lirica griega - Ladeliteratura

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LÍRICA GRIEGA
(selección de textos)
ALCEO DE MITILENE
ANACREONTE DE TEOS
ARQUÍLOCO DE PAROS
BAQUÍLIDES DE CEOS
CALINO DE ÉFESO
PÍNDARO DE TEBAS
SAFO DE LESBOS
SIMÓNIDES DE CEOS
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ALCEO DE MITILENE (600 a.C. aprox.)
Bebe y emborráchate, Melanipo, conmigo. ¿Qué piensas?
¿Que vas a vadear de nuevo el vorticoso Aqueronte,
una vez ya cruzado, y de nuevo del sol la luz clara
vas a ver? Vamos, no te empeñes en tamañas porfías.
En efecto, también Sísifo, rey de los eolios, que a todos
superaba en ingenio, se jactó de escapar a la muerte.
Y, desde luego, el muy artero, burlando su sino mortal,
dos veces cruzó el vorticoso Aqueronte. Terrible
y abrumador castigo le impuso el Crónida más tarde
bajo la negra tierra. Con que, vamos, no te ilusiones.
Mientras jóvenes seamos, más que nunca, ahora importa
gozar de todo aquello que un dios pueda ofrecernos.
ANACREONTE DE TEOS (530 a.C. aprox.)
1Venga ya, tráenos, muchacho,
la copa, que de un trago
la apuro. Échale diez cazos
de agua y cinco de vino,
para que sin excesos otra vez
celebre la fiesta de Baco.
...
Vamos de nuevo, sin tanto
estrépito y griterío ahora
practiquemos el beber con vino,
no al modo escita, sino brindando
al compás de hermosos himnos.
2Canosas ya tengo las sienes
y blanquecina la cabeza.
Pasó ya la juventud graciosa,
y tengo los dientes viejos;
del dulce vivir el tiempo
que me queda ya no es mucho.
por eso sollozo a menudo,
estoy temeroso del Tártaro.
oues es espantoso el abismo
del Hades, y amargo el camino
de bajada... Seguro además
que el que ha descendido no vuelve.
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ARQUÍLOCO DE PAROS (650 a.C. aprox.)
1No me importan los montones de oro de Crises.
Jamás me dominó la ambición y no anhelo
el poder de los dioses. No codicio una gran tiranía.
lejos está tal cosa, desde luego, de mis ojos.
2Corazón, corazón, de irremediables penas agitado,
¡álzate!, rechaza a los enemigos oponiéndoles
el pecho, y en las emboscadas traidoras sostente
con firmeza. Y ni al vencer, demasiado te ufanes,
ni vencido, te desplomes a sollozar en casa.
En las alegrías alégrate y en los pesares gime
sin excesos. Advierte el vaivén del destino humano.
3Ningún ciudadano es venerable ni ilustre
cuando ha muerto. El favor de quien vive preferimos
los vivientes. La peor parte siempre toca al muerto bajo la
negra tierra. Con que vamos, no te ilusiones. Mientras
jóvenes seamos, más que nunca, ahora importa gozar de
todo aquello que un dios puedas ofrecernos.
BAQUÍLIDES DE CEOS (505-450 a.C.)
Los jóvenes o Teseo (Ditirambo 17)
Estrofa 1
Una nave de azulada proa que llevaba a Teseo, firme ante el estrépito del combate, y a
dos veces siete espléndidos muchachos de entre los jonios, cortaba el mar de Creta;
pues su trapo, de lejos reluciente, las brisas del Bóreas caían gracias a la ilustre
Atenea que agita la égida. Le mordieron a Minos el corazón los santos dones de la
diosa de adorable diadema, de Cipris, y su mano no pudo retener lejos de una
doncella, sino que tocó sus blancas mejillas. Gritó Eribea llamando al descendiente de
broncínea coraza de Pandión; lo vio Teseo, negros bajo las cejas giraron sus ojos,
cruel dolor le desgarró el corazón y dijo: "Hijo del poderosísimo Zeus, puro ya no
gobiernas dentro de tu pecho el ánimo; retén, héroe, tu dominante violencia.
Antístrofa 1
Lo que el destino todopoderoso que viene de los dioses nos ha asignado y hace
inclinar la balanza de la Justicia, nuestra suerte prefijada cumpliremos, cuando
llegue. Pero tú contén tu oneroso propósito. Si a ti como el más poderoso de los
mortales una mujer noble te dio a luz, cuando participó del lecho de Zeus bajo las
cumbres del Ida, la hija de amable nombre de Fénice, con todo también a mí la hija
del rico Píteo me dio a luz, cuando yació con el marino Posidón, y le dieron las
Nereidas coronadas de violetas un velo de oro. Por eso te exhorto, caudillo de los
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cnosios, a que reprimas tu insolencia, causa de muchos lamentos; pues no querría yo
ver la inmortal amable luz de la Aurora una vez que a algunos de los otros jóvenes tú
hubieras sometido contra su voluntad. Antes mostraremos la fuerza de nuestras
manos; y lo que haya de suceder, la divinidad lo decidirá."
Epodo
1
Tales cosas dijo el héroe valiente con la lanza. Se asombraron los marineros ante la
orgullosa audacia de aquel mortal; y al yerno del Sol irritó su corazón, tejió este un
inaudito plan y dijo: "Padre Zeus de gran fuerza, escucha: si en verdad a mí la
doncella fenicia de blancos brazos me dio a luz para ti, ahora envía desde el cielo un
rápido relámpago de ígnea cabellera, señal reconocible; y así también a ti una mujer
trecenia para el que sacude la tierra te engendró, Etra para Posidón,, este áureo
adorno espléndido de mi mano tráeme desde las profundidades del mar, tras arrojar
con audacia tu cuerpo hacia las mansiones de tu padre. Y sabrás si oye mi súplica el
hijo de Crono, señor del trueno, que todo lo rige."
Estrofa
2
Oyó su irreprochable súplica Zeus de gran fuerza; para Minos, su hijo querido, hizo
brotar preeminente honor que quería hacer visible a todos, y envió un relámpago. Él,
el héroe firme en la guerra, al ver el prodigio grato a su corazón, sus manos extendió
hacia el ilustre éter y dijo: "Teseo, estos dones que Zeus me concede los observas
claramente; tú, por tu parte, lánzate al mar atronador, y el hijo de Crono, el soberano
Posidón, tu padre, te procurará el más alto renombre sobre la tierra bien arbolada".
Así dijo; pero a él no se le doblegó el ánimo, sino que, apostado sobre la bien trabada
cubierta, saltó y lo acogió de buen grado el recinto marino. Se asombró el hijo de Zeus
dentro en su corazón, y ordenó mantener a favor del ciento la bien trabajada nave.
Pero el destino preparaba otro camino.
Antístrofa
2
Avanzaba con velos movim,iento el barco; lo impulasaba el viento Bóreas, coplando
desde atrás. Se estremeció […] el grupo de jóvenes atenienses después que el héroe
salto al mar, y de sus ojos brillantes como lirios vertían lágrimas, pues esperaban
onerosa fatalidad. Mas unos delfines, habitantes del mar, llevaban rápidamente al
gran Teseo a la mansión de su padre, señor de caballos; y llegó al palacio de los
dioses. Allí tuvo miedo al ver a las ilustres hijas del dichoso Nereo; pues de sus
espléndidos miembros brillaba un resplandor como de fuego, y en torno a sus
cabellos remolineaban cintas trenzadas en oro; y danzando deleitaban su corazón con
húmedos pies. Vio la querida esposa de su padre, a la venerable diosa de venerables
ojos, en sus amables mansiones, Anfítrite; ella lo vistió con túnida purpúrea,
Epodo
2
y en sus ensortijados cabellos colocó una impecable corona, que antaño en sus bodas
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la taimada Afrodita le había dado, sombreada de rosas. Nada que los dioses quieran
es increíble para los mortales de mente sensata. Junto a la nave de fina popa
apareció. ¡Ph êu!, en qué pensamientos frustró al caudillo cnosio, cuando llegó seco
del mar, asombro para todos, y brillaban en torno a sus miembros los regalos de los
dioses; las muchachas de espléndidos tronos gritaron con recién nacida alegría y
resonó el mar. Y los jóvenes, a su lado, entonaron un peán con encantadora voz.
Señor de Delos, regocijado en tu espíritu con los coros de los ceyos, concédenos
obtener las dichas que envían los dioses.
CALINO DE ÉFESO (650 a.C. aprox.)
¿Hasta cuándo estaréis así echados? ¿Cuándo tendréis, muchachos, ánimo de
combate? ¿Vergüenza no sentís ante vuestros vecinos de tan extremo abandono?
¿Confiáis en que es tiempo de paz cuando ya la guerra arrebata a todo el país?
(...) Y que cada uno, al morir, arroje el último dardo.
Honroso es, en efecto, y glorioso que un hombre batalle
por su tierra, sus hijos y su legítima esposa
contra los adversarios. La muerte vendrá en el momento
en que la hayan urdido las Moiras. Que todos avancen
empuñando la espada y albergando detrás del escudo
un corazón valeroso, apenas se trabe el combate.
Porque no está en el destino de un hombre escapar
a la muerte, ni aunque su estirpe viniera de los dioses.
A menudo rehúye alguno el combate y el son de los dardos,
se pone a cubierto y en casa le alcanza la muerte fatal.
Pero ése no va a ser recordado ni amado por el pueblo;
y al otro, si cae, lo lamentan el grande y el pequeño.
Pues a toda la gente le invade la nostalgia de un bravo
que supo morir. Y si acaso pervive, es rival de los héroes,
porque a su paso le admiran cual si fuera una torre del muro.
hazañas acomete que valen por muchos, siendo él solo.
PÍNDARO DE TEBAS (522- 448 a.C.)
“PÍTICA I (A HERÓN DE ETNA, VENCEDOR EN LA CARRERA DE
CARROS)”- Fragmento.
Oh, tú, lira de oro, sobre la cual Apolo y las Musas de negra cabellera
reclaman sus derechos por partes iguales; es a ti a quien obedecen los primeros
pasos de los danzantes. Es de ti de quien los cantores esperan la señal, cuando
preludias con tus acentos reguladores de las evoluciones del coro. Tú apagas, con
tu dulce influjo, los dardos fulgurantes del fuego eterno; y el águila, el rey de las
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aves, se duerme sobre el cetro del rey; sus dos alas rápidas penden lánguidamente,
y tú derramas sobre su cabeza angulosa una nube sombría que le cierra
suavemente los párpados. Levanta muellemente su espalda, y se duerme bajo el
hechizo de la penetrante armonía. El violento Marte lanza a lo lejos su espada
terrible; su alma se dulcifica y languidece también. Tus sones fascinan el corazón
de los propios dioses al arte del hijo de Latona y de las musas de seno poderoso.
Cuantos son perseguidos por el odio de Júpiter oyen con horro la voz de las Piérides
en la tierra o en el mar indomable.
(...)
Al pie del Etna se levanta una ciudad del mismo nombre y a la cual su ilustre
fundador acaba de honrar con un triunfo. En el estadio pitio el heraldo ha
proclamado, en efecto, el nombre de la nueva ciudad junto con el de Hierón, el
glorioso vencedor en la carrera de carros. No existe alegría más dulce para los
navegantes que sentirse empujados por un viento favorable al principio del viaje,
como un augurio que parece prometerles también un feliz regreso. Así, pues, sus
primeros éxitos son para Etna una razón de creer que llegará a ser ilustre por sus
corceles, por sus coronas, y que su nombre será celebrado en medio de los cantos y
los festines.
¡Oh, tú, dios Lyceo, y tú, Febo, rey de Delos, que tanto amáis las cumbres del
Parnaso y la fuente Castalia: ojalá podáis acoger en vuestros corazones los votos
que yo os dirijo para este pueble generoso!. De los dioses recibimos todas las
cualidades que ilustran el genio del hombre: a ellos debemos el ser, por naturaleza,
buenos, sabios robustos, elocuentes. Hoy quiero elogiar al héroe vencedor de
Delfos, y espero, gracias a su protección, no lanzar muy lejos del blanco la jabalina
ornada de hierro que blande mi mano, sino lanzarla tan lejos que sobrepuje a todos
mis rivales.
¡Pueda el porvenir colmar siempre a Hierón de felicidad y riquezas!.
SAFO DE LESBOS (600 a.C. aprox.)
1Me parece que es igual a los dioses
el hombre que frente a ti se sienta,
y a tu lado absorto escucha mientras
dulcemente hablas
y encantadora sonríes. Lo que a mí
el corazón en el pecho me arrebata;
apenas te miro y entonces no puedo
decir ya palabra.
Al punto se me espesa la lengua
y de pronto un sutil fuego me corre
bajo la piel, por mis ojos nada veo,
los oídos me zumban,
me invade un frío sudor y toda entera
me estremezco; más que la hierba pálida
estoy y apenas distante de la muerte
me siento, infeliz.
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2Aquí ven, a este templo sacrosanto de Creta,
donde hay un gracioso bosquecillo sagrado
de manzanos, y en él altares perfumados
con olor de incienso.
Aquí el agua fresca murmura por las ramas
de manzano, todo el recinto está sombreado
por rosales y en su follaje que la brisa orea
se destila sopor.
Aquí el prado donde pacen los caballos ya está
florido con flores de primavera, y soplan
suavemente las brisas...
Acude, pues, tú, Cipria, coronada de guirnaldas
para verter grácilmente en nuestras copas de oro
el néctar que ya está aderezado y escáncialo
en nuestros festejos.
3Inmortal Afrodita, la de trono pintado,
hija de Zeus, tejedora de engaños, te lo ruego:
no a mí, no me sometas a penas ni angustias
el ánimo, diosa.
Pero acude acá, si alguna vez en otro tiempo,
al escuchar lejos de mi voz la llamada,
las has tendido y, dejando la áurea morada
paterna, viniste,
tras aprestar tu carro. Te conducían lindos tus
veloces gorriones sobre la tierra oscura.
Batiendo en raudo ritmo sus alas desde el cielo
cruzaron el éter,
y al instante llegaron. Y tú, oh feliz diosa,
mostrando tu sonrisa en el rostro inmortal,
me preguntabas qué de nuevo sufría y a qué
de nuevo te invocaba,
y qué con tanto empeño conseguir deseaba
en mi alocado corazón. “¿A quién, esta vez,
voy a atraer, oh querida, a tu amor? ¿Quién ahora,
ay Safo, te agravia?
Pues si ahora te huye, pronto va a perseguirte;
si regalos no aceptaba, ahora va a darlos;
y si no te quería, enseguida va a amarte,
aunque ella resista.”
Acúdeme también ahora, y líbrame ya
de mis terribles congojas; cúmpleme que logre
cuanto mi ánimo ansía, y sé en esta guerra
tú misma mi aliada.
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SIMÓNIDES DE CEOS (556-467 a.C.)
1Siendo humano, jamás digas qué va a pasar mañana,
ni al ver a alguien dichoso, por cuánto tiempo lo será.
Porque ni el moverse de la mosca de finas alas
es tan rápido.
2De los humanos pequeño es el poder,
e inútiles los propósitos y las cuitas.
En la breve vida hay pena tras pena.
Y la muerte ineluctable siempre espera.
Porque igual porción de ella reciben
los valerosos y quien es cobarde.
3Pues, sin el placer, ¿qué vida humana
es deseable, o qué clase de poder?
Sin él, hasta la existencia de los dioses
no nos parecería envidiable.
4De aquellos que cayeron en las Termópilas
Gloriosa es la suerte, bello el destino.
Su tumba un altar es; en lugar de lamentos,
El recuerdo; el llanto, una alabanza.
Y este presente funerario ni el musgo
Ni el tiempo que todo lo domina, han de destruir.
Este recinto de hombres valientes
Guarda una gloria que es de toda Hélade:
De eso es testigo el propio Leónidas,
Rey de Esparta, que dejó tras de sí
Un gran monumento de valor
Y una gloria eterna.
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