La misericordia no entiende de premios o castigos

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El Papa Francisco: “La misericordia no entiende de premios o castigos”
Escrito por En Familia MEM
Miércoles, 11 de Mayo de 2016 08:37 -
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Video CTV
Miércoles 11 de mayo, en la Plaza de San Pedro y en el Aula Pablo VI, ante miles de fieles y
peregrinos del mundo, el Papa Francisco dedicó la catequesis de su audiencia general
semanal a la parábola del Padre misericordioso. El Santo Padre marcó: “La lógica de la
misericordia usada por el padre es muy distinta a la lógica usada por los dos hijos de la
parábola”, explicó que el hijo menor, “pensaba merecer un castigo por los pecados cometidos”,
mientras que el hijo mayor, “esperaba una recompensa por los servicios prestados”. El Papa
indicó que “tanto el uno como el otro necesitaban experimentar la misericordia, por eso el padre
invita a ambos a hacer fiesta, pues la lógica de la misericordia no entiende de premios o
castigos, sino de acoger a todo el que necesita de misericordia y perdón, y de que todos
vuelvan a ser hermanos”. (Fuentes: OPSS, RV y CTV).
“En cualquier situación de la vida, no debo olvidar que no dejaré nunca de ser hijo de Dios, de
un Padre que me ama y que espera mi regreso”, afirmó el Sucesor de san Pedro.
Al finalizar, invitó a los presentes a acoger con gozo “la invitación de Jesús a participar en la
fiesta de la misericordia y de la fraternidad” y a abrir el corazón “para ser misericordiosos como
el Padre”.
Contenido de la catequesis del Papa Francisco en nuestro idioma:
“Queridos hermanos y hermanas:
La parábola del Padre misericordioso nos muestra la lógica de la misericordia de Dios. Esta
marca su modo de actuar con los hombres, abre nuestros corazones a la esperanza y nos
devuelve la dignidad de hijos de Dios. La lógica de la misericordia usada por el padre es muy
distinta a la lógica usada por los dos hijos de la parábola, pues el hijo menor, sumido en la
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tristeza, pensaba merecer un castigo por los pecados cometidos, mientras que el hijo mayor,
presumiendo de estar siempre con el padre, esperaba una recompensa por los servicios
prestados. Tanto el uno como el otro necesitaban experimentar la misericordia, por eso el
padre invita a ambos a hacer fiesta, pues la lógica de la misericordia no entiende de premios o
castigos, sino de acoger a todo el que necesita misericordia y perdón, y de que todos vuelvan a
ser hermanos. Precisamente en ver a los hijos juntos y reconociéndose como hermanos
consiste la alegría del padre.
Saludos
Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en particular a los grupos
provenientes de España y Latinoamérica. Acojamos con gozo la invitación de Jesús a participar
en la fiesta de la misericordia y de la fraternidad, y abramos nuestro corazón para ser
misericordiosos como el Padre. Que Dios los bendiga.”
Contenido de la catequesis del Papa Francisco:
“Queridos hermanos hermanas, ¡buenos días!
Hoy esta audiencia se desarrolla en dos lugares: porque había el peligro de la lluvia, los
enfermos están en el Aula Pablo VI y nos siguen a través de las pantallas; dos lugares pero
una sola audiencia. Saludamos a los enfermos que están en el Aula Pablo VI. Queremos
reflexionar sobre la parábola del Padre misericordioso. Ella habla de un padre y de sus dos
hijos, y nos hace conocer la misericordia infinita de Dios.
Iniciemos del final, es decir, de la alegría del corazón del Padre, que dice: “Comamos y
festejemos, porque mi hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y fue
encontrado” (vv. 23-24). Con estas palabras el padre interrumpió al hijo menor en el momento
en el cual estaba confesando su culpa: “Ya no merezco ser llamado hijo tuyo…” (v. 19). Pero
esta expresión es insoportable para el corazón del padre, que en cambio se apresura en
restituir al hijo los signos de su dignidad: la mejor ropa, el anillo, las sandalias. Jesús no
describe a un padre ofendido y resentido, un padre que, por ejemplo, dice al hijo: “me las
pagaras, ¡eh!”; no, el padre lo abraza, lo espera con amor. Al contrario, la única cosa que el
padre tiene en su corazón es que este hijo este ante él sano y salvo y esto lo hace feliz y hace
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fiesta. La acogida del hijo que regresa es descrito de modo conmovedor: “Cuando todavía
estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió profundamente, corrió a su encuentro, lo abrazó y
lo besó” (v. 20). Cuanta ternura; lo ve desde lejos: ¿Qué cosa significa esto? Que el padre
subía a la terraza continuamente para mirar el camino y ver si el hijo regresaba… Lo esperaba,
aquel hijo que había hecho de todo, pero el padre lo esperaba. Que cosa bella la ternura del
padre. La misericordia del padre es rebosante, incondicionada, y se manifiesta mucho antes
que el hijo hable. Cierto, el hijo sabe que se ha equivocado y lo reconoce: “Padre, pequé…
trátame como a uno de tus jornaleros” (v. 19). Pero estas palabras se disuelven ante el perdón
del padre. El abrazo y el beso de su papá le hacen entender que ha sido siempre considerado
hijo, no obstante todo. ¡Pero es hijo! Es importante esta enseñanza de Jesús: nuestra condición
de hijos de Dios es fruto del amor del corazón del Padre; no depende de nuestros méritos o de
nuestras acciones, y por ello nadie puede quitárnosla, nadie puede quitárnosla, ¡ni siquiera el
diablo! Nadie puede quitarnos esta dignidad.
Esta palabra de Jesús nos anima a no desesperarnos jamás. Pienso en las mamás y en los
padres preocupados cuando ven a sus hijos alejarse tomando caminos peligrosos. Pienso en
los párrocos y catequistas que a veces se preguntan si su trabajo ha sido en vano. Pero pienso
también a quien se encuentra en la cárcel, y le parece que su vida se ha terminado; a cuantos
han realizado elecciones equivocadas y no logran mirar al futuro; a todos aquellos que tienen
hambre de misericordia y de perdón y creen de no merecerlo… En cualquier situación de la
vida, no debo olvidar que no dejaré jamás de ser hijo de Dios, ser hijo de un Padre que me ama
y espera mi regreso. Incluso en las situaciones más feas de la vida, Dios me espera, Dios
quiere abrazarme, Dios me espera.
En la parábola existe otro hijo, el mayor; también él tiene necesidad de descubrir la
misericordia del padre. Él siempre ha estado en casa, ¡pero es tan diferente del padre! Sus
palabras no tienen ternura: “Hace tantos años que te sirvo sin haber desobedecido jamás ni
una sola de tus órdenes… ¡Y ahora que ese hijo tuyo ha vuelto… !” (vv. 29-30), el desprecio.
No dice jamás “padre”, no dice jamás “hermano”, piensa solamente en sí mismo, se jacta de
haber permanecido siempre junto al padre y de haberlo servido; a pesar de ello, jamás ha
vivido con alegría esta cercanía. Y ahora acusa al padre de no haberle dado jamás un cabrito
para hacer fiesta. ¡Pobre Padre! ¡Un hijo se había ido, y el otro jamás le había estado cerca! El
sufrimiento del padre es como el sufrimiento de Dios, el sufrimiento de Jesús cuando nosotros
nos alejamos o porque vamos lejos o porque estamos cerca pero sin ser cercanos.
El hijo mayor, también él tiene necesidad de misericordia. Los justos, estos que se creen
justos, tienen también necesidad de misericordia. Este hijo representa a nosotros cuando nos
preguntamos si vale la pena trabajar tanto si luego no recibimos nada a cambio. Jesús nos
recuerda que en la casa del Padre no se permanece para recibir una recompensa, sino porque
se tiene la dignidad de hijos corresponsables. No se trata de “baratear” con Dios, sino de estar
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en el seguimiento de Jesús que se ha donado a sí mismo en la cruz – y esto – sin medidas.
“Hijo mío, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo. Es justo que haya fiesta y alegría”
(v. 31). Así dice el Padre al hijo mayor. ¡Su lógica es aquella de la misericordia! El hijo menor
pensaba de merecer un castigo a causa de sus propios pecados, el hijo mayor esperaba una
recompensa por sus servicios. Los dos hermanos no hablan entre ellos, viven historias
diferentes, pero ambos razonan según una lógica extraña a Jesús: si haces el bien recibes un
premio, si haces el mal serás castigado; y esta no es la lógica de Jesús, no lo es. Esta lógica
es invertida por las palabras del padre: “Es justo que haya fiesta y alegría, porque tu hermano
estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado” (v. 31). ¡El padre ha
recuperado al hijo perdido, y ahora puede también restituirlo a su hermano! Sin el menor,
también el hijo mayor deja de ser un “hermano”. La alegría más grande para el padre es ver
que sus hijos se reconozcan hermanos.
Los hijos pueden decidir si unirse a la alegría del padre o rechazarla. Deben interrogarse sobre
sus propios deseos y sobre la visión que tienen de la vida. La parábola termina dejando el final
en suspenso: no sabemos qué cosa ha decidido hacer el hijo mayor. Y esto es un estímulo
para nosotros. Este Evangelio nos enseña que todos tenemos necesidad de entrar a la casa
del Padre y participar de su alegría, en la fiesta de la misericordia y de la fraternidad. Hermanos
y hermanas, ¡abramos nuestro corazón, para ser “misericordiosos como el Padre”! Gracias.”
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