Iluminismo: disociación de naturaleza y cultura

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12. DIMENSIÓN CULTURAL DEL HOMBRE
Lo primero que hay que tener en cuenta, a mi juicio, es el título – y el consiguiente enfoque – de este tema.
No se pide hablar de “filosofía de la cultura”, ni de “cultura y naturaleza”, como en otros temarios. El título
del tema presente sugiere ya un enfoque bien preciso y una guía segura para caminar en este tema de aguas
poco profundas y en las que se corre en riesgo de encallar a cada golpe de remo. “Dimensión cultural del
hombre” nos refiere al hombre: es de él de quien hablamos, de esa característica suya tan particular como
complicada que es el ser cultural. No de la cultura – o las culturas – sino del ser-cultural de la persona
humana tanto a nivel individual como a nivel social o colectivo. Se puede decir – con razón – que la cultura
determina y afecta o condiciona la naturaleza humana, que es un accidente de cualidad (un habitus) que
inhiere en la sustancia que es el hombre, que es un “proprium” del hombre… pero más allá de todo esto y
antes, creo que está el enfoque opuesto: es la naturaleza humana la que es cultural, histórica, dinámica,
cambiante en sí misma. El hombre, antes que ser determinado o tocado por una cultura, es un ser cultural:
capaz – y necesitado – de acoger una cultura y de vivirla; posee, en una palabra, una dimensión cultural.
Se puede decir – teorizo acogiendo una perspectiva que remanda a la teoría de Julián Marías – que la
“culturalidad” (uso este término para referirme a la “dimensión cultural”) es un elemento analítico, pero la
cultura concreta en que se vive es uno de los elementos de la vida humana en la estructura empírica actual.
Es decir, la “cultura” es un elemento estructural, pero empírico: no es un elemento de la naturaleza humana
(el ser-cultural sí), pero se encuentra de hecho en todas las personas concretas, en este estado de vida; es así,
pero podría ser de otro modo sin que se afectara la naturaleza humana, como de hecho sucede. No es parte
– o elemento – de la esencia del hombre, pero tampoco es un accidente más, sino un modo de ser de esa
naturaleza.
Me parece que esta perspectiva es muy fecunda para afrontar las dificultades clásicas que ofrece la filosofía
de la cultura: la dificultad de “separarse” de la cultura para estudiarla (el objeto de estudio siempre está
presente y actuante en el sujeto); el problema de la diversidad cultural y, por lo tanto, de las relaciones
culturales y de los criterios de validez de los elementos culturales y de las culturas mismas…; la relación
mutua entre los conceptos de “naturaleza” y “cultura”, y tantos otros.
Creo que intentar expresar estas ideas con una terminología y con el rigor clásicos es el reto de este tema
mío. El desarrollo que pretendo seguir en esta exposición es como sigue: primeramente ofrezco una visión
histórica de la reflexión sobre la cultura, que no puede faltar – a pesar de que casi siempre es sobre “la
cultura” más que sobre “la culturalidad” –. Este recorrido histórico es precedido por un análisis lingüístico del
término cultura y de sus múltiples sentidos. A continuación, en un tratamiento que pretende ser sistemático,
afrontaré primeramente lo que considero ser las dos “fuentes” de donde brota la culturalidad: la historicidad
y la intersubjetividad; en segundo lugar me centraré en el concepto de “dimensión cultural”, analizando
tanto la “cultura”, sus contenidos y elementos, como la “culturalidad” como capacidad del hombre de acoger
y crear cultura; asimismo trataré la cuestión de la cultura social e individual; finalmente, afrontaré el
binomio que me parece fundamental en este tema: naturaleza-cultura, ofreciendo tres posibles soluciones al
problema que plantea su relación. Tres soluciones de diversos autores, cada una con su mérito propio.
C ONTENIDOS :
1.
2.
3.
El término “cultura”
Perspectiva diacrónica
Perspectiva sistemática
12. D IMENSIÓN CULTURAL DEL HOMBRE
Alfredo Hernández, LC
1
a.
b.
c.
Fuentes o presupuestos: historicidad e intersubjetividad
Culturalidad
i. Cultura, contenidos y elementos
ii. Culturalidad, capacidad
iii. Aspecto social y aspecto individual
Naturaleza y Cultura
i. Propuesta de Mondin: a partir de las cuatro causas.
ii. Propuesta de Ascencio: desde diferentes perspectivas…
iii. Propuesta de Lucas Lucas (aderezada por mí): partiendo de las diferentes
interpretaciones de la naturaleza.
1. EL TÉRMINO “CULTURA”
(Cf. J.G. Ascencio, La cultura e la natura, 9-13)
El término “cultura” es un término complejo que presenta una amplia variedad de significados. J. G.
Ascencio organiza estos sentidos en dos bloques de tres:
Un primer significado brota de un análisis etimológico: “cultura” proviene de la voz latina “colere”, que
posee una triple valencia: física (cultivar la tierra), ética (cultivarse a sí mismo para realizar un ideal de
hombre perfecto) y religiosa (dar culto a Dios). Un segundo significado surge de la consideración común del
término “cultura”, por ejemplo entre las secciones de un periódico: “cultura” es, desde esta perspectiva, el
conjunto de artes, literatura, historia… creado a la sombra del ocio y separado de otros asuntos
“importantes” de la vida, como la política o la economía. Un tercer significado se refiere a los exponentes de
la cultura: los “hombres cultos”. Desde esta perspectiva la “cultura” sería un vasto conocimiento de
argumentos de tipo histórico, filosófico, artístico, literario, etc. Poseer esta cultura es distintivo de sólo una
parte de los hombre, de las elite culturales, de la aristocracia.
Estos tres sentidos del término “cultura” fueron el centro de la comprensión de la cultura durante muchos
siglos: la cultura era una cualidad de unos pocos privilegiados, mientras que la mayoría de los hombres
estaban excluidos. Sin embargo, hacia la segunda mitad del siglo XVIII se abrió camino una nueva concepción
de la “cultura” como un fenómeno que se refería a todo hombre, a cada pueblo. Así surgen tres nuevos
sentidos.
La cultura – un cuarto significado – es lo que unifica un grupo humano, haciéndolo un pueblo particular; “la
cultura es la fuente de su identidad”. La cultura consiste, así, en una serie de “lugares” culturales; “lugares”
no en el sentido locativo del término, sino como “punto de referencia importante en cualquier ámbito”, que
están presentes, por lo demás, en todas las dimensiones de la vida: “hay lugares morales, cognoscitivos,
históricos, estéticos, prácticos, religiosos, criteriológicos, literarios…” Una cualidad de estos “lugares” es que
no son elementos de estudio singularmente – principalmente – sino que lo que cuenta es la colectividad, o
más propiamente, “la percepción subjetiva que éstos generan en la colectividad, es decir, el modo como los
miembros de la cultura los han comprendido e interpretado hasta construir su específica identidad cultural
en torno a estos lugares”. En efecto, no sólo son conocidos, sino que deben ser considerados válidos y
poseen, por tanto, un carácter vinculante: “son fuente de deberes, de modos de obrar y de pensar”. Si se
piensa la “cultura” según este cuarto significado, lo propio es hablar no de “cultura” sino de “culturas”, al
plural, ya que en el mundo existen muchas. Según algunos habría hasta 5000, para Samuel Huntington en su
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“El choque de las civilizaciones y el nuevo orden mundial” (1996) son ocho: occidental, confuciana,
japonesa, islámica, hindú, eslavo-ortodoxa, latino-americana y africana.
Un quinto significado de “cultura” la pone en relación con una determinada “visión del mundo”. “En el
fondo de los ‘lugares culturales’, entendidos de modo inmediato, fenomenológico y casi folklórico, se puede
decir que existe un número restringido de conceptos de valores de base, relacionados mutuamente de modo
que forman un conjunto bien integrado”. A través de los “lugares culturales” cada individuo recibe tales
conceptos (dignidad, Dios, razón, persona, deber, libertad, progreso, honor,…) y a su luz los interpreta y guía
su vida entera: crea una “visión del mundo” que marca toda la persona, su pensar y su obrar, su sensibilidad
y su emotividad. “Cada cultura y cada época posee la propia visión del mundo”. Si se piensa la cultura según
este significado, la labor de la filosofía será la de analizar tanto la validez de tal o cual visión del mundo
como analizar los procesos y saberes que configuran una cultura “de modo que pueda dirigir este proceso
con un sentido de responsabilidad y verdad”.
Finalmente, un sexto significado entiende la “cultura” en oposición a la “naturaleza”. Este binomio será
objeto especial de reflexión en este trabajo un poco más adelante. Baste ahora decir, que por “naturaleza”
se entiende aquí lo que “no ha sido modificado por el hombre”, mientras que una vez que aparece la
intervención humana “surge la cultura”, que indica precisamente lo que el hombre produce.
(Cf. B. Mondin, Manual de filosofía sistemática, V. Antropología filosófica, 313-315)
El término “cultura”, según B. Mondin, posee dos significados principalmente: en primer lugar, partiendo de
la etimología, por cultura se entiende la actividad de cultivar; la tierra, sí, pero también por extensión al
hombre y a sí mismo; asume así la valencia de “disciplina o formación, o de educación del espíritu”. Es decir,
los latinos expresaron con “cultura” lo que los griegos con “paideia” que “designa el cuidado y la educación
del niño en el itinerario de su crecimiento”. Platón entendió la cultura como “educación”. Más tarde, con el
cristianismo, el concepto griego permanecerá inalterado (“salvo por el objeto que se busca contemplar e
imitar que no es ya una verdad abstracta, un mundo ideal, sino una persona concreta: Jesucristo”). En la
época moderna la cultura abandonó toda referencia al cristianismo y reforzó su unión con la “naturaleza
humana”: “el objetivo primario de la cultura es el hombre mismo, cultivar al hombre para hacerlo más
hombre y acercarlo, así, al ideal de la humanidad, la humanitas”. Esta realización del ideal de la humanidad
varía de pueblo a pueblo, de individuo a individuo, y está en constante evolución.
Fue E. B. Tylor quien, propuso un nuevo concepto de cultura – en segundo lugar – con su ensayo de 1871
“Culturas primitivas”. Para Tylor, “la cultura o civilización es aquel complejo conjunto, aquella totalidad que
comprende el conocimiento, las creencias, el arte, la moral, el derecho, las costumbres y cualquier otra
capacidad y hábito adquirida por el hombre en cuanto miembro de una sociedad”. Se concibe, en una
palabra, la cultura no ya como un itinerario (que condice a una realización) sino como un conjunto de
elementos o instituciones que dan unidad a una sociedad. De este nuevo concepto de cultura surgirá la
disciplina llamada “antropología cultural”.
2. PERSPECTIVA DIACRÓNICA
(Cf. R. Pioner)
Aristóteles y S. Tomás: los conceptos de “naturaleza” y “cultura” no se separan sino que tienen como
concepto central el de habitus (no hay que entender la cultura de manera reductiva sólo con los significados
intelectual y moral). El habitus es una categoría fundamental de la cultura, es un accidente que modifica la
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sustancia, perfecciona y modifica al hombre; es algo dinámico. Este aspecto es conocido como virtud que
nos permite pasar al acto más fácilmente, perfeccionando al sujeto que cumple la acción. Hay que tener
presente que la acción manifiesta al ser y al mismo tiempo lo perfecciona. Es en esta doble función que se
sitúa la cultura.
Iluminismo: disociación de naturaleza y cultura:
a.
b.
Kant: la naturaleza es determinada por el actuar del hombre (libre). Para Kant la razón es
autónoma, ella debe dominar la naturaleza (obviamente el da otro sentido a la palabra naturaleza,
dado que ya perdió la analogía, no concibe la naturaleza del hombre). Kant no percibe que la razón
y la voluntad forman parte de la naturaleza del hombre.
Rousseau: habla del hombre en el estado salvaje, siguiendo su naturaleza. En este período él era
fuerte dado que se desarrollaba según sus necesidades, no había desigualdades, era pacífico…con
el desarrollo de la vida social (cultura) empiezan los problemas, pues surgen las desigualdades. La
cultura es, según él, el origen de todos los males y principalmente de la degeneración del hombre.
Con la cultura, el ser humano desarrolla su conciencia y su capacidad crítica, posteriormente surgen
diferencias entre los hombres, las cuales serán el origen de las desigualdades de la sociedad.
Romanticismo: la dimensión cultural del hombre pasa a ser un problema filosófico (Herder, Goethe,
Humboldt), gracias a la herencia iluminista como la desconfianza en la universalidad de la razón y la
reducción de la naturaleza a puro dato biológico-material.
Hegel: el tiempo es un concepto fundamental en el desarrollo del espíritu. Dado que ser = devenir
(necesario), esta razón o espíritu se va desarrollando en las diversas instancias políticas y sociales (religión,
arte, filosofía…), creando culturas, que son manifestaciones parciales del espíritu absoluto; estas
civilizaciones (culturas) tienen un papel importante dado que son partes del todo, son momentos del
desarrollo necesario de esta razón universal, pero como todo está en movimiento dialéctico las culturas se
suceden. Hay unas consecuencias éticas muy graves, dado que todo tiende al fin último del proceso
dialéctico todo medio es lícito. Pone las básicas teóricas para las ideologías totalitarias del siglo XX.
Neokantismo: Cassirer: el hombre es un animal simbólico y no racional, dado que usa símbolos para
configurar el mundo cultural. La naturaleza humana tiene su clave en el símbolo. Nosotros creamos los
mitos, la religión, el lenguaje, el arte… son todos símbolos que nos realizan como seres humanos. Somos
nosotros que creamos estos mundos creando significados basados en nuestras experiencias dentro de una
estructura social y cultural. Simbolizar significa reunir ideas y objetos. El gran problema de los símbolos en
filosofía es que están sujetos a las interpretaciones (hermenéuticas). La diferencia entre el hombre y el
animal está en la capacidad de crear símbolos.
Dilthey (historicismo): divide las ciencias naturales de las del espíritu. Las naturales tiene leyes universales,
las del espíritu no (pura descripción de lo particular). Su tema central es la vida, experiencia vivida
(erlebniss), que es la clave para entender la cultura, la filosofía y la historia. La experiencia vivida de forma
personal constituye la visión del mundo, es la cultura de base. El historicismo dice que como cambian los
estados de ánimo cambian también las visiones del mundo (que son siempre particulares), por eso hay
tantas filosofías. La filosofía debe aclarar esta nueva visión del mundo, pero todo cambia, pues la vida se
mueve en la historia… Dilthey buscó encontrar una base común a todas las filosofías, pero agnósticamente
llega a la conclusión que no se puede conocer la verdad del hombre y de la historia.
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Las ciencias del espíritu (filosofía…), por su parte, alcanzan lo normal (visión del mundo de cada época), pero
no lo normativo (valido para todos en todas las épocas). Luego, no hay una verdad superior a las verdades
parciales de cada cultura; cae así en cierto relativismo.
Gehlen: el hombre es un ser activo que con su actuar crea una especia de segunda naturaleza llamada
cultura que incluye la dimensión subjetiva y la objetiva. Además es un ser que necesita de la sociedad para
desarrollarse (poca especialización morfológica…), necesita la cultura. Es una necesidad antropológica
fundada en un carácter biológico (poca especialización morfológica).
Antropologías culturales:
a.
b.
c.
Escuela americana: Boas fundó la AAA (asociación americana de antropología) escuela relativista,
cuyo campo de estudio era la cultura y su evolución desde las sociedades primitivas. En su
concepción, cada cultura es una unidad formada por un conjunto de elementos interrelacionados y
dependientes cuya función hay que analizar. Sus ideas se oponían, en este sentido, a las tesis
evolucionistas. Para Boas, cada cultura representa un desarrollo original condicionado tanto por el
ambiente social como por el geográfico, así como también por la forma en que ésta utiliza y
enriquece los materiales culturales procedentes del exterior o de su propia creatividad; en
consecuencia, carece de sentido hablar de culturas inferiores o superiores. Las distintas culturas
deben estudiarse desde su interior.
Escuela francesa: Lévi-Strauss (estructuralismo) considera la cultura un sistema de comunicación
simbólica. Para Claude Levi-Strauss, las reglas por las que las unidades de la cultura se combinan no
son producto de la invención humana, sino que siguen las pautas que se encuentran en el cerebro
humano. Expresado en términos más actuales, las pautas de la cultura serían genéticas. Por lo
tanto, en el paso del ser humano de animal natural a animal cultural (a través de la adquisición del
lenguaje, la preparación de los alimentos, la formación de relaciones económicas y unidades
políticas, etc.) el ser humano sigue unas leyes ya determinadas por su estructura biológica. Por eso
el ser humano no sería la especie privilegiada que creemos que es, sino una especia más que pasará
y que solamente dejará algunas trazas de su actividad cuando se extinga.
Escuela inglesa: lo que le importaba a Malinowski era que las culturas constituyen un todo porque
son unidades en funcionamiento. Cada costumbre existe para cumplir un propósito, así todas las
costumbres tienen un significado. "Son los medios que utilizan los hombres para satisfacer sus
necesidades y, por tanto, deben estar juntas". La cultura existe para satisfacer necesidades
biológicas, secundarias derivadas, que nacen del mismo hecho de la adquisición de la cultura.
3. PERSPECTIVA SISTEMÁTICA
En esta perspectiva sistemática ofrezco un diagrama con la visión sinóptica del enfoque que he querido dar
al tema. Al centro se encuentra la dimensión cultural del hombre que tiene dos fuentes o presupuestos (si
bien se encuentran continuamente entremezclados y sólo se los distingue por claridad teórica): la
historicidad y la intersubjetividad. Hablar de la dimensión cultural implica hablar de dos pares de conceptos:
cultura-culturalidad y el aspecto social-individual de dicha dimensión. Esto nos llevará a afrontar el problema
central que se sigue del tema: la relación entre naturaleza y cultura; ofrezco tres diferentes modos de
afrontar el problema y – al menos idealmente – de resolverlo: una solución siguiendo las cuatro causas
aristotélicas (del P. Battista Mondin), una solución que analiza el binomio naturaleza-cultura desde las
perspectivas metafísica, antropológica, crítica y ética (del P. Juan Gabriel Ascencio), y una solución que toma
pie de las diferentes interpretaciones de la naturaleza humana (del P. Ramón Lucas Lucas).
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NOTAS:
1.
H ISTORICIDAD .
Referencia: Horizonte Vertical, c. VII pp. 183-191.
“El hombre, como espíritu encarnado, es un ser en el mundo, y el ejercicio de su libertad se inserta en la
dimensión histórico-cultural de la existencia humana”. Esta dimensión es lo que se llama historicidad
humana.
M. Heidegger en Ser y Tiempo afirma que en lugar de fundar la historicidad a partir de la historia, hay que
proceder de modo diverso, es decir, la concepción según la cual el hombre está en la historia, hay que deducirla de la
historicidad. Esta precisación se puede aplicar, analógicamente, también a la cultura y la culturalidad a la que en este tema
nos referimos.
Historia e historicidad son términos diversos, pero con relaciones recíprocas: “la historia es el conjunto de
hechos objetivos narrables que se suceden en el tiempo objetivo y natural”, “la historicidad es el modo
específico de existir del sujeto humano”.
Gadamer afirma que el término historicidad “designa la modalidad histórica del ser propio del espíritu humano y
ha sido utilizado en este sentido por primera vez por Dilthey y el conde York, los cuales contraponían la situación histórica
del hombre a toda metafísica dogmática”.
Me parece que lo más importante es comprender que la historicidad, como modalidad propia del existir
humano, “no es solamente el transcurrir del tiempo, sino el hecho de insertarse en un momento histórico,
cultural, político, religioso, etc., alcanzado por generaciones precedentes, y proyectarse hacia un futuro por
construir y abierto a nuevas posibilidades”. Estas posibilidades, comprendidas por la inteligencia del hombre
y llevadas a cabo por su voluntad libre, crean una cultura.
R. Lucas Lucas propone dos visiones contrapuestas de la historicidad, una “objetivista” y otra “historicista”,
ambas con extremos a evitar. También se pregunta detenidamente “si la historicidad lleva al relativismo”. En este espacio
me limito a referir a esas páginas de su libro para una mayor profundización.
2.
I NTERSUBJETIVIDAD .
Referencia: Horizonte Vertical, c. IX pp. 257-279.
“El hombre es un ser-en-el-mundo que se relaciona con los otros hombres y convive con ellos”. A pesar de
que esta realidad de la naturaleza humana se ha conocido desde siempre – ya Aristóteles decía que “el
hombre es por naturaleza un animal político” – ha sido en el s. XX que la “dimensión interpersonal” o la
“intersubjetividad” de la persona humana han sido estudiadas con mayor profundidad.
Para Heidegger, el hombre es el ser-en-el-mundo, para Ortega el yo se constituye en relación a lo que le circunda,
para Buber la esencia del hombre es “el ser entre”, para Nédocelle es la reciprocidad, para De Finance es la alteridad.
El hombre nunca está solo, sino que se encuentra en situación y en relación con el otro; el hombre es
miembro de la sociedad, perteneciente a una cultura. “El problema que se plantea es si la dimensión
interpersonal es exigencia de naturaleza ética o en cambio es un dato de naturaleza ontológica”. R. Lucas
Lucas ofrece en el capítulo de referencia dos apartados que me parecen de interés, en los que se afirma,
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primeramente, que “la intersubjetividad es constitutivo esencial del hombre”, y acto seguido, que “el
constitutivo formal de la ontología de la persona es la ‘relación esencial’”.
Queda pues demostrada la centralidad de la dimensión interpersonal de la persona humana que, siempre de
la mano de su dimensión histórica – o historicidad – se pueden considerar como fundamentos o fuentes de
la cultura y de la dimensión cultural de la persona humana, que es lo que directamente nos ocupa en estas
páginas.
3.
C ONTENIDOS Y ELEMENTOS CULTURALES .
Referencia: Mondin, pp. 326-334.
“Los elementos constitutivos de la cultura son múltiples y cuanto más desarrollada es una cultura tanto más
son numerosos los aspectos que la constituyen. Entre estos elementos hay, sin embargo, algunos más
importantes y que pueden ser considerados como fundamentales respecto a todos los demás. Éstos son, a
mi juicio, la lengua, las costumbres, las técnicas, las instituciones y los valores”.
Por lo que respecta a la lengua, ante todo distingue Mondin entre lengua y lenguaje, afirmando que para que se
forme una cultura no basta el lenguaje (que es como la base genérica común a todas las culturas) sino que se necesita una
lengua, “y es precisamente la lengua lo que constituye el elemento fundamental primario de toda cultura”, en efecto, es “el
primer elemento que hace salir al individuo de sí mismo y lo pone en comunicación con los demás”. Es un vehículo de
desarrollo cultural y, afirma Mondin, “en la lengua está encerrada prácticamente toda la vida de un pueblo y constituye el
símbolo principal y fundamental al mismo tiempo que el instrumento primario de toda cultura”.
Las costumbres están presentes en todas las definiciones de la cultura. Éstas pueden referirse a todo: comida,
vestido, educación, iniciación sexual, creencias, modelos de comportamiento, etc. Es interesante notas que las costumbres
se refieren al comportamiento en general de un pueblo, por lo que sólo mínimamente caen bajo el orden moral. “Son las
costumbres las que revelan la nobleza o la bajeza del alma de un pueblo, su disponibilidad para dialogar y ayudar a otros
pueblos, el egoísmo, la violencia y la prepotencia, la tolerancia y la pureza o la lujuria, etc. El verdadero corazón de un
pueblo se pone de manifiesto en sus costumbres”.
La técnica, definida como “el conjunto de procedimientos bien definidos y transmisibles destinados a producir
determinados resultados tenidos como útiles”, ocupa un puesto muy importante en la cultura, pues constituye en cierto
sentido, su exteriorización: es la “aplicación del saber teórico al mundo de la naturaleza y al ambiente”.
Por lo que respecta a las instituciones, dice Mondin, “todo grupo social, todo pueblo, toda nación, se crea
instituciones que tienen la tarea de garantizar el cumplimiento de una determinada función al interno del grupo mismo”.
Todas las instituciones – políticas, educativas, etc. – son organismos de la cultura cuyo objetivo conclusivo es la formación
del hombre.
Finalmente, los valores, que constituyen un “elemento constitutivo fundamental de la cultura”. Por valor se
entiende “lo que para un pueblo es digno de estima y merece por tanto ser perseguido”. En este sentido se les puede llamar
también “sabiduría de un pueblo”. El problema que se plantea es sobre los criterios para establecer si un valor es auténtico o
no y si puede incluso llegar a merecer el precio de la vida del individuo o del grupo social. Para resolver este “arduo
problema” es necesaria toda una antropología, dado que ésta “determina la elección de los valores”, es necesario saber
quién es el hombre, qué es la sociedad y cuál es su fin. En este sentido, “la cultura que mejor responde a las exigencias del
hombre es aquella que está atenta a los valores eternos, los valores de la vida, de la bondad, de la verdad, de la belleza, del
ser”.
4.
I MAGEN DE “ LA FLOR ” .
Referencia: Ascencio, pp. 138-141
El P. Ascencio, al intentar “articular la unidad y la diversidad presentes en la cultura a la luz del binomio
naturaleza-cultura” presenta una imagen que ayude intuitivamente a comprender precisamente su unión
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unitaria. Se trata de la “imagen de la flor”: “piénsese en una flor como la que dibujan los niños pequeños,
con un tallo que sostiene un centro semejante a un disco solar del cual surgen pétalos en todas direcciones.
Cada parte de la flor representa algo: el tallo, como fundamento, indica la apertura a la trascendencia, o sea
el sentido religioso. El centro, el ojo de la flor, es el sentido moral. Finalmente los diversos pétalos son los
múltiples sectores de la cultura”. Quizá lo más importante sea comprender la “ortonomía” de esta imagen,
según la cual las relaciones entre los diferentes “pétalos” debe pasar a través del “centro moral”. Por otra
parte hay una jerarquía u orden entre los pétalos.
5.
¿J UZGAR LAS CULTURAS ?
Surge en este momento, ante la diversidad cultural, el problema de juzgar las culturas; es decir, si es posible
una “mejor” que otra y, en caso afirmativo, cuál sea esta cultura “mejor”. La problemática es transversal a
todo el tema y se puede ensayar una respuesta sólo al final, con las aportaciones de las “diversas
perspectivas” que afronta el P. Ascencio, y con la visión global de la reflexión sobre el binomio naturalezacultura. Sin embargo, una primera respuesta, ha sido ya dicha cuando se habló de los valores. En efecto, si
como decíamos, la cultura que mejor responde a las exigencias del hombre es la que está atenta a los
valores más altos, podemos tener ahí – en los valores y últimamente en el respeto al hombre – un criterio
sólido para comparar a las diferentes culturas.
6.
N ATURALEZA -C ULTURA I: B. M ONDIN .
Referencia: Mondin, pp. 321-325.
El P. Batista Mondin, como he anticipado, trata el binomio naturaleza-cultura desde una perspectiva de las
cuatro causas aristotélicas: “la cultura, en sentido antropológico, se caracteriza por una amplia serie de
propiedades; éstas se pueden agrupar en cuatro tipos que corresponden a las cuatro causas aristotélicas:
material, formal, eficiente y final. En efecto, la cultura es propia de la persona humana debido a que el ser
humano es su sujeto (la cultura está “en el hombre”), es su artífice (la cultura es “del hombre” – en el
sentido de que “procede de” –), viene modelado por ella (la cultura es propia “del hombre”), y constituye su
fin (la cultura es “para el hombre”)”. No me detengo ulteriormente en este desarrollo, sino que remando a
las páginas
7.
N ATURALEZA -C ULTURA II: J. G. A SCENCIO .
Referencia: Ascencio, IIa. parte, pp. 80-131.
En su libro La cultura y la naturaleza el P. Ascencio desarrolla ampliamente – toda la segunda parte – cuatro
diferentes “perspectivas” con las cuales analiza de modo “sistemático” la relación entre el binomio que nos
ocupa. Analiza, en primer lugar, “la naturaleza y la cultura en el ser” – una perspectiva metafísica –; en
segundo lugar “la naturaleza y la cultura en el hombre” – una perspectiva antropológica –; en tercer lugar
“la naturaleza y la cultura en el pensamiento” – perspectiva moral –; y, finalmente, “la naturaleza y la cultura
en el obrar” – perspectiva moral –. Resumo mínimamente estos argumentos que se encuentran tratados
adecuadamente en las páginas de referencia.
La perspectiva metafísica se puede sintetizar con la conocida teoría clásica de los hábitos. El habitus es “la llave
de encuentro entre la naturaleza y la cultura en la estructura del hombre”. Presupone o necesita una apertura por parte de
la naturaleza humana a ser informada, “una potencialidad o incompletez” y que necesita perfeccionarse o “hacerse”. El
conjunto de los habitus que una persona desarrolla libremente se denomina “segunda naturaleza”… y se podría decir que no
es ya ni una “pura naturaleza”, ni tanto menos “pura cultura”, sino una “naturaleza culturizada” o una “cultura
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naturalizada”. “Por estos motivos resulta espontáneo ver el habitus como el concepto fundamental para comprender la
cultura en el ser del hombre”.
La fundación de la cultura en la naturaleza – en el ser del hombre – garantiza la unidad y la general
conmensurabilidad de todas las culturas. Esto no significa que todas las culturas sean iguales, sino que ofrece unos criterios
metafísicos para juzgar con equidad la diversidad cultural.
Desde una perspectiva antropológica, el binomio naturaleza-cultura gira en torno a la noción de “tradición” y
“patrimonio”, que son efectivamente los contenidos de una determinada cultura. “La cultura no se trasmite por vía
biológica, sino por tradición”, esto quiere decir que la perfectibilidad que se registra en la persona humana tiene un fuerte
fundamento antropológico: el hombre, a diferencia de los animales, no está subyugado por el determinismo de los instintos,
sino que es “libre de” y, sobre todo “libre para”. Y es precisamente la tradición que se transmite de una generación a la
sucesiva – en un proceso importante y delicado – un patrimonio cultural.
Es necesario conservar un equilibrio entre naturaleza y cultura también desde una perspectiva crítica, para evitar
tanto los extremos modernos (un pensamiento puramente autónomo) como los posmodernos (un pensamiento puramente
cultural). El desarrollo de este argumento tiene en consideración las diferentes visiones del mundo (Weltanschauung) y las
premisas mayores últimas del pensamiento cultural (la que defiende la “pura cultura” y la que defiende la “culturanaturaleza”), siendo estas últimas un nuevo criterio de valoración cultural.
Finalmente nos situamos en una perspectiva moral: la naturaleza y la cultura en el obrar. La cultura, es un hecho
está presente fuertemente también el campo moral, proponiendo una serie de normas que “deben” cumplirse en la
demarcación cultural en cuestión. El análisis hecho por el autor parte del silogismo práctico y sus premisas para llegar a una
valoración filosófica de los preceptos culturales; una dificultad que se analiza es la de los “errores” morales que forman
parte de un patrimonio cultural y es que en ocasiones un mandato erróneo, transmitido así por tradición, puede convierte
en premisa mayor de muchos otros mandatos… basados en estos hechos, algunos autores, como Herskovits, proponen un
relativismo moral de matriz cultural.
8.
N ATURALEZA -C ULTURA III: R. L UCAS L UCAS .
Referencia: Horizonte Vertical, pp. 200-208.
Escribe el P. Lucas Lucas: “la idea fundamental que se quiere expresar con el concepto de historicidad, es
que el hombre es constitutivamente un ser de cultura, y que la creación de un mundo más humano, en
colaboración con todas las generaciones, es su tarea”. Y poco más adelante: “más que insistir en la
naturaleza, es decir, en el hecho de que hombre tiene una naturaleza, se insiste en el hecho de que el
hombre tiene una cultura, un proyecto, una misión por realizar, indicando con esto el conjunto de la obra
humanizadora del hombre en el tiempo”.
En el breve apartado al que nos referimos en estas líneas, Lucas Lucas presenta el binomio naturalezacultura como el “núcleo portador de la historicidad humana”. Comienza hablando del concepto de
naturaleza llegando a afirmar que el hombre “no tiene naturaleza” como la de una piedra o un animal, sino
que su naturaleza es la de un agente libre: “su naturaleza es la cultura”. Por otra parte, todo el proceso de
culturización o humanización persigue un fin, un telos.
“El binomio naturaleza-cultura es de tal modo inseparable, que lo natural en el hombre es la cultura. No
existe ninguna naturaleza humana pura, pre-cultural, ya que el proceso cultural es coetáneo de la existencia
humana. El hombre vive una vida verdaderamente humana gracias a la cultura.” “El hombre debe cultivar la
tierra y cultivarse a sí mismo”. “Más que una característica junto a otras, la historicidad es la cristalización de
todos los componentes fundamentales de la existencia”.
Partiendo de aquí, y distanciándome del texto del P. Lucas, como ya lo señalaba en la introducción, creo que
la interpretación de estas ideas a la luz de la teoría antropológica de Julián Marías puede ser muy clara.
Desde esta perspectiva, la dimensión cultural o “culturalidad” pertenecería a la estructura analítica de la
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vida humana, mientras que la cultura concreta, con sus elementos y particularidades pertenecería a la
estructura empírica de la vida humana. Es decir, es propio del hombre – una condición sine qua non – ser
cultural, pero la cultura concreta es un elemento empírico, que podría ser de otra manera, y, de hecho va
siendo de otra manera cada día. La “cultura-culturalidad” desde esta perspectiva es un elemento empírico,
sí, pero estructural de la persona humana, del mismo modo que lo es el “mundo-mundanidad” o el “cuerpocorporeidad” (es propio del hombre tener un cuerpo, pero que el cuerpo sea “así” es empírico… en efecto,
en la “vida futura” tendremos un cuerpo, pero no como el que tenemos en la vida presente).
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