recuerda las enseñanzas de tu padre

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Conferencia General Octubre 2004
RECUERDA LAS ENSEÑANZAS DE TU PADRE
Élder H. Bryan Richards
De los Setenta
El Libro de Mormón puede cambiar vidas y, de hecho, lo hace.
El 10 de enero de 1945 recibí mi bendición patriarcal de manos
de John M. Knight, el presidente de misión de mi padre. Fue la única
vez que le vi. Después de pronunciar mi linaje, sus palabras (las
primeras palabras de consejo de mi bendición) fueron: “Recuerda
las enseñanzas de tu padre”. Dicho consejo ha sido, y sigue siendo,
una gran bendición en mi vida.
Poco tiempo después de recibir mi bendición, regresaba a casa después de haber
asistido a la Escuela Dominical. La lección había tratado sobre la Primera Visión de
José Smith, y yo me preguntaba si había ocurrido de verdad. Mi padre se dirigía a una
reunión de la Iglesia, pero lo detuve y le pregunté: “Papá, ¿cómo sabemos que en
verdad José Smith tuvo esa visión?”. Mi padre me pasó el brazo por los hombros, nos
sentamos en el sofá de la sala y compartió conmigo el relato del profeta José así
como su propio testimonio de su veracidad. Aquella experiencia con mi padre sigue
viva en mi corazón en la actualidad. Desde entonces nunca he dudado del relato del
profeta José sobre la Primera Visión.
A lo largo de mi adolescencia recuerdo con claridad el estudio que mi padre hacía
con regularidad del Libro de Mormón. Su amor por el Libro de Mormón y su consejo
de estudiarlo y meditar en él marcaron el inicio de un trayecto en compañía de este
registro sagrado que es el cimiento de mi testimonio personal; es un trayecto que
cada uno debe realizar.
Durante mi vida otras personas han contribuido a mi trayecto personal con el
Libro de Mormón. Mi primera maestra de seminario compartió su experiencia de
cuando era misionera y deseaba saber si el Libro de Mormón era verdadero. Nos
habló de cómo leyó el discurso del rey Benjamín y en su mente lo vio en su torre,
oyéndole pronunciar ese gran sermón. El testimonio de ella, acompañado del
Espíritu, causó una gran impresión en mi mente.
Recuerdo el verano antes de ingresar en la universidad. Tuve la oportunidad de ir
a la región de Monument Valley para trabajar en la primera escuela secundaria que
se construiría allí para el pueblo navajo. Antes de partir, mi padre me preguntó si
llevaría mi Libro de Mormón. No había pensado en ello, pero hice caso de su
comentario. Recuerdo que me acostaba en la litera ya bien entrada la noche en el
mismo terreno de la construcción y sentía el espíritu y el poder del Libro de Mormón.
Me acuerdo que cuando servía en la Misión Great Lakes llegué a obtener el gran
conocimiento y el testimonio absoluto de que el Libro de Mormón era otro
testamento de otra nación, de que Jesús es el Cristo y de que esta Iglesia es
verdadera. Debido a aquellas experiencias todavía arde en mi pecho ese testimonio
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divino del mensaje del Libro de Mormón, de Cristo, como nuestro Salvador y
Redentor, y de la restauración de Su Iglesia en estos últimos días.
Deseo compartir con ustedes algunas de las grandes bendiciones que el Libro de
Mormón puede proporcionarnos. El Libro de Mormón puede cambiar vidas y, de
hecho, lo hace. Después de que nuestro hijo John recibió su llamamiento para servir
en Japón, me dijo: “Papá, antes de ir al Centro de Capacitación Misional voy a leer el
Libro de Mormón dos veces”. Yo le respondí: “Ésa es una meta un tanto difícil”. Pero
percibí su determinación y decidí seguir su ejemplo. Comencé a leer temprano por la
mañana. A los pocos días, cuando regresé del trabajo, John me dijo: “Te he
alcanzado”. “¿A qué te refieres?”, le pregunté. Y él respondió: “Te he alcanzado en la
lectura del Libro de Mormón. Lo dejaste abierto sobre tu escritorio”. A la mañana
siguiente, después de leer, tuve la inspiración de adelantar 150 páginas desde donde
había terminado. Dejé mi Libro de Mormón abierto con la esperanza de que él lo
viera; y me fui al trabajo. Después de salir de una reunión esa mañana, escuché mi
buzón de voz y el primer mensaje decía: “¡Vamos papá… ni yo me lo creo!”.
¿Por qué les digo todo esto? Al ver a mi hijo leer el Libro de Mormón, empecé a
notar un cambio especial en él mientras se preparaba para entrar en el Centro de
Capacitación Misional. Aquella experiencia ha afirmado a mi hijo en el Evangelio de
Jesucristo.
Recuerdo una experiencia que tuve con un líder de zona en Inglaterra, que se me
acercó durante el almuerzo en una conferencia de zona y me dijo: “Estamos
enseñando a una mujer que es ciega y casi sorda y que quiere saber si el Libro de
Mormón es verdadero. ¿Qué podemos hacer?”. En ese momento no supe qué
contestarle, así que le dije: “Se lo diré después de la conferencia”. Durante la sesión
de la tarde recibí la clara impresión de cómo ayudar a aquella mujer. Después de la
reunión le dije al líder de zona: “Invite a la hermana a sostener el Libro de Mormón y
a pasar las páginas lentamente. Cuando lo haya hecho, pídale que pregunte si es
verdadero”. Si bien no podía leer ni oír, sintió el espíritu y el poder del Libro de
Mormón, lo que cambió su vida.
He aprendido a amar el mensaje del Libro de Mormón. A fin de ayudarles a sentir
el poder y el espíritu de ese libro, y ayudarles en su trayecto, o eso espero,
permítanme extenderles tres invitaciones.
Primero. Deseo referirme al relato de Helamán y sus 2.060 hijos.
“Y mientras que el resto de nuestro ejército se encontraba a punto de ceder ante
los lamanitas, he aquí, estos dos mil sesenta permanecieron firmes e impávidos.
“Sí, y obedecieron y procuraron cumplir con exactitud toda orden; sí, y les fue
hecho según su fe; y me acordé de las palabras que, según me dijeron, sus madres les
habían enseñado.
“Y su preservación fue asombrosa para todo nuestro ejército… Y lo atribuimos
con justicia al milagroso poder de Dios, por motivo de su extraordinaria fe en lo que
se les había enseñado a creer” (Alma 57:20–21, 26).
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Si les preguntara quiénes enseñaron a estos jóvenes guerreros, todos sabrían la
respuesta: sus madres. Mi primera invitación es que averigüen qué les enseñaron sus
madres.
Segundo. Todos conocemos las enseñanzas de Alma sobre la fe, cuando retó a la
gente:
“Mas he aquí, si despertáis y aviváis vuestras facultades hasta experimentar con
mis palabras, y ejercitáis un poco de fe, sí, aunque no sea más que un deseo de creer,
dejad que este deseo obre en vosotros…
“Compararemos, pues, la palabra a una semilla. Ahora bien, si dais lugar para
que sea sembrada una semilla en vuestro corazón, he aquí, si es una semilla
verdadera, o semilla buena, y no la echáis fuera por vuestra incredulidad, resistiendo
al Espíritu del Señor, he aquí, empezará a hincharse en vuestro pecho; y al sentir esta
sensación de crecimiento, empezaréis a decir dentro de vosotros: Debe ser que ésta
es una semilla buena…
“Por tanto, si una semilla crece, es semilla buena; pero si no crece, he aquí que
no es buena; por lo tanto, es desechada” (Alma 32:27–28, 32).
Mi segunda invitación es que descubran específicamente qué es la palabra, o
semilla, y que la planten en el corazón. Deberán ir al capítulo 33 de Alma para
averiguarlo; cuando lo hagan, su fe adquirirá una nueva dimensión.
Tercero. Si tuvieran que enseñarles a sus hijos tres grandes verdades que ustedes
desearan que recordaran, ¿cuáles serían esas verdades? Helamán les pidió a sus hijos
Lehi y Nefi que recordaran tres grandes verdades “para haceros un tesoro en el
cielo… para que tengáis ese precioso don de la vida eterna” (Helamán 5:8). Mi tercera
invitación consiste en averiguar qué pidió Helamán a sus hijos que recordaran. Les
ayudaré un poco. Lean el capítulo 5 de Helamán y mediten en él.
¿A qué se debe que el Libro de Mormón haya recibido tanta oposición, incluso
antes de su traducción, hasta el día de hoy? Sobre esto el élder Bruce R. McConkie
escribió: “¿Qué hay en las palabras impresas (las cuales son limpias y edificantes y de
índole histórica y doctrinal) que provoca tal hostilidad?… ¿Por qué los hombres se
oponen al Libro de Mormón? Precisamente por la misma razón por la que se oponen
a José Smith” (A New Witness for the Articles of Faith, 1985, págs. 459, 461).
La razón por la que Satanás lucha enconadamente contra el Libro de Mormón se
halla en los dos últimos párrafos de la introducción del mismo:
“Invitamos a toda persona, dondequiera que se encuentre, a leer el Libro de
Mormón, a meditar en su corazón el mensaje que contiene y luego a preguntar a
Dios, el Padre Eterno, en el nombre de Cristo, si el libro es verdadero. Quienes así lo
hagan y pidan con fe lograrán un testimonio de la veracidad y la divinidad del libro
por el poder del Espíritu Santo. (Véase Moroni 10:3–5.)”
Ahora escuchen con atención:
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“Aquellos que obtengan este testimonio divino del Santo Espíritu también
llegarán a saber, por el mismo poder, que Jesucristo es el Salvador del mundo, que
José Smith ha sido su revelador y profeta en estos últimos días, y que La Iglesia de
Jesucristo de los Santos de los Últimos Días es el reino del Señor que de nuevo se ha
establecido sobre la tierra, en preparación para la segunda venida del Mesías”.
El motivo por el que Satanás ha luchado y sigue luchando contra el Libro de
Mormón se debe a esas tres verdades divinas; él no desea que obtengamos ese
conocimiento sagrado.
“Recuerda las enseñanzas de tu padre”. Siempre estaré agradecido por mi padre.
Aunque hace casi 30 años que falleció, sus enseñanzas siguen vivas en mi corazón.
Doy gracias porque, durante un periodo de mi vida, tengo el privilegio de ser un
testigo especial de Cristo. Debido al Libro de Mormón, a su mensaje y al testimonio
divino que he recibido, puedo testificarles que Jesús es el Cristo, el Hijo Unigénito de
Dios el Padre en la carne. Él terminó la obra de la Expiación infinita y eterna. Cristo
volverá y nos gobernará como Señor de señores y Rey de reyes. De Él y de Su obra
doy solemne testimonio en el sagrado nombre de Jesucristo. Amén.
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