LA TRANSFIGURACIÓN DEL SEÑOR Homilía del P. Josep M. Soler

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LA TRANSFIGURACIÓN DEL SEÑOR
Homilía del P. Josep M. Soler, abad de Montserrat
Profesión temporal G. Anton Gordillo
6 de agosto de 2010
Se encontró Jesús solo. Queridos hermanas y hermanos: siempre me ha
impresionado esta frase. Se encontró Jesús solo. Los tres apóstoles que acompañaron
a Jesús a la montaña a orar, que fueron testigos de su transfiguración y que
escucharon la voz del Padre..., a la hora de bajar de la montaña de afrontar el día a
día cada vez más oscuro en el camino hacia Jerusalén, se encuentran con Jesús
solo. Con aquel hombre de Nazaret, sin resplandores en el vestido ni en el rostro. Sin
la nube de la gloria divina de la que ellos también han sido envueltos. Sin Moisés ni
Elías. Sólo Jesús solo, que seguía yendo con ellos por los caminos polvorientos de
Galilea, que experimentaba el cansancio, el hambre y la sed. Jesús solo que
enseñaba con una sabiduría inaudita, que saciaba el hambre del corazón, que se
acercaba a los pequeños y a los que sufrían, que los curaba interiormente. Pero sin
resplandor divino. Jesús solo, que antes de subir a la montaña donde habían vivido la
experiencia de la transfiguración, había dicho a todos que sería rechazado y que sería
condenado a muerte, pero también, que resucitaría al tercer día (cf. Lc 9, 22 ). Que
había dicho, además, que todo el que quisiera ser discípulo suyo tenía que negarse a
sí mismo y tomar cada día la propia cruz para seguirlo, porque sólo perdiendo la vida
por él la salvarían.
Eran unas palabras duras. Jesús las había dicho a todo el mundo, no sólo a los
apóstoles, como un mensaje para todos los que quisieran seguirle. Ahora, con la
transfiguración, precisamente había querido preparar a los discípulos para subir a
Jerusalén donde serían testigos de la pasión. Para ayudarles a asimilarlo, había
decidido que tres discípulos cualificados, Pedro, Juan y Santiago, fueran testigos de la
transfiguración. En lo alto de la montaña, vieron la gloria divina que le correspondía
como Hijo elegido del Padre y pudieran empezar a entender que la Ley -representada
por Moisés- y los Profetas -simbolizados en Elías- ya habían anunciado la muerte, que
había de consumar en Jerusalén (cf. Lc 24, 25-26.44).
Al bajar, pues, de la montaña de la transfiguración, no hay resplandores, ni la nube, ni
el Legislador Moisés ni el profeta Elías. Sólo Jesús solo, sin apariencia
extraordinaria. Les queda, sin embargo, el recuerdo de la voz del Padre: Este es mi
Hijo, el escogido, escuchadle. Esta voz avala las palabras que Jesús les había dicho,
también la palabra sobre su tránsito. Esta voz del Padre les ha de bastar, a los
discípulos, para hacer camino junto a Jesús, para acompañarlo en su subida decidida
a Jerusalén (cf. Lc 9, 51), para vivir en el silencio del dolor y de la derrota su itinerario
hacia la cruz, para no desesperar ante la debilidad tan humana del Maestro ni cuando
todo parezca sin retorno después de la muerte y del sepulcro, cuando la palabra sobre
la resurrección al tercer día les parecerá sin sentido. Deberán comprender que la
verdadera gloria de Jesús, pregustada sobre la montaña de la transfiguración, sólo se
encuentra una vez sobrepasado el umbral del sacrificio.
Después de Pascua, los discípulos entendieron el significado pleno de la
transfiguración y pudieron tomar su propia cruz con una luz y una fuerza
nuevas. Pudieron entender que la cruz era el camino de su propia transfiguración. Y
una vez hubieran anunciado el mensaje gozoso del Evangelio, dieron la vida por Jesús
como su testimonio supremo.
Este es el camino de todos los discípulos de Jesucristo, no sólo de los doce. También
es el nuestro. No vemos a Jesús en su humanidad como lo habían visto los
apóstoles. No vemos, tampoco, resplandores, ni la nube, ni Moisés ni Elías. Pero nos
queda la palabra del Padre para hacer camino tomando por guía el Evangelio (cf.
Regla de san Benito, Prólogo, 21): Este es mi Hijo, el escogido, escuchadle. Este
Jesús que encontramos en la lectura orante de las narraciones evangélicas, ese Jesús
que dijo que estaría presente en el pan y el vino de la Eucaristía, ese Jesús que se
identifica con cada persona, particularmente con los más pobres y necesitados,
este Jesús es el Hijo de Dios, el objeto de las complacencias del Padre. Sólo Jesús, él
solo, tiene palabras de vida eterna que son bálsamo para nuestro corazón y luz para
nuestra comprensión de las cosas. Como los apóstoles, tenemos que hacer el camino
de nuestra vida instruidos por la palabra divina, siguiendo a Jesucristo llevando
nuestra cruz, que es nuestra abnegación, sabiendo que la verdadera glorificación también la nuestra- se encuentra una vez traspasado el umbral del sacrificio.
Hay, sin embargo, insertados en la vida de seguimiento del Señor, unos momentos
que nos acercan a la experiencia de transfiguración que hicieron Pedro, Juan y
Santiago. San Lucas subraya que la transfiguración de Jesús tiene lugar en un clima
de oración. La oración puede llevarnos a momentos intensos de comunión con
Jesucristo. Sobre todo la celebración de la Eucaristía, que, vivida con fe, constituye un
verdadero momento de transfiguración, de transformación personal en contacto con el
Cristo resucitado que está presente y se nos da. No lo vemos con los ojos del cuerpo,
sólo lo descubrimos con la mirada espiritual iluminada por la palabra del Padre. Sin
ninguna experiencia visible. Sólo Jesús solo, invisible bajo las especies
eucarísticas. Pero realmente presente por obra del Espíritu Santo.
En el día a día, sin embargo, podemos encontrarnos con momentos de aridez o de
oscuridad espirituales, sin que nada nos haga sentir la gloria de la transfiguración de
Cristo ni la promesa de transformación final que nos ha sido hecha. Entonces hay que
quedarse con Jesús a solas, con la fe en él, por desnuda que sea, por fidelidad a la
palabra del Padre y por el recuerdo de los momentos intensos de comunión con él que
hayamos vivido en la oración y en la vida litúrgica. Si, a pesar de la sequedad interior,
perseveramos abnegadamente en la donación y en la oración, en su momento nos
será dado reencontrar el fervor y de pregustar el gozo de la comunión con
Jesucristo. Esto forma parte, también, del combate espiritual del monje. Y la palabra
del Padre es la fuente de su vigor.
Nuestro G. Antón Gordillo, que ya ha vivido desde hace tiempo el seguimiento de
Jesús en su vida cristiana, ahora, tras tres años en que ha compartido la vida de
nuestra comunidad, quiere hacer la primera profesión, de alcance temporal, como
monje. Le mueve el amor a la palabra del Padre que el evangelio de hoy nos invita a
escuchar y a conocer cada vez más a Jesucristo y a dejarlo entrar en el fondo de la
propia vida. La vida monástica pide, precisamente, una relación íntima con Jesús solo
vivida en la fe y una radicalidad para ponerse a seguirlo en la fidelidad a la palabra
evangélica. Es una radicalidad vivida por amor y que da una dimensión extraordinaria
a las cosas ordinarias de cada día, para que nos las hace ver como etapas del
progreso espiritual hacia la transfiguración a la que estamos llamados al término de
nuestra vida. Entonces, por gracia, podremos ser hechos semejantes a Jesucristo
glorioso.
Que Santa María acompañe al G. Antón hacia este ideal a través de su camino
monástico!
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