revista n.º 28-29-12 ulia

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LA VIDA NO ES CORTA
Gusmar Carleix Sosa Crespo, de Cabinas, Estado de Zulia (Venezuela)
Finalista Relato Corto III Concurso Internacional Relato Corto y Poesía “Caños Dorados”
A veces creemos ser conquistadores mientras nos convertimos en presa de los deseos
vueltos realidad, sin notar que algunos deseos
van tomando vida propia, que pasamos de ser
soñadores a soñados, de ser dueños de deseos
a ser el aliento que ellos respiran; algunos deseos se convierten en monstruos que devoran
a sus creadores. Otros evolucionan con violencia, jalan la vida desde sus lugares e intentan manipularla con sus hilos cual marioneta
inerte y dependiente de quien está del otro
extremo. Entonces, avanzamos por las veredas de los cumplimientos de algunos sueños,
esas que conducen a la meta de carreras, y sin
notarlo vamos en una competencia que nos
aleja de nosotros mismos, olvidando recuerdos que fueron importantes, recuerdos que
alguna vez construyeron nuestra identidad en
evolución y nos mantuvieron a la expectativa.
Mientras estudió en la Facultad de Humanidades, optando por el título de Licenciado en
Ciencias Pedagógicas construyó su sueño.
Quería ser docente, pero no uno limitado por
las paredes de un aula y al servicio de una institución cuyos valores, métodos y contenidos
de enseñanzas estén vendidos a un sistema. Él
quería ser un docente trotamundos, un docente embajador de las libertades. Soñaba con
tener las oportunidades de ocupar importantes
escenarios para denunciar los sistemas que en
nombre del orden establecían regímenes que
obedecían a los intereses de un sector opresor;
desde su juventud sintió atracción por el caos
y la anarquía, desde una óptica utópica tal vez,
creyendo que con esfuerzo y en constante
evolución el escenario humano, el aparato social, podría dar a luz un modelo de organización inédito y dispuesto a la constante reconstrucción, adaptándose continuamente al
contexto emergente e inclinándose siempre al
bienestar común.
Esa tarde del 21 de junio, mientras bajaba
de su auto estacionado en el área reservada
para docentes de la universidad, sintió que su
juventud se estremecía dentro de él, sonrió al
ver los edificios de la facultad, que levemente
iban siendo conquistados por los jóvenes que
se agrupaban en la plaza central caminando en
dirección a los salones. Miró el reloj en su
mano izquierda y suspiró al ver que indicaba
las siete y treinta minutos de la mañana. Le
quedaba una hora para encontrarse en el auditorio principal realizando una exposición basada en alguno de sus libros.
La brisa fresca de la mañana golpeó su rostro y de nuevo su juventud se estremeció, esta
vez no sonrió, sino que dejó escapar una risa
irónica, miró sus manos y notó el paso del
tiempo, tan fresco y violento como la brisa.
-Cincuenta y un años - susurró con melancolía - Ha sido largo el recorrido, y nuevamente estoy aquí.
A sus cincuenta y un años de edad era reconocido como uno de los representantes de
una filosofía humanista inclinada a la construcción de escenarios sociales e instrumentos
aplicables desde la política, la educación e incluso la economía. A veces se sentía satisfecho con sus dos docenas de libros recorriendo
las regiones latinoamericanas, con su agenda
que lo mantenía en viajes continuos, sabiendo
que otros caminaban con el mismo ritmo e
intención. Pero otras veces la agonía hacía
fiesta en su garganta, apretándole con un nudo
de ansiedades. Y justo en ese momento, a las
siete y treinta de la mañana, apoyado de espalda a su auto en el estacionamiento de la Faculta de Humanidades, observando a jóvenes sedientos de conocimiento recorrer las calles de
la facultad, un nudo apretaba su garganta.
Caminó en dirección al edificio principal y
caminando se encontró en la plaza central de
la facultad donde tantas veces junto a un grupo de sus compañeros dirigió protestas políticas. Decidió sentarse un rato en una de las
bancas, y desde allí observó a su izquierda, en
el otro extremo, en una de las bancas dos jóvenes estaban sentados y se les notaba que
disfrutaban de una conversación interesante; la
chica, una rubia de cabellos rizados, de ojos
oscuros y de piel dorada, sonreía como tal vez
deberían sonreír las diosas, la chica era una
diosa. La reconoció al instante y reconoció al
joven: era él. Los escuchó conversando, podía
escuchar la voz de la linda joven, su voz era
azul como el océano, profunda y calmada pero
con una fuerza atractiva. Se sorprendió al darse cuenta que la había olvidado, durante muchos años no había pensado más en ella.
-¿Cuántos recuerdos más he perdido?
Se levantó y caminó hacia el banco en el
que sus recuerdos descansaban.
-Camila Venus Estela.
Pronunció los nombres observando el banco, como si los leyera grabados en él y con el
tono de quien invoca incrédulo, pero esperanzado, la presencia de alguna deidad manifestada en tres elementos. Los tres nombres le
pertenecían a ella. En ese mismo banco él la
escuchó contándole la historia de sus tres
nombres. Se sentó sobre sus recuerdos mientras le parecía revivir aquella tarde.
-Desde el momento en que mi madre supo
que yo seria niña pensó que mi nombre sería
Camila. Y mis dos abuelas, Venus y Estela, se
disputaban mi segundo nombre. “Tienes que
ponerle Venus como yo”, decía una y la otra
reclamaba lo mismo con su nombre. Así que
el día de mi nacimiento mi madre se decidió
por Camila Venus Estela, y surgió esta criatura
de tres nombres que tienes frente a ti. Yo vine
a ser como un tratado de paz entre la rivalidad
de mis dos abuelas.
Podía recordar cada detalle, cada fibra de su
voz.
Aquella criatura de tres nombres había desestabilizado todo su mundo, lo había hecho
prisionero de un amor silente y confuso, de un
amor que lo acusaba de débil, de tímido, de
incapaz y cobarde. Esa criatura de tres nombres que reconcilió a sus abuelas lo había dividido a él en dos personas, en dos deseos, en
dos sueños. El sueño de seguir el itinerario de
sus pasos sistemáticos hacia el cumplimiento
de sus metas y el sueño de poseerla y ser su
posesión a la vez. Muchas veces quiso tener el
coraje de dar la cara por ese amor que lo consumía y reclamaba su voz para expresarse.
Muchas veces quiso intentar reconciliar sus
dos deseos y aventurarse a un camino con ella.
-¿Cómo habría sido mi vida de haberte perseguido hasta al final así como he perseguido
todo esto? ¿Habrías estado dispuesta a ser mi
compañera en todo esto?´
Pensó en los jóvenes que estarían frente a él
en uno minutos, y en la charla que había preparado…
-Tal vez debería hablarles de ella - dijo sonriendo.
¿Qué podría decirle a cientos de jóvenes
que se aventuraban al estudio de las ciencias
pedagógicas y que involucrara la única historia
de amor que estuvo a punto de vivir? ¿De qué
serviría hablarle de sus ojos oscuros como la
noche, en los que se dibujaban las dulzuras de
la incertidumbre? ¿De qué serviría describirles
el color de sus cabellos rizados en los que podían enredarse los miedos y perderse allí? ¿De
qué serviría contarles de una chica cuya sonrisa podía seducir el futuro planeado y desestabilizarlo?
Suspiró, de repente parecía que los años
transcurridos pesaban, que fue extrema la velocidad con la que se desplazaron por la línea
del tiempo. Los recuerdos siguieron atacando
sin piedad.
Una tarde, sentados en la plaza, él abrió su
morral y sacó un libro verde para obsequiárselo a ella. Se trataba de un tomo de filosofía en
el que se incluía una carta de Lucio Anneo
Séneca a Paulino, titulada “De la brevedad de
la vida”.
-¿Sabes que me gusta de Séneca?-le dijo ella
al instante que hojeó el tomo y vio en el índice
que se incluían obras de Lucio Anneo Séneca
a Paulino-que su concepto de la vida era más
responsable, él sostenía que no es que la vida
sea corta sino que más bien somos nosotros
que perdemos el tiempo.
.. Esa tarde era la última del semestre, se sepa-
rarían por un período de vacaciones y al cabo
de casi dos meses volverían a encontrarse en
los pasillos de la facultad. “Somos nosotros
que perdemos tiempo”, la frase fue como
una daga clavada en sus ojos, ardieron de dolor sus ojos al darse cuenta que llevaba meses
perdiendo el tiempo y la vida transcurriendo.
Quizás debía acercarse más a ella y confesarle
su amor, decirle que llevaba meses respirando
por ella, sorteando sus metas a la suerte de su
mirada, de su sonrisa. Pero pensó que quizás
sería mejor al volver en el siguiente semestre.
Fue una decisión estúpida, y él lo sospechó
cuando al semestre siguiente ella no apareció
por los pasillos de la facultad, y se convenció
de que realmente fue una estupidez cuando
decidió transitar el camino hacia la Ciudadela
Faria y encontró la quinta donde ella vivía vacía y dispuesta al alquiler.
Se levantó de la banca con el sabor amargo
de creer que la vida sí pasa con rapidez, que es
corta, que no alcanza para rectificar los errores
cometidos, que no alcanza para reconciliar los
sueños, que no alcanza para perseguir dos quimeras. Se encontró con su ex profesor, y vio
la vida transcurrida en él. Se reunió con los
docentes compartiendo su visión y su experiencia por algunas regiones latinoamericanas
y dos horas y medias después de haber llegado
al estacionamiento de la Facultad de Humani-
dades entró al auditorio principal que aguardaba repleto de mentes jóvenes y algunos adultos mal distribuidos entre la juventud.
Se paró frente a los estudiantes, sonrió y
suspiró. Su mirada paseó por todo el lugar, y
cuando tomó el aliento para improvisar su
discurso vio en una de las hileras la imagen de
una persona que no armonizaba con la juventud frente a él, una mujer adulta de algunos
cincuenta años de edad, sus ojos oscuros, sus
cabellos rizados. Pensó que podría ser ella,
pero no, no podía ser ella. La mujer le sonrió y
él reconoció la sonrisa, la observó mejor y notó que ella apretaba contra su pecho un libro
verde… Soltó el aliento y la multitud escuchó
sus primeras palabras…
-Queridos jóvenes, ¿han leído a Lucio Anneo Séneca? Me gusta su concepto de la vida y
el tiempo, su visión era más responsable, él
sostenía que no es que la vida sea corta sino
que más bien somos nosotros que perdemos
el tiempo…
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