Éxodo Del campo de Argelès a la maternidad de Elna Remedios

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Éxodo
Del campo de Argelès a la maternidad de Elna
Remedios Oliva Berenguer
Prólogo de Assumpta Montellà
Obra ganadora del Premio Romà Planas i Miró
De Memorias Populares 2005
VIENA. Memoria
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ÍNDICE
Prólogo
Presentación, por Assumpta Montellà
I. EL VIAJE A FRANCIA
Badalona
La salida
Figueres
Llançà
Portbou
La frontera
II. ARGELÈS, SAINT-CYPRIEN Y ELNA
Llegada a Argelès-sur-Mer
El campo
Saint-Cyprien
La maternidad de Elna
Argelès, de nuevo
III. LA HUIDA HASTA LA ZONA LIBRE
Salida de los campos
Izeaux
La huida
La mina
Fin
PRESENTACIÓN
La guerra civil que destrozó nuestro país entre 1936 y 1939 tuvo, como
todos los conflictos bélicos, unas consecuencias más terribles todavía
que la propia guerra. El exilio es una de est as consecuencias, quizá la
más dolorosa. Muchos testigos recuerdan que durante la guerra
“ibas
haciendo”, pero que el exilio “te lo roba todo”.
Fue u n éxodo de decenas de miles de catalanes que huyeron de los
franquistas porque su único pecado era haber s ido fieles al gobierno
legítimo de la República; y esta fidelidad, en el a ño 1939, se pagaba con
la propia vida.
Remedios Oliva recuerda perfectamente, a pesar de los a
ños
transcurridos, el día de su marcha. Fue una ma ñana fría de cielo muy
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azul, aparentemente normal, pero que iba a ser la de su primer día de
exilio.
Recogí su testimonio porque estaba haciendo un trabajo de investigación
histórica sobre la Maternidad de Elna y Remedios había sido una de las
mujeres embarazadas que había dado a luz a su be bé en la Maternidad.
Ella fue una de las madres de Elna y la Maternidad un capítulo de su
exilio.
Desde el primer momento su relato me emocionó, porque explicaba no
sólo hechos y circunstancias sino también sentimient os, emociones y
heridas del alma. Recu erdo que su dolor, explicado en primera persona,
hería al escucharlo, pero a pesar de todo te enganchaba con el hilo de
su histor ia particular porque percibías
que era un privilegio poder
compartir con ella esa etapa de su vida.
Tengo que reconocer, sin e mbargo, que siempre me ha dolido pedir a
mis testigos que me expliquen sus vivencias para que yo pueda hacer mi
trabajo. Sé que estoy pidiendo que reabra n sus heridas y a menudo me
siento culpable. Muchos han escogido la auto amnesia para olvidar, y yo
les conduzco otra vez a recordar. Intento explicar –en el fondo, justificar–
que la recuperación de la memoria histórica es importante para recordar
nuestro pasado, porque es la única forma de combatir el silencio y el
olvido. No podemos olvidar a todos aquel
los que no regresaron.
Recuperar los testimonios de aquellos hechos, poniendo sus vidas negro
sobre blanco, aunque cueste, es perpetuar su recuerdo y garantizar que
el paso del tiempo no lo borrará.
Esto es lo que ha hecho Remedios con su libro de memoria s. Un relato
excelente, impregnado de ternura y sensibilidad, donde puede
encontrarse, escondido entre líneas, un dolor intenso pero siempre
camuflado por la actitud valiente y optimista de Remedios, que quería
transmitir a sus hijos que “no pasaba nada” y guardaba la tristeza infinita
en el fondo de su alma.
De Remedios, a quien he conocido personalmente, y a la que quiero y
admiro, retengo en mi retina dos momentos muy emotivos de su vida, de
los que fui testigo de primera fila.
El primero, una ma ñana fría de cielo muy azul, como la de su primer día
de exilio de 1939, pero esta vez del año 2005. La acompañé a Badalona,
a su casa. Hacía sesenta y seis a ños que había cerrado la puerta a toda
prisa, sin mirar atrás por miedo a la a ñoranza. Nunca había regre sado.
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Ahora volvía para cerrar aquella puerta, pero esta vez con serenidad y
acompañada de su hijo Rubén, ambos conscientes de estar pasando
página.
El segundo, justo al día siguiente. Estaba sentada
ante el altar de la
iglesia de Sant Sadurní de la Roca del Vallès y acaba ba de saber que
había ganado el premio de la VIII edición de Memorias Populares Romà
Planas i Miró.
Yo estaba junto a ella y busqué su mirada para compartir con ella la
felicidad del premio. Pero Remedios tenía los ojos cerrados y su mir ada,
escondida bajo los párpados, se perdía en lo alto, arriba, más allá de la
bóveda del altar mayor, adentrándose en el cielo.
Fue sólo un instante de intimidad, aislado del resto, compartiendo aquel
momento con la persona ausente, la más querida, Joan, su marido. Yo
también cerré los ojos porque Remedios me hizo comprender, con su
gesto, lo conmovedora que puede llegar a ser la felicidad.
Desde esta presentación quiero expresar mi más sincera admiración y mi
cariño por esa mujer, que ha sabido recopila r sus recuerdos y vivencias
en este espléndido libro. Su valentía y su coraje deben ser no sólo un
referente para la gente de su generación sino también un motivo de
reflexión para las generaciones futuras.
ASSUMPTA MONTELLÀ
I. EL VIAJE A FRANCIA
BADALONA
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El cielo estaba despejado, brillaba el sol pero
hacía frío como suele
hacer en enero. Todo parecía normal y sin embargo iba a ser un día muy
diferente de los demás ya que en ese día iba a empezar la aventura de
nuestra vida.
Se oían los cañonazos cada vez más cercanos. Los periódicos y la radio
nos daban malas noticias y comprendíamos que las tropas iban llegando
a Barcelona.
Las alumnas de costura y mis obreras habían venido como siempre pero
no trabajábamos con ganas. Más que trabajar, hablábamos y a pesar de
todas las suposiciones nada se podía prever. Joan, quien pertenecía al
ejército republicano, se
había ido al cuartel como cada ma
ñana
diciéndome que trataría de volver a casa durante el
día. Me había
parecido muy preocupado. Ya era la tarde y todavía no había regresado.
En el taller todo parecía extra ño; aunque habí an sacado su labor, las
chicas no se interesaban por la costura. Lo que nos preocupaba eran los
acontecimientos. La ventana del taller daba a una calle que bajaba de las
colinas (vivíamos en las afueras de Barcelona) y desde principios de la
tarde, de vez en cuando, veí amos bajar a unos soldados vestidos de un
modo desaliñado. No hablaban y andaban muy de prisa. Decidimos salir
para preguntarles y nos dimos cuenta de que e
staban desorientados ;
nos dijeron que las tropas franquistas iban acercándose a Barcelo na. A
ellos les faltaban armas; además corría el rumor de que el enemigo iba a
cortar la carretera y temían quedarse acorralados. No creo que tuvieran
la intención de ab andonar la lucha, sin duda alguna esperaban
reorganizarse.
Desde ese momento, por primera vez, empezamos a tener tristes
proyectos, pensando que quizá tuviéramos que irnos. ¿ Adónde? ¿Por
las carreteras?
¿Refugiarnos en algún pueblo de la sierra? Quedarno s allí significaba
sufrir los ataques de las tropas, los bombardeos … No sabíamos qué
pasaría y además entraríamos en el sistema franquista
, que no
queríamos.
Evaluamos los peligros para los que se marcharan y como una de mis
alumnas tenía familia en Franc ia, nos dio su dirección; por lo menos
podría servirnos para mandar noticias y volver a reunirnos.
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Durante la tarde, llegó mi cu ñado Domingo. Tenía diecinueve a ños y
había sido herido durante la batalla del Ebro, en la que había muerto otro
de mis cu ñados. Las noticias que
traía no nos tranquilizaron : En
Barcelona, en las aceras, se
veía a al gunas personas quemando
papeles; seguramente, expedientes y documentos comprometedores.
Todas las chicas, cada vez más inquietas, empezaron a salir antes de
tiempo, si n siquiera recoger las labores que se quedaron en desorden
sobre la mesa. Ya tenía poca importancia.
Vivíamos con mis padres y lo
comentábamos todo. Estaban
preocupados y muy tristes ya que también estaba en casa mi hermano,
de veintidós a ños (dos más que yo), después de una peripecia. Las
tropas franquistas habían cortado Espa ña en dos partes y él se hubiera
quedado en la zona
sur si no hubiese tenido el valor de colarse
clandestinamente en un barco. Pudo desembarcar en Barcelona donde
estaba esperando la orden de ingresar en otra compañía.
A eso de las nueve me
sentí aliviada al llegar Joan.
Traía noticias
preocupantes, venía a buscar alguna ropa y tenía que volver al cuartel.
Estaban esperando la orden de dejar el sitio.
A Joan, no le hacía gracia que me quedara pero también le preocupaba
que me fuera por las carreteras. Pensé en una tía suya, ya mayor, que
vivía en Figueres, cerca de la frontera, a quien yo no conocía. Él me dio
una dirección imprecisa, diciéndome que de todas formas, allí podríamos
reunirnos. Tras un cuarto de hora que pasó volando, tuvimos que
separarnos con mucho dolor; nos queríamos hondamente, nos
necesitábamos tanto uno al otro que aquellos instantes eran
verdaderamente trágicos.
Poco después, fui a ver a mis cu ñadas que vivían m uy cerca de casa.
Carmen era la hermana de Joan y Enriqueta, la mujer de su hermano
mayor. Cada una tenía un ni ño, de cinco y seis a ños, y vivían juntas
desde que sus maridos esta ban en el frente. Ellas se iban; me hubiera
gustado acompa ñarlas pero no podía abandonar a mis padres, ya
mayores. Tampoco podían viajar en semejantes condiciones, de modo
que había que seguir esperando.
Serían las once de la noche cuando llegó mi hermano. Le habían dejado
un camión con el que nos propuso llevarnos lejos de Barcel
ona. No
tardamos en decidirnos pero, de pronto, nos enfrentamos con la realidad:
había que llevarse algunas cosas pero lo menos posible ya que en el
camión iríamos muchos. Entonces comprendí el cari ño que sentía por
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todo lo que teníamos y me emocioné al pensar que no sabía lo que iba a
ocurrir y que no volveríamos a encontrar nada. Traté de no seguir
pensando, el momento era grave y había que darse prisa. Reunimos
algo de ropa interior, unas pocas prendas, la comida que quedaba y
,
sobre todo, varias mantas ya que el camión iba descubierto , era de
noche y estábamos en pleno mes de enero.
LA SALIDA
.
En el camión ya había unas diez personas, entre las cuales estaban dos
niños de ocho o diez años. ¡Lástima que mis cuñadas ya hubieran salido!
Cargamos tod o lo que habíamos preparado deprisa y corriendo: un
colchón pequeño, una maleta, dos sacos de tela y también una bombona
de vino procedente de una vi
ña que teníamos. Mi padre se había
empeñado en llevárselo pues era un vino excelente con más de
dieciocho g rados. Nos lo llevamos todo y cerramos la puerta. Aquellos
instantes se me queda ron clavados en el alma para siempre. Arrancó el
camión. Yo veía desfilar todas las casas, alejándose la nuestra cada vez
más hasta que la perd í de vista. Entonces, me instalé en el fondo, me
senté en el suelo y me tapé con una manta como los demás.
Mi hermano tenía la orden de pasar por la sede del sindicato a recoger a
algunas mujeres entre las cuales había una joven mamá con un ni ño de
nueve meses ; el mari do estaba metido en política; luego , durante la
guerra, fue deportado a los campos de Alemania y al final lo dieron por
desaparecido. Nos fuimos por la carretera general, era la carretera de
Francia y también la del éxodo. No se podía perder tiempo, seguía
corriendo el rumor de que las tropas franquistas bajaban de las
montañas para cortar el paso.
En esa carretera éramos cada vez más: gente andando, muchas tropas,
carros y camiones. Tener un camión era un privilegio, así que a cada
momento, nos acosaban para subir los que y
a no podían con el
cansancio. Recogimos a un joven herido pero éramos tantos que no
podíamos aguantar; además, algunos barcos enemigos
disparaban
cañonazos de cuando en cuando mientras íbamos por la costa.
Estábamos tan angustiados que ni siquiera notábamo s que la guerra se
nos echaba encima.
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Así pasó la noche sin que pegáramos ojo. Al amanecer, nos esperaba
otro problema: se agotaba la gasolina y se nec
esitaban bonos
especiales. En Girona, nos bajamos del camión para estirar las piernas y
todavía recuerdo cómo sentí el frío y mis padres, ya mayores, lo sentirían
aún más.
Había gente por todas partes, entre la congoja y el desorden. Imposible
tomar algo caliente para reponerse. Mientras tanto, mi hermano, con
otros, intentaba obtener bonos de gasolina. Fue
muy difícil, tardaron
varias horas. Sobre las dos o las tres de la tarde, estábamos en
Figueres.
FIGUERES
Al entrar en la ciudad, nos sentimos intranquilos. Las calles estaban
abarrotadas ya que Figueres era la última ciudad espa ñola importante
antes de la frontera francesa. Había un fuerte y tambi én almacenes de
municiones. Hací a varios días que muchos intentaban refugiarse allí.
Pero los aviones no paraban de bombardear la carretera del éxodo. De
modo que al llegar, tuvimos que meternos en un refugio . Terminada la
alerta, nos dirigieron a la sede del sindicato donde se quedaron las
mujeres, los ni ños y las personas mayores mientras que los hombres
fueron reagrupados en el cuartel militar.
Nos refugiamos en una casona de un piso. Casi no quedaban mueb les,
sólo una mesa de despacho y unas cuantas sillas. Era una hermosa
casa que pertenecería a alguna
familia franquista rica que huyó
al
estallar la guerra . Ahora, era la sede del sindicato. Pero ¡qué pesadilla!
En aquella casa éramos por lo menos doscient as personas que iban,
venían, salían, entraban y aquello iba a durar unos diez días. Por fin, nos
dijeron que en un lugar de la ciudad daban café con leche. Y, por turno,
ya que alguien tenía que quedarse con el equipaje, fuimos a hacer cola
para tomar ese primer tónico que tanto necesitábamos.
Anocheció. Comimos lo que nos quedaba, preguntándonos cómo sería el
día siguiente. No podíamos más, llevábamos treinta y seis horas sin
dormir, era imposible acomodarse. Sacando nuestro colchón y
poniéndolo atrave sado, habríamos podido apoyarnos los tres hasta los
riñones, pero ni pensarlo, todas las habitaciones estaban abarrotadas,
con las puertas abiertas y así toda la noche. Nos sentamos en el suelo,
apoyados en la pa red, en los sacos, en las maletas; cada uno se las
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arreglaba a su manera. Mi padre se p reocupaba por mi madre y por mí ,
aunque él también era digno de compasión; todavía no he dicho que veía
muy poco. A pesar de todo, me dormí pronto, aunque no fue con toda
tranquilidad porque hubo movimiento durant e toda la noche y estaba
muy angustiada. También había ni ños que lloraban; en nuestro grupo
estaba el bebé de nueve meses y otro de dos. Me impresionaba ver esas
situaciones tan tristes.
Se podría pensar que en aquellas circunstancias, las madres hubieran
podido quedarse en casa, pero sin duda alguna, no querían vivir ni que
sus hijos vivieran bajo la dictadura franquista. Todos temíamos lo que iba
a pasar; nos habíamos enterado por la prensa de las escenas de horror
ocurridas en las ciudades por donde hab
ían pasado las tropas
franquistas, de las personas fusiladas por ser republicanas y también de
las venganzas con denuncias a la policía.
Al día siguiente, estábamos en pie muy temprano,
frente a una total incertidumbre.
llenos de agujetas y
Tuvimos que preocuparnos por tomar algo sin que nos atendieran, cosa
imposible en esa situación. Por lo tanto, hubo que salir. Pudimos tomar
un café con leche; nos dijeron que para la comida
se preparaba sopa
gratis en unos restaurantes.
Por la noche, habían llegado más refugiados y también soldados. Se
comentaba que las tropas estaban a las puertas de Barcelona pero había
mucha confusión. Pronto nos dimos cuenta de que nadie pensaba
quedarse en la ciudad por miedo a las tropas y
a la aviación. Algunos
iban a refugiar se en Francia, mujeres y ni ños sobre todo. Empecé a
buscar a nuestra tía pero las informaciones eran tan imprecisas que no
logré dar con ella, lo que me preocupó muchísimo.
Me preguntaba có mo podríamos reunirnos Joan y yo entre tanta gente,
ni siquiera sa bía si había podido salir de Barcelona y llegar hasta
Figueres.
La ma ñana transcurrió rápidamente. Hallamos los restaurantes donde
servían sopa pero había que hacer cola y como siempre, por turno.
Comimos arroz hervido con bacalao y el bebé que iba con no
sotros
comió lo mismo. Por la tarde, seguí con mi búsqueda pero sin éxito.
Empezaba a anochecer y recuerdo que hacía frío, el cielo estaba
nublado y en mi mente, pese a mis veinte años, todo se complicaba. Otra
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vez tuvimos que hacer cola para comer, luego intentamos dormir, en las
mismas condiciones que la primera noche.
Al otro día, nuestro grupo se separó sin saber adonde ir. Se dijo que el
consulado se ocupaba de l os visa dos de pasaporte para Francia y sin
pensarlo más fuimos a apuntarnos. Había muchísi ma gente. Tras dos
horas de cola, sonaron las sirenas y nos metimos en un refugio. El
consulado no abría más que por la ma ñana. Estábamos cada vez más
desanimados porque decían que Barcelona estaba ocupada, que
algunas personalidades del gobierno se habían instalado en la ciudad y
esta vez, nos lo tomábamos en serio. A la ma
ñana siguiente estaba
lloviendo, el cielo gris y la humedad lo hacían todo más triste. Durante el
día se confirmó la caída de Barcelona y supimos que las tropas
avanzaban hacia Girona.
Unos altavoces instalados en la plaza principal de la ciudad anunciaron
que aquella tarde el president e de la Generalitat de Catalu ña, Lluí s
Companys, se dirigiría al pueblo. Al anochecer , aunque no habíamos
comido todos, a la hora fijada estábamos allí. L
a esperanza de tener
buenas noticias nos daba ánimos. Cuando empezó a hablar el
presidente Companys, se hizo un gran silencio entre la muchedumbre y
no cabe duda de que todos sentimos la emoción de sus palabras. Nos
dijo que había que resistir, que los car gamentos de armas estaban en la
frontera francesa, que esperaban el permiso para pasar y que no
podíamos perder la guerra. La sangre nos hervía en las venas pero no
bastaba con eso; a Franco le ayudab an los alemanes y los italianos; no
carecían de material de guerra. Los republicanos teníamos que
arreglárnoslas solos; prueba de ello es que las armas que estaban en la
frontera no fueron desbloqueadas y mientras tanto las tropas seguían
avanzando.
Tras otra mala noche, con un tiempo lluvioso, mal alimentado s, bajo las
alertas aéreas, el desaliento volvió a apoderarse de nosotros. Ya no se
trataba de consulado. Nos dijeron que vendrían unos camiones y se
llevarían a mujeres y ni ños hacia la frontera. Se formaron unas colas
interminables y al llegar los camion es la gente se lanzaba sobre ellos.
Estaba lloviendo y en las calles se pisoteaba la ropa abandonada.
Había llegado la noche como una pesadilla; estábamos en la calle, bajo
la lluvia y no olvidemos que
todo ocurría a fin ales de enero. Nos
anunciaron a las once de la noche que los transportes p araban hasta
otro día. Entonces encontramos a mi hermano; estaba movilizado como
chofer en Figueres. No s veíamos de cuando en cuando. É l sabía que
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queríamos irnos pero al vernos nos dijo que era imposible seguir allí
nos propuso llevarnos a su garaje para que intentáramos dormir. Un
oficial aceptó, y mojados y tiritando, dormimos en un coche.
y
Al día siguiente, recuerdo que era domingo, se había anunciado la salida
de los camiones a partir de las nueve; había un her moso sol que nos
animó. En la gran explanada volvieron a formarse las filas de gente y en
cuanto llegaban los camiones, los más espabilados se tiraban sobre
ellos.
Estábamos haciendo cola desde hacía largo rato cuando sonó la sirena.
Vimos cómo llegaban l os aviones y cundió el pánico al no haber d ónde
ampararse. Nos echamos al suelo y las bombas cayeron un poco más
lejos. Salió la aviación republicana y empezó el combate por encima de
nosotros y pese al enorme miedo, todavía me parece oír a los jóvenes
inconscientes gritando: “¡Venga, venga!” El tiroteo alcanzó un avión que
se incendió y no sé d ónde cayó. Creo que jamás tuve tanto miedo a
morirme y entonces decidí que no podía perder el primer camión que
llegase.
Así fue como poco después, con la fuerza de mis veinte a ños, me hallé
en un camión; era un camión descubierto, casi no le dio tiempo a parar
cuando subió un gran número de personas. Me di cuenta de que mis
padres se habían quedado en tierra. Al verse acosado, el chofer arrancó
y yo, asustada al ver que me iba sola empecé a gritar: “¡Pare, pare!, ¡mis
padres!” Al chofer le dio lástima, paró, y cuando bajé, pensé que no
podía seguir así; mis padres y yo volvimos a la sede del sindicato.
Fue una buena ocurrencia, ya que dos días después, a primera ho ra de
la tarde, tuve una gran alegría cuando llegó mi cu
ñada Carmen, la
hermana de Joan. Se había refugiado a unos quince kilómetros de
Figueres, en busca de los suyos. Fue inmensa nuestra alegría, a las dos
nos daba la impresión de reunirnos tras un a ño de separación. También
esperaba hallar a mis tíos de Figueres. Mi cuñada tenía más información
que yo, los había conocido e incluso, de ni
ña, había pasado unas
vacaciones en su casa.
¡Y cuá nto nos alegramos al saber que Joan y mi cu
ñado les habían
visitado dejándoles su dirección! Su compa
ñía militar estaba en un
pueblecito a unos diez kilómetros. Tras comunicarles la buena noticia a
mis padres, salimos en busca de ellos.
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Claro que fuimos andando y era ya noche cerrada cuando llegamos al
pueblo. Dimos con sus jefes pero ¡v aya desengaño! Joan se había ido a
acompañar a mujeres y ni ños hasta Francia. Su hermano estaba con él ,
pero nos dijeron que, si no pasaba nada, iban a volver . A esas horas no
podíamos regresar y el oficial nos dio la dirección de la casa
donde
dormían. Era en un pueblecito donde los militares habían requisado
habitaciones para los soldados en casa de unos campesinos. Era una
gente muy simpática, vivían en una gran masía y recuerdo que nos
dieron de comer una buena sopa y que pudimos calen tarnos ante una
gran chimenea. Nos sentó de maravilla, de verdad lo necesitábamos.
Llevaríamos más de una semana sin poder acostarnos, dormíamos
sentados en las maletas o los sacos. Estaba tan agotada que me dormí
enseguida. Por la noche, cuando dormía profundamente, me despertaron
unos ladridos y unos ruidos de zuecos en la escalera. Mi cuñada también
se despertó, nos asustamos mucho hasta ver que era mi cu
ñado
Domingo quien llegaba. Al no tener la documentación necesaria cuando
llegó a la frontera, había vuelto con otro camión; nos dijo que Joan no
tardaría más de un día o dos. Me sentí aliviada y a la vez muy contenta.
Al día siguiente, Domingo y yo, cruzando por la monta ña para no perder
tiempo, acompa ñamos a Carmen hasta su refugio a unos doce
kilómetros y yo pensaba que quizá cuando volviéramos ya estaría Joan.
En la soledad de los bosques oímos el estruendo de los aviones
enemigos. Aunque nos impresionaba mucho, allí nos sentíamos a salvo.
No paramos de andar, desorientados, y sólo llegamos al pueblo a las dos
de la tarde. Allí estaba mi cu ñada Enriqueta con los dos ni ños. Les
extrañó vernos, se alegraron mucho pero no podíamos perder tiempo;
después de comer un bocado, llegó la h ora de despedirnos sin saber
cuándo volveríamos a vernos. Mis cu ñadas seguían sin noticias de sus
maridos.
Me fui con Domingo. En una masía donde paramos a preguntar por
nuestro camino nos vendieron huevos , con lo que nos pusimos muy
contentos. El camino nos parecía largo, un campesino nos ense ñó un
atajo. Ya en el bosque, t uvimos que cruzar un torrente; por falta de
costumbre, la aventura me impresionaba mucho pero ya no podíamos
volver atrás. Domingo se quitó el calzado, se arremangó los pantalones,
tragó los huevos que se habían roto, metió los otros en el calzado y
llevándome a cuestas, cruzó el torrente.
Al salir del bosque nos hallamos en una llanura. La tierra estaba tan
empapada por las lluvias de los días anteriores que me costaba andar;
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no llevaba calzado adecuado, me hundía hasta los tobillos, no podía
sacar los pi es de l fango. No paraba de llamar a D
omingo, quien me
adelantaba mucho y a veces tenía que volver atrás para tirar de mí. Ya
era de noche cuando llegamos por fin al pueblo de la compa ñía, sobre
las ocho.
Otra vez nos dieron sopa.
Domingo se fue con otros
soldados a
acostarse mientras yo me quedaba en la habitación. Estaba tan cansada
que no pude conciliar el sueño. A eso de las dos de la ma ñana oí, como
la noche anterior , unos ladridos y ruido en la escalera; alguien estaba
hablando… ¡Cuál fue mi emoción a l reconocer la voz de Joan! Él dio
voces de alegría al saber que yo estaba allí.
¡Qué felicidad! Con la despreocupación de la juventud y la alegría de
estar juntos no pensábamos en lo que nos esperaba. A l otro día, Joan
alquiló una casa desocupada. Le di eron un permiso y nos marchamos a
Figueres a recoger a mis padres.
En cuanto llegamos a la nueva casa me puse a limpiar como si hubiese
olvidado nuestra triste situación; hacía mucho que nadie vivía allí, había
muchas telara ñas. Me sentí casi feliz; me p arecía que llevábamos una
eternidad separados, ¡y teníamos tantas cosas que contarnos! Pero Joan
tuvo que irse a arreglar su camión averiado; en realidad le venía bien, así
no tendría que irse lejos. El mecánico se las arregló para que durase
más la reparación, seguramente para complacer a mi marido.
Domingo había salido en busca de comida por las casas de campo y
trajo un pato y huevos. ¡Menuda fiesta!
Al mediodía, aunque en esa casa vieja ni siquiera quedaba una mesa,
disfrutamos juntos la comida, sen tados ante una gran chimenea. Joan
me decía que tardarían por lo menos un día o dos en arreglar el camión;
así estaríamos más tiempo juntos haciéndonos ilusiones: las tropas
republicanas iban a recibir las armas bloqueadas en la frontera,
podríamos parar a los franquistas y en pocos días regresar a casa.
Poco duraron esos sue ños. Al atardecer vino Domingo, muy inqui eto,
contando que había órdenes: teníamos que recoger las cosas porque a
las ocho saldría la compa ñía. Las tropas enemig as llegaban a paso
largo. Ahora Joan y el mecánico tenían que apresura rse en arreglar el
camión.
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A la hora fijada estábamos en la carretera con los soldados y sus
familias. Los camiones empezaron a recoger gente. Nosotros
esperábamos a Joan y Domingo; ya sólo quedábamos unos s oldados,
mis padres y yo. Recuerdo que hacía mucho frío en aquellos primeros
días de febrero. Llegó el comandante, le extra ñó que siguiéramos allí.
Dijo que Joan, Domingo y el mecánico estaban terminando la reparación
y nos obligó a subirnos en el último c amión; iba descubierto y a pesar de
llevar una manta encima, estábamos helados. Íbamos por una carretera
comarcal, era de noche, las filas de camiones y carros se dirigían hacia
la frontera francesa. Nos desanimaba pensar que cada vez más nos
alejábamos de casa. En la noche pudimos reunirnos con la compa ñía
pero el camión de Joan no estaba y yo me preguntaba si habían lograd o
arrancar y aun así no sabía có
mo volveríamos a encontrarnos. Me
parecía mentira, me angustiaba terriblemente. Se nos hacía larguísima la
noche oyendo el rugido de los aviones enemigos , hasta nos dio pánico
oír có mo volaban en picado. Se detuvo la caravana, todos bajamos
espantados. Bajo la luz de la luna
, los prados estaban cubiertos de
escarcha como si hubiera nevado. Corrimos a metern
os entre los
matorrales. Si para mí no era fácil, peor sería para mis padres. Oímos las
ametralladoras y estábamos muy asustados, pero se fueron los aviones
sin alcanzarnos. Otra vez echamos a andar, atormentados por el frío, la
angustia y la falta de sueño. Por fin amaneció.
LLANÇÀ
Al llegar al pueblo de Llançà se paró la caravana para reagruparse. El
camión de Joan seguía sin venir, por lo que yo estaba muy inquieta,
imaginándome mil desgracias. Desde la orilla de la carretera, veía el
desfile de la gente y de los numerosos vehículos , y temía que ellos no
nos vieran entre la muchedumbre. Pero algunas veces pasan cosas
increíbles: hacia las nueve de la ma
ñana, cansada de tanto mirar,
reconocí a Domingo, de pie en un camión que conducía Joan. Intentaba
localizarnos; por más que yo gritaba para llamarles no me oía n. Creí que
iban a pasar de largo, sin vernos, pero de tanto gritar yo, con ademanes
desesperados, me oyó Domingo y pararon el camión.
Esa parada en Llançà se me qued ó clavada en la memoria. Al lí, al otro
lado, estaba la estación de mercancías con muchos vagones parados,
cargados algunos de abastecimiento , pero sobre todo uno de ellos
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transportaba a unos heridos. Estaban muy mal, llevaban dos días sin que
nadie les atendiera y me di cuenta de qu e incluso en nuestra situación
teníamos suerte. Tuvimos un día muy agitado, estuvimos la mayor parte
del tiempo metidos en un túnel, protegiéndonos de los aviones.
Había tantos charcos de agua que cuando anocheció no pudim
os
quedarnos allí y nos metimos en el camión a pesar del peligro. Pasamos
una noche horrible, estábamos en mal sitio, más al
lá de la estación;
desde el mar nos atacaron los barcos repetidas veces. En el camión,
sentados en nuestros bultos, nos sentíamos acongojados ; pero era tan
grande el cansancio que no se nos ocurría nada sino esperar. Sin duda
nos apuntaban los cañones y al final, en la noche, el comandante ordenó
que saliera la compa ñía y siguiéramos hasta Portbou. Recuerdo que
daban las siete de la mañana cuando llegamos.
PORTBOU
La ciudad de Portbou presentaba el mismo aspecto que todas las
ciudades por donde pasaba el éxodo. Nunca se había visto a tanta gente
ni tantos vehículos. Sabíamos que íbamos hacia Francia pero la frontera
no permanecía siempre abierta, dejaban pasar a un
os cuantos y la
volvían a cerrar.
En esa carretera que serpentea desde Portbou hasta la frontera, en esas
filas de gente esperando, el día se hizo largo y pesado ya que
, de
cuando en cuando, los aviones ametrallaban a la muchedumbre
indefensa.
También ocurría algo extraordinario: algunos poseían carros o coches y
para seguir andando y no abandonarlos en manos de los enemigos, los
tiraban al mar desde lo alto del acantilado. Era impresionante; sabíamos
que aquellas personas destruían cosas a las que tenían mucho apego.
Quiso la suerte que entre tanta multitud diéramos con mi hermano
, al
que no habíamos vuelto a ver desde Figueres; su camión iba bastante
lejos por delante de nosotros.
LA FRONTERA
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Despacito, inquietos, asustados pero con paciencia, lleg
amos a la
frontera sobre las seis de la tarde. Entonces, todo fue de
prisa. Los
carabineros debían tener la orden de dejarnos pasar, casi no nos
controlaban. Sólo preguntaban si llevábamos armas, acogían los fusiles
pero nos dejaron los vehículos. También había caballos. La gente se
agolpaba para cruzar la frontera y escapar de la pesadilla.
Bueno, ya estábamos en Francia. Ya no temíamos los aviones ni los
barcos. Sin embargo, recuerdo que se me encogió el corazón, me
pareció que estaba abandonando la tier
ra donde nací pero no me
imaginaba que pasarían veintiséis a ños antes de que volviera a cruzar
esa frontera, ni tampoco me figuraba la aventura que nos esperaba.
Seguimos hasta Cervera , la gente de los pueblos estaba en las calles,
con el frío de la noche y se notaba su emoción ante ese triste desfile.
Algunos nos ofrecían comida y así hasta
Argelès-sur-Mer. Había
muchísima gente, la policía nos obligó a parar.
II. ARGELÈS, SAINT-CYPRIEN Y ELNA
LLEGADA A ARGELÈS-SUR-MER
Aquella noche dormimos en el camión, muy apretados, los
colchón atravesado, pero dormimos a pierna suelta.
cinco en el
Cuando despertamos, el sol ya estaba alto, la inmensa caravana estaba
a orillas de la carretera, se veía una mul
titud de gente. Había unos
chalés muy bonitos c erca de un hermo so pinar; todo muy bien. Pero ¿y
para hacer sus necesidades? Era un problema cotidiano. Cada uno se
las arreglaba a s u manera. Yo llamé a una puerta;
aunque me
avergonzaba, tenía que atreverme. Dimos con gente comprensiva , pero
no nos habíamos parado a pensar en aquel primer enfrentamiento con el
idioma francés.
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También nos preocupaba el hambre. La compa ñía militar de mi marido
nos ofreció conservas pero no teníamos pan. Aunque llevábamos dinero
español, no lo podíamos cambiar por haberse devaluado del todo.
Al otro día, seguíamos en el mismo sitio sin saber lo que iba a ser de
nosotros. La gente intentaba alejarse pero era imposible, los policías nos
lo impedían.
Comprobamos que llegaban numerosas tropas con camiones cargados
de alambra das que los soldados colocaban a lo largo de la playa.
Cuando corrió la voz de que iban a encerrarnos allí
nos preocupamos
mucho, pero claro estaba que tenían que organizar algo. Sin duda habría
puertas y podríamos salir. No quedaba otro remedio que esperar.
Por la mañana, dijeron que nos iban a traer pan con un
camión. Nos
pusimos contentos pero en vez de alegría sólo hubo tristeza porque nada
se había concertado; llegó un camión militar y al ver a tanta gente, a los
militares se les ocurrió tirarnos el p an. Fue un gran desconcierto, se
lanzaba la gente al suelo para recoger el pan y aunque consiguiéramos
un pedazo, daba pena: nos estaban tratando como animales.
Con mucha prisa, las tropas continuaban colocando las alambradas.
Trabajaban varios equipos, por separado, de modo que quedaban
grandes espacios sin alambres. Los días siguientes, los camiones que
traían el pan paraban más allá de las alambradas. Los prim eros días,
íbamos a buscar el pan y volvíamos a pasar porque no había puertas.
Seguíamos con la compa ñía militar de Joan; nos daban algunas
conservas y por la ma ñana hacían café. También apreciábamos que
cocieran pastas. Continuábamos durmiendo en el camión. Pero muchos
ya habían empezado a hacer caba ñas en la arena con mantas y ni que
decir tiene que no era la temporada ideal para eso.
Transcurrieron cuatro o cinco días; el pan, al otro lado de la alambrada,
acabó siendo el cebo de nuestra ratonera. Cada vez quedaban menos
aperturas. Al cabo de unos días no quedó más qu e una, guardada por
militares.
Había guardias por todas partes. Nos vigilaban tropas, soldados,
gendarmes, senegaleses y espahíes a caballo. Sin duda tenían la orden
de requisar los vehícu los y meternos en los campos; para informarnos,
se les ocurrió mandarnos a los espahíes a caballo.
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Conservo muy mal recuerdo de aquella noche. Llegaron desenfrenados,
como locos, empujándonos gritando: “¡Allez, hop! ¡Allez, hop !” Mi padre
veía muy poco, se sintió perdido; mi madre decía: “¡Dejadle! No ve muy
bien”; a mí me asustaban aquellos caballos azuzados por sus jinetes y
fue mi marido quien nos protegió a los tres, interponiéndose.
No
entendíamos lo que querían, todos gritábamos, espantados. Por fin
supimos que teníamos que entrar en el campo.
Empezó a escasear la comida; se requisaron todos los camiones, coches
y carros. Al otro lado de las alambradas, los militares habían montado
una barraca de intendencia donde podíamos apuntarnos. Entonces fue
disuelta la compañía y en adelante pasamos a ser prisioneros espa ñoles
en aquel campo de Argelès-Sur-Mer. Mis padres y yo permaneceríamos
encerrados durante quince meses.
EL CAMPO
Allí estábamos los cinco, detrás de las alambradas; Domingo se había
quedado con nosotros. Como otros millares de personas , tuvimos que
improvisar un refugio. Teníamos pocas maletas pero sí varias mantas;
también necesitábamos palos para hacer una
especie de tienda de
campaña. Joan y Domingo recogieron unas ca ñas fuera del camp o.
Aquella noche tuvimos nuestra primera chabola , como decían; digo la
primera porque tuvimos que hacer lo mismo varias veces. Aquel primer
refugio, estaba en alto, a orillas de un río medio seco, a unos quinientos
metros del mar, en la arena. Pronto compr obamos que era demasiado
pequeño para los cinco y a l otro día fuimos a recoger más ca ñas; como
teníamos más mantas, hicimos una chabola de unos seis metros
cuadrados en la que cabíamos de pie.
Pero seguían faltando ca ñas.
Domingo fue a por más y al mediodía, lo vimos regresar con un burro. Se
me ha olvidado decir que los que tenían animales se vieron obligados a
abandonarlos y él, con la despreocupación de sus veinte a ños, sin
pensar que en el campo ni siquiera había para darle de comer, se llevó el
burro, lo cargó con ca ñas, se montó en él y vino tan contento. Nos dio
risa pero lo convencimos para que volviera a llevárselo, lo que prometió
hacer al día siguiente.
Entre las chabolas quedaba poco espacio, apenas dos o tres metros; ató
el burro a nuestra cab aña y aquella noche poco dormimos por culpa del
animal que se puso a roer las ca ñas y echó a perder nuestro refugio. Ni
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qué decir tiene que por la ma ñana temprano, el burro recobró la libertad
y nosotros no tuvimos más remedio que arreglar los destrozos.
El campo mediría unos tres kilómetros de largo por quinientos metros de
ancho y más tarde nos enteramos de que al pri ncipio éramos más de
setenta y cinco mil personas, con lo que se puede imaginar lo apretados
que estábamos; inclus o, los primeros días, lo s que só lo tenían una
manta, cavaban un hoyo en la arena, se metían dentro y se tapaban con
la manta. Otros, mientras hubo camiones, se amparaban debajo; luego,
esos hombres sin familia se organizaron en grupos.
En cuanto a la comida, nos apuntamos en la
barraca de intendencia
donde nos daban la ración diaria: al principio algunas latas de conserva y
pan, luego un poco de café, azúcar y legumbres secas, a menudo
bacalao salado y de vez en cuando algo de carne.
Nunca daban
verduras o patatas. Además, se necesitaba lumbre para guisar y costaba
trabajo encontrar le ña; nos daban restos de madera de las obras de las
barracas que edificaban para la policía pero no era suficiente y había que
robar algunas tablas.
Tampoco teníamos cacharros de cocina, nos servíamos de las latas más
grandes. Encendíamos fuego, cada uno ante su chabola y se guisaban
comidas sosas. Para dar sabor, sólo había sal y vegetalina. Alguna vez
nos dieron una lata de salsa de tomate y esperamos a juntar bastante
vegetalina para guisar bacalao en salsa. Nos parecía un festín.
Mayor problema era el agua. Los primeros
días nos dejaban salir del
campo para ir a una fuente bastante alejada y menos mal que no
habíamos tirado la bombona vacía. Pero había que lavarse, lavar ropa y
resultaba imposible. Recuerdo que me metí en el mar en pleno febrero,
por lo menos me daba una sensación de limpieza y muchos hacían lo
mismo.
Más adelante, instalaron unas bombas de agua en la playa a unos veinte
metros del mar, pero el agua era
malísima, no era potable. Como no
teníamos permiso para salir del campo, no quedaba otro remedio que
gastarla. No tardó en comprobarse el resultado, catastrófico: casi todos
sufrimos trastornos intestinales graves, diarreas terribles y no había
retretes. Cuando a alguien le daba
cólico, echaba a correr con una
manta bajo el brazo, esperando llegar cerca del mar pero a veces no
daba tiempo y era un espectáculo desolador. En lo posible esperábamos
que fuera de noche o al amanecer, escondiéndonos bajo una manta. Mis
padres sufrieron e sa epidemia pero quien lo pasó peor fue mi marido;
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cavamos hoyos profundos en la arena de la chabola
y los tapábamos
cada vez , pero ¡q ué situación tan triste!
Al no haber medicinas, la
enfermedad tardó mucho en desaparecer.
Como ya he comentado, nuestra c abaña dominaba un río casi seco en
aquellos días. Por la ma ñana, al despertar, sólo veíamos decenas de
mantas bajo las cuales se
escondía la gente para hacer sus
necesidades.
Menos mal que luego el campo se volvió más cómodo gracias a unos
retretes que h icieron a lo largo de la playa , como comportas dentro de
unas barracas muy pequeñas. También fue entonces cuando empezaron
a venir camiones con agua potable.
Aunque parezca mentira, en los días siguientes nos encontramos con mi
hermano y mi cuñado entre las setenta y cinco mil personas. Pasábamos
el tiempo juntos. También encontramos a varios amigos. El campo era
como un hormiguero humano en el que la gente volvía a reunirse.
El correo llegaba a una barraca donde fijaban carteles con los nombres;
así tu vimos noticias de mis cu
ñadas Carmen y Enriqueta quienes
estaban refugiadas en Troyes con sus hijos.
El campo era un inmenso campamento sin libertad donde reinaba una
gran miseria. Hicieron una barraca que
servía de enfermería. Los
médicos espa ñoles no tenían medicinas, sólo nos daban aspirina o
pastillas de carne para ponernos a dieta. Una parte de la barraca hacía
de hospital, sobre la arena había paja y nada más. La disentería que
afectó a tanta gente continuaba y algunos estaban agotados.
Allí los
atendían y cuando ya no podían aguantar, se los llevaban en una
ambulancia al hospital de Perpi ñán; muchos ya no volvían. No sé por
qué se necesitaba un cementerio especial, que se creó en Saint-Cyprien.
Nos daban jabón pero no
teníamos barre ño ni palangana donde
lavarnos. A consecuencia, seguramente de la falta de higiene, nos afectó
a todos una epidemia de sarna, en primer lugar a mi madre, luego a
l
resto de nosotros; fue terrible. Para remediarla conseguimos que nos
dieran una palangana que nos servía par a varios usos. Era un objeto
imprescindible. Para curarnos nos dieron una pomada , pero la epidemia
habría de durar varios meses.
En Espa ña continuaba la guerra, las pocas noticias que llegaban al
campo eran confusas, sólo sabíamos que las tropas franquis tas seguían
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ocupando la
península. A ratos nos
sentíamos muy tristes,
preguntándonos qué iba a ser de nosotros, pasaban los
días sin que
nada cambiara, íbamos perdiendo la esperanza.
Un día lle garon los gendarmes gritando
“¡Allez, hop! ¡Allez, hop !”
Comprendimos que al día siguiente, a las nueve, teníamos que irnos y
volver a hacer cabañas, pero más lejos. Desmontamos las que habíamos
hecho, al desarmarlas se rompieron muchas ca ñas con lo que la nueva
cabaña salio peor que la primera ; tenia la forma de una pequeña tienda
de campaña, de la altura de una persona y tres metros de hondo. Con mi
hermano que vivía con nosotros éramos seis. La hicimos con mantas, la
armadura era de ca ñas, teníamos que entrar a gatas y quedarnos
sentados. Nos conformamos pensando q ue así pasaríamos menos frío;
claro que no podíamos calentarnos; seguíamos durmiendo en nuestro
colchón atravesado, en la arena. Unos sacos llenos de ropa hacían de
almohadas. Mi hermano, el más alto de todos nosotros, dormía cerca de
la entrada para poder sacar los pies.
Llevábamos mucho tiempo buscando una manera de alumbrarnos y por
fin conseguimos inventar algo: un a especie de lámpara de aceite.
Derretimos grasa de vaca que nos dieron en la intendencia, llenamos
una lata de sardinas y le hicimos una b oquilla en cada lado por donde
salía un cabo de algodón; pero se cuajaba la grasa y la mecha se
apagaba. Hubo que encontrar otra solución: pusimos dos latas
superpuestas; la de arriba era más ancha, el calor de la de abajo
mantenía la grasa líquida; estaba n sujetas por alambres y colgadas de
las cañas que formaban la cima de la tienda. Estábamos muy orgullosos
con nuestro invento porque gracias al sistema teníamos la luz de cuatro
velas. Era extraordinario. Claro que había que conseguir la grasa , pero
se ga staba poca. En adelante ya no tuvimos por
qué acostarnos tan
temprano, pero s e corría el peligro de p render fuego, había que tener
mucho cuidado.
Recuerdo un incidente que pudo ac arrear consecuencias muy graves :
Domingo tenía una hermosa cabellera rizada y un día al pasar a gatas
bajo la instalación el pelo
tocó la llama y se le prendi
ó fuego.
Empezamos todos a golpearle la cabeza, el fuego se apagó enseguida y
aunque el pobre recibió muchos golpes todo acabó en juerga. Algunas
veces se encendía la grasa, nos dada miedo pero no llegó a pasar nada
grave.
Habían transcurrido varias semanas desde nuestra llegada y a pesar del
frío invernal, el tiempo estaba bastante a nuestro favor, casi no
había
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llovido. Nos preguntábamos qué íbamos a hacer cuando lloviera.
También nos dijeron que el viento solía soplar con mucha fuerza. Todo
aquello nos preocupaba y terminó ocurriendo.
Un día al atardecer
el cielo se ennegreció; a lo lejos, se veían
relámpagos y el miedo se apoderó del campo
: la tormenta no iba a
tardar. Sabíamos que en un lugar del campo había un montón de chapas
pero las pedimos en vano. Ya era de noche cuando estalló la tormenta.
Fue terrible: la gente, asustada, se enfureció y entre el estruendo del
agua y los truenos todos gritaban “¡Que hagan barraca s! ¡Que nos den
chapas!” Aquello e ra un motín, la gente se
había vuelto loca, los
hombres se fueron, nadie
podía detenerles. Bajo la violenta lluvia
pasaban hombres cargados con chapas de hojalata; claro que no había
para todos, pero Domingo trajo una. L a pusieron contra la tienda, no fue
una buena solución. Estábamos calados, las mantas estaban sujetas a la
armazón de ca ñas en varios sitios, el agua se met
ía por todos esos
agujeros, todo chorreaba.
Volvió a llover muchas ve ces, pero encontramos un remedi o: en cada
atadura colgamos una lata de conserva que vaciábamos en cuanto se
llenaba. Algunas veces, hasta nos reíamos de nuestra desgracia.
Después de la lluvia, vino un largo per íodo de viento y en verdad, la
tramontana en las playas de los Pirineos Or
ientales, en semejantes
condiciones, era lo peor. La arena se filtraba por todas partes y el viento
se llevaba las tiendas. Hubo que hacerse con piedras gordas que
atábamos a las tiendas con cuerdas enterr ándolas profundamente en la
arena. A menudo, cambia ba la orientaci ón del viento y
como no
teníamos bastantes piedras Joan y Domingo ten ían que apresurarse a
cambiarlas de sitio.
Luego nos afectó otra plaga: los piojos. En aquellas condiciones de vida
era inevitable. Yo llevaba el pelo bastante largo y s ólo nos quedaba un
trozo de peine roto. A todos se nos pegaron, no s ólo en la cabeza sino
también en el cuerpo. Me parece que fue lo que m ás me molest ó, me
sentí muy desgraciada. Pasábamos una parte del día inclinados sobre la
palangana. Yo pon ía la ropa a hervir y la tend íamos encima de la
chabola. Antes de que se secara, ya se paseaban nuevos bichos. Diríase
que los había tanto en el aire como en la arena, estábamos desanimados
y aquello habría de durar varios meses.
Se acercaba el mes de abril. Se rumor eaba en el campo que no tardar ía
en terminar la guerra. Una ma ñana, los altavoces anunciaron que todo
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había acabado. Franco sal ía ganando, ya no quedaba esperanza. Hubo
que conformarse, no sabíamos qué iba a ser de nosotros. Ten íamos que
esperar, seguir esperando.
Mi hermano Rafael perdió la paciencia, nos dijo un día que estaba
decidido a evadirse; se proponía cruzar la frontera clandestinamente,
acercarse hasta Barcelona a ver qué pasaba y traernos noticias.
Nos
preocupamos mucho, sobre todo mis padres pero no hubo quien lo
convenciera. Al poco tiempo, una noche, se march ó. Joan y Domingo le
acompañaron m ás all á de las alambradas, al volver dijeron que hab ía
salido sin problema pero la aventura no iba a acabar bien. A los quince
días recibimos una carta de la c árcel de Collioure ; mi hermano hab ía
llegado hasta los alrededores de Barcelona, pero era tan difícil que le dio
miedo y regres ó. En la frontera le detuvieron y le encarce
laron en el
fuerte de Collioure; allí pasaba más hambre que en el campo de Argelès.
Había varios campos cerca de los Pirineos, m ás adelante le encerraron
en el de Agde.
En los primeros días después de terminar la guerra, anunciaron por los
altavoces que los que quisieran podrían regresar a Espa ña, pero todos
temíamos a las represalias; la gente escribía a sus familiares o amigos y
las respuestas no tardaron. Con medias palabras, nos suger ían que no
volviéramos: los familiares nos propon
ían ir a vivir con Fulano o
Mengano, personas que sab íamos que hab ían fallecido, mucho tiempo
atrás. De ese modo, supimos lo que era el r
égimen franquista. Nos
enteramos de la muerte de familiares
y amig os, fusilados o
encarcelados. Si bien algunos estaban metidos en política, para otros no
había ningún motivo. Por ejemplo, yo conocía a un se ñor que era poeta;
claro que no era de derechas y lo manifestaba en sus poesías. Sus hijos
se hab ían refugiado en Francia y sin m
ás motivo, lo fusilaron a los
sesenta y cinco a ños. De modo que mientras no hubiera una verdadera
amnistía, no pensábamos volver a España.
A veces, algunos que ten ían familia o amigos en Francia, sal ían del
campo con maletas y parecían felices. Se iban con un contrato de trabajo
y les teníamos envidia.
Nos enteramos de que cada d ía repartían leche para las mujeres y los
niños, fuera del campo. Cada ma ñana, mujeres y ni ños acompa ñados
por un gendarme iban a buscar leche a un pueblo cercano. Cuando lo
supe, me pareció que nuestra situación iba a resolverse: yo podría hablar
con la gente del pueblo, proponerles coser ropa o remendar; no ten
ía
pretensiones, sólo quería trabajar, quizá me permitiera salir del campo y
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encontrar una solución para sacar a mi familia.
Me apunt é pero ,
desgraciadamente, al día siguiente dejaron de repartir leche.
Unas asociaciones latino americanas propusieron su a yuda y en los
campos muchos se apuntaron para irse a
América. Est ábamos tan
hartos de nuestro cautiverio que nos apuntamos tambi én para M éxico,
Venezuela u otros pa íses. Se comentaba en todo el campo, ped
ían
gente para trabajar la tierra. El estado dar ía t ierras v írgenes y todo el
material. No sab íamos nada del trabajo del campo, éramos ciudadanos,
pero a mi marido no le importaba hacerse campesino. Mi padre venía del
campo y gracias a él, nos parec ía maravilloso. Nadie puede vivir sin
ilusiones, hacía meses que no ten íamos ninguna. Entonces empezamos
a soñar.
A pesar de ser poco instruido, mi padre era muy inteligente y muy buena
persona. También tenía arte para contar, nos daba la sensaci ón de vivir
sumidos en sus cuentos. Durante varias noches, alumbrados por nuestra
“lámpara de aceite”, hicimos planes. Mi padre nos explicaba cómo había
que obrar para que todo saliera bien: primero, gracias a las máquinas
que nos dieran, podríamos roturar el suelo; luego sería preciso trabajar
duramente. Exclamaba: “Lástima que no vea mucho pero os daré
buenos consejos; el primer año será difícil pero con el préstamo que nos
otorguen, saldremos adelante.” Y los sueños nos embriagaban. Domingo
ya se ve ía con caballos salvajes, Joan comprar ía un cami ón para llevar
las cosechas a la ciudad, m ás adelante podr íamos exportarlas. As í iban
transcurriendo las veladas. Recuerdo que una
noche, llevados por el
entusiasmo de nuestros proyectos, no conseguimos dormirnos antes del
amanecer.
Pero esos ánimos no duraron mucho, pasaba el t
iempo sin que se
confirmara nada. Entonces, con
la esperanza de estar mejor, mis
cuñados Ramón y Domingo se fueron juntos a otro campo con barracas
sólo para hombres. Ya no qued ábamos más que mis padres, Joan y yo
cuando unos d ías m ás tarde, anunciaron que algunos podr ían ir a un
campo con barracas donde tambi én admit ían a las mujeres. Nada
teníamos que perder de modo que decidimos salir los cuatro. La salida
era a las dos de la tarde. Por la ma
ñana empezamos a desarmar la
tienda. A la hora fijada, est ábamos haciendo cola entre todos los que
estaban hartos de aquellas condiciones de vida. Se rellenaban hojas de
identidad. Al anochecer, cuando ya s
ólo quedaban tres o cuatro
personas delante de nosotros, cerraron las listas. Hubo que poner a l mal
tiempo buena cara.
24
Regresamos al sitio de la tienda pero otros ya se habían llevado parte de
las cañas. Estábamos a fin ales de abril, segu ía el fr ío, hubo que montar
otra tienda de prisa, antes de que se hiciera de noche. Ya no éramos
más que cuatro pero faltaba material, hicimos una tienda más pequeña y
la reforzamos al d ía siguiente. As í, con la lluvia o el buen tiempo, iban
pasando los días.
Pronto íbamos a interesarnos por una gran noticia: aunque todo hiciera
suponer que yo estaba embarazada, a falta de prueba m édica, teníamos
que esperar. Para nosotros, a pesar de ser un momento poco adecuado,
era una gran alegría; es que con la juventud las cosas se
aprecian de
otra forma. Empezamos a so ñar pensando que Francia no podr
ía
tenernos mucho tiempo encerrados en los
campos. Lo único que
pedíamos era trabajar. Claro que nuestro hijo no vendr ía al mundo como
habíamos soñado, pero nos sentíamos felices.
Nos enteramos de que las familias que habían salido del campo estaban
separadas; por lo menos, nosotros estábamos juntos.
Poco después, vimos que se levantaba un grupo de barracas en un
extremo del campo; se rumoreaba que serían para las familias y se
comprobó enseguida. Hacia fines de mayo empezó el traslado.
Se trataba de una fila de barracas que constaban de una sola habitación
para dos o m ás personas. Nos otorgaron una para los cuatro. Medir ía
unos tres metros cincuenta de largo por otros tantos de ancho.
Reposaba directamente sobre la arena y unas tablas finas servía n de
tabiques; ni qué decir tiene que se oían las
conversaciones de los
vecinos. Si hoy d ía, de golpe, tuvi éramos que vivir en semejantes
condiciones, no lo aguantar íamos. Sin embargo, despu és de pasar
cuatro meses de invierno con mantas a modo de techo
valoramos los
nuevos tejados de hojalata. En la barraca podíamos estar de pie.
Otro progreso fue una barraca para la cocina; nos daban las comidas
preparadas, desgraciadamente no eran apetitosas y de no haber pasado
tanta hambre no las hubiéramos podido tragar: por la ma ñana, un café
malísimo, al mediodía y a la noche, lentejas, garbanzos o zanahorias, a
veces con unos pedacitos de carne grasa o una lata de
corned-beef.
Nunca había patatas u otras verduras guisadas ni tampoco fruta; el pan,
racionado, siempre duro y a veces florecido. Salvo en escasas ocasiones
de fiesta, seguiría igual durante un año.
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Lo que m ás echaban de menos Joan y mi padre era el tabaco. Algunas
personas espabiladas o atrevidas lograban proporcionarse alg ún tabaco
que vend ían a cambio de billetes espa
ñoles sin valor pero se
arriesgaban con la esperanza de un cambio en la pol ítica española, que
les hubiese permitido enriquecerse con un
paquete de picadura que
vendían a dos mil pesetas. Antes de la guerra era una fortuna,
representaba el sueldo de cuatro meses de un obrero. Joan y mi pad re
eran tan infelices sin tabaco que más de una vez se gastaron es
a
cantidad; más tarde, nos dio igual, el dinero que nos quedaba no recobró
su valor.
Al llegar el calor, empeora ron nuestras condiciones de vida; se dio la
orden de vacunarnos a todos y aqu el día, después de vacunarme, al
volver a la barraca, me desmayé; perdí el conocimiento. Cuando volví en
mí, estaba tendida en el colch ón, en el suelo, rodeada de gente. Vino un
médico del campo, quien confirm ó mi embarazo. Me encontr ó muy
debilitada y me
recetó medio litro de leche de la barraca de la
enfermería. ¿Y luego, qué?
Desde hacía unos días, venía un tendero ambulante porque algunos
refugiados tenían dinero francés: unos vendían su
s reloj es a precio
irrisorio, otros vendían joyas, algunos espa ñoles con galones habían
cobrado sueldos atrasados.
Nosotros ten íamos algunas joyas que
queríamos conservar aunque m ás tarde acabamos vendi éndolas como
explicaré más adelante.
El médico me había recomendado que bebiera leche y no teníamos el
dinero para comprarla; Joan habló con un compañero que se dedicaba a
hacer algún estraperlo y le compró una lata de leche pero no pude tener
más.
Pasaron los d ías, me hab ía repuesto y con la llegada del verano la vida
no parecía tan triste. Nos bañábamos en el mar, por lo menos nos daba
la sensación de lavarnos mejor y además, la invasión de piojos iba
disminuyendo. En cuanto a la sarna, seguía igual o peor. Nos daban una
pomada pero la higiene rigurosa que necesitábamos resultaba imposible.
Incluso era dif ícil lavar la ropa: nos daban un trozo de jab ón pero no
teníamos más que una palangana, el agua de la bomba y se lavaba con
agua fría. No teníamos sábanas, no se pod ían lavar las mantas. Pasaba
el tiempo sin que fuera posible acostumbrarse.
Lo que sí se arregló poco a poco fue el correo; las barracas llevaban
números y nosotros estábamos bajo control. Alguien hacía de cartero, el
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correo que recibíamos de familiares o amigos era esencial, nos permit ía
tener paciencia. Un día, nos cayó un regalo del cielo: llegó el carte ro con
uno de los jefes del campo. Traía un paquete a nombre de mi padre pero
la dirección no era la nuestra; no se podía leer el nombre del remitente.
Después de pensarlo bien, decidieron dejarnos el paquete ya que en el
campo mi padre era el único Berenguer. En el paquete ven ían galletas,
pastillas de chocolate que no prob ábamos desde hac ía tres a ños. Para
nosotros fue una verdadera fiesta pero no pudimos darle las gracias a
nuestro bienhechor.
Con las hermosas noches de verano, tuvimos el gusto de pode
r oír
música y canciones que emit ían unos altavoces a la entrada del campo.
La m úsica nos alegraba el coraz ón, llev ábamos tanto tiempo sin oírla
que nos parecía volver a ser humanos. A veces algunos incluso bailaban
y nuestra miseria se volvía menos triste.
Teníamos vecinos con quien hablar, por ejemplo una joven que tambi én
estaba embarazada,
sufría depresi ón y le daba por llorar
desconsoladamente. No era la
única. Algunos no aguantaban la
cautividad, se volv ían locos. Uno de ellos so ñaba tanto con marcha rse
que un día, medio desnudo, con una maleta, se metió en el mar diciendo
que iba a salir un barco para México; lo detuvieron a tiempo.
Algunos,
viendo que era imposible salir por la puerta o saltando las alambradas,
intentaban huir nadando pero pocas vec es lo consegu ían. Otros, m ás
filósofos, creían que pronto nos liberar ían. Unos escribían poemas, otros
canciones. Una de ellas se difundi ó en el campo, todos la tarareaban y
cuarenta años más tarde, todavía me suena en la cabeza.
A principios de julio an unciaron que nos cambiaban de campo. Nos
llevarían a Saint-Cyprien , a un campo para familias que estaba casi
terminado. Dijeron que saldr íamos a la semana siguiente y que all
í,
estaríamos mucho mejor. Acogimos la noticia con preocupaci
ón: si
hacían un nuevo campo no sería con el propósito de liberarnos.
SAINT-CYPRIEN
Pronto juntamos el equipaje y salimos hacia el 10 o el 12 de julio, a las
diez de la ma ñana. Aquel día, para la comida, nos dieron pan y latas de
conservas. Nos llevaron con camiones y ante s de las doce ya hacíamos
cola a la puerta del nuevo campo; volvieron a controlarnos, nos dieron el
número de la barraca y la calle. Hubo que hacer m ás gestiones ya que
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habíamos pedido dos barracas y la de mis padres estaba en la otra
punta del campo.
Otro detalle nos preocupó todavía más: querían a toda costa quitarnos la
palangana, obedeciendo unas presuntas órdenes.
Era tan importante
para nosotros que logramos conservarla.
Allí estábamos, en nuestra nueva vivienda. Eran largas filas de barracas,
la mitad de ellas daban a la calle de atr
ás. Estaban divididas en
habitaciones minúsculas que no llegaban a los dos metros de ancho por
otro tanto de largo, en total unos tres metro
s cincuenta cuadrados.
Tabiques de tablas, chapas para el techo y en el suelo, nada, s
ólo la
arena. Había un ventanuco con una tela met álica en vez de cristal. Todo
vacío y claro está, sin luz; cuando cerrábamos la puerta, se hacía de
noche. En tan poco es pacio nos sent íamos asfixiados. Sin embargo,
hacía tanto tiempo que viv
íamos todos juntos que apreciamos el
encontrarnos solos. Llevábamos más de siete meses fuera de casa.
A la entrada del campo hab ía como una gran plaza. El campo constaba
de cuatro man zanas peque ñas y todas las calles desembocaban en
aquella plaza donde se hallaban las barracas para la cocina. Cada
manzana tenía su bomba de agua, agua del mar. Pero hab ía unos grifos
de agua potable muy apreciados por todos. Tambi én unos retretes muy
rudimentarios.
Los campos estaban instalados a lo largo de la playa; digo los campos
porque eran tres: a un lado, un campo para mujeres solas o con ni ños,
en el centro, el nuestro, el de las familias, y en la otra punta, el de los
militares, más espacioso. Por un lado estaba el mar y al otro lado las
alambradas. Aquellas alambradas nos acongojaban; había tres filas, a un
metro de distancia y entre las filas, travesa ños enredados, hasta una
altura de dos metros.
Nos sentíamos presos. Se accedía al campo por una sola carretera; más
allá, las únicas plantas que veíamos eran vi
ñas que mirábamos con
nostalgia y a lo lejos se divisaban los Pirineos.
Al día siguiente de nuestra llegada nos anunciaron que el 14 de julio, día
de fiesta nacional en Francia, nos vis itarían las autoridades francesas y
que tendríamos que honorarlas; como no teníamos nada, nos dieron
papel para fabricar banderolas y guirnaldas. Algunos, muy ingeniosos,
hicieron cuadros de flores a la entrada del campo, como mosaicos con
legumbres secas: lentejas, garbanzos, judías blancas y pintas , y arroz;
28
las autoridades les felicitaron por el resultado sorprendente,
verdaderamente artístico.
El 14 de julio, colocaron las guirnaldas y banderolas, las calles estaban
limpias y bien regadas. Supimos que iban a darnos una buena comida,
fue día de fiesta en todo el campo.
Hacia las once, llegaron los visitant es precedidos por el mariscal Pé tain.
Los acogieron las tropas y los gendarmes al son de la m
úsica militar.
Visitaron el campo, las cocinas; sin dud
a se llevaron una buena
impresión puesto que aquel día, hasta los refugiados parecíamos
contentos. Nos hab ían animado la fiesta y la buena comida: entrantes,
carne asada, patatas fritas, un postre e incluso vino. ¡Qué festín!
En realidad, todo era un enga ño. Acabada la fiesta, al anochecer, otra
vez est ábamos en la barraca, sin luz, sentados en el suelo, acostados
sobre una manta tendida en la arena. Dir íase que era como los que
acampan hoy día, pero no, no tiene nada que ver. Nosotros no ten íamos
nada, habíamos dejado el colch ón a mis padres despu és de repartirnos
las mantas y s ólo teníamos una maleta y un gran saco con ropa. Nada
más. También tenía cada uno un plato de aluminio y una lata vacía para
el café, la misma en que bebimos el vino del 14 de julio ; nos quedaba
una botella. Pero por encima de todo, hab ía alambradas y aquella falta
de libertad.
Unos días después, se d
io una orden que hacía patente
nuestra
condición de prisioneros: se mandó que al anochecer nadie circulara por
el campo. Hacían señas luminosas con focos y en cuanto las ve íamos,
todos teníamos que meternos en las barracas.
Lo que m ás necesit ábamos tanto nosotros como mis padres, era
alumbrarnos. No sé cómo nos enteramos de que se podía hacer luz con
un botellín, gasolina, un tapón y u
na mecha; un joven a quien
conocíamos y que venía con un camión para trabajar nos proporcionó los
botellines. Más adelante faltó la gasolina, aunque en realidad bastaba
con poca. Gracias a esa estratagema, las veladas no eran tan tristes.
A pesar de la in terdicción, cruzábamos la callejuela con mucho cuidado,
como ladrones, y pasábamos la velada con los vecinos; las barracas de
enfrente, más grandes, eran para cinco personas. Íbamos a casa de un
matrimonio con un hijo de diecis éis años y dos nietas de cuat ro y cinco
años. Cuando hab ían salido de su casa, estaban cuidando de las ni ñas
de su hija y se las llevaron con ellos. A veces nos apenaba que tuvieran
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tanto cargo, otras veces pensábamos en lo preocupados que estarían los
jóvenes padres en Espa ña. A la a buela le gustaba contar toda clase de
historias, cuentos fant ásticos, y a la luz de la peque
ña llama, nos
sentíamos impresionados.
Otros vecinos nuestros eran más venturosos: eran campesinos, al
marchar se habían llevado dos vacas y no las habían dejado en ningún
momento. Antes de entrar en el campo, se las quitaron y las metieron en
un cobertizo con el fin de tener leche para los militares. Cada d ía ellos
salían para orde ñarlas y cuidarlas, con lo cual les daban una peque ña
cantidad de dinero. Les teníamos envidia.
Sin nada que hacer, los días resultaban muy monótonos. En las primeras
semanas Joan decidió construir una cama. A una extremidad del campo,
en una barraca de carpinter ía, hab ía un mont ón de restos de madera.
Los carpinteros, al igual que nosot ros, eran refugiados; Joan les pidió
pinzas y un martillo. Cortaron cuatro largueros, cuatro pies, le dieron un
puñado de clavos, trozos de alambre de púas y volvió tan contento con el
material. La cama ten ía que ser estrecha, apenas noventa cent ímetros
de ancho, es decir la mitad de la barraca. Desenrollamos y desdoblamos
el alambre para quitar las p úas, a pesar de lastimarnos las manos.
Clavamos los largueros a los tabiques y con los alambres, tejimos una
reja a modo de somier. Con paja que encontramos y
dos mantas,
hicimos un jerg ón. Aunque era estrecha, la cama representaba una
mejora. El buen resultado nos animó y quisimos fabricar una mesa y un
taburete; la mesa medía sesenta centímetros por cuarenta.
Uno se
sentaba en el taburete, el otro en la mesa
; podíamos tomar nuestra
frugal comida sentados. Colgamos una manta en la puerta a modo de
cortina y allí terminó la instalación; más no se podía hacer.
Poco
después, como muchos hicieron lo mismo,
escasearon los restos de
tablas.
La comida segu ía tan ins ípida como de costumbre. Yo, a causa de mi
embarazo, tenía el hambre siempre a punto y a Joan se le ocurri ó una
idea: se apunt ó para limpiar el campo cada ma ñana de siete a diez, le
pagaban con un tentempi é que constaba de un pedazo de pan, una
sardina en a ceite y un vasito de vino. As í, gracias a él, cada ma ñana a
las diez, yo me comía su recompensa.
Como nadie hablaba de liberarnos, nos hac íamos muchas preguntas,
sobre todo cuando ten íamos los ánimos por los suelos. Yo ten ía ganas
de preparar el ajuar de l beb é pero no ten ía con qu é. Fue entonces
cuando por primera vez hubo un reparto de ropa usada. Me las arreglé
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para conseguir jerséis de lana fina y los deshice muy contenta; pero sin
agujas ni ganchillo no podía tejer los ovillos.
Joan se hizo con unos
trozos de alambres de púas que desenrolló, y le dejaron un martillo y una
lima. No sólo fabricó agujas de varios tamaños sino también un ganchillo
que sigo guardando, de recuerdo , cuarenta y cuatro a ños después.
Estuve muy atareada, tejí cosas mon ísimas, so bre todo con la lana de
una bufanda blanca y de un
yersey azul celeste mezclada con una
especie de seda rosa. Hasta pude permitirme algunas fantasías.
Un día r epartieron camisas para hombres más un paquete de tabaco;
Joan y mi padre se alegraron con el t abaco y yo, con las dos camisas,
me cosí un vestido ya que con mi embarazo había engordado y nada me
quedaba bien. Habíamos salido de casa en invierno y ahora era verano.
Tenía la ventaja de saber confeccionar ropa, me hab
ía llevado lo
necesario para coser y una caja de hilos.
Tengo que hablar de esa caja. En Espa ña, durante la guerra, faltaba hilo
pero, como modista, pude reunir unos carretes. No s é por qu é, al salir,
tuve la idea de llevarme la caja. Era de hierro, no muy grande, llena de
carretes de va rios colores. No puedo explicar cuánto me emocionaba
mirar esos hilos; lo que sé es que a menudo, cuando sentía nostalgia,
abría la caja y me quedaba contemplando los colores. Se me saltaban
las lágrimas, no únicamente por acordarme de mi oficio. Para mí nuestro
cautiverio carecía de colores; contemplábamos el mar azul, también el
cielo, pero la arena era gris, el color de la barraca apagado, hasta lo que
comíamos era insípido. Necesitábamos mirar algo verde o tantos otros
matices a los que están acostumbrados los ojos. Sólo en mis hilos pod ía
encontrar esos colores que tanto echaba de menos.
La gente se volv ía ingeniosa. Todos hacían lo posible por escapar de
esa vida monótona: algunos fabricaban juegos de ajedrez o dameros; el
que fabricó Joan no fue muy logrado: la cabeza del caballo se parecía
más a una cabeza de pollo. Nos reímos mucho pero eso no impidió que
jugáramos partidas, sobre todo por la noche.
Para que los domingos fueran d ías se ñalados, a veces organizaban
bailes en la plaza, incluso sin in
strumentos. Algunos improvisaban
música golpeando botellas de agua que llenaban más o menos.
Nos daban jabón, no faltaba el agua en las bombas, en las calles había
tendederos, las mujeres lavaban y la gente iba limpia, los ataques de
piojos y sarna remití an; sin embargo, otra plaga iba a afectarnos: una
invasión de pulgas.
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Por la ma ñana temprano, tend íamos las mantas en los hilos y
matábamos las pulgas. Nos desesperaba compro bar que no podía
remediarse a pesar de algunas mejoras; hacía calor y vivíamos
demasiado apretados, en condiciones difíciles. Por ejemplo, si uno se
despertaba por la noche con ganas de hacer sus necesidades, como nos
prohibían salir, la gente ten ía grandes latas de conservas con un asa de
alambre; por la mañana se vaciaban y para limpiarlas las restregábamos
con arena en la bomba de agua . Las enjuagábamos con cuidado, pero
permanecían toda la noche en la barraca y a menudo sufr
íamos
trastornos intestinales.
Nos dimos cuenta de que en la barraca, la arena también estaba plagada
de pulgas y Joan pidió en la intendencia, los polvos que echaban en los
retretes para limpiarlos; le dieron una buena cantidad que mezcló con
arena en nuestras dos barracas, cerramos la puerta y el resultado fue
radical.
En cada uno de los barrios del campo ha bía un responsable, quien con
un barre ño, iba a horas fijas por el caf é de la ma ñana y la comida.
Hacíamos cola con los platos a la puerta de su barraca. El reparto estaba
bastante bien organizado pero la comida era poco apetitosa, siempre
igual desde el p rincipio: garbanzos, lentejas, zanahorias, arroz, siempre
guisados de la misma manera, mezclados con un poco de carne, de lata
las m ás veces. Aparte de las zanahorias, nunca daban verduras, ni
siquiera patatas o lechuga, ninguna fruta, menos el quince de agosto, día
de fiesta, en el que comimos carne con patatas fritas. Empezaron a dar
un vaso de leche al día a las personas mayores; me alegraba por mi
madre y yo también me beneficiaba del reparto porque a mi padre no le
gustaba la leche. Nos daba igual que fuera leche en polvo.
De tarde en tarde, recibíamos noticias de mi hermano; no escribíamos a
menudo ya que nos daban pocos sellos. La situaci ón de mis cu ñadas,
refugiadas en Troyes era distinta: trabajaban, aunque el sueldo era
pequeño, tenían dos niños a cargo pero gozaban de libertad, lo que nos
parecía maravilloso. Un día nos dieron la buena noticia de que Emilio, el
marido de Enriqueta, hermano mayor de Joan, prisionero de Franco en
España, había sido liberado. Había cruzado la frontera clandestinamente
y estaba en un campo de concentraci ón en Francia. Quiso la suerte que
fuera en el campo de Saint-Cyprien, con Domingo. Alg
ún tiempo
después, nos lo confirmaron pasando una nota escrita por entre las
alambradas.
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Nos pusimos aún más contentos poco después, al verles llegar. Durante
casi tres a ños de guerra en Espa ña, sólo habíamos visto a Emilio dos o
tres veces. La visita fue corta, ven ían acompa ñando a unos obreros y
tuvieron que volverse con ellos.
Teníamos mucho que contarnos,
lamentamos no poder qued arnos juntos más tiempo; sin embargo, los
tres hermanos fueron felices al reencontrarse.
Cuando se nos ofreci ó la oportunidad de apuntarnos para la vendimia,
enseguida dijimos que s í. Joan pensaba que en mi estado no podr ía
aguantar, pero yo no quer ía sab er nada. Ser ía para se ptiembre, nos
empeñábamos en hacer planes: si encontrábamos trabajo podr íamos
sacar a mis padres , por quienes yo ten ía tanta l ástima. Mi padre, que
veía muy poco, pasaba el tiempo serrando le
ña para la cocina del
campo.
Mientras tan to, yo preparaba el ajuar del bebé: había cortado camisas
mías y me pasaba mucho tiempo cosiendo camisitas con vainicas y
bordados. A ratos echaba de menos el mundo exterior. Joan no era tan
pesimista como yo, dec ía que aquello no pod
ía seguir as í, que
encontrarían una solución y que al menos estábamos juntos. Lo que más
echaba de menos era el tabaco; recogía colillas cuando se presentaba la
ocasión, no muy a menudo , ya que sólo los gendarmes se permitían el
lujo de tirar las colillas. Confieso que llegu é a recoger algunas aunque
me avergonzara. Algunas veces seguíamos a un gendarme que estaba
fumando, esperando que tirase la colilla, pero después de tirarla la
aplastaba en la arena con el pie; a Joan le daba rabia.
Era pleno verano, hac ía tanto calor que muchos madrugaban. Rociaban
el umbral de la puerta para apisonar la arena y dar frescor.
Un vecino
nuestro sabía francés y de vez en cuando compraba el periódico en la
tienda; se sentaba ante la barraca y traducía las noticias para los vecinos
que hacían c orro a su alrededor. Era muy agradable, nos sentíamos
menos aislados del exterior; nos dábamos cuenta de que la política iba
muy mal y que había amenazas de guerra; estábamos muy
preocupados.
Hacia fines de agosto, tuvimos una grata sorpresa: lleg ó un gir o de mis
cuñadas de Troyes, un giro de 15 francos. Era poca cosa, pero con esos
15 francos, como ni ños, lo hubi ésemos comprado todo. Hac ía meses
que pas ábamos delante del cami ón tienda, mirando las cosas que nos
apetecían. Íbamos a poder permitirnos alguno s caprichos. Me dijo Joan:
“Compraremos un paquete de tabaco para tu padre y otro para mí, y con
33
lo que sobre, comprará s lo que quieras .” Yo pensaba: “Menos mal que
los deseos de las embarazadas no repercuten en los ni ños, si así fuera,
nuestro bebé iba a convertirse en una tienda de comestibles .” A Joan le
daba mucha risa. En todo caso, yo tenía ganas de comer pan frotado con
tomate, aceite y sal que suele comerse con salchichón o lo que se tenga.
Joan no quiso ir a la tienda conmigo.
Ante ese puesto que me hacía soñar, no lograba escoger. En 1939, con
15 francos, no podía comprar todo lo que hubiese querido, había que
elegir. Compré medio litro de aceite, salchichón, tomates y melocotones;
también un pan de margarina como sustitu to de la mantequilla y me
guardé unas perras para sellos. Ya me iba con mis compras cuando o í
que alguien me llamaba. Era Joan, quien a unos pasos del puesto había
observado la escena; estaba tan emocionado que se le humedecieron
los ojos; me besó, me parece que yo estaba molesta, como un ni ño a
quien acaban de pillar. Me cogi ó del cuello y nos marchamos a la
barraca. Hoy d ía, todo eso parece insignificante , pero estoy segura de
que para mis cu ñadas, el giro represent ó un sacrificio , que supimos
valorar.
Todo el campo acogi ó con mu cho gusto la apertura de una barraca
escuela. A muchos ni ños, además de andar desocupados, se les
olvidaba lo poco que sabían; nadie tenía libros.
Unos profesores
españoles refugiados como nosotros, daban clases de franc
és. Joan
logró apuntarse con otros a dultos para aprender algunos rudimentos del
idioma. Le dejaron un libro de historia espa
ñola y por la noche, nos
quedábamos lar gos ratos repasando lecciones. É l asist ía a todas las
clases, hasta ten ía que aprender poes ías y a menudo, aprend íamos
juntos.
Nos anunciaron otra visita de las autoridades francesas y los ni
ños
prepararon una fiesta con una funci ón teatral. Recuerdo que estaban
muy nerviosos. Cantaron “La Marsellesa”, a todos les encantaba cantar
en franc és. El que los ni ños fueran a clase nos dab a la sensaci ón de
llevar una vida más normal.
En aquella época hubo inundaciones; el campo de las familias no resultó
tan afectado como el de las mujeres. Una noche, cay ó un diluvio. Muy
cerca del campo de las mujeres corr ía un río que solía llevar poca agua,
pero con las lluvias se desbord ó y tanta agua bastaba para inundar las
barracas. Espantadas, las mujeres empezaron a pedir auxilio a gritos y
los gendarmes del campo dieron la voz de alerta. Est ábamos despiertos,
preocupados por la tormenta, cuando s
onaron las sirenas. Algunos
34
hombres ofrecieron su ayuda y , poco despu és, llegaron con mujeres y
niños asustados por la noche que acababan de pasar. Los instalaron en
unas barracas desocupadas, también los acogieron los que tenían más
anchura; no obstante, nadie pudo ofrecerles una bebida reconfortante.
Además, daba lástima ver las pocas cosas que traían.
El agua que entraba por la tela metálica de la ventana también caló una
parte de nuestra cama; esto no era muy grave pero bast ó para que nos
diéramos cuenta de nuestra situación.
El día siguiente fue muy soleado, en todo el campo se ve ía ropa tendida,
mantas sobre todo. También nos sorprendió que unos peque
ños
cangrejos salieran de la arena por todas partes, tanto fuera como dentro
de las barracas; de to das formas, aunque hubieran sido más gordos, no
los hubiéramos comido por no tener donde cocerlos. Al atardecer se
apaciguó el mar y al retirarse, las olas dejaron en la arena conchas y
mejillones; mucha gente se deleitó comiéndoselos crudos. En cuanto a
nosotros, cuando llegamos, la arena estaba cubierta de algas; sentimos
mucho que no hubiera mejillones.
Pasábamos largos ratos frente al mar, mirando el horizonte. De cuando
en cuando, a lo lejos pasaba un barco y nosotros soñábamos, a pesar de
ver las an chas alambradas que se internaban hasta muy lejos en el
agua. Nos daba la sensaci ón de que aquellos brazos de alambre nos
ahogaban. Ni hablar de evadirse.
¿Adónde iríamos sin dinero, sin
documentación y sin hablar francés? Algunos lo intentaban, de cualqui er
manera, de noche sobre todo: cortaban las alambradas pero los guardias
no tardaban en detenerlos, traerlos al campo o incluso encarcelarlos.
Aunque todos los d ías nos parecían iguales, los domingos eran distintos
porque, al otro lado de l as alambradas , ven ía mucha gente para ver el
campo. Para algunos era un paseo, a otros les animaba la curiosidad.
Recuerdo un día en que estábamos sentados Joan y yo en la arena
mientras nos miraban un hombre y una niña; el hombre hablaba y la niña
exclamó en voz alta: “Me decías que eran diablos rojos, no tienen rabo,
son como nosotros.” El hombre, apurado, le dijo que callara y enseguida
se fueron. Esas palabras nos ofendieron aunque las pronunci ó una niña.
Sabíamos que nos llamaban “rojos” pero no “diablos”. Éramos miles de
republicanos que rechazábamos la dictadura franquista.
Otras personas nos consideraban de otro modo: más de una vez, los que
venían a vernos se marchaban con los ojos llenos de lágrimas. Nos
miraran con curiosidad o compasión, para nosotros era i
gualmente
35
molesto y difícil enfrentarnos con la realidad; echábamos de menos el
contacto con el mundo exterior.
Durante el mes de agosto nos enteramos de que habían detenido a unos
refugiados del campo que se reun ían para hablar de pol ítica y se los
habían llevado a un campo penitenciario. Claro que entre ellos, hombres
y mujeres, debía de haber responsables pol íticos que intenta ban
encontrar un remedio a nuestra situaci ón. Algunos estaban relacionados
1
o la JARE 2 que se
con asociaciones exteriores como el SERE
preocupaban por nosotros pero poco pod ían hacer. Por ejemplo , nos
proporcionaron cepillos de dientes, dentífrico y gafas para mi padre (de
hecho, las había roto).
También es posible que estuvieran relacionados con algunos partidos
políticos del exterior. Lo cierto es que a partir de entonces, les
prohibieron todas las reuniones, so pena de ser encerrados en el campo
penitenciario y menudo era el maldito campo: s ólo les daban bacalao
salado y pan duro, muy poca agua, en pleno agosto, en la playa,
castigados por el sol.
A menudo se hablaba del penitenciario, a la menor ocasión se decía:
“Ten cuidado o te tocará ir a pan duro y bacalao salado
.” Así
nombrábamos el campo. Recuerdo un triste momento. Acababan de
encender los focos que anunciaban las nue ve y Joan crey ó que le dar ía
tiempo para ir al váter que no quedaba muy lejos de la barraca. Yo me
había acostado, pero al ver que tardaba, empec é a preocuparme. Poco
después, llegó con dos gendarmes; intentó tranquilizarme diciendo que
era una equivocación, que no había hecho nada. Muy asustada, rompí a
llorar. Joan me decía que se lo llevaban al penitenciario y a la vez quer ía
calmarme afirmando que enseguida lo soltar ían. Cogió su blusón porque
sólo llevaba un pantalón corto y una camiseta; yo seguía hac
iendo
preguntas y llorando de modo que a uno de los gendarmes le dio lástima.
Se marcharon diciendo: “Está bien, por esta vez no pasa nada .” Por lo
menos así lo comprendimos.
A pesar de sentirme aliviada, no paraba de llorar y Joan me cont ó lo que
había pasado: el v áter estaba ocupado, él no quiso perder tiempo y se
puso a orinar contra la alambrada ; oy ó c ómo alguien pitaba y vio a los
gendarmes, quienes le acusaron de querer escaparse. Por m
ás que
intentó justificarse, no le hicieron caso. Entonces les p idió que primero lo
llevaran a la barraca para avisarme. Yo me hab
ía levantado y los
1
2
Servicio de Evacuación a los Republicanos Españoles. N.e.
Junta de Ayuda a los Refugiados Españoles. N.e.
36
gendarmes notar ían mi embarazo. No recobr é la c alma hasta muy
entrada la noche; de sobra sab íamos que si lo hubieran llevado al otro
campo quizá nos habrían separado para siempre.
Algunos, que tendrían relaciones con políticos del exterior, pudieron salir
para Am érica, entre los miles que se hab ían apuntado. Fue a primeros
de septiembre. S ólo lo supimos unos d ías antes de l a salida y nos
entristecimos. ¡ Cuánto les envidi ábamos! Para nosotros no exist ía otra
forma de salir del campo. En realidad no quer íamos dejar Francia para
irnos a Am érica. Estábamos convencidos de que Franco no aguantaría
mucho tiempo; estando en Francia nos sentíamos cerca de Espa ña. Al
contrario, desd e Am érica, costar ía trabajo regresar. Sin embargo, el
deseo de libertad podía con nosotros.
Ya llev ábamos siete meses rodeados de alambradas, vigilados por los
militares, sin comodidad alguna y muy mal alimentados. Est
ábamos
hartos y me parece que nos ha bríamos marchado a cualquier sitio. Ya
iba por el sexto mes de embarazo y h abríamos hecho lo que fuera para
que nuestro hijo no naciera en el campo; nos preguntábamos cómo sería
posible vivir de esa manera con un recién nacido.
Empezaban a preocuparnos la s amenazas de guerra que parec
ían
serias. Según comentaban los que leían el periódico francés, aunque nos
parecía mentira, pens ábamos que despu és de pasar una guerra, ser ía
horroroso vivir otra lejos de nuestras casas.
A veces ocurr ía algo bueno. Por eje mplo, instalaron una barraca con
duchas, unas para las mujeres, otras para los hombres. El agua salía fría
pero como hac ía buen tiempo, nos alegramos. Ya ver
íamos cuando
hiciera fr ío. Como ya hac ía siete meses que nos lav ábamos con agua
fría en la palangana, apreciamos las duchas.
Unos días después, nos alcanzó la triste noticia de la declaración de
guerra; por haber vivido otra, estábamos asustados. Rodeábamos a los
que tenían un periódico y escuchábamos la noticia una y otra vez; y en
ese campo, acorral ados como animales, hacía
mos comentarios
preguntándonos: “¿Qué será de nosotros? ” Se nos enturbiaba el
pensamiento.
La declaraci ón de guerra repercuti ó en nuestros planes de vendimia.
Pasados unos días anunciaron que ya no podían apuntarse los hombres;
sólo saldrían las mujeres. Los patrones habían venido de antemano para
apuntarnos, pero no s é por qu é, la lista en la que est ábamos Joan y yo ,
37
se suprimió. Una vez más estuve muy desilusionada. Seguía convencida
de que teniendo contactos con el exterior y trabajando, lograría sacar del
campo a mi familia.
Les teníamos envidia a las mujeres que tuvieron la suerte de salir para
vendimiar. Me quedaba una esperanza: cada ma ñana, a las seis o las
siete, venían patrones a la puerta del campo para contratar a mujeres. Le
dije a Joan que yo quer ía ir, pero él no lo ve ía bien, pensaba que me
cansaría demasiado a causa de mi embarazo. Con él no h abría sido lo
mismo, me habría ayudado, sobre todo porque no estaba acostumbrada
a ese tipo de trabajo.
Iba para los siete
meses de embarazo, me
encontraba bien y no quería saber nada; le convencí para que él fuera
todas las mañanas y volviera por mí cuando me saliera un trabajo.
Cada d ía tra ía una desilusi ón. Yo era ingenua; mucho m ás tarde me
confesó que cada ma ñana se iba pero sin la intenci ón de que me
contrataran, sólo para que no perdiera la esperanza. Hacía por mí todo lo
que pod ía, claro que la vendimia no era un trabajo para una mujer
embarazada.
Cuando nos marchamos de casa, mi madre se llevó algunas joyas; a mí
se me olvidaron las mías entre las de mi madre.
Teníamos algunas
cosas, sobre to do una cadena antigua muy hermosa, muy larga y la
leontina de mi padre. Eran dos hermosas piezas de oro. A veces mis
padres pensaban en venderlas pero aunque nos faltaba hasta l
o
imprescindible, nunca lo hab ían hecho. S ólo pod íamos venderlas a los
militares, sabíamos que se aprovechaban y que sacaríamos poco dinero.
Los escasos peri ódicos del campo tra ían pocas noticias. Hab ía pocos
sellos, los daban con cuentagotas y ni siquie ra podíamos contestar a las
cartas de nuestros familiares. Por ese motivo mis padres tomaron la
decisión de vender las joyas, que según decían ellos, no les servían para
nada.
Acompañada por una vecina que entendía un poco el francés, fui a
enseñar las joyas a los guardias del campo; a uno de ellos le llamaron la
atención pero me pidió que se las dejara durante dos días para
enseñárselas a alguien y luego me propondría una cantidad de dinero.
Aunque me pareció muy arriesgado, confié en él y se las dejé.
Después de dos d ías que se hicieron muy largos, tuve un gran
desengaño. Me propuso veinte francos, insisto, veinte francos o sea la
mitad del sueldo diario de un peón; más adelante supimos que un
38
labrador cobraba treinta y cinco francos al día. Yo esperab a mucho más,
sin embargo se lo comuniqué a mis padres y a mi marido; también les
pareció muy poco pero decidieron dejar las joyas por ese precio.
Era
patente la estafa pero se hac ía inaguantable no tener ni una perra para
comprar lo imprescindible. Volvimos al puesto de guardia; el gendarme
quedaría muy satisfecho al ver que se salía con la suya. Todavía
recuerdo con qué prisa cogió las joyas; me dio veintidós francos en lugar
de veinte y tuvo la cara dura de decir: “Los dos francos que sobran serán
para el bebé .” ¡Maldita la generosidad! As í fue como vendimos dos
cadenas de oro hermosas y pesadas.
Poco se podía comprar con veintid ós francos. Mi padre y Joan, privados
de tabaco, pudieron comprar un paquete cada uno, tambi
én pudimos
comprar una lata de lec he de tarde en tarde, un pan de margarina y
reservamos unos cuantos francos para sellos. Pero nos dio mucha
pesadumbre quedarnos sin las joyas.
En aquel entonces se present ó mi padre a la consulta del campo militar
para que le revisaran la vista. Un m
édico ya le hab ía aconsejado
operarse y decidió ingresarle en el hospital de Perpiñán. Se marchó unos
días despu és pero tuvo la mala suerte de que el d ía anterior dieran la
orden de no operar más que en caso de urgencia, sin duda a causa de
los primeros estra gos de la guerra. Le recetaron un tratamiento,
desgraciadamente se equivocaron y casi perdi ó la vista de su ojo m ás
sano. Nosotros no sab íamos nada. Recuerdo c ómo a mi madre se le
hacían los días largos, sin noticias. Un mes después, regresó mi padre al
campo, desilusionado. Nos dio mucha tristeza. Se qued ó casi ciego y no
podíamos quejarnos con nadie.
Mi padre era valiente, siguió yendo todos los días a la barraca de cocina,
a cortar leña para las calderas. Como no pod ía estar sin hacer nada, de
esa forma se entretenía. Por lo tanto era un hombre apreciado e incluso
digno de admiración.
Durante un reconocimiento en la enfermer ía del campo, me dieron una
buena noticia: para diciembre se preve ía abrir una maternidad para las
refugiadas espa ñolas a unos ki lómetros de Perpi ñán. Ya exist ía en el
campo una barraca que hac ía de maternidad pero en muy malas
condiciones. Entonces pens é: “¡Ojalá no se adelante el parto! ” Estaba
previsto para la primera quincena de diciembre.
Nos hacíamos muchas preguntas sobre la guerra que ocurría en Francia.
Nadie nos dec ía nada. Est ábamos en el campo, aislados, nos
39
consideraban seres aparte. Pensarían quienes se ocupaban de nosotros
que esa guerra no era asunto nuestro. Sin embargo, sí lo era; nuestro
porvenir dependería luego de esos acontecimientos.
Teníamos que
conformarnos con las noticias de alg ún peri ódico que entrara en el
campo.
Con el mes de noviembre, empezaron el frío y el mal tiempo. Pasábamos
la mayor parte del d ía encerrados en la barraca que med ía, como ya he
comentado, menos de cuatro metros cuadrados. Cuando soplaba el
viento, se met ían la lluvia y la arena por la mosquitera del ventanuco
encima de nuestra cama. No la pod íamos tapar para no quedarnos a
oscuras. Los días i ban menguando; menos mal,
que nos quedaba
gasolina para alimentar el botellín que servía de lámpara. El sistema no
era ideal, alumbraba poco, echaba un poco de humo y desped ía un olor
malsano, de modo que se encendía lo menos posible.
Todo resultaba difícil, sobre todo con el mal tiempo y la tramontana; nos
daba horror: la arena fina se filtraba por todas partes, hasta en la comida.
Teníamos que ir con nuestros platos a la barraca del encargado de la
comida; él la traía de la cocina en un barreño y luego la repartía. En caso
de mal tiempo, el reparto no era cierto. Por turno lavábamos el barreño.
El campo constaba de cuatro barrios designados por una letra y cada
barraca llevaba un número. En cada barrio había una bomba de agua en
la que freg ábamos los p latos. Eran de aluminio y les sac ábamos brillo
restregándolos con arena.
También tra íamos el agua para asearnos, ya no era posible ducharse
con agua helada. Lo peor era lavar la ropa: no teníamos más que la
palangana y aprovechábamos los días buenos para lavar delante de la
barraca. Con agua fría y poco jabón era una proeza llevarlo a cabo.
Tuvimos que pensar en ir abrigados porque no hab
ía ning ún tipo de
calefacción. Mis padres y Joan se pusieron la ropa que se habían llevado
de casa el invierno anteri or, pero yo, con mi embarazo, no ten ía nada
que ponerme salvo unos jers éis. Entonces, con una manta, me hice una
falda cruzada. Logr é forrar unos botones que saqu é de no s é d ónde.
Todavía recuerdo que esa falda era marrón.
Gracias a la falda se me presen
tó la oportunidad de hacer costura.
Nuestros vecinos, los que ten ían las dos vacas, me pidieron que cosiera
un vestido para su hija de catorce o quince a ños. Gracias a sus vacas,
conocieron a unos campesinos que les hicieron un contrato de trabajo y
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esperaban salir del campo dentro de poco. Er an privilegiados; aunque
les pagaran poco por la leche, habían ahorrado algún dinero.
Esa mujer ten ía un retal de tela y al ver mi falda quiso que le hiciera un
conjunto a su hija. Me preocupaba tener que coserlo tod o a mano pero
no lo pensé más; algo ganaría. Me dijo la mujer que no pod ía pagar
mucho, me propuso catorce francos. Era una miseria pero se
estaban
agotando los veintid ós francos de las cadenas y no tuve más remedio
que aceptar.
Puse manos a la obra con mucho afán; tardé unos días en hacerle un
vestido con una chaqueta forrada; la recuerdo perfectamente: la tela era
verde botella. Me cost ó mucho trabajo coserlo todo a mano. Adem ás,
sólo teníamos una mesa pequeña y corté la tela encima de la cama.
Mientras trabajaba me preguntaba cuándo íbamos a salir de esos
apuros; a la vez me daba gusto practicar mi oficio y so ñaba, imaginando
que quizás algún día trabajaríamos en un mundo normal y volveríamos a
ser felices.
Me pasé varios días casi sin salir; tenía que darme prisa, se acercaba el
mes de diciembre y nacería el bebé.
Mientras cosía pensaba en mi taller y en mi casa. Tambi én mi madre se
acordaba y le daba pena verme trabajar con tan poca comodidad.
Acabé mi tarea, el resultado fue logrado. Mi client a trajo una plancha
antigua que calentamos en una lata de conservas grande que le dieron a
Joan en la cocina, en la que hizo unos agujeros y una reja. Con unos
pedazos de le ña quemada hicimos carb ón. Tardé bastante en planchar
el conjunto pero me quedó bie n. La clienta me dio un franco m ás en
reconocimiento. Así que después de tanto trabajo, nos vimos con quince
francos. De buena gana los h
abríamos gastado enseguida porque
carecíamos hasta de lo imprescindible. Compramos lo más necesario:
una lata de leche y unos sellos para enviar noticias cuando estuviera en
la maternidad.
Yo estaba con un catarro que terminó en bronquitis; no era de extra ñar
en aquellas condiciones de vida. Menos mal que hab ía terminado mi
trabajo y estuve en la cama unos d
ías. Joan y m is padres se
preocupaban por m í: tos ía mucho y tem ían que se adelantara el parto.
No fue as í. Joan trajo un jarabe de la enfermer
ía, esa fue mi única
medicina.
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Algunas vecinas se portaron muy bien, entre ellas Carmen. Su marido y
ella eran espabilados y simpáticos. Hab ían conocido a un pescador de
Saint-Cyprien que vivía cerca del campo. De vez en cuando, el marido se
las arreglaba para salir del campo y a yudar a ese pescador; le pagaba
con comida.
Al enterarse de que estaba en la cama, vino Carmen a vis itarme y me
trajo pescaditos y una coliflor peque ña. Era extraordinario, llev ábamos
casi un a ño sin ver algo parecido y en los últimos tiempos en Espa ña
tampoco lo veíamos. Se lo agradecimos mucho, aquello no tenía precio.
Teníamos el hornillo fabricado por Joan. Nos hicimos con unos pedazos
de leña, otra lata grande hacía de olla. Cada uno ten ía una lata pequeña
que no podía servir para cocer la coliflor. Nos pusimos a guisar. Aunque
la coliflor salió un poco dura y el pescado s ólo estaba hervido, la com ida
nos pareció exquisita. Hoy d ía resultaría sosa pero est ábamos hartos de
comer a diario y desde hacía un año, lentejas, garbanzos y zanahorias.
También recuerdo a Emilia, otra vecina que me visitó en aquellos días;
ella no podía tener hijos, más de un a vez me confesó que me tenía
envidia. Tenía un hornillo de alcohol y seguramente algunas perras; me
trajo arroz con leche y azúcar. Además de disfrutar comiéndolo, agradecí
la atención.
Apenas estaba curada
de mi catarro cuando nos dijeron que la
maternidad estaba lista y que a la semana siguiente, a principios de
diciembre, saldrían las que habrían de estrenarla.
Fue un alivio saber que no daría a luz en una barraca y que nuestro bebé
no viviría sus primeros días en un campo, durante un invierno riguroso.
También se hablaba de un cambio de campo; se rumoreaba que nos
mandarían otra vez a Argelès.
¡Cuántas complicaciones! No entendíamos nada: el campo era reciente y
había que mudarse de nuevo. Segu íamos sin esperanzas, cambiar de
campo no significab a recobrar la libertad. Para nosotros, era una
preocupación m ás. Yo me marchar ía a la maternidad dejando a mi
marido y mis padres sin saber qu é iba a ocurrir. Como de costumbre,
hasta el último momento no se sabía nada en concreto.
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La semana antes de mi
salida pas ó de prisa pero con mucha
preocupación. Nos pregunt ábamos si al cambiar de campo nos
separarían. Nuestra felicidad de futuros padres se matizaba de ansiedad.
Llegó el día de la salida. Iba a ser por la tarde y a la vez nos anunciaron
el cambio de campo para la ma ñana siguiente. Nos desesperamos al
saber que los hombres estar ían en un campo militar, y las mujeres y los
niños en otro campo en Argelès-sur-Mer.
Nos daba la impresión de ser clasificados como los corderos de un
rebaño: machos, hemb ras y crías. Nos her ía que nadie nos diera
explicaciones. Yo sabía que al regresar de la maternidad no estar ía con
mi marido, ni si él podr ía conocer a nuestro hijo. ¿Y mis padres? Eran
mayores, él casi ciego. ¿Lo separarían de mi madre? Me iba sin saber su
nuevo paradero.
Poco trabajo nos cost ó preparar la mudanza. Resultaba imposible
llevarse lo poco que hab ía fabricado Joan con madera. Ten íamos poco
equipaje, mi maleta para la maternidad estaba lista. En cambio, teníamos
mucho que decirnos. Aunque no q ueríamos creerlo, nos parec ía que
nuestra separación duraría mucho.
Me march é hacia las cuatro de la tarde. Éramos ocho en la furgoneta
que nos llev ó a Elna . Ocho futuras madres que nos despedimos de
nuestras familias sin poder contener las lágrimas.
Aunque Elna no est á lejos de Perpi ñán, a principios de diciembre los
días son cortos y ya era de noche cuando llegamos.
LA MATERNIDAD DE ELNA
Nos dimos cuenta de que era una hermosa residencia, como un pequeño
castillo moderno, al fondo de una gran pro piedad. Había una escalinata
con una escalera a cada lado.
La simpática acogida por parte del director y la directora nos lleg
ó al
corazón. Al entrar, quedamos embelesadas. Hab ía una entrada inmensa
con cuatro grandes mesas y bancos. Pero lo que nos llam ó la atenci ón
fue una gran chimenea con le ña ardiendo. Est ábamos heladas, hac ía
tanto tiempo que no sentíamos el calor de un fuego que nos pareci ó una
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cosa del otro mundo.
Todavía not ábamos el fr ío del campo
acordábamos de nuestros familiares que seguían allí.
y nos
Nos acompa ñaron a las habitaciones, en el primer piso. La casa
constaba de una planta baja y dos pisos. La visitamos deprisa, nos
enseñaron lo que iba a ser la sala para los beb és as í como la sala de
alumbramiento. En los d ías siguientes esperaban a otras futuras mam ás
que estaban en refugios de los alrededores.
Enseguida pensamos que all í estar íamos bien, sobre todo a nivel
humanitario. A la hora de la cena nos dieron una verdadera comida con
verduras, carne, fruta y caf é con leche a volunta d. Nos parec ía estar
soñando.
Si al salir de nuestro campo miserable nos hubieran metido en un lugar
lujoso, nos hubiéramos encontrado molestas pero no fue así; la casa era
hermosa pero la habían alquilado vacía y sólo habían puesto lo
imprescindible: en las habitaciones camas plegables y en el comedor
cuatro mesas de pino, bancos y unas pocas sillas.
La maternidad era una obra de la Cruz Roja suiza. El director, la
directora y una enfermera procedían de la Suiza alem ánica. Hablaban el
francés y el espa ñol, y hab ían venido expresamente para crear la
maternidad.
El resto de la plantilla eran refugiados espa ñoles: un médico tocólogo,
una costurera y dos cocineras. Nosotras debíamos ayudar en las faenas
domésticas, sólo después de dar a luz.
En el sótano había una inmensa cocina con un montacargas que llegaba
al oficio, al lado del comedor. Todo parecía muy cómodo.
Después de cenar, pasamos un rato ante la chimenea y creo que aquella
noche nos fuimos a dormir casi felices, o mejor dicho, con una luz de
esperanza.
Al otro d ía, al abrir la ventana, nos quedamos maravilladas frente al
campo que nos rodeaba. Aunque era invierno, el lugar bien protegido
estaba verde. Yo echaba tanto de menos la naturaleza que disfrutaba
mirando la vegetación.
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Para el desayuno, en lugar del habitual café aguado y el pan con sabor a
moho, nos sirvieron un buen café con leche y pan tierno a voluntad. ¡Una
delicia!
Se me ha olvidado decir que tambi én apreciamos el poder asearnos con
agua caliente en cantidad.
Recuerdo aquel primer día como muy soleado; en cuanto pudimos salir a
dar una vuelta, comprobamos que la propiedad era grande y hermosa , y
nos encantó encontrar en un rincón del jardín tres o cuatro naranjos
cargados de frutas casi maduras.
Detrás del castillo, no muy lejos en l ínea recta, estaba el Canigó con la
sierra de los Pirineos ya cubierta de nieve. Era magn ífico. Pero yo me
preguntaba cómo en un mundo tan hermoso pueden suceder cosas tan
horrorosas como la guerra que acab ábamos de vivir, los campos en los
que nos habían encerrado y la nueva guerra que se preparaba.
Recorriendo la propiedad llegamos a la verja de la entrada y
comprendimos que no ten íamos permiso para salir. Segu íamos siendo
refugiadas, nuestra vida iba a ser distinta durante un mes quiz
á, pero
después de dar a luz, regresar íamos con nuestros bebés a otro campo y
sería más difícil todavía. Tendríamos que aguantar solas la adversidad.
Al mediodía la comida fue igual de suculenta, la cocinera dijo que sería
siempre así; nos parecía mentira.
Ese d ía llegaron otras futuras mam ás y tambi én dos madres con ni ños
de ocho d ías. Uno de ellos, aunque s ólo pes ó un kilo setecientos al
nacer, logró sobrevivir sin incubadora.
Después de una semana, el primero en nacer fue un ni ño muy hermoso.
Recuerdo que pesaba tres kilos ochocientos, lo que me dio ánimos ya
que yo también iba a salir de cuentas.
Lo que m ás deseaba era tener n oticias de Joan y de mis padres;
empezaba a desanimarme pensando que eran infelices. Claro que no
era yo la única pero para mí no era un consuelo.
El segundo parto no fue feliz: nació una ni
ña que no vivió; todos
estuvimos tristes. Por fin llegó una carta de Joan. Estaba en Argelès-surMer, en un campo para hombres, mis padres estaban en un campo
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vecino, para mujeres. Era en l
a playa, en el mismo lugar
al que
habíamos llegado después de pasar la frontera, diez meses antes.
Me tranquilizaba saber que mis padres estaban juntos , pero Joan me
explicaba que había hecho muchos tr ámites para que no los separasen.
Mi padre no veía casi nada y no podía quedarse solo.
Los campos estaban en el mismo sitio pero ahora hab
ía grandes
barracas, cocinas, intendencia y gendarmer ía. Los separaba el r ío que
desembocaba en el mar y del que ya he hablado. Esta vez hab
ía
alambradas a los dos lados del r ío, era imposible pasar de un campo a
otro.
Joan dec ía tambi én que en Argelès se hab ía reunido con sus dos
hermanos y con mi hermano. Hoy d
ía, a ún me extra ña que en los
campos, entre tanta gente, las personas lograran encontrarse. Hab ían
concentrado a los hombres con el fin de utilizarlos en compa
ñías de
trabajo para la guerra.
Después de contestar a Joan, les escrib í a mis padres pero no a mi
hermano ni a mis cu ñados con el fin de ahorrar unos sellos. Joan se
encargaría de darles noticias y ellos se las comunicarían a mis cuñadas.
Cuando salí del campo, Joan me dio un sobre con se ñales especiales,
en el que yo hab ía de meter la carta que le anunciara el nacimiento; así,
con sólo verla, ya conocería la gran noticia.
Ya había salido de cuentas, sin embargo lleg ó la Nochebuena y me
encontraba estupendamente.
Al levantarnos esa ma ñana supimos que íbamos a celebrar la Navidad.
El d ía fue como los dem ás pero notamos que el personal estaba muy
atareado. Nosotras estábamos muy excitadas, el día se nos hizo largo.
Solíamos cenar a las siete y aquel d ía a las seis nos metieron en una
sala de la planta baja con la orden de no salir hasta que vinieran por
nosotras. Al cuarto de hora ya no pod íamos con los nervios. Éramos
unas veinte, todas entre veinte y treinta a ños, y como hac ía tiempo que
nadie se preocupaba por nosotras, nos emocionaba el que preparasen
una fiesta.
Por fin, a las siete, abrieron la puerta
y nos llevaron al comedor.
Exclamamos de alegr ía al entrar , pero enseguida todas callamos, co mo
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paralizadas. Estoy segura de que ten íamos los ojos llenos de l ágrimas.
Era maravilloso. La sala estaba decorada con guirnaldas de colores.
Habían apagado las luces y las mesas estaban adornadas con velas
encendidas. Los cubiertos estaban dispuestos en m
anteles blancos,
había fuentes con pollos asados y unos ramos de acebo y mu
érdago.
También había mandarinas con velas y ante cada plato un paquete con
nuestro nombre.
Lo habían preparado todo en menos de una hora. Empezamos a buscar
nuestro sitio, agitad as comos ni ñas. Ante esa comida de fiesta, yo
pensaba en los m íos y en los otros refugiados, acostados en sus tristes
jergones, sin luz, después de una frugal comida. Pese a mi apetito se me
formaba un nudo en la garganta que me impedía tragar.
Tras esa exquisita comida, los postres: frutas frescas y secas, pasteles y
tartas hechos en casa, todo acompañado de buen vino.
Luego abrimos los paquetes. Proced ían de la obra anglo- suiza. En ellos
venían un justillo para cada bebé y una prenda para cada madre. A mí
me toc ó un vestido de lana , as í como chucher ías, dos pastillas de
chocolate y una caja de galletas. Llev
ábamos m ás de tres a ños sin
probarlos ya que en Espa
ña habían empezado las restricciones a
principios de la guerra.
No podía dejar de pensar en mi J oan tan goloso. Enseguida me propuse
mandarle el chocolate y las galletas; no sabía cómo hacer pero lo cierto
era que yo no me las iba a comer.
Tras tantas emociones lleg ó el momento de acostarse. Yo pensaba en
los míos y en tantas Navidades maravillosas en familia , pero sab ía que
nunca olvidaría esa Navidad en la maternidad.
Por la ma ñana escrib í una larga carta a mi marido
, cont ándole
detalladamente la N ochebuena. Sab ía que él se alegrar ía. Los d ías
siguientes se me hicieron larguísimos.
Ya íbamos por la tercera semana y el bebé, sin nacer. No le hab
ía
podido mandar el paquete a Joan. Repetidas veces lo deshacía y olía las
galletas. A los veintiún años uno suele ser goloso y recuerdo que un d ía,
como una ni ña, no resist í la tentaci ón y me com í dos. Enseguida me
arrepentí pensando que a Joan le tocarían dos menos.
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Poco después, se present ó una ocasi ón inesperada. La direcci ón de la
maternidad mantenía relaciones con los jefes del campo de
Argelès y
algunas veces venían militares para hacer gestiones. Así fue como pudo
venir el marido de una mam á de mi habitaci ón y acept ó hacerme ese
favor. Me ha bría gustado compartir el paquete con mis padres pero era
demasiado poco.
Empezaba a entristecerme que no me llegara el turno al ver a las que ya
tenían a su bebé. Para animarme, pensaba que ya no tardaría; tenía que
nacer a fines del treinta y nueve, ahora lo cierto era que nacer ía en el
cuarenta ya que estábamos en vísperas del nuevo año.
El día de a ño nuevo no hubo fiesta, solamente una buena co mida. Nos
deseamos unos a otros un feliz a ño, ech ábamos de menos a nuestras
familias. El personal de direcci ón debió de notarlo y para animarnos nos
propusieron sentarnos ante la chimenea para cantar canciones de
nuestro país. Hicimos un gran corro. Empezamos a cantar tímidamente y
luego todas fuimos participando. Nos sent
ó bien pues desde que
habíamos dejado nuestro país pocos tenían ganas de cantar.
Uno o dos d ías despu és, tuve noticias de Joan. Hab
ía recibido el
paquete y se hab ía alegrado. Lo hab ía compartido con sus hermanos y
el mío. Ya me figuraba que no les duraría mucho. También me decía que
había pedido un permiso para venir a verme. Le hab ían contestado que
cuando naciera el bebé podría ir con un camión en caso de que tuvieran
algo que hacer en la maternidad.
Me dio mucha alegr ía, el parto ya se hab ía retrasado quince d ías, ahora
faltaba poco. ¡Ojalá pudiese venir un camión para ese momento!
Otra noticia me preocupaba: contaba que desde hac ía unos d ías venían
a buscar a hombres para las compa ñías de trabajo y se los l levaban
lejos. Miedo me daba que le llegara el turno antes de conocer a nuestro
hijo.
También comentaba que mi hermano había hablado con mis padres pero
de un modo muy triste: los dos campos estaban separados por un ancho
río con altas alambradas a los lados. Los refugiados que ten
ían
familiares o amigos en el campo de enfrente se las arreglaban para
mandar papeletas mediante los hombres encargados del abastecimiento
o de la limpieza, citándoles tras las alambradas en cada lado de l río. Así
era como los que llevaban mucho tiem po sin verse lograban hablarse.
Pero, incluso gritando, no se
entendían, todos voceaban a la vez
y
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estaban demasiado alejados; t enían que repetir todo varias veces, era
cansado y muy emocionante.
Las mujeres hablaban con sus maridos o los padres con sus hijos sin
poder abrazarlos, ni verlos de cerca; esas voces, esos gritos estaban
entrecortados por las lágrimas que no podían contener.
Yo estaba segura de que no tardar ía mucho en dar a luz.
Tuve los
primeros dolores en la noche del 4 al 5 de enero. Menos mal que durante
ese sufrimiento que conlleva felicidad, no me dio tiempo para pensar en
las miserias que nos esperaban. Me hubiera gustado tener a Joan
conmigo y anhelaba su visita.
Tras algunas complicacione s, a las dos y veinte de la tarde, naci ó un
hermoso ni ño de tres kilos ochocientos treinta al que le puse Rub
én.
Parecía mentira que hubi ésemos sufrido tantas privaciones; el m édico
dijo que durante las cuatro semanas en la maternidad había estado bien
alimentada y el bebé fue el primero en beneficiarse de ello.
Todo iba bien para los dos, acabado el trabajo , el médico y la enfermera
nos dejaron solos en la sala de alumbramiento hasta el anochecer
,
cuando me trasladaron a la habitaci ón de las madres mientr as que el
bebé fue a la de los reci én nacidos. Toda la tarde lo tuve a mi lado
chupándose el dedo; me sent ía feliz, sin embargo viv
í aquellos
momentos de felicidad en la tristeza de la soledad.
Entraron la directora y el m édico acompañados por el capitán del campo
de Argelès, qu ien hab ía venido a la maternidad a hacer tr
ámites y
aprovechó la ocasión para ver al hermoso bebé que acababa de nacer.
Me atreví a pedirle que le llevara una carta a mi marido para anunciarle
el nacimiento de nuestro hijo. Hablaba
muy poco el espa ñol pero
comprendí que aquella misma noche le llevarían la carta a la barraca. Me
apresuré en escribir unas letras que puse en el famoso sobre y as í fue
como Joan supo la noticia enseguida.
Al d ía siguiente les mand é una carta a mis padres anunci ándoles el
nacimiento de su primer nieto , pero supe que Joan ya hab ía podido
comunicárselo. Tambi én a él le escrib í una larga carta , que sigo
conservando con otras que le mand é desde la maternidad. A pesar de
muchas peripecias, Joan no se separó nunca de ellas. Están escritas con
lápiz y no quisiera que se borrasen. Tambi
én guardo el ganchillo de
alambre con el que hice el ajuar del bebé. Para mí son objetos preciosos.
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Como había que ahorrar los sellos no pude anunciar la feliz noticia tanto
como hubiese querido.
En los primeros d ías tras el parto, vino una ola de
frío tan fuerte que
tuvieron que hacer fuego en la habitación de la madres. Afuera se habían
reventado las tuberías y había chupones de hielo por todas partes.
Nosotras no pas ábamos fr ío, pero en el campo ¿c ómo hac ían? Me
figuraba que se quedaban acostados enroscados en las mantas del
ejército, en sus tristes barracas. ¿Cu
ándo acabar ía esa vida de
pesadilla? ¿Y cómo?
Si el in vierno siguiera tan riguroso, ¿c ómo har ía yo con el bebé en el
campo? Sola, lejos de mis familiares, pensaba que aquello no era
humano, lo único que pedíamos era trabajar con tranquilidad.
En aquellos tiempos las mam ás guardaban cama durante ocho d ías. La
tarde del s éptimo d ía, no pude contener un grito cuando se abr
ió la
puerta. All í estaba Joan con su hermano mayor; hab ían venido con un
camión que traía abastecimiento a la maternidad.
Alguien me trajo el bebé, era la hora de darle el pecho. Fueron instantes
extraordinarios que no olvidar íamos nunca. Ten íamos mucho que
decirnos, pero s ólo nos dejaron diez minutos. Me dijo que saldr ía del
campo dentro de muy poco y me escribiría cuanto antes.
También me dijo que hab ían estado varios d ías sin agua potable por
culpa del fr ío. No hab ía tiempo para charlar. Joan no para
ba de
contemplar a su hijo, sin saber cuándo volvería a verlo.
Se quedaron un cuarto de hora y nos separamos m ás emocionados que
al reencontrarnos. Un cuarto de hora se pasa volando; nos separamos
deprisa, los militares no pod ían esperar. Todav ía estaba mamando el
bebé.
Después de la gran alegr ía sentí una inmensa tristeza. ¿Qu é habíamos
hecho para merecer una vida tan inhumana? El que hubiera miles de
personas en nuestra situaci ón no aliviaba mi dolor. Estaba indignada,
resentida contra ese puñado de hombres que tenían la culpa de todo.
Rubén tenía más de dos semanas y seguía bien. Desde la visita de Joan
ya no ten ía noticias. S ólo sabíamos que casi todos los hombres hab ían
salido del campo y estaban en compañías de trabajadores.
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En la maternidad to do iba bien; ya hab ía unos quince bebés cuando
ocurrió algo grave: una epidemia de gripe afect ó a casi todos los niños;
Rubén no se escap ó. Tuvo mucha fiebre, durante varios d ías vomitaba
todo lo que tomaba. Yo veía cómo perdía peso, estaba muy preocupada,
no ten ía noticias de mi familia, estaba acongojada al no poder
comunicarme con ellos.
Vino un pediatra que hizo lo necesario. Una vez m ás pensé en la suerte
que ten íamos de estar en la maternidad. En el campo, h abría ocurrido
una desgracia.
Empezaba R ubén a reponerse cuando la directora, quien visitaba a
menudo el campo de Argelès, me trajo noticias de mis padres: hacía una
semana que mi madre estaba en el hospital de Perpi
ñán con una
pulmonía, mientras mi padre se había quedado en el campo con la gente
de la barraca que cuidaba de él, ya que no veía casi nada.
Para mí era mucho disgusto y mucha preocupaci ón. Recibí una carta de
mi hermano, trabajaba en el Loir-et-Cher en una f ábrica de material de
guerra. Me contaba que los hab ían movilizado a todos e n compañías de
trabajo, tanto a Joan como a mis cuñados, pero estaban separados.
Pasados unos días tuve por fin una carta de Joan. Estaba en el l’Yonne.
Me expresaba su tristeza al no haber podido escribirme antes por no
tener sellos. Contaba lo duro que era su trabajo: trabajaban doce horas
de un tir ón, la f ábrica quedaba lejos de sus barracas , pero le alegraba
saber que iban a cobrar un peque ño sueldo. Me promet ía mandarme
dinero para que nos aliment áramos mejor cuando regresara al campo
con el ni ño. Ten ía noticias de mi madre.
Mejoraba pero estaba
desanimada, me echaba de menos y se preocupaba por mi padre. Se lo
comenté a la directora y me propuso llevarme al hospita
l para verla.
Aunque Elna no est á lejos de Perpi ñán, yo no habría podido ir sola, de
modo que le agradec í la atenci ón. Rub én ya estaba bien y unos d ías
después, una tarde, entre dos mamadas, nos marchamos en coche a
Perpiñán. Yo era joven, no sab
ía lo que eran los hospitales. Me
impresionó la gran sala común con tantas camas que no lograba ver a mi
madre. Por fin nos reunimos, estuvo extra ñada y emocionada, lo primero
que hizo fue preguntarme por qu é no hab ía tra ído al ni ño. Llev ábamos
más de un mes sin vernos y teníamos mucho que decirnos.
Me contó el comienzo de su enfermedad, acostada en la barraca helada,
sin nada para curarse. Una noche, sobre las diez, decidieron llevársela al
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hospital. Antes de salir le pusieron una cataplasma para darle un poco de
calor. Era a fines de enero , de un invierno riguroso. Al llegar al hospital
los enfermeros de la ambulancia la dejaron en un pasillo donde hab ían
de cuidarla, pero se pas
ó la noche sin que nadie se acercara y
solamente al amanecer la metieron en una cama y le quitaron la
cataplasma helada. Estaba tan agotada que no había tenido fuerzas para
quitársela ella misma.
Me dijo que regresar ía al campo lo antes posible para cuidar de mi
padre. No paraba de preguntarme por el ni ño diciendo que era su primer
nieto y a ún no lo conoc ía. La conform é prometi éndole que pronto
estaríamos juntos, cuando yo también volviera al campo.
Al llegar al campo me hab ían reservado un sitio a su lado , pero no iba a
ser f ácil porque eran setenta y cinco en la barraca y no hab
ía
calefacción. No pudimos hablar m ás tiempo, vinieron a buscarme y
tuvimos que despedirnos. Me alegraba haber ido pero me entristec ía
verla tan envejecida en tan poco tiempo.
Aquel día, al cruzar Perpiñán, me extrañó ver una ciudad en la que iba y
venía la gente normalmente. Hac ía exactamente un a ño que viv íamos
encerrados en el campo, sin darnos c uenta de que ah í cerca, la gente
estaba libre. Recuerdo que sent ía ganas de bajarme del coche para
estar al menos un momento entre la gente con la ilusión de vivir libre.
En la maternidad todo iba bien, los ni ños se habían repuesto de la gripe,
sin embargo unos días después ocurrió una desgracia.
Una ma ñana, cuando fuimos a coger a los ni ños para darles el pecho,
una mamá encontró a su hijo muerto en la cesta. Ya estaba fr ío, había
muerto durante la noche. Fue una horrible conmoci ón, el ambiente triste
duró varios días.
En aquel momento me tocaba ayudar a la mujer encargada de lavar la
ropa de los niños y ya no recuerdo por qué algunas veces había que salir
a aclarar la ropa en un riachuelo cerca de la propiedad. Me gustaba,
recuerdo que el agua estaba fría. Era a orillas de un camino y a pesar de
ser el invierno, el campo olía bien.
Había árboles, pasaba gente con la que habl
ábamos en catal án. El
andar por una carretera sin gendarmes ni nadie que nos vigilara nos
daba una sensación de libertad que nos encantaba.
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Como ya dije, los directores de la maternidad mantenían relaciones con
los encargados del campo y consiguieron una barraca para las madres
que regresaran con los niños. Yo iría en el primer grupo que saliera.
Mi madre estaba mejor y pronto regresaría al campo. Joan me escrib ía,
estaba muy desilusionado : el sueldo que esperaban no fue m ás que un
sueño, cobrarían lo mismo que los soldados, cincuenta c éntimos diarios
y él se preguntaba cómo nos ayudaría.
Llegó el día de la salida; Rubén tenía exactamente un mes y medio. Nos
dieron las cestas de los beb és con sus jergones, las mantas y unos
pañales que serv ían tambi én de s ábanas. Nos dieron también las
partidas de nacimiento de los ni ños; al leerlas nos dio un
sofocón;
procedían del ayuntamient o de Elna y especificaban: “hijo de refugiados
españoles.”
No lo consider ábamos una deshonra pero significaba que nuestros hijos
ni siquiera tenían domicilio.
Este significativo detalle apareci ó en las partidas de nacimiento de
Rubén durante años pero un buen día ya no constó.
Una tarde de febrero, abandonamos con cierto pesar esa m
aternidad
improvisada en la que habíamos encontrado alguna comodidad y sobre
todo un calor humano que nunca se me ha de olvidar.
Nos llevaron en un furgón pero como íbamos con las cestas de los bebés
no éramos muchas.
ARGELÈS, DE NUEVO
Encontrarnos a la puerta del campo con esos ni ños que nada tenían que
ver con los conflictos de los hombres nos hizo sentir la gran injusticia del
mundo. El fr ío de la tarde se me figur ó más crudo todav ía. De entonces
en adelante quiz á mi hijo pasar ía frío como yo, o incluso hambre. É l no
tenía ninguna culpa.
La barraca de la maternidad constaba de dos partes, una para los beb és
y otra para las madres. Las instalaciones eran sencill
ísimas pero
apreciamos que hubiera un entarimado.
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Me alegré al reunirme con mi padre, solo, ya que mi madre permanec ía
en el hospital. Después de dos meses le vi muy deca ído. Se mostró feliz
ante su primer nieto , pero not é su emoci ón al no poder verle bien. Me
anunció el regreso de mi madre para el d ía siguiente. Era una alegr ía el
reunirnos, ya que, como he dicho, me guardaban un sitio a su lado.
Ya conocía el campo por haber pasado all í nuestros primeros meses de
encierro, pero me pareci
ó distinto. Ahora
se trataba de una
concentración de barracas con un barrio para las cocinas, la intendencia
y la gendarmer ía, parecido al de Saint-Cyprien, pero con barracas
colectivas. Estaba edificado en la misma arena, a apenas cien metros del
agua y cercado de alambrad as entrecruzadas de m ás de dos metros de
altura.
Estaba destinado a mujeres y niños. Mi padre era un caso aparte. Al otro
lado del r ío que bordeaba el campo, se hallaba el de los hombres, pero
ya quedaban muy pocos.
La primera noche dormimos en la barr aca de la maternidad, y al otro día
me dijeron qu e ya hab ía vuelto mi madre. Le dio una gran alegr
ía
conocer por fin a su nieto. Esa misma tarde me march é a la barraca con
mi maleta, un cart ón y la cesta de Rub én. En la maternidad me sent ía
protegida pero al entrar en la barraca me vi abandonada. ¿Cu
ánto
duraría esa situación? ¿Cuándo volvería a ver a Joan? ¿Cuándo volvería
él a ver a su hijo y , por as í decir lo, conocerle? Menos mal que ten ía a
mis padres pero poco podían hacer por mí.
La barraca era un l ugar muy triste. Era muy larga, con apenas cinco
metros de ancho; cada persona no dispon ía m ás que de tres metros
cuadrados. Las camas quedaban a los dos lados de un pasillo ce ntral y
constaban de cuatro cabrios, cuatro tablas atravesadas, un jerg ón y las
mantas que poseíamos. No había sábanas, claro.
Para el ni ño me dieron una cama peque ña con barrotes, de madera ,
pero sin colch ón ni ropa de cama. Hac
ía demasiado fr ío para que
durmiera allí un recién nacido; lo dejé en la cesta, metida en la camita.
La barraca era oscura, la luz entraba por unos ventanucos rectangulares
que se hallaban en los lados.
Si mal no recuerdo, las ventanas medir ían unos setenta cent ímetros por
treinta. No hab ía cristales sino tela met álica y uno de los ventanucos
estaba encima de la cama de Rubén.
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Mis padres hab ían pedido ese sitio para que
él no estuviera en la
oscuridad y tenían razón pero le daba el frío y por la noche, yo trataba de
tapar la ventana.
Mi padre se las arreglaba para traer unos pedazos de le ña. Con grandes
latas de conservas tra íamos agua de la bomba y logr ábamos calentarla
para el aseo del beb é. Aunque el sitio nuestro estaba cerca de la estufa,
no bastaba con encender lumbre diez minutos para notar el calor.
Aseaba al bebé y lo cambiaba encima de la cama pero en los d ías de
tramontana se colaba la arena por la mosquitera. Ten ía que darme prisa
y tener preparada una toalla para taparlo enseguida. Siempre tem ía que
se le metiera arena en los ojos. Sin embargo, la luz de esa ventana no
podía faltar.
La tram ontana se hac ía muy pesada, algunos d ías soplaba con una
fuerza espantosa. Ya se sabe que en esa regi ón hace mucho viento.
Además era invierno y las condiciones eran increíbles.
Las barracas ten ían una puerta a cada lado. Por la ma ñana, si el viento
soplaba por la noche, s ólo pod íamos salir por un lado, siempre estaba
una de las puertas bloqueada por cincuenta cent
ímetros de arena.
Tampoco teníamos luz. De vez en cuando, alguien encontraba grasa o
gasolina para montar uno de los sistemas que he descrito anteriormente.
Se hac ía de noche muy pronto y las veladas eran tristes. Cen ábamos
hacia las siete; despu és, la mayor ía se acostaba, las lucecitas no
alcanzaban a alumbrar la barraca.
Siempre había quien pasaba la velada alrededor de esas luces, sentado
en las camas, las maletas, los sacos o en el suelo. Las cartas que
recibíamos alimentaban las conversaciones. Sab íamos muy poco de la
guerra que se iba apoderando del mundo. Nadie nos informaba, a nadie
le import ábamos. S ólo cont ábamos con las cartas y seg ún las noticias
teníamos la moral alta o más baja.
Yo, siempre tenía que acostarme más tarde, le daba el pecho a Rub én a
las diez de la noche ; por la ma ñana le tocaba a las siete. Por suerte no
se despertaba por la noche, sin luz habría sido complicado.
A las ocho, por turno, traíamos el desayuno de la cocina con palanganas.
La comida segu ía igual de mala.
Todavía no habían racionado la
alimentación pero sustituyeron el café por caldo de pastilla con pan. Tan
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duro era el pan que no lograba remojarse. El c
insuficiente, nos tocaba un cucharón por persona.
aldo era malo e
Algunos tenían la suerte de recibir un poco de dinero y de poseer un
hornillo de alcohol; con una lata de leche condensada se preparaban un
desayuno mejor. Yo criaba a mi hijo y ten ía siem pre buen hambre. Me
ponía contenta cuando alguien me decía: “¡Remedios, tómate mi ración!”
Entonces me sentaba en la cama con mi lata de conservas a modo de
tazón y lograba llenarme el estómago.
En el campo hubo una invasión de ratas. Cruzaban la barraca, de noche,
metiéndose por debajo de las camas; a veces se subían a ellas, oíamos
cómo la gente intentaba echarlas. Yo temía que se metieran en la cesta
de Rubén. Por la mañana se veían las huellas en la barraca y por todo el
campo.
No teníamos con qué d efendernos, a alguien se le ocurrió una idea:
antes de acostarnos, llenábamos las palanganas de agua hasta la mitad
y las poníamos bajo las camas, hundidas en la arena a ras del suelo. Las
ratas se ca ían al agua y a veces no lograban salir. O
íamos c ómo
forcejeaban para salvarse, nos daba asco. Pensábamos: “¡Una menos!”
pero no con ciliábamos el sue ño o teníamos pesadillas y al día siguiente
era un fastidio sacarlas de las palanganas y llevarlas a la basura.
Casi todos habíamos acabado con la epidemia de sa rna así como con la
invasión de piojos y pulgas.
Hubo una gran mejora en el campo : instalaron un lavadero público con
bombas de agua pero no estaba cubierto, era invierno y el agua salía
muy fría. Había que espera r bastante para lograr un sitio:
éramos
muchas, el lavadero no era bastante grande. Yo iba a menudo, ten
ía
mucha ropa que lavar, en aquellos tiempos no exist ían los pa ñales de
usar y tirar. Gastaba pañales finos y gruesos. Los días de buen tiempo la
ropa se secaba pronto ya que ten íamos hilos par a tenderla entre las
barracas. Menos mal porque yo tenía apenas lo suficiente.
Recuerdo que lav é el abrigo con el que hab ía salido de Espa ña el a ño
anterior. No es normal lavar un abrigo en un lavadero con agua y jab ón,
por lo cual tem ía estropearlo. Per o necesitaba una buena limpieza. Lo
lavé un d ía de viento, ten ía que secarse deprisa, todo sali ó bien. Por
regla general, la gente se manten ía limpia, lo que nos ayud ó a acabar
con los parásitos de los primeros meses.
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Nuestro peor enemigo era el viento: cuando soplaba, la tramontana era
terrible, la arena fina nos cegaba y se metía por todas partes.
Los recuerdos que tengo de mis compa
ñeras de cautiverio son
recuerdos de personas que se negaban a bajar la cabeza y mantenían
los ánimos. Casi todos los hombres habían salido de los campos para
trabajar y se rumoreaba que pronto las mujeres irían a reunirse con ellos
¡Cuántos desengaños hubo más adelante! Si una parte de los hombres
contratados por empresas particulares pudieron llamar a sus mujeres, los
que estaban en compa ñías de trabajadores como Joan y otros muchos,
tuvieron que esperar varios meses.
En ese nuevo campo de Argelès, hab ían reservado una barraca s ólo
para ni ños. A partir de los cinco o seis a
ños los sep araban de las
madres. Venían a verlas, un ratito a fines de la tarde y luego regresaban
a su “pensión”. Aquella era seguramente una buena decisión, comían un
poco mejor y algunos maestros les daban clases con los recursos de que
disponían. Pero cuando ven ían a ver a sus madres, nos daban l ástima,
se notaba que echaban de menos a sus padres y se iban de mala gana.
Un mes despu és se complic ó la situaci ón. Sacaron a esos ni ños de los
campos para meterlos en familias.
La despedida fue muy triste ; aunque las madres pensaran que era
necesario sacrificarse por el bien de los ni ños, Francia estaba en guerra
y no sab ían ad ónde se los llevaban.
Más adelante dieron sus
direcciones; algunos estaban en Córcega, las madres estaban
desesperadas, les parecía que estaban al otro lado de la tierra.
Mucho m ás tarde, cuando sal í del campo, conoc í a una refugiada
española a quien hab ían separado de sus hijos, dos ni ños y una ni ña.
Supo que estaban en Rusia , pero cuando se reuni ó con su marido , que
trabajaba en las minas, perdieron el contacto con sus hijos y llevaban un
año sin noticias. Est ábamos en plena guerra y aquella pobre gente
estaba desesperada.
Rubén crec ía sin problemas. Segu ía d ándole el pecho (nos daban un
poco de leche para los bebés, pero era leche en polvo, de poco alimento
y no me la aconsejaron). Era delgadito pero vigoroso y espabilado; como
era el único ni ño de la barraca, la gente se portaba muy bien con
nosotros y Rubén era el muñeco de todos.
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Yo t enía muchas ganas de comprarle un juguetito para beb é, como un
sonajero. Pero ni pensarlo, no ten ía dinero ni oportunidades. Entonces,
en un tubo de metal que se cerraba muy bien, met
í unas piedrecillas.
Instalamos un aro de alambre en la camita, at é el tubo con un bramante
y esa cajita al alcance de sus man os hizo de sonajero. Estaba contenta
del resultado , pero me entristec ía comprobar una vez m ás nuestra
miseria.
En su última carta, Joan me daba una buena noticia. La compa ñía les
había pagado el sueldo de dos meses que les debía. Era poco: cincuenta
céntimos al día sumaban treinta francos.
Me mandaba un giro de
veinticinco francos. Para cobrarlo, tuve que ir a la barraca del correo, a
un kilómetro fuera del campo.
Salir del campo siempre era un acontecimiento. No pude ir andando, nos
llevaban en un pequ eño autob ús, con los gendarmes. En las pocas
ocasiones que tenía de salir, siempre me alegraba.
Unos días después, mi hermano Rafael les mand ó a mis padres un giro
de dieciocho francos.
Incluso en esa época era poco; un pe ón cobraba unos treinta y cinco
francos al d ía. Pero me bastaba para mejorar la alimentaci ón del ni ño.
Pude comprar leche condensada y pastas a estilo
“galletas Mar ía”, y
cada día le preparaba una papilla, siempre que mi padre trajera le ña de
la cocina, claro.
Criar a un niño en semejantes condiciones representaba muchos apuros,
pero también me daba momentos de felicidad que no viv ían las mujeres
solas. Entre un poco de esperanza y muchos d
ías de desaliento, el
invierno se acababa sin que nadie encontrara un modo de resolver
nuestra sit uación. Lo único que nos propon ían era regresar a Espa ña.
Muchas veces, por los altavoces , intentaban convencernos de que los
franquistas nos acoger ían muy bien, p ero no lo pod íamos creer, todas
las cartas que llegaban al campo daban a entender que de mome nto, no
había que volver. De sobra sab íamos que el mero hecho de haber sido
voluntario para el frente antes de su quinta merec
ía un castigo muy
severo, ya que no exist ía justicia. Haber salido para Francia significaba
estar en contra del r égimen, éramos “los rojos ”. De modo que las
llamadas por altavoces no daban resultado.
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Al llegar la primavera, unas cincuenta mujeres supieron que iban a salir
del campo. Sus maridos, obreros metalurgistas, se hab ían marchado a
principios del invierno a una fábrica de material de guerra.
Yo no me sentí más esperanzada porque esos hombres trabajaban para
patrones particulares , mientras que Joan y otros muchos estaban en
compañías de trabajadores y yo me figuraba que no podrían llamar a sus
familias. Lleg ó el d ía de la sal ida para esas mujeres. Fuimos a
despedirlas. Entre ellas, tres o cuatro hab
ían estado conmigo en la
maternidad. Ellas se iban muy felices, con sus bebés que ten
ían la
misma edad que Rubén.
Comprendía muy bien su alegr ía, pero no logro explicar lo que sen
tí
cuando franquearon la puerta del campo. No puedo decir que fuera
envidia, pero sí se me parti ó el corazón. Era horroroso quedarse all í, sin
esperanza. No era yo la única en so ñar con la libertad. Prueba de ello:
algunas intentaban evadirse.
Unos días antes, una mujer de mi barraca se hab ía escapado ayudada
por otras compañeras. Al anochecer logró salvar las alambradas. Poco le
duró la libertad, la detuvieron en la estación cuando intentó tomar el tren.
Al día siguiente, cuando la trajeron al campo, agot ada, le dio un ataque
de nervios tan fuerte que vino el m édico de la enfermer ía. Esas crisis de
desesperación ocurrían a menudo.
Una tarde nos llevaron a la comisar ía del campo para controlarnos una
vez más. Fuimos en autobús, acompañadas por los gendarmes, como de
costumbre. Nos baj ábamos delante de la barraca, apuntaban los datos
personales, nos tomaban las huellas dactilares y luego regres
ábamos
con el autobús.
Cuando volv í a pisar la arena del campo, me sent í indignada una vez
más. Llegué a la barraca diciéndome que tenía que hacer algo para salir
de aquella situación.
Mis dos cu ñadas segu ían en Troyes con los dos ni ños. Trabajaban las
dos, una en un caf é, la otra en una tien da de comestibles. Por la noche
se reunían con los niños en una habitación amueblada, de alquiler.
Decidí escribirles para que me buscaran un trabajo de criada. Como era
modista, podría encargarme de la costura de casa. Tambi én tenían que
encontrar a una mujer que cuidara de mi hijo por el d ía y alquilarme una
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habitación. Cuando me marchara con mi contrato de trabajo, pedir ía que
dejaran salir a mis padres del campo.
Mis cu ñadas encontraron un trabajo para m í pero me avisaron que me
gastaría casi todo el sueldo en que alguien cuidara de mi hijo. Pero
acepté, pensando que cosiendo por la noche en mi habitaci ón, ganar ía
más y saldr ía adelante. Mi marido y mis padres estaban conformes. No
quedaba otro remedio. Había que esperar. Y yo empecé a soñar.
Pero enseguida sufr í un desenga ño. Unos d ías después llegó una carta
anunciando que ya no admitían refugiados españoles en el Aube.
Me desilusioné y a la vez me tranquilicé porque dejar a mis padres en el
campo era preocupante. Al fin y al cabo , me sent í aliviada de un grave
problema.
En cuanto se enteró Joan, me escribió; él también pen
saba que era
mejor así, habría sido muy duro para mí. Él trabajaba doce horas diarias
y para ir a la
fábrica andaban doce kil
ómetros, escoltados por
gendarmes.
Vivían en barracas, tan ma l alimentados que por el camino
com ían
hierba para enga ñar el hambre. No me lo hab ía dicho antes para no
preocuparme. Me aconsej ó que lo pensara bien, quiz
á fuera mejor
aguantar la miseria del campo, por lo menos nadie me explotaba.
Me sentí muy triste, me costaba trabajo resignarme.
En varias ocasiones, hab ían pasado rep resentantes del campo por las
barracas en busca de prof esionales de oficios precisos, p ero siempre
eran empleos para mujeres solas. Ten
ía poca suerte de que me
contrataran porque éramos cuatro. En los primeros días de mayo, ocurrió
algo inesperado.
Eran las dos de la tarde, el ni ño estaba durmiendo. Se abrió la puert a y
alguien dijo en voz alta: “Se busca a unas sesenta mujeres que sepan
coser para hacer pantalones para el ej ército en una fábrica del Isère . Se
admite a las mujeres con ni ños.” Dejé a Rub én con mi madre, le tocaba
tomar el pecho a las cuatro y me fui sin más demora. Enseguida se llenó
de mujeres la barraca donde había que apuntarse, entre ellas reconocí a
varias mam ás de la maternidad. Tras una mesa estaban el jefe de los
gendarmes y un se ñor muy serio: e ra el director de la f
ábrica de
pantalones. Hablaba perfectamente el espa ñol. Primero apunt ó a las
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mujeres solas, luego a las que ten ían ni ños de cuatro o cinco a ños.
Cuando le toc ó a la m adre de una ni ña de dos a ños y medio dijo , con
tono ner vioso, que él no dirigía una maternidad sino una f ábrica. La
gente se enfadó y yo decidí hablar en nombre de todas las que teníamos
bebés.
Con mucha determinaci ón le pregunt é si merecía la pena esperar,
éramos varias en esa situación. Por mi parte, yo era modista y profesora
de corte y no s ólo ten ía un bebé de apenas cuatro meses sino que
también vivían conmigo mis padres de m ás de sesenta a ños. El hombre
pareció sorprendido. Empezó a hablar con el gendarme en franc és. Sólo
me pareci ó entender que yo era l a hija del abuelo que cortaba la le ña
para la cocina, un hombre simp ático y muy valiente. El director me
preguntó si mi padre podr ía cortar le ña para una caldera y mi madre
cuidar de todos los bebés. Si me parec ía posible, él quer ía hablar con
ellos.
No estaba segura de que pudieran hacerlo; mi padre veía muy poco, le
desorientaría el cambio. En cuanto a mi madre, cuidaba muy bien de
Rubén, pero me preguntaba si despu és de tantas penas podr ía estar al
cuidado de varios niños.
No lo pensé más y fui a por mis padres. En la cocina, mi padre se mostró
muy sorprendido pero contestó enseguida que se sent ía capaz de hacer
el trabajo. Estaba orgulloso de ver que
él tambi én desempe ñaría un
papel en nuestra salida del campo.
Nos apresuramos en acercarnos a nuestr a barraca. Mi madre se puso
muy contenta, pero la pobre estaba inquieta pregunt ándose cómo podría
ocuparse de unos ni ños tan pequeños. Una vecina se qued ó con Rubén
y nos fuimos corriendo. Con tantas idas y venidas hab
ía pasado una
media hora. Le recomendé a mi madre que dijera que estaba de acuerdo
y a mi padre que andara con paso firme, cogido a mi brazo, para que ese
señor no se diera cuenta de que veía poco.
En la oficina, todos estaban esperándonos; según lo que decidiera el
director saldrían o no unas diez mujeres con sus niños.
El director les hizo a mis padres las mismas preguntas que a m
contestaron que estaban de acuerdo.
íy
Después de apuntarnos, el director dijo que saldríamos al día siguiente
por la tarde; nos darían todas las instrucciones por la mañana.
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Estábamos muy nerviosos. Ese d ía Rub én no mam ó en su tiempo
debido pero hab ían ocurrido tantas cosas que no me preocup é mucho.
Empezamos a preparar la salida. Todo lo nuestro cabía en dos maletas y
unos sacos, menos algunas prendas que colgábamos a unos clavos, con
perchas de alambre, para que se arrugaran menos.
Pensé escribirle a Joan aquella misma tarde pero al final resolv í hacerlo
cuando lleg áramos a nuestro destino. Hab
ía esperado tanto, que
mientras no pas áramos la puerta del camp o no quería cre érmelo. Mis
padres opinaban lo mismo y deseábamos llegar al día siguiente.
Aquella noche, me cost ó trabajo dormirme. Íbamos a ser “libres”. No
imaginaba c ómo ser ía pero esperaba que no hubiera alambradas. No
sabía cu ánto cobrar ía por mi tr abajo pero conform ándonos con poco,
tendríamos lo suficiente para comer los cuatro.
También me preguntaba cu ántos kil ómetros separaban el Is ère del
l’Yonne, imaginaba que quizá Joan y yo pudiéramos vernos. Tenía ganas
de ver un mapa de Francia. Pero la a ngustia pod ía conmigo, pensaba
que algo impediría que se realizara el sueño.
Por la mañana temprano, supimos que no saldríamos ese día. Había que
vacunar a los beb és contra la viruela. La salida ser ía otro d ía a las seis
de la tarde.
Me preocupaba vacun ar a mi hijo en esas condiciones , pero todo sali ó
bien y tuvimos más tiempo para prepararnos.
El d ía de la salida, nos dijeron que la comida ser ía a las cuatro de la
tarde, no habría cena y nos darían latas de corned-beef para el viaje.
Así pues, tuvimos que esperar hasta las cuatro de la tarde sin otra
comida que el pan rem ojado en caldo de la ma ñana. E sa comida que
esperamos tanto tiempo fue un estofado de patatas que no com íamos
desde hacía meses. Aún no se me ha olvidado.
Las compa ñeras de barraca que no se marchaban con nosotros no
lograban ocultar su tristeza. Nos ayudaron a llevar el equipaje hasta la
puerta del campo. Adem ás de las dos maletas, estaban el colch ón de
lana de mis padres, las mantas, la cesta de Rub én, unos sacos y claro
está, la palangana. Además, nuestros tres platos de aluminio y las tres
latas de conservas que hacían de tazones.
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A la puerta del campo hab ía gente para controlar la salida. Hubo alegr ía
y tambi én mucha tristeza en el rostro de las mujeres que ven
ían a
despedirnos. En esos largos meses de encierro, los lazos de amistad
eran m ás fuertes que en una vida normal, nos sent
íamos iguales y
unidos. No sab íamos si volver íamos a vernos. M ás tarde, conocimos a
muchos refugiados españoles pero no hemos vuelto a ver a nadie de los
campos.
III. LA HUIDA HASTA LA ZONA LIBRE
SALIDA DE LOS CAMPOS
Nos llevaron a la estaci ón con camiones. Por fin hab
íamos salido.
Pisábamos tierra firme. Nos í bamos, nos sent íamos libres fuera de las
alambradas. Eran las seis de la tarde. Hac ía buen tiempo, brillaba el sol,
era primavera.
Delante de la estaci ón hab ía árboles y p ájaros que manifestaban su
alegría cantando. Rub én no conoc ía nada de eso, me emocion ó verle
levantar la cabeza para mirar la vegetaci ón, las hojas de los árboles que
se movían. A los cuatro meses s ólo conocía el gris de la barraca, de la
arena y un poco las olas del mar. Ve ía gente, le hablaban mucho pero
nunca hab ía o ído m úsica ni cantos de p ájaros. No sab ía lo que nos
esperaba, pero de todas formas me sent ía feliz fuera del campo, sobre
todo por mi bebé.
Teníamos un vag ón para nosotros. Éramos muchos, nos chocaba que
hubieran enganchado el vag ón a un tren de mercanc ías. Instalamos la
cesta de Rubén en la banqueta. Ahora s ólo había que dejarse llevar por
el tren por las tier ras de Francia. El viaje iba a durar unas veinticuatro
horas. Arranc ó el tren. Era extra ño avanzar sin saber ad ónde íbamos.
Más tarde comimos un poco, ya que el pan y el comistrajo que
llevábamos ten ían que durar todo el viaje. Conforme
fue entrando la
noche, el sueño apaciguó a la gente. Todo iba bien para Rubén: le había
cambiado, había mamado y dormía en la cesta sin que le molestara el
traqueteo del tren.
Yo tambi én dormitaba pero poco me duraba el sue ño. Me despertaba
sobresaltada, angustiada de estar en ese tren sin que nadie lo supiera. A
mis veintiún años, me sent ía responsable de lo que nos ocurriera a los
cuatro.
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Por fin el cansancio de los dos d ías anteriores pudo conmigo y acab é
durmiéndome del todo. Me despertaron los cuchicheos de mis
compañeras de viaje. Rub én también empezaba a moverse ya que eran
las seis de la mañana y se acercaba la hora de mamar. Se despertó muy
contento despu és de dormir toda la noche de un tir ón. Lo mismo pas ó
con los otros niños.
Por la ventanilla se ve ía un hermoso cielo azul y el sol empezaba a
iluminar el paisaje. Era a primeros de mayo, los
árboles que ve íamos
desfilar eran poco frondosos. Una brisa matutina mov ía una infinidad de
hojas pequeñas entre las cuales se filtraba el sol. Cuarenta y seis a ños
más tarde recuerdo la cara de Rub én cuando lo acerqué a la ventana.
Movía la cabeza hacia todos los lados . Miraba hasta la cima de los
árboles extrañado. Para él, todo era nuevo.
Poco después de las nueve, el tren paró en la estación de Nimes. No me
había fijado en ninguna otra estación durante la noche.
Recuerdo esa estación a causa de un cruasán que nos ofreci ó mi padre
a mi madre y a m í. Del giro de mi hermano s ólo le quedaba alguna
calderilla que guardaba par a sellos. No pudo resistir la tentaci
ón de
darnos e se gusto. Llev ábamos cuatro a ños sin probar ninguno , ni
siquiera verlo. Al mismo tiempo, nos permit ía guardar la comida. ¡Aquel
cruasán! Mi padre consintió en probarlo, creo que esa compra le confortó
en su papel de jefe de familia.
Nos pareci ó larguísimo el viaje porque a causa de los vagones de
mercancías el tren paraba mucho tiempo en las estaciones. Hacia las
siete de la tarde anunciaron que
íbamos a llegar y al anochecer,
entrábamos en la estación de Rives, a siete kilómetros de la fábrica.
IZEAUX
Nos esperaban unos camiones descubiertos y por fin llegamos a nuestro
destino: era una gran fábrica fuera de servicio; tuvimos que dejar las
cosas en un viejo edificio en el que de momento dormiríamos. De ahí
pasamos a otro edificio amueblado con largas mesas y bancos que iba a
ser la cantina. Nos dieron café con leche con buen pan y aunque no
habían preparado comida, a todos nos pareció bien.
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Enseguida nos dirigimos al edificio reservado para nosotros y nos dimos
cuenta de que no nos tenían nada prepara do. El edificio estaba vacío,
sólo había unos pilares que sostenían un techo muy alto con tejas y
cristales, todo muy viejo. Sin embargo había electricidad.
Cada uno tuvo que buscarse un rincón donde extender las mantas en el
suelo para acostarse. Mis pad res tenían el peque ño colchón de lana de
una plaza, quisieron ponerlo atravesado para que yo también pudiera
apoyarme en él; Rubén, al igual que todos los bebés de la maternidad
tenía una cesta. Pero en el Isére, y en semejantes condiciones, pasamos
mucho frío.
Un cartel anunciaba que veríamos al director a las dos de la tarde,
después de comer a las doce en la cantina.
Empezaba a tener problemas con la ropa del ni ño: se amontonaban los
pañales. En el patio de la fábrica había una fuente, pero era necesar io
tener el permiso para lavar y secar la ropa. No era yo la única, sin duda
se encontraría una solución. No me sentía completamente feliz, pero
todo me parecía menos triste y menos complicado. Después de cuidar al
bebé, salí a visitar el pueblo con tres o
cuatro compa ñeras de la
maternidad mientras mis padres se quedaban con Rubén.
Tenía muchas ganas de comprarle algo. A sus cuatro me ses todavía no
le había comprado nada, tan sólo la papilla que le preparaba. Me
quedaban siete francos del dinero que me había mandado Joan. Primero
tenía que comprar sellos, pero no necesitábamos nada más: yo iba a
trabajar, me pagarían algo, aunque todavía no sabía cuánto iba a cobrar.
Decidí comprarle un juguetito.
El pueblo estaba muy cerquita. No era grande, pero estaba n todos los
comercios principales: farmacia, carnicería, panadería, tienda de
comestibles y bazar.
Desde el pueblo, se veían unos caseríos y más lejos, las monta
ñas.
Descubrir ese paisaje tan hermoso, sin alambradas, parecía un sue ño.
Ya proyectábamos dar paseos. Entramos en un estanco para comprar
sellos y allí nos enfrentamos por primera vez con el idioma francés.
Pensaba encontrar un sonajero en el bazar, no había ninguno a la vista;
acabamos entendiéndonos con ademanes y a todos nos hizo gracia.
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Cuando regresé, mis padres me dieron una grata sorpresa: mientras yo
estaba fuera, Rubén había dicho «papá». A pesar de mi alegría, no
terminaba de creérmelo ya que el ni ño sólo tenía cuatro meses y tres
días. A mi parecer, estaban tan orgullosos mis padres de su nieto que
exageraban. Pero no, yo también lo oí y me dispuse a escribírselo a
Joan ese mismo día. La carta estaría llena de grandes noticias.
Al día siguiente empezamos a trabajar. Íbamos a coser pantalones para
el ejército, nos l os pagarían por unida des, cada quince días. Nos daban
de comer en la cantina, pero hubo que pedir una peque ña cantidad de
dinero a cuenta para los biberones.
Acostumbrados a los campos, nos conformábamos con las comidas que
nos daban. Eran sencillas pero suficientes. Dormimos unos días en el
mismo cobertizo, pero podíamos irnos si encontrábamos habitaciones
particulares en el pueblo. Las mujeres trataban de compartir vivienda
para que les saliera más barato, y siempre era en viejas casas
desocupadas desde hacía tiempo. Para la s que tenían bebés, el director
encontró sitio en una granja a tres kilómetros del pueblo. Compró camas
individuales, de hierro; teníamos que pagarlas poco a poco, cada quince
días.
La casa constaba de cuatro estancias: con el ba ño, una cocina y una
habitación peque ña; en el primer piso, dos habitaciones más. Todo
estaba en muy malas condiciones, había una mesa vieja, dos bancos de
madera y una chimenea. No había que ser exigente, aquello era mejor
que el campo. Allí nos alojamos diez personas mayores y sus bebés.
En realidad, la granja era también el café de la aldea, a tres kilómetros
de Izeaux. No tardamos mucho en instalarnos, pero surgieron muchos
problemas.
A partir de entonces, dejamos de comer en la cantina; quedab
a
demasiado lejos para mi madre y yo tenía que darle el pecho a Rubén. Al
mediodía, disponía de dos horas para andar los kilómetros de ida y
vuelta y darle de mamar al ni ño mientras comía frugalmente. Por suerte,
la granjera nos dio a cuenta, hasta los quince días, patatas, verduras y
leche para el bebé.
No me acuerdo de cuánto cobrábamos por pantalón, lo que sí recuerdo
es que cosía cinco pantalones en las nueve horas de trabajo diarias y
esperaba la paga con impaciencia.
66
También le pagarían a mi padre por cortar la le
cansancio, yo hacía planes.
ña y, a pesar de
mi
Llegó el día de la paga, y con ella, las desilusiones. Nos dieron cincuenta
francos a cuenta, prometiéndonos la nómina para fines de mes.
Entonces un peón ganaba entre cuarenta y cincuenta francos diarios, o
sea que por dos semanas de trabajo habíamos cobrado el equivalente
de un día. Teníamos que esperar otros quince días. Después de pagarle
a la granjera , nos quedó dinero para el pan d e dos semanas y el jabón.
Luego sufrimos otra desilusión: despidieron a mi padre. Había t rabajado
con tanto empe ño que bastaba con la le
ña cortada para un largo
período. Aunque había trabajado tres semanas, le pagaron una cantidad
irrisoria: algo así como cinco días de trabajo. Pudimos comprar comida
con las cartillas de racionamiento. Teníamo s que andar con mucho
cuidado, en adelante sólo contaríamos con mi sueldo para comer los
cuatro.
Sin embargo, no teníamos problemas de salud. Estábamos a fines de
mayo. Me ponía contenta cuando , al regresar de la fábrica , hallaba a
Rubén en el patio sentado en una manta por el suelo, o en su cesta.
A veces, en lugar de mamar, me acogía con sonrisas y balbuceos; me
entristecía no poder quedarme más tiempo con él, tenía los minutos
contados. Mi madre sólo tenía que cuidar de Rubén; las otras madres se
quedaban en casa por turno, haciéndose cargo de todos los niños.
Teníamos pocas oportunidades para hablar con franceses. En la fábrica
sólo trabajaban refugiados espa ñoles. Lográbamos comprender por los
periódicos que lo s alemanes iban ganando terreno y nos pr eocupaba
mucho. Joan y mi hermano escribían a menudo, pero no teníamos la
esperanza de volver a verlos.
Nuestros planes de paseo se vinieron abajo cuando el director dijo que
no podíamos salir del término municipal. De todas formas, el único día de
descanso era el domingo y yo estaba cansadísima con los kilómetros
que andaba y los pantalones que cosía. Escasas veces dimos algún
paseo por las verdes colinas.
Al cabo de un mes, llegó el día de cobrar el sueldo. ¡Vaya desilusión! En
mi sobre sólo venían cinc uenta francos y una nómina incomprensible.
Debía un mes de cantina por mi madre y por mí. Sólo habíamos comido
allí una semana. Con esas cuentas y la cama de hierro, había trabajado
un mes y seguía debiendo más de doscientos cincuenta francos. A todas
67
nos pasaba lo mismo. Cincuenta francos y deudas. Pedimos
explicaciones, costó trabajo hablar con el director. Contestó que
teníamos que pagar el mes entero de cantina, y que a mi padre ya se lo
habían descontado cuando le habían pagado. Quise protestar, pero
comprendí que el director tenía el poder y nos trataría a su antojo.
Él sabía muy bien que esa libertad enga ñosa era mejor que el campo de
concentración.
El patrón poseía en el mismo pueblo una fábrica de zapatos en la que
trabajaban hombres refugiados. C obraban muy poco, pero con ellos
llevaba más cuidado. En nuestra fábrica también trabajaban unos
cuantos hombres, cortando y cosiendo pantalones. Hubo un cambio en
el trabajo. Trabajábamos las nueve horas seguidas, en dos turnos.
Las compañeras con las que vivíamos no hacían lo mismo que yo: yo era
modista especializada. A partir de entonces ya no tuvimos el mismo
horario. Yo empezaba a las cinco de la ma
ñana, tenía que hacer el
camino sola y levantarme mucho antes de las cuatro de la ma ñana para
que mamar a Rubén y poder tomar un desayuno que me permitiera
aguantar hasta las tres de la tarde. Menos mal que Rubén ya empezaba
a comer sopa.
Lo peor era que no teníamos despertador y el reloj de pulsera, regalo de
cumpleaños de Joan, ya no funcionaba. Me figura ba que estaba lleno de
arena y no tenía dinero para que lo limpiaran.
Se me ocurrió preguntarles a los granjeros si tenían un despertador que
prestarme. Sólo tenían uno y lo necesitaban. Después lo pensaron unos
minutos y fueron muy amables; más adelante pude comprobar otra vez
su generosidad.
Nuestra vivienda era medianera con la granja y en mi habitación había
una puerta que daba a la casa. La se ñora propuso poner el despertador
para las tres y media de la ma ñana; cada día ella vendría a llamarme.
Logramos entendemos por se ñas. Me preocupaba tener que irme sola
tan temprano, por lo que mi padre dijo que me acompa ñaría. Recuerdo
aquellos madrugones como pesadillas. Todavía me parece ver a la
buena granjera, con un amplio camisón blanco, con una antorcha e n la
mano sacudiéndome diciendo que ya era hora. No había que encender
la luz ni hacer ruido para no despertar a las otras dos compa ñeras y sus
bebés.
68
Mientras Rubén mamab a, yo desayunaba y me preparaba; a veces me
daban las cinco antes de llegar a la fáb rica. Yo lloraba, sabiendo que
fichábamos al entrar. Todo por un sueldo irrisorio.
A la quincena siguiente, al encontrar en los sobres los cincuenta francos
y la nómina con deudas, algunos hombres y mujeres pidieron
explicaciones en nombre de todos los ob reros. Estábamos esperando a
la puerta de la oficina. Oíamos cómo subía el tono y los insultos del
director. Él quiso salir, pero alguien cerró la puerta con llave. Empezaron
a tirar las sillas por el aire. Nos asustamos mucho, la discusión acalorada
duraba desde hacía una hora cuando por fin salieron nuestros
compañeros. Uno de ellos llevaba un corte en la ceja. No podíamos
denunciar el asunto, no nos habrían hecho caso y el patrón tampoco
denunció nada, de sobra sabía que no llevaba razón.
De todas formas, una vez más nos vimos obligados a vivir otra quincena
con los cincuenta francos.
Empeoraba la guerra. Los alemanes ocupaban cada vez más ciudades y
sabíamos que intensificaban los bombardeos en el norte de Francia.
También bombardearon a unos kilómetros de Izeaux, se dirigían hacia el
Isére.
En aquel mes de julio se precipitaron los acontecimientos y la situación
empeoró. Joan me lo decía en sus cartas y yo estaba muy inquieta. No
tardarían en llegar los alemanes. Una tarde de primeros de julio, entraron
en el pueblo sin encontrar resistencia. En cuanto se conoció la noticia,
dejamos de trabajar y nos mandaron a casa.
Al salir de la fábrica nos sobrecogió ver a tantos soldados con uniforme
alemán. Tanques y camiones invadían el pueblo. Los soldados hab laban
muy fuerte; aunque no entendíamos nada, sabíamos que se sentían los
dueños de todo.
Nosotros andábamos en silencio como si no pasara nada, pero creo que
todos pensábamos lo mismo. Estábamos asustados, preguntándonos de
qué nos había servido perderlo todo p ara estar en la misma situación
año y medio más tarde.
Dejé a mis compa ñeras y emprendí sola el camino que me llevaba a
casa. Me pasaban mil ideas por la mente; tan deprisa andaba que me
hallé en la puerta de la casa antes de darme cuenta. A nadie le extrañó
verme, ya que por la mañana ya se sabía que la situación era grave.
69
Nuestros vecinos los campesinos dijeron que los alema
nes estaban
haciendo pesquisas en el pueblo. Nos preocupó muchísimo. Si vinieran a
casa, aquella sería la primera vez que los veríamos de frente. Y eso nos
espantaba. Ya que habían ayudado a Franco, éramos sus enemigos y
nadie podía prever su reacción.
Yo pensé en esconder las cartas de Joan; aunque no ha
política, reflejaban nuestra indignación.
blaban de
Lo mismo opinaba n mis compa ñeras y, de común acuer do, resolvimos
quemar la correspondencia. Eran muchas las car
tas, decidimos
quemarlas en las colinas, no muy lejos. Me costó trabajo echar las cartas
al fuego. Conforme las consu mían las llamas, me daba la sensación de
que se estaba muriendo algo. Pensé que ya no podría leerlas como solía
hacerlo. Deseaba guarda rlo todo en la memoria, pero ya no iba a ser
igual. Me dieron ideas de guardar algunas, pero era tan grande el pánico
que las quemamos todas. También quemé las ca rtas de mi hermano y
de toda la familia.
Mucho más tarde supe que a Joan se le presentó el mis
mo problema
pero fue más valiente que yo, guardó algunas cartas que le había
mandado desde la maternidad, entre ellas aquella en la que le anunciaba
el nacimien to de Rubén. Conservo esas cartas y más adelante se las
daré. También guardo el ganchillo de alambre con el que adorné el ajuar
del bebé.
En los días siguientes no ocurrió nada notable en el pueblo. Había
alemanes por todas partes, pero no hicieron indaga ciones en nuestra
aldea. Claro que era mejor, pero y o sentía haber quemado todas mis
cartas.
Fueron días de mucha tristeza, el correo no funcionaba, todos nos
preguntábamos dónde estarían los refugiados espa ñoles que trabajaban
para la guerra. Desde el día de la ocupación del pueblo, la fábrica estaba
parada. Ya se habían
acabado los cincuenta francos de la última
quincena y era de suponer que el patrón no nos pagaría sin trabajar.
Menos mal que los granjeros seguían dándonos la leche a cuenta y por
una vez tuvimos que agradecerles algo a los alemanes. Dieron un kilo de
macarrones y medio kilo de azúcar por persona. Hicieron un control con
las cartillas de racionamiento.
70
En aquella época, para los que podían comprar comida, todavía no
resultaba muy difíci l, pero a los que no tenía mos nada ese reparto nos
salvó la vida. No podíamos pe
dirles comida a nuestros vecinos
campesinos porque no podríamos devolvérsela.
Una semana después se reanudó el trabajo y, claro está, no hubo paga.
En la nómina, el patrón seguía apuntando nuestra deuda de comida y de
una cama de hierro. Lo peor era no tener noticias de Joan ni del resto de
la familia. No sabía dónde se encontraban ni lo que había o
currido.
Estaba muy preocupada y mis padres, para tranquilizarme , me decían:
“Ya verás c ómo el día menos pensado aparecerán .” Todas estábamos
en la misma situación, pero una de mis compa ñeras tuvo la su erte de
que su marido viniera por ella, claro está, clandestinamente. También
recuerdo que un domingo por la mañana, en casa de los granjeros, hubo
mucha efervescencia: uno de sus hijos, prisionero, había sido liberado
unos días antes. Era una familia numerosa, con varios hijos casados, y
se reunieron para celebrar el acontecimiento. Viéndoles a todos tan
felices, me parecía aún más triste nuestra situación.
El tiempo era estupendo, los bebés estaban fuera en el patio. Era un
encanto verlos: a pesar de nuestra miseria, iban siempre muy aseados y,
en una situación distinta , esos bebés en sus cestas, a la sombra de los
tilos, habrían formado un hermoso cuadro.
Las hijas y nueras de nuestros vecinos vinieron a sal
udarnos y se
maravillaron al ver a los ni ños. No entendíamos muy bien lo que decían,
pero como sabían cuál era nuestra situación no pudieron contener las
lágrimas y se marcharon sin decir nada más.
Al mediodía, siempre me daba prisa para volver a casa con la esperanza
de tener noticias. A pesar de mi preocu pación, algunas veces so ñaba
despierta durante el trayecto. ¡Y es que la naturaleza estaba en su
plenitud! Recuerdo que una leve brisa rizaba las espigas doradas de los
trigales. Entonces pensaba que en la vida no siempre ocurren cosas feas
y tenía la esperanza de que todo acabar ía arre glándose. Me figuraba
que Joan había llegado y estaba es perándome en la próxima curva.
¡Nunca ocurrió!
Recibí su primera carta después de cinco o seis sema
nas. Primero,
tuvimos una de mi hermano, estaba en los Hautes-Alpes, mientras que
Joan estaba en el Gard. Al salir del
l’Yonne pensó en abandonar la
compañía y se diri gió a la estación con el fin de ll egar al Isère. Pero
resultó que estábamos en una zona ocupada. Estuvo muy preocu pado,
71
no le quedaba otro remedio que seguir hacia el sur. Después de muchos
trabajos, fue a parar al Gard, precisamente en Alès.
Allí, unos refugiados espa ñoles le dijeron q ue a menos de veinte
kilómetros, en las minas de carbón, contrataban gente. Le dejaron una
bicicleta y en cuanto se presentó en la oficina de la mina de la GrandCombe le contrataron. ¡Desgraciadamente! En la carta me decía que
muchos re fugiados se habían apuntado con él. Empezaban al día
siguiente. No sabían lo que era una mina: más adelante me contaría sus
impresiones. Lo importante para él era tener noticias nuestras.
Yo me alegré; tampoco sabía lo que era el trabajo en la mina pero pensé
que quizá po dríamos reunimos. Él espe raba noticias, pero hasta que
cobráramos no teníamos ni una perra; mis compa
ñeras no podían
ayudarme, no tenía sellos. Por la tarde, fui a por la leche a casa de
nuestros vecinos. Estaban al corriente de que había recibido noticia s y
me preguntaron si había contestado. Por se ñas les dije la verdad. La
señora se emocionó, me dio patatas y verdura y dos francos para
comprar sellos.
Se lo agradecí a pesar de mi confusión, diciéndole que le devolvería el
dinero en cuanto cobrara. Los
sellos no cos taban más que unos
céntimos, de modo que también podía contestar a mi hermano y darles
noticias a mis cu ñadas. De verdad, esos campesinos eran buena gente.
Unos días después, tuve la respuesta de Joan. En una larga carta,
contaba su primer c ontacto con la mina. No se quejaba, pero por la letra
comprendí que era angustioso hallarse en las entrañas de la tierra, sobre
todo por primera vez. Pero ga naría cincuenta francos diarios, ya que
había escogido el pozo mejor pagado. ¡Sin duda el más peligroso!
Había depositado una solicitud para llevamos allí cuando lo aceptaran en
la “prefectura”. También apreciaba vi vir libre aunque sólo fuera en el
municipio.
Estaba loca de alegría. Llevábamos ocho meses separa dos, me parecía
que iban a abrirse las puertas de una vida normal. No me lo podía creer,
pero empecé a hacer planes. Me parecía mentira que pudiéramos vivir
juntos con nuestro hijo, al que él casi no conocía. También mis padres se
alegraron mucho.
Los días siguientes, me iba a trabajar sin problema. No me pesaba el
trabajo, creo que ni siquiera oía el ruido de las máquinas. Mientras cosía,
72
soñaba en otro lugar, era una gran felicidad. Cuatro o cinco días después
de recibir esa carta, se vinieron abajo nuestros proyectos.
La guerra seguía c ada vez peor; después de firmar el ar
alemanes se organizaban.
misticio, los
Serían las cuatro de la tarde, un día de fines de julio. Estaba trabajando,
inmersa en mis sue ños, cuando se hizo un gran silencio en la fábrica.
Acababan d e cortar la co rriente. Primero pensamos que se trataba de
una alerta, pero vino un empleado de la oficina, mandado por el patrón, y
pidió que le escucháramos.
Leyó un p apel que llevaba en las manos:
“A consecuen cia de los
acontecimientos, les comunico que los contratos de t
rabajo serán
cancelados. Todas las obreras serán despe
didas y volverán a los
campos, menos unas cuantas que terminarán el trabajo ya preparado.
En primer lugar, sal drán las mujeres con ni ños. Mañana, toda la plantil la
trabajará como de costumbre.”
Algunos intentaron protestar, pero nos manda
ron ca llar. El hombre
añadió: “Sobre todo no intenten amotinar se.” Mirando su reloj, dijo: “Son
las cuatro, desde las tres de la tarde el pueblo está cercado por la
policía, de modo que cualquier evasión resulta imposible.”
Para mí fue como el fin del mundo. Veía a la gente agitándose, oía gritos,
pero yo estaba paralizada.
Al comprender que todos nuestros sue ños se venían abajo, rompí a
llorar. Algunas mujeres se levantaron gri tando que cada cual era libre de
hacer lo que quisiera y que por lo tanto ellas dejaban de trabajar. Todos
hicimos lo mismo y abandonamos la fábrica.
Estábamos aterrados y airados. Primero habíamos su frido la invasión de
los alemanes, y ahora la de la policía francesa. Habían venido autobuses
llenos de policías. Sólo en el camino de casa contamos cinco y había
otros muchos en los alrededores del pueblo.
Mis compañeras no querían marcharse, pretendían es conderse, hacer lo
que fuera para no volver a los campos; yo me daba cuenta de que c on
los bebés y sin dinero era imposible.
Mis padres y yo nos figurábamos que saldríamos de los primeros. Ni que
decir tiene que aquella noche no dormí, pensando en Rubén; ahora
73
estaba acostumbrado a comer sopas de verduras, tomar leche de vaca y
otras cositas; no lograría acostumbrarse a la comida de los campos.
Además, Joan había hecho l os trámites para sacarnos de allí; con la
nueva situación tendría que empezar de
nuevo. Otra vez iban a
encerrarnos tras las alambradas; yo no me sentía cap az de aguantar la
separación. iCuántos desengaños en tan pocas horas!
El cansancio pudo conmigo, pero me despertó una pesa
dilla, de
madrugada, y ya no pude conciliar el sue ño. A las siete tenía que estar
en la fábrica.
No quedaba otro remedio que presentarse en la f ábrica para que nos
dieran las órdenes. Lo único que sabíamos era que iban a llevarnos a los
campos. La policía recorría las calles del pueblo. Nos daba la impresión
de que nos consideraban malhechores. Al llegar a la puerta de la fábrica
vimos que ya había mucha gente.
Salían mujeres de la fábrica, unas con despecho, otras llorando, diciendo
que la salida sería a las nueve.
Una de mis compa ñeras me dijo: “Remedios, tú estás e n la lista de las
que se quedan .” Me parecía mentira, quería comprobarlo con mi
s
propios ojos.
El vestíbulo del taller estaba abarrotado. Había dos lis tas: la de los que
se iban y la de los que se quedaban, en la cual estaba mi nombre. El jefe
del taller controlaba los nombres y tuvimos que entrar deprisa.
Me hallé ante mi máquina sin darme cuenta de lo que pasaba. Me sentía
oprimida, me parecía que todo era un mal sue
ño, comprendí que ni
siquiera podría despedir a mis compañeras. Me dolió mucho y pensé que
dentro de dos a tres semanas me llegaría el turno.
Empezamos a trabajar en silencio, sin saber qué pasaba fuera. Sentía
mucha pena, no nos trataban como a seres humanos; trabajaba como un
autómata, llorando. Estaba tan cansada y tan dolida que no me cundió el
trabajo.
Quedábamos una tercera parte de la plantilla, únicamente mujeres solas.
Más adelante supe que se había n quedado conmigo por ser del oficio.
Daba mucho de mí por una mi seria de sueldo. Pero cualquier cosa era
mejor que volver a los campos.
74
Al mediodía, cuando pararon las máquinas, nos apresu ramos en salir; la
calle estaba muy distinta, ya no había policías, el pueblo había recobrado
la calma.
Volví a casa, casi corriendo, impaciente por saber qué había pasado; mis
padres estaban en la puerta, esperándome. Hacía unas dos horas que la
gente se había ido, la casa vacía resultaba muy triste.
Mis padres ya habían empezado a recoger las cosas cuando llegaron
mis compañeras diciendo que nos quedába mos. Fue una buena noticia
para ellos, que me contaron lo duro que había sido ver cómo se iban
esas pobres mujeres con su s niños. Algunas se negaban a subirse a la
furgoneta, amenazando a quienes hicieran da ño a sus hijos. Rubén
manifestaba su alegría de verme, como de costumbre, y yo sentía una
gran tristeza pensando en lo ocurrido.
Entonces decidí que, ya que nos quedaban unos días antes de salir para
los campos, era hora de buscar todas las soluciones para no volver allí.
Esa misma tarde escribí a Joan para que se enterase de todo e hiciera lo
imposible por acelerar nuestra salida.
Su contestación llegó enseguida. Se l
e notaba muy pre ocupado.
También opinaba que no podíamos volver a los campos, pero no era
posible acelerar el proceso de nuestra salida.
Nos aconsejaba que intentáramos escapar sin papeles, él pediría dinero
a cuenta para nuestro viaje en tren. Si nos co gían, lo único que podía
pasar era que nos llevaran a los campos. Se notaba claramente su
preocupación.
Cuando se lo conté a nuestros vecinos granjeros, nos dieron ánimos. Yo
trabajaba de las cinco de la ma ñana has ta las dos de la tarde, aquella
misma tarde fui a la estación a informarme sobre el precio del billete.
No era muy fácil: la estación quedaba a siete kilómetros y yo no sabía
hablar francés. Irene, la hija menor, de doce a
ños, me acompa ñó a
Rives. Apuntó en el papel el precio del viaje, los hor arios, los cambios, la
hora de la llegada a la Grand-Combe (hacia las dos de la mañana).
75
Al día siguiente, le comuniqué la información a Joan; me mandó un giro
de cuatrocientos francos y me anunció que tenía una barraca alquilada
en el caserío de los mineros.
Estábamos a primeros de agosto, el trabajo iba menguando, se acercaba
la fecha del despido. Ya no recuerdo cuánto costaba el viaje para tres
personas. También había que sacar la comida para un mes con la cartilla
de racionamiento. Además, tenía que pagarles la leche y la s verduras a
mis vecinos y no po día esperar hasta el día 15 para cobrar mi sueldo.
Era demasiado arriesgado.
Eché cuentas, no basta ba con cuatrocientos francos. Y además, cuando
llegáramos a la Grand-Combe tendría mos que comer los cinco hasta la
próxima paga de Joan.
Cuando fui por la leche, los campesinos me pregunta
ron por mis
proyectos. Aunque hablaba mal el francés, por la cara que puse
adivinaron mi desesperación.
Ya he hablado de su generosidad, una vez más me la de mostraron. Me
dijeron que no desistiera. Después de hablar entre ellos la se
ñora me
preguntó: “¿Cuánto quiere que le prestemos?” Lo entendí perfectamente,
pero estaba tan sorprendida que no contesté. Me dijo que podían
prestarme trescientos o cuatrocientos franc os, que les devolve ríamos
cuando fuera posible.
Primero me pareció mucho, no sabía cuándo podríamos devolvérselo.
Me contestaron que se fiaban de mí.
De repente pensé en lo arriesgado que era marcha
rnos sin
documentación; podrían detenernos y en lugar de llevarnos a los campos
de concentración franceses, mandar nos a Alemania, y entonces...
Recuerdo que se miraron el uno al otro y dijo la se ñora: “Es igual, no
pasa nada, confiamos en ustedes.”
Volví a sentirme esperanzada, nuestro sue ño se cum pliría. Mientras
hablaban, yo me preguntaba cómo iríamos a la estación, a siete
kilómetros. Aquella buena gente encontró la solución: su hijo nos llevaría
con el carro. Todo se hablaba, medio en francés, medio en espa
ñol,
haciendo ademanes.
Escribí a Joan dicién dole que dentro de una semana po dríamos estar
juntos. Él se preocupaba por los riesgos del viaje. Al día siguiente, en
76
otra carta, me aconsejaba que pi
marido con mi familia.
diera un permiso para ir a ver a mi
Lo pensé, lo hablé con los campesinos. Resu lta que el suegro de su hija
estaba de secretario en el Ayuntamiento de Izeaux. A pesar de los
riesgos, ya que no teníamos car
né de identidad, nos hizo un
salvoconducto ilegal. Me aconsejó que le pidiera un documento de
despido al patrón de la fábrica. Pe ro no merecía la pena pedirle nada al
patrón, ya sabía qué me contestaría. Estábamos a 6 de agos
to,
decidimos salir el domingo 12.
¡Vaya semanita! Mis diez horas diarias de trabajo en la fábrica, el camino
cuatro veces al día, preparar en secreto la sal
ida. Ni siquiera podía
contárselo a mis compa ñeras, por prudencia. Me parecía que se podían
leer mis pensamientos, a veces tenía miedo. Además, me preguntaba si
Joan recibiría mi carta con tiempo y estaría en la estación de la GrandCombe a las dos de la mañana.
A principios del verano, a cambio de un trabajo de cos
tura, una
compañera de trabajo me había dado un retal con el que le hice un
pantalón y una camiseta a Rubén. Re cuerdo que la tela era azul claro
estampada con dibujitos infantiles. Quise term inar el trabajo antes del
viaje. En el pueblo también había una fábrica de calzado en la que
trabajaban refugiados como nosotros, y me dieron restos de cuero rojo
con los que hice unas sandalias de tiras, cosidas a mano, muy graciosas.
Quería que fuéramo s todos vestidos correctamente para no llamar la
atención. Mis padres me ayudaron en lo posible. Pese al cansancio y a la
falta de sueño, estuve trabajando hasta el sábado por la tarde, aunque la
salida era el domingo a las seis de la ma ñana. En la fábric a no lo sabía
nadie.
Había comprado la comida con las cartillas de raciona miento, junté todo
en un saco con lo que nos habían dado los alemanes. Ese saco era
precioso. De equipaje llevábamos dos grandes sacos de tela, una maleta
pequeña y la cesta del niño, en la que metimos las mantas.
No quisimos dejar la cama de hierro y el colchón de crines que nos había
vendido el patrón, y que seguíamos de biendo a pesar del dinero que se
quedaba cada quincena; íbamos muy cargados.
77
Cocimos unos huevos que nos di eron los campesinos con un pedazo de
queso y un litro de leche para los bibe rones. Yo dormí muy poco. A las
cinco de la mañana llamó a la puerta la granjera: era la hora de salir.
LA HUIDA
Desperté a mis padres, quienes también habían dormido poco. El hijo de
los campesinos nos estaba esperando con el carro y el caballo.
Le di de mamar al ni ño, aunque todavía no le tocaba, y le preparé.
Mientras tanto el muchacho cargó el carro. Al final salimos a las seis de
la mañana.
No recuerdo muy bien la desped
ida. Ni me acuerdo de por dónde
salimos de la granja. A pesar de la calma propia de un domingo por la
mañana temía que alguien nos sorprendiera.
Nos fuimos atravesando las colinas por un sendero bordeado de
avellanos. El carro daba tumbos por ese cami no pedregoso, teníamos
que agachar la cabeza, nos arañaban las ramas y las hojas.
Me habría gustado viajar en esa soledad hasta la Grand
Combe,
tranquilizada por los ruidos del caballo y el carro. Nadie hablaba, Rubén
estaba quieto.
Conforme nos acercáb amos a la estación, crecía mi in quietud frente a
los peligros del viaje.
En la estación nos quedamos con los sacos y la maleta; mientras, la
cama, el colchón y la cesta tenían que viajar aparte. El campesino sacó
los billetes, ya que yo no habla
ba bien el francés y quería pasar
desapercibida. El chico debía de ser un poco ingenuo; después de
ocuparse de t odo, le preguntó al empleado: “¿Dónde colocamos a los
españoles?” Me quedé asustada. E l empleado se encogió de hom bros y
señaló el andén.
En cuanto s e fue nuestro bienhechor, me di cuenta de que ahora me
tocaba a mí hacerme cargo de todo.
Mientras esperábamos el tren, me parecía que alguien iba a descubrir
nuestra huida y nos iban a detener.
78
Por fin estábamos en el tren. Me sentí aliviada cuando arr ancó, nada en
nuestro aspecto podía llamar la atención. Pero, ¡si por casualidad viajara
el director de la fábrica en este tren...! No, no conocía a nadie y nadie
nos conocía.
Rubén estaba muy quieto, tan lindo con su conjunto azul y sus s andalias
rojas. Mis padres y yo íbamos vesti dos con la ropa que habíamos
guardado con cuidado para cuando saliéramos de los campos.
Todo parecía normal, pero la inquietud no me dejaba saborear esos
instantes. Dentro de unas horas, nos reuni ríamos con Joan; él no había
visto a Rubén más que una vez en la maternidad. Ya había cumplido
siete meses, era muy espabilado, ya decía muchas palabras.
Tenía motivos para preocuparme: íbamos sin documen tación, había que
cambiar de tren cuatro veces. Me ha bían apuntado el itinerar io en un
papel, pero estaba intranquila.
Teníamos que comer en Valence, entre las doce y las dos. No
llevábamos reloj, había que mirar la hora en las estaciones.
El bebé se había tomado un biberón en el tren, pero ese día no comería
como de costumbre. En la estación de Valence le daría un biberón de
leche espesada con harina. Nunca se me ha olvidado: el litro de leche se
había corta do; estábamos a 12 de agosto y hacía un calor tremendo.
Tuve que darle el pecho. Estaba tan cansada que tenía poca leche, pero
se conformaría hasta el día siguiente. Los a ños transcurridos no han
logrado borrar del todo los detalles de ese viaje tan difícil.
Hasta entonces, en los trenes abarrotados nadie nos ha
bía pedido la
documentación. Anocheció, comprendí que nos acer cábamos a nuestro
destino. Por fin, empezaba a creer que pronto estaríamos todos juntos.
Me dormí con Rubén en los brazos. Un joven matrimonio que viajaba con
nosotros prometió llamarme con tiempo.
Me desperté sobresaltada cuando Rubén se puso a llo
rar; no se
encontraba a gusto en brazos de otra persona, no conseguía calmarlo.
Nos habíamos levantado a las cinco de la ma ñana y ya eran más de las
doce de la noche. Yo temía que molestara a los otros viajeros, pero no
podía remediar lo. Dejó de llorar cuand o paró el tren. Era la una de la
mañana, estábamos en Alès.
79
Me latía el corazón con fuerza, sabía que la Grand-Combe estaba a unos
veinte kilómetros. A partir de allí, Rubén no lloró y permaneció despierto
como en pleno día. (Casualidades de la vida, él reside con su familia y
trabaja en Alès desde los 29 años.)
LA MINA
Llegamos a la Grand-Combe. La estación estaba mal alum
brada, me
pareció que no había nadie en el andén. Sólo nos bajábamos nosotros y
en ese momento vi a Joan que venía corriendo. A pesar de la emoción,
no había que perder tiempo, el tren iba a arrancar enseguida.
Después de ayuda rnos a bajar las cosas tomó a Rubén en brazos y yo,
al mirar el equipaje, di un grito: con las pri
sas y la oscuridad, se nos
había olvidado el saco con la comida del mes. La alegría del reencuentro
pudo con la contrariedad, enseguida olvidamos el disgusto.
Joan estaba muy emocionado con su hijo en brazos por primera vez.
Dentro de la estación, cerca d e la taquilla alumbrada pudo verle bien y
dijo: “¡Qué guapo es! ¡Qué ojos tan hermosos!”
Teníamos poco tiempo, Joan reanudaba el trabajo a las cinco y la casa
estaba a dos kilómetros.
La compa ñía de la mina vendía a cuenta lo imprescindible. Joan había
instalado camas, con colchones de crines y malas sábana s, pero yo no
las había tenido desde de la maternidad.
Antes de irse a la mina, Joan me explicó cómo ir al pue
blo cercano,
donde había unos comercios. No podíamos contar con nadie y no había
nada para comer.
A eso de las nueve, me desperté sobresaltada ; una veci na llamaba a la
puerta, me traía una lata de leche conden sada. Por la noche había oído
llorar al bebé. Me propuso ir al pueblo conmigo para hacer las compras.
Nos entendimos por señas.
Estaba aliviada. Sola, me habría costado trabajo hablar c
comerciantes, apuntarme para las cartillas de racionamiento.
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on los
Quise pagar las compras y comprendí que esa se ñora pedía que me
apuntaran en una libreta para pagar a los quince días. Se lo agradecí,
pero ya teníamos demasiadas deudas. Se quedaron muy extrañados.
Más tarde comprendí que los mineros eran muy pobres y solían pagar
cuando cobraban el sueldo; después les que daba poco dinero. Aunque
fue difícil al principio, no queríamos utilizar ese sistema.
Durante el trayecto, la vecina me explicó co sas que en tendí a medias.
Vivíamos en el Camp des Nonnes.
Recuerdo muy bien la carretera: a un lado, colinas con casta
ñares; al
otro, más abajo, un caserío minero, y más allá un extra
ño monte de
piedras negras. La mujer me dio a entender que era una escombrera con
los residuos de la mina.
Aquel día se me quedó grabado en la memoria. Esperaba a Joan con
impaciencia. Aún recuerdo cómo cogió a su hijo, todos estábamos
alegres y emocionados.
Le vi muy delgado. Al llegar, le sentó mal la comida de la cantina y tardó
en recuperarse ya que seguía comién dola por necesidad: no quería que
se le escapara ese trabajo de esclavo.
Me tranq uilizó. Teníamos tanto que decirn os que todo se mezclaba.
Hablábamos sobre todo de Rubén. Él no entendía nada, estaba quieto y
contento. A Joan le parecía mentira.
Conservo un feliz recuerdo de uno de los primeros do mingos. Nuestros
vecinos, muy amables, nos dijeron que podíamos dar un paseo a orillas
del río y nos dejaron el cochecito de sus nietos
. Nos fuimos con una
frugal me rienda; Rubén iba por primera vez en un cochecito. Nos
encantó el paseo; cogimos exquisitas zarzamoras que co
mimos a
voluntad.
Llevábamos más de un a ño y medio fuera de Espa ña. Nuestra vida
había sido tan dura que, pudiendo trabajar, no había motivos para
no
salir adelante. Por fin estábamos reunidos.
FIN
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Vivimos más de tres a ños en esa barraca, con una sola habitación para
los cinco, sin agua, sin retrete, con el polvo del carbón. El oficio de
minero era muy duro; Joan enfer mó de una grave silicosis. Sólo muchos
años más tarde reconocieron los médicos la enfermedad. La silicosis se
lo llevó a los 62 años.
Podría contar nuestra lucha para ganarn os la vida, el aprendizaje del
francés, nuestra integración en este país en el que estudiaron y ahora
trabajan nuestros tres hijos, nuestros cuatro nietos.
Al principio nos costó mucho trabajo obtener los carnés de identidad. Los
refugiados trabajaban para la guerra o en las minas, pero nadie les
reconocía ningún derecho. Bastó con un comisario de policía
colaboracionista y odioso para frenar los trámites.
Los gendarmes venían a menudo a ver si teníamos los carnés. Verles
era una pesadilla. Una tarde, dijeron que si no teníamos la
documentación al otro día, a las nueve, nos llevarían en el acto a un
campo.
Esos momentos no se pueden olvidar. Estábamos desesperados.
Nuestros vecinos franceses nos acompa
ñaron enseguida a la
gendarmería. Insistieron en que no teníamos la culpa de nada, éramos
gente trabajadora y nos trataban con injusticia. Los gendarmes hicieron
otra solicitud sin dirigirse a ese comisario aborrecido por todos. Dos
meses más tarde, llegaron los carnés.
Afortunadamente, siempre hubo quien nos ayudara como aquellos
campesinos de Izeux a quienes les devolvimos el dinero unos meses
más tarde. Pero la generosidad no tiene precio.
También podría contar ese viaje de agosto de 1943 hasta Troyes, para
visitar a nuestra familia, y nuestro regreso pasando por París. Habíam os
atravesado la Francia ocupada por interpretar equivocadamente un
artículo de periód ico mal redactado. Claro que no se podía viajar
más
que por la zona libre. Menos mal que ante nuestra buena fe, los oficiales
alemanes que nos controlaron en el tren renunciaron a detenernos, pero
nos avisaron que, a la vuelta, necesitaríamos un salvocondu
cto para
cruzar la línea de demarcación.
Las autoridades de Troyes, a pesar de admitir nuestra buena fe, no
pudieron darnos ese salvoconducto.
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Estábamos preocupados por mis padres, que se había n quedado en la
Grand-Combe con nuestros vecinos; era preciso que no nos detuvieran.
Salimos de París en tren, por la noche. Al llegar a la línea de
demarcación, los viajeros sacaron su documentación. Estábamos
sumamente acongojados. Joan se levantó, cogió el equipaje, yo cogí a
Rubén y nos bajamos del tren. No sabí amos qué hacer. En el vagón
vecino iban soldados alemanes.
Sin pensarlo más, saltamos a la
plataforma y arrancó el tren. Los soldados me ofrecieron un asiento,
Joan se quedó en la plataforma y, en la estación s iguiente, pasamos a
otro vagón.
Ya estábamos en la zona libre.
Llegamos a la Grand-Combe a las dos de la tarde. Joan reanudaba su
trabajo en la mina a las siete de la tarde.
Gracias a ese viaje comprendimos que podía encontrar un trabajo menos
peligroso que el de minero. Salimos para Nimes en noviembre de 1943.
Aquellos años de campos de concentración y nuestra primera situación
de refugiados han permanecido en nuestra memoria como una pesadilla.
Y lo cierto es que esos años de nuestra juventud nos han faltado como si
nos los hubieran robado.
Más de sesenta a ños después, lamento no haber escrito un diario
cotidiano. Pero no nos imaginábamos que nuestro exilio sería tan largo y
difícil. Además, ni siquiera teníamos papel para escribir.
Lo único que siento ahora es que Joan no pueda leer este testim
onio.
Mientras lo estaba escribiendo, me parecía que se lo dedicaba a él.
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