La venganza de los prejuicios - Biblioteca SAAVEDRA FAJARDO

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La venganza de los prejuicios
Antonio Hermosa Andújar
(Universidad de Sevilla)
Quizá Angela Merkel, bien por esa viscosa sustancia que suele
segregar el poder cuando se accede a él, o bien por contagio de Sarkozy,
o hasta del inefable Berlusconi, pues la madeja del renovado populismo
europeo fácilmente es reconducible hasta ese rincón oscuro de la política
democrática que es el Primer Ministro italiano; o bien por más de una
razón situada más allá de la situación actual, como algún reflejo que se
creía perdido de la política alemana, o porque es un tic permanente de
la política en general y especialmente de la derecha eterna que la
derecha civilizada lleva dentro, de esa que esconde su complejo de
comunista pero sin paso de la oca y que en condiciones ordinarias se
enfrentaría a cualquier Tea Party de ocasión. Quizá Angela Merkel,
digo, en su gusto por seguir calentando el sillón de Canciller, esté
jugando demasiado fuerte con la condición de aprendiz de brujo
presente en todos los humanos, pero más influyente y beneficiosa o
temible en quienes ocupan los estratos más altos de la sociedad.
Antes de seguir aumentando la temperatura ambiente lanzando
dardos a los musulmanes por cuestiones de presupuesto, de lanzar al
ágora la patata caliente del problema de la integración social de los
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inmigrantes (turcos o parecidos) para llevar a cabo atropelladamente
una nueva fusión fría con sus socios de gobierno, ahora que la situación
política ha abierto brechas en la coalición democristiana-liberal y en el
paisaje comienza a despuntar nuevamente una cabeza reconocible en la
oposición, la científica Angela Merkel quizá debiera echar un vistazo
hacia las ideas de esa Europa ilustrada que predicó la tolerancia
religiosa a fuerza de apostar por la libertad; y que, en su
fundamentación, sometió a una crítica radical todo ese inframundo ético
y psicológico donde pace tanta agradecida oveja integrada en el rebaño
religioso y en el político, con frecuencia, además, en un único y mismo
acto.
Si lo hiciera, es posible la Canciller percibiera en la advertencia de
Spinoza de que las creencias (religiosas) no son inocentes porque ponen
a mano del tirano instrumentalizar la religión en su favor; o en la
admonición de Voltaire a combatir la superstición porque tras el
supersticioso se yergue con frecuencia la deletérea figura del fanático y
tras éste, cuando ambos no coinciden, el cadáver humano del bribón –y
aquí los purpúreos cardenales romanos servían de ejemplo excelente-,
un material de primera calidad del que deducir
más
de
un
comportamiento político.
Y si todo eso aún le pareciese algo vago e informe –ciencia oblige-,
entonces tiene permiso para releer estas formidables palabras del, junto
a Lessing, el otro gran ilustrado alemán por antonomasia: Immanuel
Kant. En su breve opúsculo sobre qué sea la ilustración, en efecto, Kant
escribe lo siguiente: “(…) aquel público que anteriormente había sido
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sometido a este yugo por ellos [los tutores que aspiran a mantenerlo
permanentemente en una minoría de edad], obliga más tarde a los
propios tutores a someterse al mismo yugo; y esto es algo que sucede
cuando el público es incitado a ello por algunos de sus tutores incapaces
de cualquier ilustración. Por eso es tan perjudicial inculcar prejuicios,
pues al final terminan vengándose de sus mismos predecesores y
autores” (cursivas mías).
Aún no podemos conocer cuáles serán los efectos a largo plazo
desencadenados por el aprendiz de brujo al destapar la caja de Pandora
del prejuicio antimusulmán, pero sí podemos estar seguros es de que a
corto y medio plazo un mayor encanallamiento, como decía Ortega, de la
vida pública, un aumento de amenazas por ambas partes y más
oportunidades para el repunte de la violencia islamista, relegitimada
así para los nuevos adeptos a la cofradía del terror, se cuentan entre los
efectos predictibles. Y esos augurios, por sí solos, bastarían, en
Alemania, para inducir al cambio de gobierno.
Pero la venganza de los prejuicios llevaría sus consecuencias
todavía más lejos en la vida pública, y mucho más allá de la propia
Alemania. Entre los europeos, el velo de escepticismo, cuando no de
puro y duro nihilismo, que difuminaría por el espacio de las convicciones
democráticas el levantar la veda de la superstición y del prejuicio nos
puede llevar a pensar y creer que la política, ni siquiera en las
democracias, es capaz de tener un gesto heroico con sus ciudadanos y
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demostrarse diferente de la que sucumbe ante los dictadores; que los
políticos, que se dicen los gestores elegidos de la cosa pública, pueden
llegar a ser simplemente sus sepultureros si esa cosa pública defrauda
sus intereses; y que, en el fondo, cuando ejercemos nuestra libertad y
cambiamos de gestores lo que realmente estamos haciendo es renovar
las cadenas de nuestra esclavitud. O por decirlo de otra manera: nos
puede llevar a pensar y creer que en vez de hijos de la Ilustración somos
en realidad sus huérfanos.
Merkel, desde luego, no es Sarkozy ni, mucho menos, Berlusconi;
no se sabe ni aspirante a dios ni fantoche que goza rompiendo leyes o
haciendo juegos malabares con inmigrantes, pero la tentación populista
no dista demasiado ni de su antigua tradición comunista, ni de su
cultura política ni de su actual profesión, que tan fácilmente la muta en
vocación.
Confiemos
en
que
su
buen
sentido
científico
acabe
predominando sobre la regla del todo vale para satisfacer el propio
interés político; o, si no, confiemos en que sus correligionarios se lo
hagan predominar. Quizá alguno de ellos se haya embebido de Weber y
fuerce a la científica Merkel a introducir más la prudencia en su política
obligándole a pensar en las consecuencias. Más nos valdrá a todos,
tutores incluidos.
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