RETÓRICA Y POLÍTICA

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ANTONIO LULIO:
EL DECORO DEL GÉNERO POLÍTICO*
CONSUELO MARTÍNEZ MORAGA
Universidad Francisco de Vitoria
Entre los tratadistas españoles de Retórica del siglo XVI destaca sin duda
Antonio Lulio. La obra retórica del erudito mallorquín fue consagrada por la
crítica y muy especialmente por el profesor García Berrio1, ya hace más de
treinta años, como una de las más importantes del Siglo de Oro español, junto
a las de Vives, Sánchez de las Brozas o Arias Montano. Desde entonces, la figura de Lulio ha sido objeto de estudios detallados entre los que destacamos los
de Martínez-Falero2 donde encontramos datos inéditos sobre la biografía del
*
Este trabajo es resultado de la investigación realizada en el ámbito del proyecto de investigación “Retórica cultural” (Referencia FFI2010-15160), concedido por la Secretaría de Estado de
Investigación del Ministerio de Ciencia e Innovación (actualmente Secretaría de Estado de Investigación,
Desarrollo e Innovación del Ministerio de Economía y Competitividad).
1.
García Berrio, A. (1980) Formación de la Teoría Literaria moderna II, Murcia, Universidad,
considera la obra de Lulio como una de las más altas cumbres de la retórica española y reivindica un
estudio profundo de la misma. Kohut, K. (1973), Las teorías literarias en España y Portugal durante los
siglos XV y XVI, Madrid, CSIC, López Grigera, M.L. (1984) Introducción al estudio de la retórica en el
siglo XVI en España, Nova Tellus, 2, realzan también el valor de esta retórica.
2.
Los datos bio-bibliográficos que conocíamos acerca de Lulio eran los que él mismo aportaba en De oratione, y los que se recogían en las obras de Menéndez y Pelayo, M. Historia de las ideas
estéticas en España, Madrid, CSIC, 1972, Rico Verdú, J. La Retórica española de los siglos XVI y XVII, Ma-
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erudito mallorquín: vicario de la diócesis de Besançon, profesor de Teología,
profundo conocedor de las lenguas clásicas, principal impulsor de la política
protridentina en el Franco-Condado durante el reinado de Felipe II y mano
derecha del Cardenal Granvela.
En 1550 Antonio Lulio publicó su primera obra retórica, los Progymnasmata Rhetorica3. De 1558 es la edición de su tratado principal De oratione Libri
Septem. En ambas obras Lulio hace una selección crítica de las fuentes clásicas
para adaptarlas a su particular modo de concebir la Retórica, una concepción
la suya permeable a las novedades de la segunda mitad del siglo. Recordemos
que tras la restauración del pensamiento greco-latino y helenístico-bizantino,
llevada a cabo en el siglo XV, la autoridad de los modelos retóricos clásicos
predominó en los primeros años del siglo XVI. En la segunda mitad de siglo
podríamos hablar de cuatro tendencias representadas por Bembo, Erasmo,
Vives y Ramus que determinaron la transformación de la retórica secular y
sagrada en la línea que apuntan las obras de Antonio Lulio.
De oratione, el tratado que hoy nos ocupa, está dividido en siete libros, de
los cuales se han traducido y estudiado a fondo los dos primeros, y del séptimo, la parte dedicada al discurso poético4. El libro séptimo se divide en cinco
capítulos que tratan respectivamente la teoría del decoro y su aplicación a los
cuatro tipos de discursos: el político, el filosófico, el histórico y el poético. Nosotros nos centramos en los dos primeros capítulo de este libro séptimo, donde
Lulio explica el decoro y su aplicación al discurso político.
El decoro es una categoría general, un concepto que en su máxima
extensión consiste en la perfección suma de cualquier acción. Sin decoro
drid, Luis Martínez Falero (2009) presenta la primera biografía completa de Antonio Lulio, reconstruida,
por un lado, a través de cartas, actas y documentos pertenecientes a la Biblioteca Municipal, al Gran
Seminario de Besançon y a los Archivos del Departamento del Doubs (Franco-Condado), por otro lado,
a través de las referencias encontradas en obras de la misma época y en las propias obras de Lulio.Véase
Martínez Falero, L. (2009) Gramática, Retórica y Dialéctica en el siglo XVI. La teoría de la “inventio” en
Antonio Llull, La Rioja, Instituto de Estudios Riojanos (59-71).
3.
Llull, A. Progymnasmata Rhetorica / Ejercicios de Retórica, ed, y trad. De Luis Martínez
Falero, en M.Á. Garrido Gallardo (ed.) Retóricas españolas del siglo XVI escritas en latín, Madrid, CSIC,
2002 [CD-Rom]
4.
Para la traducción de los dos primeros libros véase Martínez Falero, L. (2009) Gramática,
Retórica y Dialéctica en el siglo XVI. La teoría de la “inventio” en Antonio Llul, op.cit. pp. 118-354 y
Sancho Royo, A. Sobre el decoro de la poética, Madrid, Ediciones clásicas, 1993 pp. 28-111
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DECORO DEL GÉNERO POLÍTICO
nada es recto o laudable en la vida, sin decoro todo es inepto, deforme y desordenado5. Podríamos pensar que una vez explicadas las técnicas retóricas
persuasivas se necesita un elemento regulador de la moral que armonice
la frialdad de los preceptos con un arte responsable y verdadero. Por supuesto, este interés no es nuevo, los autores citados por Lulio6 –Isócrates,
Horacio, Cicerón, Quintiliano y en el mundo cristiano los santos Ambrosio,
Juan Crisóstomo o Basilio– comparten el interés por conciliar la técnica
retórica con la moral en el ámbito real de las acciones humanas. Su finalidad: evitar la corrupción, la perversa persuasión. Se trata de un concepto
atribuible a la oratoria, pero excesivo, dice Lulio, para un tratado de estas
características.
También podría hablarse de un “decoro literario”, más restringido, que
sería el decoro que desarrolló profusamente Quintiliano, decoro que debe
exigirse con severidad a los escritores y que deben observar los lectores,
que consiste en combinar proporcionadamente los distintos elementos que
componen el texto literario: personas, lugares y tiempos7. Para Lulio acumular normas que expliquen cómo debe hacerse esto es un propósito infinito,
vano e inagotable puesto que finalmente son muchos más los defectos que
se dejan de mostrar que las virtudes que se consideran. Pueden enseñarse
las normas, pero de nada sirven si el orador carece de una virtud natural,
la prudencia, que no puede ser aprendida, y que suponiendo que se posea
escasamente sólo podría incrementarse con práctica, no con método. Un
juicio firme y prudente es un don de la naturaleza, únicamente el estudio, o
un milagro, puede hacer discernir a quien no comprenda qué es vergonzoso,
qué es útil y qué inútil. Recordemos que Cicerón es de la misma opinión: y
a lo largo de todo el discurso, ser capaz de hacer lo que debe hacerse compete
5.
Cit. Lulio, A. (1558), De oratione libri Septem, Basilea. Per Ioannem Oporimum Omnis actionis summa perfectio !"#$#Ч!est, quo sublato, nihil rectum, aut in vita laudabile reperitur: sed inepta
Omnia, deformia, inordinataque, libro VII, cap. I, fol. 492.
6.
Lulio, A. (1558) libro VII, cap. I, fol.492
7.
Sed neque de illo quod in oratione tenere debemos, respectu personarum, locorum et temporum: quod ab scriptoribus omnes exigimos Quam severissime. Haec enim profecto vana est, non solum infinita disputatio: quam Quintilianus et alie multi confecisse se putantes, multo plura relinquunt
demonstranda fugiendaque vitia dicendi, quam ipsi virtutes tenuerint, atque praecepta congerunt…
Lulio, A. (1558) libro VII, cap. I, fol.492
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a la técnica y dotes naturales del orador, pero saber cuándo hay que hacerlo,
a su prudencia8.
Es una verdad lógica que cuanto más se amplía un concepto mayor es su
esfera de atribución y a la inversa, cuanto más se concreta, más se limita su
esfera de aplicabilidad. El decoro que tiene cabida, que puede aplicarse realmente en un tratado de oratoria es el que exige cada tipo de discurso y ese
decoro consiste en que la forma de la dicción sea congruente con el asunto
que se expone. La dualidad horaciana res-verba sintetiza, por tanto la doctrina
de Lulio sobre el decoro.
El decoro remite, por un lado, al juicio prudente y subjetivo del orador y
por otro lado, a su capacidad real para poner en práctica todos los elementos
que constituyen el cuerpo de un discurso de forma conveniente y oportuna. A
esta capacidad Hermógenes la llamó “habilidad” y con ella coronó su clasificación de formas estilísticas. La definió como el uso correcto de todas las especies
estilísticas antes expuestas y de sus contrarias, y también de todos aquellos elementos que constituyen el cuerpo del discurso9. Con el estudio de la habilidad
concluye Hermógenes el segundo de sus libros y comienza a continuación el
estudio de los estilos individuales, el primero de los cuales es el discurso político. Por su parte, Antonio Lulio, en el libro sexto, parafrasea la teoría de las
formas de estilo de Hermógenes. La diferencia respecto al tratadista griego es
que sólo considera categorías estilísticas las seis primeras (claridad, grandeza,
elegancia y belleza, viveza, carácter y sinceridad). La séptima, “habilidad”, no
figura en la obra de Lulio. Pensamos que el mallorquín integra esta categoría
en su teoría sobre el decoro y desde ahí se dispone, como Hermógenes, a
abordar los distintos tipos de discurso.
Para Lulio, el discurso político es el más necesario y preclaro por su
utilidad: la administración del Estado y la unión de los ciudadanos. Puede
haber dos razones para este discurso: hacer ostentación del favor popular o
captarlo. En cualquier caso, el destinatario es el pueblo, y el orador político
8.
Cit. Cicerón (2002) Sobre el orador, Madrid, Gredos. Introducción, traducción y notas de
José Javier Iso, Libro III, 212, pág. 418.
9.
Cit. Hermógenes (1993), Sobre las formas de estilo, Madrid, Gredos. Introducción, traducción y notas de Consuelo Ruiz Montero. Libro II, 369, pág. 272
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debe tener claro que su fin es prestarle servicio a este receptor que no admite ideas elevadas ni demasiado imaginativas, y que, además, constituye un
auditorio dotado de sentimientos y predisposiciones variadas10. El discurso
político no admite, por ejemplo, el debate privado. Ante una muchedumbre
completamente cargada de afecto, explica Lulio, el discurso debe estar temperado a partir de todas o de varias formas y nunca prevalecerá una aislada,
es decir, el discurso será variado, terso, elegante, repleto, mezclado, unido
todo en una única manifestación exterior, de modo que ninguna, por sí misma, se pueda aislar o diferenciar11.
El respeto a las normas estructurales y estilísticas deberá estar presente
cuando se imite, se cite o se juzgue un género o a un autor. Los recursos materiales son idénticos para todos los oradores, las normas retóricas son claras
y también los asuntos. Asimismo, todos los pintores –y recupera aquí Lulio
otro de los más conocidos tópicos horacianos– utilizan las mismas pinturas y
pintan sobre los mismos temas, y es posible encontrar rasgos comunes entre
los pintores de un mismo país –hablamos de pintores italianos, flamencos,
germanos–, pero nunca dos pintores son iguales Las ideas del discurso son
como las de las imágenes. Es posible tener ideas claras de manera aislada, del
mismo modo que un pintor tiene claros los cánones o patrones de aquello que
pretende pintar –dioses, hombres, mujeres–. Imitar de manera simple no es
complicado, lo difícil es mezclar, y en esto consiste el decoro. Es importante estudiar con preocupación y exactitud los atributos de cada categoría y después
ejercitarse reproduciendo o juzgando la estructura, la dicción, la interpretación
(o gramática), la composición y los tropos. Los referentes son importantes, del
mismo modo que en pintura se reconocen por su genialidad Miguel Ángel o
Durero, en el arte del discurso político es Cicerón el maestro, y así lo prueba
en su comentario de un fragmento de discurso tomado de De oratore.
10.
Duabus rationibus dici potest oratio popularis: vel quia Studium praesesem populi…alia
quae ad captum populi accommodatur non altas admodum, nec nimis excogitatas habens sentencias,
sed populares, et vulgo receptas. Cit. Lulio, A. (1558) libro VII, cap. II, fol.494.
11.
Est enim hoc loquendi genus, quod politicum dixi, varium, tersum, elegans, plenum, omnibusque ex ideis et dicendi formal, commixtum atque constitutum: ut cum nullam non contineat, ita
tamen in unam omnes coaluere speciem, ut nullam per se solam distinctamque indicare possis. Cit.
Lulio, A. (1558) libro VII, cap. II, fol.495
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Siguiendo la tradición aristotélica por la vía hermogeniana, Lulio explica
que existen tres géneros de oratoria política o civil: deliberativa, judicial y
demostrativa y cada clase exige y defiende para sí sus propios caracteres. El
género deliberativo reclama dignidad, elegancia, búsqueda de aprobación y,
según las costumbres, incluso gravedad o modestia. El género judicial buscará
solamente la aprobación, por ello los exordios serán adecuados a las costumbres, desarrollados y convenientes, la narración verosímil, las pruebas envolventes y densas, las digresiones espléndidas, los afectos graves y los epílogos
breves y sueltos. Por su parte, el género demostrativo, género de las asambleas,
de la homilía, debe apartarse de las disputas y manifestarse sobre todo en los
encomios. Su fin es disuadir de los defectos, consolar a los afligidos y animar
a la esperanza de una futura felicidad por la fe en Cristo. Combina este género
dignidad, temor religioso y alguna vez esplendor.
Concluye Lulio diciendo que el discurso político admite toda idea de
magnitud, por tanto pueden aplicarse sus reglas a la epístola y al discurso
familiar.
A pesar de ser un tratado monográfico, Lulio imprime a su obra un carácter
enciclopédico. Reflexiona sobre los más variados asuntos: matemáticas, leyes,
astrología, pintura. Sus reflexiones, lejos de ser nimiedades son ilustrativas,
acertadas y bien ensartadas en la exposición. En distintas ocasiones, Lulio expresa el deseo de que su obra resulte racional y coherente. Suele ser sistemático y su método es analítico y bien ejemplificado.
Antonio Lulio, apenas traspasada la frontera de la mitad del siglo XVI, anticipa en sus obras rasgos que se aprecian con carácter general en las retóricas
posteriores, por ejemplo, la utilización de los tópicos aristotélicos y horacianos
en los esquemas estructurales y artísticos del discurso.
Hablábamos al comienzo de cuatro grandes tendencias representadas por
Bembo, Erasmo, Vives y Ramus que transformaron los planteamientos clasicistas de la retórica a comienzos del siglo XVI y comentábamos que De oratione Libri Septem es una de las primeras retóricas en las que se observan rasgos de estas influencias renovadoras. Después de examinar parte del tratado
del mallorquín, podemos explicar el porqué de tal afirmación. En De oratione
libri Septem observamos el influjo de Bembo en la defensa de la imitatio ciceroniana, en la fidelidad estética a un modelo, revestida de tintes platónicos
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por invocar una idea común de belleza a todos los hombres12. De Erasmo,
encontramos la renovación del concepto clásico de decoro como criterio ordenador del estilo, del contenido y del efecto del discurso; la necesidad de
la imitación ecléctica de modelos para descubrir el camino de conocimiento
del estilo propio, y la opción por el equilibrio aticista, fruto de la armónica
combinación de sabiduría y de elocuencia, de res y verba, de inventio y de
elocutio, de verdad y belleza expresiva13. De Vives percibimos la idea de que
el valor de una obra no radica tanto en la originalidad de sus fuentes, que
son clásicas, como en el método y en el sistema. El método consiste, por un
lado en rebatir las opiniones no operativas de los clásicos y por otro, en seleccionar los preceptos útiles desde una perspectiva en su momento actual14.
Respecto al sistema, observamos la insistencia en que la invención y la expresión están al servicio la una de la otra. El orador debe ajustar las palabras
a las ideas, de modo que aparezcan unidas tan estrechamente en el discurso
como el cuerpo y el alma15. Esta conocida alegoría platónica apuntaba al renacimiento de la antigua polémica entre Retórica y Dialéctica que no se hizo
esperar. En De oratione Libri Septem, como señala Martínez Falero16, hallamos
reminiscencias de las doctrinas de Rodolfo Agrícola17 y, a nuestro juicio, se
12.
Véase sobre la “querella ciceroniana” García Berrio, A. (1980) Formación de la Teoría literaria moderna II, cit. Págs. 31-32; Fumaroli, M. (1980), L`âge de l`éloquence, Ginebra, Droz, págs. 37-115;
Freedman, J.S. (1986) “Cicero in Sixteenth and Seventeenth-Century Rhetoric Instructions” Rhetorica,
IV, nº 3, 1986, págs. 227-254 y Scott Izora,(1910) Controversies over the imitation of Cicero, New York,
Columbia University Press.
13.
Véase Fumaroli, M. (1980), cit. Págs. 85-87, 92-109 y López Grigera, L. “Estela del erasmismo
en las teorías de la lengua y del estilo en la España del siglo XVI”, Erasmo y España, Actas del Simposio,
Santander, Biblioteca Menéndez y Pelayo, págs. 491-500.
14.
Véase, Vives, J.L. (1985), Las disciplinas, tr. Castellana de L. Riber, Intr. Fortuny, F.J., Barcelona, Orbis.
15.
In sermone omni sunt verba et sensa, tamquam corpus et animus. Sensa enim Mens sunt et
quasi vita verborum: ideoque etiam Mens et sensus vulgo nominantur. Inanis ac emortua res sunt verba,
sensu amoto: verba autem sedes sunt sensorum, et veluti lumina in tantus nostrorum animorum involucris. Sed neque sensa tamen, neque verba huius sunt instituti, non magis quam sermo. Cit. Vives, J.L.
(1536), De ratione dicendi, Basilea, págs. 13-14. Un resumen de las doctrinas contenidas en De ratione
dicendi, en Rico Verdú, J. (1973) La Retórica española de los siglos XVI y XVII, Madrid, CSIC, págs. 228-243.
16.
Martínez Falero, L. (2009), op. cit. Cap. II, págs.59-110
17.
Aunque Agrícola había tratado la Lógica como rama de la Retórica, revivió el interés por la
probabilidad y por la lógica tópica. Cfr.Agricola, R. (1528), Colonia, reimpresa por Olms, G. Hildesheim,
(1976) y Cogan, M. (1984), “Rudolphus Agricola and the Semantic Revolutions of the History of Invention”, Rhetorica, Vol. II, nº2, págs. 163-194.
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CONSUELO MARTÍNEZ MORAGA
observa la presencia precursora del ramismo no sólo en su adaptación de las
teorías bizantinas de Hermógenes18, sino también en la determinante intuición, a juzgar por el devenir histórico, de que la Retórica estaba obligada a
aceptar la necesidad apodíctica de la Dialéctica.
18.
Las doctrinas bizantinas de Hermógenes, difundidas por Trapezuntio, recopiladas por Aldo
Manuzio, incluso traducidas en 1480 por Antonio Bonfinio despertaron un gran interés en los humanistas del siglo XVI. Debido a diversas circunstancias como las ediciones de las obras de Hermógenes
en París a partir de 1531, los comentarios de Sturm y las recomendaciones de notables profesores de
Oxford y Cambridge es notable la presencia de las fuentes helenísticas -Hermógenes, Dionisio de Halicarnaso, Demetrio y Aftonio-.En Italia, por ejemplo, Tasso utilizó las formas estilísticas de Hermógenes
para interpretar la obra de Ariosto; Escalígero extendió el uso de las mismas a la Poética; Camillo
Delminio las incluyó en su sistema gnoseo-mágico y Fabio Paolini, explicó su valor literario. Sobre la
importancia de Trebizonda en la difusión de la tradición retórica bizantina, Monfasani, J. (1976), George
of Trebizond. A Biography and a Study of his Rhetoric and Logic, Leiden, Brill. En España, López Grigera, L. (1994), “Corrientes y generaciones en la Retórica del siglo XVI”, La Retórica en la España del
Siglo de Oro, Salamanca, Ediciones de la Universidad de Salamanca, págs. 49-60. Sobre la influencia de
Hermógenes en Antonio Lulio, Pedro Juan Núñez y Fray Luis de Granada, véase Patterson, A. (1970)
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DECORO DEL GÉNERO POLÍTICO
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