Plantilla Coloquio - Congreso Judío Latinoamericano

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INVENCION DEL PUEBLO PALESTINO
Por Marcos Aguinis
Hace unos años, el primer embajador “palestino” ante Argentina –elevado a esa dignidad por el
gobierno de Menem, puesto que no representaba a un Estado soberano- dijo que Jerusalén fue fundada
por los palestinos quinientos años antes de que naciera el patriarca Abraham. Si uno confía en la
narración bíblica, que es el único texto que se refiere a esa remota personalidad, entonces existía una
localidad llamada Salem, perteneciente a los nabateos, cuyo jefe se llamaba Melquisedec. Abraham y
Melquisedec, según esa narración, intercambiaron gestos de recíproco respeto. Aún no se llamaba ese
lugar Jerusalén ni asomaba la menor referencia a los palestinos. Salem no volvió a ser mencionada
hasta los días de David quien, un milenio antes de la era cristiana la conquistó, rebautizó Jerusalén y
convirtió en capital de su reino. A partir de entonces adquirió una relevancia que no pudo ser destruida
por ningún invasor de la Tierra. Según diversos testimonios arqueológicos, el enclave era muy antiguo,
en efecto, y había pertenecido a diferentes y olvidadas comunidades antes de David. Pero ninguna de
ellas se llamó “palestina”. El embajador mintió olímpicamente.
Si acudimos a la etimología de la palabra, “Palestina” deriva de “Philistea”. Fue el territorio
costero conquistado por invasores provenientes de Creta. La Biblia narra los enfrentamientos que
mantuvieron con los hebreos durante varios siglos, dando lugar a narraciones de profundo impacto
como el romance de Sansón y Dalila, los combates del rey Saúl y la desigual pelea entre David y el
gigante Goliat. Los filisteos, sin embargo, nunca pudieron llegar a la profundidad del territorio que
controlaban los hebreos y es lógico suponer que terminaron asimilándose a estos, porque nadie jamás
volvió a mencionarlos. Las palabras “Philistea” y “filisteo” quedaban muertas, junto a los nombres de
otros pueblos que habitaron el Sinaí, Tierra Santa y sus alrededores.
No existe ninguna mención al “pueblo palestino” en toda la Antigüedad. Ninguna. Sólo cabría
homologarlo con los filisteos llegados desde Creta –como dijimos-, y que desaparecieron por
completo. En contraste, resulta muy fuerte y reiterativa en esa época la expresión “pueblo de Israel”.
Recién luego de la segunda gran rebelión judía contra el imperio romano resucitan los filisteos
(sólo como palabra, no como pueblo). Adriano, iracundo por una lucha que no parecía tener fin,
decidió borrar los lazos judíos con ese agitado territorio. A Jerusalén le cambio su nombre por el de
“Aelia Capitolina” y a todo el país ordenó quitarle la conocida denominación de “Judea”. Con el
pícaro propósito de convertirlo en un espacio que ajeno a los judíos, escogió el nombre de quienes mil
años antes habían sido sus enemigos: los filisteos. “Judea” se convirtió en “Philistina”. Es paradójico
que siempre quedaron viviendo allí judíos, pese a las matanzas, expulsiones y conversión de muchos
en esclavos. No existía un solo filisteo (palestino).
La decisión calenturienta y arbitraria de Adriano tuvo poca suerte durante centurias, porque los
judíos siguieron llamando Eretz Israel (Tierra de Israel) a ese país y los cristianos la bautizaron “Tierra
Santa”.
La invasión árabe en el siglo VII se realizó en medio de la sistemática islamización que se
hacía del legado hebreo. Esa tendencia comenzó con el profeta Mahoma, quien dictó el Corán, libro en
el que no sólo se reproducen nombres y episodios bíblicos, sino que se transfieren asuntos importantes,
como el sacrificio de Isaac a Ismael. No pretendo caer en un debate teológico, sino señalar que Tierra
Santa fue importante para la emergente religión porque allí sucedieron hechos que refiere el Corán,
pero protagonizados por el pueblo de Israel. En ningún versículo asoma palestino alguno, ni por
casualidad.
Durante las Cruzadas murieron muchos judíos y musulmanes a manos de los invasores.
Tampoco en ese tiempo los musulmanes fueron identificados como palestinos. Esa denominación
hubiera parecido absurda.
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Más adelante el Imperio Otomano redujo el país a “Vilayato de Jerusalén”, porción de una
extensa provincia llamada Siria. Recién a fines del siglo XIX volvió a renacer la palabra Palestina, con
el objeto de diferenciar su espacio del resto de Siria. Es interesante consignar que tuvo más éxito entre
los judíos que entre los árabes y musulmanes en general. Cuando a principios del siglo XX surgió el
nacionalismo árabe, manifestó su enojo y ¡acusó al sionismo de haber inventado Palestina! No había
“pueblo palestino”, sino un territorio que se empezaba a llamar Palestina, y donde todos sus habitantes
–cristianos, judíos, musulmanes, drusos- eran identificados como “palestinos”. Los judíos se
reconocían a sí mismos como “judíos palestinos”. Hasta el diario sionista Jerusalem Post se llamaba
entonces Palestine Post.
El mapa demográfico había empezado a modificarse a partir del siglo XIX. Según referencias
de viajeros célebres –entre los cuales podemos mencionar a Mark Twain- el país estaba casi totalmente
desierto y abandonado. Se podía viajar día enteros sin ver un alma. Había pequeñas comunidades
judías arraigados en Jerusalén, Iafo, Hebrón, Tiberias y Safed, que convivían con una escasa población
árabe (jamás llamada pueblo palestino, es necesario insistir). Antes del primer Congreso Sionista
(1897) ya se fundaron granjas y empezó la sistemática inmigración judía. La actual geografía que
comprende a Israel, Jordania y los llamados Territorios Palestinos, se identificaba en todo el mundo
como “Palestina”, en especial gracias a la energía del movimiento nacional judío, que creció de forma
exponencial durante el imperio otomano. Antes de la Primera Guerra Mundial inventó los kibutzim,
construyó carreteras, fundó grandes ciudades (Tel Aviv en 1909), forestó colinas desiertas, habilitó
granjas, levantó escuelas, amplió Jerusalén fuera de las murallas y hasta organizó una fuerza de
autodefensa. Cuando estalló la Primera Guerra Mundial, la comunidad judía prestó un heroico apoyo a
las fuerzas aliadas. Antes de terminar la conflagración, en reconocimiento a su despeño, fue lanzada la
Declaración Balfour que reconocía el derecho a levantar en Palestina un Hogar Nacional para el
pueblo judío.
Llegada la paz, las potencias victoriosas se distribuyeron con mentalidad colonial toda la región. De
ese modo Palestina e Irak quedaron bajo hegemonía inglesa, mientras Siria y el Líbano (segregada de
Siria) pasaron al dominio francés.
Inglaterra, para agradecer el apoyo de la dinastía hashemita, designó a Feisal rey de Irak y
amputó dos tercios de Palestina para crear el reino hashemita de Transjordania con Abdullah en su
trono. Gran Bretaña tenía un proyecto que no coincidía con la Declaración Balfour y, a poco andar,
empezó a obstruir el crecimiento del Hogar Nacional Judío. Pero en ningún momento se hablaba de
otro “pueblo palestino” que la totalidad de sus habitantes, en especial los judíos, empeñados en
conseguir la independencia. Los árabes no manifestaron la misma ambición y ciertos grupos
reaccionarios, dirigidos por el filo-nazi Mufti de Jerusalén, escogieron como objetivo de su lucha
exterminar a los judíos que traían el progreso y la obscena secularización.
El resto de la historia es muy cercana. La ONU decidió la Partición de Palestina en dos
Estados, uno Árabe y otro Judío. El Judío voceó su independencia apenas Gran Bretaña arrió el
pabellón. Los árabes, en cambio, no proclamaron ningún Estado, sino que se lanzaron a una guerra de
intenciones genocidas: “arrojar todos los judíos al mar”. Cerradas las hostilidades, tampoco
proclamaron un Estado árabe en las tierras que retuvieron. En 1949 Transjordania cambió su nombre
por el de Jordania para consolidar la apropiación de un espacio que jamás le había pertenecido.
Durante casi dos décadas no hubo ningún intento de erigir un Estado árabe en los territorios bajo el
poder de Egipto y Jordania. Recién poco antes de la Guerra de los Seis Días, el presidente Nasser
fundó la OLP (Organización para la Liberación de Palestina) con el propósito de destruir a Israel y,
recién sobre sus ruinas, erigir un Estado árabe, quizás sin la Cisjordania entonces en poder del reino
hashemita (¡vaya paradoja, porque ahora Cisjordania es el núcleo de la Autoridad Palestina!).
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Las palabras “Palestina” y “palestinos” fueron perdiendo su sentido original. Se ha impuesto uno
nuevo, producto de una invención que adquirió rápida potencia y se fue revistiendo de mitología,
como atribuirle una existencia anterior al patriarca Abraham. Ahora se habla del “pueblo palestino”
con una identidad excluyente y que es, además, el pueblo aborigen de ese país (con absoluto desprecio
de la historia): ya no son los judíos, sino sólo los árabes de Tierra Santa o la histórica Eretz Israel
quienes lo integran. Se lo reconoce como un pueblo sacrificado que merece desarrollar su compleja
identidad, por supuesto, pero con una identidad sujeta a complejos avatares. Por un lado muchos de
sus miembros viven en el exterior, muchos son mantenidos como rehenes en campos de refugiados
(¡los más crónicos del mundo!), muchos son buenos ciudadanos del Estado de Israel y muchísimos son
la mayoría absoluta de toda Jordania. Intuyo que una gruesa porción anhela paz y progreso, pero esa
porción racional es saboteada por fanáticos que sólo apuestan a la violencia y no aceptan convivir con
Israel. Mientras ese sabotaje continúe firme, y se atribuyan las dificultades sólo a la “maldad de
Israel”, el futuro del muy joven pueblo palestino –duele manifestarlo- continuará neblinoso.
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