[APUNTES DE VIAJE DE LA HABANA A PROGRESO] Después del

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[APUNTES DE VIAJE DE LA HABANA A PROGRESO]
Después del mar, lo más admirable de la creación es un hombre. Él
nace como arroyo murmurante; crece airoso y gallardo como abierto río,
y luego—a modo de gigante que dilata sus pulmones, se encrespa ciego,
y se calma generoso:— ¡genio espléndido de veras, que sacude sobre los
hombros tan regio manto azul, que hunde los pies monstruosos en rocas
transparentes y corales; genio híbrido y extraño que cuando se mueve se
llama tormenta, y cuando reposa, noche de luna en el océano, lluvia de
plata, y plática de estrellas sobre el mar!—Aquí sobre esta arena
menudísima, tormento de los pies y blanca muerte de las olas, tapizada
de conchas quebradizas, salpicada de bohíos de lindo techo de trenzadas
pencas, esmaltada de indígenas robustas, aquí entre estos hombres
descuidados, entre estas calles informes, sobre esta arena agradecida
que no sofoca con su ardor al extranjero que la pisa, aquí reposa mi
alma, señora de su fatiga, contenta con la serenidad de esta grandeza,
poblada y consolada en medio de esta muelle soledad.—
La buena voluntad es un reflejo que pone en el rostro la suave luz de
luna, que ha dado el cielo a cada espíritu de hombre: ¡qué noche tan
amarga, cuando, allá en el fondo de nuestra conciencia, la luz serena y
permanente descubre alguna sinuosidad! ¡Qué revolverse en el lecho!
¡Qué pedir consuelo en vano a los recuerdos, a las esperanzas, a los
paseos, a los versos, a los libros! Parece que la mala acción cometida
está escrita en la onda de cada nube, en la quebrada luz de cada
estrella, en cada ardiente voz de nuestro espíritu.—En cambio ¡qué
plácido sueño cuando esta amiga lumbre no ilumina en el corazón más
que llanuras! El alma satisfecha acrece las fuerzas, rejuvenece el rostro,
desarruga la frente de los viejos, perpetúa la beldad de las mujeres,
limpia de ortigas los años, aligera los miembros, aviva la voluntad,
acrecienta los caudales.—Más joven se levanta cada mañana el hombre
bueno:—así los viejos suizos, amigos y camaradas de los Alpes, mueren
con los ojos azules y con el color sonrosado en las mejillas, ¡porque no
han doblado en un siglo el ramo de roble en que se apoyan, ni su
conciencia pura,—blanca como sus neveros,—su báculo más fuerte!
Dejé en La Habana las iras de los hombres; y traspuse llegando a
Progreso, si bien por tiempo breve, las majestuosas iras de la mar. Mido
yo mi grandeza por la de los océanos irritados: cuando viajaba en el
potente Celtic, buque de inmigrantes y de príncipes, donde vi—y no en
los príncipes,—más héroes respetables, el negro Atlántico removía todas
las furias de su seno, no cabía su cuerpo dilatado en la implacable orilla
de sus mares, y se retorcía con sacudimientos montañosos, pidiendo
fuerza al cielo, negro también y oscuro, como la frente de sañudo padre,
que quiere detener con su ira las impaciencias de un hijo rebelado. Mar
era el cielo, allá en la inmensidad del horizonte. Nunca sentí terror ante
tan grandes luchas; antes, ardorosas las fauces, bien firmes en las
órbitas mis ojos, rey también entre tanta majestad, sentía hercúleas mis
espaldas. Un religioso espíritu me transportaba; afán de batallar me
poseía, hogar mío creía yo aquel espacio negro y barco hondo, y
regocijado como un niño, adoraba aquel peligro, que al fin me conmovía;
y miraba al cielo alto, que es mi manera de postrarme de rodillas.—¡Qué
desdén luego en mis ojos para todo el que no amaba conmigo la
tormenta! Verdad que nunca oí manera de rugir más formidable. ¡Pueril
lenguaje fuera comparado al de las ondas atlánticas airadas, el de una
selva de leones desatada sobre árabes temerosos en impenetrable noche
oscura! Duda la mano débil al transportar a los hombres tan hermoso
horror: jamás tuvo cantor la epopeya de la Naturaleza, ni lo ha tenido
aún la epopeya del esfuerzo de los hombres. Eran el mar y el buque
como masas de espíritus inmensos; placíanse en el combate, y
reposaban de sus golpes como generosos enemigos. Allá viene la negra
montaña, ladeado el cráter, crecientes las faldas, jadeante y horrible; ya
se encrespa, se extiende, se yergue, ya se lanza rugiente sobre el
buque. Y el gran Celtic se dilata, se hunde, se encorva, se inclina al lado
mismo de la ola, con su borde poderoso—el hondo aceroso borde, abre
sus brazos férreos como para ahogar mejor a la montaña, y se endereza
y se sacude, vencedor gigante, conmueve la onda horrible y la echa
fuera.—Tal vez adolorido calla el mar esta labor de abismo, y fatigado de
la lucha, se estremece sobre su base colosal, como si se desatara el
núcleo de bronce de sus miembros. Ruge sordamente, como ruge
monarca perturbado; mas otra vez, en cambio, corre de su férrea cabeza
a su ligero extremo onda apacible; y parece, al resplandor de la tiniebla,
un león satisfecho que lame con su lengua el pelo de oro.
Y luego, tras dos años, ¡qué azulado ese Océano sombrío, qué
desrugado el ceño de ese cielo, qué mezquino guerrero en vez de aquel
ferrado batallador! Oh! la nación norteamericana morirá pronto, morirá
como las avaricias, como las exuberancias, como las riquezas inmorales.
Morirá espantosamente, como ha vivido ciegamente. Solo la moralidad
de los individuos conserva el esplendor de las naciones.—
Los pueblos inmorales tienen todavía una salvación: el arte. El arte es
la forma de lo divino, la revelación de lo extraordinario, la venganza que
el hombre tomó al cielo por haberlo hecho hombre, arrebatándole los
sonidos de su arpa, desentrañando con luz de oro el seno de colores de
sus nubes. El ritmo de la poesía, el eco de la música, el éxtasis beatífico
que produce en el ánimo la contemplación de un cuadro bello, la suave
melancolía que se adueña del espíritu después de estos contactos
sobrehumanos, son presentimientos místicos, y apacibles augurios de un
tiempo que será todo claridad.—¡Ay, que esta luz de siglos le ha sido
negada al pueblo de la América del Norte! El tamaño es la única
grandeza de esa tierra. ¡Qué mucho, si nunca mayor nube de ambiciones
cayó sobre mayor extensión de tierra virgen! Se acabarán las fuentes, se
secarán los ríos, se cerrarán los mercados ¿qué quedará después al
mundo de esa colosal grandeza pasajera? El ejemplo de la actividad, que
si ha asombrado tanto a la tierra, aplicado a la tierra, debe salvarla y
equipararla al cielo, cuando anime con igual empuje las naves veleras de
las aguas, y las salvadoras realidades del espíritu.
La América del Norte desconoce ese placer de artista que es una
especie de aristocracia celestial. Sólo las almas elevadas gustan toda la
íntima belleza de ese mundo extramundano. La admiración universal
acrecienta el ara no apagada de la Grecia; pasó el pueblo, y quedó su
reflejo; se prostituyó su nacionalidad, y la Grecia es aún madre perenne
y admirable, no ha perdido sus formas, a pesar de haber amamantado
tantos hijos. Inagotable es la fuente de sus senos; inmarchitable la verde
palma que sobre ellos abandona con molicie; empapados están sus
labios todavía de la sabrosa y eterna miel de Himeto.
Hoy ha dejado el puerto esa redonda nave en que vinimos, vulgar,
cómoda, apática, sin gallardía en sus velas, sin elegancia en su
atrevimiento, sin atrevimiento siquiera! Al fin la nave sueca imita en
forma y marcha el regio andar del cisne; la gran nave de Hamburgo,
fresca y gruesa, retrata en sus anchuras la franca cordialidad de sus
armadores; la audaz proa británica vuela airosa, velera enamorada de la
mar, y murmura la góndola en Venecia las historias de amor de sus
canales.
[Marzo de 1877]
[Ms. en CEM]
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