Si el régimen colonial implantó en Hispano

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VII
Sistema comercial; — el monopolio en las colonias colombianas —
Orgauizacion artificial del comercio. — Consecuencias políticas y
sociales de ese régimen. — Ruina de las plazas fuertes. — Censuras infundadas.
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Si el régimen colonial implantó en Hispano-Colombia
la inquisición religiosa, todavía fué mas rigoroso respecto
de la inquisición fiscal y comercial. La primera levantó
algunas hogueras en los tiempos de la conquista, y mas
tarde hizo sentir su peso en los calabozos, particularmente en Lima y Cartagena; pero á la verdad Santo Domingo de Guzmán no se mostró muy terrible con los
colombianos. Los hombres de genio eran muy raros, los
imbéciles muy numerosos, y con tales elementos el Santo
Oficio tenia poca tarea que llenar. A falta de herejes,
hizo sus siegas á expensas de los libros defilosofíaque el
contrabando solía llevar de Europa.
Pero la obra de la inquisición fiscal fué otra. Delante
del Santo oficio fiscal era escandalosamente herética toda
pieza de indiana procedente de Inglaterra, toda barrica
de vino de Burdeos y toda caja de fideos de Genova. La
persecución fué implacable contra todo lo que no proce-
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díade España, y Vizcaya, Cádiz y Sevilla,tuvieron el privilegio de proveer de todo alas colonias hispano-colombianas. Hoy todavía España está sufriendo las consecuencias de su funesto régimen de monopolio, personificado
en la famosa CcLsa de Contratación de Sevilla. Hace mas de
dos años, cuando visitábamos el espléndido edificio llamado LoTy'a, en la bella metrópoli andaluza, nos decíamos,
al contemplar los voluminosos paquetes del inmenso archivo : « Cada uno de estos montones de papeles representa los dolores y las miserias de Hispano-Colombia, los
torrentes de sangre generosa de heroicos españoles y
colombianos, que hizo derramar la tenacidad codiciosa ó
interesada de la compañía de Cádiz que tuvo el monopolio comercial; y representa al mismo tiempo dos siglos
de atraso en la industria española, y los grandes embarazos en que hoy se encuentra España respecto de la
cuestión de aduanas ó aranceles y sistema económico.»
Y así es la verdad. Colombia vegetó miserablemente
por causa de ese monopolio. La cuestión de la independencia" ó la autonomía colombiana se habría transigido
desde 1812 ó 1815, evitando inmensos desastres, si las
compañías interesadas no se hubiesen opuesto tenazmente á toda conciliación; y España, que hoy se siente
entrabada en sus progresos por las ligaduras del régimen pseudo-protector, uncida al yugo de algunos fabricantes de Cataluña, debe esa situación al sistema sofístico
de las antiguas casas de contratación, sistema que, excluyendo toda competencia y dándoles un giro artificial
á la agricultura, la industria y el comercio de España,
anuló todo estímulo verdadero y durable, y condenó á
la producción peninsular á la rutina y el estancamiento.
Cuando las antiguas colonias se independizaron, España se halló en la incapacidad de luchar contra [la repentina competencia de la industria inglesa, francesa y
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alemana, y apesar de la libertad comercial á que las nuevas repúblicas convidaron á todo el mundo, España perdió los mercados colombianos, donde todo le era favorable
para obtener la superioridad, por razón de las ventajas
que le ofrecía la comunidad de lengua y raza, de costumbres y consumos, de gustos y tradiciones. Pero está
escrito que el pecador sufre la pena por el mismo lado
en que el pecado aparece. España quiso abarcarlo todo,
proveer á todo un continente, per fas aut nefas, y lo
perdió todo. Del monopolio absoluto del comercio y la
navegación , descendió á la exclusión absoluta, en el
campo abierto de la libertad.
El sistema español respecto de las colonias era bien
sencillo : concederá compañías de negociantes, medíante
fuertes subvenciones para el Fisco, el privilegio de comerciar con aquellas colonias, trayendo sus productos á
los puertos españoles, erigidos en grandes depósitos, y
llevándoles de los mismos puertos los artículos de Europa,
en los galeones peninsulares exclusivamente. Las compañías eran diversas, en ocasiones, pero no se hacian
competencia. Teniendo sus residencias principales en
Bilbao, Cádiz y Sevilla, la una hacía su negocio con
Méjico y Centro-Colombia, la otra con Nueva Granada y
Venezuela, otra con el Perú, Buenos-Aires, etc.
Semejante sistema era igualmente funesto para la
madre patria y las colonias. Faltando la competencia,
las compañíasímponian en Colombia los precios que querían sobre los productos europeos; y á su turno España
recibía la ley de los privilegiados respecto de los artículos colombianos. Pero en cuanto á las exportaciones, la
condición de las colonias era mucho peor. España podia
siquiera comerciar con Europa, África, Asia y SurAmérica, enviándoles sus productos según su mérito:
Hispano-Colombia no podiaexportar nada sino por medio
de los privilegiados, quedando á discreción de estos. Y
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téngase en cuenta que los productos principales, cl oro y
la plata, tenían forzosamente que pasar por las oficinas
de ensayo y las casas de amonedación, ya en Colombia
misma, ya en España; sin poder entrar en la circulación sino de un modo indirecto y con enorme gravamen.
El resultado primero de ese sistema fué el de darle al
comercio con Colombia una organización enteramente artificial, falsa y deleznable. Los galeones y las mercancías
no seguían el curso natural que indicaban la geografía y
las necesidades del consumo, sino el que les imprimían
intereses egoístas y contradictorios y el empirismo de la
especulación reglamentada. Como España teniia constantemente las tentativas de competencia y contrabando de
otras potencias, y aun las contingencias de sus guerras
marítimas, tuvo necesidad de adoptar dos grandes medidas de seguridad : la primera, convoyar con buques de
guerra los galeones mercantes, dándole así al comercio
una regularidad ó periodicidad forzada que estancaba su
desarrollo; la segunda, establecer en algunas de las costas puertos fortificados, formidables, que protegiesen el
tráfico. Este motivo, mas que ninguno otro, fué el que
hizo aparecer las fortalezas monstruosamente costosas do
Vera-Cruz, Portobelo, Cartagena, Puerto-Cabello, Callao,
Panamá y otras. Para un sistema de comercio artificial
era necesario un sistema artificial de defensa. España
gastaba en fortalezas marítimas lo que ganaba con su
régimen de monopolio comercial, y á veces mucho
mas.
Ahora bien : como no se veía segurídad para el monopolio y contra el contrabando, se habilitó para las importaciones y exportaciones el menor número posiblede
puertos, y estos no aparecieron sino á la sombra de las
fortalezas. De ahi la extrema lentitud en la colonización,
la soledad de las costas y la violenta situación de las
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transacciones. El gobierno español evitó siempre cuidadosamente permitir el tráfico directo por el istmo de Panamá, temiendo la competencia de las colonias británicas, francesas, etc., establecidas en el mar de las
Antillas. El comercio, pues, se veía forzado á dar la inmensa vuelta del cabo de Hornos para sus transacciones
con las poblaciones de la costa del Pacífico, ó bien á hacer inauditas travesías por los territorios de Méjico,
Guatemala y Nueva Granada.
Bástenos á este propósito citar un hecho monstruoso
al cual debió su antigua prosperidad nuestra ciudad natal. Las mercancías que iban de España al interior de la
presidencia del Ecuador y á las provincias de Popayán,
Pasto y Cauca, en el extremo meridional del vireinato de
Nueva Granada, llegaban á Cartagena, en el mar Caribe,
subían por el rio Magdalena basta Honda (800 kilómetros, asunto de cinco ó seis meses), de Honda seguían
por tierra á lomo de muía y espaldas de peones, atravesaban las cordilleras central y occidental de los Andes granadinos, transitaban 500, 800,1,000 ó mas kilómetros por
caminos imposibles, y llegaban hasta Quito, á los veinte
meses ó dos años de haber sido expedidas de España I
Figuraos que tenéis mercancías del Levante y que reís llevarlas á Noruega; os cierran el paso de Gibraltar
(equivalente para el caso al istmo de Panamá) y os dicen :
Buscad otro camino. Entonces hacéis remontar vuestro
cargamento por el Ródano hasta Lyon, después lo hacéis
pasar sucesivamente al través de todas las montañas de
¡Suiza, del Tirol, de las llanuras de Austria y Prusia, de
Polonia, parte de Rusia, Finlandia y Suecia, hasta llegar
á Cristiania (como quien dice á Quito); — figuraos, decimos, esa serie de barbaridades, y tendréis idea del
modo como se hacia el comercio con Hispano-Colombia.
¿ Cuál fué mas tarde, al asegurarse la independencia
de las colonias, la consecuencia de ese sistema comercial?
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Que todo lo artificial se desplomó y arruinó : los intereses, favorecidos por la libertad, tomaron nuevas vías; los
puertos comerciales se multiplicaron; los centros de especulación cambiaron de lugar, y las ciudades que habían
tenido una importancia ó prosperidad ficticia perdieron
casi repentinamente su posición y su valer. De ahí un
grave cargo, absolutamente injusto, que se nos ha hecho á
los hispano-colombianos, porla ruina ó muy notable desmejora en que se encuentran las antiguas plazas fuertes
y comerciales, como Cartagena y otras análogas, en las
costas de los dos océanos. Por cada puerto antiguo y artificial que ha decaído, se han levantado tres, cuatro ó
mas, establecidos en las vías naturales del comercio; y
por cada ciudad que ha perdido sus privilegios, han crecido y prosperado muchas otras, llamadas por la libertad
á hacer un papel importante. Sí quisiéramos aducir ejemplos en comprobación de estas verdades, no tendríamos
mas dificultad que la de escoger.
Por lo que hace á las fortalezas marítimas, las censuras
que se les hacen á nuestras repúblicas no son menos duras, persistentes é infundadas. En Europa, donde la política nacional reposa generalmente en el principio de la
represión, la centralización y la reglamentación, y la internacional en el de la desconfianza, el antagonismo, la
suspicacia, el temor y la guerra de tarifas, pasaportes é
intrigas, — en Europa, decimos, comprendemos la existencia de las plazas fuertes, las escuadras y todo su cortejo de suntuosas miserias y mezquindades del egoísmo.
En Hispano-Colombia todo eso es soberanamente absurdo
y ridículo. Allí lo que se necesita es abrirle la puerta á
todo el mundo, darles franca hospitalidad á todas las razas, á todas las opiniones, á todas las producciones, á todas las manifestaciones del progreso.
Los pueblos nuevos que poseen sucios vírgenes, no
son ni pueden ser suspicaces ó desconfiados. La libertad
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es su arma; su defensa está en su propia debilidad, su
franqueza y el aliciente que le ofrecen al progreso exterior. Los cañones están de mas, rayados ó sin rayar, y
las casamatas les sirven de estorbo ó deben ser destinadas al almacenaje de mercancías. ¿Qué podremos hacer
los hispano-colombianos con escuadrillas en caricatura
para defendernos de los ataques de las grandes potencias? Nada! Lo mejor es desarmarnos del todo, ahorrar
gastos inútiles que nos dejan siempre en la.impotencia y
nos ponen en ridículo, y desarmar á cualquier enemigo
con nuestra confianza. Un niño que amenaza con un garrote, ó irrita ó hace reír; pero si se presenta sin mas
armas que las de su inocencia, su confianza ó su aturdimiento, seduce y desarma la cólera del hombre mas irritado.
Nueva Granada ha desarmado sus fortalezas de Cartagena, Panamá, Portobelo, etc., y ha vendido todos los
cañones al peso, por su valor metálico. Se le han hecho
muchas censuras por ese desafuero ó sacrilegio contra
la religión tradicional del miedo y de la fuerza; pero lo
cierto es que los cañones se oxidaban sobre sus cureñas,
completamente inútiles, y que su metal convertido en
muebles, vasijas é instrumentos, ha servido para cosas
de provecho. ¿ Y para qué habrían de servirle sus fortalezas y cañones á una república que ha abolido los pasaportes, las cuarentenas y los cordones sanitarios; que
ha fundado la plena libertad comercial, industrial y de
tránsito, la de comerciar con armas y municiones, la libertad absoluta de la prensa, de los cultos, de la enseñanza, etc., y la igualdad civil completa entre nacionales
y extranjeros? Para qué las fortificaciones, si lo quemas
deseamos es que nos invadan legiones de inmigrantes,—
de ingenieros, artesanos, agricultores y negociantes?Nosotros daríamos de prima, en Hispano-Colombia, veinte
cañones viejos por cada inmigrante que fuese á recibir
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la.í tierras que ofrecemos gratis, y el negocio sería bien
usurario.
Desde el momento en que Hispano-Colombia dejó de ser
una China de mestizos y abrió sus puertas al comercio
del mundo entero, su sistema político debió ser enteramente nuevo, en armonía con su sistema comercial. Los
derechos diferenciales y las tarifas de protección hacen
juego cabal con las fortalezas : desapareciendo los primeros, las plazas fuertes perdían su razón de ser, lo mismo
que los convoyes militares que antes protegían el tráfico.
Que se nos acuse en hora buena por no haber multiplicado ó construido en nuestras costas muelles y fanales,
ni establecido vapores-correos, si bien es cierto que nos
han faltado el tiempo y el dinero, como nos falta la población. Pero que los viajeros europeos cesen de acusarnos por la ruina de fortalezas sin objeto ninguno.
Cada país tiene sus condiciones propias; Colombia es el
Nuevo Mundo, — el mundo de la libertad, de la fusión
de las razas, de la hospitalidad y la esperanza; — y no
hay razón para que se le agregue á la barbarie de una
naturaleza prodigiosamente rica y fuerte la barbarie de
los cañones rayados.
Es también injusto acusar á las repúblicas hispanocolombianas de incuria y abandono, como lo hacen muchos viajeros en abreviatura, juzgando solo por el aspecto de nuestras costas desiertas ó miserablemente pobladas.
No ha mucho leímos una obra de impresiones de
viaje, relativa á las Antillas y algunas de las costas de
Tierra-Firme, escrita por Mr. Anthony TroUope, literato
inglés muy notable. El distinguido novelista ha probado
en su libro una singular ligereza, que nos hace pensar
que lo escribió por escribirlo y nada mas. Se detuvo
tres ó cuatro días en Santa-Marta, Cartagena y Panamá,
y como no encontró allí nada parecido á Hyde Park y
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Regent Street ni á su fuerte y orgullosa raza británica,
declaró sin apelación que toda la Nueva Granada era un
pais bárbaro y en pleno retroceso, insalubre y odioso.
Le bastó ver con fiebre á la esposa del vicecónsul inglés
en Santa-Marta, para afirmar que en Nueva Granada la
fiebre reina en permanencia y devora á todo ser viviente.
Ese modo de juzgar á un pueblo y una inmensa comarca
es deplorable, é inexcusable en un hombre de talento
como Mr. Trollope. Lo mismo valdría que nosotros declarásemos á Inglaterra un pais bárbaro y mortífero, porque su populacho es el mas grosero de todos los paises
civilizados, y porque en Londres reina la tisis en permanencia.
Es preciso no olvidar la geografía de la civilización y
de las.razas en Hispano-Colombia. Allí, en muchos de los
Estados, los mejores elementos de civilización se han
aglomerado en el interior, y el progreso se va verificando
de un modo singular: de adentro hacia fuera, — del centro á la circunferencia. Tal es el fenómeno que se produce en las comarcas cuya capital y cuyas razas mas puras se hallan en el interior, sobre las alti-planicies, como
son : Méjico, los Estados de Centro-Colombia, la Confederación granadina, el Ecuador y Bolivia. En otros la situación es inversa: la civilización ha tenido su primer
centro hacia las costas, como se ve en Caracas, Lima,
Santiago de Chile, Buenos-Aires y Montevideo. Si se penetra al interior, á medida que se avanza se encuentra
sucesivamente el atraso, la semi-barbarie y la barbarie
completa. Es necesario, pues, para juzgar con equidad á
las repúblicas hispano-colombianas, seguir en cada una
de ellas la marcha particular de la civilización. Todo otro
método es empírico y erróneo. Detras de las costas insalubres de Vera-Cruz, está la espléndida Méjico, digna de
ser la capital de una gran nación europea; detras de los
zambos de los costas granadinas, está la rica y bella Me-
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dellin, la noble Popayán, y la ciudad, altamente ilustrada
y estimable, de Bogotá. Así mismo, detras de la hermosa
Caracas está el salvaje llanero del Apure; detras de la
ilustre Buenos-Aires vive el terrible gaucho de las pampas, y detras de la opulenta y refinada Lima están las
turbas imbéciles de indios del Cuzco.
Pero volvamos, para terminar este capítulo, á las consecuencias del régimen comercial que España estableció
en sus colonias. Aparte del estancamiento que mantuvo
en la vida económica y moral, y de los males causados
¿ la España misma, ese régimen fué un poderoso estimulante de la insurrección en Colombia y de las tendencias europeas, particularmente de Inglaterra, á favorecer
un levantamiento general. Sí en los primeros años de la
lucha Inglaterra se mantuvo oficialmente neutral, no
solo fué la prímera en reconocer nuestra independencia,
sino que, durante la guerra, sus banqueros y voluntarios
nos suministraron (con enorme usura, es verdad, porque
el riesgo de la pérdida era grande) legiones de combatientes auxiliares, armas, buques de guerra, municiones,
equipos y dinero.
Es evidente que, si España, desde el tiempo en que el
conde de Aranda le daba tan sabios consejos de política,
hubiese abierto los puertos de sus colonias al comercio
del mundo, ninguna potencia europea habría tenido interés en favorecer el alzamiento general de las poblaciones que vivieron en secuestro absoluto. La independencia
habria tenido lugar mas tarde (eso era inevitable) de un
modo pacifico, y las nuevas repúblicas no habrían iniciado su carrera contrayendo enormes deudas, ensangrentándose durante quince años de terrible lucha y agravando su situación con el militarismo que la guerra engendró. Pero las cosas tuvieron otro giro : nacimos en
medio del fragor de la borrasca; nuestra cuna ha sido un
columpio peligroso; nuestra infancia ha pasado por to-
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das las incertidumbres del dolor, de la pobreza y de una
especie de orfandad; nuestra juventud ha comenzado, si
es que ya somos jóvenes, como la del hijo pródigo; y
aunque tenemos delante los inmensos horizontes de un
porvenir afortunado, todavía sentimos los estrecimientos
del adolescente, ardoroso pero ignorante, que comienza
á iniciarse en el gran drama de la vida ó el poema misterioso de la civilización!
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