inducción jornadas de teología 2013

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INDUCCIÓN JORNADAS DE TEOLOGÍA 2013
Tema: Constitución Lumen Gentium
Antecedentes
La Constitución Dogmática Lumen Gentium representa la primera afirmación conciliar sobre la
Iglesia con carácter de definición vinculante. El Concilio Vaticano I, a causa de su interrupción
prematura, no pudo abordar el esquema que había preparado: De Ecclesia Christi; por lo que se
limitó a la definición del primado y de la infalibilidad papal.
Los padres conciliares del Vaticano II buscaron dar continuidad a las enseñanzas de los concilios
anteriores, especialmente el Concilio de Trento (1545-1563) y el Concilio Vaticano I (18691870). Si bien hay que incluir el V. Concilio Lateranense (1512-1517), el Concilio de BasileaFerrara-Florencia-Roma, así como el Concilio de Constanza, especialmente en lo que toca a
cuestiones eclesiológicas (el papel del papado y su relación con el concilio, la unión con la Iglesia
Oriental, etc.).
El Concilio Vaticano II representó la superación de una visión juridicista y unívoca de la Iglesia.
La Eclesiología de la communio, considerada como clave de lectura de Lumen Gentium,
reinterpreta la visión monárquica de la Iglesia desde un marco más amplio. De este modo se
recuperaron conceptos como sinodalidad, colegialidad, responsabilidad de todo el episcopado por
toda la Iglesia, etc. También se rescató el concepto del sacerdocio común de los fieles. La
enseñanza conciliar, además, puede ser considerada como superación de un tipo de eclesiología
predominantemente apologética mediante una visión más positiva y dialogante.
Son muchos factores de gran trascendencia en la Iglesia que influyeron ferazmente en la
convocatoria del Concilio y en su teología: Cabe mencionar la Renovación Litúrgica, el
Movimiento Bíblico y los diálogos ecuménicos (figuras importantes en el ámbito teológicoeclesiológico-ecuménico fueron: Schmaus, Congar, de Lubac, Barth, Bulgakow). Fue en esta época
en la que se profundizó en la teología del Cuerpo de Cristo y del Pueblo de Dios (“Mystici Corporis
de Pío XII). Los frutos de esta labor ayudarán a superar, en gran medida, una visión clericalista de
la Iglesia.
La caracterización de la Iglesia como misterio y como “gran sacramento” quedó plasmada en la
enseñanza magisterial de los padres conciliares. En este sentido Matthias J. Scheeben aprovechó
los impulsos del pensamiento de A. Möhler. Asimismo es importante agregar los nombres de de
Lubac, Rahner, Semmelroth, etc.
El Movimiento Litúrgico y la Acción católica avivaron el interés por el ministerio episcopal. A. G.
Martimort escribió su famosa obra “De l’évêque”. Aunado a ello se desarrolló la teología de la
Iglesia particular.
Además de la innovación de una teología del laicado (Congar), se reflexionó sobre el significado
del ministerio diaconal. De esta manera, se creó un movimiento mundial del diaconado. La
aportación teología de las realidades temporales (Thils) contribuyó a la reflexión del apostolado
de la Iglesia, especialmente de los laicos (Apostolicam actuositatem) en el mundo.
Otro grupo temático está representado por la vocación cristiana a la santidad (Card. Suenens). La
cuestión mariológica fue abordada copiosamente (Card. Mercier). Además del trabajo teológico
Ficha 3: Constitución Lumen Gentium
en torno a la proclamación del Dogma de la Asunción, se profundizó ampliamente en la relación
de la Iglesia y de la Virgen María.
Finalmente conviene mencionar el tema de la escatología (Louis Bouyer publicó Christianisme et
Eschatologie). Rahner, por ejemplo, relacionó la escatología directamente con la eclesiología
(Eschatologie).
A estos temas, que fueron neurálgicos en el Concilio, habría que agregar una gran cantidad de
acentos en el quehacer teológico. Se puede citar el caso de Romano Guardini, quien en su obra,
Der Herr, habla de la Iglesia como un momento del acontecimiento Jesucristo: la Iglesia surge de
Cristo glorificado en su Espíritu. Aquélla, a través de sus miembros, continúa la obra del Señor.
De suma importancia fue el tono de la convocatoria de Juan XXIII, quien llamó a un
aggionarmento eclesial. El Papa afirmó explícitamente que el Vaticano II habría de ser un concilio
pastoral, en el que la Iglesia se redefiniera en su misión ante Dios y ante el mundo (de aquí surge
la complementariedad entre LG y GS).
Por último, un punto significativo que deseo mencionar es la cuestión de la interpretación del
Concilio. Hay quienes hablan de una síntesis contradictoria de posturas tradicionalistas y
progresistas. Pero más bien se trata de una síntesis que, en su misma tensión, refleja la riqueza y
pluralidad de la Iglesia y abre muchas posibilidades de desarrollo. La tensión es signo de
vitalidad, la cual se va definiendo de diversas maneras en el transcurso de la historia, bajo la
inspiración del Espíritu, y abre, del mismo modo, posibilidades de desarrollo y
perfeccionamiento. Ello no contradice el hecho de identificar algunos impasses, errores de diversa
índole y gravedad, así como negligencias en la realización del proyecto eclesiológico del Vaticano
II.
Esquemas
Es interesante observar algunos de los esquemas más representativos. No presento todos los
esquemas que se propusieron en el debate conciliar, sino el esquema de consulta, el esquema de
los obispos germanófonos, el esquema de los obispos chilenos y los esquemas de la segunda y
tercera sesiones del Concilio.
Esquema para la consulta: 1. Problemas doctrinales; 2. Disciplina del clero; 3. Seminarios; 4.
Religiosos; 5. Laicos; 6. Disciplina sacramental; 7. Celebración litúrgica; 9. (sic) El Magisterio; 10.
Procesos y sanciones; 11. Ecumenismo.
Primer esquema: El 5 de junio de 1960 se erige la comisión teológica, presidida por el Card.
Ottaviani. Se crea una comisión para trabajar en el esquema para las sesiones conciliares sobre la
Iglesia. El esquema se tituló Schema constitutionis dogmatica de Ecclesia. A éste se le agregó el
esquema: De beata Maria virigine matre Dei et matre hominum. El primer esquema constó de los
siguientes capítulos: 1. De la naturaleza de la Iglesia militante; 2. De los miembros de la Iglesia
militante y su necesidad para la salvación; 3. Del episcopado como el más alto grado del
sacramento del orden y del sacerdocio; 4. De los obispos residentes; 5. De los estados de la
perfección evangélica que debe ser conquistada; 6. De los laicos; 7. Del magisterio de la Iglesia; 8.
De la autoridad y de la obediencia en la Iglesia; 9. De las relaciones entre Iglesia y Estado; 10. De
la necesidad de la Iglesia de anunciar el Evangelio a todos los pueblos y en todas partes de la
tierra; 11. Del ecumenismo.
Esquema de las conferencias germanófonas: Fue intitulado: Adumbratio schematis. 1. Del
misterio de la Iglesia; 2. Sobre los miembros de la Iglesia; 3. De los ministerios en la Iglesia y los
ministros, especialmente de los obispos; 4. De los laicos; 5. Del seguimiento de Cristo según los
consejos evangélicos;
Ficha 3: Constitución Lumen Gentium
Esquema de la Conferencia Episcopal Chilena: 1. Del misterio de la Iglesia o de su naturaleza y
su fin; 2. De la comunión de la Iglesia y sus miembros; 3. Del orden de los obispos; 4. De la
sacramentalidad del ministerio episcopal; 5. Del magisterio como potestad de enseñanza; 6. Del
pueblo cristiano; 7. De la vida según los consejos evangélicos; 8. De la libertad y la autoridad en la
Iglesia; 9. De la Evangelización del mundo; 10. De la Iglesia y la paz; 11. De la Iglesia y los pobres;
12. De la Iglesia y el dominio político.
Esquemas de la 2ª y 3ª sesiones:
Esquema de 1963: 1. El misterio de la Iglesia; 2. La constitución jerárquica de la Iglesia en
especial del episcopado; 3. El pueblo de Dios en especial los laicos; 4. La llamada a la santidad en
la Iglesia.
Esquema de 1964: 1. El misterio de la Iglesia; 2. El Pueblo de Dios; 3. La constitución jerárquica
de la Iglesia; 4. Sobre los laicos; 5. La vocación común a la santidad en la Iglesia; 6. Los religiosos;
7. El carácter escatológico de la Iglesia peregrina; 8. La bienaventurada virgen María Madre de
Dios.
Números para reflexionar
8. Cristo, el único Mediador, instituyó y mantiene continuamente en la tierra a su Iglesia santa,
comunidad de fe, esperanza y caridad, como un todo visible, comunicando mediante ella la
verdad y la gracia a todos. Mas la sociedad provista de sus órganos jerárquicos y el Cuerpo
místico de Cristo, la asamblea visible y la comunidad espiritual, la Iglesia terrestre y la Iglesia
enriquecida con los bienes celestiales, no deben ser consideradas como dos cosas distintas, sino
que más bien forman una realidad compleja que está integrada de un elemento humano y otro
divino. Por eso se la compara, por una notable analogía, al misterio del Verbo encarnado, pues así
como la naturaleza asumida sirve al Verbo divino como de instrumento vivo de salvación unido
indisolublemente a El, de modo semejante la articulación social de la Iglesia sirve al Espíritu
Santo, que la vivifica, para el acrecentamiento de su cuerpo (cf. Ef 4,16).
Ésta es la única Iglesia de Cristo, que en el Símbolo confesamos como una, santa, católica y
apostólica, y que nuestro Salvador, después de su resurrección, encomendó a Pedro para que la
apacentara (cf. Jn 21,17), confiándole a él y a los demás Apóstoles su difusión y gobierno (cf. Mt
28,18 ss), y la erigió perpetuamente como columna y fundamento de la verdad (cf.1 Tm 3,15).
Esta Iglesia, establecida y organizada en este mundo como una sociedad, subsiste en la Iglesia
católica, gobernada por el sucesor de Pedro y por los Obispos en comunión con él si bien fuera de
su estructura se encuentren muchos elementos de santidad y verdad que, como bienes propios
de la Iglesia de Cristo, impelen hacia la unidad católica.
Pero como Cristo realizó la obra de la redención en pobreza y persecución, de igual modo la
Iglesia está destinada a recorrer el mismo camino a fin de comunicar los frutos de la salvación a
los hombres. Cristo Jesús, «existiendo en la forma de Dios..., se anonadó a sí mismo, tomando la
forma de siervo» (Flp 2,6-7), y por nosotros «se hizo pobre, siendo rico» (2 Co 8,9); así también la
Iglesia, aunque necesite de medios humanos para cumplir su misión, no fue instituida para
buscar la gloria terrena, sino para proclamar la humildad y la abnegación, también con su propio
ejemplo. Cristo fue enviado por el Padre a «evangelizar a los pobres y levantar a los oprimidos»
(Lc 4,18), «para buscar y salvar lo que estaba perdido» (Lc 19,10); así también la Iglesia abraza
con su amor a todos los afligidos por la debilidad humana; más aún, reconoce en los pobres y en
Ficha 3: Constitución Lumen Gentium
los que sufren la imagen de su Fundador pobre y paciente, se esfuerza en remediar sus
necesidades y procura servir en ellos a Cristo. Pues mientras Cristo, «santo, inocente,
inmaculado» (Hb 7,26), no conoció el pecado (cf. 2 Co 5,21), sino que vino únicamente a expiar los
pecados del pueblo (cf. Hb 2,17), la Iglesia encierra en su propio seno a pecadores, y siendo al
mismo tiempo santa y necesitada de purificación, avanza continuamente por la senda de la
penitencia y de la renovación.
La Iglesia «va peregrinando entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios»
anunciando la cruz del Señor hasta que venga (cf. 1 Co 11,26). Está fortalecida, con la virtud del
Señor resucitado, para triunfar con paciencia y caridad de sus aflicciones y dificultades, tanto
internas como externas, y revelar al mundo fielmente su misterio, aunque sea entre penumbras,
hasta que se manifieste en todo el esplendor al final de los tiempos.
10. Cristo Señor, Pontífice tomado de entre los hombres (cf. Hb 5,1-5), de su nuevo pueblo «hizo...
un reino y sacerdotes para Dios, su Padre» (Ap 1,6; cf. 5,9-10). Los bautizados, en efecto, son
consagrados por la regeneración y la unción del Espíritu Santo como casa espiritual y sacerdocio
santo, para que, por medio de toda obra del hombre cristiano, ofrezcan sacrificios espirituales y
anuncien el poder de Aquel que los llamó de las tinieblas a su admirable luz (cf. 1 P 2,4-10). Por
ello todos los discípulos de Cristo, perseverando en la oración y alabando juntos a Dios (cf. Hch
2,42-47), ofrézcanse a sí mismos como hostia viva, santa y grata a Dios (cf. Rm 12,1) y den
testimonio por doquiera de Cristo, y a quienes lo pidan, den también razón de la esperanza de la
vida eterna que hay en ellos (cf. 1 P 3,15).
El sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial o jerárquico, aunque diferentes
esencialmente y no sólo en grado, se ordenan, sin embargo, el uno al otro, pues ambos participan
a su manera del único sacerdocio de Cristo. El sacerdocio ministerial, por la potestad sagrada de
que goza, forma y dirige el pueblo sacerdotal, confecciona el sacrificio eucarístico en la persona
de Cristo y lo ofrece en nombre de todo el pueblo a Dios. Los fieles, en cambio, en virtud de su
sacerdocio regio, concurren a la ofrenda de la Eucaristía y lo ejercen en la recepción de los
sacramentos, en la oración y acción de gracias, mediante el testimonio de una vida santa, en la
abnegación y caridad operante.
28a. Cristo, a quien el Padre santificó y envió al mundo (cf. Jn 10,36), ha hecho partícipes de su
consagración y de su misión, por medio de sus Apóstoles, a los sucesores de éstos, es decir, a los
Obispos, los cuales han encomendado legítimamente el oficio de su ministerio, en distinto grado,
a diversos sujetos en la Iglesia. Así, el ministerio eclesiástico, de institución divina, es ejercido en
diversos órdenes por aquellos que ya desde antiguo vienen llamándose Obispos, presbíteros y
diáconos. Los presbíteros, aunque no tienen la cumbre del pontificado y dependen de los Obispos
en el ejercicio de su potestad, están, sin embargo, unidos con ellos en el honor del sacerdocio y,
en virtud del sacramento del orden, han sido consagrados como verdaderos sacerdotes del
Nuevo Testamento, a imagen de Cristo, sumo y eterno Sacerdote (cf. Hb 5,1-10; 7,24; 9,11-28),
para predicar el Evangelio y apacentar a los fieles y para celebrar el culto divino. Participando, en
el grado propio de su ministerio, del oficio del único Mediador, Cristo (cf. 1 Tm 2,5), anuncian a
todos la divina palabra. Pero su oficio sagrado lo ejercen, sobre todo, en el culto o asamblea
eucarística, donde, obrando en nombre de Cristo y proclamando su misterio, unen las oraciones
de los fieles al sacrificio de su Cabeza y representan y aplican en el sacrificio de la Misa, hasta la
venida del Señor (cf. 1 Co 11,26), el único sacrificio del Nuevo Testamento, a saber: el de Cristo,
Ficha 3: Constitución Lumen Gentium
que se ofrece a sí mismo al Padre, una vez por todas, como hostia inmaculada (cf. Hb 9,11-28).
Para con los fieles arrepentidos o enfermos desempeñan principalmente el ministerio de la
reconciliación y del alivio, y presentan a Dios Padre las necesidades y súplicas de los fieles (cf. Hb
5,1-13). Ejerciendo, en la medida de su autoridad, el oficio de Cristo, Pastor y Cabeza, reúnen la
familia de Dios como una fraternidad, animada con espíritu de unidad, y la conducen a Dios Padre
por medio de Cristo en el Espíritu. En medio de la grey le adoran en espíritu y en verdad (cf. Jn
4,24). Se afanan, finalmente, en la palabra y en la enseñanza (cf. 1 Tm 5,17), creyendo aquello que
leen cuando meditan la ley del Señor, enseñando aquello que creen, imitando lo que enseñan.
32ab. Por designio divino, la santa Iglesia está organizada y se gobierna sobre la base de una
admirable variedad. «Pues a la manera que en un solo cuerpo tenemos muchos miembros, y
todos los miembros no tienen la misma función, así nosotros, siendo muchos, somos un solo
cuerpo en Cristo, pero cada miembro está al servicio de los otros miembros» (Rm 12,4-5).
Por tanto, el Pueblo de Dios, por El elegido, es uno: «un Señor, una fe, un bautismo» (Ef 4,5). Es
común la dignidad de los miembros, que deriva de su regeneración en Cristo; común la gracia de
la filiación; común la llamada a la perfección: una sola salvación, única la esperanza e indivisa la
caridad. No hay, de consiguiente, en Cristo y en la Iglesia ninguna desigualdad por razón de la
raza o de la nacionalidad, de la condición social o del sexo, porque «no hay judío ni griego, no hay
siervo o libre, no hay varón ni mujer. Pues todos vosotros sois "uno" en Cristo Jesús» (Ga 3,28 gr.;
cf. Col 3,11).
37c. Por su parte, los sagrados Pastores reconozcan y promuevan la dignidad y responsabilidad
de los laicos en la Iglesia. Recurran gustosamente a su prudente consejo, encomiéndenles con
confianza cargos en servicio de la Iglesia y denles libertad y oportunidad para actuar; más aún,
anímenles incluso a emprender obras por propia iniciativa. Consideren atentamente ante Cristo,
con paterno amor, las iniciativas, los ruegos y los deseos provenientes de los laicos [119]. En
cuanto a la justa libertad que a todos corresponde en la sociedad civil, los Pastores la acatarán
respetuosamente.
41ab. Una misma es la santidad que cultivan, en los múltiples géneros de vida y ocupaciones,
todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, y obedientes a la voz del Padre, adorándole en
espíritu y verdad, siguen a Cristo pobre, humilde y cargado con la cruz, a fin de merecer ser
hechos partícipes de su gloria. Pero cada uno debe caminar sin vacilación por el camino de la fe
viva, que engendra la esperanza y obra por la caridad, según los dones y funciones que le son
propios.
En primer lugar es necesario que los Pastores de la grey de Cristo, a imagen del sumo y eterno
Sacerdote, Pastor y Obispo de nuestras almas, desempeñen su ministerio santamente y con
entusiasmo, humildemente y con fortaleza. Así cumplido, ese ministerio será también para ellos
un magnífico medio de santificación. Los elegidos para la plenitud del sacerdocio son dotados de
la gracia sacramental, con la que, orando, ofreciendo el sacrificio y predicando, por medio de todo
tipo de preocupación episcopal y de servicio, puedan cumplir perfectamente el cargo de la
caridad pastoral. No teman entregar su vida por las ovejas, y, hechos modelo para la grey (cf.1 P
5,3), estimulen a la Iglesia, con su ejemplo, a una santidad cada día mayor.
Ficha 3: Constitución Lumen Gentium
63. La Virgen Santísima, por el don y la prerrogativa de la maternidad divina, que la une con el
Hijo Redentor, y por sus gracias y dones singulares, está también íntimamente unida con la
Iglesia. Como ya enseñó San Ambrosio, la Madre de Dios es tipo de la Iglesia en el orden de la fe,
de la caridad y de la unión perfecta con Cristo. Pues en el misterio de la Iglesia, que con razón es
llamada también madre y virgen, precedió la Santísima Virgen, presentándose de forma eminente
y singular como modelo tanto de la virgen como de la madre. Creyendo y obedeciendo, engendró
en la tierra al mismo Hijo del Padre, y sin conocer varón, cubierta con la sombra del Espíritu
Santo, como una nueva Eva, que presta su fe exenta de toda duda, no a la antigua serpiente, sino
al mensajero de Dios, dio a luz al Hijo, a quien Dios constituyó primogénito entre muchos
hermanos (cf. Rm 8,29), esto es, los fieles, a cuya generación y educación coopera con amor
materno.
Bibliografía
Peter Hünermann/Jochen Hilberath (Eds.), Comentario Teológico Herder al Concilio Vaticano II.
Vol. II., Friburgo/Basilea/Viena 22004.
Padre Federico Altbach
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