reglas constitutivas y racionalidad normativa en la teoría de los

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Reglas constitutivas y racionalidad normativa
en la teoría de los hechos institucionales
de John Searle
Constitutive Rules and Normative Rationality in John Searle’s
Theory of Institutional Facts
Recibido: 2013-01-29 / Aceptado: 2013-03-25
Daniel Contreras Ríos / José Antonio Poblete Laval
Universidad Católica de Chile / Universidad de los Andes
Resumen: En este artículo nos proponemos examinar los
supuestos teóricos generales de la ontología social desarrollada por el filósofo norteamericano John Searle. Para ello,
expondremos los elementos esenciales de su teoría de las
instituciones, a fin de mostrar cómo para el pensador anglosajón las realidades sociales surgen de determinados actos
de habla (speech acts), haciendo hincapié en el rol especial
que en ello cumplen el lenguaje y lo que Searle denomina
como intencionalidad colectiva (collective intentionality). Esta
exposición nos permitirá poner de manifiesto una cierta
insuficiencia en una aproximación de esta clase, mostrando la conveniencia, no prevista por Searle, de hacer de la
racionalidad (y específicamente de la racionalidad práctica)
la fuente última de toda posible normatividad. Con ello, estaremos en condiciones de asumir los desarrollos de una de
las más innovadoras teorías sociales del último siglo, para así
reconducirlos o reinterpretarlos a la luz de las doctrinas más
clásicas sobre la vida en sociedad y el orden moral.
Abstract: In this paper we propose to examine the general
theoretical assumptions of the social ontology developed
by the American philosopher John Searle. To do this, we
will discuss the essential elements of his theory of institutions, in order to show how for the American thinker social
realities emerge from certain speech acts, emphasizing
the special role that in such a process play the language
and what Searle calls ‘collective intentionality’. This presentation will highlight a certain deficiency in an approach
of this kind, showing the convenience, not envisaged by
Searle, to make rationality (and specifically practical rationality) the ultimate source of all possible normativity.
With this, we will be able to embrace the developments
of one of the most innovative social theories of the last
century, in order to bring them back or reinterpret them
in the light of the classical doctrines about life in society
and moral order.
Palabras clave: Ontología social, intencionalidad colectiva, normatividad, racionalidad práctica.
Key words: Social Ontology, Collective Intentionality,
Normativity, Practical Reason.
Sumario: I. Reglas constitutivas y hechos institucionales.
II. Normatividad y naturaleza humana. III. Racionalidad
en el contexto C.
Summary: I. Constitutive rules and institutional facts. II.
Normativity and human nature. III. Rationality in the context C.
R
esulta extraña al moderno espíritu cientificista la pretensión de formular teorías unitarias de la realidad, que reclamen la capacidad de ofrecer
explicaciones omniabarcantes de absolutamente todo lo que es. Si algo
nos ha enseñado el desarrollo científico y tecnológico de los últimos siglos es
precisamente a desconfiar de todos aquellos intentos simplificadores, que por un
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afán quizás legítimo de unidad, desconocen y en último término falsean lo específicamente constitutivo de los distintos ámbitos de que se conforma la realidad.
Son tantas las particularidades diferenciadoras a las que una teoría de esta clase
debería atender para alcanzar su propósito, que ya de antemano la realización de
un proyecto de esta índole se nos presenta como implausible.
Sin embargo, ninguna de estas dificultades ha constituido un obstáculo
para que un autor tan renuente a la vaguedad, como lo es John Searle, se haya
embarcado en una empresa filosófica de esta naturaleza. Desde la publicación
en 1969 de Speech Acts: An Essay in the Philosophy of Language hasta sus más recientes publicaciones sobre intencionalidad y racionalidad práctica (como Rationality in Action [2001] e Intentional Acts and Institutional Facts [2007]), pasando,
por cierto, por las numerosas y siempre significativas incursiones en filosofía de
la mente (v.gr. The Rediscovery of the Mind [1992], The Mystery of Consciousness
[1997], Consciousness and Language [2002], Mind: A Brief Introduction [2004]),
Searle es un autor que, si bien ha gestado y enmarcado toda su labor intelectual
en el marco de la filosofía analítica, se ha distanciado, no obstante, de sus pares
anglosajones por concebir la posibilidad de ofrecer una explicación unitaria de
la realidad, que abarque, en un gran y continuo movimiento linear, la realidad
externa, el hombre, la mente, el lenguaje y la vida en sociedad.
Ha emprendido esta tarea, no obstante, asumiendo ciertas limitaciones
epistemológicas que muy conscientemente (para Searle mismo) han condicionado ex ante la clase de conclusiones a las que ha arribado. En efecto, Searle
desarrolla lo que podríamos llamar una ontología social naturalista, que asume
como incuestionable la visión global de mundo que nos ofrecen las ciencias
experimentales (más específicamente, la visión de mundo que han avanzado
algunos de aquellos que se dedican al cultivo de las ciencias experimentales) y
pretende, desde y conforme a ella, formular una teoría que permita dar cuenta
del origen y naturaleza de toda una serie de fenómenos que, por principio,
escapan a un modelo explicativo de esta clase. La pregunta a la que Searle
pretende dar una respuesta es entonces la siguiente: ¿Cómo puede haber una
realidad social e institucional en un universo que consiste enteramente de partículas físicas y campos de fuerza? ¿Cuál es la ontología o modo de existencia
de la realidad institucional? Es precisamente con ocasión de una posible explicación de la índole de este género de objetos y acciones donde el filósofo norteamericano desarrolla su ya bien conocida teorías de los hechos institucionales.
En este artículo nos hemos propuesto examinar los supuestos teóricos
generales de la ontología social (social ontology) desarrollada por John Searle.
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Para ello, expondremos los elementos esenciales de su teoría de las instituciones y mostraremos cómo para el pensador anglosajón las realidades sociales
surgen de determinados actos de habla (speech acts), haciendo hincapié en el
rol especial que en ello cumplen el lenguaje y lo que Searle denomina como
“intencionalidad colectiva” (collective intentionality). Con ocasión de esta exposición general, incursionaremos en una posibilidad interpretativa algo osada
–casi a modo de “gimnasia filosófica”– a fin de mostrar cómo la teoría de las
instituciones que Searle desarrolla puede muy convenientemente complementarse y enriquecerse con ciertas intuiciones ya longevas de la doctrina clásica
del derecho natural. Con ello, estaremos en condiciones de compatibilizar y
asumir, en la medida de lo posible, los desarrollos de una de las más innovadoras teorías sociales del último siglo, para así reconducirlos o reinterpretarlos a
la luz de las doctrinas más clásicas sobre la vida en sociedad y el orden moral 1.
I. Reglas constitutivas y hechos institucionales
En Speech Acts: An Essay in the Philosophy of Language (1969), Searle recoge el
que es quizás el axioma fundamental de la moderna filosofía del lenguaje, a
saber, que la constitución y el ejercicio del lenguaje necesariamente suponen
la sujeción a ciertas reglas. Para estos efectos, introduce una división ya clásica
en filosofía del lenguaje, según la cual cabe distinguir entre reglas regulativas
y reglas constitutivas 2:
1
Estamos conscientes que un proyecto de esta índole puede muy fácilmente ser calificado de
ingenuo, y que pretender unir y conciliar posturas que quizás a priori rechazan todo intento de
conciliación es una tarea filosóficamente no sólo infecunda, sino inútil. Pero en ningún caso es
ese nuestro objetivo. El mismo Searle, y con él muchos otros autores de la misma escuela de
pensamiento, manifestarían muy probablemente un rechazo acérrimo a muchas de las premisas
y conclusiones que una doctrina como la teoría clásica del derecho natural da por ciertas. Simplemente pretendemos –nuevamente, casi al modo de gimnasia filosófica– mostrar un punto en
el que la tradición clásica y la que es quizás la más popular de las teorías contemporáneas de las
instituciones, parecen complementarse y enriquecerse mutuamente, a beneficio de ambas.
2
Para esta exposición cfr. Searle, J., Speech Acts. An Essay in the Philosophy of Language, Cambridge University Press, Cambridge, 1970 (reimpresión), pp. 33 y ss. Agradecemos a Maris Köpcke
Tinturé el habernos hecho ver, por una parte, el paralelismo que existe entre esta distinción de
clases de reglas y la ya clásica distinción, introducida por H.L.A. Hart, entre reglas primarias
(que imponen obligaciones) y reglas secundarias (que confieren potestades), y, por otra parte,
cómo este paralelismo es posibilitado justamente por una reinterpretación o reformulación de
los avances hechos por Searle en términos de la doctrina clásica del derecho natural, que es
precisamente la hipótesis interpretativa que inspira a este artículo.
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i) Son reglas regulativas aquellas que regulan una actividad preexistente a
las reglas mismas, es decir, reglan acciones cuya existencia es lógicamente independiente de ellas. A esta clase de reglas pertenecen, por ejemplo, las reglas
de etiqueta. La expresión formal de una regla de este tipo sería la siguiente: ‘si
X haz Y’ (por ejemplo, ‘si el semáforo está en rojo, detenga su automóvil’). Es
decir, se trata reglas que se imponen sobre una actividad en términos tales que
estas pueden describirse con prescindencia absoluta de ellas.
ii) Las reglas constitutivas, en cambio, corresponden a aquellas que de plano crean o definen nuevas formas de conducta. Son reglas, en efecto, que atañen a la constitución más íntima de la actividad reglada. Por lo mismo, regulan
una actividad cuya existencia es lógicamente dependiente de la misma regla.
Así, por ejemplo, las reglas del ajedrez no sólo regulan el ajedrez, sino que lo
constituyen, lo estructuran. La expresión formal de una regla de este tipo es
la siguiente: ‘X cuenta como Y en el contexto C’ (por ejemplo, ‘la imposibilidad
de mover al rey sin que éste se vea expuesto al dominio del oponente cuenta
como jaque mate en el ajedrez’).
La existencia de reglas de esta naturaleza (i.e., constitutivas) aparece de manifiesto si se toman en cuanta determinadas descripciones de hechos que no se
podrían llevar a cabo en ausencia de ellas. En este sentido, poseen un carácter
cuasi axiológico, pues son a un tiempo regla y definición, esto es, son tanto descriptivas como prescriptivas. Volviendo al ejemplo antes propuesto, en el juego
del ajedrez las reglas del jaque mate, a un tiempo regulan y definen el jaque mate.
En este contexto, cuando G. E. M. Anscombe introduce la distinción
entre hecho bruto (brute fact) y hecho institucional (institutional fact) 3, sostiene
en definitiva la existencia de un tipo particular de hechos que no logran ser
aprehendidos cabalmente por medio de una mera descripción externa o empírica. Así, por ejemplo, no parece posible ofrecer una descripción acabada en
términos que sean meramente físicos o naturalistas de la distinción que existe
entre un homicidio y la ejecución de un delincuente practicada por un verdugo
en virtud de justa sentencia. En este sentido, existe una inabarcable cantidad
de hechos cuya total inteligibilidad escapa o supera los límites de una mera
descripción físico-empírica. Y no se puede afirmar, por otra parte, que estos
hechos no sean objetivos y reales, pues la constatación de su existencia es no
menos cotidiana que evidente.
3
Cfr. Anscombe, G.E.M., “On Brute Facts”, en Analysis, vol. 18, nº 3 (1958), pp-69-72.
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Un punto central de la teoría de Searle es que a esta clase particular de
hechos pertenecen con propiedad los llamados hechos institucionales. En
efecto, resulta imposible llevar a cabo una descripción meramente física de
éstos, aún cuando obviamente existen múltiples elementos físicos o externos
involucrados en ellos, y que son empíricamente identificables. El hecho institucional es más que su mera descripción externa o empírica; podría afirmarse
que es un hecho bruto que, mirado desde el prisma de la institución correspondiente, adquiere una nueva inteligibilidad que su sola constitución física es
por principio incapaz de proveer.
Ahora bien, Searle avanza tres nociones que en su parecer resultan imprescindibles para entender la estructura lógica de los hechos institucionales,
esto es, para poder distinguir los hechos institucionales como una subclase o
especie del género de los (meros) hechos sociales 4:
i) Intencionalidad colectiva (collective intentionality), que Searle caracteriza
como una propiedad en virtud de la cual el hombre (así como otros animales
superiores) puede tomar parte en distintas clases de comportamientos cooperativos (como lo son, por ejemplo, tocar un instrumento en una orquesta
o ser un jugador de un equipo de fútbol). Es precisamente esta capacidad de
intencionalidad colectiva la que para Searle posibilita a priori la existencia de
sociedades (sean humanas o animales). De hecho, Searle define un hecho social “como cualquier hecho que supone intencionalidad colectiva de dos o más
agentes” 5.
ii) Asignación de funciones (assignment of function), que es la capacidad en
virtud de la cual el hombre (nuevamente, así como otros animales superiores)
es capaz de imponer funciones a ciertos objetos que intrínsecamente (i.e., por
su sola constitución interna) carecen de ellos y que por tanto sólo detentan en
virtud de tal imposición.
iii) Funciones de status (status functions), que Searle concibe como una capacidad exclusivamente humana (esto es, que el hombre no comparte con nin-
4
Para esta exposición cfr. Searle, J., The Construction of Social Reality, Allen Lane The Penguin
Press, London, 1995, sobre todo pp. 31-59 y 113-126. Véanse también los importantes artículos “What is an Institution?”, en Journal of Institutional Economics, vol. 1, nº 1 (2005), pp. 1-22
y “Social Ontology: Some Basic Principles”, en Anthropological Theory, en vol. 6, nº 1 (2006),
pp. 12-29.
5
Searle, J., “What is an Institution?...”, op. cit., p. 6. La traducción de éste como de los otros
pasajes de las obras de Searle es nuestra.
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guna otra clase de animal), en virtud de la cual el objeto o persona al cual se le
impone o asigna una función sólo puede cumplirla, no en virtud de su estructura o propiedades físicas, sino únicamente en razón de la previa asignación
colectiva de esa tarea específica. Estas funciones o tareas asumen típicamente la
forma ya mencionada de las reglas constitutivas, esto es, ‘X cuenta como Y en el
contexto C’. Searle, consciente de los presupuestos de los cuales ha partido, es
muy cauto en precisar la naturaleza de este tránsito, pues afirma que muchas
veces no es posible discernir con toda claridad en qué momento exacto termina el objeto físico y comienza la función de status, sino que muchas veces se
tratará de una transición gradual.
Ahora bien, cuando el procedimiento de considerar algo ‘X como Y en
un contexto C’ se regulariza, se transforma entonces en una regla constitutiva
de estructuras institucionales. En palabras del mismo Searle:
“La ontología institucional de la civilización humana, las formas especiales
en las que la realidad institucional humana difiere de las estructuras sociales
y del comportamiento de otros animales, es un asunto de funciones de status
impuestas en conformidad a procedimientos y reglas constitutivas. Las funciones de status son el pegamento que mantiene juntas a las sociedades humanas
[...] El mecanismo que subyace [a las distintas realidades institucionales] y que
las produce es el mismo: la asignación de funciones de status con sus deontologías correspondientes en conformidad a reglas constitutivas [...] Un hecho
institucional es cualquier hecho que tiene la estructura lógica ‘X cuenta como
Y en el contexto C’, donde el término Y asigna una función de status y (con
muy pocas excepciones) la función de status conlleva una deontología. Una
institución es un sistema de reglas constitutivas de la forma ‘X cuenta como Y
en el contexto C’. Una vez que una institución se ha establecido, provee entonces la estructura dentro de la cual uno puede crear hechos institucionales” 6.
II. Normatividad y naturaleza humana
Ahora bien, ¿de dónde arranca la normatividad implicada, si no en todos, al
menos en la gran mayoría de los hechos institucionales? Utilicemos el ejemplo
que Searle mismo emplea: mediante el siguiente acto de habla ‘he aquí que
prometo pagar 100 dólares a Juan’, el promitente se ha puesto bajo la obliga-
6
Ibid., p. 9.
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ción de pagar lo prometido. Pero ¿cuál es aquí la fuente de normatividad? Es
lógico que no puede provenir de la sola articulación de sonidos por medio de
los cuales una persona se obliga para con otra. Ni tampoco puede provenir de
la mera ilación consistente de palabras, de una sintaxis correcta. La normatividad para Searle proviene, al menos próximamente, de la institución correspondiente de la cual la acción particular es una instancia o realización. Así, en
la expresión (utterance) del acto de habla se encuentra implícita (dadas ciertas
condiciones) una invocación de la institución correspondiente como proveedora de normatividad. De hecho, Searle expresamente señala que lo propio de
las instituciones humanas es crear nuevas formas de poder, específicamente de
lo que él denomina como poderes deónticos:
“La labor esencial de las instituciones humanas y el objetivo de tener instituciones no es constreñir a las personas, sino crear nuevas formas de relaciones de poder. Las instituciones humanas son, sobre todo, posibilitantes
(enabling), ya que ellas crean poder, pero una clase especial de poder. Es el
poder que está indicado por términos como derechos, deberes, obligaciones, autorizaciones, permisiones, requerimientos y certificaciones. Llamo a
todos estos poderes deónticos. Lo que distingue a las sociedades humanas de
otros animales sociales, en cuanto yo puedo determinarlo, es que los seres
humanos son capaces de una deontología de la que ningún otro animal es
capaz. No todo poder deóntico es institucional, pero toda estructura institucional es un asunto de poderes deónticos” 7.
De este modo, Searle sostiene que la fuente próxima de la normatividad
radica en la institución de la que una determinada acción es instancia o realización. Mediante la institución, en efecto, se comunica al acto concreto el
poder deóntico que se originó mediante la asignación colectiva de una función
de status a un determinado objeto o persona incapaz de desempañar tal función en virtud de su sola constitución o propiedades físicas. Y estas estructuras
institucionales proveen razones para actuar que son independientes de todo
deseo, esto es, independientes de las inclinaciones de un momento concreto:
“¿Cómo funcionan estas relaciones de poder? La respuesta, que nuevamente es esencial para la comprensión de la sociedad, es que las estructuras
institucionales crean razones para la acción independientes del deseo. El
7
Ibid., p. 10.
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reconocer algo como un deber, una obligación o un requerimiento es ya
reconocer que uno tiene una razón para hacerlo que es independiente de
la inclinación del momento [...] La creación del campo general de razones
para la acción basadas en el deseo presupone la aceptación de un sistema de
razones para la acción independiente del deseo” 8.
La apelación a las instituciones humanas, en este sentido, aparece como
una nueva posibilidad, que posee sin duda una serie de ventajas. Por una parte,
cuenta con una fuerza argumentativa convincente. En efecto, la distinción entre hecho bruto y hecho institucional muestra, una vez más, cómo la descripción meramente física, externa, no es agotadora de lo propiamente humano.
La constatación irrefutable de hechos que llevan una carga normativa intrínseca en su descripción lingüística, permite obtener válidamente el elemento
deontológico involucrado, sin necesidad de apelar a un tertium quid que en
cierto modo cierre la argumentación (sea el acto del legislador, la naturaleza
humana, el bien común, etc.). De este modo, las conclusiones obtenidas a través de este método no son sino exigencias del puro lenguaje, de la sola descripción lingüística del acto de habla respectivo. Por otro lado, la invocación de la
institución permite evadir con plausibilidad la cuestión moral que está siempre
involucrada en un enunciado de tipo normativo (como necesariamente lo son
aquellos que versan sobre hechos institucionales). En efecto, la mera descripción de un hecho institucional en términos lingüístico-formales no precisa referirse a elementos potencialmente conflictivos, como lo son el bien humano,
el fin del hombre o la buena voluntad, para dar razón de su fuerza normativa 9.
Ahora bien, muy legítimamente podría uno preguntarse qué de la institución provee a un hecho concreto de normatividad; o mejor aún, ¿qué provee
a la institución misma de normatividad? Es aquí donde Searle recurre, como
en muchas ocasiones, al lenguaje. El surgimiento de lo que él denomina poderes deónticos se debe, en último término, al rol que el lenguaje juega en
la constitución de los hechos institucionales. De hecho, una de las razones
por las que según Searle la tradición mayoritaria de filosofía política y social
resulta inapropiada o inadecuada radica precisamente en que estos autores
8
9
Ibid., p. 11.
Algo que, por cierto, encaja perfectamente con el materialismo que ex professo sostiene Searle y
que le impide incursionar, de un modo filosóficamente serio al menos, en áreas en las cuales muy
fácil e inadvertidamente se puede derivar, en su opinión, en la formulación de teorías etéreas y
sin ningún sustento científico.
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(desde Aristóteles hasta Max Weber) dan el lenguaje por supuesto: asumen
el lenguaje como algo ya existente y después preguntan cómo son posibles
las instituciones y cuál es su naturaleza y función. “Pero –dice Searle– si uno
presupone el lenguaje, se presuponen ya las instituciones” 10.
El lenguaje no se limita a describir una realidad institucional preexistente, sino que es parte constitutiva de ella. Esto se debe a que una función
de status (que es aquello que explica el surgimiento de las instituciones qua
instituciones) debe ser representada como existente a fin de existir realmente,
y es precisamente el lenguaje (o un simbolismo de esta clase) lo que provee
los medios posibles de representación. Esta representación, en que consiste la
asignación colectiva de una función de status, tiene que ser, al menos en un
sentido amplio, lingüística o simbólica, pues no hay otra forma de marcar o
designar el nivel de la función de status. Searle es inequívoco en esto: “Sin representación, no hay función de status [No representation, no status function]” 11.
Para Searle, el lenguaje cumple al menos cuatro funciones en la constitución de los hechos institucionales:
i) Un hecho institucional sólo puede existir en la medida en que es representado como existiendo y la forma de esta representación es, en un sentido
amplio, lingüística: “La simbolización tiene que conllevar los poderes deónticos, ya que no hay nada en los meros hechos físicos que conlleve deontología
de suyo. Sin lenguaje, no hay deontología [No language, no deontology]” 12.
ii) Las formas de las funciones de status son casi invariablemente asunto
de poderes deónticos, y estos sólo pueden representarse por medio de formas
lingüísticas o simbólicas.
iii) La deontología que proviene del lenguaje puede continuar existiendo
después de su creación inicial e incluso después de que todos los participantes
involucrados han cesado de pensar acerca de la creación inicial. Y esto sólo
puede suceder si la obligación es representada mediante medios lingüísticos:
“En general se puede afirmar lo siguiente: las sociedades humanas requieren
de una deontología y la única forma en que pueden tenerla es mediante el
lenguaje. Para repetirlo, sin lenguaje, no hay deontología” 13.
10
11
12
13
Searle, J., “What is an Institution?...”, op. cit., p. 2.
Ibid., p. 12.
Ibid., p. 13.
Ibid., p. 14.
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iv) Una función crucial del lenguaje es el reconocimiento de la institución en cuanto tal: el hecho institucional presupone la existencia de una determinada institución. Así, por ejemplo, la descripción ‘hoy se ha concertado
el matrimonio entre Juan y Pilar’ describe un hecho institucional, aunque el
presupuesto necesario para la actualización de este hecho institucional (y desde donde arranca finalmente su real inteligibilidad) es la institución previa del
matrimonio.
Que el lenguaje sea de algún modo necesario para que exista siquiera la
posibilidad de normatividad, es algo que nos parece incuestionable. No tan
evidente, sin embargo, nos parece hacer del lenguaje la fuente última o causa
de la normatividad de un hecho institucional y de la institución de que éste
participa, como hace Searle. Es cierto, en efecto, que algún medio lingüístico
o simbólico debe necesariamente concurrir en la representación de algo como
debido u objeto de deber, mas no se sigue de ello, como pretende Searle, que
sean esos medios de representación lingüística la causa de que sea debido u
objeto de deber. Dicho de otro modo, y en términos más generales, de la
constatación de que algo resulta necesario para explicar o dar cuenta de un
cierto objeto o fenómeno, no se sigue lógicamente que ello sea la causa eficiente
del objeto o fenómeno cuya explicación reclama hacer referencia a él (esto es
precisamente en lo que consiste la conocida falacia non causa pro causa).
El lenguaje sin duda es necesario para hablar de normatividad, pero es
necesario como condición de posibilidad de la normatividad, no como su causa
u origen. Es un error, en efecto, pretender asignar el status de causa a algo
que sólo es condición de un fenómeno determinado (como sería un error,
por ejemplo –y creemos que en esto Searle estaría de acuerdo con nosotros–,
sostener que la causa del lenguaje radica en los movimientos neuronales que
sí son efectivamente necesarios para proferir una locución lingüísticamente
articulada).
Para la tradición clásica del derecho natural la carga normativa de que es
objeto una institución, y de la cual están permeados los hechos institucionales
correspondientes, encuentra su germen u origen en la naturaleza misma del
hombre, en su naturaleza racional. La institución participa su fuerza normativa, justamente en la medida en que es ella misma una institución racional. Así
pues, cuando de la articulación de una proposición del tipo ‘prometo pagar mil
pesos a Juan’, constatamos que ha nacido la obligación de cumplir una promesa, afirmamos que la normatividad ‘generada’ por este acto de habla proviene
de la institución de la promesa. Pero la institución de la promesa, dirían estos
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autores, sólo es capaz de participar su normatividad en la medida en que es ella
misma una institución racional.
Una posible vía de diálogo, por tanto, entre la doctrina de estos autores
clásicos y la teoría de Searle –que, como mostraremos, no sólo no falsea el sentido de ésta última, sino que la enriquece y complementa– radica precisamente
en la incorporación de la categoría de racionalidad en la formación de las reglas constitutivas 14. Involucrar la naturaleza racional en una regla constitutiva
permite dotar de fuerza normativa a la regla misma, y en último término, a la
institución, al tiempo que introduce un elemento objetivo, sorteando de esta
manera una posible fundamentación consensual o historicista que la podría
afectar. El punto complejo al que apunta este estudio consiste justamente en
ubicar el lugar que debería ocupar la racionalidad en una regla constitutiva.
No es preciso, a estos efectos, que toda regla constitutiva que forme parte
de la estructura de una institución incluya este elemento deontológico (aunque, como veremos, bien podría éste ser el caso; o uno similar al menos, en
que muchas de las reglas constitutivas que estructuran la institución respectiva
contengan este elemento). Creemos, sin embargo, que es preciso que alguna
(a lo menos una) lo incluya y que, por esta vía, sea capaz de impregnar a la
institución de la normatividad suficiente. En este sentido, la posibilidad que
planteamos consiste en que el contexto C podría involucrar todo aquello que constituye a un acto como uno propiamente racional, i.e., en el ejemplo ya señalado de la
promesa, que se lleve a cabo sin coacción y libremente, en conciencia de que
se está pagando, dentro del plazo acordado o en el que corresponda en justicia,
que el objeto prometido sea posible, etc. Mostraremos, en primer lugar, la
posibilidad de realizar esta incorporación, para luego mostrar la conveniencia
de hacer de la racionalidad la fuente de normatividad de una institución cualquiera.
14
Aquí –por razones obvias de extensión– no se pretende demostrar que toda o siquiera la gran
mayoría de las reglas constitutivas deba involucrar este elemento racional. El ejercicio consiste
simplemente en profundizar las líneas trazadas por Searle en términos ajenos o extraños al tenor
de su doctrina, introduciendo la categoría clásica de racionalidad y probando su consistencia con
el resto de la teoría de Searle. La razón que justifica establecer y desarrollar esta hipótesis radica
precisamente en que, para autores como Aristóteles o Tomás de Aquino, no podría describirse
acabadamente una institución humana, cualquiera que fuese, sin necesariamente incluir el elemento racional en su definición, así como tampoco cabría hablar, en general, de normatividad
(i.e., de moral), sin apelar a la naturaleza del hombre, a su naturaleza racional. Hablar de humanidad, en el pensamiento de estos autores, es hablar siempre y necesariamente de racionalidad.
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III. Racionalidad en el contexto C
Antes de incursionar en el ensayo de la hipótesis planteada, resulta preciso
considerar qué debe entenderse (i.e. qué entiende Searle) por contexto C, esto
es, en palabras del mismo Searle, “¿qué clase de cosas quedan comprendidas
bajo la rúbrica ‘condiciones C’?” 15 El mismo Searle lo aclara, con ocasión del
ejemplo de la promesa:
“Estas condiciones serán [...] las condiciones necesarias y suficientes para
que la articulación [utterance] de palabras (oración) constituya la realización
[performance] exitosa y no defectuosa de un acto de prometer” 16.
El mayor obstáculo que enfrenta nuestra hipótesis en el conjunto más
amplio de la ontología social de Searle, consiste en que los elementos que
componen el contexto C de toda regla constitutiva son siempre elementos empíricos, es decir, descriptibles externamente en su materialidad física. En otras
palabras, involucrar elementos en el contexto C que no sean auténticamente
empíricos no sería sino traicionar el genuino sentido de la teoría de Searle, lo
cual en caso alguno pretendemos. Así pues, del inmenso número de dificultades que genera nuestra propuesta tomaremos este obstáculo como el central, y
nos limitaremos a ensayar una posible solución en torno a él.
En este sentido, existe un modo preciso en que debe entenderse la inclusión del elemento racional en el contexto C. En efecto, y expresándonos en los
mismos términos empleados por Searle, el elemento racional representa una
descripción de aquellas circunstancias o condiciones que deben verificarse de modo
que, de la expresión o articulación de un determinado acto de habla (como el del promitente), se adquiera una determinada obligación 17.
Este es precisamente el uso que hacemos de la categoría ‘racional’ cuando
la introducimos en el contexto C de una regla constitutiva. En efecto, cuando
15
16
17
Searle, J., “Speech Acts...”, op. cit., p. 178.
Ibid., p. 178.
Este constituye otro punto de importancia fundamental para la correcta comprensión de nuestra
hipótesis, a saber, por qué las circunstancias racionales causan efectivamente la adquisición de
una obligación y su ausencia lo impide. Sin embargo, esta consideración pertenece ya a una argumentación moral ‘de fondo’, i.e. una argumentación en torno a los criterios materiales bajo los
cuales uno adquiere obligaciones morales en general. Por lo mismo, escapa a las consideraciones
contenidas en este trabajo, que principalmente se reducen a la descripción formal de ciertos
hechos o actos de habla.
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establecemos que el contexto en que se debe verificar el pago, o la exigencia
del pago, o el acto de habla mediante el cual se adquiere la obligación de pagar lo prometido, es un contexto racional, vemos que no existe contradicción
lógica en que éste sea descrito en términos puramente empíricos y externos.
La demostración de esta posibilidad hipotética es lo que permite, en último
término, salvar satisfactoriamente la coherencia de nuestra hipótesis con lo
que Searle exige para todo contexto C de una regla constitutiva.
El término ‘racional’ puede ser entendido tanto en un sentido (i) evaluativo
como en uno (ii) descriptivo. (i) Se puede, en efecto, considerar como un máximum, una regla o medida, o un cierto paradigma con respecto al cual un conjunto particular de condiciones puede hallarse más o menos conforme, de modo
que el grado de adecuación o ajuste corresponderá al grado de racionalidad del
que participará el conjunto considerado como un todo. Esta sería la faz evaluativa del término racional. (ii) Pero ‘racional’ también puede designar las condiciones concretas que constituyen, para un caso determinado, el que algo sea
conforme al paradigma ‘racional’; y ésta es claramente una categoría constituida
por elementos empíricos. Esta sería la faz descriptiva de la categoría racional.
Para explicar más claramente esta cuestión, echemos mano al mismo
ejemplo que utiliza Searle para explicar una cuestión similar 18: pensemos en
una calificadora de frutas transnacional que designa con la sigla AAA aquellas
uvas que cumplen con un tamaño t y con un grado de azúcar a. Según el primer sentido (i), la categoría AAA constituye un paradigma evaluativo, pues las
uvas pueden ser más o menos AAA. De este modo, la fuerza ilocucionaria de
una proposición del tipo ‘esta uva es, sin duda, AAA’, es la de graduar la calidad de la uva. Pero, por su parte, t y a constituyen (ii) la pura descripción del
término, el sentido descriptivo de AAA. De modo que la fuerza ilocucionaria
característica de una proposición del tipo ‘esta uva es t y a’ es la de describir
la clase de objeto de que se trata. El punto que busca establecer Searle se basa
en lo siguiente:
“El hecho de que dos articulaciones [utterances] tengan fuerzas ilocucionarias característicamente diferentes no es suficiente para mostrar que la
proposición expresada en la primera articulación [utterance] no implica la
proposición expresada en la segunda” 19.
18
19
Searle, J., “Speech Acts...”, op. cit., p. 136.
Ibid., p. 136.
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De este modo, la inclusión del término ‘racional’ en el contexto C no supone que existan elementos evaluativos comprometidos en una regla constitutiva. Por ‘racional’, entonces, entendemos todo aquel conjunto de condiciones
que permiten que un acto de habla del tipo ‘he aquí que prometo pagar...’
produzca la adquisición de una obligación de pagar lo prometido. Y estas condiciones son todas descriptibles en términos empíricos.
Salvada ya la coherencia mínima de nuestra propuesta en el contexto más
amplio de la ontología social de Searle, parece posible ensayar en torno a la
conveniencia de este movimiento. En su obra Speech Acts, al término de su famosa refutación de la ‘ley de Hume’ [‘is-ought’ question] 20, y después de aclarar que
su ensayo no ha abordado el problema particular de filosofía moral estricta
que supone el asunto, Searle cierra su trabajo consignando un par de aseveraciones de carácter ético que merecen, a lo menos, alguna consideración. A
partir del análisis que ha desarrollado, Searle repara en un hecho curioso, pues
parece que, a pesar de que la promesa es a menudo invocada como ejemplo
paradigmático de obligación moral 21, se trataría en realidad, mirada con más
detención, de una obligación que no guarda un vínculo necesario con la moralidad. Examinemos el ejemplo que Searle ofrece para evidenciar su postura:
“Consideremos la siguiente clase muy común de ejemplos. Yo prometo ir a
tu fiesta. En la noche en cuestión, sin embargo, simplemente no tengo ganas
de ir. Por supuesto yo debo ir; al final de cuentas lo prometí y no tengo una
buena excusa para no ir. Pero simplemente no voy. ¿Soy acaso inmoral?” 22.
La respuesta que deja traslucir su análisis es que tal incumplimiento sin
excusa no sería necesariamente inmoral. Sin embargo, para la tradición clásica
del derecho natural la obligación que emana del acto de prometer es claramente una obligación moral; tal vez no sea el ejemplo paradigmático (según
el calificativo de Searle), pero es un clarísimo caso de obligación moral en el
sentido clásico. ¿Cuál es entonces la razón por la que a Searle le parece que no
lo sea? El autor no da elementos suficientes como para responder con plena
certeza a esta pregunta. Sin embargo, cualquiera que sea la respuesta, ésta
pondrá de relieve el dualismo que subyace a una postura de esta clase, consis-
20
21
22
Ibid., pp. 132-136. Véase también el influyente ensayo Searle, J., “How to Derive Ought from
Is”, en The Philosophical Review, vol. 73, nº 1 (1964), pp. 43-58.
Cfr. Searle, J., “Speech Acts...”, op. cit., pp. 188 y ss.
Ibid., p. 188.
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tente en aseverar la coexistencia de las instituciones y de la moralidad como
ámbitos de la realidad parcelados e inconexos, que en nada suponen o exigen
su incumbencia o referencia recíproca.
Pero es precisamente en este lugar donde la introducción del elemento
racional en la regla constitutiva estructuradora de una institución, como lo
es la promesa, se vuelve crucial. Searle se empeña con insistencia en mostrar
que una nota característica de toda institución es su carácter privativamente
humano, y esto por una razón específica, ya mencionada: sólo el hombre es
capaz de lenguaje. Esta intuición de Searle, ciertamente acertada, comprendida ahora desde la tradición clásica del derecho natural, pareciera ser capaz de
destrabar el dualismo existente entre moralidad y ontología social. En efecto,
para la tradición clásica el campo de la moralidad se corresponde con el de la
racionalidad, de modo que el bien humano no consiste en otra cosa más que en
actuar de acuerdo a la razón, en actuar racionalmente. Pero ¿cómo demuestra
esto la tradición clásica, a saber, que lo racional es bueno y lo irracional malo?
Simplemente no lo hace; es un conocimiento evidente. Que es bueno actuar
conforme a la razón y que esto debe ser hecho y procurado, es algo evidente y
que, por lo mismo, no admite demostración alguna.
Veamos ahora el ejemplo propuesto por Searle a partir de este modo de
entender la cuestión. Quien ha prometido por medio del acto de habla que hemos venido empleando, expresado en un cierto contexto, ha adquirido la obligación de pagar lo prometido. Hagamos entonces operativa nuestra propuesta:
hemos apuntado que, para que esto suceda, el contexto C en el que tiene lugar
aquel acto de habla, debe ser un contexto racional. Pero una vez más, ¿qué significa esto? Significa que, para que aquel acto de habla produzca el efecto preciso
de situar al promitente bajo la obligación de pagar lo prometido, deben concurrir las condiciones exigidas por la razón para que esto produzca sus efectos,
en términos tales que, de otro modo, no se adquiriría obligación alguna. Estas
consideraciones se referirán al tiempo adecuado, al lugar, a la capacidad jurídica
del promitente y del beneficiario, a las posibilidades físicas y morales de pago,
etc. En fin, condiciones que correspondería dilucidar en una investigación de
ética material, que, como toda investigación de esta naturaleza, únicamente sería capaz de ofrecer una respuesta precisa para el caso concreto, y sólo formular
criterios generales para la mayoría de los casos 23.
23
Esta es otra vía para demostrar que la introducción de la categoría ‘racional’ en el contexto C
de una regla constitutiva no supone la introducción en ella de elementos evaluativos. En efec-
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La pregunta particular de Searle, sin embargo, apunta a otro aspecto,
a saber, al cumplimiento posterior de lo prometido y a los aspectos morales
comprometidos. Pues bien, el cumplimiento (o la exigibilidad) de una obligación también deberá verificarse en un contexto racional. Lo contrario sería
fragmentar la institución de la promesa, volviéndola ininteligible (i.e. en términos tales que quien profiriese el señalado acto de habla no entendería que,
por ello, ha adquirido obligación alguna) 24. En efecto, la regla constitutiva en
virtud de la cual se genera la obligación de pagar lo prometido, incluyendo la
racionalidad en su definición, no ha podido sino causar la adquisición de una
obligación racional. Y así, en justicia de la unidad de la institución (toda ella
impregnada ya de racionalidad normativa), el carácter racional de la obligación permanece tanto en su adquisición como en su cumplimiento (o, si se
quiere, en su exigibilidad). En otras palabras, ya que la institución está toda
ella fundada en la racionalidad, lo que se ha adquirido es una obligación racional, esto es, una obligación que ha de cumplirse también racionalmente.
Por tanto, si una circunstancia relevante se incorpora a la situación concreta e introduce con ello una razón proporcionada para no cumplir la obligación, ésta no puede considerarse sin más como una circunstancia externa al
hecho institucional, sino que se incorpora a la regla constitutiva que rige la
exigibilidad del pago, excusándolo (o, siendo más precisos en los términos de
la ontología social de Searle, se incorpora a la regla que excusa el pago; regla
que rige aquella omisión que es, para este caso, el único hecho institucional
comprometido). Es decir, es parte de la obligación adquirida el no cumplirla
si hay una razón proporcionada que así lo demande. Esa es una condición
definida y contemplada por la categoría ‘racional’ para que esa promesa no
sea cumplida. Su cumplimiento, por el contrario, no es ya un hecho institu-
24
to, la palabra ‘racional’ designa en este caso una gran generalidad de condiciones que precisa
determinación para cada situación concreta. Es decir, cuando decimos, por ejemplo, que para
que un acto de habla que normalmente sitúa a quien lo profiere bajo la obligación de cumplir lo
prometido, produzca satisfactoriamente este efecto, el objeto prometido ha de ser posible físicamente (pues nadie se obliga a lo imposible), no decimos más que ‘este acto de habla cuenta como
asumir una promesa en condiciones racionales’; la posibilidad del objeto es una determinación
de la racionalidad para el caso concreto de la promesa. Lo cual podría, ciertamente, concretarse
aún más para esta o aquella promesa.
En este sentido, la institución no es un mero agregado de hechos institucionales racionales, sino ella
misma una entidad estructurada por reglas constitutivas que contienen la categoría de racionalidad en su definición. De esta manera, ella misma es una institución racional.
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cional, en la medida que no es un hecho racional; es más bien un hecho bruto,
ininteligible en sentido estricto a partir de la institución 25. En definitiva, una
respuesta simple al interrogante de Searle sería que no se debe cumplir una
obligación cuando el contexto racional excusa o incluso manda que no se cumpla. La respuesta, por lo tanto, no puede ser categórica en uno u otro sentido,
es decir, no se predica la inmoralidad ni la rectitud del actuar del sujeto tan
sólo por no cumplir lo prometido.
Este razonamiento proviene de entender la institución como un sistema
de reglas constitutivas. Pero ellas no son sino la expresión formal de hechos
institucionales. De esta manera, un pago irracional o una promesa irracional
simplemente no son hechos institucionales (siempre que entendamos el contexto C cargado del elemento racional), es decir, no cuentan como arraigados
en la entidad misma de la institución y, por lo mismo, no están dotados de
normatividad alguna. Cuentan, claro, como hechos brutos. Pero no pueden
ser entendidos o inteligidos a través del prisma de la institución. Por lo mismo,
la normatividad que pretenden carece de sustento y su exigibilidad se enmarca
en el nivel de la pura fuerza bruta, pues no participan de la carga normativa de
que los provee la institución (racional).
De esta manera, la introducción de la categoría racional al interior de la
regla constitutiva que estructura una institución, elimina la forzada disyuntiva
entre obligación y moralidad, pues el elemento tal vez más esencial de la obligación, su fuerza normativa, se encuentra inexorablemente atado al elemento
racional. Esta sola razón parece más que suficiente para defender la conveniencia de nuestra propuesta.
La ontología social de Searle así entendida enriquece, por su parte, la
comprensión clásica del problema de la normatividad. En efecto, permite a
la tradición clásica dar cuenta de forma más acabada y completa de la fuerza normativa de ciertas obligaciones, precisamente en la medida en que ésta
arranca de la institucionalidad humana. Si bien para esta particular posición, la
normatividad que impregna toda obligación y de la que participan las mismas
instituciones, se origina a partir de una disposición o inclinación natural del
25
Obviamente que este hecho será interpretado como el cumplimiento de la promesa, pues tiene
aspecto de ello. Pero en estricto sentido se trata de un hecho bruto, que sólo guarda una relación
de apariencia con un acto de pago de promesa propiamente tal, a saber, aquél que es exigido por
la razón.
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hombre al bien humano, a vivir de modo racional, este análisis permite dar
cuenta de la adquisición cotidiana de obligaciones en contextos institucionales
con mayor nitidez y riqueza. En efecto, el hombre obra ordinariamente y a
menudo de modo institucional y, con toda razón, entiende que la fuerza normativa de las obligaciones que pesan sobre él y sobre los que lo rodean, proviene precisamente de la institución humana de la que él es parte o en razón
de la cual ha obrado.
Así, la pretensión de describir y justificar acabadamente la obligatoriedad
que involucra una promesa, por ejemplo, sin atender al elemento institucional,
constituye un análisis, a lo menos, incompleto. El despliegue de lógica normativa con que unimos una regla moral a otra, en una concatenación desde
lo particular a lo universal, puede justificar una argumentación tal vez con
suficiencia, mas no exhaustivamente. Para un estudioso del derecho natural
clásico, la atención a la institucionalidad humana a la hora de fundamentar
preceptos morales de manera acabada resulta, pues, ineludible.
* * *
Hemos advertido en la teoría de John Searle un dualismo a la hora de
explicar las consecuencias morales comprometidas en el cumplimiento de las
obligaciones adquiridas. Este dualismo, sin embargo, puede ser superado mediante la incorporación de la categoría ‘racional’ al interior de las reglas constitutivas que configuran una institución.
La ontología social de John Searle, por su parte, permite superar también una posible forma de dualismo de que podría ser víctima una cierta
concepción de la tradición clásica del derecho natural. En efecto, si bien
esta última escuela de pensamiento ha reconocido siempre la importancia
fundamental de la institucionalidad humana al momento de dar cuenta del
bien humano, no parece tomarla en consideración o siquiera acudir a ella en
relación con la génesis de la normatividad (no, al menos, con toda la intensidad con que lo hace Searle). La adquisición de obligaciones morales, y en
consecuencia de su fuerza normativa, suele explicarse en la tradición clásica
como consecuencia de ciertos actos de la razón práctica que actúan sobre las
inclinaciones naturales de un modo que no siempre es del todo claro, mas
siempre salvando la orientación de unos y otros a un fin último del hombre
(cuya real naturaleza sigue, después de más de veinte siglos, en el limbo de
la discusión académica).
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La entrada en escena de las instituciones humanas en este proceso de formación de la obligación moral ciertamente mejora las condiciones de la argumentación. La explicación no sólo capta un fenómeno real e indiscutible, sino
que además disuelve esta suerte de paralelismo de vías al momento de aproximarse al bien del hombre (i.e., institucionalidad por una parte y moralidad por
otra). La institucionalidad humana no sólo es imprescindible para dar cuenta
acabada de la compleja realidad socio-política, sino que, junto con ello, en su
seno se gestan múltiples formas de normatividad. Se trata, al final de cuentas,
de una clara intuición del autor norteamericano, que debiera llevarnos a una
reconsideración del papel que en la producción de un cierto tipo de normatividad juegan las instituciones correspondientes de las cuales aquélla brota.
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