LA ABSTRACCIÓN COMO UN PROCEDIMIENTO SINGULAR.

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LA ABSTRACCIÓN COMO UN PROCEDIMIENTO SINGULAR.
Eloísa dos Santos.
Facultad de Filosofía y Letras – UBA.
“Por sentimiento vital entiendo el estado psíquico en que la humanidad se encuentra en
cada caso frente al cosmos, frente a los fenómenos del mundo exterior. Este estado se
manifiesta en la calidad de las necesidades psíquicas, esto es, en la voluntad artística
absoluta, y tiene su expresión externa en la obra de arte, es decir, en el estilo de ésta,
cuya peculiaridad es precisamente la peculiaridad de las necesidades psíquicas. Así que
la evolución estilística del arte en los diferentes pueblos revela, exactamente como su
teogonía, los diferentes niveles de lo que llamamos el sentimiento vital”.
Wilheim Worringer
El presente trabajo se inscribe en el problema de la construcción identitaria argentina,
desde la clave de la abstracción versus la figuración. La historia del arte suele edificar
nuestra identidad nacional sobre los trabajadores del puerto de Quinquela, la pobreza
de Juanito, los melodramas de Fanny Navarro o la picardía de Niní, las moralejas del
sainete, las heridas sociales del teatro de Gorostiza y, por supuesto, el tango urbano y
el folklore rural. Indudablemente, no es mi intención desestimar la fuerza de cada una
de estas expresiones, pero me pregunto si no será necesario considerar también a
otras, menos populares quizás, menos narrativas o en todo caso, porqué han sido
aquellas y no éstas las más requeridas a la hora de decir cómo somos.
Me propongo, entonces, analizar qué implica la abstracción como un proceso artístico
sumamente particular, qué aristas moviliza, qué aspectos del funcionamiento humano,
de los sentidos y del pensamiento, se ponen en juego. Y, aunque por ahora sólo como
un esbozo o una sospecha, vislumbrar que Argentina formó un vínculo determinado
con ese proceso, distinto a otros, por ejemplo, de Alemania en Europa o de Brasil en
América Latina. Pensar entonces en esas diferencias que marcaron un modo propio
de vínculo es pensar también en términos de la construcción de identidad de un país.
Creo necesario plantear dos convicciones básicas que auspician mi línea de
pensamiento. Por un lado, la identidad no se construye únicamente sobre
positividades; la omisión, el recorte, la interferencia, la falta y la dilación, también la
cimientan. Y por otro, la discusión entre arte popular y arte de élite tiene que ser una
discusión artística, es decir, resolverse en términos artísticos y no en términos
sociales. Que el contenido del arte popular parezca estar más cerca del pueblo que la
forma del arte de élite no significa que ésta última renuncie a la participación en los
avatares del pueblo. El arte todo se cuela, de manera indirecta, en el resto de los
ámbitos que conforman una sociedad y no es ajeno a la construcción de su modo de
experenciar, ser, sentir, percibir, expresar ni pensar. Desde aquí, no será suficiente
estudiar quiénes estaban en el grupo de Florida y quiénes en el de Boedo, cuántos en
el Di Tella y cuántos en el Teatro Independiente, sino en todo caso porqué las
acusaciones y la polarización sirvieron para pasar por alto la tensión artística entre
abstracción y realismo. Porqué el arte argentino, ni desde el ámbito de la creación ni
de la espectación, supo protegerse de la mirada siempre dual, sostenida en extremos
arbitrarios construidos por oposición, propia de otras esferas de la sociedad. En
definitiva, porqué el arte abstracto argentino tuvo que pelear primero su lugar ético, en
términos axiológicos, en vez de solamente dar discusiones artísticas, en términos
experenciales y perceptivos, que por supuesto, son también políticas.
Puede pensarse que esta primacía del realismo responda a que se le otorga a éste
alguna función que, por el contrario, no se encuentra en la abstracción y, asimismo,
que si la historia del arte argentino se articula principalmente desde el realismo será,
entre otras cosas, porque no se logra configurar memoria de la abstracción. Es decir,
la abstracción aparece como carente de función y de memoria, quizás por ello se la
excluye de los tópicos albergados por la identidad nacional. Entonces y agrandando la
apuesta, se vuelve ineludible incluir también en el análisis las relaciones de la
abstracción con la memoria colectiva y el recuerdo personal, y a su vez, el rol de estos
en la construcción identitaria argentina.
Abstracción versus Figuración
El encuentro con el arte abstracto es un modo de experiencia específico. Como primer
punto se puede mencionar que se da en él una falta de referencias conocidas, se
suspenden las referencias. La idea de referencia implica por lo menos dos términos,
uno que la está evocando y otro que es evocado (y un tercero que realiza la relación).
Si hay referencia hay más de un término. Si no la hay, parece haber uno solo.
Así explica Michael Podro las características de la representación:
“Para que una cosa represente a otra debe tener la intención de representarla y, además,
debe ser vista como tal, o sea como una representación. Y esto involucra cierta
convención social […] Lo que no es un problema de convención es el hecho de que
somos capaces de hacerlo. Somos capaces de hacerlo porque podemos ejercitar
nuestras capacidades comunes de reconocimiento a través de la diferencia, y esto no es
una convención sino el sustrato mismo de nuestra vida mental” (Podro, 1991: 2).
Pero cuáles son las referencias, las vueltas sobre otra cosa que sí realiza la figuración,
o mejor dicho que suceden en el encuentro con la figuración. Probablemente no sean
los asuntos desconocidos sino los conocidos. Y éstos, no pueden ser más que sobre
uno mismo. De qué se trata el reconocer sino de reconocerse. Ya sean los recuerdos
afectivos, las percepciones cotidianas, la ideología, los conocimientos sobre los otros,
el cuerpo humano. No dejan de ser uno mismo. Por eso, es posible pensar en el
proceso de identificación. Escribe Hans-Georg Gadamer, en Estética y Hermenéutica,
a propósito de las reflexiones aristotélicas sobre la representación imitativa y la alegría
que produce la mímica:
“Reconocer significa aquí, re-conocer. Se re-conoce lo que se conoce, el dios o el héroe –
o también el ridículo contemporáneo-, lo que ya se sabe […] Es un acto de identificación y
no de distinción en el que algo es reconocido. […] Reconocer algo como <algo> significa,
sin duda, volver a conocerlo; pero re-conocer no es un mero conocer después de haber
conocido por primera vez. Es algo cualitativamente diferente. Allí donde algo es reconocido, se ha liberado de la singularidad y la casualidad de las circunstancias en las
que fue encontrado. No es aquello de entonces, ni esto de ahora, sino lo mismo e
idéntico” (Gadamer, 1998: 126).
Entonces, la figuración figura y promueve el reconocimiento de algo, que se reconoce
justamente porque se encuentra inmerso en el ámbito de lo conocido y así surge la
identificación del espectador con la obra. Por supuesto, esto no implica que no sea
posible excluirla, decidir o entrenarse para omitirla o ajustarla, aprender a suspenderse
a uno mismo y, aun en el reconocimiento de asuntos cercanos, no quedarse sólo con
aquellos sino volver a la obra pero este potencial entrenamiento no quita que exista
una tendencia de la figuración hacia el proceso de identificación.
Pero ¿cómo actúa la identificación? Atada a la referencialidad, implica el
reconocimiento de dos términos iguales o parecidos que son primero comparados y
luego asimilados entre sí. Hay una operación de igualdad, asimilación,
homogenización, entre dos elementos que pertenecen a mundos distintos, uno del arte
que encuentro y otro procedente de mí, de alguna de las aristas que me implican como
un yo o del conocimiento que tengo de la realidad. Esta operación se realiza en base a
un criterio que es el que permite la asimilación de las dos unidades en cuestión. Ahora
bien, ese criterio es anterior al encuentro con la obra. Es decir, un concepto con
existencia previa, basado en un rasgo particular de cualquier índole, sostiene
subyacente, consciente o no, la relación de paridad entre los términos, a partir de la
cual puedo sentirme identificada por/en una obra. “De hecho -escribe Foucault en el
prefacio de Las palabras y la cosas- no existe, ni aun para la más ingenua de las
experiencias, ninguna semejanza, ninguna distinción que no sea resultado de una
operación precisa y de la aplicación de un criterio previo” (Foucault, 2002: 5).
Considero tres características centrales acerca de este criterio guía. Por un lado, al ser
previo, presupone un estado de las cosas, quitando libertad a otros estados posibles,
esto significa que el proceso de reconocimiento e identificación se da en base a algo
que ya estaba antes de encontrarme con la obra y desde el vamos implica una
plataforma de salida que restringe otras posibles. Por otro, estimo que la presencia de
esta plataforma es tranquilizadora. Quiero decir que reconocer rápidamente lo
conocido, encontrarme ahí afuera, identificarme porque sé previamente de qué se
trata, involucra un momento de calma. Saberme igual interrumpe o atenta contra
cualquier proceso violento de diferencia que se esté ocasionando en mi encuentro con
la obra. Y como tercer punto, en el criterio guía, en los cimientos necesarios que
auspician el reconocimiento, aparece la tensión entre lo colectivo-social y lo privado,
porque la pregunta gira en torno a de dónde surgen estos criterios, si son criterios
únicamente propios los que me permiten referenciar o si son más bien sociales. Si hay
manera de que se produzca el reconocimiento sin pasar por el lenguaje, y entonces
irremediablemente por una instancia de construcción social de mi subjetividad. Desde
aquí podría sospecharse que el sistema de la figuración, al tener incorporada la
referencia, cae más rápidamente en el lenguaje y que, por el contrario, la abstracción
logra escapar al estar más alejada.
Lo cierto es que si no dejo que el mundo –el arte- sea más de lo que soy capaz de
reconocer, estoy negando y obligando a una cierta estabilidad que tranquiliza,
posiblemente porque el proceso de reconocimiento no sólo auspicia la
homogenización, la igualdad, entre aspectos míos y de la obra sino también porque, a
través del lenguaje, se vuelve extensible al resto del mundo, me aúna con lo social que
hay en mi. En definitiva, me permite recurrir a sentidos ya consensuados en un tiempo
previo. Además, el reconocimiento está pegado a una finalidad de orientación, de
ordenación y de clasificación que es útil para amarrar sentidos y permite el despliegue
de algún aspecto del interés. Si reconozco la figura de una casa y me identifico con el
protagonista estaré, de alguna manera, provechosamente orientada.
Pero qué sucede frente a la falta de referencias del arte abstracto, en qué consiste
entonces, el modo de experiencia específico del encuentro con el arte abstracto. En
principio no aparecen aquellos cimientos o criterios que me permitan limitar
rápidamente un cuadro de reconocimiento y orientación, es decir que permanecen
presentes todas las opciones posibles. De esta manera, se obstruye la identificación y
así se obstruye el vínculo más directo con mi yo, quizás el más directo con el lenguaje
y con el conocimiento también, tres aspectos que despliegan su raíz en el mundo
social o mejor dicho, que son centrales en lo social que hay en mí. Así es posible
pensar que el arte abstracto, alejando de cuajo lo temático, promueve más -que la
figuración- el vínculo privado singular del espectador con la obra.
Siempre hay mediación, siempre hay un asunto pero quizás en la abstracción el
asunto establece un vínculo más privado que social, más singular que general, más
personal que colectivo con el espectador. Frente a una obra abstracta, del material
que sea, hay un primer momento de pausa. No quiero decir shock, sino detención, no
impacto. Se corta aquella búsqueda rápida de sentidos consensuados. En primer
lugar, porque al tomar distancia de las referencias se aleja la posibilidad de lenguaje y
también cualquier finalidad (necesidad) de orientación inmediata que otorgan los
significados. Sin embargo, no estar orientado no es igual a estar desorientado. Sí,
quizás, no estar orientado por la brújula social me deja más solo. Siguiendo el ejemplo
rápido de arriba podría ser, reconozco la figura de una casa porque albergo
previamente en mi el significado de casa, en cambio, ante una mancha que no puedo
referenciar, no logro apelar a ningún almacén dado de sentidos con consenso social,
no puedo identificarme e indefectiblemente estoy más sola en ese encuentro que
frente a la figuración y como escribe Wilheim Worringer “probablemente no será, pues,
muy atrevido considerar el ansia de enajenarse del yo como esencia última y más
profunda de todo goce estético y quizá hasta de toda felicidad humana” (Worringer,
1953: 38).
La cuestión se recuesta ahora sobre qué implica esta soledad o momento de mayor
singularidad. Entonces, me gustaría volver al principio y repreguntarme si será tan
cierto que en el arte abstracto no hay referencias o es que no hay referencias
traducibles al lenguaje discursivo. Y, en todo caso, sí existan aspectos perceptivos o
sensibles que vinculan con la obra sin estar tan atravesados por la esfera social. Por
supuesto, la interpelación inmediata es ¿es esto posible? ¿Qué queda de mi por fuera
del lenguaje, en esa primera instancia en donde la búsqueda de explicaciones o
interpretaciones fracasa?. O siendo más precisa, ¿en dónde se aloja mi singularidad?
El lenguaje implica cierto acuerdo universal pero habría que repasar si las
percepciones, o incluso me animaría a pensar en la experiencia perceptiva que se da
en/con el arte abstracto, contienen o no consensos extensibles compartidos por, al
menos, personas que participan de una misma sociedad. Por supuesto, estoy
desestimando aquí, por ejemplo, las teorías acerca de las relaciones inequívocas entre
determinado color y una emoción, desde Kandinsky a tendencias actuales de diseño
de interiores. Los colores sí conservan en todo caso características particulares que
los hacen distintos pero esto no quiere decir que sus características lleven sí o sí a un
estado de ánimo establecido. Ahora bien, tampoco es mi intención asegurar que los
vínculos con el color sean absolutamente originales o singulares. Conjeturo que lo
social, lo plural, en este caso, seguramente ya va a estar inmiscuido en la construcción
de mi recuerdo de ese color. Es decir, que hubo anteriormente instancias en donde el
color formó parte de la edificación de mis recuerdos, instancias que no se cierran, que
están en permanente movimiento. Pero no quisiera pasar por alto que una obra de arte
es una unidad en sí misma, con relaciones únicas entre sus elementos, con lo cual el
color aparecerá relacionándose con otros aspectos de la obra, será ese color pero
modificado por el resto de los componentes.
Arriba sostuve que en la figuración, a partir del reconocimiento, asoma el lenguaje y
con él, sentidos ya consensuados (que luego podrán ser desechados o matizados con
el resto de los elementos de la obra para poder espectar lejos de la identificación). En
tanto, frente a la abstracción, al no lograr referenciar, sucede un primer momento de
pausa. De qué se trata este momento. En principio, considero que no obedece
directamente a la lógica del lenguaje. Es decir, no se forma una imagen para la cual
corresponde una palabra (o sin ser tan tajante una narración). O también se podría
pensar que si emerge una palabra será menos pregnante en mí que la experiencia
perceptiva con la obra abstracta. Por ejemplo, ante una escenografía teatral que
consista solamente en un piso negro con líneas blancas formando un cuadrado, va a
ser más pregnante el vínculo perceptivo de mi espectación con ese espacio que el
significado de la palabra cuadrado. Es decir, por más que reconozca al cuadrado,
porque sepa que existe una palabra para esa forma geométrica, no espectaré desde la
primacía de su significado universalmente acordado, sino desde la experiencia
promovida por ese cuadrado en particular relacionado con el blanco y negro y con el
resto de los elementos de la obra.
Aunque también, las experiencias previas, en términos perceptivos, albergadas en mi
recuerdo de la forma geométrica del cuadrado y de sus leyes compositivas quizá
ocupen un terreno importante. Se sabe que los ensayos, de índole científica, artística o
política, basados en la alteración del espacio, como por ejemplo las celdas de tortura
ideadas por Alphonse Laurencic, durante la Guerra Civil Española, o el edificio para el
Museo Judío en Berlín diseñado por Daniel Libeskind, desestructuran la experiencia
espacial, cotidiana o común, porque efectivamente existe una estructura conformada
por el recuerdo de experiencias espaciales perceptivas previas, quizás no conscientes,
a esas desestructuraciones. Además, la abstracción asume una parte muy importante
en algunos recuerdos personales, muchas veces incluso difíciles de recuperar,
explicar y transmitir. En este sentido, considero oportuno mencionar unos de los
aspectos que Paul Ricoeur encuentra en la memoria, relacionado con su carácter
radicalmente singular, en donde ésta es el pasado y el pasado es el de mis
impresiones. Escribe: “mis recuerdos no son los vuestros. En cuanto mía la memoria
es un modelo de lo propio, de posesión privada” (Ricoeur, 2003: 128).
Quizás entonces la pregunta recae ahora sobre cómo se construye mi recuerdo de
aquellas experiencias que no pasan necesariamente por el lenguaje, en las cuales el
arte participa de manera crucial. Y participa, como decía al principio del artículo,
indirectamente, por más que no sean vividas por el conjunto todo de la sociedad,
llegan como aberturas experienciales que a veces se vuelven masivas a partir del
diálogo con otras esferas sociales y otras veces simplemente auspician posibilidades
de pensamiento al sugerir sentidos no consensuados.
Quiero traer aquí el pensamiento de Wilhelm Worringer, en su libro Abstracción y
Naturaleza, en donde analiza las diferencias entre el arte clásico y el de la antigüedad,
entre occidente y oriente y plantea que son dos los polos que configuran la
sensibilidad artística del hombre: la proyección sentimental y el afán de abstracción.
Worringer vincula a la proyección sentimental, propia del arte figurativo, con cierta
relación de confianza del hombre en el mundo que lo rodea y en el entendimiento,
como herramienta para orientarse. Además, propone una correspondencia con las
religiones basadas en el principio de inmanencia (sea politeísmo, panteísmo o
monismo) que conciben lo divino como inmanente en el mundo e idéntico con él y, en
última instancia, dice Worringer, esta concepción divina no es más que una confianza
del hombre en sí mismo, antropomorfismo, una fusión entre el hombre y el mundo, en
donde se traspone la propia vitalidad orgánica a los objetos del mundo de los
fenómenos. El asimilar toda obra de la Creación al nivel humano implica, para el autor,
no sólo un acto ingenuo sino la degradación de la idea abstracta de lo divino a la mera
representación humana. Escribe Worringer: “Nos hacemos cargo de que con cada
progreso del entendimiento el panorama del mundo se ha vuelto más hueco y
superficial; de que cada progreso intelectual se ha tenido que pagar con la atrofia de
un órgano: de la innata capacidad del hombre para sentir el insondable misterio de la
vida” (Worringer, 1953: 132)
Como radicalmente opuesto a la necesidad de proyección sentimental del arte
imitativo y de una cultura orientada hacia lo terrenal, Worringer menciona al afán de
abstracción, se pregunta cuáles son sus supuestos psíquicos y llega al concepto de
agorafogia espiritual. Este consiste en una angustia instintiva del hombre frente al
mundo amplio, inconexo e incoherente de los fenómenos, fundada en la indefensión
del hombre frente al Universo, es en definitiva, un instinto para convivir con el tormento
de lo relativo. Así, Worringer antepone el instinto al entendimiento y señala que
justamente el primer instinto del ser humano es la conciencia de su pequeñez, el
innato terror frente al mundo, sentimiento superior –y no anterior- al conocimiento.
Señala Worringer que en el hombre oriental se da una mayor hondura del
pensamiento cósmico, un saber intuitivo acerca de la insondabilidad de la existencia,
la desconfianza acerca de la cognición intelectual y una inclinación hacia la redención.
Por eso está signado por religiones trascendentalistas.
“La posibilidad de dicha que buscaban en el arte no consistía para ellos [pueblos de la
antigüedad y de oriente] en adentrarse en las cosas del mundo exterior, en gozarse en
ellas a sí mismos, sino en desprender cada cosa individual perteneciente al mundo
exterior, de su condición arbitraria y aparente causalidad; en eternizarla acercándola a las
formas abstractas y en encontrar de esta manera un punto de reposo en la fuga de los
fenómenos” (Worringer, 1953: 31).
Worringer otorga al arte abstracto la capacidad de brindar una posibilidad de
descansar ante el inmenso caos del panorama universal, porque queda redimido todo
vínculo con el mundo exterior cambiante y se llega a cierto absoluto al acercarse a los
objetos, no desde su corporeidad tridimensional ni su apariencia visual relativa sino
desde la individualidad material absoluta de la cosa, dando importancia a la
representación mental según las formas abstractas de su ley constitutiva interna. Es
decir no hay, en el afán de abstracción, una búsqueda por alcanzar una coincidencia
con el modelo natural, por reproducir la imagen visible de las cosas, sino aquella
norma interna que las fundamenta.
Aquí aparece un puntapié interesante para empezar a contestar tentativamente en qué
consiste la espectación del arte abstracto argentino. Me preguntaba más arriba de qué
tratan los recuerdos de las experiencias que no encuentran rápidamente un
equivalente en el lenguaje. Quizás sea vislumbrante acercar esta idea a la de una
instancia instintiva que se aproxima a la formulación interna de las cosas. Worringer
promueve pensar en la abstracción por fuera del entendimiento, como la posibilidad,
mediante la experiencia, de arrimarse a las leyes que dan fundamento a las cosas.
Resulta sumamente significativo que Michael Foucault, en las Las palabras y las
cosas, da cuenta de que la episteme1 renacentista se asienta en la representación que
funda a partir de sí misma, por el juego que la duplica, es la época de lo semejante
basada en la identidad y la diferencia y, por el contrario, la episteme moderna aparece
ligada al pensamiento sobre lo mismo, en donde la diferencia es lo mismo que la
identidad, es su fundamento y condición de posibilidad. Una aparición de lo no
pensado como constitutivo del hombre y de las cosas, es decir, la positividad
inseparablemente unida a su fundamento. Escribe Foucault:
“En el cogito moderno, se trata, por el contrario, de dejar valer, según su dimensión
mayor, la distancia que a la vez separa y liga el pensamiento presente a sí mismo y
aquello que, perteneciente al pensamiento, está enraizado en el no-pensado; le es
necesario recorrer, duplicar y reactivar en una forma explícita la articulación del
pensamiento sobre aquello que, en torno a él y por debajo de él, no es pensado, pero no
le es a pesar de todo extraño, según una exterioridad irreductible e infranqueable […]
Ahora bien, tal develamiento no se hace sin la aparición simultánea del Doble y este
rodeo, ínfimo pero invencible, que reside en el “y” del retroceso y del retorno, del
pensamiento y de lo impensado, de lo empírico y de lo trascendental, de aquello que
pertenece al orden de la positividad y de aquello que es del orden de los fundamentos. La
identidad separada de sí misma en una distancia que, en cierto sentido, le es interior, pero
en otro la constituye, la repetición que da lo idéntico pero en la forma del alejamiento
están, sin duda, en el corazón de este pensamiento moderno” (Foucault, 2002: 315;
énfasis del autor).
El develamiento de lo no consciente implica cierto elevamiento trascendental de la
experiencia empírica en la episteme moderna, en donde el hombre es considerado
directamente como una duplicación empírico-trascendental. Y a esto se suma, la
conciencia moderna de la finitud del hombre, de su pequeñez, de su límite, de su
muerte. El ser finito es lo que brinda a toda determinación la posibilidad de aparecer
en su verdad positiva. Entonces, a diferencia de cierta particular primacía del hombre
durante el renacimiento surge, según Foucault, en la modernidad, una
desantropormofización en la cual el superhombre de Nietzsche es posiblemente el
más hermoso exponente.
Se puede pensar que es justamente en la modernidad cuando occidente, y junto con él
nuestro país, comenzó a aproximarse a formas artísticas abstractas, las cuales
Worringer ya encontraba mucho tiempo antes en oriente. Resulta iluminador pensar en
conjunto a Worringer y a Foucault, focalizando la atención principalmente en la idea de
una zona, en cierta manera, suspendida, lejana a la representación visible de las
cosas, también a su simbolización, que, por el contrario, permanece sumergida
sosteniendo la estructura, el lado positivo, desde las leyes o sistemas internos que le
dan fundamento y las hacen posibles. Escribía Worringer que el arte abstracto
respondía a cierto acceso al pensamiento trascendente, a aquella agorafogia
espiritual, que recordaba al hombre su condición de pequeñez frente al universo.
Foucault en sus estudios encuentra la abertura de un espacio para el pensamiento
1
“En una cultura y en un momento dados, sólo hay siempre una episteme, que define las
condiciones de posibilidad de todo saber, sea que se manifieste en una teoría o que quede
silenciosamente investida en una práctica” (Foucault, 2002: 166)
trascendente recién en la modernidad. Vislumbrar la experiencia con/en el arte
abstracto desde estas dos perspectivas, coincidentes en ambos autores, permite
describirla como una instancia de lo no pensado que implica la idea de lo
trascendente, alejada del entendimiento y del lenguaje, cercana a la intuición, reacia a
cualquier proceso de reconocimiento rápido y de identificación, apartada de lo visible y
adentrada en las estructuras fundamentales, en las condiciones de posibilidad de las
cosas.
Pero también involucra distintos aspectos de la singularidad, de manera doble. Tanto
de las cosas mismas, esto es lo que describía Worringer en términos de desprender
del mundo exterior cada cosa individual desde su materialidad absoluta, a partir de
registrar intuitivamente que es lo que las hace posibles, cuáles son las normas o leyes
que las fundamentan, más allá del resto de las cosas del mundo; como de ciertas
características de la singularidad en uno mismo en el encuentro con la abstracción, es
decir, lo que señalaba más arriba, en relación con no lograr recurrir rápidamente a
ciertos consensos sociales dados por el lenguaje y permanecer en un primer momento
de pausa solitaria. A esto se suma, tener en cuenta el matiz de singularidad que
conserva la conformación personal de los recuerdos en relación con este tipo de
experiencias.
Ahora bien, con estas herramientas teóricas para reflexionar sobre el arte abstracto
quizás sea posible aproximar una hipótesis acerca de porqué en Argentina la
abstracción no ocupó el lugar que merecía dentro de nuestra construcción identitaria.
Conceptualmente se puede pensar que singularidad e identidad son dos nociones que
van en sentidos opuestos. La identidad “puede manar de una cualidad intrínseca de
las cosas, o bien puede ser construida desde la razón, identificando dos cosas que en
su naturaleza son distintas” (Lomnitz, 2002: 129) y es justamente esta última acepción
la que define a la identidad nacional. Anthony Smith explica que, a diferencia de la
identidad no occidental basada en una concepción étnica de la nación, “En el modelo
occidental de identidad nacional se consideraba que las naciones eran comunidades
culturales, cuyos miembros estaban unidos, cuando no homogenizados, por recuerdos
históricos, mitos, tradiciones y símbolos colectivos” (Smith, 1997: 10). Es aquí donde
participan los relatos acerca de nuestra personalidad colectiva y una cultura e historia
en común que el arte figurativo argentino ayudo tanto a narrar para saber quienes
somos como a edificar una memoria colectiva nacional.
A pesar de que la exploración que llevó a cabo el arte abstracto argentino, sobre
algunas configuraciones del espacio, de la línea, del punto, del color, del tiempo, del
ritmo, etc., fueron comprometiendo distintas zonas de la experiencia, la percepción, la
subjetividad, el pensamiento y forma parte de los modelos perceptivos que tiene
nuestra sociedad, en definitiva, de su sentimiento vital, no se encontró en la
abstracción la función de construir nuestra identidad. Sin embargo, la experiencia de
una sociedad no se apoya únicamente sobre relatos y narraciones. Si uno aceptara
esta premisa tendría que sostener que la Revolución Rusa hubiera sido la misma sin la
existencia de Cuadrado blanco sobre blanco (1918) de Malevich.
Posiblemente la discusión debería orientarse ahora plenamente sobre la tensión entre
lo plural y lo singular pero, como debemos dejarla ir, por ahora, sólo acercaré para
terminar el pensamiento de Jean-Luc Nancy al respecto. Él plantea que el ser no es
único, sino singular y plural al mismo tiempo, el ser único es una ficción filosófica pero
no existe. La modernidad implicó la penetración de la violencia en el ser, en la
homogenización de las diferencias dentro del ser para volverlo único, violencia en el
origen que intenta volver único al ser a partir de equiparar las diferencias o lo plural.
Estamos ligados a una identidad que no cesa de crearse continuamente y es eso lo
que nos cuesta tanto, por eso, somos en común. Nancy declara en una entrevista para
un canal de televisión chileno:
“Lo que creemos como lo más evidente, es decir, que somos el mismo que nosotros
mismos es en realidad lo más difícil, lo más complicado, lo más alejado y que ser sí
mismo es referirse a un sí mismo que nunca está dado. Y creo que esta relación con la
alteridad que somos y que nos hace ser es la relación que nuestra civilización ha perdido.
Porque nosotros creemos que nosotros verdaderamente somos los mismos y que toda
nuestra cultura nos presenta al mismo siempre”. (Jean Luc Nancy, entrevista del
programa La nueva Belleza, http://www.otrocanal.cl/?video=610)
Bibliografía
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Ricoeur, Paul 2003 La memoria, la historia, el olvido (Madrid: Editorial Trotta)
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Wolfflin, Henrich 1988 Reflexiones sobre la historia del arte (Barcelona: Península)
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Žižek, Slavoj 2006 Visión de paralaje (Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica)
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