Ser independientes... y convivir

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Ser independientes... y convivir
Enviado por Leonardo Garnier en Sáb, 09/15/2007 - 10:50
Leonardo Garnier, Ministro de Educación Pública de Costa Rica, 15 de setiembre, 2007
Hace 186 años nuestras abuelas y abuelos decidieron que los pueblos de Centroamérica fueran independientes. No
decidieron simplemente desligarse del mundo, aislarse del continente o de la región; no: decidieron ser independientes, es
decir, que nos asumiéramos como dueños de nuestro propio destino y ejerciéramos un papel protagónico – y no meramente
reflejo – en la historia.
Optamos por ser repúblicas independientes, sociedades que asomaban al mundo ya no desde las visiones monárquicas y
rígidas de un mundo al que la historia iba dejando atrás, sino desde la nueva visión que marcaba la modernidad y que fue
inmejorablemente expresada en los grandes ideales de la Revolución Francesa: libertad, igualdad, fraternidad. Palabras
fáciles de decir, pero difíciles de alcanzar y, más aún, de preservar.
Fue así como las pequeñas repúblicas de América Central iniciaron su vida independiente: no cerrándose autárquicamente
al mundo sino, por el contrario, ampliando horizontes culturales, políticos y económicos; y afirmándose como ciudadanos por
derecho propio de ese mundo nuevo que surgía a fines del siglo XVIII e inicios del siglo XIX.
Es por eso que hoy, 186 años después, celebramos con orgullo y alegría la gesta de entonces. Nuestros jóvenes corren a lo
largo de toda la región, pasando de mano en mano la antorcha simbólica de nuestra independencia y, al mismo tiempo, de
nuestra integración.
Esto no es poca cosa: hoy, como repúblicas independientes – y como ciudadanas y ciudadanos de esas repúblicas – somos
parte activa y responsable de una humanidad que, en medio de sus avatares y conflictos, en medio de sus magníficos
avances y sus brutales paradojas, sigue empeñada en construir, paso a paso, ese mundo en el que realmente prevalezca el
derecho a la libertad, la igualdad, la fraternidad y – agregamos hoy – a la sostenibilidad, conscientes de que somos parte
integral de ese entorno natural que nos cobija y nos da vida.
Pero... ¿qué significa todo esto hoy para nuestros pueblos? ¿Qué significa hoy la independencia? Quisiera resumirlo en los
términos más simples: hoy, más que nunca, independencia significa educación: sólo un país educado puede ser realmente
independiente.
Es de ahí, de la educación que empieza en los hogares, que se adquiere en los barrios y los pueblos, que se nutre cada vez
más de los medios masivos y virtuales; pero, sobre todo, de esa educación que se adquiere en los preescolares, en las
escuelas, en los colegios y universidades, que nuestra juventud desarrolla la sensibilidad, los conocimientos y las destrezas
indispensables para forjar su propia identidad personal y nuestra identidad colectiva como naciones independientes.
La educación debe brindar a nuestras y nuestros jóvenes los instrumentos básicos de la convivencia humana: tanto las armas
de la razón y de la pasión como las de la ética y de la estética. Debe brindarles, por supuesto, la oportunidad de avanzar en
la búsqueda inagotable del conocimiento, de lo verdadero; pero debe ir más allá: debe darles también la oportunidad, los
criterios y las herramientas para avanzar en la búsqueda y construcción permanente de lo que es bello, así como de aquello
que es bueno, que es justo y correcto.
La capacidad para gozar de la vida y de sus más sublimes manifestaciones, de apreciarlas y valorarlas, de entenderlas en
sus muchos y muy variados sentidos y, sobre todo, la capacidad de poder expresarnos por todos los medios disponibles
para comunicarnos con los otros, son elementos indispensables de una educación que debe prepararnos para el trabajo en
un mundo que cada día cambia más rápido y exige mayores y más variables conocimientos y destrezas; pero sobre todo, de
una educación que debe prepararnos para la vida, para la convivencia y para el pleno ejercicio de la ciudadanía
democrática.
Al igual que con las sociedades, ser individuo, ser persona independiente no significa ser bichos autárquicos, ermitaños o
antisociales a los que solo les importa su propio bienestar, su propia opinión, su propio destino... porque ese destino, esas
opiniones y ese bienestar, están indisolublemente ligadas a eso que llamamos “los demás”... y no olvidemos que, como dijo
el cantor, “somos los demás de los demás”.
No podemos vivir sin los demás... sin esos que forman ese montón de grupos humanos de los que nos sentimos parte o con
los que nos identificamos, como la familia, los amigos, nuestro equipo de fútbol, el grupo de baile, la argolla, la barra, los de
la oficina, o hasta la “sele”... – símbolo tan curioso como intenso de nuestra pertenencia a la patria – en fin, de todos esos
colectivos que forman nuestra relación con los demás, con los otros: aquellos que nos permiten hablar de “nosotros”
sabiendo perfectamente a qué nos referimos.
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Pues bien: ésa es la tarea de la educación, no enconcharnos sobre nosotros mismos... sino ensanchar el nosotros y lograr
una verdadera convivencia con los demás, con todos los demás: lograr que nada humano nos sea ajeno. Que la alegría del
otro sea también nuestra alegría, que su dolor sea nuestro dolor. Nada más profundo define, en su mejor sentido, el potencial
del ser humano: su empatía, su identificación con el otro.
Digo todo esto con plena intención y conciencia: los seres humanos no podemos vivir separados. Pero tampoco podemos
vivir juntos como se vive en una colmena o en un hormiguero. Por fuertes y tentadoras que puedan ser las analogías, hay una
distinción fundamental que nos hace, precisamente, humanos: somos a un tiempo animales sociales e individuales. Somos
tribu sí – o parte de muchas tribus – pero tenemos conciencia plena de nuestra individualidad tanto como de nuestra
identidad colectiva. De ahí nace, precisamente, nuestra conciencia de la muerte, ese otro gran determinante de nuestra
inevitable angustia existencial: morimos, sí, pero también perduramos.
Somos independientes y lo celebramos. Pero tenemos por eso el derecho y la responsabilidad de entender y construir
constantemente esa independencia de la única forma en que realmente existe: en nuestra convivencia. Esto exige del
respeto, de la tolerancia, de la paz... y de la capacidad para construir juntos un bienestar en el que quepamos todos.
Hoy, como hace 186 años, sepamos ser independientes, sepamos vivir juntos, sepamos ser protagonistas de la historia y
parte activa de la cambiante comunidad mundial: sepamos estar a la altura de los tiempos que nos ha tocado vivir.
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URL de origen: http://leonardogarnier.com/articles/mep-subversivo/ser-independientes-y-convivir-629
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