Cuando la maldad golpea

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JOSÉ MARÍA AZNAR
CUANDO LA MALDAD GOLPEA*
L
a historia del terrorismo en España es demasiado cruel como para
que nos permitamos ignorar todo lo que hemos aprendido. Todo lo
que las víctimas han sufrido. Todo lo que nos han enseñado y continúan enseñándonos cada día; ellas y quienes les prestan su apoyo, como
lo hace la Fundación Villacisneros con esta y con tantas otras iniciativas
dignas del mayor aplauso.
En este libro, que presentamos hace unos meses en Guadarrama y que
hoy traemos a San Sebastián, algunas víctimas del terrorismo relatan su
sufrimiento y muestran su valor.
El testimonio de la vida arrebatada o herida, física o emocionalmente,
nos da fuerza y claridad moral para continuar una tarea inacabada aún: la
victoria de la democracia española y la derrota completa e incondicional
del terrorismo. El rechazo a su presencia entre nosotros y a que fuerce o
condicione nuestros actos.
José María Aznar es expresidente del Gobierno y presidente de la Fundación FAES.
* Discurso en el acto de presentación, organizado por la Fundación Villacisneros, del libro de testimonios de víctimas del terrorismo Cuando la maldad golpea. San Sebastián, 14 de octubre
de 2013.
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CUADERNOS de pensamiento político
No es verdad que las víctimas del terrorismo formen solo parte del pasado. Al contrario. Precisamente porque están aquí y porque dan testimonio de cómo han sido y son las cosas, hay quien se esfuerza en cambiar la
forma en que se cuenta su historia. En ocultarlas, en mentir sobre ellas e
incluso en que aparezcan como culpables de su propio sufrimiento y de que
las cosas “no se muevan”.
Todavía hoy, el sentido de la muerte y del dolor de las víctimas está en
disputa, social y políticamente; todavía hoy, el sentido de su sacrificio no
ha sido fijado como debe y merece. Por eso, este no es un libro de páginas
pasadas. Es un libro de páginas que hay que leer, de testimonios sobre los
que tenemos que volver, de vivencias de un dolor que debemos seguir sintiendo como nuestro.
En la política vasca siempre se ha hablado mucho de normalización.
Con ese término muchas veces se ha querido elevar a “normal” lo que no
lo era. Hoy, de nuevo se busca la normalización del silencio, la normalización del olvido, de la confusión no solo histórica sino también moral. Creo
que si alguna normalización hay pendiente es la de los valores: el valor de
la vida; de la libertad; de la ley; de la solidaridad y de la convivencia cívica.
Ciertamente, podemos esperar un futuro en el que el terrorismo no exista.
Precisamente para alcanzar este objetivo, el partido que yo presidí y los gobiernos que dirigí a lo largo de ocho años se empeñaron en un compromiso
que rechazó la resignación y el desistimiento. Pero si queremos un futuro sin
terror, no podemos actuar como si el terror no hubiera existido. Porque si actuáramos como si el terror no hubiera existido, incurriríamos en algo peor
que una frivolidad; seríamos responsables de una injusticia radical con las
víctimas y cometeríamos un error político de dimensiones históricas.
El camino que nos ha llevado a los mejores éxitos frente al terrorismo
ofrece pocas dudas. Un futuro libre del terror, libre de su sombra y de su
amenaza exige, a mi juicio, tres condiciones.
La primera es la aplicación de la ley con todas sus consecuencias. La acción efectiva y continuada del Estado de derecho, de las fuerzas de segu6
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ridad, de los jueces y tribunales, del sistema penitenciario en la lucha contra un fenómeno criminal que ha contraído gravísimas responsabilidades
a las que sus autores deben seguir haciendo frente.
La segunda es impedir que el terrorismo, su trayectoria criminal, su proyecto destructivo –sus medios y sus fines– encuentre en sus socios políticos
el oxígeno que le permita sobrevivir a su derrota operativa. Estamos viendo
cómo el maquillaje con el que consiguieron volver a la legalidad se les cae a
pedazos y cómo sale su verdadera cara, la de la intimidación y el insulto
como antesala de la violencia que nunca, insisto, nunca han dejado de justificar. Quieren volver a la impunidad y que los vascos vuelvan al silencio. Y
eso no es futuro; eso es el peor pasado que esta sociedad ha sufrido.
La tercera condición me parece igualmente clara. Se trata de afirmar
que el terrorismo ni tiene ni ha tenido justificación, que es radicalmente
ilegítimo, que ningún asesino puede reclamar volver con la cabeza alta o
que se le reconozca que hizo bien en matar, salvo que estemos dispuestos
a que otros sigan ese perverso ejemplo llevados por el enaltecimiento de
la violencia y de sus autores.
No puede haber compromiso sobre el dolor de las víctimas, ni acercamientos en el sufrimiento de víctimas y terroristas. No puede haber equiparación entre las consecuencias de la violencia que elige el terrorista –la
clandestinidad y la cárcel– y el sufrimiento de la víctima, que no elige serlo.
Creo que hay que estar alerta frente a tanta retórica envolvente de informes,
proyectos y planes que eluden las verdades esenciales, las verdades que si alguien quiere buscar, encontrará de una manera clara y ejemplar en este libro.
Establecer el sentido de haberse enfrentado al terror del modo más valioso, fijarlo de manera irrevocable en el corazón de nuestra sociedad, es
nuestra responsabilidad. Fijar que las víctimas no han sido un instrumento del
terrorismo para lograr sus fines, sino la mejor expresión de nuestra resistencia ante él. Hacer que sea cierto que todo valió la pena porque no había otro
camino digno, y que ese camino nos ha conducido a donde queríamos llegar: a una victoria que ha de producirse en nuestros propios términos, en
los de los demócratas, y no en los suyos, en los de los terroristas.
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Solo con la verdad pero con toda la verdad, solo con la ley pero con
toda la ley, solo con la justicia pero con toda justicia.
Quienes piden memoria, dignidad y justicia afirman el valor de nuestros
principios políticos cuando más difícil es hacerlo. Renuncian a debilitar las
bases de nuestra convivencia y de nuestra seguridad, y eligen fortalecerlas
con su sacrificio personal. No se trata, pues, solo de tenerlas en la memoria, sino de reconocer su impagable generosidad a favor de nuestra libertad –de cada uno de nosotros– y de dejar que su ejemplo guíe nuestros
actos día a día.
Hacer justicia es preservar intacta la libertad por la que muchos han
muerto. Es hacer que la derrota efectiva del terror sea la culminación de
nuestro pacto constitucional, de nuestro pacto político de convivencia.
Hacer justicia pasa por comprender que a los terroristas no se les pide
opinión sino responsabilidades; y que es trabajo de las instituciones hacer
que esas responsabilidades sean exigidas y cumplidas en los términos más
estrictos que la ley prevé y, por tanto, autoriza.
Hacer justicia es entender que unos merecen vencer y otros merecen ser
derrotados, que la victoria ha de ser de las víctimas y su memoria sobre el
relato infame que enaltece a sus victimarios.
Hacer justicia, en suma, es que nosotros ganamos y que ellos pierden.
Aquí no hay dos bandos negociando nada. Cualquier iniciativa política
destinada a “contextualizar”, “disculpar”, “disimular” o “interpretar” la cruda
realidad de lo que el terrorismo ha hecho y para qué, no merece más que
un rechazo rotundo y ejemplarizante por parte de quienes afirmamos la nación de ciudadanos.
Para señalar a quienes tratan por todos los medios de hacerla desaparecer y para zanjar sin lugar a dudas un camino que solo interesa a los terroristas, a sus cómplices y a sus beneficiarios. Y que no es el nuestro.
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El principio de la mayoría solo rige dentro de la democracia, no fuera
de ella. Y dentro de la democracia solo pueden estar quienes respetan la libertad y los derechos de todos. Ninguna mayoría puede disculpar, silenciar
o convalidar el asesinato, la coacción o la amenaza.
Abandonar la violencia no puede ser solo renunciar a su uso desde ahora,
debe ser también el reconocimiento expreso de que nunca debió ser empleada. Y junto a ese reconocimiento debe estar el consecuente sometimiento
a las leyes. No se trata de crear condiciones nuevas en las que la violencia carezca de sentido para el terrorista, se trata de establecer como idea de plena
vigencia social que la violencia nunca ha estado justificada, que España no la
merecía, que nada legitima el terrorismo. Que las víctimas son absolutamente
inocentes y que los terroristas son absolutamente culpables.
Algunos han querido crear, primero, la mentira de que no existían las
víctimas. Luego, la ficción de que las víctimas existen, pero que no lo han
sido de nadie, o si acaso de una circunstancia o de un conflicto. Y eso es
una falsificación aberrante.
Es lo que queremos recordar hoy aquí. No hay terrorismo sin terroristas. Y no vamos a aceptar el olvido. Que nadie cuente con que vayamos a
actuar como si el terrorismo nunca hubiera existido. Como si no existiera
aún en muchas de sus formas.
En las últimas décadas, como españoles y por serlo, hemos protagonizado una historia extraordinaria. Contra ella algunos trabajan sin descanso.
Muestran una desafección que es minoritaria, pero que está ordenada y
está en marcha. Y que debe encontrarse con una afirmación rotunda de la
Constitución y de la unidad que ella consagra.
La tarea política más importante en la España de hoy es construir, ordenar y poner en marcha una gran política nacional basada en los principios constitucionales. Un gran proyecto cívico atractivo, capaz de animar
a la sociedad a prestarle su apoyo decidido y sostenido. Cada vez que lo
hemos hecho así hemos sabido vencer las amenazas a nuestra libertad, por
graves que fueran.
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Y, en esta tarea, lo que la sociedad debe encontrar en las instituciones
es mucho más que comprensión o respaldo. Mucho más que un aliado o
un partidario. La sociedad debe encontrar en las instituciones el liderazgo
de quien tiene que abrir camino y tomar la iniciativa. Especialmente donde
más falta hace.
España no es, no puede ser, una mera idea ni una opinión entre otras.
No lo es, no puede serlo, porque hay en vigor una Constitución aprobada
en referéndum que expresa la palabra de la nación española. España ha de
ser una realidad jurídica segura, indudable, previsible, puesto que esa ha
sido la voluntad de los españoles recogida en nuestra Constitución.
No existe ningún título jurídico, histórico o político válido que habilite a
ignorarla, incumplirla, suspenderla o aplazarla. No puede estar en la mano de
nadie hacer tal cosa. Y por tanto quien la ignora, la incumple, la suspende o
la aplaza está fuera de la ley, actúa contra la voluntad nacional, y debe percibir sin que le quepa la menor duda las consecuencias de sus actos.
No hay moderación en aceptar la ilegalidad; no hay prudencia en consentir que un poder se ejerza por quien no debe y para lo que no debe; o
en que no se ejerza por quien debe y para lo que debe. No hay tolerancia
en admitir la ausencia o el vacío del Estado de derecho. No es una virtud
del Estado dejarse desafiar cuando se funda en el derecho y sirve a la libertad. Porque eso solo produce el desamparo de los demócratas y el júbilo de los que no lo son.
La España constitucional afirma la libertad y la igualdad, el Estado de
derecho y la solidaridad. Es una España de personas que no nos hemos
puesto de acuerdo en todo, pero sí en lo fundamental, en lo que hace posible que vivamos en un mismo territorio aunque pensemos cosas distintas; personas que respetamos un acuerdo cívico de fondo sin el cual la vida
pacífica se hace imposible. No solo la nuestra, la de todos.
El Estado de derecho que defendemos no puede quedar en suspenso o
ser aplicado por cálculo político, porque eso daña la democracia española
y expone a sus instituciones a la sospecha.
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En 1978 la nación española afirmó solemnemente que su único modo
digno de existencia política es el Estado democrático de derecho. Los españoles lo hicimos.
Precisamente por esto algunos han decidido romper con España, para
romper con los principios de la democracia. Tratan de arrastrar consigo
a toda una sociedad, a la que pretenden convertir en lo que ellos son. Y
no podemos permanecer al margen mientras ese proyecto político sigue
adelante.
Debemos afirmar la legitimidad de nuestra Constitución y de nuestras
leyes.
Debemos afirmar y ejercer nuestra voluntad política expresada democráticamente.
Afirmar y ejercer nuestra libertad y nuestros derechos, que son los que
se vulneran cuando se quebrantan nuestras normas.
Hay que poner fin al desfalco de soberanía nacional que se está llevando
a cabo por parte del nacionalismo. Cuando se ganan las elecciones autonómicas se gana el poder constituido, no un poder constituyente.
Hay que afirmar la realidad nacional de España ante las grotescas deformaciones históricas a las que la someten aquellos que rechazan una comunidad de ciudadanos libres e iguales.
Y para eso no necesitamos hacernos pasar por apátridas, o por gentes
sin arraigo, ni adoptar una superficialidad que nos blinde de la acusación
de nacionalismo antagónico encubierto. Debemos actuar como españoles
tranquilamente orgullosos de serlo, porque la nación que defendemos nada
tiene que ver con el proyecto nacionalista de involución.
Afirmar la Constitución es guardar la oportunidad histórica que ganamos con ella: es preservar nuestra concordia, nuestra convivencia pacífica,
nuestra ciudadanía.
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La nación española, la nación de ciudadanos, es mucho más valiosa que
lo que intentan quienes encuentran en ella una resistencia a sus proyectos
políticos. Lo es por su compromiso con la defensa de los derechos humanos y del pluralismo social y cultural. Lo es por la consideración personal
del ser humano, por la limitación y la vigilancia del poder político, por el
respeto al Estado de derecho.
Todo esto nos diferencia y nos hace mejores. De esa diferencia y de esa
superioridad cívica verdaderamente radical debemos ser conscientes los
españoles, y en ella debemos encontrar ánimo para enfrentar inteligente y
eficazmente a quienes pretenden dañarnos.
No solo defendemos lo nuestro porque lo sea, lo defendemos porque es
bueno y porque es de todos. Quienes buscan la secesión no pretenden solo
una separación territorial, sino también y sobre todo una separación de las
exigencias de la democracia, del pluralismo, que es lo que nos permitió
hace ya muchos años formar parte de la Unión Europea como miembro
de pleno derecho. No les molesta España –no les molestaba en otro
tiempo–, lo que les molesta es que España significa libertad.
Hace más de tres décadas los españoles fuimos capaces de cambiar el
rumbo de nuestra historia. Hoy redoblan sus esfuerzos los que pretenden
devolvernos al camino de discordia y de ruptura que entonces abandonamos. Una pretensión que al actuar sobre un cuerpo nacional vivo y auténtico, necesariamente producirá desgarros, como ya los está produciendo.
No estamos ante una pugna entre territorios. Estamos ante un desafío
que opone a la cultura cívica europea propia de nuestra Constitución el
nacionalismo más reaccionario y destructivo.
Estamos ante un desafío al valor de la libertad, del pluralismo, de la ley
y de la igualdad dentro de una misma sociedad. Palabras que para el nacionalismo no valen nada; pero que para nosotros lo valen todo. Para las
víctimas de terrorismo, incluso su vida.
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Las generaciones de la democracia nos hemos esforzado por integrar,
encajar, componer, consensuar, ajustar, diferenciar y comprender. Lo
hemos hecho a costa de cosas que nos importaban mucho, en un esfuerzo
constructivo, conciliador y generoso que arranca en la Transición y en la
plasmación constitucional del Estado autonómico.
Yo reivindico ese esfuerzo. No solo no me arrepiento de haber contribuido a él sino que creo que es algo muy valioso para la convivencia de
todos los españoles.
Pero el nacionalismo insiste en contradecir ese esfuerzo, en hacerlo inútil, y nos invita a rendirnos a la evidencia de que nada de esto le importa.
Porque el nacionalismo pide lo imposible: el desguace de la nación y del
Estado. Su encaje nunca lo sería en la nación, sino en la no-nación; su inserción nunca lo sería en el Estado sino en un no-Estado.
Pues bien, frente a un proceso inútil de centrifugación del Estado, hay
que fortalecer las instituciones y ordenar la vida del Estado del modo que
mejor convenga a la nación.
Hoy, con este acto promovido por la Fundación Villacisneros, rendimos homenaje a sus víctimas y renovamos nuestro compromiso con lo
que ellas son y con lo que ellas representan. Yo lo hago personalmente.
Estamos en un momento decisivo de nuestra historia. Un momento que
exige de todos nosotros lo mejor que tenemos. Un momento que, estoy seguro, pasará a nuestra memoria común como aquel en el que supimos comprender las amenazas que padecíamos y acertamos a hacerles frente con
éxito. Porque no desamparamos a quienes más tenían que enseñarnos. Porque estuvimos con ellos y porque ellos nos marcaron el camino.
Pero nada está garantizado y todo dependerá de lo que estemos dispuestos a hacer. Porque es cierto que el silencio puede dañar la verdad
tanto como la mentira misma.
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