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Nadie en el pueblo quiso creer en la muerte de don Manuel; todos esperaban verle a diario, y acaso
le veían pasar a lo largo del lago y espejado en él o teniendo por fondo la montaña; todos seguían oyendo su
voz, y todos acudían a su sepultura, en torno a la cual surgió todo un culto. Los endemoniados venían ahora
a tocar la cruz de nogal, hecha también por sus manos y sacada del mismo árbol de donde sacó las seis tablas
en que fue enterrado. Y los que menos queríamos creer que se hubiese muerto éramos mi hermano Lázaro y
yo.
Él, Lázaro, continuaba la tradición del santo y empezó a redactar lo que le había oído, notas que me
han servido para esta mi memoria.
- Él me hizo un hombre nuevo, un verdadero Lázaro, un resucitado –me decía-. Él me dio fe.
- ¿Fe? – le interrumpía yo.
- Sí, fe, fe en el consuelo de la vida, en el contento de la vida. Él me curó de mi progresismo. Porque
hay, Ángela, dos clases de hombres peligrosos y nocivos: los que, convencidos de la vida de ultratumba, de la
resurrección de la carne, atormentan, como inquisidores que son, a los demás, para que, despreciando esta
vida como transitoria, se ganen la otra, y los que, no creyendo más que en ésta…
- Como acaso tú… -le decía yo.
- Y sí, y como don Manuel. Pero no creyendo más que en este mundo esperan no sé qué sociedad
futura y se esfuerzan en negarle al pueblo el consuelo de creer en otro…
- De modo que…
-De modo que hay que hacer que vivan de la ilusión.
Miguel de Unamuno. San Manuel Bueno, mártir
1. Organización de las ideas
La información del texto puede estructurarse del siguiente modo:
1. Situación inicial (secuencia narrativa): reacciones del pueblo tras la muerte de dM (2 primeros
párrafos)
1.1. Incredulidad del pueblo en general
1.2. Rituales espontáneos ante su tumba
1.2.1. de todos los fieles
1.2.1. de los endemoniados
1.3. Incredulidad de los hermanos Carballino
1.4. Actitud de Lázaro
1.4.1. Heredero de la labor de don Manuel
1.4.2. Memorialista
2. Explicación de Láz. y dudas de Ángela (secuencia dialogada) sobre la fe “nueva” que le dio dM. Desde
“-El me hizo…” hasta el final.
2.1. Sentido de la nueva fe según Lázaro: dar felicidad y consuelo a la gente
2.2. Argumentación de Lázaro (por contraste): personas nocivas que rechazan esta fe
2.2.1. Los clericales fanáticos
2.2.2. Los progresistas
2.3. Conclusión (tesis): preservar la “ilusión” del pueblo (como conducta ante la vida)
En cuanto al tipo de estructura, nos hallamos ante una disposición típicamente narrativa (habitual
en cuentos y novelas), con dos modalidades textuales combinadas, la narrativa (punto 1) y la dialogada
(p. 2). La dialogada, a su vez, responde a un “diálogo de ideas” que va desde una formulación particular
de Lázaro y su argumentación correspondiente (puntos 2.1. y 2.2.) hasta una propuesta de actuación de
carácter general (para ser compartida por Ángela y por todo el pueblo), que puede entenderse como la
tesis fundamental que se defiende el en texto (p. 2.3.). Esta subestructura sería, por tanto, inductiva.
Además, a la estructura narrativa se le puede añadir otra más sutil pero igualmente presente que es
la estructura encuadrada que envuelve y da cohesión poética a la anterior. Así, vemos cómo el texto
arranca con la constatación de que la gente del pueblo “quería” creer que don Manuel seguía vivo
(desde “Nadie…” hasta “…oyendo su voz”), o sea, que todos vivían un espejismo, un ensueño, una
especie de ilusión piadosa. Y vemos cómo, simétricamente, al final del texto, Lázaro remata su
argumentación con esa misma idea, la de que esa clase de ilusión, espejismo o engaño es
imprescindible para que el pueblo alcance la dicha y el consuelo de vivir.
2. Tema y resumen
Tema: dos redacciones posibles
La fe como consuelo para la vida.
El ensueño de la fe, medio para una vida feliz.
Resumen:
A pesar de haber muerto, la figura de don Manuel pervive intensamente en el recuerdo y los rituales
piadosos de Valverde. En especial, es Lázaro quien se convierte en heredero y transmisor de la labor de
aquel pues los dos coinciden –según explica a su hermana– en una singular fe, la de ofrecer al pueblo
(en contra de lo que practican los clericales fanáticos y los progresistas) esperanza y dicha en la vida,
aunque para ello haya que mantener a la gente en el ensueño consolador de que existe la vida eterna.
Comentario crítico
Redacción definitiva
Este fragmento pertenece a una de las últimas novelas escritas por Unamuno, San
Manuel bueno, mártir (1931). Unamuno, figura central de la Generación del 98, fue un
autor que abrazó todos los géneros literarios, destacando en el ensayismo y la novela.
San Manuel bueno, mártir ha sido considerada un “testamento intelectual”
(filosófico, espiritual y literario) donde su autor plasmó las obsesiones que lo habían
acompañado toda su vida: la lucha entre la fe trascendente y las evidencias de la
razón, la cuestión social y el papel de la iglesia ante esta, el sentimiento del paisaje, y
la relación entre invención literaria y verdad, temáticas diversas que en mayor o
menor medida están presentes en el fragmento que nos toca comentar.
Ángela Carballino, voz narrativa de la novela, recoge en esta secuencia de la obra
las diversas reacciones que se producen en el pueblo de Valverde de Lucerna tras la
muerte del venerado sacerdote Manuel Bueno, auténtico ejemplo y padre espiritual
de toda la comunidad.
Argumentalmente estamos situados en el post-desenlace de la novela, en el que
Unamuno se centra en el efecto espiritual y moral de ese fallecimiento en los dos
“discípulos” elegidos por el cura, los hermanos Carballino, que aparecen en nuestro
texto debatiendo precisamente sobre sus deberes con la comunidad tras faltar don
Manuel. Antes de este momento, Ángela, jovencita muy creyente que había
renunciado al matrimonio para acompañar a don Manuel y ayudar a las gentes
humildes y necesitadas del pueblo, ha oído de boca de su hermano Lázaro una
confesión extraordinaria: ni él ni don Manuel creen en Dios ni en la vida eterna,
aunque están firmemente convencidos de que hay que ayudar y amar a todos los
vecinos para hacer que la vida de estos sea algo soportable e incluso feliz. Por su
parte, Lázaro, un exaltado, un anticlerical de ideas progresistas, queda convencido de
los aspectos positivos de las enseñanzas de don Manuel y modera su actitud hasta
convertirse en la mano derecha del sacerdote. Así pues, el descubrimiento de aquel
secreto pone en marcha una transformación espiritual en los dos hermanos: Ángela,
que antes tenía una fe inquebrantable, ahora empieza a tener dudas acerca de qué es
o no la fe, si hay que creer en Dios o no, etc (dudas que se ven en este texto a través
de las preguntas constantes que le hace al hermano); mientras que el hermano
evoluciona al revés: de oponerse frontalmente a la religión ha pasado, por influencia
de don Manuel, a “resucitar” a la fe, o sea, a una nueva vida (de ahí la alusión
metafórica del texto al famoso episodio del Nuevo Testamento en que Jesús,
milagrosamente, resucita al otro Lázaro), aunque se trate de una fe muy particular.
Lázaro muere poco después de don Manuel, como si su vida no tuviera ya sentido
después haberse ido el maestro y amigo; y quedará Ángela, repleta de dudas, que es
la que se ocupa de escribir (en convertir en literatura) toda la historia de ella, del
hermano y, sobre todo, de don Manuel.
Organización de
la redacción
Interpretación:
¿Por qué el texto
dice lo que dice?Localización.
Interpretaciónmenciono rápido el
asunto/tema del
que habla el texto
Interpretaciónconecto (sin hacer
resumen) el
contenido del
fragmento con el
argumento
(personajes clave,
situaciones o
acontecimientos
importantes,
cambios
psicológicos o
morales, etc) de la
obra, antes y/o
después de lo que
cuenta el texto
En el contexto de este drama espiritual, la información básica que ofrece este
pasaje es el razonamiento detallado de Lázaro acerca de la clase de fe que
compartían dM y él: una fe que no se dirige a Dios ni a la vida eterna sino al aquí y al
ahora, y que consiste en ofrecer ayuda (espiritual pero también material), consuelo,
serenidad, alegría etc al pueblo entero, cuyas condiciones de vida son
extremadamente duras. El amor al prójimo es, en consecuencia, la fe que está
defendiendo Lázaro con energía, a pesar de que Ángela no acabe de entenderlo del
todo.
Esta posición personal la justifica Lázaro mediante un razonamiento de contraste,
oponiéndola a dos tipos de personas aparentemente diferentes pero que, en el fondo,
coinciden en despreciar la búsqueda del consuelo y la felicidad en la vida. Unos son
los fanáticos religiosos (clérigos o no) que, convencidos de su fe en Dios y el más allá,
desprecian el buen vivir de la gente pues solo consideran verdadera vida la que hay
después de la muerte. Los otros son los progresistas anticlericales, quienes (como
admite Lázaro que le ocurría antes a él) también desprecian el buen vivir de la gente
convencidos de que la fe en la vida eterna es una mentira inadmisible y de que solo
luchando contra las injusticias sociales se puede llegar a construir un mundo futuro
más feliz.
En realidad, como vemos, Lázaro y don Manuel temían a todos los intransigentes
incapaces de admitir que lo que de verdad necesita la gente, en el terreno espiritual,
es alcanzar un poco de felicidad y esperanza en su vida diaria. Pero el miedo ante la
intransigencia y a los fanatismos de ciertas “doctrinas” (en este caso, el catolicismo y
el laicismo mal entendidos) no era solo la opinión de dos personajes literarios sino
que también era la opinión personal de Unamuno en 1930, espectador del
enfrentamiento cada vez más agresivo de los sectores tradicionalistas y progresistas
del país en relación con la llamada “cuestión religiosa”, enfrentamiento que estallará
con la proclamación de la II República en 1931. La reflexión que hace Unamuno a
través de Lázaro es la de alguien que quiere quedarse aparte de las luchas políticas en
torno a la reforma religiosa del Estado y que, sin embargo, pretende llamar la
atención acerca de la espiritualidad de la gente común, de su forma concreta de vivir
la fe. Unamuno sostiene que es peligroso el progresismo (en aquella época formado
por socialistas, liberales radicales y anarquistas) cuando niega a las personas sencillas
ampararse espiritualmente en su fe tradicional (por supuesto, la católica) pero
también enfatiza que es nocivo el catolicismo sin alma, alejado de las necesidades de
los feligreses, que solo entiende la fe como exaltación del sacrificio y el sufrimiento,
es decir, miedo al pecado y al infierno, defensa de la honra, renuncia y penitencia.
En otro orden de cosas, cabe preguntarnos si la actitud de Lázaro y don Manuel es
ética y moralmente aceptable o censurable. Si no pensamos en las circunstancias
especiales que Unamuno crea en la novela sino en la decisión personal de un hombre
que, en un momento de su existencia, tiene que decidir si la consagra al sacerdocio,
entonces sí hay que darle la mayor importancia a la fe personal ¿Cómo puede
hacerse cura alguien que no cree en el Dios cristiano? Si la persona en cuestión
“sabe” que carece de esa fe, lo lógico, lo moralmente correcto, es, sin duda, renunciar
a ello. Y habría que renunciar porque la vida se convierte en una mentira, una
mentira para sí mismo y para los demás. Un cura no debe engañar a sus fieles pero,
como persona, no debe engañarse a sí mismo porque si lo hace, seguramente, el día a
día se convertirá en algo insufrible. Si esa persona tiene un alma filantrópica, ahí
están las ONG y toda clase de voluntariado civil para “darse” al prójimo sin necesidad
de crear a los demás y crearse a sí mismo un conflicto espiritual innecesario.
En conclusión, nos encontramos ante un pasaje enormemente significativo de la
obra San Manuel Bueno, mártir. La sinceridad obliga a Lázaro a explicar cómo ha
cambiado su forma de sentir y pensar y qué cree que debe hacer por el pueblo una
vez ha fallecido el guía y maestro, don Manuel. La ilusión en la vida eterna es algo
consolador, algo que puede aliviar las penas de aquellos que viven en la pobreza, la
soledad, la enfermedad, el dolor físico o moral… eso es lo que defiende Lázaro. Pero,
Interpretaciónselecciono la
información (ideas)
más importante del
texto y las explico
(otra forma de
hacerlo es
explicarlascomentarlas
siguiendo el orden
de los párrafos: ojo,
no se trata de
resumir sino de
explicar por qué el
autor-texto dice lo
que dice).
Opinión personal y
valoración
Conclusión:
conecto con lo que
he dicho antes y
añado una última
idea nueva (en
forma de pregunta
abierta)
¿es realmente así? ¿Una confianza ciega y espontánea en el más allá, en la presencia
protectora de un dios, puede hacer que los sufrimientos de la vida se aminoren, se
alivien, se curen por completo o casi por completo? ¿Eran las gentes atrasadas,
paupérrimas y analfabetas de aquella España rural de la que habla Unamuno más
felices por el efecto benéfico de la fe religiosa? A pesar de las explicaciones de
Unamuno a través de sus personajes, creo que la pregunta, entonces y ahora, sigue
siendo válida porque, desde luego, carece de fácil respuesta.
Decíase que había entrado en el Seminario para hacerse cura, con el fin de atender a los hijos de una su
hermana recién viuda, de servirles de padre; que en el Seminario se había distinguido por su agudeza mental
y su talento y que había rechazado ofertas de brillante carrera eclesiástica porque él no quería ser sino de su
Valverde de Lucerna, de su aldea perdida como un broche entre el lago y la montaña que se mira en él.
¡Y cómo quería a los suyos! Su vida era arreglar matrimonios desavenidos, reducir a sus padres hijos
indómitos o reducir los padres a sus hijos, y sobre todo consolar a los amargados y atediados, y ayudar a
todos a bien morir.
Me acuerdo, entre otras cosas, de que al volver de la ciudad la desgraciada hija de la tía Rabona, que se
había perdido y volvió, soltera y desahuciada, trayendo un hijito consigo, Don Manuel no paró hasta que hizo
que se casase con ella su antiguo novio, Perote, y reconociese como suya a la criaturita, diciéndole:
-Mira, da padre a este pobre crío que no le tiene más que en el cielo.
-¡Pero, Don Manuel, si no es mía la culpa...!
-¡Quién lo sabe, hijo, quién lo sabe...!, y, sobre todo, no se trata de culpa.
Y hoy el pobre Perote, inválido, paralítico, tiene como báculo y consuelo de su vida al hijo aquel que,
contagiado de la santidad de Don Manuel, reconoció por suyo no siéndolo.
Miguel de Unamuno: San Manuel Bueno, mártir
1.Organización de las ideas
El fragmento escogido puede estructurarse del siguiente modo:
1. Pasado de don Manuel fuera de Valverde (secuencia narrativa 1ª): formación y juventud (1er párrafo)
1.1. su carrera eclesiástica
1.2. su vocación de párroco
2. Vida de don Manuel en Valverde de Lucerna: dedicación absoluta al pueblo (desde el 2º párrafo hasta
el final)
2.1. Ocupaciones concretas de don Manuel (secuencia descriptiva, 2º párrafo)
2.2. El caso de la hija de la tía Rabona (secuencia narrativa 2ª: alterna narración y diálogo)
2.2.1. Planteamiento: don Manuel actúa ante la deshonra de una madre soltera
2.2.2. Conflicto: don Manuel convence a Perote (diálogo)
2.2.3. Desenlace: Vejez feliz de Perote con su hijastro
El texto presenta un orden cronológico típico de los textos narrativos. El apartado 1 agrupa hechos
(problema familiar, seminario, abandono carrera eclesiástica, regreso al pueblo) que se suceden en
riguroso orden temporal, y estos hechos, a su vez, anteceden a los que se enumeran en el apartado 2.
De entre estos hechos se destaca uno, que se relata resumidamente pero completo como “ejemplo” de
la conducta de don Manuel. Así pues, entre el punto 2.1 y 2.2. se advierte también un orden expositivo
deductivo.
2. Tema y resumen
El tema del texto es la consagración de la vida de don Manuel al pueblo de Valverde.
Otras posibilidades de redacción:
- la entrega absoluta de don Manuel al pueblo
- el amor al prójimo, norma de conducta de don Manuel con su pueblo.
Resumen:
Tras superar su brillante etapa de seminarista y rechazar cargos eclesiásticos lejos de Valverde, don
Manuel regresa para siempre a su pueblo dispuesto a entregarse por completo a sus fieles. Esa entrega
espiritual pretende, ante todo, ayudar a los necesitados, dando consuelo y alivio a los que sufren o
consiguiendo el perdón de unas personas a otras. Un ejemplo notorio de esta actitud fue cómo ayudó a
una muchacha del pueblo, madre soltera deshonrada, convenciendo a su antiguo novio de que se
casara con ella y reconociese al hijo “ilegítimo”.
3. Comentario crítico
Redacción definitiva
Organización de la
redacción
Este pasaje pertenece a una de las últimas novelas escritas por Unamuno, San
Manuel bueno, mártir (1931). Figura central de la Generación del 98, Unamuno fue
un autor que abrazó todos los géneros literarios, destacando en el ensayismo y la
novela. San Manuel bueno, mártir ha sido considerada un “testamento intelectual”
(filosófico, espiritual y literario) donde su autor plasmó las obsesiones que lo
habían acompañado toda su vida: la lucha entre fe y razón, la relación entre
literatura y verdad, el papel social y espiritual de la iglesia, y el sentimiento del
paisaje. En este texto se tocan, explícita e implícitamente, las dos últimas temáticas.
Ángela Carballino, voz narrativa de la novela, recuerda la juventud de don
Manuel y, cómo, ya ordenado sacerdote, regresa de inmediato a su pueblo para
dedicarse en cuerpo y alma a ayudar espiritualmente a los feligreses de Valverde de
Lucerna.
Desde el punto de vista del desarrollo de la historia, este fragmento se sitúa en el
planteamiento, casi al comienzo, cuando Ángela, recién llegada del colegio donde
ha estudiado hasta los 15 años, se reencuentra con el párroco y evoca lo que el
pueblo decía de él (“Decíase…”) y los recuerdos propios (“Me acuerdo, entre otras
cosas, de que…”). En este momento, la narradora es una joven rendida al magisterio
espiritual y la bondad del sacerdote. Se puede decir, por una parte, que lo tiene
absolutamente idealizado (de ahí que elogie la “agudeza mental” y “el talento” del
cura, y que después exclame: “¡Y cómo quería a los suyos!”), y, por otra, que lo está
descubriendo como persona, de ahí que enumere con detalle las tareas espirituales
que aquel llevaba a cabo en el pueblo, y que incluso ponga un ejemplo muy
concreto y muy significativo de estas. Ese ejemplo –lo ocurrido a la hija de la tía
Rabona– se parece, de algún modo, a las parábolas bíblicas del Nuevo Testamento
en las que Jesús contaba a sus discípulos pequeñas historias que encerraban, como
esta, una enseñanza moral y religiosa.
Pero poco a poco, según avanza la historia, ese sentimiento admirativo (fiel e
idealizado siempre) sufrirá una progresiva alteración, primero cuando ella se dé
cuenta de que don Manuel sufre en secreto y que busca en ella un apoyo
“maternal”, y más tarde cuando, a través de su hermano Lázaro, tenga que
enfrentarse a la verdad de que el cura no creía ni en dios ni en la vida eterna. La
confianza plena, la seguridad de esta época juvenil se emborrona un poco y las
dudas comienzan a hacer mella en las ideas y los sentimientos de Ángela.
Lo primero que llama la atención del pasaje que comentamos es la separación
tajante que hace la narradora entre “el mundo exterior” y el de Valverde. Toda la
vida del cura fuera del pueblo está relacionada con los estudios, con una posible
carrera eclesiástica y con su talento, cosas sin valor auténtico si las comparamos
con lo que siempre quiso él: volver a su aldea y entregar su vida a ella. El mundo de
afuera es el de la inteligencia y del prestigio mientras que el mundo de Valverde es
el de la voluntad auténtica (“él no quería ser sino de su Valverde de Lucerna”). Así
pues, aquello que uno no desea de verdad –parece decirnos Unamuno- no es
auténtico, solo superficial en la vida. Y esa voluntad personal, profunda, se poetiza
aquí mediante una metáfora paisajística: Valverde es una “aldea perdida” pero
hermosa (un “broche” decorativo), situada entre un lago y una montaña. Parece
como si al recordar a don Manuel, Ángela quisiera subrayar también la añoranza
que tenía el cura por el lago y la montaña, dos elementos simétricos del paisaje (el
lago refleja la montaña) que aquí aparecen como parte del recuerdo de don Manuel
pero que, poco a poco, se irán llenando de sugerencias simbólicas más y más
complejas hasta que pasen a formar parte de la identidad de Valverde y de la
personalidad “agónica” del cura.
Interpretación: ¿Por
qué el texto dice lo
que dice?Localización.
Interpretaciónmenciono rápido el
asunto/tema del que
habla el texto
Interpretaciónconecto (sin hacer
resumen) el
contenido del
fragmento con el
argumento
(personajes clave,
situaciones o
acontecimientos
importantes, cambios
psicológicos o
morales, etc) de la
obra, antes y/o
después de lo que
cuenta el texto
Interpretaciónselecciono la
información (ideas)
más importante del
texto y las explico
(ahora lo hago
siguiendo el
contenido de cada
párrafo): ojo, no se
trata de resumir sino
de explicar por qué el
autor-texto dice lo
que dice).
[interpret. 1er
párrafo]
Una vez ha situado de nuevo al párroco en el pueblo, Ángela va a explicar con
cierto detalle las tareas espirituales que este ejercía allí: consolar, convencer,
acompañar a unos; requerir el perdón de otros; atender hasta el “bien morir” a
todos. La actitud común es la de un inquebrantable amor al prójimo (padres e
hijos, matrimonios, enfermos, amargados, moribundos), es decir, la de ayudar a los
necesitados y a los que sufren.
Como ejemplo elocuente de esta actitud, Ángela deja constancia de la
intervención de don Manuel en el caso singular de la hija de la tía Rabona. Y desde
luego, se trata de un caso muy peculiar porque la forma de actuar de don Manuel es
extraordinariamente bondadosa y compasiva pero también asombrosamente
extraña. Es decir, desde el primer momento don Manuel no presta atención a lo
que cualquier cura (incluso un cura actual) “debería” prestar atención: ni al pecado
cometido por la moza (esa “culpa” de la que habla don Manuel con Perote), ni a
cómo ella ha de redimirse, ni al problema de la salvación de su alma, ni a cómo la
deshonra de ella puede “manchar” a Perote. En lo único que piensa don Manuel
(igual que hacía Jesucristo ante los necesitados) es en ayudar al ser inocente de
toda esa historia, al hijo, al ser indefenso. Da la impresión de que don Manuel se
salta las obligaciones morales de un sacerdote católico, el rigor de la doctrina, y se
comporta siguiendo un sencillo impulso de amor por quien más lo necesita. El
sentimiento religioso aparece en él como una forma de vivir y no como un código
de verdades que hay que obedecer dogmáticamente.
Así pues, sin necesidad de decirlo, la anécdota de Perote y su hijastro -que
además termina bien (como si el tiempo viniera a dar la razón a la difícil decisión
que tomó don Manuel)- da a entender que nos hallamos ante un cura fuera de lo
común, un cura que nada tiene que ver con los sacerdotes intolerantes y fanáticos
tan abundantes en la historia de España. De hecho, se puede afirmar que Unamuno
creó este personaje peculiar para poner de manifiesto, en la España de 1930,
polarizada por la “cuestión religiosa”, que había dos maneras radicalmente
opuestas de vivir la espiritualidad católica: la del fanatismo intransigente que se
complacía en excluir de la bondad, del perdón y de la compasión (y en “condenar al
infierno”) a todos aquellos pecadores que por maldad, error o mentira vivían
alejados de la fe, y la de un sentimiento de amor al ser humano, más cercano a la
filantropía social que a los dogmas de la fe, cuyo cometido esencial sería el de hacer
el bien a nuestros semejantes, o sea, ayudar a las personas que sufren, como hacía
don Manuel.
Hay que intentar ponerse en el contexto histórico que vivió Unamuno para
llegar a entender la complejidad humana de don Manuel. Personalmente, me
produce simpatía y respeto porque se trata de un hombre decidido a hacer el bien a
los demás, dejando de lado, en la medida en que puede, su papel de representante
de la Iglesia en el pueblo. Parece, por tanto, una persona que siente que la religión
existe para servir a los seres humanos y no estos para servir a aquella. Es decir,
considero que don Manuel representaría a ese tipo de sacerdotes que, más o menos
coherentes en su conducta con el pensamiento “oficial” de la Iglesia Católica,
intentan estar cerca de los problemas reales de la gente, sean estos del tipo que
sean, porque conviene recordar que el auxilio de don Manuel a los vecinos de
Valverde no se quedaba solo en lo espiritual sino que se extendía a cosas tan
inmediatas y materiales como el aseo y la ropa de la gente, las tareas campesinas, la
atención de la escuela, la asistencia a los enfermos, etc.
Es cierto que hoy en día este papel social de la Iglesia se ha secularizado mucho,
o sea, ha pasado de manos religiosas a manos del voluntariado civil a través de las
ONG y otras instituciones tradicionales de ayuda humanitaria (Cruz Roja,
Intermon Oxfam, etc). Pero me parece que cuanto más grande sea la implicación
de los curas de las parroquias de los barrios y de los pueblos en atender las
necesidades concretas de la gente necesitada más reputación y confianza ganará
ante la sociedad en su conjunto. En una época como la nuestra, donde el
[interpret. 2º
párrafo]
Opinión personal y
valoración
sentimiento religioso tiene cada vez menos peso efectivo y en donde los medios de
comunicación han puesto al descubierto (y siguen haciéndolo) conductas
reprobables (cuando no delictivas) de sacerdotes que actúan sin ningún ánimo de
ejemplaridad ni de amor a los demás, el ver a sacerdotes que añaden a su labor
pastoral la de buscar alimentos, organizar comedores sociales, atender a ancianos
necesitados, etc, serviría muchísimo para que la gente corriente se sintiera más
cerca de la Iglesia como institución y más cerca de los curas como personas.
En suma, la figura de don Manuel que encontramos en este pasaje de la
novela nos invita a reflexionar no solo sobre la etapa conflictiva de la espiritualidad
que vivió España en los años finales de Unamuno sino también en el papel
espiritual y social que al sacerdocio le toca cumplir en tiempos de crisis como los
actuales.
Conclusión: tomo
ideas dichas antes y
las repito en dos o
tres frases breves.
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