PDF de El periódico de Guatemala

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DOMINGO
DOMINGO
10 de
agosto
de 2014
GUATEMALA
10 de
agosto
de 2014
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Un cuento
sin princesas
En el mundo del comercio sexual la demanda de niñas va
en aumento. Para satisfacerla, las redes de prostitución
se valen de una eficaz estrategia: utilizan a niñas para
“enganchar” o “reclutar” a otras niñas, sus amigas de
estudio o del barrio en Guatemala y Honduras. Se transforman de víctimas a victimarias.
Claudia Mendoza*
Jennifer Velásquez**, de 13 años, insiste en que no hizo nada malo. Si acaso
ayudó a tres de sus amigas a encontrar
trabajo en un bar. Un trabajo que no
solo les permitiría ganar suficiente
dinero para ayudar económicamente
a sus familias sino comprar todo lo
que desearan, desde ropa nueva hasta
un celular de modelo reciente.
Pero las tres adolescentes obligadas
a subir a un furgón y transportadas
a la ciudad fronteriza de Tapachula,
al sur de México, donde las amenazaron y las obligaron a prostituirse,
no le perdonan el engaño. Las jóvenes
de 13, 14 y 17 años, creían que iban a
trabajar como meseras. “Si tuviera
delante a Jennifer, le daría una cachetada por lo que me pasó en México”,
dijo una de ellas al ser entrevistada
por un fiscal del Ministerio Público
(MP) después de su rescate. Hablaba
con la voz entrecortada por la rabia y
el dolor que le producía el hecho de
sentirse traicionada.
Los padres de las tres adolescentes,
de San Pablo, San Marcos, acudieron al
MP para reportar en diferentes fechas
de febrero de 2013, su desaparición.
En cada uno de los casos se activó el
Sistema de Alerta Alba Keneth, mediante el cual se coordina la búsqueda de
un menor con la Procuraduría General
de la Nación (PGN), las autoridades
migratorias y fronterizas.
Cuando la desaparición de las tres
jóvenes se difundió en medios de comunicación locales, los tratantes que las
mantenían confinadas, temiendo que en
cualquier momento pudiera producirse
una redada, decidieron regresarlas
a su municipio, donde la Policía las
rescató de una casa el 27 de febrero.
Durante el operativo, las autoridades
detuvieron a Jennifer Velásquez*,
de 13 años, que había engañado a las
tres adolescentes, y a Blanca Leaneth
Rodríguez Pérez, de 27 años, quien
guarda prisión preventiva en la cárcel
local de Malacatán, San Marcos.
Mientras, las tres adolescentes que
fueron obligadas a prostituirse fueron
restituidas a sus hogares, Velásquez*,
la joven “enganchadora”, fue enviada
al Hogar Seguro Virgen de la Asunción,
un refugio para menores víctimas de
trata administrado por la Secretaría
de Bienestar Social. El fiscal Contra la
Trata de Personas, Alexander Colop,
enfatiza que a pesar de que la joven
engañó a sus amigas y estaba vinculada
a una red de tratantes que surtía de
menores de edad a los prostíbulos de
Tapachula, también es una víctima.
Mientras los padres de sus tres
“amigas” acudieron de inmediato al
MP para denunciar la desaparición
de sus hijas, nadie se preocupaba por
averiguar el paradero de Velásquez*.
Ni siquiera cuando no llegaba a dormir
a su casa durante varios días consecutivos. “Ella vivía con su mamá, que
tiene antecedentes de alcoholismo.
Al parecer, era normal la forma en
que se desaparecía, lo cual no sucedía
con las otras. Está en un proceso de
protección, porque nadie responde
por ella. Ese es un derecho humano
de la niña que fue violentado y ahora
el Estado se lo debe restituir”, explica
Colop. Pero Velásquez quiere regresar a lo mismo. “Por eso, en el hogar
se le ofrece orientación psicológica
para hacerle entender que hace mal…
está costando un poco que acepte el
tratamiento. A pesar de todo es una
víctima, porque estas personas –los
tratantes– se aprovechan de ella. Si
no la tomáramos como víctima seguiríamos insistiendo más en meterla
en esa situación”.
Colop afirma que quienes utilizaron a esta joven para “enganchar” a
sus amigas y obligarlas a prostituirse
pertenecían a una red transnacional
que opera entre Guatemala y México,
las autoridades de ambos países trabajan en el caso de manera conjunta.
Como parte de la investigación, el MP
buscará establecer si esta red se dedica
exclusivamente a la prostitución de
menores o si también está involucrada en otros delitos como el tráfico de
migrantes y de drogas. Colop no cuenta
con cifras precisas, pero estima que un
diez por ciento de las redes de prostitución de menores en Guatemala
son organizaciones transnacionales
mientras que el 90 por ciento restante
son organizaciones locales.
Según el MP, el 32 por ciento de
las víctimas de trata registradas en
Guatemala en 2013 eran menores de
edad, pero se desconoce cuántas han
sido utilizadas como “enganchadoras”. Colop no se atreve a decir si es
un fenómeno que va en aumento. Lo
que sí está claro, asegura el fiscal, es
que las redes de trata recurren a esta
estrategia por dos motivos: primero,
porque una sola adolescente puede
ganarse la confianza de otras jóvenes con mucha más facilidad que un
adulto; segundo, porque bajo la ley
guatemalteca una menor es inimputable y es tratada como una víctima
y no como una integrante más de la
red de trata, como ocurrió en el caso
de Jennifer Velásquez*.
Normalizar el delito
Como Velásquez* hay más niñas.
En Refugio para la Niñez, ONG que
acoge a niños y adolescentes en riesgo
de violencia sexual, explotación y trata,
conocen una promedio de diez a 15
casos al año, jóvenes entre los 14 y 16
años que ingresan al albergue con la
intención de reclutar a otras menores para las redes de trata. “Entran
y salen de las distintas instituciones
para identificar a las chicas a explotar
sexualmente”, conoce Leonel Dubón,
director de Refugio.
Ninguna de estas jóvenes “enganchadoras” ha actuado bajo coacción,
se trata de adolescentes fuertemente
involucradas en estas redes o que han
pertenecido a pandillas. Muestran
síntomas de un profundo daño psicológico que las ha llevado a victimizar a otras menores. “La naturaleza
humana muchas veces nos llama a
repetir ciertos patrones de sufrimiento.
Cuando somos sometidos a presiones
muy fuertes en la vida, muchas veces
la mente humana lo que hace es tratar
de provocar el mismo sufrimiento a
una tercera persona. Su autoestima
está bastante deteriorada, pasan de ser
víctimas a convertirse en victimarias,
lo cual, desafortunadamente, les provoca cierto placer”, dice Dubón.
Hay muchas niñas con atecedentes
de haber pertenecido a pandillas o con
problemas familiares tan fuertes que
se acomodan en estas estructuras del
crimen organizado. Carolina Escobar
Sarti, directora de Asociación La Alianza,
un refugio para niñas y adolescentes
víctimas de explotación sexual, coincide
con Dubón. “Algunas de ellas inconscientemente se alivian cuando otras
están en su misma situación. Además,
hay una identidad de grupo que se va
fortaleciendo de esta manera”, explica.
En ocasiones estas adolescentes bajo
amenazas han sido obligadas a reclutar
a otras. “Las amenazan con matar a sus
hijos, a sus hermanitos o a su mamá.
Aunque tengan sentimientos de culpa
por enganchar a otras, reaccionan al
temor”, sabe Escobar.
En otros casos es tan profundo
el daño psicológico sufrido, que se
normaliza el reclutamiento de hermanas, primas o amigas. Casi como si
las ayudaran a encontrar trabajo en un
restaurante. “El empleo de jovencitas
para la captación de otras niñas se
empieza a ver como una tendencia
durante los últimos años. Lo estamos
viendo como un fenómeno, pero no
hay cifras”, señala Escobar.
El perfil de las “enganchadoras”:
adolescentes entre los 13 y 18 años,
a pesar de su corta edad son las más
experimentadas de la organización. El
reclutamiento, asegura la directora de
Asociación La Alianza, ocurre siempre
en el entorno inmediato de la menor:
la escuela o la colonia donde vive.
En Honduras también
En una de las redes de prostitución de
menores que opera en Tegucigalpa,
Honduras, dirigida por una mujer
de unos 30 años, conocida como Big
Mama, su hija de 16 años es la “enganchadora”. “Esta cipota contrata a las
demás, las controla y siente como que
ella fuera su dueña, a tal punto que
cuando las cipotas quieren ir a trabajar con alguien más, ella les dice:
‘no, con ellos no pueden ir; ustedes
trabajan conmigo’”, afirma el taxista
Pedro González*, a cargo de llevar a
las adolescentes al punto de reunión
con los clientes.
Invitar a las jóvenes a una discoteca
suele ser la estrategia más frecuente
para atraerlas. Una vez que la joven
ingresa a la red y comienza a prostituirse, le piden que traiga a sus amigas y el
mismo proceso se repite con las nuevas
integrantes de la red, perpetuando así
la cadena de explotación sexual.
Los hoteles juegan un papel clave: El
cliente suele solicitar al recepcionista
de turno que le “pida” una joven y
negocia el precio que está dispuesto
a pagar. El empleado del hotel llama a
la hija de Big Mama y la joven enganchadora traslada a la adolescente al
lugar, recibe el dinero y paga al resto
de la cadena. Si el precio negociado
por los servicios sexuales de la joven
es de 3 mil lempiras (US$157), por
ejemplo, la joven y el recepcionista
reciben 500 lempiras (US$26) cada
uno y la hija de Big Mama se queda
con mil lempiras (US$50).
El “mercado sexual” tiene una clasificación para las jóvenes explotadas:
categoría C incluye a chicas consideradas como “no tan bonitas” por
las que un cliente paga alrededor de
US$75 por un encuentro sexual; la B
incluye a chicas consideradas como
“guapas”, entre US$150 y US$200, y
la A, las chicas más cotizadas, hasta
US$500 la noche. Pero las más valoradas en el mercado sexual son las
vírgenes, por quienes llegan a pagar
hasta 5 mil lempiras (US$261). Y
como señala Fátima Ulloa, exjefa del
Departamento de Delitos Especiales de
la Policía, también existe una demanda
de varones entre los 12 y 14 años.
Casa Alianza, un refugio para niñas
y adolescentes víctimas de explotación
sexual, ha documentado un creciente número de niñas en Tegucigalpa y
San Pedro Sula, que “enganchan” a
sus compañeras de colegio y algunas
han llegado al extremo de amenazar
a otras estudiantes para obligarlas a
prostituirse. Un agente investigador
del Ministerio Público que pide reserva
de su nombre, admite que “no se trata
de una nueva modalidad”, pero como la
mayoría de estos casos no se denuncian,
resulta difícil documentar el fenómeno
y establecer si es una tendencia que va
en aumento. “Lo que ha pasado es que
recuperamos a una niña de una red y
meses después tenemos información
de que anda haciendo lo mismo. Es
una consecuencia de la explotación
sexual de esa víctima, del mundo en el
cual se ha desempeñado, de la falta de
oportunidades y de la necesidad”.
La metamorfosis de una adolescente de víctima a victimaria obedece
a una dinámica de poder, explica la
coordinadora del equipo de salud
integral de Casa Alianza, Ninoska
Coello Amador. “Me da poder, me
hace sentir importante, ahora soy la
jefa que capta a las niñas. Vamos por
rangos; a mí me están pagando para
que capte niñas, pero hay una persona
antes que yo. Como ya no voy a estar
siendo explotada sexualmente, ya no
me voy a tener que exponer. No voy
a tener relaciones sexuales con esos
hombres; mi nivel va a ser que solo
capto y me pagan. Con eso voy a poder
tener otro nivel de vida”.
*Este reportaje fue realizado por
Claudia Mendoza de “Primer Impacto/
Univisión”, en el marco de la Iniciativa
para el Periodismo de Investigación en
las Américas del International Center
for Journalists (ICFJ) en alianza con
CONNECTAS.
**Los nombres fueron cambiados.
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