`Ensangrentadas hasta las cachas, las navajas no descansan`

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álvaro damián fernández tomás
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‘Ensangrentadas hasta las cachas, las navajas no descansan’
Arturo Pérez Reverte
Un día de cólera
Agosto de 1946
La noche prometía aguacero en el cementerio madrileño. El frío,
tan desconcertante en pleno mes de agosto, había cogido por sorpresa a todos los asistentes al triste evento que, aunque de luto,
lucían frescas ropas. Un profundo desconsuelo reinaba en el ánimo
de todos los que se habían acercado al camposanto a dar la última
despedida a aquella desgraciada familia.
En primera fila, la temblorosa y sombría figura del hijo de Julio Santos y Gloria Gil comandaba la larga comitiva. La mirada ausente
destacaba en unos ojos azules, glaucos como el hielo. No lloraba.
No decía nada. Caminaba, sin más, detrás del ataúd de sus padres.
Sólo tenía 9 años.
La ceremonia fue sencilla, haciendo honor al sobrio estilo del matrimonio. La hora, elegida para que el funeral fuera lo más discreto posible, no impidió que las numerosas amistades de los difuntos
asistieran a él. Una ligera lluvia empezaba a arreciar y un fresco
viento de poniente se levantó sin previo aviso. La noche cumplía su
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octubre negro
palabra.
A eso de las once de la noche llegaron al nicho donde debían reposar los restos de Julio y Gloria. El niño seguía ausente, como si en
realidad se encontrara a muchos kilómetros de allí, en otro lugar,
tal vez viviendo otra realidad muy diferente de la que le estaba
tocando en suerte.
El sacerdote, un hombre bajo y rechoncho, daba la misa en latín
y dando la espalda a los feligreses, olvidando los dictámenes del
Concilio de Vaticano II, donde se permitía decir la ceremonia en lengua vernácula. Al decir amén los asistentes comenzaron a desfilar,
uno a uno, de regreso a sus vidas cotidianas. Algunos, los menos, se
acercaban al niño bien para darle una palmada en el hombro, bien
para sonreírle susurrando cosas como “sé lo que estás pasando”, o
“todo saldrá bien”. Él no les prestaba atención. Estaba demasiado
ocupado en sus propios pensamientos. Sólo tenía 9 años. Pero parecían más. El sufrimiento y la soledad hacen estragos. No tengo a
nadie, pensó el niño. Me lo han quitado todo.
- Pablo, ¿estás bien?
Era una voz grave, profunda y serena. Y la conocía a la perfección.
En las largas veladas que sus padres habían celebrado a menudo
en el chalet de la sierra, aquella voz siempre estaba presente. Segura, transmitiendo un temple que sosegaba sílaba a sílaba. Arsenio Téllez. El hombre que se ocultaba tras la alargada sombra de
Julio Santos, la mano dura que dominaba los pormenores de los negocios del difunto, el perro guardián de una gran fortuna. Las malas
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lenguas criticaban sus formas, duras e implacables, pero honestas
como la promesa de un niño. Él lo sabía y jugaba con ello. ‘Cada uno
tiene sus cartas y se tira sus propios faroles. La diferencia es que a
mí nadie me acepta los órdagos’, decía con tono arrogante cuando
salía el tema a relucir. Un temible adversario. Un fiel amigo.
Pablo sabía que ahora estaba solo y necesitaba que alguien se
encargara de él. No respondió, ni siquiera miró al hombre que le
llamaba por el nombre. Qué importaba cómo estaba. Sus padres
estaban muertos, y él no podía hacer nada. Silencio. Dolor. Soledad.
- Acompáñame. - No era una orden, sino una petición, casi una súplica.-Acompáñame. No te puedes quedar solo Pablo.
Por primera vez Pablo miró al hombre de la voz grave lleno de curiosidad: metro ochenta, unos cien kilos, ojos negros como la noche y
pelo cano. No debía de sobrepasar los cuarenta y tantos, pero aún
así su imagen era la de una persona que ha vivido y sufrido mucho
en la vida. Vestía como siempre: un elegante traje negro que denotaba la elevada posición que se había ganado don Arsenio Téllez.
En las manos un viejo sello desgastado con la figura de un toro de
azabache negro. Un reloj de oro en la gruesa muñeca izquierda
y una esclava en la otra eran los únicos adornos que se permitía.
Elegancia sencilla. Fuera de toda ostentación.
- Es la hora. ¿Vienes conmigo o te quedas?
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