Tambores de guerra, tambores de hambre

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Tambores de guerra, tambores de
hambre
Era la primera vez que subía en un avión. La primera
que salía de mi aldea y de mi País. Era la primera vez que me
separaba de mi familia y de Simón. Me sentía fugitiva de todo
lo que hasta entonces había sido mío. La oscuridad de la
noche, la altitud que debíamos de estar alcanzando, me
impedían poderme concentrar en el rumbo que tomábamos.
Seguramente se trataba de una necesidad pueril, como la de
aquel Pulgarcito que había dejado migas de pan para reconocer
el camino por el que debía regresar a su casa. No había
ninguna posibilidad de regreso. Ninguna al menos que no
fuera por este mismo medio, el avión. Este siniestro artefacto
con el que nos estábamos convirtiendo tan aceleradamente
como su propia velocidad, en prófugas y desertoras del
entorno en el que habíamos nacido y crecido. Expatriadas y
proscritas de nuestras raíces, nuestras costumbres, nuestro
idioma, nuestros festejos, nuestras tradiciones. Absoluta y
definitivamente separadas, arrancadas, distanciadas de
cualquier amparo de los nuestros.
Conmigo, a mi lado, cogiéndonos fuertemente con las
manos, estaba mi hermana mayor, Mari Laura. En España
nos esperaba mi otra hermana, la más mayor. En Douala
dejábamos a mis padres y mis dos hermanas más pequeñas.
Hacía años, en París, residía otro de mis hermanos y en Reino
Unido el otro. En Barcelona tenía a mi hermana Bernie, y en
Ontinyent a María con quien íbamos a vivir. Nos habíamos
ido desgranando, deshaciendo aquello que siempre había sido
una familia feliz, muy feliz. De las más prosperas que había
en la comarca. Posiblemente si no hubiéramos estado tan
acomodados, aún conservaríamos intacta la unidad familiar,
aún hoy para mí, el tesoro más grande. Nos marchábamos
ahora tal y como había ocurrido entonces con Bernie y María,
con Paul y con Daniel, de la noche a la mañana, sin
despedirnos de nadie. Tan sólo un fortísimo abrazo a mis
padres y a mis hermanas, justo antes de subir en el auto que
nos llevaría hasta el aeropuerto. Un abrazo en el que hubiera
querido retener y transmitirles a la vez, todo el amor, toda la
pasión que sentía por ellos.
De Simón tampoco pude despedirme. Al menos pude
darle yo la noticia. La mala noticia de nuestra inminente
despedida. Fue la mañana del mismo día que embarcaríamos.
Tampoco yo sabía que esa, iba a ser la última vez que
estaríamos juntos. Me reprochó que no se lo hubiera dicho
antes. Le juré rotundamente que no sabía nada de mi partida.
En sus ojos empañados, dejaba lugar para el recelo. Se
resistía a comprender que en absoluto le había estado
ocultando algo que cambiaría tanto nuestro futuro, que
arrancaba la ilusión de nuestras vidas, la posibilidad de
unirnos y formar nuestra tan deseada familia. Tampoco yo,
entendía de ninguna manera el por qué mis padres hacían
aquello “por nosotras”, sin interesarles nuestro parecer,
nuestra preferencia que sin duda habría sido que todo
continuara su curso, sin bruscas rupturas, sin forzar ninguna
enemistad, sin los abismales distanciamientos a los que nos
dirigíamos.
Deseaba tanto como Simón quedarme con él. Llegamos
a decidir, a convencernos que inmediatamente nos fugábamos
país adentro, a otra aldea en la que no nos pudieran encontrar.
Todo sucedía tan deprisa. Todo era tan increíblemente
inesperado y desesperante, que el mismo miedo y la palpable
inmadurez nos descentraba y nos confundía. Nos amarraba el
uno contra el otro y nos dejaba clavados ocupando el espacio
de un solo cuerpo, de un solo deseo, el de permanecer por
siempre unidos con la misma fuerza con la que nos
abrazábamos en aquel momento.
Nuestros labios, nuestros besos húmedos, se
empapaban de la amargura del llanto. Absorbíamos las
lágrimas para rechazar su presencia. Las caricias, tan
potentes, tan apasionadas, semejaban latigazos, cada uno más
ajustado que el anterior. Disfrazábamos los lamentos en
gemidos en el unánime anhelo de rechazar la evidencia de
nuestra debilidad. La impotencia contra quienes habían
decidido por nosotros, amparados por la jerarquía autoritaria
de ser nuestros padres y nosotros sus vejados y obedientes
hijos.
Simón empujaba con todas su fuerzas. Sentía en mi
toda su rabia. El ardiente deseo de hacerme daño. La
voluntad de dejar su huella en cada centímetro de mí ser. En
mis entrañas y en mi piel. Con toda su potencia me
atropellaba contra la pared, me enroscaba y me hundía entre
las sábanas. Me dominaba y me convertía en su pelele. No le
temía. En sus brazos estaba vencida y dejada a su voluntad.
Cuando acabara conmigo, huiría de él y de los seres hasta
entonces tan queridos como él, que me habían echado de su
casa, apartado de mi entorno para siempre.
El avión empezaba a descender. Me sentía protagonista
de una huida, aunque con la urgencia de un relámpago, la
fugacidad con que nos pasarían tantas cosas desde el mismo
instante en que nos dotaron de pasajes y documentos para
emprender una nueva vida, debía aceptar, como tantísimas
cosas que acabaríamos aceptando por que sí, que éramos
afortunadas por aterrizar en una tierra de promisión en la que
nacíamos, más desprovistas que cuando se viene al mundo, y
bastante más expuestas a las iras libidinosas de quienes veían
en el color de nuestra piel y en nuestras cándidas semblanzas,
presas fáciles para sus fantasías.
Desconfiábamos hasta de la sonrisa fingida de la
azafata que nos recogió a los pies de escalera en el aeropuerto
de Bruselas y que nos acompañaría en el corto recorrido y la
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