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ENCUENTROS EN VERINES 1994
Casona de Verines. Pendueles (Asturias)
LITERATURA Y LABERINTO
Roberto González-Quevedo
La figura mítica del laberinto puede ayudar a caracterizar la literatura y el
pensamiento de nuestra época.
Pero la imagen del laberinto no admite la disyuntiva entre intentar salir del
laberinto o quedarse en él. Esta figura incluye los dos sentidos: tiene que tener salida y,
al mismo tiempo, ha de ser un lugar propicio para perderse. Y es que en esta imagen de
la leyenda cristalizan los matices de uno de los tópicos griegos: la existencia como
problema que la astucia puede resolver.
Pero el laberinto es artificio. Lo construyó Dédalo en un descanso de su trabajo
de hacer preciosas muñecas para niños de Creta. Ésta es, quizás, una de las claves,
porque las cosas no son nada al margen del hombre, la naturaleza no es nada, sólo lo es
aquello que construye el ser humano: los mitos, los sueños, las poesías, las fábulas, los
pensamientos.
La literatura es laberinto porque es construcción, juego, pasatiempo, acertijo.
Frente al vacío y contra la nada soñamos y creemos, imaginamos y peinamos,
hipostasiamos los instantes del sentimiento.
Creo que la literatura es laberinto y, además, siempre lo es no sólo en nuestros
días. La poesía, el relato, el discursos son los destellos del enigma de nuestra trayectoria
vital e individual. Ésta es una de las virtualidades básicas de la literatura: crear nuestro
propio laberinto para poder vivir en él, para ser felices.
La literatura es laberíntica porque es diversidad infinita, es eterna creación. Los
personajes y las situaciones hacen inmensas las posibilidades. No sólo el laberinto de
Teseo, sino el de cada uno de nosotros. El de Minos fue medio para evitar el escándalo.
El de Pasifae, el pago a un amor monstruoso. El del Minotauro, una prisión. El de
Dédalo, un desafío. Las obras literarias son fragmentos de vida en torno al espacio
enigmático.
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La literatura es un laberinto individual, pero es también otra cosa. La creación
literaria es, además, convención y pacto, es acuerdo y herencia, manifestación de la
estructura social, sublimación de pautas comunes, reelaboración de arquetipos.
Me parece poco creíble afirmar qué nuestro laberinto lo hemos hecho solos. No
somos únicos enfrentados al mundo, pues esto es una pretensión exagerada, porque no
somos tanto y ni siquiera tan poco.
Nuestros mitos, poesías, sueños, relatos e ideas, sin dejar de ser nuestros, brotan
de un tejido tupido, de una red que nos llena de referencias, en definitiva, de un
laberinto heredado.
Entre las muchas perspectivas griegas que hemos hecho nuestras está esa ilusión
de que nuestro mundo discreto procede del caos. Esta extraordinaria justificación fue
posteriormente exaltada por el vigor intelectual de los ilustrados y la fuerza emocional
de los románticos.
Pero es, sólo, la leyenda del caos. No es cierto que nuestro laberinto sea más
laberinto y mejor que los de épocas anteriores. No es cierto que la angustia posible de
encontrarnos perdidos en un mundo confuso sea atributo de nuestra época, cuya
superioridad debería pagar este amargo tributo.
Y, sin embargo, nuestros tiempos del presente deben tener, por supuesto sus
rasgos propios. Y es que gran parte de los iconos y fórmulas que en otro tiempo
significaron algo muy profundo son ya para nosotros sólo materia inerte. Son figuras
riquísimas que hemos hecho nuestras, pero que ya no nos pertenecen y son como
monstruos no sólo extraños, sino incluso enemigos.
Frente a estas estampas muertas, la literatura vuelve a encontrar la forma de
vida, de lo múltiple y lo fértil, la creación literaria puede hacer germinar lo diverso.
Me parece que somos cada vez más sabedores de que no hay un solo laberinto al
que ha llegado la esforzada humanidad, sino que hay múltiples construcciones
enigmáticas, infinitas, donde perderse y donde dar sentido a las cosas.
Siempre he aceptado muy conscientemente esta multiplicidad e infinitud de
caminos. El calidoscopio que nos filtró las cosas lo he considerado fuente de creación
estética. Soy de quienes piensan que al soñar, poetizar, fabular o pensar hemos de
pretender, con toda, con toda intención, apoyarnos en lo posible sobre las pautas de
nuestra herencia.
Escribir es para mí hacerlo en la lengua que impregna los valles que me vieron
nacer. Escribir para mí es, entre otras cosas, ahondar en mi laberinto compartido,
perderme en él, sentir en él, fantasear y buscar en él y buscar en él la solución al
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enigma, ir más allá. Esto explica que parte de mis escritos estén no sólo en lengua
asturiana, a cuyas normalización contribuyo desde mi trabajo en la Academia de la
Llingua, sino en la variedad occidental de esta lengua, pues ese verde laberinto de ríos y
valles fragmentados que es el occidente astur es también una de las moradas de mi
mundo estéticos.
Nunca he escrito algo costumbrista. Doy por supuesto que quienes deseamos
escribir en una lengua minorizada no queremos volver a la aldea de hace unos años. No,
lo que queremos es llegar a la ciudad del siglo próximo. De ninguna manera buscamos
en el laberinto de nuestra lengua propia jugar a un enigma particularista, sino discurrir
por los caminos universales del ser humano.
Pero no rechazo el enfoque y la actitud de describir costumbres. Puede haber
obras de este tipo geniales y universales y puede haber obras de tema y pretensión
universal absolutamente impresentables.
Creo que la lengua no es algo neutro. Por el contrario, es muy activa. No voy a
decir que “marca” al escritor, porque esto le da un carácter exclusivamente negativo. La
lengua afecta al mensaje, cada lengua tiene un ritmo propio. Y junto a las palabras hay
unas referencias muy complejas de las que el lenguaje no puede estar desprovisto. No
hay una lengua desnuda, sino que ella es activa en la construcción literaria.
Franz Kafka, un autor que ha sabido muy bien dibujar los infinitos y lentos
instantes de la estancia en el laberinto, dedicó varias páginas de su diario, en la navidad
de 1911, a caracterizar las pequeñas literaturas nacionales. Resulta difícil precisar lo que
es una nación. Definir lo que es una nación es una tarea muy complicada, porque esta
pregunta suele plantearse cuando hay algún tipo de implicación en la cuestión.
Precisamente envuelto en los problemas fronterizos entre Alemania y Francia escribió
Renan algunas de las páginas más bellas sobre este tema, llegando a la conclusión de
que lo que define una nación no es la lengua, ni las costumbres, ni la tradición, sino el
deseo de vivir juntos, un plebiscito, cotidiano. Pero ¿qué es lo que hace que unos
ciudadanos se sientan deseosos de vivir juntos?. Aunque no el único, sin duda la lengua
es uno de los factores que tienen importancia a la hora de formar ese sentimiento. En el
texto de Kafka a que nos estamos refiriendo, minoría nacional equivale seguramente a
minoría lingüística. Estas pequeñas literaturas nacionales, dice Kafka, pueden llegar a
tener una gran vitalidad:
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La memoria de una nación pequeña no es menor que la de una nación grande;
de ahí que asimile más a fondo el material de que dispone. Sin duda dará ocupación a
menos historiadores de la literatura, pero la literatura no es tanto un asunto de la historia
literaria como un asunto del pueblo.
Quiero insistir en que escoger la literatura para ayudar a la persistencia del
laberinto que ha construido nuestro pueblo no es huir de ningún sitio, sino una búsqueda
estética en un ámbito lingüístico. Tampoco es un efecto subsidiario de una posición
patriótica o política. En todo caso, es, además de una opción estética, un intento de
preservar la diversidad cultural, de oponerse al actual proceso de destrucción de lo
diferente, a los agresivos mecanismos de homogenización y de anulación de lo distinto.
Este es el carácter más preocupante del laberinto de nuestros días. Su tiránica
destrucción de las formas de ser y soñar que habitan en las diferentes dimensiones
culturales.
Frente a ello, enriquecer nuestro propio laberinto, hacerlo, útil para entretenernos
y buscar la solución de enigmas, ésa es la tarea que a mí me gusta hacer.
Pero mi placer y mi destino en el laberinto compartido de la lengua propia no
quiere decir que ambicione quedarme en él o, mejor dicho, sólo en él: sería perder otras
oportunidades. Es preciso vivir también en otros laberintos y así poder estar un poco
más cerca de la fertilidad de la vida, que es pluralidad e infinitud.
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