novedad cristiana y novedad del mundo

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GIULIO GIRARDI
NOVEDAD CRISTIANA Y NOVEDAD DEL
MUNDO
Una vez sometida al análisis marxista y a la experiencia de sentido que puede dar la
opción revolucionaria, ¿queda a la f e cristiana algún lugar para afirmarse y cómo? El
autor cree que sí, y aporta unas pistas para la expresión de esa novedad de la fe. Ante
la serie de acusaciones injustas y de tratos violentos que su autor ha recibido en
ocasiones, precisamente "por negar la especificidad cristiana" nuestra revista se
complace en publicar, como un homenaje y como la mejor defensa, precisamente las
mismas palabras del P. Girardi.
Nouveauté chrétienne et nouveauté du monde, Lumiére et Vie, 116 (1974.1) 98-121
El problema de las contradicciones entre fe y compromiso político ha sido el que
primero ha polarizado la búsqueda en el proceso de maduración de los cristianos
revolucionarios. Enfrentados con una religión que en sus más variados sectores se
manifestaba solidaria con la cultura dominante, estos cristianos han sido llevados, por
una parte, a denunciar la trasposición ideológica del cristianismo y, por otra, a descubrir
y liberar las posibilidades revolucionarias de la fe, y la posibilidad, incluso la necesidad,
de que el cristianismo asuma los instrumentos de análisis y de combate proporcionados
por la teoría y las organizaciones marxistas.
Una vez adquiridas la legitimidad y la coherencia de esta opción, el problema se
desplaza: si, por un lado, es verdad que un cristiano puede ser revolucionario, queda por
explicar por qué un revolucionario puede ser cristiano. En efecto, ¿queda aún un lugar
para la experiencia cristiana en una vida militante, orientada por un análisis científico y
filosófico de la realidad, y movida por un proyecto exigente y lleno de sentido?
Este interrogante se plantea a diferentes niveles de profundidad: para algunos, no se
pone en cuestión la verdad del cristianismo, sólo apunta a profundizar y renovar su
sentido; se trata de indicar en un plano general, qué significa "ser cristiano".
Pero el interrogante no tarda en desplazarse del contenido de la fe a su fundamento; de
lo que hay que creer a las razones para creer.
En efecto, la puesta en cuestión de la sociedad y de la Iglesia, acaba por quebrantar la
credibilidad de ambas: el cristianismo, ¿es algo más que un sector de la ideología de
ciertas sociedades occidentales? ¿Desaparecerá la cuestión religiosa con el sistema
social de que forma parte?
De este modo, el problema de la contradicción entre fe y compromiso político reaparece
con una radicalidad nueva, puesto que el marxismo no excluye el cristianismo probando
su falsedad, sino más bien poniendo de manifiesto su falta de significación.
Esta parece ser la prueba decisiva de la fe en nuestra época. Se trata de saber, en efecto,
sí habiendo descubierto la fe como parte integrante de sistemas sociales globalmente
contestados, es ésta capaz de sostenerse a través del estallido y desmoronamiento de
estos sistemas. "Sostenerse" no sólo en el sentido de sobrevivir, sino de renovarse
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entrando a formar parte de una manera activa y original en la construcción de la
alternativa.
GÉNESIS Y SENTIDO DEL PROBLEMA
La crisis de la originalidad cristiana es, ante todo, una crisis de la interpretación que da
de ella la teología dominante. Esta aborda la cuestión a propósito de las relaciones entre
lo espiritual y lo temporal, y propone dos lineas fundamentales de solución: una
"constantiniana" y otra "espiritualista".
Del cristianismo "constantiniano" a la "trascendencia de lo espiritual"
El cristianismo constantiniano creía poder proporcionar, a la luz del evangelio, un
análisis específico del hombre y de la sociedad y una solución propia a sus problemas.
El cristianismo era el lugar de los valores ideales, el lugar de la verdad. Por ello
multiplicaba las instituciones cristianas. La especificidad cristiana era, pues, clara:
implicaba la aceptación de estos análisis y estos valores y la pertenencia a las
instituciones.
Su fundamento teológico era el "primado de lo espiritual", considerado como
consecuencia lógica del primado de Dios. En virtud del "primado de lo espiritual", el
pensamiento profano encontraba su fundamento y su norma en el pensamiento religioso
y lo mismo sucedía al nivel de los valores y las instituciones.
Pero el principio de la primacía de lo espiritual ha sido sustituido, sobre todo después
del concilio, por el que podríamos llamar principio de la "trascendencia de lo
espiritual". En esta nueva óptica, la fe afirma su autonomía en relación con las opciones
temporales y reconoce la autonomía de éstas. La fe, dice, debe mantener una "reserva
escatológica", una distancia crítica respecto a toda opción política. Este cristianismo
opone a una fe politizada e integrista, tanto de derechas como de izquierdas, una fe
apolítica y pluralista o bien una fe que ejerce una función política esencialmente crítica.
No se trata, por tanto, en esta perspectiva de cambiar de "compañeros de viaje", sino las
relaciones con ellos. El absoluto de la fe no debe en adelante quedar encerrado en la
relatividad de opciones políticas, por nobles que puedan ser. No se puede pasar de la
iglesia de los burgueses a la de los obreros. Es preciso que la iglesia llegue a ser la
Iglesia de todos, la unión y reconciliación de los hombres en Cristo, por encima, de las
divisiones de nación, raza, clase, sexo, etc.
La originalidad cristia na no debe, pues, buscarse en la esfera profana, sino en la esfera
trascendente y escatológica de la fe, y en relación con la política, en la capacidad de
relativizar todas las opciones, tanto conservadoras como revolucionarias.
Materialismo histórico y cristianismo
¿Cómo se plantea frente a estos modelos de cristianismo el problema de la originalidad
cristiana para los cristianos que han hecho una opción socialista y revolucionaria? El
análisis del materialismo histórico muestra que las verdades religiosas no pueden ser
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pensadas más que en función de la experiencia y la cultura profanas de la comunidad
creyente, de sus opciones antropológicas y políticas y, más exactamente, de su posición
de clase. De este modo, lo "espiritual", cuya trascendencia y primacía se afirmaba,
presupone, de hecho, inconscientemente, las soluciones políticas que teóricamente
deberían serle subordinadas. Por tanto, 'la "primacía de lo espiritual" coincide, de hecho,
con la primacía de las clases dominantes, y la "trascendencia de lo espiritual" es, de
hecho, la trasposición religiosa y moral de opciones políticas que se encuentran de este
modo sustraídas al debate propiamente político. No es, pues, por azar que, tanto en su
forma constantiniana como en su forma espiritualista, el cristianismo acaba siempre en
las mismas conclusiones contrarrevolucionarias y que el pluralismo que se proclama no
sobrepase nunca los límites del sistema.
Como consecuencia de este análisis, las relaciones entre lo espiritual y lo material, entre
la fe y la política, no solamente se modifican, sino que se invierten radicalmente.
¿Puede plantearse la cuestión de la originalidad cristiana en la revolución, o bien debe
situarse esta originalidad únicamente en el plano de lo "espiritual"? Pero, ¿qué es lo
"espiritual", una vez se sabe que está decisivamente configurado por posiciones de
clase? El problema es todavía más grave. En efecto, aplicar el materialismo histórico al
cristianismo es interpretarlo a la luz de una teoría de la ideología. Esto lleva a realizar
una segunda lectura de las verdades y las realidades cristianas extrayendo de ellas, más
allá de su sentido religioso, un sentido político y económico más profundo. Esta
segunda lectura supone un salto cualitativo en la conciencia cristiana y la compromete a
un proceso de reinterpretación global.
A partir de aquí la relación con la Iglesia queda profundamente modificada. ¿Cuál es en
adelante el sentido de la fidelidad a una institución a la que políticamente hay que
considerar en gran parte como enemiga? ¿Qué santidad se puede reconocer en una
institución que ha apoyado, y apoya, tan constantemente sistemas opresores? ¿Qué
unidad puede encontrarse en una comunidad tan profundamente dividida por la lucha de
clases? ¿Cómo descubrir, finalmente, la presencia de Dios en una Iglesia que aparece
mucho más como una pantalla que le oculta que como un signo que lo revela?
¿Qué misión de verdad puede tener una comunidad que ignora las condiciones de
producción y, por tanto, el sentido profundo de lo que dice? Estas cuestiones son tanto
más delicadas para el creyente, debido a que su fe no está fundada en un contacto
personal inmediato con Cristo; sino sobre un encuentro mediatizado por el testimonio
de la comunidad creyente. ¿Qué trascendencia puede atribuirse a un testimonio que ha
sido tan fuertemente cuestionado?
¿Por qué ser todavía cristiano?
Finalmente, es la pregunta por las razones de la fe la que se le impone al creyente por su
análisis revolucionario. ¿Por qué soy todavía creyente, cuando muchas de las razones
para serlo han caído una tras otra? Mi ser cristiano, ¿no será un residuo del pasado del
que no tengo el valor de deshacerme? Mi ser cristiano, ¿no se reduce al miedo de no
serlo, al miedo al vacío?
GIULIO GIRARDI
Cuando se va hasta el final en estos interrogantes se tambalea no sólo la originalidad de
la respuesta cristiana, sino incluso la misma pregunta por el cristianismo. El análisis del
hecho cristiano, y en general del hecho religioso, muestra que éste nace a menudo como
explicación de fenómenos que permanecen incomprensibles a la investigación humana o
como compensación a un deseo colectivo frustrado. Por tanto, en la medida en que este
deseo encuentre su respuesta normal, desaparecerán a la vez las respuestas religiosas y
su mismo planteamiento. Y lo que es verdad de numerosas cuestiones particulares del
pasado y del presente, ¿no lo será también de la cuestión religiosa sin más?, ¿no debería
considerársela como propia de una etapa de inmadurez personal y colectiva? E incluso
en la medida en que ciertos límites de la existencia se comprobaran realmente
infranqueables, ¿no debería considerarse la cuestión religiosa, planteada a partir de aquí,
como un rechazo, en definitiva adolescente, de la lúcida asunción de los propios
limites?
La experiencia de ciertos militantes ateos para los que la cuestión religiosa no se plantea
en absoluto, incluso en las situaciones limite de sufrimiento y de muerte, y cuya vida,
sin embargo, está llena de compromiso y de sentido, impone, en todo caso, rechazar la
tesis del "deseo natural de Dios". Esta experiencia muestra también que la interpretación
revolucionaria de la existencia constituye una cierta totalidad que, en su propio plano, se
basta a sí misma. Sólo en un determinado contexto social aparece como inevitable la
cuestión de Dios y como inscrita estructuralmente en la dinámica de la inquietud
humana. No es, por tanto, sorprendente que en el mundo secularizado haya ateos, sino
más bien que haya creyentes.
Y, sin embargo, a través del trastorno sufrido por su sistema de verdades y de valores,
numerosos cristianos experimentan una gozosa sorpresa: la de sentir que algo queda
firme en medio de los escombros, como una roca. Esta roca es Cristo, su presencia viva
y vivificante; a menudo oscura, fría y decepcionante; pero que resurge constantemente
con una fidelidad desconcertante. Sobre esta experiencia oscura y contradictoria, es
donde debe arraigar la tentativa de redescubrir el ámbito de la originalidad cristiana.
NOTAS PARA UNA BÚSQUEDA
Por razones de claridad, formularemos éstas indicaciones en forma de tesis, que, sin
embargo, no deben ser consideradas más que como hipótesis de trabajo.
1.ª No hay especificidad cristiana en la revolución, ni en lo que concierne a los
análisis, ni al proyecto de nueva sociedad, ni en la elección de medios y estrategias,
ni en las motivaciones de fondo; lo cual implica el rechazo de toda "tercera vía".
No hay un análisis específicamente cristiano de la sociedad: el cristiano revolucionario
asume los instrumentos de análisis que le proporcionan las ciencias humanas y el
materíalismo histórico en cuanto teoría científica.
En cuanto al proyecto revolucionario, no tiene nada de específicamente cristiano. No se
trata de construir un socialismo cristiano, sino simplemente un socialismo.
Pero, ¿no tendrá el cristiano, al menos, exigencias morales específicas que le orienten
en la elección de los medios y estrategias? No lo creemos. El cristiano no puede llegar a
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unas conclusiones diferentes de las logradas por una búsqueda profana autónoma,
cuando intenta elaborar una moral y una estrategia revolucionarias.
¿Pero hay, al menos, una motivación específica? Hay ciertamente unas razones
específicamente cristianas para comprometerse en la revolución. Pero no son, para el
cristiano, ni las únicas ni las fundamentales. En efecto, adoptar un proyecto
revolucionario es reconocer que tiene en sí mismo su justificación y que la motivación
fundamental para realizarlo es su valor interno.
Reconocer la racionalidad propia de lo político es, pues, rechazar toda sacralización de
la revolución y es también rechazar la búsqueda "cristiana" de una "tercera vía" entre
capitalismo y socialismo marxista, que de hecho es la búsqueda de una alternativa a este
último y a su estrategia de lucha de clases: entonces la "tercera vía" se convierte en una
nueva formulación de la primera.
Es el rechazo de una especificidad cristiana entendida como obstáculo o como
alternativa al compromiso revolucionario lo que está en el origen de la crisis de
identidad que analizamos. Una crisis de identidad cristiana que está provocada por una
búsqueda de identidad humana.
2.ª La sensibilidad cristiana puede aportar una contribución específica a la
radicalización revolucionaria a causa de su tradición y su peculiar experiencia
espiritual.
A partir del momento en que los cristianos revolucionarios han asumido hasta el final la
racionalidad propia de lo político, se replantea legítimamente, en este nuevo contexto, la
cuestión de su aportación específica a la revolución. Ciertamente tal aportación debe
buscarse en el nivel del sentido y no en el del comportamiento. Pero, ¿puede imaginarse
que una transformación profunda del sentido de la revolución no repercuta en su
contenido?, ¿o que los cristianos no estén "marcados" en su compromiso revolucionario
por su tradición y su peculiar experiencia espiritual? Creemos que no. Ciertamente se
trata de influencias difíciles de discernir, que no se expresan en contenidos
determinados sino en exigencias y acentos específicos en el interior de un combate
unitario.
El cristiano afirmará con una fuerza particular la exigencia de universalidad de la
revolución, es decir, el hecho de que la transformación de la sociedad debe alcanzar a
todos los hombres, incluso los más marginados, y a todos los pueblos, incluidos los del
Tercer Mundo. La "opción, por los pobres", que descubre y combate la pobreza, sin
denunciar y atacar sus causas estructurales ha contribuido a menudo a consolidar el
sistema. Pero asumida en el marco de un proyecto revolucionario, predispone a percibir
mejor su carácter esencialmente universalista e internacionalista.
La perspectiva marxista afirma la importancia de los factores estructurales y, sobre todo,
económicos, en el proceso de transformación. En cambio, la sensibilidad cristiana tiende
a acentuar los aspectos culturales que afectan a la calidad de la vida y a un nuevo tipo
de relaciones entre los hombres. Esta llamada a la transformación del hombre para
transformar la sociedad ha apartado a menudo la atención de la transformación de las
estructuras. Pero asumida en un proyecto político riguroso, esta exigencia contribuye a
afirmar el carácter global de la revolución.
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Si el marxista acentúa las dimensiones colectivas de los problemas, hay en la
sensibilidad cristiana una exigencia de personalización que recuerda constantemente
que los combates y las transformaciones colectivas tienen como objetivo esencial crear
las condiciones de una vida personal más libre y más creadora.
Finalmente, los temas de la unidad y de la reconciliación han sido a menudo invocados
por la conciencia cristiana como alternativas a la lucha, y en este sentido han jugado un
papel político integrador. Pero asumidos en el corazón del combate preservan de la
tentación del odio y de la venganza y lo remiten a su verdadero objetivo: la construcción
de una sociedad sin clases, lugar de reconciliación y de libertad.
En resumen, se trata, para el cristiano, de relanzar constantemente la dialéctica del amor
que es la fuente de la combatividad revolucionaria y su criterio de autenticidad; así
contribuye el cristiano a la radicalización revolucionaria cuya convergencia profunda
con la radicalidad cristiana se pone de manifiesto.
No se trata en absoluto de atribuir al cristianismo la exclusividad de estas exigencias, ni
de pretender que sean negadas por el marxismo, identificado con sus deformaciones
históricas, sino simplemente de reconocer que estas dos tradiciones y estos dos tipos de
exigencias tienen una connaturalidad particular con dimensiones diferentes del proyecto
revolucionario, entre las que es posible establecer una complementariedad muy fecunda.
Por ello, la ausencia, en los movimientos revolucionarios, de cristianos y de su
experiencia espiritual peculiar ha supuesto en el pasado un empobrecimiento tanto para
el cristianismo como para la revolución.
3.ª El planteamiento revolucionario no disuelve necesariamente la cuestión
religiosa antes al contrario puede replantearla bajo una nueva forma.
Ante todo, ¿es tan claro que la experiencia cristiana es la "respuesta" a una pregunta del
hombre? Parece legítimo dudarlo. En la medida en que la fe es un don que no supone
una llamada previa del hombre sino que la precede y la suscita, la fe, repetimos, no es
una "respuesta", ni el "hallazgo" de una investigación humana, ni el cumplimiento de un
deseo. La fe es la irrupción gratuita del amor de Dios, del totalmente Otro en la historia.
Pero esta dimensión de "gratuidad" de la fe, aunque es muy importante, no agota toda su
realidad. Como quiera que sea la trascendencia de la fe, ésta sólo puede tener sentido
para el hombre si se inscribe en el dinamismo de su deseo, es decir, si en cierta manera
es una "respuesta". Lo totalmente inesperado sería totalmente carente de significación.
¿Cuál es, pues, el lugar en el que se plantea la auténtica pregunta religiosa? Numerosas
interrogaciones religiosas se han manifestado, a la luz de una teoría y una praxis
revolucionarias, como falsos problemas, provocados por el atraso de esta teoría y esta
praxis. Pero la pregunta religiosa resurge, a partir de la misma revolución, y más
exactamente, a partir de sus límites estructurales.
En efecto, la revolución no está segura de su triunfo. La certidumbre que es alcanzable
en este punto es suficiente para comprometer a la acción, pero no para garantizar el
éxito. Por otra parte, la revolución triunfante no liberará a toda la humanidad: llegará
demasiado tarde para millones de hombres y mujeres, acerca de los cuales será licito
preguntarse por qué y para qué han vivido. Además, la revolución triunfante no liberará
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totalment e: suprimirá ciertas raíces de la alienación y del sufrimiento, pero quedarán
muchas otras. Finalmente, la revolución triunfante no liberará para siempre: la muerte se
llevará la victoria final. En resumen, las esperanzas profundas de la humanidad que se
hallan en el origen del proceso revolucionario están destinadas, en gran medida, a la
frustración. La voluntad de vivir que engendra la revolución es más poderosa que la
misma revolución. La utopía que desencadena esté dinamismo está destinada, en cierta
medida, al fracaso. El saber esto no debe apartar a los hombres del compromiso: pues
para ellos no existe triunfo más grande que esta participación en el triunfo parcial de la
historia. Pero, sin embargo, les inducirá a comprometerse con sentido del humor, es
decir, con capacidad de comprender y aceptar los límites de su acción y de sus
posibilidades.
Esta "relativización" de la revolución no tiene nada que ver con la "reserva
escatológica" que según cierta teología debe mantener el cristiano respecto a toda
opción política, uniéndolas todas bajo la misma crítica radical. Tal crítica universal
consigue, en la práctica, el mismo resultado integrador que la sacralización del orden
establecido. En efecto, ¿para qué cambiar, si todo orden nuevo acabaría finalmente tan
podrido como el primero? Nuestra crítica, por el contrario, aunque radical, es
discriminada; no elimina la opción, antes al contrario, la supone.
La fe aparece, por tanto, a la vez como una respuesta y como una pregunta: la pregunta
por el sentido último de la historia y de la vida. Este interrogante adquiere todo su
mordiente cuando se plantea en el corazón mismo de la praxis revolucionaria. Ya no se
trata de la trasposición al más-allá de la historia de problemas que no se pueden abordar
intrahistóricamente, sino del problema que brota en la misma dinámica del compromiso
histórico asumido hasta el final. La cuestión religiosa no surge entonces de la
experiencia de limites provisionales, destinados a ser sobrepasados, sino de la
experiencia de limites estructurales invencibles.
La presencia cristiana en la revolución es, por tanto, ante todo, la presencia de una
pregunta. Pregunta que por otra parte no es exclusiva de los creyentes. Numerosos ateos
que rechazan la respuesta cristiana, reconocen la legitimidad de la pregunta que
presupone. Pero consideran que es más digno del hombre asumir lúcidamente sus
límites, antes que pretender sobrepasarlos de un modo ilusorio.
Ciertamente, admitir que el problema religioso es un problema verdadero, no es todavía
admitir que la respuesta religiosa sea una respuesta verdadera. Esto sería tomar los
deseos por realidades. Por ello, el cristianismo, después de haber sido criticado, porque
se oponía a las esperanzas profundas de la humanidad, suscita actualmente la duda
precisamente porque corresponde demasiado exactamente a estas esperanzas. ¿Cómo
excluir la hipótesis de que la religión, después de haber pretendido de una manera
ilusoria sobrepasar los limites de una época, pretenda hoy día sobrepasar el ámbito
mismo de la historia? ¿Cómo excluir, sobre todo, que nuestra creencia en la
inmortalidad no esté simplemente enraizada en un instinto de vida que rehúsa la
muerte?
GIULIO GIRARDI
4 ª El análisis revolucionario no disuelve el ámbito de la respuesta cristiana.
El estudio de las razones para creer no debe ser concebido como la demostración
abstracta de una doctrina, sino como la tentativa de explicitar una experiencia, de dar
cuenta de una esperanza.
La fe no puede remitir a pruebas apodícticas ni ser deducida de los hechos que invoca,
puesto que se trata de una convicción que al mismo tiempo es una elección. Además, no
cabe "demostración", porque la fe pretende abrir la dinámica y la conciencia humanas a
una dimensión radicalmente nueva respecto a un universo de ideas, valores y
explicaciones que se basta a sí mismo. En la estructura misma de la fe hay un doble
salto cualitativo: el que es común con toda opción global y el que le es propio por razón
de su abertura al Trascendente.
Este doble salto cualitativo se expresa concretamente en los términos de un problema de
confianza. En el centro del problema de las razones para creer se encuentra la cuestión
de la credibilidad de la Iglesia como comunidad creyente. Esta cuestión subyace incluso
al problema de la credibilidad de la Biblia.
Antes hemos visto como un análisis de la sociedad capitalista y de la historia en general,
arrastra inevitablemente al cristiano revolucionario a una profunda crisis de confianza
en la Iglesia. Pero hemos constatado también que el cristiano descubre en el mensaje .de
Cristo y en la experiencia comunitaria de la fe, ciertas potencialidades revolucionarias.
En el corazón mismo de esta experiencia, el cristiano revolucionario descubre la
autonomía relativa de la esfera religiosa, en concreto, del hecho cristiano, respecto al
modo de producción y también respecto a la cultura dominante.
Ciertamente la afirmación de esta autonomía relativa no excluye, de suyo, la hipótesis
de que la esfera religiosa no sea una' forma especial de ilusión. Pero esta hipótesis no es
necesaria. La cuestión queda abierta y no puede ser resuelta ni en nombre del
materialismo histórico, en cuanto teoría científica, ni en nombre de las implicaciones
filosóficas de esta teoría, y puesto que el análisis revolucionario deja abierto el
interrogante filosófico acerca del materialismo filosófico y del ateísmo que éste implica,
sigue siendo legítimo para los militantes buscar una respuesta por vías diferentes.
Por otra parte, en la medida en que el análisis científico explica la historia del
cristianismo en función de valores objetivos, sobre todo de orden económico, la sustrae
del juego de las intenciones subjetivas, de las buenas o malas voluntades. Es decir, la
crítica política no pone en cuestión, de suyo, ni la sinceridad de las personas, ni su
rectitud moral, ni la calidad de su fe o la autenticidad de la entrega al servicio de los
demás.
En estas condiciones, la autonomía relativa de la esfera religiosa se llena de
implicaciones y de posibilidades. Permite al creyente afirmar que la comunidad cristiana
ha sido y sigue siendo el lugar en que se da tal acopio de energías morales y religiosas
que dan testimonio, a pesar de todo, de la realidad viviente de Cristo. Esta confianza en
la Iglesia, a pesar de las contradicciones de su testimonio, expresa la prueba a la que
continuamente es sometida la fe del militante.
GIULIO GIRARDI
5.ª La originalidad cristiana en la revolución no debe buscarse al nivel del
comportamiento, sino en el del sentido.
No se trata, en absoluto, de atribuir al cristianismo la exclusividad del sentido, ni de
afirmar que es absurda una existencia sin Dios, o un humanismo sin Cristo. No se trata,
para el cristiano, de dar un sentido a la historia, que ésta no tendría, sino de hacer nuevo
el sentido de una historia ya llena de sentido. No se trata de proponer una alternativa a la
esperanza humana, sino de asumir ésta, con toda su densidad, en una totalidad más
englobante.
En el corazón de esta nueva esperanza hay una convicción: el deseo, la esperanza, la
utopía que se hallan en el origen del proceso revolucionario, se realizarán. "Yo creo en
la Resurrección de la Carne" significa: creo que la victoria final será la de la vida sobre
la muerte, del amor sobre el egoísmo, de la libertad sobre la esclavitud. El fundamento
de esta certidumbre es que uno de nosotros ha resucitado ya y que la victoria sobre la
muerte está ya incoada.
Sin embargo, la perspectiva de una "vida distinta", en la que toma cuerpo el proyecto de
una "sociedad distinta", no se presenta como una alternativa a la construcción del futuro
histórico, sino como un nuevo motivo para comprometerse en él. El amor
revolucionario encuentra en la paternidad de Dios, en la fraternidad de Cristo, en la
comunidad final de destino, nuevas razones para llegar hasta el final. Estos nuevos
motívos toman cuerpo en la. persona viviente de Cristo, porque él es la presencia de la
utopía en el corazón de la tensión y de la lucha.
No hay, por tanto, verdadera esperanza cristiana si no aparece comprometida con la
construcción histórica de lo que se espera. La comunidad creyente no es realmente signo
de Cristo más que en la medida en que se convierte, como él, en presencia de la utopía
en la historia.
Pero si, por un lado, Dios es el esperado de los hombres, por otro, es el inesperado, el
que irrumpe en la historia y provoca la maravilla absoluta. Por eso su encuentro gratuito
puede ser vivido como la realización plena y transformadora del hombre. Esto no
cambia nada, si cambiar significa abandonar tal proyecto, o tal experiencia o tal
motivación, o dar al comportamiento una dirección distinta de la que exige una
humanidad ya madura. Pero este encuentro lo cambia todo porque sitúa las cosas en un
nuevo contexto vital, el de la relación con Cristo resucitado y, en él, con el Padre y el
Espíritu. No hay novedad de sistema o de ley, sino novedad del amor.
Por tanto, al que nos pregunta qué ha aportado Cristo de nuevo a nuestra vida sólo
podemos responderle: el mismo Cristo. Su -aportación más auténtica y más
transformadora no es lo que él nos ha dado sino lo que él es conel Padre y el Espíritu
Santo. Su novedad no radica en los dones que ofrece, sino en el amor por el cual él se da
a sí mismo.
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6.ª El compromiso revolucionario, aunque no es específicamente cristiano, es
percibido por los militantes como esencial a su cristianismo y como prioritario
respecto a las tareas específicamente cristianas.
Actualmente descubrimos que hay verdades y compromisos humanos que en un
momento determinado de la historia aparecen como esenciales al cristianismo. De este
modo, ciertos cristianos, a la vez que rehúsan deducir de la fe su compromiso
revolucionario, lo ven como una consecuencia de ella. Piensan que aunque el mensaje
de Cristo no es portador de un proyecto específico de sociedad, está, sin embargo, lleno
de exigencia s de libertad y de amor, cuyas virtualidades transformadoras se revelan
progresivamente a través de la historia en función de la maduración humana y cristiana.
Los cristianos han descubierto de este modo la incompatibilidad de su fe con la
aceptación de la esclavitud, del racismo, del fascismo, del colonialismo. Actualmente,
para un número creciente de cristianos, la fe es incompatible con la adhesión al sistema
capitalista. Dicho de otra manera: en el capitalismo, el cristianismo, en cuanto mensaje
comunit ario, no es realizable. Se impone el compromiso en favor de una alternativa
global.
El proyecto revolucionario se convierte para el cristiano no sólo en un elemento de su
proyecto cristiano, sino en su criterio de autenticidad. Todo lo que en el cristianismo
histórico contradice las exigencias de liberación del hombre, a nivel individual y
colectivo, no puede venir de Dios liberador y debe ser rechazado en nombre de la fe.
Pero hay más. La liberación humana, y sobre todo política, aparece como la tarea más
urgente y más importante a la que deben consagrarse prioritariamente los esfuerzos de
todo hombre y de todo creyente. La liberación humana no es la tarea específica de la
Iglesia, pero es su misión fundamental, que debe ser proseguida incluso donde no haya
ninguna posibilidad de evangelización. Porque la Iglesia no puede ser una verdadera
comunidad creyente si no es una verdadera comunidad humana.
Las tareas específicas de la Iglesia, como la adoración y la evangelización, así como la
aportación irreemplazable que constituye para la historia no son en modo alguno
negadas. Pero cada vez se ve mejor que dichas tareas sólo encuentran su sentido
auténtico en el corazón mismo de la praxis revolucionaria. Una liberación cristiana que
quedara extraña a la liberació n humana permanecería extraña al hombre. En cambio la
Iglesia, por razón de su tarea específica, expresa en el corazón de los movimientos de
liberación la existencia de una dimensión irreductible del combate y de la historia. Tal
horizontalismo no debería sorprendernos si hubiéramos percibido que la primacía de la
liberación es la traducción en contexto actual, del primado del amor humano que está en
el centro del Evangelio.
En la interpretación de las tareas prioritarias del cristiano y de la Iglesia se encuentra
hoy día la divergencia más grave entre los cristianos. Esta divergencia no es de origen
religioso, sino profano, político y en definitiva, clasista.
GIULIO GIRARDI
CONCLUSIÓN
Es bastante desconcertante constatar que si la originalidad del cristianismo pone graves
problemas a los cristianos revolucionarios, plantea en cambio menos a los
conservadores. Lo que defiende al cristianismo conservador de la crisis de identidad es
el desconocimiento de las propias condiciones de producción. Desconocimiento que le
permite ignorar el precio que paga por su aclimatación al. régimen capitalista: dejarse
penetrar y manipular por la cultura ambiental y con ello reemplazar la originalidad real
de la fe por una originalidad ilusoria que fundamenta una unidad no menos ilusoria.
El descubrimiento de esta ilusión desencadena en el cristiano la crisis de la que hemos
hablado. Este descubrimiento es, a la vez, una amenaza y una suerte, pues a través del
análisis de sus condiciones de producción, en efecto, la vida consciente 'conquis ta una
mayor autonomía. En el interior de esta nueva autonomía se hace posible una
originalidad más auténtica de la experiencia cristiana.
Por otra parte, la autonomía de la vida consciente será tanto más real a medida que las
condiciones estructurales, económicas y políticas de la libertad sean establecidas.
En el compromiso sin reserva por construir la novedad del mundo, la Iglesia construirá
su propia novedad y descubrirá a la vez la novedad de Dios, puesto que la novedad
cristiana no es sólo una realidad a descubrir, sino en gran manera también, una tarea a
realizar.
Tradujo y condensó: JOSÉ MIRALLES
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