asturica augusta como centro de producción y consumo cerámico

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Unidad y diversidad en el Arco Atántico en época romana
II. PRODUCCIÓN, CIRCULACIÓN Y CONSUMO
Gijón 2003, 121-143
ASTURICA AUGUSTA COMO CENTRO DE PRODUCCIÓN Y CONSUMO CERÁMICO
ANGEL MORILLO CERDÁN / Mª TERESA AMARÉ TAFALLA
Universidad de León
DE ASENTAMIENTO MILITAR A CAPITAL DEL CONVENTUS ASTURUM
Astorga, la antigua Asturica Augusta romana, está situada sobre un cerro
en forma de espigón de 868 m. de elevación, en el interfluvio de los ríos Jerga
y Tuerto. Su emplazamiento se buscó en el límite Noroccidental de la Meseta
Norte, al pie de los Montes de León. Esta posición estratégica la convierte en
una encrucijada natural en las comunicaciones entre la Meseta y Galicia.
La ciudad de Asturica Augusta, capital del conventus Asturum, es
mencionada por diversas fuentes clásicas, entre las que destacan Ptolomeo
(Geog. II, 6, 35) y Plinio (NH III, 28), que la define como “magnifica urbe”.
El Itinerario de Antonino la menciona en repetidas ocasiones como mansio
de varias vías –XVII, XVIII, XIX, XX, XXVI, XXVII, XXXII, XXXIV– que confluían
en la ciudad desde las principales ciudades hispanorromanas para, desde allí,
dirigirse a otros enclaves del noroeste de Hispania, como Lucus Augusti o
Bracara Augusta (Roldán 1975: passim). Por su parte, el Ravennate alude
a la ciudad en uno de sus itinerarios (Ravennate, IV, 45: 355-375).
Aunque ya en 1925 M. Gómez-Moreno, partiendo del análisis de las
evidencias epigráficas, apuntaba que el origen de la posterior ciudad de Asturica
Augusta debió ser un campamento de la legio X gemina (1925: 8-22), la
mayoría de investigadores posteriores ha considerado Astorga como una ciudad
de origen indígena, (Luengo, 1956/61: 152-153; García y Bellido et alii, 1987:
39). No obstante, ya desde los años setenta, Mañanes aboga por un origen
campamental (Mañanes, 1983: 12-13; 1983/84: 215). Asimismo, la mayoría
de los historiadores que se han ocupado de las Guerras Cántabras sitúa en
Astorga uno de los campamentos de la contienda (cf. Morillo, 1991: 163-164).
El argumento fundamental de esta hipótesis es un pasaje de Floro citado de
forma reiterada y casi automática al hablar del supuesto origen campamental
de algunas ciudades del norte peninsular: “(Augusto)….quien recelando del
amparo ofrecido por los montes en que se refugiaban (los indígenas), les
ordenó habitar y establecerse en los campamentos situados en la llanura.
Allí había el consejo del pueblo, y aquel poblado recibía los honores de
capital”. (Epitome rei militari II, 33, 59-60). Debido a la posición concreta
que ocupa este pasaje en la narración de Floro, inmediatamente después de la
campaña contra los astures que culmina con la toma de Lancia, la
investigación ha considerado que hace referencia a Asturica Augusta, más
tarde principal ciudad astur y capital del convento jurídico (Schulten, 1943:
154; Mañanes, 1976: 77-78; Le Roux, 1982; 75). Ya hemos señalado
recientemente (Fernández Ochoa & Morillo, 1999: 39-40) que existen serias
dudas de que este pasaje deba aplicarse de forma específica a los astures y su
nueva capital.
La hipótesis sobre el origen militar de la ciudad de Asturica se
fundamentaba asimismo en el hallazgo de varios epígrafes funerarios de
soldados de la legio X gemina reutilizados en la obra de la muralla bajoimperial
de la ciudad (Tranoy, 1981: 139-140), aunque no podíamos distinguir si estos
testimonios funerarios pertenecen a soldados en activo o a veteranos (Morillo
& García Marcos, 2000: 597). Pero hasta hace pocos años faltaban argumentos
auténticamente arqueológicos que probaran el origen militar de Asturica
Augusta.
Durante los últimos quince años este panorama se ha visto alterado de
forma radical. Las numerosas excavaciones arqueológicas llevadas a cabo
en esta localidad han puesto de manifiesto un horizonte arqueológico en los
niveles inferiores del yacimiento muy semejante al de otros yacimientos como
Herrera de Pisuerga y León, que podemos considerar como indudablemente
militar, y que definiremos más adelante (Morillo & García Marcos, 2000: 598).
Dicho registro arqueológico (v. Morillo, 1999: passim; Morillo & García Marcos,
2002b: e. p.). Corresponde a un estrato de relleno o aterrazamiento procedente
de los antiguos vertederos campamentales, que se extiende por toda la superficie
ocupada más tarde por la ciudad. Parece corresponder a una gran remodelación
urbanística que, a nuestro juicio, se encuentra relacionada con la amortización
de las estructuras campamentales iniciales, de las que apenas habrían quedado
algunos restos en forma de estructuras constructivas negativas, practicadas
sobre el nivel natural del terreno, a modo de trincheras o zanjas de cimentación,
que responden a modelos propios de la arquitectura militar romana en madera
(Morillo & García Marcos, 2000: 598). El sellado de dichas estructuras parece
coincidir con la transformación del antiguo asentamiento castrense en el núcleo
civil de Asturica Augusta (Morillo, 1999: 317; Morillo & García Marcos, 2001:
598-599).
El reciente hallazgo de un doble foso del tipo fossae fastigatae, de sección
en “V”, perteneciente sin lugar a duda al sistema defensivo del campamento,
constituye un argumento decisivo respecto al carácter militar del primitivo
asentamiento de Astorga (González Fernández, 1996: 85-90).
Las características de los restos materiales adscribibles al asentamiento
militar permiten remontar su fundación a un momento anterior al cambio de
Era, en torno al 15/10 a. C., posterior en todo caso a las Guerras Cántabras
(Morillo, 1996: 78; Morillo, 1999: 317-318 y 335; Morillo & García Marcos,
2000: 598).
Un documento epigráfico que hemos dado a conocer recientemente apunta
a la legio X gemina como la unidad alojada en este campamento (García
Marcos & Vidal, 1995: 115; Morillo & García Marcos, 2000: 598-599). En las
excavaciones realizadas en un solar cercano a la muralla bajoimperial se
encontraron dos grandes bloques de granito desplazados de su posición original
y reutilizados en una obra posterior. Su importancia radica en que ambos
presentaban la inscripción L.X.G. grabada en grandes letras capitales cuadradas
en una de sus caras mayores.
La duración del recinto castrense establecido en Astorga parece ser corta.
A juzgar por el registro arqueológico, hacia el 15/20 d. C., esto es, a comienzos
del reinado de Tiberio, se acomete una gran remodelación en el asentamiento,
coincidente con su transformación en ciudad y capital del conventus. Sin
embargo, pensamos que dicha transformación no se lleva a cabo al mismo
tiempo en todo el yacimiento. A nuestro juicio, ésta constituye la única
U NIDAD
Y DIVERSIDAD EN EL
A RCO ATLÁNTICO
EN ÉPOCA ROMANA
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ANGEL MORILLO CERDÁN / Mª TERESA AMARÉ TAFALLA
explicación convincente sobre la amortización de los fosos campamentales
con materiales de época claudia, tal y como se desprende de su análisis
arqueológico (González Fernández, 1996: 86; Morillo, 1999: 335).
La razón de esta sustitución del elemento militar por el civil en Astorga
a nuestro juicio se encuentra relacionada principalmente con el inicio de las
explotaciones auríferas en la región, que requieren la existencia de un centro
civil de organización y control (Morillo, 1999: 335), creado a partir de la
reorganización demográfica y funcional de los asentamientos indígenas (Tranoy,
1981: 125). Dentro de esta misma política se hacía necesaria una división de
funciones y competencias entre la autoridad civil y militar, que se traslada a
un lugar más próximo a los distritos mineros cuya explotación es más antigua.
En el mismo momento de su fundación, o tal vez a los pocos años, la ciudad
de Asturica debió adquirir el rango de municipio (García Marcos & Vidal,
1995b: 374). En este sentido resulta muy llamativo el paralelismo cronológico
que se observa entre la transformación de Astorga en centro civil y administrativo
y la creación de la ciudad romana de Clunia en una fecha comprendida entre
el final del reinado de Augusto y comienzos del de Tiberio (Palol, 1994: 17).
Podríamos por lo tanto suponer que la reorganización administrativa,
apoyándose en la creación de ciudades de nueva planta, se hizo extensiva a
todo el norte peninsular. Podemos incluso plantearnos, a manera de hipótesis,
si la creación de los conventos jurídicos plinianos, cuyas sedes principales en
el norte peninsular fueron respectivamente Asturica y Clunia, se hizo efectiva
en este mismo momento (Morillo, 2001b: e. p.; Fernández Ochoa & Morillo,
1999: 67).
Asturica Augusta, que desempeñó el papel de capital de los astures, tanto
de los que habitaban en la altiplanicie leonesa, como de los transmontanos,
se convierte pronto en una de las principales ciudades romanas de la Meseta.
La importancia y el desarrollo que alcanzó esta ciudad se debe principalmente
a su estratégica posición geográfica, en el límite mismo entre la Meseta y Galicia,
que la convierte en llave de las comunicaciones de todo el Noroeste peninsular
con los principales centros de la provincia Tarraconense, principalmente con
la capital, Tarraco. Por otra parte, se ubica en las cercanías de los principales
distritos auríferos del territorio astur. Concebida desde un primer momento
como sede de la administración regional, se transforma en el centro de la
maquinaria estatal en la región, como capital del conuentus Asturum y,
por lo tanto, residencia del legatus iuridicus, encargado de administrar justicia,
y del procurator per Asturiam et Gallaeciam, cargo en estrecha relación con
las extracciones de oro, mineral que debía centralizarse en la ciudad hasta su
traslado por vía terrestre a Roma. A comienzos del siglo III se convierte en
capital de la provincia Hispana Nova Citerior Antoniniana, de efímera
duración (Diego Santos, 1974). Los restos epigráficos dan buena cuenta del
status político, religioso y económico de sus pobladores, así como de la variedad,
complejidad y cosmopolitismo que alcanzó la sociedad asturicense (Mañanes,
1982; Diego Santos, 1986), parangonable a cualquier centro urbano
hispanorromano. Como centro administrativo, político y financiero, la ciudad
recibe de Plinio, que debió habitar posiblemente entre sus muros, el apelativo
de urbs magnifica (NH III, 28).
A partir del periodo flavio, como consecuencia del gran desarrollo de las
explotaciones mineras, la ciudad conoce un significativo impulso urbanístico
que consolida estructuras ya iniciadas a mediados del siglo I d. C., introduciendo
importantes modificaciones tendentes a una mayor monumentalización. En
este momento quedan ya definidos los rasgos principales de su tejido urbano,
cuyo conocimiento ha progresado de forma espectacular en los últimos años
(v. García Marcos & Vidal, 1996; Sevillano & Vidal, 2002). La ciudad se dota
de un impresionante programa monumental, en el que destaca un amplísimo
foro de más de 100 metros en sus lados mayores, en uno de los cuales se edifica
122
II. P RODUCCIÓN , CIRCULACIÓN Y CONSUMO
un aedes augusti. Ocupando una posición centrada en la plaza del foro se
encuentra una galería abovedada, la llamada “ergastula”, que debía soportar
una superestructura de problemática interpretación, posiblemente de tipo
religioso.
También de mediados del siglo I d. C. parecen ser las principales termas
públicas de la ciudad, las llamadas Termas Mayores o termas de la calle Santiago
Crespo (Vidal, 1986; Regueras, 1991: 133-136; Sevillano, 1998; Sevillano &
Vidal, 2000), dotadas de un frigidario con piscina y un tepidario de grandes
dimensiones. Este complejo debió alcanzar su estructura definitiva durante el
periodo flavio. Por el contrario, el bien conservado conjunto balneario
exhumado en la calle Padre Blanco (Termas Menores) se acomete a finales
del siglo I d. C. (García Marcos, 1994; García Marcos & Burón, 2000). Sin duda
es el ámbito privado el que experimenta una renovación más sustancial durante
el periodo flavio. En las décadas finales del siglo I d. C. se remodelan
completamente grandes mansiones de época julio-claudia, como la Casa del
pavimento del opus signinum (Burón, 1997), la Casa del gran peristilo, la
Casa del mosaico oso y los pájaros y la Casa de las columnas pintadas. Esta
actividad urbanística se refleja asimismo en otras viviendas más modestas, así
como en instalaciones de carácter artesanal (García Marcos & Vidal, 1995b:
passim; Morillo, 1999: passim). Asimismo se conocen varias necrópolis
extramuros, aunque ninguna de ellas ha sido objeto de una excavación
arqueológica.
La abundancia de restos materiales de todo tipo confirma la existencia de
una gran vitalidad económica entre el momento de su fundación y mediados
del siglo III, correspondiente a una ciudad próspera y bien estructurada, que
se configura como el gran centro redistribuidor de todo el comercio del Noroeste.
Tras el corto periodo de protagonismo histórico que supone la asunción
de la capitalidad de la provincia Hispania Nova Citerior Antoniniana, ente
creado por Caracalla en relación probablemente con un intento de reactivación
de las minas, Asturica sufre una honda crisis, coincidente con el fin de las
explotaciones auríferas. Los hábitats mineros de los distritos astures occidentales
parecen abandonarse a lo largo del primer tercio del siglo III, en directa relación
con el abandono de las explotaciones (Sánchez-Palencia, 1995: 148). Domergue
se inclina por un momento algo más avanzado, que sitúa hacia mediados
de siglo (1990: 221-223). La pujanza económica de la ciudad de Astorga parece
detenerse bruscamente hacia mediados del III. A partir de este momento se
inaugurará una nueva etapa que parece marcada por su paulatino declive, no
atenuado por su carácter de sede episcopal, el cual se va a prolongar a lo largo
de los siglos IV y V d. C. Numerosos edificios públicos y privados, entre los
que se encuentran las termas de Padre Blanco y las casas del Gran Peristilo y
de la Muralla son abandonados en este momento, convirtiéndose en simples
vertederos (García Marcos et alii, 1997: 528). La ciudad sufre un declive
urbanístico del que no se recuperará nunca. La actividad constructiva se redujo,
en muchos casos, a la simple ocupación o remodelación de construcciones
más antiguas, para lo cual se reaprovecharon numerosos materiales de épocas
anteriores, procedentes del desuso o ruina de otras.
La superación de los peores momentos de la crisis a finales del siglo III
viene acompañada por una profunda reorganización administrativa. Los
territorios adscritos a los antiguos conventos jurídicos del Noroeste peninsular:
Bracarense, Lucense y Asturicense son desgajados de la antigua provincia
Tarraconense, e integrados en la nueva provincia Gallaecia, cuya capitalidad
se hizo recaer en la ciudad de Bracara Augusta. Tan sólo el abandono de
las explotaciones auríferas y la pérdida del importante papel administrativo
que había desempeñado Asturica Augusta puede explicar el traslado de la
capital de la nueva provincia a Bracara Augusta, núcleo de gran importancia
económica durante el Alto Imperio pero cuya función administrativa había
ASTURICA AUGUSTA COMO CENTRO DE PRODUCCIÓN Y CONSUMO CERÁMICO
estado eclipsada por Asturica en razón de la minería del oro. Posiblemente fue
este mayor peso económico del sector galaico lo que determinó que la provincia
no se llamase Asturia, sino Gallaecia (Fernández Ochoa & Morillo, 1999: 103).
Este renovado interés del Estado romano por el Noroeste peninsular se
hace patente en la edificación de una gran muralla, que va a proteger a la
mayor parte de la ciudad, delimitando, con toda seguridad, un perímetro
inferior al que ocupaba durante el Alto Imperio (García Marcos et alii, 1997).
A este momento se atribuye la única puerta romana conocida en la muralla
asturicense, abierta en su extremo nororiental (Mañanes & García Merino,
1985: 181-219). La construcción de potentes sistemas defensivos a fines del
siglo III o comienzos del IV d. C., es un fenómeno perfectamente identificado
dentro de Hispania, donde se dejó sentir especialmente en el cuadrante noroeste,
allí donde se encontraba la principal concentración de tropas de la Península.
Ciudades como Asturica, Lucus, Bracara o Gijón, además del campamento
de la Legio VII en León, se dotan de este tipo de defensas, sobre cuya utilidad
y razón de ser ya nos hemos ocupado en otro lugar (Fernández Ochoa & Morillo,
1992: 336 y ss.; 1997: 738-739; 1999: 108; Fernández Ochoa, 1997: 249-265).
Coincidiendo con la erección del recinto fortificado, amplias zonas de la
ciudad, en especial las más próximas a la muralla, sufrieron un proceso de
sobreelevación de la cota de circulación, que alcanza varios metros de altura
en algunos sectores (García Marcos et alii, 1997: 528). Desconocemos la causa
de esta labor de aterrazamiento, que tal vez debamos buscar en las propias
necesidades de la obra defensiva. Los restos constructivos son muy escasos para
los siglos IV y V, limitándose a algunas construcciones domésticas, como la de
la Casa del pavimento del opus signinum, y a remodelaciones de edificios
anteriores (García Marcos & Vidal, 1995b: 389-390). No obstante, la parquedad
de estructuras habitacionales contrasta vivamente con la abundancia de
materiales arqueológicos, especialmente los hallazgos numismáticos y los
recipientes de terra sigillata hispánica tardía (TSHT). La existencia de
numerosos materiales tardorromanos también parece abogar por la presencia
de un núcleo poblacional de cierta relevancia, aunque lejos ya muy
probablemente de los momentos en los que Asturica alcanzó su máxima
expansión. El periodo tardorromano se prolonga sin interrupción aparente
hasta mediados del siglo V.
LOS ESTUDIOS CERÁMICOS EN LA INVESTIGACIÓN ARQUEOLÓGICA ASTURICENSE
El comienzo de las excavaciones sistemáticas en Astorga se retrasa hasta
mediados de los años ochenta, como consecuencia de la asunción de
competencias en materia de Patrimonio Cultural por parte de la Comunidad
Autónoma de Castilla y León. A partir de este momento comienza un
seguimiento intensivo de la arqueología local. Hasta la fecha, el numero de
solares en los que se han realizado intervenciones de carácter arqueológico
alcanza casi el centenar, lo que nos proporciona un conocimiento bastante
amplio y completo de los rasgos principales de la estructura urbana del
yacimiento. La protección arqueológica del mismo ha supuesto también la
conservación de importantes conjuntos.
Esta actividad arqueológica ha generado una ingente cuantía de
información arqueológica, que permite presentar una imagen absolutamente
novedosa de la Astorga romana, ya que, junto a diferentes trabajos de conjunto
donde se han dado a conocer sus principales rasgos urbanísticos y
arquitectónicos1, se han emprendido estudios sobre diversos aspectos de la
cultura material en relación con el aumento de información propiciado por
las numerosas excavaciones, entre los que destacan los estudios sobre recipientes
cerámicos2. Muchas de las publicaciones sobre materiales asturicenses se han
acometido dentro del marco del Proyecto: Inventario, estudio e investigación
de materiales arqueológicos hallados en las excavaciones de Astorga (León),
financiado conjuntamente por la Junta de Castilla y León y la Universidad de
León a partir de 1995 y coordinado por uno de nosotros.
Sin embargo, la mayor parte de los estudios sobre cerámica romana de
Asturica Augusta se encuentran en la actualidad en curso de preparación o
publicación. Tan sólo se han dado a conocer estudios globales sobre las lucernas
de dicho yacimiento (Morillo, 1999), así como un breve panorama sobre las
ánforas (Carreras, 1996) y varios artículos sobre producciones concretas (Amare
et alii, 1997; Burón et alii, 1999). Este hecho reduce significativamente nuestro
conocimiento sobre los recipientes cerámicos asturicenses. Aún así, los datos
conocidos permiten establecer la composición cerámica de los principales
horizontes arqueológicos que se suceden a lo largo de la historia de la ciudad
romana, especialmente el correspondiente a los niveles augusteos y julioclaudios.
La problemática arqueológica que planteaba la fundación de la ciudad romana
y la existencia de un primer asentamiento de carácter militar, que era preciso
definir y caracterizar, ha atraído la atención de los investigadores hacia estas
fases cronológicas más que hacia momentos posteriores.
ASTURICA AUGUSTA COMO CENTRO DE PRODUCCIÓN Y CONSUMO: HACIA
UNA DEFINICIÓN DIACRÓNICA DEL PATRÓN MATERIAL CERÁMICO
La penetración romana en tierras de los astures no afectó tan sólo a las
dimensiones y estructura del poblamiento regional. De todos es bien sabido
que uno de los intereses prioritarios de Roma en la región fue la explotación
aurífera, que llevó aparejado un rápido desarrollo económico de Asturica y los
vecinos distritos mineros. Pero los conquistadores debieron propiciar asimismo
un mayor desarrollo agropecuario, introduciendo nuevas especies animales y
vegetales, nuevas técnicas y útiles agrícolas y nuevas formas de propiedad para
garantizar el autoabastecimiento de la población astur e incluso la exportación
de excedentes agropecuarios. La alusión de las fuentes a las razzias astures en
tierras de la Meseta con ocasión de las guerras de conquista avalaría la existencia
de un déficit de productos agrícolas, carencia que se iría superando a medida
que se consolidaba la implantación romana. La articulación del mismo a través
de una serie de enclaves habitados de diferente entidad y de la creación de una
red de comunicaciones avala la vitalidad económica de la región desde mediados
del siglo I d. C., alcanzando un desarrollo sostenido a partir de las décadas
finales de esta centuria. Este desarrollo económico estimula la aparición de
un floreciente comercio, canalizado a través de las nuevas rutas mercantiles
{1} Burón, 1997; Fernández Ochoa, 1993; 1995; Fernández Ochoa & Morillo, 1992 y 1999; García Marcos, 1993; 1994; 1996; García Marcos & Burón, 2000; García Marcos & Vidal,
1990; 1993; 1995; 1995b; 1996; 1998; García Marcos et alii, 1997; González Fernández, 1996; 1999; Morillo, 1991: 163-164; 1993; 1996; 1999b; 2000: e. p.; 2002: e. p.; Morillo &
García Marcos, 2000; 2000b: e. p.; 2002: e. p.; 2002b: e. p.; Regueras, 1996; Sevillano, 1998; Sevillano & Vidal, 2000 y 2002; Vidal, 1986; 1986b; 1993; 1996; 1999; Vidal et alii,
1990.
{2} Entre otros podemos mencionar: Amaré & García Marcos, 1994; Amaré et alii, 1997 y 2000/01; Astures, 1995; Burón, 1997; Burón et alii, 1999; Carreras, 1996; Carreras, 2002:
e. p.; Carro Santiago, 1998 y 2002: e. p.; Escarpizo, 1986; Franco García, 1997 y 2002: e. p.; García Giménez et alii, 1999; Morillo, 1999 y 1999b; 2001; 2001b; 2002b: e. p.; Morillo
& García Marcos, 2000; 2001; 2002: e. p.; 2002: e. p.
U NIDAD
Y DIVERSIDAD EN EL
A RCO ATLÁNTICO
EN ÉPOCA ROMANA
123
ANGEL MORILLO CERDÁN / Mª TERESA AMARÉ TAFALLA
que atraviesan el territorio siguiendo las principales vías, para enlazar sus
centros urbanos con los puntos neurálgicos administrativos y comerciales de
la Hispania romana (Fernández Ochoa & Morillo, 1999: 89-91). Asturica se
va a configurar muy pronto como uno de los centros nodales del comercio
hispano, puerta de entrada de mercancías de todo tipo hacia el cuadrante
Noroeste.
No resulta fácil rastrear sobre el terreno los indicios de este comercio. La
mayor parte de las mercancías que debió circular, por tratarse de productos de
primera necesidad (trigo, vino, aceite), no han dejados evidencias materiales.
Su presencia debe deducirse a través de testimonios indirectos como los
recipientes de dichas producciones. Sin duda, uno de los mejores indicadores
de la actividad comercial lo constituyen las cerámicas, envases de productos
de primera necesidad o que los acompañan como cargamento secundario o
complemento de valor añadido. No podemos descartar que, en ocasiones,
determinados recipientes cerámicos se conviertan en un objeto preferencial del
comercio, debido a su calidad, elevado coste o popularidad. Su resistencia al
paso del tiempo, así como su constante evolución de acuerdo con gustos o
modas, nos permite seguir el funcionamiento de las rutas de intercambio a
través del tiempo. Por esta razón, y tomando las debidas precauciones
metodológicas, debemos tomar este elemento como índice del progreso
comercial y, por extensión, parte integrante de la transformación de las
estructuras económicas y poblacionales del país astur, fenómeno inseparable
del proceso de implantación romana (Fernández Ochoa & Morillo, 1999:
92-93).
Los recipientes cerámicos se convierten así en la base de la indagación
arqueológica, no sólo como material-guía imprescindible desde el punto de
vista cronológico, sino también desde un punto de vista de la actividad
económica y comercial. En realidad, la única solución para llegar a
conclusiones realistas sobre la datación de los niveles arqueológicos es el estudio
del estrato en su conjunto, de las proporciones de cada material en dicho estrato
y de la variación de dichas proporciones a lo largo del tiempo.
El estudio de los registros arqueológicos asturicenses ha proporcionado
abundante material cerámico, gracias al cual podemos apuntar las tendencias
generales en el consumo de recipientes cerámicos en la capital astur, las
preferencias y gustos de la población, la evolución del consumo, la procedencia
de los recipientes importados y las vías de comercialización, así como los medios
de abastecimiento, además de las producciones destinadas al autoabastecimiento. Ello permite elaborar un panorama diacrónico sobre el
consumo y la producción de recipientes cerámicos en la antigua Asturica,
cuyos rasgos principales vamos a presentar a continuación.
La estratigrafía dentro de la que se enmarcan los hallazgos cerámicos
permite distinguir varios horizontes culturales y cronológicos muy bien definidos
a través de su patrón material, esto es, de los materiales documentados en
posición primaria dentro de los niveles arqueológicos. Dichos horizontes, que
se suceden diacrónicamente, están compuestos por una asociación de elementos
arqueológicos determinados, composición que varía significativamente con el
paso del tiempo. Por lo tanto, un material aislado de determinado tipo tan sólo
constituye un indicativo cronológico aproximado, siendo la presencia conjunta
de varios de ellos lo que permite establecer márgenes temporales más ajustados
y precisos. Esta metodología tiene un valor añadido para identificar la facies
militar fundacional en el caso concreto de Astorga y otros yacimientos
septentrionales, cuyos materiales no sólo constituirán un indicativo cronológico,
sino también cultural.
Teniendo en cuenta el objetivo final de este estudio, presentaremos tan
sólo los recipientes cerámicos que definen dichos horizontes, especialmente
aquellas especies cerámicas y formas que permiten establecer una mayor
precisión cronológica, dejando en esta ocasión al margen el resto de los
materiales3.
1. Periodo augusteo pleno y tardoaugusteo
(20/15 a. C.-10/15 d. C.)
A lo largo de este periodo, correspondiente al final de las Guerras Cántabras
y los años sucesivos de pacificación y consolidación romana en el territorio
septentrional de Hispania, se fundan escalonadamente las primeras bases
legionarias estables en la región: Herrera de Pisuerga, Astorga y León, centros
de ocupación y romanización de su hinterland (Morillo, 1996: 81).
A la vista de las dificultades de caracterización que presentan los recintos
militares hispanos de este momento (Morillo, 2002: e. p.), su identificación se
ha hecho en muchas ocasiones tomando como base el análisis del registro
arqueológico más antiguo de estos asentamientos, buscando elementos
indiscutiblemente militares (TSI, Vogelkopflampen y lucernas de volutas de
los tipos más antiguos, elementos metálicos típicos del ajuar militar, monedas
de tipo militar como las emisiones con caetra, etc) (Morillo, 1996: 79-80). En
esta fase, la comparación con los materiales arqueológicos de los campamentos
renanos más antiguos (Haltern, Oberaden, Vetera, Novaesium, etc.) ha tenido
una importancia fundamental. El análisis de los materiales hallados en los
niveles fundacionales militares del asentamiento romano de Astorga, dentro
del gran estrato de relleno o aterrazamiento realizado con tierra y materiales
procedentes de los vertederos campamentales, ha permitido fijar los márgenes
temporales de los castra de la legio X gemina en este lugar entre el 15/10 a.
C. y el 15/20 d. C. (Morillo, 1999: 317-318 y 335; Morillo & García Marcos,
2000: 598).
Teniendo en cuenta la instalación ex novo de los campamentos hispanos
en una región recién conquistada, carente hasta ese momento de asentamientos
o restos materiales de tipología romana, la presencia de piezas cerámicas
importadas de Italia en estos contextos se interpreta como una indiscutible
evidencia militar.
El horizonte estratigráfico más antiguo del yacimiento muestra una
abrumadora presencia de materiales itálicos4. Son muy numerosos los
recipientes de terra sigillata itálica (TSI). Las variantes morfológicas de TSI
más antiguas muestran que su llegada se produjo en el mismo momento o
poco tiempo después de que legiones IIII, VI y X levantaran sus recintos castrenses.
Esta afluencia a una zona recientemente conquistada se produce en un
momento en el que las vías de comunicación eran prácticamente inexistentes
o se estaban dando los primeros pasos para su creación. De este modo, desde
el punto de vista estrictamente cuantitativo, las producciones itálicas del
{3} Para la elaboración de esta cronoestratigrafía se han empleado preferentemente materiales asturicenses. Buena parte de los dibujos han sido elaborados dentro del citado Proyecto:
Inventario, estudio e investigación de materiales arqueológicos hallados en las excavaciones de Astorga (León). Se han empleado asimismo materiales dibujados por M. Burón,
V. García Marcos, así como por los autores del presente trabajo. En algunos casos en los que la identificación visual a partir de los materiales de Astorga resultaba dificultosa, se
han empleado materiales-tipo, con dibujos que reproducen formas características.
{4} La reconstrucción del registro cerámico del nivel militar fundacional de Astorga, así como del periodo julioclaudio ha sido posible gracias a los trabajos de García Marcos &
Vidal, 1995; González Fernández, 1996; Burón, 1997 y Morillo, 1999.
124
II. P RODUCCIÓN , CIRCULACIÓN Y CONSUMO
ASTURICA AUGUSTA COMO CENTRO DE PRODUCCIÓN Y CONSUMO CERÁMICO
asentamiento militar de Astorga, al igual que las de otros yacimientos castrenses
como León y Herrera de Pisuerga, muestran un panorama muy similar al
detectado en otros núcleos hispanos más cercanos a los centros productivos y
las vías de comunicación.
Los recipientes recuperados son casi en su totalidad formas lisas, siendo
muy escasa la presencia de vasos decorados a molde5. Copas y platos aparecen
en proporciones muy semejantes. Los tipos más antiguos presentes en el registro
arqueológico de Astorga están representados por los platos de la forma 1, que
podrían datarse entre el 20 y el 10 a. C., y por los perfiles más arcaicos del
plato de la forma 12 y las copas del tipo 14 (Burón, 1997: 33-36 y 77-78).
Su presencia en Haltern indica que su fabricación se prolongó
aproximadamente hasta el 10 d. C (Ettlinger et alii, 1990: 72 y 76). A este
momento inicial han de corresponder las variantes más antiguas de la copa
de perfil troncocónico y labio vertical (forma 22), cuya fabricación se inicia
en la segunda década antes del cambio de Era, y del plato de la forma 18, cuya
introducción en el mercado debió de ser ligeramente posterior (Ettlinger et
alii, 1990: 48, 82 y 90). Esporádicamente representado aparece también el
vaso híbrido de la forma 17.
A partir de los últimos años del siglo I a. C., fecha en la que las redes de
abastecimiento se deben de encontrar ya plenamente definidas, crecen las
las importaciones de TSI. Uno de los rasgos más distintivos de este momento
es la creciente estandarización de las formas. El elenco formal se amplía con
respecto al momento anterior, aunque los platos de la forma 18 y, especialmente,
las copas de la forma 22 representan el mayor volumen de hallazgos. Ambos
muestran frecuentemente decoración burilada en el borde. De forma más
ocasional se encuentran representados los platos de las formas 3, 4, 12 y 19,
así como copas de la forma 24, cuya fabricación arranca en la etapa
medioaugustea.
Alfareros como Perennius, Ateius, P. Cornelius, Memmius, Favor,
Murranus o Verecundus se encuentran perfectamente constatados. El estudio
de las marcas de alfarero que conservan muchos de los recipientes de sigillata
itálica hallados en estos yacimientos, representa un capítulo esencial a la hora
de determinar los puntos de origen de estas manufacturas cerámicas, así como
establecer los posibles circuitos comerciales que siguieron. Los ejemplares
procedentes del centro productor de Arezzo constituyen la mayoría absoluta de
los recipientes firmados, seguida a gran distancia por Pisa y otros centros como
Puzzoles, el Valle del Pó y Lyon.
Las necesidades de las tropas estacionadas en el norte de Hispania llevan
a la instalación de talleres militares destinados a la fabricación de imitaciones
locales de terra sigillata de tradición itálica tanto en Herrera de Pisuerga, a
cargo de la officina de L. Terentius, como en León, por parte de C. Licinius
Maximus (Morillo & García Marcos, 2001: 151-154). La datación de las formas
constatadas hasta la fecha y su posición estratigráfica coincide con el periodo
augusteo pleno y tardoaugusteo. Sorprendentemente, el campamento de la
legio X gemina en Astorga parece ser el único donde no se desarrolla una
infraestructura productiva de este tipo por motivos que no podemos precisar.
Sin embargo, en los niveles militares del yacimiento se han documentado dos
recipientes con marca de L. Terentius, alfarero legionario que fabrica recipientes
para la legio IIII Macedonica en Herrera de Pisuerga (Astures, 1995: 278).
Estos restos constituyen una evidencia clara de las fluidas relaciones que se
establecerían entre los diferentes asentamientos militares del exercitus
hispanicus en época augustea (Morillo & García Marcos, 2001: 151).
Junto a la TSI de procedencia centroitálica forman parte del patrón material
de este horizonte militar pleno y tardoaugusteo lucernas de los tipos Dressel
4 o Vogelkopflampe y Loeschcke IA. El primero de ellos se data entre el 20 a.
C. y el 10 d. C. (Ricci, 1974: 205), mientras la primera variante de lucernas de
Loeschcke surge en época de Augusto para irse rarificando durante el reinado
de Tiberio (Loeschcke, 1919: 29-30; Morillo, 1999: 73). Los ejemplares
importados de procedencia lacial o campana se documentan perfectamente
en los niveles más antiguos de Astorga, aunque también parecen llegar
imitaciones del tipo Dressel 4 fabricadas en el taller militar herrerense (Morillo,
1999: 65-66).
Asimismo se verifica la presencia de algunos ejemplares de lucernas del
tipo Loeschcke III, forma que surge en plena época augustea para continuar
durante toda la primera mitad del siglo I d. C. (Loeschcke, 1919: 35). Entre
los ejemplares de este último tipo se han recuperado dos fragmentos de lucerna
vidriada de color verde-azulado, cuya procedencia es probablemente lacial o
campana (Morillo, 1996b: passim; Morillo, 1999: 66-67).
Dentro de este horizonte inicial se encuentran también cerámicas itálicas
de paredes finas. Destacan los cuencos hemiesféricos y cubiletes cilíndricos,
que se caracterizan por la ausencia de engobe, anteriores al reinado de Tiberio.
Otro indicativo cronológico es el predominio de los cubiletes, característicos
del periodo augusteo (formas Mayet II, III, V, Vb, XII, XVII, XIX y XX), frente a
los cuencos, que comienzan a imponerse a comienzos del reinado de Tiberio
(formas Mayet XXXIII, XXXIV y XXXV). Se constatan también las tazas de la
forma Mayet XX.
Las formas de paredes finas más antiguas, como los vasos de la forma
Mayet IIIa, Vb, VI y Ricci 2, nos ofrecen un marco temporal centrado en el
último cuarto del siglo I a. C. (Mínguez, 1991: 161). Las piezas de cronología
más avanzada son de las formas Mayet XXXIV y XXXV, cuya cronología es
tiberiano-neroniana, para la primera, y de finales del siglo I a. C. hasta época
julio-claudia, en ejemplares sin engobe, para la segunda (Mayet, 1975: 69 y
71; López Mullor, 1989: 163-164 y 169-170). En Astorga se documenta también
de forma minoritaria la forma Mayet XXXVIIa, datada a lo largo de la primera
década del reinado de Tiberio en el vecino yacimiento de La Corona de
Quintanilla (Domergue-Sillières, 1977: 128, fig. 37; 126, lám. 68, nº 23).
Al igual que en el resto de campamentos augusteos, en Astorga la forma
mayoritaria dentro de los recipientes de paredes finas parece ser el cuenco Mayet
XXXIII, documentándose todas sus variantes. La razón de esta abundancia
debemos buscarla en la existencia de producciones locales de la misma en el
ámbito militar. Dicha imitación local de recipientes de paredes finas de la forma
Mayet XXXIII está perfectamente documentada en el acantonamiento de la
legio IIII Macedonica en Herrera de Pisuerga (Pérez González et alii, 1991;
Reinoso, 2002: e. p.). Tal vez las producciones de este alfar, al igual que en caso
de la TSI y las lucernas, alcancen asimismo el vecino campamento de Astorga
(Burón, 1997: 34), o más bien nos encontramos ante manufacturas locales
(Burón et alii, 1997: 325-326).
La posible área productora de los recipientes de paredes finas itálicos
encontrados en los campamentos del norte de Hispania habría que situarla en
Etruria, Lacio, Campania y en el área padana, como demuestra la presencia
de algunos fragmentos de vasos firmados por Aco y Sarius. Aparecen también
algunas paredes finas gálicas, como los cuencos del tipo Mayet X asignables a
los talleres lyoneses de Loyasse y La Muette (Burón, 1997: 29 y 34, fig. 142-154;
21, 146-147).
{5} Entre todos los recintos militares de época augustea, solamente Herrera de Pisuerga muestra una inusual concentración de recipientes de TSI decorada (v. Pérez González, 1989),
fenómeno que se ha puesto en relación con la presencia del propio M. Agripa y su estado mayor en la fase final de la campaña contra los cántabros.
U NIDAD
Y DIVERSIDAD EN EL
A RCO ATLÁNTICO
EN ÉPOCA ROMANA
125
ANGEL MORILLO CERDÁN / Mª TERESA AMARÉ TAFALLA
También las cerámicas comunes de este periodo muestran una gran
variedad tipológica: ollas de perfil globular y de borde vuelto, tapaderas, platos
con y sin engobe interior rojo (asimilables a las formas Vegas 15, 15a y 15c)
y cuencos de borde horizontal. Las jarras predominantes son Vegas 37, Vegas
38 y Vegas 44. La procedencia de la inmensa mayoría de recipientes parece
claramente itálica, aunque no podemos descartar las imitaciones locales.
Aparecen asimismo algunos morteros (mortaria) de las primeras variantes
tipológicas imperiales (Dramont 1, Dramont 2, morteros de labio vertical),
fabricados en los talleres que comienzan a surgir en época tardoaugustea en
el Lacio y la Campania6.
Por lo que respecta a las ánforas, junto a ejemplares de procedencia bética
para salazones (Dressel 7-11) se han constatado ánforas vinarias de origen
itálico como la Dressel 2-4 campana (Carreras, 1996: 206). También aparecen
Haltern 70, destinadas al transporte de olivas preservadas en vino cocido.
Los recipientes cerámicos de procedencia itálica constituyen una mayoría
abrumadora dentro de los niveles fundacionales del campamento de Astorga.
Resulta sorprendente su calidad técnica e iconográfica –en el caso de las
lucernas– de algunos ejemplares, sólo comprable a la de otros establecimientos
del limes germánico o a las grandes ciudades mediterráneas como Cartago o
la misma Roma. Cierto número de ejemplares, hallados en el nivel más antiguo
de los asentamientos, debieron llegar entre la impedimenta original de las
legiones al asentarse en suelo hispano (Morillo, 1992: 168). Sin embargo, muy
pronto es necesario arbitrar otras soluciones para abastecer a las tropas.
En efecto, un ejército de varios miles de hombres, distribuidos en varios
establecimientos repartidos por una amplia franja, requiere para su correcto
funcionamiento numerosos bienes de primera necesidad, como vino, trigo y
aceite, así como productos manufacturados como vestidos, calzados, tiendas,
armas, recipientes metálicos y cerámicos de todo tipo, sin contar con los caballos
y bestias de carga. La intendencia militar debió ocuparse en un principio del
aprovisionamiento de los centros militares establecidos en la vertiente meridional
de la Cordillera Cantábrica, entre los que se encuentra Astorga, muy alejados
de las grandes rutas de comunicación costeras, fluviales o terrestres. La
administración militar organizó una amplia red de suministros, que abarcaba
tanto productos de primera necesidad como objetos manufacturados. Entre
estos productos manufacturados debían encontrarse sin duda los recipientes
cerámicos, uno de los escasos testimonios que han llegado hasta nosotros.
La importación desde la zona costera de la Tarraconense oriental, siguiendo
el Valle del Ebro, y de los centros béticos, a través de la capital lusitana, debieron
convertirse en las principales vías de aprovisionamiento (Fernández Ochoa &
Morillo, 1999: 45).
Además, las dificultades y los elevados costes del transporte terrestre de
objetos delicados impulsa el desarrollo de un complejo sistema artesanal dentro
del ámbito de algunos campamentos, destinado a cubrir sus necesidades
cerámicas básicas (platos, fuentes, boles, vasos, jarras, lucernas, etc.) y disminuir
su dependencia de las importaciones itálicas. Entre estas producciones cerámicas
se encuentra la cerámica fina de mesa, la conocida como terra sigillata, la
cerámica común y de paredes finas o las lucernas. No obstante, en el
campamento de Astorga no se ha constatado producciones militares por el
momento, por lo que la importación se convierte prácticamente en su única
fuente de aprovisionamiento.
Dentro de este ámbito militarizado poco a poco debieron irse introduciendo
los negotiatores privados. El tráfico de suministros para el ejército desde el este
y mediodía peninsulares debió constituir un importante estímulo para el
desarrollo de un incipiente comercio hacia las regiones periféricas del norte
peninsular, tal y como demuestran testimonios arqueológicos como las lucernas
(Morillo, 1999: 324-325).
2. Periodo tardoaugusteo y tiberiano (10/15-37 d. C.)
Algunos de los recipientes constatados en el momento anterior continúan
apareciendo junto a otras formas nuevas. Esta fase se caracteriza desde el punto
de vista de la procedencia de los materiales por el incremento paulatino de las
producciones de origen galo, que a comienzos del reinado de Claudio han
desplazado casi por completo a las importaciones itálicas. Un fenómeno
sorprendente, que no podemos dejar de señalar, es que las incipientes
producciones de terra sigillata local de tradición itálica surgidas al calor de
los establecimientos militares de Herrera y León cesan bruscamente a comienzos
del reinado de Tiberio, cierre que parece debido a una decisión de la
administración militar en este sentido, por razones que por el momento no
podemos comprender. Por otra parte, el cese de la actividad de las officinae
cerámicas militares no es completo y parece afectar sólo a la fabricación de
terra sigillata local de tradición itálica, mientras otras producciones como las
lucernas, se mantienen (Pérez González, 1989: 214; Morillo, 1999: 63-66 y
323-324.; Morillo-García Marcos, 2001: 155).
Posiblemente este suceso se encuentre relacionado con las modificaciones
de la estrategia militar aplicada por el Estado romano en la península ibérica
en un momento tardoaugusteo-tiberiano temprano. Dichas transformaciones
se manifiestan en la profunda remodelación sufrida en este momento por
los campamentos de la legio IIII Macedonica en Herrera (Pérez González,
1996: 91) y de la legio VI victrix en León (García Marcos, 2002: e. p.). Tanto
en uno como en otro caso, se observa la sustitución de estructuras constructivas
más frágiles y perecederas por otras más sólidas, hecho que debemos interpretar
como un interés por consolidar dichos recintos militares, fenómeno que coincide
cronológicamente con la estabilización de la frontera septentrional y la
configuración definitiva del limes renano-danubiano (Morillo, 2002: e. p.).
Pero no sólo los campamentos de León y Herrera se verán afectados. Una de
las consecuencias más visibles de los cambios en la política militar hispana es
el abandono del acantonamiento de Astorga por parte de la legio X gemina,
que se traslada a un nuevo emplazamiento en Rosinos de Vidriales en torno
al 15/20 d. C. (Morillo, 1999: 335). Sobre el lugar de su antiguo campamento
se fundará la ciudad de Asturica Augusta, capital del conventus Asturum,
primer núcleo civil de importancia en la región septentrional de Hispania, y
centro rector de la minera del oro regional.
El horizonte cerámico de la capital astur durante este periodo presenta
rasgos bastante distintos a los otros tres campamentos, en los que el papel
del ejército sigue siendo preponderante. Durante los años finales del reinado
de Augusto y a lo largo del de su sucesor Tiberio, las manufacturas itálicas
siguen monopolizando las importaciones, siendo durante la etapa claudia
cuando definitivamente se verán desplazadas por las producciones del sur de
la Galia. Por lo que se refiere a la TSI, esta fase, caracterizada por el desarrollo
de las decoraciones aplicadas además de por la aparición de las marcas in
planta pedis, esta definida por la presencia de los últimos estadios morfológicos
de ciertos vasos como la copa de forma 22, que dará paso a la 23, ya plenamente
tiberiana, y el plato de la forma 18, que paulatinamente derivará en la forma
20. El primero centra su producción entre los años finales de Augusto y el 30
{6} Sobre los morteros hispanos con marca de ceramista v. Pérez González y C. Fernández Ibáñez, 1989 y Alcorta, 1995 y 2001).
126
II. P RODUCCIÓN , CIRCULACIÓN Y CONSUMO
ASTURICA AUGUSTA COMO CENTRO DE PRODUCCIÓN Y CONSUMO CERÁMICO
d. C., mientras que el segundo se generaliza en los años centrales del siglo I,
llegando alcanzar incluso sus postrimerías (Ettlinger et alii, 1990: 86) También
se atestiguan platos de la forma 217.
Los fragmentos de plato de la forma 4 recuperados muestran ya perfiles
propios del periodo tardoaugusteo –variante 4.5– y, sobre todo, de época
tiberiana –variantes 4.6 y 4.7–. Un fenómeno similar se detecta en el caso de
la forma 31, que frecuentemente presenta decoración burilada en el cuarto de
círculo superior, producida en Pisa y los talleres campanos (Ettlinger, 1990:
106). Los recipientes de las formas 32.1, 32.4, 34.1, 36.3 y 37.1,
cuantitativamente menos abundantes, no ofrecen tampoco problemas para su
datación en época tiberiana.
Las marcas de ceramistas indican que Arezzo sigue siendo el centro
productor mejor representado, junto a porcentajes menores de otras
procedencias.
Asistimos durante este momento a la llegada de los primeros recipientes
de terra sigillata gálica, tanto formas lisas como decoradas, concretamente
sus variantes más antiguas como las formas Drag. 18/31, Drag. 24/25 o Drag
29, que comienzan a popularizarse a partir del 20 d. C. (Oswald & Pryce, 1966:
passim). Asimismo encontramos algunos recipientes más tardíos, como la
forma Drag. 27, datada entre los reinados de Claudio y Nerón (Oswald & Pryce,
1966: 186-187). La mayoría de las piezas de vajilla de origen gálico halladas
en Asturica proceden de los alfares de La Graufesenque, constatándose
producciones de alfareros que trabajan en este periodo como Iucundus.
Las presencia de lucernas en el registro arqueológico de este periodo
manifiesta también notables cambios respecto a las décadas anteriores.
Continúan apareciendo lucernas de las variedades morfológicas Loeshcke Ia
y Loeschcke III. Pero junto a ellos aparece también la Loeschcke Ib, surgida
en época tiberiana, posiblemente en los años centrales del reinado de este
emperador, prolongándose su uso a lo largo del gobierno de Claudio (Loeschcke,
1919: 26-27; Morillo, 1999: 76-77). La procedencia de estos ejemplares sigue
siendo itálica en su mayor parte.
Sin embargo, uno de los aspectos más llamativos desde el punto de vista
lucernario es, junto a las importaciones itálicas, la presencia de lucernas
derivadas del tipo Dressel 3 o “tipo Andújar”. La fabricación de este tipo arranca
precisamente del reinado de Tiberio, prolongándose durante el gobierno de
Claudio (López Rodríguez, 1982: 382; Roca, 1980: 239; Roca, 1990: 394;
Morillo, 1999: 100). Desde el punto de vista cronológico, la llegada de las
lucernas derivadas de Dressel 3, también conocidas como “tipo Andújar”, a
este territorio coincide asimismo con el momento en que deben cesar las
importaciones de aceite itálico y aparecen los escasos restos de ánforas béticas
del tipo Dressel 20.
La dispersión de las lucernas derivadas de Dressel 3 confirma la localización
de sus centros productivos en el área meridional hispana, concentrándose
principalmente en el valle del Guadalquivir y sus afluentes (López Rodríguez,
1982: 379-390; Moreno Jiménez, 1991: tipos 40-44). Sotomayor identificó un
taller de lucernas de este tipo en Andújar (Sotomayor et alii, 1976: 111-147;
Sotomayor et alii,1981: 307-316), taller al que se han añadido en época reciente
otros en Córdoba (Amaré, 1988/89: 103-115; Bernal, 1993: 207-220) y Mérida
(Rodríguez Martín, 1996: 143-144). Sin embargo, uno de los aspectos más
llamativos de este tipo de lucernas es su significativa presencia al norte de Sierra
Morena, en contraposición a los recipientes de terra sigillata fabricados
asimismo en los alfares meridionales, que no traspasan este accidente geográfico.
En la región septentrional de la Península las lucernas de tipo Andújar se
concentran en las ciudades y campamentos más importantes, principalmente
Astorga y León, o aparecen aisladas en lugares ubicados junto a las principales
vías de comunicación norte-sur, principalmente la llamada vía de la Plata,
que enlaza Emerita Augusta con Asturica, penetrando incluso hasta la Asturia
Transmontana (Morillo, 1999: 100-104). A nuestro juicio, esta peculiar difusión
de los ejemplares “tipo Andújar” obedece a un comercio sui generis, en el cual
la lucerna no constituye el objeto primordial, sino una mercancía secundaria
que acompaña a los cargamentos de aceite bético hacia los principales
asentamientos del norte peninsular, localizados principalmente en el conventus
Asturum. Los elevados costes del transporte de lucernas por vía terrestre se
verían de esta manera enjugados dentro de la distribución olearia. La
proximidad de buena parte de los hallazgos a la Vía de la Plata podrían apuntar
hacia este camino natural como la principal ruta de comercialización de ambos
productos (Morillo, 1999: 325; Morillo, 2001: 630-631).
Dichas lucernas deben encontrarse indefectiblemente unidas al comercio
de aceite bético, que traslada dicha sustancia desde la Bética o desde algún
punto intermedio hasta la región septentrional de la Península. Este lugar
intermedio bien pudo ser Emerita Augusta, capital de la Lusitania y centro
de redistribución y comercialización regional de bienes de consumo y productos
manufacturados. Los negotiatores o mercatores, bien por propia iniciativa
para vender su producción en Asturica, bien encargados por los responsables
del avituallamiento de las tropas militares aún estacionadas en la región,
pudieron acudir a Emerita para surtir a los consumidores septentrionales de
aceite bético, sin tener que recurrir directamente a las regiones productoras.
Las lucernas derivadas del tipo Dressel 3 pudieron constituir un complemento
de valor añadido bastante rentable al comercio de aceite hacia el norte (Morillo,
2001: 630-631). Posiblemente los ejemplares hallados en los yacimientos
septentrionales fueron fabricados también en la propia capital lusitana, tal y
como apuntan los análisis arqueométricos practicados sobre las piezas de León,
Astorga y Herrera de Pisuerga (García Giménez et alii, 1999: passim). Las
lucernas “tipo Andújar” dominan casi por completo los mercados
septentrionales hasta época de Vespasiano.
La cerámica de paredes finas está representada en este horizonte
principalmente por cuencos hemiesféricos de la forma Mayet XXXV. Estos
recipientes van desplazando paulatinamente a los ejemplares de la forma Mayet
XXXIII. Se siguen documentando ejemplares de tipos como el Mayet Vb, IX,
XIV y XXXIII, que ya existían en la fase anterior, junto con otros nuevos como
la Marabini XLIV y LVIII.
La multiplicidad de centros productores de recipientes de paredes finas a
partir de este momento (Italia, sur de la Galia, sur de España) hace muy difícil
pronunciarse sobre la procedencia concreta de los ejemplares, pero no cabe
duda de que algunos vasos siguen llegando de los centros productores centro
y norte itálicos. Otros, como los de la forma Mayet Vb, proceden posiblemente
del taller de Lyon, cuyas producciones se han identificado recientemente (Desbat
et alii, 1996). Por otra parte, hacia el final de este periodo deben comenzar a
llegar los primeros recipientes béticos de la forma Mayet XXXIV y tal vez vasos
de alfares del Valle del Ebro como el de La Maja, tal y como sucede en el vecino
asentamiento de Herrera de Pisuerga (Reinoso, 2002: e. p.).
La cerámica común presenta un repertorio formal muy variado. Uno de
los grupos más numerosos de este momento es el de las jarras, que presentan
una enorme variedad tipológica. Se documentan tanto las de boca trilobulada
como las de asa y boca estrecha. Aparecen numerosos platos de engobe interior
rojo pompeyano, algunos de ellos sin duda importados de Italia. Al igual que
{7} v. el trabajo de V. García Marcos en este mismo volumen.
U NIDAD
Y DIVERSIDAD EN EL
A RCO ATLÁNTICO
EN ÉPOCA ROMANA
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ANGEL MORILLO CERDÁN / Mª TERESA AMARÉ TAFALLA
aquellos, los morteros también parecen ser de origen itálico (Dramont 1 y
2), si bien comenzamos a conocer algunas imitaciones locales de muy baja
calidad. Las ollas se encuentran también muy bien representadas, al igual que
las tapaderas y los morteros. No obstante, la descentralización productiva
creciente hace que, salvo en casos concretos como los que hemos señalado, sea
muy difícil determinar el alfar o la zona de procedencia de los recipientes.
Por lo que se refiere a las ánforas, siguen apareciendo algunos envases
vinarios itálicos (tipo Dressel 2-4) pero, junto a ellos, comienzan a introducirse
recipientes para caldos de la costa catalana (Pascual 1), la Bética, el
Mediterráneo Oriental, Rodas y la Galia. Contamos también con contados
ejemplares de envases olearios de la forma Dressel 20 y algunas ánforas de
salazones de procedencia bética (Dressel 7-11, Beltrán IIa), además de ánforas
para olivas (Haltern 70)8. Resulta digno de mención el hallazgo en Astorga de
un ánfora de la forma Richborough 527, fabricada con toda seguridad en
las islas Lípari (Italia), que se ha identificado recientemente con un contenedor
de alum (alumbre), sustancia empleada para fijar tintes (Carreras, 1996: 207).
Desde el punto de vista de la procedencia de los recipientes cerámicos, el
periodo iniciado a finales del reinado de Augusto y que se prolonga a lo largo
del de su sucesor, coincidente con la fundación de la ciudad de Asturica, se va
a caracterizar por el mantenimiento de las importaciones itálicas, que llegan
a tanto a través de la red de suministros militares creada en el periodo anterior,
como a través de las redes de comercio surgidas al calor del avance del proceso
de implantación romana en los territorios septentrionales, dentro de las cuales
Asturica se va a convertir rápidamente en un centro regional para la
redistribución de productos. Junto a las producciones itálicas se van abriendo
camino desde mediados del reinado de Tiberio fabricaciones de origen galo
(TSG) o hispano (ánforas, lucernas), que en un primer momento parecen
llegar acompañando artículos de primera necesidad como vino o aceite. Junto
a la ruta procedente de los puertos mediterráneos a través del valle del Ebro,
va tomando cada vez más entidad la ruta que asciende hacia el norte procedente
de Emerita, siguiendo el trazado de la llamada vía de la Plata (Amaré, 1992:
102-103), o las rutas más antiguas que penetraban en la Lusitania septentrional.
3. Periodo claudio y neroniano temprano (37-60 d. C.)
No resulta fácil establecer el momento de arranque de este tercer horizonte
julio-claudio, ya que corresponde a la consolidación de tendencias de época
anterior. Se caracteriza principalmente por la práctica desaparición de las
importaciones itálicas, desbancadas por completo dentro de los circuitos
comerciales hispanos por las manufacturas gálicas de terra sigillata, y por las
primeras producciones hispanas precoces de terra sigillata, así como lucernas,
paredes finas y cerámica común de talleres locales o regionales. La liberalización
de los talleres en época de Tiberio-Claudio va a llevar a la proliferación de
pequeños talleres locales y a la consiguiente descentralización productiva
regional para abaratar costes de producción y transporte.
En los horizontes arqueológicos de este periodo, los recipientes de terra
sigillata sudgálica sustituyen completamente a las importaciones de TSI.
Formas lisas y decoradas a molde (Drag. 15/17, 18/31, Drag. 24/25, Drag. 27
o Drag 29), firmadas por alfareros como Iucundus, Secundus, Castus,
Surdinus, Crestius o Vitalis, abundan en las estratigrafías correspondientes a
las décadas centrales del siglo I d. C. (Astures, 1995: 278-279). Los rasgos
morfológicos y ornamentales de dichas piezas permiten encuadrarlos dentro
del denominado por Hermet “Periodo de esplendor”, que corresponde en el
centro productor de La Graufesenque a los reinados de Claudio y Nerón (Hermet,
1934: 184). Junto a las piezas de vajilla, también aparecen otros recipientes de
uso cotidiano, como los tinteros (Hermet 8/Ritt. 13). Entre los vasos de TSG
destaca la llamada marmorata, documentándose formas Drag. 27, Drag.
18 y Drag. 29. Junto a las importaciones procedentes del centro ruteno de La
Graufesenque, llegadas a través de los puertos mediterráneos, aparecen las
primeras producciones de Montans. La abundancia de recipientes de este alfar
al norte de la Cordillera, que corresponde a su difusión eminentemente
cantábrica (Fernández Ochoa & Morillo, 1994: 184-185), nos lleva a plantearnos
la posibilidades de que por primera vez alcancen la capital astur recipientes
procedentes de los territorios transmontanos.
Durante este periodo se documentan asimismo las primeras producciones
de terra sigillata hispánica del valle del Ebro, concretamente las de los llamados
alfareros precoces como M.C.R, Asiaticus, Maternus y Ullo, que trabajan sobre
formas tomadas del repertorio formal de la TSG.
Por lo que respecta a los recipientes para iluminación, las décadas centrales
del siglo I d. C. están presididas por las formas Loeschcke Ib, Loeschcke III y
Loeschcke IV, así como las derivadas de Dressel 3. Si, como ya hemos apuntado,
este último tipo es de fabricación hispana, resulta más difícil pronunciarse
sobre la procedencia de las lucernas de otros tipos, entre las que se encuentran
ejemplares itálicos de gran calidad.
Durante este periodo cesan casi por completo las importaciones de
recipientes itálicos de paredes finas. Sin embargo se siguen documentando los
tipos Mayet VIIIc, XII y XXXV, y Marabini XLIV, algunos de ellos sin duda
fabricados en talleres itálicos. Pero en las décadas centrales de este siglo las
producciones hispánicas se imponen claramente respecto a las itálicas. Se
documentan de forma esporádica los tipos Mayet XVIII o López Mullor LIV,
fabricados en la costa catalana. Sin embargo, los ejemplares más numerosos
pertenecen a los tipos Mayet XXXIV y XXXV. Los recipientes de estas formas
presentan decoración arenosa en la pared exterior o bien tanto en el exterior
como en el interior. En ambos casos su procedencia parece ser bética. Mayet
estableció la hipótesis de un origen en la costa gaditana para la forma Mayet
XXXIV o “cáscara de huevo” y el valle del Guadalquivir para las formas XXXVXLI a partir de los mapas de difusión de ejemplares (Mayet, 1975: 148-150).
Al igual que la cerámica de paredes finas, la cerámica común manifiesta
una marcada tendencia hacia la regionalización productiva y comercial. Tan
sólo algunos platos con engobe interior rojo pompeyano de excepcional calidad,
permiten hablar de importaciones itálicas.
Los materiales anfóricos hallados en las excavaciones de los contextos
militares de León y Rosinos de Vidriales, tampoco permiten constatar
importaciones itálicas en este momento. Se han identificado ejemplares de
la forma Dressel 2-4 del Mediterráneo Oriental, y Haltern 70 y Dressel 20 béticas,
además de algunos envases fabricados en la costa catalana (Dressel 2-4 y
Pascual 1).
Asturica se configura a partir de este momento como el gran centro
comercial del Noroeste peninsular, a partir de la consolidación de rutas ya
{8} En otros trabajos ya nos hemos ocupado de la problemática que presenta la ausencia de ánforas olearias en los yacimientos militares y civiles del norte de la Península, donde
por otra parte abundan los recipientes lucernarios, hecho que confirma el empleo de aceite. La única explicación posible se encuentra, a nuestro juicio, en el empleo de recipientes
alternativos de carácter perecedero, más adecuados para el transporte de aceite por vía terrestre. Nos referimos, claro está, a los odres o pellejos (cullae). V. Morillo, 1999: 326 y
Morillo, 2001: passim).
128
II. P RODUCCIÓN , CIRCULACIÓN Y CONSUMO
ASTURICA AUGUSTA COMO CENTRO DE PRODUCCIÓN Y CONSUMO CERÁMICO
abiertas por el ejército, rutas que confluyen en la capital del conventus y
que se convierten en los ejes fundamentales de vertebración del territorio. Este
proceso cristaliza definitivamente durante la época flavia. La descentralización
productiva y el desarrollo de la red de comunicaciones regionales multiplica
los testimonios cerámicos de todo tipo y procedencia.
4. Periodo neroniano tardío y flavio (60/98 d. C.)
A diferencia de los horizontes arqueológicos correspondientes al periodo
augusteo y julioclaudio, el panorama estratigráfico que se extiende entre los
últimos años del reinado de Nerón y las décadas centrales del siglo III d. C.
resulta mucho más confuso. Por una parte, los niveles arqueológicos
correspondientes a dicho periodo, coincidentes con los momentos más
florecientes de vida de la ciudad, han sido sistemáticamente desmontados
durante la el periodo romano tardío, de tal manera que los materiales son muy
abundantes pero proceden en su mayor parte de escombreras. Apenas se han
documentado materiales en su correcta posición estratigráfica. Por otra parte,
el estado actual del conocimiento científico sobre los materiales cerámicos de
los siglos II y III, especialmente de la terra sigillata hispánica (TSH), no
permite establecer márgenes temporales ajustados. Además, los materiales
asturicenses de este periodo, a excepción de las lucernas, se encuentran todavía
en proceso de estudio.
Sin embargo, a pesar de estas limitaciones, es posible definir algunos rasgos
básicos de los horizontes arqueológicos asturicenses de este periodo, que
presentan una gran identidad con los de otros asentamientos romanos
regionales, como Rosinos de Vidriales (Romero & Carretero, 1997; Carretero,
2000: passim), o Huerña (Domergue & Martín, 1977).
El periodo neroniano tardío y flavio se caracteriza, desde el punto de vista
del patrón material cerámico, por la presencia mayoritaria de TSH. Las
producciones hispánicas, que irrumpen con fuerza durante el reinado de Nerón,
compiten favorablemente con los recipientes de TSG, que entra en franca recesión.
En este sentido Asturica reproduce la evolución constatada en otros yacimientos.
Ya en este periodo se verifica la presencia de una elevada cantidad de formas
de TSH, tanto lisas como decoradas. De las primeras se encuentran presentes
todas aquellas que marcan el comienzo de la producción, directamente inspiradas
en el repertorio de la TSG (Ritt. 8, Hisp. 15/17, Hisp. 27, Hisp. 24/25) además de
algunas más avanzadas, propias de la época flavia (Hisp. 35 y 36, Hisp. 2, Hisp.
4 e Hisp. 7) (v. Burón, 1997: 68-69). Por lo que se refiere a las decoradas, destaca
la Hisp. 29, Hisp. 30 y comienza a aparecer la Hisp. 37. En el terreno ornamental
los temas de imitación van siendo sustituidos por los estilos metopados, a veces
con grandes punzones9. Se documentan asimismo la cantimplora de la forma
Hisp. 13. Los alfares riojanos parecen ser los abastecedores casi en exclusiva de
la capital astur. Los talleres de Tritium Magallum (Tricio, Arenzana, Bezares o
La Cereceda) ejercen casi un monopolio comercial.
Junto a los recipientes de TSH, siguen apareciendo algunas producciones
de TSG de la Graufesenque y Montans, de formas Drag. 37 o Dechélette 67, que
van rarificándose hasta desaparecer por completo durante la época flavia.
El predominio de la TSH se ve acompañado por la práctica desaparición
de las producciones cerámicas extrapeninsulares en estos contextos
arqueológicos.
Las lucernas se encuentran caracterizadas por ejemplares de volutas del
tipo Loeschcke IV, que constituyen una mayoría abrumadora en los horizontes
correspondientes a la segunda mitad del siglo I d. C. (Morillo, 1999: 87-92).
Junto a este tipo contamos con porcentajes menores de las formas Loeschcke
Ic, Dressel 18, Dressel 19, Dressel 20, así como el primer tipo de lucernas de
canal, Loeschcke IX (Morillo, 1999: passim). Es difícil pronunciarse sobre la
procedencia de estas piezas, entre las que encontramos ejemplares itálicos,
béticos, lusitanos, y tal vez, de producción local o regional.
La cerámica de paredes finas está representada exclusivamente por las
producciones del alfar zamorano de Melgar de Tera, situado en las cercanías
del campamento de Rosinos de Vidriales, cuya producción arranca de los últimos
años del reinado de Nerón y los comienzos del período flavio (Gimeno, 1990
Lion, 1997; Carretero, 2000). Dichos recientes, que adoptan casi siempre las
formas Gimeno I y Gimeno II, y que presentan una característica decoración
burilada y a la barbotina, monopolizan el mercado regional a partir del reinado
de Vespasiano, haciendo desaparecer prácticamente las importaciones foráneas.
Junto a las producciones de Melgar se documentan otros talleres del valle del
Ebro y posiblemente producciones emeritenses.
La cerámica común ofrece perfiles variados: morteros, ánforas, ollas,
tapaderas, jarras y platos. Ignoramos de que centro o centros productores
proceden los recipientes. Algunos de ellos pudieron ser fabricados en el alfar
de Melgar de Tera, pero posiblemente existen recipientes fabricados en otros
talleres locales o regionales, sin que por el momento sea posible establecer la
procedencia de cada uno debido a la intensa descentralización productiva.
Resulta muy probable la existencia de producciones de cerámica común en la
propia Asturica (Burón et alii, 1997: 326-327). En un taller regional, tal vez
ubicado en capital astur, se fabrican varias piezas de pasta blanca y decoración
a molde recientemente descrita, que se difunde a lo largo de la vía de la Plata
(Amaré et alii, 1997: passim). Algunos ejemplares, como los morteros, pueden
proceder de Italia.
Por lo que se refiere al material anfórico de este periodo, se detecta una
gran variedad de formas y procedencias. Nos encontramos algunos ejemplares
de ánforas béticas para aceite (Dressel 20), envases para salazones también de
procedencia hispana meridional (Dressel 7-11, Beltrán II) y ánforas vinarias
del tipo Dressel 2-4 llegadas del Mediterráneo Oriental o la costa catalana
(Carreras, 2002: e. p.).
Desde mediados del siglo I d. C., Astorga se configura como el gran centro
redistribuidor de todo el comercio del Noroeste. En la capital astur confluyen
dos de las principales rutas de la Hispania romana. Una de ellas procede de
Tarraco y, pasando por la importante ciudad de Caesaraugusta y remontando
el Ebro, corre a través de La Rioja y atraviesa la Meseta Norte al pie de la
Cordillera Cantábrica; la otra comienza en la capital de la Lusitania, cruzando
de sur a norte el occidente de la Meseta, la llamada vía de la Plata. Además,
Asturica constituye el punto de partida y de llegada de las rutas que atraviesan
los puertos cantábricos en dirección al sector central de la costa asturiana, así
como de las tres vías que interrelacionan las tierras galaicas con la Meseta. A
través de este complejo entramado viario alcanzan la capital astur productos
de todo tipo y procedencia: ánforas, destinadas al transporte de vino, aceite y
salazones, cerámicas finas, como la TSG del centro alfarero de La Graufesenque,
TSH (terra sigillata hispánica) fabricada en los alfares riojanos, cerámica de
paredes finas emeritenses y del alfar astur de Melgar de Tera (Zamora), lucernas
itálicas, norteafricanas e hispanas, vidrio, etc. (Fernández Ochoa & Morillo,
1999: 95-96).
Desde Astorga estos productos se difunden por el territorio astur, tanto
al norte como al sur de la Cordillera. Durante la segunda mitad del siglo I
{9} Sobre la cronología de las formas de TSH, el trabajo más completo, cuya referencia sigue siendo imprescindible es Romero Carnicero, 1985.
U NIDAD
Y DIVERSIDAD EN EL
A RCO ATLÁNTICO
EN ÉPOCA ROMANA
129
ANGEL MORILLO CERDÁN / Mª TERESA AMARÉ TAFALLA
d. C. asistimos a una multiplicación de hallazgos de carácter material,
presidida por la TSH como material-guía, que definen los horizontes de
ocupación de la mayoría de los núcleos semiurbanos y rurales de este
momento. Recientemente hemos denominado a este proceso histórico la
“homogeneización del registro arqueológico regional” (Fernández Ochoa &
Morillo, 1994: 186), que pone de manifiesto la entrada definitiva del territorio
astur, tanto de la Meseta como de la franja cantábrica, dentro de los parámetros
comerciales propios del mundo romano.
5. Siglo II y primera mitad del siglo III
Este periodo, que corresponde al momento más próspero para la capital
del conventus Asturum, supone la continuación de las tendencias ya apuntadas
durante el periodo tardoneroniano-flavio. La koine comercial de aquella
fase se mantiene, en términos generales, durante el siglo II y las primeras
décadas de la tercera centuria. Sin embargo, a medida que avanzamos en el
tiempo, se observa como, junto a las producciones cerámicas importadas desde
otras regiones del Imperio o, principalmente, desde la misma Hispania, se
desarrollan producciones locales. Este fenómeno de imitación no se verifica
en el caso de la terra sigillata hispánica. Los recipientes fabricados en los
alfares riojanos siguen copando el mercado regional de cerámicas finas. Pero
la tendencia al autoabastecimiento y a la descentralización productiva de
especies cerámicas queda perfectamente ejemplificada con el desarrollo de una
alfarería destinada a elaborar cerámica de paredes finas en Melgar de Tera
(Zamora) o las imitaciones lucernarias surgidas en Astorga (Amaré & García
Marcos, 1994; Morillo, 1999: 138-139 y 325-326). El deseo de abaratar costes,
así como cubrir las necesidades de una demanda creciente justifican este
comportamiento, por otra parte común a todas las regiones del Imperio, que
supone sacrificar la calidad de muchas producciones a cambio de una mayor
difusión y popularidad.
El horizonte arqueológico de este largo periodo sigue presidido, desde
un punto de vista cerámico, por las importaciones de TSH de los alfares riojanos.
Se introducen en el repertorio formas nuevas como la Hisp. 44 lisa y alcanzan
su pleno desarrollo otras que ya habían surgido en la etapa anterior dentro del
repertorio hispánico como la Hisp. 46 lisa o la Hisp. 39, Hisp. 49, Ritt. 8, Hisp.
15/17, Hisp. 27, Hisp. 33, Hisp. 10 y, sobre todo, la Hisp. 37, con su característica
decoración a molde. Durante algún tiempo aún perduran los estilos metopados,
pero van siendo paulatinamente sustituidos por los de círculos. Hacia mediados
del siglo II d. C. nos encontramos ante una producción estancada, que va a
repetir de forma reiterativa modelos anteriores, en medio de un deterioro técnico
y decorativo y el práctico monopolio de la forma Hisp. 37 (Romero, 1998: 26).
Las formas lucernarias más habituales durante este periodo son la Dressel
20, Loeschcke X, Dressel 28 y las lucernas derivadas de disco, junto a las que
conviven otros tipos minoritarios. A medida que avanza el siglo II, observamos
como las piezas importadas del norte de Italia, el Africa Proconsular e incluso
la Mauritania Tingitana, que puntualmente adoptan una excepcional calidad,
van siendo sustituidas por producciones locales o regionales de tipos idénticos.
Del valle del Ebro proceden contados ejemplares de lucernas de canal del
tipo Loeschcke X fabricadas en terra sigillata hispánica altoimperial. El
conuentus Bracarensis, posiblemente la propia capital, proporciona algunas
piezas pertenecientes a las variantes de canal y de disco, entre las que destacan
las producciones de L. Munatius Threptus y Lucretius (Morillo, 1999: passim).
La demanda generada por la ciudad, así como el menor coste que implica
la fabricación in situ incentivan el surgimiento de producciones lucernarias
locales. El hallazgo de un excepcional conjunto de moldes y de varias piezas
fabricadas mediante dichos moldes ha permitido identificar sin ninguna duda
la existencia de un pequeño taller local dedicado a la elaboración de piezas de
la forma Loeschcke X durante el siglo II d. C. (Amaré & García Marcos, 1994;
Morillo, 1999: 138 y 596-597). El nombre de su propietario o gestor, Virillivs,
se conoce gracias a las firmas que aparecen en la base de las lucernas. Los
objetivos de dicho taller debieron centrarse en el autoabastecimiento local,
aunque sus producciones alcanzan Rosinos de Vidriales (Romero Carnicero
& Carretero, 1997: 60) y, tal vez, León (Morillo, 1999: 138).
Más problemática resulta la existencia de producciones locales de lucernas
derivadas de disco en la capital asturicense. Sin embargo, aunque en este caso
no hemos hallado resto alguno de la infraestructura productiva, la abundancia
de lucernas de este tipo y su baja calidad parecen descartar una importación
de dichas piezas desde algún taller lejano, avalando su elaboración local
(Morillo, 1999: 125-127).
El mismo proceso de descentralización productiva que registran las
producciones lucernarias afecta asimismo a otro tipo de recipientes cerámicos,
tales como la cerámica de paredes finas y la cerámica común. Por lo que se
refiere a la primera de ellas, los vasos fabricados en el alfar de Melgar de Tera
siguen dominando el mercado regional. Dichas producciones se difunden
preferentemente hacia asentamientos del conventus Asturum (Carretero,
2000: fig. 277), aunque también alcanzan asentamientos galaicos como la
Lucus Augusti (Alcorta, 1994: 208-212 y 218-220) o el Chao Samartín
(Fernández Ochoa, 1983: 222), e incluso se documentan en Conimbriga
(Alarc„o, 1975: 80-92, lám. 23-29). Como es bien sabido, dentro de los
recipientes cerámicos fabricados en dicho taller son muy características las
representaciones aplicadas de rostros humanos barbados más o menos
estilizados y realizadas a la barbotina. Braithwaite ha señalado recientemente
la estrecha asociación de las representaciones iconográficas de este tipo con
las áreas militarizadas del norte europeo (Braithwaite, 1984: 99-100), aspecto
que se verifica asimismo para el caso de Melgar, situado a escasa distancia del
campamento del ala II Flavia en Rosinos de Vidriales (Carretero, 2000: 536540). Su difusión hacia un ámbito militarizado, nos lleva a plantearnos si la
expansión de recipientes del taller de Melgar obedece a un gusto militar
específico por este tipo de representaciones o tan sólo a las circunstancias del
tráfico comercial regional que cristaliza desde mediados del siglo I d. C., dentro
del cual los recipientes del alfar de Melgar buscarían aquellos mercados más
atrayentes situados a una distancia razonable para rentabilizar la inversión
productiva. De cualquier manera, teniendo en cuenta la extraordinaria
abundancia de este tipo de vasos en los yacimientos de Legio y Asturica10 no
debemos descartar que dichos centros hayan desarrollado producciones
cerámicas del mismo tipo que las de Melgar, si bien por el momento carecemos
de evidencias sobre esta posibilidad (Amaré et alii, 2000/01: 165).
Por lo que se refiere a las cerámicas comunes, encontramos un repertorio
formal amplio y variado, donde se encuentran presentes recipientes de todo
tipo y finalidad. Al igual que en Lucus (Alcorta, 2001: passim), el mercado se
encuentra dominado por las producciones locales, que están en fase de
identificación (Burón et alii, 1997).
Las ánforas muestran la misma variedad que durante el periodo anterior,
lo que avala un tráfico intenso de productos de primera necesidad, demanda
que, a juzgar por la calidad de algunos productos, en ocasiones es muy exigente.
{10} Aunque el estudio sobre la cerámica de paredes finas de Astorga todavía está en fase de elaboración, se han dado a conocer algunas producciones de Melgar (v. Burón, 1997:
68-69, fig. 38, nº 287 y 289; Suárez Vega, 1995: 280)
130
II. P RODUCCIÓN , CIRCULACIÓN Y CONSUMO
ASTURICA AUGUSTA COMO CENTRO DE PRODUCCIÓN Y CONSUMO CERÁMICO
Las ánforas vinarias hispanas (Dressel 2-4), campanas (ánfora “a bastone”),
rodias y orientales (Agora G-199, Dresel 2-4) constituyen la inmensa mayoría.
Junto a ellas destacan las salazones béticas (Dressel 7-11, Beltrán IIa y IIb)
(Carreras, 2002: e. p.). Las ánforas aceiteras siguen siendo muy escasas, sin
duda porque su papel lo suplen los odres para el transporte interior (Morillo,
2001: 628-629).
la Bética y el área riojana-burgalesa confirma que las rutas comerciales del
periodo anterior, tanto la del valle del Ebro como vía de la Plata, siguen estando
operativas, si bien la cantidad de productos transportados parece ser mucho
más reducida.
7. Siglo IV y primera mitad del V (320-459 d. C.)
6. Segunda mitad del siglo III y comienzos del IV d. C.
El panorama de la ciudad va a cambiar significativamente a partir del
siglo III. La región septentrional de la península ibérica se va a ver
profundamente afectada por la crisis económica generalizada, que lleva consigo
profundas transformaciones. La drástica reducción de la documentación
arqueológica durante este periodo ha sido interpretada como un colapso casi
total del tráfico comercial (Fernández Ochoa-Morillo, 1994: 188). Sin embargo,
la dificultad de individualizar correctamente los registros estratigráficos del
siglo III, cuyo patrón material no se ha definido aún correctamente, complica
sobremanera la interpretación de este periodo crítico. A excepción de la
numismática, que presenta el problema de sus largas perduraciones, los
materiales-guía imprescindibles para la reconstrucción histórica del siglo III
aún están por definir. En concreto, a pesar de algunos meritorios intentos (Paz
Peralta, 1991; Tovar, 2000) todavía están en proceso de elaboración las
secuencias temporales de la producción de terra sigillata hispánica de este
periodo.
Siempre partiendo del análisis del registro material, particular repercusión
parece tener en la región astur el cierre de las explotaciones auríferas estatales
(Sánchez-Palencia, 1995: 148; Domergue, 1990: 221-223). Astorga sufre una
honda crisis, coincidente con el fin de las explotaciones auríferas. La vitalidad
económica de la ciudad se detiene bruscamente hacia mediados del III, tal y
como evidencia la brusca contracción del registro arqueológico. No obstante,
en plena época tetrárquica se detecta un renovado interés por la ciudad, que
culmina en la construcción de la muralla bajoimperial y una gran
remodelación urbanística (Fernández Ochoa & Morillo, 1999: 102-109).
El patrón material cerámico de este horizonte está compuesto
principalmente por las producciones de terra sigillata hispánica, las llamadas
“avanzadas”, “transicionales” o “intermedias” (Romero Carnicero, 1998:
207), que también pueden denominarse simplemente “sigillata del siglo III”
como ha propuesto recientemente Juan Tovar (Juan Tovar, 2000: 47). Son
formas en su mayoría lisas, platos (Hisp. 15/17, Hisp. 36, Hisp. 77), vasos (Hisp.
46 e Hisp. 49), tapaderas (Hisp. 7) y jarras (Hisp. 12 e Hisp. 22). Se constatan
también algunas formas decoradas a molde como el cuenco Hisp. 37 (García
Marcos et alii, 1997: 520). Dichos recipientes son importados de los talleres
riojanos y de los nuevos centros de fabricación que empiezan a surgir al este
de la Submeseta norte.
Los recipientes de sigillata están acompañados en los mismos niveles por
lucernas derivadas de disco y de la forma Loeschcke X, fabricadas posiblemente
en Astorga, cuya cronología se extiende entre el siglo II y los primeros años
del IV (Morillo, 1999: 125-127 y 132-134), así como algunos ejemplares de
la nueva forma Dressel-Lamboglia 30b, posiblemente importados de la Bética
y documentados en niveles de la segunda mitad del siglo III (Morillo, 1999:
123-125).
Mucho más difícil es establecer el resto de producciones cerámicas de esta
fase, que aún se encuentran en proceso de definición.
Aunque el autoabastecimiento parece ser la tónica general en este momento
de recesión económica, la presencia de recipientes cerámicos procedentes de
El horizonte arqueológico correspondiente al periodo comprendido entre
el 320 y los años centrales de la siguiente centuria esta definido por la presencia
de recipientes de terra sigillata hispánica tardía (TSHT). El estudio de este
material, actualmente en curso, es probable que pueda permitir en un futuro
distinguir varias subfases dentro de este periodo, atendiendo a la evolución
decorativa de la sigillata.
Entre las producciones lisas destaca la presencia de las formas lisas 8 (Palol
10), 5 (Palol 8), 71 (Palol 2), Palol 3, 74 (Palol 4), 56 (Palol 14)
correspondientes a platos, cuencos y jarras. Entre los recipientes decorados a
molde sobresale la forma 37 tardía (García Marcos et alii, 1997: 520-524).
Entre las producciones de TSHT ampliamente representadas destacan las
lucernas (TSHT 50), primera producción lucernaria de gran entidad fabricada
en la región septentrional de la Península (López Rodríguez, 1982: 385),
que acompaña a los recipientes anteriores en su traslado hacia Asturica. Se
documenta asimismo la presencia de cerámica hispánica tardía gris y naranja
(Paz Peralta, 2003: e. p.).
Este panorama nos permite apuntar que la mayor parte de los recipientes
cerámicos que circulan a través de las redes comerciales de distribución en
dirección a Astorga son de origen peninsular, procedentes de los alfares situados
en la zona burgalesa o riojana, donde se documentan los centros productores
(López Rodríguez, 1985: 246; Paz Peralta, 1991: 47-50; Juan Tovar, 1997:
550-553).
No obstante, el monopolio de las producciones hispánicas no evita la
llegada de algún recipiente de procedencia africana o gálica. Entre las primeras
se encuentran algunos ejemplares aislados de terra sigillata africana, entre
los que se encuentran lucernas de los tipos Hayes Ib y Hayes IIa (Morillo, 1999:
148-152) entre otros recipientes como platos y fuentes de las formas Hayes 9a,
59a, 99a o 103a, entre otras (Paz Peralta, 2003b: e. p.), presentes en toda la
orla costera atlántica (Alonso & Fernández Ochoa, 1988: 369, fig. 14). Asimismo
alcanzan la capital astur algunos ejemplares de terra sigillata gálica tardía
del círculo atlántico, muy abundante en la costa cantábrica pero ausente de
Galicia (Uscatescu et alii, 1994: 224). Se ha documentado al menos la forma
Rigoir 1. Esta producción será objeto de imitación por parte de algunos talleres
hispanos, todavía por identificar, cuyas producciones se evidencian también
en las estratigrafías asturicenses.
Posiblemente los recipientes norteafricanos importados lleguen a Astorga
a través de los puertos de escala enclavados en las costas gallegas o asturianas,
desde donde se difunden hacia la Meseta. La presencia de algunas ánforas
aceiteras béticas del tipo Dressel 23, así como un ánfora oriental del tipo Late
Roman 1, confirma la vigencia de las rutas marítimas cantábricas.
Entre la cerámica común destacan los platos de imitación rojo pompeyano,
jarras, cuencos, vasijas de almacenamiento, etc. La mayor parte de los recipientes
parece ser de producción local a juzgar por sus características. Al igual que
la terra sigillata de este momento, las cerámicas comunes se encuentran en
estudio, lo que nos impide llegar a conclusiones más ajustadas como se ha
hecho en yacimientos próximos como Gijón (Fernández Ochoa, 1997: passim;
Fernández Ochoa, 1997b: 451, nota 2). Entre las producciones de este periodo
mejor definidas recientemente se encuentran las llamadas ollas de borde plano
U NIDAD
Y DIVERSIDAD EN EL
A RCO ATLÁNTICO
EN ÉPOCA ROMANA
131
ANGEL MORILLO CERDÁN / Mª TERESA AMARÉ TAFALLA
horizontal, destinadas al transporte de miel o salazones, cuya dispersión se
centra en el valle del Ebro y costa cantábrica, a través de la cual pueden haber
alcanzado la capital astur (Fernández Ochoa & Zarzalejos, 1999).
Los testimonios cerámicos documentados en las estratigrafías de Astorga
confirman que durante el Bajo Imperio se mantiene en activo la amplia red
viaria creada durante el Principado en el Noroeste peninsular, dentro de la
cual el antiguo conventus Asturum estuvo perfectamente comunicado con
el resto de Hispania. La actuación estatal se limito a potenciar algunos
caminos de particular interés dentro de la nueva estrategia imperial, en
detrimento de otros. Resulta significativo que por primera vez las fuentes
itinerarias integran la Asturia Transmontana dentro de las principales rutas
de comunicación regionales. El Ravennate recoge la conexión entre Asturica
Augusta y Lucus Augusti a través de Lucus Asturum, este último en territorio
transmontano. Asimismo, menciona una ruta intitulada Augusta BracariaOssaron, que bordearía el litoral atlántico y cantábrico hasta Ossaron (Irún)
en el límite con la Aquitania. Ambas rutas citadas en el Anónimo de Ravenna
confirman el renovado valor rutero que adquiere el territorio transmontano
de los astures y sus conexiones con la Meseta a través de Asturica, así como
con Bracara, la nueva capital provincial, posiblemente por razones de
estrategia político-económica (Fernández Ochoa & Morillo, 1999: 104-108
y 113).
A comienzos del siglo IV d. C. se aprecia un resurgimiento de la actividad
comercial, evidenciada principalmente por la ingente cantidad de TSHT que
alcanza los núcleos urbanos y los establecimientos rurales regionales, entre
los que destaca Asturica. La mayor parte de los recipientes cerámicos que
circulan por las redes comerciales de distribución son de origen peninsular,
fabricados en los alfares que proliferan en Los recipientes de TSHT llegan a
todos los rincones del país astur, alcanzando en grandes cantidades las riberas
del Cantábrico.
Junto al tráfico comercial eminentemente terrestre, responsable de la
llegada de una ingente cantidad de recipientes de TSHT desde la cuenca alta
del Duero y en el valle del Ebro, debe mantenerse la ruta marítima del
Cantábrico, apoyada en la costa asturiana por el puerto romano de Gijón. Este
enclave ofrece la comunicación más directa con legio VII gemina y Asturica,
núcleo este último que debía funcionar como importante centro de
132
II. P RODUCCIÓN , CIRCULACIÓN Y CONSUMO
redistribución y consumo. Dicha ruta no se abandona ni siquiera tras las
convulsiones políticas provocadas por la ruptura de la frontera renana en el
409. Los hallazgos arqueológicos confirman su vitalidad al menos hasta el
siglo VI (Fernández Ochoa & Morillo, 1994: 190).
Ambos ámbitos, el cantábrico y el meseteño, se encuentran perfectamente
interconectados desde el punto de vista comercial a juzgar por los materiales
evidenciados. Y precisamente es Asturica, la antigua capital astur, el centro
nodal de este esquema comercial, que debe mantenerse en pie incluso tras el
hundimiento de la frontera septentrional del Imperio, perdurando al menos
hasta mediados del siglo V d. C.
Tras un periodo inicial, correspondiente al establecimiento de un
campamento militar en el solar de Astorga, cuyas necesidades van a ser cubiertas
gracias a la administración militar mediante importaciones itálicas, la
fundación de la ciudad de Asturica Augusta, va a traer como consecuencia la
creación de un centro urbano de gran relevancia, auténtica capital regional.
En pocas décadas se convierte en uno de los centros económicos más importantes
del noroeste hispano, polo comercial de redistribución de mercancías de muy
diversas procedencias. Su destacado papel se basa, además del rango de
capitalidad, que le dota de una población creciente y de una clientela foránea
que demanda productos de elevada calidad, en su posición geográfica, justo
al borde de la Meseta y controlando las vías de comunicación hacia Galicia.
En efecto, se convierte en el centro nodal de la red de comunicaciones del norte
y noroeste de la Península, interconectando la vía de la Plata con la vía que,
procedente del valle del Ebro, atraviesa la Meseta norte al pie de la Cordillera
Cantábrica. En Asturica confluyen además las rutas procedentes de Galicia y
la Asturia Transmontana. Su importancia como centro comercial se verá
refrendado por la presencia de productos de orígenes diversos, tanto hispanos
como extrapeninsulares. El avance y consolidación del proceso de implantación
romana en la región, convierte la capital astur en centro de redistribución y
fabricación de recipientes cerámicos de todo tipo, demandados por una
población que ya ha asumido como propios los patrones culturales del mundo
mediterráneo. La pérdida de su importancia administrativa a partir del siglo
III no va a afectar este papel de cara al comercio regional, papel que seguirá
desempeñando durante el periodo tardorromano.
ASTURICA AUGUSTA COMO CENTRO DE PRODUCCIÓN Y CONSUMO CERÁMICO
1. Planta hipotética de Asturica Augusta en la que se reflejan las construcciones más relevantes halladas hasta el momento
(según V. García Marcos, J. M. Vidal y M. A. Sevillano)
U NIDAD
Y DIVERSIDAD EN EL
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EN ÉPOCA ROMANA
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2. Contexto arqueológico de carácter cerámico del periodo augusteo pleno y tardoaugusteo (20/15 a. C.-10/15 d. C.)
134
II. P RODUCCIÓN , CIRCULACIÓN Y CONSUMO
ASTURICA AUGUSTA COMO CENTRO DE PRODUCCIÓN Y CONSUMO CERÁMICO
3. Contexto arqueológico de carácter cerámico del periodo tardoaugusteo y tiberiano (10/15-37 d. C.)
U NIDAD
Y DIVERSIDAD EN EL
A RCO ATLÁNTICO
EN ÉPOCA ROMANA
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4. Contexto arqueológico de carácter cerámico del periodo claudio y neroniano temprano (37-60 d. C.)
136
II. P RODUCCIÓN , CIRCULACIÓN Y CONSUMO
ASTURICA AUGUSTA COMO CENTRO DE PRODUCCIÓN Y CONSUMO CERÁMICO
5. Contexto arqueológico de carácter cerámico del periodo neroniano tardía y flavio (60-98 d. C.)
U NIDAD
Y DIVERSIDAD EN EL
A RCO ATLÁNTICO
EN ÉPOCA ROMANA
137
ANGEL MORILLO CERDÁN / Mª TERESA AMARÉ TAFALLA
6. Contexto arqueológico de carácter cerámico del siglo II y la primera mitad del III d. C.
138
II. P RODUCCIÓN , CIRCULACIÓN Y CONSUMO
ASTURICA AUGUSTA COMO CENTRO DE PRODUCCIÓN Y CONSUMO CERÁMICO
7. Contexto arqueológico de carácter cerámico de la segunda mitad del siglo III y comienzos del IV d. C.
U NIDAD
Y DIVERSIDAD EN EL
A RCO ATLÁNTICO
EN ÉPOCA ROMANA
139
ANGEL MORILLO CERDÁN / Mª TERESA AMARÉ TAFALLA
8. Contexto arqueológico de carácter cerámico del siglo IV y la primera mitad del V (320-459 d. C.)
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