La Caza - La Biblioteca de Cartago

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Autor: Pavel Ruthven – [email protected]
La Caza
Era noche cerrada. La luna pugnaba con oscuras nubes por asomarse y mirar a la tierra, pero aparte
de las nubes y de la oscuridad reinante, una densa niebla ocultaba toda posible visión a más de
metro de distancia, haciendo que la presencia de la luna no fuese más que una quimera.
Una débil llovizna había regado la tierra durante toda la tarde y había dejado como recuerdo de su
paso un ambiente húmedo y un suelo embarrado.
Las botas de las tres temblorosas figuras se hundían hasta el talón en el barro mientras su avance se
dificultaba por momentos a lo largo del sinuoso camino que conducía hacia la apartada colina. Las
linternas alumbraban a ráfagas el camino embarrado y los decrépitos árboles que se alineaban a
ambos lados, mientras que los ojos de sus portadores intentaban atisbar en la lejanía en busca del
objetivo de aquella comitiva.
Pocos instantes después, cuando las botas y los bajos de los pantalones estaban ya por completo
embarrados, los muros del cementerio del pueblo aparecieron a lo lejos, perfilándose sus mausoleos
y sus puntiagudos torreones en la ominosa oscuridad de un instante de luz.
Los tres hombres siguieron andando sin mucha convicción hacia la necrópolis, deteniéndose en la
entrada, como si estuviesen mostrando sus respetos a los que allí dentro yacían. Frente a ellos
quedaba la enorme puerta de hierro y los muros grisáceos de la ciudad de los muertos.
El más alto de los tres, el padre Joseph Curwen, el que encaminaba la comitiva y hacía las veces de
líder involuntario, se persignó. Su sotana aparecía manchada y el crucifijo que colgaba de su cuello
temblaba vertiginosamente. El padre Curwen era un hombre alto, fornido como un toro y sabio
como un filosofo griego. Pero hasta los hombres más fuertes y sabios tienen miedo.
A su lado estaba el escurridizo Sven, el encargado del cementerio. En sus manos temblaban, aún
más que el crucifijo del padre Curwen, las llaves de la verja. Sven era un hombre bajo y
escuchimizado, delgado y nervudo como si fuese una gacela. Sin embargo, al igual que el padre
Curwen, era necesario. A sus espaldas colgaba una escopeta y llevaba varios cuchillos colgando de
la cintura junto al bote de agua bendita que el padre les había otorgado poco después de salir del
pueblo. En su cintura había además una pala.
Finalmente, una afligida figura aguardaba temblorosa y decaída a que todo se desenvolviese. Era
Jonathan, el más afectado por todo el asunto. Llevaba una amplia capa sobre los hombros y en sus
manos relucían dos desenvainadas pistolas que temblaban presa de espasmos incontrolables. Alzó el
rostro contraído por las lágrimas y miró al padre Curwen.
Un asentimiento de compasión fue la respuesta.
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—Terminemos de una vez —propuso el sacerdote mientras miraba a Jonathan y ordenaba a Sven
abrir las puertas del campo santo.
Curwen miró por el rabillo del ojo a Jonathan. ¡Qué desgracia la de aquel joven!
Hacía escasos días que él mismo había celebrado la unión de éste y Lauranne en la iglesia del
pueblo. Dos jóvenes felices, ansiosos por vivir juntos una larga vida y… El cruel y despiadado
destino había hecho una de sus más reprochables jugadas, presentándose en el lecho de aquella
pareja en forma de muerte y sesgando la vida de Lauranne mientras su enamorado esposo
descansaba a su lado. Los designios del Señor son inescrutables, pero incluso para él, sacerdote de
convicción y profesión, esta vez los designios del Señor eran pérfidos.
Pero ahí no se terminaban las desdichas para Jonathan y el pueblo. Lauranne fue enterrada al día
siguiente, el mismo había pronunciado las exequias, pero esa misma noche se le apareció a Jonathan
en sueños, igual al día siguiente y así durante otros dos días más. Sin embargo, estos sueños, lejos
de ser el reflejo de un estado normal de una persona que ha sufrido la muerte de un ser querido, se
agravaron con las muertes de varias personas del pueblo de manera más que misteriosa. Todas
habían muerto desangradas.
Joseph Curwen no era en absoluto una persona inculta. Había estudiado teología en la universidad
de la ciudad y se había ganado una reputación intachable entre los miembros del clero, pese a que
todos le reprochasen su decisión se confinarse en un pueblo perdido en las montañas. Pero la
cultura, la sabiduría y el saber de Curwen se negaban a aceptar la realidad. Todo era obra de un
vampiro. Sin duda alguna. Un muerto que se levantaba de sus tumbas para alimentarse de la sangre
de los vivos.
No había comentado sus impresiones con nadie. En primer lugar por que temía ser tachado de loco
y, en segundo, por que la tensión entre los sencillos habitantes del pueblo aumentaría si él, la
persona que más debía cuidar de su integridad moral y de su fe, se dedicaba a pregonar que un
vampiro asolaba la tierra.
Con un chirrido sepulcral, la puerta del cementerio se abrió. Tumbas viejas, centenarias y
mausoleos decrépitos y sobrecogedores fueron iluminados por la linterna. Sven retrocedió unos
pasos asustado. Él se encargaba del cementerio, pero únicamente por el día. Por la noche, y además
en noches como ésta, nunca se acercaba al cementerio. Las tumbas parecían cobrar vida durante la
noche, los árboles se mecían fantasmalmente y cualquier sombra parecía cobrar un agresivo
movimiento.
Curwen supo que era su deber dar el primer paso y así lo hizo. Penetró en el cementerio y camino
lenta pero decididamente entre las tumbas más viejas, las que llevaban más de doscientos años
erguidas sobre la tierra embarrada del cementerio. La luna se ocultó por completo y la lluvia
comenzó a rociar los muros y las cabezas de los tres hombres.
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Tras él caminó Sven y cerrando la comitiva siguió el esposo de Lauranne. Su tumba era de las más
recientes por lo que, para desdicha de los tres, se encontraba al fondo del cementerio, cerca de la
capilla que antiguamente fue ocupada por el predecesor de Curwen en la región. Ahora, esa capilla
permanecía abandonada a su suerte y se elevaba aterradora por encima del laberinto de tumbas y
mausoleos. Varios murciélagos volaban a su alrededor, pero Curwen avanzó resueltamente,
ignorando por completo el temblor de sus piernas.
Llegaron a la tumba de Lauranne. Las flores que muchos de los habitantes del pueblo habían
depositado como homenaje a aquella bella joven aún estaban frescas y la cruz que había sido
clavada encima del túmulo de tierra estaba removida. Era una entre tantas, pero era la única que
pertenecía a una persona que hubiese muerto joven.
Curwen se detuvo frente a la tumba y los dos hombres le flanquearon.
—Dios nos perdone por lo que vamos a hacer, aunque casi prefiero que Dios me castigue y aquí
únicamente repose Lauranne. Que ella nos perdone por profanar su tumba.
Elevó la mirada y contempló al cabizbajo Jonathan. ¡Que cruel e inhumano debía ser para él acudir
en medio de la noche al cementerio a desenterrar a su difunta esposa!
—Necesito tu consentimiento, Jonathan. Sino, nos marcharemos tal y como hemos venido.
Jonathan asintió temblorosamente.
—Sí, hagámoslo.
Un murmullo de ramas y un lejano trueno resonaron cuando Sven clavó la pala tras desenterrar la
cruz y alejar las flores. El escurridizo hombre elevó la mirada al cielo, encontró la mirada de
Curwen y siguió cavando. Jonathan rompió a llorar y únicamente la mano del sacerdote encontró
como sostén.
Una plegaria se elevó al cielo. Una oración de disculpa, de vida y de súplica.
Pronto la pala golpeó madera. Sven retiró la tierra y desveló el bonito ataúd que el padre de la joven
había construido expresamente para su hija durante una larga noche de vigilia. Sven clavó la pala
cerca y miró al sacerdote que en ese momento terminó la oración. Su crucifijo brillaba
anormalmente y las manos embarradas y mojadas de Sven temblaban frenéticamente.
—Ábrelo —ordenó.
Sven vaciló. Curwen sabía que en el fondo, tanto él como Jonathan, sospechaban que en aquel ataúd
ya no reposaba Lauranne.
Con un crujido, la tapa del ataúd se apartó y las linternas iluminaron el bello cadáver de Lauranne.
Sus largos cabellos dorados, su pálida piel y su fino físico deslumbró a los presentes. Jonathan se
arrojó al interior de la tumba sin que nadie pudiese impedirlo. Aquel rostro bello y descansado, en
paz consigo mismo, le sedujo más que en vida y el joven abrazó al cadáver de su amada.
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A orden de Curwen, Sven apartó al joven cuyos gritos resonaban por toda las montañas. El
sacerdote se acercó al cadáver de Lauranne e incluso él, un sacerdote, sintió que la belleza de
Lauranne era tal que sus deseos olvidados, ignorados y reprimidos regresaban a él con una fuerza
inusitada. La blancura de su piel era como la luz de la luna, sus finos pechos delimitados por el
ceñido camisón mojado por la lluvia y su rostro bello como el de una virgen que pudiese tener en su
iglesia terminaron por hacer que incluso el sacerdote sintiese deseos de abrazar del modo que había
hecho Jonathan a la joven.
Aferró su crucifijo y tomó de nuevo posesión de sí mismo.
Sus manos se introdujeron dentro de su sotana y extrajo un arrugado pergamino que extendió a la
luz de su linterna. Era una escritura antigua en la que se detallaban las características de un
vampiro.
Lentamente se acercó al cadáver de Lauranne. La primera condición no se cumplía; no había
orificios por encima de la fosa y, si los había, ya habían quedado destruidos. La segunda condición
se dividía en muchas otras.
Sus ojos estaban cerrados.
Carecía de color en el rostro.
Llevaba poco tiempo enterrada como para que la putrefacción se adueñase de ella.
Por contra, sus uñas y cabellos, tenían el mismo aspecto que cuando estaba viva. Sin embargo, era
lógico por que llevaba poco tiempo muerta.
La siguiente cuestión dejó a Curwen sobrecogido. En su cuello había dos diminutas heridas, casi
imperceptibles a no ser que fuesen buscadas concienzudamente.
Había otras condiciones, algunas de ellas, como por ejemplo la sangre en las arterias, prefirió no
comprobarlas. Pero al torcer el brazo de Lauranne sintió que este se movía del mismo modo que el
de una persona viva.
Se retiró. A sus espaldas, Jonathan intentaba zafarse del abrazo de Sven que le impedía acercarse al
cadáver de su mujer. Curwen miró a Jonathan. Ahora venía lo más difícil.
—Debemos clavarle una estaca en el corazón, Jonathan —dijo en tono grave—. Lauranne ha
causado ya bastante daño en el pueblo.
—¡Dejadme! —gritó el joven— ¡no tocaréis su cuerpo!
Sven apretó con más fuerza aún pero el joven siguió revolviéndose.
—¡Jonathan, por el amor de Dios! ¡Lauranne es una vampira!
Esa última palabra resonó por toda la región como el eco de un trueno.
Jonathan y Sven se quedaron paralizados.
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—Debemos destruir su cuerpo, no su alma que ya no reposa en este cuerpo. ¡Y debes ser tú quién lo
haga! Será la única manera de que su alma quede libre y este demonio que la ha suplantado
abandone su cuerpo.
Jonathan cayó de rodillas al suelo.
—No… —murmuró.
Curwen se acercó al joven.
—Hijo mío —dijo el sacerdote—. Sé que esto es muy difícil para ti. Pero si no lo haces tú, nadie
podrá hacerlo y todos estaremos condenados, tú incluso, o quizás tu hermana y padres. Todos. No
quedará nadie. Ya no es Lauranne. Es otra persona. Esa persona no te quiere y tú no la quieres a
ella.
Sven le tendió la estaca y un martillo. El sacerdote las tomó.
—Toma, hijo mío, toma y cumple tu última obligación conyugal. Desde el cielo Lauranne te lo
agradecerá.
Jonathan asintió débilmente.
—Jonathan…
Aquella voz suave como el susurro del terciopelo resonó anormalmente profunda en el cementerio.
Los tres hombres se giraron y a sus espaldas estaba Lauranne erguida y avanzando con la mirada
puesta en su marido. Sus cabellos se agitaban con el viento y su camisón blanco se adhería a su
cuerpo a la vez que volaba a sus espaldas. Jonathan se incorporó mientras Curwen esgrimía su
crucifijo ante la vampira. Sven cargó su arma.
Rápidamente y con un chillido espantoso, la vampira se arrojó sobre el sacerdote y le golpeó con
fuerza, arrojándolo contra el muro del cementerio. Antes de que Sven hubiese cargado su arma, la
vampira le había golpeado con igual furia que al sacerdote.
Jonathan la abrazó y Lauranne respondió a su abrazo. Aquel abrazo gélido y sumamente pasional
sumió a Jonathan en la locura del amor perdido. La boca de Lauranne se abrió y dos afilados
colmillos brillaron como dos diamantes en la noche. Lentamente se encaminaron al cuello de
Jonathan que permanecía ajeno a todo lo que sucedía y, de no ser por el padre Curwen, que había
reaccionado con rapidez, la vampira habría clavado sus infectos dientes en el joven. El sacerdote
hundió su crucifijo en el rostro de la vampira que, con un chillido tan agudo como el cruzar de dos
filos férreos, retrocedió espantada.
El primer disparo resonó como un trueno. El impacto desplazó unos metros hacia atrás a la vampira
y el segundo la derribó permaneciendo en el aire un gemido lamentoso. Sven se incorporó y cargó
de nuevo su escopeta.
—¡Ahora, vamos, Jonathan! ¡Clávale la estaca en el corazón!
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Jonathan tomó de nuevo la estaca y avanzó temblorosamente hacia el cuerpo de su amada. El humo
de los impactos se elevaba aún en el aire, pero no había ningún tipo de herida en el cuerpo. El
sacerdote le siguió y comenzó a recitar una nueva plegaria en latín apuntando con el crucifijo al
rostro de la vampira. El joven posó la estaca sobre el corazón de Lauranne y levantó el martillo.
—Lo siento, Lauranne, lo siento.
El primer golpe traspasó aquella carne suave y fina. Un chillido más agudo que los anteriores, si
cabe, se elevó al cielo acompañando las plegarias del padre Curwen. Los siguientes indujeron a los
presentes al delirio mientras el cadáver de Lauranne se descomponía y la sangre manaba a raudales,
como si de una fuente se tratase.
—Enterrádla —pidió el padre Curwen para iniciar una nueva plegaria.
La tierra cayó sobre el ataúd acompañando a las lágrimas de Jonathan.
El silencio se extendió por el cementerio mientras que el padre rezaba. Sin embargo, no había
habido ninguna victoria en destrozar el cadáver poseído de Lauranne. Alguien tenía que haberla
convertido en una vampira y ninguno de los presentes tenía la más mínima noción de quién podía
ser.
A Jonathan todavía le quedaba mucho por superar.
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