EPILOGO “Cesó la lucha y se retiran las tropas” rezaban los titulares

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Alberto N. Manfredi (h)
EPILOGO
“Cesó la lucha y se retiran las tropas” rezaban los titulares de “La Razón” el 15 de junio
de 1982; “Cesaron los combates en Malvinas. Se firmó un acta para retirar las tropas
argentinas” se leía en “Clarín”. Sin embargo, en Puerto Argentino había alguien que
continuaba en guerra.
Según refiere el comodoro Rubén Moro en La Guerra Inaudita, un agente de los
servicios de información del Ejército Argentino que había llegado al archipiélago en los
primeros días de abril, comenzó tareas de espionaje haciéndose pasar por periodista
uruguayo.
Según el autor, caída la capital, aquel héroe anónimo fue uno de los primeros en
entrevistarse con el general Moore obteniendo información vedada a los argentinos. El
inglés le facilitó, incluso, un helicóptero con el que el espía pudo recorrer los escenarios
de las principales batallas, fotografiándolos con lujo de detalles. También registró el
movimiento desplegado por los británicos, las posiciones de las instalaciones que
estaban levantando en las islas e imágenes de su armamento. Y hasta le obsequió una
bolsa de dormir.
En los días que siguieron a la capitulación, se produjo un hecho que pudo haber
derivado en el reinicio de las hostilidades.
Un grupo de conscriptos, al mando de algunos suboficiales, incendiaron y saquearon
varios edificios de la ciudad, en lo que algunos medios calificaron como “principio de
motín”, hecho del que dieron cuenta varios periódicos argentinos, entre ellos “La
Razón”. Según Moro, uno de los causantes de aquellos hechos fue el mencionado
agente encubierto disfrazado de periodista uruguayo, quien aprovechó la ocasión para
llevar a cabo actos de sabotaje.
De acuerdo con su versión, fue él quien incendió al menos tres de los edificios que
ardieron en esa oportunidad y que servían de depósitos de municiones para las fuerzas
vencedoras. Sin embargo, el agente de inteligencia británico Hugh Bicheno ha dado a
conocer el nombre del autor de aquellos actos: el mayor Luis Daniel de Urquiza, del
Batallón de Logística 10, un descendiente de quien fuera el hombre más poderoso de la
Confederación Argentina tras la caída de Rosas, quien admitió los hechos al término de
la guerra.
Al frente de un grupo de suboficiales y conscriptos, rigiendo ya el alto el fuego
impuesto por Menéndez, Urquiza colocó trampas cazabobos en diferentes puntos de la
ciudad, en especial, en torno a la Casa de Gobierno, inmediatamente después incendió la
casa de George Butler, en el extremo oeste de la capital, muy cerca de la central
eléctrica donde se guardaban explosivos (la idea era hacerlos estallar); de ahí se dirigió
al edificio de Obras Públicas, frente al puerto, cuyo garaje también servía de depósito de
municiones, lo prendió fuego y luego enfiló con su gente hacia un tercer arsenal en el
campo de squash, próximo a la estación de radio y la escuela, que también fue pasto de
las llamas.
En su camino hacia el Globe Store, Urquiza disparó contra desprevenidos efectivos
británicos en un vano intento por forzar al enemigo a reiniciar las hostilidades (al
parecer los ingleses no pudieron determinar quien había abierto fuego y desde donde).
Inmediatamente después, el Globe Store, ubicado en la intersección de las calles John
Street y Philomel, fue saqueado y su edificio reducido a cenizas. Su propietario, Ernesto
Rowe, un argentino que residía en el archipiélago desde hacía muchos años y que la
fallecer lo legó a su hijo Carlos, que llegó a ser gerente de un banco en Buenos Aires.
Los incendiarios tomaron por la Philomel hacia el este y al llegar a la intersección de
esa arteria con David Street, doblaron hacia el este en dirección a Glsgow Road y en la
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Malvinas. Guerra en el Atlántico Sur
esquina con Hebe Street, torcieron hacia el norte hasta un tercer depósito de
municiones. El nuevo objetivo era un tinglado de escaso valor arquitectónico, al que
también prendieron fuego. Es probable que algunos de sus hombres hayan llegado allí
por Fitz Roy Street y subido por Heeb Street en dirección oeste, hasta alcanzar el
edificio, pero lo cierto es que aquella acción pudo haber desencadenado un desastre.
Hubo otros edificios dañados, además de los que acabamos de mencionar y los que
produjeron el cañoneo británico y los fallidos disparos misilísticos argentinos, algunos
de ellos al oeste de la población, sobre la avenida costanera Ross Road, en especial la
Newman House.
En cuanto al agente encubierto de los servicios de Inteligencia del Ejército, después de
aquellos sucesos, trabó amistad con el periodista John Witherow del “Observer”1 y a
través de él supo del accidente aéreo en el “Hermes”, cuando un Sea Harrier averiado,
se estrelló sobre su cubierta, provocando un incendio. Poco después, aquel héroe
anónimo solicitó ser enviado de regreso a su “patria”, Uruguay y de esa manera, se
embarcó en el RFA “Resource” (A480) aunque volvió a desembarcar cuando supo que
la embarcación se dirigía a la isla Ascensión.
Corriendo el riesgo de ser descubierto, el agente abordó un buque hospital y de él
regresó en la Argentina, descendió en Puerto Madryn en una fecha posterior al 22 de
junio. Según palabras del comodoro Moro, aquel comando fue un ejemplo de lo que se
debe y puede hacer.
El 15 de junio a las 21.30 horas, el presidente Galtieri habló por la Cadena Nacional de
Radio y Televisión para informar a la ciudadanía que la guerra había finalizado. Su
error fue hacerlo en tono de amenaza, advirtiendo que el derrotismo y cualquier tipo de
incitación en contra de las autoridades iban a ser considerados traición.
Autoconvocados en parte por aquella actitud y por lo inesperado de la noticia,
centenares de personas se dieron cita en la histórica Plaza de Mayo para manifestar su
repudio e indignación.
Mientras Galtieri informaba desde la Casa de Gobierno que la batalla por Puerto
Argentino había finalizado y hacía mención de los caídos y la “comprometida situación
de Gran Bretaña”; mientras hablaba de mantener la unidad nacional, llamaba a la calma
y pedía seguir la lucha desde otros ámbitos, los manifestantes, fuera de sí, gritaban
consignas en su contra, en contra de la Junta y de las Fuerzas Armadas en general.
Dice Hugo Gambini que su discurso fue espontáneo y directo pero imprudente y falto
de realismo ya que Galtieri no parecía comprender cual era la situación real.
Afuera, en la plaza y las calles adyacentes, la multitud incrementaba su furia incitando a
seguir la lucha y pidiendo ser enviada al frente en tanto los insultos arreciaban y el
clima se iba tornando cada vez más violento. En la zona céntrica de la ciudad, las
fuerzas del orden anunciaron que no podían garantizar la seguridad, en tanto aumentaba
el descontrol y comenzaban a producirse desmanes.
“Traidores”, “El pueblo unido jamás será vencido” y “La Junta Militar, la vergüenza
nacional” eran los cánticos que más se escuchaban mientras en torno a la Casa Rosada,
las autoridades se apresuraron a formar un cordón policial fuertemente armado, listo
para reprimir cualquier intento de alcanzar el histórico edificio.
Gente fuera de sí comenzó a pugnar por acercarse a los accesos; un periodista
norteamericano fue brutalmente agredido a golpes de puños y puntapiés al tiempo que la
turba le recriminaba la actitud de su país, y mientras la policía intentaba rescatarlo, un
automóvil que se retiraba del lugar conduciendo a reporteros extranjeros fue apedreado
con inusitada violencia.
El corresponsal norteamericano fue retirado en muy mal estado al tiempo que las
fuerzas del orden pugnaban por contener a la muchedumbre. En un momento
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determinado, los agentes cargaron sus pistolas y dispararon gases lacrimógenos
intentando dispersar a la multitud pero, lejos de amilanarse, esta se enardeció aún más.
Los insultos contra la prensa local comenzaron a tomar cuerpo, en especial contra el
corresponsal de guerra Nicolás Kasanzew cuya labor en el frente había sido censurada
por los militares y el periodista televisivo José Gómez Fuentes, del noticiero “60
Minutos” de ATC, que había sido en extremo complaciente con el gobierno. Al cabo de
una hora, los destrozos se generalizaron.
Gran número de automóviles, incluyendo patrulleros y motocicletas policiales, fueron
incendiados; se arrojaron bombas molotov contra edificios y fuerzas del orden, se
volcaron colectivos y la ciudad se transformó en un caos de corridas, golpes, gases,
pánico y escenas de pugilato.
La policía debió reprimir con dureza y al final, hubo decenas de detenidos y heridos de
diversa consideración que debieron ser evacuados a distintos nosocomios.
En los días que siguieron a la caída de Puerto Argentino, el brigadier Lami Dozo,
representante del arma más prudente de las que integraban la Junta, abandonó el
gobierno, seguido inmediatamente después por el almirante Anaya. En cuanto a Galtieri,
presionado por sus compañeros y sus propios subordinados, tuvo que ceder y también
dimitió. “Me voy porque el Ejército no me dio el respaldo político para continuar como
comandante y presidente de la Nación”. Lo reemplazó interinamente el ministro del
Interior, general Alfredo Oscar Saint Jean, ex secretario general del Ejército y hermano
de Ibérico Manuel Saint Jean, que fuera gobernador de la provincia de Buenos Aires
entre 1976 y 1981. Al frente del Ejército fue designado el general Cristino Nicolaides,
un cordobés de ascendencia griega que hasta el momento se había desempeñado como
jefe del Batallón de Inteligencia 601 y director del Instituto Militar de Campo de Mayo
y que pasó a formar parte de la cuarta Junta Militar junto al almirante Rubén Franco y el
brigadier Augusto Jorge Hughes. El 1 de julio, los flamantes funcionarios eligieron al
general Reinaldo Benito Antonio Bignone, presidente de la Nación.
Con Galtieri también se alejó el canciller, Nicanor Costa Méndez, previa firma de un
acuerdo comercial con la república de Ecuador, a quien sucedió el Dr. Juan Ramón
Aguirre Lanari, que se hizo cargo de sus funciones el 2 de julio y se mantuvo en el
cargo hasta diciembre de 1983.
Quedaban atrás momentos terribles de la historia nacional y hechos de incuestionable
repercusión internacional. Los cañones habían dejado de tronar en el Atlántico Sur y la
calma renacía lentamente en América.
Atrás quedaron también el heroísmo de los pilotos, la abnegación de los conscriptos, el
valor de las tripulaciones de submarinos, la decisión de los comandos, el coraje y la
perfecta sincronización de las fuerzas británicas, su caballerosidad para con los
vencidos, la torpeza y falta de ideas del alto mando argentino y los centenares de
muertos, heridos y mutilados de ambos bandos. También quedaron al descubierto la
inexistente unidad latinoamericana, la posición de los EE.UU., la pusilanimidad de
algunas naciones y la vergonzosa actitud del periodismo argentino que optó por la
mentira, el engaño y la complicidad. En ese sentido, solo basta detenerse en los
periódicos porteños (a excepción de “La Prensa”), para tener una idea aproximada de lo
que fue su accionar. Ni que hablar de los informativos radiales y televisivos y de
semanarios de la laya de “Siete Días”, “La Semana”, “Tal Cual” y, por sobre todos,
“Gente”, que llegó al colmo del descaro con artículos titulados “¡Estamos Ganando!”,
“Seguimos Ganando”, “Ahora están acorralados”, “La Flota de Hunde”, “Ahora ellos
también son argentinos” (por los malvinenses) o “Diálogo con un valiente. Ultimo
momento” aparecido en la edición del 29 de abril de 1982 donde los redactores
reproducían una inexistente conversación con Los Lagartos mientras combatían en las
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Malvinas. Guerra en el Atlántico Sur
Georgias, antes de destruir sus equipos de comunicaciones. Fue ahí donde nació la
leyenda de la heroica y desigual resistencia de varios días del reducido grupo naval y la
avería del destructor “Exeter”, puesto fuera de combate por un misil disparado desde
tierra. “Estamos volviendo locos a los ingleses”, se podía leer en la nota.
El daño que ocasionaron esas revistas fue enorme. De nada valdría explicar a la opinión
pública que sí hubo resistencia en las Georgias y que la guarnición argentina estaba
completamente rodeada por una fuerza inmensamente superior.
El colmo de la desfachatez llegó en la edición del 6 de mayo, con la fabula de Jukic
destrozando al “Hermes” con su Pucará, nota ilustrada con dibujos sensacionalistas a
todo color y diálogos que nunca existieron, lo mismo cuando algunos números después,
se insinuó que el almirante Woodward se habría suicidado poniendo, incluso una fecha:
20 de mayo.
Otra burda mentira fue el hundimiento de la fragata “Brilliant” por el capitán Carballo,
versión que el mismo piloto se encargó de desmentir: “Tuve dos días en los que decayó
mi ánimo, uno fue el 1 de mayo cuando por defectos de información ataco a un barco
propio [el “Formosa”]…y el otro, cuando salí en la tapa de una revista en la que se me
atribuía el hundimiento de un buque que yo ni siquiera había atacado”2.
Las palabras sobran, como los ejemplos, por lo que solo agregaremos que la mayoría de
esas notas estaban firmadas por una tal Gabriela Cociffi, integrante de la redacción que,
al momento de escribir estas líneas, se desempeña como directora adjunta de la revista.
Ellos se burlaron descaradamente de los muertos, de sus deudos y de todos los
combatientes.
Lo peor es que todas esas publicaciones, con “Gente” a la cabeza, siguieron saliendo a
la venta, y la mayoría lo sigue haciendo aún, con grandes tiradas, cuando sus directores
deberían haberlas hecho desaparecer y no volver a publicar más nada en su vida.
La bravura de nuestros combatientes evitó que artículos como esos acabaran por
ridiculizar a nuestro país. Evidentemente, el periodismo argentino vivió otra guerra.
La otra gran leyenda a la que se le dio dimensión desproporcionada, tanto desde los
servicios de inteligencia británicos como la “prensa especializada” de nuestro país fue la
de los mentados gurkhas, de la que el enemigo supo sacar buen provecho.
Una versión inglesa dice que los argentinos vieron a los nepaleses como los franceses a
los alemanes durante la Primera Guerra Mundial. Se los tenía por una suerte de bestias
sanguinarias y despiadadas que degollaban y decapitaban a sus víctimas y marchaban al
combate drogados, escuchando música a todo volumen con sus minicascos japoneses
dotados de auriculares, versiones que cobraron proporciones cuando salió a la venta el
libro Los Chicos de la Guerra de Daniel Kon, en el que se reproducen relatos de
jóvenes conscriptos que aterrorizados de regresar al frente, contaron cosas increíbles e
inexistentes acerca de esos mercenarios. Incluso es de recordar un viejo vendedor de
diarios de la estación terminal Retiro del Ferrocarril Mitre intentando vender las últimas
ediciones de “Crónica” al grito de “¡Extra, extra! ¡Los ingleses asesinan a decenas de
soldados argentinos! ¡Fueron todos degollados, extra! ¡Los mataron con los gurkhas,
extra!”. Ese fue uno de los tantos imbéciles que ayudaron a difundir el derrotismo de la
posguerra.
La realidad es que aquellos orientales casi no entraron en acción porque su batallón se
limitó a efectuar una poco trascendente marcha de apoyo a los guardias escoceses en
Tumbledown y ocupar una parte de Monte Williams cuando la lucha había finalizado.
Una vez allí se les dio la orden de suspender el ataque, perdiendo así la oportunidad de
efectuar una acción conjunta. Según los autores de La Guerra de las Malvinas (The
Flaklands War), fue el único regimiento que no pudo librar, ni una sola vez, el tipo de
combate para el cual había sido entrenado. Fuera de lo que se acaba de mencionar, su
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accionar se limitó a llevar a cabo algunas patrullas en la península de Lafonia, al sur del
istmo de Darwin y tareas de guardia y vigilancia.
Combatientes argentinos describieron a los gurkhas como muy obedientes y un
sacerdote apostado en las islas, el padre Fernández, observó que se trataba de individuos
muy callados, inexpresivos, silenciosos, capaces de permanecer bajo la lluvia y la nieve,
soportando el frío y los rigores del clima durante horas, sentados a la intemperie, sin
moverse, con sus fusiles apoyados sobre las rodillas en espera de órdenes.
Las cifras oficiales británicas solo arrojan un gurkha muerto, el sargento riflero
Budhaparsad Limbo, y sus versiones consignan diez heridos y que la única distinción
que le tocó al batallón fue una citación del teniente Chandrakomar Pradham, por un acto
menor. Sin embargo, dado que el lema de estos mercenarios es “Antes morir que pasar
por cobarde” (Kap har hunnu bhanda marnu ramro), mal se deben sentir por lo poco que
hicieron.
Durante los meses que siguieron al fin de la guerra, la ciudadanía argentina se sumió en
la indiferencia y el derrotismo y versiones absurdas de conscriptos argentinos
masacrados como corderos por los ingleses y víctimas de malos tratos y torturas por
parte de sus oficiales, ganaron velozmente la calle. Y con la llegada de Raúl Alfonsín al
poder, el gobierno hizo campaña para desacreditar a las Fuerzas Armadas, utilizando a
Malvinas como herramienta principal. Por el contrario, en el extranjero, el
reconocimiento a lo actuado por nuestros combatientes ganaba cada vez mayor fuerza.
En aquellos días, apareció una esclarecedora publicación que ensalza las proezas de la
Fuerza Aérea Argentina, que llevaba por título “Derrotismo Estéril”:
El 20 de marzo de 1941, 25.000 alemanes sin otro armamento que el que
podían llevar consigo, ya que en su mayor parte eran paracaidistas, invadieron
Creta, isla del Mediterráneo defendida por 36.000 ingleses y griegos y una
población hostil a los atacantes.
El domingo 7 de diciembre de 1941, a temprana hora de la mañana, 350
aviones japoneses atacaron Peral Harbour en momentos en que la guarnición de
la base y las tripulaciones de los buques se reponían de los excesos del sábado
a la noche. Sorprendieron a los buques amarrados en las dársenas y a los
aviones agrupados en tierra perdiendo solamente 50 hombres y 30 aviones.
Japón infligió lo que se consideró como “severísimas pérdidas” a la flota
estadounidense del Pacífico: 10 buques hundidos (varios de ellos reflotados
después) y dos buques averiados.
El 6 de mayo de 1942 se rindieron en Corregidor (Filipinas) 15.000 soldados
estadounidenses frente al desembarco japonés que, en una primera oleada, no
sobrepasaba los 1000 hombres. Considerada como una fortaleza inexpugnable,
defendida por poderosos cañones de 356 milímetros, Corregidor es tomada en
dos días.
Cuarenta años después, 12.000 argentinos resisten dos meses el asedio de la
tercera flota del mundo, apoyada técnica y logísticamente por la primera
potencia mundial y con la presión de la comunidad Económica Europea y la
Banca Mundial respaldándola…
Y los argentinos hacen encuestas para investigar porqué una tableta de
chocolate no llegó al soldado combatiente.
La prensa europea está plagada de artículos que comentan con asombro la
bravura argentina… y el gobierno se avergüenza y dimite.
Las revistas especializadas publican notas que destacan las experiencias
recogidas en el conflicto para evitar que otras potencias colonialistas de
ultramar sufran, como los británicos, tan cuantiosas pérdidas… y el país se
siente frustrado como si en la final del campeonato Mundial de Fútbol su
equipo hubiera sido derrotado. Las autoridades militares de las potencias
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Malvinas. Guerra en el Atlántico Sur
mundiales analizan la acción de las Malvinas y enuncian posibles medidas para
resolver, sin grandes pérdidas, conflictos futuros… y quienes fueron los
principales trovadores de un triunfo fácil investigan si alguien vendió
cigarrillos a precio elevado a un soldado correntino.
En nuestra Cruzada de Redención Malvinense, 120 aviones de la década de
1960 atacaron a una flota con sofisticados equipos, aún desconocidos fuera de
un círculo de potencias privilegiadas. A diferencia de Peral Harbour, no la
encontraron durmiendo, por el contrario, se hallaba con todos sus medios
preparados, perdiendo 55 hombres y 34 aviones, hundieron 6 buques [en
realidad se hundieron nueve] y averiaron otros 14.
Un balance así, tan gravoso para el oponente, no debe ser disminuido por la
acción de un derrotismo inútil.
De todas maneras, los sabios de café y sobremesa continuarían destilando pesimismo
por más de una década respecto a la epopeya de Malvinas.
Para comprender la magnitud del conflicto del Atlántico Sur basta ver las cifras de otras
guerras libradas por Gran Bretaña.
El número oficial de 255 muertos suministrado por el Reino Unido no parece ajustarse a
la realidad y ha sido puesto en duda aún por especialistas y analistas ingleses y
norteamericanos.
Para el kelper Alexander Betts, los muertos y desaparecidos durante la guerra podrían
ascender a 3203. Periodistas como Patrick Bishop, John Whiterow, James Ladd y
William Fowler cuestionan esos guarismos (255 muertos y 777 heridos) después de
conocer que el gobierno británico había jugado con las cifras para evitar que
trascendiesen noticias que pudieran generar angustia e incertidumbre. No debemos
olvidar que el desastre de Bluff Cove recién se dio a conocer el 13 de junio y que en un
primer momento, según fuentes del Ministerio de Defensa, se habló de 9 muertos y 60
heridos. En contraposición, Anthony Preston comenta en su libro Batalla Naval en las
Falklands (p. 40) que inmediatamente después de ese ataque, el buque hospital
“Uganda” recibió la friolera de 159 heridos en el término de cuatro horas.
Como dice acertadamente Rubén O. Moro, “…no es necesario especular con cifras
inciertas ya que el solo reconocimiento oficial de 255 muertos y 777 heridos demuestra
el precio desmesurado que debió pagar el Reino Unido por su aventura”.
Pasamos a continuación a las tablas elaboradas por el Dr. Ernesto Loza en su obra
Homenaje al arma aérea argentina, sobre las bajas sufridas por Gran Bretaña en otros
conflictos, corroboradas por otros autores, entre ellos, el mismo almirante Woodward.
En la guerra de Corea, entre 1950 y 1953, el Reino Unido perdió 537 hombres; en la de
Malasia, entre 1958 y 1961, los muertos fueron 525; durante la crisis del Canal de Suez,
donde acabó por perder el control de tan importante paso, solamente 32; en el conflicto
de Chipre (1954-1959), 105 soldados y en Palestina, (1945 y 1948), 223 hombres.
Si en 48 días de acciones y enfrentamientos Inglaterra perdió 255 combatientes (no
incluimos los tres civiles fallecidos el 13 de junio durante los bombardeos sobre la
capital), ¿a cuando ascendería esa cifra si la guerra se hubiese prolongado años, como
ocurrió en aquellas otras conflagraciones?
Malvinas representa el porcentaje más elevado de pérdidas humanas y materiales
sufrido por Gran Bretaña desde la Segunda Guerra Mundial.
Durante los ataques a la Task Force, la Argentina hundió ocho buques: el “Sheffield”, el
“Coventry”, el “Ardent”, el “Antelope”, el “Atlantic Conveyor”, el LCU “Foxtrot 4”, el
“Sir Galahad” y el supertanquero norteamericano “Hércules”; dejó fuera de combate a
otros cinco: el “Glasgow”, el “Sir Tristam”, el “Plymouth”, el “Argonaut” y el
“Glamorgan”, alcanzado por un Exocet disparado desde tierra, y averió a otros ocho, el
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“Antrim”, el “Broadsword”, el “Brillant”, el “Arrow”, el “Alacrity”, el “Sir Lancelot”,
el “Sir Percival” y el “British Wye”, además de alcanzar con impactos de cañones de 20
y 30 mm al “Fearless”, el “Avenger”, el “Sir Geraint”, el “Sir Bedivere” y el “Norland”.
Por su parte, Gran Bretaña destruyó al viejo submarino “Santa Fe”, al crucero “General
Belgrano”, al pesquero “Narwal”, requisado por la Armada, al transporte de suministros
“Isla de los Estados” y a los cargueros “Río Carcarañá”, que se incendió sin llegar a
hundirse, al Aviso “Sobral”, que alcanzó a llegar a puerto y a la lancha patrullera “Río
Iguazú”, que quedó varada en las costas de Darwin y que, como la “Islas Malvinas”, fue
requisada por las autoridades británicas. Además, logró dañar a la corbeta
“Guerrico” durante los enfrentamientos del 3 de abril en las islas Georgias.
El gran enigma de esta guerra lo constituyen los portaaviones ingleses sobre los que
mucho se escribió y se dijo.
El “Hermes” sufrió daños menores cuando un Sea Harrier averiado por las antiaéreas
argentinas, se estrelló contra la torre al aterrizar, provocando un incendio en la cubierta.
En cuanto al “Invincible”, según versiones argentinas, el mismo fue atacado por dos
Super Etendard de la Armada que dispararon sobre él el último Exocet AM9L y cuatro
Skyhawk de la FAA que le arrojaron bombas, y si bien el misil parece no haber dado en
el blanco, al menos una de las cargas del teniente Ureta impactó en él lo mismo varios
proyectiles de 30 mm del alférez Isaac (los ingleses aseguran que el buque atacado no
era el portaaviones).
De los 30 a 40 Harrier y Sea Harrier que los inglese llevaron a Malvinas, entre 10 y 12
fueron destruidos además de resultar dañados otros 16 que lograron llegar a sus bases y
ser reparados. También sufrieron la pérdida de 31 helicópteros, resultando averiados
otros 16.
Los argentinos, por su parte, perdieron 117 aviones, a saberse, 45 Skyhawk, 27 Mirage,
21 Pucará, 4 Mentor, 3 Aermacchi, 3 bombarderos Canberra, 2 Short Skyvan de la
PNA, un Hércules C-130, 1 Learjet, 6 helicópteros Puma (incluyendo los de la PNA), 2
Chinook y 2 Bell.
Sin ningún a duda el Reino Unido ganó la guerra debido a su superioridad económica y
tecnológica, al accionar de su aparato de Inteligencia, a la bravura y profesionalidad de
sus combatientes, a la incuestionable ayuda de los Estados Unidos y la OTAN y a una
buena dosis de suerte. Sin embargo, frente suyo encontró a un enemigo duro, que supo
hacerle frente, aunque desorganizado y mal dirigido.
En algún lugar, en algún video, se ha escuchado decir que la derrota humilló a las tropas
argentinas. Aquí se debe aclarar que es cierto que toda derrota es humillante, pero nunca
lo será más que la que EE.UU. sufrió en Vietnam. En esa oportunidad, un pueblo de
campesinos, con peor armamento y equipo, derrotó y puso en fuga al ejército más
poderoso de la Tierra, dotado de alta tecnología y poder de fuego; tampoco le fue nada
bien en Corea y Somalía, donde no logró sus objetivos. En el caso del país africano, el
descalabro fue total.
Gran Bretaña y Francia quedaron muy mal paradas en la crisis de Suez.
El 15 de febrero de 1942, 73.000 soldados británicos se rindieron en Singapur ante
fuerzas japonesas muy inferiores en número, después de ofrecer una resistencia
limitada. En junio de ese mismo año Rommel, sin armamento adecuado, sin
combustible y escaso de suministros, rechazó al VIII Ejército británico, obligándolo a
retroceder hasta Alejandría, pese a ser dos veces más numeroso y contar con una
cantidad de medios superior. Poco después, 33.000 ingleses se le rindieron en Tobruk,
“con una prisa difícil de justificar”, según palabras del general De Gaulle en su libro El
Llamado. No haremos hincapié en la destrucción de la línea Maginot por los alemanes,
ni en la fuga de Dunkerque, ni en la invasión nazi a Francia, ni en la destrucción de la
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Malvinas. Guerra en el Atlántico Sur
flota británica en Oriente por los japoneses, ni en decenas de hechos que demuestran
flojera y humillación por parte de las fuerzas armadas de las naciones más poderosas.
Existe un viejo refrán del filósofo chino Sun Tzu (siglo V a. C.) que citan Rubén O.
Moro y varios autores en numerosas publicaciones: “Si quieres saber como te fue en la
guerra, pregúntale a tu enemigo”.
Y el enemigo habó y tuvo grandes elogios para la Argentina, los principales,
obviamente, para la Fuerza Aérea y la Aviación Naval. Y no era para menos; su valentía
y su alta profesionalidad asombraron al mundo.
Antes de que comenzaran las acciones a gran escala, el coronel norteamericano James
McManaway dijo que los Sea Harrier tenían mayor potencia de vuelo y disparo que los
Skyhawk, aunque tuvieran que enfrentarse dos a uno. Por esa razón, según su opinión,
el caza británico iba a ser como un halcón, veloz y letal en tanto los Skyhawk se
desenvolverían como un mirlo grande y torpe. Según este piloto del Cuerpo de
Infantería de Marina de los EE.UU., la única posibilidad que los argentinos tendrían de
causar algún daño a la flota enemiga era lanzar ataques masivos de veinte o más aviones
ya que, de ese modo, alguno que otro tendría la posibilidad de escapar de los Harrier y
los misiles de las unidades navales y llegar a los buques periféricos. El tiempo le
demostraría que estaba completamente equivocado.
Después de los ataques del 21 de mayo y tras ocasionar importantes pérdidas a la Task
Force, se le preguntó al ministro de Defensa británico John Nott que opinaba de los
aviadores argentinos y su respuesta dejó desconcertados a los periodistas que lo
interrogaban ya que, según sus palabras, tal como iban las cosas, el enemigo acabaría
por quedarse sin aparatos pero que se trataba de hombres valerosos que estaban
demostrando un gran coraje. “Creo que los pilotos argentinos están demostrando una
enorme bravura. Sería tonto de mi parte no reconocerlo”.
Un corresponsal de la BBC de Londres a bordo de una unidad de la Task Force expresó
a su vez:
Los aviadores argentinos realmente estaban en todas partes aunque solo eran
tres máquinas; saltaban como demonios de un lado a otro disparando cohetes
contra nuestra flota y así como aparecían sorpresivamente, de igual manera se
fueron, sin que nada pudiéramos hacer para detenerlos
El coronel Nick Vaux, comandante del Comando 42 dijo en cierta oportunidad:
Nunca pensé que iba a decir esto pero debo sacarme el sombrero ante los
pilotos argentinos; en realidad, han estado increíblemente bravos4.
El almirante Woodward, también se refirió al enemigo diciendo:
Estábamos ya en el límite de nuestras posibilidades, con sólo tres naves sin
mayores defectos (el “Hermes”, el “Yarmouth” y el “Exeter”). De la fuerza de
destructores y fragatas, el cuarenta y cinco por ciento está reducido a capacidad
cero de operar. De los “guardavallas”, el Sea Wolf de la “Andrómeda” está
inutilizado; todos los sistemas del “Brillant” padecen de una gran variedad de
defectos; el “Broadsword” tiene un sistema y medio de armas, pero uno de sus
ejes de propulsión con daños prácticamente permanentes. Ninguno de los tipo
21 está en condiciones: el “Avenger” está descompuesto; el “Arrow” está roto
y tiene una de las turbinas “Olimpus” inutilizada... y muchas cosas más. Todos
están cayéndose a pedazos.
Y en un reportaje publicado por el periódico “La Estrella” de Panamá, expresó:
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Los pilotos argentinos fueron muy valientes. Me dieron muchos dolores de
cabeza, pero igual los admiro.
Refiriéndose al ataque en Bahía Agradable, Woodward agregó:
Ya antes habíamos recibido suficientes pruebas de lo que eran capaces de hacer.
Los veíamos aparecer al ras del agua; jamás hubiéramos imaginado eso.
Sin embargo, mucho más contundentes fueron estas palabras con las que varios años después
de la guerra asombró no solo al mundo sino a sus propios oponentes:
Consideré seriamente la posibilidad de llamar a casa para decir que habíamos
perdido. La situación parecía indicar que pronto estaríamos fuera de juego. En algún
momento, hay que comenzar a pensar en terminar con todo.
Gareth Parry, corresponsal de “The Guardian”, que se desplazaba con las fuerzas de
desembarco en San Carlos, publicó en la primera plana de su periódico, bajo el título
“Las tripulaciones aplauden la bravura de los pilotos argentinos”:
Son las 02.00 de la tarde en un día soleado y nos hallamos bajo el ataque de
Mirages y Skyhawks de la Fuerza Aérea Argentina. Una bomba ha levantado
una gigantesca columna de agua a sólo 100 m de distancia, entre nuestros
buques y una nave logística cargada con pertrechos. Observarnos cómo las
baterías cesteras y los sistemas misilísticos de los buques abren fuego, junto
con el ensordecedor ruido de los cañones y ametralladoras de cubierta. Los
tripulantes a nuestro alrededor rinden tributo al coraje de los pilotos
argentinos5.
El director del Instituto Internacional de Estudios Estratégicos de Londres, coronel
Jonathan Alford, pronunció una serie de conferencias en los EE.UU., en las que, entre
otras cosas dijo:
En comparación con el nivel de muchos países, la Argentina desplegó una
Fuerza Aérea relativamente modesta y nada moderna, que la mayor parte del
tiempo operaba en el límite de su radio de acción. Y sin embargo hubo
momentos de gran ansiedad por la suerte de la flota británica. Quizá con sólo
un poco más de fortuna en los momentos críticos, la Fuerza Aérea Argentina
podría haber obligado a Gran Bretaña a abortar su expedición. Lo que nos
produjo una enorme conmoción fue el saber que los argentinos habían volado
con sus Hércules a Puerto Stanley hasta el último día del conflicto.
En su libro Weapons of the Falkland Conflict, editado por Biddles of Guilford Ltd. de
Surrey, Reino Unido, Bryan Perret afirma:
"...La Fuerza Aérea Argentina se halla ahora altamente considerada en la
estimación pública, más de la que poseía antes del conflicto. Perdió su batalla
pero el coraje de sus pilotos ha redimido la dignidad nacional. Su comandante,
el Brigadier Lami Dozo emergió como un héroe retirándose de la desacreditada
Junta poco después de haber cesado las hostilidades".
DPA de Londres expresó:
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Malvinas. Guerra en el Atlántico Sur
Los pilotos argentinos atacan asumiendo en pleno el riesgo de ser abatidos y de
correr el destino de tantos compañeros ya muertos en combate. La amenaza y
peligrosidad de la aviación adquirió tal dimensión, que los barcos de guerra
británicos están siendo dotados de nuevas armas antiaéreas.
El documental de National Geographic “The Sinking of HMS Coventry”, emitido en
2001 en la serie Seismic Second, resalta la abismal diferencia que debieron afrontar los
argentinos durante sus incursiones aéreas:
Un día de 1982 cuatro bombarderos argentinos dieron sus cargas en el
blanco. Intentaban hacer el mayor daño posible con unas toscas bombas
pendientes bajo sus alas. El objetivo, dos buques de guerra británicos
armados con los más sofisticados cañones y misiles. Podían haberlos
derribado fácilmente. ¿Cómo fue posible que estos viejos aviones penetrasen
las defensas de aquellos buques. Las respuestas cambiarían a casi todas las
armadas del mundo occidental.
Un poco más adelante, el capitán Bill Canning de la “Broadsword” dice: “Hacía mucho
tiempo que no se perdía un buque de guerra por la acción enemiga. Para ello tenemos
que remontarnos a la Segunda Guerra Mundial”.
Más adelante, la voz en off agrega:
Los aviones eran A4 Skyhawks, jets norteamericanos de 28 años de
antigüedad provistos de tres viejas bombas directas, primitivos para afrontar
la ocasión. Viajando a 15 km por minuto debían enfrentarse al formidable
poder de fuego de dos buques de guerra británicos.
Y finaliza:
Tal vez la más grave amenaza para los pilotos provenía del HMS Coventry,
buque inglés de vanguardia; un destructor tipo 42 diseñado especialmente
para la guerra antiaérea.
En su obra Modern Combat Ships 3, el autor británico Leo Marriot dice: “La verdad es
que nadie había anticipado la increíble habilidad y valentía que demostraron los
pilotos argentinos, ni se había contado con la ferocidad tremenda de los ataques
aéreos”.
Sin embargo, las palabras que mejor parecen reflejar el heroísmo argentino durante la
guerra son las que, David Tinker, marino inglés muerto a bordo del HMS “Glamorgan”
envió a su esposa en una de sus misivas.
Querida Christine:
Es muy fácil comprender cómo se ha desatado la guerra: nuestra primera
ministra se imaginó que era Churchill desafiando a Hitler, y la Marina la
apoyó para obtener publicidad y popularidad rápidamente. Estoy seguro de
que de esta destrucción sólo se beneficiarán Mrs. Thatcher y los fabricantes
de armas.
Lo que más me apena es que no hay causa para esta guerra, y si somos
honestos, los argentinos son mucho más patriotas con respecto a las
Malvinas que nosotros con las Falklands. Y lo que la primera ministra no
comprende, es que los argentinos creen firmemente que las Malvinas son
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Alberto N. Manfredi (h)
de ellos.
Han enviado contra nosotros pilotos en misiones suicidas, en viajes sin
regreso, porque estamos fuera de su alcance, y eso que ellos no tienen
helicópteros de rescate en el mar para recuperar después a los pilotos.
Los pilotos argentinos enfrentan cada día misiles antiaéreos de aplastante
superioridad.
Realmente, la valentía de esos hombres demuestra que tienen mucho más
que un tibio interés en estas islas.
Considerando la tragedia, la angustia, y el horror de las vidas perdidas, que
han sido sacrificadas de buena gana por los políticos para tapar la ineptitud
y necedad de su gobierno, considerando además los resultados en dolor,
pérdidas económicas y pérdidas de buques para Gran Bretaña, me parece a
mí que esta es la guerra más inútil que Gran Bretaña ha hecho en toda su
historia.
Espero que todo esto termine pronto... Creo que los argentinos ya han
demostrado honorablemente su valentía.
Pero no solamente los ases del aire recibieron elogios. Jeremy Moore dijo:
El cuerpo de oficiales y muchos de sus técnicos fueron sumamente capaces y
esto fue particularmente notorio en el caso de la Fuerza Aérea Argentina.
Por su parte, el brigadier Julián Thompson, escribió en su libro No Picnic, refiriéndose
al combate con el RI4:
Las fuerzas del Comando 42 que ocuparon Monte Harriet se encontraron con
más de 300 prisioneros, entre ellos el oficial al mando del Regimiento de
Infantería 4 y varios oficiales. Esto bastaba para desmentir las informaciones
de prensa según las cuales todos los oficiales huían dejando a sus soldados
conscriptos para que fueran masacrados o se rindieran como ovejas. Tanto en
Monte Harriet como en otros sitios, los oficiales y suboficiales argentinos se
batieron duramente y en ocasiones hasta muy cerca de la definición del
combate trataron de impedir la rendición de sus hombres disparando sobre
ellos.
A estas palabras debemos agregar las del brigadier Anthony Wilson, comandante de la
infantería británica en Malvinas:
No cabe duda de que los hombres que se nos opusieron eran soldados tenaces y
competentes y muchos han muerto en su puesto. Hemos perdido muchísimos
hombres.
Que sirvan estas declaraciones de tres altos oficiales enemigos que dirigieron a sus
fuerzas en el campo de batalla, para desmentir tantos rumores y absurdos emanados
desde diversas fuentes desacreditadoras provenientes de la prensa, la izquierda argentina
y publicaciones del estilo Los chicos de la guerra de Daniel Kon.
En ese sentido, el teniente coronel Nick Vaux, jefe del Comando 42 de Royal Marines
publicó en “Cuerpo de Elite” al referirse a su ataque al monte Harriet:
En esas posiciones, los cuerpos yacían desparramados en las violentas
contorsiones de la muerte, porque el enemigo había resistido fieramente.
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Malvinas. Guerra en el Atlántico Sur
El suboficial Meachin de la Compañía Y dejó de manifiesto lo duro de la batalla en Dos
Hermanas manifestando:
Quedamos bajo muchísimo fuego efectivo de ametralladoras calibre .50. Al
mismo tiempo caían los morteros caían sobre nosotros, pero la amenaza
principal provenía de las dotaciones de ametralladoras que podían vernos
campo afuera gracias a la luz de la luna. Tenían tres ametralladoras y
disparábamos constantes y efectivas salvas de artillería directamente sobre
ellos, de a quince disparos por vez. Después se hacía una pausa y ellos volvían
a atacarnos. De modo que tuvimos que hacerlo por segunda vez, contra todas
sus posiciones. Luego se hizo otra pausa y luego bum, bum, bum… volvieron a
atacarnos. Los conscriptos no hacen eso, los bebés no hacen eso, los hombres
mal liderados y con baja moral no hacen eso. Eran soldados buenos y duros.
Los califico altamente6.
A ellas debemos sumar lo manifestado por el sargento Brian Faulkner del Para 2 al
relatar lo ocurrido en el monte Longdon:
Algunos argentinos tenían heridas producidas por granadas de fósforo, serias,
profundas y muy dolorosas. Había otros con heridas producidas por bayonetas,
cosa inusual en el combate moderno y algunos estaban físicamente exhaustos.
En el combate cuerpo a cuerpo peleaban hasta con las culatas de sus fusiles o
con cualquier otra cosa que tenían a mano. Los argentinos combatieron muy
bien.
Como para reafirmar esas palabras, el teniente coronel Hew Pike escribió un artículo en
la reviste “Elite”, en el que admite que:
…hubo momentos en los que me preguntaba, casi con desesperación, que más
tendríamos que hacer para forzar a los argentinos a darse por vencidos:
posiciones que creíamos suprimidas volvían a la vida con fuego tan pesado
como siempre. Solo quedaba una cosa por hacer, por supuesto: seguir
combatiendo hasta quebrar por completo la voluntad del enemigo7.
Por su parte, el reportero británico Kim Sabido narró el ataque final al RI4 de la
siguiente manera:
Sin embargo, el avance por las laderas del Monte Harriet fue un asunto lento y
cruento. Durante un par de horas parecía que todo iba a salir mal. Acosados en
las laderas por los intensos disparos de ametralladoras y tiradores apostados,
avanzaban lentamente y a duras penas. Vi caer a varios hombres heridos de
bala y a otros los alcanzó la metralla de la continua cortina de fuego que
disparaban a distancia. Los hombres que teníamos enfrente no iban a ceder sino
era tras una lucha encarnizada.
Max Hastings, que marchó junto al Para 2 hasta Puerto Argentino, relata en La batalla
por las Malvinas, cuando se refiere a los combates en Prado del Ganso:
…los informes sobre una guarnición desmoralizada y desganada parecían sin
fundamento. Tantas mentiras que nos dijeron acerca de que no querían luchar,
y estaban peleando como leones.
Y al describir la lucha en monte Tumbledown agrega:
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Alberto N. Manfredi (h)
Los guardias escoceses podían oír a los argentinos gritar e incluso cantar
mientras luchaban.
Como se recordará, en esas mismas alturas combatió Robert Lawrence de la Guardia
Escocesa, quien en su libro Tumbledown, después de la batalla dice:
…y otra cosa que estos argentinos no hacían era huir, contrariamente a nuestras
informaciones.
El ex agente de los servicios de inteligencia, Hugh Bicheno, cubano nacionalizado
británico, es autor de un libro excelente aunque extremadamente ácido, Al filo de la
navaja, en el que no ahorra críticas y observaciones mordaces. Sin embargo, es el
primero en admitir la bravura de los combatientes argentinos al momento de la lucha:
En sus modestas memorias, el brigadier Thompson insiste en que la guerra No
fue un picnic. No obstante, un vasto número de comentaristas ha encontrado
plausible calificar su resultado como conclusión esperable tras el desembarco
de las fuerzas británicas. Es ofensivo para ambos bandos retratar a las tropas
argentinas como rebaños de ovejas rumbo al matadero; los soldados argentinos
pelearon duramente cuando estuvieron bien liderados e incluso, cuando no lo
estuvieron.
No solamente desde Gran Bretaña llegaban elogios para los argentinos. En Estados
Unidos, miembros de su gobierno, de sus fuerzas armadas y sus órganos de prensa
también se hicieron eco de lo ocurrido en el Atlántico Sur. El 27 de mayo de 1982 el
“The Miami Herald” publicó:
Los pilotos argentinos se ganan el corazón de sus compatriotas y la admiración
de sus enemigos.
A su vez, Kenneth Feed de “Los Angeles Times Service” publicó un artículo que bajo el
título “Los jóvenes de oro de la Argentina”, fue reproducido por publicaciones del
mundo entero. Decía el mismo:
Casi a diario ellos vuelan hacia la batalla y en cada oportunidad sólo regresan
unos pocos, pero los pilotos argentinos se transforman en los héroes de la
guerra de las Malvinas, admirados por sus enemigos casi tanto como por sus
compatriotas. "Son los únicos que impiden que esto sea una derrota total", dijo
un experto militar europeo. No creo que se pueda encontrar mejores pilotos en
el mundo. A la fecha, los británicos afirman que los pilotos argentinos han
hundido dos destructores, dos fragatas, un buque logística y algunos lanchones
de desembarco. Argentina reclama que los ataques aéreos como mínimo han
puesto a otros cinco buques más fuera de servicio, y dañado a otros cinco. Pero
mientras Gran Bretaña desconoce parte de los daños sufridos, reconoce la
habilidad y el coraje de sus oponentes en el are.
Un periódico holandés comentó admirado que los argentinos actuaban en misiones
semisuicidas contra la flota enemiga y el historiador británico David Rock señaló algo
similar a raíz de la caída de la Junta Militar: “Solo la Fuerza Aérea que había realizado
misiones suicidas desesperadas contra las fuerzas navales británicas, emergió de la
situación con algún prestigio”, palabras erradas por cierto ya que otras armas como la
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Malvinas. Guerra en el Atlántico Sur
Aviación Naval, la fuerza de submarinos, los comandos, el BIM5, el RI25 y las tropas
apostadas en las cumbres en torno a la capital también gozan del respeto de sus
oponentes.
En la revista norteamericana “Air Progress” apareció un artículo que entre otras cosas
decía: “El heroísmo de los pilotos argentinos logró equilibrar un poco la enorme
diferencia de fuerzas” y Michael Nicholson de INTA TV de Estados Unidos agregó,
por su parte:
Los marinos británicos no pueden ocultar su admiración por el valor de los
pilotos [argentinos], quienes recién descargan sus proyectiles cuando están a
menos de 500 metros del blanco para asegurar la precisión de los disparos.
Jean Pierre Gillet, experto en temas militares francés, autor del libro Les Combattants
de Mai, comenta en la página 28 de su obra:
Todo ha sido dicho sobre el coraje argentino. Agreguemos solamente que
desearíamos ser persuadidos que su Patriotismo encuentra su equivalente en
ciertos países de la OTAN.
En extremo significativas fueron las palabras del general Kelly Aguilera Nessi, jefe del
Estado Mayor de la Fuerza Aérea Venezolana, con motivo de un discurso pronunciado
en Caracas, el 18 de agosto de 1982:
El barón Von Richthofen no es un héroe alemán, sino de la humanidad,
particularmente de quienes vestimos el uniforme azul; las heroicas hazañas de
Douglas Bader, el piloto inglés sin piernas, pertenecen al mundo; y cuando se
hable del reciente conflicto del Atlántico Sur, cuyos resultados han sembrado
tanto dolor en esta parte de América que rechaza el colonialismo con todas sus
fuerzas, las páginas más vibrantes de esa historia corresponderán a la gloriosa y
heroica Fuerza Aérea Argentina.
Incluso nuestro más resentido vecino ha tenido palabras de elogio para quienes
combatieron en el lejano sur. Radio Diego Portales de Chile comentó en uno de sus
boletines:
Los aviadores argentinos se han ganado el reconocimiento mundial, hasta de
los propios británicos, por su valentía. Se observó cómo se lanzaban contra una
verdadera muralla de misiles, obuses y ametralladoras antiaéreas, infligiendo
bajas al enemigo.
Por su parte, Carlos Chubretovich A., un almirante de esa nacionalidad que ha escrito
sobre temas militares, no ha podido dejar de reconocer en Las islas Falklands o
Malvinas, su historia, la controversia argentino-británica y la guerra consiguiente, un
libro tedioso, plagado de comentarios banales y superfluos:
Los pilotos argentinos dejaron fiel testimonio de su bravura y de su coraje en
todas las acciones que intervinieron…”8
Y en otra parte agrega:
El Monte Longdon, cuya captura estaba a cargo del Regimiento de
Paracaidistas Nº 3, resultó más difícil que Harriet y Two Sisters, lo defendía
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Alberto N. Manfredi (h)
mucha más tropa de la que se había previsto y, además, supo sacar buen
provecho de los visores nocturnos con los que estaba equipada. La defensa de
esa posición se caracterizó por la reacción agresiva de sus hombres que le
dieron dura batalla a los británicos. En muchos casos la lucha llegó al combate
cuerpo a cuerpo y solo fue decidida a favor de los atacantes después de largas
horas de duro bregar, cuando ya las luces de la aurora habían reemplazado a la
obscuridad de la noche (Cap. “La Fase Decisiva”, p. 274).
Desde Brasil, los elogios y reconocimientos llegaron de varias formas. El analista
aeronáutico Milton Moureiro publicó en el “Journal do Commercio” de Río de Janeiro
una nota titulada “La increíble Fuerza Aérea Argentina”, que entre otras cosas decía:
Sea cual fuere el resultado del conflicto quedará eternamente marcado en la
historia el inquebrantable valor de los pilotos argentinos. Los principios
fundamentales de la guerra aeronaval fueron ampliamente superados por la
audacia y el desarrollo técnico del que hicieron gala los pilotos argentinos,
tanto los de la Aviación Militar como los de la Naval. Cuando finalice esta
guerra no declarada, las marinas de todo el mundo tendrán que promover una
revisión de sus tácticas, por cuanto la audacia y el coraje de los aviadores
argentinos echaron por tierra todas las teorías hasta, ahora existentes. El propio
enemigo quedó perplejo ante la técnica y el arrojo de los pilotos argentinos y
reconoció que el conflicto del Atlántico Sur le parece tan irreal como un cuento
fantástico.
Otro venezolano, el embajador de ese país en la Argentina, comentó en ocasión de hacer
entrega al brigadier Basilio Lami Dozo de una distinción en nombre de su gobierno:
He sido honrado como embajador de Venezuela por nuestra Fuerza Aérea para
hacer entrega a la heroica y gloriosa Fuerza Aérea Argentina, de la que tan
orgullosos nos sentimos justificadamente los venezolanos en especial y todos
los latinoamericanos, por las glorias y los laureles que nos han dado en esta
maravillosa hazaña, por América y por su dignidad.
En su libro de memorias, Alexander Haig apunta que “ambas partes pelearon
valerosamente”, opinión compartida por todos los analistas de temas militares, solo que
por el lado argentino, falló la organización, la sincronización y la estrategia.
Hemos dejado para el final las expresiones más significativas procedentes del exterior
por constituir, como las anteriores, la más alta distinción que hayan obtenido los
combatientes argentinos de las cinco armas, incluyendo a los civiles, tras el conflicto del
Atlántico Sur.
El 10 de agosto de 1984 el diario “La Estrella” de Panamá reprodujo en una nota
publicada en doble página central, con las fotografías de los 55 héroes de la FAA
muertos en acción, palabras del presidente de ese país, Jorge E. Illuecas, con motivo de
cumplirse un nuevo aniversario de la FAA:
Quiero rendir mi emocionado homenaje a esos héroes que dieron sus vidas por
la Patria en la heroica gesta de Malvinas, a los que lucharon en pos de un ideal
que nadie podrá cambiar y que los panameños sentimos como propio: Las Islas
Malvinas fueron, son y seguirán siendo argentinas.
Una de las más emotivas y gráficas manifestaciones de admiración, destacable por las
brillantes palabras con las que fueron escritas, pertenecen al corresponsal del periódico
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Malvinas. Guerra en el Atlántico Sur
“ABC” de Madrid, José María Carrascal, que impulsado por la pluma de Cervantes,
supo conmover a la opinión pública española al decir:
Son sólo unos centenares -o eran- pero llevan sobre sus hombros el último peso
de esta guerra, no menos cruenta por no estar declarada. Parece, sin embargo,
no importarles la muerte de sus camaradas o la posibilidad de perder la suya en
la próxima salida. Pocas veces se ha visto tanta gallardía ante la vida, tanta
responsabilidad ante la muerte, tanta consideración ante los propios, tanta
audacia ante lo ajeno. Actúan en condiciones extremas con el objetivo a
quinientos kilómetros y el carburante justo para estar sobre él tres o cuatro
minutos y regresar. Un ojo puesto en el blanco, el otro, en la aguja del depósito,
olvidándose de los misiles que llegan por todas partes, de los barcos, de los
aparatos enemigos, de las baterías de tierra. La mayoría de sus reactores no
tienen radar “todo tiempo”, lo que les obliga a actuar de día, y dejar las nubes,
a esquivar la niebla. Otros como los Super Etendard, tienen que ser repostados
en vuelos, tan corto es su radio de acción. No importa. Como aquel príncipe de
Gracián que suplía la cortedad de su espada dando un paso adelante, ellos bajan
un poco más hasta rozar los palos de las fragatas inglesas, aunque eso
signifique consumir más combustible. Lo hacen una y otra vez, como si fueran
meros ejercicios. Como si no se jugaran la vida -con bastantes posibilidades de
perderla- en cada misión. En máquinas revisadas por los mecánicos a la
carrera. Tras ser recargadas de bombas, cohetes y combustible. Con el tiempo
justo de echar una cabezada, tomarse un café, examinar las siluetas de los
navíos enemigos que aún quedan. Y salir de nuevo. Sin alardes, sin hablar
siquiera. Dejando a los ingleses la cuenta de los derribos y de los impactos.
Ellos se limitan a protagonizarlos. Sin aspavientos ni petulancia. Como si fuera
la cosa más natural del mundo. No está de moda en nuestros días el panegírico
de las glorias militares y no estoy nada seguro que esta crónica lo sea; es la
calidad humana de los pilotos argentinos lo que inspira. En un mundo como el
nuestro, donde la norma es exigir pero no dar, el ejemplo de estos aviadores,
dándolo todo sin pedir nada, ni siquiera un aplauso, es de tal sobria elegancia
que deslumbra en su lucidez. La mente moderna necesita hacer un esfuerzo
para abarcarlos y aun así no lo consiguen. No dan la vida, naturalmente, por la
Junta. Ni siquiera la dan -cree uno- por conceptos abstractos, como el honor o
la patria. La dan por algo muy concreto, muy precioso, por su comunidad, que
les ha encomendado su defensa, y en último término, por algo tan simple como
el cumplimiento del deber. Individuos así ennoblecen toda especie. En este
caso particular nos ennoblecen sobre todo a los hispanos, a los latinos, a
quienes tan mal nos va en los últimos tiempos. Con qué dolor y orgullo lee uno
esos dobles apellidos españoles e italianos, casi de lápidas antiguas! No sé si el
sacrificio de estos pilotos devolverá las Malvinas a su país. Pero sé otra cosa,
tal vez más importante, porque las Malvinas tarde o temprano, y el mundo gira
hoy muy rápido, serán argentinas. Sé que cuando en adelante se imagine uno al
argentino, ya no pensará en el gaucho típico, en el engominado cantante de
tangos o en la presidente de revista. Pensará en esos pilotos que han sabido
morir por saber por qué vivían, privilegio hoy al alcance de muy pocos. Es
lugar común decir que Argentina ha sido bendecida por todos los dones del
Cielo y de la Tierra. Pero sobre todo, ahora lo vemos, por sus hijos que se
hicieron aviadores.
Hermosísimas palabras, sin dudas, las de este periodista español, de notable significado
para los argentinos por su contenido y su elevada carga emotiva.
El broche de oro de los panegíricos llegados desde el exterior lo dio un telex recibido
por la Embajada Argentina en París firmado por quien fuera uno de los máximos ases
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Alberto N. Manfredi (h)
del aire de la Segunda Guerra Mundial, Pierre Clostermann, piloto francés de la Fuerza
Aérea Libre Francesa y de la RAF, escritor e ingeniero, autor de un clásico de la
literatura bélica, El Gran Circo, donde relata sus experiencias de combate. Según el
decir de William Faulkner, ha sido el mejor libro sobre la guerra aérea de aquel
conflicto. Decía el cable:
Señor Embajador: Son muchos los franceses, más de lo que puede creerse, que
están de corazón al lado de la Argentina en la prueba que atraviesa. Como
quizás Ud. lo sepa, soy un viejo amigo de su país. En el conflicto que enfrenta
la Argentina con Inglaterra, mis compañeros aviadores argentinos han ganado
toda mi admiración. Respeto a muchos de ellos, siento que tengo una
responsabilidad moral pues numerosos son los que eligieron esta carrera un
poco a causa de mí y de mi libro “El Gran Circo”. Le agradecería muchísimo,
señor Embajador, si pudiera transmitir al Comandante de la Aviación
Argentina el mensaje adjunto, destinado a sus pilotos. Por supuesto que el
Gobierno argentino podrá hacer uso de él como quiera. Pues siempre he
asumido la responsabilidad de lo que escribo. Le ruego, señor Embajador,
acepte las seguridades de mi más alta consideración, como asimismo los votos
que formulo porque se halle la solución menos trágica posible a este terrible
conflicto. Fdo. Pierre Clostermann
La nota que el héroe francés hacía llegar decía textualmente:
A vosotros, jóvenes argentinos compañeros pilotos de combate quisiera
expresaros toda mi admiración. A la electrónica más perfeccionada, a los
misiles antiaéreos, a los objetivos más peligrosos que existen, es decir los
buques, hicisteis frente con éxito. A pesar de las condiciones atmosféricas más
terribles que puedan encontrarse en el planeta, con una reserva de apenas pocos
minutos de combustible en los tanques de nafta, al límite extremo de vuestros
aparatos, habéis partido en medio de la tempestad en vuestros "Mirage",
vuestros "Etendard", vuestros "A-4", vuestros "Pucará" con escarapelas azules
y blancas. A pesar de los dispositivos de defensa antiaérea y de los SAM de
buques de guerra poderosos, alertados con mucha anticipación por los
"AWACS" y los satélites norteamericanos, habéis arremetido sin vacilar.
Nunca en la historia de las guerras desde 1914, tuvieron aviadores que afrontar
una conjunción tan terrorífica de obstáculos mortales, ni aun los de la RAF
sobre Londres en 1940 o los de la Luftwaffe en 1945. Vuestro valor ha
deslumbrado no sólo al pueblo argentino sino que somos muchos los que en el
mundo estamos orgullosos que seáis nuestros hermanos pilotos. A los padres y
a las madres, a los hermanos y a las hermanas, a las esposas y a los hijos de los
pilotos argentinos que fueron a la muerte con el coraje más fantástico y más
asombroso, les digo que ellos honran a la Argentina y al mundo latino. ¡Ay!: la
verdad vale únicamente por la sangre derramada y el mundo cree solamente en
las causas cuyos testigos se hacen matar por ella.
Jamás alcanzará el as francés a comprender lo útiles y oportunas que fueron sus
expresiones ya que sirvieron para poner atención y dimensionar lo que había acontecido
en el lejano sur. Ellas obligaron a reconocer lo que allí ocurrió forzando incluso al
enemigo a admitir los hechos.
En respuesta a tan noble gesto, el comandante en jefe de la Fuerza Aérea Argentina,
brigadier general Basilio Lami Dozo, hizo llegar al gran aviador un significativo
presente a modo de agradecimiento, la maqueta de un avión Pucará, que a partir de ese
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Malvinas. Guerra en el Atlántico Sur
momento, ocupó un sitial preponderante en el escritorio de Clostermann. El francés,
emocionado, se apresuró a responder:
Mi General: El Agregado Aeronáutico a la Embajada argentina en París me
hizo llegar la maqueta del Pucará con la placa y la inscripción con cuyo envío
Ud. me honra. Sepa hasta qué punto estoy impresionado por ese recuerdo, que
estará en mi escritorio ante mis ojos, para recordarme, si es que yo pudiera
olvidar algún día, lo que fue el combate de todos los aviadores argentinos sobre
las Malvinas. En efecto, ya sea el piloto del C-130 que despegó bajo el fuego
enemigo con sus heridos, o sean los pilotos de los A-4, Mirage, Dagger, o
helicópteros, todos han hecho esa vez una demostración de sus sobresalientes
cualidades profesionales y de un coraje que despierta la admiración del mundo
entero, incluso entre sus adversarios. En este mundo occidental donde la
cobardía compite con la necedad, el heroísmo de los aviadores argentinos es
como un fanal hacia la luz a la cual se deben dirigir aquellos que aún creen en
las virtudes del patriotismo, en los valores filosóficos de nuestro mundo latino
y el destino del hombre, porque todos los hombres deberían estar orgullosos de
ser de la misma raza que la de vuestros tripulantes. Con mis mejores votos -el
General De Gaulle me ha enseñado que una batalla perdida no compromete
jamás la victoria final- por vuestro país, desde luego por Ud. mismo y por
todos los que están bajo vuestras órdenes, le ruego que acepte, mi General, la
seguridad de mi más alta consideración y mi profundo respeto.
Como complemento de aquel presente, el bravo capitán Pablo Marcos Carballo
respondió a su colega y maestro con palabras que reprodujo en su libro Dios y los
Halcones:
Señor Clostermann, su alabanza es una medalla. Usted es ejemplo de Halcones.
En mí reúno el sentir de mis camaradas del aire que lo admiran. Gracias.
Capitán Pablo Marcos Rafael Carballo.
Pero todavía hay más. Como si las expresiones del máximo as de la Segunda Guerra
Mundial no hubiesen sido suficientes, otro héroe del aire, el coronel de la USAF, Robert
W. Pitt, agregado aeronáutico de la Embajada de los EE.UU. en Buenos Aires, le hizo
llegar a Lami Dozo otro presente, acompañado de la siguiente nota:
Buenos Aires, Argentina 25 de junio de 1982
A S.E.
el Sr. Comandante en Jefe
de la Fuerza Aérea
Brigadier General D. Basilio A.I.
S/D
De mi más alta consideración: Desearía expresarle mi estima y respeto personal
a Ud. y a los miembros de la Fuerza Aérea Argentina en reconocimiento por su
profesionalismo e inquebrantable coraje durante el reciente conflicto armado
con el Reino Unido. Más aún, consideraría un gran honor que Ud., en nombre
de los valientes caídos y de los heridos en acción de la Fuerza Aérea Argentina,
aceptase mi Corazón Púrpura (Purple Heart) como sincera demostración
personal de estima. De todas mis condecoraciones, el Corazón Púrpura, el cual
me fue otorgado por heridas recibidas en acción sobre Vietnam del Norte el 5
de octubre de 1965, es el que más venero. La Orden del Corazón Púrpura fue
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Alberto N. Manfredi (h)
autorizada por orden del General George Washington, hace casi 200 años atrás,
el 7 de agosto de 1782. Luego de haber sido suspendida por más de un siglo, la
Orden del Corazón Púrpura fue restablecida a principios de la década del
treinta por el General Douglas MacArthur. Años más tarde el General
MacArthur escribió: "Ninguna acción llevada a cabo por mí mientras me
desempeñé como Jefe del Estado Mayor me dio más satisfacciones que la de
restablecer la Orden del Corazón Púrpura... Esta condecoración es única en
muchos sentidos: Primero: es la más antigua de la historia norteamericana...
Segundo: proviene del más grande de todos los norteamericanos, George
Washington... Tercero: es la única condecoración completamente intrínseca en
el sentido de que no depende de la aprobación o el favor de nadie. Se la
acuerda solamente a aquellos que son heridos en acción, y solamente la acción
del enemigo determina su otorgamiento. Es un verdadero escudo de coraje y
cada pecho que la luce puede latir con orgullo". Es clara pues la razón por la
cual el Corazón Púrpura es la condecoración que más reverencio. De un
aviador militar a otro, le ruego respetuosamente que acepte esta condecoración
en nombre de todos los bravíos oficiales y hombres de la Fuerza Aérea que
cayeron o fueron heridos en acción en este reciente conflicto. Quedando a sus
enteras órdenes, hago propicia la ocasión para reiterarle las seguridades de mi
más alta consideración y estima...
Robert W. Pitt
Coronel, USAF
Agregado Aeronáutico
Más no se puede pedir. Palabras como estas, enorgullecen a toda una nación. Y sin
embargo, eso no es todo.
-¡¡Locos!! ¡Son locos!
Eso fue lo que exclamó asombrado Jacques Clostermann, hijo del as de la Segunda
Guerra Mundial y oficial de la Fuerza Aérea de Francia, al ver un documental británico
que mostraba a los argentinos arrojándose con sus aviones sobre la flota enemiga en San
Carlos.
Con esa expresión resumía el sentimiento de los presentes y el pensar de muchos
colegas del mundo.
La guerra tuvo su lado positivo, la Argentina había demostrado que tenía héroes y
agallas, grandes guerreros capaces de acometer todo tipo de proezas. Como dice el
capitán Carballo en su primer libro: “Ellos nos tuvieron mucho respeto”.
Volviendo al almirante Woodward y a las bajas sufridas por los británicos en Malvinas,
dice el marino en el epílogo de su obra:
En los años trascurridos desde el cese de las hostilidades en el Atlántico Sur
con frecuencia hemos sido obsequiados con la expresión “Fue una horrible y
pequeña guerra, ¿no?”. Con mucha frecuencia uno oye hablar acerca de cuanto
peor han sido las cosas en Ulster, en Malaya, en Corea, en Kenya y otros
lugares, donde las cifras de bajas llegan a niveles superiores a los ochocientos
en lugar de los doscientos cincuenta y cinco británicos que murieron en las
Falklands y sus alrededores en 1982. La diferencia está en que perdimos esos
doscientos cincuenta y cinco hombres en seis semanas precisamente, y no a lo
largo de un período de años. Durante ese tiempo yo perdí casi la mitad de los
destructores y fragatas con que había comenzado. Las muertes ocurrieron a una
velocidad particularmente elevada, más de diez veces peor que lo sufrido por
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Malvinas. Guerra en el Atlántico Sur
cualquiera de nuestras fuerzas después de la Segunda Guerra Mundial. Las
comparaciones con otros conflictos británicos de los cuarenta años anteriores
rara vez hacen justicia al valor de las personas que sirvieron en una de las más
sangrientas luchas en mucho tiempo, siendo la Marina la que llevó la peor
parte. Más de la mitad del total de los muertos provenían de la Royal Navy
(ochenta y siete), de los infantes de Marina (veintiséis), de la Marina Mercante
(seis) y de la Flota Auxiliar (siete). Por cierto que fue horrible, pero, ¿pequeña?
No les pareció así a aquellos que se enfrentaron las oleadas de bombarderos
argentinos que volaban a gran velocidad sobre el Estrecho de San Carlos.
Como tampoco a aquellos que tuvieron que combatir los incendios, reparar las
naves, rescatar a los heridos, sepultar a los muertos, para luego esperar en tenso
silencio el siguiente ataque enemigo
Pero a nuestro entender, la “frutilla del postre”, como comúnmente se dice, la
constituyen las palabras que la mismísima Margaret Thatcher escribió en el prólogo del
libro Los Cien Días, del almirante Woodward, donde manifiesta:
Es históricamente importante porque el almirante nos permite seguir sus
pensamientos, sus planes, sus temores, y como oficial de carrera de toda la
vida, sus expectativas acerca de aquellos que habrían de luchar con él y bajo
sus órdenes, con tanto coraje contra un enemigo casi suicida.
A todas estas expresiones habría que agregar las que se sumaron años después, en foros
de armamentos e historia militar y en los videos de Youtube que muestran escenas de la
guerra, algunos de los cuales se reproducen en la sección anexos.
Tal vez mucho más contundente que la propia Margaret Thatcher, el almirante
Woodward, Pierre Clostermann, Robert W. Pitt o los generales Thompson, Wilson y
Moore haya sido el ex secretario de Marina de los Estados Unidos, almirante John F.
Lehman, hombre clave de la gestión Reagan durante el conflicto, quien el 3 de febrero
de 1983 manifestó ante la Subcomisión de Armamento de la Cámara de Representantes
del Congreso de los Estados Unidos que de no haber provisto su nación de misiles
Sidewinder a la Fuerza de Tareas británica, la misma habría tenido que regresar al
Reino Unido.
En la oportunidad, el ex alto oficial dejó en claro ante las cámaras de la BBC (reportaje
a cargo del conocido periodista británico David Dimbleby), que de no haber existido esa
colaboración, Gran Bretaña se habría visto obligada a replegar su Fuerza de Tareas y
abandonar la lucha, afirmación que reiteró en varias oportunidades a lo largo de su
estadía. En esa ocasión, el periodista británico le preguntó a Lehman:
-¿Qué hubiese ocurrido si el gobierno de Reagan se hubiese mantenido neutral?
-Bueno, pienso que Gran Bretaña hubiese tenido que retirarse de las Falklands.
-¿Sin la ayuda de los Estados Unidos, Gran Bretaña hubiese sido derrotada por los
argentinos?
-Si. Esa es mi conclusión. Cualquiera puede especular pero por lo que yo sé, esa es mi
firme conclusión.
El diálogo en cuestión, se puede ver y escuchar en An Ocean Apart, un documental de
80 minutos, producido y dirigido por el realizador británico Adam Curtis, que fue
emitido por la señal BBC One, en abril de 1988.
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Alberto N. Manfredi (h)
En cuanto a la verdadera cantidad de bajas británicas durante el conflicto, Lehman
declaró ante los medios que tenía dudas sobre las cifras que manejaban los británicos.
En una conferencia que pronunció en el Instituto Naval de los Estados Unidos, el martes
26 de junio de 2012, el ex secretario de Marina volvió a abordar el tema agregando, en
esa ocasión, que Reagan le había ordenado satisfacer todos los requerimientos de
Margaret Thatcher y que su país (Estados Unidos), tenía alistado el portahelicópteros
USS “Iwo Jima”, el cual estaba siendo adaptado a portaaviones para ser enviado al
teatro de operaciones, incluso con personal norteamericano destinado a asesorar a sus
aliados en el manejo de los sistemas, en caso de que el “Hermes” o el “Invincible”
hubiesen quedado fuera de combate9.
Más contundentes todavía, son las afirmaciones de Nigel West, experto británico en
operaciones de espionaje, célebre por sus metódicas investigaciones y pericia a la hora
de recoger y exponer la información; un individuo tan temido por su gobierno que
algunos de sus libros han sido retirados de la venta masiva por contener información
clasificada que ponía en jaque a las propias administraciones y la credibilidad de sus
instituciones armadas, tal el caso de A Matter of Trust: MI5 1945-72, cuya publicación
fue impedida por la Fiscalía General del Reino Unido.
Dijo de él el “Sunday Times”: “Su información es tan precisa que mucha gente
considera que Nigel West es el historiador no oficial de los servicios secretos
(ingleses). Utiliza fuentes excelentes. Sus libros están llenos de pistas capaces de
generar brillantes notas en las primeras planas de los diarios”.
Explica West en el Prefacio de su obra La guerra secreta por las Malvinas. Los Exocets
y el espionaje internacional (título original: The secret war of the Falklands):
La campaña de las Malvinas de 1982 fue uno de los conflictos militares más
importantes desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Desde una
perspectiva militar, fue la primera vez que la Marina Real trabó combate
con un enemigo desde 1945. También fue la primera ocasión en que se
desplegaron sofisticadas aeronaves en combate con naves de superficie. En
términos de armamento, fue una prueba para los sistemas aéreos y de
defensa más modernos del mundo, y una oportunidad única para llevar a los
combatientes hasta el límite de sus posibilidades en un medio ambiente que
exigía tanto a hombres como a aeronaves y en el cual ninguno de los dos
bandos alcanzó la superioridad aérea.
Sobre el terreno, las fuerzas enfrentadas no eran desparejas. Los 13.000
argentinos defensores de la Malvina oriental [Soledad] estaban bien
preparados y equipados con armas modernas, entre ellas los recientísimos
anteojos de visión nocturna. Cuando ambos bandos chocaron, los
conscriptos combatieron bien contra los 10.500 profesionales británicos que
los enfrentaban, y en varios de los prolongados intercambios de fuego
infligieron graves bajas a los invasores.
Por encima del campo de batalla, la Fuerza Aérea Argentina se ganó el
respeto de todos al lanzar ataques en su máximo radio de acción desde el
continente con notoria gallardía, a pesar de las graves bajas sufridas. En el
mar, la Marina Real sufrió un nivel de desgaste que fue insostenible. En el
momento en que se estableció la cabecera de playa en San Carlos, el 21 de
mayo, sólo los buques de Su Majestad Exeter, Yarmouth y el portaaviones
de asalto Hermes estaban en condiciones plenamente operativas. Todos los
demás habían sufrido diverso tipo de daños, y casi la mitad de la antaño
impresionante flota de destructores y fragatas del almirante Sandy
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Malvinas. Guerra en el Atlántico Sur
Woodward había sido “reducida a una capacidad cercana a cero”. Como lo
señaló en ese momento el comandante de la Fuerza de Tareas,
“¡Francamente, a los argentinos les habría bastado un solo soplido para
hacernos caer!”.
Y aquí llega lo más interesante.
El desenlace fue una espléndida victoria para la Primera Ministra Margaret
Thatcher, quien en el momento en que la Junta [de comandantes] ocupó
Stanley, conducía una administración que había llegado a niveles hasta
entonces desconocidos de impopularidad electoral. Muchas opiniones
militares experimentadas, particularmente en Estados Unidos, habían
juzgado casi inalcanzable el triunfo, y la rendición final argentina el 14 de
junio llevó a la Primera Ministra a una victoria aplastante en las elecciones
del año siguiente, así como a tener un lugar seguro como estadista aclamada
por el mundo. Sin embargo, el desenlace podría haber sido otro muy
diferente, y estuvo mucho más cerca de un desastre ignominioso de lo que
siempre se admitió oficialmente. En rigor de verdad, varias de las personas
más calificadas para registrar exactamente lo sucedido sufrieron presiones
para que no lo escribieran o, al menos, se las urgió a que minimizaran
ciertos aspectos del conflicto. Hasta hace muy poco, por ejemplo, la
naturaleza y el alcance de la contribución estadounidense fueron
deliberadamente subestimados, en parte, por razones internas –destacar lo
que los británicos habían logrado por sí solos- pero principalmente para
respetar la sensibilidad de Estados Unidos con respecto a la relación de su
administración con América Latina.
¿Se puede ser más claro? Posiblemente no.
El reconocimiento al accionar argentino ha ido creciendo con el paso de los años. El 28
de julio de 2016, nos escribió desde Canadá, el historiador Merlin P. Robinson, experto
en blindados y Guerra Fría, solicitándonos información sobre nuestro carro blindado
Panhard AML90 y tanque AMX-13 Mle 58 del Ejército Argentino, en especial, lo
relacionado al desempeño del primero en Malvinas.
Por tratarse de un verdadero experto en asuntos bélicos, consideramos un deber
reproducir completo su mensaje, pues a nuestro entender, constituye un valioso
homenaje para nuestros combatientes de las tres armas.
Estimado Amigo Alberto:
Estoy en busca de información acerca de dos diferentes vehículos blindados
utilizados por el Ejército Argentino, para incluir en mis próximos libros
sobre el Panhard AML90 y los vehículos blindados AMX-13. El primero de
estos temas es el AMX-13, que se empleó durante muchos años como
primer tanque moderno de la Argentina. La versión portadora personal
blindado (VTT Mle 56) fue construida bajo licencia en Argentina, se utilizó
el tanque ligero hasta hace poco y la pieza de artillería autopropulsada de
155 mm, que todavía creo está en uso. El segundo vehículo que estoy
estudiando es la AML90 Panhard utilizado por la caballería, especialmente
en la campaña de las Malvinas. Estoy en busca de cualquier detalle de
servicio de estos vehículos en el Ejército Argentino, así como fotografías
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Alberto N. Manfredi (h)
que podrían ser utilizadas en el libro. Siempre he tenido un gran respeto por
las fuerzas argentinas (soy un canadiense de origen británico y bien
recuerdo cuando era niño, la guerra de las Malvinas, y en especial las fuertes
pérdidas infligidas a la Royal Navy por las fuerzas argentinas). Hoy en día
soy un historiador y he escrito 6 libros sobre vehículos blindados y fuerzas
durante la Guerra Fría. Soy consciente de que la memoria de la guerra deja
mucha amargura en algunos y tristeza en otros. Yo veo a la Guerra de las
Malvinas como un evento muy interesante, marcado por la gran valentía y
sacrificio de todos los que lucharon allí, y para la Argentina, ha sido un
acontecimiento en la conciencia nacional que debe ser motivo de mucho
orgullo. Saludos a usted y mi profundo respeto hacia la gente de guerra de
su país.
Saludos
Merlin Robinson
(MP Robinson, autor, Pen and Sword Books, Kagero Publishing, Editions
Cany)
Estimado Amigo Alberto:
I am looking for information about two different armoured vehicles used by
the Argentinian Army to include in my upcoming books about the Panhard
AML90 and the AMX13 armoured vehicles. The first of these subjects is
the AMX13, which was employed for many years as Argentina’s first
modern tank. The armoured personel carrier version (VTT Mle 56) was built
under license in Argentina, the light tank was used until recently and the
155mm self-propelled artillery piece is still I believe in use. The second
vehicle that I am studying is the Panhard AML90 used by the cavalry, most
famously in the Malvinas Campaign. I am looking for any details of the
service of these vehicles in the Argentinian Army, as well as any photos that
could be used in the book. I have always had tremendous respect for the
Argentinian forces (I am a Canadian of British origin and I can well
remember as a child the Malvinas war, and especially the heavy losses
inflicted on the Royal Navy by the Argentinian forces). Nowadays I am a
historian and I have written 6 books thus far on armoured vehicles and
forces of the Cold War. I realize that the memory of the war leaves much
bitterness in some and sadness in others. To me I look at the Malvinas war
as an interesting event that was marked by great bravery and sacrifice by all
who fought there, and in the case of Argentina’s people, it was an event in
the national consciousness that should be cause for much pride. My regards
to you and my deep respect towards the fighting men of your country.
Merlin Robinson
(MP Robinson, author, Pen and Sword Books, Kagero Publishing, Editions
Cany)
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Malvinas. Guerra en el Atlántico Sur
Merlin ROBINSON
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De donde casi no llegaron elogios sino, más bien, todo lo contrario, fue desde la misma
Argentina, sumida cada vez más en el imbecilismo y la indiferencia, empeñada en la
decadencia, el relajamiento y la incultura.
El gobierno de Raúl Alfonsín fue el primero en iniciar la llamada “desmalvinización”,
justamente el de un cobarde que debió abandonar el cargo antes de tiempo por
inoperancia y flojera. De ahí en más, todos los que le siguieron continuaron por la
misma senda, con la complicidad de toda la sociedad.
A modo de reparación, para lavar tanta bajeza moral, vaya la carta que pocos minutos
antes de partir hacia el frente escribió a su padre el bravo teniente Roberto Néstor
Estévez, misionero, integrante de la Compañía C del Regimiento de Infantería 25 y, por
consiguiente, hombre de Seineldín:
Querido papá.
Cuando recibas esta carta yo ya estaré rindiendo cuentas de mis
acciones a Dios Nuestro Señor. El, que sabe lo que hace, así lo ha dispuesto:
que muera en cumplimiento de mi misión. Pero fijate vos, ¡que misión? ¿no es
cierto? ¿Te acordás cuando era chico y hacía planes, diseñaba vehículos y
armas, todos destinados a recuperar las islas Malvinas y restaurar en ellas
Nuestra Soberanía? Dios, que es un Padre Generoso ha querido que éste, su
hijo, totalmente carente de méritos, viva esta experiencia única y deje su vida
en ofrenda a nuestra Patria.
Lo único que a todos quiero pedirles es: 1) que restauren una
sincera unidad en la familia bajo la Cruz de Cristo. 2) que me recuerden con
alegría y no que mi evocación sea la apertura a la tristeza y, muy importante, 3)
que recen por mí.
Papa, hay cosas que, en un día cualquiera, no se dicen entre
hombres pero que hoy debo decírtelas: Gracias por tenerte como modelo de
bien nacido; gracias por creer en el honor; gracias por tener tu apellido; gracias
por ser católico, argentino e hijo de sangre española, gracias por ser soldado,
gracias a Dios por ser como soy y que es el fruto de ese hogar donde vos sos el
pilar.
Hasta el reencuentro, si Dios lo permite. Un fuerte abrazo.
Dios y Patria ¡O muerte!
Roberto
Esta carta fue escrita en Sarmiento, provincia de Chubut, el 27 de marzo de 1982, horas
antes de que el teniente Estévez abordase el camión que lo llevaría a Puerto Belgrano
para embarcar en la flota y partir al día siguiente con destino a las islas. De acuerdo a
sus instrucciones, debía ser guardada y entregada a su padre en caso de caer en combate,
cosa que sucedió un mes después. Este joven, a quien pocos recuerdan, es símbolo de la
argentinidad perdida, aquella que difícilmente se vuelva a recuperar. El encarna a todos
aquellos que combatieron y perecieron en las heladas tierras australes en defensa de lo
que consideraban una causa justa.
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Alberto N. Manfredi (h)
Referencias
1
Uno de los autores de La Guerra de Invierno.
2
Hugo Gambini (director), Crónica documental de las Malvinas. La Guerra, Biblioteca de “Redacción”.
3
Pablo Marcos Rafael Carballo, Dios y los Halcones, Halcones sobre Malvinas.
4
Alexander Betts, La verdad sobre Malvinas, mi tierra natal, Emece Editores, Bs. As., p 199.
4
Patrick Bishop y John Whiterow, La Guerra de Invierno, p. 103.
5
“The Guardian”, edición del 25 de mayo de 1982.
6
Hugh Bicheno, Al filo de la navaja, pp. 290-291.
7
Ídem, pp. 325-326.
8
Carlos Chubretovich A., Las islas Falklands o Malvinas, su historia, la controversia argentinobritánica y la guerra consiguiente, Cap. “Recuento Final”, Editorial La Noria, Santiago de Chile, 1987, p.
294.
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Malvinas. Guerra en el Atlántico Sur
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