Un poco de paz

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Un poco de paz
Michelle Roys (contribución)
¿En alguna ocasión han sentido que el mundo entero se volvía en su contra? ¿Uno de esos días en los que todo
lo que podría salir mal, salía mal? Era el 29 de febrero, un día que, como bien saben, sucede cada cuatro años.
La lista de quehaceres programada para esa fecha era abrumadora. Pareciera que el día hubiera esperado —
mejor dicho, se hubiera confabulado— durante cuatro años para abarrotar 24 horas con el trabajo de varios
días.
Para empezar, me enteré que habría un examen sorpresa esa misma tarde. Tenía cuatro niños a los que dictar
clases durante todo el día. ¿Por qué motivo esos exámenes nunca encajan en el día indicado? Debía pedirle a
alguien que me reemplazara a fin de viajar hasta el centro de la ciudad para tomar el examen. Toda la semana
había sufrido de sinusitis, y aquel día tenía un dolor de cabeza atroz. Me costaba moverme, mucho menos
pensar. No tenía idea de por dónde empezar a prepararme para el examen. Desconocía la materia que
examinaríamos, y ello me obligaba a repasar 10 módulos distintos. Admito ser perfeccionista. Me gusta
prepararme de antemano, estudiando el tema en cuestión. Me molesta pensar que recibiré notas bajas.
Por otra parte, mi madre llegaba de visita de Brasil. Su arribo coincidía con las horas programadas para el
examen. Se le había olvidado el teléfono móvil en la casa y no respondía a los correos electrónicos que le
había enviado los últimos cinco días. El aeropuerto al que arribaría se encontraba a tres horas de nuestra
casa. Necesitaba contactarme con ella y encontrar una manera de recogerla.
Para colmo, esa misma tarde —si sobrevivía al resto del día— tenía programado un ensayo en el coro de la
iglesia. En tan solo dos días, nuestro coro se presentaría en la apertura del Festival de Coro Internacional. Un
evento importantísimo en Irlanda. Aún debía aprenderme dos canciones en polaco, además de versos en latín,
inglés e italiano. Todo en la misma tarde.
Me encontraba al borde de las lágrimas. Corrí a mi cuarto para pensar a solas un momento. Mi esposo entró y
me encontró en ese mal estado. Se ofreció a orar por mí, y yo, por supuesto, no me negué. Mientras escuchaba
su oración, me llamó la atención algunas de sus palabras: Señor, ayúdala a encontrar paz. Hazle saber que
harás que todas las cosas ayuden a bien1.
¿Paz? ¿Cómo se supone que debía encontrar paz? Sabía que no podría encontrar esa paz por mi cuenta. Debía
orar para entregarle a Dios todo lo que guardaba en mi mente y corazón. Empecé a orar detallando mis
frustraciones, los dolores que me agobiaban, el fastidio de no saber cómo me las arreglaría. Pormenoricé cada
detalle del día en aquella oración. Me esforcé por explicarle a Dios que necesitaba paz y descanso. Le rogué
que me enviara una señal de que me ayudaría. Me encontraba en tan mal estado que ni sabía cómo me las
arreglaría para conducir hasta el centro de la ciudad.
De pronto, recordé el tono de una cancioncita de la Biblia: «La paz les dejo; Mi paz les doy. Yo no se la doy a
ustedes como la da el mundo. No se angustien ni se acobarden» 2.
Me pregunté cómo eso me ayudaría a sobrevivir aquel día. Pero opté por pedirle a Jesús que me diera la paz
que prometía, si bien en el momento solo sentía frustración e incertidumbre.
No tenía mucho tiempo para meditar en la manera en que me llegaría dicha paz. Sin embargo, no habían
pasado más de cinco minutos cuando caí en la cuenta. En aquel momento, fue como si se despejara un sucio y
enredado cenagal, dejando ante mí un camino abierto y fácil de transitar.
—Sí —dije en voz alta, como encontrando sentido a mis palabras—. Si Jesús dijo que nos dejaba la paz, debía
referirse al espíritu de paz, el cual es también uno de los frutos del Espíritu.
Mientras pensaba en ello, sucedió algo increíble. La frustración que hasta entonces dominaba mis
pensamientos, desapareció. No sé cómo explicarlo, excepto que me sentí ligera. La paz en la que meditaba
inundó mi mente y espíritu, dando paso a una sensación maravillosa. Me sentía como caminando en el aire. La
presión y el estrés que sentía se desvanecieron. Me sentí en paz. Se me aclaró la mente. No sé cómo ocurrió.
Lo único que hice fue orar y tomarme unos momentos para pensar en aquella cancioncita. Aquella sencilla
acción organizó todos mis pensamientos.
Estaba sorprendida ante el poder de Dios mientras me arreglaba para salir. Ya en el auto, oré que Dios me
ayudará a mantener esa sensación. Me sentía fenomenal. Recuerdo pensar: No siento pánico. No me encuentro
al borde de las lágrimas. Esto es maravilloso.
A continuación narraré el resto del día. Es otro recordatorio de que Dios nunca nos decepciona. Si Él promete
en Su Palabra que hará que todo salga bien, y nosotros invocamos esa promesa, Él la hace efectiva.
Llegué al centro y al cabo de poco encontré un lugar de estacionamiento. Si bien el día estaba sombrío, aún no
llovía, lo cual es una maravilla en Irlanda. Llegué 20 minutos antes al edificio donde debía realizar el examen,
donde tuve oportunidad de hablar con mi profesora. Le dije que sufría dolor de cabeza y que esperaba
aprobar el examen. Ella amablemente sugirió que repasara solo los primeros tres módulos y algunas
diapositivas, en vez de todas las notas. Ello redujo a la mitad la información que debía recordar.
Al empezar el examen, me encantó descubrir que conocía la mayoría de las respuestas. Mientras volvía a casa,
mi madre me llamó para decirme que había llegado sin problema. Además, había tomado un bus del
aeropuerto a nuestra ciudad, donde un amigo la recogió y la llevó a nuestra casa.
Otra amiga me envió un texto diciendo que me llevaría en su auto al ensayo. Qué buena noticia. El ensayo fue
excelente. Durante las tres horas de canto me dolió la cabeza, pero ya no me retumbaba, e hizo que todo fuera
más fácil.
Era casi medianoche cuando volví a mi casa y me acosté. Mi esposo me estaba esperando. Le agradecí que
hubiera orado por mí. También le di gracias a Dios por ayudarme a encontrar Su paz, que milagrosamente
convirtió un día caótico en uno maravilloso. Todo había salido bien. Jesús se había encargado de ello.
Al día siguiente, repasé los frutos del Espíritu. Buscaba la definición en la Biblia de la palabra paz. El
significado de paz en el Antiguo Testamento era «la entereza, la fortaleza y el bienestar total de una persona».
El Nuevo Testamento define la misma palabra como «tranquilidad interior, una combinación de esperanza,
confianza y quietud de la mente y el alma»3.
Me maravillé al descubrir que era una descripción exacta de la manera en que me había sentido el día
anterior. La paz es —en esencia— fe; confiar en que Dios, de alguna manera, lo arreglará todo.
La solución para uno de esos días —y espero que no suceda más que una vez cada año bisiesto— es orar y
pedirle a Dios Su paz. Se sorprenderán al descubrir las soluciones que Él les dará y la paz que les brindará. La
Biblia dice: «La paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, cuidará sus corazones y pensamientos en
Cristo Jesús»4.
Aquella fue la solución que necesitaba. Y también puede ser la suya.
Traducción: Sam de la Vega y Antonia López
© La Familia Internacional, 2012.
Categorías: paz, estrés, guía divina, confiar en Dios
Notas a pie de página
1
Romanos 8:28.
2
Juan 14:27 (NVI).
3
La vida positiva en un mundo negativo: Vivir la gracia plenamente, Bob Edwards, pág.21
4
Filipenses 4:7 (NVI).
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