – no los hay. Nos valemos de un de
algunos ejemplos, personalmente escuchados para nuestra sorpresa y desagrado.
El conductor de una camioneta-por-puesto, en una arriesgada conversación con los pasajeros,
justificaba la invasión de los predios urbanos y el subsiguiente levantamiento de ranchos, por
razones enteramente humanitarias: “¿no son seres humanos?”, preguntó para generar el
sentimiento de culpa de los más contestatarios. Y el miserable y falaz misil explotó, sin que
alguien rápidamente recondujera la interrogante hacia quienes gobiernan y han debido, desde
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Escrito por Luis Barragán
Martes, 06 de Octubre de 2009 22:16
hace muchísimo tiempo, construir las viviendas, olvidado ya el sentimiento de culpa que
deberían experimentar al saquear el tesoro público para procurar hacerse de una casa o
penthouse en una de las más exclusivas urbanizaciones de la gran capital. Sin embargo,
también nos servimos de otra peor ilustración.
Se ha dicho que Diosdado Cabello es uno de los más enriquecidos miembros del tren
gubernamental que avanzó - goloso - sobre los rieles de más de $ 800 mil millones de dólares,
y un amigo - abogado con exitosos estudios de postgrado - nos propinó el motivo recóndito de
la ansiedad de poder (económico) del sujeto: la idea está en acumular toda la riqueza que
pueda para derrotar a la oligarquía y, después, redistribuirla en el pueblo. Todavía estamos
boquiabiertos ante tamaña versión tropical, campamental y nada dicharachera de Robin Hood,
embriaguez de todo lo absurdo, pero que cala aún en aquellos que suponemos algo más
sensatos.
Poco importa lo bien o mal elaborado del pretexto, porque vale para sortear la impopularidad
creciente. Camino a la sociedad de delatores, agreguemos que sobrevivirán los que sean más
mentirosos, comenzando por el disparador verbal.
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