Cuento - Miguel Angel Mateu

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La desaparición de las fusas
A Mª José Navarro
La sonrisa es una curva que lo endereza todo.
Phylis Diller
La gente buena, si se piensa un poco en ello, siempre ha sido gente alegre.
Ernest Hemingway
Érase una vez, en el Gran Bosque Encantado Musical, un condado con renombre en el
Universo, en el que convivían en paz toda suerte de seres mágicos, cuyo único objetivo era encontrar
la felicidad en la música. El Condado de Tielú se extendía en una inmensa llanura cubierta de
viñas.
El Castillo Musical se alzaba majestuoso en el centro del territorio y albergaba una
comunidad de duendes, brujas, magos y hadas, e incluso hados, siempre afanados en producir
música de excelente calidad. Toda la música era siempre supervisada por el Gran Poder Supremo
Laremimí, algo parecido al ojo que todo lo ve y al oído que todo lo escucha. Por supuesto, la historia
completa que vamos a relatarles quedó recogida por la cronista real del condado, el hada Guegagá,
por lo que pueden estar ustedes seguros de la veracidad de nuestro relato y de la precisión de la
información.
El Gran Mago Maziurlín vivía en el torreón más alto del castillo del Condado de Tielú. A
veces, descendía mágicamente de las alturas y se paseaba por pasillos y estancias, siempre con las
gafas en la punta de su nariz, para comprobar que todo estaba en orden.
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Maziurlín compartía grandes proyectos musicales con el Gran Sabio Pejó-Sanchó, el celoso
guardián de todas las partituras mágicas del Condado de Tielú.
Una tarde de invierno, estaba Pejó-Sanchó preparando las partituras, que la orquesta del
castillo debía interpretar con motivo de los próximos esponsales. Venida de bosques musicales
lejanos del Oriente, la princesa Mucaladi había acudido a Tielú, presta a contraer matrimonio con
el intrépido Capitán Guelmoré, sobrino carnal del dueño del castillo musical, el Conde Valeriano,
por lo que toda la corte andaba preparando la fiesta con gran esmero y alegría.
Revisando cuidadosamente los pentagramas, como era su costumbre, Pejó-Sanchó se
percató, altamente sorprendido, de que ¡no había ninguna fusa! Las figuras de nota que aparecían
ante él eran redondas, blancas, negras, corcheas, semicorcheas, pero ¡no había ninguna fusa, y
claro, tampoco semifusas! Por más que Pejó-Sanchó miraba, buscaba y rebuscaba no encontraba
ninguna, ni tampoco sus silencios.
Verdaderamente alarmado, marchó en busca del Gran Mago Maziurlín, a quién encontró
corrigiendo unos ejercicios de la más refinada armonía. Los dos sabios estudiaron las partituras
detenidamente y Maziurlín, sin querer apresurarse, detuvo a Pejó-Sanchó que ya se marchaba en
busca del Gran Poder Supremo Laremimí, para comunicar la ausencia de las fusas y de sus
hermanas pequeñas.
-¡Detente Pejó! ¡Espera! –ordenó Maziurlín-, sospecho que esto parece obra de esa bruja
pegajosa del condado vecino, llamada Vuelos Verdes. Para que no cunda el pánico, no digas nada
todavía. Primero, debemos llamar a nuestra gran amiga la Hermosa Bruja Rosalinda. Ella nos
ayudará a solucionarlo. Que los niños interpreten las obras sin fusas ni semifusas, y seguiremos
investigando.
Rosalinda estaba enseñando ciertos menesteres mágico-musicales a unos duende-alumnos
de los hados Tandreu, Ezvián y Marforné, cuando entró muy alterada en el aula el hada Sarisper.
Agitando delante de ellos su saxo, blandiéndolo como una espada, Sarisper soltaba retahílas de
palabras inconexas, imposibles de comprender.
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Ante tal alboroto y algarabía, se presentaron en el aula dos ninfas vecinas, Caliupá y
Caliuché, con objeto de sosegar a Sarisper con sus danzas ecológicas, pero el hada comenzó entre
sollozos, a pedir a Rosalinda que subiera corriendo al torreón de Maziurlín, anunciando que se
avecinaba el fin de los tiempos. Rosalinda, que conocía bien a Sarisper, pensó que no sería para
tanto y dejó que las ninfas se encargaran de ella, mientras acudía a la llamada de los sabios.
Con los ojos pegados a los pentagramas, Pejó-Sanchó y Maziurlín trataban de encontrar, sin
ningún éxito, aunque fuese un silencio de semifusa, pero no había ni rastro.
-El problema parece serio –se expresó la bruja.- ¿Habéis preguntado al hada Setmontjú, si le
ocurre lo mismo con las lecciones de lenguaje?
-¡Sííííí! –gritaron al unísono desde la puerta las hadas pianistas Zalema y Zoanalí, que ya lo
habían pensado y habían ido a preguntar. –¡Ni rastro de fusas. Ni rastro de semifusas. Ni tampoco
sus silencios!
Rosalinda no lo pensó dos veces. Se montó en su escoba y acomodó en la parte trasera a las
hadas Cutandilla y Arimén. Las tres volaron prestas a la guarida del valeroso Ramoncán, buen
amigo de Rosalinda, que siempre acudía raudo a la llamada de la bruja. Cuando Ramoncán valoró
la importancia del asunto, no dudó en acompañarlas.
-¡Pobres fusas! Si las han secuestrado estarán fatal, con lo nerviosas que se ponen siempre y
lo que les gusta moverse deprisa y corriendo –se lamentó el hada Cutandilla.
-Si es así, debemos rescatarlas –afirmó Ramoncán, subiendo de un salto a la escoba de la
bella bruja y tirando con una mano de Arimén y Cutandilla para que ocuparan su sitio.
La comitiva completa no tardó nada en presentarse en el torreón de Maziurlín, que seguía
investigando la desaparición de las fusas. El sabio Pejó-Sanchó le estaba contando al Gran Mago lo
bien que se habían portado los alumnos en el ensayo y lo bien que había salido la partitura sin
fusas ni semifusas.
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-¡Oye! –exclamaba Pejó-Sanchó- Las semicorcheas se van espabilando y los silencios
colaboran. ¡Igual ya ni hacen falta las fusas! ¿Qué te parece?
-¡Pero hombre! –exclamó levemente asustado el Conde Valeriano, que acababa de llegar de
una de sus cacerías. -¿Cómo no van a hacer falta? ¡Hay que encontrarlas como sea! ¡Soldados, en
formación! ¡A mí la guardia condal!
Mientras que el valeroso Ramoncán y el Capitán Guelmoré reunían a lo más intrépido del
condado, llegó presuroso el duende Overpic, relatando falto de respiración que había escuchado
una conversación entre cuatro o cinco semicorcheas. Las pobres estaban un poco hartas de ir más
deprisa, para cubrir los huecos de las fusas. El duende Gapejú se había pasado horas con un
entrenamiento intensivo en tresillos para las semicorcheas y Overpic estaba preocupado por si la
familia corchea entraba en rebelión.
-Necesitan estar fuertes y ágiles, por si las fusas no regresan. –lamentó un poco abatido
Overpic, disculpando a Gapejú-, pero tenemos que movilizarnos sin demora y con gran
organización.
Todo el mundo se colocó en sus puestos. Ramoncán y Guelmoré preparaban y revisaban a
los soldados. Rosalinda hacía sesiones de relajación a todas horas, para evitar el miedo escénico.
Maziurlín ordenó a todas las hadas y hados que ensayaran con sus alumnos todas las semicorcheas
posibles ¡Lo que no podían era arriesgarse a quedarse sin música!
Después de una buena sesión de entrenamiento sofístico, rítmicamente complicado, todos se
sintieron un poco mejor y decidieron reunirse con el Gran Poder Supremo Laremimí, para preparar
nuevas estrategias y llegar a nuevos acuerdos, especialmente con la familia Corchea.
Mientras tanto, el soldado Dorenán y la ninfa Jesomá, ajenos a los problemas del Castillo,
disfrutaban de una audición de sus duende-alumnos en el salón de una mansión vecina. En el
descanso, unos de los pequeños duendes flautistas, que acababa de llegar, contó a Dorenán y
Jesomá el grave problema de la desaparición de la familia de las fusas. Cuando terminó, Jesomá
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abrió la boca para hablar, pero Dorenán ordenó silencio y la ninfa flautista no pudo decirle lo que
pensaba del asunto, aunque por la expresión de su cara, parecía que tenía alguna información
importante.
La ninfa Jesomá esperó impaciente a que terminase el último compás y salió disparada hacia
el castillo, sin ni tan siquiera despedirse. Voló presurosa en busca del Gran Mago Maziurlín, pero
no pudo encontrarlo por ningún sitio, ni tampoco al sabio Pejó-Sanchó. Desesperada, recorrió
volando con su varita mágica vegetal de ninfa, todos los rincones del bosque encantado, los
pasadizos secretos del Castillo del Condado de Teilú, las mazmorras, las azoteas. Miró por las
ventanas, subía y bajaba como un rayo buscando aquí y allá, pero nada, no había ni rastro.
Cansada de tanto vuelo y algo despeinada por el ajetreo, Jesomá fue a descansar a su aula.
-¡Qué raro! –pensó. Aquí no hay ni fusas, ni gente (bosteza)… ni nada… ni nadie… ¿dónde se
habrán metido todos? Y pensando en ello, Jesomá comenzó a quedarse profundamente dormida de
tan agotada que estaba.
Rosalinda y Maziurlín habían logrado convencer a Pejó-Sanchó, para que realizase un
ensayo general de la música para los esponsales en el teatro colindante, pero sin fusas ni semifusas.
Todos cruzaron los dedos, esperando que no se notase mucho la ausencia de las fusas. Los
pequeños duende-alumnos se esforzaban para que aquello sonara lo mejor posible, pero por muy
rápidas que fueran las semicorcheas, no era lo mismo, por no hablar del lío que montaban las
semicorcheas en tresillos.
En el compás 299 de la primera obra, Pejó-Sanchó forzó tanto el tempo de las figuras de
nota, que comenzó a formase un barullo impresionante entre todos los instrumentos. El viento
madera iba en crescendo cada vez más deprisa, mientras que los metales gritaban cuanto podían y
las cuerda les perseguían. En el compás 312, la percusión al completo entró de golpe en un estallido
de timbales y platillos, tan impresionante, que hizo que Maziurlín detuviese aquello sin
contemplaciones.
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Con el estallido fortísimo desordenado y estridente, Jesomá se despertó sobresaltada, sin
saber dónde estaba. De repente, se acordó del problema y se enfadó con ella misma por haberlo
olvidado. Tan cansada como había acabado de tanto volar, buscando de aquí para allá, y con el
silencio que reinaba en el Castillo, se había quedado profundamente dormida. Con mucho esmero,
arregló sus ropas, su pelo y sus collares, cogió su varita mágica y levantó su vuelo hacia el teatro
colindante, pues de allí parecía proceder el estruendo.
Encontró a todo el mundo desconcertado. Estaba claro que los tresillos habían desajustado
todo el ritmo y habían hecho enloquecer transitoriamente a las semicorcheas. En cuanto pudo,
Jesomá se acercó a Pejó-Sanchó y comenzó a tirar de la túnica del sabio con gran disimulo, pero
estaba tan consternado, que no se daba ni cuenta. Cuando Pejó-Sanchó, por fin, hizo caso de los
tirones de túnica de la ninfa Jesomá y ésta se disponía a contarle, como ella dijo, una cosa muy
importante y trascendente, comenzó a escucharse una música muy viva que venía del bosque, y el
sabio la dejó con la noticia en la boca, marchando curioso a ver qué ocurría.
-¡Son las fusas! –exclamó Rosalinda.
-¡Y las semifusas! –coreó Guelmoré.
-¡Y también los silencios, aunque no se note! –casi vitoreó Arimén.
Los soldados guardianes de las puertas del castillo de Tielú, Tigoví y Ziael, las habían abierto
de par en par y el hada de las Nieves, enloquecida, también abría todas las ventanas que iba
encontrando, contagiada por la música tan veloz que venía del exterior. Cuando Jesomá estaba a
punto de echarse a llorar, porque nadie la escuchaba, se acercó a ella el hada Guegagá, la cronista
real, para preguntarle por las emociones sentidas. Jesomá, por fin, pudo contar a alguien que había
visto a las fusas ir a pedir permiso a Laremimí, para pasar unos días de vacaciones en el Caribe e ir
a visitar a unas primas suyas, que habían organizado una fiesta de percusión. Cuando las fusas
estaban esperando a Laremimí, pasó por allí la malvada bruja Vuelos Verdes, siempre acechando
para arruinar las fiestas.
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Jesomá se había sorprendido al oír decir a Vuelos Verdes, que para las vacaciones no había
que pedir permiso. Las fusas, algo cortitas, no se dieron cuenta de que Vuelos Verdes mentía, hasta
que llegaron a la costa caribeña. Allí, la policía se había echado las manos a la cabeza, al imaginar
el jaleo que debía haberse montado en Tielú con la ausencia de las fusas. Sin deshacer las maletas,
la familia entera se había arreglado la melena y había regresado a Tielú en el primer vuelo
disponible.
Tan pronto como entraron todas las fusas en el Castillo, fueron regañadas severamente por
Pejó-Sancho, a quien las fusas prometieron no ir a ningún otro sitio sin su permiso. El Gran Poder
Supremo Laremimí también reprendió a las fusas, mientras Maziurlín trataba de quitarle hierro al
asunto, guiñando un ojo a las corcheas.
Sarisper, que ya respiraba tranquila, daba las gracias amablemente a la familia Corchea por
el gran esfuerzo realizado, y así, todos felices y contentos, marcharon de nuevo al teatro colindante,
a los atriles, a las partituras donde cada nota ocupó su sitio, bajo la mirada circunspecta y la batuta
mágica del Gran Sabio Pejó-Sanchó.
Y COLORÍN, COLORADO…
FIN
Rosa Iniesta Masmano
Noviembre 2012
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REPARTO
Gran Poder Supremo Laremimí:
Mª Pilar Andrés Medina
Remedios Blanco González
Miguel Ángel Almonacid Pérez
Miguel Hernández Jarque
Gran Mago Maziurlín: Miguel Ángel Fernández Mateu
Gran Sabio Pejó-Sanchó: Pedro José Sancho López
Capitán Guelmoré: Miguel Morella Giménez
Valeroso Ramoncán: José Ramón Cantus Parets
Conde Valeriano: Valeriano Hernández Carrascosa
Princesa Mucaladi: Inmaculada Esplugues Sisternes
Ninfa Caliuché: Lucía Echeverría de Miguel
Ninfa Caliupá: Lucía Pallás Sáez
Ninfa Jesomá: Mª José Navarro
Hada Guegagá: Águeda Garijo García
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Hada Sarisper: Rosario Espert Pérez
Hada Cutandilla: Pilar Cutanda Almonacid
Hada Zalema: María Gozálvez Herrero
Hada Zoanalí: Analía Henares Iranzo
Hada Arimén: Mari Carmen Santos Ferrer
Hada Setmonjú: Juana Montserrat Ferrer
Hado Tandreu: José Mª Pérez Santandreu
Hado Ezvián: Miguel Ángel Pérez Viana
Hado Marforné: Marcos Forner Pla
Duende Overpic: Juan Daniel Jover Piqueres
Duende Gapejú: Juan García Pérez
Soldado Dorenán: Fernando Hernández García
Guardián Tigoví: Santiago
Guardiana Ciael: Elena García Parrilla
El Hada de las Nieves: Nieves
Hermosa Bruja Rosalinda: Rosa Iniesta Masmano
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