La intercesión de María Santísima es necesaria para nuestra

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La intercesión de María Santísima es
necesaria para nuestra salvación
Este artículo clarificador y reconfortante sobre la necesidad de la intercesión de
María Santísima para nuestra salvación es tomado de una sección de un capítulo de Las
Glorias de María, libro de San Alfonso María de Ligorio. El extracto prueba que la
intercesión de María Santísima también es necesaria para la salvación. Y decimos
necesaria – no absolutamente, sino moralmente.
por San Alfonso María de Ligorio
Todas las gracias nos son dadas
por las manos de María Santísima
Un escritor antiguo, probablemente San Sofronio, en un sermón sobre la
Asunción de Nuestra Señora publicado con las obras de San Jerónimo, dice que “la
plenitud de la Gracia que está en Jesucristo vino sobre María Santísima, aunque de un
modo diferente”; es decir que Nuestro Señor es como la Cabeza, de Quien los espíritus
vitales (o sea, el auxilio divino para obtener la salvación eterna) fluyen a nosotros, que
somos los miembros de Su Cuerpo Místico; y que la misma plenitud está en María
Santísima, como siendo el cuello, por lo cual pasan eses espíritus vitales a los
miembros. La misma idea es confirmada por San Bernardino de Siena, que explica esto
más claramente, diciendo que “todas las Gracias de la vida espiritual que descienden de
Cristo, la Cabeza, a los fieles, que son Su Cuerpo Místico, son transmitidas por la
mediación de María Santísima”. El mismo San Bernardino intenta atribuir una razón
para esto, al decir que “tal como Dios se dignó habitar en el vientre de la Virgen
Santísima, Ella adquirió, por así decir, una especie de jurisdicción sobre todas las
Gracias; porque cuando Jesucristo dejó Su santísimo vientre, todos los corrientes de
dones divinos fluyeron de Ella como de un océano celeste”.
En otro lugar, repitiendo la misma idea en términos más distintos, él reitera que
“a partir del momento en que esta Virgen Madre concibió el Verbo Divino en Su
vientre, Ella adquirió una jurisdicción tan especial, por así decir, sobre todos los dones
del Espíritu Santo, que desde entonces ninguna creatura recibió de Dios ninguna Gracia
de otro modo que no fuese por las manos de María Santísima”.
Otro autor, en un comentario a un pasaje de Jeremías, en que el profeta,
hablando de la Encarnación del Verbo Eterno y de María Santísima, Su Madre, dice que
“una mujer abarcará un hombre”, – señala que – “así como no se puede diseñar una
línea a partir del centro de un círculo que no pase por la circunferencia, también no hay
Gracia que procede de Jesús, Que es el centro de todo el bien, sin pasar por María
Santísima, Que Lo abarcó cuando Lo recibió en Su vientre”.
Dice San Bernardino que es por esa razón que “todos los dones, todas las
virtudes y todas las gracias son dispensadas por las manos de María Santísima para
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quien, cuando, y de todo modo que Le es agradable”. Ricardo de San Lorenzo afirma
también “que es la voluntad de Dios que todas las cosas buenas que concede a Sus
creaturas pasen por las manos de María Santísima”. Y así, el Venerable Abad de Cellas
exhorta a todos que recurran a “este Tesoro de Gracias” (él así llama Nuestra Señora);
porque el mundo y toda la raza humana deben recibir todo el bien de que tenga
esperanza a través de Ella sólo. “Dirigidos a la Santísima Virgen” – dice él; “porque por
Ella, y en Ella, y con Ella, y de Ella, el mundo recibe, y recibirá todo lo bueno”.
Ahora, debe ser evidente para todos nosotros que, cuando eses Santos y eses
autores afirman, en aquellos términos, que todas las Gracias nos vienen a través de
María Santísima, no quieren decir simplemente que nosotros “hemos recibido
Jesucristo, fuente de todo lo bueno, a través de María Santísima”, como el escritor que
nombramos pretende; sino que ellos nos aseguran que Dios, Que nos dio Jesucristo,
quiere que todas las Gracias que fueron, son y serán concedidas a los hombres hasta el
fin del mundo por los méritos de Cristo, sean dispensadas por las manos y a través de la
intercesión de María Santísima.
La intercesión de María Santísima
es necesaria
E así el Padre Suárez concluye que es el sentimiento de la Iglesia universal “que
la intercesión y las oraciones de María Santísima son, encima de las de todos los otros,
no sólo útiles sino necesarias”. Necesarias, de acuerdo con, lo que ya dijimos, no una
necesidad absoluta – porque sólo la mediación de Jesucristo es absolutamente necesaria
– pero con una necesidad moral; porque la Iglesia cree, con San Bernardo, que Dios
determinó que ninguna Gracia sea concedida de otro modo que no sea por las manos de
María Santísima. “Dios quiere” – dice el Santo – “que no tengamos nada que no haya
pasado por las manos de María Santísima”; y, antes de San Bernardo, ya Santo
Ildefonso había afirmado lo mismo, dirigiéndose a la Santísima Virgen en los siguientes
términos: “Oh María Santísima, Dios decidió confiar todos los dones que Él destinó a
los hombres a Tus manos, y por lo tanto, Te confió todos los tesoros y riquezas de
Gracia”. Y por eso San Pedro Damián comenta “que Dios no Se haría hombre sin el
consentimiento de María Santísima; en primer lugar, para que nosotros nos sentamos
una deuda de grandes obligaciones para con Ella; y en segundo lugar, para comprender
que la salvación de todos nosotros es dejada al cuidado de esta Bienaventurada y
Siempre Virgen”.
Para encontrar Jesús –
rezad a María Santísima
San Buenaventura, sobre las palabras del profeta Isaías, “Y saldrá un renuevo
del tronco de Jesé, y de su raíz se elevará una flor. Y reposará sobre él el Espíritu del
Señor”, (Is. 11:1), hizo un hermoso comentario diciendo: “Quien desea las siete Gracias
del Espíritu Santo, deba procurar la flor del Espíritu Santo en el tallo”. O sea, por Jesús
en María Santísima, “Porque por el tallo encontramos la flor, y por la flor encontramos
Dios”. Y en el duodécimo capítulo de la misma obra, añade: “Si deseas poseer esta flor,
dobla el tallo que tiene la flor, por la oración, y así la obtendrás”. El Padre Seráfico, en
su sermón de Epifanía sobre las palabras de San Mateos, “Encontraron el Niño con
María, Su Madre”, (Mateo 2:11), nos recuerda que si deseamos encontrar a Jesús,
tenemos que encontrarlo con María Santísima. Podemos concluir, entonces, que
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buscaremos en vano a Jesús, a menos que lo busquemos con María. Y así San Ildefonso
dice: “Deseo ser el siervo del Hijo: pero como nadie lo será sin servir la Madre, por esta
razón deseo entregarme al servicio de María Santísima”.
San Bernardo dice que, “tanto como un hombre y una mujer cooperaron en
nuestra ruina, era apropiado que otro hombre y otra mujer cooperasen en nuestra
redención, y Ellos son Jesús y Su Madre, María Santísima. No hay duda”, dice el Santo,
“que Jesucristo era, por Sí sólo, más que suficiente para redimirnos. Pero era en efecto
apropiado que ambos los sexos trabajasen juntos para reparar el mal que ambos los
sexos habían causado”. Por lo tanto, Santo Alberto el Grande llamó a María Santísima
la “Ayudadora de la Redención”. La Santísima Virgen reveló a Santa Brígida que, “tal
como Adán y Eva vendieron el mundo por una maza, así Ella lo redimió con Su Hijo, de
cierta manera con un solo Corazón”. Esto es confirmado por San Anselmo, que dice que
“aunque Dios pudiese crear el mundo a partir de la nada, cuando él se perdió a causa del
pecado, Él no quiso reparar el mal sin la cooperación de María Santísima”.
María Santísima cooperó en
nuestra salvación
Suárez dice que “María cooperó en nuestra Salvación en tres formas: primero,
por haber merecido, por un mérito de congruencia o aptitud, la Encarnación del Verbo;
segundo, por haber orado continuamente por nosotros mientras vivía en este mundo;
tercero, por haber ofrecido voluntariamente a Dios la vida de Su Hijo para nuestra
salvación. Por esta razón, Nuestro Señor decretó con justicia que, así como María
Santísima cooperó en la salvación de los hombres con tanto amor, y al mismo tiempo
dio tanta gloria a Dios, así todos los hombres deberán obtener su salvación a través de la
intercesión de María Santísima.
María Santísima es llamada “cooperadora en nuestra justificación”, pues fue a
Ella que Dios confió todas las Gracias que nos son destinadas; y es por eso que San
Bernardo afirma: “Todos los hombres, pasados, presentes, y que vendrán, deben elevar
los ojos hasta María Santísima, como el medio y la negociadora de la salvación en todos
los tiempos”.
Jesucristo dice que nadie Lo puede encontrar a menos que el Padre Eterno
primero lo atrae por medio de la Gracia divina: “Nadie puede venir a mí, si el
Padre…no le atrae” (Juan 6:44) Así también Jesús Se dirige a Su Madre, dice Ricardo
de San Lorenzo: “Nadie viene a Mí sin que Mi Madre en primer lugar lo atrae por Sus
oraciones”. Jesús es el fruto de María Santísima, tal como Santa Isabel Le dijo:
“Bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre”. (Lucas
1:42) Así, pues, quien desea el fruto debe ir al árbol; quien desea a Jesús debe ir a
María; y quien encuentra María encontrará Jesús, seguramente.
Cuando Santa Isabel vio que la Bienaventurada Siempre Virgen María había ido
a su casa para visitarla, no sabiendo cómo agradecerle y llena de humildad, exclamó:
¿“De donde a mí tanto bien que venga la madre de mi Señor a visitarme? ¿Pero cómo se
entiende esto? – preguntaremos – ¿No sabía ya Santa Isabel que no era sólo María, sino
también Jesús, que había entrado en su casa? Entonces ¿por qué es que ella dice que no
es merecedora de recibir la Madre, en vez de, antes, declararse no merecedora de recibir
el Hijo que había venido a visitarla? Es porque Santa Isabel sabía muy bien que, cuando
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María Santísima viene, trae Jesús consigo, invariablemente. Y, por lo tanto, era
suficiente agradecer a la Madre, sin mencionar el Hijo.
“Ella es como la nave de un comerciante que trae de lejos el sustento”. (Prov.
31:14) La Bienaventurada Siempre Virgen María era esa nave afortunada que del Cielo
nos trajo Jesucristo, Él que es el Pan Vivo que descendió del Cielo para darnos la Vida
eterna, como Él mismo afirma: “Yo soy el pan vivo, que he descendido del cielo. Quien
comiere de este pan, vivirá eternamente”. (Juan 6:51) Y por eso dice Ricardo de San
Lorenzo que “en el mar de este mundo se perderán todos los que no fueron recibidos a
bordo de este barco; esto es, todos los que no estuvieron protegidos por María
Santísima” y entonces añade: “Siempre cuando nos vimos en peligro de perecer en el
medio de tentaciones y de pasiones en conflicto de esta vida, recurramos a María
Santísima, y gritemos sin demora: ¡“Señora, ayúdanos! ¡Sálvanos, si Tú no quieres que
perezcamos”!
San Bernardo dice que, tal como nosotros no vamos al Padre Eterno a menos que
a través de Jesús, también no vamos a Jesús a menos que a través de María Santísima.
“Por Ti, nosotros vamos al Hijo, Oh Bienaventurada dispensadora de la Gracia,
portadora de la vida, y Madre de la Salvación, para que Lo podamos recibir a través de
Ti, por medio de Quien Él nos fue dado”. Es ésta la razón, presentada por San Bernardo,
por la cual Nuestro Señor determinó que todos tenemos que ser salvados por la
intercesión de María Santísima y, por lo tanto, el Le llama Madre de la Gracia y de
nuestra salvación.
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