Xanas, lamias y donas Por la noche, en la soledad del monte, el fluir

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Xanas, lamias y donas
Por la noche, en la soledad del monte, el fluir de las fuentes y el murmullo de los
arroyos se mezcla con oscuras y cantarinas voces de mujer. Son las xanas o janas asturianas y
leonesas, las anjanas cántabras, las lamiñak vascas, las donas y donas d’aigua aragonesas y
catalanas. En el resto de España se llaman moras o mouras.
Las xanas y janas son muy bellas, visten túnicas de lino blanco, tienen un hermoso pelo
rubio que peinan con peines de oro y encantan a los hombres con su voz. Son muy
trabajadoras, hilan sin cansancio con huso y con rueca sus madejas de hilo de oro, que
extienden en las orillas del agua, después de lavarlas, en las noches de luna llena. Son
caprichosas y terribles, y atraen a los jóvenes para ahogarlos en las fuentes de los ríos. No
pueden dar de mamar a sus hijos, que crecen débiles, y a veces los cambian por los hijos más
sanos de los mortales. Pueden producir malos hechizos, pero también pueden regalar una
madeja o una figura de oro. A veces se casan con los mortales, pero ninguno de esos
matrimonios ha sido feliz. Si vais de visita a Asturias, y os gusta pasear al aire libre, podéis
visitar la ruta de las xanas: http://lacuruxa.es/Turismo-en-Asturias/Lugares-con-Encanto-enAsturias/desfiladero-xanas.html
En la fuente del Naranco del Val de Osín en León, hubo una jana que se estaba
peinando con su peine de oro. Pasó cerca un pastor y la jana le preguntó qué era lo que más le
gustaba de ella. El pastor, atraído por el brillo del oro, dijo que el peine, y la jana se retiró muy
enfadada hacia la fuente. Cuando el pastor volvió con su rebaño, descubrió muy triste que los
lobos se habían comido más de la mitad. Sin embargo, en la fuente de Pumarín, en Asturias,
una xana le preguntó lo mismo a otro pastor, y éste le respondió que le gustaba toda ella, pues
nunca había visto una mujer tan hermosa. La xana le regaló entonces dos ovillos de oro.
Las anjanas son muy parecidas a las janas pero se dice que son bondadosas y
tranquilas, danzan y cantan con mucha dulzura, dan regalos y se cuenta que sus cuevas tienen
el suelo de oro y las paredes de plata. Las anjanas vengan a las mujeres que han sido
engañadas por hombres.
Las lamiñak vascas desaparecieron cuando llegó el cristianismo a sus tierras. Eran
hospitalarias y les gustaba conversar. La gente dice que un habitante de Indusi, para
protegerse de una tormenta, se metió en una gruta que existe en aquellos parajes, llamada
cueva de Balzoa. En la cueva vive una lamiñak que estuvo hablando un buen rato con el
visitante. Cuando se despidieron, le regaló un pedazo de carbón, que al salir de la cueva se
transformó en oro.
En Caldes d’Estrac, Barcelona, hubo una dona d’aigua que habitaba desde hacía mucho
tiempo en la llamada Torre de los Encantados. Las gentes de la zona culparon a la dona de una
larga racha de malas cosechas y de la escasez de pesca. Un grupo de vecinos fue a visitar a la
dona para contarle sus problemas y pedirle respetuosamente que se trasladase a otro lugar,
pero ella, les dijo que iba a regalarles algo que enriquecería al pueblo. Y con un golpe de su
varita hizo brotar un manantial de aguas termales que ha dado mucha riqueza y fama a la villa.
La anjana de los montes de Ucieda
En una aldea de los montes de Ucieda, en Cantabria, vivía un joven leñador que había
tenido amores secretos con una muchacha del pueblo, pero la había abandonado, tras dejarla
embarazada, para casarse con otra.
Un día, cuando estaba talando un árbol, éste empezó a quejarse. Intimidado, se
detuvo, y pudo oír claramente una voz que salía del tronco del árbol y que le pedía que no
continuase con sus hachazos, pues allí estaba encantada una doncella que le prometía hacerle
muy rico si lograba desencantarla. Para ello, debía ir a una de las cercanas fuentes del río Saja
y golpear el agua con una rama de avellano, entonces se le aparecería la anjana que allí vivía y
le diría lo que tenía que hacer.
El leñador volvió a la aldea muy asombrado, y le contó a la novia lo que le había
sucedido. La novia le aconsejó que ayudase a desencantar a la doncella, pues las riquezas les
ayudarían a casarse muy pronto. De esta manera, el joven leñador fue a la fuente del río,
golpeó el agua con la vara de avellano, y enseguida salió la anjana, una mujer muy hermosa
con grandes ojos claros. La anjana le mandó ir a una de las cuevas del monte y traerle de allí
una flor muy brillante que encontraría, necesaria para deshacer el encantamiento.
Pero cuando estaba dentro de la cueva, el leñador no fue capaz de encontrar la flor, y
se perdió caminando en el interior del monte, como atrapado por los efectos de un
encantamiento, sintiendo cómo le crecía el pelo, la barba y las uñas, y cómo su ropa y sus
zapatos se iban deshaciendo por el paso del tiempo. Al final, pudo encontrar la flor y una salida
que le permitió abandonar la cueva.
Cuando el leñador llegó a su pueblo, todos se asustaron al verle, pues estaba vestido
con harapos y tenía un pelo y una barba tan largos, que le llegaban hasta los pies. Ni en su casa
ni en la de su novia encontró a nadie que le conociese, y mientras huía asustado, imaginando
que se había vuelto loco, se tropezó y cayó desmayado en una calleja del pueblo.
Sólo una mujer vieja sintió lástima por él, le dio alimentos, le rapó los cabellos y las
barbas, y le dejó dormir en su casa. Era aquella misma amante secreta que el leñador había
dejado embarazada, convertida ahora en una anciana, porque habían pasado cincuenta años
desde el momento en que había entrado en la cueva. La anjana le había castigado por su mal
comportamiento con aquella muchacha.
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