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Hermanas de la Caridad de Santa Ana
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“Subió al monte y llamó a los que quiso; para que estuvieran con Él,
y para ser enviados...” (Mc 3,13-14).
Jesús sale al encuentro y llama. El objeto de su llamada es, en
primer lugar, el Seguimiento. Esto va a implicar una estrecha
relación con Él, en la que les irá revelando su intimidad y su Misterio
y les conducirá hacia la profundidad de su Vida y su Misión.
Jesús viendo que lo seguían, les dice: “¿Qué buscáis?” Ellos
le dijeron: “Rabbí, ¿dónde vives?” Les respondió: “Venid y lo
veréis”. Fueron a ver dónde vivía, y aquel día se quedaron con
Él… Andrés, el hermano de Simón Pedro, era uno de los dos
que habían oído a Juan y seguido a Jesús. Éste se encuentra
al amanecer con su hermano Simón y le dice: “Hemos
encontrado al Mesías, que quiere decir, Cristo”. Y le llevó
donde Jesús. Jesús, fijando su mirada en él, le dijo: tú eres
Simón el hijo de Juan. (Jn 1, 38-41).
El contacto con Jesús les conduce a una experiencia, son capaces
de pasar de la búsqueda del lugar donde habita el Maestro, al
encuentro con su Persona; el espacio vital, aquel donde vive Jesús,
es su mismo Ser, Él es el Mesías, el enviado de Dios, el Cristo.
La mirada de Jesús es la que elige, la que descubre al ser humano
en su verdad más profunda y por ello, la que capacita para orientar
la vida. La mirada de Jesús llega como invitación y despierta al
Amor. Y es así como su mirada transforma la vida humana
introduciéndola en su camino de plenitud. La mirada de Jesús
contagia su mismo Ser y en Él descubrimos lo que somos.
Cada día nos mira y nos llama, el Evangelio nos sitúa ante la mirada
de Jesús y sus múltiples llamadas transformadoras.
Llamada a la bondad interior
Llamó otra vez a la gente y les dijo: “Oídme todos y entended. Nada
hay fuera del hombre que, entrando en él, pueda contaminarle; sino
lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre. Quien
tenga oídos para oír, que oiga” (Mc 6,14-16).
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interior. Comprobaron que, por más agua que sacaban de su interior
para esparcirla en torno suyo, no se vaciaban, sino que se sentían
más frescos, renovados...
Al seguir profundizando en su interior, descubrieron que todos los
pozos estaban unidos por aquello mismo que era su razón de ser: el
agua. Así comenzó una comunicación “a fondo” entre ellos, porque
las paredes del pozo dejaron de ser límites infranqueables. Se
comunicaban “en profundidad”, sin importarles cómo era el brocal de
uno o de otro, ya que eso era superficial y no influía en lo que había
en el fondo.
Pero el descubrimiento más sensacional vino después, cuando
los pozos que ya vivían en su profundidad llegaron a la conclusión
de que el agua que les daba la vida no nacía allí mismo, en cada
uno, sino que venía para todos de un mismo lugar... y bucearon
siguiendo la corriente de agua... Y descubrieron... ¡el manantial!
El manantial estaba allá́ lejos: en la gran Montaña que dominaba
el País de los Pozos, que apenas nadie percibía su presencia, pero
que estaba allí, majestuosa, serena, pacífica... y con el secreto de la
vida en su interior. Los pozos habían estado muy ocupados en
adornar su brocal, y apenas se habían molestado en mirar a la
montaña. Desde entonces, los pozos que habían descubierto su ser,
se esforzaban en agrandar su interior y aumentar su profundidad,
para que el manantial pudiera llegar con
facilidad hasta ellos...
Y el agua que sacaban de sí mismos
hacía que la tierra fuera embelleciendo, y
transformaban el paisaje...
Sólo los que descubrieron lo profundo
de sí mismos pudieron gozar con la
presencia de la Montaña, la fuente de la
vida.
Miremos nuestra vida cotidiana, en ella
se dan estos aspectos paradójicos. Es bueno detectarlos para poder
ir eliminando de nuestra vida lo que nos impide ser personas
profundas y descubrir la corriente interna que da sentido y mueve
nuestra existencia.
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PARÁBOLA: EL PAÍS DE LOS POZOS
Era el país de los pozos. Los había grandes, pequeños, feos,
hermosos, ricos, pobres... Alrededor de los pozos apenas se veía
vegetación; la tierra estaba reseca.
Los pozos hablaban entre sí, pero a distancia; en realidad, lo
único que hablaba era el brocal. Y daba la impresión de que, al
hablar, sonaba a hueco. Como el brocal estaba hueco, en los pozos
se producía una sensación de vacío, vértigo, ansiedad... Cada uno
tendía a llenarlo como podía: con cosas, ruidos, sensaciones raras y
hasta con libros y sabiduría… Continuamente estaban llenando el
brocal de cosas nuevas, diferentes... Y quien más tenía era más
respetado y admirado...
Pero, en el fondo, no estaban nunca a gusto con lo que tenían. El
brocal estaba siempre reseco sediento... Bueno, sí: la mayoría, a
través de los entresijos que dejaban las cosas, percibían en su
interior algo misterioso..., sus dedos rozaban en ocasiones el agua
del fondo.
También se hablaba –en la superficie- de aquellas “experiencias
profundas” que muchos sentían... Pero había quien se reía,
bastantes, y decían que todo eso eran ilusiones...; que no había
más realidad que el brocal y las cosas que entraban en el hueco.
Pero hubo alguno que empezó́ a mirar hacia dentro... Como las
cosas que había ido acumulando le molestaban, prefirió librarse de
ellas, y las arrojó fuera de sí. Y el ruido lo fue eliminando, hasta
quedarse en silencio. Entonces, en el silencio del brocal, oyó
burbujear el agua allá abajo... y sintió una paz enorme, una paz viva,
que venía de la profundidad. Hasta entonces había creído que el ser
pozo era el tener un gran brocal, muy rico y adornado, bien lleno de
cosas. Feliz por su descubrimiento, intentó comunicarlo, y comenzó
a sacar agua de su interior, y el agua, al salir fuera, refrescaba la
tierra, y la hacía fértil y pronto brotaron las flores alrededor del pozo.
La noticia cundió enseguida. Las reacciones fueron muy
variadas... Y la mayoría optó por no hacer caso, pues la verdad es
que estaban muy ocupados rellenando de cosas el brocal. Sin
embargo, algunos intentaron la experiencia, y, tras liberarse de las
cosas que les rellenaban, encontraron también el agua en su
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Llamada a la compasión
Jesús llamó a sus discípulos y les dijo: “Siento compasión de la
gente, porque hace ya tres días que permanecen conmigo y no
tienen qué comer. Y no quiero despedirlos en ayunas, no sea que
desfallezcan en el camino”. (Mt 15, 32s).
Llamada a la sencillez
Llamó a un niño, lo puso en medio de ellos y dijo: “Yo os aseguro: si
no cambiáis y os hacéis como los niños, no entraréis en el Reino de
los Cielos. Así pues, quien se haga pequeño como este niño, ése es
el mayor en el Reino de los Cielos” (Mt 18, 2-4).
Llamada a la diakonía
“El que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro
servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será vuestro
esclavo; de la misma manera que el Hijo del hombre no ha venido a
ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos”.
(Mt 20,26-28).
Llamada a la liberación y la acción de gracias
Al verla Jesús, la llamó y le dijo: “Mujer, quedas
libre de tu enfermedad”.
Y le impuso las manos. Y al instante se enderezó,
y glorificaba a Dios (Lc 13, 12-13).
Llamada a la intimidad con Él
Le dijo el Señor: “Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas
cosas; y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola. María ha
elegido la parte buena, y no le será quitada” (Lc 10, 38-42).
Llamada a ser testigos de su Resurrección
Le dice Jesús: “Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?”
…Jesús la llamó por su nombre: “¡María!” Ella se acercó a Él y
exclamó: “¡Rabboni!” Dícele Jesús: “No me toques, que todavía no
he subido a mi Padre. Anda, vete donde mis hermanos y diles que
voy a mi Padre, que es vuestro Padre; a mi Dios que es vuestro
Dios” (Jn 20, 11.18).
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Así comienza la historia de los seguidores de Jesús y así comienza
también nuestra propia historia. Cada una de nosotras formamos
parte de esta Congregación porque escuchamos su llamada a
compartir su vida y su misión. Jesús nos llama ante todo a vivir con
él y como él, a estar con Él y a ser en Él. Nos invita a una relación
de cercanía, de familiaridad, de intimidad que precede y acompaña
inseparablemente a la misión. En esa relación se fundamenta todo
porque es la que nos nutre, nos sostiene, nos descansa y nos
transforma.
2.1.1. En Él vivimos, nos movemos y existimos
En ese estar con Jesús podemos tener actitudes diferentes:
Estar como Marta, inquieta por acoger a Jesús, por darle lo mejor
que tiene y darse ella misma mediante el servicio diligente. Actitud
que, a veces nos distrae en las realidades terrenas, multiplicamos
las tareas y nos dejamos atrapar por ellas, viviendo fuera de lo más
importante que constituye nuestro ser: la propia Identidad. Marta
quiere ofrecer lo que tiene, dar y darse, pero eso no lo es todo,
porque Jesús quiere ser escuchado, acogido.
Estar como María, que sentada a los pies de Jesús, como fiel
discípula acoge la Palabra. Está abierta a la intimidad con Jesús. Lo
que le importa es la escucha reposada, saborear las palabras de
vida que nacen de Jesús. Si María ha escogido la mejor parte es
porque no deja escapar la oportunidad que se le ofrece en la visita
del Señor. María acoge y se siente acogida. Nadie le arrebatará esta
experiencia. (Lc 10,38-42)
De ese estar con Jesús surge la experiencia de Dios.
Poco a poco, cuando avanzamos en el camino de la interiorización,
somos capaces de descubrir su Presencia en lo más íntimo de
nosotras mismas y en las demás criaturas, “pues en Él vivimos, nos
movemos y existimos” (Hch 17, 28). Jesús está con nosotras y
nosotras con Él. Vive en nosotras y nosotras en Él. Así vivía Él a
Dios y así quiso que nos viviéramos con Él, con su Padre, nuestro
Padre.
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“Yo estoy en mi Padre, vosotros en mí y yo en vosotros… Si alguno
me ama, mi Padre le amará y vendremos a él y haremos morada en
él” (Jn 14,20.23).
Nuestras Primeras Hermanas lo expresaban diciendo:
“La Presencia de DIOS no es otra cosa que un pensamiento o
memoria de Dios, con que en todos los lugares y todas nuestras
ocupaciones le miramos presente y nos volvemos a él con nuestros
afectos” (Const. 1824, p. 101).
El es la fuente del AMOR.
Por eso nuestros Fundadores insistieron en
la necesidad de que las Hermanas fuéramos
mujeres de una experiencia profunda de
Dios, en todas las dimensiones de la vida,
con una coherencia perfecta entre el ser y
el hacer, entre oración y vida.
Los caminos que nos proponen para lograrlo son:
- Momentos fuertes de encuentro con el Señor en la oración, en la
liturgia.
- Vivir la “Santa Presencia de Dios” que nos hace
o descubrir su Presencia en nosotras mismas (Cfr. Jn 14,
23) y en cada hermano: “...cuanto hicisteis a uno de estos
hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (Mt
25, 40).
o Saber encontrar a Dios presente en todas las cosas,
acontecimientos y situaciones... Ver todas las cosas en El
(Cfr. Cont. 1824, p. 103-104; 1991, nº 54).
“Para mantener pues viva la PRESENCIA DE DIOS cuanto sea
posible a la flaqueza e inconstancia humana, aun en medio de las
ocupaciones esteriores, conviene penetrarse bien y renovar
algunas veces a la memoria: que Dios está alrededor de
nosotros, como el pájaro que vuela está rodeado del aire; el pez
que nada está cercado por todas partes de agua… y también que
Dios está dentro de nosotros mismos, como si fuéramos un
templo especialísimo” (Const. 1824, p.103).
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